Pestañas abiertas

1 abierta

    Historia de la Biblia

    Introducción

    Hay una realidad que muchos cristianos no han considerado con detenimiento: la Biblia que todos leemos fue reconocida, preservada y transmitida por la Iglesia. Los apóstoles la escribieron dentro de la Iglesia, y fue la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, la que discernió qué libros eran Palabra de Dios.

    Para entenderlo hay que recorrer brevemente cómo llegaron a existir los 73 libros de la Biblia, quién los reconoció, quién los tradujo y por qué algunas biblias hoy tienen menos libros.

    I. La Iglesia existió antes que el Nuevo Testamento

    Jesús no entregó una Biblia a sus apóstoles. Cuando ascendió al cielo, el Nuevo Testamento no existía. Los primeros escritos apostólicos comenzaron a circular hacia el año 50, unos veinte años después de la resurrección, y el último se completó hacia el año 100.

    Durante esas décadas, la Iglesia se mantuvo en la verdad por la predicación de los apóstoles, la Tradición viva y la autoridad de quienes ellos habían nombrado.1

    «Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.» — 2 Tesalonicenses 2,15

    Pablo pone al mismo nivel lo transmitido “de viva voz” y “por carta”. La Palabra de Dios circulaba por ambos caminos antes de que existiera una lista fija de libros.

    «Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar.» — Marcos 3,13-14

    Jesús no dijo “aquí tienen un libro”. Llamó a personas, las formó y las envió. La fe se transmitió primero de persona a persona, en una comunidad, y después quedó también por escrito.

    II. ¿Quién decidió qué libros son Palabra de Dios?

    En los primeros siglos circulaban muchos escritos que decían ser apostólicos: evangelios, cartas y apocalipsis de origen dudoso. ¿Cuáles eran realmente inspirados por Dios? Ningún versículo de la Biblia contiene la lista de los libros de la Biblia. Esa pregunta no podía responderla cada creyente por su cuenta: hacía falta el discernimiento de la Iglesia.2

    «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa.» — Juan 16,13

    Jesús hizo esta promesa a la comunidad apostólica. Fue esa comunidad, y sus sucesores, la que, bajo la guía del Espíritu, reconoció el canon de la Escritura. El proceso fue gradual:

    • Hacia el año 170-200: el Fragmento Muratoriano, una de las listas más antiguas que se conservan, ya recoge la mayoría de los libros del Nuevo Testamento.

    • Año 367: san Atanasio de Alejandría publica la primera lista conocida con exactamente los 27 libros del Nuevo Testamento.3

    • Año 382: un sínodo en Roma, bajo el papa san Dámaso, habría aprobado una lista de los libros sagrados (el llamado “Decreto de Dámaso”, cuya atribución discuten algunos historiadores).

    • Años 393 y 397: los concilios de Hipona y Cartago, con la participación de san Agustín, aprueban la lista de 73 libros, que incluye los deuterocanónicos.4

    • Año 1442: el Concilio de Florencia, un siglo antes de la Reforma, reafirma ese mismo canon.

    • Año 1546: el Concilio de Trento lo define solemnemente, frente a quienes empezaban a cuestionarlo.5

    En esa misma época, el papa san Dámaso encargó a san Jerónimo, el mayor experto bíblico de su tiempo, la revisión de la traducción latina de los Evangelios. Jerónimo continuó después con el resto de la Biblia, y su traducción, la Vulgata, terminada hacia el año 405, fue durante siglos la Biblia de Occidente.

    III. Deuterocanónicos y apócrifos: aclarar los nombres

    La Biblia católica tiene 73 libros; la protestante, 66. La diferencia son siete libros del Antiguo Testamento: Tobías, Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico (Sirácida) y Baruc, además de algunas partes de Ester y Daniel.

    Aquí se produce mucha confusión, porque cada tradición usa nombres distintos:

    Católicos

    Protestantes

    Judíos

    Los 7 libros (Tobías, Judit, Macabeos, etc.)

    Deuterocanónicos: inspirados, parte de la Biblia

    Los llaman apócrifos: no inspirados

    No forman parte de su canon

    Otros escritos (Evangelio de Tomás, Evangelio de Pedro, Libro de Henoc, etc.)

    Los llaman apócrifos: no inspirados

    Los llaman pseudoepígrafos

    No forman parte de su canon

    “Deuterocanónico” significa “del segundo canon”. No quiere decir que sean libros de segunda categoría, sino que su lugar en la lista se discutió durante más tiempo. Para la Iglesia católica, y también para las Iglesias ortodoxas, son tan inspirados como los demás.6

    IV. ¿De dónde vienen los deuterocanónicos?

    Estos libros no fueron añadidos por la Iglesia en la Edad Media. Formaban parte de la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento hecha por judíos a partir del siglo III a.C. Era la Biblia que usaban los judíos de habla griega, los apóstoles y los primeros cristianos. La mayoría de las citas del Antiguo Testamento que aparecen en el Nuevo siguen el texto de la Septuaginta.

    «Unos fueron torturados, rehusando la liberación por conseguir una resurrección mejor.» — Hebreos 11,35

    Al enumerar a los héroes de la fe, la Carta a los Hebreos alude a los siete hermanos martirizados con su madre, que rechazaron la liberación esperando la resurrección (2 Mac 7). Esa historia solo está en un libro deuterocanónico. Algunos objetan que el Nuevo Testamento no cita los deuterocanónicos por su nombre. Es cierto, pero tampoco cita Ester, el Eclesiastés ni el Cantar de los Cantares, y nadie los excluye por eso.

    El canon hebreo, sin esos libros, se consolidó en el judaísmo rabínico después de la venida de Cristo, en un proceso gradual.7 La Iglesia, en cambio, recibió la Escritura tal como la leían los apóstoles.

    San Jerónimo, por haber trabajado con los textos hebreos, tuvo dudas sobre estos libros, y los protestantes suelen citarlo. Pero él mismo los tradujo, y cuando le reprocharon esas dudas, explicó que se limitaba a exponer lo que decían los judíos, y que seguía el juicio de la Iglesia.8

    V. ¿Por qué los protestantes no los tienen?

    «Después de haber reunido entre sus hombres una colecta de unas dos mil dracmas, las envió a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por el pecado, obrando muy hermosa y noblemente, pensando en la resurrección. Pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían, habría sido superfluo y necio rogar por los muertos.» — 2 Macabeos 12,43-44

    En el siglo XVI, Martín Lutero decidió seguir el canon hebreo para el Antiguo Testamento. Hubo razones teológicas de fondo. En la disputa de Leipzig (1519), su adversario Juan Eck le citó este pasaje de 2 Macabeos, que respalda la oración por los difuntos y la purificación después de la muerte, y Lutero respondió que el libro no era canónico.9

    Aun así, Lutero no los eliminó del todo. En su Biblia de 1534 los colocó en un apéndice, como libros útiles y buenos de leer, aunque no equiparables a la Escritura. Durante casi tres siglos, muchas biblias protestantes los siguieron incluyendo de ese modo.

    «Ya veis cómo el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente.» — Santiago 2,24

    Lutero también tuvo dificultades con algunos libros del Nuevo Testamento. A la Carta de Santiago la llamó “epístola de paja” en comparación con otras, porque este versículo no encajaba con su doctrina de la justificación por la sola fe. Sus seguidores la mantuvieron en el canon, pero el episodio muestra un riesgo real: cuando un texto contradice la propia doctrina, la tentación es dejar de lado el texto.10

    VI. La Reina-Valera original sí los incluía

    La traducción más usada en el mundo protestante de habla hispana tiene una historia poco conocida.

    Casiodoro de Reina, un monje jerónimo de Sevilla que abandonó la Iglesia católica, publicó en 1569 la Biblia del Oso, la primera Biblia completa en castellano. Incluía los deuterocanónicos, intercalados en su lugar, como en las biblias católicas.

    Cipriano de Valera, monje del mismo monasterio, revisó la traducción en 1602. No los quitó: los agrupó en una sección entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

    Fueron las sociedades bíblicas protestantes las que, a partir de 1826, dejaron de imprimirlos. Es decir: los propios traductores de la Reina-Valera conservaron los libros que hoy faltan en sus ediciones.11

    VII. La Biblia nació en la Iglesia

    «Para que, si tardo, sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.» — 1 Timoteo 3,15

    La Iglesia no nació de la Biblia: la Biblia nació en la Iglesia. Los apóstoles escribieron dentro de la Iglesia y para la Iglesia, y fue ella la que reconoció qué escritos eran inspirados. Por eso Pablo llama a la Iglesia, y no a un libro, “columna y fundamento de la verdad”.

    «Vosotros investigáis las Escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida.» — Juan 5,39-40

    Jesús advierte que es posible leer toda la Escritura y no encontrarse con Él. La Escritura es el mapa; Cristo es el destino. La relación entre Escritura, Tradición e Iglesia se desarrolla en el tema “¿Solo la Biblia?”.

    VIII. La continuidad histórica

    La Iglesia católica puede trazar su historia de manera ininterrumpida desde los apóstoles. Conserva en Roma las tumbas de san Pedro y san Pablo. Celebra todavía la liturgia en basílicas del siglo IV, como San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Pablo Extramuros. Y es heredera de los mártires de los tres primeros siglos, que dieron la vida bajo el Imperio romano, mucho antes de cualquier división entre los cristianos. Como escribió Tertuliano hacia el año 197: “La sangre de los cristianos es semilla”.12

    Conclusión

    • La Iglesia predicó, bautizó y transmitió la fe antes de que existiera el Nuevo Testamento escrito.

    • Ningún versículo contiene la lista de los libros de la Biblia: fue la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, la que reconoció el canon, desde san Atanasio y los concilios de Hipona y Cartago hasta Florencia y Trento.

    • Los deuterocanónicos venían de la Septuaginta, la Biblia que usaban los apóstoles, y la Iglesia los reconoció como inspirados desde los primeros siglos.

    • Lo que los protestantes llaman “apócrifos”, los católicos lo llamamos “deuterocanónicos”; y lo que los católicos llamamos “apócrifos” son escritos que nadie considera inspirados.

    • Lutero los relegó a un apéndice, y la Reina-Valera original los incluía. Fueron retirados de las biblias protestantes en el siglo XIX.

    No es lo mismo recibir un fruto que conocer el árbol que lo dio. Quien ama la Biblia tiene buenas razones para conocer y amar a la Iglesia que la custodió durante veinte siglos. Como escribió san Agustín: “Yo no creería en el Evangelio si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia Católica”.13 No porque la Iglesia esté por encima del Evangelio, sino porque fue ella la que nos lo entregó, lo custodió y lo transmitió hasta hoy.


    Notas bibliográficas

    1 Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum (1965), n. 7-8. Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 76 y 83.

    2 Dei Verbum, n. 8: “por la Tradición conoce la Iglesia el canon íntegro de los libros sagrados”. CEC, n. 120.

    3 San Atanasio de Alejandría, Carta festal 39 (367).

    4 Concilio de Cartago III (397): H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 186. San Agustín, La doctrina cristiana, II, 8, 13, donde enumera los mismos libros. Para el llamado “Decreto de Dámaso”: Denzinger-Hünermann, n. 179-180.

    5 Concilio de Florencia, Decreto para los jacobitas (1442): Denzinger-Hünermann, n. 1334-1335. Concilio de Trento, sesión IV (1546): Denzinger-Hünermann, n. 1501-1504.

    6 CEC, n. 120 y 138.

    7 La idea de un “Concilio de Jamnia” hacia el año 90 que habría cerrado el canon hebreo está hoy muy cuestionada. Cf. J. P. Lewis, “What Do We Mean by Jabneh?”, Journal of Bible and Religion 32 (1964).

    8 San Jerónimo, Apología contra Rufino, II, 33.

    9 La disputa de Leipzig enfrentó a Martín Lutero y Juan Eck en 1519. Sobre la purificación final y la oración por los difuntos: CEC, n. 1030-1032, que cita 2 Mac 12,46.

    10 Martín Lutero, Prefacio al Nuevo Testamento (1522). En su Biblia completa de 1534, los deuterocanónicos aparecen en un apéndice titulado “Apócrifos”.

    11 La Biblia, que es, los sacros libros del Viejo y Nuevo Testamento, trad. de Casiodoro de Reina, Basilea, 1569 (“Biblia del Oso”). Revisión de Cipriano de Valera, Ámsterdam, 1602. La Sociedad Bíblica Británica y Extranjera decidió en 1826 dejar de imprimir los deuterocanónicos.

    12 Tertuliano, Apologético, 50, 13.

    13 San Agustín, Contra la carta de Maniqueo llamada “del fundamento”, 5, 6. Citado en CEC, n. 119.

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

    Tema

    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.