Homilías sobre el Génesis
Homilía VIII
El sacrificio de Abraham
Abraham ofrece a su hijo Isaac
1. Aplicad aquí los oídos, vosotros, que os habéis acercado a Dios y os creéis fieles, y considerad con más diligencia cómo, a partir de la lectura que nos ha sido proclamada, se pone a prueba la fe de los fieles.
Y sucedió que, después de estas palabras, Dios tentó a Abraham y le dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí1. Observa bien cada una de las expresiones escritas, porque en cada una, si se sabe profundizar, se encontrará un tesoro; y quizá, incluso donde no se piensa, estén escondidas las perlas preciosas de los misterios2.
El nombre de Abraham y la promesa
Este hombre se llamaba antes Abram, pero en ninguna parte leemos que Dios le haya llamado por este nombre o le haya dicho: Abram, Abram. Y efectivamente, no podía ser llamado por Dios con un nombre destinado a desaparecer. Dios lo llama con el nombre que él mismo le ha dado, y no sólo lo llama con este nombre, sino que lo repite.
Y cuando Abraham respondió: Heme aquí, él le dijo: Toma a tu hijo muy querido, al que amas, a Isaac, y ofrécemelo. Ve, dice, a un lugar elevado y allí ofrécemelo en holocausto en uno de los montes que yo te mostraré3. Dios mismo le explicó por qué le había dado un nombre y le había llamado Abraham: Porque, dice la Escritura, te he constituido padre de muchedumbre de pueblos4. Dios le hizo esta promesa cuando tenía por hijo a Ismael, pero le prometió que tal promesa se cumpliría en el hijo que naciese de Sara. Había inflamado, pues, su alma en el amor de un hijo, no sólo a causa de la descendencia, sino también por la esperanza de las promesas.
La fe de Abraham
Pero he aquí que a este hijo, en el que reposan tan grandes y admirables promesas para él, a este hijo por el que había recibido el nombre de Abraham, el Señor le manda ofrecerlo en holocausto sobre un monte.
¿Qué dices tú a estas cosas, Abraham? ¿Qué pensamientos y de qué género se agitan en tu corazón? De Dios ha salido una voz para romper y probar tu fe. ¿Qué dices tú a esto? ¿Qué piensas? ¿Qué revisas? Acaso revuelvas en tu corazón esta idea: si en Isaac me fue hecha la promesa y ahora lo ofrezco en holocausto, sólo queda que deje de esperar en esta promesa. ¿O piensas más bien y dices que el que ha hecho la promesa no puede mentir y que, suceda lo que suceda, la promesa permanecerá?
Mas yo, que soy el más pequeño5, no me siento capaz de escrutar los pensamientos de tan gran patriarca; no puedo saber, por tanto, qué razonamientos haya removido en él la voz de Dios, o qué sentimientos le haya despertado esta voz que se había manifestado para tentarlo, cuando le mandó matar a su hijo único. Pero, dado que el espíritu de los profetas está sometido a los profetas6, el Apóstol Pablo, que, por medio del Espíritu, había aprendido, creo yo, qué pensamientos y sentimientos había llevado en sí Abraham, los dio a conocer diciendo: Por la fe, Abraham no dudó al ofrecer a su hijo único en el que había recibido las promesas, pensando que Dios es poderoso incluso para resucitarlo de entre los muertos7.
El Apóstol nos ha revelado, pues, los pensamientos del hombre fiel: que ya entonces, en Isaac, tuvo sus comienzos la fe en la resurrección. Abraham, por tanto, esperaba que Isaac resucitase y creía que llegaría a producirse lo que aún no se había verificado. ¿Cómo pueden ser, por consiguiente, hijos de Abraham8 los que no creen que se haya cumplido en Cristo lo que él creyó que habría de cumplirse en Isaac? Más aún, para hablar con mayor claridad, Abraham sabía que él estaba prefigurando una imagen de la verdad futura, sabía que de su linaje nacería Cristo y que éste sería ofrecido como verdadera víctima por todo el mundo y que resucitaría de entre los muertos.
2. Pero, entretanto, Dios tentaba a Abraham, y le dice: Toma a tu hijo muy querido, al que amas9. No le basta con decir hijo, sino que añade también: muy querido. Sea, pues, esto; mas ¿por qué dice todavía: al que amas? Considera la gravedad de la prueba: con estos dulces y queridos nombres, una y mil veces repetidos, se excitan los sentimientos del padre, para que, al recuerdo vivo de su amor, cuando vaya a inmolar al hijo, se detenga la mano del padre y toda la milicia de la carne luche contra la fe del alma.
Toma, pues, dice, a tu hijo muy querido, al que amas, a Isaac10. Admitamos, Señor, que le recuerdes su hijo al padre; que añadas el calificativo de muy querido a aquel a quien mandas matar. Baste esto al suplicio del padre; pero todavía incorporas al que amas. Tripliqúense también en esto los suplicios del padre. Mas ¿qué necesidad hay de que le recuerdes además su nombre: Isaac} ¿Es que Abraham no sabía que su hijo muy querido, aquel al que amaba, se llamaba Isaac? ¿Por qué se añade esto en este punto? Para que Abraham se acordase de que le habías dicho: En Isaac llevará tu nombre una descendencia y en Isaac se realizarán para ti las promesas11. Y se le recuerda el nombre para que penetre en él la desesperanza en las promesas que le habían sido hechas en este nombre.
Mas todo esto, porque Dios tentaba a Abraham.
El monte del sacrificio
3. ¿Qué viene después de esto? Ve, dice, a un lugar elevado, a uno de los montes que yo te mostraré, y allí ofrécelo en holocausto12. Observa, por los detalles, cómo se acrecienta la prueba. Ve a un lugar elevado. ¿Es que Abraham no había podido ser conducido antes con el niño a ese lugar elevado y, ya situado en el monte que Dios había elegido, habérsele dicho allí que ofreciese a su hijo? Sin embargo, primero se le dice que debe ofrecer a su hijo y después se le manda ir a un lugar elevado y subir al monte. ¿Con qué intención? Con la de que, mientras anda, mientras va de camino, se vea lacerado por los pensamientos durante todo el trayecto; con la de hacerle sentir el tormento de la urgencia del mandato, por un lado, y del afecto agónico hacia el hijo único, por otro. Tal es la razón por la que se le impone también el camino y la subida al monte, para que en todos estos pasos puedan librar su combate el afecto paternal y la fe, el amor de Dios y el amor de la carne, la gracia de las cosas presentes y la espera de las futuras.
Es enviado, por tanto, a un lugar elevado; sin embargo, a un patriarca que va a ejecutar para el Señor una obra tan grande no le basta un lugar elevado; por eso se le manda también subir a un monte, es decir, que, elevado por la fe, abandone las cosas terrenas y ascienda a las realidades celestes.
Abraham se pone en camino
4. Se levantó, pues, Abraham de madrugada, aparejó su asno y cortó la leña para el holocausto. Tomó consigo a su hijo Isaac y a dos mozos y llegó al lugar que le había dicho Dios al tercer día13.
Se levantó Abraham de madrugada (con el añadido de madrugada quiso mostrar tal vez que en su corazón brillaba un principio de luz), aparejó su asno, preparó la leña y tomó consigo a su hijo. No delibera, no discute, no comparte con nadie su plan, sino que en seguida se pone en camino.
Y llegó al lugar que le había dicho el Señor al tercer día14. Omito ahora hablar del misterio que se oculta tras el tercer día; me fijo en la sabiduría y en las intenciones del que prueba.
Así, aunque todo debía suceder en los montes, no había ningún monte en los alrededores; por eso, el camino se prolonga durante tres días, y en el transcurso de este triduo las entrañas del padre se ven atormentadas por preocupaciones recurrentes, de modo que durante todo este largo recorrido el padre miraba a su hijo y comía con él y, por las noches, el niño se colgaba en los brazos de su padre, se apretaba contra su pecho y reposaba en su regazo. Considera hasta dónde llega la prueba.
Ahora bien, el tercer día ha sido siempre propicio para los misterios. En efecto, también el pueblo, salido de Egipto, ofrece a Dios un sacrificio al tercer día y al tercer día se purifica15. La resurrección del Señor tiene lugar al tercer día16; y muchos otros misterios se contienen en este día.
La respuesta a los criados
5. Levantando los ojos, dice la Escritura, Abraham vio el lugar desde lejos y dijo a sus criados: Quedaos aquí con el asno; yo y el muchacho iremos hasta allí y, cuando hayamos adorado, volveremos a vosotros17.
Despide a los criados; pues los criados no podían subir con Abraham al lugar del holocausto que Dios le había mostrado.
Dice, pues: Vosotros quedaos aquí; yo y el niño iremos, y, cuando hayamos adorado, volveremos a vosotros18. Dime, Abraham, ¿dices la verdad a los criados cuando afirmas que vas a adorar y que volverás con el niño, o mientes? Si dices la verdad, no tienes intención de ofrecerle en holocausto; si mientes, a un patriarca tan grande no le conviene mentir. Por tanto, ¿qué pretendes con esta frase? Digo la verdad, responde, y ofrezco al niño en holocausto; por eso, llevo conmigo la leña; pero vuelvo con él a vosotros, porque creo, y ésta es mi fe: que Dios es poderoso para resucitarlo de entre los muertos19.
Los preparativos
6. Tras esto, dice la Escritura, Abraham tomó la leña para el holocausto, la cargó sobre su hijo Isaac, tomó en sus manos el fuego y el cuchillo y se fueron los dos juntos20.
El hecho de que Isaac mismo lleve la leña para el holocausto es figura de Cristo que llevó él mismo su cruz21; y, sin embargo, llevar la leña para el holocausto es oficio del sacerdote. Luego él mismo viene a ser a la vez víctima y sacerdote.
Pero también lo que sigue: y se fueron los dos juntos22, hace alusión a este misterio; porque, mientras Abraham, que se disponía a sacrificar, llevaba el fuego y el cuchillo, Isaac no iba detrás de él, sino con él, para que se viese que también con él, a la par, desempeñaba la función sacerdotal.
¿Qué viene después? Isaac dijo a Abraham, su padre: «Padre»23. En este momento, la voz proferida por el hijo es la voz de la tentación. En efecto, ¿imaginas hasta qué punto haya estremecido con su voz las entrañas paternas el hijo que debía ser inmolado? Y aunque Abraham, en virtud de la fe, estaba tan inflexible, sin embargo también él intercambió una palabra de afecto y respondió: ¿Qué hay, hijo?. Y él: Aquí está el fuego y la leña, pero ¿ dónde está el cordero para el holocausto?24. Abraham respondió a esto: Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío25.
La respuesta de Abraham, tan atenta y prudente, me conmueve. No sé lo que veía en espíritu, porque cuando dice: Dios proveerá el cordero26, no lo hace aludiendo al presente, sino al futuro. Al hijo, que le pregunta por el presente, le responde con el futuro. En efecto, el mismo Señor se proveerá el cordero en Cristo, porque la sabiduría misma se ha edificado una casa27 y él se humilló a sí mismo hasta la muerte28; y encontrarás que todo lo que lees de Cristo sucedió no por necesidad, sino libremente.
El lugar del sacrificio
7. Prosiguieron, pues, ambos su camino y llegaron al lugar que Dios le había dicho29.
Cuando Moisés llegó al lugar que Dios le había mostrado, no le fue permitido subir, sino que se le dijo: Desata la correa de tus sandalias30. A Abraham e Isaac no se les dice nada semejante, sino que suben sin descalzarse. El motivo de esto tal vez sea que Moisés, aun siendo grande31, venía sin embargo de Egipto y tenía algunos lazos de mortalidad anudados a sus pies32. Abraham e Isaac, en cambio, no tienen nada de eso, sino que llegan al lugar.
Abraham construye el altar, pone la leña sobre el altar, ata al muchacho y se prepara para degollarlo33.
Muchos de los que escucháis estas cosas en la Iglesia de Dios sois padres. Imaginad que alguno de vosotros, influido por la misma narración del hecho, adquiera tanta constancia y fuerza de ánimo que, si por casualidad perdiese a un hijo por muerte natural y exigida a todos, aun siendo único, aun siendo amado, tomase como ejemplo a Abraham y pusiese ante sus ojos su magnanimidad. Así y todo, a ti no se te pediría la heroicidad de atar tú mismo a tu hijo, de forzarlo tú mismo, de preparar el cuchillo y degollar con tus propias manos a tu hijo único. A ti no se te piden todos estos servicios. Sé al menos constante en el propósito y en el ánimo: firme en la fe, ofrece, alegre, tu hijo a Dios; sé sacerdote de la vida de tu hijo; mas al sacerdote que inmola a Dios no le conviene llorar.
¿Quieres ver que esto se te exige? Dice el Señor en el Evangelio: Si fueseis hijos de Abraham, haríais las obras de Abraham34. Pues bien, ésta es la obra de Abraham. Haced las obras que hizo Abraham, pero no con tristeza, pues Dios ama al queda con alegría35. Y si fueseis tan disponibles para Dios como él, también a vosotros se os diría: Sube a un lugar elevado y al monte que yo te mostraré, y allí ofréceme a tu hijo36. No en las profundidades de la tierra ni en el valle del llanto37, sino en los montes altos y excelsos ofrece a tu hijo. Muestra que la fe en Dios es más fuerte que los afectos de la carne. Porque Abraham amaba a su hijo Isaac, pero al amor de la carne antepone el amor de Dios, y fue encontrado no en las visceras de la carne, sino en las entrañas de Cristo38, es decir, en las entrañas del Verbo de Dios, de la verdad, de la sabiduría.
La razón del sacrificio
8. Y Abraham, dice la Escritura, alargó la mano para tomar el cuchillo y degollar a su hijo. Entonces le llamó desde el cielo el ángel del Señor, diciendo: ¡Abraham, Abraham! Y él respondió: Heme aquí. Y dijo [el ángel]: No pongas tu mano sobre el niño, ni le hagas nada, pues ahora sé que tú temes a Dios39.
A propósito de esta frase, se nos suele objetar que Dios dice que ahora sabe que Abraham teme a Dios, como si antes lo ignorase.
Dios lo sabía, y no le era desconocido, porque él conoce todas las cosas antes de que sucedan40; sin embargo, estas cosas fueron escritas por causa tuya, puesto que también tú has creído a Dios; pero si no haces las obras de la fe41, sino eres obediente en todos los mandamientos, incluso en los más difíciles, si no ofreces el sacrificio y no demuestras que prefieres a Dios sobre el padre, la madre o los hijos42, no se reconocerá que temes a Dios y no se dirá de ti: Ahora sé que tú temes a Dios43.
Es preciso considerar, además, otra cosa: en la narración se refiere que el que dice estas cosas a Abraham es un ángel; tal ángel aparece a continuación claramente como el Señor44. De ello deduzco que, si entre nosotros, los hombres, apareció en el porte como hombre45, así también entre los ángeles apareció con aspecto de ángel46. Y, siguiendo su ejemplo, los ángeles en el cielo se alegran por un solo pecador que haga penitencia47 y se glorían de los progresos de los hombres. Ellos son, en efecto, como los encargados de nuestras almas y a ellos, mientras todavía somos pequeños48, somos confiados como tutores y administradores hasta el tiempo fijado por el Padre49. Por tanto, son ellos los que, en relación con el progreso de cada uno de nosotros, dicen en este momento: Ahora sé que tú temes a Dios.
Por ejemplo, yo tengo el propósito del martirio; no por eso el ángel me podrá decir: Ahora sé que tú temes a Dios; pues el propósito del alma sólo a Dios le es conocido. Pero si hago frente a los combates, si profiero la buena confesión50, si soporto con firmeza todas las pruebas que me son infligidas, entonces el ángel, como para confirmarme y fortalecerme, podrá decir: Ahora sé que tú temes a Dios51.
Pero no olvidemos que estas cosas le fueron dichas a Abraham y que de él se proclamó que temía a Dios. ¿Por qué? Porque no perdonó a su hijo. Comparemos nosotros ahora estas cosas con las palabras del Apóstol, cuando dice de Dios: El no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros52.
Contempla a Dios rivalizando con los hombres en magnífica liberalidad: Abraham ofreció a Dios un hijo mortal que no llegaría a morir; Dios, por los hombres, entregó a la muerte a su Hijo inmortal.
¿Qué diremos a esto? ¿Cómo pagaremos al Señor por todo lo que él nos ha dado?53. Dios Padre, por causa nuestra, no perdonó a su propio Hijo54. ¿Quién de vosotros, según tú, oirá alguna vez la voz del ángel que dice: Ahora sé que tú temes a Dios, puesto que no me has negado a tu hijo55, o a tu hija, o a tu mujer, o no te has reservado el dinero o los honores del siglo o las ambiciones del mundo, sino que lo has despreciado todo y todo lo tuviste por basura con tal de ganar a Cristo56*’, todo lo has vendido y lo has dado a los pobres y has seguido al Verbo de Dios57? ¿Quién de vosotros, según tú, oirá de los ángeles palabras semejantes? Entretanto, Abraham oye esta voz y se le dice: Por mí no perdonaste a tu hijo amado58.
El carnero, figura de Cristo, sacerdote y víctima
9. Y levantando los ojos, Abraham miró y vio un carnero trabado en un zarzal por los cuernos59.
Creo que ya dijimos más arriba que Isaac era figura de Cristo60; pero también aquí el carnero aparece nada menos que como figura de Cristo. Vale la pena saber cómo convengan a Cristo tanto uno como otro, tanto Isaac, que no fue degollado, como el carnero, que fue degollado.
Cristo es la Palabra de Dios; pero la Palabra se hizo carne61. Luego en Cristo hay una cosa que viene de lo alto y otra que ha sido tomada de la naturaleza humana y del útero virginal. Consiguientemente, Cristo padece, pero en la carne; y ha soportado la muerte, pero en la carne, de la que aquí es figura el carnero; como decía también Juan: He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo62. Sin embargo, la Palabra, que es Cristo según el espíritu, del cual es imagen Isaac, permaneció en la incorrupción63. Por eso, él mismo es víctima y sacerdote. Según el espíritu, en efecto, ofrece la víctima al Padre; según la carne, él mismo se ofrece en el altar de la cruz, porque, como se dijo de él: He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo64, así también se dijo: Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec65.
Así pues, el carnero se halla trabado por los cuernos en un zarzal66.
La utilidad del sacrificio
10. Dice la Escritura: Y tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo Isaac, y Abraham llamó a aquel lugar: el Señor ha visto67.
Para quienes saben escuchar estas cosas se abre con toda claridad el camino de la comprensión espiritual; pues todo lo que sucedió desemboca en la visión, ya que se dice: el Señor ha visto. Y la visión que el Señor vio está en el espíritu, para que también tú veas en espíritu estas cosas que se escribieron; y, como en Dios nada es corpóreo, así tampoco tú veas nada corpóreo en estas cosas, sino que engendres en el espíritu al hijo Isaac, cuando empieces a tener el fruto del espíritu: la alegría, la paz68.
Pero este hijo lo engendrarás sólo si, como se escribió de Sara que habían cesado sus reglas69 y entonces engendró a Isaac, así también cesa en tu alma lo femenino, de modo que ya no haya en ella nada de mujeril y afeminado, sino que te comportes virilmente70 y virilmente ciñas tus lomos71; si proteges tu pecho con la coraza de la justicia y si te revistes del yelmo de la salvación y de la espada del espíritu72.
Por tanto, si se aparta de tu alma lo femenino, engendrarás de tu mujer -la virtud y la sabiduría- un hijo: el gozo y la alegría. Y darás a luz la alegría, si todo lo estimas alegría, cuando estés rodeado por toda clase de pruebas73 y ofreces a Dios como sacrificio esta misma alegría74. Porque cuando, alegre, te acerques a Dios, él te devolverá de nuevo lo que habías ofrecido y te dirá: Volveréis a verme y vuestro corazón se alegrará y nadie os quitará vuestra alegría75.
Así pues, recibirás multiplicado lo que habías ofrecido a Dios. Algo similar, aunque bajo otra imagen, se refiere en los Evangelios, cuando se dice, por medio de una parábola, que uno recibió una mina para negociar con ella y ganar dinero para el padre de familia76. Pero si tú llevas cinco multiplicadas en diez, te serán donadas y concedidas a ti. Oye, en efecto, lo que dice: Quitadle a éste la mina y dádsela al que tiene diez77.
Luego, aunque parece que negociamos para el Señor, las ganancias del negocio se nos ceden a nosotros; y, aunque parece que ofrecemos víctimas al Señor, en realidad nos es devuelto lo que ofrecemos, porque Dios no tiene necesidad de nada; lo que quiere es que nosotros seamos ricos; lo que desea es nuestro provecho en cada cosa.
Esta figura se hace patente además en lo que sucedió a Job. Pues también él, siendo rico, lo perdió todo por Dios. Pero, porque soportó bien los combates de la paciencia y fue magnánimo en todo lo que padeció, y dijo: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; como pareció bien al Señor, así sucedió, bendito sea el nombre del Señor78, presta atención a lo que se escribe de él al final: Recibió el doble de todo lo que había perdido79.
¿Te das cuenta de lo que significa perder algo por Dios? Recibirlo multiplicado. Pero a ti los evangelios te prometen algo más abundante: te prometen el ciento por uno y, además, la vida eterna80 en Cristo Jesús, Señor nuestro, al cual la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén81.