¿Solo la fe?
Introducción
La justificación “solo por la fe” (Sola Fide) es uno de los dos grandes principios de la Reforma protestante, junto con “solo la Escritura”. Martín Lutero lo consideró el artículo principal de la fe, y la tradición luterana lo llamó “el artículo por el que la Iglesia se mantiene o cae”. Para el protestantismo clásico, somos justificados únicamente por la fe en Cristo, y las buenas obras son el fruto necesario de esa fe, pero no forman parte de la justificación.
La Iglesia católica no enseña, como a veces se piensa, que nos salvemos por nuestras obras sin Cristo. Enseña que somos salvados por la gracia de Dios, que recibimos por la fe, y que esa fe, si es viva, se expresa en obras de amor. En 1999, católicos y luteranos firmaron una declaración conjunta en la que afirman juntos que somos aceptados por Dios solo por la gracia, mediante la fe en Cristo, y no por nuestros méritos.1
¿Dónde está entonces la diferencia? En tres puntos: si la fe que salva puede estar “sola” o debe estar unida a la caridad, si las obras hechas en gracia tienen valor ante Dios, y si la gracia recibida se puede perder. Para responder, hay que leer la Escritura completa.
I. Lo que compartimos: salvados por gracia
«Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos.» — Efesios 2,8-10
Católicos y protestantes estamos de acuerdo en lo esencial: la salvación es un don de Dios, no algo que ganamos. La Iglesia enseña que nada de lo que precede a la justificación, ni la fe ni las obras, puede merecerla: es pura gracia.2
Pero con frecuencia se cita este texto hasta el versículo 9 y se omite el 10: fuimos “creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras”. La gracia es el origen, la fe es la respuesta y las buenas obras son aquello para lo que fuimos creados. Las tres cosas van juntas.
II. “No por la fe solamente”
«Ya veis cómo el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente.» — Santiago 2,24
La expresión “por la fe solamente” aparece una sola vez en toda la Biblia, y es para negarla. Esto no resuelve el debate por sí solo, pero es un dato que no se puede pasar por alto. Lutero, en su traducción alemana de la Biblia, añadió la palabra “sola” (allein) en Romanos 3,28, donde el texto griego no la tiene, y él mismo defendió ese añadido como una aclaración del sentido.3
III. La fe sin obras está muerta
«¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe?… Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta.» — Santiago 2,14.17
«¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan.» — Santiago 2,19
Los demonios saben perfectamente que Dios existe y que Cristo es su Hijo, y no se salvan. Una fe que se queda en saber, que no se convierte en confianza, amor y obediencia, no salva. San Agustín distinguía entre creer que Dios existe y creer en Dios, que es entregarse a Él con amor.4
«¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y, por las obras, la fe alcanzó su perfección?» — Santiago 2,22
«Porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.» — Santiago 2,26
La fe y las obras “cooperan”: no compiten. Las obras no reemplazan a la fe, sino que la llevan a su plenitud. Un cuerpo sin vida no es una persona a la que solo le falta moverse: es un cadáver. Del mismo modo, una fe sin obras no es una fe incompleta, sino una fe muerta.
IV. Jesús: hacer la voluntad del Padre
«No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial.» — Mateo 7,21
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.» — Juan 14,15
Jesús nunca presenta la salvación como una simple profesión de fe. Decir “Señor, Señor” no basta: hay que hacer la voluntad del Padre. Y el amor a Cristo se demuestra en la obediencia.
«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber… En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.» — Mateo 25,35.40
En la escena del juicio final, el Rey no pregunta “¿creíste en mí?”, sino “¿me diste de comer?, ¿me visitaste?”. Las obras de misericordia no “compran” el cielo: muestran un amor a Cristo que se hizo amor concreto al prójimo.5
V. ¿Qué obras excluye Pablo?
«Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley.» — Romanos 3,28
Es el texto más citado a favor de la Sola Fide. Pablo habla de las “obras de la ley”, es decir, de la Ley de Moisés, y el contexto inmediato es el debate sobre la circuncisión (Rom 4,9-12): si los paganos debían hacerse judíos para ser salvos. En cualquier caso, Pablo excluye que alguien pueda ganarse la justificación por sus propias obras, y eso es precisamente lo que la Iglesia católica también enseña.6
«Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad.» — Gálatas 5,6
Este es quizá el texto más importante de Pablo sobre el tema. No dice “la fe sola”, sino “la fe que actúa por la caridad”. La fe que salva es una fe viva, que se expresa en el amor.7 Benedicto XVI lo explicó así: la expresión de Lutero “por la fe sola” es verdadera si no se opone la fe a la caridad, porque la fe es mirar a Cristo y confiarse a Él, y eso se convierte en vida según el amor.
VI. Pablo también exige las obras
«El cual dará a cada cual según sus obras: a los que, por la perseverancia en el bien busquen gloria, honor e inmortalidad: vida eterna.» — Romanos 2,6-7
«Que no son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: esos serán justificados.» — Romanos 2,13
El mismo Pablo que escribe Romanos 3,28 escribe, un capítulo antes, que Dios dará “a cada cual según sus obras” y que serán justificados los que cumplen la ley. Para Pablo no hay contradicción: la fe que justifica es una fe que obra.
«Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje… sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios.» — Gálatas 5,19.21
«Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación, pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece.» — Filipenses 2,12-13
Si la conducta no importara para la salvación, Pablo no advertiría a los creyentes que ciertas obras excluyen del Reino, ni les pediría trabajar por su salvación “con temor y temblor”. Pero en el mismo versículo aclara que es Dios quien obra en nosotros “el querer y el obrar”. Trabajamos, pero es la gracia la que nos mueve.
Ya san Clemente de Roma, hacia el año 96, lo expresaba así: no somos justificados por nosotros mismos, sino por la fe. Y en el capítulo siguiente se pregunta: ¿entonces dejaremos de hacer el bien? De ningún modo: hay que apresurarse a toda obra buena.8
VII. La gracia se puede perder
«Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden.» — Juan 15,5-6
«Pero si el justo se aparta de su justicia y comete el mal, imitando todas las abominaciones que comete el malvado, ¿vivirá acaso? No se recordará ninguna de las obras justas que había hecho.» — Ezequiel 18,24
Jesús habla de sarmientos que estaban unidos a la vid y que son cortados porque no permanecen en ella. Y Ezequiel habla de un justo que se aparta de su justicia. La salvación no es una garantía automática que se recibe una vez para siempre: es una vida que hay que conservar. Quien cae en pecado grave pierde la gracia, pero siempre puede recuperarla por la conversión y el sacramento de la Reconciliación.9 También lo dice Pablo: “si vivís según la carne, moriréis” (Rom 8,13).
VIII. El juicio será según las obras
«Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal.» — 2 Corintios 5,10
«Y los muertos fueron juzgados según lo escrito en los libros, conforme a sus obras.» — Apocalipsis 20,12
«Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo.» — Apocalipsis 22,12
Cada vez que la Escritura describe el juicio final, lo hace según las obras, nunca solo según una profesión de fe. No hay contradicción con la gracia: la gracia produce la fe, y la fe produce las obras. El juicio muestra si esa cadena fue real o solo de palabra.10
IX. La obediencia de la fe
«Por quien recibimos la gracia y el apostolado, para predicar la obediencia de la fe a gloria de su nombre entre todos los gentiles.» — Romanos 1,5
Pablo abre la Carta a los Romanos hablando de “la obediencia de la fe”, y la cierra con la misma expresión (Rom 16,26). Para él, creer es obedecer. La fe no es un acto aislado de asentimiento, sino una entrega confiada y continua a Dios.
X. Las obras son fruto de la gracia
«Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.» — 1 Corintios 15,10
La Iglesia no enseña que podamos ganarnos el cielo con nuestro esfuerzo. Esa idea, el pelagianismo, fue condenada por la Iglesia ya en el siglo V. Lo que enseña es que las buenas obras del cristiano son fruto de la gracia de Dios en él. Pablo trabaja “más que todos”, pero reconoce que es la gracia la que trabaja con él. Por eso decía san Agustín que, cuando Dios premia nuestros méritos, corona sus propios dones. Y santa Teresa del Niño Jesús quería presentarse ante Dios “con las manos vacías”, confiando no en sus obras, sino en su misericordia.11
Síntesis
Paso | Contenido | Texto clave |
|---|---|---|
La gracia | Dios toma la iniciativa; sin Él no podemos nada | Ef 2,8; Jn 15,5 |
La fe | La respuesta a la gracia, que también es don | Ef 2,8; Rom 1,5 |
Las obras | Fruto de la fe viva; fuimos creados para ellas | Ef 2,10; Gál 5,6; Sant 2,17 |
La perseverancia | La gracia se puede perder y recuperar | Jn 15,6; Flp 2,12 |
El juicio | Según las obras, que muestran si la fe fue real | Mt 25; Ap 20,12 |
Conclusión
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Somos salvados por la gracia, mediante la fe, y no por nuestros méritos: en esto coinciden católicos y protestantes (Ef 2,8-9).
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Pero fuimos creados para las buenas obras (Ef 2,10).
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La única vez que la Biblia dice “por la fe solamente” es para negarlo (Sant 2,24).
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La fe que salva es “la fe que actúa por la caridad” (Gál 5,6); la fe sin obras está muerta (Sant 2,26).
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Jesús pide hacer la voluntad del Padre, y el juicio final será según las obras (Mt 7,21; Mt 25).
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La gracia se puede perder si no permanecemos en Cristo (Jn 15,6).
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Las buenas obras no son mérito propio, sino fruto de la gracia (1 Cor 15,10).
No es lo mismo un árbol que da fruto para ganarse la raíz que un árbol que da fruto porque está unido a ella. No hacemos obras buenas para que Dios nos ame, sino porque ya nos ama y su gracia actúa en nosotros. La Iglesia católica no enseña que nos salvemos por nuestros méritos: enseña que Dios nos salva por su gracia, que recibimos en la fe, y que esa gracia transforma nuestra vida hasta que demos el fruto para el que fuimos creados, que es el amor. “Separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), pero unidos a Él, podemos dar mucho fruto.
Notas bibliográficas
1 Federación Luterana Mundial e Iglesia católica, Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación (Augsburgo, 1999), n. 15, 19, 25 y 37-39. Benedicto XVI, catequesis en la audiencia general del 19 de noviembre de 2008.
2 Concilio de Trento, sesión VI (1547), Decreto sobre la justificación, cap. 8: H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 1532. Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 1996 y 2010.
3 Martín Lutero, Carta sobre la traducción (1530); Artículos de Esmalcalda (1537), parte II, art. 1. Juan Calvino formuló la postura protestante clásica de que la fe sola justifica, pero la fe que justifica no está sola: Antídoto contra el Concilio de Trento (1547).
4 San Agustín, Tratados sobre el Evangelio de san Juan, 29, 6. Sobre la fe: CEC, n. 1814-1816.
5 CEC, n. 1033, 1038-1039 y 2447.
6 CEC, n. 1992. Concilio de Trento, sesión VI, canon 1: Denzinger-Hünermann, n. 1551.
7 CEC, n. 1814-1815.
8 San Clemente de Roma, Carta a los Corintios, 32, 4 y 33, 1.
9 CEC, n. 1446 y 1861. Concilio de Trento, sesión VI, cánones 23 y 27: Denzinger-Hünermann, n. 1573 y 1577.
10 CEC, n. 678-679, 1021 y 1038-1039.
11 CEC, n. 2006-2011, que cita a santa Teresa del Niño Jesús en el n. 2011. San Agustín, Carta 194, 5, 19. Concilio de Trento, sesión VI, cap. 16: Denzinger-Hünermann, n. 1545-1548. Contra el pelagianismo: Concilio de Cartago (418), Denzinger-Hünermann, n. 222-230; Concilio de Orange (529), n. 370-397.