Pestañas abiertas

1 abierta

    Las Vestiduras Sagradas

    Introducción

    Una objeción frecuente en el diálogo con hermanos protestantes dice así: “¿Por qué los sacerdotes usan ropas especiales? Eso es vanidad, y no está en el Nuevo Testamento”.

    La pregunta merece una respuesta seria. La Escritura muestra que Dios mismo quiso vestiduras propias para el culto, que el Nuevo Testamento las presenta en la liturgia del cielo y que su sentido no es exaltar al sacerdote, sino esconderlo detrás de Cristo.1

    I. Dios mismo instituyó vestiduras para el culto

    «Harás para Aarón, tu hermano, vestiduras sagradas que le den gloria y majestad.» — Éxodo 28,2

    Las vestiduras sacerdotales no nacieron de una tradición humana tardía. En el Éxodo, Dios mismo las encarga y las describe con detalle: el pectoral, el efod, el manto, la túnica, la tiara y el cinturón (Éx 28,4). Y les da un propósito: “gloria y majestad”. El sacerdote debía llevarlas al entrar en el santuario (Éx 28,43), porque la distinción entre lo sagrado y lo ordinario también se expresaba en la ropa.2

    Es algo que entendemos por experiencia. Nadie va a su boda con la ropa con la que lava el carro, y un juez no dicta sentencia en camiseta. No lo hacen por vanidad, sino porque el momento lo pide. Si eso vale para una ceremonia humana, con más razón vale para el encuentro con Dios.

    «Josué estaba vestido de ropas sucias, en pie delante del ángel. Este tomó la palabra y dijo a los que estaban delante de él: “Quitadle esas ropas sucias.” Y a él le dijo: “Mira, he quitado de ti tu culpa y te voy a vestir de ropas de fiesta.”» — Zacarías 3,3-4

    En esta visión, el sumo sacerdote Josué recibe vestiduras nuevas como signo de que Dios le ha quitado su culpa. La vestidura sagrada no es un mérito del sacerdote, sino un don que recibe de Dios.

    El Nuevo Testamento no abolió este principio: lo transformó. El sacerdocio de Aarón se cumple en Cristo (Heb 7-9), y la vestidura ya no representa al hombre que ofrece, sino a Cristo que se ofrece.

    II. Revestirse de Cristo

    «En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo.» — Gálatas 3,27

    San Pablo usa la imagen del vestido para hablar de la vida nueva: “revestíos del Señor Jesucristo” (Rom 13,14). Por eso, en el bautismo se entrega una vestidura blanca. Y el alba que usa el sacerdote en la Misa, cuyo nombre viene del latín alba, “blanca”, recuerda precisamente esa vestidura bautismal.

    Cuando el sacerdote se reviste para celebrar, expresa visiblemente que no actúa en nombre propio. El Catecismo enseña que, en el ministro ordenado, es Cristo mismo quien está presente a su Iglesia, y que por eso el sacerdote actúa in persona Christi Capitis, “en la persona de Cristo Cabeza”.3

    Por eso la vestidura, lejos de destacar la personalidad del sacerdote, la cubre. Da igual si es alto o bajo, simpático o tímido, o si tiene buen gusto para vestir. La casulla es la misma, y su color lo fija el calendario litúrgico, no su preferencia. Un futbolista lo entiende bien: cuando se pone la camiseta del equipo, ya no juega para sí mismo, sino para el equipo. La vestidura dice: “aquí no importo yo, importa Cristo”.

    III. La liturgia del cielo también tiene vestiduras

    «En medio de los candeleros como a un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, ceñido al talle con un ceñidor de oro.» — Apocalipsis 1,13

    Este texto del Nuevo Testamento responde directamente a la objeción. Juan ve a Cristo glorioso vestido con una túnica que llega hasta los pies, en griego podéres. Es la misma palabra que la traducción griega del Antiguo Testamento usa para la vestidura del sumo sacerdote (Éx 28,4). Cristo resucitado se presenta como el Sumo Sacerdote eterno, y viste como tal.

    «Vi veinticuatro tronos alrededor del trono, y sentados en los tronos, a veinticuatro Ancianos vestidos de blanco, con coronas de oro sobre sus cabezas.» — Apocalipsis 4,4

    En el culto del cielo, los Ancianos y la multitud de los salvados llevan vestiduras blancas (Ap 7,9). La Iglesia enseña que en la liturgia de la tierra pregustamos y participamos en esa liturgia del cielo, hacia la cual caminamos como peregrinos.4 Si en el cielo se adora con vestiduras, no es contrario al Evangelio hacer algo semejante en la tierra.

    IV. “Para ser vistos”: la objeción de Mateo 23

    «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largos los flecos del manto.» — Mateo 23,5

    Algunos usan este texto para decir que Jesús condenó las vestiduras religiosas. Pero hay que leerlo completo: lo que Jesús critica es hacerlo “para ser vistos”. Y el propio Evangelio muestra que Jesús llevaba esos mismos flecos:

    «En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se le acercó por detrás y tocó la orla de su manto.» — Mateo 9,20

    La palabra griega que se traduce como “orla” (kráspedon) es la misma que en Mateo 23,5 se traduce como “flecos”. Eran los flecos que la Ley mandaba llevar en el manto (Nm 15,38-39). Jesús los llevaba, y de ellos salió la fuerza que curó a la mujer. Jesús no condena la vestidura religiosa, sino la vanidad. No es lo mismo vestirse para ser visto que revestirse para servir.

    V. Cada vestidura, un servicio

    «Se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos.» — Juan 13,4-5

    Jesús cambió de ropa para servir. La toalla ceñida era la vestimenta del esclavo, y el Señor se la puso para mostrar su misión. Del mismo modo, en la Misa cada ministro viste según su servicio. El sacerdote, el diácono y los acólitos llevan prendas distintas porque tienen funciones distintas, no porque unos valgan más que otros.5 Pasa lo mismo en un hospital: la bata del médico y el uniforme de la enfermera no indican quién es más importante, sino qué hace cada uno para cuidar al paciente.

    Vestidura

    Qué es

    Su sentido

    Alba

    Túnica blanca larga

    La vestidura del bautismo y de los salvados (Gál 3,27; Ap 7,14)

    Cíngulo

    Cordón que ciñe el alba

    Estar ceñidos para el servicio: "Estén ceñidos vuestros lomos" (Lc 12,35)

    Estola

    Banda sobre los hombros

    Signo del ministerio ordenado; el sacerdote la lleva al cuello y el diácono cruzada

    Casulla

    Vestidura exterior del sacerdote

    Se pone "por encima de todo", como la caridad: "Por encima de todo esto, revestíos del amor" (Col 3,14)

    Dalmática

    Vestidura exterior del diácono

    El servicio de la caridad propio del diácono (Hch 6,1-6)

    VI. Los colores enseñan sin palabras

    «Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo.» — Eclesiastés 3,1

    La Iglesia vive el año como un camino con tiempos distintos, y los colores de las vestiduras ayudan a recorrerlo, expresando el carácter de cada misterio que se celebra:6

    • Blanco: Navidad, Pascua y fiestas del Señor, de la Virgen y de los santos que no fueron mártires. Significa gloria y alegría. En los días más solemnes pueden usarse vestiduras más festivas, como las doradas.

    • Morado: Adviento y Cuaresma. Significa penitencia y espera.

    • Rojo: Pentecostés, Domingo de Ramos, Viernes Santo y fiestas de los apóstoles y los mártires. Significa el fuego del Espíritu y la sangre del martirio.

    • Verde: Tiempo Ordinario. Significa crecimiento y esperanza.

    • Rosado (opcional): los domingos Gaudete (Adviento) y Laetare (Cuaresma). Significa alegría en medio de la espera.

    • Negro (opcional): Misas de difuntos. Significa luto, iluminado por la esperanza.

    Funcionan como un semáforo: sin decir una palabra, informan a todos. Un niño que entra a Misa y ve el morado ya sabe que “nos estamos preparando para algo”.

    VII. El hábito religioso: un sermón que camina

    «Vosotros sois la luz del mundo… Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» — Mateo 5,14.16

    Las vestiduras no se limitan a la liturgia. Frailes, monjas y religiosos visten hábito en su vida diaria. El Concilio Vaticano II pidió que el hábito sea signo de consagración, “sencillo y modesto, pobre a la vez que decente”, y el derecho de la Iglesia lo presenta como signo de consagración y testimonio de pobreza.7 El hábito cumple tres funciones:

    • Testimonio: en un mundo que casi no habla de Dios, un religioso con hábito en un bus o en un supermercado recuerda, sin decir nada, que existe una vida entregada a Él.

    • Identidad: cada hábito, franciscano, dominico o carmelita, expresa un carisma y una historia.

    • Humildad: todos visten igual, sin marcas, modas ni diferencias de dinero. Es lo contrario de la vanidad: renunciar a destacar por la ropa.

    VIII. La belleza como ofrenda

    «Gloria y majestad están ante él, poder y esplendor en su santuario.» — Salmo 96,6

    A veces se critica el costo o la belleza de las vestiduras. Pero la Escritura ve la belleza del culto como una respuesta a la grandeza de Dios. Cuando una mujer derramó sobre Jesús un perfume muy caro y algunos protestaron por el derroche, Jesús la defendió: “Ha hecho una obra buena conmigo” (Mc 14,6). El arte sagrado es verdadero y bello cuando ayuda a evocar y glorificar el misterio de Dios.8

    Quien ama no regala lo que le sobra, sino lo mejor que tiene. Las vestiduras bellas, la buena música y el arte de las iglesias son eso: lo mejor de la humanidad puesto a los pies de Dios. Y, como se explica en el tema “La riqueza de la Iglesia”, la belleza del culto nunca puede hacerse a costa de los pobres.

    IX. ¿Desde cuándo existen estas vestiduras?

    Conviene decirlo con claridad para no exagerar. El Nuevo Testamento no describe la casulla ni la estola tal como las conocemos. En los primeros siglos, los ministros celebraban con ropa digna, pero común. Las vestiduras actuales se desarrollaron entre los siglos IV y IX a partir de la ropa solemne romana: el alba viene de la túnica, y la casulla, de un manto llamado paenula. Con el tiempo, la Iglesia las reservó para el culto y les dio un sentido espiritual.9

    Esto no debilita el argumento: lo aclara. La Iglesia no afirma que la casulla esté descrita en la Biblia. Afirma que el principio es bíblico: Dios quiere vestiduras propias para el culto (Éx 28), Cristo glorioso aparece vestido como sacerdote (Ap 1,13) y la liturgia del cielo se celebra con vestiduras (Ap 4,4). La forma concreta la fue determinando la Iglesia, con la autoridad que Cristo le dio para ordenar el culto (Mt 16,19; 1 Cor 14,40).

    Conclusión

    • Dios mismo mandó hacer vestiduras sagradas “que den gloria y majestad” (Éx 28,2).

    • La vestidura expresa que el sacerdote actúa en la persona de Cristo, no en nombre propio (Gál 3,27).

    • El Nuevo Testamento muestra a Cristo vestido como sacerdote y un culto celestial con vestiduras blancas (Ap 1,13; 4,4).

    • Jesús no condenó las vestiduras religiosas, sino la vanidad de vestirse “para ser vistos”, y Él mismo llevaba los flecos de la Ley (Mt 23,5; 9,20).

    • Cada vestidura indica un servicio, no un rango (Jn 13,4-5).

    • Los colores litúrgicos y el hábito religioso son catequesis y testimonio visibles.

    • La belleza del culto es una ofrenda a Dios, no un lujo humano (Sal 96,6).

    • La forma actual de las vestiduras se desarrolló en la historia, pero el principio es bíblico.

    La vestidura no viste al hombre, sino al ministerio. No es lo mismo lucirse que revestirse: el vanidoso se viste para que lo miren a él, y el sacerdote se reviste para que miren a Cristo.

    Pero la vestidura más importante es la interior. De nada sirve una casulla hermosa sobre un corazón sin caridad. La Escritura nos pide revestirnos de “entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3,12) y, “por encima de todo”, del amor (Col 3,14). Por eso, al dialogar con hermanos protestantes, conviene explicar con respeto y paciencia, sin burlas ni aires de superioridad, porque eso contradiría justamente lo que las vestiduras significan.


    Notas bibliográficas

    1 Sobre los signos en la liturgia: Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 1145-1152. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium (1963), n. 122-124.

    2 Sobre el sacerdocio del Antiguo Testamento como figura del de Cristo: CEC, n. 1539-1541.

    3 CEC, n. 1548. Joseph Ratzinger, El espíritu de la liturgia. Una introducción (Madrid: Cristiandad, 2001), capítulo sobre las vestiduras litúrgicas, donde las relaciona con el “revestirse de Cristo” de Gál 3,27.

    4 CEC, n. 1090 y 1136-1139. Sacrosanctum Concilium, n. 8.

    5 Instrucción General del Misal Romano (3.ª edición típica, 2002), n. 335-339.

    6 Instrucción General del Misal Romano, n. 345-346.

    7 Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis (1965), n. 17. Código de Derecho Canónico, can. 669 § 1.

    8 CEC, n. 2502-2503.

    9 J. Braun, “Vestments”, en The Catholic Encyclopedia, vol. 15 (Nueva York: Robert Appleton, 1912).

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

    Tema

    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.