La Cruz de Cristo: Gloria, no Escándalo
Introducción
Pocos temas generan tanta confusión entre católicos y protestantes como la veneración de la Cruz. Algunos acusan a los católicos de idolatría por venerar este signo, argumentando que la cruz es un objeto maldito según las Escrituras. Sin embargo, esta objeción, aunque sincera, revela una lectura parcial de la Biblia y un malentendido fundamental sobre lo que la Iglesia enseña y practica.
Antes de responder, es necesario establecer una distinción esencial:
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Adoración (latría): reservada exclusivamente a Dios.
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Veneración (dulía): honor dado a lo que está consagrado por su relación con Dios.
Los católicos no adoramos la madera de la Cruz como si fuera un dios. Veneramos la Cruz porque en ella Cristo realizó nuestra redención. La diferencia no es sutil: es absoluta.
Y quien mejor responde a esta objeción no es un teólogo medieval ni un Papa, sino el propio San Pablo.
I. San Pablo se gloria en la Cruz
Gálatas 6,14 — La Cruz como motivo de gloria
“Pero lejos esté de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.”
Este versículo solo bastaría para cerrar el debate. Si la Cruz fuera un objeto maldito que debe rechazarse, San Pablo —el mayor teólogo del Nuevo Testamento— jamás se gloriaría en ella. Gloriarse en algo maldito sería blasfemia, no fe.
Y no es una mención aislada. La Cruz es el centro absoluto de su predicación:
1 Corintios 1,18 y 1,23
“Porque la predicación de la cruz es necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan es fuerza de Dios… Nosotros predicamos a Cristo crucificado.”
1 Corintios 2,2
“No quise saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado.”
Para San Pablo, quitar la Cruz del centro del Evangelio no es pureza: es vaciarlo. La Cruz no es un escándalo que superar; es el escándalo que salva.
II. Los verdaderos “enemigos de la Cruz”
Aquí es donde el texto de Filipenses adquiere su verdadera fuerza apologética.
Filipenses 3,18-19
“Porque muchos viven, según os dije tantas veces —y ahora os lo repito con lágrimas—, como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición. Para éstos, su Dios es el vientre; su gloria, lo vergonzoso; y su apetencia, lo terreno.”
Pablo llora al escribir esto. ¿A quiénes llama “enemigos de la Cruz”? No a quienes la veneran, sino a quienes viven de espaldas a lo que la Cruz significa: renuncia, sacrificio, amor que da la vida. Los enemigos de la Cruz son quienes hacen de su vientre su dios, quienes se glorían en lo vergonzoso, quienes solo piensan en lo terreno.
La ironía es poderosa: quienes acusan a los católicos de idolatría por venerar la Cruz podrían releer este pasaje con cuidado. El problema que Pablo señala no es venerar demasiado la Cruz, sino vivir como si la Cruz no tuviera ningún peso sobre la propia vida.
III. Cristo mismo manda tomar la Cruz
Lucas 9,23 y Mateo 10,38
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.”
“Y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.”
Si la Cruz fuera algo maldito que debe evitarse, Cristo nunca habría ordenado cargarla. Mandarnos tomar un objeto maldito sería una contradicción imposible en boca del Hijo de Dios. Al contrario: tomar la Cruz es la condición del discipulado.
Juan 12,32-33 — Cristo atrae desde la Cruz
“Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Decía esto indicando de qué muerte iba a morir.”
Cristo no atrae al mundo a pesar de la Cruz, sino desde la Cruz. Es precisamente en ese momento de aparente derrota donde se manifiesta plenamente su gloria y su poder de salvación.
IV. La Cruz como instrumento de reconciliación y paz
Efesios 2,16 y Colosenses 1,20
“Y reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo por medio de la cruz.”
“Haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.”
La Cruz no es un instrumento de maldición para el cristiano: es el lugar donde la enemistad entre Dios y la humanidad fue definitivamente vencida. Es el altar del sacrificio perfecto, el trono desde el que Cristo reina, el madero que se convirtió en árbol de vida.
V. La objeción del “madero maldito”
La objeción protestante más frecuente es esta:
“Maldito por Dios el colgado de un madero” (Dt 21,23).
La respuesta no la da la Iglesia: la da el propio San Pablo.
Gálatas 3,13
“Cristo nos rescató de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición, porque escrito está: Maldito todo el que es colgado en un madero.”
Pablo cita exactamente ese versículo del Deuteronomio y explica su sentido real: Cristo cargó sobre sí nuestra maldición para liberarnos de ella. La Cruz no quedó maldita; quedó transformada. Lo que era instrumento de muerte y vergüenza se convirtió en instrumento de vida y gloria.
Querer aplicar la maldición del Deuteronomio a la Cruz cristiana, después de que Pablo mismo explica su cumplimiento en Cristo, es leer la Biblia ignorando lo que la Biblia dice sobre ese mismo texto.
VI. La Cruz prefigurada a lo largo de toda la Escritura
Si la Cruz fuera algo que debiera rechazarse, resulta sorprendente que Dios mismo la prefigurara en tantos momentos del Antiguo Testamento.
La serpiente de bronce — Números 21,8-9 y Juan 3,14
“Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta.”
“Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre.”
Jesús mismo interpreta la serpiente elevada sobre el asta como figura de su propia crucifixión. El pueblo de Israel miraba la serpiente de bronce y era sanado. Los cristianos miran la Cruz y son salvados. Si mirar la serpiente de bronce fuera idolatría, ¿por qué Dios la mandó hacer?
Isaac cargando la leña — Génesis 22,6
“Tomó Abraham la leña del holocausto y la puso sobre Isaac, su hijo.”
Isaac cargando la leña camino al monte prefigura a Cristo cargando la Cruz hacia el Calvario. La Tradición patrística —desde San Ireneo hasta San Agustín— leyó este texto como anuncio de la Pasión.
Los brazos extendidos de Moisés — Éxodo 17,11-12
“Mientras Moisés tenía levantadas las manos, vencía Israel.”
Los brazos extendidos de Moisés que aseguran la victoria de Israel prefiguran los brazos extendidos de Cristo en la Cruz que aseguran la victoria sobre el pecado y la muerte.
La señal de la Tav — Ezequiel 9,4
“Pasa por la ciudad y marca una señal en la frente de los hombres.”
La palabra hebrea utilizada es Tav, última letra del alfabeto hebreo antiguo, cuya forma era una cruz. Los Padres de la Iglesia vieron aquí un anuncio profético de la señal de la Cruz con la que son marcados los bautizados.
El madero que endulza las aguas — Éxodo 15,25
“El Señor le mostró un madero; lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron.”
Un madero transforma aguas amargas en dulces: figura de la Cruz que sana la humanidad herida por el pecado.
VII. Sobre las imágenes y los objetos sagrados
La objeción contra las imágenes religiosas suele citar textos como Isaías 44,13-17 o Deuteronomio 27,15. Pero estos textos condenan la idolatría —adorar imágenes como si fueran dioses—, no toda representación sagrada.
La prueba está en la propia Escritura: el mismo Dios que prohíbe los ídolos mandó hacer:
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Los querubines de oro sobre el Arca de la Alianza (Éx 25,18-20).
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La serpiente de bronce sobre el asta (Nm 21,8).
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Las figuras talladas que adornaban el Templo de Salomón (1 Re 6,23-29).
Dios no se contradice. La diferencia no está en el material, sino en la intención: adorar la imagen como dios es idolatría; usar la imagen para elevar el corazón hacia Dios es legítimo y piadoso.
Como enseñó San Juan Damasceno con admirable claridad:
“Yo no adoro la materia; adoro al Creador de la materia, que por mí se hizo materia y quiso habitar en la materia y realizar mi salvación por medio de la materia.”
Conclusión
La veneración de la Cruz no es idolatría: es fidelidad al Evangelio. Es reconocer, con San Pablo, que la Cruz no es una vergüenza que ocultar sino la mayor manifestación del amor de Dios que jamás ha existido.
Los verdaderos enemigos de la Cruz, como llora Pablo en su carta a los Filipenses, no son quienes la besan y la veneran, sino quienes viven como si el sacrificio de Cristo no tuviera ninguna exigencia sobre su vida: quienes hacen de su comodidad su dios, de sus pasiones su gloria y de lo terreno su horizonte.
El cristiano que toma la Cruz en sus manos no adora la madera. Abraza el amor que en ella se derramó, se une al sacrificio que en ella se consumó y proclama, con toda la Iglesia y con San Pablo, que nunca se gloriará sino en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo ha sido crucificado para él, y él para el mundo (Ga 6,14).