El bautismo de los niños
Introducción
Una diferencia visible entre la Iglesia católica y muchas comunidades evangélicas es el bautismo de los niños. Las comunidades bautistas, pentecostales y muchas evangélicas sostienen que el bautismo debe seguir a una fe consciente y personal, y por eso solo bautizan a quienes pueden profesarla. La Iglesia católica, en cambio, bautiza a los recién nacidos, igual que las Iglesias ortodoxas y muchas comunidades protestantes, como los luteranos, los anglicanos o los presbiterianos.
¿Qué práctica es más fiel a la Escritura? Un recorrido honesto por la Biblia y por la historia muestra que el bautismo de los niños no solo es compatible con el Evangelio, sino que tiene raíces profundas en la historia de la salvación.1
I. ¿Qué es el bautismo?
Antes de preguntarnos si los niños pueden recibirlo, hay que entender qué es el bautismo. No es solo un testimonio público de una fe que ya se tiene: es un sacramento que realiza lo que significa.
«Respondió Jesús: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.”» — Juan 3,5
Jesús no dice “el que no declare su fe”, sino “el que no nazca”. Nadie decide su propio nacimiento: es algo que se recibe. Lo mismo ocurre con el nacimiento espiritual: es obra de Dios, y el texto no pone límite de edad.
«En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo.» — Gálatas 3,27
«…en la que unos pocos, es decir, ocho personas, fueron salvados a través del agua; a esta corresponde ahora el bautismo que os salva, que no consiste en quitar la suciedad del cuerpo, sino en pedir a Dios una buena conciencia por medio de la resurrección de Jesucristo.» — 1 Pedro 3,20-21
El bautismo reviste de Cristo y salva. Si el bautismo salva, hay una razón poderosa para no privar de él a los niños.2
II. ¿Por qué lo necesitan los niños?
«Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre.» — Salmo 51,7 (51,5 en algunas Biblias)
«En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos.» — Romanos 5,19
El pecado original no es un pecado personal que el niño haya cometido, sino una condición heredada de Adán con la que todo ser humano viene al mundo. Si el bautismo nos libra de esa condición y nos da la vida nueva, y si los niños también nacen en ella, ¿por qué negarles el remedio?3
«Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos.”» — Hechos 2,38-39
En el primer anuncio del Evangelio, el día de Pentecostés, Pedro incluye expresamente “a vuestros hijos” en la promesa ligada al bautismo. No los deja para más adelante.
III. La nueva circuncisión
«A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón, de generación en generación.» — Génesis 17,12
En la antigua alianza, el rito de entrada al pueblo de Dios era la circuncisión, y se hacía a los ocho días de nacido. El niño no entendía nada ni podía profesar su fe. Lo que contaba era la fe de sus padres y su pertenencia al pueblo de Dios.
«En él también fuisteis circuncidados con la circuncisión no quirúrgica, mediante el despojo de vuestro cuerpo carnal, por la circuncisión en Cristo. Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado.» — Colosenses 2,11-12
Pablo llama al bautismo “la circuncisión en Cristo”: es el nuevo rito de entrada al nuevo pueblo de Dios. Si la circuncisión se daba a los recién nacidos, el bautismo, que es su cumplimiento, también puede darse a ellos. Quien acepta que Dios mandó circuncidar a los niños de ocho días tiene que explicar por qué el rito de la nueva alianza sería más restrictivo que el de la antigua.4
IV. Familias enteras bautizadas
«Cuando ella y los de su casa recibieron el bautismo…» — Hechos 16,15
«…y en seguida recibió el bautismo él y todos los suyos.» — Hechos 16,33
«Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa.» — Hechos 18,8
«Sí, también bauticé a la familia de Esteban.» — 1 Corintios 1,16
El Nuevo Testamento habla varias veces de casas enteras que se bautizan. En el mundo antiguo, “la casa” incluía a todos los que vivían bajo el mismo techo: esposos, hijos y siervos. Es cierto que los textos no mencionan expresamente a bebés, pero tampoco los excluyen, y sería extraño que en cuatro familias distintas no hubiera ningún niño pequeño. Son un indicio claro de que la fe del cabeza de familia abría la puerta del bautismo a toda la casa.5
V. La fe de la Iglesia y de los padres
La objeción principal es esta: “el niño no puede creer, luego no puede bautizarse”. Pero la Escritura muestra que Dios actúa también por la fe de otros.
«Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados.”» — Marcos 2,5
El paralítico no pudo llegar por sí mismo: lo llevaron otros. Y Jesús lo perdona al ver “la fe de ellos”. Así ocurre en el bautismo de un niño: los padres, los padrinos y toda la Iglesia lo presentan a Cristo con su fe. Como decía san Agustín, la Iglesia les presta a los niños los pies de otros para venir, el corazón de otros para creer y la lengua de otros para confesar la fe.6
«Nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar; y todos fueron bautizados en Moisés, por la nube y el mar.» — 1 Corintios 10,1-2
Pablo llama “bautismo” al paso del Mar Rojo. Entre los que cruzaron había niños pequeños que no entendían lo que ocurría, y aun así participaron plenamente de la salvación. Pablo dice que “todos” fueron bautizados.
«Le presentaban también los niños pequeños para que los tocara, y al verlo los discípulos, les reñían. Mas Jesús llamó a los niños, diciendo: “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis; porque de los que son como estos es el Reino de Dios.”» — Lucas 18,15-16
Lucas usa aquí la palabra griega bréphē, que significa “bebés”, niños de pecho. No eran niños que pudieran profesar su fe, sino bebés llevados en brazos. Jesús reprende a quienes los alejaban: “no se lo impidáis”.7
VI. Dos objeciones frecuentes
“El que crea y sea bautizado”
«El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.» — Marcos 16,16
Este texto se dirige a quienes escuchan la predicación, es decir, a los adultos que reciben el anuncio del Evangelio. Y para ellos, es cierto, la fe precede al bautismo. Pero el texto no dice nada sobre los hijos de los creyentes. Además, la condena se vincula a “el que no crea”, no a quien fue bautizado de niño. En el bautismo de un niño, la fe la profesa la Iglesia, y la semilla recibida debe crecer con la educación cristiana.8
“Jesús se bautizó de adulto”
«Jesús le respondió: “Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia.”» — Mateo 3,15
Jesús recibió de adulto el bautismo de Juan, que era un bautismo de preparación, no el bautismo cristiano, que Él mismo mandaría después de su resurrección (Mt 28,19). Además, Jesús no tenía pecado: su bautismo fue el inicio de su ministerio público, no una conversión. Y al nacer, Jesús sí recibió el rito de entrada al pueblo de Dios propio de su época:
«Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús.» — Lucas 2,21
A los ocho días, como cualquier niño judío. En la nueva alianza, ese rito es el bautismo.9
VII. El testimonio de los primeros siglos
Si el bautismo de los niños fuera una invención tardía, encontraríamos protestas en la Iglesia antigua. Lo que encontramos es lo contrario:
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San Ireneo (hacia el año 180) enseña que Cristo vino a salvar a todos los que por Él renacen a Dios: “infantes, niños, jóvenes y ancianos”.
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La Tradición apostólica atribuida a san Hipólito (hacia el año 215) indica que se bautice primero a los niños, y que por los que no pueden hablar por sí mismos respondan sus padres o alguien de su familia.
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Orígenes (siglo III) afirma que la Iglesia recibió de los apóstoles la tradición de bautizar también a los niños.
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San Cipriano y un concilio de obispos africanos (siglo III) discuten si hay que esperar al octavo día para bautizar a un recién nacido, y concluyen que no es necesario esperar. La discusión era cuándo bautizar a los bebés, no si había que hacerlo.
El rechazo organizado del bautismo de los niños aparece recién en el siglo XVI, con los anabaptistas.10
VIII. Un solo bautismo
«Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo.» — Efesios 4,5
«Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres.» — 1 Corintios 12,13
Hay un solo bautismo, y no se repite. Por eso la Iglesia católica no vuelve a bautizar a quien fue bautizado válidamente en otra comunidad cristiana, con agua y en el nombre de la Trinidad. Volver a bautizar a quien fue bautizado de niño es tratar como inválido lo que Dios ya hizo.11
Conclusión
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El bautismo es un nuevo nacimiento que se recibe de Dios, y la Escritura no le pone límite de edad (Jn 3,5).
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Los niños también nacen con el pecado original y necesitan la vida nueva (Sal 51,7; Rom 5,19).
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La promesa del bautismo es “para vosotros y para vuestros hijos” (Hch 2,39).
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El bautismo es la nueva circuncisión, que se daba a los ocho días de nacido (Col 2,11-12).
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Familias enteras fueron bautizadas en el Nuevo Testamento (Hch 16,15.33).
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Dios actúa también por la fe de otros, como en el caso del paralítico (Mc 2,5), y Jesús pidió no impedir que los bebés se acercaran a Él (Lc 18,15-16).
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La Iglesia bautizó a los niños desde los primeros siglos.
Bautizar a un niño no es decidir por él contra su libertad, como no lo es enseñarle a hablar o darle de comer. Es darle desde el principio lo mejor que tenemos. La mejor herencia que unos padres creyentes pueden dejar a su hijo no es una cuenta bancaria, sino la vida de Cristo que se recibe en el bautismo, una semilla que deberán ayudar a crecer con su ejemplo y su fe.
Y para los niños que mueren sin bautismo, la Iglesia no pierde la esperanza: los confía a la misericordia de Dios, que quiere que todos se salven.12
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 1213 y 1250-1252. Congregación para la Doctrina de la Fe, instrucción Pastoralis actio sobre el bautismo de los niños (1980).
2 CEC, n. 1215, 1219, 1243 y 1257.
3 CEC, n. 402-406 y 1250. Concilio de Trento, sesión V (1546), Decreto sobre el pecado original, canon 4: H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 1514.
4 CEC, n. 527 y 1150.
5 CEC, n. 1252.
6 San Agustín, Sermón 176, 2. CEC, n. 1253-1255. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica III, q. 68, a. 9, ad 2.
7 Sobre la confianza en la misericordia de Dios para con los niños: CEC, n. 1261, que cita Mc 10,14.
8 CEC, n. 1253-1255.
9 Sobre el bautismo de Jesús y la institución del bautismo cristiano: CEC, n. 535-537 y 1223-1225.
10 San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, II, 22, 4. Hipólito de Roma (atribuida), Tradición apostólica, 21. Orígenes, Comentario a la Carta a los Romanos, V, 9. San Cipriano, Carta 64, 2. Concilio de Trento, sesión VII (1547), Decreto sobre el bautismo, canon 13: Denzinger-Hünermann, n. 1626.
11 CEC, n. 1272. Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio (1964), n. 3 y 22.
12 CEC, n. 1261. Comisión Teológica Internacional, La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo (2007).