La naturaleza del bien

BAC vol. 3

La naturaleza del bien

LA NATURALEZA DEL BIEN Contra los maniqueos

Capítulo I

Dios, bien supremo e inmutable, del cual proceden todos los demás bienes espirituales y corporales

Dios es el supremo e infinito bien, sobre el cual no hay otro: es el bien inmutable y, por tanto, esencialmente eterno e inmortal. Todos los demás bienes naturales tienen en él su origen, pero no son de su misma naturaleza. Lo que es de la misma naturaleza que él no puede ser más que él mismo. Todas las demás cosas, que han sido hechas por él, no son lo que él es. Y puesto que sólo él es inmutable, todo lo que hizo de la nada está sometido a la mutabilidad y al cambio. Es tan omnipotente, que de la nada, es decir, de lo que no tiene ser, puede crear bienes grandes y pequeños, celestiales y terrestres, espirituales y corporales.

Es también sumamente justo. Por eso, lo que sacó de la nada no lo igualó a lo que engendró de su propia naturaleza. De ahí que todos los bienes concretos particulares, lo mismo los grandes que los pequeños, cualquiera que sea su grado en la escala de los seres, tienen en Dios su principio o causa eficiente.

Por otra parte, toda naturaleza, en sí misma considerada, es siempre un bien: no puede provenir más que del supremo y verdadero Dios, porque todos los bienes, los que por su excelencia se aproximan al sumo Bien y los que por su simplicidad se alejan de él, todos tienen su principio en el Bien supremo.

En consecuencia, todo espíritu está sujeto al cambio, y todo cuerpo proviene de Dios, y a espíritu y materia se reduce toda la naturaleza creada. De ahí se sigue necesariamente que toda la naturaleza es espíritu o cuerpo. El espíritu inmutable es Dios. El espíritu sujeto a mutación es una naturaleza creada, aun cuando es superior al cuerpo. A su vez, el cuerpo no es espíritu, si bien en sentido figurado se da al viento el nombre de espíritu, porque, no obstante que nos es invisible, sentimos claramente sus efectos.

Capítulo II

Bastan estos principios para refutar a los maniqueos

Hay hombres que, no comprendiendo que toda naturaleza, espíritu o cuerpo, es esencialmente buena, porque ven cómo el espíritu es víctima de la iniquidad y el cuerpo lo es de la mortalidad o corrupción, tratan de defender que Dios no es el autor ni del espíritu malo ni del cuerpo mortal. Pienso que esto ha de serles útil, ya que admiten que el bien no puede provenir más que del Dios supremo y verdadero, lo cual es una verdad indiscutible, y si ellos se detienen a examinarla en sí misma y en sus consecuencias, basta para sacarlos del error.

Capítulo III

La medida, la belleza y el orden, bienes generales, que se hallan en las criaturas

Nosotros los cristianos católicos adoramos a Dios, de quien proceden todos los bienes, grandes y pequeños: él es el principio de todo modo, grande o pequeño; el principio de toda belleza, grande o pequeña; el principio de todo orden, grande o pequeño.

Todas las cosas son tanto mejores cuanto son más mesuradas, hermosas y ordenadas, y tanto menos bien encierran cuanto son menos mesuradas, hermosas y ordenadas. Estas tres cosas, pues: la medida, la forma y el orden-y paso en silencio otros innumerables bienes que se reducen a éstos-, estas tres cosas, pues: la medida, la belleza y el orden, son como bienes generales, que se encuentran en todos los seres creados por Dios, lo mismo en los espirituales que en los corporales.

Por tanto, Dios está sobre toda medida de la criatura, sobre toda belleza y sobre todo orden, no con superioridad local o espacial, sino con un poder inefable y divino, porque de él procede toda medida, toda belleza, todo orden. Donde se encuentran estas tres cosas en grado alto de perfección, allí hay grandes bienes; donde la perfección de esas propiedades es inferior, inferiores son también los bienes; donde faltan, no hay bien alguno. De la misma manera, donde estas tres cosas son grandes, grandes son las naturalezas; donde son pequeñas, pequeñas o menguadas son también las naturalezas, y donde no existen, no existe tampoco la naturaleza.

De ahí se concluye que toda naturaleza es buena.

Capítulo IV

El mal es la corrupción dla medida, de la belleza y del orden

Por eso, antes de preguntar de dónde procede el mal, es preciso investigar cuál es su naturaleza. Y el mal no es otra cosa que la corrupción de la medida, de la belleza y del orden naturales.

La naturaleza mala es, pues, aquella que está corrompida, porque la que no está corrompida es buena. Pero, aun así corrompida, es buena en cuanto es naturaleza; en cuanto que está corrompida, es mala.

Capítulo V

La naturaleza de un orden superior, aunque esté corrompida, aventaja a toda otra naturaleza de orden inferior, aunque incorrupta

Puede suceder que una naturaleza que ha sido ordenada con mayor perfección en cuanto a la medida y a la belleza naturales, aun estando corrompida, sea mejor que otra incorrupta, pero de orden inferior por su medida y su belleza. Y así ocurre que, por razón de la cualidad que va unida a la presencia exterior, es más apreciado por los hombres el oro deteriorado que la plata, aun cuando no esté deteriorada, y es más estimada la plata deteriorada que el plomo pulido.

Del mismo modo, en el orden de las naturalezas superiores y espirituales, es más excelente el espíritu racional corrompido por la mala voluntad que la substancia irracional incorrupta. Y cualquier espíritu, aunque esté corrompido o viciado, es superior a cualquier cuerpo, aunque éste no haya sufrido corrupción alguna; pues es de mayor prestancia aquella naturaleza que por su condición da la vida a un ser corporal que éste que la recibe. Por muy corrompido que se halle un principio vital creado, siempre puede vivificar al cuerpo, y así por esta cualidad, aunque esté corrompido, es siempre superior en perfección a aquélla, aunque permanezca en su integridad.

Capítulo VI

La naturaleza incorruptible es el sumo bien; la que puede corromperse es un bien relativo

Si la corrupción destruye en las cosas corruptibles todo lo que constituye en ellas la medida, la belleza y el orden, por el mismo hecho destruye o suprime la naturaleza.

De esto se sigue que la naturaleza que es esencialmente incorruptible es Dios.

Y, por el contrario, toda naturaleza sujeta a la corrupción es un bien imperfecto o relativo, ya que la corrupción no puede dañarle más que suprimiendo o disminuyendo la nota o el carácter de bondad que hay en ella.

Capítulo VII

La corrupción de los espíritus racionales es voluntaria o penal

Dios concedió a las criaturas más excelentes, es decir, a los espíritus racionales, que, si ellos quieren, puedan permanecer inmunes de la corrupción, o sea, si se conservan en la obediencia al Señor su Dios, permanecerán unidos a su belleza incorruptible; pero, si no quieren mantenerse en esa dependencia o sumisión, voluntariamente se sujetan a la corrupción del pecado e involuntariamente sufrirán la corrupción en medio de los castigos.

Dios es para nosotros un bien tan grande, que todo redunda en beneficio de quien no se separa de él. Del mismo modo, en el orden de las cosas creadas, la naturaleza racional es un bien tan excelente, que ningún otro bien puede hacerla dichosa, sino Dios. Los pecadores, que por el pecado salieron del orden, entran de nuevo en él mediante la pena. Como este orden no es conforme a su naturaleza, por eso implica la razón de pena o castigo. Se le denomina justicia, porque es lo que le corresponde a la culpa o falta.

Capítulo VIII

La belleza del universo resulta de la corrupción y muerte de los seres inferiores

Las demás cosas, que han sido hechas de la nada y que, ciertamente, son inferiores al espíritu racional, no pueden ser ni felices o dichosas ni infelices. Pero como son buenas en cuanto a su orden y a su belleza y del sumo Bien, es decir, de Dios recibieron la existencia y la bondad, por muy pequeña e insignificante que ésta sea, han sido ordenadas de tal suerte que las más débiles se subordinan a las más fuertes, las más frágiles a las más duraderas, las menos potentes a las más poderosas, y así también lo terreno se armoniza con lo celestial en subordinación de inferior a superior y más excelente.

Dentro del orden temporal hay una cierta belleza relativa en los seres, que aparecen y desaparecen. Así, los que perecen o dejan de ser no desfiguran o perturban la medida, la belleza y orden del conjunto o universales. Sucede aquí lo mismo que en un discurso bien compuesto y elegante, cuya belleza resulta de la sucesión armoniosa de las sílabas y de los sonidos que se van produciendo y desvaneciendo.

Capítulo IX

Institución del castigo para reintegrar al recto orden a la naturaleza transgresora

Es de incumbencia del juicio divino y no del humano fijar o determinar la cualidad o naturaleza y la cuantidad o gravedad de la pena debida o correspondiente a una falta. Cuando se les perdona a los pecadores el castigo que merecen, efecto es de la bondad infinita de Dios; pero no hay iniquidad o injusticia en él si les hiere con el castigo merecido, porque la naturaleza resulta más ordenada cuando sufre justamente en el castigo que cuando se regocija impunemente en el pecado.

No obstante, la naturaleza es siempre buena en cualquier circunstancia en que se encuentre, mientras conserve la medida, la belleza y el orden. Dejará de ser buena si pierde totalmente la medida, la belleza y el orden, porque en ese caso dejará de existir.

Capítulo X

La naturaleza es corruptible, porque fue hecha de la nada

Todas las naturalezas corruptibles en tanto son naturalezas en cuanto que han recibido de Dios el ser; pero no serían corruptibles si hubieran sido formadas de él, porque entonces serían lo que es el mismo Dios. Por consiguiente, sea cualquiera la medida, la belleza y el orden que las constituye, poseen o encierran estos bienes porque fueron creadas por Dios, y si no son inmutables es porque fueron sacadas de la nada. Sería una audacia sacrílega igualar a Dios con la nada, haciendo que lo que procede de Dios sea como lo que procede de la nada.

Capítulo XI

A Dios no se le puede inferir ningún daño, ni puede perjudicarse a otra naturaleza si no lo permite él

Por lo cual, ninguna cosa puede damnificar a Dios en manera alguna, ni se puede perjudicar injustamente a otra cualquiera naturaleza sometida a Dios.

En efecto, si se perjudican unas a otras, les es imputada como culpable la voluntad injusta.

Mas la capacidad de causar daño es también obra de Dios, que, aun ignorándolo ellos, conoce los castigos que merecen aquellos a quienes él permite llegar a obrar mal.

Capítulo XII

Todos los bienes proceden de Dios

Si nuestros adversarios, al admitir la existencia de una naturaleza que no ha sido creada por Dios, quisieran reflexionar sobre estas consideraciones, tan claras y ciertas, no abundarían en blasfemias tan horribles cuales son el atribuir al sumo mal tantos bienes y a Dios tantos males.

Como he indicado antes, bastaría para corregir su error que quisieran darse cuenta -y la verdad les obliga o fuerza a confesarlo- de que el bien no puede proceder sino de Dios. Es absurdo que los grandes bienes provengan de un principio y de otro distinto los pequeños; pues unos y otros, grandes y pequeños, tienen su origen en el sumo y soberano Bien, que es Dios.

Capítulo XIII

Dios es el principio de todos los bienes en particular, grandes y pequeños

Enumeremos cuantos bienes nos sea posible y que dignamente podamos atribuirlos a Dios como a su autor, y veamos si fuera de ellos queda alguna naturaleza.

Toda vida, sea grande o pequeña; todo poder, sea grande o pequeño; toda salud, sea grande o pequeña; toda memoria, grande o pequeña; toda fuerza, grande o pequeña; todo entendimiento, grande o pequeño; toda tranquilidad, grande o pequeña; toda riqueza, grande o pequeña; todo sentimiento, grande o pequeño; toda luz, grande o pequeña; toda suavidad, grande o pequeña; toda medida, grande o pequeña; toda belleza, grande o pequeña; toda paz, grande o pequeña, y si hay algún otro bien semejante a éstos, y principalmente los que se encuentran en todas las cosas, lo mismo en las espirituales que en las corporales; toda medida, toda belleza, todo orden, sea grande o pequeño; todo ello solamente puede provenir de Dios.

Si alguno quisiera abusar de estos bienes, sufrirá el castigo impuesto o determinado por el juicio divino. Y si no existe ninguno de estos bienes, no existirá tampoco ninguna naturaleza.

Capítulo XIV

Por qué los bienes inferiores reciben nombres opuestos

Entre todos estos bienes hay algunos de orden inferior que se denominan con nombres opuestos cuando se les compara con los que son de un orden superior. Así sucede que en relación con la forma humana, que tiene gran belleza o prestancia, en su comparación la belleza de la mona es deforme. Lo cual da ocasión a que los ignorantes se equivoquen y juzguen que aquélla es un bien y ésta un mal, sin fijarse en la medida que es propia y conveniente al cuerpo de la mona, la proporción de sus miembros, la simetría de las partes, el cuidado de su conservación y otros detalles que sería prolijo enumerar o describir.

Capítulo XV

La belleza corporal de la mona es un bien, aunque de orden inferior

Con el fin de que se me entienda lo que vengo diciendo, y lo entiendan aun los más rudos, y los pertinaces y los que se obstinan en negar la evidencia de la verdad se vean obligados a confesarla o admitirla, pregúnteseles si la corrupción puede perjudicar al cuerpo de la mona. Si puede perjudicarle, de suerte que lo haga más deforme, ¿qué es lo que en él disminuye, sino el bien de la belleza? Pero todavía habrá alguna belleza, mientras subsista la naturaleza corporal. Por consiguiente, como la naturaleza se destruye al desaparecer el bien, hay que concluir que la naturaleza es de por sí buena.

De la misma manera decimos que la lentitud es contraria a la rapidez; mas no puede decirse que es lento lo que de ningún modo se mueve. Así también decimos que la voz grave es contraria a la voz aguda, o la áspera a la armoniosa; pero, si suprimes absolutamente toda especie o forma de voz, habrá silencio, porque no existe ningún sonido. Por eso, porque no hay ningún sonido, el silencio suele ser considerado como lo opuesto o lo contrario de la voz.

Del mismo modo, las cosas luminosas y las oscuras se consideran como contrarias, aunque las oscuras no carecen totalmente de alguna luz, porque, si carecieran en absoluto de toda luz, la ausencia de ésta serían las tinieblas, como el silencio es la ausencia de todo sonido.

Capítulo XVI

Dios ha ordenado convenientemente la privación del bien en las cosas

De tal manera están ordenadas en el conjunto de la naturaleza las privaciones de algún bien en las cosas, que no dejan de ejercer convenientemente sus oficios para quienes sabiamente las consideran. Pues haciendo Dios que en determinados lugares y tiempos no existiera la luz, hizo tan convenientemente las tinieblas como los días.

Si nosotros, conteniendo o regulando la voz, podemos interponer convenientemente el silencio en el lenguaje, ¿con cuánta mayor razón no realizará convenientemente la privación del bien en algunas cosas el que es perfecto Artífice de todas ellas? Por eso, en el himno o cántico de los tres jóvenes, la luz y las tinieblas alaban a Dios, es decir, una y otras hacen brotar la alabanza divina en los corazones de los que saben contemplarlas.

Capítulo XVII

Ninguna naturaleza, en cuanto tal, es mala

Ninguna naturaleza, por lo tanto, es mala en cuanto naturaleza, sino en cuanto disminuye en ella el bien que tiene. Si el bien que posee desapareciera por completo, al disminuirse, así como no subsistiría bien alguno, del mismo modo dejaría de existir toda naturaleza, no solamente la que inventan los maniqueos, en la que se encuentran aún tantos bienes que causa asombro su obstinada ceguera, sino que perecería toda naturaleza que cualquiera pudiera imaginar.

Capítulo XVIII

El «hyle», que los antiguos llamaban materia informe, no es un mal

Ni tampoco debe decirse que sea mala aquella materia que los antiguos denominaron hyle. No me refiero precisamente a la materia que Manes, con loca jactancia y sin saber lo que dice, llama hyle, y que, según él, es la formadora o creadora de los cuerpos, por lo que justamente se le atribuye que supone o introduce la existencia de otro Dios, ya que únicamente Dios puede modelar o crear los cuerpos. Estos, en efecto, no son creados sino cuando empieza a subsistir en ellos la medida, la belleza y el orden, cualidades que, por ser buenas, ni existen ni pueden existir sino por Dios. Pienso que también los maniqueos confiesan esto.

Pero llamo yo hyle a una cierta materia absolutamente informe y sin cualidad alguna, de la que se forman todas las cualidades que nosotros percibimos por nuestros sentidos, como lo sostuvieron los antiguos filósofos. Por eso la selva o bosque se denomina en griego ὕλη, porque es materia apta para que la trabajen o modelen los artífices, no para que ella produzca de por sí alguna cosa, sino para que de ella sea hecho algo. No debe decirse, por consiguiente, que sea mala esa hyle, que de ningún modo puede ser percibida por nuestros sentidos y que apenas puede concebirse por la privación absoluta de toda forma.

Tiene, pues, en sí esa materia capacidad o aptitud para recibir determinadas formas, porque, si no pudiere recibir la forma que la imprime el artífice, ciertamente no se llamaría materia. Además, si la forma es un bien, por lo cual se llaman mejor formados los que por ella sobresalen, como se llaman bellos por la belleza, no hay duda de que también es un bien la misma capacidad de recibir la forma. Porque así como es un bien la sabiduría, nadie duda de que también lo es el ser capaz de sabiduría. Y como todo bien procede de Dios, a nadie le es lícito dudar de que esta materia informe, si es algo, solamente puede ser obra de Dios.

Capítulo XIX

Sólo Dios es el verdadero ser

Así, pues, magnífica y divinamente nuestro Dios dijo a su siervo: Yo soy el que soy, y Dirás a los hijos de Israel: El que es me envió a vosotros1. El es verdaderamente, porque es inmutable.

Todo cambio o mudanza hace no ser a lo que era. Por lo tanto, aquél es verdaderamente el que es inmutable, y las demás cosas que por él han sido hechas, de él han recibido el ser, según su medida.

Síguese que el sumo o soberano Ser tan sólo puede tener como opuesto al no ser, y por eso, así como por él existe todo lo que es bueno, así también por él existe todo lo que naturalmente es o toda naturaleza, porque todo lo que naturalmente existe es bueno. Como toda naturaleza es buena y todo bien procede de Dios, conclúyese que toda naturaleza proviene de Dios.

Capítulo XX

E l dolor solamente se halla en las naturalezas buenas

El mismo dolor, que algunos consideran como el principal de los males, ya se dé en el alma o en el cuerpo, no puede existir más que en las naturalezas que de por sí son buenas. En efecto, todo lo que resiste al dolor rehúsa en cierto modo no ser lo que era, porque era algún bien. Mas el dolor es útil cuando fuerza a la naturaleza a ser mejor; pero si la conduce a ser menos buena, entonces es inútil.

La resistencia de la voluntad a un poder superior produce el dolor en el alma, y la resistencia de los sentidos a un cuerpo más poderoso lo origina o causa en el cuerpo. Pero hay males que son peores si no producen dolor, porque peor es alegrarse de la iniquidad que dolerse de la corrupción. Sin embargo, semejante gozo no puede ser efecto sino de la adquisición de bienes inferiores, mientras que la iniquidad es la deserción o abandono de los bienes superiores.

Del mismo modo, tratándose del cuerpo, mejor es la lesión o herida con dolor que la putrefacción sin dolor, que propiamente se llama corrupción, la cual no vio, esto es, no padeció el cuerpo muerto del Señor, conforme había sido predicho en una profecía: No dejarás que tu santo experimente la corrupción2. Porque el que fuese herido por los clavos y traspasado con la lanza, ¿quién lo negará?

Y también la misma putrefacción, que propiamente es designada con el nombre de corrupción, si aún le resta en lo interior algo que consumir, aumenta a medida que va disminuyendo el bien. Si éste fuera totalmente destruido o aniquilado, así como no quedaría ningún bien, tampoco permanecería naturaleza alguna, porque no habría ya nada que pudiera sufrir la corrupción, y así ni siquiera habría corrupción, porque faltaría el ser en el cual pudiera darse.

Capítulo XXI

Módico se deriva de modo

Por eso ciertamente se llaman módicas, según el lenguaje ya común, las cosas pequeñas y exiguas, porque todavía hay en ellas algún modo o medida, sin la cual ni siquiera serían módicas y de ningún modo existirían. En cambio, todas aquellas otras que por el excesivo desarrollo se llaman desproporcionadas, son criticadas por su mismo exceso. No obstante, es preciso que estén limitadas o coartadas por alguna medida, en cuanto que están sujetas a Dios, que todo lo dispuso con número, peso y medida.

Capítulo XXII

¿Conviene a Dios la medida bajo alguna razón?

No puede decirse que en Dios se dé alguna medida, como si se le asignase alguna limitación. Mas no por eso es desmesurado o desmedido, siendo él quien da la medida a todas las cosas para que de alguna manera puedan existir. Ni tampoco puede decirse que Dios sea «mesurado», como si hubiera recibido de otro alguna medida.

Pero acaso afirmemos de él algo verdadero, diciendo que es «la suma medida», si por ello entendernos el sumo bien. Toda medida o modo, efectivamente, es un bien en sí. De ahí que ninguna cosa puede llamarse mesurada, modesta o modificada sin incluir en ello una justa alabanza, aunque en otro sentido entendamos por medida el límite o fin, y así decimos que carece de medida lo que no tiene fin, cosa que se dice a veces con alabanza, como lo indican aquellas palabras: Y su reino no tendrá fin3. También podría decirse: «No tendrá límite o medida», entendiendo por medida el fin; pues quien de ningún modo o medida reina, éste ciertamente no reina.

Capítulo XXIII

Por qué se dice a veces que la medida, la belleza y el orden son malos

Cuando se dice a veces que la medida, la belleza y el orden son malos, o es porque son menos perfectos de lo que debían ser o porque no se acomodan a las cosas a las que corresponden, de suerte que se dicen malos porque son impropios o inconvenientes. Así se dice de alguno que no ha obrado con buenas medidas, o porque hizo menos de lo que debió hacer, o porque hizo lo que en tal caso no debió hacer, o porque hizo más de lo que convenía, es decir, inconvenientemente, de manera que lo que se reprende como mal hecho, no se reprende por otra razón sino porque no se ha guardado e! modo debido.

Igualmente se dice que la belleza es mala, ya en comparación con otra belleza mayor, siendo aquélla menor y ésta mayor no por la cantidad, sino por el esplendor, o ya porque no corresponde a la cosa a la que se le ha aplicado, de suerte que parece impropia o inconveniente, como no sería decoroso que un hombre paseara desnudo por la plaza, mientras que no es ofensivo verlo en el baño.

Del mismo modo, el orden se dice malo cuando se observa menos de lo debido, de manera que no es malo el orden, sino el desorden, o porque el orden es menor de lo que debería ser o porque no es como debería ser. No obstante, en donde existe alguna medida, alguna belleza y algún orden, allí hay algún bien y alguna naturaleza; mas donde no hay ninguna medida, ninguna belleza y ningún orden, no hay tampoco bien ni naturaleza alguna.

Capítulo XXIV

Se prueba con testimonios de la Sagrada Escritura que Dios es inmutable y que el Hijo es engendrado y no hecho

Las verdades que profesa nuestra fe y que de algún modo ha investigado la razón, deben ser corroboradas con testimonios de las Sagradas Escrituras para que aquellos que no pueden penetrarlas por estar dotados de entendimiento más corto las crean por la autoridad divina y así merezcan comprenderlas. Pero los que las entienden, estando menos instruidos en las sagradas letras, no piensen que nosotros las profesamos más por obra de nuestro entendimiento que por hallarse contenidas en aquellos libros.

Y así, que Dios es inmutable se expresa del siguiente modo en los Salmos: Mudarás las cosas y se cambiarán; pero tú eres siempre el mismo4. Y en el libro de la Sabiduría sobre la misma Sabiduría: Permaneciendo la misma, todo lo renueva5. De donde el apóstol San Pablo: Al único Dios, invisible e incorruptible6. Y el apóstol Santiago: Todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces, en el cual no se da mudanza ni sombra de alteración7.

Además, porque lo que engendra de sí es idéntico a él, dice brevemente el mismo Hijo: Yo y el Padre somos una sola cosa8. Mas como el Hijo no ha sido hecho y porque por él han sido hechas todas las cosas, está así escrito: Al principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Estaba al principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él no se hizo nada9, es decir, nada ha sido hecho sin él.

Capítulo XXV

Aquello del Evangelio: «nada ha sido hecho sin él», mal entendido por algunos

No deben ser escuchadas las interpretaciones extravagantes de los que, fundándose en que el término nihil (nada) está colocado al final de la frase, pretenden que ha de ser entendido aquí en sentido positivo de algo, y piensan que de este modo atraerán a alguno a esta vana opinión. Alguna cosa -dicen- ha sido hecha, y puesto que ha sido hecha, la nada es algo.

Parece que han perdido el juicio por el afán de contradecir, y no entienden que nada importa que se diga: Sin él no se ha hecho nada o Sin él nada ha sido hecho, porque, aunque se dijera en este orden: Sin él nada ha sido hecho, podrían argüir, no obstante, que el nihil es alguna cosa, porque ha sido hecho. Pues lo que verdaderamente es algo, ¿qué importa que se diga: «Sin él ha sido hecha la casa», o bien: «Sin él la casa ha sido hecha», con tal que se entienda que sin él algo, como es la casa, ha sido hecho?

Y así porque se ha dicho: Sin él no se ha hecho nada, como quiera que la nada no es alguna cosa, cuando se usa con verdadera propiedad, no importa que se diga: Sin él no se hizo nada, o bien: Sin él nada ha sido hecho.

Porque ¿quién querrá hablar con hombres que, al oír lo que he dicho: «Nada importa», contestaran: «Luego importa algo, porque ese nada es algo»?

Mas los que conservan sano y equilibrado el juicio, clarísimamente ven que lo mismo se entiende cuando dije: «Nada importa», que se entendería si hubiera dicho: «No importa nada.» Pero si aquéllos preguntasen a alguno: «¿Qué has hecho?», y éste les respondiese que nada había hecho, consecuentemente podrían calumniarle diciéndole: «Luego has hecho algo, porque nada has hecho, pues ese nada es algo». Pero tienen al mismo Señor, que pone esta palabra al fin de una sentencia, diciendo: Y en secreto no he hablado nada10. Lean, por tanto, y callen.

Capítulo XXVI

Las criaturas han sido hechas de la nada

Como todas las cosas que Dios no engendró de sí, sino que las hizo por su Verbo, no las hizo de cosas que ya estaban hechas, sino de lo que no existía de ningún modo, es decir, de la nada, por eso se expresa así el Apóstol: El cual llama a las cosas que no son para que sean11. Y más claramente está escrito en el libro de los Macabeos: Ruégote, hijo, que mires al cielo y a la tierra, y veas cuanto hay en ellos, y entiendas que no existía aquello de lo cual nos hizo el Señor Dios12. Y también lo que está escrito en los Salmos: El lo dijo, y todo fue hecho13.

Manifiesto es que no engendró de sí estas cosas, sino que las hizo en virtud de su palabra y mandato. Mas lo que no hizo de sí, ciertamente que lo hizo de la nada; pues no existía cosa alguna de la cual pudiera sacarlo, como abiertamente dice el Apóstol: Porque de él y por él y en él son todas las cosas14.

Capítulo XXVII

La expresión «de él» («ex ipso») no es identica con «nacido de él» («de ipso»)

La expresión ex ipso (de él) no significa lo mismo que de ipso (nacido de él). Todo lo «nacido de él» puede decirse que es «de él». Pero no todo lo que es «de él» puede con verdad decirse que «ha nacido de él». De él vienen el cielo y la tierra, puesto que él los hizo. Pero no los sacó de sí mismo, puesto que no son de su misma sustancia.

Como si un hombre engendra un hijo y hace una casa: de él viene el hijo y de él viene la casa; pero el hijo es o sale de él, y la casa es de tierra y de madera. Mas esto último sucede así porque es hombre y no puede hacer cosa alguna de la nada; pero Dios, de quien, por quien y en quien son todas las cosas, no tenía necesidad de materia alguna que él no hubiera hecho, para ayudar a su omnipotencia.

Capítulo XXVIII

El pecado no es obra de Dios, sino de la voluntad de los pecadores

Por lo tanto, cuando oímos decir que todas las cosas son de él, por él y en él, debemos entender ciertamente que se refieren a todas las cosas que naturalmente existen. Pues no existen por él los pecados, que no conservan la naturaleza, sino que la vician y corrompen.

De muchas maneras atestigua o prueba la Sagrada Escritura que los pecados son obra de la voluntad de los pecadores, especialmente en aquel pasaje en el que dice el Apóstol: ¿Y piensas tú, que condenas a los que eso hacen y, con todo, lo haces tú, que escaparás al juicio de Dios? ¿O es que desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, desconociendo que la bondad de Dios te atrae a penitencia? Pues conforme a tu dureza y a la impenitencia de tu corazón, te vas atesorando ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, que dará a cada uno según sus obras15.

Capítulo XXIX

Dios no es mancillado por nuestros pecados

A pesar de estar en Dios todas las cosas que ha creado, no pueden los que pecan mancillarle a él, de cuya sabiduría se dice: Se extiende y lo penetra todo a causa de su pureza, y en ella nada hay manchado16.

Es necesario, pues, que así como creemos que Dios es incorruptible e inmutable, creamos también, consiguientemente, que no puede ser mancillado.

Capítulo XXX

Los bienes más imperfectos y terrenos son también obra de Dios

Que también hizo Dios los bienes inferiores, esto es, los terrenos y caducos, lo enseña claramente el Apóstol en aquel pasaje en donde, hablando de los miembros de nuestro cuerpo, dice: De esta suerte, si un miembro es honrado, todos los otros a una se gozan, y si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y también dice en el mismo lugar: Dios ha dispuesto los miembros en el cuerpo, cada uno de ellos como ha querido y Dios dispuso el cuerpo dando mayor decencia al que carecía de ella, a fin de que no hubiera escisiones en el cuerpo, antes todos los miembros se preocupen por igual unos de otros17.

Y todo esto que así ensalza el Apóstol en la medida, en la belleza y en el orden de los miembros de nuestra carne, se halla también en el cuerpo de todos los animales, lo mismo en los más grandes que en los más pequeños; pues la carne pertenece a la categoría de los bienes terrenos y, por consiguiente, a la de los más imperfectos.

Capítulo XXXI

Corresponde a Dios lo mismo el castigar que el perdonar los pecados

Y así, porque pertenece al juicio divino y no al humano el determinar la cualidad y la cantidad de la pena debida a cualquiera culpa, está escrito: ¡Oh profundidad de la riqueza de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios y cuán inescrutables sus caminos!18

Y también quepor la bondad de Dios son perdonados los pecados a los arrepentidos, lo demuestra suficientemente el hecho de haber sido enviado Jesucristo, el cual murió por nosotros, no en su naturaleza divina, sino en la nuestra, que tomó de la mujer. El Apóstol ensalza en estos términos la bondad de Dios y su amor hacia nosotros: Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros. Con mayor razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la ira, porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, seremos salvos en su vida19.

Y para demostrar que no hay iniquidad en Dios cuando inflige a los pecadores el castigo merecido, dice así: ¿Qué diremos? ¿Es por ventura Dios injusto al descargar su cólera?20

Finalmente, con breves palabras advierte en otro lugar que tanto la bondad como la severidad son obras de Dios, diciendo: Considera, pues, la bondad y la severidad de Dios: la severidad para con los caídos, para contigo la bondad si permanecieres en la bondad21.

Capítulo XXXII

El mismo poder de hacer daño procede de Dios

De igual manera, porque también el poder de los que hacen dañono procede sino de Dios, dice la Sabiduría: Por mí reinan los reyes y por mí los tiranos sujetan la tierra22. Y el Apóstol: No hay potestad sino de Dios23. Y que esto se hace justamente, está confirmado en el libro de Job: El que hace reinar al hipócrita a causa de la perversidad del pueblo24. Y del pueblo de Israel dice el mismo Dios: Yo les he dado un rey en mi cólera25.

No es, pues, injusto que se dé a los malvados la potestad de dañar para que se pruebe la paciencia de los buenos y sea castigada la iniquidad de los malos. Y así, por el poder concedido al diablo, fue probado Job para que apareciera justo26, y Pedro tentado para que no presumiera de sí27, y Pablo sufrió el aguijón de la carne para que no se ensoberbeciese28, y Judas condenado para que se ahorcase29.

Por lo tanto, el mismo Dios ha hecho justamente todas estas cosas por el poder que concedió al demonio; sin embargo, no porque hayan sido justamente realizadas, sino por la inicua voluntad de dañar del demonio, es por lo que sufrirá el suplicio eterno al fin de los tiempos, cuando se diga a los impíos que perseveraron en el asentimiento de su maldad: Id al fuego eterno, que mi Padre ha preparado para el diablo y para sus ángeles30.

Capítulo XXXIII

Los ángeles malos no fueron pervertidos por Dios, sino por su pecado

Y porque los ángeles rebeldes no fueron creados malos por Dios, sino que se pervirtieron por el pecado, dice así el apóstol San Pedro en su epístola: Si, pues. Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, precipitados en el tártaro, los entregó a las prisiones tenebrosas, reservándolos para el día del juicio31. Con lo que prueba San Pedro que aún les espera la pena del último juicio, de la cual dice el Señor: Id al fuego eterno, que está, preparado para el diablo y sus ángeles. Aunque ya han recibido en castigo y como cárcel este infierno, es a saber, la región inferior y caliginosa del aire, el cual, sin embargo, como también se llama cielo, no el cielo en que están las estrellas, sino este más bajo, en cuya oscuridad se aglomeran las nubes y vuelan las aves -de ahí que se pueda hablar del «cielo nublado» y de «aves del cielo» -, por eso es por lo que el apóstol San Pablo llama espíritu de maldad en los cielos32 a estos mismos inicuos espíritus, que son envidiosos de nuestro bien y contra los cuales peleamos viviendo piadosamente. Para que esto no se entienda de los cielos superiores, dice claramente en otra parte: Conforme al príncipe del imperio del aire, que ahora obra sobre los hijos de la infidelidad33.

Capítulo XXXIV

El pecado no es deseo de una naturaleza mala, sino abandono de otra mejor

Del mismo modo, porque el pecado no es deseo de naturalezas malas, sino abandono o renuncia de otras mejores o más perfectas, se halla escrito así en las Sagradas Escrituras: Toda criatura de Dios es buena34. Por eso todos los árboles que Dios plantó en el paraíso son ciertamente buenos.

El hombre, por lo tanto, no apeteció ninguna naturaleza mala cuando tocó el árbol prohibido, sino que cometió una acción mala al dejar lo más perfecto; pues mejor que todas las cosas creadas es el Creador, cuyo mandato no debió ser quebrantado por gustar de lo prohibido, aunque era bueno, porque, abandonado lo más perfecto, se apetecía una cosa buena, que era probada contra el precepto del Creador.

No había plantado, pues, Dios un árbol malo en el paraíso, sino que él mismo, que había prohibido tocarlo, era más perfecto.

Capítulo XXXV

El árbol fue prohibido a Adán no porque era malo, sino porque era bueno al hombre estar sometido a Dios,

Le había hecho, en efecto, la prohibición con el fin de demostrarle que la naturaleza del alma racional no es ser independiente, sino que debe estar sometida a Dios y conservar por la obediencia el orden de su salvación y no violarlo por la desobediencia.

He ahí por qué al árbol, que prohibió tocar, lo llamó el árbol del discernimiento del bien y del mal35, para que, cuando el hombre lo tocase contra su prohibición, experimentara la pena del pecado y de este modo conociese la diferencia que existe entre el bien de la obediencia y el mal de la desobediencia.

Capítulo XXXVI

Ninguna criatura de Dios es mala, sino que el mal consiste en hacer mal uso de ella

¿Quién, pues, sería tan necio que llegara a creerse en el deber de vituperar a una criatura colocada por Dios en el mismo paraíso, puesto que ni las espinas ni los abrojos, que la tierra produjo, según la voluntad justiciera de Dios, para hacer más fatigoso el trabajo del pecador, pueden ser rectamente vituperados? Porque tales hierbas tienen también su medida, su belleza y su orden, que no dejará de encontrar muy laudables quien discretamente las considere; pero son cosas malas para aquella naturaleza que era necesario castigar de este modo a causa de su pecado.

Por consiguiente, el pecado no consiste, como ya he dicho antes, en el deseo de una naturaleza mala, sino en el abandono de otra más excelente, de manera que esa misma preferencia es el mal o el pecado y no la naturaleza, de la cual se abusa al pecar.

El pecado, pues, consiste en usar mal del bien. Por eso el Apóstol censura o reprende a los ya condenados por el juicio divino, que adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador36. No condena a la criatura, y el que esto hiciere haría una injuria al Creador; sino que condena a aquellos que abusaron de un bien, renunciando o abandonando otro de orden superior.

Capítulo XXXVII

Dios convierte en bien el mal de los pecadores

Por lo tanto, si todas las naturalezas conservaran la medida, la belleza y orden que les es propio, el mal no existiría; pero si alguno quisiera abusar de estos bienes, no por eso triunfará sobre la voluntad de Dios, el cual sabe cómo hacer entrar justamente a los pecadores en el orden universal, de manera que, si ellos por la perversidad de su voluntad abusaran de los bienes de la naturaleza, él por la justicia de su poder, sacará bienes de los males, poniendo en rector orden con castigos a los que se desordenaron con pecados.

Capítulo XXXVIII

El fuego eterno, que atormenta a los impíos, no es un mal

Ni el mismo fuego eterno, que ha de atormentar a los réprobos, es de por sí una naturaleza mala, porque tiene también su medida, su belleza y su orden, y no ha sido depravado por ninguna iniquidad. Pero el tormento es un mal para los condenados, que lo han merecido por sus pecados. La misma luz atormenta a los que tienen los ojos enfermos, y no es una naturaleza mala.

Capítulo XXXIX

Dícese que el fuego es eterno, no con la eternidad de Dios, sino porque no tiene fin

El fuego es eterno, pero no del mismo modo que lo es Dios; pues aun cuando no acabará nunca, tuvo, sin embargo, principio, y Dios no lo ha tenido. Además, su naturaleza está sometida al cambio, no obstante haber sido destinado a servir de castigo perpetuo a los pecadores. La verdadera eternidad es la verdadera inmortalidad, o sea, la suma inmutabilidad, que es un atributo exclusivo de Dios, el cual es absoluta y esencialmente inmutable.

Una cosa es no cambiar, a pesar de la posibilidad de mutación, y otra muy distinta el no poder cambiar. Así se dice de un hombre que es bueno, aunque no lo es con la bondad de Dios, del cual se ha dicho: Nadie es bueno, sino sólo Dios37. Se dice que nuestra alma es inmortal, pero no como lo es Dios, de quien está escrito: El que solo tiene inmortalidad38. También se dice que el hombre es sabio; mas no lo es como Dios, de quien se dice: Al Dios sólo sabio39, igualmente se dice que el fuego del infierno es eterno, no como lo es Dios, cuya inmortalidad es la verdadera eternidad.

Capítulo XL

Nada puede perjudicar a Dios ni a ninguna criatura, sin la justa ordenación de Dios

Siendo esto así, la fe católica y la verdad bien entendida proclaman o enseñan que nadie, puede perjudicar a la naturaleza de Dios, que la naturaleza de Dios no infiere daño injusto a nadie y que no permite que ninguna injusticia quede sin castigo. Como dice el Apóstol: El que hace injusticia, recibirá lo que hizo injustamente, porque en Dios no hay acepción de personas40.

Capítulo XLI

Bienes que los maniqueos atribuyen a la naturaleza del mal y males que atribuyen a la naturaleza del bien

Si los maniqueos se decidieran a reflexionar sobre estas consideraciones sin dejarse influir por el nefasto prejuicio de justificar su error y tuvieran presente el temor de Dios, cesarían en sus impías blasfemias y no defenderían ni enseñarían que hay dos naturalezas: una buena, a la cual llaman Dios, y otra mala, que Dios no ha creado.

Es tan grande su error, su delirio y, más propiamente, su locura, que no ven que en lo que ellos llaman la naturaleza del sumo mal suponen al mismo tiempo muchos bienes, como son: la vida, el poder, la salud, la memoria, la inteligencia, la templanza, la fuerza, la riqueza, el sentimiento, la luz, la dulzura, las dimensiones, los números, la paz, la medida, la belleza y el orden. Y, al contrario, en lo que llaman el sumo o soberano Bien suponen innumerables males: la muerte, la enfermedad, el olvido, la locura, la perturbación, la impotencia, la pobreza, la necedad, la ceguera, el dolor, la iniquidad, el deshonor, la guerra, la destemplanza, la deformidad, la perversidad.

Y así sostienen que los príncipes de las tinieblas vivieron en su pura naturaleza y que en su reino disfrutaron de salud, de memoria y de inteligencia. Según su opinión, el príncipe de las tinieblas pronunció alguna vez un discurso de tal índole, que sin la ayuda de una gran memoria y de una gran inteligencia ni él hubiera podido declamarlo ni sus oyentes comprenderlo. Y añaden que existía en ellos una concordia perfecta entre las almas y los cuerpos; que reinaron por el esplendor del poder; que poseyeron inmensas riquezas y que tenían ojos dotados de gran perspicacia, con los que alcanzaban a ver a mucha distancia, aunque necesitaban la luz para poder ver, y por eso recibieron el nombre de luminares; y, finalmente, que disfrutaron de la dulzura de todo placer y que tenían miembros de unas ciertas dimensiones y habitaciones fijas.

Es preciso admitir también que allí debía existir alguna belleza, porque, de otro modo, no se hubieran apasionado amorosamente por sus matrimonios ni sus cuerpos hubieran conservado la proporción armoniosa de los miembros. Si esto no hubiera existido, no era posible que se hubiera realizado lo que ellos suponen en sus locos desvaríos.

También era necesaria allí la paz, porque, de no ser así, no hubieran obedecido a su jefe o príncipe.

Y, finalmente, si no hubiera habido allí alguna medida, no hubieran hecho más que comer o beber, o perseguir cruelmente, o cualquier otra cosa fuera de toda sociedad. Ni los que esto hacían hubieran tenido una forma determinada si no hubiera existido allí una cierta medida. Ahora bien, ellos se expresan de tal manera, que no pueden negar que pusieron sus acciones conforme a reglas o medidas convenientes.

Debía haber allí alguna belleza, porque sin ella ninguna cualidad natural podría existir.

Y debía haber algún orden, porque sin él no sería posible que unos mandaran y otros obedecieran, ni los seres vivirían en armonía con sus elementos respectivos, ni, finalmente, habría conveniencia en la disposición de los miembros para que pudieran hacer lo que éstos nos cuentan.

En cuanto a la naturaleza de Dios, si no la suponen muerta, ¿qué es lo que ellos opinan que resucita Jesucristo? Si no la suponen enferma, ¿qué es lo que cura Jesucristo? Si no la suponen olvidada, ¿qué es lo que recuerda? Si no la suponen ignorante, ¿qué es lo que enseña? Si no la suponen desordenada, ¿qué es lo que reintegra? Si no está vencida y cautiva, ¿qué es lo que pone en libertad? Si no está necesitada, ¿a quién socorre? Si no ha perdido su energía, ¿qué es lo que robustece? Si no está ciega, ¿qué es lo que ilumina? Si no la atormenta el dolor, ¿qué es lo que recrea con el gozo? Si no es inicua, ¿qué es lo que corrige por medio de preceptos? Si no está mancillada, ¿qué es lo que purifica? Si no está en guerra, ¿a quién promete la paz? Si no está desenfrenada, ¿a quién impone la moderación de la ley? Si no está deformada, ¿qué es lo que reforma? Si no está pervertida, ¿qué es lo que corrige?

Tales son los bienes que Jesucristo reporta no a esta naturaleza creada por Dios y depravada por el pecado del libre albedrío, sino a la naturaleza, a la substancia misma de Dios, que es el mismo Dios.

Capitulo XLII

Blasfemias de los maniqueos contra la naturaleza de Dios

¿A qué podrían compararse todas estas blasfemias? No es posible ninguna comparación si se analizan los errores de otras sectas, aun las más perversas. Y si examinamos este error maniqueo desde otro punto de vista que no hemos considerado todavía, descubriremos que estas blasfemias contra la naturaleza de Dios implican otro carácter más execrable y de mayor ignominia.

Sostienen, en efecto, que algunas almas, formadas de la misma substancia y de la misma naturaleza de Dios y que no habían pecado libremente, sino que fueron vencidas y subyugadas por la raza de las tinieblas, que llaman naturaleza del mal, contra la cual descendieron a combatir, no voluntariamente, sino por imperioso mandato de su padre, sostienen, digo, que esas almas son eternamente atormentadas en el horrible globo de las tinieblas.

¡Oh nefanda e inaudita osadía para creer, decir y divulgar de Dios tan horrenda doctrina! Y pretendiendo defender estos absurdos, se precipitan ciegamente en afirmaciones más criminales y sostienen que es la mezcla de la naturaleza mala la que hace que la naturaleza de Dios, que es esencialmente buena, sufra o padezca grandes males, pues por sí misma no puede y nunca hubiera podido sufrirlos.

Según esto, la naturaleza incorruptible ha de ser alabada solamente porque no puede inferirse daño a sí misma y no porque no pueda ser perjudicada por otra naturaleza.

Además, si la naturaleza de las tinieblas ha dañado a la naturaleza de Dios y la naturaleza de Dios a la de las tinieblas, síguese que hay dos naturalezas malas que se damnificaron mutuamente, siendo de mejor condición la de las tinieblas, porque, si fue nociva, no lo fue intencionadamente; pues no quiso dañar, sino gozar del bien de Dios. Al contrario, Dios intentó destruirla y aniquilarla, como lo afirma clarísimamente Manes en la carta de su ruinoso Fundamento, Olvidado de lo que poco antes había enseñado, a saber:«De tal manera estaba constituido su imperio sobre la tierra, llena de luz y bienandanza, que nadie ni nada podría conmoverlo y destruirlo» , añade en seguida: «El Padre de la luz bienaventurada, previendo la inmensa ruina que había de surgir del profundo seno de las tinieblas para atentar contra su reino feliz, comprendió la necesidad de oponerles una potencia divina que fuera capaz de superar y destruir la raza de las tinieblas, para que, extinguida esta raza, los habitantes de la luz pudieran disfrutar de un reposo eterno».

He ahí cómo temió Dios la caída y la destrucción de su imperio. Pero ¿no estaba fundado sobre una tierra llena de luz y felicidad, de tal modo que nada podría conmoverlo y destruirlo? Y he ahí cómo, instigado por el temor, quiso dañar a la gente vecina, pretendiendo vencerla y aniquilarla para preparar a los moradores de la luz un descanso y quietud eternos. ¿Por qué no añadió: «y una eterna esclavitud»? ¿Acaso no eran moradores de la luz aquellas almas que encadenó por toda la eternidad en el abismo de las tinieblas, y de las cuales dice abiertamente que «sufrieron la separación de su primitiva y luminosa naturaleza» ? De esta manera se ve obligado a confesar, sin querer, que pecaron por su libre voluntad, él, que no quiere admitir el pecado sino afirmando la necesidad de una naturaleza contraria, y sin saber lo que dice y como si estuviera encerrado en el mismo globo tenebroso que inventó, busca el medio de salir de él y no lo encuentra.

Pero enseñe lo que le parezca a los míseros embaucados que le honran y veneran con mayor respeto y mayor devoción que a Jesucristo para que pueda venderles por el bajo precio de esos honores tan largas y sacrílegas ficciones. Afirme lo que le plazca, encierre en ese globo como en una cárcel a toda la raza de las tinieblas y coloque fuera de él la naturaleza humana, a la cual prometía, después de aniquilar al enemigo, una tranquilidad perpetua.

He ahí que es mayor el castigo de la luz que el de las tinieblas, mayor el castigo de la naturaleza divina que el de la raza enemiga, porque ésta, aunque está sumida en las tinieblas, es propio de su naturaleza habitar en ellas; mas las almas, que fueron formadas de la misma substancia de Dios, no podían ser recibidas en aquel reino pacífico, como él lo califica,y así serán alejadas de la vida y de la libertad de la luz santa y serán colocadas en el ya citado horrible globo, en donde -como él dice- «estas almas se unirán a aquellas cosas que amaron, abandonadas en el mismo globo de tinieblas, a que ellas se hicieron acreedoras por sus propios méritos».

¿Acaso carece la voluntad de libre albedrío? Mirad cómo, a semejanza de un demente, ignora lo que dice y, afirmando cosas contrarias, se hace a sí mismo una guerra más cruel que la que declara a Dios la raza de las tinieblas.

Además, si las almas de la luz son condenadas porque amaron las tinieblas, injustamente es condenada la raza de las tinieblas, que amó la luz. Y, ciertamente, los habitantes de las tinieblas amaron la luz desde el principio y quisieron no apagarla, sino poseerla, aunque violentamente; mas la naturaleza de la luz pretendió extinguir las tinieblas en la lucha y las amó después de ser vencida.

Escoged lo que os plazca: o amó las tinieblas impulsada por la necesidad o por su libre voluntad. Si lo hizo por necesidad, ¿por qué se la condena? Si por su libre voluntad, ¿por qué se atribuye a la naturaleza de Dios una iniquidad tan grande? Si la naturaleza de Dios fue obligada a amar las tinieblas, síguese que no venció, sino que fue vencida. Si las amó de buen grado o libremente, ¿por qué dudan estos infelices atribuir la voluntad de pecar a la naturaleza, que Dios hizo de la nada, para no atribuírsela a la luz que engendró de sí mismo?

Capítulo XLIII

Los maniqueos suponen males en la naturaleza de Dios antes de mezclarse con el mal

¿Y a qué insistir más, si demostramos también que, antes de que se mezclara con el mal-mezcla ficticia en la que ellos tan locamente creyeron-, existían ya grandes males en esa misma naturaleza que llaman naturaleza de luz? ¿Qué puede añadirse a estas blasfemias? Puesto que en ella existía, antes de que luchase, una dura e inevitable necesidad de combatir, y esa necesidad es ya un gran mal antes de que el mal se mezclara con el bien, expliquen cómo pudo suceder esto, cuando todavía no se había realizado la mixtura.

Y si no existía tal necesidad de luchar, dedúcese que la lucha fue voluntaria; mas en este caso, ¿de dónde se originó tan grande mal que el mismo Dios quisiera perjudicar a su naturaleza, que el enemigo no podía dañar, enviándola para mezclarla cruelmente, purificarla torpemente y condenarla inicuamente?

He aquí el gran mal de una perniciosa, dañosa y cruelísima voluntad, antes de que se mezclara con ella mal alguno proveniente de la raza adversaria.

¿Ignoraba Dios por ventura lo que había de suceder a sus miembros, que llegarían a amar las tinieblas, haciéndose así enemigos de la luz santa, como Manes afirmó, es decir, no solamente enemigos de su Dios, sino también de su Padre, del cual habían salido? Pero ¿cómo es posible que se diera en Dios este mal tan grande de ignorancia antes de que ningún mal de la raza enemiga se mezclara con su naturaleza? Y si conocía que se realizaría este mal, o había en él una crueldad eterna, si no se dolía de la futura contaminación y condenación de su naturaleza, o vivía en continua aflicción, si se compadecía. Mas ¿de dónde procedía este mal tan grande de vuestro sumo Bien antes de la mezcla con vuestro sumo Mal?

Ciertamente que, si la parte de la misma naturaleza divina, que se condena a vivir eternamente esclavizada en aquel globo, no sabía que le amenazaba este mal, también así se daría en la naturaleza de Dios eterna ignorancia; y si lo sabía, era eterna su aflicción o miseria. En uno y en otro caso, ¿de dónde provenía a Dios este mal tan grande, antes de que ningún mal de la raza enemiga se mezclara con él?

¿Acaso se complacía Dios con el gozo de una inmensa caridad, porque por medio de su castigo se preparaba un eterno descanso a los demás moradores de la luz? Quien comprenda lo absurdo de semejante afirmación, anatematícela. Si al menos obrara de este modo para no hacerse ella enemiga de la luz, quizá pudiera ser alabada, no como naturaleza divina, sino como se elogiaría a un hombre que quisiera padecer algún mal por el bien de su patria, mal que evidentemente sería temporal y no eterno. Pero ellos dicen que es eterna la sujeción no de una naturaleza cualquiera, sino de la naturaleza divina, en el abismo de las tinieblas. Y, en verdad, si la naturaleza de Dios se alegraba de llegar a amar las tinieblas y hacerse enemiga de la luz santa, su gozo es el más inicuo, execrable e inefablemente sacrílego.

Mas ¿de dónde podría provenir este mal tan cruel y horrendo antes de que ningún mal causado por la raza adversaria se mezclara con la naturaleza divina? ¿Quién tolerará necedad tan perversa e impía cual es atribuir bienes tan excelentes al sumo Mal y males tan grandes al sumo Bien, que es Dios?

Capítulo XLIV

Increíbles torpezas imputadas a Dios por Manes

Es horrible exponer las torpezas tan sacrílegas e inauditas que les enseña este error, el más nefando, aunque no les convence, acerca de la parte de la naturaleza de Dios, de la que dicen que se halla mezclada en todas las cosas, en los cielos, en la tierra, en todos los cuerpos, secos y húmedos; en todas las semillas de los árboles, de las hierbas, de los hombres y de los animales; pero que no está presente, como decimos nosotros de Dios, por la potencia de su divinidad sin ningún otro vínculo para gobernar y regir todas las cosas puramente, firmemente, incorruptiblemente, sino que se halla ligada, oprimida y mancillada, y que ha de ser desligada, libertada y purificada no sólo mediante el curso del sol y de la luna y por las fuerzas de la luz, sino también por los méritos de sus elegidos.

Pues dicen que las fuerzas o energías luminosas se transforman en jóvenes hermosos y se colocan frente a las mujeres de la raza de las tinieblas, y que esas mismas energías se transforman en bellas mujeres y colocan frente a los varones de la misma raza de las tinieblas para que por su hermosura se excite y encienda la deshonestísima libídine de los príncipes de las tinieblas y de ese modo la substancia vital, es decir, la naturaleza de Dios, a la que suponen aprisionada en sus cuerpos, huya de los miembros, aflojados por la concupiscencia, y, recogida y purificada, se vea libre.

Esto leen los infelices maniqueos, esto dicen, oyen y creen, y esto es lo que consta en el libro VII de su Tesoro, como llaman a cierto escrito de Manes, en el cual figuran esas blasfemias: «Entonces aquel bienaventurado Padre, quien como lugar de reposo y grandiosas moradas tiene unas luminosas naves, siguiendo los impulsos de su innata clemencia, le infunde poder a su propia sustancia vital. Así queda desembarazada y liberada de sus impías ataduras, estrecheces y opresiones. De esta manera, con una orden invisible suya transfigura aquellas sus potencias contenidas en la citada nave luminosa, y las hace obedecer a las potencias enemigas, ordenadas por cada uno de los giros celestes.

Como dichas potencias están dotadas de un doble sexo, masculino y femenino, a unas, con apariencia de jóvenes mancebos, les da orden de someterse a las potestades contrarias femeninas; y a otras, con formas de esplendentes doncellas, de someterse a sus contrarios masculinos. El sabe muy bien que todas estas hostiles potestades se dejan captar con suma facilidad a causa de su innata, mortífera y desvergonzada lujuria. Así, ante la apariencia de estas formas hermosísimas, se emancipan, quedando de este modo libres de sus ataduras.

Pero debéis saber que este nuestro Padre bienaventurado se identifica en su ser con estas potencias de que venimos hablando, las cuales transforma por necesidad en una perfecta semejanza de mancebos o de doncellas. Se sirve de ellas como si fueran sus propias armas, y por su medio es como él realiza su voluntad. Las naves esplendorosas están llenas de estas divinas virtualidades, que están puestas contra los poderes infernales a través de una especie de unión matrimonial. Ellas llevan a cabo con rapidez y facilidad lo que hayan pensado. Por ejemplo, cuando alguna razón pida que estas santas potestades se aparezcan a hombres, al punto muestran la apariencia de bellísimas doncellas. Y tratándose de mujeres, dejan a un lado su aspecto femenino y aparecen bajo el aspecto de jóvenes muchachos.

A la vista de tal hermosura, se enciende en aquellas el ardor de la concupiscencia carnal, rompiéndose de este modo las ataduras de sus pésimos pensamientos, hecho este que el alma viva, dejada en libertad de los miembros masculinos que la aprisionaban, aprovecha para evadirse y mezclarse con su purísimo aire. Purificadas allí enteramente las almas, ascienden hasta las resplandecientes naves, que les están preparadas para realizar la travesía hacia su patria.

Lo que pueda restar aún, portador de las impurezas de la raza enemiga, va descendiendo a través de los calores veraniegos en forma de partículas, se mezcla con los árboles y las demás plantas y toda clase de semillas, impregnándose de los diversos calores. Y lo mismo que desde esta magnífica y fulgurante nave las figuras de jóvenes y doncellas se aparecen a las enemigas potestades que moran en los cielos, dotadas de naturaleza ígnea; y lo mismo que una parte de la vida contenida en sus miembros y liberada de esta hermosa visión, desciende a la tierra por las corrientes calurosas, de igual manera también aquella altísima potestad, que mora en la nave de las aguas vivas bajo la apariencia de mancebos y vírgenes santas, se aparece, por medio de sus ángeles a las potestades de naturaleza frígida y húmeda, colocadas en orden por los cielos. Su aparición a las mujeres es en forma de muchachos jóvenes, y de doncellas a los hombres.

Con tal transformación y diversidad en estas personas, divinas y hermosísimas, quedan libres de sus ataduras los príncipes de la estirpe húmeda y frígida, tanto de hombres como de mujeres, huyendo lo que en ellos hay de vital. En cuanto a los residuos que aún queden, una vez sueltos, descienden a la tierra con las corrientes frías, y se mezclan con toda clase de productos terrenos»

¿Quién será capaz de aguantar esto? ¿Quién creerá no ya que realmente sea así, sino que se hayan podido decir tales cosas? Y he aquí que hay quienes temen anatematizar a Manes, que enseña semejantes impiedades, y no temen creer que Dios haya hecho y soportado estas cosas.

Capítulo XLV

Algunas nefandas torpezas atribuidas con razón a los maniqueos

Aseguran los maniqueos que esa misma parte de la naturaleza de Dios que está mezclada con el mal se purifica por medio de los elegidos, cuando comen y beben, porque dicen que está sujeta y unida a todos los alimentos y, al tomarlos en la comida y en la bebida para el sostenimiento del cuerpo, como si los elegidos fueran santos, por medio de su santidad es desatada, señalada y libertada.

No advierten estos infelices que no sin razón se les atribuye a ellos lo que en vano tratan de negar, mientras no condenen sus libros y dejen de ser maniqueos. Porque si, como afirman, en todas las semillas está ligada y encerrada una parte de la naturaleza de Dios y es purificada por los elegidos cuando comen, ¿quién no creerá fundadamente que ellos hacen lo mismo que leen en su Tesoro que hacen los príncipes de las tinieblas, cuando creen y no dudan afirmar que sus cuerpos proceden de la raza de las tinieblas y que en ellos está ligada y sujeta aquella sustancia vital, que es una parte de Dios? Y si ésta ha de ser libertada y purificada al comer, como les obliga a confesar su funesto error, ¿quién no verá, quién no se horrorizará de las muchas y nefandas torpezas que de sus doctrinas se siguen?

Capítulo XLVI

doctrina abominable de la carta llamada del «fundamento»

Sostienen los maniqueos que Adán, el primer hombre, fue creado por algunos príncipes de las tinieblas, que lo sujetaron para que no huyera de ellos su luz.

Escribió Manes en la carta que llaman del Fundamento cómo el príncipe de las tinieblas, a quien llaman padre del primer hombre, hubiera hablado y se hubiera dirigido a los demás príncipes de las tinieblas compañeros suyos: «Con inicuas invenciones dice a los que estaban presentes: ¿Que os parece de esta gran luz que nace? Mirad cómo se conmueve el polo y quebranta una verdadera multitud de potestades. Por eso es conveniente que comience preguntándoos por la luz que conserváis en vuestras fuerzas, pues así os representaré la imagen de aquel gran sol que ha aparecido en toda su gloria, y mediante esa imagen podremos reinar cuando algún día seamos librados de la morada de las tinieblas.

Todos los oyentes, después de una madura deliberación, juzgaron que era muy justo asentir a lo que se les pedía. No confiaban, además, en que habían de conservar siempre la misma luz, y acordaron ofrecérsela a su Príncipe, esperando que por este pacto llegarían a reinar.

Ahora hemos de considerar cómo se desprendieron de la luz que poseían. Y esto se halla expuesto en todas las divinas escrituras y todos los arcanos celestes. Y no es difícil averiguar cómo ha sido dado a los sabios este conocimiento, pues se le descubre clara y abiertamente al que con sinceridad y fidelidad quisiera investigarlo.

Como entre los que estaban reunidos era frecuente la promiscuidad sexual de hombres y mujeres, los empujó a unirse entre sí, en cuyo coito unos fecundaron y las otras concibieron. Los recién nacidos eran semejantes a sus progenitores, recibiendo mucho más vigor que sus padres, como primogénitos que eran. El príncipe, tomándolos, se llenó de gozo, como si fuera el mejor regalo. Y así como vemos suceder hoy todavía, que la naturaleza del mal, creadora de los cuerpos, los configura, tomando de ahí fuerzas, de igual modo el citado príncipe, recibiendo la descendencia de sus compañeros dotada de la sensibilidad, la prudencia y la luz de sus padres, que les viene por generación, comienza a comérsela.

Una vez repuestas enormes fuerzas por un tal manjar, que no solamente contenía fortaleza, sino astucia y sentido de la depravación en mucha mayor cantidad, heredada de la feroz raza de sus padres, hizo llamar a su lado a su propia esposa, brotada de su misma estirpe, y tras haber tenido con ella comercio carnal, fue sembrando, como los demás, la abundancia de males que había devorado. Añadió él una cierta influencia de su pensamiento y de su poder para que fuese su espíritu el modelador y diseñador de todos os seres que él había difundido. Su compañera recibía todo esto como suele acoger la semilla una tierra perfectamente cultivada. Efectivamente, en su seno se iban conformando y entretejiendo las imágenes de todas las potestades celestes y terrenales, para que todo ser que fuera formado recibiera su semejanza, es decir, la plenitud del universo»

Capítulo XLVII

Manes obliga a practicar estas torpezas nefandas

¡Oh impía monstruosidad! ¡Oh execrable perversión y corrupción de las almas engañadas! Omito el calificar lo que es decir estas cosas de la naturaleza de Dios, que así es aprisionada. Pero, al menos, fíjense estos infelices seducidos y envenenados por el error mortífero en que, si por la unión de los elementos generadores masculino y femenino es ligada o encadenada una parte de la naturaleza de Dios, que ellos suponen y afirman que se libra y se purifica por la comida, fíjense en que les obliga la consecuencia necesaria de error tan abominable a declarar que no solamente es librada y purificada la parte de la naturaleza de Dios mediante la comida del pan, de legumbres y frutas, únicas sustancias que exteriormente les sirven de alimento, sino que también es librada y purificada por el mismo medio por el que puede ser aprisionada, esto es, por el acto de la relación sexual, una vez que la mujer haya concebido en el seno.

De hecho, se dice que algunos han confesado ante un tribunal que hacían y practicaban estas cosas en la Paflagonia y en la Galia, como se lo he oído contar en Roma a un católico. Y habiéndoseles preguntado por la autoridad del libro en que ellos se apoyaban, citaron el Tesoro, al que ya he aludido anteriormente. Y cuando se les objetan estas cosas, suelen contestar que un enemigo suyo del número de los elegidos se separó de ellos y formó un cisma y fundó y propagó esta herejía tan inmunda.

Por lo cual es manifiesto que, si hay algunos que no cometen tales torpezas, los que las practican lo hacen apoyándose en las prescripciones de sus libros. Arrójenlos y háganlos desaparecer, si es cierto que aborrecen las impurezas que se ven obligados a perpetrar cuando los conservan, y si, conservándolos, no las cometen, procuren vivir con mayor decencia aun en contra de lo prescrito en sus libros.

Pero ¿cómo se conducen cuando se les dice: o purificad la luz de todas las semillas que os sea posible, para que no os excuséis de admitir lo que afirmáis que no cometéis, o anatematizad a Manes, que os enseña que en todas las semillas hay una parte de la naturaleza de Dios y que es encadenada por el acto de la generación, y que lo que hay de luz, esto es, de la misma parte de la naturaleza de Dios, es purificado por el acto de la manducación, cuando llega a ser comida o alimento de los elegidos? ¿Veis lo que os aconseja y todavía dudáis en condenarlo? ¿Cómo se conducen -pregunto de nuevo- cuando se les dice esto? ¿A qué tergiversaciones no recurren cuando o anatematizan doctrina tan impía o cometen las torpezas, en cuya comparación los males intolerables anteriormente especificados, que ellos atribuyen a la naturaleza de Dios y que pueden compendiarse en la necesidad de hacer la guerra, en que o bien estaba imperturbable en una ignorancia absoluta o estaba inquieta y agitada por un dolor y angustia perpetuos, temiendo que llegara el momento de sufrir la corrupción de la mezcla y la sujeción de la condenación eterna, y, finalmente, en que, declarada la guerra, la naturaleza de Dios fue hecha prisionera, subyugada y mancillada, y después de una victoria ficticia ha de ser encerrada para siempre en el globo horrible y separada de la felicidad de que disfrutaba al principio, todos esos males, que en sí mismos considerados son repelentes, parecen tolerables en comparación de las abominaciones descritas?

Capítulo XLVIII

Oración de Agustín por la conversión de los maniqueos

¡Oh cuán grande es tu paciencia, Señor piadoso y compasivo, magnánimo, misericordioso y veraz!41 Tú, que haces salir el sol sobre buenos y malos y haces caer la lluvia sobre justos y pecadores42; que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva43; que corrigiendo a los extraviados les das lugar a penitencia, para que, abandonada su iniquidad, crean, Señor, en ti44; que atraes con tu paciencia a los pecadores al arrepentimiento45, aunque muchos por la dureza y pertinacia de su corazón van atesorando ira para el día de la venganza y de la revelación de tu justo juicio, el cual ha de dar a cada uno según sus obras; tú, que, en cualquier día en que el hombre se convierta de su iniquidad a tu verdad y misericordia, te olvidas de todas sus maldades46, concédeme, Señor, concédeme que por este ministerio de mi enseñanza, por el cual has querido que refutara este execrable y horribilísimo error, que así como muchos se han visto ya libres de él, se vean también libres los demás.

Haz, Señor, que todos, sea por el sacramento de tu santo bautismo o por el sacrificio del espíritu compungido y del corazón contrito y humillado, por el dolor de la verdadera penitencia, merezcan recibir el perdón de todas sus blasfemias y pecados, con los que, sin saber lo que hacían, te ofendieron. Pues tan eficaces son, Señor, tu misericordia y tu poder y la verdad de tu bautismo y pueden tanto las llaves del reino de los cielos confiadas a tu santa Iglesia, que no se debe desesperar de la conversión de todos aquellos que, mientras viven en la tierra, sufriéndolos tu paciencia y conociendo ellos mismos cuán grande es el mal de sentir y decir de ti tales blasfemias, se mantienen todavía en su maligna profesión por la costumbre o por la adquisición de alguna comodidad temporal y terrena; y haz que, amonestados por los suaves avisos de tu gracia, se refugien en el seno de tu bondad inefable y antepongan a todos los halagos de la vida carnal el bien de la vida celestial y eterna.