Homilías sobre el Génesis
Homilía VII
Nacimiento y destete de Isaac
1. Nosotros leemos a Moisés en la Iglesia. Pidamos al Señor que, conforme a la palabra del Apóstol, tampoco en nosotros recubra nuestro corazón un velo, cuando se lee a Moisés1.
Se ha leído, en efecto, que Abraham engendró a su hijo Isaac cuando tenía cien años2. Y Sara dijo: ¿ Quién anunciará a Abraham que Sara amamanta a un niño}3. Y entonces, dice, Abraham circuncidó al niño al octavo día4.
¿Y qué? ¿Pensamos que el Espíritu Santo se haya propuesto escribir historias y contar cómo se destetó a un niño y se tuvo un banquete o cómo jugaba este niño y hacía otras cosas propias de la infancia? ¿ O hay que pensar, más bien, que a través de estas cosas nos quiere enseñar algo divino y digno de ser aprendido por el género humano mediante las palabras de Dios?5
El destete espiritual
Isaac significa risa o alegría6. ¿Quién es, por tanto, el que engendra semejante hijo? Seguramente aquel que decía de cuantos había engendrado mediante el evangelio: Vosotros sois mi alegría y mi corona de gloria7. Por estos hijos, una vez destetados, se celebra un banquete y hay gran alegría, porque ya no tienen necesidad de leche, sino de alimento sólido, y porque, supuesta su capacidad alimenticia, tienen las facultades ejercitadas en el discernimiento del bien y del mal8. Para estos, cuando son destetados, se hace un gran banquete.
Pero no puede ofrecerse un banquete ni tenerse alegría por aquellos de quienes dice el Apóstol: Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar, ni aún lo soportáis al presente. Y yo no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo9.
Que nos digan los que quieren entender las Escrituras divinas a la letra qué significa: No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo; os di a beber leche, no alimento sólido10. ¿Se pueden aceptar estas cosas en su literalidad?11.
Interpretación de san Pablo
2. Pero volvamos, entretanto, al punto del que nos hemos alejado. Abraham se alegra y hace un gran banquete en el día en que destetó a su hijo Isaac. Después de esto, Isaac juega, y juega con Ismael12. Sara se indigna de que el hijo de la esclava juegue con el hijo de la libre y piensa que aquel juego puede acarrearle la perdición13. Por eso da este consejo a Abraham: Despide a esta criada y a su hijo, pues no va a heredar el hijo de la criada con mi hijo Isaac14.
No haré yo ahora el comentario de cómo deban entenderse estas cosas. El Apóstol lo ha explicado diciendo: Decidme, vosotros, los que habéis leído la Ley, ¿no habéis oído la Ley? Se ha escrito que Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava y otro de la libre. El que nació de la esclava, nació según la carne; el que nació de la libre, en virtud de la promesa. Estas cosas son alegóricas15. ¿Qué, pues? ¿Isaac no nació según la carne} ¿No le parió Sara? ¿No fue circuncidado? ¿Cuando jugaba con Ismael, no jugaba en la carne? Esto es, en efecto, lo que resulta admirable en el pensamiento del Apóstol: que llame alegóricas a cosas de las que no se puede dudar que fueron hechas según la carne16, para que aprendamos cómo debemos actuar en los demás casos, sobre todo en aquellos en los que la narración histórica no parece indicar nada digno de la ley divina17.
Por consiguiente, Ismael, el hijo de la esclava, nace según la carne; Isaac, en cambio, que era hijo de la libre, no nace según la carne, sino según la promesa18. Dice el Apóstol, a propósito de esto, que Agar engendró para la esclavitud19 un pueblo carnal; Sara, en cambio, que era libre, engendró un pueblo que no es según la carne, sino que fue llamado en la libertad20, libertad con la que Cristo lo liberó21. Él mismo dijo, en efecto: Si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres22.
Pero veamos qué añade en su exposición el Apóstol: Mas como entonces, dice, el que es según la carne perseguía al que es según el espíritu, así también ahora23. Ve cómo nos enseña el Apóstol que la carne se opone al espíritu en todo24, sea que aquel pueblo carnal se oponga a este pueblo espiritual, sea que, también entre nosotros mismos, si todavía alguno es carnal, se oponga a los espirituales. Porque también tú, si vives según la carne y te comportas según la carne, eres hijo de Agar y, en consecuencia, te opones a los que viven según el espíritu.
Y si indagamos en nuestro interior, encontramos que la carne tiene apetencias contrarias al espíritu y el espíritu contrarias a la carne y que éstos son antagónicos entre sí25; encontramos también en nuestros miembros una ley que se opone a la ley de nuestra mente y que nos hace esclavos de la ley del pecado26. ¿Ves cuan grandes son las batallas de la carne contra el espíritu?
Hay todavía otro combate, más violento quizá que todos estos, ya que los que entienden la ley según la carne se oponen a los que la entienden según el espíritu y los persiguen. ¿Por qué? Porque el hombre animal no capta las cosas que son del Espíritu de Dios. Son para él una locura, y no las puede comprender, porque sólo el Espíritu puede juzgarlas27.
También tú, si tienes en ti el fruto del Espíritu, que es alegría, caridad, paz, paciencia28, puedes ser Isaac, no según la carne nacido, sino según la promesa, y eres hijo de la libre29 si tú también puedes decir con Pablo: Pues, aunque vivimos en la carne, no combatimos según la carne; deshacemos sofismas y toda altanería que se subleva contra el conocimiento de Dios30.
Si mereces ser tal que se te aplique con justicia la palabra del Apóstol que dice: Vosotros, sin embargo, no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros31, también tú, si eres tal, no eres nacido según la carne, sino según el espíritu por la promesa, y serás heredero de las promesas según lo que se dijo: Herederos de Dios, coherederos de Cristo32. No serás coheredero del que nació según la carne, sino coheredero de Cristo, porque si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así33.
El juego de Isaac e Ismael
3. Y sin embargo, conforme a lo que se escribió, no veo
el motivo por el que Sara haya mandado expulsar al hijo de
la esclava. Jugaba con su hijo Isaac34. ¿A quién ofendía o
qué mal hacía, jugando? Como si no fuese causa de com-
placencia que, en aquella edad, el hijo de la esclava jugase
con el hijo de la libre. En este punto, además, me deja per-
plejo el hecho de que el Apóstol haya declarado este juego
una persecución, cuando dice: Pero, como entonces, el que
es según la carne perseguía al que es según el espíritu, así
también ahora35; y me deja perplejo porque no se mencio-
na ninguna persecución promovida por Ismael contra Isaac,
a excepción de este único juego de infancia.
Veamos, entonces, qué ha podido ver Pablo en este juego
y por qué se ha indignado Sara.
Ya anteriormente, en el curso de la explicación espiri-
tual, hemos puesto a Sara como tipo de la virtud36. Si, pues,
la carne, de la cual es figura Ismael, que nace según la carne,
lisonjea al espíritu, que es Isaac, y se comporta con él con
engañosos halagos, se lo atrae con deleites y lo ablanda con placeres, un juego como éste, de la carne con el espíritu,
ofende sobremanera a Sara, que es la virtud, y Pablo juzga
estos halagos cruelísima persecución.
Luego tampoco tú, que oyes estas cosas, consideres per-
secución solamente aquélla en la que el furor de los paganos te empuja a inmolar a los ídolos37; pero si, por casualidad, te atrae el deleite de la carne, si juegan contigo los atractivos del placer, huye de estas cosas como de la mayor persecución, si eres hijo de la virtud. Por eso el Apóstol dice también: ¡Huid de la fornicación!38.
Asimismo, si te ablanda la injusticia para que, en consideración de un personaje poderoso39, cuyo favor te influye, te dejes llevar por un juicio injusto, debes entender que, bajo forma de juego, padeces una blanda persecución de parte de la injusticia. De modo similar por lo que respecta a cada especie de malicia: aunque sea blanda y delicada y semejante al juego, considérala una persecución del espíritu, porque en todo esto se ofende a la virtud.
El hijo de la esclava y el hijo de la libre
4. Dos son, pues, los hijos de Abraham, uno de la esclava y otro de la libre40, y aunque no lo sean también de la libre, ambos son hijos de Abraham. Por eso, el que nace de la esclava no es por igual heredero con el hijo de la libre, pero recibe dones y no es despedido de vacío. También él recibe una bendición, pero el hijo de la libre recibe la promesa; si aquel se convierte en una gran nación41, éste llega a ser el pueblo de adopción.
Luego, espiritualmente hablando, todos los que llegan al conocimiento de Dios por la fe pueden ser llamados hijos de Abraham; sin embargo, entre estos hay algunos que se adhieren a Dios por amor; otros, por miedo y temor del juicio futuro. De ahí que diga el Apóstol Juan: El que teme no es perfecto en el amor; el amor perfecto expulsa el temor42. Luego el que es perfecto en el amor nace de Abraham y es hijo de la libre. Pero el que guarda los mandamientos no por amor perfecto, sino por miedo a la pena futura y por temor de los suplicios, ciertamente es también hijo de Abraham y recibe dones, es decir, la recompensa de su obra -porque el que haya dado de beber tan sólo un vaso de agua fresca a título de discípulo, no perderá su recompensa43-, con todo, es inferior al que es perfecto no en el temor servil, sino en la libertad del amor44.
Algo semejante indica también el Apóstol cuando dice: Mientras el heredero es pequeño, en nada se diferencia de un esclavo, con ser dueño de todo, sino que está bajo tutores y administradores hasta el tiempo fijado por el padre45. Y es pequeño el que se alimenta de leche y no puede gustar la palabra de la justicia, ni recibir el alimento sólido46 de la sabiduría divina y del conocimiento de la ley, el que no puede comparar cosas espirituales a cosas espirituales47, el que no puede decir todavía: Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño48. Este, por tanto, no se diferencia en nada del esclavo49.
Pero si, dejando de lado la enseñanza sobre los fundamentos de Cristo50, es llevado a la perfección y busca las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios, y no las de la tierra51, y contempla no las cosas visibles, sino las invisibles52, y en las Escrituras divinas no sigue la letra que mata, sino el espíritu que vivifica53, será sin duda de aquellos que no reciben un espíritu de esclavitud para recaer de nuevo en el temor, sino un espíritu de adopción, en el que gritan: Abba, Padre54.
El odre de Agar en el desierto
5. Veamos qué hace, entretanto, Abraham, tras la indignación de Sara. Expulsa a la esclava y a su hijo; no obstante, les da un odre de agua55; pues la madre no tiene un pozo de agua viva y el niño no podía sacar agua de un pozo56. Isaac tiene los pozos, y por ellos sostiene luchas contra los filisteos57; Ismael, por el contrario, bebe agua del odre, pero este odre, como odre que es, se vacía y por eso tiene sed y no encuentra un pozo58.
Pero tú, que eres hijo de la promesa según Isaac59, bebe las aguas de tus fuentes y [procura] que las aguas no salgan fuera de tus pozos, sino que tus aguas corran por tus plazas60.
El que nació según la carne61, sin embargo, bebe agua del odre y el agua misma acaba faltándole y le falta muchas veces. El odre es la letra de la Ley: de ella bebe aquel pueblo carnal, que de allí toma inteligencia. Con frecuencia, le falta incluso esta letra y no puede explicarse; pues en muchos casos la interpretación histórica se presenta deficiente62. La Iglesia, en cambio, bebe de las fuentes de los evangelios y de los apóstoles, que no se agotan nunca, sino que corren por sus plazas, puesto que siempre abundan y fluyen en el dilatarse de la interpretación espiritual63. Bebe también de los pozos, cuando saca y escruta de la Ley cosas más profundas.
Yo pienso que, en aras de este misterio, nuestro Señor y Salvador decía a la Samaritana como si hablase con la misma Agar: Todo el que beba de este agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás64. Y ella dice al Salvador: Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed, y no tenga que venir aquí a sacarla65. Después de esto, el Señor la dice: El que cree en mí, habrá en él una fuente de agua que brota para la vida eterna66.
La apertura de los ojos de Agar
6. Luego Agar erraba por el desierto con el niño, y el niño lloraba, y Agar lo dejó tirado diciendo: que yo no vea la muerte de mi hijo67. Después, cuando ya el niño abandonado estaba para morir, y lloraba, se le presentó el ángel del Señor y abrió los ojos de Agar, y ésta vio un pozo de agua viva68.
¿Cómo pueden referirse estas cosas a la historia? ¿Dónde encontramos, en efecto, que Agar tuviese los ojos cerrados y que después se abriesen? ¿No es aquí la interpretación espiritual y mística más clara que la luz? El pueblo según la carne fue abandonado y yace postrado en el hambre y en la sed, sufriendo no un hambre de pan y una sed de agua, sino la sed de la palabra de Dios69, hasta que se abran los ojos de la sinagoga. Esto es lo que el Apóstol llama misterio, porque la ceguera golpeó parcialmente a Israel, hasta que entrase la totalidad de los gentiles, y entonces todo Israel se salvará70. Esta es, pues, la ceguera de Agar, que engendró según la carne, y que permanece en ella hasta que el velo de la letra sea quitado71 por medio del ángel de Dios y vea el agua viva. Ahora, en efecto, los judíos yacen en torno al pozo mismo, pero sus ojos están cerrados y no pueden beber del pozo de la Ley y los profetas72.
Pero prestemos atención también nosotros, porque a menudo también nosotros estamos alrededor del pozo de agua viva, es decir, alrededor de las Escrituras divinas y erramos en ellas. Tenemos los libros y los leemos, pero no captamos su sentido espiritual. Por eso, se precisan las lágrimas y la oración incesante, para que el Señor abra nuestros ojos, puesto que también aquellos ciegos que estaban sentados en Jericó, si no hubiesen clamado al Señor, no habrían sido abiertos sus ojos73.
Pero ¿por qué digo que se abran nuestros ojos, si ya han sido abiertos? En efecto, Jesús vino a abrir los ojos de los ciegos74. Luego nuestros ojos ya fueron abiertos y el velo de la letra de la Ley ya fue levantado. Sin embargo, tengo miedo de que nosotros mismos los cerremos de nuevo en un sueño más profundo, si no vigilamos en la inteligencia espiritual y no estamos solícitos para sacudirnos el sueño de nuestros ojos y para contemplar las realidades espirituales, de modo que no erremos con el pueblo carnal aun estando en torno al agua misma.
Más bien, velemos y digamos con el Profeta: No daré sueño a mis ojos ni reposo a mis párpados o quietud a mis sienes, hasta que no encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Dios de Jacob75. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén76.