¿Por qué existe el mal?
Introducción
Una de las preguntas más antiguas de la humanidad es esta: si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué existe el mal? Las Escrituras no responden con un argumento frío, sino con una revelación que involucra la libertad humana, la providencia de Dios y el misterio de la redención.1
El punto de partida es claro: Dios no es el autor del mal. Todo lo que Él creó es bueno. El mal no es una “cosa” ni una fuerza independiente, sino, como enseñó san Agustín, la ausencia de un bien que debería estar.2 Así como la oscuridad no es una sustancia, sino la falta de luz, el mal entra en el mundo cuando la criatura libre se aparta del Bien, que es Dios.
I. Dios no es el autor del mal: la libertad
«No digas: “Me he desviado por culpa del Señor”, porque él no hace lo que detesta… Al principio el Señor creó al hombre y lo dejó a su propio albedrío. Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua, alarga tu mano y toma lo que quieras. Ante los hombres está la vida y la muerte, a cada uno se le dará lo que prefiera… A nadie obligó a ser impío, a nadie dio permiso para pecar.» — Eclesiástico 15,11-20
Es una de las afirmaciones más claras de la Escritura sobre el mal. Dios no hace el mal ni lo desea: lo detesta. Creó al hombre libre, y esa libertad no es un defecto del diseño, sino su mayor dignidad, porque sin libertad no hay amor. Dios pone delante las opciones, pero no fuerza la mano: la responsabilidad del mal recae sobre quien libremente lo elige.3
«Te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia.» — Deuteronomio 30,19
Dios no solo nos da la libertad: la orienta hacia el bien, sin imponerla. Su invitación es apasionada, “escoge la vida”, pero nunca obligada.
«Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; solo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros.» — Gálatas 5,13
La libertad no es un fin en sí misma: es el espacio donde el amor se hace posible. Usada para el bien, se realiza; usada para el mal, se degrada y nos esclaviza.
II. El mal físico: una creación en camino
«La creación, en efecto, fue sometida a la caducidad… en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto.» — Romanos 8,20-22
Además del mal que causa el hombre, existe el mal físico: enfermedades, desastres naturales, la muerte. Pablo enseña que la creación está todavía “en camino”, gimiendo como una mujer que da a luz, a la espera de su plenitud. Dios quiso un mundo que avanza hacia su perfección, y el pecado del hombre rompió además la armonía de la creación.4 Pero esos gemidos no son de agonía, sino de parto: anuncian algo nuevo.
III. La soberanía de Dios sobre el mal
Que Dios no sea el autor del mal no significa que el mal escape a su poder. Dios puede actuar incluso a través del mal, sin causarlo, y orientar la historia hacia sus fines.
«¿Qué diremos, pues? ¿Que hay injusticia en Dios? ¡De ningún modo! Pues dice él a Moisés: Seré misericordioso con quien lo sea; me apiadaré de quien me apiade… ¡Oh hombre! Pero ¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? ¿Acaso la pieza de barro dirá a quien la modeló: “por qué me hiciste así”?» — Romanos 9,14-15.20
Pablo no elimina el misterio: nos coloca ante él con humildad. Dios no comete injusticia, y su misericordia es un don que Él concede libremente. Este pasaje habla del lugar de Israel y de los paganos en el plan de salvación, no de personas creadas para ser condenadas. Dios no predestina a nadie al mal; quiere que todos se salven.5 Ante este misterio, la respuesta correcta no es la protesta, sino la confianza.
«Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman.» — Romanos 8,28
Esta promesa no dice que todo lo que ocurre sea bueno, sino que Dios es capaz de orientarlo todo, incluso el mal, hacia el bien de quienes le aman. San Agustín lo dijo así: Dios, siendo sumamente bueno, no permitiría ningún mal en sus obras si no fuera tan poderoso y bueno como para sacar bien del mismo mal.6
«Todo lo ha hecho el Señor con un fin, aun al malvado para el día de la desgracia.» — Proverbios 16,4
No significa que Dios cree a alguien para hacer el mal, sino que incluso el malvado no escapa al orden de Dios: su maldad tendrá un final y será juzgada. Aunque el hombre elija el mal, Dios no pierde el control de la historia. Él tiene la última palabra.
IV. El sufrimiento como prueba y camino de crecimiento
La Escritura no justifica el sufrimiento de manera abstracta, pero revela que Dios puede usarlo para hacernos crecer.
«Considerad como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia; pero la paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas, para que seáis perfectos e íntegros sin que dejéis nada que desear.» — Santiago 1,2-4
«Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» — Romanos 5,3-5
La cadena es elocuente: tribulación, paciencia, virtud probada y esperanza. El sufrimiento no es el destino, sino el camino. Como el oro que se purifica en el fuego, la fe probada sale más fuerte. Y al final de ese camino no hay vacío, sino el amor de Dios.7
«Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: “Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?” Respondió Jesús: “Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios.”» — Juan 9,1-3
Jesús rompe el esquema simplista de “si sufres, es porque pecaste”. No todo sufrimiento es castigo por una culpa personal. A veces, el dolor se convierte en el lugar donde Dios manifiesta su gloria. Lo que el mundo descarta como desgracia, Dios puede convertirlo en escenario de su poder.8
V. Dios saca bien del mal
«Aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien, para hacer sobrevivir, como hoy ocurre, a un pueblo numeroso.» — Génesis 50,20
José, vendido por sus hermanos, terminó salvando a su familia y a Egipto entero. Sus palabras resumen un hilo que recorre toda la Escritura:
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Moisés: condenado a muerte siendo un bebé, se convierte en el liberador de su pueblo.
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Job: lo pierde todo, mantiene la fe y recibe una restauración mayor que lo perdido.
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El destierro en Babilonia: aparente fracaso total, se convierte en el lugar donde Israel purifica su fe.
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La Cruz: el peor crimen de la historia, el asesinato del Hijo de Dios, se convierte en la redención del mundo.9
«¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley. Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!» — 1 Corintios 15,55-57
«Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.» — Apocalipsis 21,4
El mal no tiene la última palabra. La historia no termina en el sufrimiento, sino en una restauración plena. La resurrección de Cristo garantiza que este horizonte no es una ilusión, sino una promesa firme.10
VI. Nuestra respuesta ante el mal
«Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios para que, llegada la ocasión, os ensalce; confiadle todas vuestras preocupaciones, pues él cuida de vosotros. Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe… Y el Dios de toda gracia… después de breves sufrimientos, os restablecerá, afianzará, robustecerá y os consolidará.» — 1 Pedro 5,6-10
Ante el mal, la Escritura no nos llama a la resignación pasiva ni a la rebeldía estéril, sino a tres actitudes. La primera es la humildad: reconocer que no somos autosuficientes. La segunda es la vigilancia: el adversario es real y activo. La tercera es la esperanza: Dios nos fortalece a través del sufrimiento.11
«En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.» — Mateo 25,40
Frente al sufrimiento ajeno, la respuesta del discípulo no es una explicación teológica, sino el amor concreto. Jesús no nos pide entender el dolor del otro, sino acompañarlo y aliviarlo. En el rostro de quien sufre está el rostro de Cristo.12
Conclusión
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Dios no es el autor del mal: el mal moral nace de una libertad que se aparta del Bien (Eclo 15,11-20).
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El mal físico pertenece a una creación que todavía gime en camino hacia su plenitud (Rom 8,20-22).
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Dios no pierde el control: es capaz de sacar bien incluso del mal (Rom 8,28; Gn 50,20).
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El sufrimiento puede convertirse en camino de crecimiento y esperanza (Sant 1,2-4; Rom 5,3-5).
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No todo sufrimiento es castigo: a veces es el lugar donde Dios manifiesta su obra (Jn 9,3).
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El mal no tiene la última palabra: Cristo venció a la muerte (1 Cor 15,55-57; Ap 21,4).
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Ante el mal, respondemos con humildad, vigilancia, esperanza y caridad concreta (1 Pe 5; Mt 25,40).
El mal existe porque Dios creó seres libres, capaces de amar y también de rechazar el amor. No es un fallo del diseño divino: es el precio de la dignidad humana. Dios no lo quiere, no lo causa y no lo aprueba, pero tampoco pierde el control ante él. Donde el hombre introduce ausencia, Dios introduce presencia; donde el hombre siembra muerte, Dios puede hacer germinar vida.
No es lo mismo un Dios que impide toda libertad para evitar el mal que un Dios que respeta nuestra libertad y es capaz de vencer el mal con el bien. La Cruz es la prueba definitiva: el mayor mal de la historia se convirtió en la mayor redención. Muchas preguntas solo encontrarán su respuesta plena cuando veamos a Dios cara a cara.13 Mientras tanto, la pregunta que cada uno debe hacerse no es solo “¿por qué existe el mal?”, sino “¿qué haré yo con la libertad que Dios me ha dado?”.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 309, donde se afirma que todo el mensaje cristiano es, en parte, una respuesta a la cuestión del mal.
2 San Agustín, Confesiones, VII, 12, 18; Enquiridion, 11. Cf. santo Tomás de Aquino, Suma Teológica I, q. 48, a. 1.
3 Sobre la libertad humana: CEC, n. 1730-1733 (el n. 1730 cita Eclo 15,14). Dios no es causa del mal moral, sino que lo permite respetando la libertad de la criatura: CEC, n. 311.
4 Sobre el mal físico y la creación “en estado de vía”: CEC, n. 310. Sobre la ruptura de la armonía de la creación por el pecado: CEC, n. 400. Sobre los cielos nuevos y la tierra nueva: CEC, n. 1046-1047.
5 CEC, n. 600 y 1037. Concilio de Trento, Decreto sobre la justificación (1547), canon 17: H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 1567.
6 San Agustín, Enquiridion, 11, 3, citado en CEC, n. 311. Cf. santo Tomás de Aquino, Suma Teológica I, q. 2, a. 3, ad 1. Sobre la providencia que saca bien del mal: CEC, n. 312-313.
7 San Juan Pablo II, carta apostólica Salvifici doloris (1984), sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, n. 12-13 y 23. Sobre la prueba que fortalece la fe: CEC, n. 2847.
8 Salvifici doloris, n. 11, sobre el libro de Job y el sufrimiento que no siempre es castigo.
9 Sobre la muerte de Cristo en el designio de Dios, que se sirve incluso de los actos libres de los hombres: CEC, n. 312 y 599-600.
10 Benedicto XVI, encíclica Spe salvi (2007), n. 35-39, sobre el sufrimiento como lugar de aprendizaje de la esperanza.
11 Sobre el diablo y la petición “líbranos del mal”: CEC, n. 2850-2854.
12 Salvifici doloris, n. 28-30, sobre la parábola del buen samaritano. Sobre las obras de misericordia: CEC, n. 2447.
13 CEC, n. 314.