El Papa
Introducción
Pocas instituciones generan tanto rechazo entre los protestantes como el papado. Las objeciones son conocidas: “Jesús nunca instituyó un papa”, “Pedro no fue obispo de Roma”, “el primado es una invención del siglo IV”, “ningún apóstol se sometió a Pedro”.
Pero un examen honesto de la Escritura y de la historia de los primeros siglos muestra otra cosa: Cristo puso a Pedro como fundamento visible de su Iglesia, le dio una autoridad única entre los apóstoles, y esa autoridad se reconoció desde muy pronto en los obispos de Roma, sus sucesores. El papado no es una traición al Evangelio, sino una consecuencia de lo que Cristo quiso para su Iglesia.1
I. “Tú te llamarás Cefas”
«Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas”, que quiere decir “Piedra”.» — Juan 1,42
En la Biblia, cuando Dios cambia el nombre de alguien, le da una misión: Abram pasa a ser Abraham, “padre de multitudes”, y Jacob pasa a ser Israel. Desde el primer encuentro, Jesús le cambia el nombre a Simón y lo llama Kefa, “Piedra”, un nombre que nadie usaba antes como nombre propio. Su misión estaba decidida desde el principio.
II. “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”
«Díceles él: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” Simón Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” Replicando Jesús le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”» — Mateo 16,15-18
La objeción protestante clásica es que en griego Pedro se dice Petros, que sería una piedra pequeña, mientras que “piedra” se dice petra, una roca grande. Por tanto, la roca no sería Pedro, sino su fe o Cristo mismo.
Pero Jesús hablaba arameo, y en arameo no hay diferencia: la misma palabra, Kefa, sirve para las dos. Lo que Jesús dijo fue: “Tú eres Kefa, y sobre esta kefa edificaré mi Iglesia”. La diferencia en griego se debe solo a que petra es una palabra femenina y no podía usarse como nombre de un varón. Por eso Pablo, que conocía el arameo, sigue llamándolo “Cefas” (Gál 1,18; 1 Cor 15,5).
La estructura de la frase también es clara: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra”. Es un juego de palabras que identifica a Pedro con la piedra. Así lo entendieron Tertuliano, san Cipriano y san León Magno. Otros Padres subrayan que la roca es la fe que Pedro confesó, y san Agustín ofrece las dos lecturas. Pero no son lecturas opuestas: Cristo edifica su Iglesia sobre Pedro, el que confiesa la fe. La persona y su confesión van juntas.2
III. Las llaves del Reino
«A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» — Mateo 16,19
«Aquel día llamaré a mi siervo Elyaquim, hijo de Jilquías… Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá.» — Isaías 22,20.22
Jesús usa una imagen que sus oyentes judíos reconocían. En el reino de David, las llaves eran el símbolo del mayordomo del palacio, el primer ministro, que gobernaba en nombre del rey. Isaías describe el momento en que ese cargo pasa de Sebna a Elyaquim. Las llaves, por tanto, no eran un privilegio personal, sino un oficio que pasaba de uno a otro.
Cristo, el Rey de la casa de David, entrega las llaves de su Reino a Pedro. Pedro gobierna en nombre de Cristo mientras el Rey está en el cielo.3 El poder de “atar y desatar” se da después a todos los apóstoles juntos (Mt 18,18), pero las llaves solo se le dan a Pedro.
IV. “Confirma a tus hermanos”
«Simón, Simón, mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» — Lucas 22,31-32
En el texto griego, Satanás quiere zarandear a todos (“cribaros”, en plural), pero Jesús ora especialmente por Pedro (“por ti”, en singular). Y le encarga una misión: “confirma a tus hermanos”. Pedro no es uno más: es quien debe sostener la fe de los demás. Esta es la misión que la Iglesia reconoce en el sucesor de Pedro.4
V. “Apacienta mis ovejas”
«Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón de Juan, ¿me amas más que estos?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero.” Le dice Jesús: “Apacienta mis corderos.” … “Pastorea mis ovejas.” … “Apacienta mis ovejas.”» — Juan 21,15-17
Pedro había negado a Jesús tres veces, y Jesús le pide tres veces una profesión de amor y le confía tres veces su rebaño. No le dice “cuida de algunas ovejas”, sino “mis ovejas”: todo el rebaño de Cristo. Y los verbos significan alimentar y también pastorear, es decir, guiar y gobernar. Es una misión pastoral universal.5
VI. Pedro en la Iglesia naciente
«Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro…» — Mateo 10,2
En todas las listas de apóstoles del Nuevo Testamento, Pedro aparece el primero, y Judas el último (Mt 10,2-4; Mc 3,16-19; Lc 6,14-16; Hch 1,13). Mateo lo dice expresamente: “primero, Simón”. Y el libro de los Hechos confirma ese lugar:
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Es quien propone elegir al sustituto de Judas (Hch 1,15).
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Predica en Pentecostés, y se convierten tres mil personas (Hch 2,14.41).
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Ejerce la autoridad ante Ananías y Safira (Hch 5,1-11).
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Los enfermos buscan que al menos su sombra los toque (Hch 5,15).
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Recibe la visión que abre la Iglesia a los paganos y bautiza a Cornelio (Hch 10).
«Después de una larga discusión, Pedro se levantó y les dijo… Toda la asamblea calló.» — Hechos 15,7.12
En el Concilio de Jerusalén, Pedro interviene con autoridad y su palabra calma la discusión. Después habla también Santiago, que como responsable de la Iglesia de Jerusalén propone las disposiciones concretas (Hch 15,13-21). Así funciona la Iglesia desde el principio: Pedro con los demás apóstoles, en comunión, no por encima de ellos ni sin ellos.6
VII. “Me enfrenté con él cara a cara”
«Mas, cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión.» — Gálatas 2,11
Los protestantes usan este texto para decir que Pedro no tenía una autoridad especial, ya que Pablo lo corrigió. Pero lo que Pablo le reprocha no es su doctrina, sino su conducta: Pedro se apartaba de comer con los cristianos venidos del paganismo por miedo a los judíos (Gál 2,12). Pedro sabía lo que estaba bien, y él mismo lo había defendido (Hch 10 y 15), pero no fue coherente.
La autoridad de Pedro no significa que fuera perfecto. La Iglesia nunca ha enseñado que el Papa no pueda pecar o equivocarse en su conducta. Un rey puede actuar mal sin dejar de ser rey. Y años después, Pedro llama a Pablo “nuestro querido hermano” (2 Pe 3,15): la corrección no rompió la comunión.
VIII. Pedro en Roma
«Os saluda la que está en Babilonia, elegida como vosotros, así como mi hijo Marcos.» — 1 Pedro 5,13
Algunos objetan que la Biblia no dice que Pedro estuviera en Roma. Pero en el siglo I, “Babilonia” era el nombre en clave de Roma, la gran ciudad que dominaba el mundo y perseguía al pueblo de Dios, como en el Apocalipsis (Ap 17-18). Pedro escribe desde “Babilonia”, es decir, desde Roma, con Marcos a su lado.
Los testimonios antiguos son numerosos:
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San Clemente de Roma (hacia el año 96) recuerda el martirio de Pedro y de Pablo como ejemplos cercanos. Además, interviene con autoridad en un conflicto de la Iglesia de Corinto.
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San Ignacio de Antioquía (hacia el año 107) escribe a la Iglesia de Roma: “No os doy órdenes como Pedro y Pablo”. Da por supuesto que ambos enseñaron allí. Y llama a esa Iglesia “la que preside en la caridad”.
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Gayo, un presbítero romano (hacia el año 200), dice que puede mostrar los “trofeos”, es decir, las tumbas, de los apóstoles: el de Pedro en el Vaticano y el de Pablo en la vía Ostiense.
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San Ireneo de Lyon (hacia el año 180) enumera uno por uno los obispos de Roma desde Pedro, y afirma que toda Iglesia debe concordar con la de Roma por su origen más excelente.
Ningún autor antiguo niega que Pedro muriera en Roma. En el siglo XX, las excavaciones bajo la Basílica de San Pedro encontraron la tumba venerada desde el siglo I, y en 1968 san Pablo VI anunció que los restos hallados podían identificarse como los de Pedro.7
IX. La sucesión: el oficio continúa
«Que otro ocupe su cargo… Echaron suertes y la suerte cayó sobre Matías, que fue agregado al número de los doce apóstoles.» — Hechos 1,20.26
Cuando Judas muere, otro ocupa su “cargo” (episkopé). El oficio no muere con la persona. Si el primado de Pedro fue un oficio que Cristo estableció para su Iglesia, y no solo un privilegio personal, debía continuar en sus sucesores, como las llaves de Elyaquim pasaban de un mayordomo a otro.
«Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» — Mateo 28,20
Los apóstoles murieron en el siglo I, pero la promesa de Cristo es “hasta el fin del mundo”. Esa promesa se cumple en sus sucesores: los obispos, en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma.8
X. La infalibilidad: qué es y qué no es
Es quizá la doctrina más malentendida del catolicismo.
Lo que no es:
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No significa que el Papa no pueda pecar.
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No significa que todas sus opiniones sean infalibles.
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No se aplica a la ciencia, la política ni los asuntos temporales.
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No pone al Papa por encima de la Escritura ni de la Tradición.
Lo que sí es: cuando el Papa, como pastor de toda la Iglesia, define de modo solemne y definitivo (ex cathedra) una doctrina de fe o de moral, el Espíritu Santo lo preserva del error. Estas definiciones son muy pocas: los ejemplos más citados son la Inmaculada Concepción (1854) y la Asunción (1950).9
Esta enseñanza se apoya en las promesas de Cristo: que su Iglesia no será vencida (Mt 16,18), que el Espíritu la guiará hasta la verdad completa (Jn 16,13) y que la fe de Pedro no desfallecerá para confirmar a sus hermanos (Lc 22,32). Si la Iglesia no puede caer en el error sobre la fe, necesita a alguien que, en los momentos decisivos, pueda decir con certeza cuál es la fe de la Iglesia.
XI. Al servicio de la Palabra
El papado no pone una autoridad humana por encima de la Palabra de Dios. El Concilio Vaticano I enseñó que el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para revelar una doctrina nueva, sino para custodiar y exponer fielmente la revelación transmitida por los apóstoles. Y el Vaticano II lo dice con claridad: el Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio.10
El Papa no inventa doctrinas: custodia, interpreta y defiende lo que Dios ha revelado. Es el guardián del depósito de la fe, no su dueño.
Conclusión
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Jesús le cambió el nombre a Simón y lo llamó “Piedra” (Jn 1,42).
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Sobre él edificó su Iglesia y a él le dio las llaves del Reino, un oficio que pasa de uno a otro (Mt 16,18-19; Is 22,22).
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Oró especialmente por su fe y le encargó confirmar a sus hermanos (Lc 22,32).
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Le confió el cuidado de todo su rebaño (Jn 21,15-17).
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Pedro es el primero en todas las listas y en la vida de la Iglesia naciente (Mt 10,2; Hch 1-15).
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Murió en Roma, y desde el siglo I la Iglesia de Roma fue reconocida como la sede de sus sucesores.
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La infalibilidad no es impecabilidad: es la garantía de que la Iglesia no se apartará de la fe.
No es lo mismo un monarca que manda a su antojo que un mayordomo que gobierna en nombre de su Señor. El Papa se llama a sí mismo “siervo de los siervos de Dios”, un título que usó san Gregorio Magno. Es el servidor de la unidad de la Iglesia. Por eso san Juan Pablo II invitó a los demás cristianos a buscar juntos un modo de ejercer el primado que sirva mejor a la unidad de todos los discípulos de Cristo.11
“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18). Esa promesa no ha caducado: se renueva en cada sucesor de Pedro que, apoyado no en su propia fuerza, sino en la oración de Cristo, confirma a sus hermanos en la fe.
Notas bibliográficas
1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 552-553 y 880-882. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium (1964), n. 18-23.
2 CEC, n. 424 y 552. Tertuliano, Sobre la prescripción de los herejes, 22. San Cipriano, Sobre la unidad de la Iglesia, 4. San León Magno, Sermón 4, 2. San Agustín, Retractaciones, I, 21, 1.
3 CEC, n. 553.
4 CEC, n. 552. Concilio Vaticano I, Constitución Pastor aeternus (1870), cap. 4: H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 3070-3071.
5 CEC, n. 553 y 881.
6 Lumen gentium, n. 22, sobre el colegio de los obispos unido al sucesor de Pedro.
7 San Clemente de Roma, Carta a los Corintios, 5, 4. San Ignacio de Antioquía, Carta a los romanos, saludo inicial y 4, 3. Gayo, citado por Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica, II, 25, 7. San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, III, 3, 2-3. Tertuliano, Sobre la prescripción de los herejes, 36. San Cipriano, Carta 59, 14. San Pablo VI, audiencia general del 26 de junio de 1968.
8 CEC, n. 861-862 y 882. Lumen gentium, n. 20.
9 Concilio Vaticano I, Pastor aeternus, cap. 4: Denzinger-Hünermann, n. 3074. Lumen gentium, n. 25. CEC, n. 889-892.
10 Pastor aeternus, cap. 4: Denzinger-Hünermann, n. 3070. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum (1965), n. 10. CEC, n. 86.
11 San Juan Pablo II, encíclica Ut unum sint (1995), n. 88-96.