Homilías sobre el Génesis
Homilía IX
Las segundas promesas hechas a Abraham
La Escritura, océano de misterios
1. Cuanto más avanzamos en la lectura, más se acumulan los misterios ante nosotros. Si uno entra en el mar con una navecilla, mientras está cerca de la orilla tiene menos miedo, pero en la medida en que va adentrándose en alta mar y se ve levantado hacia lo alto por la hinchazón del oleaje o empujado hacia las profundidades por el entreabrirse de las olas, gran pavor y angustia se apoderan de su alma por haber confiado una balsa tan minúscula a tan inmensa turbulencia. Así también nos parece que somos probados nosotros, que, pequeños en méritos y débiles de ingenio, osamos entrar en un océano tan vasto de misterios.
Mas si el Señor, gracias a vuestras oraciones, se digna concedernos el viento propicio de su Espíritu Santo, entraremos, siguiendo el curso de la palabra, en el puerto de la salvación.
Las nuevas promesas
Veamos, pues, ahora cuál es el contenido de lo que se ha leído.
Dice la Escritura: Y el ángel del Señor llamó a Abraham por segunda vez desde el cielo diciendo: Lo he jurado por mí mismo, dice el Señor, puesto que has cumplido esta palabra y no te has reservado a tu hijo amado por mi causa, bendiciendo te bendeciré y multiplicando te multiplicaré, y tu descendencia será tan numerosa como las estrellas del cielo o como la arena del mar, que no se puede contar1, y lo demás.
Estas palabras requieren un oyente aplicado y atento. Nuevo es, en efecto, lo que dice: Y el ángel del Señor llamó a Abraham por segunda vez desde el cielo2. Pero lo que añade a continuación no es nuevo; porque bendiciendo te bendeciré ya había sido dicho antes3 y multiplicando te multiplicaré había sido prometido antes4, y será tu descendencia como las estrellas del cielo y la arena del mar también había sido pronunciado con anterioridad5.
¿Qué hay, por tanto, ahora de más para que tenga que ser llamado por segunda vez desde el cielo? ¿Qué se añade de nuevo a las antiguas promesas? ¿Qué premio suplementario se concede cuando se dice: puesto que has cumplido esta palabra6, esto es, puesto que ofreciste a tu hijo, puesto que no te reservaste a tu único hijo? Yo no veo ningún añadido; se repiten las mismas promesas de antes. ¿No parecerá, entonces, superfluo volver sucesivamente sobre las mismas cosas? En absoluto, más bien es necesario; pues todo lo que sucede, sucede en misterio7.
Si Abraham hubiese vivido sólo según la carne8 y no hubiese sido padre más que de este pueblo que engendró según la carne, habría bastado una sola promesa. Pero, para mostrar en primer lugar que iba a ser padre de los circuncidados según la carne, al momento de la circuncisión le es hecha la promesa que debía convenir al pueblo de la circuncisión; en segundo lugar, dado que iba a ser también padre de los que viven de la fe9 y, por la pasión de Cristo, llegan a la heredad, en el tiempo de la pasión de Isaac se le renueva la promesa que debe concernir al pueblo salvado por la pasión y resurrección de Cristo.
Parecen repetirse las mismas cosas, pero son muy diversas. En efecto, las que fueron dichas con anterioridad y que atañen al primer pueblo, fueron dichas en la tierra. Porque así dice la Escritura: Y le conduje fuera -a saber, de la tienda- y le dije: Mira las estrellas del cielo, si pueden ser contadas por su multitud. Y añadió: Así sera tu descendencia10. Pero cuando la promesa se repite por segunda vez, indica que le ha hablado desde el cielo. Así, la primera promesa es hecha desde la tierra y la segunda desde el cielo11.
¿No se sugiere aquí claramente lo que dice el Apóstol: El primer hombre, sacado de la tierra, es terrestre; el segundo hombre, venido del cielo, es celeste12? Luego esta promesa que concierne al pueblo fiel viene del cielo, aquélla de la tierra.
En aquella promesa hubo sólo palabras; aquí se interpone un juramento que el santo Apóstol, escribiendo a los Hebreos, interpreta en este modo: Queriendo Dios mostrar a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su designio, interpuso un juramento13. Y todavía: Los hombres juran por uno más grande que ellos14; pero Dios, no teniendo a nadie más grande por quien jurar15, juró por sí mismo, dice el Señor16. Juró, no pofque estuviese obligado a jurar -pues ¿quién podía exigir de él un juramento sacro17?-, sino, como interpreta el apóstol Pablo, para indicar mediante el mismo a sus adoradores la inmutabilidad de su designio18*. Así también, en otra parte, se dice por medio del profeta: El Señor lo ha jurado y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec19.
Finalmente, en la primera promesa no pone el motivo por el que se hizo la promesa; sólo se dice que lo condujo afuera y le mostró las estrellas del cielo y dijo: Así será tu descendencia20; ahora, sin embargo, añade el motivo por el que confirma con juramento que la promesa será estable. Dice, en efecto: Puesto que has cumplido esta palabra y no te has reservado a tu hijo21. Muestra, por tanto, que la promesa es firme en virtud de la ofrenda y pasión del Hijo, indicando a las claras que, para el pueblo proveniente de los gentiles, el que vive de la fe de Abraham22, la promesa es firme gracias a la pasión de Cristo.
¿Es que sólo en este caso lo segundo es más estable que lo primero? En muchos otros casos encontrarás esbozos de misterios. Moisés, [por ejemplo], arrojó al suelo e hizo pedazos las primeras tablas de la Ley según la letra23; después recibió la segunda Ley en el espíritu, y lo segundo es más firme que lo primero. De nuevo, él mismo, tras haber recogido toda la Ley en cuatro libros, escribe el Deuteronomio, que significa segunda Ley24. Ismael es primero e Isaac segundo, pero en el segundo se conserva una forma análoga de superioridad25. Esto mismo lo encontrarás también esbozado en Esaú y Jacob, en Efraín y Manases26, y así en otros mil casos.
La renovación interior
2. Vengamos ahora a nosotros mismos y expliquemos el sentido moral de cada uno de los puntos.
Dice el Apóstol, como ya hemos recordado más arriba: El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo hombre, venido del cielo, es celeste. Como el hombre terreno, así también los hombres terrenos; y como el celeste, tales también los celestes. Y del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del celeste27.
Estás viendo lo que quiere mostrarte: que si permaneces en lo que es primero, lo que viene de la tierra, serás reprobado, a menos que te transformes, te conviertas y, llegado a ser celeste, recibas la imagen del celeste.
Esto mismo lo dice también en otra parte: Despojándoos del hombre viejo con sus obras y revistiéndoos del nuevo, que ha sido creado según Dios28*. Lo mismo escribe en otro lugar: He aquí que pasaron las cosas viejas; todas se hicieron nuevas29.
Por eso, pues, Dios renueva sus promesas, para mostrarte que debes renovarte también tú. El no permanece en lo viejo, para que tampoco tú sigas siendo un hombre viejo30; te dice estas cosas desde el cielo, para que también tú recibas la imagen del celeste31. Pues ¿de qué te servirá que Dios renueve las promesas si tú no te renuevas, que él te hable desde el cielo si tú escuchas desde la tierra} ¿De qué te aprovechará que Dios se obligue con juramento si tú pasas por encima de estas cosas como si oyeses una fábula ordinaria?
¿Por qué no consideras que, por ti, Dios adopta incluso maneras de actuar que no parecen convenir del todo a su naturaleza?32. Se dice que Dios jura para que tú, al oirlo, tengas miedo, empieces a temblar y, consternado por el temor, te preguntes qué puede ser tan importante que merezca el juramento de Dios. Luego todo esto sucede para que tú te mantengas atento y solícito y, escuchando que se te ha preparado la promesa en los cielos, estés vigilante y te preguntes hasta qué punto eres digno de las promesas divinas.
Como las estrellas del cielo
Pero el Apóstol interpreta también este pasaje diciendo: Dios hizo la promesa a Abraham y a su descendencia. No dijo: y a sus descendientes como refiriéndose a muchos, sino como a uno: y a tu descendencia, que es Cristo33. Es de Cristo, por tanto, de quien se dice: Multiplicando multiplicaré tu descendencia y será tan numerosa como las estrellas del cielo y como la arena que está al borde del mar34.
¿Quién tendrá ya necesidad de explicación para saber cómo se multiplica la descendencia de Cristo desde el momento en que ve que el anuncio del Evangelio se ha difundido desde los confines de la tierra hasta los confines de la tierra35 y que no queda ya casi ningún lugar que no haya recibido la semilla de la palabra36? Esta verdad había sido prefigurada ya en los comienzos del mundo, cuando se le dijo a Adán: Creced y multiplicaos37; y precisamente esto, dice el Apóstol, se dice en relación con Cristo y con la Iglesia38.
Respecto a lo que dijo: Como las estrellas del cielo por la multitud, y a lo que añadió: y como la arena innumerable que está al borde del mar39, tal vez alguno podría decir que la figura del número celeste conviene al pueblo cristiano y la de la arena del mar al pueblo judío. Pero yo pienso, más bien, que tanto uno como otro ejemplo pueden aplicarse a ambos pueblos; pues también en aquel pueblo hubo muchos justos y profetas, a los cuales se equipara con razón el ejemplo de las estrellas del cielo40; y en nuestro pueblo hay muchos que piensan en las cosas terrenas41 y cuya ne-
cedad es más pesada que la arena del mar42; entre estos,
considero que hay que contar sobre todo a las turbas de los herejes. Pero ni siquiera nosotros hemos de sentirnos segu-
ros, pues hasta que no nos hayamos despojado de la imagen del hombre terreno y revestido de la imagen del celeste, se nos compara con ejemplos terrenos.
Por eso, el Apóstol, movido, según creo, por estas con-
sideraciones, representa la resurrección con la imagen de los cuerpos celestes y terrestres, diciendo: Una es la gloria de los celestes; otra, la de los terrestres. Y una estrella difiere en gloria de la otra; así será también la resurrección de los muertos43.
Pero también el Señor, cuando dice: Para que brille vuestra luz delante de los hombres y, viendo vuestras buenas obras, los hombres glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos44, da esta misma advertencia al que sabe oir.
La bendición de Abraham
3. Ahora bien, si quieres aprender con mayor claridad aún de las palabras de la Escritura que Cristo es linaje de Abraham e hijo de Abraham, oye lo que está escrito en el Evangelio: Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham45. En esto, pues, se cumple también la palabra que dice: Tu descendencia tendrá en herencia las ciudades de los enemigos46. ¿Cómo ha tenido Cristo en herencia las ciudades de los enemigos? Sin duda por esto, porque la voz de los Apóstoles ha llegado a toda la tierra y su palabra al orbe de la tierra47. De ahí que fueran excitados a la ira aquellos ángeles que retenían bajo su poder cada una de las naciones48. En efecto, cuando el Altísimo dividía las naciones según el número de los ángeles de Dios, entonces Jacob fue su porción e Israel el lote de su heredad49. Cristo, al cual había dicho el Padre: Pídemelo y te daré en herencia las naciones, en posesión los confines de la tierra50, arrebatando a los ángeles mismos el poder y el dominio que tenían sobre las naciones, les provocó a la ira.
Por eso dice: Se levantaron los reyes de la tierra y los príncipes se congregaron contra el Señor y contra su Cristo51. Por eso, combaten también contra nosotros y contra nosotros suscitan luchas y batallas. Eso mismo es lo que le hace decir al Apóstol de Cristo: La lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, las potestates y los dominadores de este mundo52.
Debemos, pues, vigilar y obrar con solicitud, porque nuestro adversario, como león rugiente, ronda buscando d quién devorar53. Si no le resistimos, permaneciendo fuertes en la fe54, nos someterá de nuevo a esclavitud. Y si nos sucede esto, habremos esterilizado la obra de aquel que clavó a su cruz a los principados y a las potestades, triunfando resueltamente sobre ellos en sí mismo55 y que vino a traer a los cautivos la libertad56. Más aún, siguiendo la fe en Cristo, que triunfó sobre ellos57, rompamos esas ataduras con las que nos habían sometido a su poder. Y las ataduras con las que nos sujetan son nuestras pasiones y vicios, a los cuales permanecemos atados mientras no crucifiquemos nuestra carne con sus vicios y concupiscencias58*, y así, finalmente, rompamos sus coyundas y sacudamos su yugo lejos de nosotros59.
Por tanto, ocupó las ciudades de los enemigos60 la descendencia de Abraham, esto es, la semilla de la palabra, que es el anuncio del Evangelio y la fe de Cristo.
Pero yo digo: ¿Usó el Señor de iniquidad para arrancar a las naciones del poder de los adversarios y reconducirlas a la fe en él y a su dominio? En absoluto. Pues Israel era en otro tiempo la porción del Señor61, pero aquellos hicieron pecar a Israel, apartándolo de Dios; y, debido a sus pecados, Dios les dijo a ellos: He aquí que habéis sido vendidos por vuestros pecados y, a causa de vuestros pecados, habéis sido dispersados bajo la inmensidad del cielo62. Y de nuevo les dice: Aunque vuestra dispersión sea de un extremo al otro del cielo, os reuniré de allí, dice el Señor63.
Luego, porque los príncipes de este mundo64 habían invadido primero la porción del Señor, fue necesario que el pastor bueno65, dejadas en el cielo las noventa y nueve66, bajase a la tierra a buscar a la única oveja que se había perdido; y, habiéndola encontrado y habiéndosela cargado sobre sus hombros, la condujo al redil celeste de la perfección.
Pero ¿de qué me sirve que la descendencia de Abraham, que es Cristo67, posea en herencia las ciudades de los enemigos68 y no posea mi ciudad, si en mi ciudad, es decir, en mi alma, que es la ciudad del gran rey69, no se guardan sus leyes ni sus preceptos? ¿De qué me sirve que haya sometido al mundo entero y posea las ciudades de los enemigos, si no vence también en mí a sus enemigos, si no destruye la ley que está en mis miembros, que se opone a la ley de mi mente y que me hace cautivo de la ley del pecado70?
Así pues, que cada uno de nosotros haga lo que esté de su parte para que Cristo venza a sus enemigos, ya sea en su alma, ya sea en su cuerpo, y, sometiéndolos y triunfando sobre ellos, tome también en posesión la ciudad de su alma. De este modo vendremos a ser de su porción, de su parte mejor71, que es como las estrellas del cielo en su esplendor72, para que también nosotros podamos obtener la bendición de Abraham por Cristo, nuestro Señor, al cual la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén73.