El Celibato Sacerdotal
Introducción
Una crítica frecuente contra la Iglesia católica es esta: “Prohibir el matrimonio a los sacerdotes va contra la Biblia. Pablo dijo que en los últimos tiempos algunos prohibirían casarse, y eso es lo que hace la Iglesia. Además, el celibato es la causa de los abusos”.
Esta objeción mezcla argumentos distintos que conviene separar. La Iglesia no prohíbe el matrimonio por considerarlo malo, que es lo que Pablo condena. Propone el celibato como un don y una elección libre para quienes son llamados al sacerdocio en la Iglesia latina. No es lo mismo prohibir algo porque es malo que renunciar a algo bueno por amor a un bien mayor: lo primero es una herejía; lo segundo, una vocación.
I. “Prohíben el matrimonio”
«El Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe entregándose a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas, por la hipocresía de embaucadores que tienen marcada a fuego su propia conciencia; estos prohíben el matrimonio y el uso de alimentos que Dios creó para que fueran comidos con acción de gracias por los creyentes y por los que han conocido la verdad.» — 1 Timoteo 4,1-3
Es el texto que más se usa contra el celibato. Pero Pablo describe a personas que prohíben a todos casarse y comer ciertos alimentos, porque consideran que el cuerpo, el sexo y la materia son malos. El versículo siguiente da la clave: “Porque todo lo que Dios ha creado es bueno” (1 Tim 4,4). Pablo condena las herejías que despreciaban la creación, como las que después se llamaron gnósticas y maniqueas.
La Iglesia enseña exactamente lo contrario:
«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es este, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.» — Efesios 5,31-32
Para la Iglesia, el matrimonio es un sacramento, signo del amor de Cristo por su Iglesia. No prohíbe a nadie casarse, sino que pide el celibato a quienes, libremente, se presentan para el sacerdocio en la Iglesia latina. Y ningún sacerdote es obligado a ordenarse: elige libremente esa vocación sabiendo lo que implica. Aplicar 1 Timoteo 4 al celibato sacerdotal es como acusar de despreciar la comida a quien ayuna por amor a Dios.
II. Jesús: “por el Reino de los Cielos”
«Dícenle sus discípulos: “Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse.” Pero él les dijo: “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda.”» — Mateo 19,10-12
Jesús habla de quienes renuncian libremente al matrimonio “por el Reino de los Cielos”. No lo impone a todos: es un don, “para aquellos a quienes se les ha concedido”. Pero lo presenta como algo valioso, motivado no por el miedo al matrimonio ni por el desprecio del cuerpo, sino por el amor al Reino.
Y Jesús mismo vivió célibe. Si el celibato fuera contrario a la Biblia o a la naturaleza humana, el primero en contradecirlas habría sido Él.1
III. Pablo: un don para servir al Señor
«Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra. No obstante, digo a los célibes y a las viudas: Bien les está quedarse como yo.» — 1 Corintios 7,7-8
Pablo, que no tenía esposa, presenta su celibato como un don de Dios, una “gracia particular”, y reconoce que el matrimonio también lo es.
«Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido… Os digo esto para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin división.» — 1 Corintios 7,32-35
Pablo no dice que el matrimonio sea malo, sino que el casado tiene, con razón, el corazón y las preocupaciones repartidos entre Dios y su familia. El célibe puede dedicarse al Señor “sin división”. Por eso la Iglesia enseña que la virginidad consagrada por el Reino tiene una excelencia propia, sin que eso rebaje en nada el matrimonio: los dos caminos vienen del Señor, y uno ilumina al otro. Al final, la santidad de cada persona no depende de su estado de vida, sino de su amor a Dios.2
IV. Una disciplina, no un dogma
El celibato de los sacerdotes en la Iglesia latina es una disciplina, no un dogma de fe. Eso significa que la Iglesia podría cambiarla, y de hecho existen excepciones:
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En las Iglesias católicas orientales (bizantina, maronita, copta y otras), los hombres casados pueden ser ordenados sacerdotes.
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En la Iglesia latina, los diáconos permanentes pueden estar casados.
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Algunos pastores anglicanos o luteranos casados que se convierten al catolicismo pueden ser ordenados sacerdotes.
El Concilio Vaticano II enseña que el celibato no es exigido por la naturaleza misma del sacerdocio, pero que tiene una profunda conveniencia con él.3
Tampoco es un invento medieval. Hacia el año 305, el Concilio de Elvira, en España, ya pedía a los clérigos casados vivir en continencia, y un concilio de Cartago, en el año 390, afirmaba que esa práctica venía de los apóstoles. La disciplina se fue consolidando en Occidente hasta que el II Concilio de Letrán (1139) la estableció como ley general. La Iglesia la mantiene, no porque el matrimonio sea malo, sino porque considera que el celibato expresa mejor la entrega total del sacerdote a Cristo y a su pueblo.4
V. Continencia y culto
«Y dijo al pueblo: “Estad preparados para pasado mañana; y no os acerquéis a mujer.”» — Éxodo 19,15
«El sacerdote respondió a David: “No tengo a mano pan ordinario, sino solo pan consagrado, a condición de que los muchachos se hayan abstenido de mujer.” David respondió al sacerdote: “Ciertamente, nos hemos abstenido de mujer como siempre que salgo a una expedición.”» — 1 Samuel 21,5-6
En el Antiguo Testamento, los sacerdotes se casaban, porque el sacerdocio se heredaba de padres a hijos. Pero la Escritura asocia la abstención sexual con la preparación para el encuentro con Dios y con lo sagrado. Los sacerdotes judíos guardaban continencia cuando les tocaba servir en el Templo.
El sacerdote de la nueva alianza no participa en el sacerdocio de Aarón, sino en el de Cristo, “según el orden de Melquisedec” (Heb 7). Y no sirve por turnos, sino que su vida entera está consagrada al altar y al pueblo. Por eso la tradición de la Iglesia latina vio conveniente que su consagración fuera también total.
VI. “Pedro estaba casado”
«Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de este en cama, con fiebre.» — Mateo 8,14
«¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?» — 1 Corintios 9,5
Es cierto: Pedro tenía suegra, y por tanto estaba casado. La Iglesia lo reconoce sin dificultad, y por eso admite sacerdotes casados en las Iglesias orientales. El sacerdocio y el matrimonio no son incompatibles en sí mismos. Pero el Evangelio dice algo más:
«Dijo entonces Pedro: “Ya lo ves, nosotros hemos dejado nuestras cosas y te hemos seguido.” Él les dijo: “Yo os aseguro que nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el Reino de Dios, quedará sin recibir mucho más en el tiempo presente y, en el mundo venidero, vida eterna.”» — Lucas 18,28-30
Jesús menciona expresamente a quien deja “mujer” por el Reino de Dios, y promete una gran recompensa. Los apóstoles lo dejaron todo para seguirlo. El celibato sacerdotal es una forma concreta de ese “dejarlo todo”.
VII. “Casado una sola vez”
«Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar.» — 1 Timoteo 3,2
Algunos citan este texto para decir que el obispo debe estar casado. Pero la expresión griega significa literalmente “marido de una sola mujer”, y la Biblia de Jerusalén la traduce como “casado una sola vez”. Lo que Pablo exige es que, si el candidato está casado, haya sido fiel a una sola esposa: no podía tener varias mujeres ni haberse vuelto a casar. No obliga a casarse. Si lo hiciera, Pablo mismo, que no tenía esposa, habría quedado descalificado para el ministerio, y también Timoteo, a quien escribe.
VIII. ¿El celibato causa los abusos?
Es una de las acusaciones más frecuentes y más dolorosas, y merece una respuesta cuidadosa.
Los abusos sexuales contra menores son crímenes gravísimos, y la Iglesia debe reconocerlos, reparar a las víctimas y prevenirlos (véase el tema “Los escándalos en la Iglesia”). Pero los estudios serios no muestran que el celibato sea su causa. El estudio del John Jay College, encargado por los obispos de Estados Unidos, concluyó en 2011 que el celibato no explica los abusos: la disciplina era la misma durante todo el periodo estudiado, mientras que los casos aumentaron y luego disminuyeron.5 Además, los abusos existen en todos los ámbitos donde hay adultos con autoridad sobre niños, incluidas familias y comunidades religiosas cuyos ministros pueden casarse.
Algunos informes, como el de la Comisión Real de Australia (2017), han señalado que un celibato vivido sin madurez afectiva ni acompañamiento puede convertirse en un factor de riesgo. Es una advertencia que hay que tomar en serio. Pero la respuesta no es suprimir el celibato, sino discernir mejor quién tiene este don, ofrecer una formación humana y afectiva sólida, acompañar a los sacerdotes, colaborar con la justicia y no ocultar nunca un caso. Ninguna norma sustituye la santidad de vida.
IX. Un signo del Reino
Más allá de las objeciones, la Iglesia valora el celibato por lo que significa.
«Porque en la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo.» — Mateo 22,30
Es un signo del cielo. En la vida eterna no habrá matrimonio, no porque sea malo, sino porque la comunión plena con Dios hará innecesario el signo que la anunciaba. El sacerdote célibe anticipa en su vida esa realidad: vive ya orientado del todo hacia Dios.
Es disponibilidad. El sacerdote célibe puede ser enviado a cualquier lugar y dedicar todo su tiempo y sus fuerzas a la comunidad, a cualquier hora y para cualquier necesidad.
Es amor. El sacerdote da a Cristo y a su Iglesia lo que el esposo da a su esposa: un corazón entero. El celibato no es ausencia de amor, sino una forma de amar. Y no es soledad estéril, sino una paternidad espiritual hacia todo el pueblo de Dios.6
«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto.» — Juan 12,24
El celibato es como ese grano de trigo: una renuncia que se vuelve fecundidad.
X. El testimonio de los santos
Si el celibato fuera algo contrario a la naturaleza humana, no habría dado los frutos que ha dado. Algunas de las personas más completas y fecundas de la historia vivieron célibes por el Reino:
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San Francisco de Asís, que renovó la Iglesia con su pobreza y su alegría.
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Santo Tomás de Aquino, autor de una de las mayores síntesis del pensamiento cristiano.
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Santa Teresa de Jesús, reformadora del Carmelo y maestra de oración.
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San Juan Bosco, padre de miles de jóvenes pobres.
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Santa Teresa de Calcuta, que entregó su vida a los más pobres.
Ninguno de ellos parece una persona disminuida por su celibato. Al contrario, su entrega total fue la fuente de su fecundidad.
Conclusión
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Pablo condena a quienes prohíben el matrimonio porque desprecian la creación (1 Tim 4,1-4); la Iglesia celebra el matrimonio como sacramento.
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Jesús, que vivió célibe, presentó el celibato “por el Reino” como un don (Mt 19,12).
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Pablo vio en el celibato un modo de dedicarse al Señor “sin división” (1 Cor 7,32-35).
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El celibato sacerdotal es una disciplina antigua de la Iglesia latina, no un dogma, y existen sacerdotes católicos casados en las Iglesias orientales.
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Jesús promete recompensa a quien deja “mujer” por el Reino de Dios (Lc 18,29).
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Los estudios serios no muestran que el celibato cause los abusos; la respuesta está en el discernimiento, la formación y la transparencia.
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El celibato anuncia la vida eterna, donde no habrá matrimonio (Mt 22,30).
No es lo mismo renunciar a algo porque se desprecia que renunciar a algo bueno por amor a alguien más grande. El celibato no es un problema que la Iglesia deba corregir, sino un don que debe custodiar con más cuidado, discerniendo bien quién lo ha recibido. “Quien pueda entender, que entienda” (Mt 19,12): la fecundidad del celibato no nace de la imposición, sino del amor de quien lo recibe y lo abraza libremente.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 1618-1619.
2 CEC, n. 1620. Concilio de Trento, sesión XXIV (1563), canon 10: H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 1810. San Juan Pablo II, exhortación apostólica Familiaris consortio (1981), n. 16.
3 Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum ordinis (1965), n. 16. CEC, n. 1579-1580. Código de Derecho Canónico, can. 277. Benedicto XVI, constitución apostólica Anglicanorum coetibus (2009).
4 Concilio de Elvira (hacia el año 305), canon 33. Concilio de Cartago (390), canon 2. II Concilio de Letrán (1139). San Pablo VI, encíclica Sacerdotalis caelibatus (1967).
5 John Jay College of Criminal Justice, The Causes and Context of Sexual Abuse of Minors by Catholic Priests in the United States, 1950-2010 (2011). Royal Commission into Institutional Responses to Child Sexual Abuse, Final Report (Australia, 2017).
6 San Juan Pablo II, exhortación apostólica Pastores dabo vobis (1992), n. 29. Benedicto XVI, exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007), n. 24.