Homilías sobre el Génesis
Homilía III
La circuncisión de Abraham
El antropomorfismo en la Biblia
1. Puesto que en muchos lugares de la divina Escritura leemos que Dios habla a los hombres y por esto los judíos, pero también algunos de los nuestros, pensaron que Dios debía ser concebido a la manera de un hombre, es decir, dotado de aspecto y de miembros humanos, mientras que los filósofos desprecian estas cosas como míticas y como con figuradas a semejanza de las ficciones poéticas, me parece oportuno, en primer lugar, decir unas cuantas palabras sobre este asunto para pasar después a lo que se ha proclamado.
Dirijámonos, pues, primero a esos que, estando fuera, nos ensordecen insolentemente diciendo que al Dios excelso, invisible e incorpóreo no le conviene tener comportamientos humanos1. En efecto, dicen, si le dais el uso de la palabra, le daréis sin duda también la boca, la lengua y los demás miembros por cuyo medio se cumple la función del hablar; y si es así, habréis abandonado al Dios invisible e incorpóreo. Y entrelazando muchos argumentos semejantes a estos, atormentan a nuestras gentes. Con la ayuda de vuestras oraciones, por tanto, afrontaremos brevemente estas cosas en la medida en que el Señor nos lo permita.
2. Del mismo modo que profesamos que Dios es incorpóreo, omnipotente e invisible, así confesamos como dogma cierto e inalterable que Dios se ocupa de los seres mortales y que nada, ni en el cielo ni en la tierra, se produce al margen de su providencia. ¡Presta atención! Hemos dicho que nada se produce sin su providencia, no sin su voluntad; pues muchas cosas se hacen sin su voluntad, pero nada sin su providencia2. Efectivamente, mediante la providencia él procura, dispensa y provee las cosas que acaecen; en cambio, mediante la voluntad quiere o no quiere algo. Pero de estas cosas hablaremos en otro lugar, pues este tratado sería demasiado largo y difuso.
Si reconocemos a Dios como provisor y dispensador de todas las cosas, debemos admitir en consecuencia que indique a los hombres lo que quiere y lo que es conveniente. Pues si no lo indicase, no sería provisor del hombre, ni podría creerse que se ocupa de los seres mortales. Dios, por tanto, señala a los hombres lo que quiere que hagan: ¿con qué comportamiento, preferentemente, debemos decir que lo señala? ¿No será con aquel que conocen y usan los hombres? Si decimos, por ejemplo, que Dios calla, porque lo juzgamos conveniente a su naturaleza, ¿cómo pensar que haya manifestado algo por medio del silencio? Pero se dice que ha hablado para que los hombres, que saben que por este medio se manifiestan la voluntad unos a otros, reconozcan que las palabras a ellos transmitidas por los profetas son indicaciones de la voluntad de Dios. En cualquier caso, no se podría entender que en ellas se hallase la voluntad de Dios, si no se dijese que él ha dicho estas cosas, porque es absolutamente impensable que entre los hombres se pueda dar a conocer una voluntad mediante el silencio.
Pero, una vez más, nosotros no decimos estas cosas incurriendo en el error de los judíos o también de algunos de los nuestros, que yerran con ellos3, hasta el punto de que, no pudiendo la fragilidad humana oir hablar de Dios de otra manera que mediante realidades y palabras a ella conocidas, vayamos a pensar por ello que Dios obre también con miembros semejantes a los nuestros y con actitudes humanas. Esto es ajeno a la fe de la Iglesia.
Mas se dice que Dios ha hablado al hombre, o porque inspira en el corazón de cada uno de los santos, o porque hace llegar a sus oídos el sonido de su voz. Del mismo modo, cuando indica que le es conocido lo que cada uno dice o hace, dice haber oído; y cuando señala que hemos hecho algo injusto, dice estar airado; cuando nos reprocha haber sido ingratos a sus beneficios, dice arrepentirse, indicando tales cosas por medio de estas afecciones propias del hombre, pero sin servirse de esos miembros que pertenecen a la naturaleza corpórea; pues la substancia divina es simple y no está compuesta de ningún miembro, ni de conjuntos orgánicos, ni de estados afectivos4, sino que, todo lo que operan las potencias divinas, o se presenta con el nombre de miembros humanos, o se enuncia por medio de sentimientos comunes y conocidos, a fin de que los hombres puedan entenderlo. En este sentido se dice que Dios tiene ira, oye o habla5.
En efecto, si la voz humana se define «aire golpeado»6, esto es, percutido por la lengua, también la voz de Dios puede llamarse aire golpeado por la fuerza o por la voluntad divina. De ello se sigue que, cuando se produce una voz que viene de Dios, no llega a los oídos de todos, sino sólo a los de aquellos a quienes interesa, para que comprendas que el sonido no se transmite por el impulso de la lengua -de otra manera todos lo oirían-, sino que está regido por el gobierno de una voluntad7 celeste.
Sin embargo, se refiere que muchas veces la palabra de Dios ha sido dirigida, incluso sin ningún sonido de voz, a los profetas, a los patriarcas y a los demás santos, como nos enseñan abundantemente todos los libros sagrados. En estos casos, para decirlo con brevedad, la mente iluminada por el Espíritu de Dios es informada con palabras8. Por eso, cuando Dios da a conocer su voluntad en este o en aquel modo que acabamos de mencionar, se dice que habla.
Teniendo, pues, en cuenta estas explicaciones, tratemos ahora de algunas de las cosas que acaban de ser leídas.
Los oráculos de Dios a Abraham
3. Muchas son las respuestas dadas por Dios a Abraham, pero no todas son dirigidas a la misma persona; pues algunas lo son a Abram y otras a Abraham, es decir, algunas después del cambio de nombre y otras cuando respondía aún al nombre de nacimiento.
El primer oráculo que Dios dirige a Abram, antes del cambio de nombre, dice: Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre9, y lo demás. Aquí no se da ninguna instrucción sobre la alianza de Dios y sobre la circuncisión. Pues, siendo todavía Abram y llevando el nombre del nacimiento carnal, no podía recibir la alianza de Dios ni la marca distintiva de la circuncisión. Pero cuando salió de su tierra y de su parentela, entonces le fueron dirigidas palabras más misteriosas; en primer lugar: Ya no te llamarás Abram, sino Abraham será tu nombre10. Entonces acogió la alianza de Dios y recibió como marca distintiva de la fe la circuncisión11, que no había podido recibir mientras estaba en la casa de su padre, entre sus consanguíneos según la carne, y cuando respondía aún al nombre de Abram. Pero ni él ni su mujer fueron llamados ancianos durante el tiempo que estuvieron en la casa paterna cohabitando en la carne y en la sangre12; mas, tras haberse marchado de allí, mereció ser llamado Abraham y anciano. Dice, en efecto, la Escritura: Ambos, a saber, Abraham y su admirable esposa, eran presbíteros, es decir, ancianos13, y avanzados en años14*. Muchos, antes que ellos, vivieron vidas mucho más largas en años, novecientos años y más todavía, algunos vivieron hasta poco antes del diluvio15 y, sin embargo, ninguno de estos fue llamado anciano; porque este término no designa en Abraham la vejez del cuerpo, sino la madurez del corazón16.
Así también dice el Señor a Moisés: Elígete ancianos que tú mismo sepas que son ancianos17. Consideremos más átentamente la voz del Señor para ver qué significa este añadido: que tú mismo sepas que son ancianos. ¿No resultaba evidente a los ojos de todos que el que mostraba en su cuerpo una edad senil era un anciano, es decir, un viejo? ¿Por qué, pues, confiar únicamente a Moisés, un profeta tan grande y de tanta importancia, este particular discernimiento, de modo que sean elegidos no aquellos que conocen los demás hombres, ni aquellos que reconoce la gente inexperta, sino los que elegirá el profeta lleno de Dios? No se trata, por tanto, de un juicio sobre su cuerpo o sobre su edad, sino sobre su alma18.
Tales eran, en efecto, los bienaventurados ancianos Abraham y Sara. Y, en primer lugar, les son cambiados sus nombres de origen, los asignados en virtud de su nacimiento carnal. Pues, cuando Abraham llegó a la edad de los noventa y nueve años, se le apareció Dios y le dijo: Yo soy Dios, anda en mi presencia y sé irreprochable, y pondré mi alianza entre tú y yo. Y Abraham cayó rostro en tierra y adoró a Dios, y Dios le habló diciendo: Yo soy, he aquí mi pacto contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos y en ti serán benditas todas las naciones, y ya no te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham19. Y tras haber dado este nombre, en seguida añadió: Estableceré mi alianza entre tú y yo, y tu descendencia después de ti, y ésta es la alianza que guardarás entre tú y yo y tu descendencia después de ti20. Después añade todavía: Todo varón entre vosotros será circuncidado, y circuncidaréis la carne de vuestro prepucio21.
La circuncisión
4. Una vez que hemos llegado a estos pasajes, quiero examinar si el Dios omnipotente, que tiene el dominio del cielo y de la tierra, queriendo establecer la alianza con un hombre santo, ponía la cima de tan gran asunto en la circuncisión del prepucio de su carne y del linaje que había de proceder de él. Pues dice: Mi alianza será en tu carne22. ¿Acaso la circuncisión era lo que el Señor del cielo y de la tierra23 confería como prenda de la alianza eterna a aquel hombre único que había elegido entre todos los mortales? Esto es lo único en lo que los maestros y doctores de la sinagoga ponen la gloria de los santos. Pero, si os parece bien, venid y escuchad en qué modo la Iglesia de Cristo, que había dicho por medio del profeta: Tus amigos, oh Dios, fueron bastante honrados por mí24, honre a los amigos de su esposo y cuánta sea la gloria que les confiera al rememorar sus gestas.
Por tanto, instruidos por el apóstol Pablo, decimos que, como muchas otras cosas acaecían en figura e imagen de la verdad futura25, así también aquella circuncisión carnal era figura de la circuncisión espiritual26, desde la cual era digno y conveniente que el Dios de la gloria27 diese preceptos a los mortales.
Oid, pues, cómo Pablo, doctor de las naciones en la fe y en la verdad28*, instruye a la Iglesia en el misterio de la circuncisión de Cristo. Prestad atención, dice, a la incisión -se refiere a los judíos, mutilados en la carne—, pues la circuncisión somos nosotros, que servimos a Dios en el espíritu y no ponemos nuestra confianza en la carne29.
Esta es una de las sentencias de Pablo sobre la circuncisión. Oigamos otra: En efecto, no es judío el que lo es visiblemente, ni es circuncisión la que se manifiesta en la carne, sino que judío es el que lo es en secreto, por la circuncisión del corazón, en el espíritu, no en la letra30. ¿No te parece más digno hablar de tal circuncisión respecto de los santos y amigos de Dios que de una mutilación de la carne? Pero la novedad del discurso podría tal vez alejar no sólo a los judíos, sino también a algunos de nuestros hermanos. Porque Pablo, al introducir la circuncisión del corazón, parece presumir lo imposible: ¿Cómo, en efecto, puede circuncidarse un miembro que, cubierto por las visceras interiores, queda oculto a las miradas mismas de los hombres?
Volvamos, pues, a las palabras de los profetas, para que con vuestras oraciones se esclarezcan todas estas cuestiones. Dice el profeta Ezequiel: Todo extranjero incircunciso de corazón e incircunciso de carne no entrará en mi santuario31. E igualmente, en otro lugar, con no menor reproche, dice el profeta: Todos los extranjeros son incircuncisos en la carne, pero los hijos de Israel son incircuncisos de corazón32. Se declara, por tanto, que si uno no es circunciso de corazón, aunque sea circunciso en la carne, no entrará en el santuario de Dios.
Objeción de los literalistas
5. Pero parecerá que yo mismo sea prisionero de mis ar gumentaciones; pues precisamente por este testimonio del profeta, el judío me detiene en seguida y me dice: «He aquí que el Profeta alude a una y otra circuncisión, la de la carne y la del corazón; no hay lugar para la alegoría allí donde se reclaman las dos especies de circuncisión».
Si me ayudáis con vuestras oraciones para que la palabra del Dios vivo33 se digne estar presente en la apertura de nuestra boca34, podremos con su guía salir, a través del estrecho camino de este problema, a los amplios espacios de la verdad; porque, respecto de la circuncisión de la carne, tenemos que refutar no sólo a los judíos carnales, sino también a algunos de los que parecen haber acogido el nombre de Cristo y, sin embargo, piensan que hay que recibir la circuncisión de la carne, como los ebionitas y cuantos con ellos se equivocan con una similar pobreza de espíritu35.
La circuncisión de los oídos
Utilicemos, pues, los testimonios del Antiguo Testamento a los que ellos recurren de buena gana. Está escrito en el profeta Jeremías: He aquí que este pueblo es incircunciso de oídos36. Escucha, Israel, la voz del profeta; ella proclama un gran oprobio para ti; te imputa una gran culpa. Se te acusa de ser incircunciso de oídos. ¿Por qué, pues, oyendo estas palabras, no has cogido el hierro y te has hecho un corte en las orejas? Dios te culpa y te condena por no tener circuncidados los oídos. No te permito, en efecto, que busques refugio en esas alegorías nuestras que Pablo nos ha enseñado. ¿Por qué te detienes en la acción de circuncidar? ¡Córtate las orejas, cercena esos miembros que Dios ha creado para la utilidad de los sentidos y la belleza del ser humano37, ya que entiendes así las palabras divinas!
Pero te pondré todavía otro ejemplo que no podrás contradecir. En el Éxodo, donde nosotros, en los códices de la Iglesia, hemos escrito que Moisés responde al Señor diciendo: Señor, provee a otro para enviarlo; porque yo soy de voz débil y tardo de lengua38*, vosotros tenéis en los ejemplares hebreos: yo, en cambio, soy incircunciso de labios. Luego he aquí que, según vuestros ejemplares, que estimáis más verdaderos, tenéis una circuncisión de labios. Si, pues, en vuestra opinión, Moisés dice que es todavía indigno porque no es circunciso de labios, ello significa ciertamente que el circunciso de labios es más digno y más santo. Aplicad, pues, la hoz a los labios y cortad lo que recubre vuestra boca, puesto que es así como os place entender las divinas Escrituras.
Mas si reconducís la circuncisión de los labios a la alegoría y decís, no obstante, que la circuncisión de los oídos es alegórica y figurativa, ¿cómo no buscáis la alegoría también en la circuncisión del prepucio?
Pero dejemos aparte a aquellos que, a la manera de los ídolos, tienen oídos y no oyen, y tienen ojos y no ven39. Vosotros, en cambio, oh pueblo de Dios, y pueblo elegido como adquisición para narrar las potencias del Señor40, acoged la digna circuncisión de la palabra de Dios en vuestros oídos, en los labios, en el corazón, en el prepucio de vuestra carne y en todos vuestros miembros sin excepción.
Sean circuncisos vuestros oídos según la palabra de Dios, de modo que no acojan la voz del enemigo, ni oigan las palabras del maldiciente y blasfemador, y no estén abiertos a las calumnias, a la mentira, a la provocación. Sean taponados y cerrados para que no oigan el juicio de la sangre41 o estén abiertos a canciones impúdicas y a sonidos de teatro. Que nada obsceno reciban, sino que se aparten de todo espectáculo de corrupción.
Tal es la circuncisión con la que la Iglesia de Cristo circuncida los oídos de sus infantes; y estos, creo yo, son los oídos que el Señor buscaba en sus oyentes cuando decía: El que tenga oídos para oir, que oiga42. Porque nadie puede oir con oídos incircuncisos e impuros las palabras puras de la sabiduría y la verdad.
La circuncisión de los labios
Pasemos, si queréis, también a la circuncisión de los labios. Yo pienso que es incircunciso de labios43 el que no ha acabado aún con las palabras necias y con las bufonerías44, el que ultraja a los buenos y acusa al prójimo, el que fomenta los litigios y remueve calumnias, el que con falsos testimonios enfrenta a los hermanos entre sí, el que pronuncia palabras vanas, estúpidas, mundanas, impúdicas, torpes, injuriosas, insolentes, blasfemas y todas aquellas que son indignas de un cristiano. Pero si uno mantiene su boca alejada de todas estas cosas y regula sus palabras con juicio45, reprime la locuacidad, frena la lengua y modera las palabras, éste es declarado con justicia circunciso de labios. Pero también, los que hablan altivamente la iniquidad y extienden su lengua contra el cielo46, como hacen los herejes, deben llamarse incircuncisos e inmundos de labios; en cambio, el que habla siempre la palabra de Dios y profiere la sana doctrina, fortificada por las reglas evangélicas y apos tólicas, es circunciso y puro.
De este modo, por tanto, se da también la circuncisión de los labios en la Iglesia de Dios.
La circuncisión de la carne
6. Y ahora, según nuestra promesa, veamos en qué modo deba ser asumida también la circuncisión de la carne.
Nadie ignora que este miembro en el que se encuentra el prepucio sirve a las funciones naturales de la unión carnal y de la generación. Por tanto, si uno, respecto de los movimientos de esta naturaleza, se sabe dominar y no sobrepasa los límites impuestos por las leyes, ni conoce otra mujer que su legítima esposa y a ella se une sólo para tener hijos en los días establecidos y legítimos, éste puede ser llamado circunciso en el prepucio de su carne. Pero el que se arroja a toda suerte de lascivia y anda buscando por todas partes abrazos diversos e ilícitos y se deja llevar sin freno por el torbellino de la lujuria, éste es incircunciso en el prepucio de su carne.
La Iglesia de Cristo, en cambio, fortalecida por la gracia de aquel que fue crucificado por ella, se abstiene no sólo de los tálamos ilícitos y nefandos, sino también de los per mitidos y lícitos, y, como virgen esposa de Cristo, florece en vírgenes castas y puras, en las cuales se cumple la verdadera circuncisión del prepucio de la carne; en su carne se guarda realmente la alianza de Dios, la alianza eterna.
La circuncisión del corazón
Nos queda por explicar también la circuncisión del corazón. Si uno arde en deseos obscenos y en torpes concupiscencias, y, para decirlo brevemente, comete adulterio en su corazón47, éste es incircunciso de corazón48*. Pero también: el que cultiva en su mente pensamientos heréticos y coloca en su corazón afirmaciones blasfemas contra la ciencia de Cristo es incircunciso de corazón. El que, por el contrario, conserva pura la fe en la sinceridad de la conciencia es circunciso de corazón; de él se puede decir: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios49.
La circuncisión de todos los miembros
Pero yo, además, oso añadir a las palabras proféticas cosas semejantes, porque si, como acabamos de indicar, es preciso circuncidar los oídos, los labios, el corazón y el prepucio de la carne, seguramente también tendrán necesidad de circuncisión nuestras manos, nuestros pies, nuestra vista, nuestro olfato y nuestro tacto. En efecto, para que el hombre de Dios sea perfecto en todo50, deben circuncidarse todos sus miembros: las manos, ciertamente, de las rapiñas, los hurtos, los crímenes, y deben abrirse sólo a las obras de Dios. Deben circuncidarse los pies, para que no se apresuren a esparcir la sangre51 y no entren en el consejo de los malhechores52, sino que se muevan únicamente por los mandatos divinos. Debe circuncidarse también el ojo, para que no desee las cosas ajenas, ni mire a la mujer con concupiscencia53; pues, el que, lascivo y curioso, pasea su mirada por las formas femeninas, es un incircunciso de ojos. Pero el que, ya coma o ya beba, come y bebe para gloria de Dios54, como manda el Apóstol, ese es circunciso en el gusto; en cambio, de aquel cuyo Dios es el vientre55 y sirve a los placeres de la gula, podría decir que tiene el gusto incircunciso.
Si uno se apropia del buen olor de Cristo56 y busca en las obras de misericordia el olor suave57, tiene el olfato circunciso; mas el que anda ungido con los perfumes más exquisitos58* debe llamarse incircunciso de olfato.
Pero también pueden declararse circuncisos cada uno de los miembros en singular, si en su función permanecen sometidos a los mandamientos de Dios; si, por el contrario, se abandonan a la lujuria más allá de las leyes que les han sido divinamente prescritas, hay que tenerles por incircuncisos. Yo pienso que esto es lo que el Apóstol ha dicho: Pues como ofrecisteis vuestros miembros para servir a la iniquidad para la iniquidad, así ahora ofreced vuestros miembros para servir a la justicia para la santificación59.
En efecto, cuando nuestros miembros servían a la iniquidad no eran circuncisos ni estaba en ellos la alianza de Dios; pero cuando empezaron a servir a la justicia para la santificación60, se cumple en ellos la promesa que fue hecha a Abraham. Pues entonces se imprime en ellos la ley de Dios y su alianza. Y éste es realmente el signo de la fe61 que contiene el pacto de la alianza eterna entre Dios y el hombre; ésta es la circuncisión que, con cuchillos de piedra62, se le dio al pueblo de Dios por medio de Jesús (Josué). ¿Cuál es, sin embargo, el cuchillo de piedra63 y cuál la espada con la que fue circuncidado el pueblo de Dios? Oye lo que dice el Apóstol: Pues la palabra de Dios es viva y eficaz, y más aguda que espada alguna de doble filo; penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón64. Esta es, por tanto, la espada con la que debemos ser circuncidados; de ella dice el Señor: No he venido a traer paz a la tierra, sino espada65.
Circuncisión espiritual y alianza
¿No te parece que esta circuncisión es más digna para colocar la alianza de Dios? Compara, si te place, nuestras explicaciones con vuestras fábulas judaicas y torpes narraciones y ve si la circuncisión que viene de Dios se observa en aquellas prescripciones vuestras o más bien en las que predica la Iglesia de Cristo. ¿No caes tú mismo en la cuenta de que la circuncisión de la Iglesia es honesta, santa, digna de Dios, mientras que la vuestra es torpe, repugnante, deforme, y que prefiere la vulgaridad tanto en la actitud como en el aspecto exterior?
Dice Dios a Abraham: La circuncisión y mi alianza estarán en tu carne66. Si nuestra vida es tal que ha logrado el equilibrio y la unión de todos los miembros, hasta el punto de que todos nuestros movimientos se producen de acuerdo con las leyes de Dios, realmente la alianza de Dios estará en nuestra carne67.
Que este breve recorrido que acabamos de hacer por el Antiguo Testamento sirva para refutar a los que confían en la circuncisión de la carne y al mismo tiempo para edificar la Iglesia del Señor.
La circuncisión en el Nuevo Testamento
7. Paso ahora al Nuevo Testamento, en el que está la plenitud de todas las cosas; desde él quiero mostrar cómo también nosotros podemos llevar en nuestra carne la alianza68* de nuestro Señor Jesucristo. Porque no basta decir estas cosas sólo nominalmente y con palabras; es preciso cumplirlas con hechos. Dice el apóstol Juan: Todo espíritu que confiesa que Jesús ha venido en carne, es de Dios69. ¿Y qué? Si uno que peca y no obra con rectitud confiesa que Jesús ha venido en carne, ¿nos parecerá que lo hace en el Espíritu de Dios? No, esto no es tener la alianza de Dios en la carne, sino en las palabras. A él se le dice en seguida: Hombre, te equivocas, el reino de Dios no está en las palabras, sino en el poder70.
Estoy buscando, pues, cómo podrá realizarse la alianza de Cristo en mi carne. Si mortifico mis miembros terrenos71, tendré la alianza de Cristo en mi carne. Si llevo siempre en mi cuerpo la muerte de Cristo72, la alianza de Cristo está en mi cuerpo; porque, si sufrimos con él, con él también reinaremos73; si me hago una sola cosa con él por una muerte semejante a la suya74, pongo de manifiesto que su alianza está en mi carne. Pues ¿de qué sirve que yo diga que Cristo ha venido sólo en aquella carne que asumió de María, sino muestro también que ha venido en esta carne, que es la mía? Lo pongo de manifiesto precisamente si, del mismo modo que antes ofrecí mis miembros para servir a la iniquidad para la iniquidad, ahora los convierto y los ofrezco para servir a la justicia para la santificación75.
Muestro que la alianza de Dios está en mi carne, si puedo decir con Pablo que estoy crucificado con Cristo; y vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí76; y si puedo decir, como él mismo decía: Yo llevo en mi cuerpo los estigmas de mi Señor Jesucristo77. Verdaderamente mostraba que la alianza de Dios estaba en su carne aquel que decía: ¿ Quién nos separará del amor de Dios, que está en Cristo Jesús? ¿La tribulación, la angustia, el peligro, la espada?78*.
Porque si confesamos al Señor Jesús sólo con palabras y no damos muestras de que su alianza está en nuestra carne79, según lo que hemos explicado más arriba, parecerá que también nosotros hacemos algo similar a los judíos, que se imaginan que confiesan a Dios únicamente con el signo de la circuncisión, pero lo niegan con las obras.
Que el Señor nos conceda, pues, creer con el corazón, confesar con la boca80, probar con las obras que la alianza de Dios está en nuestra carne, para que los hombres, viendo nuestras buenas obras, glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos81, por Jesucristo, nuestro Señor, al cual es la gloria por los siglos de los siglos. Amén82.