Inmaculada y Asunta
Introducción
La Iglesia enseña cuatro dogmas sobre la Virgen María: que es Madre de Dios, que es siempre Virgen, que fue concebida sin pecado original y que fue llevada en cuerpo y alma al cielo. Los dos primeros se desarrollan en el tema “María, Madre de Dios”. Aquí nos centramos en los otros dos, la Inmaculada Concepción y la Asunción, que son los más cuestionados por los protestantes con el argumento de que “no están en la Biblia”.
Es cierto que ningún versículo dice literalmente “María fue concebida sin pecado” o “María fue llevada al cielo”. Pero tampoco hay un versículo que diga “Trinidad”, y la fe de la Iglesia no se basa en versículos aislados, sino en la Escritura leída en la Tradición viva. Lo que la Iglesia enseña sobre María no es un añadido al Evangelio, sino su consecuencia: si Jesús es quien la Escritura dice que es, su madre es quien la Iglesia dice que es.1
I. La nueva Eva
«Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.» — Génesis 3,15
Este versículo es el “Protoevangelio”, el primer anuncio de la salvación. Dios anuncia una enemistad entre la serpiente y “la mujer”, cuyo descendiente vencerá al mal. Los cristianos vieron desde muy pronto en esta mujer a María, y en su descendiente a Cristo.
Ya en el siglo II, san Justino y san Ireneo desarrollaron el paralelo entre Eva y María. San Ireneo lo resumió así: Eva, por su desobediencia, se hizo causa de muerte para sí y para todo el género humano; María, por su obediencia, se hizo causa de salvación para sí y para todo el género humano. Por una mujer que creyó a la serpiente entró la muerte; por una mujer que creyó a Dios llegó el Salvador.2
II. Siempre Virgen
«María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”» — Lucas 1,34
María ya estaba desposada con José. Si pensaba vivir con él un matrimonio normal, el anuncio de que tendría un hijo no la habría sorprendido. Su pregunta tiene más sentido si había consagrado su virginidad a Dios, y así la interpretaron san Agustín y otros Padres.
Los demás argumentos sobre este dogma, como los “hermanos de Jesús”, el “hasta que” de Mateo 1,25 y el título de “primogénito”, se desarrollan en el tema “María, Madre de Dios”. Basta recordar aquí que la Iglesia enseñó la virginidad perpetua desde los primeros siglos, con muy pocas voces discordantes, como Tertuliano y Helvidio, a quien refutó san Jerónimo. Y que incluso Lutero y Zuinglio la defendieron.3
III. La Inmaculada Concepción
Qué enseña la Iglesia
La Inmaculada Concepción no se refiere a la concepción virginal de Jesús, con la que a menudo se confunde. Significa que María, desde el primer instante de su existencia, fue preservada del pecado original por una gracia especial de Dios, en previsión de los méritos de Cristo. Así lo definió el papa Pío IX en 1854.4
María no fue salvada sin Cristo, sino por Cristo, de un modo anticipado. Es como la diferencia entre sacar a alguien de un pozo después de que ha caído y sostenerlo para que no caiga. En los dos casos hay salvación, y en los dos el salvador es el mismo.
“Llena de gracia”
«Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.”» — Lucas 1,28
La palabra griega que se traduce como “llena de gracia” es kecharitoméne. Es un participio perfecto pasivo: indica una acción que Dios realizó en el pasado y cuyo efecto permanece. Podría traducirse como “la que ha sido colmada de gracia y permanece así”. Además, el ángel no la llama “María”, sino que usa esta expresión como si fuera su nombre: su identidad es estar llena de la gracia de Dios.
«Para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado.» — Efesios 1,6
Algunos objetan que Pablo usa el mismo verbo para todos los creyentes. Es cierto, y eso muestra que se trata de una gracia que transforma, no de un simple favor. Pero en Efesios el verbo describe una acción puntual, mientras que en María aparece como un estado permanente y como un nombre. El dogma no se apoya solo en este versículo, pero este versículo es coherente con él: quien está colmada de gracia de manera permanente no tiene lugar para el pecado.
La enemistad total
Volviendo a Génesis 3,15: Dios pone “enemistad” entre la serpiente y la mujer. Si María hubiera estado, aunque fuera un instante, bajo el poder del pecado original, que es el dominio de la serpiente sobre la humanidad caída, esa enemistad no habría sido total.
“Dios mi Salvador”
«Y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador.» — Lucas 1,47
Esta es la objeción más común: si María llama a Dios “mi Salvador”, es porque necesitaba ser salvada. Y es verdad: María necesitaba un Salvador, y lo tuvo. La Iglesia no dice que María no fue redimida, sino que fue redimida de un modo más perfecto, preservada antes de caer. Su “Dios mi salvador” es precisamente la confesión de la Inmaculada.
Una doctrina que maduró
Esta verdad tardó en formularse con precisión. Grandes santos como san Bernardo y santo Tomás de Aquino tuvieron reservas, porque no veían cómo María podía ser redimida por Cristo si nunca había tenido pecado. Fue el franciscano Duns Escoto quien dio la clave: la “redención preservativa”, es decir, Cristo redimió a María preservándola. Con esa explicación, la fe que el pueblo cristiano celebraba desde hacía siglos encontró su formulación.5
IV. María, Arca de la Nueva Alianza
En el Antiguo Testamento, el Arca de la Alianza era el objeto más sagrado de Israel: el lugar de la presencia de Dios. Lucas presenta a María con rasgos del Arca.
«El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.”» — Lucas 1,35
«Moisés no podía entrar en la Tienda del Encuentro, pues la nube moraba sobre ella y la gloria de Yahvé llenaba la Morada.» — Éxodo 40,35
El verbo griego “cubrir con su sombra” (episkiázo) es el mismo que usa la traducción griega del Antiguo Testamento para la nube de Dios que cubría la Tienda donde estaba el Arca. María es el nuevo lugar de la presencia de Dios.
La visita de María a Isabel recuerda el traslado del Arca a Jerusalén en tiempos de David (2 Sam 6):
El Arca (2 Samuel 6) | María (Lucas 1) |
|---|---|
Sube a la región montañosa de Judá (6,2) | Va a la región montañosa de Judá (1,39) |
David exclama: "¿Cómo va a venir a mí el arca de Yahvé?" (6,9) | Isabel exclama: "¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?" (1,43) |
David danza de alegría ante el Arca (6,14) | El niño salta de alegría en el seno de Isabel (1,41) |
El Arca se queda tres meses en casa de Obededón (6,11) | María se queda tres meses en casa de Isabel (1,56) |
Lucas construye estos paralelos a propósito. El Catecismo lo dice expresamente: María es “el Arca de la Alianza”, el lugar donde reside la gloria del Señor.6 Si el Arca antigua, un cofre de madera, merecía tanta reverencia que nadie podía tocarla a la ligera (2 Sam 6,6-7), ¿cuánta más merece el Arca viva que llevó en su seno al mismo Dios?
V. La Asunción
Qué enseña la Iglesia
El papa Pío XII definió en 1950 que María, “cumplido el curso de su vida terrena”, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo. La Iglesia no define si María murió antes de ser llevada al cielo. La tradición oriental habla de la “Dormición”.7
Dios ya se llevó a otros
«Henoc anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó.» — Génesis 5,24
«Un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ellos, y Elías subió al cielo en el torbellino.» — 2 Reyes 2,11
La idea de que Dios lleve consigo a alguien de manera extraordinaria no es extraña a la Biblia: lo hizo con Henoc y con Elías. Si Dios concedió esto a dos siervos fieles del Antiguo Testamento, no es extraño que lo concediera a la Madre de su Hijo.
El orden de la resurrección
«Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego los de Cristo en su Venida.» — 1 Corintios 15,22-23
Todos los que son de Cristo resucitarán. María, la primera y más perfecta discípula, participa de manera anticipada en esa resurrección. La Asunción no es un privilegio separado de la fe cristiana: es un anticipo de lo que todos esperamos.
El Arca en el cielo
«Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario… Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.» — Apocalipsis 11,19–12,1
Juan ve el Arca de la Alianza en el templo del cielo, e inmediatamente después, una Mujer “en el cielo”, vestida de gloria. La división en capítulos no existía en el texto original: Juan habla del Arca y enseguida de la Mujer, que da a luz al Hijo que regirá las naciones (Ap 12,5). La Tradición ve en ella a María y, a la vez, a la Iglesia y al pueblo de Dios.8 Este texto no es una prueba aislada de la Asunción, pero es coherente con ella: el Arca de la Nueva Alianza aparece en el cielo.
«¡Levántate, Yahvé, hacia tu reposo, tú y el arca de tu fuerza!» — Salmo 132,8
Los Padres leyeron este salmo como una figura de Cristo, que sube al cielo, y de María, el Arca, que lo acompaña.
El testimonio de la historia
Los cristianos de los primeros siglos veneraban con gran devoción las tumbas y las reliquias de los apóstoles y de los mártires: Pedro y Pablo en Roma, Santiago, Esteban. Sin embargo, ninguna ciudad reclamó jamás las reliquias del cuerpo de María. La tradición de Jerusalén conserva un sepulcro, junto al huerto de Getsemaní, pero un sepulcro vacío. San Juan Damasceno, en el siglo VIII, recoge la antigua tradición de que, al abrirlo, los apóstoles no encontraron su cuerpo.
Los relatos sobre el “tránsito” de María circulan desde los siglos IV y V, y la fiesta de la Dormición se celebraba el 15 de agosto en todo el Imperio desde hacia el año 600. Cuando Pío XII la definió en 1950, no inventó una creencia: proclamó lo que la Iglesia de Oriente y de Occidente celebraba desde hacía más de mil años.9
VI. Por qué estos dogmas importan
Los dogmas marianos no son adornos devocionales: dicen algo sobre Cristo y sobre nosotros.
Sobre Cristo. Si Jesús es verdadero Dios, quien lo llevó en su seno recibió una preparación única. La Inmaculada muestra el poder de la redención de Cristo en su forma más perfecta, capaz incluso de preservar del pecado.
Sobre nosotros. La Asunción muestra lo que Dios quiere hacer con todos los que son de Cristo: llevarnos en cuerpo y alma a su gloria. María es la primera en llegar a donde todos estamos llamados.
María no compite con Cristo: lo refleja. Todo lo que ella es, lo es por gracia de Él.
Conclusión
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María es la nueva Eva, la mujer anunciada en Génesis 3,15.
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Es siempre Virgen, como lo sugiere su pregunta al ángel (Lc 1,34) y como lo enseñó la Iglesia desde los primeros siglos.
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Es Inmaculada: fue saludada como “llena de gracia” (Lc 1,28), y fue redimida por Cristo de un modo más perfecto, preservada del pecado. Por eso puede llamar a Dios “mi salvador” (Lc 1,47).
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Es el Arca de la Nueva Alianza, como muestra Lucas con los paralelos de 2 Samuel 6.
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Es Asunta: como Henoc y Elías fueron llevados por Dios, la Madre del Señor fue llevada en cuerpo y alma a la gloria, y el Arca aparece en el cielo (Ap 11,19–12,1).
No es lo mismo honrar a María en lugar de Cristo que honrarla por lo que Cristo hizo en ella. “Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1,48): la Iglesia no ha añadido nada al Evangelio, sino que ha cumplido esta profecía durante veinte siglos, contemplando lo que Dios hizo en la mujer que dijo “sí”.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 487 y 963-975.
2 San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, III, 22, 4. San Justino, Diálogo con Trifón, 100. CEC, n. 411 y 494. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium (1964), n. 56.
3 CEC, n. 499-501. San Agustín, Sobre la santa virginidad, 4, 4. San Jerónimo, La virginidad perpetua de María, contra Helvidio (383). Tertuliano, Sobre la carne de Cristo, 7. Concilio de Constantinopla II (553) y Sínodo de Letrán (649): H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 422 y 503. Ulrico Zuinglio, Sermón sobre la pura Virgen María (1522).
4 Pío IX, bula Ineffabilis Deus (1854): Denzinger-Hünermann, n. 2803. CEC, n. 490-493. San Juan Pablo II, catequesis en la audiencia general del 8 de mayo de 1996, sobre el sentido de kecharitoméne.
5 Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica III, q. 27, a. 2. Juan Duns Escoto, Ordinatio III, d. 3, q. 1.
6 CEC, n. 2676. Benedicto XVI, homilía en la solemnidad de la Asunción, 15 de agosto de 2011.
7 Pío XII, constitución apostólica Munificentissimus Deus (1950): Denzinger-Hünermann, n. 3903. CEC, n. 966 y 974. Lumen gentium, n. 59.
8 San Juan Pablo II, encíclica Redemptoris Mater (1987), n. 24 y 47.
9 San Juan Damasceno, Homilías sobre la Dormición, II, 18. San Gregorio de Tours, Libro de la gloria de los mártires, 4.