La Custodia: ¿Adoramos al Sol?
Introducción
Una de las acusaciones más llamativas contra la Iglesia es esta: “Los católicos adoran al sol. La custodia tiene forma de sol porque es un rito pagano disfrazado de cristianismo”. Esta idea circula en videos y folletos que ponen imágenes de custodias junto a representaciones de dioses solares como Ra o Baal.
Para responder hay que aclarar dos cosas: ¿qué es la custodia y por qué tiene esa forma? Y ¿usa la Biblia la imagen del sol para hablar de Cristo? Las dos preguntas tienen respuestas claras y bíblicas.
I. Un símbolo no es lo que simboliza
Usar un símbolo para representar una realidad sagrada no es adorar el símbolo. Muchos protestantes usan la paloma para representar al Espíritu Santo, pero nadie piensa que adoran a una paloma. Del mismo modo, la Iglesia usa rayos de luz para representar a Cristo como fuente de luz y de vida. No porque Cristo sea el sol, sino porque la Biblia misma usa esa imagen para hablar de Él.1
«Cuando levantes tus ojos al cielo, cuando veas el sol, la luna, las estrellas y todo el ejército de los cielos, no te dejes seducir para postrarte ante ellos y darles culto.» — Deuteronomio 4,19
«Había allí unos veinticinco hombres, vueltos de espaldas al santuario de Yahvé y de cara a oriente, que se postraban hacia oriente, ante el sol.» — Ezequiel 8,16
La Biblia condena claramente adorar al sol, y la Iglesia también lo ha hecho siempre. San Agustín decía que los cristianos no adoran este sol, sino a Aquel que hizo el sol. Y en el siglo V, el papa san León Magno corrigió a algunos fieles que, antes de entrar en la basílica de San Pedro, se volvían para inclinarse ante el sol naciente.2 Quien acusa a la Iglesia de culto solar acusa a quien siempre lo ha combatido.
II. La Biblia llama “sol” a Dios
«Porque sol y escudo es Yahvé Dios, él da la gracia y la gloria.» — Salmo 84,12
El salmista llama a Dios “sol”. No porque Dios sea el astro, sino porque el sol es la mejor imagen de su luz, su calor, su gloria y su poder que da vida. Si la oración inspirada de Israel usa esta imagen, no puede ser pagano que la Iglesia la use.
«Allí levantó para el sol una tienda, y él, como un esposo que sale de su tálamo, se recrea, cual atleta, corriendo su carrera. A un extremo de los cielos es su salida, y su órbita llega al otro extremo, sin que haya nada que a su calor escape.» — Salmo 19,5-7
El salmo celebra el sol como obra de Dios que proclama su gloria. Los Padres de la Iglesia leyeron en este “esposo que sale de su tálamo” una figura de Cristo, que sale del seno de la Virgen para recorrer el mundo con su calor.
«No será para ti ya nunca más el sol luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahvé por luz eterna, y a tu Dios por tu hermosura.» — Isaías 60,19
Isaías anuncia que Dios mismo ocupará el lugar del sol como fuente de luz. El sol no es un dios: es solo una imagen de Aquel que lo supera.
III. Cristo, sol de justicia y luz del mundo
«Pero para vosotros, los que teméis mi Nombre, brillará el sol de justicia con la salud en sus rayos.» — Malaquías 3,20 (4,2 en algunas Biblias)
Es una de las profecías mesiánicas más claras: el Mesías vendrá como un sol que nace trayendo salvación “en sus rayos”. Desde los primeros siglos, los cristianos identificaron este “sol de justicia” con Cristo.3 Cuando la Iglesia pone rayos alrededor de la custodia donde está Cristo, ilustra exactamente lo que Malaquías anunció.
«Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte.» — Lucas 1,78-79
En el cántico de Zacarías, la palabra griega que se traduce como “Luz de la altura” (anatolé) significa literalmente “la salida del sol”, el amanecer. El Evangelio presenta a Cristo como el sol que amanece sobre quienes viven en la oscuridad.
«Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.» — Juan 8,12
«La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo.» — Juan 1,9
Jesús mismo se llama “la luz del mundo”, y Juan lo presenta como “la luz verdadera”. Si Cristo es la luz del mundo, y el sol es la mayor fuente de luz de la creación, no es extraño que la Iglesia use imágenes solares para representarlo: es lo coherente con lo que Él enseñó.4
«Yo soy el Retoño y el descendiente de David, el Lucero radiante del alba.» — Apocalipsis 22,16
Cristo también se llama “Lucero radiante del alba”, y Pedro habla del “lucero de la mañana” que nace en nuestros corazones (2 Pe 1,19). Toda la Escritura usa imágenes de luz para hablar de Él.
IV. “Su rostro brillaba como el sol”
«Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.» — Mateo 17,2
En la Transfiguración, los apóstoles ven la gloria de Cristo, y el Evangelio la describe así: su rostro “brillante como el sol”. La custodia que irradia luz desde el centro donde está Cristo no imita a ningún dios pagano: representa lo que vieron Pedro, Santiago y Juan en el monte Tabor.5
«Su rostro, como el sol cuando brilla con toda su fuerza.» — Apocalipsis 1,16
Juan describe así a Cristo resucitado y glorioso. La imagen solar aplicada a Cristo no es un invento: es una visión revelada.
«La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero.» — Apocalipsis 21,23
En la Jerusalén del cielo no habrá sol, porque el Cordero será su luz. La custodia no adora al sol: anuncia a Aquel que un día ocupará su lugar.
V. ¿Qué es la custodia?
La custodia (del latín custos, “guardián”) es el recipiente en el que se expone la hostia consagrada para la adoración. Comenzó a usarse después de que el papa Urbano IV instituyó la fiesta del Corpus Christi en 1264, cuando creció el deseo de los fieles de contemplar la Eucaristía. Al principio tenía formas variadas, como de torre o de pequeño templo, y la forma de sol radiante se generalizó a partir del siglo XVI.6
En el centro está el viril, el pequeño receptáculo de cristal donde se coloca la hostia, y a su alrededor salen los rayos. El mensaje es claro: los rayos no son el centro, sino que señalan hacia el centro. Quien se arrodilla ante la custodia no adora el metal ni los rayos dorados, sino a Jesucristo, realmente presente en la hostia consagrada, como Él mismo dijo: “Esto es mi cuerpo” (Mt 26,26) y “mi carne es verdadera comida” (Jn 6,55). Este punto se desarrolla en el tema “El verdadero culto”.
VI. “Se parece, luego es pagano”: una falacia
El razonamiento “esto se parece a algo pagano, luego es pagano” es una falacia. Muchas cosas se parecen superficialmente a otras sin tener el mismo origen. El bautismo se parece a algunos ritos paganos de purificación, y los días de la semana llevan nombres de dioses romanos. Lo que define el sentido de un símbolo es la fe que lo sostiene, y la fe que sostiene la custodia es la presencia real de Cristo y su identidad como luz del mundo.
Lo mismo ocurre con las otras dos acusaciones que suelen acompañar a esta. La primera es el domingo, “el día del sol” en el calendario romano. San Justino, hacia el año 155, explica que los cristianos se reúnen ese día porque en él Dios creó la luz y Cristo resucitó de entre los muertos. La segunda es la fecha de la Navidad, que algunos atribuyen a una fiesta del “Sol invicto”. Esa fiesta la instituyó el emperador Aureliano en el año 274, y hay autores cristianos que ya relacionaban el nacimiento de Cristo con el 25 de diciembre antes de esa fecha. En ambos casos, el sentido cristiano es el mismo: Cristo es la verdadera luz que vence las tinieblas.7
VII. La luz en la liturgia
La relación entre Cristo y la luz está presente en toda la liturgia. En la Vigilia Pascual se enciende el cirio pascual, que representa a Cristo resucitado, y el diácono canta tres veces “Luz de Cristo”, a lo que el pueblo responde “Demos gracias a Dios”. Las iglesias antiguas se orientaban hacia el oriente, por donde sale el sol, como signo de que esperamos a Cristo que vuelve.8
La Iglesia no tomó una imagen pagana para bautizarla. Tomó una imagen bíblica, Cristo como luz, y la expresó en su liturgia y en su arte.
Conclusión
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La Biblia y la Iglesia condenan adorar al sol (Dt 4,19; Ez 8,16).
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La Escritura llama “sol” a Dios (Sal 84,12) y “sol de justicia” al Mesías (Mal 3,20).
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Cristo es la luz del mundo, la luz verdadera, el amanecer que nos visita (Jn 8,12; Jn 1,9; Lc 1,78).
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Su rostro brilló como el sol en la Transfiguración y en la visión del Apocalipsis (Mt 17,2; Ap 1,16).
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Los rayos de la custodia no rodean un astro: rodean la hostia consagrada, donde está Cristo.
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La custodia nació de la devoción eucarística medieval, no de cultos paganos.
La pregunta no es “¿por qué la custodia tiene forma de sol?”. La pregunta correcta es: “¿quién está en el centro de la custodia?”. Y la respuesta del Evangelio es clara: Cristo, la luz verdadera que ilumina a todo hombre, el sol de justicia que anunció Malaquías. No es lo mismo adorar al sol que adorar al que hizo el sol. Quien se arrodilla ante la custodia no adora un astro: adora a Aquel que un día ocupará su lugar, porque “su lámpara es el Cordero” (Ap 21,23).
Notas bibliográficas
1 Sobre los signos y símbolos en la liturgia, incluidos los tomados de la creación: Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 1145-1149. Sobre la idolatría: CEC, n. 2112-2114.
2 San Agustín, Tratados sobre el Evangelio de san Juan, 34, 2. San León Magno, Sermón 27, 4 (Sermón 7 sobre la Natividad del Señor).
3 Clemente de Alejandría, Protréptico, XI, 114. San Cipriano, Sobre la oración del Señor, 35.
4 Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium (1964), n. 1: “Cristo es la luz de los pueblos”.
5 Sobre la Transfiguración: CEC, n. 554-556.
6 Urbano IV, bula Transiturus de hoc mundo (1264). Sobre el culto de adoración a la Eucaristía: CEC, n. 1378-1381. San Juan Pablo II, encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003), n. 25. Benedicto XVI, exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007), n. 66-67.
7 San Justino, Primera Apología, 67, citado en CEC, n. 2174. Hipólito de Roma, Comentario a Daniel, IV, 23, uno de los textos más antiguos que relacionan el nacimiento de Cristo con el 25 de diciembre, aunque su autenticidad en ese punto se discute. Sobre la Navidad: CEC, n. 525.
8 Misal Romano, Vigilia Pascual, rito del lucernario. Joseph Ratzinger, El espíritu de la liturgia. Una introducción (2000), donde explica el sentido de la orientación de la oración hacia el oriente.