Libro 03

BAC vol. 33

Libro 03

RÉPLICA AL GRAMÁTICO CRESCONIO, DONATISTA

Libro tercero

Motivo del presente libro

I. 1. Si no tuviera que tener en cuenta a las mentes torpes, que no pueden entender que he contestado de varios modos en los dos volúmenes anteriores a todas las cuestiones que se contienen en tu carta, hermano Cresconio, y de tal manera que las que allí restan están ya resueltas y aniquiladas, debía haber puesto ya fin a esta obra. Mas como hay muchos, a los que conviene que sirva, que piensan que no se han refutado todas las objeciones si no se debate cada una en su lugar oportuno, recorreré brevemente y por su orden, para refutarlas, las que quedan de su tratado.

  1. Todo lo que te ha parecido bien insertar sobre los escritos del venerable mártir Cipriano y de algunos orientales, coincidentes en reprobar el sacramento del bautismo dado entre los herejes y cismáticos, no perjudica en absoluto nuestra causa, si mantenemos la Iglesia que no abandonó Cipriano, aunque muchos de sus colegas no quisieron dar su asentimiento a esa opinión. En el mismo concilio dijo: “Sin juzgar a nadie ni apartar del derecho de la comunión a nadie por pensar de otra manera” 1. Y así termina la misma carta a Jubayano:

Un texto de la carta a Jubayano

II. “Esto, carísimo, te he contestado según mis cortos alcances, sin hacer prescripción alguna sobre nadie o prejuicio que impida a cada uno de los obispos hacer lo que le parezca, pues está en posesión de la libre potestad de su albedrío” 2, etc.

Así, pues, colócanos de momento entre aquellos a quienes Cipriano pudo convencer y con quienes, sin embargo, aun siendo de diferente opinión en esta materia, no rompió en absoluto su comunión. Por lo que se refiere a vuestros antepasados, respecto a los cuales tú has dado testimonio de que se separaron de la comunión de los orientales porque éstos se habían vuelto atrás de su juicio, según el cual les había parecido bien que era preciso estar de acuerdo con Cipriano y aquel concilio africano sobre esta cuestión del bautismo, actuaron contra Cipriano. En efecto, debieron mantener la unidad de la comunión con los que tenían otra opinión en esta materia, como hizo Cipriano, según leemos en sus cartas.

Ellos contestan que quiso hablar así no fuera que, aterrados por el temor de la excomunión, no se atrevieran a decir libremente lo que pensaban, no precisamente porque él fuese a permanecer en comunión con ellos si pensaran de otra manera. Esto es una forma clara de decir que Cipriano mintió. Si decía: “Sin juzgar a nadie ni apartar del derecho de la comunión a nadie por pensar de otra manera” -y las actas del concilio indican que él lo dijo-, y, no obstante, si alguno de aquellos a los que decía estas cosas manifestaba una opinión diversa, vería rota su comunión con él en los sacramentos de Cristo, sin duda mentía al hacer tal promesa no sincera y con dolo; y, lo que es peor, en tal mentira engañaba la sencillez de los hermanos con la doblez de corazón, sobre todo al quedar escrito lo que se decía.

Porque, si alguno hubiera pensado diversamente a lo que pensó el concilio, ¿cómo podrían condenarlo o excomulgarlo si él leía en alta voz a su favor las palabras iniciales del mismo concilio? Entonces, ¿quién tiene mejor opinión de Cipriano: nosotros que afirmamos que en la cuestión oscura del bautismo él, como hombre, pudo equivocarse, o vosotros, que decís que él, como obispo, al prometer la comunión cristiana, quiso engañar no a cualquier hermano del episcopado, sino a toda la asamblea episcopal? Si a vosotros os parece una impiedad esto, vuestros antepasados obraron contra su parecer al romper la comunión con los orientales por pensar de otra manera sobre esta cuestión.

Los orientales corrigieron su error

III. 3. Por tanto, si se ha de creer que cincuenta obispos orientales han sido del mismo parecer que los setenta, o algunos más, africanos, frente a tantos miles de obispos que en todo el orbe desaprobaron este error, ¿por qué no hemos de decir más bien que aquellos mismos pocos obispos orientales han corregido su juicio, y no, como dices tú, que lo han anulado? Como es digno de elogio no abandonar una afirmación verdadera, así es culpable persistir en la falsa; no mantener nunca ésta es digno de mayor elogio, y el cambiarla, el segundo grado del elogio, a fin de que o bien permanezca la verdadera desde el principio, o bien, cambiada la falsa, le suceda la verdadera.

Al presente no tiene que ver con nuestra cuestión en que la mayor parte del orbe cristiano pensó como los orientales. Si esto es verdad, si hay que mantener y observar lo que mantenemos y observamos nosotros acerca del bautismo, os echamos en cara los dos males vuestros: uno, el error en la cuestión del bautismo; otro, la separación de aquellos que mantuvieron la verdad sobre este punto. Y si -para hablar como vosotros- la verdad en esta cuestión es lo que vosotros pensáis, os mancilláis ciertamente con el crimen de haberos separado de la Iglesia, por cuya paz, según hizo y amonestó Cipriano, debisteis soportar aun a los que piensan de otra manera.

Cresconio cambia el sentido de las palabras de Agustín

IV. 4. Aquí alzas tu voz como si yo hubiera dicho: “No hagas distinción entre los fieles y los infieles; ve como iguales al piadoso y al impío”. Yo no he dicho esto; lo que dije claramente es aquello de lo que tú, como si hubiera dicho esto, tomaste pie para exclamar y decir lo que no he dicho yo. Esto dije: “Ya reciba alguien el sacramento de un dispensador fiel, ya de un infiel”. En esta frase ni he dejado de distinguir el fiel del infiel, ni he mandado que cada cual vea como iguales al piadoso y al impío; he dicho que el piadoso y el impío pueden tener el mismo sacramento, cosa que ni tú niegas, ya que concedes que no se debe bautizar al menos después de hacerlo los impíos ocultos.

Así, sin motivo añades y dices: “Nada aprovecha vivir con buenas costumbres, ya que lo que puede el justo, lo puede cumplir el pecador también”. Esto es falso y no lo he dicho yo. En efecto, las buenas costumbres distinguen la vida de los buenos de la de los malos y llevan a diverso fin. Lo que puede el justo no lo puede cumplir el pecador, porque el justo cumple la ley de Cristo por el amor, al que es ajeno el pecador; sin embargo, puede cumplir algo que cumple el justo: puede bautizar si no puede cumplir otra cosa, al menos si está oculta su malicia. Igual que pueden predicar los mandatos de Dios como los justos, pero no vivir como los justos. De ellos se ha dicho: Haced lo que ellos digan, pero no hagáis lo que hacen 3.

El que santifica es siempre Dios

V. 5. Pero imaginémonos un pecador no secreto y conocido por algunos buenos, pero que no puede ser separado de la Iglesia en atención a alguna facción sediciosa. Escucha a Cipriano, soporta la cizaña, sé trigo. ¡Qué bien te han sonado unas palabras que, en un tema, has repetido varias veces! Son éstas: “¿Puede decirse cosa más inicua que este precepto: que un mancillado purifique a otro, que lo lave el sucio, que lo limpie el inmundo, que dé la fe el infiel, que el criminal haga a uno inocente?”

Respondo brevemente: ni el mancillado, ni el sucio, ni el inmundo, ni el infiel criminal son Cristo, que amó a la Iglesia, que se entregó a sí mismo por ella, purificándola con el lavado del agua en la palabra 4, dándonos seguridad respecto a sus bienes, para no temer ser manchados con los males ajenos. Cuando un ministro malo oculta su maldad, si tú no anulas el bautismo dado por él, ¿no se te pueden devolver todas esas tus expresiones de que purifica el manchado, y lava el sucio, y limpia el inmundo, y da la fe el infiel y el criminal hace inocente a uno? “No”, dices tú, “no él mismo, sino la buena opinión de que goza, aunque vacía y errónea”. Y ante esto no quieres tú que yo exclame: “¡Oh crimen, oh portento!”, no, como dice alguien 5, “digno de ser deportado al fin del mundo”, sino más bien de ser echado fuera del mundo entero y de todas las tierras, si fuera posible. No me refiero a ti mismo, cuya enmienda deseo, sino a ese error, del cual deseo te corrijas. ¿Acaso cuando falta la verdadera vida de un buen ministro para purificar a un hombre será suficiente la buena pero errónea opinión pública sobre un mal ministro, que consiga lo que no conseguiría la vida santa, de suerte que para santificar a un hombre, cuando está oculta la malicia del ministro, use Dios el ministerio de la falsedad? Todo esto se origina de no reconocer lo que nosotros decimos: ya reciba uno el bautismo de un ministro fiel, ya de un infiel, el que santifica no es otro que Dios.

  1. Luego citas estas mis palabras: “Sea siempre Cristo quien da la fe, sea Cristo el origen del cristiano, en Cristo enclave el cristiano su raíz, sea Cristo la cabeza del cristiano”. Así lo dije y lo digo, y no pudiste tú responder. Parece como si te sintieras abatido por el peso aplastante de la verdad cuando añadiste: “Esto también lo enseñamos nosotros, también lo queremos”.

Sigue el tema de quién será mejor que lo dé, el justo o el injusto

VI. Pero de nuevo sustituyes a Cristo por un hombre, en quien ponga su esperanza el que ha de ser bautizado. Dices: “Pero buscamos quién realice esto mejor”. Y como también nosotros decimos que sin ministro no puede ser bautizado el hombre, me preguntas si es mejor el ministro pecador o el santo. Yo respondo que para esto es mejor que el ministro sea santo, a fin de que la debilidad del hombre, que sin el ejemplo siempre ve laborioso y difícil lo que manda Dios, imitando al ministro santo se yerga con más facilidad a una vida santa; así nos lo inculca el apóstol Pablo: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo 6. Por lo que se refiere al bautismo y santificación del hombre, si lo que se recibe es tanto mejor cuanto mejor es quien lo da, hay tanta variedad de bautismos en los que lo reciben cuanta diversidad de méritos en los ministros. Si Pablo, como se cree sin discusión, era mejor que Apolo, dio también un bautismo mejor según vuestra vana y perversa opinión 7, y si dio un bautismo mejor, sin duda veía con malos ojos a aquellos a quienes se congratula de no haberlos bautizado personalmente. Además, habiendo entre los buenos ministros uno mejor que otro, si no es mejor el bautismo que da un ministro mejor, tampoco será malo el bautismo que da un ministro malo, ya que es el mismo bautismo el que se da. Y, por consiguiente, es igual el don de Dios, aunque lo den ministros de desigual virtud, porque no es suyo el don, sino de Dios.

Agustín distingue entre el ministro fiel y el infiel

VII. Así pues, no tiene fundamento tu ataque de que no distinguimos en nada al ministro fiel del infiel; distinguimos los méritos humanos, no los sacramentos divinos, que tú, llevado por la fuerza de la verdad y olvidado del espíritu pendenciero de los herejes, confesaste que no eran diferentes entre nosotros y vosotros, sino enteramente los mismos.

  1. ¿Cómo dices tú: “Esto es también lo que nosotros enseñamos y queremos: sea siempre Cristo el que da la fe, sea Cristo el origen del cristiano, en Cristo enclave el cristiano su raíz, sea Cristo la cabeza del cristiano”, y luego defiendes la carta de Petiliano? Este, al ponderar el mérito del que bautiza y al esforzarse por demostrar, en favor de la causa que él defiende, el valor de la santidad del hombre para dar el bautismo, dice con toda claridad: “Se tiene en cuenta la conciencia del que da santamente el bautismo para purificar la del que lo recibe. Porque el que a sabiendas recibe la fe de un infiel, no recibe la fe, sino el pecado”. Y como si se le preguntara: “Cómo pruebas esto?”, añadió a continuación: “Todo ser toma su existencia de su origen y su raíz; si no tiene cabeza, no es nada”.

¿Por qué, te ruego, al caer en la defensa de un error temerario, tratas de sembrar de nieblas cosas tan manifiestas? Este hombre dice abiertamente que el origen, la raíz y la cabeza del que ha de ser regenerado por el bautismo no puede tener lugar sino por el ministerio del que le bautiza, y tú dices: “Esto es lo que también nosotros queremos, que sea Cristo el origen, la raíz y la cabeza del cristiano, pero buscamos por medio de quién se haga mejor esto”. Una cosa es lo que dices tú, otra lo que dijo Petiliano; lo que dices tú, aunque sea verdad, no es lo que dijo aquél.

Contradicción entre Cresconio y Petiliano

VIII. 8. Por consiguiente, si tú también quieres que Cristo sea el origen, la raíz y la cabeza del cristiano, enfréntate con Petiliano, no conmigo, ya que: Ni el que planta ni el que riega son nada, sino Dios que da el crecimiento 8. Al citar yo este testimonio del Apóstol en mi carta, te pareció bien responder en estos términos: “Ciertamente es Dios el que da el crecimiento, pero como para plantar y regar se busca un obrero fiel y diligente, así en el sacramento del bautismo se emplea un obrero fiel y de probada justicia”. Como si lo que plantó un colono infiel no llegara a germinar por su infidelidad. La fuerza de la semilla, la fecundidad de la tierra y el clima han recibido de Dios tales disposiciones que para propagar sus frutos sólo esperan la obra del que planta o del que riega, pero no se preocupan con qué espíritu obra ni con qué intención trabaja, si ama fielmente al dueño del campo o busca sus propios intereses y no los de aquél.

Añades también el testimonio del Profeta diciendo: Os daré pastores según mi corazón, que os pastorearán con inteligencia 9. Conozco el texto, se ha cumplido: tales fueron los apóstoles, tales los hay también ahora, aunque muy pocos, dada la extensión de la Iglesia; pero no faltan. También debiste buscar, leer, meditar lo que dice el profeta Ezequiel contra los malos pastores, a saber: Yo las apacentaré, no los pastores 10.

En qué pone Cresconio su esperanza

IX. 9. Por consiguiente, cuando dispensa su palabra y su sacramento por medio de pastores buenos y malos, él mismo es el que apacienta, ya que dijo de sí mismo: Que haya una sola grey y un solo pastor 11. Es mejor confiar en el Señor que confiar en el hombre 12, y también: Maldito todo el que pone su esperanza en el hombre 13.

Yo cité este texto en aquella carta, y tú muestras que lo entiendes de tal manera, que afirmas que buscas un ministro justo y fiel para que confiera este sacramento porque tienes la esperanza y la confianza en Dios y no en un hombre. Pero de Dios es la fe y la justicia que tú consideras siempre en sus ministros.

Es verdad lo que dices, que no tenemos ningún bien que no hayamos recibido 14 y según ello, Dios es el que nos da la fe y la justicia. Pero cuando dices que Dios no la puede dar si no la tiene el hombre que te bautiza, ya estás poniendo efectivamente esperanza en el hombre, de quien no sabes si participa de ella; y si no tiene parte en la justicia, consideras la opinión pública sobre él, y al descubrir que es erróneamente buena en un pecador oculto, piensas que te es suficiente para tu justificación. Dime, te ruego, si tienes tu confianza en Dios y no en el hombre, y si por ello buscas más un ministro bueno, justo y fiel que administre este sacramento, porque de Dios es la fe y la justicia, ¿se ha de atribuir también a Dios el error de la opinión pública, que si es buena referida a un ministro malo, dices que te basta ésa para tu santificación? Preferiría que confiaras en el hombre, de lo que con toda vehemencia te apartaba antes, antes que en el error de la opinión pública sobre él. Al fin, el hombre, sea como sea, en su condición de hombre es una criatura de Dios; en cambio, ningún error lo es.

Ahora bien, si es maldito el que pone su esperanza en el hombre 15, cuánto más lo será el que la pone en el error de la opinión humana, de suerte que llegue a caer en aquella otra amenaza: El que se fía en las mentiras, apacienta vientos 16, esto es, se convierte en alimento de los espíritus malos.

El bautismo de Juan y el de Moisés

X. 10. Dices: “Si el bautismo dado por cualquiera de cualquier manera no debe ser invalidado, ¿por qué bautizaron los apóstoles después de Juan?” Con más fuerza expone este argumento: “Si los apóstoles bautizaron después de Juan, ¿por qué no bautiza después de cualquier santo uno mejor que él o igual a él?” Así te verías forzado a comprender que no pertenece a esta cuestión el bautismo de Juan.

Dices también: “Pedro dijo a los judíos bautizados por Moisés: Arrepentíos y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo” 17.

Si los judíos ya habían sido bautizados, porque Moisés había bautizado a sus antepasados tanto tiempo antes a través del mar Rojo, sin motivo se bautiza en la actualidad a los que nacen de cristianos bautizados; y, sin embargo, dices estas cosas y las escribes; se te escucha, se te lee y se cree que respondes a mi carta, como si haber podido responder fuera lo mismo que no haber querido callar.

El testimonio de Pablo pone bien de manifiesto que quien bautiza es Cristo

XI. 11. Tampoco refutaste, como tú crees, el principio de mi carta que consideraste que debías pasar por alto. Allí dije: “Si se equivocaban los que querían ser de Pablo, ¿qué pueden esperar los que quieren ser de Donato?” ¿Quién no ve que la causa de este cisma, que el motivo de persistir aún hoy en esta peste, procede de poner la esperanza en la justicia de un hombre, de suerte que solamente es aceptable el bautismo de Cristo cuando es un hombre justo el que bautiza? Contra este error, contra los que ya habían empezado a levantar cismas atendiendo a los diversos méritos de los hombres, levanta la voz el mismo Pablo: Doy gracias a Dios de no haber bautizado a ninguno de vosotros, para que nadie pueda decir que he bautizado en mi nombre 18. ¿Qué otra cosa insinúa sino que el bautismo de Cristo era propio de aquel en cuyo nombre se da, y, por tanto, que no se vuelve mejor porque lo dé un ministro mejor, ni peor porque lo dé un ministro menos bueno?

Absurdos que se siguen de las tesis de Cresconio

  1. Así, sin motivo, te entusiasmas después y dices: “Síguese que todo lo que ha escrito el santo Petiliano, o cualquier otro que haya sido, tengo que reconocerlo como justamente dicho”. En realidad, esas mismas palabras, que concluyes han sido dichas rectamente, demuestran que no han sido dichas rectamente, ya que no se tiene en cuenta la conciencia del que da santamente el bautismo para que limpie la del que lo recibe cuando la conciencia del que lo da está oculta. Vencido en esta materia, cuando debías rendirte a la verdad apelaste a la errónea opinión pública sobre aquél, como a un juez infeliz engañado por la mentira, ya que no se tiene en cuenta la conciencia cuando se tiene en cuenta la opinión sobre él; y la falsa opinión sobre cualquiera no puede purificar a nadie, como no lo puede tampoco la mala vida; y nadie recibe la fe cristiana de un hombre ni infiel ni fiel, sino de aquel de quien se dijo: Que purifica sus corazones con la fe 19. Si uno oye de la boca de un fiel qué es lo que tiene que creer, ciertamente lo imita, pero no es justificado por él. Pues si el ministro justifica al impío, síguese que tiene motivo para creer también al ministro; pues es clara y cierta la afirmación del Apóstol: Al que cree en el que justifica al impío, se le cuenta su fe como justicia 20. Por tanto, si el ministro no se atreve a decir: “Cree en mí”, no ose afirmar: “Eres justificado por mí”.

  2. Atendamos a lo que sigue: “Todo ser toma su existencia de su origen y su raíz; si no tiene cabeza, no es nada”. Si el origen, la raíz y la cabeza del bautizado es el ministro, no lo es Cristo; si lo es Cristo, no lo es aquél. Finalmente, cuando el ministro es ocultamente malo, ¿cuál es el origen, cuál la raíz, cuál la cabeza del bautizado? ¿Acaso la mala opinión sobre él? Esto es lo que dice Cresconio, pero le contradice la verdad. Luego, si entonces es Cristo el origen, la raíz y la cabeza, también lo es cuando es bueno el ministro; de lo contrario se seguiría el absurdo de que es mejor la condición del bautizado por uno ocultamente malo, ya que Cristo es entonces la cabeza, que la del bautizado por uno manifiestamente bueno, si entonces es el ministro la cabeza.

Esto se podría decir de la buena semilla; sigue en efecto: “Nada reproduce bien si no es reproducido por una buena semilla”.

  1. Lo que sigue lo has tomado de la carta de Petiliano: “Si esto es así, hermanos, ¿cuál no será el absurdo de que quien es reo por sus crímenes haga a otro inocente, si está escrito: El árbol bueno da buenos frutos y el árbol malo da malos frutos? ¿Se cosechan uvas de los espinos? 21 Y también: El hombre bueno saca cosas buenas del tesoro de su corazón, y el hombre malo produce cosas malas” 22. Estas palabras demuestran suficiente y claramente que Petiliano no refería estas cosas sino al hombre que administra el bautismo, para que se entienda que si él es inocente hace inocente al que bautiza; que él es el árbol bueno cuyo fruto es el bautizado; que él es el hombre bueno cuyo corazón es el tesoro del cual procede la santificación del bautizado. Así, cuando éste es un pecador oculto, dime quién hace inocente al bautizado; dime de qué árbol será fruto; dime de qué corazón será el tesoro que santifica al bautizado. O bien, si merece tener como causa de su inocencia, como árbol del cual nace un fruto bueno, no al hombre ministro del bautismo, sino a Cristo, es de mayor ventura para él haber topado con un ministro ocultamente malo que si hubiera topado con uno manifiestamente bueno. Si esto es plenamente absurdo y disparatado, el santificado por el bautismo es fruto de Cristo, sea quien sea el ministro que le bautiza.

Claro que quizá pueda recurrir a tu consejo, cuando cae en la conciencia manchada y oculta del ministro, a fin de que le muestres como árbol al que da el nacimiento la buena aunque errónea opinión sobre un hombre malo; si buscas su raíz encontrarás la astucia de un hipócrita. Si puede nacer de ella un fruto bueno, lo que Dios no permita, mintió Cristo al decir: No puede un árbol malo producir frutos buenos 23. Pero como Cristo dijo la verdad, produzca el hombre bueno, como árbol bueno, el fruto de las buenas obras, a la manera que el hombre malo, como árbol malo, produce el fruto de las malas obras. Que el bautizado nazca no del espíritu de cualquier hombre, sino del espíritu de Cristo, si quiere ser fruto que no corrompa el viento, o árbol que no sea desarraigado. Si esto es así, al decir tú: “Síguese que todo lo que ha dicho el santo Petiliano, o cualquier otro que haya sido, tengo que reconocerlo como justamente dicho”, pienso que concluyo más bien que todo eso no se ha dicho rectamente.

El caso de Optato

XII. 15. Vamos a ver ahora lo que después engarzaste en tu carta; cómo los vuestros te informaron sobre la causa de Optato y de los maximianistas, o mejor, para seguir tus enseñanzas, de los maximianenses. Acerca de Optato, sobre el cual no puedo mostrar nada escrito por él, con facilidad acepto lo que digas. Solamente sé esto: si es verdad, no digo lo que se demostraba, sino lo que se decía de él, ni él era bueno ni tenía buena fama. Por consiguiente, cuantos fueron bautizados por él, no pudieron ser lavados ni por su conciencia, según Petiliano, ni por su fama, según tú. Y si la envidiosa opinión pública lanzó sobre él, como ocurre con frecuencia, falsas calumnias, ves con cuánta razón no creemos fácilmente lo que nunca pudisteis probar sobre los traditores a los que acusáis, ya que la opinión pública suele mentir también acerca de los buenos. Así pues, si no es su inocencia, ni en resumidas cuentas, como es verdad y seguro, la gracia de Dios y nuestra conciencia las que dan valor a nuestro bautismo, sea al fin tu opinión la que se lo da.

Diversa actitud de Cresconio frente a Optato y a Ceciliano

XIII. 16. Al hablar de Optato dijiste: “Yo no absuelvo a Optato ni lo condeno”. Si yo, y no sólo yo, sino toda la Iglesia católica africana, y cuánto más aún la transmarina, tan ampliamente extendida, dijera de Ceciliano y de los que lo ordenaron: “Yo no los absuelvo ni los condeno”, ¿piensas que sería poco para los que éstos bautizaron, ninguno de los cuales vio jamás a Ceciliano, lo que crees es suficiente respecto a Optato a aquellos que él bautizó con sus manos? ¿Acaso porque vosotros citáis el concilio de vuestros antepasados sobre Ceciliano, mientras que nosotros no citamos ninguno sobre Optato v, piensas que a nadie de los nuestros le está permitido decir: “Yo no absuelvo ni condeno a Ceciliano”, como lo pudiste decir tú de Optato?

Pero en favor de Ceciliano se celebró después un juicio transmarino a instancias de los vuestros ante el emperador Constantino. Y si los juicios eclesiásticos, una vez celebrados, no pueden ser anulados, ¿qué vais a hacer de Primiano, vuestro obispo de Cartago, contra el cual se pronunciaron primero cien obispos, más ciertamente que sobre Ceciliano, y, anulando su condición de obispo, pusieron en su lugar a Maximiano? ¿No se apoyó Primiano en un juicio posterior, que se celebró en su favor en la ciudad de Bagái, juicio según el cual no quiere se dude de él, pero exige que todos vosotros le absolváis? También nosotros, de acuerdo con el juicio posterior, absolvemos absolutamente y sin la menor vacilación a Ceciliano.

Para dirimir la causa basta que digamos nosotros de él lo que tú de Optato: “Nosotros no absolvemos a Ceciliano ni lo condenamos”. Que vean los jueces, los nuestros o los vuestros, cómo le juzgaron; den ellos mismos razón de su sentencia, carguen ellos con el peso de su buena o mala obra 24; a nosotros permitidnos al menos dudar de los hechos ajenos, para no vernos forzados a condenar en nosotros los sacramentos de que no se puede dudar.

Pero ya lo he dicho: piensa de Optato lo que quieras; pues no hay modo de dejar convicto a aquel de quien no se encuentran delitos en las actas, delitos que, sin embargo, él cometió, de suerte que es considerado, detenido y ajusticiado como el cabecilla de los satélites de Gildón. ¿Os está permitido decir algo sobre Feliciano y Pretextato , compañeros de Maximiano, a los cuales condenaron trescientos diez obispos vuestros, junto con los otros expresamente nombrados, en una sola y la misma sentencia del concilio de Bagái, y a los que recibieron poco tiempo después con la dignidad de obispos que tenían, junto con todos los que habían bautizado durante su condena?

El caso de Feliciano y Pretextato

XIV. 17. En consecuencia, es inútil querer lavar todo lo que, como perdonándolo o pasándolo por alto, tú has dicho contra nosotros o los nuestros, sin nombres, sin testigos, sin ningún documento en absoluto, en parte acusando de lo que no es objeto de acusación, en parte no probando lo que sí es objeto. A éstos, a éstos es a los que debes entender de nuevo; mira con más atención a Feliciano de Musti y a Pretextato de Assuras, cuyos casos explicaré enteramente, si Dios lo permite, en su lugar. A fin de que, aunque te empeñes en ser tan enemigo de la verdad, no puedas defender o negar la mentira de los vuestros. Pero de momento yo prefiero hablar sobre lo que te dijeron; no discuto aún cuántas falsedades han dicho, no demuestro aún con qué ceguedad tan desvergonzada han mentido.

Ciertamente cuando leíste en mi carta lo referente a los que llamé maximianistas, condenados por el concilio de los vuestros y recibidos luego, te has sentido muy afectado, como dices, ya que, para usar tus mismas palabras, ignorabas aún cuál era la verdad. En seguida, según cuentas, conseguiste información más detallada de vuestros obispos, y conociste por sus informes el decreto del concilio y la sentencia pronunciada contra aquellos que habían sido condenados y la secuencia de todo el asunto. Y como creías que yo ignoraba lo que se había tratado, exhortándome a conocer la verdad plena, lo contaste todo después. Y fíjate que en esta materia pongo tus mismas palabras, tomadas de tu carta; ellas me son absolutamente necesarias.

La prórroga que les ofrecieron los donatistas

XV. 18. Dices: “Como el error de Maximiano intentaba ganar para sí a los más de los obispos, los nuestros reunieron un concilio contra todos los que habían permanecido en su cisma, pronunciaron la sentencia, que afirmas haber leído tú también. Aunque esta sentencia fue confirmada con el consentimiento de todos, sin embargo, dices tú, pareció bien conceder un plazo al decreto del concilio, dentro del cual se reconocería inocente al que hubiera tenido a bien corregirse. Y así sucedió -dices- que no sólo los dos citados, sino también otros muchos tornaron a la Iglesia purificados e inocentes. A éstos no se les debió anular el bautismo, porque, restablecidos dentro de la fecha señalada, no habían incurrido en la sentencia definitiva, ni estaban separados de la Iglesia cuando bautizaban, ya que no habían permanecido desunidos más allá del plazo prefijado. En cambio, a los que, junto con Maximiano, perseveraron con pertinacia más allá de la fecha señalada, les cerró el paso la sentencia de condenación, y perdieron a la vez el bautismo y la Iglesia”.

Estas son tus palabras, mi querido Cresconio, que reconocerás tomadas del contenido de tu carta.

Sólo vuelve a la iglesia quien la había abandonado

XVI. 19. Por tanto, he aquí lo que te pregunto: Si aún no se habían separado de la Iglesia, ¿cómo se profirió contra todos los que hubieran permanecido en el cisma de Maximiano una sentencia que, confirmada con el consentimiento de todos, pareció bien otorgar al decreto del concilio una prórroga de tiempo, dentro de la cual se consideraría como inocente al que hubiera querido corregirse? En estas palabras muestras que si alguno de los que habían permanecido en el cisma de Maximiano hubiera querido corregirse dentro de la prórroga, sería considerado como inocente. Se corregiría, pues, quien hubiera querido hacerlo, del cisma en que había persistido con Maximiano. Por consiguiente, antes de corregirse estaba en el cisma en el que había persistido, aunque no hubiera persistido pertinazmente en él, porque se había corregido dentro del plazo establecido. Y un poco después distingues textualmente: “En cambio, a los que junto con Maximiano perseveraron con pertinacia más allá de la fecha señalada, les cerró el paso la sentencia de condenación y perdieron a la vez el bautismo y la Iglesia”.

Ciertamente, al decir “perseveraron con pertinacia”indicas que también los que se corrigieron persistieron, aunque no con pertinacia; así es que contra todos a la vez se dictó aquella sentencia, que fue confirmada por el consentimiento de todos, aunque dices que pareció bien otorgar al decreto del concilio aquella prórroga de tiempo.

Entonces, ¿cómo estaban en la Iglesia quienes antes de corregirse persistían con Maximiano en el cisma? Y si no estaban en la Iglesia, porque estaban en el cisma, ¿cómo bautizaban? Además, ¿cómo sucedió, según dices, que no sólo los que he recordado, sino también muchos otros purificados e inocentes tornaran a la Iglesia, si no estaban separados de la Iglesia? ¿A quién tornaron si no se habían separado? O, si se habían separado, dime, por favor, antes de retornar a la Iglesia, ¿con qué derecho bautizaron? Dices: “El bautismo de éstos no debió anularse, porque, restituidos dentro de la fecha señalada, no habían incurrido en la sentencia definitiva”. ¿Restituidos a qué? Despierta, por favor; dinos a dónde volvieron. Seguramente dirás: “A la Iglesia”, a la cual dijiste que ellos habían vuelto. ¿Y hay alguien que sea restituido a la Iglesia si no se ha separado de ella? ¿Hay alguien que sin separarse de la Iglesia haya permanecido, aunque sea por pocos días, en el cisma? ¿Hay alguien que, sin haberse separado de la Iglesia, pueda volver a ella después de un tiempo, por mínimo que sea?

Cresconio sufre desinformación

XVII. 20. Pienso, carísimo, que no sólo no consideraste lo que escribías, sino que ni siquiera leíste lo escrito. Claro, ¿qué ibas a hacer si en este caso te urgía la necesidad, no de proclamar contra Maximiano y sus compañeros tu propia sentencia, sino de defender como mejor pudieras la dictada por otros? Cierto que si tú no usaras esas palabras, yo leería el mismo decreto del concilio de Bagái, en el que está escrito: “Pero a aquellos que no han manchado los retoños de vástago sacrílego, esto es, que movidos por el pudor verecundo de la fe apartaron sus propias manos de la cabeza de Maximiano, les hemos permitido retornar a la madre Iglesia”.

Inconsecuencia de los donatistas

XVIII. 21. En consecuencia, si no hubiese hallado esas tus palabras, aquí diría yo, aquí clamaría yo, en nombre de la verdad: ¿Cómo se permite retornar a la Iglesia a quienes no se apartaron de la madre Iglesia? O si se apartaron, ¿con qué derecho pudieron bautizar antes de volver, sino porque en el intento de reparar este cisma os habéis olvidado de vuestra propia vanidad según la cual juzgáis es necesario rebautizar, después de los obispos que siguen una línea ininterrumpida desde las mismas sedes de los apóstoles hasta nuestros días, no a un hombre solo, no a una sola casa, no a una sola ciudad, no a un pueblo solo, sino al orbe de la tierra? Seguramente, como el horror de un hecho como éste estremeció hasta los corazones de los que lo cometían, al tornar tales multitudes de la comunión de Maximiano a la vuestra, sin duda os causó gran satisfacción recibir a tantos, pero tuvisteis vergüenza de rebautizar a tantos. Frente a cuantos pudieran detestarlo y horrorizarse, ante ello, debíais hacer eso por la salud de las personas, que cuanto más numerosas eran, tanto menos debíais descuidar, si alguna vez prevalecía en vosotros la consideración de la verdad sobre el prejuicio del error.

Ya ves que en este retorno de los maximianenses a vuestra comunión queda de manifiesto la verdad de lo que nosotros decimos sobre el bautismo. Si los hombres se dan un poco cuenta siquiera de lo que dicen u oyen, quien bautiza antes de tornar a la Iglesia, bautiza sin duda fuera de la Iglesia, y con todo no hay que anular el bautismo, como no habéis anulado tampoco vosotros el de aquéllos. Si no cambia, es porque nadie bautiza en su nombre propio, sino en el del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Además, aparte del sacramento del bautismo, que persevera íntegro para castigo del perverso o para la salvación del bueno o corregido, quiero hablar un poco sobre la misma expiación o purificación de los que se corrigen. Te acuerdas sin duda de lo que has dicho contra nosotros, a saber, que hemos recibido sin ninguna expiación a los que vienen a nosotros de vosotros, del error sacrílego de los herejes. Dinos tú ahora, te ruego, con qué expiación fueron purificados los que al venir del cisma de Maximiano a vosotros fueron recibidos aun con sus cargos. ¿Acaso a pesar de participar en crimen tan grande no resultaron mancillados con tan nefasta compañía?

Pasajes del concilio donatista de Bagái contra Maximiano y los suyos

XIX. 22. Considera cómo resuena, qué reprocha, qué verdad proclama la boca de tus obispos en aquel célebre concilio. Dice: “A Maximiano, émulo de la fe, corruptor de la verdad, enemigo de la madre Iglesia, ministro de Datán, Coré y Abirón, lo lanzó del seno de la paz el rayo de nuestra sentencia; y si no se ha abierto la tierra y no lo ha tragado, es porque lo reserva para un suplicio más duro en las alturas. Pues arrebatado habría economizado su pena con la brevedad de su muerte; ahora recoge los intereses más elevados de su deuda, estando muerto entre los vivos”.

¿Acaso, pues, como tú dijiste, los que persistían en el cisma de éste, antes de restituirse, como tú también dijiste, al seno de vuestra Iglesia dentro del plazo de tiempo, no habían contraído mancha alguna o muy pequeña en esa compañía? Pero escucha lo que sigue luego; escucha, repito, cómo continúa el que dicta o lee esta sentencia: “No es sólo a éste -dice- a quien condena la muerte justa que origina su crimen; esa cadena del sacrilegio arrastra también a muchísimos a la participación en el crimen. De ellos está escrito: Veneno de áspides hay bajo sus labios, su boca rebosa maldición y acritud. Rápidos son sus pies para verter sangre; en sus caminos hay desolación y miseria, no han conocido la senda de la paz 25. No quisiéramos ciertamente que fueran cortados de la trabazón del propio cuerpo. Pero como en el caso de la corrupción pestífera de una llaga gangrenosa aporta más alivio la amputación que curación la indulgencia, se ha encontrado un tratamiento más saludable para prevenir que el virus pestilente invada todos los miembros: concentrar el dolor eliminando la llaga que ha aparecido. Sabed, pues, que bajo la presidencia y la orden de Dios han sido condenados por la boca verídica de un concilio universal los culpables del crimen infamante: Victoriano de Carcabia, Marciano de Sulecto, Bejano de Bejana, Salvio de Ausafa, Teodoro de Usala, Donato de Sabrata, Miggene de Elefantaria, Pretextato de Assuras, Salvio de Membresa, Valerio de Melzi, Feliciano de Musti y Marcial de Pertusa, quienes con una obra funesta de perdición han formado un vaso inmundo de un amasijo de fango; pero también han sido condenados los que fueron algún día clérigos de la Iglesia de Cartago, quienes presenciando el crimen han servido de alcahuetes a este ilícito incesto”.

¿Podéis lanzar ataques más duros contra ellos? ¿Soléis lanzar ataques más furibundos contra nosotros? “Pero -dices- se corrigieron de mal tan grande dentro del plazo fijado”.

Habrá que ver si se han corregido, porque en verdad se habrían corregido si hubieran tornado a la verdadera Iglesia. Pero si la verdadera es la vuestra, decid cómo han reparado crimen tan monstruoso. Porque si no lo han expiado, todos vosotros estáis, según vuestra opinión, mancillados con su crimen; y si lo han expiado, concedéis que han podido expiarlo con sólo volver, mediante la caridad, que cubre la multitud de los pecados; y, en cambio, nos acusáis a nosotros con necias calumnias a propósito de los vuestros que vienen corregidos a nosotros. A no ser que, como indican las palabras del concilio, habían, sí, perpetrado el sacrilegio del cisma, pero aún no se habían manchado con el mismo sacrilegio antes del día fijado como plazo, y por eso no se juzgó que necesitasen expiación.

Inconsecuencia o atribución de poder excesivo

XX. 23. Si esto es así, ¿quién osará resistiros a quienes habéis recibido un poder tan admirable sobre los hombres? Pecan cuando quieren y se manchan cuando queréis vosotros. No proclamamos algo oscuro o menos conocido o divulgado. Se trata de una sentencia que, gracias a su notable estilo, se encuentra en las manos de todos, en la boca de todos los aficionados a tales lecturas; respecto a la cual, al menos ahora ves con qué verdad decía yo que no deberían complacerse de entrada en su estilo, para no tener que lamentar después su celebridad. Atiende a su contenido, escucha cómo suena.

Anatema contra Maximiano. ¿Y los que se acercaron al altar con él?

XXI. 24. “A Maximiano -dice-, émulo de la fe, corruptor de la verdad, enemigo de la madre Iglesia, ministro de Datán, Coré y Abirón, lo lanzó del seno de la paz el rayo de nuestra sentencia”. Por consiguiente, si alguno hubiera comunicado a sabiendas con éste un solo día, ¿no se contaminaría, según aquella severidad vuestra tan rebosante de jactancia, con mal tan grande, hasta el punto de hacerse igual a él?

¿Qué fueron, pues, o qué llegaron a ser por eso los que no sólo se acercaron al altar con él, sino que, erigidos los altares, tras ordenarle obispo, le enfrentaron a vuestro Primiano? Pero ¿por qué hacerte preguntas sobre esto? Que hable la misma sentencia, cuyas palabras lanzan tal resplandor que, aunque quisierais esconderla, penetra con su deslumbrante esplendor en los más tenebrosos escondrijos.

Veamos con qué fragor de condena irrumpe contra los compañeros de Maximiano.

La sentencia incluye también a sus consagrantes

XXII. 25. “No es sólo a éste -dice- a quien condena la muerte justa que origina su crimen; esa cadena del sacrilegio arrastra también a muchísimos a la participación en el crimen; de ellos está escrito: Veneno de áspides hay bajo sus labios, su boca rebosa maldición y acritud. Rápidos son sus pies para verter sangre; desolación y miseria hay en sus caminos, no han conocido la senda de la paz”. Luego la sentencia cita nominalmente a todos los consagrantes de Maximiano, entre los cuales están también estos dos de que trato, Feliciano y Pretextato, y añade lo que hicieron para que se dijeran cosas tan duras contra ellos: “Quienes con una obra funesta de perdición han formado un vaso inmundo de un amasijo de fango”, queriendo dar a entender que ellos mismos asistieron, ellos mismos ordenaron a Maximiano imponiéndole las manos; y añade, asimismo, sobre los clérigos de Cartago: “También han sido condenados los que fueron algún día clérigos de la Iglesia de Cartago, quienes, presenciando el crimen, han servido de alcahuetes a este ilícito incesto”.

Situación real de Feliciano y Pretextato

XXIII. 26. Yo te pregunto, Cresconio, ¿he exagerado yo algo con mis palabras este crimen? Si lo hubiera querido, quizá no me hubieran faltado, si no las mismas palabras, otras cualesquiera más que suficientes. Te pregunto, pues: Antes de pasar a la concordia de vuestra comunión estos dos de quienes trato, colocados en aquella cadena de sacrilegio, bajo cuyos labios estaba el veneno de áspid, con la boca llena de maldición y amargura, con los pies dispuestos al derramamiento de sangre, ¿cómo bautizaron? ¿Se encontraba en ellos la conciencia del que da santamente para que purificara la de los que lo reciben? ¿Acaso los recomendaba la buena aunque falsísima opinión pública sobre ellos, que en aquellas dificultades te suministró a ti no una salida para escapar, sino para precipitarte, si precisamente el insigne concilio los declara reos de célebre crimen? Cuando volvieron después, antes del plazo fijado, según creíste a vuestros obispos que contaban falsedades, ¿cómo los reciben en sus honores con aquellos que, situados con Maximiano fuera de la Iglesia, habían bautizado en la cadena del sacrilegio cismático? ¿Cómo expían un sacrilegio de tal categoría? ¿Cómo se ven desatados de aquella cadena? ¿Cómo son purificados sus labios y su boca del veneno de áspides, de la maldición y de la amargura? ¿Cómo se lavan sus pies del derramamiento de sangre espiritual que emprendieron con rapidez? ¿Cómo se limpian sus manos de la obra funesta de perdición, cómo se purifica del ilícito incesto, no los miembros de su cuerpo, sino el afecto del alma?

Reconocimiento de hecho de la doctrina católica

XXIV. 27. Por supuesto, para defender esta causa, queráis o no queráis, os veis forzados a acudir a la protección de la verdad; ella os dice que el bautismo de Cristo, dado no sólo por los malos ocultos, sino también por los manifiestos, no sólo por los convertidos, sino también por los perversos, tiene la inquebrantable solidez de su fuerza, y que puede encontrarse en ellos, pero no aprovecha sino a los corregidos; y que los corregidos pueden ser expiados por las oraciones fraternas gracias a la caridad que cubre la multitud de los pecados.

Veamos: antes que te demuestre con qué impudor te han mentido vuestros obispos sobre el recibimiento de los maximianistas ateniéndome a su mentira y a tu relato, pienso que no debes investigar si vuestra causa está superada, sino reconocerlo, y que no debes preparar una réplica, sino pensar más bien en la enmienda. Pues tú ves al menos ahora qué verdad contenían aquellas mis palabras, a las que en vano te viste forzado a responder falsamente; cuán justamente decía yo: “Si por la unidad del partido de Donato nadie rebautiza a los bautizados en el impío cisma, ¿por qué no se reconoce en pro de la unidad verdadera y universal de Cristo la ley de aquella herencia?” Tú mismo confiesas que los que persistieron en el cisma de Maximiano habían merecido una condenación, en la cual no incurrirían si dentro del plazo señalado hubieran vuelto a la Iglesia. De donde se sigue que, antes de volver, habían bautizado en el cisma en que habían persistido a aquellos con quienes fueron recibidos en vuestra comunión. Ves claramente cómo unos muertos bautizaron, porque de aquellos que habían persistido en el cisma con Maximiano, antes que volvieran a vosotros, afirmó la sentencia del concilio de Bagái: “como les ocurrió a los egipcios, sus riberas están llenas de los cadáveres de los que mueren”.

Deberían ser consecuentes

XXV. 28. Respecto a lo que dije: “Cuando se leyó ante ellos la sentencia que iba a ser decretada, la aclamaron a voz en grito; pero ahora, cuando la hemos leído nosotros, enmudecieron”. He aquí que harían mucho mejor en callar, ya que dicen tales cosas que les comprometen. Ya ves cuán verdadero es lo que dije: “Deberían comprender ya cuánto hay que tolerar por la paz, y, en pro de la paz de Cristo, retornar a la Iglesia que no condenó hechos desconocidos, ya que en pro de la paz de Donato les pareció bien revocar una condena”. Esto es mucho más verdadero según tu relato, pues dijiste incluso que con la concesión de una prórroga se había llamado de nuevo incluso a aquellos de quienes se había dicho nominalmente: “Sabed que bajo la presidencia y la orden de Dios han sido condenados por la boca verídica del concilio universal”. Puesto que tras estas palabras se otorgó la prórroga, ¿cómo no pareció bien revocar la condena? ¿Cómo no podían sernos desconocidos a nosotros, nacidos tanto tiempo después, o al mismo orbe cristiano, los hechos que no pudieron probarse sobre Ceciliano en el juicio transmarino que tuvo lugar después, cuando tú, siendo africano, no conocías aún hoy, después de tantos años, como dices, el asunto de los maximianenses que tuvo lugar en África en nuestros tiempos? Aunque nosotros podremos demostrar que no lo conoces aún, puesto que has dado fe a vuestros obispos que mentían.

Las acusaciones no tienen fundamento

XXVI. 29. A propósito del crimen de la traditio, dices que he querido volverlo contra vuestros antepasados, recurriendo a la anticategoría, cosa que hicieron los nuestros, acusándome de que he obrado como si se tratara de los géneros y problemas de un asunto, y no de buscar la verdad en la Iglesia. ¿Te atreverías a decírselo al profeta Elías, que, al sentirse acusado por un rey sumamente malvado de llevar a la ruina a Israel, le respondió: No soy yo quien lo lleva a la ruina, sino tú y la casa de tu padre? 26 ¿Qué nos importa a nosotros el nombre que dan los griegos en el arte retórica a esta clase de objeción retorcida, si lo encontramos ya en la autoridad profética? Cuando alguien dice: “No lo hice yo, sino tú”, es necesario decir la verdad, no temer decirla. Así, para demostrar que vuestros antepasados no han hecho lo que la lectura de sus propias confesiones muestra que han hecho, te es preciso, si puedes, estar sumamente atento para no aterrar con un término griego a los ignorantes, provocando que no nos oigan.

Que nuestros antepasados fueron traditores no lo has demostrado; pues no por haber dicho que había muchas cartas para demostrarlo vamos a pensar que lo has demostrado; en cambio, sobre los vuestros tenemos el concilio de Segundo de Tigisi, celebrado, es verdad, con muy pocos en Cirta, después de la persecución en que se mandó entregar los Libros, para ordenar allí un obispo en lugar del difunto.

Extractos del concilio de Cirta sobre los “traditores”

XXVII. 30. Escucha los hechos que tuvieron lugar allí, pues he procurado consignar aquí lo esencial del mismo: “En el octavo consulado de Diocleciano y el séptimo de Maximiano, el cinco de marzo, en Cirta, ocupando la presidencia Segundo, obispo de Tigisi, en casa de Urbano Donato, dijo: -Examinémonos a nosotros mismos, y así podremos ordenar aquí un obispo. Segundo dijo a Donato, de Masculis: -Se dice que tú has entregado los Libros. Donato respondió: -Sabes cómo me ha buscado Floro para que ofreciese incienso, y Dios no me entregó en sus manos, hermano; pero ya que Dios me ha dejado libre, guárdame también tú para Dios. Dijo Segundo: -¿Qué haremos, pues, de los mártires? Como no los entregaron, por eso han sido coronados. Dijo Donato: -Envíame a Dios, allí daré yo cuenta. Segundo dijo: -Pasa a este lado.

Luego dijo Segundo a Marino de Aguas Tibilitanas: -Se dice que también tú los entregaste. Respondió Marino: -Entregué a Polo las actas de los mártires, mis libros están a salvo. Dijo Segundo: -Pasa a este lado. Dijo Segundo a Donato de Calama: -Se cuenta que tú los entregaste. Donato respondió: -Entregué unos códices de medicina. Segundo le dijo: -Pasa a este lado”.

Y en otro lugar: “Segundo dijo a Víctor de Rusicade: -Se dice que tú entregaste los cuatro Evangelios. Víctor respondió: -Valentín era el administrador; me forzó a que los echara al fuego. Yo sabía que tenían la escritura borrada. Perdóname esta falta, y Dios me lo perdonará. Dijo Segundo: -Pasa a este lado”.

Y en otro lugar: “Segundo dijo a Purpurio de Limata: -Se dice que tú has matado a dos hijos de tu hermana en Milevi. Purpurio respondió: -¿Piensas que me vas a atemorizar como a otros? ¿Qué hiciste tú cuando fuiste detenido por el procurador y el consejo para que entregaras las Escrituras? ¿Cómo te libraste de ellos sino dando u ordenando dar cualquier cosa? Pues no te soltaban sin más ni más. Sí, yo maté y mato a quien se me enfrenta; por eso no me provoques que hable más. Sabes que yo no me ocupo de nadie.

Segundo el joven dijo a su tío Segundo: -Oyes lo que dice contra ti. Está dispuesto a apartarse y a formar un cisma, no sólo él, sino todos a los que estás inculpando. Yo sé que éstos tienen intención de dejarte y dar sentencia contra ti, y tú quedarás como el único hereje. Por eso, ¿qué te importa a ti lo que hace cada uno? Es a Dios a quien tienen que dar cuenta. Segundo dijo a Félix de Rotaria, a Nabor de Centuriones y a Víctor de Garba: -¿Qué os parece? Respondieron: -Es a Dios a quien deben dar cuenta. Dijo Segundo: -Vosotros lo sabéis, y Dios también; sentaos. Respondieron todos: -Gracias a Dios”.

  1. Estos traditores, con otros, pronunciaron sentencia en Cartago contra Ceciliano y sus compañeros. Entre ellos estuvo también Silvano de Cirta; luego aportaré las actas sobre su entrega de los libros sagrados. Tú defenderás a todos ellos de una manera brillante. De ese gran número seguramente vas a decir lo que, como si fuese algo grande, juzgaste que debías decirlo sólo de Silvano: pensaste haber demostrado a las claras la falsedad del crimen de entrega que se le imputa, por el hecho de aportar la sentencia que, entre otros obispos, pronunció en el concilio contra Ceciliano y otros partícipes de su comunión, como si no pudiera ocurrir que un traditor condenara a traditores. ¡Tú ves estas cosas con más sabiduría que el apóstol Pablo! En efecto, él achacaba a algunos cosas sin lógica y no consideraba que no pudiera darse lo que decía: Tú que predicas que no se ha de robar, robas. Tú que dices que no se debe adulterar, adulteras. Tú que abominas a los ídolos, cometes sacrilegio 27. Y sobre todo lo que sigue: En lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo, ya que haces lo mismo que condenas 28. A estos traditores confesos, a los que él mismo, amedrentado, perdonó, los tuvo consigo Segundo en el concilio de Cartago, y dictaron sentencia contra ausentes no confesos, quienes, presentes y confesos, no fueron condenados. Este concilio no habría permanecido ni pasado a la memoria de la posteridad de no haberlo registrado otros, al haberlo conservado quienes se disponían a defenderse con él, en el caso de que alguien les echara en cara después los mismos crímenes que allí se les habían perdonado.

La intervención de Lucila

XXVIII. 32. También le interesaba al mismo Segundo dar la impresión de que él había dejado todas esas cuestiones al juicio de Dios para evitar un cisma, cosa que procuran impedir los pacíficos más que todos los otros. Esto debió hacer con mayor motivo en el concilio de Cartago, donde nada habían determinado contra los ausentes. Así habría sido de no ser por Lucila, una mujer muy influyente y rica, que, encendida en odios, frutos de un ensañamiento, insistía vivamente para que fuera ordenado otro obispo frente a Ceciliano, tenido como condenado. Esto lo recordó después en el juicio del consular Zenófilo un tal Nundinario, entonces diácono de vuestro obispo Silvano de Cirta, quien no pudo avenirse, como deseaba, con el citado obispo suyo, en cuya enemistad había incurrido. Había realizado esto ante colegas de aquél, para que no lo descubriese todo, de manera más bien amedrentadora que suplicante para obtener el perdón.

Extracto de las actas del juicio contra Silvano de Cirta

XXIX. 33. De las actas de este juicio voy a aportar sólo algún detalle: “En el consulado de Constantino Máximo Augusto y de Constantino el joven, César nobilísimo, el trece de diciembre, en la ciudad de Tamugadi, introducido el gramático Víctor y acercado al tribunal, presente también el diácono Nundinario, el consular Zenófilo dijo: -¿Cómo te llamas? Y respondió: -Víctor”.

Y un poco después, en otro lugar: “Nundinario respondió: -Que se lean las actas. El consular Zenófilo dijo: -Que se lean. Y leyó el escribano Nundino: -En el octavo consulado de Diocleciano y séptimo de Maximiano, el día catorce de las calendas de junio, tomado de las actas de Munacio Félix, flamen perpetuo, procurador de la colonia de Cirta. Al llegar a la casa, en la cual se reunían los cristianos, el flamen perpetuo y procurador dijo al obispo Paulo: -Presentad las Escrituras de la Ley y cualquier otra cosa que tengáis aquí, para que podáis obedecer al precepto y mandato. El obispo Paulo dijo: -Las Escrituras las tienen los lectores, pero nosotros os damos lo que tenemos aquí. Félix, flamen perpetuo y procurador, dijo a Paulo: -Muestra a los lectores o hazlos venir. El obispo Paulo dijo: -Los conocéis todos. Félix, flamen perpetuo y procurador, dijo: -No los conocemos. El obispo Paulo dijo: -Los conoce el ministerio público, esto es, los escribanos Edesio y Junio. Félix, flamen perpetuo y procurador, dijo: -Dejando la cuestión de los lectores, que señalará el ministerio público, dad vosotros lo que tenéis aquí.

Estando sentado el obispo Paulo con los presbíteros Montano y Víctor de Castelo Memor, y a su lado de pie Marte con Aelio y Marte, diáconos, llevando los objetos Marcuclio, Catulino, Silvano y Caroso, subdiáconos, y Jenaro, Marcuclio, Fructuoso, Migino, Saturnino, Víctor, Sansurio y los otros cavadores, tomando nota Víctor de Aufidio resultó en breve: dos cálices de oro, y otros seis cálices de plata”, etc.

Y en otro lugar: -Al abrir la entrada a la biblioteca, se encontraron allí armarios vacíos. Allí presentó Silvano un cofrecillo de plata, una lámpara también de plata, que decía había encontrado detrás del arca. Víctor de Aufidio dijo a Silvano: -Muerto estabas si no las hubieses encontrado. Félix, flamen perpetuo y procurador de la república, dijo a Silvano: -Busca con más esmero, no vaya a quedar nada aquí. Silvano dijo: -Nada quedó aquí, todo lo hemos vaciado”, etc.

Y en otro lugar: “Ejemplar de una nota entregada a los obispos por el diácono Nundinario: -Cristo y sus ángeles son testigos de que estáis en comunión con los traditores, esto es: Silvano de Cirta es un traditor y un ladrón de los bienes de los pobres, cosa que sabéis todos vosotros, obispos, presbíteros, diáconos y ancianos, así como estáis al tanto de los cuatrocientos folles de la ilustrísima dama Lucila, por lo que os habéis conjurado para hacer obispo a Mayorino, de donde se originó el cisma. También Víctor el batanero, en presencia vuestra y del pueblo, dio cuarenta folles para que le hicieran presbítero, lo que sabe Cristo y sus ángeles”, etc.

Y en otro lugar: “Leídos estos escritos, el consular Zenófilo dijo: -Por las actas y las cartas que se han leído consta que Silvano es un traditor”.

Lo mismo en otro lugar: “El consular Zenófilo, varón ilustre, dijo: -¿Qué cargo tenía entonces Silvano en el clero? Respondió Víctor: -En la persecución que tuvo lugar en tiempo del obispo Paulo, Silvano era subdiácono”.

Dificultades de los donatistas

XXX. 34. ¿Tienes, hermano Cresconio, algo que oponer a esto? Pienso que no haya llegado a tal punto la falta de pudor entre los hombres, que para justificar a Silvano pienses sacar a relucir la sentencia que pronunció él contra Ceciliano y sus colegas como si fueran traditores; con ello nos forzarías a decir algo semejante, tomándolo de la epístola del Apóstol, como poco antes he recordado, a saber: “tú que predicas que no se deben entregar los libros sagrados, los entregas”, y a repetir las mismas palabras: En lo que juzgas a otros, a ti mismo te condenas, ya que haces lo mismo que condenas 29.

“Pero después -dices-, en la persecución de Ursacio y Zenófilo, no queriendo entrar en comunión, fue desterrado”.

Por cierto, el que ya había sido traditor, quiso permanecer también hereje, para conseguir un honor falso en el partido de Donato, ya que no podía tener ninguno en la Católica, descubiertos en juicio público los hechos evidentes de su entrega de los Libros Sagrados.

Claro que tú dirás que todo esto es falso y presentarás otros testimonios semejantes, en cuanto te sea posible, en favor de vuestros antepasados contra los nuestros. Cosa que ciertamente quizá no podrás hacer, al no encontrar qué presentar. Pero supongamos que los encuentras y los presentas: ¿llegará a tanto tu desvergüenza de ladrón que pretendas se ha de dar más crédito a tus alegaciones que a las que presentamos nosotros?

Ahora bien, o hubo traditores en una y otra parte, si tú aportas algo sobre la confesión de los nuestros, o, si piensas que se ha inventado algo por nosotros contra los vuestros, ¿por qué no nos permites pensar que los vuestros han hecho esto mismo contra los nuestros? Por consiguiente, no litiguemos nosotros, que creemos en un solo Dios, sobre hechos humanos manifiestos por una y otra parte o inciertos por ambas; unámonos en la gracia de Cristo, que es un bien cierto y divino. Cuando se nos leen las actas de los antepasados nuestros y vuestros, actas que resultan contradictorias, a nosotros que hemos venido al mundo tanto tiempo después, si ni siquiera se nos permite dudar, ¿qué puede haber más injusto? Y si se nos permite, ¿qué más se puede pedir? Pues del hecho de que es incierto por quién comenzó el mal de la entrega, no se sigue que sea también incierto quién es el que manda se restaure el bien de la paz.

No debe abandonarse la Iglesia para evitar a los malos

XXXI. 35. Por esto, quien rechaza la paz de Cristo ante un mal ajeno incierto es, sin la menor duda, malo, ya que Cipriano no abandonó la paz del grano ni ante la malicia cierta de la mezcla de la cizaña. En carta a Máximo dijo: “Aunque parece que hay cizaña en la Iglesia, ello no debe impedir nuestra fe y nuestra caridad, de suerte que, por ver que hay cizaña en la Iglesia, nos vayamos a apartar nosotros de ella”. No dijo: “Sospechamos, opinamos, juzgamos, suponemos, creemos”, sino: “Vemos”. ¡Oh palabra, que debiera suprimir toda vacilación, de modo que no se dividiese el cuerpo de Cristo! Si tú deseas que sólo haya grano, gime en el trabajo del campo, regocíjate con la esperanza del granero, tolera a los malos en la comunión de los sacramentos de Cristo, no sea que, rompiendo las redes antes de llegar a la ribera, llegues a ser lo que no quisiste tolerar.

Esto os diría si hubierais demostrado algo sobre los traditores que acusáis; pero al presente no diría ni eso, porque no me mandan tolerar a aquellos con los cuales no estoy obligado a vivir. Y si aún hoy me demostrasen que alguien es un traditor, ¿con qué conciencia puedo yo dejar a tantos cristianos que no se demuestra lo sean? Además, si yo conozco ahora lo que poco antes ignoraba, ¿por qué pretendéis anular en mí lo que sabía? Yo sabía que había recibido el bautismo de Cristo; vosotros me descubrís el mal ajeno, que, como concedéis vosotros, no puede perjudicar a nadie que lo ignore.

Muchos ni siquiera saben que hubo “traditores”

XXXII. 36. ¿Por qué, pues, rebautizáis hoy al bautizado ayer, cuando vosotros le enseñáis hoy el mal ajeno, que ignoraba ayer? No sabiendo de qué catadura moral era quien le bautizó, no era reo del bautismo recibido. Ahora lo ha aprendido de ti, ¿por qué se hace reo hasta el punto de que le anulen el bautismo? Que él haya admitido tus pruebas o no las haya admitido, si uno recibió el bautismo de Cristo por el ministerio de un traditor, si no pruebas que él sabía de quién lo recibía, no podrás, aun según vosotros, rectamente bautizarlo. Ahora aleja de tu espíritu cualquier afán de parcialidad y considera la innumerable multitud de cristianos que en la misma África ignora quiénes fueron los traditores; con mayor motivo, ¡qué multitud existe en el resto del orbe de la tierra a la cual no osarás afirmar que hay que bautizarla, si no demuestras que lo sabía cuando era bautizada u osarás juzgar sobre los secretos del corazón! Y ¿dónde está, ya que te agrada, la sentencia divina que has citado: Las cosas manifiestas son para vosotros; las ocultas, para el Señor vuestro Dios? 30

Cree al orbe cristiano que te dice: “Conozco el bautismo de Cristo, ignoro quiénes fueron los traditores en África o en cualquier otra parte. ¿Por qué juzgas en mí los secretos del hombre para anular en mí los bienes manifiestos de Dios? Suponte que me demuestras el crimen ajeno; lo que dices, lo ignoraba yo cuando recibí el bautismo. Si a causa de estos que me descubres ahora, quieres bautizarme a mí, debes bautizar también a aquellos que, sin saberlo, lo recibieron de los adúlteros que ahora has descubierto”. ¿Qué tienes que decir a esto sino: “No hay nada santo, no hay nada limpio, sino lo que yo quiero y cuando yo lo quiero?”

Dificultades que opone Cresconio

XXXIII. 37. “En esta cuestión -dices- es testigo la conciencia de casi todo el mundo”. Se te responde: “De esta cuestión no tiene conciencia en absoluto el mundo entero”.

“Esto -dices tú- lo recibieron nuestros antepasados de sus padres”. Se te responde: “Lo recibieron unos extraviados de otros extraviados; como los antepasados de los judíos recibieron de sus antepasados que el cuerpo de Cristo había sido robado del sepulcro”.

“No murieron hace tanto tiempo -dices- quienes han conocido quiénes y dónde cometieron el crimen de la entrega”. Se te responde: “Esto mismo dicen los nuestros en su favor”.

“Hay -dices- también libros en los cuales se describe fiel y diligentemente la sucesión de los hechos; hay actas, hay cartas; se tiene también la confesión manifiesta de muchos”.

Se te responde: “Tampoco a los nuestros les faltan estos documentos a su favor. Así es que o creemos a estos que pudieron persuadir de su causa a aquellas Iglesias cuyos nombres leemos en los Libros divinos y canónicos, o, como tú dijiste sobre Optato, ni absolvemos ni condenamos donde persiste la duda, y mantenemos con amor fraterno la paz de Cristo, cuyo bien no es dudoso”.

Cresconio cita el concilio de Sérdica para apoyar sus tesis

XXXIV. 38. Pero afirmas que los orientales, que concedes que ahora están de nuestra parte, no ignoran este crimen; y para probarlo insertas el comienzo de la carta del concilio de Sérdica, donde se encuentra registrado el nombre de vuestro obispo Donato de Cartago. Piensas y afirmas que esto sucedió porque les había desagradado a los orientales, que habían mandado estos escritos sobre su concilio, les había desagradado la iniquidad de los traditores, habían roto la comunión con ellos, y por eso la mantenían con vuestro Donato. A ver si aprendes lo que ignoras: el concilio de Sérdica fue un concilio arriano, cosa conocida hace ya tiempo, y tenemos la prueba en las manos; se reunió sobre todo contra Atanasio, obispo católico de Alejandría, que atacaba y refutaba con mayor dureza que nadie el error de aquéllos nacidos en su misma ciudad. Por eso nada tiene de sorprendente que estos herejes, condenados en el orbe entero por la Iglesia católica, hayan intentado admitir como suyo a Donato; aunque lo que tenemos nosotros son los obispos, sin los nombres de las ciudades, a los que se dirigió esa carta. Por consiguiente, o hubo algún Donato que no fue obispo en África y a cuyo nombre los vuestros añadieron la sede de Cartago o, como dije, la herejía oriental intentó ganar para su causa la herejía africana. Y hace más creíble esto el hecho de que la Católica de Oriente nunca escribía al obispo de Cartago sin escribir al de Roma; al menos debió escribir al vuestro, que soléis enviar de África a Roma para los pocos que allí tenéis. Pero, gracias a Dios, no pudo prevalecer, si es que tuvo comienzo, esa conspiración de los herejes orientales con los herejes africanos. Tú ya colocaste en tu carta a los arrianos entre los herejes dignos de nuestra común abominación; por ello no tengo necesidad alguna de entablar debate contigo sobre esta cuestión.

Por lo que respecta a la cuestión que te propusiste como si fuera una objeción nuestra: “Si esto es así, ¿cómo los orientales se separaron después de vuestra comunión?” y a la que respondiste que se debió a que al readmitir a los nuestros no pudieron conservar la firmeza respecto a la causa condenada, ¿habrá que maravillarse de que tus obispos te cuenten impunemente sobre tierras tan lejanas lo que les plazca? Si esto fuera en verdad así, ¿qué hicieron tantos pueblos que, no obstante que ignoraban esto, vosotros juzgáis, sin embargo, que deben ser rebautizados? ¿No es acaso creíble que los pueblos ignorasen estas cosas, cuando tú, un tanto más aficionado a estas cuestiones, no habrías investigado qué hicieron vuestros africanos en África con los maximianenses, de no haber querido responder a mis escritos?

Paja y trigo en la Iglesia

XXXV. 39. Sobre lo que dije: “Aunque se probara la entrega por parte de algunos, muertos en nuestra comunión, cosa que nosotros reprobamos y que nos desagrada, no nos mancillaría en absoluto”, ¡cuán ridículo fuiste al juzgarlo como ridículo y menos adecuado a mi sabiduría! Por eso, deseo ya conocer cómo lo refutaría tu sabiduría. ¿Acaso diciendo que no ves que lo rechacemos o hasta qué punto nos desagrada, ya que, conociendo su error, nunca los hemos condenado por estar en el mismo cisma de ellos?

Mira más bien con qué facilidad voy a responder a esto. Yo me encuentro en la Iglesia, cuyos miembros son todas aquellas Iglesias que por los Libros canónicos sabemos que han nacido de y han sido confirmadas por los trabajos apostólicos. Con la ayuda del Señor, no abandonaré la comunión con ellas, ya en África, ya en cualquier otra parte. Si en esta comunión hubo no sé qué traditores, una vez que me lo demuestres, aborreceré a estos muertos física y espiritualmente; en ningún modo, sin embargo, me apartaré, por causa de esos muertos, de los vivos que permanecen en la santa unidad de la misma Iglesia. No fueron ellos, en efecto, los que fundaron esta Iglesia, sino que fueron su trigo si fueron buenos, y su paja si fueron malos. Vosotros, en cambio, a quienes la cizaña o la paja de una Iglesia tan manifiesta no podía mancillar, ¿qué razón tuvisteis para vuestra separación sino el deseo de un cisma sacrílego?

“Si te desagrada -dices-, reprueba, huye y deja la Iglesia de los traditores, no sigas las huellas de tus antepasados extraviados”.

A esto respondo: Si ellos no fueron traditores, son mis antepasados; si fueron lo que yo no soy, no son mis antepasados. Mi Iglesia es una Iglesia llena de trigo y de paja. Aunque me demuestres, no digo que otros, que llevan su propia carga 31, sino que yo personalmente soy traditor en ella, como en ella puedo cambiarme en mejor, no tengo necesidad de abandonarla. Si llego a conocer a gente así en la comunión de sus sacramentos, corrijo con la palabra y la enseñanza del Señor a los que pueda, y tolero a los que no puedo enmendar. Huyo de la paja para no ser paja, pero no de la era, para evitar no ser nada.

No comulgar en los pecados ajenos

XXXVI. 40. Procura, pues, no excitarte en vano por esa frase. Para mí es más bien un aviso sobre cómo debo cumplir el mandato apostólico que tú mismo citaste: No comulgues en los pecados ajenos; consérvate puro 32. En efecto, para demostrar cómo no se comulga en los pecados ajenos, añadió: Consérvate casto. Pues quien se conserva casto, no comulga en los pecados ajenos, aunque comulgue no en los pecados ajenos, sino en los sacramentos de Dios, que reciben para su condenación aquellos a quienes se hizo extraño conservándose casto.

De lo contrario, también Cipriano, lo que Dios no permita, comulgaba en los pecados de sus colegas ladrones y usureros, con los cuales permanecía en la comunión de los sacramentos divinos, y de los cuales él dice: “Muchísimos obispos, que debían servir de exhortación y ejemplo a los demás, despreocupados de la encomienda de Dios, se hacían administradores de los asuntos seculares; desatendida la cátedra, abandonado el pueblo, andaban errantes por provincias ajenas y acechaban los mercados de lucrativo negocio; mientras los hermanos en la Iglesia padecían hambre, procuraban ellos tener plata en abundancia, se apoderaban de las fincas ajenas con insidiosos fraudes, acrecentaban su capital con el aumento de la usura” 33. ¿Comulgaba acaso él en los pecados de los tales, seguía acaso la secta de ellos? Y, sin embargo, permanecía con ellos en la comunión de los mismos sacramentos, porque no eran ellos los que habían instituido tales sacramentos, que no tenían, con sus santas costumbres, para la salud, sino que, con sus malas costumbres, los hacían contribuir a su condenación.

“El río nace de la fuente…”

XXXVII. 41. ¿Qué es lo que dices? Como si fuera yo quien habla, pones: “Yo nunca he entregado el Testamento divino”, y añades: “Mas sí lo entregó el que te creó”. Luego compones unas frases que te parecía que sonaban bien. “El río nace de la fuente, y los miembros siguen a la cabeza. Si la cabeza está sana, sano está todo el cuerpo, y si hay algún vicio o enfermedad en ella, debilita a todos los miembros. Todo lo que se desarrolla en el tallo, tiene relación con su origen”. Y luego, a modo de conclusión: “No puede ser inocente quien no sigue el partido del inocente”. Con todas estas palabras no hiciste traditor a mi creador, a mi cabeza, a quien sólo pudiste acusar, pero no dejar convicto. Por mi parte, yo no trato de hacer a su inocencia mi creadora, mi fuente, mi cabeza; pero tú te tornas a aquello en que erró Petiliano, a fin de evitar que, cuando uno nace en la santificación bautismal, sea Cristo el origen y la cabeza del que nace; y no quieres incurrir en la maldición de la Escritura: Maldito todo el que pone su esperanza en el hombre 34, no obstante que no te cubres de cualquier otro lado ni, al ser rechazado, caes en otro peligro.

Cresconio reprocha a Agustín que siga en la iglesia católica

XXXVIII. 42. Con un testimonio de la Escritura me recuerdas qué es lo que tengo aún que responderte. Dices que por eso se escribió: No caminéis en las normas de vuestros padres 35. No adviertes que se dijo a los judíos a fin de que no imitaran las malas obras de sus padres, no para que se separaran de aquel pueblo de Dios. Si estuvo permitido al rey David, a Samuel, Isaías, Jeremías, Zacarías y a los profetas de Dios observar los mandatos de Dios en medio de los menospreciadores de la Ley y lanzar tantas palabras justas y verdaderas contra los transgresores del mandato; si les fue posible no imitar ni seguir aquellos pecados de sus padres, con los que ofendieron a Dios en tiempo de Moisés tanto que ninguno de ellos fue digno de entrar en la tierra de promisión, antes bien los detestaron, huyeron de ellos, y echaron en cara a los que los cometían la semejanza con tales padres; y, sin embargo, no les fue posible formar con sacrílega separación otro pueblo que fuera limpio y como filtrado, ¿cómo no nos va a estar permitido a nosotros no imitar los hechos de no sé quiénes, que vosotros más que demostrar, achacáis, y no separarnos de aquella santa Iglesia que, como dice el Apóstol, fructifica y crece en el mundo entero? 36¿Acaso los traditores instituyeron algunos sacramentos en que yo fui bautizado, acaso han redactado algunos libros para los descendientes sobre la práctica o imitación de la entrega de los Libros Sagrados, y tenemos o seguimos su doctrina? Si hubieran hecho esto, y no permitiesen estar en comunión con ellos sino a quienes los leyeran y aprobaran, se habrían separado de la unidad de la Iglesia; si llegases a verme en ese cisma, entonces deberías decirme que estoy en la Iglesia de los traditores. Porque si ellos redactan sus mandatos detestables sobre la entrega a llevar a cabo, pero no se reúnen fuera de la Iglesia en una propia congregación y comunión, serían considerados por ello como cizaña, lo cual no sería motivo adecuado para abandonar el grano.

¿Cómo juzgar a los que han muerto ya?

XXXIX. 43. Torno a decir lo que no me permites ya decir: “Acusas ante mí a quienes han muerto ya hace tiempo, y mi indagación no ha juzgado”. Tú dices en contra: “Tú tienes derecho a juzgarlos aun hoy, y se puede juzgar no sólo a los vivos, sino también a los muertos. Aunque el pecador haya muerto, nunca muere lo que cometió”.

¿Qué decir? Si se corrigió y aplacó a Dios en vida, ¿no murió acaso y quedó destruida la falta cometida, como Feliciano y Pretextato, consagrantes de Maximiano, se corrigieron en el plazo otorgado, como dices, de crimen tan grande? Es sorprendente que no perjudiquen los propios pecados a los hombres que los han corregido después de cometerlos, y, en cambio, perjudiquen a otros que en absoluto los cometieron; y, si se trata de nosotros, añade: “Que ni siquiera han sabido que habían sido cometidos”.

Pero tú dices que tengo derecho a juzgar aun hoy, porque no sólo puede juzgarse a los vivos, sino también a los muertos. Ved que yo quiero juzgar, pero vosotros no queréis examinar la causa; mejor aún, no queréis reconocerla como examinada entonces y terminada sin duda entonces, a pesar de nuestras pruebas. Pero concedamos que vosotros tenéis a quienes podéis enseñar. ¿Por qué pretendéis que se ha de rebautizar a los que no habéis instruido, ya que no debierais bautizar ni aun cuando los hubierais instruido, a quienes ignoraban haber sido bautizados por traditores, como no bautizáis a los que, sin saberlo, fueron bautizados por adúlteros, aun denunciados ellos y convictos?

Paralelismo entre Ceciliano y Primiano

XL. 44. Quizá digas ahora: “Pero el caso de Ceciliano ya fue juzgado”. Se te responde: También se había juzgado el de Primiano por cien obispos vuestros, a quienes Maximiano había persuadido de que era malvado en extremo, antes de celebrar vuestro concilio de Bagái. Pero en el primer juicio había sido condenado en ausencia, y en el segundo fue absuelto estando presente. Si los que había bautizado después del primero no pueden ser rebautizados, ¿cuánto menos después del segundo?

De la misma manera Ceciliano fue condenado, estando ausente, en Cartago por el juicio de Segundo de Tigisi, y absuelto, estando presente, en el segundo juicio, el de Milcíades de Roma. Aún no queréis que nosotros tengamos seguridad sobre ello; al menos permitidnos la duda; pues a vosotros os vence no sólo quien sabe que Ceciliano es inocente, sino también quien ignora que es culpable. Pero vosotros juzgáis que deben ser rebautizados unos y otros: los que dicen “sabemos”y los que dicen “no sabemos lo que fue Ceciliano”. No deben ser rebautizados aquellos a quienes bautizó Primiano después del primer juicio en que fue condenado estando ausente, y han de ser rebautizados aquellos a quienes bautizó Ceciliano después del segundo juicio en que fue absuelto estando presente. No fue lícita la condena de aquél, ya condenado, pase; pero permitid al menos que se pueda dudar de que fuera lícita la de éste, absuelto. Aunque tuviéramos certeza de sus faltas, en modo alguno los pecados ajenos, salvo que los imitáramos, nos mancharían a nosotros que estamos en la Iglesia, que el Espíritu Santo anunció como una era con paja. Y, sin embargo, aunque se dice que son inciertos para nosotros, no sólo nos consideran reos, sino que juzgan que han de rebautizamos. ¿Es así como obráis? ¿Trastocáis todo así? ¿Pensáis en verdad que tenéis tal poder que está a vuestro alcance hacer santo o inmundo lo que queráis? Dominaos, no avancéis tanto en el mal, no sea que perezcáis alejados del bien.

La persecución injusta es obra de la paja de la Iglesia

XLI. 45. Vengamos a lo otro que dije: “Si tratas de las persecuciones, respondo pronto: Si habéis sufrido alguna injusticia, no afecta a quienes laudatoriamente toleran por la paz de la unidad a los que obran, incluso injustamente, tales cosas”. ¡Con qué falacia intentaste refutar esto, sin pensar en absoluto que tu carta había de tener un lector de sano juicio! Tú respondes como si yo hubiera dicho que había que perseguiros en beneficio de la paz de la unidad. Pero yo no dije eso en ese lugar, sino: “Si habéis sufrido alguna injusticia, no afecta a quienes laudatoriamente toleran por la paz de la unidad a los que obran, incluso injustamente, tales cosas”.

Ya que esto se ha dicho con toda claridad, que presten atención a la exposición al menos aquellos a quienes tú quisiste engañar. Pues yo no pienso que tú no entendiste cosa tan clara, sino que, dada la brevedad de mi sentencia, pensaste era fácil envolverla en tal oscuridad que, dijeras lo que dijeras, pareciera que habías respondido a ella. Yo dije que los malos de nuestra comunión, esto es, la paja de la era del Señor, cuando obran inicuamente contra vosotros, son tolerados loablemente en bien de la paz por nuestros buenos. ¿Qué necesidad hay de que yo lo demuestre, de que yo lo justifique, si el mismo bienaventurado Cipriano dice con toda claridad y sencillez en mi favor que, aun cuando se ven malos en la Iglesia, no se debe dejar la Iglesia por causa de ellos? Esto es lo que dije: que había que tolerarlos por la paz de la unidad. En verdad, no os persiguen a vosotros más que a nosotros quienes, al perseguiros a vosotros, os dan, para engañar a los ignorantes, una apariencia, aunque falsa, de gloria; a nosotros, en cambio, nos causan una herida profunda de tristeza.

Los crímenes de los circunceliones

XLII. 46. Recuerdas a continuación no sé qué muertos, que dices fueron matados por los nuestros, y como puesto en el campo de tu elocuencia, amplías sin medida el tópico, conforme al cual os creéis semejantes a los mártires, cuando en realidad somos nosotros los que día a día soportamos los ataques increíbles de vuestros clérigos y circunceliones, mucho peores que los de cualesquiera salteadores o depredadores. En efecto, provistos de toda clase de horrendas armas, vagabundean con aires amedrentadores y perturban el reposo y la paz, no digo de la Iglesia, sino también de los hombres, allanan en ataques nocturnos las casas de los clérigos católicos dejándolas despojadas y vacías, y después de prender y golpear con estacas a sus moradores y de herirlos a filo de espada, los abandonan medio muertos. Además, con un nuevo y hasta ahora inaudito estilo criminal, derraman y dejan caer una mezcla de cal y vinagre en sus ojos, que podían arrancar de un golpe, pero prefieren atormentarlos lentamente a privarlos rápidamente de la vista. Primeramente usaban sólo cal para este crimen, pero después, al advertir que los así martirizados habían recobrado la vista, añadieron vinagre.

Algunos casos concretos

XLIII. 47. Paso por alto cuántos crímenes cometieron antes, crímenes que forzaron a establecer contra vuestro error esas leyes, más impregnadas de la mansedumbre cristiana que aplicadas con la energía debida contra crímenes tan detestables. El obispo católico de Tubursico-Bure, por nombre Siervo, reclamaba una hacienda invadida por los vuestros, y los procuradores de ambas partes esperaban la decisión del procónsul, cuando se echaron de repente en la villa sobre él los vuestros armados, y con dificultad pudo escapar vivo. Su padre, un presbítero venerable por la edad y las costumbres, herido gravemente por los golpes recibidos, murió a los pocos días.

Maximiano, obispo católico de Bagái, había conseguido por sentencia judicial dictada entre las dos partes la basílica de la finca de Calvia, que los vuestros habían usurpado ilegítimamente en cierta ocasión. Conservando ésta con un derecho bien claro, fue atacado por los vuestros en la misma y se refugió debajo del altar; derribado éste sobre él, junto con leños y otros maderos, herido además cruelmente a golpes de espada, llenó todo aquel lugar de sangre. Había recibido también una enorme herida en la ingle, de la cual hubiera muerto luego por la abundancia de la sangre que de ella fluía, si una mayor crueldad de aquéllos no hubiera venido a socorrerle por la oculta misericordia de Dios. Pues al arrastrarlo medio muerto, boca abajo y con los miembros desnudos por esa parte, el polvo obstruyó sin que lo advirtieran las venas que se desangraban. Cuando los nuestros lo llevaban de allí, de nuevo cayeron con violencia sobre ellos, se lo arrancaron de las manos, lo golpean más todavía, y de noche lo precipitan de una alta torre; él, cayendo suavemente en un montón de estiércol, yacía sin conocimiento ya, reteniendo a duras penas el último aliento. Pasaba por allí un pobre, y lo encontró al apartarse hacia ese lugar para exonerar su vientre. Lo reconoció, mientras, lleno de pavor, llamaba a su esposa, que llevaba una linterna y por pudor se había apartado un poco. Lo llevaron ambos a casa, por compasión o con la espera de alguna propina, ya que vivo o muerto lo presentarían a los nuestros como recogido por ellos. ¿Qué más? Se salvó con una curación maravillosa, continúa viviendo, y son más numerosas las cicatrices en su cuerpo que los miembros.

El rumor había propalado en las tierras transmarinas que los vuestros le habían asesinado y el salvajismo del crimen y la profunda indignación conmovieron con horrendo dolor todos los lugares adonde llegó la noticia. Cuando él se presentó allí después, sus recientes cicatrices desmintieron la falsedad de aquel rumor; aun viéndolo, apenas podían creer que estaba vivo, y no parecía temerario que el rumor hubiese propalado su muerte. Cuando éste encontró allí a su colega de Tibursico-Bure, que mencioné poco antes, y algunos otros que habían soportado sufrimientos semejantes o no muy inferiores, no parecía ofrecérseles ninguna posibilidad de volver a los suyos; y como el furor tan conocido de vuestros circunceliones, suministrando una escolta horrenda vuestros clérigos, se extendió con la máxima reprobación por todas partes, se propagó una tremenda animosidad contra vosotros, de donde resultó que se restablecieron las antiguas leyes contra vosotros y se promulgaron éstas nuevas.

Y, sin embargo, si se compara la severidad de todas ellas con la crueldad de los vuestros, desordenada y avasalladora sin límite alguno, debe ser calificada de maravillosa suavidad. La gran potestad que aquéllas otorgan, más pone de relieve la mansedumbre católica que castiga la crueldad herética; más aún, al maquinar, amenazar, ejercer contra nosotros los asesinatos, rapiñas, incendios, quemaduras de ojos, se desborda con más audacia y demencia aquella crueldad.

La causa de los decretos imperiales contra los donatistas

XLIV. 48. He querido recordar todos estos acontecimientos que dieron origen en nuestros tiempos a estas decisiones imperiales contra vosotros o más bien contra vuestro error. Porque, si reflexionáis un poco, ¿puede haber algo que resulte más en beneficio vuestro?

Por lo demás, si quisiera publicar todas las crueldades de los vuestros, que he aprendido en los escritos de los antepasados o que conocí por mí mismo, con que habéis perseguido desde el principio de vuestro cisma hasta el presente a la Iglesia católica, ¿qué lengua, qué pluma, qué tiempo y disponibilidad serían suficientes?

Intento frustrado de una conferencia

XLV. 49. Cuando traté sobre Optato, a quien tú hubieras querido excusar antes que podido justificar, dijiste que los vuestros no podían ser culpables por ese motivo: porque nadie le había presentado ante ellos para juzgarle. Las numerosas protestas de los nuestros sobre las violencias furibundas de los vuestros llenaron los archivos públicos antes que tales hechos significasen alguna represalia contra vosotros. Quizá se diga aquí que las protestas fueron ciertamente depositadas, pero que ninguna les fue comunicada a ellos para su verificación.

Escucha algunos detalles de mi propia experiencia. Cuando conocimos que los vuestros habían recibido a los maximianenses, a quienes antes habían condenado, y lo difundimos con viva insistencia por doquiera podíamos, ellos, no encontrando qué responder ante acontecimientos tan recientes y con destellos de tal claridad, recurriendo a la violencia más frecuente y audaz de lo acostumbrado de los circunceliones y de sus bandas enfurecidas, trataron de apartarnos, mediante el terror, de predicar la verdad católica y de confundir su audacia. Muchos se encontraban implicados en los lazos de su error, y tratábamos de ver si podían librarse de esos lazos. Nos respondían que debíamos tratar esto con sus obispos y que deseaban ardientemente una conferencia con nosotros para poder comprobar en qué oradores la verdad superaba a la falsedad. En un concilio de toda el África, reunido en Cartago, nos pareció bien invitar a vuestros obispos a unas reuniones que restableciesen la paz, empleando también la testificación de los registros públicos para poder probar a los que lo pedían que en modo alguno defraudábamos nosotros su deseo. Cada uno de vuestros obispos sería invitado por aquel de los nuestros que se hallaba en su misma sede. Suprimido así el error mediante nuestra conferencia, podríamos gozar de la sociedad, la unidad, la paz, la caridad propia de cristianos y de hermanos. Nosotros veíamos que si querían se llevase esto adelante, con ayuda de la misericordia de Dios podía conocerse con toda facilidad el valor de nuestra causa, y si rehusaban, no aparecería en vano su desconfianza a los que nos la habían solicitado. Se hizo así, se les convocó, ellos rehusaron; con qué palabras, rebosantes de dolo, invectivas y amargura, sería largo demostrarlo ahora.

La emboscada de Crispín a Posidio

XLVI. 50. Mientras tanto, Crispín, vuestro obispo de Calama, invitado oficialmente en la misma ciudad por mi colega Posidio, primero lo difirió hasta vuestro concilio, prometiendo que allí vería con sus colegas la respuesta que tenía que dar. Repetida la invitación bastante tiempo después, respondió a su vez oficialmente: No temas las palabras del pecador 37, y aún: No hables a los oídos del necio, no sea que oiga tus palabras sensatas y las desprecie 38. En fin, yo permito mi respuesta con las palabras de un patriarca: “Apártense de mí los impíos, no quiero conocer sus caminos”.

Sabios e ignorantes se reirían de esta su respuesta; dice que no teme las palabras del hombre pecador, al cual no se atrevería en modo alguno a responder, y que no quería decir algo a los oídos del necio, como si fuera a confiar temerariamente algún secreto a los oídos del tal, cuando podían escuchar lo que dijeran muchos sabios, por causa de los cuales Cristo el Señor decía tantas cosas a los fariseos tan necios; decía también que no quería conocer los caminos de los malvados, como si quisieran enseñárselos a aquellos a los que tenía por impíos, cuando más bien él, si anduviera por los caminos de Dios, debía enseñarlos incluso a los malvados, según está escrito: Enseñaré tus caminos a los transgresores, los pecadores volverán a ti.

Como muchos entendieron esta respuesta y muchos también demostraron qué vacía de sentido estaba por lo que se refería a la causa, y cuán amarga y maldiciente, cosa que no afectaba a la causa, y así su edad avanzada y, según vuestra opinión, tan docta, caería en ridículo frente a un novicio de ayer al demostrarse que no podía decir nada contra la verdad, de repente, yendo de camino pocos días después Posidio, otro Crispín, presbítero del primero y, según se dice, pariente de él, le tendió una asechanza con gente armada; Posidio habría ya casi caído en ella si al haberla detectado y descubierto no la hubiera evitado huyendo a una finca, donde aquél no osaría nada, o no podría realizar su propósito o, si llegara a hacer algo, no podría negarlo. Dándose cuenta de ello, Crispín pretendió inmediatamente alcanzarlo, cegado por tal locura que ya juzgaba vergonzoso ocultarse. Entonces rodea, con gente armada, la casa en que Posidio se había encerrado con los suyos, la apedrean todo alrededor, la cercan con fuego e intentan forzar la entrada en todas direcciones. De la multitud de los habitantes allí presentes, dándose cuenta de su peligro si en dicho lugar llegaba a consumarse el horrendo crimen intentado, una parte le rogaba que le perdonara, no atreviéndose a molestarle con la resistencia; otra parte trataba de apagar los fuegos prendidos. Como mantenía con la misma violencia su intento, impetuoso e implacable, cedió un tanto la puerta a los golpes, entrando los atacantes, e hiriendo a golpes a los animales que encontraron en la parte inferior de la casa, hicieron bajar al obispo de la planta superior colmándole de golpes y afrentas. Entonces, para que no pasaran adelante en sus crueldades, intervino Crispín como cediendo a las súplicas de los otros, aunque en su ira no parecía preocuparse tanto de las súplicas de los otros cuanto temer su testimonio en lo referente al crimen.

Mansedumbre católica

XLVII. 51. Al ser conocidos estos hechos en la ciudad de Calama, se esperaba cómo castigaría vuestro obispo Crispín a su presbítero. Se añadió también una protesta que constaba en las actas municipales, que por temor o pudor le obligaría a imponer la sanción eclesiástica. Él la despreció de forma absoluta y fue tal el tumulto que se levantó entre los vuestros, que se juzgaba tratarían de cerrar los caminos, o mejor, que ya se veía los cerraban, a la predicación de la verdad a la cual no podían resistir. Se aplicaron entonces contra vuestro obispo Crispín las leyes que ya existían desde luego, pero que, como si no existieran, descansaban en nuestras manos, más para mostrar nuestra mansedumbre que para castigar su audacia. De otro modo, no se vería claro el poder que tenía y del que no quería usar la Iglesia católica, con la ayuda de Cristo, contra sus enemigos, y esto no prestando atención a los circunceliones rabiosos en su privado furor, según la presunción herética, sino a los reyes sometidos al yugo del Señor Dios según la verdad profética.

Presentado, pues, Crispín y facilísimamente convicto de herejía, cosa que él había negado al procónsul en el interrogatorio, por intercesión de Posidio se vio libre de pagar diez libras de oro, multa establecida por el emperador Teodosio el Grande para todos los herejes. No conforme con sentencia tan suave, obedeciendo no sé a qué proyecto, que se decía había disgustado a todos los vuestros, determinó apelar ante los hijos del mismo Teodosio. Se aceptó la apelación, recibió respuesta; no otra que lo que el partido de Donato ya sabía: que aquella multa en oro le alcanzaba como a los restantes herejes. Puesto que participaba con ellos en la persecución, o bien considere que tiene una justicia común con ellos o, si no lo considera, que no se jacte de ser justo, porque se ve sometido a una pena que reprime también a las herejías, que él reconoce como injustas. Debe comprender, finalmente, que no es la pena precisamente lo que hace al mártir de Cristo, sino la causa. A nosotros, en cambio, puede acusarnos de ser tan duros perseguidores que ni aun después del rescripto imperial ha pagado Crispín aquella cantidad de oro al fisco, gracias a la indulgencia que solicitaron los obispos católicos para él, y aun ahora, con las mismas leyes tan recientes que amenazan con la proscripción a vuestros obispos, descanse tranquilo en su propiedad, mientras los clérigos católicos, bajo las amenazas de los circunceliones y vuestros clérigos, tienen que dejar sus casas, sus viviendas, su salud y la luz de sus ojos.

Los donatistas, peores que el diablo

XLVIII. 52. A los que hacen esto ¿por qué los voy a comparar con los salteadores, piratas, con cualquier raza de bárbaros sanguinarios, si no se pueden comparar ni al mismo diablo, maestro de todas las crueldades? Él, después de despojar de todos sus bienes al santo varón Job, le sacudió con gravísimas heridas de la cabeza a los pies, y, sin embargo, le dejó un lugar sano para sus ojos sanos, y no destruyó los ojos de aquel cuyo cuerpo entero había recibido bajo su poder.

Pero todos estos avatares parece no llegan a oídos de los vuestros, ya que Crispín prefirió marchar a Cartago, dejarse vencer de su propia pertinacia, rehusar la sentencia dada contra él y tan benigna por la intercesión de la mansedumbre episcopal, apelar a los hijos de aquel en cuya ley se veía atrapado, hacer recaer sobre todo el partido de Donato lo que no quería y estaba obligado a soportar él solo; prefería todo esto a sancionar con sola la degradación el crimen tan temerario y odioso de un solo presbítero.

  1. En la región de Hipona hubo un cierto Restituto, presbítero vuestro, quien habiéndose pasado, antes que dieran estas leyes imperiales, a la paz católica, movido por el deseo de la verdad y con manifiesta voluntad suya, fue raptado de su casa por vuestros clérigos y circunceliones, conducido de día y públicamente a un pueblo vecino y golpeado con estacas a gusto de gente enfurecida, ante la vista de una multitud que no osaba oponer resistencia; lo revolcaron después en una laguna fangosa, lo escarnecieron vistiéndole un manto de juncos, y después que este espectáculo martirizó tanto los ojos de los que lo lamentaban como sació los de los que lo burlaban, lo llevaron de allí a otro lugar, adonde nadie de los nuestros se atrevía a acercarse, y apenas al duodécimo día lo dejaron marchar.

Yo personalmente presenté una queja a vuestro obispo de Hipona Proculiano y precisamente mediante las actas municipales, no fuera que, si hubiera necesidad de tomar alguna resolución, negara que se le había comunicado esto. Qué es lo que respondió, cómo trató de esquivar la cuestión y cómo pensó eludir nuestra intención con engaños, no respondiendo tampoco después, las mismas actas lo testifican sobradamente. Ahora bien, ¿podríamos tener tiempo para contar cumplidamente cuánto tuvieron que soportar los clérigos que de vosotros pasaron a nosotros? Finalmente, los que vienen a nosotros no abandonan la verdad por la persecución; antes bien, muchos no vienen porque temen de parte de los vuestros la persecución por la verdad.

Las quejas de los donatistas carecen de fundamento

XLIX. 54. Retira, pues, del medio quejas superfluas sobre las molestias que soportáis por orden imperial, bien pocas y casi nulas si las comparamos con el furor de los vuestros; y, por cierto, nos achacáis a nosotros las medidas que, para proteger su misma salud del ímpetu de los vuestros, tienen que adoptar los poderes terrenos llevados de la necesidad, no por su voluntad.

Lo mismo que si aquellos cuarenta que se habían conjurado para matar a Pablo 39 se hubieran lanzado contra los soldados que lo conducían y hubieran recibido su castigo, en modo alguno se podía imputar éste a Pablo. Paso por alto también las muertes voluntarias que se dan a sí mismos los circunceliones, y que con mentiras las ponéis a nuestra cuenta. Acerca de Márculo he oído que se había precipitado él mismo. Ciertamente es esto más digno de fe que el que alguna autoridad romana haya podido ordenar algo tan extraño a sus leyes. Además, esta clase de suicidio es propio de la vuestra, entre todas las herejías extraviadas bajo el nombre cristiano. Por ello, ¿qué importa que vuestros obispos se jacten de haberlo prohibido y condenado en los concilios, como recordaste, cuando tantos peñascos y precipicios de piedra se ven manchados por sangre según los informes de Marculiano? Ya dije lo que he oído acerca de Márculo y por qué me parecía eso más digno de crédito; cuál sea la verdad, Dios lo sabe. Sobre los otros tres, cuya muerte también nos reprochaste, confieso que no he indagado, ante quien pienso que lo conoce, qué es lo que ha pasado o cómo ha sucedido.

Sentimientos del buen católico

L. 55. A ningún buen fiel de la Iglesia católica le place que nadie, aunque sea un hereje, sea condenado a muerte. Tampoco aprobamos que, por deseo de venganza, aunque sin llegar a la muerte, se devuelva mal por mal causando molestias a quien sea. Detestamos mucho más el que, con motivo de luchar por la unidad, se apropie alguien de los bienes ajenos que deseaba, no digo ya de aquellos que bajo el nombre de la Iglesia no deben poseer los herejes, sino de los bienes de cualesquiera privados. Ninguno de estos hechos puede agradar a los buenos, que los prohíben y reprimen cuando pueden; y cuando no pueden, los soportan y, como dije, los toleran laudablemente por la paz, no juzgándolos dignos de alabanza, sino de condenación; y no abandonan la mies de Cristo por causa de la cizaña, ni la era de Cristo por la paja, ni por los vasos sin honor la gran casa de Cristo, ni por los peces malos las redes de Cristo.

Los reyes deben promover el bien y condenar el mal

LI. 56. Cuando viven en el error los reyes, dan leyes en favor del error en contra de la verdad; de modo semejante, cuando están en la verdad, dan leyes contra el error en favor de la misma verdad; así las leyes malas prueban a los buenos y las leyes buenas enmiendan a los malos. El malvado rey Nabucodonosor publicó una ley cruel que obligaba a la adoración de la estatua, y luego, enmendado, una severa, prohibiendo blasfemar contra el verdadero Dios 40. De esta manera, obedeciendo los mandatos divinos, los reyes sirven a Dios en cuanto reyes 41: ordenando en su reino el bien y prohibiendo el mal, no sólo el que se refiere a la sociedad humana, sino también el que se relaciona con la religión divina.

  1. En vano dices: “Que me dejen a mi libre albedrío”. ¿Por qué, en cambio, no proclamas que se deje al libre albedrío la perpetración de homicidios, estupros y toda clase de crímenes y escándalos? Cosas todas que es utilísimo y salubérrimo que las justas leyes repriman. Cierto que Dios ha dado al hombre una voluntad libre, pero no ha querido que la buena permanezca infructuosa y la mala sin castigo.

“Quien persigue a los cristianos -dices tú- es enemigo de Cristo”. Dices bien, salvo que persiga en aquél lo que es enemigo de Cristo. En efecto, no deben dejar de perseguir los vicios contrarios a la verdad cristiana el señor en su siervo, ni el padre en su hijo, ni el marido en su esposa, aunque unos y otros sean cristianos. Si no persiguen esos vicios, ¿no serán juzgados justamente como reos de negligencia? En todas las circunstancias se ha de mantener la moderación acomodada a sentimientos humanitarios y ajustada a la caridad, de suerte que no se emplee todo el poder de que se dispone; y cuando se emplee, no se pierda la caridad, y cuando no se emplee, aparezca la mansedumbre. En cambio, cuando las leyes divinas o humanas no nos conceden poder alguno, no se emprenda nada malvada o imprudentemente.

Mala información de Cresconio sobre los maximianistas

LII. 58. Escucha ya lo que poco antes he pasado por alto sobre los maximianenses; así aprenderás que tus obispos han mentido, y no sólo por lo que se refiere a la cuestión del bautismo o a la tolerancia de los pecados ajenos en la Iglesia sin contaminarse uno, sino también a la odiosidad de la persecución, en la cual ciertamente los vuestros, con relación a los nuestros, han traspasado todos los derechos y garantías de Roma; en ello también verás se termina la única causa de los maximianenses.

Si tuviste aguante para leer la famosa sentencia de vuestros trescientos diez obispos del concilio de Bagái, de la cual cité antes lo que me parecía suficiente , el texto muestra con toda claridad que fueron condenados con Maximiano doce obispos, presentes y actuantes en su consagración, y que se concedió un plazo para volver a vuestra comunión a los que, estando en comunión con Maximiano y habiendo condenado a Primiano, no asistieron a la consagración de Maximiano, porque, en efecto, ni todos pudieron asistir ni la costumbre los obligaba. Ante esto, me maravilla mucho cómo te dejaste engañar por no sé qué mentiroso, a quien tú, para que no te engañara, pudiste leer aquellas palabras que ni son oscuras ni exigen un agudo ingenio para discutirlas, sino solamente un espíritu atento.

Pero como puede ocurrir que no las hayas leído y con un corazón sencillo hayas dado crédito fácilmente a uno o varios obispos que te hayan indicado otras cosas, recibe y lee la sentencia y advierte qué verdad es lo que digo. Ellos no pueden, para encubrir su mentira, enmendarla a su antojo ni tampoco falsearla; la han alegado en juicio público ante el procónsul, procuraron insertarla tantas veces según su necesidad en las actas municipales, cuando actuaban contra ellos, para que fueran arrojados de las basílicas.

Extractos de la sentencia de Bagái

LIII. 59. Así comienza la sentencia: “Cuando por la voluntad de Dios omnipotente y de su Cristo celebramos el concilio en la iglesia de Bagái, Gamalio, Primiano, Poncio, Secundiano, Ianuario, Saturnino, Félix, Pagasio, Rufino, Fortunio, Crispín, Florentino, Optato, Donato, Donaciano y los restantes en número de trescientos diez pareció bien al Espíritu Santo, que está en nosotros, asegurar una paz perpetua y suprimir los cismas sacrílegos”. Después, habiendo vomitado terribles anatemas contra ellos, añade a continuación: “El rayo de nuestra sentencia ha lanzado fuera del gremio de la paz a Maximiano, émulo de la fe, corruptor de la verdad, enemigo de la Iglesia madre, ministro de Datán, Coré y Abirón”. Ves aquí, pienso yo, cómo sin duda alguna fue condenado Maximiano. Luego, tras unas pocas pero gravísimas frases, que les pareció bien lanzar contra él, añadiendo a sus consagrantes y condenándolos con él sin demora, dice: “Y no sólo le condena a él la muerte justa de su crimen; la cadena del sacrilegio arrastra también a muchísimos a la complicidad de su crimen”. Luego, después de lanzar las invectivas que le pareció conveniente para amplificar su crimen, los cita nominalmente y concluye con su condena: “Sabed que, según el arbitrio de Dios que nos preside, por la boca verídica del concilio universal han sido condenados como culpables del célebre crimen: Victoriano de Carcabia, Marciano de Sullecto, Bejano de Bejana, Salvio de Ausafa, Teodoro de Usula, Donato de Sábrata, Miggene de Elefantaria, Pretextato de Asuras, Salvio de Membresa, Valerio de Melzi, Feliciano de Musti y Marcial de Pertusa, quienes en una funesta obra de perdición han formado un vaso despreciable con abundantes heces; y también lo fueron los que algún tiempo fueron clérigos de la iglesia de Cartago, quienes, asistiendo al crimen, sirvieron de alcahuetes a este incesto ilícito”. ¿Se puede decir algo más claro, más manifiesto, más expresivo?

A quiénes se concedió la célebre prórroga

LIV. 60. Escucha ahora a quiénes se concedió una prórroga, y verás que fueron aquellos que no estuvieron presentes cuando en la consagración le fueron impuestas las manos a Maximiano. Dice: “A aquellos, en cambio, que no mancharon los retoños del arbusto sacrílego, esto es, que por un pudoroso respeto a la fe retiraron de la cabeza de Maximiano sus propias manos les hemos permitido volver a la madre Iglesia”. Ves cómo no dice que éstos hayan sido condenados, sino que debían considerarse dentro de la misma condenación si, pasado el tiempo establecido, no hubieran querido volver. Ese día lo fijan con estas palabras: “Y para que la brevedad del plazo para el retorno no quite la esperanza de la salud, restringida por la urgencia del día, abrimos de par en par la puerta de la admisión hasta el día veinticinco de diciembre a todos los que conozcan la verdad, permaneciendo firmes las decisiones precedentes; así, al regresar, obtienen el título íntegro de su honor y de su fe Si alguno, por su indolente pereza, no pudiera entrar por ella, sepa que él mismo se ha cerrado voluntariamente la fácil entrada. Quedarán sujetos a la sentencia dictada y a la penitencia prefijada para los que tornan después del tiempo establecido”.

Feliciano y Pretextato, condenados sin prórroga

LV. 61. Puedes ver bien claro, varón elocuentísimo, que es contra los que te han mentido contra quienes tienes que dirigir todo lo que tenías pensado dirigir contra nosotros, como si te hubiésemos mentido respecto a esta cuestión. Ves claramente que aquellos dos de quienes tratamos están en el número de los que fueron condenados con Maximiano sin prórroga, no de aquellos a quienes se otorgó un plazo para volver. En verdad, la cuestión está clara, resplandece, se destaca; en modo alguno puede confundirse, oscurecerse, encubrirse lo que con tanta elocuencia distinguió, expresó, ilustró quien dictó aquella sentencia. ¿Por qué se sigue aún hablando? ¿Por qué se lucha aún contra verdad tan luminosa en favor de un error manifiesto? ¿Por qué se engañan los hombres a sí mismos? Si ellos se enredan y se atan cada vez más corto en los lazos del diablo, que debían deshacer y romper, escucha aún cómo deben experimentar mayor vergüenza todavía, y ¡ojalá fuera con algún fruto para su enmienda!

Al expirar la prórroga, los obispos persistían en su actitud

LVI. 62. El citado concilio de Bagái hizo notar el día y el cónsul no sólo en que se dio el decreto, sino también el de la misma prórroga. Así pues, desde el día veinticuatro de abril, después del tercer consulado de Teodosio Augusto y del de Abundancio, fecha del concilio de Bagái, hasta el veinticinco de diciembre, fecha del fin de la prórroga, se cuentan casi ocho meses. Tenemos una querella ante el procónsul Herodes -mira, cuánto tiempo después- contra Feliciano y Pretextato para que fueran expulsados de sus sedes de Musti y Asuras. Ya he citado unas pocas frases de la misma: “Después del tercer consulado de Arcadio y el segundo de Honorio, soberanos nuestros, el día cuatro de marzo, en el tribunal secreto, dijo Ticiano: El presbítero Peregrino y los ancianos de la Iglesia de Musti y de la región de Asuras exponen esta demanda: Como Donato, varón de venerable memoria, defendiera la santidad de la Iglesia católica del error de la fe errónea, en torno a su nombre y a su culto se reunió casi todo el mundo en una obediencia considerable. Pero como el veneno de cierto Maximiano emponzoñara el propósito digno de alabanza y admiración de su religión, una asamblea de obispos, reunidos bajo la inspiración de Dios, condenó con la represión propia de una mente pura a este hombre, o, mejor, a esta peste, que había ofendido a la majestad suprema. También reprimió con la misma vigorosa amonestación a quienes había arrastrado el error de la presunción ajena; eso sí, ofreciéndoles antes el recurso de la penitencia, si deseaban retornar dentro del plazo al camino de la religión abandonado. Pero la iniquidad se deleita en sus propósitos y no se deja a sí misma una vez que se ha caído despeñada. El mismo Maximiano fomenta su audacia inicial y se atrae a otros a su furor. Entre ellos está cierto Feliciano, que, siguiendo primero el camino recto, se oscurece con la mancha de esta depravación; colocado en la ciudad de Musti, pensó que había de retener con una especie de ocupación militar los muros consagrados al Dios omnipotente, la venerable Iglesia. A éste le imita también Pretextato en la región de Asuras. Pero cuando la asamblea de sacerdotes se dio a conocer al poder de tu equidad, ordenaste, como lo atestiguan las actas, que, rechazado todo conato de la oposición, era preciso arrebatar las iglesias a las almas profanas y devolverlas a los sacerdotes sagrados”.

Ya lo ves, cómo han pasado casi tres meses desde el día de la prórroga establecida hasta el de esta reclamación. Y se prolonga este conflicto, según hemos podido investigar en las actas consulares y municipales, hasta el procónsul Teodoro, esto es, hasta el veintidós de diciembre del año siguiente, fecha en que los clérigos y ancianos, guiados por el obispo Rogato , que había sustituido al condenado Pretextato de Asuras, alegaron la orden del procónsul citado, cuando estaban Pretextato y Feliciano fuera de vuestra comunión y eran acusados de ser enemigos de esa misma vuestra comunión en los juicios públicos y se pedía que fueran expulsados como sacrílegos de los lugares consagrados al Dios supremo.

Qué no reprueba Agustín en los donatistas

LVII. 63. Así pues, a cualquier grupo que hayan pertenecido, aunque aparece bien claro a cuál pertenecieron, los que no se reintegraron a vuestra comunión dentro del plazo establecido ¿cómo pudieron bautizar todo aquel tiempo en que estuvieron separados de vosotros? ¿Cómo retornaron, al igual que aquellos a quienes bautizaron fuera de vuestra comunión, sin haber recibido otro bautismo que los purificara? En este hecho no os reprochamos el haber reconocido que el bautismo de Cristo no es sacrílego ni en el cisma sacrílego; ni el haber aprobado, una vez corregida la perversidad, lo que aun en los perversos había sido recto; ni el haber distinguido los vicios humanos de los sacramentos divinos; ni el haber juzgado que no se deben condenar en las personas condenadas ni mudar en las aceptadas aquellos dones de la Iglesia que pudieron poseerse o comunicarse aun fuera de ella para castigo de los que los tenían y de los que los recibían.

Qué les recrimina

LVIII. 64. Tampoco reprendemos que tuvierais a bien aceptar sin degradación alguna y purificar con la abundancia de la caridad a aquellos mismos culpables del célebre crimen aun después de la sentencia de condenación de los mismos y tras el plazo señalado a otros. Lo hicisteis atendiendo a la gente débil que se adhirió a ellos, y pienso que recordando la solicitud del padre de familia, para que no se arrancara, con la cizaña, el trigo.

Como tampoco reprendemos el haber perseguido acudiendo al poder temporal a los que estaban dominados aún por el célebre sacrilegio que es el cisma. Porque esto se hacía, según lo mostró el porvenir, con el deseo de corregirlos, no de perjudicarlos, a fin de que, acosados por estas molestias, se vieran forzados a reflexionar sobre su crimen y enmendarlo, reprimiendo su furiosa animosidad .

Pero precisamente porque no reprochamos nada de esto, tenemos el derecho de recriminaros el crimen de vuestro cisma, justificadamente lo detestamos, con toda razón lo refutamos. Con ese crimen os separáis de nosotros, más aún, de la comunión católica del orbe de la tierra, echándonos en cara las mismas cosas que vosotros no podéis negar, según pienso, habéis hecho en la causa de los maximianenses. Si el bautismo dado por Feliciano y Pretextato, cuando, separados de nosotros, estaban unidos a Maximiano, y condenados con él por vosotros a causa del crimen de su infame cisma, es de Cristo, y, por tanto, no debe ser anulado en modo alguno, ¿cómo no va a ser bautismo de Cristo o cómo va a ser destruido el que se da en la Iglesia, que “extiende sus ramos”, para usar de las palabras de Cipriano, “por toda la tierra con la riqueza de su fecundidad”; el que se da finalmente en aquellas Iglesias que jamás cesasteis de leer en las Cartas apostólicas, que no condenasteis nunca en un concilio como a Feliciano y Pretextato? Si tuvisteis a bien restablecer en todos sus derechos a los condenados para resarcir al partido de Donato, ¿por qué os molesta la unidad de Cristo extendida por todo el orbe, que no puede condenar a alguien sin oírlo, ni condenó ni absolvió a desconocidos o creyó inocentes a los que conoció absueltos? Si expulsasteis de sus sedes con la persecución, por orden de los jueces, a los maximianenses que se habían separado de vosotros, ¿por qué os quejáis de sufrir injustamente por parte de los emperadores, que son los que envían a esos jueces, vosotros que os habéis separado con un abominable cisma de la Iglesia de aquel de quien está escrito: Todos los reyes se postrarán ante él, le servirán todas las gentes 42, y Su dominio se extenderá de mar a mar, y desde el río hasta los cabos de la tierra? 43

Puede haber persecución justa aun contra los justos

LIX. 65. He aquí que no digo: “Si no está permitido perseguir, Optato lo ha hecho”, no vayas a decir que no tiene que ver con los vuestros lo que hizo Optato sin saberlo ellos, aunque no permiten decir que las tierras apartadas de África no tienen que ver con lo que hizo Ceciliano, ignorándolo ellas. Quiénes fueron los traditores de África, qué hicieron los obispos malos de África, lo ignoramos.

Lo que yo digo es: Si no está permitido perseguir, los vuestros lo han hecho con los maximianenses, de tal modo que no podéis negarlo. Si los que padecen persecución son inocentes, los maximianenses la han soportado. ¿Dirás ahora acaso: “La basílica o la caverna de Maximiano la destruyó el pueblo sin que tomase parte ninguno de los nuestros?” Aunque si se investiga a qué comunión pertenecía aquella turba -vamos a suponer que no fueron enviados por los vuestros-, seguramente se descubrirá que fueron los vuestros o seguramente mezclados con los vuestros y ayudándoles. Pero ¿qué nos importa a nosotros?

Así, tú respondes: “No lo hicimos, no los enviamos, ignoramos quiénes fueron aquéllos”. Lo que sí está claro es que sufrió persecución por parte de quien sea el que confiesas que fue injusto, y entonces lo que sufrís vosotros no puede demostrar que seáis justos. Y quiénes fueron los que persiguieron a los maximianenses, lo testifican las actas proconsulares. Se nombraron abogados y, constituidos tribunales, se les hizo proceder como contra herejes; ellos solicitaban protección como poseedores que eran; los vuestros alegaban el concilio de Bagái y reclamaban que los condenados fueran expulsados de las sedes sagradas; se insistía, se pronunció la sentencia, cuando, en presencia de Salvio de Membresa, demostrasteis que eran herejes, los derrotasteis, los expulsasteis. Veo, por consiguiente, que ellos sufrieron la persecución, de la que vosotros sois los promotores. Busco quiénes son los justos; vosotros decís que sois vosotros. Yo concluyo: No es justo consiguientemente el que sufre la persecución, ni es necesariamente injusto el que la lleva a cabo.

Se insiste en lo mismo

LX. 66. Tú acusarás de nuevo a la Dialéctica; pero, al menos tácitamente, reconocerás que digo la verdad y preferirás corregir tu afirmación, según la cual ninguna persecución es justa, antes que llamar injustos a los perseguidores de los maximianenses; esto es, a los vuestros, como has reconocido por las actas proconsulares. Cierto que no habéis perseguido sin fruto el error de vuestros cismáticos; pues con esa contienda e incomodidades lograsteis corregir a Feliciano y a Pretextato. También, respecto a Optato el de Gildón, se dice que los de Musti y Asuras le temían por sus amenazas de más severos castigos, como lo oí de su propia boca, y que forzaron a sus obispos a que tornaran a la comunión de Primiano.

Pero Optato no hizo consignar esto en las actas públicas; ¿cómo voy yo a poner esto de relieve contra vosotros, dispuestos a negar lo que podáis negar? Existen actas proconsulares y municipales, con cuya lectura demostramos con qué fuerza urgían los vuestros a los maximianenses a abandonar los lugares. No os acusamos, no os miramos con malos ojos; no habéis trabajado inútilmente, no los habéis aterrorizado en vano, no los habéis perseguido sin resultado. En su aflicción les desagradó su animosidad; los quebrantasteis, los enmendasteis, los corregisteis y acogisteis tras su condenación, tras la prórroga concedida a los otros, tras haberles perseguido. Los recibisteis con los mismos sin absolverlos ni degradarlos con la humillación de una penitencia más dura a ellos y a aquellos con quienes los recibisteis, a los que habían llevado consigo contra vosotros, habían bautizado fuera de vosotros, y quizá rebautizado después de vosotros.

De nuevo, el caso de Ceciliano

LXI. 67. Ya no tenéis recurso alguno con que suministrar nebulosas mentiras a los hombres ignorantes de cosas pasadas tanto tiempo ha. Que los vuestros acusaron a Ceciliano ante el emperador de entonces, Constantino, lo proclaman los documentos públicos; que se dictó la sentencia que incluyó hasta la absolución de Félix de Aptonga, consagrante de Ceciliano, a quien en el concilio de Cartago llamaron “la fuente de todos los males”y acusaron ante el mismo Constantino, como lo manifiesta él en sus escritos, con incesantes apelaciones, lo atestiguan los archivos proconsulares. Oponéis resistencia, protestáis, forcejeáis con la verdad más clara; afirmáis que los jueces transmarinos fueron corrompidos por Ceciliano, que el mismo emperador se dejó seducir no sé por qué influencia. El acusador vencido es tanto más desvergonzado cuanto llega a calumniar al mismo juez.

Sin embargo, de todas estas mentiras vuestras con que calumniáis a los jueces transmarinos, al menos sacamos en limpio que vuestros antepasados fueron los primeros en llevar esta causa ante el emperador, los primeros en acusar ante el emperador a Ceciliano y su consagrante, los primeros en perseguir a Ceciliano y sus compañeros ante el emperador. Por ello, así os parece a vosotros, concitáis un odio intenso contra nosotros, ya que soportáis vencidos lo que haríais seguramente si fuerais vencedores. Como si quisieran acusar a Daniel quienes, liberado él en su inocencia, fueron devorados por los leones, los que, calumniándole, quisieron le consumieran a él. Otro logro: Pensad o inventad lo que sea sobre los jueces que absolvieron a Ceciliano, estando él presente, en el concilio transmarino; o sobre el mismo emperador Constantino, como si hubiera sido corrompido por alguna influencia, ante quien vuestros antepasados acusaron a Ceciliano y cuyo juicio antepusieron al juicio episcopal; todos los cristianos católicos que entonces estaban tan extendidos en tierras cercanas o lejanas, a los que pudo llegar la noticia sobre Ceciliano y sus colegas, no debieron creer a los acusadores, sino a los jueces eclesiásticos. Cuando no podemos ser todos jueces, es preferible creer a los que han podido serlo a osar juzgar a los mismos jueces, fiándonos de los litigantes vencidos, de los cuales no pudimos ser jueces.

Los donatistas, además de injustos, dementes

MI. 68. Por consiguiente, los acusadores de Ceciliano, que fue absuelto, intentaron con osadía desvergonzada salpicar con crímenes falsos, o ciertamente no probados, y negar el título de cristianos no sólo a los que le absolvieron, sino también a todos los cristianos católicos del orbe entero, que o ignoraron aquella disensión africana o prefirieron creer, respecto a ella, a los jueces que se pronunciaron según les pareció, con propio peligro, antes que a los acusadores vencidos. Por ello ha llegado al fin a vosotros la causa de los maximianenses, para que en ella los donatistas condenaran, persiguieran a los condenados, recibieran en el mismo honor a los que persiguieron, aceptaran el bautismo de los condenados, de suerte que los que se atrevieron a condenar a inocentes, se vieron forzados a absolver a culpables; no a los que habían creído fueran inocentes, sino a los que, como dicen, habían condenado bajo la presidencia y mandato de Dios por boca de su concilio plenario. ¿Quién dijo jamás a alguien: “Puesto que has preferido creer al juez que absuelve antes que a mí que acuso, eres reo juntamente con los que acusé?” Y, sin embargo, se dice al orbe cristiano lo que si se dijera a un solo hombre parecería, no digo la mayor injusticia, sino extrema locura. ¡Oh maravilla indignante! Acusaron los africanos a los africanos del crimen de entrega, absolvieron los jueces transmarinos a los acusados, y los pueblos del universo quedan como traditores porque prefirieron creer a los jueces que absolvían antes que a los acusadores que los calumniaban.

El caso de los maximianistas ha puesto a los donatistas en evidencia

LXIII. 69. Con razón, oh partido de Donato, te ha venido encima el asunto de los maximianenses: bebe el cáliz que te presenta el Señor que corrige y amonesta. Si lo comprendes y aceptas de buen grado, es la misericordia del que corrige, para que no caigas en el juicio del que castiga. A ti se te dice: Orgulloso y de dura cerviz, reconcíliate con los pueblos cristianos de todo el mundo injustamente acusados por ti, al menos después de haberte reconciliado con los que condenaste. ¿Por qué anulas el bautismo de Cristo en aquellas o de aquellas Iglesias que fundaron los Apóstoles? Has admitido ya el bautismo que dieron los condenados por ti, antes que se reconciliaran contigo. ¿Por qué te glorías de la persecución que sufres? Si ella es signo de justicia, más justo es el partido de Maximiano, pues la ha soportado de ti y la soporta contigo. Escucha el salmo divino: No seáis como el caballo o el mulo, que carecen de inteligencia 44 . Nos llamáis a nosotros perseguidores vuestros, cuando en realidad, queriendo salvaros a vosotros, lo que hacemos es perseguir medicinalmente vuestras heridas que queremos salvar, y por ello, mientras tratamos de curaros, vuestros clérigos y circunceliones, como dientes y talones vuestros, nos hieren. No seáis ingratos a un medicamento que habéis imitado vosotros; también vosotros habéis corregido con la persecución a Feliciano y Pretextato. ¡Ojalá corrigierais a todos, y como ellos han vuelto a vosotros, así volvierais, ellos y vosotros, a la madre Católica!

  1. Contra ella, hermano Cresconio, te has levantado con tu audacia, e intentas refutar aquellos divinos testimonios citados por mí y obstaculizar con tus ruidos las palabras de Dios. Lo que puse en la carta, contra la que hablas, es lo que se dice en el Libro santo sobre la descendencia de Abrahán, al que dice la palabra de Dios: En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones 45. A esto llama el Apóstol testamento al decir: Hermanos, os voy a hablar a lo humano; un testamento, aun siendo obra de un hombre, si está en debida forma, nadie puede anularlo ni añadirle nada. Las promesas fueron hechas a Abrahán y a su descendencia. La Escritura no dice: “Y a tus descendencias”, como si fueran muchas; sólo se refiere a una: “Y a tu descendencia”, esto es, Cristo 46. Tan grande ha sido la fecundidad de esta semilla que se le dijo: Tu descendencia será como las estrellas del cielo, como la arena del mar que no se puede contar 47. A este crecimiento y fecundidad de la Iglesia, que se extiende por todo el orbe, que se cree ha sido de tal modo anunciada, que de tal modo se presenta a los ojos de todos los fieles, que cierra la boca aun de los paganos, tan escasos frente a ella, osas anteponer la parte de Donato, diciendo que aun fuera de África tenéis no sé cuántos, que, sin embargo, no aparecen, y soléis enviar, no lo negáis, obispos desde África, uno, dos o tres a lo más. Argumentas en vano contra la verdad tan evidente, y sostienes que no todo el orbe comunica con nosotros, porque aún hay muchos pueblos bárbaros que todavía no han creído en Cristo, o que bajo el nombre de Cristo hay muchas herejías extrañas a nuestra comunión.

Más textos escriturísticos

MV. 71. Ni paras mientes, ni solicitas al menos de los enterados cuántos de los pueblos bárbaros que citaste se han sometido ya al nombre de Cristo y cómo el Evangelio no cesa de aumentar sus frutos en los restantes, hasta que, cuando sea predicado en todos, llegue el fin. Así lo dice el mismo Señor: Este Evangelio se predicará en el mundo entero, en testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin 48. A no ser que vuestra necia soberbia os lance al precipicio de pensar que el cumplimiento de esta profecía debe comenzar por el partido de Donato y no por las Iglesias que plantaron los Apóstoles con las cuales no está en comunión el partido de Donato. ¿Acaso, para llenar el mundo, intentará rebautizarlas él, cuando la Iglesia católica va creciendo en todas partes mientras su partido disminuye constantemente aun en África? ¡Oh perversión insensata de los hombres! Piensas que mereces alabanza creyendo respecto a Cristo lo que no ves, y no consideras que eres condenado por no creer respecto de la Iglesia lo que estás viendo, cuando aquella cabeza, Cristo, está en el cielo, y este cuerpo, la Iglesia, en la tierra.

  1. Reconoces a Cristo en lo que está escrito: Álzate, oh Dios, sobre los cielos, y no reconoces a la Iglesia en lo que sigue: Y sobre toda la tierra tu gloria 49. Reconoces a Cristo en el texto: Taladraron mis manos y mis pies, contaron todos mis huesos; me han observado y considerado, se repartieron entre sí mis vestiduras, y se sortearon mi túnica 50, y no reconoces a la Iglesia en lo que sigue poco después: Al recordarlo se tornarán al Señor los confines de la tierra; todas las naciones se postrarán ante su rostro, porque del Señor es el imperio y él dominará a todas las naciones 51. Reconoces a Cristo en lo que está escrito: Da, oh Dios, tu juicio al rey, y tu justicia al hijo del rey 52, y no reconoces a la Iglesia en lo que atestigua el mismo salmo: Su dominio se extenderá de mar a mar, y desde el río hasta los cabos de la tierra. Ante él se postrarán tos etíopes, y sus enemigos lamerán el polvo. Los reyes de Tarsis y de las islas le rendirán tributo; los monarcas de Arabia y de Saba traerán regalos. Y le adorarán todos los reyes de la tierra, le servirán todas las naciones 53. Reconoces a Cristo allí donde se dice a los judíos: No me complazco en vosotros, dice el Señor omnipotente, y no aceptaré los sacrificios de vuestras manos 54, ya que la llegada de Cristo suprimió todos aquellos sacrificios de los judíos, y no reconoces a la Iglesia en lo que sigue: Desde el surgir del sol hasta el ocaso mi nombre es glorificado entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerá incienso en mi nombre y una hostia pura; porque mi nombre es grande entre las naciones, dice el Señor omnipotente 55. Reconoces a Cristo en lo que dice el profeta: Fue llevado como oveja al sacrificio 56, y en lo restante que se lee allí de él como en el Evangelio, y no reconoces a la Iglesia en lo que poco después añade: Da gritos de alegría, estéril que no has dado a luz; estalla de gozo y júbilo, tú que no has conocido los dolores del parto; porque son más los hijos de la abandonada que los de la casada. Pues el Señor ha dicho: Toma un sitio más espacioso para tus tiendas, y extiende cuanto puedas las pieles de tus pabellones, alarga tus cuerdas y afianza tus estacas, extiéndete cada vez más a la derecha y a la izquierda; y tu prole heredará las naciones y poblará las ciudades desiertas. No temas, te impondrás. No sientas vergüenza de haber sido detestable. Olvidarás para siempre tu confusión y no te acordarás más del oprobio de tu viudez, porque yo soy el Señor que te ha creado, el Señor es su nombre, y el que te ha salvado, el Dios de Israel, será llamado Dios de toda la tierra 57.

Cresconio se opone a Cipriano

LXV. 73. Es bien seguro que en estos sacros textos reconoció Cipriano a la Iglesia hasta el punto de decir: “Así es como la Iglesia bañada por la luz del Señor lanzó sus rayos por todo el orbe, extendió sus ramos por toda la tierra con la abundancia de su fecundidad”. A esta manifestación tan clara de los oráculos divinos es a la que calumnias tú, Cresconio, mirando al resto de las naciones que aún no ha ocupado la Iglesia; no atiendes a cuántas ha ocupado ya, desde donde se extiende a diario para ocupar el resto. ¿Cómo no vas a negar tú el pleno cumplimiento en el futuro de estas profecías, si no dudas en negar tan gran avance, al cual se debe ese cumplimiento, no digo contra las palabras divinas, sino aun contra las tuyas? Pues la fuerza de la verdad te ha obligado a decir, ignorando o no dándote cuenta de lo que decías, que “todo el mundo se convierte diariamente al nombre cristiano”.

¿Por qué, pues, el partido de Donato no está en comunión con esta Iglesia, que se dilata con su crecimiento por el mundo entero? Seguramente para no mancharse con los pecadores. Y ¿por qué no quiso Cipriano que se abandonara, no esta vuestra que, permaneciendo en África, calumnia al orbe de la tierra o, fuera de África, se encuentra en pocos y ocultos adeptos, sino aquella que extiende sus ramos por toda la tierra con la abundancia de su fecundidad, aunque en su comunión no sólo haya sino que se manifiesten pecadores diciendo: “Aunque parezca que en la Iglesia hay cizaña, ello no debe impedir vuestra fe o vuestra caridad, para que, al ver que existe cizaña en la Iglesia, vayamos a apartarnos de ella nosotros?”

Carece de valor el reproche de Cresconio a la Iglesia. Responde tú a esto, si quieres responder algo verdadero

LXVI. 74. Y ¿cómo se cumplirá lo que está escrito: El mal hijo se tiene por justo, pero no lavó su salida? 58 Acuse al hijo malo, condene y persiga a los maximianenses; reconcíliese con los condenados y perseguidos: aun así, sea refutado, sea confundido, sea corregido.

Dices: “Cómo está lleno el mundo entero de vuestra comunión, donde hay muchas herejías, ninguna de las cuales está en comunión con vosotros?” Cierto, no sólo de herejes, sino también de otras clases de hombres malos está lleno el orbe, como también está lleno de fieles siervos de Dios, como el mar está lleno de bravías olas y de dulces peces.

  1. Dices: “Con frecuencia la verdad está en los pocos; el error es propio de la multitud”, y para que no parezca que con tus palabras contradices la fecundidad de aquella célebre estéril, a la que se dijo: Son más los hijos de la abandonada que los de la casada, añadiste un testimonio tomado del Evangelio: Porque son pocos los que se salvan.

Resuelve, pues, la cuestión, a saber, cómo puede decir el mismo Señor: Qué estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que lo hallan 59, y añada en otro lugar: Vendrán de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos 60, cómo se muestra también en el Apocalipsis su multitud, que no puede contar nadie, de toda nación, tribu y lengua, con blancas estolas y palmas en las manos, que habían soportado la persecución por la fe de Cristo; cómo son los mismos pocos y a la vez muchos. Y, por supuesto, no puede ser una cosa verdadera y la otra falsa, puesto que una y otra han sido proferidas por la verdad divina. La explicación es que los mismos buenos y auténticos cristianos, que por sí mismos son muchos, son a la vez pocos en comparación con los malos y los falsos.

Así, de los muchos granos que llenan enormes hórreos decimos que son pocos en comparación con la paja; así también, para hablar del testamento que Dios hizo a Abrahán respecto a su descendencia, que es Cristo, son muchas las estrellas, que no podemos contar, que esparcen su fulgor por el ancho cielo, pero decimos que son pocas si las comparamos con las arenas del mar. Quizá las estrellas significan a los cristianos espirituales, y la arena del mar a los carnales, por medio de los cuales y de los cuales también proceden las herejías y los cismas, de una y otra categoría está lleno el mundo, porque el mismo Señor dice: El campo es el mundo 61, y tú mismo, obligado por la verdad, dijiste: “Cada día el mundo se vuelve al nombre de Cristo”. Por consiguiente, por todo el mundo se encuentra el grano, por todo él la cizaña, porque de uno y otra dijo el que no puede equivocarse: Dejad que crezcan juntos ambos hasta la siega 62.

El reducido número no es criterio de verdad

LXVII. 76. Refrénense, pues, los impíos desertores del grano que se desarrolla tan fértil por el mundo entero, y no osen gloriarse del escaso número de cizaña separada. Y si se glorían, verán que al punto se levantan los maximianenses, presentes en el juicio divino para confundirlos en todo y, si tienen un poco de sentido los donatistas, lograr corregirlos. En efecto, a aquéllos, muy inferiores en número, los han perseguido éstos, más numerosos; y en su persecución han reducido a algunos de ellos a su propia comunión, despreocupándose de los restantes, tanto más justos cuanto menos numerosos.

  1. Dices: “El Oriente no está en comunión con África ni África con el Oriente”. Ciertamente que no, pero esto ocurre en la paja herética separada de la era del Señor; en cambio, en el grano y la paja interna católicos el Oriente está en plena comunión con África y África con el Oriente. Unos herejes aquí, allí otros y otros en otras partes, todos se enfrentan a la unidad católica difundida por todas partes. Ella está, en efecto, en todas partes, y de ella salieron los que no pudieron estar en todas partes, diciendo, según se había anunciado de ellos: Cristo está aquí, Cristo está allí. Allí están, los unos en un lugar, los otros en otro, mostrando las reducidas parcelas de sus conjeturas o, mejor, de sus amputaciones, y negando con impío orgullo el tronco del que fueron cortados.

A esta Iglesia, que, en sus copiosos frutos, al dilatarse por todo el orbe de la tierra, engendra de todo pueblo, tribu y lengua una multitud vestida de blanco que nadie puede contar, como se escribe en el Apocalipsis 63, con palmas en las manos; a esta Iglesia, repito, con la que está bien claro no está en comunión el partido de Donato, debieron aportar vuestros antepasados cuantos documentos auténticos poseyeron sobre los traditores. Si hubieran hecho esto, estarían ellos dentro de su seno, y fuera de ella aquellos a quienes acusaban. Pero ahora, al ver que los acusados han permanecido en ella, ¿debemos sentir algo bueno de los acusadores, que vemos fuera de ella?

Recordemos aquella mi presentación de las cuatro posibilidades, referida a los documentos que presentan una y otra parte acerca de los traditores: o unos y otros son verdaderos, o unos y otros son falsos, o son verdaderos los nuestros y falsos los vuestros, o falsos los nuestros y verdaderos los vuestros. Viendo tú que en los tres primeros supuestos quedabais superados con toda facilidad, te acogiste en vano al último como si por él pudieras evadirte. Aunque te das cuenta del descaro que supone esta elección, con todo, esos vuestros documentos auténticos, de origen humano -si es que los hubo-, debieron ser demostrados a aquella Iglesia, a la que confirman los documentos divinos.

Falta de pruebas

LXVIII. 78. Dime, te conjuro, pero procura no lanzar nieblas a los ojos de los ignorantes, acusando a la Dialéctica, ya que no puedes convencer de traditores a los que acusas; dime, te ruego, esta vuestra causa, con vuestros documentos verdaderos, ¿ha sido presentada al juicio de las Iglesias transmarinas fundadas por el trabajo de los Apóstoles, o no ha sido presentada? Si fue presentada, ¿vencisteis o fuisteis vencidos en el juicio? Si decís que habéis vencido, ¿por qué no habéis permanecido en la comunión con las Iglesias en cuyo juicio salisteis vencedores? Pero si, como lo indica claramente el haberos salido de su comunión, habéis sido vencidos, ¿por qué litigáis con nosotros por la pérdida de la buena o mala causa, siendo vuestro mayor crimen el descargar sobre el orbe cristiano el crimen de los traditores, a los cuales, aun presentando documentos verdaderos, no lograsteis dejar convictos en el juicio de las Iglesias transmarinas porque en una causa en que no pudo intervenir prefirió creer a los jueces antes que a los acusadores vencidos? No sois, por tanto, culpables por haber perdido una causa buena, como vosotros decís, en un juicio transmarino, sino por no haber tenido la menor duda de recriminar el crimen de los culpables y, concediéndoos mucho, de los jueces a tantos pueblos cristianos tan ampliamente extendidos por todas las naciones. Permaneciendo unidos a su comunión como al grano del Señor, debisteis soportar a esos varones que, como decís, fueron traditores y a aquellos, según vuestra opinión, malos jueces, a tenor de las letras evangélicas 64 y también de la amonestación de Cipriano, hasta el tiempo de la bielda, a fin de no perecer por dejar la era.

Pero si aquella vuestra causa no fue presentada al juicio de las Iglesias transmarinas con los documentos verdaderos, según tu opción, ¿cómo pudieron tantos obispos establecidos entre sus gentes, sin conocer la causa y sin habérsela en absoluto presentado, ser condenados justamente por los vuestros? O ¿cómo debieron los cristianos africanos, no digo los que juzgaron a aquellos inocentes, sino aquellos que los hubieran considerado traditores, separarse, por la cizaña que veían en la Iglesia, de la inocencia tan manifiesta del grano en tal amplitud y que desconocía a éstos, de suerte que, por causa del pecado ajeno, que soportado por la unidad no los manchaba, fueran condenados con el crimen de haber violado la unidad?

Queda más sólida la posición católica

LXIX. 79. ¿Qué te aprovecha para la causa el que de las cuatro posibilidades hayáis elegido la de que vuestros documentos son verdaderos y se tengan por falsos los que hemos presentado contra los vuestros?

Ya ves cómo también aquí eres vencido, porque tus documentos, que tienes por verdaderos, no pudieron dejar convictos donde debieron hacerlo a los traditores, ya porque los mismos documentos fueron ocultados por los vuestros, ya porque los traditores con especial astucia se ocultaron a los jueces, ya porque los ocultaron los mismos jueces malos.

Mira la descendencia de Abrahán, que crece según el testamento de Dios a través de todos los pueblos como las estrellas del cielo y como las arenas del mar 65; atrévete a decir, atrévete a creer, atrévete a pensar que mies tan copiosa haya podido perecer en el campo que es el mundo a causa de no sé qué cizaña africana ocultada por cualesquiera causas.

  1. Exageras las persecuciones que decís sufrís vosotros. Aunque os rebeláis con obstinación tan sacrílega y manifiesta contra la paz de la santa Iglesia, se os perdona con admirable mansedumbre. Dices también en la primera parte de tu carta que cuando el emperador Constantino tuvo conocimiento del crimen de Ceciliano, le condenó por sentencia personal al destierro a Brescia. ¿Quién puede dudar de que al respecto o tú te equivocas o engañas, ya que citas a Félix de Aptonga como convicto de ser traditor en el juicio del procónsul por no sé qué Ingencio?

Las actas oficiales prueban lo contrario

LXX. Mira, voy a intercalar la sentencia del procónsul Aeliano, en la que se justifica y absuelve a Félix. Si quieres leer todo el proceso verbal, tómalo del archivo del procónsul.

“El procónsul Aeliano dijo: Según la declaración de Ceciliano, que afirma que las actas han sido falsificadas y muchas adiciones hechas a la carta, queda claro con qué intención obró Ingencio, y por ello será recluido en prisión; se le necesita para un interrogatorio más exhaustivo. En cambio, con respecto al piadoso obispo Félix, es claro queda libre de la acusación de haber quemado los documentos divinos, ya que nadie ha podido probar en su contra que haya entregado o quemado las santas Escrituras. Por el interrogatorio de todos los testigos citados más arriba queda claro que no se han encontrado Escrituras algunas o falsificadas o quemadas. Lo que contienen las actas es que el piadoso obispo Félix por aquellos tiempos ni estuvo presente ni doblegó su conciencia ni mandó hacer cosa semejante”.

  1. Inserto también un rescripto del emperador Constantino a Probiano, que atestigua lo mismo y que demuestra cuán duros fueron ante él los vuestros que acusaban a inocentes. “Los emperadores Césares Flavios Constantino y Maximino y Valerio Liciniano Licinio a Probiano procónsul de África. Siendo Vero vicario de los prefectos de nuestra África, un hombre modelo, afectado de molesta enfermedad, Aeliano tu predecesor, que desempeñaba legalmente su oficio, entre otras cuestiones juzgó oportuno avocar a su examen y mandato la causa o intriga que parece se había suscitado contra Ceciliano y la Iglesia católica. Y, en efecto, cuando hizo comparecer ante él al centurión Superio y a Ceciliano, magistrado de Aptonga, y al ex curador Saturnino, y a Calibio, el joven curador de la misma ciudad, y a Solo esclavo público de la sobredicha ciudad, prestó la atención oportuna, de suerte que cuando se le objetó a Ceciliano que parecía le había dado el episcopado Félix, a quien se le acusaba de la entrega y de la quema de las divinas Escrituras, quedó constancia de que Félix era inocente de eso.

Luego, como Máximo sostuviese que Ingencio, decurión de la ciudad de Ziqua, había falsificado una carta del ex duumviro Ceciliano, vimos por las actas del proceso que el mismo Ingencio había sido suspendido y no había sido sometido a tormento porque aseguró que era decurión de la ciudad de Ziqua. Por eso, queremos que envíes al mismo Ingencio con oportuna escolta a mi corte, la del Augusto Constantino, para que los que están pleiteando y no dejan de hacerlo a diario, estando presentes y oyéndole, puedan entender que en vano han querido excitar la animosidad contra el obispo Ceciliano y levantarse violentamente contra él. Así sucederá que, suprimidas semejantes contiendas, como es conveniente, el pueblo, sin disensión alguna, se ocupe con la debida reverencia de su propia religión”.

Una carta del emperador atestigua la inocencia plena de Ceciliano

LXXI. 82. Inserto aún unas palabras de Constantino tomadas de su carta al vicario Eumalio, donde atestigua que él actuó personalmente ante las partes y descubrió la inocencia de Ceciliano. Habiendo contado en lo que dijo arriba cómo después de los juicios episcopales las partes habían sido llevadas a su tribunal, dice: “En todo esto he visto que Ceciliano es un varón dotado de cabal inocencia y que cumple las obligaciones de su religión y le presta el servicio que puede; y apareció con toda evidencia que no se pudo encontrar en él crimen alguno, como se lo habían urdido en su ausencia hipócritamente sus adversarios”.

  1. Tú, varón tan elocuente, ¿por qué no insertaste la sentencia de Constantino en que, dices, fue condenado y enviado al destierro a Brescia? ¡Cuánto más congruente hubiera sido insertar esa sentencia que no sé qué sobre el concilio de Sérdica, que está demostrado no se relaciona en absoluto con nosotros y con la causa que se debate entre nosotros y vosotros! ¿Qué necesidad tengo yo de decirte por qué motivo estuvo Ceciliano en Brescia, lo que vosotros llamáis con entera calumnia destierro, puesto que él prefirió que faltara su presencia a la Iglesia a que le faltara la paz? Y entre tanto tú no citas sentencia alguna del emperador condenándole, y juzgas temerariamente, no digo ya que se debe escuchar o decir, sino que se debe escribir que Ceciliano fue condenado por el emperador Constantino. No obstante, según tus palabras, veo a Ceciliano en el destierro, condenado por el emperador. Responde al menos quién le acusó y luego pregúntame por alguna vaciedad semejante a las que me presentaste en tu carta: “¿Quién está menos de acuerdo con el testamento hecho público, el que padece persecución o el que la causa?” Tales son ciertamente tus palabras. Mira a Ceciliano sufriendo persecución y, como dijiste tú, condenado al destierro; mira también a los vuestros, como atestigua en sus palabras el mismo emperador, sin dejar de importunar todos los días a Ceciliano, y respóndeme a mí que te pregunto con tus mismas palabras: “¿Quién está menos de acuerdo con el testamento hecho público, el que padece persecución o el que la causa?”Leídas con diligencia todas las actas, encontrarás que Ceciliano ha sufrido persecución por parte de los vuestros ante el emperador, pero no encontrarás que haya sido condenado por él; al contrario, lo encontrarás absuelto.

El comparativo “probabilius”

LXXII. 84. Ahora bien, tú has elegido lo que consideraste mejor para ti, es decir, que son verdaderos los documentos que vosotros aducís sobre las acusaciones de entrega, y falsos los aducidos por nosotros. Pues aun en esto está por encima de vosotros la verdad de Dios, que, según predijo, está haciendo crecer y fructificar a su Iglesia en el mundo entero, ya que no la prejuzgan los documentos, aunque sean verdaderos, de los crímenes ajenos, cuando a los obispos transmarinos más cercanos, por quienes pasa o no pasa la noticia de tales cosas a regiones más lejanas, o no se mostraron como se debía, o no los creyeron aquellos a quienes se pudieron mostrar o, aunque se les dio fe, se les ocultó y no llegaron a otros; y nadie, ni uno siquiera, cuánto menos tal número de cristianos como se halla en todos los pueblos, puede participar del crimen ajeno si no ha llegado a conocer ningún documento verdadero de este crimen o, simulando inocencia, alguno lo ha engañado con falsos documentos.

Por consiguiente, como había empezado a decir, si al escoger lo que mejor te pareció, es decir, que son verdaderos los testimonios que vosotros aducís sobre los traditores y falsos los que aducimos nosotros; si al escoger eso no podéis nada contra la Iglesia católica extendida por el orbe de la tierra ni contra la providencia de Dios, en la cual, para usar de tus palabras, “el mundo entero se vuelve al nombre cristiano”, ¡cuánto más sucumbís en vuestras acusaciones cuando os echamos en cara “esa misma entrega”, ante cuyo nombre, como horrorizados, los autores de este cisma, separándose del cuerpo de Cristo, se entregaron a sí mismos al diablo! Como lo dije antes y ahora lo repito, “nosotros os reprochamos a vosotros con mucha mayor probabilidad”, nosotros que no podemos más que oíros hablar de los nombres y de los crímenes de los traditores, mientras que nosotros os presentamos las actas eclesiásticas, en que constan sus declaraciones, y las actas municipales, en que se lee que hicieron eso.

Disquisición de Cresconio sobre ese comparativo

LXXIII. 85. Tú, como astuto crítico y examinador de las palabras, pretendes enseñarnos el valor del grado comparativo, y saltas de gozo como un vencedor porque yo no podría decir: “Os reprochamos la entrega con más probabilidad”, sin confesar que vosotros nos la podéis reprochar probablemente. “Si vosotros -dices- tenéis más probabilidad, nosotros tenemos probabilidad”; con lo cual nos enseñas: “Que decir “probablemente” y “más probablemente”, es como decir “verdaderamente” y “más verdaderamente”, y que este grado que se pone delante aumenta, no rechaza lo que se dice antes”. Añades otras palabras para que lo entendamos mejor, diciendo: “Lo mismo es “bien” y “mejor”, “mal” y “peor”, “horriblemente” y “más horriblemente"". De donde piensas se deduce que, si yo reprocho lo que es falso con más probabilidad, se sigue que confirmas que vosotros habéis reprochado probablemente algo verdadero. ¿Acaso digo yo aquí, ya que en una cuestión o discusión eclesiástica tratas de enseñarnos las artes de la gramática, cuál es el valor del comparativo, esto es, que aumenta lo que se pone delante, pero no rechaza lo que se ha dicho antes? Veo, en efecto, cuán inútilmente intento reprocharte lo que no has querido ver, cuando tuviste la osadía de reprocharme haber sacado de la retórica una anticategoría, figura que se comete al decir: “No lo hice yo, sino que lo hiciste tú”, lo cual ya demostré apoyándome en la autoridad profética.

Significado del comparativo

LXXIV. 86. Considera, sin embargo, con un poco más de diligencia, no sea que te encuentres con que en los autores de la lengua latina, a quienes sirven las reglas del arte de los gramáticos, el comparativo no siempre aumenta el positivo, sino que a veces expresa lo contrario. Se me ocurre un ejemplo de este estilo tomado de la carta que el Apóstol escribió a los Hebreos. Habla allí de la bendición de la tierra que recibió la lluvia y produjo el fruto, y añade luego: Si no produce más que cardos y abrojos, es reprobada, y está en riesgo de maldición y de terminar en el fuego 66. Y para que no pareciera que deseaba esto a los destinatarios, dice: Tenemos, sin embargo, de vosotros, hermanos queridos, una opinión mejor y más favorable a vuestra salvación 67. Te darás cuenta seguramente cómo dice aquí “mejor”, no porque era bueno lo que ha dicho antes, que reducía a espinas y cardos y que merecía el fuego, sino más bien porque era malo, a fin de que lo eviten y elijan lo que era mejor, es decir, el bien contrario a tantos males.

Pero quizá tú piensas que el Apóstol ha de ser escuchado, como él dice de sí, como un hombre poco versado en la elocuencia 68, pero sí en la ciencia, y por eso piensas que hay que seguir en él no la autoridad de sus palabras, sino la de los contenidos y la de las ideas, sosteniendo que debía ponerse “buena”donde él puso “mejor”. ¿Pues qué, si yo, acostumbrado ya a este modo de hablar literario y olvidado del que aprendí cuando era niño, me expresé así: “Nos reprocháis el crimen de la entrega. Nosotros os lo reprochamos con mucha mayor probabilidad?” Como si yo dijera “probablemente”; y si pongo el comparativo en lugar del positivo, no es porque vosotros afirmáis “probablemente”, sino más bien porque afirmáis improbablemente, como el “mejor”del Apóstol no es porque fueran buenas las otras, sino más bien porque eran malas. Ahora bien, ¿por qué tú concluyes temerariamente que, por decir yo: “Nosotros con mayor probabilidad”, he confirmado que “vosotros probablemente?”

Agustín demuestra lo mismo con versos de la poesía profana

XXV. 87. Aunque ni aun según los gramáticos me reprocharías haber errado en el uso de la palabra si al menos hubieras querido leer atentamente o recordar de memoria a los autores de las mismas palabras. Los libros infantiles contienen estos dos versos, no compuestos precisamente por un niño ignorante:

“Que los dioses den cosas mejores a los piadosos y aquel error a los enemigos.

Rasgaban con dientes desnudos los miembros ya cortados” 69.

¿Cómo daban los dioses “cosas mejores”a los piadosos, como si fueran un bien y no un gran mal para éstos, que “rasgaban con dientes desnudos los miembros ya cortados?”

Ya ves seguramente que, como el poeta pudo desear para los piadosos cosas mejores, aunque aquellas en cuya comparación las deseaba no eran buenas, así yo también pude decir: “Nosotros os reprochamos la entrega con mayor probabilidad”, aunque vosotros no nos reprocharais aquélla con probabilidad. Y paso por alto que el llamar probable a algo no significa lógicamente que sea verdadero, cuando se trata de algo que puede y suele suceder, y por eso se da por bueno, esto es, se aprueba y se cree aunque no haya sucedido; en cambio, lo que es verdadero, cuando se muestra, necesariamente es probable y más probable ciertamente que aquello. Repasa los libros donde aprendiste a hablar; sin duda verás cómo no te engaño.

Los donatistas aducen sólo palabras; los católicos, actas públicas

LXXVI. Por ello, aunque te concediera que los vuestros han echado en cara a los nuestros con probabilidad el crimen de la entrega, no por eso sustentaría que el reproche fue verdadero, y diría con razón que nosotros lo hemos reprochado con mayor probabilidad, ya que solemos oír solamente que nos llamáis traditores, pero sin habernos leído y demostrado por las actas eclesiásticas o públicas que hemos confesado; en cambio, nosotros alegamos las actas públicas en que consta que los vuestros fueron traditores, y las eclesiásticas en que consta su confesión y que fueron abandonados al juicio de Dios.

Argumento “ad hominem”

LXXVII. 88. Pero no paso en silencio la ayuda tan manifiesta con que, sin advertirlo, nos favoreces muchísimo, enseñándonos las reglas del grado comparativo, y que aumenta la cualidad del positivo y no destruye lo que precede. Según esa regla tuya, de acuerdo con algunas palabras de tu carta, hemos conseguido sin dificultad la victoria de nuestra causa.

Nos has dicho en el principio de tu carta, como recriminando nuestra pertinacia, que tantos documentos legales no pueden persuadirnos a nosotros de lo que es mejor y más verdadero. De donde concluyo yo, según tus artificios, que nosotros tenemos ya lo bueno y lo verdadero si no se nos puede persuadir lo que es más verdadero y mejor. Si nosotros no anulamos, para hablar como tú, vuestro bautismo más verdadero y mejor, ¿por qué anuláis vosotros el nuestro, que es verdadero y bueno?

Asimismo, dijiste: “También nosotros queremos que Cristo sea el origen, la raíz y la cabeza del cristiano”, y añadiste en seguida: “Pero buscamos por medio de quién se hará esto mejor”. Al decir esto has concedido que un mal ministro lo hace bien, aunque uno bueno lo hace mejor. Así, pues, si nosotros no anulamos el bautismo, que decís se da por uno de los vuestros como por buen ministro, ¿por qué vosotros anuláis el nuestro, que, dado por uno de los nuestros, pretendéis ha sido dado por un mal ministro? Tú has dicho: “Buscamos quién hace mejor esto”, y tu regla es que “el comparativo aumenta la cualidad del positivo”. De donde se sigue que si por el vuestro, según tú piensas, se hace mejor, por el nuestro se hace bien. Por consiguiente, cuando rebautizáis al bautizado por nosotros, invalidáis con sacrílega presunción lo que según la regla tuya reconocéis como bien hecho.

El uso de la metáfora

LXXVIII. 89. Temo apremiar demasiado tu timidez si muestro cuán ligera y bufonescamente has atacado con tono gracioso y mordaz ciertas palabras mías expresadas en sentido metafórico: la frente por el pudor, la boca por el lenguaje, el dardo tridente por un discurso en tres partes, la bestia de tres cabezas por el error que se ensaña con tres calumnias contra la inocencia de tantos pueblos.

Es mejor que reserves estas puerilidades para los niños. No me preocupa tu afirmación de que el arma de Neptuno, referencia al tridente, no le conviene al obispo, siendo como es el arma del pescador, y, por tanto, la de los apóstoles, ya que Cristo hizo a los apóstoles pescadores de hombres 70. La Escritura atribuye a nuestro Dios incluso alas y flechas 71, y, sin embargo, no damos culto a Cupido.

  1. Aún más, llegas a reprocharme no haber observado la benignidad prometida en el exordio porque, excitado, dije al hacer mención a los maniqueos: “Como, según la palabra del Señor, no puede Satanás expulsar a Satanás 72, así no puede el error de los donatistas abatir el error de los maniqueos”, como si yo hubiera comparado a Petiliano con Satanás y no el error, de cuyos lazos deseo liberarlo. Menos mal que el Apóstol nos ha fortificado contra tales calumnias en el mismo lugar en que nos amonesta a ser mansos, pacientes y moderados cuando corregimos a quien disiente de nosotros. Pues habiendo dicho: El siervo de Dios no debe ser litigioso, sino manso con todos, dispuesto a escuchar y sufrido, capaz de corregir con moderación a los que piensan diversamente, añadió a continuación: Con la esperanza de que Dios les conceda el arrepentimiento para el conocimiento de la verdad, y que así se libren del lazo del diablo, a cuya voluntad están sujetos 73. ¡Ahí está la mansedumbre apostólica! A los que manda tratemos con dulzura, paciencia y moderación, a esos mismos los declara presos del diablo; y no perdió la mansedumbre que recomendaba por no haber querido callar la verdad que enseñaba.

Agustín recurre a sus escritos contra los maniqueos

LXXIX. 91. Tú verás el papel que representas, pues al recriminar mis palabras como insultantes y crueles, te empeñas en excitar a que pleiteen los que no quieres se reúnan para disputar. No quiero decir con ello que a ti te deleite el pleitear; cierto que con más sobriedad y prudencia, pero me achacas como de soslayo lo que no tiene que ver nada conmigo. Respecto a lo que pienso sobre la vaciedad tan pestilente de los maniqueos, que todos los cristianos deben anatematizar, aunque sólo me limitara a mencionarla, sin dar pruebas de ello en mis muchos y variados libros, ni aun así tendríais vosotros motivo alguno para lanzarme vuestras calumnias.

Ni la Católica se admiraría de que me atacarais falsamente, vosotros que atacáis recurriendo a falsas acusaciones a todo el orbe cristiano con tantas Iglesias, incluidas las primeras propagadas con la fatiga de los Apóstoles. Dado que quien lo desee puede leer numerosos escritos míos contra los maniqueos, que durante algún tiempo me habían seducido siendo yo un adolescente, el lector no perderá el juicio hasta el punto de juzgarme por vuestras palabras más que por sus propios ojos y sentidos.

La ordenación episcopal de Agustín

LXXX. 92. Dices: “Pero muchos de los nuestros tienen una carta de vuestro primado, en la cual no sé qué escribió de ti cuando se oponía a tu ordenación”.

No me preocuparía en absoluto de ella aunque aquel que dicen la escribió no hubiera expresado su opinión favorable sobre mí condenando aquella calumnia y falsedad. ¡Cuánto menos se preocupa la Iglesia católica, cuya causa defendemos contra vosotros, causa que se apoya en tantos testimonios divinos, que no hay testimonio alguno humano, venga de quien venga, verdadero o falso, que pueda arrebatarle la verdad que disfruta! Deja tales comentarios; no soy más que un hombre; lo que se trata entre nosotros no es mi causa, sino la causa de la Iglesia, que aprendió de su Redentor a no poner su esperanza en hombre alguno. Cierto que ni sobre mí mismo os darían crédito, aun suponiendo que conocieseis mi vida, ya que sois mis enemigos. Por lo que se refiere a la estima de los hombres, tengo gran abundancia de testigos que me conocen, y en la presencia de Dios no existe más que la conciencia, que conservo imperturbable frente a vuestras acusaciones; pero no me atrevo a justificarme ante los ojos del Omnipotente, y espero más la abundante largueza de su misericordia que el examen inapelable de su juicio teniendo el pensamiento en lo que está escrito: Cuando el rey justo se siente en el trono, ¿quién se gloriará de tener el corazón puro, quién se gloriará de estar sin pecado? 74

Retorna a la paja y al grano

LXXXI. 93. Pero ¿qué importa a la cuestión que se ventila entre nosotros cómo soy yo, ya que en la era del Señor soy paja si soy malo y grano si soy bueno? Vosotros, en cambio, si fuerais grano, no os apartaríais de la paja mezclada, como amonesta el mismo Cipriano, antes de la bielda.

Por eso, nosotros, si encontramos entre vosotros algún hombre malo notorio, con razón os lo echamos en cara; porque toda vuestra defensa consiste precisamente en que os habéis separado para no perecer con el contagio de los pecados ajenos. De ahí que vosotros os gloriéis de haber hecho una nueva clase de era, en la cual o sólo hay buen grano o sólo aparece el trigo; y en este caso no se necesita un aventador, sino un inspector. Vuestro Parmeniano, queriendo comparar vuestra resplandeciente limpieza con nuestra inmundicia, se atrevió a acudir a las palabras del profeta Jeremías cuando dice: ¿Qué tiene que ver la paja con el trigo? 75 Esto lo dijo, como indica el mismo texto, contra los que comparaban sus sueños con los oráculos divinos. En esta carta de Parmeniano se pone de manifiesto vuestra arrogancia y horrible soberbia, ya que en ella os proclama, contra la divina Escritura y el aviso de Cipriano, como trigo limpio de la paja antes ya de la última limpia.

De nuevo, el recurso al modo de proceder con los maximianenses

LXXXII. 94. ¿Qué remedio más a propósito se os ha podido ofrecer para este taimado orgullo que el asunto de los maximianenses? Cuantas invectivas soléis lanzar contra nosotros como contra los traditores, las amplificasteis, tras su condenación, contra los maximianenses, a quienes recibisteis después de haberlos condenado.

También nos presentáis como odiosos, a propósito de los emperadores, como si os hubiéramos perseguido. Vosotros sí que perseguisteis a los maximianenses ante los jueces que enviaron los mismos emperadores. Vosotros sostenéis que no se puede dar el bautismo de la Iglesia fuera de la Iglesia; pero no habéis anulado en los que lo recibieron el bautismo que dieron los maximianenses mientras persistieron en el crimen del cisma. Si esto debió hacerse por conservar la paz de la unidad, no encontráis motivo para acusarnos a nosotros; pero si no debió hacerse, no nos acuséis, so pena de condenaros a vosotros mismos.

No quiero que te distraigas en muchas cosas; yo podría traerte a la memoria brevemente todo cuanto se ha dicho contra ti. Pero de momento piensa sólo una cosa: ponte ante los ojos el asunto de los maximianenses. Si puedes respondernos a propósito de él, pasa adelante; pero si no puedes, es preferible que descanses a que des coces contra el aguijón.