Los Escándalos en la Iglesia
Introducción
Pocos argumentos contra la Iglesia tienen tanta fuerza como este: “¿Cómo puede ser la Iglesia verdadera si está llena de escándalos? Abusos de sacerdotes, corrupción, la Inquisición… Una institución así no puede venir de Dios”.
El argumento tiene fuerza porque parte de hechos reales. Los escándalos existen, han causado un daño enorme a personas concretas y merecen ser reconocidos con honestidad, no disimulados. La respuesta católica no puede ser negar ni minimizar.
Pero el argumento tiene también fallas importantes. Si los pecados de sus miembros invalidaran la Iglesia, la Iglesia de Cristo no habría existido nunca, ni siquiera en el siglo I.
I. Primero, la verdad y las víctimas
«Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar.» — Mateo 18,6
Antes de cualquier argumento, hay que decir lo que debe decirse. Los abusos sexuales de sacerdotes y religiosos contra menores y personas vulnerables son crímenes gravísimos que han causado un daño profundo a víctimas reales. Y el encubrimiento que en muchos casos permitió que continuaran agrava todavía más la culpa. La palabra de Jesús es la más dura de todo el Evangelio, y se dirige precisamente a quienes escandalizan a los pequeños. El escándalo es más grave cuando lo comete quien tiene la misión de enseñar y cuidar.1
La Iglesia ha reconocido este pecado. San Juan Pablo II afirmó en 2002 que no hay lugar en el sacerdocio para quienes hacen daño a los jóvenes. Benedicto XVI se reunió con víctimas y escribió una carta pidiendo perdón a los católicos de Irlanda. Y Francisco reconoció en su Carta al Pueblo de Dios (2018) que la Iglesia no supo actuar a tiempo. A estas palabras se han sumado medidas concretas: una comisión para la protección de los menores, la obligación de denunciar los abusos, el fin del secreto pontificio en estos casos y un endurecimiento de las penas en el derecho de la Iglesia.2
Todo lo que sigue no busca restar gravedad a estos hechos, sino responder a una pregunta distinta: ¿demuestran estos pecados que la Iglesia no es de Cristo?
II. El trigo y la cizaña
«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue… Los siervos le dicen: “¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?” Díceles: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega.”» — Mateo 13,24.27-30
Jesús explica que “el campo es el mundo” (Mt 13,38), pero desde san Agustín la Iglesia ha aplicado también esta parábola a sí misma: en ella crecen juntos el trigo y la cizaña hasta el final.3 Jesús no prometió una comunidad de perfectos.
«También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos.» — Mateo 13,47-48
La Iglesia no es un club de santos, sino una red que recoge toda clase de personas. La separación definitiva será al final, y la hará Dios.
III. Los escándalos empezaron en el siglo I
La propia Escritura muestra que hubo escándalos desde el principio.
«Todavía estaba hablando, cuando se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un beso. Jesús le dijo: “¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!”» — Lucas 22,47-48
Judas era uno de los Doce, elegido por Jesús, y lo traicionó por dinero.
«El Señor se volvió y miró a Pedro… Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.» — Lucas 22,61-62
Pedro, la roca sobre la que Cristo edificó su Iglesia, lo negó tres veces la noche de la Pasión.
«Un hombre llamado Ananías, de acuerdo con su mujer Safira, vendió una propiedad, y se quedó con una parte del precio… Pedro le dijo: “Ananías, ¿cómo es que Satanás llenó tu corazón para mentir al Espíritu Santo, y quedarte con parte del precio del campo?”» — Hechos 5,1-3
Pocos años después de Pentecostés, en la primera comunidad cristiana, ya hubo mentira y fraude con el dinero.
«Se oye hablar de que hay inmoralidad entre vosotros, y una inmoralidad tal, que no se da ni entre los gentiles, hasta el punto de que uno de vosotros vive con la mujer de su padre.» — 1 Corintios 5,1
La Iglesia de Corinto, fundada por Pablo, tenía un escándalo sexual que habría avergonzado a los paganos. Pablo no concluye que deja de ser Iglesia: la corrige con firmeza y la llama a la conversión.
Y en el Apocalipsis, cinco de las siete Iglesias a las que Cristo escribe reciben reproches por su tibieza, sus errores o su inmoralidad (Ap 2-3). Cristo no las abandona: las llama a convertirse. Los escándalos no son una anomalía que contradice la naturaleza de la Iglesia: la Escritura los documenta desde el principio.
IV. Santa y necesitada de purificación
El Concilio Vaticano II lo expresa así: la Iglesia, que encierra en su seno a pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación.4 Es santa porque su Cabeza es Cristo, porque los sacramentos que administra son santos y porque en ella hay innumerables santos, conocidos y anónimos. Pero sus miembros, también los sacerdotes y los obispos, son pecadores necesitados de conversión.
Por eso los sacramentos no pierden su eficacia por el pecado de quien los administra. San Agustín lo explicó frente a los donatistas, que pensaban lo contrario: cuando un sacerdote bautiza, es Cristo quien bautiza.5 El bautismo de un sacerdote indigno es válido, y la Eucaristía que consagra es verdadera. El oro no deja de ser oro porque lo lleve una mano sucia. Pero la mano sucia sí debe responder de su culpa.
V. La verdad no depende de quien la enseña
«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen.» — Mateo 23,2-3
Jesús mismo distingue entre la enseñanza y la conducta de quien la enseña. Un médico que fuma puede dar un buen consejo sobre la salud, y un padre que ha fallado puede enseñar a su hijo lo que está bien. Si es verdad que Cristo está presente en la Eucaristía y que el bautismo nos hace hijos de Dios, esa verdad no se vuelve falsa porque quien la anuncia sea un pecador. La incoherencia del mensajero no anula el mensaje, aunque sí lo hiere y lo hace menos creíble. Por eso es tan grave.
VI. Los pecados de la historia
La Inquisición. Fue una realidad dolorosa que la Iglesia ha reconocido. En la Inquisición se usaron la tortura y la pena de muerte, y aunque las ejecuciones las realizaba el poder civil, los tribunales de la Iglesia le entregaban a los condenados sabiendo lo que ocurriría. Dicho esto, los historiadores han corregido muchas exageraciones. Por ejemplo, los estudios sobre la Inquisición española estiman unos pocos miles de ejecuciones en más de tres siglos, no los millones que a veces se mencionan. En 1998, el Vaticano abrió sus archivos a historiadores de todas las confesiones para estudiarla.6
Las Cruzadas. Fueron guerras complejas, con motivos religiosos, políticos y económicos, en un contexto de expansión militar islámica sobre territorios cristianos. Hubo crímenes graves, como la masacre de Jerusalén en 1099 y el saqueo de Constantinopla en 1204, que la Iglesia ha reconocido y lamentado. Reducirlas a crímenes sin contexto es una simplificación, pero justificarlas sin matices también lo es.
El perdón del año 2000. El 12 de marzo de 2000, san Juan Pablo II pidió perdón públicamente por los pecados de los hijos de la Iglesia a lo largo de la historia: la violencia al servicio de la verdad, las divisiones entre cristianos, los pecados contra el pueblo judío y contra la dignidad de las personas.7 Reconocer los propios pecados no debilita a la Iglesia: la muestra capaz de conversión.
VII. “Por sus frutos los conoceréis”
«Por sus frutos los reconoceréis… Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos.» — Mateo 7,16-17
Si aplicamos con honestidad el criterio de Jesús, hay que mirar los frutos malos, pero también los buenos:
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Los hospitales: en el siglo IV, san Basilio fundó en Cesarea una ciudad para enfermos y pobres, y en Roma la noble cristiana Fabiola fundó uno de los primeros hospitales de Occidente.
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Las universidades: las de París, Bolonia, Oxford o Salamanca nacieron en gran parte de las escuelas catedralicias y monásticas, con la protección de los papas.
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La ciencia: contó con clérigos como Nicolás Copérnico, canónigo; Gregor Mendel, fraile agustino y padre de la genética; y Georges Lemaître, sacerdote, que propuso la teoría del Big Bang.
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La dignidad humana: el dominico Francisco de Vitoria, en el siglo XVI, defendió los derechos de los indígenas americanos y sentó las bases del derecho internacional. Varios papas condenaron la esclavitud de indígenas y africanos, como Pablo III en 1537 y Gregorio XVI en 1839, aunque la Iglesia tardó en rechazarla del todo, y no faltaron cristianos, incluso eclesiásticos, que la practicaron.
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Los santos de la caridad: Francisco de Asís, Vicente de Paúl o Teresa de Calcuta.8
Los frutos malos existen y son reales. Pero la honestidad exige mirar los dos lados del árbol.
VIII. Un mal de toda la sociedad
Los estudios muestran que el abuso sexual de menores existe en todos los ámbitos donde hay adultos en contacto con niños: familias, escuelas, clubes deportivos, otras confesiones religiosas e instituciones públicas.9 Esto no disminuye en nada la culpa de la Iglesia: al contrario, de ella se esperaba más. Lo que fue específico y especialmente grave en la Iglesia fue el encubrimiento, el afán de proteger la institución por encima de las víctimas. Es eso lo que más ha exigido reconocimiento y reforma.
Pero el criterio debe ser coherente. Si los pecados de sus miembros invalidaran una institución, ninguna institución humana sería legítima. Las instituciones se reforman, no se disuelven.
IX. Una llamada a la conversión
«Yo a los que amo, los reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete.» — Apocalipsis 3,19
Cristo no abandona a las Iglesias que le fallan: las reprende y las llama a la conversión. Esa es la respuesta bíblica al escándalo: no la huida, sino la reforma.
«Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada.» — Efesios 5,25-27
Cristo se entregó por la Iglesia para purificarla. Esa purificación es un camino, que no termina hasta el final de la historia.
«Confieso los pecados que los israelitas hemos cometido contra ti; yo mismo y la casa de mi padre hemos pecado.» — Nehemías 1,6
Nehemías no abandona a su pueblo por sus pecados: los confiesa como propios, ora y trabaja por la restauración. Esa es la actitud del creyente ante los escándalos de su Iglesia: no huir, sino asumir la responsabilidad que le toca y trabajar por la reforma.
X. Lo que el escándalo no puede destruir
«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.» — Mateo 16,18
La promesa de Cristo no dice “mientras la Iglesia se porte bien”. La Iglesia ha sobrevivido a papas indignos, cismas, herejías, persecuciones y escándalos durante veinte siglos. No porque sus miembros sean mejores que los demás, sino porque Cristo prometió que no sería vencida. Esa supervivencia no es un mérito humano, sino el cumplimiento de una promesa de Dios.
Conclusión
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Los escándalos son reales y graves, y la Iglesia debe reconocerlos, reparar a las víctimas y reformarse (Mt 18,6).
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Jesús anunció que el trigo y la cizaña crecerían juntos hasta el final (Mt 13,30).
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Los escándalos comenzaron en el siglo I: Judas, la negación de Pedro, Ananías, Corinto.
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La Iglesia es santa por Cristo y a la vez necesitada de purificación por sus miembros.
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La verdad de la fe no depende de la virtud de quien la anuncia (Mt 23,2-3), aunque su incoherencia la hiere.
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Los frutos de la Iglesia deben mirarse completos: los malos y los buenos.
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Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían, y en veinte siglos no han prevalecido.
La respuesta al escándalo no es abandonar a Cristo y a su Iglesia, sino lo que hicieron los santos: Pedro lloró, se arrepintió y volvió; Pablo dejó de perseguirla y la sirvió hasta la muerte; y en cada época de crisis los santos no huyeron, sino que la reformaron desde dentro. No es lo mismo abandonar a una madre herida que ayudar a sanarla. Como dice el papa Francisco, la Iglesia es como un hospital de campaña, y su valor no está en la perfección de quienes la sirven, sino en la medicina que ofrece: la gracia de Cristo, que ningún escándalo humano puede destruir.10
Notas bibliográficas
1 Sobre el escándalo y su gravedad, sobre todo cuando lo comete quien tiene autoridad: Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 2284-2287.
2 San Juan Pablo II, discurso a los cardenales de Estados Unidos, 23 de abril de 2002. Benedicto XVI, Carta pastoral a los católicos de Irlanda, 19 de marzo de 2010. Francisco, Carta al Pueblo de Dios, 20 de agosto de 2018; motu proprio Vos estis lux mundi (2019, actualizado en 2023); rescripto sobre la abolición del secreto pontificio en los casos de abuso (17 de diciembre de 2019); reforma del Libro VI del Código de Derecho Canónico (2021), can. 1398.
3 San Agustín, Breve informe de la conferencia con los donatistas, III, 8-10. CEC, n. 827.
4 Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium (1964), n. 8. CEC, n. 823-829.
5 San Agustín, Tratados sobre el Evangelio de san Juan, 6, 7. CEC, n. 1128. Véase también el tema “¿Por qué confesarme con un sacerdote?”.
6 Comisión Teológica Internacional, Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado (2000). Las actas del simposio internacional sobre la Inquisición organizado por la Santa Sede en 1998 se publicaron en 2004. G. Henningsen y J. Contreras, estudio estadístico sobre los procesos de la Inquisición española (1986). Henry Kamen, La Inquisición española (1997).
7 San Juan Pablo II, homilía en la Jornada del Perdón, 12 de marzo de 2000. Carta apostólica Tertio millennio adveniente (1994), n. 33-36.
8 San Jerónimo, Carta 77, sobre Fabiola. Francisco de Vitoria, Relecciones sobre los indios (1539). Pablo III, bula Sublimis Deus (1537). Gregorio XVI, carta apostólica In supremo apostolatus (1839): H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 2745-2746.
9 John Jay College of Criminal Justice, The Nature and Scope of Sexual Abuse of Minors by Catholic Priests and Deacons in the United States, 1950-2002 (2004).
10 Francisco, entrevista con Antonio Spadaro, La Civiltà Cattolica, septiembre de 2013.