Jesús, Dios Eterno
Introducción
Jesús de Nazaret no es simplemente un profeta extraordinario ni un maestro espiritual excepcional. Las Escrituras lo presentan como el Dios eterno encarnado: plenamente humano y plenamente divino. Esta verdad no es una elaboración tardía de la Iglesia, sino el testimonio coherente de toda la Biblia, desde los profetas del Antiguo Testamento hasta los apóstoles del Nuevo.
Conocer a Jesús en su verdadera identidad no es un ejercicio intelectual: es el corazón mismo de la vida eterna.
“Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.”
— Juan 17,3
I. El testimonio del Antiguo Testamento
Siglos antes de la encarnación, los profetas ya anunciaban que el Mesías no sería un simple rey humano, sino Dios mismo que vendría a habitar entre su pueblo.
Isaías 9,5 — El Mesías llamado “Dios Fuerte”
“Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. En su hombro traerá el señorío, y llevará por nombre: «Maravilla de Consejero», «Dios Fuerte», «Siempre Padre», «Príncipe de Paz»…”
Este pasaje es de una claridad apologética extraordinaria: el niño que nace: un ser humano recibe el nombre de “Dios Fuerte”. El profeta no anuncia a un delegado de Dios ni a un ser angelical, sino al mismo Dios que viene en forma humana. La encarnación estaba anunciada con siglos de anticipación.
II. Jesús, Creador y Sustentador del universo
El Nuevo Testamento recoge este testimonio profético y lo desarrolla con plena claridad.
Juan 1,1-3 — El Verbo eterno
“1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. 2 Este era en el principio con Dios. 3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
Jesús, el Verbo, no comienza en Belén. Existía antes de la creación, coexistía con el Padre y era Dios. San Juan establece desde las primeras líneas de su Evangelio lo que todo el Nuevo Testamento confirmará: Jesús es divino, eterno y creador.
Colosenses 1,15-16 — El primogénito de toda creación
“15 Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. 16 Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.”
San Pablo va al fondo: Jesús no es parte de la creación, sino su origen y fin. Todo lo que existe, visible e invisible, espiritual y material, fue creado en Él, por Él y para Él. Esto no puede decirse de ningún ser creado.
Colosenses 2,9-10 — La plenitud de la divinidad
“9 Porque en Cristo reside la plenitud de la divinidad corporalmente, 10 y vosotros alcanzáis la plenitud en él, que es la cabeza de todo principado y de toda potestad.”
San Pablo no deja margen a la ambigüedad: en Jesús habita toda la divinidad, no una participación o un reflejo, sino la plenitud completa y lo hace corporalmente, es decir, en su humanidad real. Quien ve a Cristo, ve a Dios en su totalidad.
Hebreos 1,2-3 — Heredero, creador y sustentador de todo
“2 en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; 3 el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y Él que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.”
Tres afirmaciones decisivas en dos versículos: Jesús es el agente de la creación, es la imagen perfecta de la esencia de Dios (“impronta de su sustancia”), y sostiene activamente el universo con su palabra. No es un mensajero de Dios: es Dios.
Hebreos 1,10-11 — Eterno e inmutable
“Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. 11 Ellos perecerán, más tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura.”
El autor de Hebreos aplica directamente a Jesús un salmo dirigido a Dios (Sal 102). La conclusión es inescapable: Jesús trasciende la creación. Todo cambia y perece; Él permanece.
III. El propio testimonio de Jesús
Juan 17,5 — La gloria anterior a la creación
“Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese.”
Jesús no pide una gloria nueva: reclama la que ya poseía antes de que existiera el universo. Ningún ser creado puede decir esto con verdad. Solo Dios es anterior a la creación.
Mateo 28,18 — Autoridad universal
“18 Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Después de su resurrección, Jesús afirma una autoridad sin límites sobre la totalidad de lo creado. Esta soberanía absoluta pertenece únicamente a Dios.
IV. El testimonio de quienes lo encontraron
Las afirmaciones de Jesús se confirman en quienes lo vieron de cerca.
Mateo 8,27 — Los discípulos ante el dominio sobre la naturaleza
“27 Y aquellos hombres, maravillados, decían: ¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?”
La pregunta que los discípulos se hacían después de ver calmar la tormenta sigue siendo la pregunta fundamental de la historia. La respuesta que las Escrituras ofrecen es siempre la misma: es el Señor del cielo y de la tierra.
Mateo 14,29-33 — Pedro y la adoración en la barca
“29 Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. 30 Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! 31 Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?… 33 Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.”
Este episodio enseña dos verdades simultáneas: que la fe es un camino en el que se crece y en el que a veces se flaquea, y que el encuentro real con Jesús conduce inevitablemente a la adoración. Los discípulos no aplauden a un líder; se postran ante su Señor.
Juan 20,25-29 — Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”
“25 Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos… no creeré. 27 Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos… y no seas incrédulo, sino creyente. 28 Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! 29 Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”
La confesión de Tomás es el punto culminante del Evangelio de Juan. Ante el Cristo resucitado, el discípulo más escéptico pronuncia la afirmación más clara del Nuevo Testamento: “Dios mío”. Y Jesús no lo corrige. La acepta.
La bienaventuranza que sigue es para nosotros: los que creemos sin haber visto. La fe que reconoce a Jesús como Dios no necesita prueba empírica; se apoya en el testimonio fiel de la Escritura.
V. Una fe que pide encuentro, no solo información
Conocer que Jesús es Dios no basta si no se traduce en una relación viva con Él.
Mateo 8,2-3 — El leproso que se postró
“2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. 3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.”
El leproso no tenía un tratado teológico sobre la divinidad de Cristo. Tenía fe. Se acercó con humildad, reconoció el señorío de Jesús y confió en su voluntad. Jesús respondió de inmediato. Esta es la fe que las Escrituras proponen: no solo intelectual, sino total.
Mateo 8,8 — El centurión que creyó sin ver
“8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará.”
El centurión, pagano, comprendió algo que muchos israelitas no habían visto: la palabra de Jesús tiene autoridad divina y no necesita presencia física para actuar. Jesús elogió esta fe como la mayor que había encontrado. Es el modelo de la fe cristiana: confianza total en la palabra de quien es Señor de todo.
Juan 11,25 — Jesús, la Resurrección y la Vida
“25 Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”
Jesús no anuncia la resurrección como un evento futuro externo a Él: Él mismo es la resurrección. La vida eterna no es un don separado de su persona; es Él. Por eso San Juan concluye su Evangelio con estas palabras:
“31 Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.”
— Juan 20,31
Conclusión
Las Escrituras hablan con una sola voz: Jesús es Dios eterno. Lo anunciaron los profetas, lo proclamaron los apóstoles, lo confesaron quienes lo encontraron, y lo enseña la Iglesia desde el principio. No es solo el Señor de la historia, sino el Señor de nuestra vida.
San Jerónimo lo expresó con precisión insuperable: “Desconocer las Escrituras es desconocer al mismo Cristo.” La ignorancia de quien es Jesús empobrece la fe; conocerlo en su plenitud la transforma.
Que esta verdad no quede solo en el entendimiento. Que nos lleve, como a Tomás, a postrarnos y decir desde lo más profundo del corazón: “¡Señor mío y Dios mío!” Y que, como el leproso y el centurión, nos acerquemos a Él con humildad, confianza y la certeza de que en Jesús: Dios Fuerte, Príncipe de Paz, Resurrección y Vida, encontramos todo lo que nuestra alma necesita.