La Iglesia, la ciencia y la Inquisición
Introducción
Uno de los reproches más comunes contra la Iglesia católica es que siempre fue enemiga del conocimiento, que persiguió a quienes pensaban distinto y que la Inquisición fue una máquina de matar.
La respuesta tiene dos partes. Hay que reconocer con honestidad lo que se hizo mal, y hay que corregir con rigor lo que la historia popular exagera o inventa. No es lo mismo reconocer un pecado que aceptar una calumnia.
I. Un mismo Autor: la fe y la ciencia no se contradicen
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento.» — Salmo 19,2
«Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras.» — Romanos 1,20
Para la Biblia, la creación es como un libro escrito por Dios. Estudiarla no es desafiarlo, sino leerlo. El Catecismo enseña que la investigación científica, si se hace con verdadero rigor y respetando la moral, nunca estará en oposición real con la fe, porque las realidades del mundo y las de la fe tienen su origen en el mismo Dios.1 San Juan Pablo II lo expresó con una imagen: la fe y la razón son como dos alas con las que el espíritu humano se eleva hacia la verdad.2
La idea de una “guerra” permanente entre fe y ciencia no viene de la historia. La difundieron en el siglo XIX dos libros escritos con intención polémica, los de John W. Draper (1874) y Andrew D. White (1896).3 Los historiadores actuales la han desmontado, incluidos académicos no creyentes. El agnóstico Ronald Numbers la considera el mito más extendido sobre la relación entre ciencia y religión.4
Una comparación sencilla ayuda a entenderlo. La Biblia y un libro de biología no compiten, porque responden preguntas distintas: la ciencia explica cómo funciona el mundo, y la fe explica por qué existe y para qué vivimos en él.
II. Investigar la creación es un honor
«Es gloria de Dios ocultar una cosa, y gloria de los reyes escrutarla.» — Proverbios 25,2
«Él me concedió un conocimiento verdadero de los seres, para conocer la estructura del mundo y la actividad de los elementos… los ciclos del año y la posición de los astros.» — Sabiduría 7,17.19
La Escritura presenta el conocimiento de la naturaleza como un don de Dios. Es como un padre que esconde regalos para que sus hijos disfruten buscándolos. El Catecismo enseña que los descubrimientos científicos nos invitan a admirar más la grandeza del Creador y a darle gracias por la inteligencia que da a los investigadores.5 La historia muestra que la Iglesia vivió esta convicción:
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Las universidades nacieron en un ambiente eclesiástico: Bolonia (tradicionalmente, 1088), París (hacia 1150), Oxford (hacia 1167), Cambridge (1209) y Salamanca (1218).6
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Científicos clérigos: Nicolás Copérnico, canónigo, propuso el heliocentrismo; Gregor Mendel, fraile agustino, fundó la genética; Georges Lemaître, sacerdote, propuso la teoría del Big Bang. A ellos se suman san Alberto Magno, Roger Bacon y muchos jesuitas astrónomos.7
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Instituciones: el Observatorio Vaticano es uno de los más antiguos del mundo, y la Pontificia Academia de las Ciencias reúne a científicos de primer nivel de cualquier credo.8
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La postura actual: Pío XII acogió en 1951 la teoría del Big Bang, y en 1996 san Juan Pablo II afirmó que la evolución es “más que una hipótesis”, sosteniendo a la vez que el alma humana es creada directamente por Dios.9
III. El caso Galileo
«¡Detente, sol, en Gabaón, y tú, luna, en el valle de Ayyalón!” Y el sol se detuvo y la luna se paró.» — Josué 10,12-13
Este es el versículo que se usaba contra Galileo: si el sol “se detuvo”, es porque se mueve, y entonces la Tierra no gira a su alrededor. El error fue leer la Biblia como si fuera un libro de astronomía. El mismo Galileo citaba una frase del cardenal Baronio: la intención del Espíritu Santo es enseñarnos cómo se va al cielo, no cómo va el cielo.
Los hechos, contados con honestidad, son estos:
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Hubo un error real. En 1616 se prohibió enseñar el heliocentrismo como verdad demostrada, y en 1633 Galileo fue condenado por un tribunal de la Inquisición romana, obligado a retractarse y confinado de por vida.
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Pero no fue lo que cuenta la leyenda. Galileo no fue torturado ni encerrado en una mazmorra: pasó sus últimos años en su villa de Arcetri, cerca de Florencia, donde siguió escribiendo una de sus obras científicas más importantes.
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El contexto fue más complejo. El heliocentrismo todavía no estaba demostrado con las pruebas que Galileo afirmaba tener, y en el caso influyeron también su carácter polémico y la política de la época. Copérnico, canónigo, había dedicado su obra al papa Pablo III en 1543.
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La Iglesia reconoció el error. San Juan Pablo II creó en 1981 una comisión para estudiar el caso, y en 1992 reconoció públicamente que los teólogos que juzgaron a Galileo se equivocaron.10
El caso Galileo no prueba una guerra entre la Iglesia y la ciencia. Prueba que hombres de Iglesia pueden equivocarse cuando confunden lo que la Biblia enseña con las ideas científicas de su tiempo.
IV. La Inquisición: escuchar las dos partes
«El primero que defiende su causa parece justo, pero viene su adversario y le pone a prueba.» — Proverbios 18,17
Este proverbio describe bien la “leyenda negra”. Una versión repetida mil veces parece cierta hasta que alguien revisa los datos. Es como juzgar a una persona solo por lo que dicen de ella en las redes sociales. Los datos son estos:
No hubo una sola Inquisición, sino tres. La medieval (desde 1231) actuó contra la herejía cátara. La española (1478-1834) estuvo bajo un fuerte control de la Corona, que nombraba al inquisidor general. La romana (desde 1542) respondió al protestantismo.11
Las cifras reales. En 1998, la Santa Sede convocó un simposio de historiadores de distintas confesiones y abrió sus archivos. Según presentó en 2004 el profesor Agostino Borromeo, coordinador del estudio, de unos 125.000 procesos de la Inquisición española, alrededor del 1% de los acusados fue condenado a muerte.12 El historiador Henry Kamen calcula que, en su periodo más activo, hasta 1530, las ejecuciones no superaron las dos mil, y otros estudios estiman entre 3.000 y 5.000 en más de tres siglos.13 La cifra es grave, pero está muy lejos de los “millones” que a veces se repiten.
Las brujas. El mismo estudio señaló que, de unos 100.000 procesos por brujería en Europa, cerca de la mitad terminó en la hoguera por sentencia de tribunales civiles, muchos de ellos en países protestantes, mientras que los tribunales eclesiásticos solo condenaron a muerte a un centenar de personas.
Luces y sombras. Los procesos de la Inquisición exigían pruebas y permitían apelar, garantías que muchos tribunales civiles de la época no ofrecían, y Kamen cuenta que algunos presos de cárceles civiles preferían ser juzgados por ella. Pero también es cierto que los acusados a menudo no conocían el nombre de sus denunciantes, que se usó la tortura, aunque regulada, y que los condenados eran entregados al poder civil sabiendo que serían ejecutados.
V. Donde sí hubo pecado
«Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?” Pero volviéndose, les reprendió.» — Lucas 9,54-55
«Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán.» — Mateo 26,52
Corregir las exageraciones no significa justificar los abusos. Jesús nunca impuso la fe con violencia, y reprendió a sus discípulos cuando quisieron castigar a quienes no lo recibían. El Catecismo reconoce que en el pasado las autoridades usaron prácticas crueles para mantener el orden, con frecuencia sin protesta de los pastores de la Iglesia, que incluso adoptaron la tortura del derecho romano en sus propios tribunales. Y enseña con claridad que “nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe”, porque el acto de fe es libre por naturaleza.14
El 12 de marzo del año 2000, en la Jornada del Perdón, san Juan Pablo II pidió perdón públicamente por los métodos de intolerancia y violencia usados al servicio de la verdad.15 Pedir perdón no debilita a la Iglesia: muestra que se mide con la vara del Evangelio y no con la de su época. Un buen padre de familia que admite un error delante de sus hijos no pierde autoridad, sino que la gana.
VI. Cómo responder
«Siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con dulzura y respeto.» — 1 Pedro 3,15-16
Ante quien usa estos temas como argumento contra la fe, sirven más las preguntas honestas que la discusión a gritos:
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¿Sabías que el padre de la genética era un fraile y que el Big Bang lo propuso un sacerdote?
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¿Sabías que las primeras universidades de Occidente nacieron en el seno de la Iglesia?
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¿Sabías que los tribunales civiles quemaron muchas más brujas que la Inquisición?
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¿Usas la misma medida con todos? Los regímenes ateos del siglo XX, como el soviético o el de Pol Pot en Camboya, mataron en pocas décadas a muchas más personas que la Inquisición en tres siglos.16 Esto no excusa a la Inquisición, pero muestra que la violencia no es un problema exclusivo de la religión.
El objetivo no es ganar una discusión, sino ayudar al otro a ver la historia completa.
Conclusión
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La supuesta “guerra” entre fe y ciencia es un mito del siglo XIX, no un hecho histórico.
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La Biblia presenta el estudio de la creación como un camino hacia Dios (Sal 19,2; Rom 1,20; Prov 25,2).
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La Iglesia fundó universidades y dio a la ciencia figuras como Copérnico, Mendel y Lemaître.
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La condena de Galileo fue un error, que la Iglesia reconoció en 1992, pero no fue la tortura ni la mazmorra que cuenta la leyenda.
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La Inquisición cometió abusos reales, pero mucho menores que los que cuenta la leyenda negra.
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La Iglesia ha reconocido esos abusos y ha pedido perdón por ellos.
La Iglesia no le teme al telescopio: ella misma lo apuntó al cielo. Y no es lo mismo reconocer un pecado que aceptar una calumnia: la Iglesia hace lo primero con humildad y rechaza lo segundo con datos.
Defender a la Iglesia no significa negar su lado oscuro. Ella es santa por Cristo, pero está formada por pecadores, y por eso siempre necesita purificación.17 Quien minimiza los abusos para ganar un debate hace tanto daño como quien los exagera para atacarla. La verdad dicha con amor (Ef 4,15) es la mejor apologética.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 159, que cita a Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes (1965), n. 36.
2 San Juan Pablo II, encíclica Fides et ratio (1998), introducción.
3 J. W. Draper, History of the Conflict between Religion and Science (Nueva York: D. Appleton, 1874); A. D. White, A History of the Warfare of Science with Theology in Christendom (Nueva York: D. Appleton, 1896).
4 R. L. Numbers (ed.), Galileo Goes to Jail and Other Myths about Science and Religion (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2009), introducción. Véase también J. H. Brooke, Science and Religion: Some Historical Perspectives (Cambridge: Cambridge University Press, 1991).
5 CEC, n. 283.
6 J. Verger, Historia de las universidades en la Edad Media.
7 Encyclopaedia Britannica y The Catholic Encyclopedia, entradas sobre Copérnico, Mendel, Lemaître, san Alberto Magno y Roger Bacon.
8 Observatorio Vaticano (vaticanobservatory.org); Pontificia Academia de las Ciencias, refundada por Pío XI en 1936 (pas.va).
9 Pío XII, discurso Un’ora a la Pontificia Academia de las Ciencias, 22 de noviembre de 1951. San Juan Pablo II, mensaje a la Pontificia Academia de las Ciencias, 22 de octubre de 1996.
10 San Juan Pablo II, discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias, 31 de octubre de 1992. Galileo Galilei, Carta a la Gran Duquesa Cristina de Lorena (1615).
11 E. Peters, Inquisition (Berkeley: University of California Press, 1988).
12 A. Borromeo (ed.), L’Inquisizione. Atti del Simposio internazionale (Ciudad del Vaticano: Biblioteca Apostólica Vaticana, 2003), presentado en junio de 2004. San Juan Pablo II, carta al cardenal Etchegaray con ocasión de la presentación del volumen (15 de junio de 2004).
13 H. Kamen, La Inquisición española. Una revisión histórica (Barcelona: Crítica, 1999). La cifra total recoge estimaciones de otros historiadores, como R. García Cárcel.
14 CEC, n. 2298 y 160, que cita a Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae (1965), n. 10.
15 San Juan Pablo II, homilía de la Jornada del Perdón, 12 de marzo de 2000. Comisión Teológica Internacional, Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado (2000).
16 S. Courtois et al., El libro negro del comunismo (Madrid: Espasa, 1998).
17 CEC, n. 827. Véase también el tema “Los escándalos en la Iglesia”.
Sources: