La Santidad y los Santos

La Santidad y los Santos

Introducción

Uno de los puntos de mayor tensión entre católicos y protestantes es la veneración de los santos. Los protestantes argumentan que orar a los santos es idolatría, que los muertos no pueden interceder por los vivos y que la Biblia no enseña nada semejante. La Iglesia Católica, en cambio, afirma que los santos son hermanos que viven en la presencia de Dios y que su intercesión es una extensión natural de la oración fraterna que la misma Biblia prescribe.

¿Quién tiene razón? La respuesta requiere examinar qué entiende la Biblia por “santo”, si los difuntos en Cristo están realmente vivos, y si la intercesión de los que están con Dios tiene base escriturística.


I. ¿Qué significa “santo” en la Biblia?

El primer malentendido que hay que despejar es qué significa “santo”. En el lenguaje popular protestante, “santo” es un título reservado a figuras extraordinarias o declaradas oficialmente por la Iglesia. Pero en el Nuevo Testamento, la palabra tiene un uso mucho más amplio.

2 Corintios 1,1

“Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a la iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya.”

Filipenses 1,1

“Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos.”

Pablo llama “santos” a los creyentes ordinarios de Corinto y Filipos. No eran figuras históricas excepcionales: eran los miembros corrientes de aquellas comunidades. La palabra griega hagios —santo— significa consagrado, apartado para Dios. Todo bautizado es, en ese sentido, santo: pertenece a Dios.

Esto significa que la Iglesia no “crea” santos de la nada: declara que ciertas personas que vivieron en plena santidad, cuya fe fue verificada por señales, están efectivamente en la presencia de Dios. La canonización no es una invención: es un discernimiento.

1 Tesalonicenses 3,13

“Para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos.”

Cristo vendrá “con todos sus santos”. ¿De dónde vienen esos santos que lo acompañan? De la presencia de Dios. Son los que ya completaron su peregrinación terrena y viven con Él. La Escritura reconoce explícitamente que hay santos en el cielo.


II. Los santos en el cielo: ¿están vivos o muertos?

La objeción protestante más frecuente es: “Los muertos no pueden oír ni interceder; están dormidos esperando la resurrección.” Pero la Escritura dice algo muy diferente.

Mateo 22,31-32 — Dios es Dios de vivos, no de muertos

“Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.”

Jesús mismo afirma que Abraham, Isaac y Jacob —fallecidos siglos antes— están vivos ante Dios. No están dormidos, no están en el vacío: están vivos. Si los patriarcas del Antiguo Testamento están vivos ante Dios, con mayor razón los que murieron en Cristo bajo la Nueva Alianza.

Lucas 23,43 — El paraíso inmediato

“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.”

Jesús no dice “dormirás hasta la resurrección”: dice “hoy”. El ladrón estaría ese mismo día en el paraíso —en la presencia de Cristo—. Los que mueren en Cristo no entran en un sueño inconsciente: entran en comunión con Dios.

Filipenses 1,21-23 — Morir es estar con Cristo

“Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia… Teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor.”

Pablo no dice “morir es esperar inconscientemente la resurrección.” Dice que morir es estar con Cristo, y que eso es “muchísimo mejor”. Los santos difuntos están con Cristo, conscientes, en su presencia.

Apocalipsis 6,9-10 — Los mártires claman ante el altar

“Vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la Palabra de Dios… y clamaban a gran voz.”

Los mártires del cielo no están dormidos ni inconscientes: están clamando, hablando, interactuando. Están plenamente vivos en la presencia de Dios, y sus palabras llegan ante el trono celestial.


III. Los santos interceden en el cielo: testimonio del Apocalipsis

Apocalipsis 5,8 — Los santos presentan oraciones ante el Cordero

“Los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos.”

Apocalipsis 8,3-4 — Las oraciones de los santos suben ante Dios

“Y otro ángel vino y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos… Y de la mano del ángel subió a Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos.”

Estos dos textos del Apocalipsis son decisivos. En el cielo, las oraciones de los santos —es decir, de los creyentes— son recogidas y presentadas ante el trono de Dios. Los que están ante ese trono —los veinticuatro ancianos, figura de los redimidos— participan activamente en ese proceso de intercesión.

Pedir a los santos del cielo que intercedan por nosotros no es diferente, en su lógica, de pedirle a un amigo vivo que ore por uno. La diferencia es que los santos del cielo ven a Dios cara a cara, su amor por nosotros es perfecto y su intercesión es perfectamente unida a la de Cristo.


IV. El precedente del Antiguo Testamento: Dios mismo pidió intercesión

Ya lo vimos en el tema de la intercesión, pero merece recordarse aquí:

Job 42,8

“Id a mi siervo Job, y ofreced holocausto por vosotros, y mi siervo Job orará por vosotros; porque de cierto a él atenderé para no trataros afrentosamente.”

Dios mismo le dice a los amigos de Job: “Id a Job y pedid que ore por vosotros.” No dice: “Orad directamente a mí y no paséis por Job.” El Señor establece la intercesión de sus siervos como canal de su gracia. Si esto ocurrió en el Antiguo Testamento con Job vivo, ¿por qué no podría ocurrir con los santos que ahora viven en la presencia perfecta de Dios?

2 Macabeos 15,12-14 — Un difunto intercede por Israel

“[Judas] vio en visión a Onías… que oraba con las manos extendidas por todo el pueblo judío. Después vio a otro hombre… Y Onías dijo: Este es el que ama a sus hermanos y ora mucho por el pueblo y por la ciudad santa: el profeta Jeremías.”

En este texto, Jeremías —ya fallecido— aparece intercediendo por Israel. Esta visión no es condenada en el texto: es presentada como un consuelo divino para Judas Macabeo antes de la batalla. La intercesión de los difuntos justos por los vivos es bíblica y antigua.


V. La Iglesia: una sola, santa, esposa del Cordero

Los santos no son individuos aislados: son miembros del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Comprender la santidad de los santos requiere comprender qué es la Iglesia.

Efesios 5,23-32 — Cristo y la Iglesia, esposo y esposa

“Cristo es cabeza de la Iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador… Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos… Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia.”

La Iglesia no es una organización humana: es el cuerpo y la esposa de Cristo. Esta imagen nupcial es fundamental en el Nuevo Testamento. El amor de Cristo por la Iglesia es el modelo de todo amor conyugal, y la unión entre Cristo y su Iglesia es indisoluble.

Colosenses 1,18 — Cristo, cabeza de la Iglesia

“Él es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia.”

No se puede separar a Cristo de su Iglesia. Quien acepta a Cristo debe aceptar su cuerpo —la Iglesia—. Quien rechaza la Iglesia está rechazando algo que Cristo amó hasta entregar su vida por ella (Ef 5,25).

1 Corintios 12,12

“Así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.”

Hay un solo cuerpo: no varios cuerpos paralelos, no miles de denominaciones igualmente válidas. La unidad del cuerpo refleja la unicidad de Cristo. Los santos —tanto en la tierra como en el cielo— son miembros de ese único cuerpo.

Apocalipsis 19,7-9 — Las bodas del Cordero

“Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos.”

La esposa del Cordero —la Iglesia— se presenta ante Cristo vestida con las acciones justas de los santos. Los santos no son decoración: son la sustancia de lo que la Iglesia ofrece a su Señor en el día nupcial. Su santidad no es solo personal: es el tejido de la esposa.


VI. Babilonia la Grande: lo que no es la Iglesia Católica

Apocalipsis 17,5-6

“Y en su frente un nombre escrito, un misterio: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA. Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús.”

Algunos protestantes y grupos anticatólicos identifican a la Iglesia Católica con la “Gran Ramera” o “Babilonia la Grande” del Apocalipsis. Este es un argumento serio que merece una respuesta seria.

La Gran Babilonia del Apocalipsis se caracteriza por:

  • Estar ebria de la sangre de los santos y los mártires de Jesús (Ap 17,6).

  • Ser habitación de demonios (Ap 18,2).

  • Haber perseguido y matado a profetas y santos (Ap 18,24).

Ahora bien, apliquemos estos criterios con honestidad histórica:

¿Quién tiene la sangre de los santos? La Iglesia Católica tiene las tumbas de los apóstoles y los mártires de los primeros siglos. Esos mártires murieron bajo el Imperio Romano, no bajo la Iglesia. Los propios apóstoles —Pedro, Pablo, Andrés, Bartolomé, Tomás— murieron por su fe antes de que existiera ninguna estructura institucional postconstantiniana.

¿Quién persiguió a los santos en los primeros siglos? El Imperio Romano pagano. Nerón, Domiciano, Decio, Diocleciano. Fue ese Imperio —pagano, no cristiano— el que derramó la sangre de los mártires.

¿En qué contexto histórico se escribió el Apocalipsis? En tiempos de la persecución romana bajo Domiciano, hacia el año 95 d.C. La mayoría de los exégetas serios —incluyendo muchos protestantes— identifican a Babilonia con Roma pagana del siglo I, con su idolatría, su persecución de los cristianos y su dominio imperial sobre el mundo conocido.

Apocalipsis 18,20

“Alégrate sobre ella, cielo, y vosotros, santos, apóstoles y profetas; porque Dios os ha hecho justicia en ella.”

Dios hace justicia en favor de los santos, apóstoles y profetas contra Babilonia. Si la Iglesia Católica fuera Babilonia, estaría persiguiendo a los apóstoles. Pero son precisamente los apóstoles y sus sucesores los que constituyen la Iglesia.

Además, una Iglesia que llevó el Evangelio a todos los continentes, que produjo santos como Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Madre Teresa, que conservó las Escrituras durante siglos, que edificó hospitales, universidades y centros de caridad en todo el mundo, difícilmente se ajusta al retrato de una entidad “ebria de la sangre de los santos.”


VII. La comunión de los santos: una sola Iglesia, tierra y cielo unidos

La Iglesia Católica enseña la Comunión de los Santos: la unidad entre los creyentes de la tierra (Iglesia militante), los que se purifican (Iglesia purgante) y los que ya gozan de Dios (Iglesia triunfante). No son tres iglesias separadas: son los tres estados del único cuerpo de Cristo.

Hebreos 12,1 — Rodeados de una nube de testigos

“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.”

Los santos del cielo no son espectadores pasivos: son testigos que nos rodean. La imagen es la de un estadio donde los que ya terminaron la carrera alientan a los que aún corren. No estamos solos en nuestra peregrinación: estamos acompañados por todos los que nos precedieron en la fe.

Hebreos 11 — La nube de testigos tiene nombres

El capítulo 11 de Hebreos es el “gran elogio de la fe”, donde se mencionan por nombre a Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, Isaac, Jacob, Moisés, Rahab, Gedeón, Sansón, David y los profetas. Todos ellos son esa “nube de testigos” del capítulo 12. La Iglesia Católica no inventó la idea de honrar a los que vivieron en fe heroica: la encontró en la propia Carta a los Hebreos.


Conclusión

La doctrina de los santos no es una invención medieval ni una contaminación pagana: es una enseñanza profundamente bíblica que responde a preguntas fundamentales sobre la vida, la muerte y la comunión en Cristo.

La Biblia enseña con claridad que:

  • Todos los bautizados son llamados a la santidad y son, en ese sentido, “santos” (2 Cor 1,1; Flp 1,1).

  • Los que murieron en Cristo están vivos ante Dios (Mt 22,32; Flp 1,23; Ap 6,9-10).

  • En el cielo, los santos presentan oraciones ante el trono de Dios (Ap 5,8; 8,3-4).

  • Dios mismo pidió la intercesión de sus siervos en el Antiguo Testamento (Job 42,8).

  • Cristo vendrá con todos sus santos (1 Tes 3,13) y la Iglesia es su esposa preparada con las acciones justas de esos santos (Ap 19,8).

  • Estamos rodeados de una nube de testigos que ya completaron la carrera (Heb 12,1).

Venerar a los santos no es adorarlos: es honrar a quienes Dios mismo honró, pedir la intercesión de quienes viven en su presencia y recordar que la Iglesia no termina en la muerte, sino que abraza el cielo y la tierra en la comunión del único cuerpo de Cristo.

“Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero” (Ap 19,9). Los santos son los que ya están sentados en esa mesa. Nosotros caminamos hacia ella, ayudados por su intercesión y animados por su ejemplo.