Pestañas abiertas

1 abierta

    La Riqueza de la Iglesia

    Introducción

    Una de las críticas más frecuentes contra la Iglesia católica no es teológica, sino económica: “La Iglesia tiene oro, arte y propiedades por miles de millones, mientras hay pobres que mueren de hambre. ¿Por qué no lo vende todo y se lo da a los pobres?”.

    A primera vista, la crítica parece irrefutable. Pero merece una respuesta honesta, que distinga entre lo que la Iglesia aparenta tener y lo que tiene, entre lo que posee y lo que hace con ello, y entre lo que dice la Escritura sobre la riqueza y la pobreza. Y también merece una respuesta humilde, porque la Iglesia misma reconoce que no siempre ha vivido a la altura de su llamada.

    I. El argumento que ya usaron contra Jesús

    «Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?” Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis.”» — Juan 12,4-8

    El argumento “véndelo y dáselo a los pobres” ya se usó contra Jesús, y el que lo dijo fue Judas. El evangelista aclara que no lo decía por amor a los pobres. No se trata de acusar a quien hoy hace esa pregunta, sino de recordar que la causa de los pobres puede usarse también como pretexto. Jesús no condena el gesto de María: hay cosas que tienen un valor que no se mide por su precio.

    «Ciertamente nunca faltarán pobres en esta tierra; por eso te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra.» — Deuteronomio 15,11

    Pero hay que leer bien la respuesta de Jesús. Cuando dice “pobres siempre tendréis con vosotros”, está citando este versículo del Deuteronomio, que no es una excusa para desentenderse, sino un mandato: precisamente porque siempre habrá pobres, hay que abrirles la mano. Jesús no opone el culto a la caridad: pide las dos cosas.

    II. Los pobres en el centro del Evangelio

    «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva.» — Lucas 4,18

    «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.» — Mateo 25,40

    «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Idos en paz, calentaos y hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?» — Santiago 2,15-16

    La preocupación por los pobres no es un programa político ni una moda moderna: es la misión que Cristo describió como suya. Él mismo, “siendo rico, por vosotros se hizo pobre” (2 Cor 8,9), y se identifica con el pobre hasta el punto de que lo que hacemos a uno de ellos se lo hacemos a Él. La Iglesia toma esto como el criterio del juicio final, y por eso habla de un amor preferencial por los pobres.1

    III. ¿Cuánto tiene realmente la Iglesia?

    El patrimonio que no se puede vender. La mayor parte de lo que se llama “riqueza de la Iglesia” son templos, obras de arte y bibliotecas: la Capilla Sixtina, las catedrales, los manuscritos antiguos. No son inversiones que se puedan convertir en dinero sin destruirlas. Si se vendieran a coleccionistas privados, dejarían de estar abiertas al mundo. Su valor está precisamente en que pertenecen a todos.

    Las finanzas reales. Las cuentas de la Santa Sede, que sostienen el gobierno de la Iglesia universal, sus representaciones diplomáticas y sus obras de caridad, están lejos de ser una fortuna sin fondo. Según el balance consolidado publicado por la Secretaría de Economía, la Santa Sede terminó 2024 con un superávit de 1,6 millones de euros, después de años de déficit, y ella misma reconoce que todavía mantiene un déficit operativo de unos 44 millones de euros. Como no cobra impuestos, se sostiene con donaciones, actividades culturales y la gestión de su patrimonio, y los Museos Vaticanos son su principal fuente de ingresos. Es el presupuesto de una institución que sirve en todo el mundo, no el de un imperio financiero.2

    Lo que no se cuenta. Cuando se habla de la “riqueza de la Iglesia”, casi nunca se menciona en qué se gasta: hospitales, escuelas, comedores, orfanatos y misiones, sostenidos en gran parte con las ofrendas de los fieles.

    IV. Lo que la Iglesia hace

    Las estadísticas oficiales que publica cada año la Agencia Fides ofrecen una imagen concreta:

    • Salud y asistencia: 5.377 hospitales, 13.895 dispensarios, 504 leproserías y 15.566 residencias para personas mayores o con discapacidad.

    • Educación: 74.550 guarderías con 7,6 millones de niños, 102.455 escuelas primarias con 36 millones de alumnos y 52.085 colegios e institutos con 20 millones de jóvenes, además de millones de estudiantes en centros de educación superior y universidades.3

    A esto se suman Cáritas, presente en casi todos los países del mundo, y miles de comunidades religiosas y misioneras que trabajan en las zonas más pobres del planeta, muchas veces donde ningún gobierno llega. Muchos de esos hospitales y escuelas están en África, Asia y América Latina, y en no pocos lugares son la única atención médica o la única escuela disponible para los pobres.

    V. La belleza para Dios

    «Di a los israelitas que me traigan una ofrenda. La recibiréis de todo aquel que la ofrezca de corazón… Me harán un santuario para que yo habite en medio de ellos.» — Éxodo 25,2.8

    «Recubrió de oro toda la Casa, la Casa entera.» — 1 Reyes 6,22

    Dios mismo pidió a Israel materiales preciosos para su santuario, ofrecidos libremente “de corazón”, y el Templo de Salomón estaba recubierto de oro. La belleza del lugar de culto no es vanidad: expresa que a Dios se le ofrece lo mejor.

    «Gloria y majestad están ante él, poder y esplendor en su santuario.» — Salmo 96,6

    Las catedrales, el arte sacro, la música y los iconos son también una forma de anunciar el Evangelio. Durante siglos fueron la catequesis de quienes no sabían leer, y siguen llevando a muchas personas hacia Dios.4 La mayor parte de ese patrimonio fue donado por fieles, muchos de ellos pobres, que querían ofrecer a Dios lo mejor que tenían. Y las iglesias están abiertas gratuitamente a todos. Los Museos Vaticanos sí cobran entrada, y con ello se financia la conservación de un patrimonio que pertenece a toda la humanidad.

    VI. Los pobres, tesoro de la Iglesia

    La Iglesia misma ha enseñado siempre que los pobres valen más que el oro. Cuando en el año 258 un funcionario romano exigió al diácono san Lorenzo que entregara los tesoros de la Iglesia, él se presentó con los pobres a los que atendía y dijo: “Estos son los tesoros de la Iglesia”. Y san Ambrosio, obispo de Milán, mandó fundir vasos sagrados para pagar el rescate de cristianos cautivos. Explicó que la Iglesia tiene oro no para guardarlo, sino para darlo cuando hace falta, y que vale más salvar a las almas que conservar los metales.5

    San Juan Crisóstomo, en el siglo IV, advertía: ¿de qué sirve cubrir de oro la mesa del altar, si Cristo muere de hambre en el pobre? Adorna el templo, pero no desprecies al hermano afligido, que es un templo más precioso. Por eso el derecho de la Iglesia enseña que sus bienes existen para el culto, el sustento de sus ministros, el apostolado y las obras de caridad, sobre todo en favor de los necesitados.6

    No es lo mismo un tesoro guardado que un tesoro al servicio. La belleza del culto y el servicio a los pobres no se oponen: la Iglesia está llamada a vivir las dos cosas, sin sacrificar nunca al pobre.

    VII. Los santos pobres

    Los fundadores de las grandes obras de caridad de la Iglesia fueron, en su mayoría, personas que eligieron la pobreza:

    • San Francisco de Asís renunció a la herencia de su padre y fundó una orden que sirve a los pobres desde hace ocho siglos.

    • San Juan de Dios fundó en Granada, en el siglo XVI, un hospital para pobres y enfermos, del que nació la Orden Hospitalaria, presente hoy en todo el mundo.

    • San Vicente de Paúl organizó en el siglo XVII una red de caridad para pobres, enfermos, huérfanos y galeotes.

    • Santa Teresa de Calcuta vivió con lo mínimo y fundó las Misioneras de la Caridad, que atienden a los más pobres en todo el mundo.

    VIII. La pobreza de los ministros

    «Y les dijo: “No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno.”» — Lucas 9,3

    «Yo de nadie codicié plata, oro o vestidos… Mayor felicidad hay en dar que en recibir.» — Hechos 20,33.35

    Los sacerdotes diocesanos reciben un sustento modesto, y los religiosos hacen voto de pobreza: no poseen nada propio. Las religiosas en el mundo son 589.423, y una gran parte de ellas trabaja en hospitales, escuelas y obras de caridad sin recibir un salario personal, porque su sustento lo provee su comunidad.7

    IX. La crítica que la Iglesia acepta

    La Iglesia no pretende haber administrado siempre bien sus bienes. Ha habido derroche, falta de transparencia y escándalos, como el de la compra de un edificio en Londres, que terminó en un proceso judicial en el Vaticano. Esos pecados merecen crítica y exigen reforma, y en los últimos años se han introducido controles y la publicación de balances.

    El papa Francisco lo expresó al comienzo de su pontificado: “¡Cómo querría una Iglesia pobre y para los pobres!”. Y el papa León XIV dedicó su primera exhortación apostólica, Dilexi te (2025), al amor por los pobres.8 Que la Iglesia se critique a sí misma no es hipocresía, sino señal de que quiere convertirse.

    «Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe.» — 1 Timoteo 6,10

    Esta advertencia vale para toda persona y toda institución, también para la Iglesia. El problema no es el dinero, sino el amor al dinero.

    X. Más allá de la limosna: la doctrina social

    La Iglesia no solo da limosna: también busca las causas de la pobreza. Por eso ha desarrollado su doctrina social, que defiende la dignidad del trabajo, el salario justo y el destino universal de los bienes:

    • León XIII, Rerum novarum (1891): los derechos de los trabajadores en la Revolución Industrial.

    • San Juan XXIII, Pacem in terris (1963): los derechos humanos y la paz.

    • San Pablo VI, Populorum progressio (1967): el desarrollo integral de los pueblos.

    • San Juan Pablo II, Centesimus annus (1991): el trabajo, la economía y la solidaridad.

    • Francisco, Laudato si’ (2015): el cuidado de la casa común y de los más pobres.9

    Conclusión

    • El argumento “véndelo y dáselo a los pobres” ya lo usó Judas, y Jesús respondió citando un mandato de abrir la mano al pobre (Jn 12,4-8; Dt 15,11).

    • El amor a los pobres está en el centro del Evangelio (Lc 4,18; Mt 25,40).

    • La mayor parte del patrimonio de la Iglesia es arte y templos abiertos a todos, no dinero acumulado, y las cuentas de la Santa Sede son modestas.

    • La Iglesia sostiene miles de hospitales, escuelas y obras de caridad en todo el mundo.

    • Su propia Tradición enseña que los pobres son el verdadero tesoro de la Iglesia (san Lorenzo, san Ambrosio, san Juan Crisóstomo).

    • La Iglesia reconoce sus errores en la administración de sus bienes y está llamada a una conversión constante.

    No es lo mismo una Iglesia que acumula para sí que una Iglesia que recibe para dar. Quien critica la riqueza de la Iglesia tiene derecho a pedirle coherencia, y la Iglesia debe escuchar esa crítica. Pero no se puede mirar solo el oro de los altares y no ver a los millones de enfermos, niños y ancianos que la Iglesia atiende cada día. “¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: ‘Tengo fe’, si no tiene obras?” (Sant 2,14). Con todas sus imperfecciones, la Iglesia lleva veinte siglos respondiendo a esa pregunta con hospitales, escuelas, comedores y misioneros en los rincones más pobres del mundo.


    Notas bibliográficas

    1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 2443-2449. Francisco, exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013), n. 198.

    2 Secretaría para la Economía de la Santa Sede, Balance consolidado 2024 (2025). Sobre el destino universal de los bienes: CEC, n. 2402-2406.

    3 Agencia Fides, Las estadísticas de la Iglesia católica 2025 (datos al 31 de diciembre de 2023), publicadas con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones.

    4 Sobre el arte sacro: CEC, n. 2502-2503. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium (1963), n. 122-124.

    5 San Ambrosio, Sobre los deberes de los ministros (De officiis), II, 28, 136-140.

    6 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de san Mateo, 50, 3-4. CEC, n. 2446. Código de Derecho Canónico, can. 1254.

    7 Código de Derecho Canónico, can. 281 y 600.

    8 Francisco, encuentro con los representantes de los medios de comunicación, 16 de marzo de 2013. León XIV, exhortación apostólica Dilexi te (2025).

    9 Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2004).


    Sources:

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

    Tema

    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.