Pestañas abiertas

1 abierta

    Homilías sobre el Génesis

    Homilía XII

    Concepción y parto de Rebeca

    1. En el curso de cada una de las lecturas, cuando se lee a Moisés1, debemos pedir al Padre del Verbo que cumpla también en nosotros lo que está escrito en los salmos: Abre mis ojos y contemplaré las maravillas de tu Ley2. Porque si él no abre nuestros ojos, ¿cómo podremos ver estos grandes misterios que están prefigurados en los patriarcas y simbolizados tanto en los pozos como en las bodas, tanto en los partos como en las esterilidades?

    La esterilidad de algunas mujeres del Antiguo Testamento

    En efecto, la presente lectura refiere que Isaac suplicó por Rebeca, su esposa, porque era estéril; Dios le oyó y ella concibió. Y los hijos, dice, saltaban en su seno3.

    Antes de nada, conviene que te preguntes por qué la Escritura dice de tantas santas mujeres que fueron estériles como la misma Sara4 y ahora Rebeca. Pero también Raquel, la amada de Israel, fue estéril5. Y de Ana, la madre de Samuel, también se dice que fue estéril6. En los mismos Evangelios se recuerda la esterilidad de Isabel7. Para todas estas mujeres se menciona un solo título de honor: que, después de su esterilidad, dieron a luz un hijo santo8.

    Así pues, de ésta de la que ahora se habla, de Rebeca, se dice que fue estéril; pero, narra la Escritura: Isaac suplicó al Señor por ella; le escuchó y ella concibió. Y sus hijos, añade, saltaban en su seno9. ¿Ves lo que ha concebido esta esterilidad? Los hijos de la estéril exultan antes de nacer y la que había desesperado de tener hijos lleva en su seno naciones y pueblos. Dice así, en efecto: Rebeca fue a consultar al Señor, y el Señor le dijo: Dos naciones están en tu seno y dos pueblos se separan de tu vientre10.

    Querer investigar ahora la agitación de los infantes que permanecen aún en el seno materno nos llevaría muy lejos. También sería prolijo proponer las explicaciones y palabras enigmáticas que escribió el Apóstol: qué misterio o qué motivos contengan, por qué antes de que nazcan los hijos o hagan algún bien o mal en este mundo11, se dice de ellos: Un pueblo oprimirá al otro y el mayor servirá al menor12; por qué, antes de salir del seno de la madre, se dice por medio del profeta: He amado a Jacob y odiado a Esaú13. Estas cosas superan nuestra lengua y vuestro oído.

    La consulta de Rebeca

    2. Veamos ahora, entretanto, qué quiere decir eso de que Rebeca fue a consultar al Señor14. Fue. ¿A dónde fue? ¿Del lugar en el que no estaba el Señor fue al lugar en el que estaba? Porque esto es lo que parece indicarse cuando se dice: Fue a consultar al Señor. ¿No está el Señor en todas partes? ¿No dijo él mismo: Yo lleno el cielo y la tierra, dice el Señor15? ¿A dónde fue, pues, Rebeca?

    Yo pienso que no fue de un lugar a otro, sino que pasó de una vida a otra vida, de una acción a otra acción, de lo bueno a lo mejor; yo pienso que progresó de lo útil a lo más útil, de lo santo a lo más santo. Pues sería absurdo pensar que Rebeca, que se había educado en la casa del sabio Abraham, bajo su doctísimo marido Isaac, fuese tan inculta e ignorante que creyese que el Señor estaba encerrado en un determinado lugar y fuese allá para preguntarle por el sentido de la agitación de los bebés en su seno.

    Pero ¿quieres que te muestre que, cuando ven que Dios les enseña algo, es costumbre entre los santos decir que van y que pasan? Moisés, al ver que la zarza ardía sin consumirse, admirado por la visión, dijo: Pasaré y veré esta visión16. No quería decir, ciertamente, que iba a franquear una cierta distancia, ni que iba a escalar montañas o a bajar las pendientes abruptas de los valles. La visión le era cercana, estaba delante de él, ante sus ojos. Sin embargo dice: Pasaré, para mostrar que, advertido por la visión celeste, debe ascender a una vida superior y pasar del estado en que se encontraba a uno mejor17.

    También ahora se dice de Rebeca que fue a consultar al Señor18, lo cual debe entenderse, como ya dijimos, que fue no con los pasos de los pies, sino con los progresos del alma19.

    En consecuencia, si empiezas a considerar no las cosas visibles, sino las invisibles20, es decir, no las realidades carnales, sino las espirituales, no las cosas presentes, sino las futuras, también de ti se dirá que fuiste a consultar al Señor. Si te separas del viejo modo de vivir y del consorcio de aquellos con los que indigna y torpemente vivías y te das a acciones honestas y piadosas, cuando se te busque entre los aliados de la infamia y no se te encuentre dentro de las bandas de los malhechores, se dirá también de ti: Fue a consultar al Señor21.

    Así pues, los santos no van de un lugar a otro, sino de una vida a otra vida y de las primeras enseñanzas a enseñanzas superiores.

    Los dos hijos de Rebeca

    3. El Señor, pues, le dijo: Dos pueblos hay en tu vientre, dos naciones que, al salir de tus entrañas, se dividirán. Un pueblo dominará sobre el otro y el mayor servirá al menor22.

    Los judíos mismos, aun sin tener fe, saben cómo un pueblo ha dominado sobre el otro, es decir, cómo la Iglesia ha prevalecido sobre la Sinagoga, y cómo el mayor sirve al menor. Considero, por tanto, superfluo hablar de estas cosas que a todos son manifiestas y archiconocidas23. Pero, si os parece bien, añadamos lo que puede edificar e instruir a cada uno de los oyentes que somos nosotros.

    Yo pienso que de cada uno de nosotros, en singular, se puede decir que dos naciones y dos pueblos están en nuestro interior. Porque dentro de nosotros está el pueblo de las virtudes no menos que el pueblo de los vicios: De nuestro corazón, en efecto, proceden los malos pensamientos, los adulterios, los robos, los falsos testimonios24, y además, los engaños, las rencillas, las herejías, las envidias, las orgías y cosas semejantes25. ¿Ves cuan ingente pueblo de maldades está dentro de nosotros? Pero si somos dignos de decir lo que dijeron los santos: Por temor tuyo, Señor, concebimos en el vientre y parimos, hemos traído a la tierra el espíritu de tu salvación26, entonces se encuentra también en nosotros el otro pueblo, el engendrado en el espíritu. Pues los frutos del Espíritu son la caridad, la alegría, la paz, la paciencia, la bondad, la mansedumbre, la continencia, la castidad27 y cosas semejantes.

    He ahí al otro pueblo que está también dentro de nosotros; pero mientras que éste es menor, aquél es mayor; pues los malos son siempre más numerosos que los buenos y los vicios más copiosos que las virtudes. No obstante, si somos como Rebeca y merecemos concebir de Isaac, esto es, del Verbo de Dios, también en nosotros un pueblo dominará sobre el otro y el mayor servirá al menor28; en efecto, la carne servirá al espíritu y los vicios cederán a las virtudes.

    Dice la Escritura: Y se le cumplieron los días de dar a luz y [resultó que] dos mellizos había en su vientre29. Esta expresión: Se le cumplieron los días de dar a luz, no se suele emplear más que para las santas mujeres. Esto se dijo de nuestra Rebeca, de Isabel, la madre de Juan30, y de María, la madre de nuestro Señor Jesucristo31. Por eso, me parece que un parto de este género pone de manifiesto algo excelente y fuera de lo común y que la plenitud de los días indica el nacimiento de una descendencia perfecta.

    Jacob suplanta a Esaú

    4. Salió el hijo primogénito, dice la Escritura, rubicundo y todo él hirsuto como una piel. Le llamaron Esaú. Después salió su hermano y su mano agarraba el talón de Esaú, y se le llamó Jacob32.

    Otro pasaje de la Escritura refiere de ellos que Jacob suplantó a su hermano en el vientre de la madre33 y signo de esto es que la mano de Jacob agarraba el talón de su hermano Esaú.

    Este Esaú salió del útero de la madre todo hirsuto como una piel34; Jacob, en cambio, [salió] liso y desnudo. Por eso, Jacob tomó el nombre de la lucha y la suplantación35, mientras que Esaú -como afirman los intérpretes de los nombres hebreos- parece haber sido llamado, o por su rubor o por la tierra, «rojo» o «terreno», o, según otros intérpretes, «creatura».

    Pero no es mi intención explicar cuáles son estos privilegios de nacimiento, por qué uno ha suplantado al hermano o ha nacido liso y desnudo, cuando seguramente, como dice el Apóstol, los dos hijos han sido concebidos de un solo hombre, Isaac, nuestro padre36, o por qué el otro está todo hirsuto y erizado y, por así decir, envuelto en la suciedad del pecado y de la maldad. Pues si yo quisiese excavar en profundidad y descubrir las venas latentes del agua viva37, sobrevendrían de inmediato los filisteos para litigar conmigo, promoverían contra mí disputas y calumnias y empezarían a llenar mis pozos de su tierra y de su fango38. En efecto, si estos filisteos me lo permitiesen, también yo querría acceder a mi Señor, al Señor infinitamente paciente, que dice: Al que viene a mí, yo no lo echo fuera39, y querría acceder en el modo en que le dijeron los discípulos: Señor, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciese ciego?40; también yo querría interrogarlo y decir: Señor, ¿quién pecó, este Esaú o sus padres, para que naciese así, todo hirsuto y erizado, y para que fuese suplantado por su hermano en el seno de su madre? Pero si quiero interrogar y escrutar la palabra de Dios a propósito de estas cosas, enseguida levantarán litigios y calumnias contra mí los filisteos. Por eso, abandonando este pozo, al que llamaremos enemistad41, vamos a excavar otro.

    La cebada y el trigo de la Escritura

    5. Después de esto, dice: Isaac sembró la cebada y cosechó el ciento por uno. El Señor lo bendijo y aquel hombre se engrandeció y se iba enriqueciendo cada vez más, hasta que se hizo muy grande42.

    ¿Qué significa que Isaac sembró la cebada y no el trigo y que es bendecido por sembrar la cebada? ¿Qué significa que es engrandecido hasta ser grande? Resulta claro, por tanto, que aún no era grande; pero, una vez que sembró la cebada y recogió el céntuplo, se hizo muy grande.

    La cebada es ante todo el alimento de los jumentos y de los esclavos del campo. Pues su aspecto es bastante áspero y da la impresión de aguijonear como con estiletes al que la toca. Isaac es la palabra de Dios, palabra que siembra cebada en la Ley y trigo en los Evangelios. El prepara, en efecto, este alimento para los más perfectos y espirituales, y aquél, para los ignorantes y animales; porque está escrito: Salvarás a hombres y animales, Señor43. Luego Isaac, en cuanto palabra de la Ley, siembra la cebada y, no obstante, en la cebada misma obtiene como fruto el ciento por uno44, pues también en la Ley encontrarás mártires, que recogen el ciento por uno45.

    Pero también nuestro Señor, el Isaac de los Evangelios, hablaba a los Apóstoles cosas más perfectas, a las multitudes, en cambio, cosas simples y ordinarias46. ¿Quieres que te demuestre que también él ofrece alimentos de cebada a los principiantes? Está escrito en los Evangelios que dio de comer a la multitud por segunda vez. Pero a los que da de comer por vez primera, es decir, a los principiantes, los alimenta con panes de cebada. Después, una vez que ya han progresado en la palabra y en la doctrina, les ofrece panes de trigo47.

    El engrandecimiento de Isaac

    Tras esto, dice la Escritura: El Señor bendijo a Isaac y [éste] se hizo muy grande48.

    Isaac era pequeño en la Ley; pero, con el tiempo, se hace grande en los profetas. Pues, mientras está solamente en la Ley, no es grande todavía, ya que la Ley está cubierta por un velo49. Crece, por tanto, ya en los profetas; pero, llegado al punto en que le sea quitado también el velo, se hará muy grande. Cuando la letra de la Ley empiece a ser separada como la paja de la cebada y se ponga de manifiesto que la Ley es espiritual50, entonces Isaac se engrandecerá y se hará grandísimo.

    El pan de la palabra divina

    Presta atención, además, al hecho de que el Señor en los Evangelios no parte más que unos pocos panes; pero ¡a cuántos millares de personas devuelve las fuerzas y cuántos cestos de pan sobrante quedan!51. Mientras los panes están enteros, nadie se sacia, nadie es restablecido, ni siquiera los mismos panes parecen aumentar. Y ahora considera el pequeño número de panes que partimos: las palabras que tomamos de las divinas Escrituras son pocas, mas ¡a cuántos miles de hombres sacian! Pero si estos panes no se hubiesen partido, si los discípulos no los hubiesen reducido a pedazos, es decir, si la letra no hubiese sido minuciosamente examinada y analizada, su sentido no hubiese podido llegar a todos52. Cuando nosotros empecemos a examinar a fondo y a tratar cada cosa en su singularidad, entonces las turbas se alimentarán de ello en la medida en que puedan; lo que no sean capaces de tomar, deberá recogerse y guardarse para que nada se pierda53.

    Conservemos, por tanto, también nosotros lo que las multitudes no puedan entender y recojámoslo en cestos y espuertas. En fin, consideremos los fragmentos que sobraron de aquel pan que, a propósito de Jacob y de Esaú, hemos partido hace poco. Nosotros los recogimos con gran cuidado para que no se perdiesen y los conservamos en espuertas y cestos hasta que veamos qué nos manda hacer también de ellos el Señor.

    Los pozos del agua viva

    Y ahora, en cuanto nos sea posible, comamos de los panes o saquemos agua de los pozos. Intentemos hacer tambien lo que recomienda la Sabiduría cuando dice: Bebe las aguas de tus fuentes y de tus pozos, y que tu propia fuente sea para ti54.

    Procura, pues, también tú, que escuchas, tener tu propio pozo y tu propia fuente, para que, cuando tomes el libro de las Escrituras entre las manos, empieces a producir de tu propio pensamiento alguna interpretación, y, conforme a lo que aprendiste en la Iglesia, intenta beber también tú de la fuente de tu espíritu. El origen del agua viva55 está en tu interior; dentro de ti hay venas perennes y corrientes colmadas de sentido racional, si no están obstruidas por la tierra y los detritus. Haz lo necesario por excavar tu tierra y purificar la de las inmundicias, es decir, por remover la desidia de tu espíritu y sacudir la indolencia del corazón56. Escucha, en efecto, lo que dice la Escritura: Punza el ojo y saldrá una lágrima; punza el corazón y saldrá un pensamiento57.

    Por tanto, purifica, también tú, el espíritu, para que algún día bebas de tus fuentes58 y saques agua viva de tus pozos59. Porque si has acogido en ti la palabra de Dios, si has recibido de Jesús el agua viva y la has recibido con fe, será dentro de ti una fuente que salta hasta la vida eterna60 en el mismo Jesucrito, nuestro Señor, al cual es la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén61.

    Nota