Pestañas abiertas

1 abierta

    Los Santos

    Introducción

    Uno de los puntos de mayor tensión entre católicos y protestantes es la veneración de los santos. Muchos protestantes piensan que honrarlos es idolatría, que los muertos no pueden interceder por los vivos y que la Biblia no enseña nada parecido. La Iglesia católica, en cambio, enseña que los santos son hermanos nuestros que viven en la presencia de Dios, y que honrarlos y pedir su intercesión es una prolongación natural de la comunión que la Biblia nos enseña.

    Para responder hay que ver tres cosas: qué entiende la Biblia por “santo”, si los que murieron en Cristo están realmente vivos, y por qué los honramos sin adorarlos.

    I. ¿Qué significa “santo”?

    «Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya.» — 2 Corintios 1,1

    «Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los epíscopos y diáconos.» — Filipenses 1,1

    Pablo llama “santos” a los creyentes comunes de Corinto y de Filipos. La palabra griega hágios significa “consagrado”, “apartado para Dios”. Todo bautizado es santo en ese sentido: pertenece a Dios.

    «Así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo.» — 1 Pedro 1,15-16

    Pero la santidad no es solo un regalo recibido en el bautismo: es también una vocación. Todos estamos llamados a ser santos.1 Cuando la Iglesia canoniza a alguien, no lo “fabrica” como santo. Después de examinar su vida y de comprobar que vivió las virtudes de modo heroico, declara con certeza que está en la presencia de Dios y lo propone como modelo e intercesor.2

    II. Los que murieron en Cristo están vivos

    «Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos.» — Mateo 22,31-32

    La objeción más común es que los muertos “duermen” sin conciencia hasta la resurrección. Pero Jesús afirma que Abraham, Isaac y Jacob, muertos siglos antes, están vivos para Dios.

    «Jesús le dijo: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.”» — Lucas 23,43

    Jesús no dice “dormirás hasta la resurrección”, sino “hoy”. Algunos cambian la coma de lugar y leen “Te digo hoy: estarás conmigo…”. Pero en los Evangelios Jesús usa más de setenta veces la expresión “Yo te aseguro” o “En verdad te digo”, y nunca le añade “hoy”. El “hoy” pertenece a la promesa.

    «Pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia… Me siento apremiado por los dos extremos: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor.» — Filipenses 1,21.23

    Para Pablo, morir no es caer en un sueño inconsciente, sino “estar con Cristo”, y eso es “con mucho lo mejor”. Nadie diría que un sueño sin conciencia es mejor que vivir sirviendo a Cristo.

    «Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Se pusieron a gritar con fuerte voz: “¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia?”» — Apocalipsis 6,9-10

    Los mártires del cielo no están dormidos: hablan, claman y se interesan por lo que ocurre en la tierra.

    «Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús.» — 1 Tesalonicenses 4,14

    Los que murieron en Cristo están con Él, y con Él volverán. La Iglesia enseña que las almas de los justos que están completamente purificadas gozan ya de la visión de Dios, antes de la resurrección final.3

    III. Una nube de testigos

    «Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con constancia la prueba que se nos propone.» — Hebreos 12,1

    La imagen es la de un estadio: los que ya terminaron la carrera animan a los que todavía corren. ¿Quiénes son esos testigos? El capítulo anterior los nombra uno por uno: Abel, Henoc, Noé, Abraham, Sara, Moisés, Rahab, Gedeón, David y los profetas (Heb 11). La Iglesia no inventó la costumbre de honrar a quienes vivieron una fe heroica: la encontró en la propia Escritura, que dedica un capítulo entero a su elogio.

    «Acordaos de vuestros dirigentes, que os anunciaron la Palabra de Dios, y considerando el final de su vida, imitad su fe.» — Hebreos 13,7

    «Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo.» — 1 Corintios 11,1

    La Escritura nos pide recordar a quienes nos precedieron en la fe e imitarlos. Eso es exactamente lo que hace la Iglesia con los santos: los recuerda, celebra el día de su muerte y los propone como modelos. Imitarlos es, en el fondo, imitar a Cristo, porque ellos lo imitaron primero.4

    IV. Interceden por nosotros

    «Y cuando lo tomó, los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.» — Apocalipsis 5,8

    En el cielo se presentan ante Dios las oraciones de los creyentes. Si Dios mismo mandó a los amigos de Job que le pidieran que intercediera por ellos (Job 42,8), y si el profeta Jeremías aparece, ya muerto, orando por su pueblo (2 Mac 15,12-14), con mayor razón pueden interceder por nosotros los santos que ven a Dios cara a cara. Pedirles que oren por nosotros es como pedírselo a un amigo, pero a uno que ya está junto a Dios. Este punto se desarrolla en el tema “Un solo Mediador, muchos intercesores”.5

    V. Honrar no es adorar

    Ya en el siglo II los cristianos distinguían entre adorar y venerar. Cuando san Policarpo, obispo de Esmirna y discípulo del apóstol Juan, murió mártir hacia el año 155, la comunidad escribió un relato de su muerte. En él explican que a Cristo lo adoran porque es el Hijo de Dios, y que a los mártires los aman como discípulos e imitadores del Señor. También cuentan que recogieron sus huesos, “más preciosos que piedras preciosas”, y que se reunirían cada año para celebrar el aniversario de su martirio.6

    Eso es lo que la Iglesia sigue haciendo hoy. No adora a los santos, porque la adoración es solo para Dios. Los honra como amigos de Dios, celebra su memoria y pide su intercesión.7 Honrar a los santos no le quita nada a Dios: es alabarlo por lo que hizo en ellos.

    VI. Las reliquias

    «Estaban unos sepultando a un hombre cuando vieron la banda y, arrojando al hombre en el sepulcro de Eliseo, se fueron. Tocó el hombre los huesos de Eliseo, cobró vida y se puso en pie.» — 2 Reyes 13,21

    «Dios obraba por medio de Pablo milagros no comunes, de forma que bastaba aplicar a los enfermos los pañuelos o mandiles que había usado y se alejaban de ellos las enfermedades y salían los espíritus malos.» — Hechos 19,11-12

    La Biblia muestra que Dios ha querido obrar por medio de los restos y los objetos de sus santos: los huesos del profeta Eliseo y los pañuelos de Pablo. No porque esos objetos tengan un poder mágico propio, sino porque Dios honra a quienes le fueron fieles, incluso en lo que dejaron. Las reliquias no se adoran: se veneran como recuerdo de quienes fueron templos del Espíritu Santo y resucitarán gloriosos.8

    VII. Un solo cuerpo en el cielo y en la tierra

    «Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte.» — 1 Corintios 12,26-27

    La Iglesia es un solo cuerpo, y la muerte no separa a sus miembros. La fe católica llama a esto la comunión de los santos: la unión entre los que todavía peregrinamos en la tierra, los que se purifican después de la muerte y los que ya gozan de Dios en el cielo. No son tres Iglesias, sino tres estados del único Cuerpo de Cristo, unidos por el amor.9

    «Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura, el lino son las buenas acciones de los santos.» — Apocalipsis 19,7-8

    La Esposa del Cordero, la Iglesia, se presenta ante Cristo vestida con “las buenas acciones de los santos”. La santidad de cada uno no es solo personal: forma parte del vestido de toda la Iglesia.

    VIII. ¿Es la Iglesia “Babilonia la grande”?

    «En su frente un nombre escrito, un misterio: “La Gran Babilonia, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra.” Y vi que la mujer se embriagaba con la sangre de los santos y con la sangre de los mártires de Jesús.» — Apocalipsis 17,5-6

    Algunos grupos anticatólicos identifican a la Iglesia con esta figura. Su argumento principal es este versículo:

    «Las siete cabezas son siete colinas sobre las que se asienta la mujer… Y la mujer que has visto es la Gran Ciudad, la que tiene la realeza sobre los reyes de la tierra.» — Apocalipsis 17,9.18

    Roma era conocida como “la ciudad de las siete colinas”. Pero el texto dice algo más: es la ciudad que “reina sobre los reyes de la tierra”. Cuando Juan escribe, hacia el año 95, esa ciudad era la Roma imperial y pagana, que perseguía a los cristianos bajo Nerón y Domiciano. Los primeros cristianos ya usaban “Babilonia” como nombre en clave para la Roma imperial: Pedro mismo, escribiendo desde Roma, dice “os saluda la que está en Babilonia” (1 Pe 5,13).10

    «Alégrate por ella, cielo, y vosotros, los santos, los apóstoles y los profetas, porque al condenarla a ella, Dios ha juzgado vuestra causa.» — Apocalipsis 18,20

    Babilonia derramó la sangre de los santos, los apóstoles y los profetas. Pero Pedro y Pablo murieron mártires en Roma, a manos del Imperio. La Iglesia no es la que derramó su sangre, sino la que la conserva: guarda sus tumbas y venera su memoria.

    Esto no significa negar que en la historia de la Iglesia hubo pecados graves cometidos por sus hijos. La Iglesia misma los ha reconocido y ha pedido perdón por ellos, como hizo san Juan Pablo II en el año 2000.11 Pero los pecados de algunos de sus miembros no convierten a la Esposa de Cristo en la Babilonia que la persiguió.

    Conclusión

    • En la Biblia, “santo” es todo bautizado consagrado a Dios, y todos estamos llamados a la santidad (2 Cor 1,1; 1 Pe 1,15-16).

    • Los que murieron en Cristo están vivos y con Él (Mt 22,32; Lc 23,43; Flp 1,23; Ap 6,9-10).

    • La Escritura nos pide recordar e imitar a quienes nos precedieron en la fe (Heb 11-12; Heb 13,7).

    • Los santos interceden por nosotros ante Dios (Ap 5,8).

    • Desde el siglo II, los cristianos adoraban a Cristo y honraban a los mártires.

    • Dios ha obrado incluso por medio de las reliquias de sus santos (2 Re 13,21; Hch 19,11-12).

    • La Iglesia del cielo y la de la tierra forman un solo Cuerpo (1 Cor 12,26-27).

    • La “Babilonia” del Apocalipsis es la Roma imperial que persiguió a los santos, no la Iglesia que los venera.

    Venerar a los santos no es adorarlos: es honrar a quienes Dios mismo honró. No es lo mismo un ídolo que ocupa el lugar de Dios que un hermano que nos señala el camino hacia Él. Los santos no nos apartan de Cristo: son la prueba de lo que Cristo puede hacer en una vida humana. “Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero” (Ap 19,9): los santos ya están sentados a esa mesa. Nosotros caminamos hacia ella, ayudados por su intercesión y animados por su ejemplo.


    Notas bibliográficas

    1 Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 823-825. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium (1964), n. 39-40, sobre la llamada universal a la santidad. Francisco, exhortación apostólica Gaudete et exsultate (2018), n. 6-9.

    2 CEC, n. 828.

    3 CEC, n. 1023. Benedicto XII, constitución Benedictus Deus (1336): H. Denzinger – P. Hünermann, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion symbolorum), Barcelona: Herder, 2017, n. 1000.

    4 CEC, n. 1173 y 2683.

    5 CEC, n. 956, que cita Lumen gentium, n. 49.

    6 Martirio de Policarpo, 17, 3 y 18, 2-3.

    7 CEC, n. 957, que cita Lumen gentium, n. 50. Concilio de Trento, sesión XXV (1563), Decreto sobre la invocación, la veneración y las reliquias de los santos: Denzinger-Hünermann, n. 1821.

    8 CEC, n. 1674. Concilio de Trento, sesión XXV: Denzinger-Hünermann, n. 1822.

    9 CEC, n. 946-959, especialmente el n. 954.

    10 San Agustín, La Ciudad de Dios, XVIII, 2, donde llama a Roma “segunda Babilonia”. Tertuliano, Contra Marción, III, 13.

    11 Comisión Teológica Internacional, Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado (2000). San Juan Pablo II, Jornada del Perdón, homilía del 12 de marzo de 2000.

    Nota

    Cita bíblica

    Catecismo

    Tema

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    Traducción del Nuevo Mundo

    Fuente: Traducción del Nuevo Mundo, edición de estudio (jw.org). Se citan solo los fragmentos que se analizan; […] indica un corte.