Homilías sobre el Génesis
Homilía XV
La vuelta de Egipto de los hermanos de José
Sobre el pasaje de la Escritura que dice: «Y subieron de Egipto y llegaron a la tierra de Canaán, a donde su padre Jacob, y le anunciaron: Tu hijo José vive y es el amo de todo Egipto»1
Ascensos y descensos místicos
1. Al leer las Sagradas Escrituras, debemos prestar atención al modo de usar los términos «subir» y «bajar» en cada uno de los pasajes. Pues si los examinamos detenidamente, descubriremos que casi nunca se dice que uno haya bajado a un lugar santo, ni se recuerda que haya subido a un lugar vituperable2. Estas observaciones ponen de manifiesto que la divina Escritura no se ha compuesto en un estilo zafio y rudo, sino conforme a un método apropiado a la enseñanza divina y que se aplica menos a los relatos históricos que a las realidades y sentidos místicos3.
Encontrarás, pues, escrito que los que nacen del linaje de Abraham han bajado a Egipto, mientras que los hijos de Israel han subido de Egipto. Y en fin, del mismo Abraham se dice: Y Abraham subió desde Egipto, él mismo y su esposa y todo lo que le pertenecía y Lot con él, al desierto4. Y más adelante se dice de Isaac: El Señor se le apareció y le dijo: «No bajes a Egipto»5. Pero también se cuenta que los Ismaelitas, que llevaban aromas, resina y mirra y que procedían también del linaje de Abraham, bajan a Egipto6, y con ellos se dice que baja también José. Y tras esto, cuenta la Escritura: Viendo Jacob que había mercado de grano en Egipto, dijo a sus hijos: «¿Por qué os estáis ahí mirando? Yo tengo oído que hay grano en Egipto; bajad allá y compradnos de comer para que vivamos y no muramos»7. Poco después dice: Los hermanos de José bajaron a Egipto a proveerse de grano8.
Realmente, cuando Simeón fue hecho prisionero en Egipto y sus nueve hermanos, una vez soltados, volvieron al padre, no se dice que subieron desde Egipto, sino: Poniendo su cargamento de grano sobre los burros, partieron de allí9. Pues no se habría podido decir dignamente que subieron aquellos, cuyo hermano quedaba prisionero en Egipto, con el cual, encadenados como por vínculos de amor, sufrían angustiados en su mente y en su espíritu. Mas cuando, después de haber recuperado al hermano, haberse dado a conocer José y haberle sido presentado Benjamín, vuelven con alegría, entonces se dice que subieron de Egipto y llegaron al país de Canaán, a donde Jacob, su padre10. Este es el momento en que le dicen al padre: Tu hijo José vive y manda en todo Egipto11. Es, en efecto, obligado decir que los que anuncian que José vive y manda en todo Egipto suben de las realidades bajas y humildes a las elevadas y excelsas.
Estas son, por el momento, las cosas que nos han venido a la mente a propósito del «subir» y del «bajar»; los que lo deseen pueden sacar de ellas ocasión para recoger de las Sagradas Escrituras un mayor número de testimonios en favor de este aserto.
La muerte del pecado
2. Pero veamos cómo hay que entender la palabra escrita: Tu hijo José vive12. Yo no la entiendo como dicha en sentido ordinario13.
Supongamos, por ejemplo, que José se hubiese dejado vencer por la lujuria y hubiese pecado con la mujer de su señor14; no creo que los patriarcas le hubiesen dado a su padre, Jacob, esta noticia: Tu hijo José vive. Pues, si se hubiese comportado así, no habría estado vivo, porque el alma que peca, morirá15.
También Susana enseña lo mismo cuando dice: Me estrechan angustias por todas partes. Si hago esto -es decir, si peco-, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos16. Ve, por tanto, que también ella considera
el pecado como la muerte misma. Pero incluso la recomendación hecha por Dios al primer hombre contiene la misma enseñanza, cuando dice: El día en que comiereis de él, moriréis sin remedio17. Y, en efecto, apenas hubo transgredido el mandato, murió. Murió el alma que pecó, y a la serpiente que dijo: No moriréis18, se le acusa de haber engañado.
Esto, por lo que respecta a la palabra dicha por los hijos de Israel a Jacob: Tu hijo José vive19.
También en lo que sigue se refieren cosas semejantes, cuando se dice: Y el espíritu de Jacob, su padre, revivió. Y dijo Israel: Gran cosa es para mí que mi hijo José esté vivo todavía20.
La expresión latina «el espíritu revivió» en griego se escribe ávec^Q)7IÚPRIAEV, que significa no tanto resucitar como, por así decir, «reavivar» o reinflamar21. Esto es lo que suele decirse cuando en una materia combustible viene a faltar el fuego, hasta el punto de parecer que se apaga; pero si, vuelto a atizar, se repone, se dice de él que se ha reavivado. O si a la luz de una lámpara, que parece estar a punto de apagarse, se la reanima vertiendo aceite en ella, se dice, aunque con una expresión menos feliz, que la lámpara es reavivada. Lo mismo se dirá de una farola o de otras luminarias de este género.
Esta manera de hablar, por tanto, parece indicar también algo semejante22 en Jacob; porque, mientras estuvo lejos de José y hasta que no le anunciaron que [su hijo] estaba vivo, se encontraba como si su espíritu hubiese desfallecido en él y la luz que en él había se hubiese oscurecido ya por falta de combustible. Pero, cuando vinieron a anunciarle que José vivía, es decir, que la vida era la luz de los hombres23, su espíritu se reavivó en él, restableciéndose en su interior el fulgor de la luz verdadera.
3. Con todo, puesto que el fuego divino puede apagarse a veces incluso en los santos y en los fieles, escucha el consejo que el apóstol Pablo dirigía a los que merecían recibir los dones del Espíritu y la gracia: No apaguéis el Espíritu24.
Por tanto, como si Jacob hubiese experimentado algo parecido a lo que Pablo enseña que no debe hacerse y se hubiese recuperado con la noticia de que José estaba vivo, se dice de él: Jacob reavivó su espíritu, y dijo Israel: Grancosa es para mí que mi hijo José esté aún vivo25.
Pero debemos considerar también que el que reavivó su espíritu, ese espíritu que parecía casi extinguido, es llamado Jacob; en cambio, el que dice: Gran cosa es para mí que mi hijo José esté vivo, como si comprendiese y viese que la vida que se encierra en el José espiritual es una cosa grande, no es llamado ya Jacob, sino Israel, como el que ve con la mente la vida verdadera, que es Cristo, verdadero Dios.
La dominación de Egipto
Pero no sólo se conmovió al oír que su hijo José estaba vivo, sino también y sobre todo al anunciársele que era José
el que tenía el mando de todo Egipto26. Gran cosa para él
era, en efecto, haber sometido a Egipto a su dominio. Pues, pisotear el apetito sexual, escapar a la lujuria y poner lími-
tes y freno a todas las pasiones del cuerpo es tener el mando
del entero Egipto27. He aquí lo que Israel estima grande y lo que suscita su admiración.
Mas si uno somete algunos vicios corporales, pero cede y se deja dominar por otros, de él no se puede decir plenamente que tenga el mando de todo el país de Egipto, sino que, por ejemplo, parecerá dominar sobre una o tal vez sobre dos o tres ciudades. Pero José, a quien ninguna pasión corporal dominó, fue amo y señor del entero Egipto.
La mentira, tinieblas del alma
Dice, pues, no ya Jacob, sino Israel, estando reanimado su espíritu: Gran cosa es para mí que mi hijo esté vivo. Iré y lo veré antes de morir28. No debemos siquiera dejar de considerar el hecho de que la Escritura refiera el término revivido o reanimado no al alma, sino al espíritu como a su parte mejor. En efecto, aunque el esplendor de la luz que había en él no se extinguió completamente cuando sus hijos le presentaron la túnica de José manchada por la sangre del cabrito y él pudo ser engañado por su mentira hasta el punto de rasgar sus vestidos y ponerse un saco a la cintura y de llorar a su hijo y rehusar todo consuelo, diciendo: Voy a bajar en duelo donde mi hijo, al infierno29; aunque entonces, como ya hemos dicho, no se extinguió totalmente la luz que había en él, sin embargo en su mayor parte sí se había oscurecido, como indica el hecho de que pudiera ser engañado, de que rasgara sus vestidos y llorara inútilmente, y de que implorara la muerte y deseara bajar en duelo al infierno. Por eso, ahora resucita y reaviva su espíritu30, porque era natural que la audición de la verdad reavivase y reanimase, como una luz, lo que en él había oscurecido el engaño de la mentira.
Jacob e Israel
4. Pero, puesto que dijimos que Jacob es el que reavivó su espíritu e Israel el que dice: Gran cosa es para mí que mi hijo José esté aún vivo31, también tú, que oyes esto, puedes, empezando por el pasaje en que se lee: Le dijo: Tu nombre ya no será Jacob, sino Israel, porque prevaleciste sobre Dios y te hiciste poderoso entre los hombres32 y recorriendo toda la Escritura, encontrar la diferencia de este vocablo.
Por ejemplo, cuando dice: Dame a conocer tu nombre33, éste, que manifiesta ignorancia, no es llamado Israel, sino Jacob; en cambio, cuando los patriarcas no comen el nervio que ha quedado paralizado en la articulación del muslo34, no se dice que son hijos de Jacob, sino de Israel. Y el que, levantando los ojos, vio venir a Esaú y con él a cuatrocientos hombres y se postró siete veces delante del fornicador, del impío35, del que por una comida vendió su primogenitura36, no es llamado Israel, sino Jacob. Tampoco era Israel, sino Jacob el que le ofrece dones y dice: Si he hallado gracia a tus ojos, acepta estos dones de mis manos, porque he visto tu rostro como quien ve el rostro de Dios37. Y cuando oyó que su hija Dina había sido violada y Jacob guardó silencio hasta la vuelta de sus hijos38, tampoco es llamado Israel.
Pero también tú, como ya dije, si prestas atención, descubrirás casos semejantes.
Así pues, en la presente lectura, no es Jacob, sino Israel el que dice: Gran cosa es para mí que mi hijo José esté aún vivo39. Pero tampoco es llamado Jacob, sino Israel, cuando llega al pozo del juramento y ofrece un sacrificio al Dios de su padre Isaac40. Y si realmente te preguntas por qué Dios, hablándole en sueños, por la noche, no le dice: Israel, Israel, sino Jacob, Jacob41, tal vez sea porque era de noche y no merecía aún escuchar la voz de Dios abiertamente, sino sólo en sueños.
Cuando entra en Egipto, y sus hijos con él42, se le nombra no Israel, sino Jacob; y cuando está ante el Faraón43 para bendecirlo, no es llamado Israel, sino Jacob, pues el Faraón no podía recibir la bendición de Israel. Y es Jacob y no Israel el que dice al Faraón que los días de su vida son pocos y malos44; pues seguro que Israel no habría dicho eso jamás. Después de esto, no de Jacob, sino de Israel se dice: Llamó a su hijo José y le dijo: Si he encontrado gracia a tus ojos, pon tu mano bajo mi muslo y hazme este favor y lealtad45. Y el que se postró sobre la empuñadura del bastón de José46 no era Jacob, sino Israel. También cuando bendice a los hijos de José47 es llamado Israel. Y cuando convoca a sus hijos, dice: Venid y os contaré lo que os sucederá al fin de los días. Reunios, hijos de Jacob, y escuchad a Israel, vuestro padre48*.
Te preguntarás, seguramente, por qué son llamados hijos de Jacob los que se reúnen e Israel el que los bendice. Mira a ver si tal vez esto no quiera decir que aún no habían llegado a la medida de los méritos de Israel, y por eso, en cuanto inferiores, son llamados hijos de Jacob; en cambio, el que ya era perfecto y daba bendiciones con plena conciencia de las cosas futuras es llamado Israel. Seguramente el que se diga que los sepultureros de Egipto sepultaron a Israel, y no a Jacob, puede parecer bastante embarazante; pero yo pienso que con esto se quiere indicar el pecado de aquellos que detestan todo sentido del bien y toda penetración de la inteligencia celeste. Por eso se dice que Israel fue sepultado por ellos, porque los impíos son los que dan muerte y sepultan a los santos.
Por lo que concierne a la diferencia entre Jacob e Israel puede bastar el recuerdo de estas cosas tal como por el momento se han podido presentar a nuestra mente.
Bajar a Egipto, subir de Egipto
5. Después de esto, nos parece conveniente considerar y examinar lo que Dios dice en visión a Israel mismo y cómo lo envía a Egipto robusteciéndolo y exhortándolo como a quien parte hacia determinados combates.
Dice, en efecto: No temas bajar a Egipto49, como si dijese: Cuando tengas que luchar contra los principados, las potestades y los dominadores de este mundo de tinieblas50 -que figurativamente es llamado Egipto51-, no temas, no vaciles. Y si quieres saber el motivo por el que no debes temer, escucha mi promesa: Allí haré de ti una gran nación; bajaré contigo a Egipto y al final yo mismo te haré volver de allí52.
Luego no teme bajar a Egipto, no teme afrontar las luchas de este mundo ni los combates de los demonios opositores aquel con el que Dios baja al combate. Escucha, por ejemplo, al Apóstol que dice: He trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo53. Y también en Jerusalén, tras haberse levantado una sedición contra él y después de haber sostenido un magnífico combate por la palabra y la predicación del Señor, se le apareció el Señor y le dijo las mismas palabras que ahora se le dicen a Israel: No temas, Pablo, pues como has dado testimonio de mí en Jerusalén, así debes darlo también en Roma54.
Sin embargo, yo pienso que en este pasaje se esconde un misterio aún más grande; porque me conmueve lo que dijo: Haré de ti una gran nación; bajaré contigo a Egipto y al final te haré volver de allí55. ¿Quién es el que llegó a ser una gran nación en Egipto y al final56 fue reclamado? Podría pensarse que se trata de aquel Jacob al que aquí se alude y, sin embargo, no es verdad. A Jacob no se le hizo volver de Egipto al final, puesto que murió en Egipto. Y sería absurdo decir que Jacob fue reclamado por Dios, dado que su cuerpo fue devuelto. Si se admitiese esto, no sería verdad que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos57. No es necesario, por tanto, entender este retorno como el de un cuerpo muerto, sino que se atestigua de hombres vivos y en plenitud de fuerzas58.
Veamos, pues, si en estas palabras no se representa tal vez la figura del Señor, que baja a este mundo y llega a ser una gran nación, a saber, la Iglesia de los gentiles, y de su vuelta al Padre, una vez que todo se ha consumado, o la del protoplasto59, que baja a Egipto en medio de luchas cuando, arrojado de las delicias del paraíso, es traído a las fati-
gas y miserias de este mundo y se le propone el combate
con la serpiente con estas palabras: Tú acecharás su cabeza y ella acechará tu calcañar60; y todavía se le dice a la mujer: Pondré enemistad entre tú y él, entre tu linaje y su linaje61.
Con todo, Dios no abandona a los que fueron coloca-
dos en medio de este combate, sino que está siempre con
ellos. Se complace en Abel, reprende a Caín62; invocado,
acude en auxilio de Enoc63; en el diluvio, manda a Noé cons-
truir el arca de la salvación64; hace salir a Abraham de la
casa de su padre y de su parentela65; bendice a Isaac66 y a Jacob67; hace salir de Egipto a los hijos de Israel68. Por medio
de Moisés escribe la Ley de la letra; por medio de los pro-
fetas completa lo que faltaba.
Esto significa «estar con ellos» en Egipto.
Por lo que se refiere al texto: Al final los haré salir de allí69, pienso, como dijimos más arriba, que signifique que
al final de los tiempos su Hijo unigénito descendió a los infiernos70 por la salvación del mundo y desde allí reclamó al protoplasto71. Pues lo que le dijo al ladrón: Hoy estarás conmigo en el paraíso72, debes entenderlo no como dicho a él solo, sino a todos los santos por los que había descendido a los infiernos.
Luego en él, con más verdad que en Jacob, se cumple lo que se dijo: Al final te haré salir de allí.
6. Pero cada uno de nosotros entra también entre combates en Egipto en el mismo orden y por el mismo camino, y, si merece que Dios permanezca siempre con él, le hará una gran nación. Porque esta gran nación es el número de las virtudes y la abundancia de la justicia; en ella, se dice, se multiplican y crecen los santos73.
Así pues, en cada uno de nosotros se cumple esta palabra: Al final te haré volver de allí74. Por final se entiende la perfección de las cosas y la consumación de las virtudes. Por eso, otro santo decía: No me hagas volver en la mitad de mis días75. Y todavía la Escritura da testimonio del gran patriarca Abraham diciendo: Abraham murió lleno de días76. Luego decir: Al final te haré volver de allí, es como decir: Puesto que has combatido el buen combate, has conservado la fe, has corrido hasta la meta77, ahora te llamaré de este mundo a la bienaventuranza futura, a la perfección de la vida eterna, a la corona de la justicia que el Señor dará al fin de los tiempos a todos los que le aman78*.
«José pondrá sus manos sobre tus ojos»
7. Pero veamos ahora cómo debe entenderse la palabra: Y José pondrá sus manos sobre tus ojos79. Yo pienso que, tras el velo de esta frase, se esconden muchos misterios de sentido arcano que en otro momento deberán tocarse y tratarse. Entretanto, no será inútil decir que algunos de nuestros predecesores han creído ver ahí la indicación de una profecía, ya que de la tribu de José era aquel Jeroboam que hizo dos vacas de oro80 para inducir al pueblo a adorarlas y, por este medio, como imponiendo sus manos, cegó y cerró los ojos de Israel para que no viesen su impiedad. En relación con este asunto se dijo: Todo esto, por causa de la impiedad de Jacob y del pecado de la casa de Israel. Y ¿cuál es la impiedad de Jacob? ¿No es acaso Samaría?81.
Mas si uno afirma que las palabras con las que Dios se refiere a cosas futuras bajo apariencia de piedad no deben plegarse a una acción reprensible82, diremos que el verdadero José, nuestro Señor y Salvador, del mismo modo que puso su mano corporal sobre los ojos del ciego83 devolviéndole la vista que había perdido, así también puso sus manos espirituales sobre los ojos de la Ley, que estaban cegados por la inteligencia carnal de los escribas y fariseos, y les devolvió la vista, para que aquellos a quienes el Señor desvela las Escrituras84 descubran la visión y la inteligencia espirituales de la Ley.
Ojalá que el Señor ponga sus manos sobre nuestros ojos, para que también nosotros empecemos a mirar no las cosas visibles, sino las invisibles85, y nos abra esos ojos que no contemplan las cosas presentes, sino las futuras, y nos desvele esa mirada del corazón86 que permite ver a Dios en espíritu, por el mismo Señor Jesucristo, al cual la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén87.