Pestañas abiertas

1 abierta

    El Diezmo

    Introducción

    Pocas prácticas religiosas han generado tanto debate como el diezmo. En algunas comunidades se presenta como una obligación divina vigente: quien no entrega el diez por ciento de sus ingresos estaría “robando a Dios” y atrayendo maldición sobre su vida. Esta enseñanza genera culpa y presión y, en algunos casos, el enriquecimiento de unos pocos a costa de personas humildes.

    ¿Qué dice realmente la Biblia? ¿Es el diezmo una ley universal y permanente, o una institución del Antiguo Testamento con un propósito concreto? Y ¿qué modelo de generosidad propone el Nuevo Testamento?

    I. El diezmo en el Antiguo Testamento

    «A los hijos de Leví les doy en herencia todos los diezmos de Israel, a cambio del servicio que prestan, el servicio de la Tienda del Encuentro… por eso les he dicho que no tendrán heredad en medio de los israelitas.» — Números 18,21.24

    La tribu de Leví fue la única que no recibió tierra al repartirse Canaán, porque su herencia era Dios y su vida estaba dedicada al culto. El diezmo era su sustento. Estaba ligado al sacerdocio levítico y a la Ley de Moisés, que en su parte ceremonial y civil se cumplió en Cristo.1

    «Al cabo de tres años, apartarás todos los diezmos de tus cosechas de ese año y los depositarás a tus puertas. Vendrá así el levita, ya que él no tiene parte ni heredad contigo, y también el forastero, el huérfano y la viuda que viven en tus ciudades, y comerán hasta hartarse.» — Deuteronomio 14,28-29

    El diezmo no era solo para el culto: también alimentaba al forastero, al huérfano y a la viuda. Quien hoy predica el diezmo olvidando a los pobres olvida la mitad de lo que la Ley enseñaba.2

    II. “¿Puede un hombre defraudar a Dios?”

    «¿Puede un hombre defraudar a Dios? ¡Pues vosotros me defraudáis! Y decís: “¿En qué te hemos defraudado?” En el diezmo y en la contribución. De maldición estáis vosotros malditos, porque vosotros, la nación entera, me defraudáis. Traed el diezmo íntegro al alfolí, para que haya alimento en mi Casa.» — Malaquías 3,8-10

    Es el texto más usado para exigir el diezmo bajo amenaza de maldición. Pero hay que leerlo en su contexto. Dios habla a Israel bajo la Ley de Moisés, y el “alfolí” era el almacén del Templo, donde se guardaban los alimentos de los levitas. La maldición pertenecía al régimen de la antigua alianza, y Pablo enseña que “Cristo nos rescató de la maldición de la ley” (Gál 3,13).3 Amenazar a un cristiano con una maldición por no pagar un porcentaje es devolverlo a un régimen del que Cristo lo liberó.

    III. El diezmo de Abraham

    «Y Abram le dio el diezmo de todo.» — Génesis 14,20

    Algunos argumentan que el diezmo es anterior a la Ley, porque Abraham lo dio a Melquisedec. Pero el texto muestra que Abraham lo dio una sola vez, de manera voluntaria y del botín de una batalla, no de sus ingresos habituales. Dios no se lo mandó, y la Escritura no vuelve a mencionar que lo repitiera. Es un gesto de gratitud, no una ley.

    IV. Jesús y el diezmo

    «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello.» — Mateo 23,23

    Jesús no condena el diezmo, pero denuncia a quienes lo cumplían con escrúpulo mientras descuidaban “lo más importante”: la justicia, la misericordia y la fe. Cuando dice “sin descuidar aquello”, habla a judíos que vivían bajo la Ley, antes de la nueva alianza. En ningún pasaje del Evangelio impone el diezmo a sus discípulos como condición para seguirlo.

    «El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres… Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.”» — Lucas 18,11-12

    El fariseo que se gloria de su diezmo es presentado como ejemplo negativo, y el publicano que solo pide misericordia vuelve justificado. Lo que Dios mira no es el porcentaje, sino el corazón.

    V. El ministro tiene derecho a su sustento

    «Quedaos en esa misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su salario.» — Lucas 10,7

    «¿No sabéis que los ministros del templo viven del templo y que los que sirven al altar, del altar participan? Del mismo modo, también el Señor ha ordenado que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio.» — 1 Corintios 9,13-14

    La Biblia no dice que la comunidad no deba sostener a sus ministros, sino todo lo contrario: quien dedica su vida a anunciar el Evangelio tiene derecho a vivir de ello, y la comunidad tiene el deber de ayudarle (cf. Gál 6,6).4 El problema no es sostener a los ministros, sino convertir ese sostenimiento en una ley con porcentaje fijo y amenazas.

    VI. “Gratis lo recibisteis; dadlo gratis”

    «Gratis lo recibisteis; dadlo gratis.» — Mateo 10,8

    Jesús envía a los apóstoles a sanar y a anunciar el Reino sin cobrar por los dones de Dios. La gracia no se vende.

    «Yo de nadie codicié plata, oro o vestidos. Vosotros sabéis que estas manos proveyeron a mis necesidades y a las de mis compañeros. En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir.» — Hechos 20,33-35

    Pablo, fabricante de tiendas (Hch 18,3), trabajaba con sus manos para no ser una carga para las comunidades.

    «¿Cuál es, entonces, mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio.»m— 1 Corintios 9,18

    Pablo tenía derecho al sustento, pero en Corinto renunció a él para que nadie pudiera acusarle de predicar por dinero. En cambio, aceptó con gratitud la ayuda de los filipenses (Flp 4,15-18). Su criterio no era cobrar, sino que el Evangelio no quedara manchado por la sospecha de negocio.

    VII. La generosidad del Nuevo Testamento

    «Mirad: el que siembra con mezquindad, cosechará también con mezquindad; el que siembra en abundancia, cosechará también en abundancia. Cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría.» — 2 Corintios 9,6-7

    Pablo define la ofrenda cristiana con tres rasgos: es generosa, la decide cada uno en su corazón y se da con alegría, no a la fuerza. La ofrenda arrancada con miedo no es la que Dios ama.

    «Cada primer día de la semana, cada uno de vosotros reserve en su casa lo que haya podido ahorrar.» — 1 Corintios 16,2

    Para la colecta en favor de los pobres de Jerusalén, el criterio no es un porcentaje fijo, sino las posibilidades de cada uno. Desde los primeros siglos, la Iglesia recoge en la Eucaristía del domingo ofrendas para los huérfanos, las viudas y los necesitados.5

    «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba; esta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.» — Marcos 12,43-44

    Jesús no mide la ofrenda por la cantidad, sino por el amor. Dos moneditas valen más que grandes sumas cuando se dan con todo el corazón. No es lo mismo dar mucho que dar con generosidad.6

    VIII. Cuando la fe se convierte en negocio

    «Hombres que tienen la mente corrompida, que están privados de la verdad y que piensan que la piedad es un negocio… Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe.» — 1 Timoteo 6,5.10

    Pablo advierte contra quienes usan la religión como fuente de ganancia. Hoy esa tentación toma muchas formas: prometer prosperidad material a cambio de ofrendas, vender la bendición de Dios o presionar con miedo a los más pobres.

    «Ningún criado puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y al Dinero.» — Lucas 16,13

    Jesús pone el amor al dinero frente al amor a Dios. Este peligro amenaza a cualquier comunidad, también a la católica, y por eso la Iglesia lo denuncia con claridad.7

    IX. ¿Qué enseña la Iglesia católica?

    La Iglesia no impone el diezmo como ley con un porcentaje fijo, ni promete bendiciones a cambio de dinero. Pero sí enseña que los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, cada uno según sus posibilidades. Es el quinto de los preceptos de la Iglesia, que sirve para sostener el culto, a los ministros, las obras de caridad y la misión.8

    En la historia hubo épocas en que el diezmo fue una obligación establecida por ley, y hoy algunas diócesis usan la palabra “diezmo” para invitar a un aporte voluntario y proporcional. Lo que importa es el espíritu: dar con libertad, con alegría y según las propias posibilidades, nunca bajo amenaza. Ya san Ireneo, en el siglo II, enseñaba que los cristianos, libres de la Ley, no se limitan a dar la décima parte, sino que ponen todos sus bienes al servicio del Señor.9

    Conclusión

    • El diezmo del Antiguo Testamento sostenía a los levitas y socorría a los pobres, dentro de la Ley de Moisés (Nm 18,21; Dt 14,28-29).

    • La maldición de Malaquías pertenece a la antigua alianza, y Cristo nos rescató de la maldición de la Ley (Gál 3,13).

    • Jesús nunca impuso el diezmo a sus discípulos, y criticó a quienes lo usaban para justificarse (Mt 23,23; Lc 18,12).

    • Los ministros tienen derecho a su sustento, y la comunidad tiene el deber de ayudarles (Lc 10,7; 1 Cor 9,14).

    • El modelo cristiano es la ofrenda voluntaria, proporcional y alegre, como la de la viuda pobre (2 Cor 9,7; Mc 12,43-44).

    • La Iglesia pide ayudar a sus necesidades según las posibilidades de cada uno, sin porcentajes impuestos ni amenazas.

    No es lo mismo un hijo que ayuda en su casa por amor que un deudor que paga por miedo. Quien da a la Iglesia o a los necesitados movido por el amor, da con libertad y alegría. Quien da por miedo a una maldición o para comprar la bendición de Dios, no está viviendo la generosidad del Evangelio. “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,7).


    Notas bibliográficas

    1 Sobre la Ley antigua y su cumplimiento en Cristo: Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 1961-1964. Véase también el tema “El cumplimiento de la Ley con la muerte de Cristo”.

    2 Sobre las medidas del Antiguo Testamento en favor de los pobres: CEC, n. 2449.

    3 CEC, n. 1963.

    4 Didaché, 13, donde se pide dar las primicias a los profetas que sirven a la comunidad. Código de Derecho Canónico, can. 281, sobre la remuneración de los clérigos.

    5 San Justino, Primera Apología, 67. CEC, n. 1351.

    6 CEC, n. 2544, que propone el ejemplo de la viuda pobre.

    7 CEC, n. 2113 y 2536. Francisco, exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013), n. 55-58.

    8 CEC, n. 2043. Código de Derecho Canónico, can. 222 § 1 y 1260-1262.

    9 San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, IV, 13, 3 y IV, 18, 2.

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

    Tema

    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.