BAC vol. 32
Libro 03
TRATADO SOBRE EL BAUTISMO
LIBRO III La carta de Cipriano a Jubayano y el bautismo de los herejes Queda clara una enseñanza de Cipriano: el amor a la unidad
I.1. Queda ya patente a todos -creo yo- que favorece más a nuestra causa que a la de los donatistas la autoridad del bienaventurado Cipriano en la conservación del vínculo de la paz y en no quebrantar en modo alguno la caridad salubérrima de la unidad de la Iglesia. En efecto, si quisieron servirse del ejemplo de Cipriano para rebautizar a los católicos, ya que él juzgó que debían ser bautizados los herejes en la Iglesia católica, nosotros utilizamos con más razón su ejemplo cuando estableció con toda claridad que de ningún modo debía alejarse nadie de la comunión católica, esto es, de los cristianos esparcidos por todo el orbe de la tierra, aunque se hubieran admitido malos y sacrílegos; y la razón es que él no quiso fueran apartados del derecho de la comunión ni aun aquellos que en su opinión admitían en la unidad católica a los sacrílegos sin bautizarlos: “No juzgamos a nadie -dice- ni lo separamos del derecho de la comunión por tener opinión diferente”.
Cómo responder a las razones de Agripino y Cipriano II.2. Sin embargo, pienso que aún se me puede pedir algo más, esto es, que responda a las razones aparentes que, sin concilio plenario ni regional, sino por sólo una conversación epistolar, arrastraron primero a Agripino, luego al mismo Cipriano, después a los que estuvieron de acuerdo con ellos en África, y también a los que quizá hubo en tierras transmarinas y remotas, y que por tales razones llegaron al extremo de pensar que se debía practicar lo que no tenía la primitiva Iglesia y que luego rechazó con inquebrantable firmeza y unanimidad el orbe católico. De suerte que una verdad más poderosa de la unidad y una medicina universal procedentes de la salud curaba el mal que se había comenzado a infiltrar en algunas mentes por semejantes discusiones.
Vean los donatistas con qué seguridad emprendo esta tarea. Si no pudiera refutar cumplidamente sus afirmaciones, tomadas del concilio de Cipriano o de sus cartas, es decir, que el bautismo de Cristo no puede ser dado por los herejes, permaneceré seguro en la Iglesia, en cuya comunión permaneció el mismo Cipriano junto con aquellos que no estaban de acuerdo con él.
De nuevo la cuestión: ¿Desapareció la Iglesia por no rebautizar a los herejes? 3. Pueden decir que aquélla era la Iglesia católica porque unos pocos, o quizá muchos, reprobaban el bautismo dado por los herejes y bautizaban a los que procedían de ellos. Entonces, qué: ¿No había Iglesia antes de Agripino, en quien tuvo comienzo este nuevo procedimiento en abierta pugna con la tradición? Y ¿qué pasó después de Agripino, cuando, si no se hubiera vuelto a la primitiva costumbre, no le sería necesario a Cipriano celebrar un nuevo concilio? ¿Acaso no existía la Iglesia, al ser universal la costumbre de que el bautismo de Cristo se tuviera por tal bautismo de Cristo, aunque se demostrase que había sido dado por los herejes o cismáticos? Ahora bien, si entonces existía la Iglesia y la heredad de Cristo no había perecido por interrupción, sino que seguía firme, tomando incremento a través de todas las gentes, tiene firmeza inconmovible la permanencia en tal costumbre que agrupaba entonces en un solo conjunto a buenos y malos.
Pero si existía entonces la Iglesia, porque los herejes sacrílegos eran recibidos sin el bautismo, y esto era la costumbre universal, ¿de dónde salió Donato? ¿Qué tierra lo engendró? ¿De qué mar emergió? ¿De qué cielo cayó?
Por ello nosotros, como dije al principio, nos mantenemos seguros en la comunión de aquella Iglesia, cuya universalidad practica al presente lo que esa universalidad practicaba de modo semejante antes de Agripino y en los tiempos transcurridos entre Agripino y Cipriano. Universalidad que ni Agripino, ni Cipriano ni sus partidarios, aunque tuvieran diferente opinión de los demás, abandonaron nunca, antes bien, permanecieron en la misma comunión con aquellos mismos de quienes disentían.
Ahora bien, los donatistas deben considerar dónde se encuentran ellos, que no pueden decir siquiera de dónde proceden, si ya entonces los herejes y cismáticos recibidos sin el bautismo habían destruido a la Iglesia con el contagio de la comunión, y, por otra parte, no están de acuerdo con Cipriano, ya que éste confesó permanecer con los que habían recibido a los herejes y cismáticos, y, por lo tanto, con los mismos recibidos, y los donatistas, en cambio, a causa de los que infamaron en África con el nombre de “traditores” y sin convencer a los de ultramar, se separaron de la comunión del orbe de la tierra. Porque aunque echaran en cara crímenes verdaderos, son mucho mayores los crímenes de los herejes y cismáticos, de donde vienen sin el bautismo, según él cree, y son recibidos sin el bautismo en la comunión católica: ni aun éstos pudieron manchar al mismo Cipriano.
Además, en su afirmación de imitar a Cipriano, no saben cómo responder sobre el bautismo de los maximianistas. En efecto, no tuvieron inconveniente en admitir a su comunión en el mismo episcopado, en que los había condenado, a aquellos a quienes, de entre el número de los condenados por su concilio plenario, persiguieron judicialmente ante la autoridad pública.
Por consiguiente, si en los tiempos de Cipriano destruyó a la Iglesia la comunión con los malos, no tienen éstos origen alguno en su comunión. Si no la destruyó, no tienen defensa alguna de su separación. Por otra parte, ni siquiera siguen el ejemplo de Cipriano, ya que han roto el vínculo de la unidad, ni tienen el mismo concilio, ya que aceptaron el bautismo de los maximianistas.
El concilio de Cipriano y su carta a Jubayano III.4. Nosotros seguimos, por lo tanto, el ejemplo de Cipriano. Vamos a analizar, pues, el concilio de Cipriano. ¿Qué dice Cipriano? “Habéis oído, muy queridos colegas míos, la carta que me ha escrito el obispo Jubayano, consultando mi limitada capacidad sobre el ilícito y profano bautismo de los herejes, También sabéis mi contestación, insistiendo en lo que una y muchas veces he pensado, que los herejes que vuelven a la Iglesia deben ser bautizados y santificados con el bautismo de la Iglesia. También se os han leído otras cartas de Jubayano, donde contesta con una devoción sincera y religiosa a mi carta, y no sólo muestra su acuerdo conmigo, sino que me da las gracias por haberle instruido”.
Estas son las palabras con que el bienaventurado Cipriano nos dice que ha sido consultado por Jubayano, cómo respondió él a la consulta, y las gracias que le dio aquél por su contestación. ¿Se nos tildará de pertinaces si procuramos reflexionar sobre esa misma carta, en que se le persuadió esto a Jubayano? Mientras no se nos persuada a nosotros (si esto es posible, con razones convincentes), es el mismo Cipriano quien nos garantiza el derecho de la comunión católica.
El respeto de Cipriano a las opiniones ajenas 5. Dice a continuación: “Sólo nos queda expresar lo que sentimos cada uno sobre esta cuestión, sin juzgar a nadie, sin separarlos del derecho de la comunión por tener opinión diferente”. Con lo cual me concede, quedando a salvo el derecho de comunión, no sólo buscar la verdad, sino también tener diversa opinión. “Porque, dice, nadie entre nosotros se constituye obispo de los obispos, o con terror tiránico fuerza a sus colegas a la necesidad de obedecer”. ¿Hay algo más suave, más humilde? Ninguna autoridad puede apartarnos de la búsqueda de la verdad. “Porque en verdad -dice- todo obispo, en virtud de su libertad y poder, tiene su juicio propio, y ni puede él ser juzgado por otro ni tampoco puede él juzgar a otro”. Pienso se refiere a cuestiones que no han quedado cabalmente clarificadas en una discusión cumplida.
Conocía él qué profundidad encerraba el sacramento que con tales controversias trataba la Iglesia, autorizando al libre albedrío a examinar y poner en claro la verdad. No mentía él ni pretendía cazar en alguna palabra a sus colegas menos instruidos, con la intención de someterlos, contra lo que había prometido, a la excomunión cuando manifestasen que tenían opinión diferente. Lejos de un alma tan santa una tan depravada perfidia: quienes atribuyen como una alabanza a semejante varón tal perfidia, no hacen otra cosa que confesarse capaces de ella. De Cipriano, obispo católico, mártir católico, y tanto más grande humillándose más para encontrar gracia ante Dios, en modo alguno podría creer yo, sobre todo en el santo concilio de sus colegas, que pudiera expresar por su boca algo distinto de lo que llevaba en el corazón, de modo especial al añadir lo que sigue: “Pero esperemos todos el juicio de nuestro Señor Jesucristo, que es el único que tiene el poder de ponernos al frente del gobierno de su Iglesia y de juzgar sobre nuestras acciones”.
Recordando un juicio de tal trascendencia, mientras esperaba oír de sus colegas la verdad, ¿les daría él primero el ejemplo de mentir? Libre Dios de semejante demencia a cualquier cristiano, cuanto más a Cipriano. Tenemos, pues, libertad de investigación, que nos ha concedido Cipriano en un lenguaje tan suave y veraz.
Presenta Agustín la carta de cipriano IV. 6. Comienzan ya sus colegas a emitir sus propias opiniones; pero oyeron la carta enviada a Jubayano. Se leyó, en efecto, como he recordado en el exordio. Léase también a nosotros, a fin de que también nosotros podamos, con la gracia de Dios, averiguar por ella lo que se debe pensar.
Quizá alguno diga: “Pues qué, ¿ahora te enteras tú de lo que escribió Cipriano a Jubayano?” Reconozco que ya lo leí; y ciertamente me hubiera adherido a esa sentencia si no me reclamara una consideración más diligente la gran autoridad de esos otros de tanto valor por la doctrina, y aun quizá más sabios, que ha dado a luz la Iglesia extendida por todo el orbe entre latinos, griegos, bárbaros e incluso los mismos hebreos, Iglesia que había dado también a luz a esta misma autoridad. Y me parece que no en vano éstos sostuvieron una opinión distinta; no precisamente por la imposibilidad de que en cuestión tan oscura estuviera más en la verdad uno solo o unos pocos que muchos, sino porque, sin sopesar concienzudamente y ver claramente las cosas, no se debe seguir la opinión de uno solo o de pocos frente a innumerables personalidades de la misma religión y de la unidad, personalidades dotadas además de un gran talento y de rica ciencia.
Si alguien solícito me pregunta qué me han enseñado las cartas de Cipriano en pro de la sentencia que al presente sostiene la Iglesia católica de que el bautismo de Cristo debe ser reconocido y aceptado no por el mérito del que lo da, sino por los de aquel de quien se dijo: Este es el que bautiza 1, si alguien me pregunta esto, el desarrollo de nuestra disquisición lo pondrá de manifiesto. Demos por leída ya la carta que él escribió a Jubayano, tal como la leyó el concilio. De todos modos, léala antes quien haya de leer lo que voy a decir, no vaya a pensar que quizá haya pasado por alto algo necesario.
Sería muy prolijo, y fuera del tema que queremos explicar, citar yo ahora todas las palabras de esta carta.
El peso de la práctica anterior de la Iglesia V.7. Si alguien me pregunta cuál es mi pensamiento mientras desarrollo esta cuestión, responderé en primer lugar que la carta de Cipriano me ha sugerido lo que debo mantener, hasta que vea con claridad qué es lo que se comenzó a discutir después. Dice efectivamente Cipriano: “Pero dirá alguno: ¿Qué será, pues, de los que vinieron en el pasado de la herejía a la Iglesia y fueron admitidos sin el bautismo?”. Dejaremos para después el punto de si éstos estuvieron realmente sin el bautismo o fueron precisamente admitidos porque quienes los admitían pensaban que tenían el bautismo. No obstante, cuál solía ser la costumbre de la Iglesia, nos lo manifiesta el mismo Cipriano al decir que los que venían en el pasado de la herejía a la Iglesia eran recibidos sin el bautismo.
Fuerza de la verdad sobre la costumbre: cinco testimonios a favor 8. En el mismo concilio dice también Casto de Sica: “Quien, despreciando la verdad, presume de seguir la costumbre, se muestra envidioso y maligno para con los hermanos, a quienes se ha revelado la verdad, o se muestra ingrato para con Dios, cuyas inspiraciones instruyen a su Iglesia”. Si la verdad fue revelada o no, lo investigaremos después; pero que era otra la costumbre de la Iglesia lo ha confesado también el citado Casto.
VI. 9. También Liboso de Vaga dice: “El Señor en el Evangelio dice: Yo soy la verdad 2 ; no dijo: Yo soy la costumbre. Por lo tanto, puesta en claro la verdad, ceda la costumbre a la verdad”. Ciertamente, ¿quién puede dudar que la costumbre debe ceder a la verdad? Sobre la manifestación de la verdad hablaremos después; de momento vemos que también éste declara que la costumbre era otra.
VII.10. Lo mismo dice Zósimo de Tarasa: “Descubierta la verdad, el error debe cederle paso; el mismo Pedro, que antes circuncidaba, cedió ante Pablo que predicaba la verdad”. No quiso Zósimo llamarla costumbre, sino error; pero al decir “el mismo Pedro, que antes circuncidaba, cedió ante Pablo, que predicaba la verdad”, nos indica claramente que la práctica del bautismo era diferente. Al mismo tiempo nos advierte que no fue imposible que respecto al bautismo tuviera Cipriano alguna opinión diferente de la verdad, que mantuvo la Iglesia antes y después de él, ya que pudo también Pedro tener diferente opinión de la verdad que hemos aprendido del apóstol y doctor Pablo.
VIII. 11. Dijo también Félix de Buslaca : “En la admisión de los herejes sin el bautismo de la Iglesia, no anteponga nadie la costumbre a la razón y a la verdad, ya que la razón y la verdad siempre excluyen la costumbre”. Si es la razón, si es la verdad, estupendo; pero sobre esto hablaremos más tarde. Mientras tanto, queda claro por las palabras de Félix que la costumbre era otra.
IX. 12. También dijo Honorato de Tuca: “Puesto que Cristo es la verdad, debemos preferir la verdad a la costumbre”.
Todas estas apreciaciones proclaman que nosotros no nos hemos puesto fuera de la comunión de la Iglesia, mientras no aparezca clara la verdad que dicen hay que anteponer a esta costumbre. Ahora bien, si la verdad manifiesta claramente que debe ser retenido lo que había impuesto aquella costumbre, quedará bien patente que no fue establecida y consolidada ésta sin fundamento, que con vigilancia tan solícita, aun después de semejantes discusiones, no pudo cambiarse en la Iglesia católica, una costumbre tan saludable, sino que se conserva con toda religiosidad, más confirmada aún por la fuerza de los concilios.
El problema de la ilicitud y de la invalidez X. 13. Escribe, pues, Cipriano a Jubayano sobre el bautismo de los herejes, que le parecen a él estar fuera, excluidos de la Iglesia, y dice que no puede arrogarse él la cuestión, ni pertenece a su jurisdicción o a su potestad, “ya que nosotros, dice, no podemos tener por valedero y legítimo cuando consta que para ellos es ilícito”. Ni nosotros rehusamos tampoco que quien recibe el bautismo entre los herejes o en algún cisma fuera de la comunión de la Iglesia se quede sin percibir fruto alguno en cuanto participa de la perversidad de los herejes y cismáticos; como tampoco podemos admitir que los que bautizan, aunque den el auténtico y verdadero bautismo, obran, sin embargo, legítimamente y recogen fruto de la Iglesia mientras sienten contra la Iglesia. Pero una cosa es no tener un bien, y otra diferente no tenerlo legítimamente o usurparlo ilícitamente.
Por consiguiente, no dejan de ser sacramentos de Cristo y de la Iglesia porque usan de ellos ilícitamente no sólo los herejes, sino también todos los inicuos e impíos. De todos modos, lo que hay que hacer es corregir o castigar a aquéllos, y reconocer y venerar los sacramentos.
La autoridad de la Iglesia universal sobre la de África 14. Justamente dice que sobre esta cuestión se celebraron uno, dos o incluso más concilios, pero que fueron africanos. Recuerda que en uno de ellos hubo setenta y un obispos, a cuya autoridad no podemos dudar anteponer la autoridad de la Iglesia universal extendida por todo el orbe y con muchos más obispos; y esto, sin enfrentarnos con el mismo Cipriano, que se gozaba de ser un miembro íntimamente ligado a la Iglesia universal.
El bautismo es de Cristo, aun en labios impuros 15. No se hace profana y adúltera el agua sobre la que se invoca el nombre del Señor, aunque sean profanos y adúlteros quienes la invocan, ya que ni la criatura ni el nombre es adúltero. Y el bautismo de Cristo, consagrado con las palabras evangélicas, sigue siendo santo, aunque sea dado por los adúlteros y a los adúlteros; aunque éstos sean impuros e inmundos. Su santidad no puede ser mancillada y la virtud divina está presente en su sacramento, tanto para la salud de los que lo usan bien como para la perdición de los que lo usan mal. ¿Acaso la luz del sol o de una simple antorcha roza un fondo cenagoso sin contraer mancha alguna, y va a contagiarse el bautismo de Cristo con los crímenes de cualquier ministro? Porque si prestamos atención a las cosas visibles con que se realizan los sacramentos, ¿quién ignora que son corruptibles? En cambio, si nos fijamos en lo que se realiza por medio de ellas, ¿quién no ve que no pueden corromperse por más que los hombres que los realizan reciban premio o paguen sus penas a tenor de sus costumbres?
Irreiterable el bautismo por ser de Cristo XI.16. Con razón no se dejó conmover Cipriano por lo que escribió Jubayano, que los novacianos rebautizaban a los que desde la Católica venían a ellos. En efecto, no porque los herejes imiten perversamente alguna ceremonia, van a dejar de hacerlo los católicos con el pretexto de que ellos obran de esa manera. Es diferente el motivo que impide a los herejes rebautizar del que se lo impide a los católicos. Aunque un rito deba hacerse en la Iglesia católica, no por eso deberán los herejes hacerlo, ya que dicen que entre los católicos no existe lo que cuando ellos estuvieron allí recibieron y que se llevaron al separarse; en cambio, la Católica no puede reiterar el bautismo dado por los herejes, para no dar la impresión de que es de ellos lo que es de Cristo, o que no tienen lo que recibieron cuando estaban dentro y no se puede perder al separarse.
Ya el mismo Cipriano con los demás estableció esto: que cuantos hubieran sido bautizados en la Iglesia, al volver de nuevo de la herejía, no fueran recibidos mediante el bautismo, sino mediante la penitencia. De donde consta que ellos no pueden perder al marcharse lo que no reciben al volverse. Propia de ellos es la herejía, propio de ellos es el error, propio de ellos es el sacrilegio de la disensión; pero no puede decirse que sea suyo el bautismo, que es de Cristo. Por eso, así como se corrigen sus males cuando retornan, así en lo que no es suyo debe ser reconocido el dueño.
Agripino, antes que Cipriano, bautizó a los que volvían de la herejía XII. 17. No fue una práctica nueva o imprevista lo que estableció el bienaventurado Cipriano, pues demuestra que ya había comenzado a practicarse en tiempo de Agripino; dice, en efecto: “Ya hace muchos años, ya hace mucho tiempo que, bajo la autoridad de Agripino, varón de feliz memoria, reunidos muchos obispos, establecieron esto”. Por lo tanto, la práctica nueva comenzó con Agripino.
Ahora bien, no entiendo qué quiere decir con aquellas palabras: “Y desde entonces hasta nuestros días no despreciaron a tantos miles de herejes convertidos a la Iglesia en nuestras provincias, ni anduvieron con vacilaciones con ellos, antes los recibieron con toda comprensión y afabilidad, a fin de que consideraran la gracia del baño de la vida y del bautismo saludable”. Quizá quiera decir en las palabras “desde entonces hasta nuestros días” que acerca de ellos no surgió cuestión alguna de excomunión, desde que a tenor del concilio de Agripino fueron bautizados en la Iglesia.
Por lo demás, si desde Agripino a Cipriano perseveraba la costumbre de bautizar a los que venían de los herejes, ¿qué fin tenían los concilios convocados por Cipriano sobre esta cuestión? ¿Por qué dice al mismo Jubayano que él no establece una práctica nueva o impensada, sino establecida ya por Agripino? ¿Por qué entonces iba a turbar a Jubayano por la novedad, de suerte que fuera preciso corregirlo mediante la autoridad de Agripino, si desde Agripino a Cipriano la Iglesia mantenía esto? ¿Por qué, finalmente, tantos colegas suyos dijeron en el concilio que debía anteponerse la razón y la verdad a la costumbre, y no dijeron más bien que quienes pretendieran hacer otra cosa obraban contra la verdad y la costumbre?
Remisión de los pecados en el bautismo de los herejes XIII. 18. Acerca de la remisión de los pecados en el bautismo de los herejes, ya en otro libro di mi opinión; aunque también lo voy a recordar aquí brevemente.
Si allí se da la remisión de las deudas en virtud de la santidad del bautismo, retornan en virtud de la obstinación de la herejía o del cisma y por ello les es necesario acudir a la paz católica, para dejar de ser herejes y cismáticos, y merecer en el vínculo de la unidad, por obra de la caridad, la purificación de aquellos pecados que habían vuelto a ellos. En cambio, aunque entre los herejes o cismáticos exista el mismo bautismo de Cristo, si no realiza entre ellos la remisión de los pecados a causa de la misma abominable discordia y de la impía disensión, en este caso comienza el bautismo a perdonar los pecados cuando vienen a la paz de la Iglesia. Y así lo que estaba verdaderamente perdonado no le es retenido ya, y no se reprueba el otro bautismo como ajeno o diferente, como si hubiera que administrar otro, sino que ese mismo bautismo, que a causa de la discordia causaba fuera la muerte, opera dentro la salud por la caridad. Así, el Apóstol habla del buen olor en estas palabras: Somos buen olor de Cristo en todo lugar, y, sin embargo, dice: entre los que se salvan y entre los que se pierden; para éstos, un olor que da muerte y sólo muerte; para los otros, un olor que da vida y sólo vida 3. Aunque él lo dijo sobre otra cuestión, yo lo he traído aquí a fin de que se comprenda que un bien no sólo puede proporcionar la vida a los que usan bien de él, sino también la muerte a los que usan mal.
Los errores en la fe del bautizando no anulan su bautismo XIV. 19. Al tratar de la integridad y santidad del sacramento no importa qué es lo que cree y en qué está imbuido el que recibe el sacramento. Cierto que importa muchísimo para el camino de la salud, pero nada importa en cuanto a la cuestión del sacramento. Bien puede ocurrir que alguien tenga un sacramento cabal y una fe perversa; como puede ocurrir que tenga todas las palabras del credo y, sin embargo, no tenga una fe recta sobre la misma Trinidad, sobre la resurrección, sobre cualquier otro misterio. No es ciertamente de poca importancia dentro de la misma Iglesia católica una fe íntegra, de suerte que no crea en absoluto sino lo que enseña la verdad; no sobre cualquier criatura, sino sobre el mismo Dios. ¿Acaso si, después de bautizado en la Iglesia católica, sea por la lectura, la palabra o la discusión pacífica mediante la revelación de Dios, llega a caer en la cuenta de que antes ha creído algo diferente de lo que debió creer, ya por eso debe bautizarse de nuevo? ¿Qué hombre, carnal y animal como es, no se deja llevar por la fantasía de su corazón y no se fabrica un Dios propio para agradar a su sentido carnal, llegando a tener una fe tan alejada de Dios cuanto la necedad difiere de la verdad?
Muy verdadera es la sentencia que expresó el Apóstol, lleno de la luz de la verdad: El hombre animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios 4. Y, sin embargo, decía esto de quienes él nos atestigua que habían sido ya bautizados; así les dice a ellos: ¿Ha sido Pablo crucificado por vosotros o habéis sido bautizados en su nombre? 5 Tenían éstos, pues, el sacramento del bautismo, y, sin embargo, al sentir según la carne, ¿qué noción podían tener de Dios si no la del sentido de su carne, en la cual el hombre carnal no percibe las cosas del Espíritu de Dios? A éstos les dice: No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, no os di manjares sólidos, porque aún no los admitíais. Y ni aun ahora los admitís, porque sois todavía carnales 6. Y son éstos también los que se dejan envolver por el viento de cualquier doctrina. De ellos dice: Ya no seremos zarandeados y a la deriva por cualquier ventolera de doctrina 7. ¿Acaso, pues, si éstos han progresado hasta llegar a la edad espiritual del hombre interior, y por la sinceridad de su inteligencia han llegado a conocer qué lejos se encuentran, debido a sus engañosas fantasías, del auténtico conocimiento de Dios que exige la verdad, acaso éstos deberán ser bautizados de nuevo?
También puede ocurrir que un catecúmeno católico tope con el libro de algún hereje y, sin saber discernir el error de la verdad, llegue a creer algo contrario a la fe católica. Error que no se halla en abierta contradicción con las palabras del Símbolo, bajo las cuales en verdad han nacido innumerables errores heréticos. Si el tal catecúmeno piensa que aquel libro es de un católico notable y docto, y creyendo tales cosas es bautizado en la Iglesia católica, pero luego con más diligencia conoce cómo debe creer, y agarrándose a la fe católica rechaza de su espíritu todo aquello, ¿acaso al confesar esto ha de ser bautizado de nuevo? O si antes de conocerlo y confesarlo, se le descubre que piensa así, y se le enseña lo que debe rechazar y lo que debe creer, y queda de manifiesto que había sido bautizado en esa fe falsa, ¿acaso se le ha de bautizar de nuevo? Ciertamente que no. Y ¿por qué? Porque aquella santidad del sacramento consagrada por las palabras evangélicas permanecía íntegra en él como la había recibido al serle dada, aunque los desvaríos de su mente carnal hubieran dominado, y al ser bautizado creyera alguna cosa diferente de lo que debía.
Por todo ello, es claro que con una fe defectuosa puede permanecer en alguien íntegro el sacramento del bautismo; y por ello no pertenecen a esta discusión la variedad de doctrinas que se atribuyen a los diversos herejes. Pues lo que hay que corregir en cada uno es el mal que vea el que corrige; lo que hay que sanar es lo que está enfermo; y lo que hay que dar es lo que no se tiene, sobre todo el amor a la paz, sin la cual no puede aprovechar todo lo demás. Pero cuando todo esto se tiene, no debe darse como si faltase; al contrario, mediante el vínculo de la paz y la excelencia de la caridad, hay que procurar que su posesión sea con fruto y no con daño.
La validez del sacramento y la fórmula pronunciada XV. 20. Por consiguiente, si Marción consagraba el bautismo con las palabras evangélicas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo 8, el sacramento estaba íntegro, aunque su fe, al opinar bajo las mismas palabras diferentemente de lo que enseña la verdad católica, no fuera íntegra, sino manchada con fabulosas falsedades. Porque bajo esas mismas palabras, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo 9, no ha sido sólo Marción, o Valentín o Arrio, sino aun los mismos hijos carnales de la Iglesia, a los cuales decía el Apóstol: No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales 10, y que si pudieran ser diligentemente interrogados, nos formularían quizá tal diversidad de opiniones cuantos son ellos, puesto que el hombre animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios 11. ¿Acaso no reciben por esto íntegro el sacramento? ¿Acaso por esto, si se mejoraran y corrigieran sus desatinadas opiniones carnales, habría que repetir de nuevo lo que ya habían recibido?
Cada uno recibe según su fe, pero según la medida de la providente misericordia de Dios, sobre la cual nos previene el Apóstol con estas palabras: Si en algún punto pensáis de otro modo, Dios se encargará de aclararos también eso 12. Cierto que los lazos de los herejes y cismáticos son altamente perniciosos a los hombres carnales, porque se interrumpe su aprovechamiento al quedar confirmada la sentencia del desvarío contra la verdad católica y la animosidad de la disensión contra la paz católica. En cambio, los sacramentos, si son los mismos, quedan íntegros en todas partes, aunque su concepto se mezcle con la maldad y su discusión vaya envuelta en discordia; de la misma manera que la escritura del Evangelio, si es la misma, siempre permanece íntegra, aunque sea proclamada por una innumerable variedad de falsas opiniones.
Tenemos también las palabras de Jeremías: ¿Por qué pueden conmigo los que me afligen? Mi herida es incurable. ¿Cómo sanaré? Mientras tanto ella se ha hecho para mí como un agua engañosa de la que no se puede uno fiar 13. Si en la locución alegórica de la profecía no se empleara nunca figuradamente el agua, sino sólo para significar el bautismo, nos veríamos en dificultades para comprender el sentido de las palabras de Jeremías; pero al exponerse con toda claridad en el Apocalipsis las aguas significando los pueblos, no veo dificultad para interpretar bajo el nombre de agua engañosa que no merece crédito, a un pueblo mentiroso y pérfido.
Sin la caridad que se da en la Iglesia católica, nada aprovecha lo demás XVI. 21. La expresión de que el Espíritu Santo se da sólo en la Iglesia católica por la imposición de las manos, lo han interpretado nuestros mayores referido a las palabras del Apóstol: El amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado 14. Esta es la caridad, que no tienen los que se han desgajado de la comunión de la Iglesia católica; y por esto, aunque hablen las lenguas de los hombres y de los ángeles, aunque conozcan todos los misterios y toda la ciencia, aunque tengan toda la profecía y toda la fe, hasta trasladar las montañas, y aunque distribuyan todos sus bienes a los pobres, y entreguen su cuerpo al fuego, no les sirve de nada.
Y no tienen el amor a Dios los que no aman la unidad de la Iglesia; por lo cual se dice con razón que el Espíritu Santo no se recibe sino en la Iglesia católica. Pues al presente no se da el Espíritu Santo con la garantía de milagros temporales y sensibles mediante la imposición de las manos, como se daba antes para recomendar la fe incipiente y propagar la naciente Iglesia. ¿Quién espera, en efecto, ahora que empiecen a hablar de súbito las lenguas aquellos a quienes se impone la mano para recibir el Espíritu Santo? Pero se comprende que invisible y ocultamente, en virtud del vínculo de la paz, se inspira en el corazón de aquéllos la caridad divina, de suerte que pueden decir: El amor de Dios inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado 15.
Muchas son las operaciones del Espíritu Santo, que el mismo Apóstol, después de recordarlas cuando creyó conveniente en cierto pasaje, cerró con estas palabras: Todo esto lo activa el mismo y único Espíritu, que lo reparte dando a cada individuo en particular lo que a él le parece 16. Una cosa es, pues, el sacramento, que pudo tener incluso Simón el Mago; otra, la operación del Espíritu, que también suele tener lugar en los hombres malos, como tuvo Saúl la profecía; otra, la operación del mismo Espíritu, que no pueden tener sino los buenos, como es que el objeto del precepto es la caridad que brota del corazón limpio, de la conciencia honrada de la fe sincera. Cualquiera de ellos que reciban los herejes y cismáticos, la caridad que cubre la multitud de los pecados, es un don propio de la unidad y de la fe católica; y no en todos los católicos ciertamente, porque no todos forman parte de ella, como veremos en su lugar.
Fuera de ella no puede haber aquella caridad, sin la cual todo lo demás, aunque pueda ser reconocido y aprobado, no puede aprovechar ni liberar a nadie. Respecto a la imposición de las manos, a diferencia del bautismo, puede repetirse; pues ¿qué otra cosa es sino oración sobre el hombre?
La paloma como símbolo de la unidad XVII. 22. Como símbolo de la unidad, el Señor otorgó a Pedro la potestad de que quedara desatado en la tierra lo que él desatara. Es evidente que aquella unidad se llamó también la única Paloma perfecta. ¿Pertenecen acaso también a la misma paloma todos los avaros, sobre los cuales tanto se lamenta el mismo Cipriano en la Iglesia católica? Pues, en mi opinión, estos depredadores no pueden llamarse palomas, sino más bien gavilanes. ¿Cómo, pues, bautizaban los que arrebataban las posesiones con insidiosos fraudes y aumentaban el lucro con la multiplicación de las usuras, si únicamente bautiza aquella Paloma, es decir, aquella unidad que sólo puede entenderse entre los buenos, simple, casta y perfecta? ¿Acaso mediante las oraciones de los santos, llenos de espíritu, que hay en la Iglesia, como por continuo gemido de paloma, se lleva a cabo un gran misterio y una oculta dispensación de la misericordia de Dios, de suerte que queden absueltos también los pecados de los que son bautizados, no mediante la Paloma, sino mediante el gavilán, si se acercan a aquel sacramento en paz con la unidad católica? Cierto que se reconoce la integridad del sacramento en todas partes, pero no tendrá poder fuera de la unidad de la Iglesia para la remisión irrevocable de los pecados. Así como al que se halla en la herejía o el cisma no podrán ayudarle las oraciones de los santos, esto es, los gemidos de aquella única Paloma; como no lo pueden tampoco con respecto al que está dentro, si él mismo por una vida pésima retiene contra sí mismo las deudas de los pecados, no sólo si es bautizado por el gavilán, mas aunque lo sea por el piadoso ministerio de la misma Paloma.
La paz de la unidad sólo está en los buenos XVIII. 23. Dijo el Señor: Como el Padre me ha enviado, os envío yo también. A continuación sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos 17. Si tenían los apóstoles la representación de la Iglesia y se les dijo esto como si se le dijese a la misma Iglesia, la paz de la Iglesia remite los pecados, y el alejamiento de la paz de la Iglesia los retiene, no precisamente según la voluntad de los hombres, sino según la voluntad de Dios y las oraciones de los santos y espirituales, que son los que juzgan todas las cosas y a quienes nadie juzga.
La Piedra es la que retiene y la paz es la que perdona; la Paloma retiene y la Paloma perdona; la unidad retiene y la unidad perdona. Pero la paz de esta unidad se encuentra sólo en los buenos, bien sea ya espirituales o avanzando en concorde obediencia hacia lo espiritual; no se encuentra en los malos, ya se agiten fuera, ya sean tolerados dentro con dolor, ya bauticen, ya sean bautizados. Estos que dentro son tolerados con dolor, aunque no pertenezcan a la misma unidad de la Paloma y a aquella gloriosa Iglesia sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sin embargo, si se corrigen, y confiesan que se han acercado con tanta perversión al bautismo, no son rebautizados, sino que comienzan a pertenecer a la Paloma, por cuyos gemidos se les remiten los pecados que les sujetaban lejos de su paz. De la misma manera, los que abiertamente están fuera, si han recibido los mismos sacramentos cuando acuden, ya corregidos, a la unidad de la Iglesia, se ven liberados, no con la reiteración del bautismo, sino por la misma ley de la caridad y por el vínculo de la unidad.
Si “sólo pueden bautizar en la Iglesia los prelados y los encargados por ley evangélica y mandato del Señor”, ¿eran acaso tales los que arrebataban las propiedades con fraudes insidiosos, y acrecentaban sus lucros con la multiplicación de la usura? Pienso que la ordenación divina consagró a aquellos a quienes dice el Apóstol al tratar de proponerlos como modelo: No avaro ni codicioso de torpes ganancias 18. Y, sin embargo, tales eran los que bautizaban en tiempos del mismo Cipriano. El mismo confiesa con gran gemido que habían sido sus coepíscopos a quienes soportaba con una gran recompensa por su tolerancia. No daban la remisión de los pecados que se da mediante las oraciones de los santos, esto es, mediante los gemidos de la Paloma, sea cualquiera el que bautiza, si los que reciben el bautismo pertenecen a la paz de esta Paloma. Ciertamente que no iba el Señor a decir a los ladrones y usureros: A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos 19. En verdad que no se puede desatar ni retener nada fuera de la Iglesia, donde no hay quien pueda retener o desatar; en cambio, queda desatado el que haya hecho la paz con la Paloma, y queda retenido el que no tiene paz con ella, ya esté abiertamente fuera, ya parezca que está dentro.
- Sabemos que no obraron impunemente Datán, Coré y Abirón, que intentaron usurpar el derecho de sacrificar contra la unidad del pueblo de Dios y los hijos de Aarón, que pusieron un fuego ajeno en el altar. Tampoco nosotros decimos que tales crímenes quedan impunes, a no ser que se dé la enmienda, y que la paciencia de Dios, que invita a la penitencia, conceda tiempo de corrección.
Los herejes ni pueden contaminar ni apropiarse el bautismo XIX. 25. No viene tampoco a cuento la afirmación de que no se debe reiterar el bautismo, porque sólo se impuso la mano a los que había bautizado el diácono Felipe; lejos de nosotros servirnos de tales argumentos cuando buscamos la verdad.
No podemos, pues, ceder ante los herejes si, al confesar que tienen algo de la Iglesia de Cristo, decimos que eso no es suyo propio y no dejamos de reconocer ante los crímenes de los desertores la marca de nuestro emperador; y menos aún, puesto que el Señor nuestro Dios es un Dios celoso, podemos conceder, cuando encontramos algo suyo en alguien, que lo tenga como algo propio. Él mismo, celoso como es, reprocha al pueblo prevaricador en la figura de la mujer fornicadora, y dice que lo que le pertenecía a él se lo daba ella a sus amantes, para recibir a su vez de ellos lo que no les pertenecía, sino que le pertenecía a él. Y, sin embargo, el Dios celoso e irritado reconoce como dones suyos los que se intercambian entre la mujer adúltera y los adúlteros amantes. Y nosotros, ¿podemos decir que el bautismo consagrado por las palabras evangélicas es propiedad de los herejes, y conmovidos por sus hechos trataremos de atribuirles a ellos los bienes propios de Dios, como si ellos hubieran podido contaminarlos o apropiarse esos bienes de Dios porque ellos no quisieron ser de Dios?
La mujer adúltera de Oseas, símbolo de los herejes 26. ¿Quién es aquella mujer adúltera, designada por el profeta Oseas, la cual dijo: Me iré tras de mis amantes, que ellos me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino y todo lo que me conviene? 20 Bien puede aplicarse esto también al pueblo prevaricador de los judíos; pero ¿a qué otro imitan los pseudo-cristianos (éstos son todos los herejes y cismáticos), sino a los pseudo-israelitas? Porque también había verdaderos israelitas, como testifica el mismo Señor de Natanael, diciendo: Ahí tenéis a un israelita de veras, en quien no hay falsedad 21.
Y ¿quiénes son los verdaderos cristianos sino aquellos de quienes dice el Señor: El que me ama guarda mis mandamientos? 22 Y ¿qué es guardar sus mandamientos sino perseverar en el amor? Por eso dice también: Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros 23; y también: En esto conocerán que sois mis discípulos: en que os amáis unos a otros 24. Pero ¿quién puede dudar que esto no se les dijo sólo a los que entonces a través de sus labios oían las palabras del que estaba presente, sino también a los que ahora, por el Evangelio, conocen las palabras del que está sentado en el cielo? Él no vino, en efecto, a suprimir la Ley, sino a perfeccionarla. Y la plenitud de la Ley es el amor.
¡Cómo brilló en esta caridad Cipriano, para no abandonar la caridad, a pesar de tener otra opinión del bautismo, y ser un sarmiento fructífero bien arraigado en la cepa del Señor, al cual podaría con el hierro de la pasión el celeste viñador, a fin de que diera fruto más abundoso! En cambio, los enemigos de esta caridad fraterna, ya estén abiertamente fuera, ya parezca que están dentro son pseudo-cristianos y anticristo. Pues encontrando ocasión oportuna se salen afuera como está escrito: Busca pretextos el que quiere separarse de los amigos 25. Pero aun cuando falten ocasiones, se separan del cuerpo invisible de la caridad, aunque parece que están dentro. Por eso dice San Juan: Aunque han salido de nuestro grupo, no eran de los nuestros; si hubieran sido de los nuestros, se habrían quedado con nosotros 26. No dice que se hicieron extraños al salir, sino declaró que se habían salido porque eran extraños.
También el Apóstol habla de algunos que se habían apartado de la verdad y trataban de socavar la fe de los otros, y cuya palabra se propagaba como un cáncer; decía que había que huir de ellos, e indica que habían estado en una casa grande, pero como vasos que servían de afrenta. Pienso que aún no habían salido fuera. Pero si ya habían salido, ¿cómo dice que se encontraban en la misma casa grande con los vasos dignos de honor? Pienso que por tener los mismos sacramentos, que, aun separados en sectas, los herejes no han cambiado, y así afirma que todos pertenecen a la misma gran casa aunque con méritos diversos, unos para honor y otros para afrenta. Así escribe a Timoteo: Evita las profanas novedades de palabras, que conducen a una mayor impiedad, y su palabra cunde como gangrena. De ellos son Himeneo y Fileto, que, extraviándose de la verdad dicen que la resurrección se ha realizado ya, pervirtiendo con esto la fe de algunos. Pero el sólido fundamento de Dios se mantiene firme con este sello: El Señor conoce a los que son suyos y Apártese de la iniquidad quien tome en sus labios el nombre del Señor. En una casa grande no hay sólo vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro; y los unos para usos de honra, los otros para usos viles. Quien se mantenga puro de estos errores, será vaso de honor, santificado, útil para su amo, dispuesto para toda obra buena 27. Y ¿qué quiere decir con mantenerse puro de estos errores, sino lo que dijo poco antes: Apártese de la iniquidad quien tome en sus labios el nombre del Señor? Y para que nadie pensara que podía perecer en esta especie de gran casa mezclado con los malos, tuvo la precaución de decir antes: El Señor conoce a los que son suyos, es decir, a los que, apartándose de la iniquidad, se purifican de los vasos destinados a la afrenta, a fin de no perecer en compañía de aquellos que se ven forzados a soportar en la casa grande.
No se apropien los malvados del tesoro de verdad que poseen 27. Los malvados, los criminales, los carnales, los que son como bestias, los hombres diabólicos, piensan que reciben de sus seductores lo que no es sino don de Dios, ya sean los sacramentos u otras gracias espirituales relativas al bienestar de esta vida. No tienen éstos la caridad para con Dios; se ocupan de aquellos cuya soberbia los seduce, y son comparados con la mujer fornicaria, cuyas voces cita el profeta: Me iré tras de mis amantes, que ellos me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino y todo lo que me conviene 28. Así se originan las herejías y los cismas, cuando exclama la plebe carnal que no está fundada en la caridad de Dios: Me iré tras mis amantes con los cuales ciertamente fornica torpemente, ya por la corrupción de la fe, ya por el engreimiento de la soberbia. Pero no hay que olvidar que soportan las dificultades, estrecheces y obstáculos del desatinado razonamiento de quienes los seducen y sufren por ello punzantes temores y tornan al camino de la paz para buscar sinceramente a Dios; continúa, pues, y dice: Por eso voy a cerrar sus caminos con maleza, y a sembrarlos de espinas para que no pueda ya hallar sus sendas. Irá en seguimiento de sus amantes, pero no los alcanzará; los buscará, mas no los hallará, y se dirá: Voy a volverme con mi primer marido, pues mejor me iba entonces que ahora 29.
Luego, para que los seductores no tengan por suyos los bienes que conservan intactos y que proceden de la doctrina de la verdad, mediante los cuales atraen a las falsedades de sus dogmas y sus disensiones, para que no se tengan como propios esos bienes intactos, añade a continuación: No ha querido reconocer que era yo quien le daba el trigo, el mosto y el aceite, y el dinero que yo pródigamente le di y que ella convirtió en vasos de oro plata para Baal 30. Había dicho más arriba: Me iré tras de mis amantes que ellos me dan mi pan, etc., sin comprender que cualesquiera de estos bienes que tienen los seductores como íntegros y legítimos son bienes de Dios, no de los hombres, y que aquellos mismos seductores no se levantarían con ellos y los reclamarían como propios si no fueran ellos seducidos, a su vez, por las multitudes seducidas, cuando éstas les dan crédito y les tributan tales honores que les autorizan para decir semejantes cosas y para reclamar esos bienes; de modo que su error reciba el nombre de verdad y su crimen se considere justicia a causa de los sacramentos y las Escrituras de que se sirven para la ostentación, no para la salvación.
Así también, por medio de Ezequiel, se le dice a la esposa prostituida: Tomaste las espléndidas joyas de tu gloria, mi plata y mi oro que te había dado, y te hiciste simulacro de hombres, fornicando con ellos. Tomaste los vestidos de varios colores y cubriste tus ídolos con ellos, y les ofreciste mi óleo, mis aromas y el pan que yo te diera. La flor de harina de trigo, el aceite y la miel con que te mantenía, se los ofreciste en ofrenda de suave olor. Esto es lo que hiciste 31.
El alma carnal, en efecto, ha reducido todos los sacramentos y las palabras de los Libros santos a las imágenes de sus fantasías en que gusta revolcarse. Y, sin embargo, no porque esas fantasías son falsas, y doctrinas de los demonios, en la hipocresía de los embaucadores, van a perder su veneración aquellos sacramentos y las palabras divinas de tal suerte que se tengan como si fueran propias de ellos; bien lo dice el Señor: “Mi oro y mi plata y mis vestidos de varios colores, y mi óleo y mi incienso y mis panes”, etc. ¿Acaso, porque esas gentes en su error piensan que estos bienes son de quienes los seducen, no debemos creer de quién son cuando dice él mismo: No ha querido reconocer que era yo quien le daba el trigo, el mosto y el aceite, y el dinero en abundancia? 32 No dice el Señor que la esposa no haya tenido estos bienes porque era fornicaria; se dice que los ha tenido, pero que no son suyos, ni de sus amadores, sino de Dios, de quien únicamente son. Aunque llevara, pues, esa mala vida, los bienes con que engalanaba su fornicación, ya seducida, ya seductora, no eran suyos, sino de Dios.
Todo esto se decía figuradamente del pueblo judío, en que los escribas y fariseos rechazaban el mandato de Dios, para establecer sus tradiciones y entregarse así en cierto modo a la fornicación con el pueblo que abandonaba a Dios; y, sin embargo, esa fornicación cometida en aquel tiempo en el pueblo, manifestada y reprochada por el Señor, no consiguió hacer suyos los sacramentos, que no lo eran, sino de Dios, quien, hablando a la fornicaria, dice que todos son suyos. El Señor mismo envió a estos sacramentos incluso a los que había limpiado de la lepra, a fin de que ofrecieran por sí mismos un sacrificio a los sacerdotes, ya que todavía no habían sido sustituidos por el sacrificio que él mismo quiso después se celebrara en la Iglesia en lugar de todos ellos, puesto que todos eran un anuncio de él mismo.
Si todo esto se decía del pueblo judío, ¿con cuánto mayor motivo deberemos nosotros, al encontrarlos en cualesquiera herejes o cismáticos, reconocer en ellos los sacramentos del Nuevo Testamento en lugar de rechazarlos como no reconocidos? Y aunque estén en una mujer adúltera, han de reconocerse los bienes del esposo legítimo y procurar corregir con la palabra de la verdad la fornicación que es propia de la mujer impúdica, no reprender aquellos dones que son propios del Señor misericordioso.
Antes y después de Agripino y Cipriano se aprobó lo bueno que había en la Iglesia 28. Considerando estas y otras cosas nuestros padres, no sólo antes de Cipriano y Agripino, sino también después, tuvieron la costumbre tan saludable de aprobar más bien que negar cuanto de divino y legítimo encontraron auténtico en alguna herejía o cisma; así como reprobaron y procuraron sanar todo lo extraño y que era propio de aquel error o disensión.
Pero el resto de consideraciones que sobre la carta a Jubayano queda por hacer, dada la extensión de este volumen, será mejor comenzar a tratarlas en otro.