El Diezmo: ¿Mandato Divino o Generosidad del Corazón?
Introducción
Pocas prácticas religiosas han sido tan debatidas y tan frecuentemente mal utilizadas como el diezmo. En muchas comunidades protestantes y evangélicas, el diezmo se presenta como una obligación divina vigente: si no das el diez por ciento de tus ingresos, estás robando a Dios. Esta afirmación genera culpa, presión y, en muchos casos, enriquecimiento de pastores a costa de feligreses humildes.
¿Qué dice realmente la Biblia? ¿Es el diezmo una obligación universal y permanente, o fue una institución específica del Antiguo Testamento con destinatarios precisos? ¿Qué modelo de generosidad propone el Nuevo Testamento?
La respuesta es clara, y conviene recorrerla con cuidado.
I. El diezmo en el Antiguo Testamento: para los levitas, no para todos
Números 18,20-21 — El diezmo era para los levitas
“Yahvé dijo a Aarón: De la tierra de ellos no tendrás heredad, ni entre ellos tendrás parte. Yo soy tu parte y tu heredad en medio de los hijos de Israel. Y he aquí yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel por heredad, por su ministerio, por cuanto ellos sirven en el ministerio del tabernáculo de reunión.”
Números 18,24
“Porque a los levitas he dado por heredad los diezmos de los hijos de Israel, que ofrecerán a Yahvé en ofrenda; por lo cual les he dicho: Entre los hijos de Israel no poseerán heredad.”
Aquí está el fundamento histórico y teológico del diezmo: fue instituido exclusivamente para los levitas. La tribu de Leví era la única que no recibió tierra en la distribución de Canaán, porque su heredad era Dios mismo y su servicio en el tabernáculo. El diezmo era, en esencia, el sustento de quienes consagraban su vida entera al culto divino sin tener otra fuente de ingreso.
La consecuencia teológica es directa: sin sacerdocio levítico, no hay diezmo levítico. Ese sistema pertenecía a la antigua alianza y a una estructura religiosa que Cristo transformó radicalmente. Un pastor protestante que cobra el diezmo sin ser levita ni sucesor apostólico no tiene ningún fundamento bíblico para hacerlo.
II. Jesús y el diezmo: una advertencia, no una imposición
Mateo 23,23 — El diezmo no es lo principal
“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.”
Jesús menciona el diezmo en este pasaje, pero no para imponerlo como mandato universal: para criticar a quienes lo observaban escrupulosamente mientras descuidaban lo esencial: la justicia, la misericordia y la fe. El diezmo de las especias era observado con minuciosidad casi cómica, mientras se pisoteaba al pobre y al vulnerable.
El mensaje de Jesús es inequívoco: el diezmo puede convertirse en una práctica vacía y farisaica cuando se separa del amor al prójimo. Nunca en el Evangelio Jesús impone el diezmo como obligación para sus seguidores.
Lucas 18,10-13 — El fariseo que se gloria en el diezmo
“El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres… ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.”
Jesús presenta al fariseo diezmero como ejemplo negativo, no como modelo a imitar. Su problema no era pagar el diezmo, sino hacerlo con orgullo y autocomplacencia, creyendo que su observancia religiosa lo hacía superior a los demás. El publicano que se golpea el pecho sin mencionar el diezmo sale justificado. El mensaje es claro: la actitud del corazón vale más que la suma entregada.
III. Los apóstoles: dieron gratis lo que gratis recibieron
Mateo 10,7-9 — El mandato apostólico
“Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia. No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos.”
Jesús envía a sus apóstoles con una instrucción radicalmente opuesta al sistema del diezmo obligatorio: “de gracia recibisteis, dad de gracia.” No solo no les pide que cobren el diezmo: les prohíbe acumular dinero para el camino. El servicio apostólico no es un negocio.
Lucas 10,1-4 — La misión de los setenta
“No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino.”
Cuando Jesús envía a setenta discípulos, repite el mismo principio: van sin dinero, sin bolsa, sin acumulación. Confían en la providencia de Dios y en la hospitalidad de quienes reciben el Evangelio. Este es el modelo apostólico de sostenimiento del ministerio: la confianza en Dios, no la exigencia de un porcentaje.
IV. Pablo: el apóstol que trabajaba con sus manos
Pablo es el testimonio más elocuente contra el sistema del diezmo obligatorio en el Nuevo Testamento. A pesar de ser el apóstol más influyente de la historia del cristianismo, nunca cobró el diezmo ni exigió sostenimiento económico de las comunidades que evangelizaba.
Hechos 20,33-35
“Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir.”
Pablo trabajaba con sus propias manos —era fabricante de tiendas (Hch 18,3)— para no ser una carga económica para las comunidades. Y cita a Jesús: “más bienaventurado es dar que recibir.” El apóstol vivía lo que predicaba.
1 Corintios 9,16-18 — El evangelio, gratuitamente
“¿Cuál, pues, es mi galardón? Que predicando el evangelio, presente gratuitamente el evangelio de Cristo, para no abusar de mi derecho en el evangelio.”
Pablo reconoce que tendría derecho a recibir sostenimiento económico por su labor apostólica. Pero renuncia a ese derecho para que nadie pueda acusarle de predicar el Evangelio por ganancia. Su gloria es predicarlo gratis. Esto es exactamente lo contrario de lo que hacen quienes imponen el diezmo como condición de membresía o de bendición divina.
V. La generosidad en el Nuevo Testamento: voluntaria y alegre
Si el diezmo obligatorio no es el modelo del Nuevo Testamento, ¿cuál es? La respuesta de la Escritura es consistente: la ofrenda voluntaria, proporcional a la prosperidad de cada uno y dada con alegría.
2 Corintios 9,6-7 — Dios ama al dador alegre
“El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.”
Tres características definen la ofrenda cristiana según Pablo:
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Proporcional: quien da más, recibe más fruto espiritual; nadie está obligado a un porcentaje fijo.
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Decidida en el corazón: cada uno determina libremente cuánto dar.
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Alegre: si se da con tristeza o bajo presión, no agrada a Dios.
El sistema del diezmo obligatorio —con amenazas de maldición para quien no paga— viola exactamente este principio. La ofrenda arrancada con miedo no es la que Dios ama.
1 Corintios 16,2 — La colecta dominical: según lo que haya prosperado
“Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas.”
Pablo organiza una colecta para la Iglesia de Jerusalén, pero el criterio no es un porcentaje fijo: es “según haya prosperado.” Quien tiene más, da más; quien tiene menos, da menos. No hay maldición para quien da poco; hay generosidad proporcional y voluntaria.
VI. Advertencias contra el uso del ministerio como negocio
La Escritura no solo no impone el diezmo obligatorio: advierte severamente contra quienes usan la fe para enriquecerse.
1 Timoteo 6,3-10 — La raíz de todos los males
“Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo… está envanecido, nada sabe… que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales… porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.”
Pablo describe con precisión el perfil del falso maestro que usa la piedad como fuente de ganancia: es vanidoso, ignorante en el fondo, promotor de contiendas y, sobre todo, codicioso. Su fin es el dinero, no las almas. La advertencia de Pablo es directa: apártate de los tales.
2 Corintios 11,13-15.20
“Porque estos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo… Pues toleráis si alguno os esclaviza, si alguno os devora, si alguno toma lo vuestro.”
Pablo denuncia a quienes “devoran” y “toman lo vuestro” bajo apariencia de ministerio apostólico. Quien impone el diezmo bajo amenaza de maldición, quien condiciona la bendición de Dios al pago de un porcentaje, quien se enriquece con el dinero de los más pobres de su congregación, está exactamente en la categoría que Pablo describe.
Lucas 16,13-15 — No se puede servir a Dios y al dinero
“Ningún siervo puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y a las riquezas… lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación.”
El amor al dinero no es un defecto menor: Jesús lo coloca en directa oposición al amor a Dios. Un ministerio construido sobre la exigencia del diezmo como requisito espiritual tiene a las riquezas, no a Dios, en el centro.
VII. La tradición de la Iglesia Católica
La Iglesia Católica no impone el diezmo como obligación bajo pena de maldición ni lo usa para enriquecer a sus ministros. Fomenta la generosidad voluntaria de sus fieles para el sostenimiento de las parroquias, las obras de caridad y las misiones, pero siempre en el espíritu de 2 Corintios 9,7: cada uno dé como propuso en su corazón.
Mateo 15,1-9 — Contra las tradiciones que invalidan la misericordia
“Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.”
Jesús condena a quienes usaban las ofrendas religiosas como excusa para no cuidar a sus propios padres. El mismo principio aplica hoy: ninguna ofrenda o diezmo puede sustituir el amor al prójimo, el cuidado de la familia y la justicia con los más vulnerables.
Conclusión
La Escritura habla con una voz coherente a lo largo de todo el Nuevo Testamento:
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El diezmo del Antiguo Testamento fue instituido para los levitas, no como mandato universal eterno.
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Jesús nunca impuso el diezmo a sus seguidores; criticó a quienes lo usaban para justificarse mientras descuidaban la justicia y la misericordia.
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Los apóstoles predicaron gratis, trabajaron con sus manos y advirtieron contra quienes usaban la fe como negocio.
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El modelo cristiano de generosidad es la ofrenda voluntaria, proporcional y alegre: “Dios ama al dador alegre” (2 Cor 9,7).
Quien da a la Iglesia o a los necesitados movido por el amor, da con libertad y alegría. Quien da por miedo a la maldición, por presión del pastor o por comprar la bendición de Dios, no está dando: está siendo explotado.
La raíz de todos los males es el amor al dinero (1 Tim 6,10). Y ningún sistema religioso que convierta ese amor en mandato divino puede llamarse fiel al Evangelio de Jesucristo.