Historia de la Biblia: La Iglesia que nos dio las Escrituras
Introducción
Existe una paradoja que pocos protestantes han considerado con detenimiento: la misma Biblia que usan para cuestionar a la Iglesia Católica fue recopilada, reconocida y preservada por esa misma Iglesia. Sin la Iglesia Católica, no existiría el canon bíblico tal como lo conocemos. Rechazar a la Iglesia mientras se acepta su Biblia es una contradicción histórica difícil de sostener.
Para entender esta realidad, es necesario recorrer brevemente la historia de cómo llegaron a existir los 73 libros que componen la Biblia cristiana completa, quién los reconoció, quién los tradujo y qué ocurrió cuando algunos decidieron eliminar parte de ellos.
I. La Biblia no cayó del cielo encuadernada
El primer dato histórico fundamental es este: Jesús no entregó una Biblia a sus apóstoles. Cuando Cristo ascendió al cielo, el Nuevo Testamento no existía. Los primeros escritos apostólicos comenzaron a circular aproximadamente en el año 50 d.C., casi veinte años después de la muerte y resurrección de Cristo. El último libro del Nuevo Testamento se completó alrededor del año 100 d.C.
Durante los primeros setenta años del cristianismo, la Iglesia se mantuvo en la verdad no por un libro, sino por la enseñanza oral apostólica, la Tradición viva y la autoridad de los obispos como sucesores de los apóstoles. Esto es exactamente lo que San Pablo afirma:
2 Tesalonicenses 2,15
“Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra.”
Pablo pone en el mismo nivel la enseñanza oral y la escrita. La Palabra de Dios se transmitió por ambos canales antes de que existiera un canon fijo.
Juan 21,25
“Y hay también muchas otras cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir.”
La Escritura misma reconoce que no contiene todo lo que Cristo enseñó. Lo que no quedó escrito fue custodiado por la Tradición viva de la Iglesia.
II. El problema del canon: ¿quién decide qué es Palabra de Dios?
Durante los primeros siglos del cristianismo circulaban decenas de escritos que pretendían ser apostólicos: evangelios apócrifos, cartas pseudónimas, apocalipsis de dudosa procedencia. La pregunta urgente era: ¿cuáles de todos estos textos son verdaderamente inspirados por Dios?
Esta pregunta no podía responderla cada individuo por sí mismo. Requería la autoridad de la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Juan 16,13
“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad.”
Esta promesa de Jesús no fue dirigida a lectores individuales del futuro, sino a la comunidad apostólica. Fue esa comunidad y sus sucesores quienes, bajo la guía del Espíritu, discernieron el canon sagrado.
III. Los concilios que formaron la Biblia
El proceso de formación del canon bíblico fue gradual y se consolidó a través de concilios de la Iglesia Católica:
El Papa San Dámaso I (366-384 d.C.) fue el primero en encargar oficialmente una lista definitiva de los libros sagrados. Bajo su pontificado, convocó el Concilio de Roma (382 d.C.), donde se estableció una lista completa del canon bíblico que incluía los 46 libros del Antiguo Testamento y los 27 del Nuevo Testamento.
Este mismo Papa encargó a San Jerónimo, el mayor erudito bíblico de la época, conocedor del hebreo, el griego y el latín, la traducción completa de la Biblia al latín. Esta traducción, conocida como la Vulgata, se completó alrededor del año 405 d.C. y se convirtió durante siglos en la versión oficial de la Iglesia, base de todas las traducciones posteriores en Occidente.
El Concilio de Hipona (393 d.C.) ratificó la lista de libros canónicos, aceptando los 73 libros de la tradición cristiana.
El Concilio de Cartago (397 d.C.) confirmó y reafirmó ese mismo canon, cerrando el debate sobre qué libros pertenecían a la Escritura inspirada.
Ambos concilios contaron con la participación y el influjo de San Agustín de Hipona, el teólogo más influyente de la época, quien apoyó explícitamente la inclusión de los libros deuterocanónicos.
El Concilio de Trento (1545-1563) reafirmó solemnemente el canon completo de 73 libros como respuesta a la Reforma Protestante, que había comenzado a eliminar libros de la Escritura.
La conclusión histórica es ineludible: fue la Iglesia Católica, a través de sus concilios y su Magisterio, quien determinó qué libros son Palabra de Dios.
IV. Los libros deuterocanónicos: ¿por qué los protestantes los eliminaron?
La Biblia católica tiene 73 libros; la protestante tiene 66. La diferencia son los 7 libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento: Tobías, Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico (Sirácida) y Baruc, más algunas adiciones a Ester y Daniel.
Estos libros no fueron inventados por la Iglesia Católica en la Edad Media. Formaban parte de la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento realizada en el siglo III a.C., que era la versión de las Escrituras usada por los apóstoles, por los primeros cristianos y citada con frecuencia en el propio Nuevo Testamento.
De hecho, de las aproximadamente 300 citas del Antiguo Testamento que aparecen en el Nuevo Testamento, la gran mayoría provienen de la versión griega de la Septuaginta, que incluía los libros deuterocanónicos.
¿Quién los eliminó y por qué?
Martín Lutero, en el siglo XVI, decidió basar el canon del Antiguo Testamento en el canon hebreo rabínico de Jamnia (fijado aproximadamente en el año 90 d.C.), que no incluía los deuterocanónicos. La razón no fue exclusivamente teológica: algunos de esos libros, especialmente 2 Macabeos, contenían enseñanzas que contradecían sus nuevas doctrinas.
2 Macabeos 12,43-46 enseña la utilidad de orar por los difuntos:
“Hizo además una colecta… y la mandó a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado, obrando muy bien y noblemente, pensando en la resurrección. Pues si no esperara que los soldados caídos habían de resucitar, habría sido superfluo e inútil orar por los muertos.”
Este texto respalda directamente la doctrina católica del Purgatorio y la oración por los difuntos. Lutero, que rechazaba el Purgatorio, resolvió el problema eliminando el libro. Es decir: no se eliminaron libros porque se demostrara que no eran inspirados, sino porque contradecían una doctrina nueva.
Además, Lutero llegó a cuestionar libros del Nuevo Testamento: llamó a la Epístola de Santiago “epístola de paja” porque contradecía su doctrina de la justificación solo por la fe (cf. Sant 2,24). Sus discípulos mantuvieron Santiago en el canon, pero el episodio revela el peligro de la interpretación privada: cuando la Escritura contradice la propia doctrina, la solución no puede ser eliminar la Escritura.
V. La Biblia Reina-Valera: una Biblia hecha por apóstatas
La traducción más usada en el mundo protestante hispano tiene una historia que sus usuarios raramente conocen.
Casiodoro de Reina (1569) era un fraile español que abandonó la Iglesia Católica y huyó de España para escapar de la Inquisición. Su traducción excluyó los libros deuterocanónicos siguiendo el modelo protestante. Cipriano de Valera (revisión de 1602) era otro exmonje español convertido al protestantismo, conocido por su virulenta propaganda anticatólica.
La ironía es notable: millones de personas usan esta Biblia, traducida por hombres que abandonaron la Iglesia que preservó las Escrituras durante siglos, para argumentar contra esa misma Iglesia.
VI. La Iglesia existió antes que la Biblia escrita
Este punto es quizás el más importante de todo el debate:
La Iglesia no nació de la Biblia. La Biblia nació de la Iglesia.
La Iglesia predicó el Evangelio, celebró los sacramentos, bautizó, perdonó pecados y transmitió la fe durante décadas antes de que existiera un Nuevo Testamento escrito. Cuando los apóstoles escribieron sus cartas y evangelios, lo hacían dentro de la Iglesia y para la Iglesia. Fue esa misma Iglesia quien, guiada por el Espíritu Santo, reconoció cuáles escritos eran inspirados y cuáles no.
Marcos 3,13-14 — Jesús funda una comunidad, no una biblioteca
“Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso… Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar.”
Jesús no dice: “aquí tienes un libro, interprétalo como quieras.” Llama personas, las forma, les da autoridad y las envía. La transmisión de la fe es personal, comunitaria y apostólica antes de ser textual.
Juan 5,39-40 — Las Escrituras señalan a Cristo, no se bastan a sí mismas
“Ustedes escudriñan las Escrituras pensando que encontrarán en ellas la vida eterna, y justamente ellas dan testimonio de mí. Sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener vida.”
Jesús advierte contra un biblicismo sin Cristo: es posible leer la Escritura entera y perder a Cristo. Las Escrituras son el mapa; Cristo presente en su Iglesia y en los sacramentos es el destino.
1 Timoteo 3,15 — La Iglesia es columna y fundamento de la verdad
“Para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad.”
Pablo no dice que la Biblia sea la columna de la verdad, aunque la Biblia sea Palabra de Dios. Dice que lo es la Iglesia. Es la Iglesia quien custodia, interpreta y transmite la verdad revelada, de la cual la Escritura es parte esencial.
VII. La advertencia de Pedro: no toda interpretación es válida
2 Pedro 1,20
“Entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada.”
2 Pedro 3,16-17
“Entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición. Así que vosotros, oh amados, guardaos, no sea que, arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza.”
Pedro, inspirado por el Espíritu Santo, advierte que la interpretación privada de la Escritura puede conducir a la perdición. Esta advertencia no es contra leer la Biblia, sino contra leerla sin la guía de la Iglesia apostólica. La proliferación de más de treinta mil denominaciones protestantes, todas con la misma Biblia y doctrinas contradictorias, es la consecuencia histórica más elocuente de ignorar esta advertencia.
VIII. La continuidad histórica como argumento
Un argumento frecuentemente ignorado en este debate es el de la continuidad histórica. La Iglesia Católica puede rastrear su historia de manera ininterrumpida desde Cristo y los apóstoles hasta hoy:
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Posee las tumbas de San Pedro y San Pablo en Roma.
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Conserva las reliquias de los apóstoles y los mártires de los primeros siglos.
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Tiene basílicas construidas en el siglo IV que siguen en uso litúrgico: la Basílica de San Juan de Letrán, la Basílica de Santa María la Mayor, la Basílica de San Pablo Extramuros.
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Sufrió la persecución del Imperio Romano durante tres siglos, mucho antes de que existiera cualquier denominación protestante.
Mateo 5,11
“Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias.”
Los mártires de los primeros siglos eran católicos. La persecución que sufrieron es un signo de autenticidad que las denominaciones protestantes, nacidas en el siglo XVI en contextos de libertad religiosa, no pueden reclamar.
Como observó el apologeta Tertuliano ya en el siglo II: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos.” Esa sangre fue derramada por los miembros de la Iglesia Católica.
Conclusión
La historia de la Biblia no puede separarse de la historia de la Iglesia que la produjo. Quien acepta la Biblia y rechaza a la Iglesia Católica acepta el fruto y rechaza el árbol que lo dio.
Los hechos históricos son claros:
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Fue la Iglesia Católica quien, a través de sus concilios, determinó qué libros son Palabra de Dios.
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Fue San Jerónimo, por encargo del Papa San Dámaso I, quien tradujo la Biblia al latín y la puso al alcance del mundo occidental.
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Fueron los reformadores protestantes del siglo XVI quienes, por primera vez en la historia cristiana, eliminaron 7 libros del Antiguo Testamento que habían sido reconocidos como inspirados durante más de mil años.
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Es la Biblia Reina-Valera, traducida por exmonjes que abandonaron la Iglesia, la que usan muchos protestantes para cuestionar a esa misma Iglesia.
Como escribió San Agustín, uno de los más grandes intérpretes de la Escritura de todos los tiempos: “Yo no creería en el Evangelio si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia Católica.”
No porque la Iglesia esté por encima del Evangelio, sino porque fue la Iglesia la que nos entregó el Evangelio, lo custodió y lo transmitió intacto a lo largo de veinte siglos.