Homilías sobre el Génesis
Homilía VI
Abimélek y Sara
De cómo Abimélek, rey de los filisteos quiso tomar a Sara por mujer
1. Nos ha sido proclamado el relato del libro del Génesis en que se refiere que, después de la visión de los tres hombres, después de la ruina de los sodomitas y de la salvación de Lot, ya sea debido al mérito de su hospitalidad, ya sea por razón de su parentesco con Abraham, Abraham partió de allí al país del Négueb1 y llegó hasta el rey de los filisteos.
Se cuenta también que se puso de acuerdo con su mujer, Sara, para que no dijese que era la mujer de Abraham, sino su hermana2, y que el rey Abimélek la tomó para desposarla, pero Dios entró por la noche hasta donde estaba Abimélek y le dijo: puesto que tú no has tocado a esta mujer y yo no te he permitido tocarla3…, y lo demás.
Tras esto, Abimélek la devolvió a su marido, increpando al mismo tiempo a Abraham por no haberle confesado la verdad4. Se dice todavía que Abraham, como profeta, rogó por Abimélek y el Señor curó a Abimélek y a su mujer y a sus concubinas5. El Dios todopoderoso tuvo cuidado de sanar también a las concubinas de Abimélek, ya que había cerrado -dice la Escritura- sus matrices para que no pariesen6. Pero rompieron a parir gracias a la intercesión de Abraham.
Interpretación espiritual del relato
Si uno quiere oir y entender estas cosas sólo en su significación literal, debe ponerse a la escucha de los judíos más que de los cristianos; pero si quiere ser cristiano y discípulo de Pablo, óigale decir que la Ley es espiritual7 y, cuando habla de Abraham, de su mujer y de sus hijos, escúchele declarar que estas cosas son alegóricas8; y si cualquiera de nosotros no puede descubrir con facilidad de qué tipo de alegoría se trata, ore para que sea descorrido el velo de su corazón, si hay quien se esfuerza por convertirse al Señor9, porque el Señor es el Espíritu10; que él mismo quite el velo de la letra y abra la luz del espíritu y así podamos decir que contemplando a rostro descubierto la gloria del Señor, seamos transformados por la misma imagen de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor11.
Sara, figura de la virtud
Yo pienso, por tanto, que Sara, cuyo nombre significa príncipe o el que tiene el principado, es figura de la aretes, es decir, de la virtud del alma12. Esta virtud está unida y vinculada a un hombre sabio y fiel como aquel que decía de la sabiduría: He intentado tenerla por esposa13. Por eso, Dios dice a Abraham: En todo lo que Sara te diga, hazle caso14. Esta palabra, desde que Dios, dirigiéndose a la mujer, ha dicho a propósito del marido: Hacia él irá tu apetencia y él te dominará15, no puede convenir a la unión carnal. Si, pues, la Escritura dice que el hombre es señor de la mujer, ¿cómo puede decirle de nuevo al varón: En todo lo que Sara te diga, hazle caso16? Por consiguiente, si alguno ha tomado a la virtud como esposa, hágala caso en todo aquello en que le dé consejo17.
Así pues, Abraham no quiere ya que a la virtud se la llame su mujer, porque mientras se le da este nombre la virtud es propia y no puede ser compartida con ningún otro. Es conveniente, además, que, hasta que no lleguemos a la perfección, la virtud del alma permanezca dentro de nosotros y sea propia; pero, llegados a la perfección y teniendo ya idoneidad para enseñar a otros18, no debemos mantener encerrada a la virtud en el seno como si se tratase de la esposa, sino que, como hermana, hemos de darla en matrimonio a otros que la deseen19.
Así, a estos que son perfectos les dirá la palabra divina: Di que la sabiduría es tu hermana20. Como perfecto que es ya, permite que el que quiera posea la virtud.
La pureza de corazón, condición de la virtud
2. Sin embargo, también el Faraón quiso en cierto modo tomar a Sara, pero no lo quiso con corazón puro21. Y la virtud no puede convenir más que con la pureza de corazón. Por eso, refiere la Escritura que el Señor afligió al Faraón con grandes y terribles aflicciones22, porque la virtud no podía habitar con el Exterminador, así, en efecto, se traduce Faraón en nuestra lengua.
Pero veamos lo que dice Abimélek al Señor: Tú sabes, Señor, que he hecho esto con un corazón puro23. Este Abimélek se comporta de manera muy distinta al Faraón. No es tan inexperto e innoble, sino que sabe que a la virtud hay que prepararle un corazón puro. Y porque quiso acoger la virtud con un corazón puro, Dios lo cura gracias a la oración que Abraham hizo por él. Y no sólo le cura a él, sino también a sus concubinas.
¿Qué quiere decir, sin embargo, lo que añade la Escritura: Y el Señor no le permitió tocarla24*} Si Sara es figura de la virtud y Abimélek quiso tomar la virtud con un corazón puro, ¿qué quiere decir que el Señor no le permitió tocarla?
Abimélek significa «mi padre es rey». Me parece, pues, que aquí Abimélek es figura de los estudiosos y sabios del mundo que, dedicándose a la filosofía, y aún sin llegar a alcanzar una íntegra y perfecta regla de piedad, piensan no obstante que Dios es padre y rey de todas las cosas, es decir, el que las ha engendrado y las gobierna todas. Se reconoce, además, que estos, por lo que atañe a la ética, es decir, a la filosofía moral, se han dedicado hasta cierto punto también a la pureza de corazón y han buscado con todo empeño y con toda el alma la inspiración de la divina virtud. Pero Dios no les permitió tocarla. Esta gracia, en efecto, estaba preparada para ser entregada a los gentiles no por medio de Abraham que, aun siendo grande, era sin embargo siervo, sino por medio de Cristo.
Por eso, aunque Abraham se apresuraba a cumplir por medio de sí y en sí lo que le había sido dicho: En ti serán benditas todas las gentes25, con todo, la promesa le viene hecha en Isaac, esto es, en Cristo, como dice el Apóstol: No dije: y a los descendientes, como si fueran muchos, sino, como si fuera uno, y a tu descendencia, que es Cristo26.
Sin embargo, el Señor cura a Abimélek, a su mujer y a sus concubinas27.
La mujer de Abimélek, figura de la filosofía
3. Y no me parece ocioso que se haya hecho mención no sólo de la mujer, sino también de las concubinas de Abimélek, sobre todo en el pasaje que dice: Dios las curó y parían; pues las había hecho estériles para que no pariesen28. Por cuanto podemos comprender en pasajes tan difí-
ciles, pensamos que pueda tenerse por mujer de Abimélek
a la filosofía natural y por concubinas suyas a los comenta-
rios de la dialéctica, variados y diversos según las escuelas.
Entretanto, Abraham desea impartir también a los gen-
tiles el don de la virtud divina, pero aún no es tiempo de que la gracia de Dios pase del primer pueblo a los gentiles. El mismo Apóstol, aunque bajo otra imagen y figura, dice a este propósito: La mujer está ligada a la ley mientras vive su marido; pero si el marido muere, se ve libre de la ley, de modo que ya no es adúltera si se casa con otro hombre29.
Es preciso, pues, que primero muera la Ley de la letra, para que así el alma, libre al fin, se despose ahora con el espíritu y obtenga el matrimonio del Nuevo Testamento. En efecto, el tiempo en que ahora vivimos es el tiempo de la llamada de los gentiles y de la muerte de la ley, para que las almas libres, ya desligadas de la ley del marido, puedan desposarse con Cristo, el nuevo marido30.
Y si quieres saber en qué radica la muerte de la Ley, considera y examina dónde están ahora los sacrificios, dónde el altar, dónde el templo, dónde las purificaciones, dónde la solemnidad de la Pascua. ¿No ha muerto la Ley en todas estas cosas?31. O, si pueden, guarden la letra de la Ley estos amigos y defensores de la letra32.
Luego, según este tipo de alegoría, el Faraón, es decir, el hombre inmundo y exterminador, no podía recibir en absoluto a Sara, esto es, a la virtud. En cambio, Abimélek, es decir, el que vivía pura y filosóficamente, la podía recibir, porque la buscaba con un corazón puro33, pero aún no había llegado el tiempo34*. Por eso la virtud permanece junto a Abraham, permanece en la circuncisión, hasta que llegue el tiempo en que, en Jesucristo nuestro Señor, en el que habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente35, la virtud íntegra y perfecta pase a la Iglesia de los gentiles.
El parto de los hijos de la Iglesia
Entonces, tanto la casa de Abimélek como sus concubinas -esas que el Señor había hecho estériles- parirán hijos para la Iglesia. Pues éste es el tiempo en el que pare la estéril y en el que los hijos de la abandonada son más numerosos que los de la casada36. En efecto, el Señor ha abierto la matriz de la estéril y ésta se ha hecho fecunda hasta el punto de dar a luz a un pueblo de una sola vez37. Pero también los santos gritan y dicen: Señor, por temor a ti hemos concebido en el vientre y hemos parido, hemos difundido el espíritu de tu salvación por la tierra38. Y el mismo Pablo dice de modo semejante: Mijitos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros39.
Luego estos son los hijos que pare y engendra toda la Iglesia de Dios; pues el que siembra en la carne, de la carne cosechará la corrupción40. Pero los hijos del Espíritu son aquellos de quienes dice el Apóstol: La mujer se salvará por la generación de los hijos, si estos permanecen en la fe y en la castidad41.
Por tanto, que la Iglesia de Dios entienda así los partos y las generaciones; que eleve así, con una conveniente y honorable interpretación, las gestas de los patriarcas; que no corrompa con vacías fábulas judaicas las palabras del Espíritu Santo, sino que las otorgue un sentido lleno de honor, de virtud y de utilidad42.
De lo contrario, ¿qué edificación podríamos obtener de una lectura que narra que Abraham, un patriarca tan grande, no sólo mintió al rey Abimélek, sino que le entregó el pudor de su esposa? ¿En qué podría edificarnos la mujer de tan gran patriarca, si la consideramos expuesta a contactos impuros por la connivencia de su marido?
Que estas cosas las piensen los judíos y los que, con ellos -si los hay-, son amigos de la letra y no del espíritu; pero nosotros, asociando realidades espirituales a realidades espirituales43, hagámonos espirituales de obra y de pensamiento en Cristo Jesús, Señor nuestro, al cual sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén44.