Pestañas abiertas

1 abierta

    Homilías sobre el Génesis

    Homilía XVI

    José adquiere las tierras de Egipto para el Faraón

    Sobre el pasaje: «José adquirió la tierra de Egipto para el Faraón; los egipcios, en efecto, vendieron su tierra al Faraón, porque el hambre los venció. Y la tierra vino a ser del Faraón que redujo al pueblo a servidumbre desde un extremo al otro de Egipto»1

    Egipto, país de esclavitud

    1. Según el testimonio de la Escritura, ningún egipcio era libre, pues el Faraón redujo al pueblo a esclavitud y no dejó a nadie libre dentro de los confines de Egipto, sino que suprimió la libertad en todo el país de Egipto. Por eso, sin duda, se escribió: Yo soy el Señor, tu Dios, que te sacó del país de Egipto, de la casa de la esclavitud2. Egipto, por tanto, llegó a ser la casa de la esclavitud y, lo que es más desgraciado, de la esclavitud voluntaria.

    En efecto, cuando se refiere de los hebreos que fueron reducidos a esclavitud y que, privados de la libertad, tuvieron que soportar el yugo de la tiranía, se recuerda también que fueron conducidos a esa situación violentamente. Pues está escrito: Los egipcios detestaban a los hijos de Israel, y los egipcios oprimían violentamente con su poder a los hijos de Israel y les amargaban la vida con rudos trabajos de arcilla y ladrillos y con toda suerte de labores del campo, con las que los reducían a esclavitud por la fuerza3. Repara, por tanto, en lo que está escrito: los hebreos fueron reducidos a esclavitud por la fuerza; ellos poseían, en efecto, una libertad natural que no les podía ser arrebatada fácilmente ni mediante engaño, sino sólo con violencia.

    El Faraón, en cambio, redujo fácilmente a esclavitud al pueblo egipcio, y no está escrito que lo hiciese por la fuerza, ya que los egipcios son proclives a una vida degenerada y caen enseguida bajo el imperio de toda clase de vicios4. Considera el origen de su raza y encontrarás que su padre, Cam, que se había burlado de la desnudez de su padre5, mereció esta sentencia: que su hijo Canaam sería esclavo de sus hermanos6, para que su condición de esclavo atestiguase la depravación de sus costumbres. No sin razón, por tanto, la degeneración de la posteridad reproduce la falta de nobleza de la raza7.

    Los hebreos, en cambio, aun estando reducidos a esclavitud, aun sufriendo la tiranía de los egipcios, la sufren a la fuerza y por necesidad. Por eso son liberados de la casa de la esclavitud y llamados a la libertad primera, que habían perdido contra su voluntad. Además, las leyes divinas preveen que, si uno compra un esclavo hebreo, no lo mantenga en perpetua esclavitud, sino que lo tenga a su servicio durante seis años y al séptimo lo deje libre. En relación con los egipcios no se dispone nada parecido, ni la ley divina se ocupa en ninguna parte de la libertad de los egipcios, porque ellos la perdieron por propia voluntad, sino que les abandona al yugo eterno de su condición y a una esclavitud perpetua.

    La esclavitud del pecado

    2. Si entendemos espiritualmente estas cosas, conocemos la verdadera esclavitud de los egipcios, porque servir a los egipcios no es otra cosa que sujetarse a las pasiones de la carne y estar sometidos a los demonios8. Ciertamente, nadie es obligado a ello por una necesidad venida de fuera, sino que es empujado por la inercia del alma y por el deseo y el placer del cuerpo, al cual se somete el alma por indolencia. Pero el que se cuida de la libertad del alma y ennoblece la dignidad de la mente con pensamientos celestes forma parte de los hijos de Israel; y, aunque oprimido con violencia durante cierto tiempo, no por ello pierde su libertad perpetuamente. Por último, también nuestro Salvador, tratando de la libertad y de la esclavitud en el Evangelio, dice lo que sigue: Todo el que peca es esclavo del pecado9. Y de nuevo: Si permanecéis en mi palabra, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres10.

    Quizá alguno [a modo de objeción] nos diga: ¿Cómo es que toda la tierra le es entregada en posesión al Faraón por medio de José y se dice que toda esta esclavitud, que antes explicamos como condicionada por el pecado, es puesta al servicio del Faraón por un hombre santo? A esto podemos responder que la misma Escritura justifica la actuación del hombre santo cuando dice que los egipcios se vendieron a sí mismos y a sus posesiones11. La culpa no recae, por tanto, en el que administra cuando se provee adecuadamente a los méritos de los administrados.

    Encontrarás así que también Pablo hace algo parecido cuando entrega a Satanás al que, por sus torpes acciones, se ha hecho indigno de la compañía de los santos, para que aprenda a no blasfemar12. Seguramente que nadie osaría decir que Pablo ha actuado con dureza al expulsar a aquel hombre de la Iglesia, entregándolo a Satanás. La culpa es, sin duda, de aquel que, por su conducta, ha merecido no tener un lugar en la Iglesia y ser agregado a la comunidad de Satanás.

    Del mismo modo, José, sabiendo de antemano que entre los egipcios no había nada de la libertad hebrea, nada de la nobleza de Israel, asoció a una digna soberanía dignos servidores13.

    Digo incluso algo más. También en la divina economía encontrarás que se ha verificado algo semejante en lo que dice Moisés: Cuando el Altísimo dividía a las naciones y separaba los confines de los pueblos, los estableció según el número de los ángeles de Dios, y Jacob vino a ser la porción del Señor, Israel el lote de su heredad14. Ves, por tanto, que el dominio de los ángeles es fijado en función de los méritos de cada pueblo, pero que la porción del Señor es el pueblo de Israel.

    El hambre, azote de los malvados, no de los justos

    3. Tras esto, sigue: Los egipcios - d i c e - vendieron su tierra al Faraón, pues el hambre los venció15. Me parece que también en esta frase se encierra un reproche contra los egipcios, pues no es fácil que de los hebreos oigas decir que el hambre los venció; porque, aunque está escrito que el hambre abrumó al país16, no se dice sin embargo que el hambre haya vencido a Jacob y a sus hijos como se dice de los egipcios que el hambre los venció. En efecto, aunque el hambre alcance también a los justos, no los vence. Por eso se glorían incluso en ella, como hace Pablo que, de buena gana, se alegra en este género de tribulaciones, cuando dice: En el hambre y en la sed, en el frío y en la desnudez17. Luego lo que para los justos es ejercicio de virtud, para los injustos es castigo del pecado.

    Finalmente, también está escrito que en tiempo de Abraham hubo hambre en la tierra y Abraham bajó a Egipto para habitar allí, porque el hambre abrumaba al país18. Si, como piensan algunos, la divina Escritura se expresase en un lenguaje negligente y descuidado, habría podido decir que Abraham bajó a Egipto para habitar allí, porque el hambre le abrumaba a él. Pero observa con qué gran precisión y cautela se expresa la palabra divina. Cuando habla de los santos dice que el hambre abrumaba al país; cuando habla de los injustos dice que el hambre los abruma a ellos mismos. Por tanto, el hambre no abruma ni a Abraham, ni a Jacob, ni a sus hijos, sino que, si abruma, se dice que abruma al país.

    Asimismo, está escrito que en la época de Isaac hubo hambre en el país, aparte de aquella primera hambre que tuvo lugar en tiempos de Abraham19. Ahora bien, esta hambre apenas puede afectar a Isaac; tanto es así que el Señor le dice: No bajes a Egipto, sino habita en la tierra que yo te mostraré, habita en ella y yo estaré contigo20.

    La nutrición de los justos

    Según esta observación, pienso yo, decía el profeta mucho tiempo después: Fui joven y ahora viejo, y no he visto al justo abandonado ni a su posteridad mendigando el pan21. Y en otro lugar: El Señor no hará morir de hambre al justo22. Todos estos textos muestran claramente que pueden padecer hambre la tierra y los que gustan de las cosas terrenas23, pero aquellos cuyo alimento es hacer la voluntad del Padre que está en los cielos24 y cuya alma se nutre de aquel pan que ha bajado del cielo25, no pueden nunca sufrir las privaciones del hambre.

    El ejemplo de Elias

    Por eso, la divina Escritura, atentamente, no emplea la expresión «estar abrumados por el hambre» para quienes, según su conocimiento, poseen la ciencia de Dios y reciben el alimento de la sabiduría celeste.

    También en el tercer libro de los Reyes encontrarás usada la misma cautela al hablar de una época de escasez. El país se hallaba abrumado por el hambre, según la palabra de Elias a Acab: ¡Vive el Señor de los ejércitos, Dios de Israel, a quien sirvo! No habrá estos años rocío ni lluvia sobre la tierra, más que cuando mi boca lo diga26. Tras esto, el Señor manda a unos cuervos dar de comer al profeta y al profeta beber agua del torrente de Kerit. Y otra vez, en Sarepta de Sión, se le manda a una mujer viuda alimentar al profeta. A esta mujer no le quedaban víveres más que para un solo día; pero, distribuidos estos, no se agotaban jamás, y, agotados, se multiplicaban incesantemente; pues, según la palabra del Señor, la tinaja de la harina y la orza del aceite no se agotaron por haber dado de comer al profeta27.

    El ejemplo de Elíseo

    Encontrarás también un episodio semejante en tiempo de Eliseo, cuando el hijo de Jader, rey de Siria, subió contra Samaría y la asedió: Y hubo gran hambre en Samaría, hasta el punto de que una cabeza de asno costaba ochenta sidos de plata, y un cuarto de estiércol de palomo cinco sidos de plata28. Pero inmediatamente después se produce un cambio maravilloso gracias a la voz del profeta que dice: Escucha la palabra del Señor. Esto dice el Señor: Mañana, a esta hora, a las puertas de Samaría, habrá una medida de flor de harina por un sido y dos medidas de cebada por un sido29.

    Ves, por tanto, lo que resulta de todos estos textos; porque, cuando el hambre abruma a la tierra, no sólo no abruma a los justos, sino que más bien son estos los que proporcionan el remedio para escapar al desastre amenazante.

    El hambre de la palabra de Dios

    4. Así pues, ya que ves que la Sagrada Escritura guarda escrupulosamente en casi todos sus textos una regla semejante, hazlos pasar al sentido figurado y alegórico, que nos es enseñado también por las palabras de los mismos profetas30. En efecto, uno de los doce profetas declara sin rodeos que se habla abierta y claramente de un hambre espiritual: He aquí que vienen días, dice el Señor, en que enviaré hambre sobre la tierra, no hambre de pan y sed de agua, sino hambre de escuchar la palabra del Señor31.

    ¿Ves cuál es el hambre que posee a los pecadores? ¿Ves cuál es el hambre que prevalece sobre la tierra? Pues los que son de la tierra y gustan las cosas terrenas32 no pueden recibir lo que viene del Espíritu de Dios33, sufren el hambre de la palabra de Dios, no escuchan los mandamientos de la Ley, desconocen las amonestaciones de los profetas, ignoran las consolaciones de los apóstoles, no experimentan la medicina del Evangelio. Por eso se dice de ellos con razón: El hambre abrumó a la tierra34.

    El festín de la Sabiduría

    En cambio, para los justos y para los que meditan en la ley del Señor día y noche35, la Sabiduría prepara su mesa, mata sus víctimas, mezcla su vino en la copa y grita en voz alta36, no para que vengan todos, no para que se dirijan a ella los opulentos, los ricos y los sabios de este mundo, sino que dice: vengan a mí los que están faltos de juicio37, es decir, los que son humildes de corazón38* -que en otro lugar se dice pobres de espíritu39, pero ricos de fe-, estos acuden

    al festín de la Sabiduría y, restaurados con sus manjares, alejan el hambre que abruma a la tierra.

    Cuídate, por tanto, también tú, de no ser uno de esos egipcios, para que no te venza el hambre y para que, empeñado en los afanes del mundo o apresado por los lazos de la avaricia o ablandado por el desenfreno de la lujuria, no seas extraño a los alimentos de la Sabiduría que están siempre presentes en las Iglesias de Dios. Porque si apartas el oído de aquello que se lee o se explica en la iglesia, sufrirás sin duda el hambre de la palabra de Dios; pero si, descendiendo de la estirpe de Abraham, custodias también la nobleza de la raza israelita, te nutre sin cesar la Ley, te nutren los Profetas y los Apóstoles te presentan opulentos convites. También los Evangelios te invitarán a reposar en el seno de Abraham, de Isaac y de Jacob, en el reino del Padre40, para que allí comas del árbol de la vida41 y bebas el vino de la verdadera vid42, el vino nuevo con Cristo en el reino de su Padre43. Pues los hijos del Esposo no pueden ayunar de estos alimentos, ni padecer hambre, hasta que el Esposo esté con ellos44.

    Sacerdotes del Faraón y sacerdotes del Señor

    5. En el pasaje siguiente se refiere que la tierra de los sacerdotes egipcios no fue sometida a esclavitud por el Faraón y que ellos no se vendieron a sí mismos con los demás egipcios, sino que recibían de fuera tanto alimentos como regalos, no de José, sino del mismo Faraón, y por esto, en cuanto más próximos que los otros, no vendieron su tierra al Faraón45. Pero precisamente esto pone de manifiesto que son más perversos que los demás, puesto que su estrecha familiaridad con el Faraón no les permite cambiar, sino que les hace permanecer en su mala posesión. Y del mismo modo que el Señor dice a los que habían avanzado en la fe y en la santidad: Ya no os llamo siervos, sino amigos46, así el Faraón les dice a estos, como a quienes han alcanzado el grado supremo de la maldad y el sacerdocio de la perdición: Ya no os llamo siervos, sino amigos.

    ¿Quieres saber, finalmente, qué diferencia hay entre los sacerdotes de Dios y los sacerdotes del Faraón? El Faraón dona las tierras a sus sacerdotes; el Señor, en cambio, no dona a sus sacerdotes porción alguna en la tierra, sino que les dice: Yo soy vuestra porción47. Por tanto, vosotros, que leéis estos textos, considerad a todos los sacerdotes del Señor y mirad en qué se distinguen: los que tienen su porción en la tierra y se ocupan de cuidados y negocios terrenos parecen más sacerdotes del Faraón que del Señor. Porque es el Faraón el que quiere que sus sacerdotes posean tierras y se apliquen al cultivo del suelo y no del alma, y se consagren al campo y no a la ley. Escuchemos, por contra, lo que manda Cristo, nuestro Señor, a sus sacerdotes: El que no renuncia a todas sus posesiones, no puede ser discípulo mío48.

    Yo tiemblo al decir esto, pues en primer lugar me estoy acusando a mí mismo, yo mismo pronuncio mi propia condena. Cristo niega que sea su discípulo aquel al que ve poseyendo algo y aquel que no renuncia a todas sus posesiones. ¿Y qué hacemos nosotros? ¿Cómo podemos leer o explicar estas cosas al pueblo nosotros, que no sólo no renunciamos a lo que poseemos, sino que queremos procurarnos también aquello que no hemos tenido nunca antes de venir a Cristo? ¿Podemos acaso esconder y no proclamar lo que está escrito porque la conciencia nos remuerda? No quiero hacerme culpable de un doble delito. Confieso, y lo confieso abiertamente delante del pueblo que escucha, que estas cosas están escritas, aunque reconozco que yo no las he cumplido aún49. Pero, advertidos de esto al menos, apresurémonos a cumplirlas y a pasar de los sacerdotes del Faraón, cuya posesión es terrena, a los sacerdotes del Señor, cuya porción no está en la tierra, cuya porción es el Señor50.

    Tal era realmente aquel que decía: Como pobres, pero enriqueciendo a muchos, como no teniendo nada y poseyéndolo todo51. El que se gloría en tales cosas es Pablo.

    ¿Quieres oír lo que también Pedro dice de sí mismo? Escuchadle hacer con Juan esta confesión que les concierne a los dos: No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo. En nombre de Jesucristo, levántate y anda52. He aquí las riquezas de los sacerdotes de Cristo: no tienen nada y, sin embargo, cuántas y cuan preciosas riquezas dan. Estos bienes no los puede procurar la posesión terrena.

    El pueblo egipcio y el pueblo de Israel

    6. Hemos comparado sacerdotes y sacerdotes; ahora, si os parece bien, comparemos al pueblo egipcio con el pueblo israelita.

    Se dice, en efecto, en lo que sigue, que, después del hambre y de la esclavitud, el pueblo egipcio ofrece la quinta parte al Faraón53; por contra, el pueblo israelita ofrece la décima parte a los sacerdotes. Advierte que también en esto la divina Escritura se apoya en un argumento de peso. El pueblo egipcio paga los tributos según el número cinco, indicando así los cinco sentidos del cuerpo a los que sirve el pueblo carnal, pues los egipcios se complacen siempre en las cosas visibles y corpóreas. El pueblo israelita, en cambio, honra la década, número de la perfección54, pues recibió las diez palabras de la Ley y, ligado por la virtud del decálogo, acogió, gracias a la liberalidad divina, misterios ignorados de este mundo. Pero también en el Nuevo Testamento la década es igualmente venerable. Así, el fruto del Espíritu germina en diez virtudes55 y el siervo fiel ofrece al Señor diez minas como producto de su negociación y recibe el mando sobre diez ciudades56.

    Pero, porque uno es el creador del universo y sólo Cristo es su origen y principio57, por eso también el pueblo ofrece los diezmos a sus ministros y sacerdotes y los primogénitos al primogénito de toda creatura58 y las primicias al que es el principio de todo, del cual está escrito: El es el principio59, el primogénito de toda la creación60.

    A partir de aquí considera, pues, la diferencia entre el pueblo de los egipcios y el pueblo de Israel y entre los sacerdotes del Faraón y los sacerdotes del Señor y, examinándote a ti mismo, pregúntate de qué pueblo eres y a qué orden de sacerdotes perteneces. Si eres todavía esclavo de los sentidos carnales, si todavía pagas los impuestos según el número cinco y miras a las cosas visibles y temporales y no a las invisibles y eternas61, reconócete del pueblo egipcio; pero si tienes siempre ante los ojos el decálogo de la Ley y la década del Nuevo Testamento, de la que acabamos de hablar, y de estos ofreces los diezmos, si inmolas con espíritu de fe los primogénitos de tu pensamiento al primogénito de entre los muertos62 y presentas tus primicias al que es primicia de todo, eres un verdadero israelita, en el que no hay engaño63.

    También los sacerdotes del Señor, si se examinan a sí mismos y son libres de la actividad terrena y de las posesiones mundanas, pueden decir realmente al Señor: He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido64, y pueden oirle decir: Vosotros, que me habéis seguido, en la regeneración de todas las cosas, cuando el Hijo del Hombre venga en su reino, os sentaréis también vosotros en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel65.

    La cercanía de Israel en Egipto

    7. Veamos ahora lo que dice Moisés: Israel habitó en Egipto, en el país de Gosen66. Gosen significa proximidad o cercanía. Ello indica que, aunque Israel habita en Egipto, no está lejos de Dios, sino que le es cercano y está unido a él como él mismo dice: Bajaré contigo a Egipto y estaré contigo67.

    Luego nosotros, aunque parezca que hemos bajado a Egipto, aunque por nuestra condición carnal sostengamos las luchas y combates de este mundo, aunque habitemos entre los que son esclavos del Faraón, sin embargo, si nos mantenemos cerca de Dios, si nos dedicamos a la meditación de sus mandamientos y buscamos sus preceptos y sus juicios68-pues esto es estar siempre cerca de Dios, pensar en las cosas de Dios, buscar las cosas de Dios69-, también Dios estará siempre con nosotros, por Cristo Jesús, nuestro Señor, al cual es la gloria por los siglos de los siglos. Amén70.

    Nota