Homilías sobre el Génesis
Homilía IV
La aparición de Dios a Abraham
Dios se aparece a Abraham
1. Se nos ha leído otra aparición de Dios a Abraham, acaecida en este modo: Dios se apareció a Abraham, mientras estaba sentado a la entrada de su tienda junto a la encina de Mambré. Y he aquí que tres hombres se pararon por encima de él1 y, alzando sus ojos, Abraham miró, y he aquí que vio tres hombres por encima de él, y salió a su encuentro2, y lo restante.
Comparemos en primer lugar, si os parece bien, esta aparición con aquella que sobrevino a Lot. Tres hombres vienen a Abraham y están por encima de él; a Lot vienen dos y se sientan en la plaza3. Examina si, por disposición del Espíritu Santo, las cosas no acontecen en proporción a los méritos. Lot, en efecto, era muy inferior a Abraham. Si no hubiese sido inferior, no se habría separado de Abraham y no le habría dicho: Si tú vas a la derecha, yo iré a la izquierda; si tú vas a la izquierda, yo iré a la derecha4. Y sino hubiese sido inferior, no le habría satisfecho la tierra de los sodomitas y su estancia entre ellos.
Vienen, por tanto, a Abraham tres hombres al mediodía5; a Lot vienen dos y por la tarde6; pues Lot no era capaz de acoger la intensidad de la luz meridiana. Abraham, en cambio, fue capaz de recibir el pleno fulgor de aquella luz7.
Veamos ahora cómo acogen a los visitantes Abraham y Lot, y comparemos los preparativos para la hospitalidad del uno y del otro. Observa, en primer lugar, que a Abraham, junto con los dos ángeles, se presentó también el Señor, mientras que a Lot se le aparecen sólo dos ángeles. ¿ Y qué dicen? El Señor nos ha enviado a destruir la ciudad y a provocar su ruina8. Luego él acogió a los que tenían la misión de arruinar y no al que podía salvar; Abraham, en cambio, acogió tanto al que salva como a los que traen la perdición9.
La solicitud de Abraham
Veamos ahora el modo en que cada uno les acoge. Abraham (les) vio y corrió a su encuentro10. Considera inmediatamente la solicitud y el ardor de Abraham en el servicio. El mismo corre al encuentro y, tras haber salido al encuentro, vuelve de prisa a la tienda y dice a su mujer: ven en seguida a la tienda11. Observa en cada gesto cuál sea la prontitud del que acoge: tiene prisa en todo; todo lleva el sello de urgente; nada se hace con lentitud. Dice, pues, a Sara, su mujer: Ven en seguida a la tienda, vierte tres medidas de flor de harina y haz unas hogazas de pan12. En griego se emplea la palabra éyKpTjcpíac;, que indica panes ocultos y escondidos13. Luego, Abraham corrió a la vacada y cogió un becerro14. ¿Qué becerro? ¿Tal vez el primero que encontró? No, sino un becerro bueno y tierno15. Aun haciéndolo todo apresuradamente, sabe muy bien qué ofrendas principales y grandes deben presentarse al Señor y a los ángeles.
Tomó, por tanto, o mejor, escogió del rebaño un becerro bueno y tierno y lo entregó a su criado; el criado se apresuró a prepararlo16. Corre Abraham, se da prisa su mujer, su criado se apresura: no hay ningún perezoso en la casa del sabio17. Sirve, pues, el becerro junto con los panes y la harina, pero también la leche y el requesón18. Tal es el servicio de hospitalidad de Abraham y de Sara.
Veamos ahora lo que hace Lot. Este no tiene ni flor de harina, ni pan blanco, sino harina; no conoce las tres medidas de flor de harina y no puede ofrecer a sus visitantes las egkryfías, es decir, los panes escondidos y místicos19.
El lavatorio de los pies
2. Pero indaguemos ahora, entretanto, qué hace Abra ham con los tres hombres que se pararon por encima de él20. Considera qué puede significar el hecho de que vengan sobre él y no contra él. Puesto que, realmente, se había sometido a la voluntad de Dios, se dice que Dios estaba por encima de él.
Sirve, por tanto, los panes amasados con tres medidas de flor de harina21. Acogió a tres hombres; amasó los panes con tres medidas de flor de harina. Todo lo que hace es místico22; todo está repleto de misterios. Se sirve el becerro: he aquí otro misterio. El becerro mismo no es duro, sino bueno y tierno; ¿y qué hay tan tierno y tan bueno como el que se humilló por nosotros hasta la muerte23 y dio la vida24* por sus amigos25? El es el ternero cebado26 que sacrifica el Padre para recibir al hijo arrepentido. En efecto, amó tanto al mundo, que le dio a su hijo único27 para la vida del mundo.
Y al sabio no se le oculta a quiénes acoge. Sale al encuentro de los tres, pero no adora más que a uno y a uno solo habla, diciendo: Baja a casa de tu siervo y refréscate bajo el árbol28.
Pero ¿cómo es que añade de nuevo, como hablando a los hombres: Que traigan agua y se laven vuestros pies29?
Con esto, Abraham, padre y maestro de las gentes, te enseña cómo debes acoger a los huéspedes y que debes lavarles los pies; sin embargo, también esto se dice a modo de misterio; sabía, en efecto, que los sacramentos del Señor no se cumplen sino en el lavatorio de los pies30. Pero no se le ocultaba la severidad del precepto enunciado por el Salvador: Si no os reciben, sacudid el polvo que se ha adherido a vuestros pies en testimonio contra ellos. En verdad os digo que, en el día del juicio, habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para aquella ciudad31. Quería, por tanto, adelantarse y lavar los pies, no sea que quedase algo de polvo que pudiese reservarse para ser sacudido en el día del juicio como testimonio de incredulidad. Por eso dice el sabio Abraham: Que traigan agua y se laven vuestros pies32.
El árbol de Mambré
3. Veamos ahora lo que se dice a continuación: Y Abraham mismo estaba de pie junto a ellos, bajo el árbol33. Pidamos oídos circuncisos para estas narraciones; pues no debe creerse que el Espíritu Santo haya puesto tanta solicitud en indicar por escrito en los libros de la Ley dónde estaba Abraham. ¿De qué me sirve, en efecto, a mí, que he venido a escuchar lo que el Espíritu Santo enseña al género humano, oir que Abraham estaba bajo un árbol34?
Veamos, pues, cuál es el árbol, bajo el que se encontraba Abraham y en el que ofrecía un convite al Señor y a sus ángeles. Dice la Escritura: Bajo el árbol de Mambré35. Mambré significa en nuestra lengua visión o penetración. ¿Ves cuál y de qué género es el lugar en el que el Señor puede tener un convite? Le ha complacido la visión y la penetración de Abraham; pues era limpio de corazón, hasta el punto de poder ver a Dios36. Luego en tal lugar y en semejante corazón, el Señor puede tener un convite con sus ángeles. Efectivamente, en otro tiempo los profetas eran llamados videntes37.
El lugar de Sara
4. ¿Qué dice, pues, el Señor a Abraham? ¿Dónde está Sara, tu mujer? Y él: Ahí, en la tienda, contestó. Y dijo el Señor: Vendré a ti sin falta el año que viene, y tu mujer, Sara, tendrá un hijo. Sara estaba escuchando a la entrada de la tienda, detrás de Abraham38.
Aprendan las mujeres de los ejemplos de los patriarcas, aprendan, digo, a seguir a sus maridos; porque no sin motivo se escribió que Sara estaba detrás de Abraham39, sino para mostrar que, si el varón va por delante hacia el Señor, la mujer debe seguirlo. Digo que la mujer debe seguirlo, si ve a su marido estar junto al Señor.
Por lo demás, elevémonos a un grado superior de inteligencia y digamos que el varón es en nosotros el sentido racional y la mujer, a él unida como a su marido, nuestra carne. Luego que la carne siga siempre a la razón y no llegue nunca a tal extremo de desidia que el sentido racional, reducido a esclavitud, obedezca a la carne que flota en la lujuria y en los placeres. Sara estaba, pues, detrás de Abraham40.
Pero, en este lugar podemos encontrar también un aspecto místico, si consideramos cómo en el Éxodo Dios iba por delante, en la columna de fuego por la noche y en la columna de nube por el día41, y la sinagoga del Señor le seguía detrás. Así también entiendo que Sara seguía o estaba detrás de Abraham42.
¿Qué se dice después? Y eran ambos presbíteros -es decir, ancianos- y avanzados en años43. Por lo que atañe a la edad del cuerpo, muchos antes que ellos habían llevado una vida mucho más larga en años, pero ninguno fue llamado presbítero. Ello prueba que tal nombre se otorga a los santos no en razón de su longevidad, sino de su madurez44.
El descenso del Señor a la tierra
5. ¿Y qué sucede después de este convite tan grande que Abraham ofreció al Señor y a sus ángeles bajo el árbol de la visión? Los huéspedes se marchan. Abraham les acompañaba -dice el texto- e iba con ellos. Entonces el Señor dijo: No puedo ocultar a Abraham, mi siervo, lo que haré. Abraham llegará a ser un pueblo grande y numeroso y en él serán benditas todas la naciones de la tierra. Sabía, en efecto, que habría de dar órdenes a sus hijos y que estos guardarían los caminos del Señor, practicando la equidad y la justicia, para que el Señor cumpliese con Abraham lo que le había revelado. Y dijo: El clamor de Sodoma y de Gomorra ha llegado a su colmo y sus pecados son demasiado grandes. He bajado, pues, para ver si, según este clamor suyo que ha llegado hasta mí, han alcanzado la cima; y si no es así, para saberlo45. Tales son las palabras de la divina Escritura.
Veamos, por tanto, ahora lo que debe entenderse dignamente en ellas.
He bajado -dice- para ver46. Cuando le son dirigidos a
Abraham mensajes divinos, no se dice que Dios baja, sino que
está sobre él, como hemos explicado más arriba: Tres hom-
bres se pararon por encima de él47. Ahora, sin embargo, que
se trata de pecadores, se dice que Dios baja. Pero no te dejes
llevar por la imaginación pensando en una subida o bajada
locales; pues esto se encuentra con frecuencia en las divinas
letras, por ejemplo en el profeta Miqueas: He aquí que el
Señor salió de su lugar santo, bajó y caminará sobre las altu-
ras de la tierra48*. Se dice, por tanto, que Dios baja, cuando
se digna tener cuidado de la fragilidad humana49; y esto debe
pensarse especialmente de nuestro Señor y Salvador, que no
estimó rapiña ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo,
tomando la forma de siervo50. Luego bajó. Porque ninguno
subió al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre
que está en el cielo51. El Señor, en efecto, bajó no sólo para
curar, sino también para llevar lo que es nuestro; porque asu-
mió la forma de siervo y, aunque él mismo era invisible por
naturaleza, en cuanto igual al Padre, tomó sin embargo una
forma visible y fue hallado en su porte como hombre52.
Pero, incluso cuando bajó, para algunos está abajo; para
otros, en cambio, subió y está en lo alto. Pues, tras haber
elegido a algunos apóstoles, subió a un monte elevado y allí
se transfiguró delante de ellos53. Luego para aquellos a quie-
nes enseña los misterios del reino de los cielos54 está en alto; mas para las turbas y los fariseos, a quienes reprocha sus pecados, está en bajo y está con ellos donde hay hierba55. No habría podido transfigurarse en el bajo, pero sube a lo alto56 con quienes podían seguirlo, y allí se transfigura.
La ignorancia de Dios
6. Luego he bajado -dice- para ver si, según este clamor suyo que ha llegado hasta mí, sus pecados han alcanzado la cima; y si no es así, para saberlo57. Tomando como base este texto, los herejes58 suelen impugnar a mi Dios, diciendo: He aquí que el Dios de la Ley habría ignorado lo que pasaba en Sodoma, si no hubiese bajado a ver y hubiese enviado a quienes se informasen.
Pero nosotros, a quienes se nos ha mandado combatir los combates del Señor, afilemos contra ellos la espada de la palabra de Dios y salgamos a su encuentro para la lucha. Mantengámonos en línea de batalla, ceñidos los lomos con la verdad, y, presentando el escudo de la fe59, recibamos los dardos venenosos de sus disputas y, blandidos de nuevo, lancémoslos más diligentemente contra ellos. Tales son, en efecto, las batallas del Señor que sostuvieron David y los demás patriarcas. Resistamos contra ellos por nuestros hermanos; pues mejor es para mí morir60 que dejar que los herejes roben y saqueen a algunos de mis hermanos y que, con sagaces insinuaciones de palabras, hagan prisioneros a los pequeños y lactantes en Cristo61. Con los perfectos, en cambio, no podrán llegar a las manos ni osarán entablar combate. Nosotros, implorando la asistencia del Señor en primer lugar y con la ayuda de vuestras oraciones, emprenderemos contra ellos la batalla de la palabra.
Decimos, pues, con franqueza, que, según las Escrituras, Dios no conoce a todos. Dios no conoce el pecado y Dios no conoce a los pecadores: ignora a cuantos le son ajenos. Oye a la Escritura que dice: El Señor conoce a los que son suyos, y: Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor62. El Señor conoce a los suyos, pero ignora a los malvados y a los impíos. Oye al Salvador que dice: Apartaos de mí, todos los obradores de iniquidad, no os conozco63. Y todavía Pablo dice: Si hay entre vosotros un profeta o un hombre espiritual, reconozca que lo que escribo viene del Señor. Pero el que lo ignora es ignorado64.
Y decimos estas cosas sin tener de Dios una noción blasfema, como hacéis vosotros, y sin atribuirle ignorancia, sino que lo entendemos de este modo: aquellos cuyas acciones son indignas de Dios son también juzgados indignos del conocimiento de Dios65. Dios no se digna conocer al que se ha apartado de él y le ignora66. Por eso dice el Apóstol que el que lo ignora es ignorado67.
Luego tal es el significado de lo que se dice de aquellos que habitan en Sodoma, de modo que, si según el clamor que ha subido hasta Dios sus (malas) acciones han alcanzado su colmo68, sean juzgados indignos del conocimiento de Dios; pero si hay en ellos alguna conversión o si al menos diez de ellos son hallados justos69, entonces Dios les conoce de nuevo70. Por eso dijo: Y si no es así, para saberlo71. No dijo: para saber qué hacen, sino para conocerles y hacerles dignos de mi conocimiento, si encuentro entre ellos a algunos justos, a algunos penitentes, a algunos tales que deba conocerles.
Finalmente, puesto que no se encontró a nadie que se arrepintiese, a nadie que se convirtiese, fuera de Lot, él sólo es reconocido, él sólo es liberado del incendio72. Ni yernos, ni vecinos, ni parientes, aun estando advertidos, le siguen; ninguno quiere conocer la clemencia de Dios, ninguno quiere refugiarse en su misericordia; por eso, tampoco es reconocido ninguno.
Queden dichas estas cosas contra los que hablan altivamente de violencia73. En cuanto a nosotros, esforcémonos porque nuestros actos sean tales y tal nuestra vida que seamos considerados dignos del conocimiento de Dios, que él se digne conocernos, que seamos tenidos por dignos del conocimiento de su Hijo Jesucristo y del conocimiento del Espíritu Santo, para que, conocidos por la Trinidad, también nosotros merezcamos reconocer plena, total y perfectamente, el misterio de la Trinidad, por la revelación del Señor Jesucristo, a quien corresponde la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén74.