Pestañas abiertas

1 abierta

    La Iglesia que Cristo fundó

    Introducción

    Una de las preguntas más importantes del cristianismo es esta: si Cristo fundó una Iglesia, ¿cómo se explica que existan miles de denominaciones que afirman seguirlo? ¿Fundó Jesús muchas iglesias independientes, o una sola Iglesia con una identidad reconocible a lo largo de la historia?

    La Escritura responde con claridad. Cristo no fundó un movimiento de interpretación libre: fundó una Iglesia con estructura, autoridad y misión concretas. Y esa Iglesia tiene rasgos que permiten reconocerla, los mismos que confesamos en el Credo: una, santa, católica y apostólica.1

    I. Una sola Iglesia

    «Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo.» — Efesios 4,4-5

    Pablo no habla de varios cuerpos ni de iglesias paralelas, sino de un solo Cuerpo y una sola fe. Jesús mismo dijo “mi Iglesia”, en singular (Mt 16,18). Las siete iglesias del Apocalipsis (Ap 1,4) no eran organizaciones independientes, sino comunidades locales de una misma Iglesia, unidas en la misma fe. La división entre cristianos no es lo que Cristo quiso: es una herida que contradice su oración “que todos sean uno” (Jn 17,21).2

    II. Cristo dio a su Iglesia una estructura

    «Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios.» — Marcos 3,13-15

    Jesús no envía a predicar a cualquiera que se sienta inspirado: llama, elige y da autoridad. Así como Israel comenzó con doce tribus, el nuevo pueblo de Dios comienza con doce apóstoles.3

    «Designaron presbíteros en cada Iglesia y, después de hacer oración con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído.» — Hechos 14,23

    «Conforme iban pasando por las ciudades, les iban entregando, para que las observasen, las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén. Así las Iglesias se afianzaban en la fe y crecían en número de día en día.» — Hechos 16,4-5

    La Iglesia primitiva no era una asamblea sin estructura. Tenía ministros designados en cada comunidad, y todas recibían la misma doctrina de la misma fuente apostólica. Su modelo no era la fragmentación, sino la unidad de fe, de sacramentos y de gobierno.4

    «Y así los puso Dios en la Iglesia, primeramente como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros.» — 1 Corintios 12,28

    En la Iglesia hay un orden querido por Dios. No es una asamblea donde todos tienen la misma autoridad para definir la fe: es un cuerpo con miembros y funciones distintas.

    III. Pedro, la roca

    «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del Hades no la derrotará. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» — Mateo 16,18-19

    Jesús le cambia el nombre a Simón, que pasa a llamarse Kefa, “roca”, y sobre él edifica su Iglesia. Nadie más recibe este encargo de forma tan explícita y solemne.

    «Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá.» — Isaías 22,22

    Jesús está citando este texto. En el reino de David, la “llave” era el cargo del mayordomo del palacio, el primer ministro del rey. Isaías la describe en el momento en que pasa de Sebna a Eliaquín. Es decir, la llave era un oficio con sucesores, no un privilegio personal que terminara con quien lo recibía.5

    «Simón, Simón, mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» — Lucas 22,31-32

    Jesús ora por todos, pero de modo especial por Pedro, y le encarga confirmar en la fe a los demás.

    «Le dice Jesús: “Apacienta mis corderos”… “Apacienta mis ovejas”… “Apacienta mis ovejas”.» — Juan 21,15-17

    Tres veces la misma pregunta y tres veces el mismo encargo. Jesús restaura a Pedro después de sus tres negaciones y le confía el cuidado de todo su rebaño.

    El libro de los Hechos confirma este lugar de Pedro. Es el primero en la lista de los apóstoles, “primero Simón, llamado Pedro” (Mt 10,2). Habla en Pentecostés y se convierten tres mil personas (Hch 2,14.41). Confronta a Ananías y Safira (Hch 5,1-11). Y toma la palabra decisiva en el Concilio de Jerusalén (Hch 15,7). Este es el fundamento bíblico del ministerio de Pedro, que continúa en el Papa.6

    IV. La sucesión apostólica

    «Pues en el libro de los Salmos está escrito: “Que otro ocupe su cargo”… Echaron suertes y la suerte cayó sobre Matías, que fue agregado al número de los doce apóstoles.» — Hechos 1,20.26

    Cuando Judas muere, los apóstoles no dicen “Dios llamará a quien quiera”. Actúan para cubrir el puesto vacante, y la Escritura lo llama “cargo”, en griego episkopé, la palabra de donde viene “obispo”. Es el primer acto de sucesión apostólica del Nuevo Testamento: un apóstol es reemplazado por otro, mediante oración y discernimiento de la comunidad.

    Los primeros cristianos lo entendieron así. San Clemente de Roma, hacia el año 96, cuando el apóstol Juan probablemente aún vivía, escribe que los apóstoles nombraron obispos y dispusieron que, al morir estos, otros hombres probados les sucedieran en su ministerio.7

    V. El ministerio se recibe, no se autoproclama

    «Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: “Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado.” Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron.» — Hechos 13,2-3

    Pablo, el apóstol más influyente de la historia, tuvo un encuentro personal con Cristo resucitado. Aun así, fue enviado por la comunidad mediante la imposición de manos, y años después subió a Jerusalén para exponer su evangelio a los apóstoles, “para saber si corría o había corrido en vano” (Gál 2,2). Si Pablo buscó la comunión con los apóstoles, ningún ministerio puede prescindir de ella.

    «Yahvé respondió a Moisés: “Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el espíritu, e impón tu mano sobre él”… Le impuso las manos y le dio sus órdenes, como Yahvé había dicho por medio de Moisés.» — Números 27,18.23

    La imposición de manos no es un invento cristiano tardío: es un gesto bíblico de transmisión de autoridad que viene desde Moisés.

    «No descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros.» — 1 Timoteo 4,14

    «Es cierta esta afirmación: Si alguno aspira al cargo de obispo, desea una noble función. Es, pues, necesario que el obispo sea irreprochable… apto para enseñar.» — 1 Timoteo 3,1-2

    El ministerio tiene requisitos y se transmite mediante la imposición de manos. No basta con leer la Biblia, reunir una comunidad y proclamarse pastor, obispo o apóstol.8

    «Al ver Simón que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu, les ofreció dinero diciendo: “Dadme a mí también este poder”… Pedro le contestó: “Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero.”» — Hechos 8,18-20

    El don del Espíritu Santo no se compra ni se adquiere por iniciativa propia: se recibe en la Iglesia, por medio de quienes tienen la autoridad apostólica.9

    VI. Cristo y su Iglesia son uno

    «Cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Él preguntó: “¿Quién eres, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues.”» — Hechos 9,4-5

    Jesús no dice “¿por qué persigues a mis seguidores?”, sino “¿por qué me persigues?”. Cristo se identifica plenamente con su Iglesia: es su Cuerpo. Por eso Pablo, ya convertido, se llama “el último de los apóstoles… pues perseguí a la Iglesia de Dios” (1 Cor 15,9). Habla de “la Iglesia”, en singular: una comunidad concreta y reconocible, que ya existía antes de que se escribiera el Nuevo Testamento.10

    VII. El bien también fuera de los límites visibles

    «Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.” Pero Jesús dijo: “No se lo impidáis… Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.”» — Marcos 9,38-40

    Jesús enseña a no obstaculizar el bien que alguien hace en su nombre, aunque no pertenezca al grupo de los apóstoles. Esto no significa que todas las doctrinas sean igualmente verdaderas, sino que hay que reconocer el bien donde existe.

    Así lo enseña la Iglesia: la única Iglesia de Cristo “subsiste en” la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y los obispos en comunión con él. Pero fuera de sus límites visibles hay muchos elementos de santificación y de verdad: la Escritura, el bautismo, la fe en Cristo, la oración. Las Iglesias ortodoxas conservan la sucesión apostólica y los sacramentos. Las comunidades protestantes conservan elementos preciosos del Evangelio. Esos dones pertenecen a la Iglesia de Cristo y empujan hacia la unidad.11

    VIII. Permanecer en la fe recibida

    «Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas.» — 2 Timoteo 4,3-4

    Pablo describe a quienes eligen maestros que les digan lo que quieren oír y abandonan la sana doctrina por enseñanzas más cómodas. Es una advertencia para todos, también para los católicos: la tentación de adaptar el Evangelio al propio gusto existe en cualquier época.

    «Y cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros.» — 2 Timoteo 2,2

    La fe no se reinventa en cada generación: se recibe y se transmite. La Iglesia distingue con precisión entre la apostasía, que es el rechazo total de la fe cristiana; la herejía, que es la negación obstinada de una verdad de fe; y el cisma, que es la ruptura de la comunión con el Papa.12 Pero también enseña que quienes nacen hoy en comunidades separadas y creen en Cristo no son culpables de esa separación: la Iglesia los abraza como hermanos.13 La llamada no es a juzgar a nadie, sino a permanecer fieles y trabajar por la unidad.

    IX. La gloria de Dios en la Iglesia

    «A Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén.» — Efesios 3,20-21

    Pablo une la gloria de Dios con la Iglesia “por todas las generaciones”. La Iglesia de Cristo no es una realidad de un momento: atraviesa la historia, de generación en generación, desde los apóstoles hasta hoy.

    Conclusión

    La pregunta “¿cuál es la Iglesia de Cristo?” no es un debate académico. La Escritura da criterios para responderla, los mismos que confesamos en el Credo:

    • Una: un solo Cuerpo, una sola fe, un solo bautismo (Ef 4,4-5).

    • Santa: porque Cristo, su Cabeza, es santo, y se identifica con ella (Hch 9,4).

    • Católica: enviada a todas las naciones, hasta el fin del mundo (Mt 28,19-20).

    • Apostólica: fundada sobre Pedro y los apóstoles, con una sucesión ininterrumpida desde Matías hasta hoy (Mt 16,18; Hch 1,20-26).

    • Con la promesa de Cristo de que el poder del infierno no la derrotará (Mt 16,18).

    No es lo mismo una Iglesia que recibe su autoridad de Cristo a través de los apóstoles que una comunidad que se la da a sí misma. Esa Iglesia existe: tiene historia, sacramentos, sucesión apostólica y la promesa de Cristo. Ya a comienzos del siglo II, san Ignacio de Antioquía, discípulo de los apóstoles, la llamaba por su nombre: “Donde aparezca el obispo, allí esté la comunidad, así como donde está Jesucristo, allí está la Iglesia católica”.14

    Reconocerla no es motivo de orgullo, sino de gratitud y de responsabilidad: vivir con fidelidad la fe recibida y anhelar, con Cristo, que todos sean uno.


    Notas bibliográficas

    1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 811-812.

    2 CEC, n. 813-815. Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio (1964), n. 1.

    3 CEC, n. 551 y 765.

    4 Sobre los vínculos visibles de la unidad (la profesión de una misma fe, los sacramentos y la sucesión apostólica): CEC, n. 815. Sobre los grados del sacramento del Orden: CEC, n. 1554.

    5 Sobre las llaves y el poder de atar y desatar: CEC, n. 553.

    6 CEC, n. 552-553 y 881-882. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium (1964), n. 22. Concilio Vaticano I, Constitución Pastor aeternus (1870): H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 3053-3055. San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, III, 3, 2-3, con la lista de los obispos de Roma desde Pedro.

    7 San Clemente de Roma, Carta a los Corintios, 42 y 44. CEC, n. 77 y 861-862. Lumen gentium, n. 20.

    8 Sobre la imposición de manos y la transmisión del ministerio: CEC, n. 1538 y 1556-1558.

    9 Sobre la simonía: CEC, n. 2121.

    10 CEC, n. 795, que recoge la expresión de santa Juana de Arco: “Cristo y la Iglesia son todo uno”.

    11 Lumen gentium, n. 8 y 15. Unitatis redintegratio, n. 3. CEC, n. 816 y 819. Congregación para la Doctrina de la Fe, declaración Dominus Iesus (2000), n. 16-17.

    12 CEC, n. 2089.

    13 Unitatis redintegratio, n. 3. CEC, n. 818.

    14 San Ignacio de Antioquía, Carta a los esmirniotas, 8, 2. Es el escrito más antiguo que se conserva con la expresión “Iglesia católica”. Cf. CEC, n. 830.

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

    Tema

    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.