Pestañas abiertas

1 abierta

    Homilías sobre el Génesis

    Homilía I

    La creación del mundo

    El día primero

    El principio

    1. En el principio hizo Dios el cielo y la tierra1. ¿Cuál es el principio de todo sino Jesucristo, nuestro Señor y Salvador de todos2, el primogénito de toda criatura3? En este principio, pues, es decir, en su Verbo, hizo Dios el cielo y la tierra, como dice también el evangelista Juan al comienzo de su Evangelio: En el principio era el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios. El estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por medio de él y sin él no se hizo nada4. El no habla aquí de un principio temporal, sino que dice que el cielo y la tierra y todo cuanto se hizo se hizo en el principio, esto es, en el Salvador5.

    Las tinieblas

    La tierra era invisible e informe, las tinieblas cubrían el abismo y el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas6. La tierra era invisible e informe antes de que Dios dijera: Hágase la luz7, y antes de que separase la luz de las tinieblas, como indica el orden de la narración. Y puesto que, en lo que viene a continuación, Dios manda que sea el firmamento y lo llama cielo, cuando lleguemos a este punto daremos razón de la diferencia entre el cielo y el firmamento y de por qué el firmamento es llamado también cielo. Ahora, sin embargo, dice: Las tinieblas cubrían el abismo8. ¿Qué es el abismo? Sin duda aquel en el que estarán9 el diablo y sus ángeles10. Y esto se indica también claramente en el Evangelio, cuando se dice del Salvador: Los demonios que expulsaba le rogaban que no les mandase ir al abismo11.

    Por eso, Dios disipa las tinieblas, como dice la Escritura: Y dijo Dios: Hágase la luz, y la luz se hizo. Y vio Dios que la luz era buena, y separó Dios la luz de las tinieblas. Y Dios llamó a la luz «día» y a las tinieblas «noche». Y atardeció y amaneció, un día12.

    El tiempo

    Según la letra, Dios llama a la luz «día» y a las tinieblas «noche». Pero, en su sentido espiritual, veamos por qué, cuando en aquel comienzo del que dijimos más arriba que Dios hizo el cielo y la tierra y dijo que se hiciese la luz, y separó la luz de las tinieblas, y llamó a la luz día y a las tinieblas noche, y dijo que hubiese tarde y que hubiese mañana, no dijo: el día primero13, sino un día14. Porque, antes de que fuese el mundo, no existía aún el tiempo. El tiempo comienza a ser con los días que siguen. En efecto, el segundo día, el tercero, el cuarto y todos los demás, empiezan a designar el tiempo.

    El día segundo

    El firmamento

    2. Y dijo Dios: Haya un firmamento en medio del agua y separe agua de agua. Y así fue. Y Dios hizo el firmamento15. Una vez hecho el cielo, Dios hace ahora el firmamento. En efecto, él hizo en primer lugar el cielo, del que dice: El délo es mi trono16; y, después, hace el firmamento, es decir, el cielo corporal; pues todo cuerpo es, sin duda alguna, firme y consistente, y esto es lo que separa el agua que está sobre el cielo y el agua que está bajo el cielo17.

    Como todo lo que Dios se disponía a hacer iba a estar compuesto de espíritu y de cuerpo, se dice que el cielo, es decir, toda la sustancia espiritual en la que Dios reposa como en un trono18, se hizo en el principio y antes que todo. Pero este cielo, es decir, el firmamento, es corporal. Por eso, ese primer cielo que hemos llamado espiritual es nuestra mente, también espíritu en sí misma, esto es, nuestro hombre espiritual que ve y contempla a Dios. Mas este cielo corporal, al que se da nombre de firmamento, es nuestro hombre exterior que ve con los ojos del cuerpo. Y, del mismo modo que el firmamento es llamado cielo por dividir las aguas que están por encima de él de las que están por debajo del mismo, así también el hombre, que ha sido puesto en el cuerpo, si pudiese separar y distinguir entre las aguas superiores que están por encima del firmamento y las que están por debajo del mismo, recibirá también el nombre de cielo, es decir, de hombre celeste19, conforme a la palabra del apóstol Pablo que dice: Nuestra vida está en los cielos20.

    He aquí, por tanto, el contenido de estas palabras de la Escritura: Y Dios hizo el firmamento, y separó el agua que está bajo el firmamento del agua que está sobre el firmamento. Y Dios llamó al firmamento cielo. Y vio Dios que era bueno; y pasó una tarde y pasó una mañana, el día segundo21.

    Las aguas de lo alto

    Cada uno de vosotros se esfuerce, pues, en separar el agua que está encima de la que está debajo, a fin de que, consiguiendo la inteligencia y la participación del agua espiritual que está por encima del firmamento, haga salir de su vientre ríos de agua viva que salta hasta la vida eterna22: netamente segregado y separado del agua de abajo, es decir, del agua del abismo, en el cual se dice que están las tinieblas y habitan el príncipe de este mundo23 y el dragón enemigo con sus ángeles24, como se ha indicado más arriba.

    Así pues, participando del agua superior, del agua que se dice está por encima de los cielos, cada fiel deviene celeste; es decir, se hace celeste cuando tiene su pensamiento en las cosas elevadas y excelsas, sin pensar en nada terreno, sino enteramente celestial, buscando las cosas de arriba, donde Cristo está a la derecha del Padre25. Pues, entonces, Dios le juzgará digno de la alabanza que se encuentra en nuestro texto cuando dice: Y vio Dios que era bueno26.

    El día tercero

    La tierra fértil

    En fin, también las cosas que se describen a continuación respecto del tercer día deben entenderse según la misma significación. Dice, en efecto, la Escritura: Y dijo Dios: que el agua que está bajo el cielo se reúna en una sola masa y aparezca el suelo seco. Y así fue27.

    Trabajemos, pues, por recoger el agua que está bajo el cielo y por arrojarla lejos de nosotros, para que, hecho esto, aparezca lo seco, que son nuestras obras hechas en la carne, a fin de que los hombres, viendo nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos28*. Porque sino separamos de nosotros las aguas que están bajo el cielo, esto es, los pecados y vicios de nuestro cuerpo, no podrá aparecer nuestra aridez, ni podremos tener la seguridad de avanzar hacia la luz. En efecto, todo el que hace el mal odia la luz, y no viene a la luz para que sus obras <no le acusen. Pero el que cumple la verdad viene a la luz para que>29 se manifiesten sus obras y se vea si fueron hechas en Dios30. Y esta seguridad no nos será dada si, como las aguas, no rechazamos y apartamos de nosotros los vicios del cuerpo, que son la materia de los pecados. Hecho esto, nuestra aridez ya no seguirá siendo aridez, como se verá por lo que sigue.

    Dice, en efecto, la Escritura: Y el agua que está bajo el cielo se reunió en su masa y apareció lo seco. Y llamó Dios a lo seco «tierra» y a la masa de las aguas «mar»31.

    Ahora bien, del mismo modo que esto seco, una vez separado del agua, como hemos dicho más arriba, no permanece por más tiempo seco, sino que toma el nombre de «tierra», así también nuestros cuerpos, si se produce tal separación, no seguirán siendo sequedad, sino que se llamarán tierra, ya que podrán llevar desde entonces fruto para Dios32. Porque, ciertamente, al comienzo Dios hizo el cielo y la tierra; después hizo el firmamento y lo seco; y llamó al firmamento cielo, dándole el nombre de ese cielo que había creado antes; y llamó a lo seco tierra, porque le dio la facultad de fructificar. Luego si uno permanece por su culpa todavía seco y no lleva ningún fruto, sino espinas y abrojos33, como si produjese comida para el fuego34, él mismo, conforme a lo que produce de sí, se hace también pasto del fuego. Pero si, con su celo y diligencia, tras haber separado de sí las aguas del abismo, que son los pensamientos de los demonios, se presenta como tierra fructífera, debe esperar un trato similar: ser introducido por Dios en una tierra que mana leche y miel35.

    Los frutos de la tierra

    3. Pero veamos, por lo que sigue, cuáles son los frutos que Dios manda producir a esa tierra a la que él mismo ha concedido este nombre. Y vio Dios que era bueno. Y dijo Dios: Produzca la tierra hierba del campo que lleve semilla según su especie y según su semejanza, y árboles frutales que produzcan fruto cuya simiente esté en él según su semejanza sobre la tierra. Y así fue36.

    En su sentido literal, los frutos que produce la tierra, no el suelo seco, son manifiestos. Pero refirámoslo también a nosotros una vez más37. Si ya nos hemos convertido en tierra, si ya no somos aridez, demos a Dios frutos abundantes y variados, para que también nosotros tengamos la bendición del Padre que dice: He aquí el olor de mi hijo como olor de un campo fecundo que el Señor ha bendecido38*, y para que se cumpla en nosotros la palabra del Apóstol: Porque la tierra que frecuentemente recibe la lluvia que cae sobre ella y produce hierba útil para los que la cultivan, participa de la bendición de Dios; pero la que produce espinas y abrojos es desechada y está próxima a la maldición, y terminará por ser quemada39.

    4. Y la tierra produjo la hierba del campo que lleva semilla según su especie y según su semejanza, y árboles frutales que producen fruto, cuya semilla dentro de sí da fruto según su especie sobre la tierra. Y vio Dios que era bueno. Y hubo tarde y hubo mañana, el día tercero40.

    Dios no sólo manda a la tierra producir hierba del campo, sino también semilla, para que pueda llevar fruto siempre; y no sólo árboles frutales, sino también árboles que lleven frutos cuya semilla esté en ellos según su especie41, es decir, para que, gracias a estas semillas que tienen en sí, puedan llevar siempre fruto.

    También nosotros, de igual manera, debemos tanto fructificar como retener en nuestro interior las semillas, es decir, guardar en nuestro corazón las semillas de todas las buenas obras y virtudes42, a fin de que, teniéndolas fijas en nuestra mente, cumplamos en virtud de las mismas, según justicia, todos los actos que se nos presenten. Porque nuestros actos, cuando provienen del buen tesoro de nuestro corazón43, son los frutos de aquella semilla.

    Ahora bien, si escuchamos la palabra y, tras haberla escuchado, nuestra tierra produce en seguida hierba y esta hierba, antes de madurar y fructificar, se seca, nuestra tierra será llamada pedregosa44. Pero si las palabras dichas se implantan en nuestro corazón con raíces tan profundas que lleven fruto de obras y tengan en sí las semillas de los bienes futuros, entonces la tierra de cada uno de nosotros llevará45 fruto según su capacidad: una, el ciento; otra, el sesenta; y otra, el treinta por uno46.

    Pero nos ha parecido necesario advertir que nuestro fruto no debe tener en ninguna parte cizaña47, es decir, lolio; que no debe estar al borde del camino48*, sino que debe sembrarse en el mismo camino, en aquel (camino) que dice: Yo soy el camino49, para que las aves del cielo50 no coman nuestros frutos ni nuestra viña. Mas si alguno de nosotros ha merecido ser viña, procure no producir espinas en vez de uva, porque de otro modo no será ya podada ni cavada, ni se mandará a las nubes que dejen caer sobre ella la lluvia, sino que, muy al contrario, se la dejará desierta para que en ella crezcan las espinas51.

    El día cuarto

    Los astros del firmamento

    5. Después de esto, el firmamento puede ya ser adornado con los astros. Pues dijo Dios: Haya lumbreras en el firmamento del cielo para que alumbren sobre la tierra y se paren el día de la noche52.

    Como en este firmamento, que ya había sido llamado cielo, Dios manda que haya lumbreras para que separen el día de la noche, así también puede sucedemos a nosotros, si nos esforzamos por ser llamados y hechos cielo: tendremos en nuestro interior como lumbreras que nos alumbren a Cristo y a su Iglesia. Pues él es la luz del mundo53, el que ilumina a la Iglesia también con su luz54.

    Porque, como se dice que la luna recibe su luz del sol, para que también la noche pueda ser iluminada por ella, así la Iglesia, recibiendo la luz de Cristo, ilumina a todos los que se encuentran en la noche de la ignorancia.

    Pero si alguno progresa hasta el punto de ser hijo de Dios, andando honestamente en pleno día55 como hijo del día e hijo de la luz56, a ése le ilumina el mismo Cristo como al día el sol57.

    Los días y los años

    6. Y hagan de señales para los tiempos, los días y los años; y hagan de lumbreras en el firmamento del cielo para alumbrar sobre la tierra. Y así fue58*.

    Como estas lumbreras del cielo, que vemos fueron puestas para ser signos y para señalar los tiempos, los días y los años y para alumbrar desde el firmamento celeste a los que están sobre la tierra, así Cristo, iluminando a su Iglesia, da por medio de sus preceptos signos para que, acogido el signo, sepamos cómo escapar de la ira que está por venir59, de modo que aquel día no nos sorprenda como un ladrón60, sino que más bien podamos llegar al año aceptable del Señor61.

    Cristo es, pues, la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo62, y la Iglesia, iluminada por su luz, se convierte ella misma en luz del mundo que ilumina a los que están en las tinieblas63, como atestigua el mismo Cristo cuando dice a sus discípulos: Vosotros sois la luz del mundo64. De esto se deduce que Cristo es la luz de los apóstoles y los apóstoles la luz del mundo. Pues ellos, no teniendo mancha, ni arruga, ni nada semejante son la verdadera Iglesia, como dice también el Apóstol: A fin de presentarla a sí Iglesia gloriosa, sin mancha, ni arruga, ni nada semejante65.

    Las lumbreras mayores y menores

    7. Y Dios hizo dos grandes lumbreras: la mayor para presidir el día, la menor para presidir la noche, y las estrellas. Y las puso Dios en el firmamento del cielo para alumbrar sobre la tierra, para dominar en el día y en la noche y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno. Y pasó una tarde y pasó una mañana, el día cuarto66.

    Como del sol y de la luna se dice que son grandes lumbreras en el firmamento del cielo, así también de Cristo y de la Iglesia en nosotros. Pero, puesto que Dios puso también estrellas en el firmamento, veamos cuáles son las estrellas en nosotros, es decir, en el cielo de nuestro corazón. Moisés es en nosotros una estrella que brilla y nos ilumina con sus actos. Asimismo, Abraham, Isaac, Jacob, Isaías, J e - remías, Ezequiel, David, Daniel y todos aquellos de quienes la Sagrada Escritura ha dado testimonio de que agradaron a Dios67. Pues como una estrella difiere68* de otra estrella por su resplandor69, así también cada uno de los santos difunde su luz en nosotros en proporción a su grandeza.

    Y como el sol y la luna iluminan nuestros cuerpos, así también Cristo y la Iglesia iluminan nuestras mentes; pero las iluminan si nosotros no somos ciegos espirituales. Pues como los ciegos de ojos corporales no pueden recibir la luz del sol y de la luna, aunque sean iluminados por ellos, así también Cristo concede su luz a nuestras almas, pero sólo nos iluminará si no lo impide en modo alguno la ceguera de la mente. En caso de que esto suceda, es preciso, primero, que los que son ciegos sigan a Cristo, diciendo y gritando: Ten piedad de nosotros, hijo de David70, para que, tras obtener de él la vista, puedan inmediatamente después ser irradiados por el esplendor de su luz.

    Pero no todos los que ven son iluminados por Cristo de la misma manera, sino que cada uno lo es en la medida en que es capaz de recibir la fuerza de la luz. Y como los ojos de nuestro cuerpo no son iluminados de la misma manera por el sol, sino que, cuanto más haya subido uno a lo alto y haya contemplado su nacimiento desde la visión de un observatorio más elevado, tanto más percibirá su resplandor y su calor, así también nuestra mente: cuanto más en alto y de modo más sublime se haya acercado a Cristo y más de cerca se haya expuesto al resplandor de su luz, con tanta mayor magnificencia y claridad será irradiada por su luz, como él mismo dice por medio del profeta: Acercaos a mí y yo me acercaré a vosotros, dice el Señor71; y todavía: Yo soy un Dios cercano y no un Dios lejano72.

    Tampoco vamos a él todos de la misma manera, sino cada uno según su propia capacidad73. Pues, o vamos con la multitud y nos rehace mediante parábolas74, simplemente para que, debido a los prolongados ayunos, no desfallezcamos en el camino75, o permanecemos continua e incesantemente asidos a sus pies sin preocuparnos de otra cosa que de escuchar su palabra y sin dejarnos perturbar en nada por un servicio múltiple, sino escogiendo la mejor parte, que no nos será quitada76. Ciertamente, quienes acceden así a él77, obtienen mucho más de su luz. Y si, como los apóstoles, nunca nos alejamos de él lo más mínimo, sino que permanecemos siempre con él en todas sus tribulaciones78, entonces nos expone y explica en secreto lo que había dicho a las turbas79 y nos ilumina mucho más claramente. Pero si uno es tal que también puede subir a la montaña con él, como Pedro, Santiago y Juan80, éste se verá iluminado no sólo por la luz de Cristo, sino también por la voz de su propio Padre81.

    El día quinto

    Reptiles y pájaros

    8. Y dijo Dios: Produzcan las aguas de entre los animales vivientes reptiles y pájaros que vuelen sobre la tierra contra la haz del firmamento celeste. Y así fue82.

    Según la letra, las aguas producen reptiles y pájaros por mandato de Dios, y así conocemos por quién fueron hechos los seres que vemos. Pero consideremos también cómo estas mismas cosas ocurren en el firmamento del cielo, es decir, en la solidez de nuestra mente y de nuestro corazón.

    Yo pienso que, cuando Cristo, nuestro sol, ha iluminado nuestra mente, ésta recibe de inmediato el mandato de producir, a partir de las aguas que están en ella, reptiles y pájaros que vuelan, esto es, de sacar a la luz los buenos y los malos pensamientos para hacer la separación entre los buenos y los malos, ya que tanto los unos como los otros proceden del corazón. De nuestro corazón, en efecto, como de las aguas, emergen los buenos y los malos pensamientos. Pero nosotros, por la palabra y el mandato de Dios, pre sentemos unos y otros a la mirada y al juicio de Dios para que, iluminados por él, podamos discernir el bien del mal, es decir, para que separemos de nosotros lo que repta sobre la tierra y acarrea preocupaciones terrenas.

    Las cosas mejores, en cambio, esto es, los pájaros, dejé mosles volar no sólo sobre la tierra, sino también en el firmamento del cielo; es decir, sondeemos en nosotros el significado y la razón tanto de las cosas terrestres como de las celestes, para poder comprender también por los reptiles qué es en nosotros nocivo83. Si hemos mirado a una mujer con deseo84, ello es en nosotros un reptil venenoso; pero si tenemos el sentido de la sobriedad, aunque la señora egipcia se haya enamorado de nosotros, nos convertimos en pájaros y, dejando en sus manos los vestidos de Egipto, volaremos lejos de las acechanzas obscenas85. Si hay en nosotros una inclinación que nos incita al hurto, ello es un reptil muy malo; pero si, teniendo sólo dos moneditas, existe en nosotros la inclinación de ofrecerlas como limosna en el tesoro de Dios86, ésta es un pájaro que no piensa en nada de lo que es terreno, sino que tiende con el vuelo hacia el firmamento del cielo. Si viene a nosotros el pensamiento que nos persuade de que no debemos soportar los tormentos del martirio, será un reptil venenoso; pero si asciende a nosotros el pensamiento y el propósito de combatir hasta la muerte por la verdad87, éste será un pájaro que se dirige desde las cosas terrenas a las realidades superiores. Del mismo modo hay que pensar también de las demás especies de pecados y virtudes y discernir cuáles son los reptiles y cuáles los pájaros que se manda producir a nuestras aguas para el juicio en presencia de Dios.

    Cetáceos y animales

    9. Y Dios hizo los grandes cetáceos y toda alma de los animales que se deslizan, que las aguas produjeron según su especie, y todo volátil alado según su especie88.

    También de estas cosas hay que pensar de modo similar a como ya lo hacíamos de las cosas precedentes: que debemos producir grandes cetáceos y animales que se deslizan según su especie. Pienso que en estos grandes cetáceos se indican los pensamientos impíos y los sentimientos abominables contra Dios. Todas estas cosas, sin embargo, deben producirse en presencia de Dios y ponerse delante de él para dividir y separar los bienes de los males, a fin de que el Señor asigne a cada uno su lugar, como se muestra en lo que sigue.

    Creced y multiplicaos

    10. Y vio Dios que eran buenos, y los bendijo diciendo: Creced y multiplicaos, y llenad las aguas que están en el mar, y que los volátiles se multipliquen en la tierra. Y pasó una tarde y pasó una mañana, el día quinto89. Manda, por tanto, que los grandes cetáceos y todo ser animado de entre los animales serpenteantes que produjeron las aguas moren en el mar, donde también habita aquel dragón que Dios plasmó para jugar con él90. Manda, después, que las aves se multipliquen en la tierra que, en otro tiempo, fue sequedal, y que ahora es llamada tierra, como expusimos más arriba.

    Pero alguno podría preguntarse por qué los grandes cetáceos y los reptiles representan al mal y las aves al bien, cuando de todos ellos conjuntamente se dijo: Y vio Dios que eran buenos91. Sucede que, para los santos, hasta los seres que se les oponen son buenos, porque pueden vencerlos y, una vez vencidos, obtener mayor gloria ante Dios. Así, cuando el diablo pidió que le fuese concedido poder contra J o b92, los ataques del enemigo fueron para él causa de una gloria dos veces mayor después de la victoria93. Lo muestra el hecho de serle devueltos el doble de los bienes que había perdido en el presente para recibirlos, sin duda, del mismo modo en el cielo. Por otro lado, el Apóstol dice que nadie es coronado si antes no ha combatido según las reglas94. Y, de hecho, ¿cómo podría haber combate si no hubiera adversario? Tampoco podría reconocerse cuan grande es la belleza y el resplandor de la luz si no la interrumpiese la oscuridad de la noche. ¿Por qué se alaba a unos por su castidad si no es porque se condena a otros por su lujuria? ¿De dónde se exaltaría a los fuertes si no hubiese hombres débiles y medrosos?95. Si tomas (antes) algo amargo, lo dulce pasa a ser entonces más loable. Si te fijas en lo negro, lo claro te parecerá más agradable. Y, para decirlo brevemente, de la consideración de los males resulta más luminosa la belleza de los bienes96. Por eso, la Escritura dice de todos estos seres: Y vio Dios que eran buenos97.

    Pero ¿por qué no está escrito: «Y dijo Dios que eran buenos», sino: Y vio Dios que eran buenos? Esto es, vio la utilidad de los mismos y el motivo por el que, siendo tales de por sí, podían sin embargo hacer óptimos a los buenos. Por eso dijo: Creced y multiplicaos y llenad las aguas que están en el mar, y que los volátiles se multipliquen sobre la tierra98, para que, como explicamos más arriba, los grandes cetáceos y los seres que se deslizan estuviesen en el mar, y las aves sobre la tierra.

    El día sexto

    Los animales de la tierra

    11. Y dijo Dios: Produzca la tierra animales vivientes según su especie: cuadrúpedos y reptiles y bestias de la tierra según su especie. Y así fue. E hizo Dios las bestias de la tierra según su especie, y todos los reptiles de la tierra según su especie. Y vio Dios que eran buenos99.

    Según la letra no hay ningún problema; pues se dice claramente que Dios creó animales, cuadrúpedos, bestias y serpientes en la tierra. Pero no es ocioso aplicar estas cosas a cuanto hemos expuesto más arriba según el sentido espiritual.

    Allí se dijo: Produzcan las aguas reptiles de almas vivas y volátiles que vuelen sobre la tierra en el firmamento del cielo100; y aquí dice: Produzca la tierra animales vivientes según su especie, cuadrúpedos y reptiles y bestias de la tierra según su especie101.

    Aquellos seres que se produjeron de las aguas dijimos que había que entenderlos como los movimientos y pensamientos de nuestra mente que proceden de lo profundo del corazón. Pero ahora las palabras: Produzca la tierra animales vivientes según su especie, cuadrúpedos, reptiles, bestias de la tierra según su especie102, pienso que indiquen los movimientos de nuestro hombre exterior, esto es, corporal y terreno. Así, al hablar de las cosas de la carne, no hizo mención de ningún volátil, sino únicamente de cuadrúpedos, reptiles y bestias de la tierra; y, según aquello que dijo el Apóstol, que en mi carne no habita el bien103 y que la sabiduría de la carne es enemiga de Dios104, estos son las producciones de la tierra, es decir, de nuestra carne; de ellos enseña aún el Apóstol cuando dice: Mortificad vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, impureza, lujuria, avaricia, idolatría y las demás cosas105.

    Por tanto, cuando, por mandato de Dios, se hicieron todas estas cosas que se ven por medio de su Palabra y se preparó este inmenso mundo visible, se mostraba al mismo tiempo, mediante la figura de la alegoría, qué elementos podían embellecer este mundo más pequeño que es el hombre106; y entonces el hombre mismo es creado según lo que se declara a continuación.

    La creación del hombre

    12. Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, y que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los animales, la tierra entera y todos los seres que reptan sobre la tierra107.

    Consecuentemente, según lo que hemos explicado con anterioridad, Dios quiere que el hombre, tal como nosotros lo hemos descrito, ejerza su dominio sobre las bestias ya mencionadas, las aves, los reptiles, los cuadrúpedos y todos los demás.

    Explicamos en qué modo deben entenderse estas cosas alegóricamente cuando dijimos que al agua, esto es, al alma, se le manda producir el sentido espiritual, y a la tierra, proferir el sentido carnal, para que la mente los domine y no sea dominada por ellos. Dios quiere, en efecto, que esta gran obra108 divina, que es el hombre, por cuya causa fue creado el universo entero109, no sólo sea inmaculado e inmune a las cosas mencionadas más arriba, sino que también las domine.

    Pero consideremos, por las palabras mismas de la Es critura, qué tipo de ser vivo es el hombre.

    Todas las demás criaturas llegan a ser por mandato de Dios, pues dice la Escritura: Y dijo Dios: Sea el firmamento110; y dijo Dios: que el agua que está debajo del cielo se reúna en una sola masa y aparezca lo seco111; y dijo Dios: Produzca la tierra hierba del campo112. De la misma manera se expresa en los casos restantes. Pero veamos cuáles son las criaturas que hizo Dios mismo y, por ellas, nos daremos cuenta de la grandeza del hombre.

    Al principio hizo Dios el cielo y la tierra113. De modo semejante dice: E hizo dos grandes lumbreras114*; y ahora de nuevo: Hagamos al hombre115. Sólo en estos casos, y no en ninguno de los otros, se atribuye la obra directamente a Dios; solamente del cielo y de la tierra, del sol, la luna y las estrellas y, ahora, del hombre, se dice que fueron hechos por Dios; de todas las demás criaturas se dice que fueron hechas por su mandato. A partir de esto, considera cuánta sea la grandeza del hombre, que es igualado a elementos tan grandes y eminentes, que tiene la gloria del cielo -por eso, se le promete el reino de los cielos116-, que tiene también la gloria de la tierra, puesto que espera entrar en una tierra buena, la tierra de los vivos que mana leche y miel117, y que posee la gloria del sol y de la luna, ya que dispone de la promesa de resplandecer como el sol en el reino de Dios118.

    El hombre, a imagen de Dios

    13. En la condición del hombre veo aún más eminente aquello que no encuentro dicho en otra parte: Y Dios hizo al hombre, lo hizo a imagen de Dios119. Esto no lo encontramos atribuido ni al cielo, ni a la tierra, ni al sol, ni a la luna. Cier tamente, a este hombre que, según la Escritura, ha sido hecho a imagen de Dios, no lo entendemos como corporal, pues la figura del cuerpo no contiene la imagen de Dios, ni del hombre corpóreo se dice que haya sido hecho, sino plasmado, como está escrito a continuación. Dice, en efecto: Y plasmó Dios al hombre, es decir, lo modeló del limo de la tierra120°.

    Éste que ha sido hecho a imagen de Dios es nuestro hombre interior, invisible, incorpóreo, incorruptible e inmortal; pues en tales cualidades se ve más justamente la imagen de Dios121. Pero si alguno piensa que el hecho a imagen y semejanza de Dios es este hombre corpóreo, parece suponer que Dios mismo es corpóreo y de forma humana: lo cual es tener de Dios un concepto manifiestamente impío. En fin, cuando estos hombres carnales, que desconocen el sentido de la divinidad, l^en en cualquier parte de las Es crituras: el cielo es mi trono y la tierra el escabel de mis pies122, piensan que Dios tiene un cuerpo tan grande que lo imaginan sentado en el cielo y con los pies llegando hasta la tierra. Y piensan esto porque no tienen oídos para escuchar dignamente las palabras de Dios que, sobre Dios, refiere la Escritura.

    Pues la palabra que dice: El cielo es mi trono se entiende dignamente de Dios cuando se sabe que Dios reposa y reside en aquellos cuya morada está en los cielos123. Pero en los que llevan todavía una vida terrena se encuentra la parte más extrema de su providencia, la que se significa alegóricamente con el nombre de pies. Si, por casualidad, algunos de estos muestran celo y deseo de devenir celestes por la perfección de la vida y la elevación del pensamiento, también ellos llegan a ser trono de Dios, tras haberse convertido en celestes por su conducta124. Tales son los que dicen: Nos has resucitado con Cristo y nos has sentado juntamente con él en los cielos125.

    Igualmente aquellos cuyo tesoro está en el cielo126 pueden llamarse celestes y trono de Dios, porque su corazón está allí donde está su tesoro127. Y Dios no sólo reposa sobre ellos, sino que inhabita en ellos128.

    Pero si uno es capaz de llegar a ser tan grande que pueda decir: ¿ O buscáis la prueba de que es Cristo quien habla en mí}129, en éste, Dios no sólo inhabita, sino que anda dentro de él. Y por eso, todos los perfectos, hechos celestes o llegados a ser «cielos», narran la gloria de Dios130, como dice el salmo. Por eso, en fin, también los apóstoles, que eran cielos, son enviados a narrar la gloria de Dios y reciben el nombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno131, para que, por la potencia del trueno creamos que son verdaderamente «cielos»132.

    Luego Dios hizo al hombre, a imagen de Dios lo hizo133. Conviene que veamos cuál es esta imagen de Dios y que indaguemos a semejanza de qué imagen fue hecho el hombre. Pues no dijo que Dios hizo al hombre su imagen y semejanza, sino que lo hizo a imagen de Dios. ¿Cuál es, por tanto, la otra imagen de Dios, a cuya semejanza ha sido hecho el hombre, sino nuestro Salvador? Él es el primogénito de toda creatura134; de él está escrito que es esplendor de la luz eterna y figura tangible de la sustancia de Dios135; él mismo dice de sí: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí136 y El que me ha visto a mí, ha visto también al Padre137. Pues, como el que ve la imagen de alguien, ve a aquel del cual es imagen, así también mediante el Verbo de Dios, que es la imagen de Dios, ve uno a Dios. Y de este modo será verdadero lo que dijo: El que me ha visto a mí, ha visto también al Padre138.

    Así pues, el hombre fue hecho a semejanza de esta imagen, y por eso nuestro Salvador, que es la imagen de Dios, movido a compasión por el hombre que había sido hecho a su semejanza, viendo que, depuesta su imagen, había revestido la imagen del maligno, tomó, impulsado por la misericordia, la imagen del hombre y vino a él, como atestigua también el Apóstol cuando dice: Aunque era de condición divina, no consideró un botín ser igual a Dios, sino que se humilló a sí mismo tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres139 y, encontrado en el porte como hombre, se rebajó hasta la muerte140.

    Luego todos los que vienen a él y se esfuerzan por ser partícipes de la imagen razonable141, mediante su progreso se renuevan de día en día según el hombre interior142 a imagen de aquel que les hizo, de modo que puedan llegar a ser conformes al cuerpo de su gloria143, pero cada uno en proporción a sus fuerzas144.

    Los apóstoles se transformaron de tal manera a su semejanza que el mismo Jesús dice de ellos: Voy a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios145. El mismo, en efecto, había rogado ya al Padre por sus discípulos para que les fuese devuelta la semejanza primitiva, cuando dice: Padre, haz que, como tú y yo somos uno, también estos sean uno en nosotros146.

    Contemplemos, por tanto, siempre esta imagen de Dios para que podamos ser transformados a su semejanza. Por que si el hombre, hecho a imagen de Dios, mirando -contra su propia naturaleza- la imagen del diablo, se hace por el pecado semejante a él, cuánto más, fijando sus ojos en la imagen de Dios, a cuya semejanza fue hecho por El mediante el Verbo y el poder del mismo, podrá recibir aquella forma [de él] que le había sido dada por naturaleza147. Y nadie, viendo que tiene mayor semejanza con el diablo que con Dios, desespere de poder recuperar nuevamente la forma de la imagen de Dios, porque el Salvador no vino a llamar a los justos a la penitencia, sino a los pecadores148. Mateo era publicano149, y ciertamente su imagen se asemejaba al diablo, pero, viniendo a la imagen de Dios, nuestro Señor y Salvador, y siguiéndola, se transformó a semejanza de la imagen divina. Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano150, eran pescadores151 y hombres sin letras152 que, entonces, se asemejaban sin duda más a la imagen del diablo; pero, siguiendo también ellos la imagen de Dios, se hicieron semejantes a ella como los demás apóstoles. Pablo era perseguidor de la imagen misma de Dios153, pero pudo contemplar su belleza y esplendor, y, tras haberla visto, se transformó de tal manera a su semejanza que decía: ¿O buscáis una prueba de que habla en mí Cristo?154*.

    Hombre y mujer los creó

    14. Hombre y mujer los hizo, y los bendijo Dios diciendo: Creced y multiplicaos, y llenad la tierra, y dominad en ella155. En este punto, parece conveniente indagar, siguiendo una explicación literal, por qué, no habiendo sido hecha todavía la mujer, dice la Escritura: Hombre y mujer los hizo. Tal vez, pienso yo, por causa de la bendición con que los bendijo al decir: Creced y multiplicaos, y llenad la tierra, y previendo lo que habría de suceder, dice: Hombre y mujer los hizo; porque, ciertamente, el hombre no podía crecer ni multiplicarse sino con la mujer. Luego para que se creyese sin sombra de duda que su bendición habría de llevarse a cabo, dice: Los hizo hombre y mujer. Así, el hombre, viendo que crecer y multiplicarse era consecuencia de su unión con la mujer, podía tener una esperanza más segura en la bendición divina. Pues si la Escritura hubiese dicho: Creced y multiplicaos, y llenad la tierra, y dominad en ella, sin añadir que los hizo hombre y mujer, es evidente que el hombre habría permanecido incrédulo a la bendición divina, como María, que, a la bendición con que era bendita por el ángel, dice: ¿Cómo será156 esto, pues no conozco varón?157.

    Tal vez (se dijo aquello), porque todas las obras hechas por Dios se presentan conjuntas y unidas, como el cielo y la tierra, como el sol y la luna; por consiguiente, para mostrar por qué también el hombre es obra de Dios y fue creado con la armonía y la conjunción adecuadas, por eso, anticipándose, dice: Los hizo hombre y mujer.

    El espíritu y el alma del hombre

    15. Pero veamos también, según la alegoría, de qué modo el hombre fue hecho hombre y mujer, a imagen de Dios.

    Nuestro hombre interior consta de espíritu y de alma. Se dice hombre al espíritu; el alma puede llamarse mujer; si estos tienen entre sí mutua concordia y consenso, por su misma unión crecen y se multiplican y engendran hijos: los buenos sentimientos, las ideas y los pensamientos útiles mediante los cuales llenan la tierra y la dominan, es decir, que someten a sí la inclinación de la carne y, una vez sometida, la vuelven a las mejores disposiciones; ello sucede cuando la carne no se ensoberbece en nada contra la voluntad del espíritu.

    Pero si el alma, unida al espíritu, y, por así decir, conyugalmente unida a él, se inclina alguna vez hacia los placeres corporales y pliega su sentir al deleite de la carne, y ora parece obedecer a las saludables advertencias del espíritu, ora cede a los vicios carnales, tal alma, como contaminada por el adulterio del cuerpo, no puede decirse que crezca ni que se multiplique legítimamente, puesto que la Es critura considera imperfectos a los hijos de los adúlteros158. Pues un alma semejante, que abandona la unión con el espíritu y se postra enteramente al sentir de la carne y a los deseos del cuerpo, como si se hubiese apartado impúdica mente de Dios, oirá decir: Tu cara se te ha convertido en cara de meretriz, sin pudor te has entregado a todos159. En consecuencia, recibirá el castigo de una meretriz, al tiempo que se manda que sus hijos se preparen para la matanza160.

    Santos y pecadores

    16. Y dominad en los peces del mar y en las aves del cielo y en las bestias de carga y en todos [los animales] que están sobre la tierra y en los reptiles que reptan sobre la tierra161.

    Ya hemos interpretado estas cosas según la letra162, cuando decíamos que Dios dijo: Hagamos al hombre, y lo demás, donde dice: Y dominen163 en los peces del mar y en las aves del cielo164, y lo que sigue. Pero, según la alegoría, me parece que en los peces, las aves, los animales y reptiles de la tierra se significan aquellas cosas de las que, no sin motivo, hablamos más arriba, esto es, o las que proceden del sentir del alma y del pensamiento del corazón, o las que brotan de los deseos corporales y de los movimientos de la carne. Los santos, que conservan en sí mismos la bendición de Dios, ejercen su dominio sobre tales cosas, moviendo al hombre entero conforme a la voluntad del espíritu; los pecadores, en cambio, están más bien bajo el dominio de esas cosas que brotan de los vicios de la carne y de los placeres del cuerpo165.

    Los alimentos del hombre

    17. Y dijo Dios: Mirad que os he dado toda hierba seminal que siembra la semilla que está sobre toda la tierra, y todo árbol que lleva en sí fruto de semilla seminal: os servirá de alimento a vosotros y a todas las bestias de la tierra y a todas las aves del cielo y a todos los reptiles que reptan sobre la tierra, que tienen en sí alma viviente166.

    El contenido literal de esta sentencia indica claramente que, al principio, Dios permitió servirse como alimento de hierbas, es decir, de legumbres y frutos de los árboles. Pero, más tarde, con la alianza hecha con Noé tras el diluvio, se dio a los hombres la facultad de comer carnes167.

    Explicaremos mejor las razones de estas cosas en sus lugares propios. Pero, si pasamos a la alegoría, la hierba de la tierra y sus frutos, concedidos a los hombres como alimento, pueden entenderse referidos a las pasiones corporales; por ejemplo, la ira y la concupiscencia168 son gérmenes corporales, y los frutos de tales gérmenes, esto es, las obras, son comunes a nosotros, seres racionales, y a las bestias de la tierra. Pero cuando nos dejamos llevar por la ira con vistas a la justicia, es decir, a la reprensión del culpable y a su enmienda en orden a la salvación, nos alimentamos de este fruto de la tierra y la ira corporal, por cuyo medio reprimimos el pecado y reparamos la justicia, se convierte en nuestro alimento.

    Y para que no te parezca que sacamos esta consideración de nuestro sentir más que de la divina Escritura, retorna al libro de los Números y recuerda lo que hizo el sacerdote Fineés, que, viendo a una meretriz madianita entregarse, a los ojos de todos, a los abrazos impuros de un varón israelita, lleno de la ira del celo divino, cogió una espada y les traspasó a ambos el pecho169. Esta acción le fue contada por Dios para justicia, según la palabra del Señor: Fineés ha aplacado mi ira y le será computado para justicia170. Luego este alimento terreno de la ira pasa a ser nuestro alimento cuando usamos espiritualmente de él para justicia.

    Pero si la ira lleva a actos irracionales como castigar a inocentes y enfurecerse contra los que no hacen ningún mal, éste será el alimento de las bestias del campo, de las serpientes de la tierra y de los pájaros del cielo; porque de tales alimentos se nutren también los demonios, que se alimentan de nuestras malas acciones y las favorecen. Ejemplo de este género de acción es Caín que, enfurecido por la envidia, engañó a su hermano inocente171.

    De modo similar debemos pensar también de la concupiscencia y de cada una de las pasiones de esta especie. Pues cuando nuestra alma anhela y desfallece por el Dios vivo172, la concupiscencia es nuestro alimento; pero cuando miramos con deseo a la mujer de otro173 o codiciamos algún bien del prójimo174, la concupiscencia se convierte en un alimento bestial; puede servir de ejemplo la concupiscencia de Ajab y la acción de Jezabel respecto a la viña de Nabot de Yizreel175.

    Ciertamente debe destacarse la cautela de la Sagrada Escritura, incluso en el uso de las palabras; ésta, en efecto, afirma que Dios dice a los hombres: He aquí que os he dado toda la hierba seminal que está sobre la tierra y todo árbol que está sobre la tierra: os servirá de alimento176; por lo que se refiere a las bestias, no dijo: les dio todas estas cosas en alimento, sino: les servirá de alimento177, para que, según el sentido espiritual que hemos expuesto, se comprenda que estas pasiones le fueron dadas por Dios al hombre y que, no obstante, Dios predice que servirán también de alimento a las bestias de la tierra178.

    Por eso, la divina Escritura ha usado un lenguaje sumamente cauto; ella afirma, en efecto, que Dios dice a los hombres: Os he dado estas cosas como alimento179; pero, cuando pasa a las bestias, dice con el tono y el sentido no del que manda, sino del que predice, que servirán también de alimento a las bestias, a los pájaros y a las serpientes.

    Sin embargo, nosotros, conforme a la palabra del apóstol Pablo, apliquémonos a la lectura180 para que podamos, como él mismo dice, recibir el pensamiento de Cristo181 y conocer lo que Dios nos ha concedido182, y no hagamos de las cosas que nos fueron dadas por alimento comida de cer dos y de perros183, sino que preparemos en nosotros alimentos tales184 que nos hagan dignos de recibir en el asilo de nuestro corazón al Verbo e Hijo de Dios, que viene con su Padre y que quiere hacer morada en nosotros185, en el Espíritu Santo, del que debemos ser ante todo templo186 por nuestra santidad.

    A él la gloria en la eternidad de los siglos de los siglos. Amén187.

    Nota