Homilías sobre el Génesis
Homilía XIII
Los pozos de Isaac
De los pozos que excavó Isaac y rellenaron los filisteos
1. De nuevo nos encontramos con los habituales trabajos de los patriarcas respecto a los pozos1.
Isaac y los filisteos
He aquí, en efecto, que la Escritura refiere que Isaac, una vez que el Señor lo bendijo y él se hizo muy grande2, emprendió una gran obra. Empezó, dice, a excavar pozos, pozos que habían excavado sus siervos en tiempos de Abraham, su padre, pero que los filisteos habían obstruido y llenado de tierra3. Por tanto, primero habitó junto al pozo de la visión4, e, iluminado por el pozo de la visión, emprende la tarea de abrir otros pozos, y no, en primer lugar, pozos nuevos, sino los que había excavado su padre, Abraham.
Y, habiendo excavado un primer pozo, dice la Escritura: Los filisteos lo envidiaron5. Pero él no se dejó intimidar por sus celos y no cedió a la envidia, sino que de nuevo excavó los pozos que habían excavado los siervos de Abraham, su padre; y les puso los mismos nombres que les había dado su padre6.
Excavó, pues, los pozos que había excavado su padre y que, debido a la maldad de los filisteos, habían sido cubiertos de tierra. Cavó también otros pozos nuevos en el valle de Guerar, aunque [a decir verdad] no él, sino sus siervos, y encontró allí, dice la Escritura, un pozo de agua viva. Pero los pastores de Guerar riñeron con los pastores de Isaac, diciendo que el agua era suya; y llamó al pozo «Iniquidad», pues se habían comportado inicuamente con él7. Mas Isaac se alejó de su maldad y cavó otro pozo y también riñeron por él, y le dio el nombre de «Enemistad». Y se alejó de allí y de nuevo cavó otro pozo y ya no riñeron por él, y lo llamó «Amplitud», diciendo: Ahora Dios nos ha dilatado y nos ha hecho crecer sobre la tierra8.
Con razón el santo Apóstol, considerando la grandeza de los misterios, dice en cierto lugar: ¿ Y quién es capaz de [penetrar] estas cosas?9. De modo semejante - o mejor, de modo muy disímil, tanto cuanto le somos inferiores-, también nosotros, viendo tan gran profundidad en los misterios de los pozos, decimos: ¿ Y quién es capaz de [penetrar] estas cosas? ¿Quién, en efecto, podría explicar dignamente los misterios de estos pozos tan profundos y de los hechos referidos a los mismos, si no invocamos al Padre de la Palabra viviente y él mismo no se digna poner la palabra en nuestra boca10, para que de estos pozos tan abundantes y numerosos podamos sacar un poco de agua viva11 para nosotros, los sedientos?
El nuevo Isaac
2. Hay, pues, pozos, excavados por los siervos de Abraham, que los filisteos habían llenado de tierra. Isaac empieza por limpiar estos. Los filisteos detestan las aguas y aman la tierra; Isaac ama las aguas, está siempre a la búsqueda de pozos, limpia los viejos, abre otros nuevos.
Mira a nuestro Isaac que se ofreció como víctima por nosotros12, míralo venir por el valle de Guerar -nombre que significa «barrera» o «cerca»-; viene para destruir en su carne el muro de separación que está en medio, la enemistad13; viene a quitar la barrera, es decir, el pecado, que nos separa de Dios, la barrera que se interpone entre nosotros y las virtudes celestes, para hacer de los dos uno solo14 y devolver a los montes, llevándola sobre sus hombros, a la oveja que se había perdido, restituyéndola a las otras noventa y nueve que no se habían dispersado15.
Luego este Isaac, nuestro Salvador, tras su llegada al valle de Guerar, quiere en primer lugar excavar los pozos que habían excavado los siervos de su Padre, es decir, quiere renovar los pozos de la Ley y los profetas que los filisteos habían llenado de tierra.
Los nuevos filisteos
¿Quiénes son estos que llenaron los pozos de tierra? Sin duda los que ponen en la Ley un sentido terreno y carnal y cierran la puerta al sentido espiritual y místico, de modo que ni beben ellos ni dejan beber a los demás16. Escucha a nuestro Isaac, el Señor Jesús, que dice en los Evangelios: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, que os habéis llevado la llave del saber: no habéis entrado vosotros ni habéis dejado entrar a los que querían!17.
Por tanto, los que habían llenado de tierra los pozos que habían excavado los siervos de Abraham18 son los que enseñan la Ley de modo carnal y ensucian las aguas del Espíritu Santo19; poseen los pozos no para sacar agua, sino para poner tierra en ellos. Tales son los pozos que Isaac empieza a excavar. Veamos cómo los excava.
Método del nuevo Isaac
Como los siervos de Isaac, que son los Apóstoles de nuestro Señor, atravesasen -dice la Escritura- los sembrados en Sábado, arrancaban espigas y, frotándolas con las manos, se las comían20. Entonces, esos que habían llenado de tierra los pozos de su Padre le decían: He aquí que tus discípulos hacen en Sábado lo que no está permitido21. Pero él, al objeto de excavar su inteligencia terrena, les dice: ¿No habéis leído lo que hizo David, cuando tuvo hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en casa del sacerdote Abiatar y comió él y sus servidores los panes de la proposición, que no estaba permitido comer más que a los sacerdotes?22. Y añade: Si comprendierais lo que significa «misericordia quiero y no sacrificios», no habríais condenado jamás a los que no tienen culpa23. Mas ellos, ¿qué replican a estas cosas? Entran en litigio con sus siervos y dicen: Este hombre que no guarda el Sábado no es de Dios24. Tal es el modo en que Isaac excavó los pozos que habían cavado los siervos de su Padre25.
Siervo de su Padre era Moisés, que había cavado el pozo de la Ley; siervos de su Padre eran David, Salomón y los profetas y todos aquellos que habían escrito los libros del Antiguo Testamento que la inteligencia terrena y sórdida de los judíos había llenado de tierra. Y cuando Isaac quiso purificar esta interpretación26 y mostrar que cuanto habían dicho la Ley y los profetas lo había dicho él27, los filisteos28 salieron a litigar con él; pero él se aleja de ellos, pues no puede estar con quienes no quieren tener agua en sus pozos, sino tierra; y les dice: He aquí que vuestra casa se os queda desierta29.
El Nuevo Testamento, pozo de Isaac
Pero Isaac cava también pozos nuevos, o mejor, los cavan los siervos de Isaac. Siervos de Isaac son Mateo, Marcos, Lucas, Juan; siervos suyos son Pedro, Santiago, Judas; siervo suyo es el apóstol Pablo. Todos ellos cavan los pozos del Nuevo Testamento30. Pero por estos pozos también litigan los que no aprecian más que las cosas terrenas31, y no soportan ni que se funden cosas nuevas ni que se purifiquen las viejas. Se oponen a los pozos de los Evangelios; son enemigos de los pozos de los Apóstoles. Y puesto que se oponen en todo y litigan a propósito de todo, se les dice: Ya que os consideráis indignos de la gracia de Dios, de ahora en adelante nos volveremos a los gentiles32.
La ascensión al misterio de la Trinidad
3. Después de esto, Isaac cavó un tercer pozo y dio a aquel lugar el nombre de «Amplitud» diciendo: «Ahora el Señor nos ha dilatado y nos ha hecho crecer sobre la tierra»33.
Realmente ahora se ha dilatado Isaac y su nombre ha crecido en toda la tierra, cuando ha llevado a su cumplimiento para nosotros la ciencia de la Trinidad. En efecto, entonces Dios era conocido sólo en Judea y su nombre no era invocado más que en Israel34; ahora, en cambio, su voz ha llegado a toda la tierra y hasta los límites del orbe su lenguaje35. Pues, habiendo salido por todo el mundo los siervos de Isaac, cavaron pozos y mostraron a todos el agua viva36 bautizando a todas las gentes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo37; porque del Señor es la tierra y todo lo que contiene38.
El sentido espiritual de la Escritura
Ahora bien, cada uno de nosotros, cuando sirve la palabra de Dios, cava un pozo y busca el agua viva con la que restaurar a los oyentes. Si, pues, empiezo también yo a examinar las palabras de los antiguos y a buscar en ellas el sentido espiritual, si me esfuerzo por remover el velo de la Ley y por mostrar que lo que allí está escrito tiene un sentido alegórico39, cavo ciertamente pozos. Pero, en seguida, los amigos de la letra40 levantarán calumnias contra mí y me tenderán trampas, me prepararán inmediatamente hostilidades y persecuciones, negando que la verdad pueda subsistir si no es sobre la tierra41.
Mas nosotros, en cuanto siervos de Isaac, amemos los pozos de agua viva y las fuentes, alejémonos de los litigio sos y calumniadores y dejémoslos en la tierra que aman. No cesemos nunca de excavar pozos de agua viva y, examinando ya lo viejo, ya lo nuevo, hagámonos semejantes al escriba evangélico del que dijo el Señor que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo42.
Impotencia de las ciencias profanas
Si entre los que ahora me oyen discurrir, hay alguno versado en las letras profanas, tal vez diga: «Las cosas que tú dices son nuestras, [porque] son la erudición de nuestro arte; la misma elocuencia con la que tú disertas y enseñas nos pertenece». Y, como un filisteo, probablemente remueva contra mí litigios diciendo: «Has cavado un pozo en mi terreno», y parecerá que reivindica con justicia para sí sus propias tierras.
A esto, yo responderé: Toda tierra contiene aguas, pero el que es filisteo no aprecia más que las cosas terrenas43: no sabe encontrar agua en todas las tierras, no sabe encontrar el sentido espiritual y la imagen de Dios en todas las almas, no sabe que en todos puede encontrarse la fe, la piedad y la religión. ¿De qué te sirve tener la doctrina y no saber usarla, tener la palabra y no saber hablar?
Esta es propiamente la obra de los siervos de Isaac, que en toda la tierra cavan pozos de agua viva, es decir, que hablan la palabra de Dios a toda alma y recogen fruto.
Pablo, siervo del nuevo Isaac
En fin, ¿quieres ver cuan grandes pozos ha cavado en tierra extrajera uno de los siervos de Isaac? Mira a Pablo, que desde Jerusalén y sus alrededores hasta el Ilírico ha difundido por todas partes el Evangelio de Dios44. Pero, por cada uno de estos pozos sufrió las persecuciones de los filisteos. Óyelo decir: ¿Cuántas cosas me sucedieron en Iconio y en Listra45, cuántas en Efeso46? ¿Cuántas veces fui golpeado, cuántas fui lapidado47? ¿Cuántas veces luché contra las fieras? Pero perseveró hasta salir a la anchura48, es decir, hasta haber implantado las Iglesias en la amplitud del entero orbe de la tierra.
La sed espiritual anterior a la venida del verdadero Isaac
Así pues, los pozos que cavó Abraham, es decir, las Escrituras del Antiguo Testamento, fueron cubiertos de tierra por los filisteos, bien malos maestros, escribas y fariseos, o bien potencias adversas49; y fueron obstruidas sus venas para que no dieran de beber a los que son de Abraham. Porque aquel pueblo no puede beber de las Escrituras, sino que padece la sed de la palabra de Dios50, hasta que no venga Isaac y los abra para que beban sus siervos.
Por tanto, gracias sean dadas al hijo de Abraham, a Cristo, del cual se escribió: Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham51, que vino y nos abrió los pozos. El los abría, en efecto, a los mismos que decían: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos descubría las Escrituras?52.
Abrió, pues, estos pozos y los llamó, dice, como los había llamado su padre, Abraham53. No cambió, en efecto, los nombres de los pozos.
Jesucristo da su sentido a la Ley
Puede resultar extraño que Moisés sea llamado también Moisés por nosotros y que cada uno de los profetas conserven su nombre. Efectivamente, Cristo no cambió en ellos los nombres, sino su sentido. Y los cambia en esto, en que ya no prestamos atención a las fábulas judaicas54 y a las interminables genealogías55, porque apartan los oídos de la verdad y se vuelven a las fábulas56.
Abrió, pues, los pozos y nos enseñó no a buscar a Dios en un lugar determinado, sino a reconocer que en toda la tierra se ofrece un sacrificio en su nombre57; porque ahora es el tiempo en que los verdaderos adoradores adoran al Padre no en Jerusalén ni en el monte Garizín, sino en espíritu y en verdad58. Luego Dios no habita en un lugar, ni en la tierra, sino en el corazón; y si buscas el lugar de Dios, su morada es el corazón puro. El mismo dice que habitará en este lugar cuando afirma por medio del profeta: Habitaré con ellos y en medio de ellos andaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, dice el Señor59.
Nuestra alma, pozo de agua viva
Considera, por tanto, que tal vez en cada una de nuestras almas hay también un pozo de agua viva, hay latente un cierto sentido celeste junto con la imagen de Dios60. Este es el pozo que los filisteos, es decir, las potencias adversas llenaron de tierra. ¿De qué tierra? De sentimientos carnales y de pensamientos terrenos; por eso, hemos llevado la imagen del terrestre61. Precisamente entonces, mientras llevábamos la imagen del terrestre, los filisteos llenaron nuestros pozos. Pero, puesto que ahora ha venido nuestro Isaac, acojamos su venida y excavemos nuestros pozos, saquemos la tierra, purifiquémoslos de toda suciedad y de todos los pensamientos fangosos y terrenos, y encontraremos en ellos el agua viva, esa agua de la que el Señor dice: Quien cree en mí, de su vientre brotarán ríos de agua viva62. Considera cuan grande es la generosidad del Señor: los filisteos llenaron de tierra los pozos; nos disputaron pobres y escasas corrientes de agua y, a cambio, nos devuelven fuentes y ríos.
La imagen de Dios en el alma
4. Si, pues, vosotros, que hoy escucháis estas cosas, las acogéis con fe, también en vosotros actúa Isaac y purifica vuestros corazones de los sentimientos terrenos; y así, al daros cuenta de que en las divinas Escrituras se esconden tan grandes misterios, progresáis en la inteligencia, progresáis en los sentimientos espirituales. También vosotros empezaréis a ser doctores y de vosotros manarán ríos de agua viva63. En efecto, el Verbo de Dios está presente y ésta es ahora su operación: remover la tierra del alma de cada uno de vosotros y abrir tu fuente64; pues está dentro de ti y no viene de fuera, como dentro de ti está también el reino de Dios65.
La mujer que había perdido su dracma no la encontró fuera, sino en su casa, después de haber encendido su lámpara y haber limpiado su casa66 de la suciedad y la inmundicia que, por largo tiempo, habían acumulado la pereza y la estupidez, y allí encontró la dracma. También tú, si en ciendes la lámpara, si recurres a la iluminación del Espíritu Santo y en su luz ves la luz67, encontrarás la dracma en ti, pues en ti se puso la imagen del rey celeste.
Cuando Dios, desde el principio, hizo al hombre, lo hizo a su imagen y semejanza68, y puso esta imagen no fuera, sino dentro de él. Tal imagen no podía verse en ti mientras tu casa estuviese sórdida de inmundicias y repleta de ruinas. Esta fuente de ciencia estaba dentro de ti, pero no podía brotar porque los filisteos la habían llenado de tierra y habían creado en ti la imagen del terrestre69. Pero si tú llevaste entonces la imagen del terrestre, ahora, después de haber oído estas palabras, purificado mediante el Verbo de Dios de todo aquel lastre y opresión terrenos, haz resplandecer en ti la imagen del celeste70.
La imagen de Dios y el pecado
Esta es la imagen de la que el Padre decía al Hijo: Hagamos a los hombres a imagen y semejanza nuestra71. El Hijo de Dios es el pintor de esta imagen; y porque tal y tan grande es el pintor, su imagen puede ser oscurecida por la negligencia, pero no puede ser destruida por la maldad. La imagen de Dios, en efecto, permanece siempre en ti, aunque tú te superpongas la imagen del terrestre72.
Esta pintura la pintas tú mismo para ti; pues cuando te ofusca la lujuria, has introducido un color terreno, y si te abrasas con la avaricia, has mezclado otro color; y cuando la cólera te vuelve cruel, añades un tercer color. Otro tinte agrega la soberbia y otro la impiedad, y así, a través de cada una de estas especies de maldad, como reuniendo diferentes colores, tú mismo te pintas esta imagen del terrestre73 que Dios no hizo en ti. Por eso, debemos suplicar a Aquel que dice por medio del profeta: He aquí que yo disipo como una nube tus rebeldías y como un nublado tus pecados74. Y cuando haya borrado de ti todos estos colores, extraídos de los tintes de la maldad, entonces resplandecerá en ti la imagen que fue creada por Dios. ¿Ves, pues, cómo las divinas Escrituras introducen expresiones y figuras que conducen al alma al conocimiento y a la purificación de sí?
La escritura del pecado y la del Espíritu Santo
¿Quieres ver todavía otro aspecto de esta imagen? Hay letras que escribe Dios y letras que escribimos nosotros. Nosotros escribimos las letras del pecado. Oye al Apóstol que dice: Cancelando la nota de cargo que había contra nosotros, que nos era desfavorable, la suprimió clavándola a su cruz75. Este acto del que habla fue la caución de nuestros pecados. Pues cada uno de nosotros se hace deudor en las cosas en que delinque y escribe las letras de su pecado76. Por eso, también en el juicio de Dios, cuya sesión describe Daniel, dice que se abrieron los libros77, sin duda los libros que contenían los pecados de los hombres. Estos, por tanto, nos los hemos escrito nosotros mismos con nuestras faltas. Ilustración de este asunto es también lo que se dice en el Evangelio del administrador injusto78, el cual dice a cada uno de los deudores: Toma tu recibo, siéntate y escribe ochenta79, y las demás cosas que se refieren. Ves, pues, que se dice a cada uno: Toma tu recibo; de donde consta que las nuestras son las letras del pecado; Dios, en cambio, escribe las letras de la justicia. Así dice, en efecto, el Apóstol: Vosotros sois la carta escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo, no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón80. Luego tienes en ti las letras de Dios y las letras del Espíritu Santo. Pero si pecas, tú mismo te escribes la condena del pecado.
Mas considera que, cuando te acercaste de una vez para siempre a la cruz de Cristo y a la gracia del bautismo, tu escrito de condena fue clavado a la cruz81 y fue cancelado en la fuente del bautismo. No escribas de nuevo lo que fue borrado ni repares lo que fue abolido; conserva en ti sólo las letras de Dios, permanezca en ti sólo la escritura del Espíritu Santo.
Pero volvamos a Isaac y cavemos con él pozos de agua viva; aunque los filisteos se opongan y promuevan disputas, perseveremos sin embargo con él en la excavación de los pozos, para que también a nosotros se diga: Bebe el agua de tus recipientes y pozos82, y excavemos hasta que las aguas del pozo se desborden en nuestras plazas83, de modo que la ciencia de las Escrituras no sólo nos baste a nosotros, sino que enseñemos e instruyamos a otros para que beban tanto hombres como animales.
Escuchen los sabios, escuchen los simples; pues el doctor de la Iglesia es deudor de los sabios y de los ignorantes84, debe dar de beber a hombres y animales, porque también el profeta dice: Señor, tú salvarás a hombres y a jumentos85, mientras ilumina y purifica nuestros corazones el mismo Señor, Jesucristo, nuestro Salvador, al cual la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén86.