Retractaciones

BAC vol. 40

Retractaciones

OCHENTA Y TRES CUESTIONES DIVERSAS

Testimonio del mismo Agustín en el libro de las «Retractaciones» (I, 26)

Entre las obras que he escrito hay también una prolija, considerada un solo libro, cuyo título es: Ochenta y tres cuestiones diversas. Como estas cuestiones estuvieron dispersas en multitud de fichas, porque desde el primerísimo tiempo de mi conversión, y después que volví a África, las fui dictando sin guardar orden alguno, según los hermanos me preguntaban cuando me veían libre. Siendo ya obispo mandé recogerlas y, después de numerarlas, hacer con ellas un libro, de modo que lo que quisiere leer cada uno lo encuentre fácilmente.

La primera de estas cuestiones es: Si el alma existe.

La segunda: Sobre el libre albedrío.

La tercera: Es el hombre malvado, siendo Dios su autor.

La cuarta: Cuál es la causa de que el hombre sea malvado.

La quinta: Puede ser dichoso el animal irracional.

La sexta: Sobre el mal.

La séptima: Propiamente hablando, a qué se llama alma en el ser que anima.

La octava: Es capaz el alma de moverse por sí misma.

La novena: Los sentidos corporales pueden percibir la verdad.

En esta cuestión he dicho: «Todo lo que el sentido corporal alcanza, y que se llama también sensible, está sujeto a cambios sin interrupción alguna». Por cierto que esto no es verdadero en los cuerpos incorruptibles de la resurrección. Además, actualmente ningún sentido de nuestro cuerpo alcanza la verdad inmutable, a no ser que Dios revele algo semejante.

La décima: El cuerpo viene de Dios.

La undécima: Por qué Cristo nació de mujer.

La duodécima, cuyo título es: Opinión de un sabio, no es mía. Pero, porque yo la di a conocer a algunos hermanos que iban recogiendo con toda diligencia esas respuestas mías, y les gustó, ellos quisieron incluirla entre mis respuestas. Su autor es un tal Fonteo de Cartago, quien, siendo todavía pagano, escribió sobre la necesidad de purificar el espíritu para ver a Dios, y que murió siendo cristiano bautizado.

La decimotercera: Con qué prueba se demuestra que los hombres son superiores a las bestias.

La decimocuarta: Que el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo no fue un fantasma.

La decimoquinta: Sobre el entendimiento.

La decimosexta: Sobre el Hijo.

La decimoséptima: Sobre la ciencia de Dios.

La decimoctava: Sobre la Trinidad.

La decimonovena: Sobre Dios y la criatura.

La vigésima: Sobre el lugar de Dios.

La vigésima primera: Si Dios no es el autor del mal. Aquí hay que tener cuidado de que no se entienda mal lo que he dicho: «No es autor del mal el que es autor de todas las cosas que son, porque en tanto son buenas en cuanto que son». Y, en consecuencia, que no se piense que no procede de Él el castigo de los malos, que ciertamente es un mal para aquellos que son castigados. Sino que yo lo he dicho así, del mismo modo que se dijo: Dios no hizo la muerte1. Cuando en otro pasaje está escrito: La muerte y la vida vienen del Señor Dios2. Por tanto, el castigo de los malos, que viene de Dios, es ciertamente un mal para los malos, pero está entre las obras buenas de Dios, porque es justo que los malos sean castigados, y ciertamente es bueno todo lo que es justo.

La vigésima segunda: Que Dios nada necesita.

La vigésima tercera: Sobre el Padre y el Hijo. Donde he dicho: «Que El mismo engendró a la Sabiduría por la que se llama sabio». Pero después he estudiado mejor esta cuestión en el libro La Trinidad .

La vigésima cuarta: Si tanto el pecado como la obra buena están en el libre albedrío de la voluntad. Es del todo verdadero que es así; pero la gracia divina lo libera para que sea libre para obrar rectamente.

La vigésima quinta: Sobre la cruz de Cristo.

La vigésima sexta: Sobre la diferencia específica de los pecados.

La vigésima séptima: De la Providencia.

La vigésima octava: Por qué Dios ha querido crear el mundo.

La vigésima novena: Si existe algo arriba y abajo en el universo.

La trigésima: Si todas las cosas han sido creadas para la utilidad del hombre.

La trigésima primera (Sentencia de uno. Cicerón). Tampoco es mía, sino de Cicerón. Pero, porque fui yo quien la dio a conocer a los hermanos, ellos la incluyeron entre las notas que recogían, deseando saber cómo él (Cicerón) había dividido y definido las virtudes del alma.

La trigésima segunda: Si uno entiende una cosa más que otro, y si la inteligencia de una misma cosa progresa indefinidamente.

La trigésima tercera: Sobre el miedo.

La trigésima cuarta: Si no se debe amar otra cosa que el no tener miedo.

La trigésima quinta: Qué es lo que se debe amar. Lo que he dicho: «Debe ser amado aquello que poseerlo no es otra cosa qué conocerlo», no lo apruebo en absoluto. Porque poseían a Dios aquellos a quienes se dijo: ¿No sabéis que vosotros sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?3Y sin embargo no lo conocían, o no lo conocían como debe ser conocido. Asimismo lo que dije: «Nadie conoce la vida feliz y es desgraciado», he dicho «conoce», en el sentido de «cómo debe ser conocida». Efectivamente, ¿quién la ignora por completo, al menos entre los que tienen uso de razón, puesto que saben que ellos quieren ser felices?

La trigésima sexta: Sobre el deber de alimentar la caridad, donde he dicho: «Dios y el alma por la que es amado, se dice propiamente caridad completamente purificada y consumada, cuando no se ama ninguna otra cosa». Si esto es verdadero, ¿cómo dice el Apóstol: Nadie odia nunca su propia carne4, y así exhorta a que los maridos amen a sus mujeres? Por eso he escrito «se dice propiamente caridad», porque la carne se ama de seguro, pero no propiamente, sino por el alma a la que sirve. En efecto, aunque parece que es amada por sí misma, cuando no queremos que sea deforme, su belleza ha de referirse a otra cosa, a saber: a aquello de donde procede todo lo bello.

La trigésima séptima: Del que es siempre nacido.

La trigésima octava: De la conformación del alma.

La trigésima novena: De los alimentos.

La cuadragésima: Puesto que la naturaleza de las almas es una, de dónde proceden las diversas voluntades de los hombres.

La cuadragésima primera: Habiendo creado Dios todas las cosas, por qué no las creó uniformemente.

La cuadragésima segunda: Cómo la Sabiduría de Dios5, el Señor Jesucristo, estuvo a la vez en el seno de su Madre y en el cielo.

La cuadragésima tercera: Por qué el Hijo de Dios apareció como hombre, y el Espíritu Santo como paloma6.

La cuadragésima cuarta: Por qué el Señor Jesucristo vino tan tarde.

Donde, al recordar las edades del género humano como edades de un solo hombre, he dicho: «No fue conveniente que viniese el Maestro divino, a cuya imitación sería formado (el hombre) en las mejores costumbres, sino a la edad de la juventud»; y añadí que: «A este propósito vale lo que dice el Apóstol: custodiados bajo la ley como párvulos bajo el pedagogo7. Pero puede preguntarse por qué en otra parte dije que «Cristo vino en la edad sexta del género humano, como en la senectud». Es decir, que eso que dije de la juventud se refiere al vigor y al fervor de la fe que obra por la caridad8; en cambio, lo otro de la senectud se refiere a la división de los tiempos. En realidad, ambas cosas se pueden entender en la totalidad de los hombres, lo cual no es posible en las edades de cada uno, como en el cuerpo no es posible que coexistan a la vez la juventud y la senectud; pero sí es posible en el alma, aquélla por la vivacidad, ésta por su gravedad.

La cuadragésima quinta: Réplica a los matemáticos.

La cuadragésima sexta: Sobre las ideas.

La cuadragésima séptima: Si alguna vez podemos llegar a ver nuestros pensamientos. Donde dije: «Los cuerpos angélicos, como nosotros esperamos tener, debemos creer que son luminosos y etéreos», si esto se entiende sin los miembros que ahora tenemos, y sin la sustancia, que, aunque incorruptible, con todo será de carne, es un error. Mucho mejor he tratado esta cuestión en la obra La Ciudad de Dios a propósito de si nosotros hemos de ver nuestros pensamientos.

La cuadragésima octava: De las cosas creíbles.

La cuadragésima novena: Por qué los hijos de Israel sacrificaban visiblemente las víctimas de animales.

La quincuagésima: ha igualdad del Hijo.

La quincuagésima primera: El hombre creado a imagen y semejanza de Dios9. ¿Qué significa aquí lo que dije: «Un hombre sin vida no se llama hombre rectamente hablando», puesto que se llama también hombre el cadáver del hombre? Así que debí decir: no se llama con propiedad, donde dije: «no se llama rectamente». Asimismo he dicho: «No sin razón se distingue que una cosa es la imagen y semejanza de Dios, y otra a imagen y semejanza de Dios, tal como entendemos que fue creado el hombre». Lo cual no hay que entenderlo como si al hombre no se le pudiese llamar imagen de Dios, diciendo el Apóstol: Es decir, el hombre no debe cubrirse la cabeza, siendo como es imagen y reflejo de Dios10. Pero se le llama también a imagen de Dios, porque el hombre no es llamado Unigénito, el cual es únicamente su imagen, no a su imagen.

La quincuagésima segunda: Sobre lo que está escrito: Me arrepiento de haber creado al hombre11.

La quincuagésima tercera: Sobre el oro y la plata que los israelitas recibieron de los egipcios12.

La quincuagésima cuarta: Sobre lo que está escrito: Para mí lo bueno es estar junto a Dios13. Allí dije: «Y a lo que es mejor que toda alma, a eso lo llamamos Dios»; más bien debí decir: «Mejor que todo espíritu creado».

La quincuagésima quinta: Sobre lo escrito: Sesenta son las reinas, ochenta las concubinas y sin número las doncellas14.

La quincuagésimo sexta: De los cuarenta y seis años de la edificación del templo15.

La quincuagésima séptima: De los ciento cincuenta y tres peces16.

La quincuagésima octava: Sobre Juan bautista.

La quincuagésima novena: Sobre las diez vírgenesm17.

La sexagésima: Sobre el día y la hora nadie sabe nada, ni siquiera los ángeles del cielo ni el Hijo del hombre, sólo y únicamente el Padre18.

La sexagésima primera: Sobre lo que está escrito en el Evangelio: Que el Señor alimentó a la multitud en el monte con cinco panes19. Allí dije: «Que los dos peces significan las dos personalidades, a saber, la personalidad regia y la personalidad sacerdotal, a las que estaba reservada aquella unción sacerdotal». Y debí decir más bien: principalmente «estaba reservada», porque a veces leemos que los profetas también eran ungidos. También dije: «Lucas, que ha insinuado a Cristo sacerdote, como ascendiendo después de la abolición de los pecados, sube por Natán hasta David20, porque había sido enviado el profeta Natán para corregir a David, quien, haciendo penitencia, alcanzó el perdón de su pecado», lo cual no debe entenderse como si el mismo profeta Natán fuese el hijo de David, porque yo no he dicho ahí que éste en persona era enviado como profeta, sino que «había sido enviado el profeta Natán», para que se comprenda que el misterio no está en el mismo hombre, sino en el mismo nombre21.

La sexagésima segunda: Sobre lo del Evangelio: Jesús bautizaba más que ]uan, aunque no bautizaba él personalmente, sino sus discípulos22. Lo que ahí dije: que «El ladrón aquel a quien dijo: En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso23, no había recibido el bautismo», por cierto he hablado que ya otros rectores de la santa Iglesia antes que yo lo han expuesto en sus escritos; sin embargo, yo no sé con qué documentos se puede demostrar suficientemente que el ladrón aquel no fue bautizado. Sobre esta cuestión he disputado con más detenimiento en algunos de mis opúsculos, sobre todo en el que escribí a Vicente Víctor Sobre el origen del alma”.

La sexagésima tercera: Del Verbo.

La sexagésima cuarta: Sobre la mujer samaritana24.

La sexagésima quinta: Sobre la resurrección de Lázaro25.

La sexagésima sexta: Sobre lo escrito: ¿Acaso ignoráis, hermanos, y hablo a gente entendida en leyes, que la Ley obliga al hombre sólo mientras vive?26, hasta el pasaje en que dice: Vivificará también vuestros cuerpos mortales por el espíritu suyo que habita en vosotros27. Aquí, queriendo explicar lo que dice el Apóstol: Y sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy carnal28, dije: «Es decir, yo consiento a la carne, cuando todavía no estoy liberado por la gracia espiritual»29. Esto no ha de entenderse como si el hombre espiritual, constituido ya bajo la gracia, no pudiera decir esto también de sí mismo, y lo que sigue hasta aquel pasaje donde digo: ¡Desgraciado de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?30, lo cual he aprendido después, como ya he confesado anteriormente. Más adelante, exponiendo lo que dice el Apóstol: Aunque el cuerpo estuvo muerto por el pecado31, yo repito: «Llama muerto al cuerpo, mientras es tal que molesta al alma con la indigencia de las cosas temporales». Pero más tarde me ha parecido mucho mejor entender que al cuerpo se le llama muerto precisamente porque ahora tiene la necesidad de morir que no tuvo antes del pecado.

La sexagésima séptima: Sobre lo que está escrito: Sostengo además que los sufrimientos del tiempo presente son cosa de nada comparados con la gloria futura que va a revelarse en nosotros32, hasta las palabras pues en la esperanza hemos sido salvados33. Aquí, cuando explico lo que está escrito: Y la misma criatura será liberada de la esclavitud de la muerte34, dije: «Y la misma criatura, es decir, el mismo hombre, que, habiendo perdido la huella de la imagen por el pecado, ha permanecido únicamente criatura». Lo cual no ha de entenderse como si el hombre hubiese perdido todo lo que tenía de la imagen de Dios. Puesto que si del todo no lo hubiese perdido, no habría razón para decir: Idos reformados en la novedad de vuestro espíritu35; y, nosotros somos transformados en la misma imagen36. Por el contrario, si lo hubiese perdido, no quedaría nada para poder decir: Aunque camine con la imagen, sin embargo se turba en vano37. Asimismo lo que dije que «los ángeles supremos viven espiritualmente, en cambio los ínfimos animalmente», lo he dicho de los ángeles inferiores con más audacia que el poder demostrarlo, bien por las Escrituras santas, bien por los mismos hechos; porque, aunque tal vez pueda probarse mi afirmación, será muy difícil poder hacerlo.

La sexagésima octava: Sobre lo escrito: ¡Vamos, hombre! ¿Quién eres tú para responderle a Dios?, donde dije «Porque cualquiera, ya sea por pecados más graves, ya hasta por los más graves y numerosos, sin embargo llega a hacerse digno de la misericordia de Dios por el gran quejido y dolor del arrepentimiento, no de él mismo, que, si fuese abandonado, perecería, sino del Dios misericordioso que atiende a sus ruegos y dolores. En efecto, es poco querer, si Dios no se compadece. Pero Dios, que llama a la paz, no se compadece si la voluntad no va por delante hacia la paz». Esto está dicho después del arrepentimiento. Porque es la misericordia de Dios la que previene también a la misma voluntad, y si no estuviese presente, la voluntad no sería preparada por el Señor38. A esta misericordia pertenece también la misma llamada que precede también a la fe”. Tratando poco después de este asunto he dicho: «Esta llamada que actúa, ya en los hombres singularmente, ya en los pueblos, y en el mismo género humano, según las oportunidades y circunstancias, es obra de una elevada y profunda providencia. Por esta razón le pertenecen también estos pasajes: En el seno materno te santifiqué39, y: Cuando estabas en los riñones de tu padre, te vi, y: Amé a Jacob y odié a Esaú40, etc. Aunque este testimonio: Cuando estabas en los riñones de tu padre, te vi, yo no caigo en la cuenta de dónde me ha venido como de la Escritura”.

La sexagésima novena: Sobre lo escrito: Entonces también el Hijo estará sujeto al que se lo sometió todo41.

La septuagésima: Sobre lo que dice el Apóstol: Se aniquiló la muerte con la victoria. Muerte, ¿dónde está tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley42.

La septuagésima primera: Sobre lo que está escrito: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo43.

La septuagésima segunda: Sobre los tiempos eternos.

La septuagésima tercera: Sobre lo escrito: Así por su porte tenido como un hombre44.

La septuagésima cuarta: Sobre lo que está escrito en la Carta de Pablo a los Colosenses: En quien nosotros obtenemos la redención y el perdón de los pecados, el cual es la imagen de Dios invisible45.

La septuagésima quinta: Sobre la heredad de Dios.

La septuagésima sexta: Sobre lo que dice el apóstol Santiago: ¿Quieres enterarte, hombre estúpido, de que la fe sin obras es inútil?46

La septuagésima séptima: Sobre si el temor es pecado.

La septuagésima octava: Sobre la beldad de los ídolos.

La septuagésima novena: ¿Por qué los magos del Faraón realizaron algunos milagros como Moisés, el servidor de Dios?47

La octogésima: Réplica a los Apolinaristas.

La octogésima primera: Sobre la Cuaresma y la Quincuagésima.

La octogésima segunda: Sobre lo escrito: Porque el Señor educa al que ama y da azotes a todo hijo que él recibe por suyo48.

La octogésima tercera: Sobre el matrimonio, a propósito de lo que dice el Señor: Si alguno repudia a su mujer, fuera del caso de fornicación (unión ilegal).

Esta obra comienza así: Utrum anima a se ipsa sit. Si el alma existe por sí sola.