BAC vol. 41
Debate entre la Iglesia y la Sinagoga
DEBATE ENTRE LA IGLESIA Y LA SINAGOGA
PRÓLOGO
Vosotros, censores, me habéis encargado defender en vuestra presencia la causa de dos matronas. Quiero realizar esa doble tarea, poniendo en ello todas mis fuerzas, a fin de que sea cual fuere la decisión de vuestro juicio, una de las dos matronas se someta a ella. Expongo el derecho en vuestra asamblea, y presento los escritos. Que se observe la ley, teniendo en cuenta que se trata de una posesión. No tardaré en desarrollar las sentencias que se basan en una sanción imperial, a fin de que sea cual fuere la verdad que manifiesta el orden de las cosas, la sentencia de vuestra asamblea sea promulgada según la ley dada por el mismo Dios.
Una de las matronas sorprendida en adulterio, durante tiempos, había deshonrado temerariamente los derechos de nuestra posesión con una precoz acometida. La otra, por razón de su castidad, y gracias a la sentencia del donante, ha vuelto a tomar posesión de lo que poseía la primera; la cual os parecerá, si creéis a vuestros oídos, despojada violentamente de muchas cosas que poseía antiguamente en el siglo por un secreto fraude. Ella es presionada todos los días para que devuelva lo que tiene, e incluso ahora debe tanto como ha devuelto: porque nosotros reclamamos todo, absolutamente todo lo que ella defiende a título de posesión.
Así pues, si queréis conocer la fisonomía de la causa y considerar directamente nuestra parábola: la dama Sinagoga, mujer un tiempo poderosa y rica en oro, se apoderó de las naciones y las regiones de la tierra que constituyen nuestra herencia y nuestra posesión en virtud de un derecho augusto. Reclamamos enseguida, y fueron atendidas nuestras súplicas; pasamos rápidamente a disfrutar de nuestros bienes, y así nuestra posesión está basada en nuestros buenos derechos. Sin embargo, no queremos renunciar a todos esos aderezos que esa mujer inquieta ha usurpado. La han presionado para que los devuelva, pero ella no se ha molestado en devolverlos. Ahora, pues, nuestra madre de familia, es decir, la Iglesia, se dirige en estos términos a esa otra madre de familia viuda, o sea, a la Sinagoga.
IGLESIA: Expón tus méritos y yo expondré los míos.
SINAGOGA: Todos los profetas fueron enviados a mí, y tú no puedes negarlo.
IGLESIA: Lo cierto es que los profetas fueron hacia ti sólo como se va a una hospedería, para permanecer en ella algún tiempo. Pero puedo probar que los jóvenes imitadores de mi esposo, o sea los mensajeros encargados de llevar las cartas de Cristo y de transmitir sus órdenes, fueron matados por ti, movida por los celos. Y si realmente vinieran para ti, ¿habrías tú matado siquiera a alguno de ellos? Pero como venían para mí, no pudiendo soportar, por causa de tus celos, tener que recibir a los que me pertenecían, los heriste a golpe de espada y de palo.
SINAGOGA: Si obré así, mi pecado no fue más que un acto de justicia y de honestidad, porque yo conocía bien al Rey del que había recibido muchas cartas, mientras que tú y los tuyos habitabais en las selvas, y como los pueblos primitivos vivíais en los campos, en medio de los valles, en tugurios apartados, lejos de toda comunicación. Pues ¿hubo alguien que fuera más rústico que tú? Creo que caminabas a la manera de los pastores, detrás de los rebaños de ovejas que balaban, con las naciones contra las que yo tuve frecuentemente que combatir, mientras que con el cetro en la mano y rodeada de legiones, reinaba yo en Jerusalén, cubierta con un manto de púrpura. Yo fui la señora del Imperio Romano, yo maté reyes, soldados y generales de naciones extranjeras. La Persia y la India me trajeron oro, perlas, marfil, plata, seda y toda clase de riquezas. Pero tú no eres más que un habitante de las montañas, una mujer del campo, capaz únicamente de cuidar el ganado; tú te pasas la vida trabajando en el fondo de los valles estrechos; se te ve salir arrugada de debajo de las vastas rocas; habitas en los huecos de las peñas, te alimentas de leche pobre y tus delicias son los frutos salvajes y las bellotas de las encinas. Yo, en cambio, maté al Faraón con sus guerreros, a los egipcios, a los cananeos, a los jebuseos, a los ceteos y a los fereceos.
IGLESIA: Admito la verdad de lo que dices, y no puedo negar tus alabanzas. Sé que has visto tu ciudad adornada con espaciosos foros y con elevados capitolios. La fuerza de tus armas, los brillantes escudos, las lanzas, las espadas, los dardos arrojadizos, el sordo ruido de la caballería y todos tus aderezos arrojaron en el polvo a los grandes generales y a los tiranos. Conozco tu poder, con el que Jerusalén vivía en un lujo triunfante. Sé que el Imperio Romano tembló una vez ante ti, y que todos los países del mundo temieron en tu presencia. Pero no debes olvidar lo que hiciste en Siquem a causa de una sola mujer llamada Dina; pues entonces obraste al estilo de los bandidos, matando hombres desarmados y que estaban únicamente protegidos por el brillo de su inocencia 1.
SINAGOGA: El poder del reino permite la audacia de cualquier clase de libertad. ¿Crees que pequé porque bajo mi imperio manché todo lo que quise o maté a los que se rebelaron contra mí? Quien me dio el imperio, me dio al mismo tiempo el derecho de hacer todo lo que me agradaba en mi alto rango. Por lo demás, dime, ¿crees que quien reina está sujeto a las leyes en su imperio, y el que todo lo posee no puede extender su poder todo lo que quiera?
IGLESIA: En cuanto a mí me siento llena de gozo por haber sido colocada en una alta posición, al convertirme en más grande que los grandes y al destruir el imperio de los reyes, y al ver que tú misma, que antes eras reina vestida de púrpura, estás ahora tendida ante mis pies. Quien ha extendido su cetro sobre la que aparecía antes como reina, es el Rey de los reyes. Tú ciertamente fuiste reina, y yo lo reconozco, y el mismo Imperio Romano se inclina ante ti, y los reyes y los príncipes cayeron en tu presencia, y cuando tú les diste batalla, los enemigos sucumbieron y fueron hechos cautivos. No te enojes si, después de haber sido reina, ahora pareces convertida en mi esclava.
SINAGOGA: Pues que te has jactado tanto, prueba que yo soy la sierva, y te reconoceré como señora.
IGLESIA: Tengo tablas escritas y cito las palabras de un testamento que uno de tus profetas escribió un día en presencia de Aarón, que actuaba como magistrado.
SINAGOGA: Conozco ese Testamento escrito bajo mi reinado; pero quisiera saber en qué lugar dijo quien dictó ese libro que yo fuera tu esclava.
IGLESIA: Lee lo que dijo a Rebeca cuando ésta daba a luz: Hay dos naciones poderosas en tus entrañas; dos pueblos saldrán de tu seno y se opondrán uno a otro; el uno triunfará sobre el otro, y el mayor servirá al menor 2. Tú acabas de decir que eras la mayor, que reinaste, triunfaste, tuviste el cetro, llevaste el vestido de púrpura; mientras que yo, tu hermana menor, me escondía en el fondo de los valles y habitaba en las hoyadas de la roca. Tú brillabas entonces con el oro, con los aderezos, con el lino y la seda, con las piedras preciosas; y yo, más joven, vivía de la leche del ganado. Yo tenía ovejas y vacas, mientras que tú tenías soldados. Por eso, mientras yo soy la más joven y la más pobre, tú eres mayor en edad y en dignidad; pero estás bajo mi yugo y debes aceptar ser servidora de un pueblo menor que el tuyo.
SINAGOGA: Reconozco el título del testamento y veo las cartas que yo misma tenía encerradas en mi tesoro y en mi biblioteca. Pero dime, ¿cómo puedo yo ser tu esclava reconociendo que mis hijos todavía siguen siendo libres? Ellos se dedican a los negocios y ejercen libremente la navegación, no conocen obstáculos, nadie ha señalado en su viña la fosa de una dura necesidad, y no sé que tengan que servirte a ti.
IGLESIA: Tienes en la memoria el Testamento, reconoces las diademas, y ¡todavía no aceptas la servidumbre!
SINAGOGA: Pruébame lo que has afirmado. Reconozco a Moisés, le escucho, y no puedo retroceder, pero no puedo saber de qué modo tengo que servirte.
IGLESIA: No puedes cambiar; niegas siempre, te engañas sin cesar y continuamente te lamentas de la falsedad. Ciertamente dijiste que antiguamente habías sido una reina, cuando el pueblo de Israel constituía un imperio; si todavía sigues siendo reina, reconozco que eres libre y que no estás sujeta a las leyes de la esclavitud. Mas, por el contrario, si es el pueblo cristiano el que reina sobre el pueblo de Israel, es claro que eres una esclava, y no una libre, tú a quien veo cargada con las cadenas de la esclavitud. Mira los estandartes levantados en medio de las legiones, fíjate en el nombre del Salvador, observa que los emperadores adoran a Cristo, y fíjate en que tú has perdido el trono y después reconoce que, según la fe del Testamento, eres mi esclava. Tú me pagas tributo; no participas en el mando; no puedes tener ninguna prefectura. A un judío no le está permitido ser conde, y le está prohibido entrar en el senado; no tienes ni una sola prefectura, y no eres aceptada en el ejército. No puedes sentarte a la mesa de los ricos; has perdido el orden de la gracia; todo te está prohibido y lo poco que te permitimos comer, es con el fin único de dejarte vivir una vida miserable. Así, pues, estás privada de lo que es más elevado, de todo lo más sublime; y debes leer lo que se dijo a Rebeca cuando daba a luz dos hijos gemelos: Hay dos naciones en tus entrañas; dos pueblos saldrán de tu seno, y se opondrán uno al otro; y el mayor servirá al menor 3.
SINAGOGA: Después de todo ¿qué había hecho yo para que Dios me arrojara del trono y me privara del imperio?
IGLESIA: Si a la gravedad de tu falta correspondiera un castigo de esclava de igual gravedad, sería la muerte lo que tú merecías, y así ya no serías ni esclava ni libre. Porque mientras Moisés recibía por vez primera, sobre el Monte Sinaí, las dos tablas de la ley donde estaba grabado el decálogo, tú por tu parte pecabas contra Dios adorando a los ídolos y diciendo a Aarón: Haznos dioses que caminen delante de nosotros 4.
SINAGOGA: Reconozco que en ese caso erré, pero también es verdad que Dios no tardó en castigar con la muerte a todos los que habían adorado a los ídolos. ¿Qué hicieron, pues, los sucesores, si sus padres que habían cometido esa falta recibieron allí mismo el castigo de sus culpas?
IGLESIA: Tengo por cierto que has leído eso; pero no podrás retener lo que has leído como cierto, y así lo reconozco yo. Recuerda este texto de Jeremías: Anunciarán los hijos de sus hijos que los pecados de los padres crecieron en los hijos, y yo no los aliviaré, dice el Señor 5. Y este otro pasaje de Ezequiel: Los padres comieron las uvas agraces, y los hijos sufrieron la dentera 6.
SINAGOGA: Cristo, del que tú te glorías, y bajo cuyo cetro tú posees el imperio, comenzó por venir hacia mí o al menos vino a mi pueblo.
IGLESIA: Era conveniente que la divina providencia previniera de ese modo todo lo que debía ser establecido; porque si Cristo hubiera comenzado viniendo hacia mí de modo preferente y hubiera querido repudiarte desde el primer momento de su nacimiento, tú podrías decir ahora: No vino hacia mí y yo no tuve conocimiento de aquel a quien debía adorar; si se hubiera manifestado también en medio de mi pueblo, yo le confesaría como el Dios anunciado por los profetas. El vino hacia ti, resucitó tus muertos por la fuerza de su poder, hizo hablar a los mudos y andar a los lisiados, devolvió la vista a los ciegos y el uso de los miembros a los paralíticos, y curó a los leprosos. Y con tu espíritu profano dijiste que él no era Dios, el Dios que habías leído en la Sagrada Escritura. Por tanto, como recuerdo que el Salvador y el Señor ha comenzado a venir hacia ti, vuelvo a la carga sobre lo que fue tu gloria. Lee, pues, lo que Esdras dijo en el nombre del Señor: Vine a los míos y los míos no me recibieron, ¿qué te haré a ti, oh Jacob? Judá no quiso escucharme y por eso me iré a otra nación. Eso te muestra que no debes gloriarte de haber visto a Jesucristo; porque la mayor causa de tu crimen es ver al que debes servir y despreciar a quien debes servir. Pero podrías defenderte diciendo: No conocía al Señor e ignoraba que los profetas habían mentido. Pero los profetas hablaron, y no habiendo tú reconocido lo que los profetas habían maravillosamente cantado y que blasfemaste contra El con tus miserables refutaciones, es decir que no tiene ninguna excusa semejante crimen.
SINAGOGA: Sin duda que los profetas anunciaron su venida, pero le llamaron elegido de Dios, un hijo santo nacido de una virgen, y yo ignoraba ciertamente que el Señor vendría de ese modo al mundo.
IGLESIA: Así, pues, con razón dijo el profeta Isaías: Di a este pueblo: oiréis con los oídos y no entenderéis; y con los ojos veréis y no conoceréis; endurece el corazón de ese pueblo; tapa sus oídos y cierra sus ojos, que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni entienda con su corazón, y no sea curado de nuevo 7. A su vez dice Jeremías: Me abandonaron a mí, que soy la fuente de agua viva, y excavaron hoyos sucios, y no pudieron sacar agua 8. Y el profeta añade: Conoció el milano su tiempo, la tórtola, la golondrina, la cigüeña y los pájaros saben distinguir el tiempo de su migración; pero mi pueblo no me conoció 9. Creo también que habrás leído a Salomón estas palabras: Los malvados me buscan y no me encuentran, pues odiaron la sabiduría y no aceptaron la palabra del Señor 10. Ves, pues, cómo rechazaste con ojos profanos y con profano corazón al Hijo de Dios. Pues, si lees a Isaías y si lees a otros profetas, Cristo es llamado frecuentemente Dios. En efecto, fue Isaías quien dijo, para responderte sólo acerca del tema de la Virgen y de su hijo como tú misma admitiste: Una virgen dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel, nombre que significa Dios con nosotros 11. El mismo David escribió: Por eso te ungió Dios, tu Dios 12. En el Génesis se lee: E hizo Dios al hombre a su imagen 13.
SINAGOGA: No quiero que esos textos te produzcan tal satisfacción. Considera, pues, otras cosas que, según creo, son totalmente favorables a mi causa. Nota bien que tú no recibiste la ley, y que no mereciste tener la circuncisión que nos distingue de los gentiles. Por eso tengo yo mis características propias y no he perdido la ley que me dio Moisés.
IGLESIA: Afirmas que recibiste la ley. Pero ésa es la ley del Antiguo Testamento. Yo, en cambio, recibí la ley nueva del Evangelio. Y para que te convenzas de que esa ley nueva suprime la antigua ley, lee este texto de Isaías: Han pasado todas esas cosas del tiempo antiguo, y todo ha sido renovado, y nacerá de nuevo 14. En cuanto a lo que dices de haber recibido la circuncisión como signo de salvación, te voy a probar ahora que tu locura te engañó. Porque si la eternidad está asegurada por la circuncisión, puedes ver que sólo habías recibido la cabeza sin los pies, y que estabas privada de un ojo o de un pie, o que sólo habías vivido en cuanto a la mitad de tu ser, mientras que la otra mitad estaba muerta. Pues si te empeñas en defender que tu pueblo debía salvarse mediante este signo de sufrimiento, ¿qué harán tus doncellas, tus viudas, y las mismas madres de la Sinagoga, si tú dices que el signo de la circuncisión es el medio de salvación concedido a tu pueblo? En ese caso, no sería lícito tener mujeres judías, porque los hombres son circuncidados, mientras que las mujeres no pueden serlo por carecer de prepucio, y así no podrán salvarse, si vosotros os salváis mediante la circuncisión. Ves, pues, que, según dices tú, sólo los hombres circuncidados son judíos; por lo cual las mujeres no serán judías, ni tampoco cristianas, y deberán ser consideradas como paganas. Escucha, porque quiero instruirte bien sobre el signo de la circuncisión, pues si hubieses recibido bien ese signo, nunca hubieras perdido ese prodigio en tu imperio. Fíjate en lo que dice Jeremías: He aquí lo que dice el Señor a los habitantes de Judá y de Jerusalén: renovaos entre vosotros con una verdadera renovación, y no sembréis entre las espinas, circuncidaos para vuestro Dios, pero que vuestra circuncisión sea una circuncisión del corazón 15. Lo mismo dijo Moisés, a quien tú también seguías, si bien traía la ley para mí. Al final de los tiempos, circuncidará Dios tu corazón, así como el corazón de tus hijos para haceros amar al Señor vuestro Dios 16. Por su parte San Pablo añade: Estáis circuncidados con circuncisión no hecha con las manos, y que no consiste en el corte de la carne, sino en la circuncisión de Cristo 17. ¿Qué respondes a todo esto, Sinagoga? La circuncisión recomendada era la del corazón, no la de la carne; o sea lo que teníais que cortar eran los vicios, eran las pasiones, era la cabeza de la idolatría; tenías que romper en dos partes la túnica de la fornicación, porque, como dice el profeta, os habíais prostituido ante los ídolos de piedra y de madera 18. Así puedes ver bien que no recibiste la circuncisión como signo de salvación, sino más bien como signo de pudor y de vergüenza. Pues piensas que hay un signo en una cosa que está tapada por los vestidos, y que no se deja ver por pudor, y que sólo es debido a la mujer de uno. Porque yo he visto muchas veces a tus mujeres, con la cabeza desnuda y despojadas de los cabellos, condenadas a vivir entre los asnos. Si se trata de un signo de salvación, porque esa marca se lleva en el miembro que constituye la vergüenza del adúltero, y que contamina a la doncella a la que se oprime, no se deberá condenar a la mujer que se entrega a un vergonzoso juego con el miembro circuncidado en signo de salvación, ni se deberá castigar al hombre que arrojó fuera de sí a la mujer adúltera oprimida o incluso muerta por causa de ese signo salutífero de la circuncisión.
No sé que pueda darse un signo de salvación en el miembro cuyas faltas se condenan. En cuanto a mi pueblo, lleva sobre la frente la señal de la salvación que defiende al hombre entero, quiero decir, a los varones y a las hembras, y defiende a todos situados en lo alto y en la parte más elevada de su cuerpo, mediante una libertad casta y pública.
SINAGOGA: Quisiera saber dónde recibiste esa señal que se coloca en la frente, o qué profeta hizo un signo de salvación de esa señal de que hablas y que se lleva en la frente.
IGLESIA: Tienes la palabra del profeta Ezequiel que exclama en nombre de la divina majestad: Pasa por en medio de la ciudad, por en medio de Jerusalén, y pon por señal una Tau en la frente de los que se duelen de todas las abominaciones que en medio de ella se cometen 19; y a los otros les dijo: Pasad en pos de él por la ciudad y herid; no perdone vuestro ojo ni tengáis compasión: viejos, mancebos y doncellas, niños y mujeres, matad hasta exterminarlos; pero no os lleguéis a ninguno de los que llevan la Tau … 20. En el Apocalipsis se lee asimismo: Vi al cordero que estaba de pie sobre el monte Sión, y con él había ciento cuarenta y cuatro mil personas, que llevaban su nombre y el nombre de su Padre escritos en la frente 21. Ya ves, por tanto, quién me dio la señal: es la señal de la cruz que la pasión del Salvador embelleció cuando tú fuiste repudiada y expulsada.
SINAGOGA: Cuando te pregunté qué signo era el que tú llevabas en la frente, me hablaste de la señal de la cruz, como si los profetas más antiguos hubiesen hablado de signos antes de que hubiera venido el Salvador. Así pues, dime si has leído en alguna parte que Cristo debía sufrir y ser clavado en una cruz.
IGLESIA: Escucha, Sinagoga; pero escucha para tu castigo, y para tu instrucción. Fíjate bien en la ley, y verás en qué lugar el Salvador, con las manos extendidas, prefiguró proféticamente la cruz. Escucha, pues, las palabras que Isaías pronuncia en nombre del Salvador: He extendido mis manos durante todo el día hacia un pueblo incrédulo y que me contradice, y que no camina por la buena senda, sino tras los pecados 22. Por su parte Jeremías exclama: Venid, metamos madera en su pan 23. Y en el Pentateuco, del que tú te sirves, se dice en el libro del Deuteronomio: y tu vida estará pendiente ante tus ojos día y noche 24. El autor de los salmos escribe: Clamé a ti, Señor, y durante toda la noche extendí mis manos hacia ti 25. En el libro de los Números, un libro de tu ley, que tú recibiste antes que yo, se dice de este modo que Cristo será colgado y clavado en una cruz: No como un hombre Dios es suspendido, ni está expuesto a las amenazas como un hijo del hombre 26. También otro profeta exclama: El Señor reinará desde un madero 27. He aquí anunciados los milagros de la pasión, he aquí el espejo de la luz, he aquí las injustas mentiras de tu pueblo, que incluso llegó a clavar en la cruz al Hijo de Dios, que es también Dios.
SINAGOGA: Recuerdo todos estos hechos y reconozco también esas palabras; pero ten presente lo que tú eres cuando me diriges esos reproches. Pues no eres más que una rústica, que vivía antes en las montañas; eras extranjera a la ley de Dios y vivías la vida de los gentiles. Yo, por mi parte, vivía con la ley, y hacia mí vinieron los profetas, y a mí me dieron los mandamientos y los preceptos de Dios.
IGLESIA: Escucha, Sinagoga; escucha, viuda; atiende, mujer abandonada. Yo soy la que tú no has podido ser; yo soy reina y fui yo la que te hizo descender de tu trono; yo soy la esposa que viene de los bosques y de las montañas, después de haber abandonado a los ídolos. Como dijo tu patriarca Isaac, el olor que viene de mi hijo es como el olor del campo lleno de flores, al que el Señor colmó de bendiciones 28. ¿De dónde vienes, oh Virgen, con leche y con flores; de dónde vienes, doncella sin mancha; de dónde vienes, tú que sales de un espeso bosque, mujer sencilla, con la cara pálida, con el manto blanqueado por la nieve? Al llegar me recibió mi esposo, que es el más bello de los hijos de los hombres, el rey de los reyes; él puso una corona sobre mi cabeza, y me revistió con un manto de púrpura.
SINAGOGA: ¿Cómo puedes probar que tú eres la esposa y que en la ley se lee que Cristo es el esposo?
IGLESIA: Si los profetas hubieran venido principalmente hacia mí, hoy dirías que no habías conocido la ley, que no habías tenido profetas. Escucha, pues, las palabras que los profetas dicen a propósito de la esposa y del esposo. He aquí las palabras de Joel: Tocad la trompeta en Sión, promulgad el ayuno y convocad la asamblea; reunid al pueblo, promulgad la congregación santa; convocad a los ancianos, reunid a los niños, incluso a los niños de pecho; que deje el esposo su cámara, y su tálamo la esposa… 29. Porque tengo por cierto que tú eres esa Jerusalén, de donde salían el esposo y la esposa, según las palabras de David: Y el mismo es semejante a un esposo que sale de su cámara nupcial, y se lanza como un gigante a recorrer su camino, recorriendo lo alto del cielo; sale de un extremo de los cielos, y su curso llega hasta sus confines, y nada se libra de su calor 30. Y en el libro del Apocalipsis escribe San Juan: Ven y te mostraré la esposa que tiene como esposo al cordero; y me llevó en espíritu a un alto monte, y me manifestó la ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo y brillaba con la claridad de Dios 31. Y en el mismo lugar añade San Juan: Va a reinar el Señor Dios omnipotente; alegrémonos y regocijémonos, y démosle gloria, porque llegaron las bodas del cordero, y su esposa ya se ha preparado 32. Ves, pues, cómo fui llamada esposa y prometida según la ley; prometida, porque prometí mi fe al Señor que es mi Salvador; esposa, porque le daré hijos concebidos en el bautismo, por la acción del Espíritu Santo, y nacidos del baño amplio de mi seno. En el nacimiento de una raza más grata, el espíritu y el alma se unen en una sociedad nupcial.
SINAGOGA: Quisiera saber, para que no creas que lo he olvidado, y para mostrarte que todo lo examino, qué significa lo que tú pretendes: que el profeta y el Deuteronomio dijeron: tu vida estará suspendida delante de tus ojos día y noche 33.
IGLESIA: Si yo me esfuerzo por no callarme y por hablar, no es para enseñarte alguna cosa, sino por temor de que mi silencio sirva para aumentar tus dudas. Por eso quiero convencerte por medio de tú mismo Testamento. Ahora bien, el Señor estuvo suspendido día y noche en la cruz, es decir, el día del viernes y la noche del viernes al sábado; tiempo durante el cual la ley, según tú explicaste, prohibía que un hombre quedara colgado en el patíbulo. Es menester, esperando que esas palabras te parezcan dichas por ti, como ya antes te pareció, fijar los ojos en el interés de la verdad y para resolver la dificultad del dogma del que hablamos. Tu vida, dice el autor del Deuteronomio, estará suspendida delante de ti el día y la noche. Pues bien, el término día abarca un día y una noche; la oscuridad de la noche es lo que distingue la luz del día del súbito horror de las tinieblas. Así también, cuando el Salvador estaba colgado en la cruz, después de la sexta hora del día, las tinieblas se extendieron sobre la tierra hasta la hora nona 34; la noche hizo desaparecer la luz del día. Ves, pues, claramente que en el mismo día hubo día y noche. Con razón, por lo tanto, se dice en el Deuteronomio, aludiendo a la pasión de Cristo, que tu vida estará suspendida delante de tus ojos el día y la noche.
SINAGOGA: Pero si Cristo fue colgado, si fue clavado en la cruz, y si murió, ¿cómo resucitó? ¿Cómo pretendes que esté vivo, que haya resucitado y que esté sentado en el cielo a la derecha del Padre? Enséñame si venció la muerte, si resucitó el que había muerto; pero enséñamelo de tal suerte que me pruebes tus asertos con los testimonios de los profetas.
IGLESIA: Escucha, desgraciada; escucha, la más infortunada de todas las mujeres; escucha, oh mujer parricida, tú que todavía dudas de la muerte de Cristo y de su resurrección. Lee lo que David, hablando en nombre de Cristo, dice en el Salmo quince: No abandonarás mi alma en el sepulcro, ni permitirás que tu santo conozca la corrupción 35. Y ¿quién es ese santo sino Cristo? ¿Quién es el incorruptible, sino el Hijo de Dios? Según lo que se dice en el Salmo vigésimo noveno: Señor, sacaste mi alma del infierno 36. Y en el Salmo tercero: Me adormecí, y me dormí, y resucité porque el Señor me recibió 37. El mismo David dice al Hijo en el nombre del Padre: Levántate, gloria mía, levántate, me levantaré muy de mañana 38. Esas palabras «muy de mañana» significan que sucedió después del tercer día, cuando vencida la muerte y condenados los infiernos, Cristo debía volver lleno de vida de entre los muertos, conforme al texto del profeta: El llanto se dejará para la tarde, y la alegría vendrá por la mañana 39.
SINAGOGA: Yo te pregunté una cosa, y tú remitiste a otra. Sé que Cristo resucitó y que triunfó sobre el infierno; pero tú dices que resucitó al tercer día, y yo ignoro si sucedió así.
IGLESIA: Veo que tienes buena memoria; pero no quieres, a fin de hacer penitencia, confesar lo que sabes. El error mata tu conciencia, y el crimen te quita la memoria. Sabe, pues, que Cristo resucitó de los infiernos al tercer día, para darnos la vida. Lee al profeta Oseas, quien te dirá: Nos dio la vida el tercer día 40. Y lee también este texto del Éxodo: Dijo Dios a Moisés: ve al pueblo, y santifícalos hoy y mañana; que laven sus vestidos, y, estén prestos para el día tercero; porque el tercer día bajará el Señor a la vista de todo el pueblo, sobre la montaña del Sinaí 41. Y en el Evangelio se lee lo siguiente: Esta generación malvada y adúltera pide una señal, y no se le dará otra señal que la del profeta Jonás; porque como Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el seno de la tierra 42.
SINAGOGA: Lo reconozco; es verdadero lo que me has contado, testimoniado por los profetas. Ahora quisiera saber dónde está, o dónde se esconde el Cristo que ha resucitado del seno de la tierra. Quisiera también saber si, según los profetas, tiene todavía algún poder después de su pasión o después de su muerte, porque he leído que para salvar al pueblo vendría al mundo Elías, el ungido del Señor.
IGLESIA: ¡Infortunada mujer! Confiesa, pues, lo que no puedes negar, y escucha todo lo que la verdad no permite ocultar. La libertad entera de la luz se ha extendido hasta los cielos. Escucha lo que dice el profeta Daniel: Seguí yo mirando en la visión nocturna, y vi venir sobre las nubes del cielo a uno como hijo de hombre, que se acercó al anciano de muchos días y fue presentado ante éste; fue le dado el señorío, la gloria y el imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron, y su dominio es dominio eterno que no acabará, y su imperio, imperio que nunca desaparecerá 43.
SINAGOGA: No puedo negar que el ungido del Señor, es decir, el Cristo, tenga la gloria; pero dime si después de su pasión y de su resurrección ha podido obtener y conservar esa gloria.
IGLESIA: Lee al profeta Isaías, y él te dirá, hablando en nombre del Salvador: Ahora voy a levantarme, dice el Señor; ahora surgiré y me alzaré; ahora veréis y entenderéis, ahora seréis confundidos, porque es vana la fortaleza de vuestro espíritu, y el fuego se consumirá 44. El mismo David se expresa así: Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies; extenderá el Señor desde Sión tu poderoso cetro; domina en medio de tus enemigos 45.
SINAGOGA: Luego, Cristo es Dios e Hijo de Dios.
IGLESIA: Ciertamente, ¡oh necia! Cualquiera que es engendrado por un hombre, es hombre y, asimismo, quien nace de Dios, evidentemente es Dios.
SINAGOGA: No creo en tus asertos, sino que quiero ser convencida por la ley; porque no pretendo oírte a ti, sino a los profetas.
IGLESIA: Fija tus ojos en lo que ha dicho el autor de los Salmos, y verás que el Salvador es el Señor Dios. Pues escribe así: Se levanta el Señor, y se dispersan sus enemigos, y huyen a su vista los que lo odian; se desvanecen, como se desvanece el humo; como al fuego se funde la cera, así perecen los impíos ante la presencia de Dios. Cantad, a Dios, ensalzad su nombre, allanad el camino al que viene cabalgando por el desierto; el Señor es su nombre; ¡exultad ante Él! Dios da casa a los desamparados y pone en libertad a los cautivos 46. Y en otro lugar el mismo David dice: Levántate, oh Dios, juzga la tierra, pues dominas sobre todas las gentes 47. Y en otro pasaje se expresa así: El Señor de los dioses habló 48. Y se lee asimismo: Una virgen dará a luz un hijo y le darán el nombre de Emmanuel, que significa Dios con nosotros 49. Y: por eso te ungió Dios, tu Dios 50. Ves, pues, que él es Dios, Señor y Rey.
SINAGOGA: Reconozco que es Dios y Señor; pero quiero que me pruebes que también es rey.
IGLESIA: ¡Oh la más necia de las mujeres! Si confiesas que es Dios, ¿no debes también confesar que es rey? ¿Puede haber un rey que no reine? Todo reino está sometido a Dios, y todos los que poseen un reino están bajo la majestad de Dios. ¿Dudas, pues, de que sea rey cuando reconoces que es Dios?
SINAGOGA: Ciertamente no lo dudo; pero quiero que me lo muestres mediante la verdad reconocida por Israel.
IGLESIA: Lee los Salmos de David. El salmo septuagésimo primero, dice así: Oh Dios, concede tus juicios al rey, y tu justicia al hijo del rey 51. Y el salmo septuagésimo tercero dice: Pero Dios, que es nuestro rey después de tantos siglos, realizó nuestra salvación en medio de la tierra 52. A su vez, en el salmo segundo se lee: Yo he sido constituido rey por él sobre su monte santo de Sión, para anunciar su imperio 53. El profeta Malaquías dice: Yo soy el gran Rey, dice el Señor, y haré mi nombre ilustre entre todas las gentes 54. En el salmo nonagésimo sexto puedes leer lo siguiente: El Señor ha establecido su reino, que la tierra exulte de alegría, y que todas las islas salten de gozo 55. Finalmente, se dice: Mi corazón ha proferido un bello poema; recito mis versos para el rey 56.
SINAGOGA: Te has adelantado a mis deseos; ya nada puedo responder, y ya me considero condenada, no por tus escritos, sino por la misma ley.
IGLESIA: Pregúntame lo que quieras, y para convencerte me serviré únicamente de tu propio Testamento.
SINAGOGA: Afirmas que para ti no es dudoso que Cristo sea el mismo Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, Pues bien, siendo Abraham judío, ¿cómo puedes decir que yo debo ser condenada?
IGLESIA: Bien; ya empiezas ahora a cambiar de estilo de hablar, y comienzas a tocar con tus manos los miembros del Señor bajo los pliegues de la parábola, y sin el sentido oblicuo de las palabras. Pues bien, Pedro y Pablo, mis dos grandes predicadores, eran judíos; pero, abandonándote a ti, se convirtieron a la fuente de la vida y a la gracia eterna. Abraham, a quien tú acabas de nombrar, después de ser pagano, rompió sus ídolos y corrió presuroso hacia Dios, buscando la amistad de su divina majestad; después, convertido en amigo de Dios, y habiendo huido sano y salvo de la idolatría, se dirigió hacia ti; pero Dios le ordenó posteriormente volver hacia los gentiles, es decir, volver hacia mí. En efecto, mira cómo se expresa el autor del libro del Génesis: Dijo el Señor a Abraham: sal de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, hacia la tierra que yo te indicaré; yo te haré un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, que será una bendición 57. Ves, pues, cómo se le ordenó a Abraham salir de su país, de su parentela, y de la casa de su padre, para ir hacia el país de los gentiles, convertirse en rey, y adquirir un gran nombre. Porque en la persona del Salvador bendice Isaac a Jacob, diciéndole: Las naciones te servirán, los príncipes te adorarán, serás el jefe de tus hermanos, y los hijos de tu madre te rendirán culto 58.
SINAGOGA: Así, pues, todos los pueblos vendrán a reunirse contigo; y yo que tantos y tan ilustres hijos he tenido, seré abandonada y desdeñada; ¡yo que soy la madre de tantos pueblos! Pero todavía me debes probar mediante la ley que se dice en la ley que tú debes tener más hijos que yo.
IGLESIA: Unas veces cedes, y otras te domina tu antigua rigidez, volviendo constantemente a tu malicia. Ahora bien, el Señor dice expresamente: Ensancha el espacio de tu tienda, extiende las lonas de tus moradas, no te cohíbas, alarga tus cuerdas y refuerza tus estacas, porque te extenderás a derecha e izquierda, y tu descendencia poseerá las naciones y poblará las ciudades desiertas; nada temas, que no serás confundida; no te avergüences, que no serás afrentada para siempre 59. Así, pues, yo estaba bajo la maldición cuando corría tras de los ídolos; estaba cubierta de confusión cuando ignoraba los mandamientos de Dios; era estéril porque no vi entonces el bautismo que me permitiera criar hijos por el imperio de la majestad divina. Pero ahora estoy llena de hijos, y por Jesucristo, Nuestro Señor, he adquirido los reinos eternos. Por eso, con razón, en el libro de los Reyes, se dice lo siguiente: La estéril dio a luz siete hijos, y la que tenía muchos hijos quedó baldía 60. San Juan se dirige en su Apocalipsis a las siete iglesias 61. Jacob tuvo dos esposas, y la mayor de ellas, Lía, tenía los ojos enfermos, y era imagen de la Sinagoga, mientras que la más joven, la bella Raquel, era imagen de la Iglesia 62. Raquel fue estéril durante largo tiempo, pero después tuvo hijos y fue bendecida. Con razón, pues, se dice en el Génesis: El Señor dijo a Rebeca: hay dos naciones en tu seno, dos pueblos saldrán de tus entrañas; uno de ellos se opondrá al otro, y el mayor servirá al menor 63. Finalmente, en el libro de Oseas se lee esto: Al que no es mi pueblo lo llamaré mi pueblo; a la que no es amada, la llamaré amada 64, etcétera.
En efecto, sucederá que donde se diga: No eres mi pueblo, en aquel mismo lugar los llamarán hijos de Dios vivo. Así lo lees también en Isaías: Vuestra tierra está desierta, vuestras ciudades calcinadas: otros saquearán vuestra región ante vuestros ojos, y vedla desierta y sometida a pueblos extranjeros. La hija de Sión quedará abandonada como cabaña en el viñedo, como choza en melonar, como ciudad saqueada 65. Si pues, tú, según la ley has sido abandonada y desolada, ¿qué he hecho yo para recibir un gran reino porque he creído en las Escrituras como dote?; y tú, sin duda, también habrías podido recibirlo, si no te hubieses precipitado en la condena con el furor del crimen y el parricidio profano. Eres consciente de cómo Esdras, aquel Profeta tuyo, exclama en tu persona cuando anunciaste a tus hijos la miserable esclavitud: Id, hijos, porque estoy viuda y abandonada, os eduqué con alegría, y os he perdido con dolor y tristeza.
SINAGOGA: Luego ¿he cometido homicidio?
IGLESIA: Veo que, según tú, perseguidora de sangre humana, admites el crimen de homicidio; puesto que no puedes negar que has matado a los Profetas justos de Dios.
SINAGOGA: ¿Quién me prueba que yo he manchado mis manos con la sangre de los Profetas?
IGLESIA: Tu espada destila todavía sangre fresca por la punta afilada ¿y quiere revancha? Escucha lo que Elías atestigua, cuando dice: He sentido vivo celo por mi Señor omnipotente, porque los hijos de Israel te han abandonado, han derribado tus altares; y pasado a espada a tus Profetas, y he quedado yo solo, y me están buscando para matarme 66 . Oye también lo que predijo Esdras: Se apartaron de ti y se echaron tu Ley a la espalda, y mataron a tus Profetas, que los reprendían para que se convirtiesen a ti 67. Lo mismo Jeremías: Os he enviado a mis siervos los Profetas, antes de la aurora los enviaba, y no los escuchasteis, ni les prestabais oído para que caminaseis tras los dioses ajenos, y les sirvieseis, y no quisisteis oír mis preceptos 68.
SINAGOGA: Ahora lo recuerdo, ahora lo reconozco. Pero yo no supe qué responder, porque desoí negligentemente a los Profetas.
IGLESIA: No lo que tú dices, sino lo que has entendido en la Ley que también es testamento, como dice Isaías: Todas estas palabras serán como palabras de libro sellado, que, si se dan a un hombre que no sabe leer, dirá: No puedo leer, porque está sellado. Y hasta los sordos oirán aquel día las palabras del libro, y verán los ciegos que están en tinieblas 69. También Jeremías: Lo conoceréis en el último día; y Daniel: Guarda las palabras, y sella el libro hasta el tiempo de la consumación, cuando muchos serán purificados, y se colme el conocimiento, porque cuando suceda la dispersión, conocerán todas las cosas 70. Todas estas cosas os son conocidas, y en su orden han sucedido felizmente. Por eso te hago saber que tú te has herido con tu propia espada, con tu Testamento, con las palabras de tus Profetas, en una palabra, de todos los judíos. Para eso te he presentado ante los ojos lo que he dicho, reservándome para mí y los míos los Evangelios y los Apóstoles, porque, si los hubieses leído, habrías protestado más. Alegraos, pueblos, regocijaos, cristianos, la estéril da a luz, mientras que la que tenía hijos ha claudicado antes con ellos. M.