Libro segundo

BAC vol. 34

Libro segundo

RÉPLICA A GAUDENCIO, OBISPO DONATISTA LIBRO SEGUNDO

Motivo de este libro

I. 1. Recibí, oh Gaudencio, tu respuesta; si respuesta puede llamarse la que has querido enviarme no fuera que, si te hubieras callado, dijéramos que habías quedado convicto. Pero no es lo mismo responder que no callar. Si fuera lo mismo habría que decir que ciertamente has respondido; pero de tal manera que aun los que pudieran esperar algo de ti se dan cuenta de que no has encontrado qué responder, y, sin embargo, has respondido para no callar. Así, precaviéndote de ser tenido como vencido, has conseguido demostrarlo. De lo cual son prueba suficiente tus mismos escritos, si son inteligentes los que los leen y los comparan con un diligente examen con los míos. Pero para mostrar esto con otros escritos, a fin de dar satisfacción aun a los ingenios medianos, se precisa una discusión un poco más extensa. Voy a acometerla si es necesario y el Señor lo quiere.

El testimonio de San Cipriano

II. 2. Ahora, en el entretanto, ya que has intentado afirmar, sobre todo con el testimonio del bienaventurado Cipriano, que vosotros sois católicos, considera un poco a qué Iglesia llamó él católica al defender su unidad. “La Iglesia -dice-, inundada de la luz del Señor, extiende sus rayos por el orbe entero; sin embargo, es una sola la luz que se difunde por todas partes, sin que se divida la unidad del cuerpo. Extiende sus ramos con abundante fecundidad a toda la tierra, expande más y más ampliamente sus fluidos ríos; pero hay una sola cabeza, una sola madre, abundante en frutos de fecundidad”.

¿Por qué, pues, vosotros no sólo os engañáis a vosotros mismos, sino que queréis engañar a los otros con mentiras desvergonzadas? Si, según el testimonio de este mártir, la Iglesia católica es la vuestra, mostrádnosla extendiendo sus rayos por el orbe entero; mostrádnosla propagando por toda la tierra sus ramos con abundante fecundidad. Por eso se denomina católica con vocablo griego. Pues lo que se dice en griego ÷ l o n , significa en nuestra lengua todo o universal. De suerte que k a y ’ ÷ l o n significa “a través de todo” o “según el todo” por lo cual se llama católica . Si sabes esto, ¿por qué simulas que no lo conoces? Y si lo ignoras, ¿por qué antes de hablar de lo que ignoras no preguntas a los que lo conocen?

Si esto no te place, busca alguna otra lengua, no la griega, en la cual demuestres que k a y ’ ÷ l o n no significa “a través de todo”, o “según el todo”, o “según lo universal”, y no te ampares en el testimonio de Cipriano. Porque, en verdad, él habla contra ti, que estás viendo lo que dice. Dice, atendiendo al término griego y a su significado, que la Católica se propaga y extiende por el orbe entero, por toda la tierra. Por tu parte está claro que defiendes, piensas, dices otra cosa, y mientras te apoyas en el testimonio de Cipriano, mientes teniéndole a él por testigo.

No abandonar la Iglesia por causa de los pecadores

III. 3. Así, pues, cuando se os pregunta cuál fue el motivo de saliros de esta verdadera y auténtica Católica que, inundada por la luz del Señor, extiende sus rayos por el orbe entero, propaga sus ramos con fecundidad abundosa por toda la tierra; cuando se os pregunta, repito, el motivo de vuestra salida, no encontráis nada justo que responder; no purgáis en absoluto con justificación alguna de excusa probable vuestra salida de esta Iglesia. ¿Qué otra disculpa aducís sino: “La necesidad obligó a que los justos dejáramos a los injustos?” La divina Escritura os responderá: El hijo malo se declara justo, pero no lavó su salida 1. Llama su salida ciertamente a aquella de la cual dice el apóstol Juan: De nosotros han salido 2, y en ningún modo la limpia, la defiende, la excusa, la purifica. A los justos no les toca en la Iglesia católica sino tolerar con toda paciencia a los malos que no pueden corregir o condenar; y no pueden salir del campo del Señor por causa de la cizaña 3, ni de la era del Señor por la paja 4, ni de la casa del Señor por los vasos viles 5, ni de las redes del Señor por los peces malos 6; con ello intentarían inútilmente justificar su salida.

Si con una argumentación más sutil intentases dar a estas sentencias evangélicas otro sentido, irías en contra del mismo bienaventurado Cipriano, cuyo testimonio utilizas; así lo hicisteis en nuestra Conferencia. Pues éstas son, al respecto, las palabras del citado mártir, en la carta que escribió a Máximo y a sus compañeros de confesión: “Aunque se ve -dice- que hay cizaña en la Iglesia, ello no debe impedir nuestra fe o nuestra caridad, de modo que, porque vemos que hay cizaña en la Iglesia, nos separemos nosotros mismos de ella. Nosotros solamente tenemos que esforzarnos por poder ser trigo; a fin de que, cuando el trigo comience a ser recogido en los graneros del Señor, percibamos el fruto por nuestra obra y fatiga. Dice el Apóstol en su carta: En una casa grande no sólo hay vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro; y los unos para usos de honra, los otros para usos viles 7. Nosotros procuremos y trabajemos cuanto podamos para ser vasos de oro o de plata. Por lo demás, el quebrar los vasos de barro sólo compete al Señor, a quien se ha dado el bastón de hierro 8. El siervo no puede ser mayor que su amo 9; que nadie se arrogue lo que el Padre sólo da al Hijo, hasta el punto de pensar que puede llevar la pala o el bieldo para ventilar y limpiar la era o separar del trigo, con juicio humano, toda la cizaña. Esto sería una obstinación soberbia o una sacrílega presunción, que se arroga la insensata locura; y mientras algunos se arrogan siempre más de lo que autoriza la mansa justicia, perecen fuera de la Iglesia; y mientras se ensalzan con insolencia, cegados por esa su hinchazón, pierden la luz de la verdad”.

Los pecadores no manchan a los buenos

IV. 4. ¿Verás al menos ahora que vosotros habéis levantado la voz contra Cipriano en nuestra común Conferencia, y le habéis resistido con vuestras peleas, en las que afirmabais que el campo de Cristo, del cual se dice: El campo es este mundo 10, no es la Iglesia, sino el mundo fuera de la Iglesia, de modo que hubiera cabida para la cizaña que se ve? Decíais que en la Iglesia no podía haber cizaña manifiesta. ¿Cuántas veces hemos aducido este testimonio de Cipriano, y no habéis osado oponerle abierta resistencia, pero tampoco habéis querido darle vuestro asentimiento? Al menos ahora te despiertas, escuchas, adviertes “que aunque se ve que existe cizaña en la Iglesia, ello no debe impedir nuestra fe y nuestra caridad, de suerte que, porque veamos que hay cizaña en la Iglesia, nos salgamos nosotros de ella”.

¿Por qué, pues, vosotros os separáis con un nefasto cisma de la unidad de esta Iglesia y persistís con herética presunción en la misma separación? Mira, ahí tienes a Cipriano: dale tu asentimiento o contéstale. ¿Observas cómo con esas palabras, con las cuales afirma que existe y se ve cizaña en la Iglesia y no es esto motivo para separarse de ella, destruye todas las calumnias de tus escritos? En ellos has llegado a tan grandes despeñaderos y, según vuestra costumbre, te has precipitado, hasta decir que incluso los cristianos que no conocen a los que pecaron en todo el mundo podían perecer por los pecados ajenos; sencillamente porque leíste en las santas Escrituras que alguien había robado de la materia señalada por el anatema 11, y que por este pecado un pueblo ajeno que lo ignoraba había sido condenado, sin darte cuenta de que aquellos castigos de los cuerpos mortales, esto es, las muertes de los que habían de morir, le habían servido al pueblo de útil terror; y que, en cambio, los pecados ajenos, sobre todo los desconocidos por ellos, no perjudicaron en nada a los mismos muertos en detrimento alguno de la vida futura.

¿Acaso dirías esto? ¿Acaso te atreverías a creer y afirmar que por los pecados ajenos ha perecido alguien ante Dios? ¿No has tenido a tus propios colegas, quienes al callar tú en nuestra Conferencia, quizá no atreviéndote a hablar, pensando así, sostuvieron con grandes discusiones que los pescadores ignoraban los peces malos presentes en las redes del Señor para no perecer con su contagio si los conocieran? ¿No te acuerdas, discutiendo sobre el tolerar a la paja de la era del Señor, esto es, la Iglesia, mezclada hasta el tiempo de la bielda, cómo al ser urgido Emérito, negó él y dijo: “No lees la palabra era?” Al amonestarle los suyos en secreto y más abiertamente nosotros, que le recordamos que el Señor había de venir con su bieldo en la mano para limpiar su era y recoger el trigo en el granero y quemar la paja con fuego inextinguible 12, al punto corrigió el error de su olvido, por el cual había negado que estaba escrito eso, pero no cambió su perversidad cismática o herética, por la que negaba que los buenos debían aguantar a los malos en pro de la unidad de la Iglesia, y a continuación dijo que con el nombre de paja se designaba a los malos ocultos, para así conservar con un celo especial por vuestra causa que los malos desconocidos no podían contaminar a ninguno de los buenos.

He aquí cómo el ilustre patrón de vuestro partido, aun oponiéndote tú, echó a perder el fruto de sus esfuerzos. Aquél, ciertamente para salvaguardar la salud de los buenos, dice que los malos que permanecen en la Iglesia son ignorados por los buenos, a fin de que no los pierdan en caso de ser conocidos y tolerados; tú, en cambio, has afirmado que los buenos perecen con el contagio de los malos, aunque sean desconocidos. Y no te asustaron tantos de los vuestros ocultos desde el principio, deshonestos, criminales e impíos, quienes, según tu opinión, os echaron a perder a ti y a todos los vuestros sin daros cuenta vosotros. Pero aun ahora no te ha estremecido el que quizá alguno de los vuestros pecara y te perdiera a ti mientras dices esto. ¿Será porque, al darte cuenta de que pereces por tus hechos conocidos, no temes perecer a consecuencia de los ajenos desconocidos?

La cizaña, visible en la Iglesia

V. 5. ¿Qué es lo que puedo desearte para ti, sino que lleguemos a encontrarte a fin de que no te agrade perecer? Pues ¿qué esperanza nos queda a nosotros que estamos de acuerdo con Cristo el Señor, con los Profetas, los Apóstoles y el santo Cipriano, en que hay que soportar por el vínculo de la unidad aun a los malos conocidos, si no podemos corregirlos ni castigarlos? O ¿qué esperanza os queda a vosotros que aprobáis la separación corporal de los malos antes de la cosecha, de la bielda y de la orilla? Suponiendo que fuera verdadera tu opinión de que “cualquiera perece por los pecados que comete y por los ajenos, aunque ignore que se han cometido”. Si esto es así, sin duda vuestros antepasados, que se separaron, como pensáis, de los malos conocidos, perecieron por los que desconocían.

Con palabra mucho más veraz responde el venerable Cipriano no sólo a ti, que, al decir que el hombre perece por los pecados ajenos, ya los conozca, ya los ignore, no soportas sin duda que nadie quede inocente, sino también al mismo Emérito, que con una opinión mucho más aceptable, aprisiona en la comunión de los sacramentos a los hombres sólo por los pecados ajenos que conoce, los libera, en cambio, de los que desconoce; y su respuesta es que, no obstante crecer juntos, el trigo no perece a causa de la cizaña, no la que está fuera, sino la que está dentro de la Iglesia, no sólo la oculta e ignorada, sino la bien conocida y manifiesta.

Pienso que está ciego no sólo en la carne, sino en la misma mente, quien se esfuerza por defender que está oculto lo que se ve bien. Mas cuando aquel bienaventurado exhorta a no separarse de la Iglesia ni aun por la cizaña que hay en ella, no lo hace precisamente por la que está oculta, sino más bien por la que se ve. Ella es, en efecto, la que puede perturbar a los que la ven, si la sabiduría no los hace pacientes. Porque ¿cómo aprenderíamos nosotros que no debemos apartarnos a causa de la cizaña oculta si no sabemos siquiera que existe? “Aunque se ve -dice- la cizaña que hay en la Iglesia”. “Se ve”, dice, no “se cree por una sospecha”. Y para que nadie crea que se dijo “parece que existe”, como si no existiera, sino que sólo lo parecía, pone en claro en las palabras que siguen lo que ha dicho: “Sin embargo, no debe impedir ni nuestra fe ni nuestra caridad, de modo que, como vemos que existe cizaña en la Iglesia, nos separemos de ella”. No dice: “Sospechamos, juzgamos, creemos, opinamos”, sino “vemos”. Así no creían que existiese oculta la cizaña, sino que la veían manifiesta aquellos que dijeron al padre de familias: ¿Quieres que vayamos y la arranquemos?, refiriéndose a aquella de la que había dicho: Cuando creció la hierba y dio fruto, entonces apareció la cizaña. Él les respondió: No, no sea que, al querer arrancar la cizaña, arranquéis con ella el trigo, y: Dejad que ambos crezcan hasta la siega 13.

Sin embargo, tú dices -en lo cual ¿qué haces sino contradecir al Señor?- que sólo la cizaña creció por el mundo, y que en casi todo el mundo disminuyó y pereció el trigo, precisamente cuando la Iglesia en su crecimiento no ha llegado aún a algunos pueblos. Ahora bien, es preciso que se predique el Evangelio en todo el mundo, y que entonces venga el fin. Sin ambigüedad alguna anunció el Señor qué había de suceder 14.

El escaso número de los buenos ya lo anunció Cristo

VI. 6. Ves que, según el testimonio de Cipriano, la Iglesia se llama Católica de la palabra “todo”, y que no está sin malos descubiertos, por los cuales, sin embargo, manifiesta que no hay que abandonarla. En ella hay buenos, muchos en sí mismos, pero pocos sin duda si se comparan con la cizaña o la paja. No fuera, sino en ella tiene lugar lo que el mismo Señor dice: Porque abundó la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos 15. Y allí se encuentra también el pueblo extendido por todas partes, al cual se dice: El que persevere hasta el fin, ése se salvará 16. Son rarísimos en absoluto los que tienen la fe como un grano de mostaza, capaz de trasladar los montes. De esta fe decía el Señor: Crees que vendrá el Hijo del hombre, pero ¿encontrará fe en la tierra? 17, no de la apostasía del orbe entero, como lo entiendes tú al revés.

No deberían reconocer el bautismo dado por Feliciano

VII. 7. Además, respecto al bautismo que piensas que no existe sino en la Iglesia, nos atacas porque defendemos que los que vienen de las herejías, si ya han sido bautizados, no deben ser bautizados de nuevo; al respecto, es suficiente que no fuiste capaz de responder cómo pudo bautizar Feliciano condenado y estando fuera de vuestra iglesia, y a quien luego quisiste en vano colocarlo entre aquellos a quienes concedisteis el plazo.

Lee la sentencia de vuestro concilio de Bagái; en ella, tras las muchas y durísimas acusaciones lanzadas contra aquéllos, mucho más graves que las dirigidas contra Ceciliano cuando vuestros antepasados lo condenaron estando ausente y siendo inocente; en ella quedó clara la condenación manifiesta e indudable de aquéllos en los siguientes términos: “Sabed que según el arbitrio de Dios que preside han sido condenados por la boca verídica del concilio los famosos reos de crimen Victoriano de Carcabia, Marciano de Sulecto, Bejano de Bejana, Salvio de Ausafa, Teodoro de Usula, Donato de Sabrata, Migene de Elefantaria, Pretextato de Asuras, Salvio de Membresa, Valerio de Melzi, Feliciano de Musti y Marcial de Pertusa, quienes con una obra funesta de perdición colaboraron en la formación de un vaso afrentoso lleno de inmundicia; así como también lo han sido los en algún tiempo clérigos de la iglesia de Cartago, quienes al asistir al crimen, sirvieron de alcahuetes a un incesto ilícito”.

Y luego comienza con la concesión de un plazo para los demás con estas palabras: “Permitimos, en cambio, tomar a la madre iglesia a quienes no mancharon los retoños del vástago sacrílego, esto es, a aquellos que por el pudor verecundo de la fe apartaron sus propias manos de la cabeza de Maximiano”.

Lo que hay que decir sobre estas cuestiones, ya queda suficientemente explicado en la carta que anteriormente te escribí. Cualquier lector un poco avisado no podrá dudar que no pudiste en absoluto responder a dicho pasaje.

La Iglesia nunca repitió” el bautismo

VIII. 8. Así es que en vano te parece a ti que en esta cuestión deben acatarse los concilios de Agripino y Cipriano, ya que vosotros mismos los habéis arrinconado cuando recibisteis sin reiterar el bautismo a los bautizados fuera de vuestra comunión por los condenados, contra los cuales os querellasteis para que fueran excluidos de las basílicas.

Ahora bien, sobre la sentencia de Cipriano o de sus colegas, a los que entonces pareció bien que era preciso bautizar a los que venían de los herejes, es demasiado largo discutir como conviene. Pero resuélveme tú, si puedes, esta breve cuestión. Cuando Cipriano, obispo de la iglesia de Cartago, rebautizaba a los que venían de la herejía, Esteban, obispo entonces de la iglesia de Roma, aceptaba a los herejes con el mismo bautismo que habían recibido fuera; y ambos, practicando cosas tan diversas, permanecían en la unidad católica.

Dime: en aquel tiempo en que según vosotros recibía sin el bautismo a los culpables de todos los crímenes por medio de Esteban y sus colegas en el orbe entero, que eran partícipes de su opinión, ¿había perecido la Iglesia por el contagio o no había perecido? No podrás decir que éstos eran malos ocultos, aunque tú afirmas que perjudican y causan la muerte aun los ocultos. Así es que cualquier homicida, o incluso parricida, un adúltero, un incestuoso, un idólatra, finalmente, no sólo el traditor por miedo de los códices santos, sino quien torturó cruelmente para que se entregaran, y el violento agente de extorsión, y el más furibundo incendiador voluntario o forzoso, bautizados entre los herejes, al acudir a Esteban y a sus socios, fueron recibidos según vosotros sin el bautismo. Ves, por consiguiente, que todos los crímenes de los hombres, si es verdad lo que pensáis acerca del bautismo, se hallaban reunidos entonces en la Iglesia sin el bautismo.

Responde si Cipriano se manchó con estos crímenes en la misma unidad, responde si la Iglesia pereció o no pereció. Elige lo que hayas pensado. Si ya entonces había perecido, ¿cuál es la que engendró a Donato? Pero si no pudo perecer con tantos como se le agregaron sin el bautismo, responde, por favor, cuál fue la demencia que persuadió al partido de Donato a separarse de ella, como tratando de evitar la comunión de los malos.

  1. El bienaventurado Cipriano pensó sobre el bautismo de manera distinta a como lo mostró primero la verdad por la costumbre y luego un razonamiento más atento. Dios no quiera que por ello alguien de nosotros, en desacuerdo con lo que él piensa, tenga la osadía de anteponérsele. Sus otros grandes y numerosos méritos y el espíritu desbordante de caridad, mediante el cual permaneció rebosante de paz con los colegas que pensaban de otra manera, y su martirio glorioso en la unidad de la Iglesia, demostraron a la perfección que él fue un sarmiento fructífero en la raíz de Cristo, que el Padre purificaría de ese error para que pudiera aportar un fruto mayor. Así, en efecto, dice el mismo Jesús: Todo sarmiento que en mí dé fruto lo poda mi Padre para que dé mayor fruto 18. Demuestra que incluso en los sarmientos fructuosos el viñador del cielo encuentra algo que purificar. ¿Quién de nosotros puede compararse con el apóstol Pedro, aunque nunca hayamos forzado a judaizar a los pueblos, cosa que hacía él 19 cuando no caminaba rectamente según la verdad del Evangelio? Por eso, al ser corregido por el apóstol Pablo, inferior a él, con una saludable amonestación, dejó a la posteridad un ejemplo más útil de humildad que si no hubiera existido en él nada digno de corrección.

Elocuente testimonio por la paz que nos legó Cipriano

IX. 10. Por consiguiente, establecidos en esta Iglesia, que no pudo ni podrá perecer por el contagio de los malos, ya ocultos, ya también manifiestos, no tememos calumnia alguna, venga del hombre que venga. Pues si son malos, los buenos sin duda o los desconocen o al manifestarse los condenan en sus tribunales según las leyes eclesiásticas; o también, si los conocen y no pueden condenarlos al no haber sido acusados ante ellos ni quedado convictos, los toleran, en bien de la paz de la Iglesia, no sólo sin merecer reprensión, sino aun haciéndose acreedores al elogio; ni, rompiendo las redes del Señor a causa de los peces malos, se separan, para su condenación, antes de llegar a la ribera. Si quieren hacer esto, dejando de lado los innumerables testimonios sacados de las divinas Escrituras que se lo prohíben, los retiene ciertamente el testigo que tú citaste, el bienaventurado Cipriano, que clama y atestigua: “Aunque se ve que hay cizaña en la Iglesia, no debe impedir nuestra fe y nuestra caridad; de modo que, aunque veamos que hay cizaña en la Iglesia, nos separemos nosotros mismos de ella”.

Y nos exhorta no sólo con la palabra, sino también con su ejemplo, ya que soportó por el vínculo de la unidad a sus colegas que se apropiaban de las propiedades con insidiosos fraudes, que aumentaban sus intereses multiplicando las usuras, cuya avaricia comprendió, conforme al Apóstol que no era un vicio ligero, sino una idolatría 20; y no por eso se hizo uno de tantos por el contagio. Se separó de ellos por la diversidad de sus costumbres, no por la división de los sacramentos; y no tocó nada inmundo, pero alejándose con horror de sus hechos, no reuniendo aparte al pueblo.

Vosotros, en cambio, mientras tomáis en sentido carnal lo dicho por el profeta Isaías: Apartaos, salid de en medio de ellos y separaos, dice el Señor, y no toquéis cosa inmunda 21, y cosas semejantes que se dicen en las Escrituras; mientras tomáis, digo, no en sentido espiritual, sino carnal, estas cosas, aparecéis ni más ni menos como aquellos que condenaba el mismo profeta porque decían: No me toquéis, porque soy puro 22.

Finalmente, cuando juzgasteis bien al revés que debíais evitar los pecados ajenos, cometisteis otros propiamente vuestros: un sacrílego cisma al dividir a los pueblos, y una sacrílega herejía al juzgar con espíritu impío contra las promesas anunciadas y cumplidas por Dios en relación con la Iglesia difundida por el orbe entero. Pues si, como piensas y reprendes nuestro hablar, una y la misma sociedad de los hombres perdidos no es a la vez cisma y herejía, no hubiera dicho el bienaventurado Cipriano en la misma carta, de donde he tomado este testimonio sobre la cizaña que se halla en la Iglesia, a los confesores que felicitaba por haberse librado del cisma de los novacianos: “Lamentaba con gran dolor y me veía muy angustiado por no poder estar en comunión con aquellos a quienes ya había comenzado a amar, ya que al salir de la cárcel os ha aceptado el error del cisma y de la herejía”. No quieras, pues, contra una verdad tan clara o declinar falazmente una y otra cosa, o elegirte una de las dos, la que parece más suave, ya que eres cismático por tu separación sacrílega y hereje por tu doctrina sacrílega.

Las verdades que tienen los donatistas fueron recibidas de la Iglesia

X. 11. No os ufanéis de que no declaramos nulo vuestro bautismo. No es propiamente vuestro, sino de la Iglesia católica que seguimos, de la cual lo llevasteis, cuando os apartasteis, no para vuestra salud, sino para vuestra perdición. Pues los vasos del Señor habían permanecido siendo santos, aun entre los extranjeros. Por eso el rey que tuvo la osadía de usarlos afrentosamente fue castigado por la ira de Dios. Tampoco el arca de la Alianza capturada por los enemigos perdió en modo alguno su poder de santificación. Luego si aquellos objetos santos, que entonces de tal manera estuvieron con los extraños que dejaron de estar con sus dueños, en modo alguno pudieron perder su fuerza de santificación, ¿cómo la conservarán los sacramentos cristianos, cuando pasan a los herejes sin dejar de estar entre nosotros? Esto es lo que te dije en mi escrito, lo que os dijimos también en la Conferencia, y que vosotros juzgasteis más bien eludirlo, porque no pudisteis dar respuesta. Ni más ni menos como dice de algunos el Apóstol: Aprisionan la verdad en la iniquidad 23, vosotros retenéis la verdad del bautismo en la iniquidad del error humano.

Nosotros no debemos declarar nula, por causa de vuestra iniquidad, la verdad que no es vuestra. Y como se entiende que el mismo Apóstol se refería a los pueblos idólatras al escribir: Aprisionan la verdad con la injusticia 24, tú, como en respuesta a mi carta, me pediste que demostrara qué es lo que el Apóstol no rechaza en el sacrilegio de los gentiles, qué no condena acerca de su culto impío. Como si pudiera no rechazar y condenar lo que hay de sacrílego e impío, como lo hacemos nosotros respecto a vuestro cisma y vuestra herejía. En cambio, ciertas afirmaciones verdaderas de algunos filósofos de los gentiles sobre el Dios desconocido no sólo no las rechazó el Apóstol, sino que se sirvió de su testimonio cuando lo juzgó necesario. Así, dirigiéndose a los atenienses, dice de Dios: En él vivimos, y nos movemos y existimos, como algunos de los vuestros han dicho 25. Esta verdad de sabiduría, que el bienaventurado Pablo no sólo no destruía, sino que incluso se servía de ella para instruirlos, esa verdad la retenían en la iniquidad de su idolatría, que la doctrina del Apóstol abatía con los recursos del mismo Apóstol.

De idéntica manera nosotros no rechazamos, sino que reconocemos las verdades que vuestros antepasados recibieron en la verdadera Iglesia católica y os transmitieron a vosotros; en cambio, sí rechazamos vuestro sacrilegio cuando os convertís o lo execramos si persistís obstinados.

Disquisición sobre la palabra “religión”

XI. 12. En realidad, en una sola palabra del tribuno, expuesta con bastante diligencia, has resuelto cabalmente toda la cuestión y cuanto se ventila entre nosotros. Al decirte yo: “Tampoco se lee en la carta del tribuno que tú hayas invocado en la verdad el nombre de Dios”, ya que en absoluto había leído allí tal palabra, respondiste: “Te engañas, o mejor, quieres engañar. Las palabras del tribuno son éstas: Que no se diga que obra tan grande de la casa del Señor, donde tantas veces invocaste el nombre de Dios y de su Cristo, ha sido reducida a cenizas por Tu Religión allí establecida. Comprende que lo que se llama religión en la verdad, en la falacia se denomina superstición”.

¿Cuándo iba a advertir yo esto? ¿Cuándo iba a razonar así? ¿Cuándo iba a demostrar así una cosa por la otra? Lo confieso, esto escapa a la escasa agudeza de mi ingenio; y por esto, créeme, pude haberme engañado allí; en ningún modo, como dijiste, quise engañar con la palabra. Así, pues, el tribuno, como hombre de la milicia, se equivocó, de modo que a quien creía un hereje le dijo: “por Tu Religión”, cuando la herejía no es religión, sino superstición, y la religión se define en sentido propio con referencia a la verdad, no a la falsedad.

Así es que según esta exposición tuya, el verdadero culto de Dios se llama religión, y el falso, superstición. Por consiguiente, escúchate a ti mismo, préstate atención a ti mismo, y no rehusarás en absoluto seguirnos. Pues escribiendo al mismo tribuno, en el principio de tu carta ponías estas palabras: “Al venerable y, si así lo aceptas, muy deseable para nosotros, Dulcicio, tribuno y notario, Gaudencio obispo”; y luego añadías: “Recibí la carta de Tu Religión”.

¿Por qué dudas aún venir a nosotros? Ahí tienes al tribuno Dulcicio; siendo hombre de nuestra comunión, según tu testimonio, no sigue una superstición, sino la religión; y en conformidad con ello, mantiene no el falso, sino el verdadero culto de Dios, según tu exposición. Por tanto, más bien él que tú está en la Católica, ya que tú estás tan lejos de equivocarte en el significado de esta palabra, que explicas diciendo que la religión dista tanto de la superstición cuanto dista la verdad del error.

Aquel hombre, en cambio, militar como ya dije, y no tan erudito en el uso exacto de las palabras, no sabía qué era la religión. Lejos pues de mí el decir que te engañaba adulándote. En cambio, tú, que arguyes recurriendo al Profeta contra aquellos con quienes disputas y clamas: ¡Ay de los que llaman a lo dulce amargo y a lo amargo dulce, y a las tinieblas luz y a la luz tinieblas! 26; si es superstición lo que tiene Dulcicio con nosotros, ¿por qué la llamaste religión? Y si dijiste verdad, ¿por qué, aferrándote a la superstición, rechazas la religión católica? Sigue, por consiguiente, tu testimonio; sobre todo teniendo en cuenta que los mismos vuestros, cuando lleguen a saberlo, quizá no se mantendrán en comunión contigo, porque mediante esa palabra has entrado en comunión con el tribuno Dulcicio.

Ea, hermano Gaudencio, procura no perder la oportunidad que Dios te ha proporcionado por tu propia lengua. ¿Te enojas acaso porque te llame hermano? Sí, ya rechazasteis también este nombre en nuestra común Conferencia, mostrasteis así que fue a nosotros a quienes mandó el Señor por el Profeta: Decid “sois hermanos nuestros” a los que os aborrecen y os detestan 27, y que vosotros, en cambio, estáis en el número de los que odian y detestan a quienes dijo eso el Señor. Ciertamente no puedes negar que tú llamaste religión al culto en que se encuentra el tribuno Dulcicio. Por eso te envió aquella carta, para que no te dieras muerte y para que entraras en comunión con la Iglesia en que él se encuentra. En consecuencia, si la suya es una religión, la tuya es una superstición. Aunque mutuamente os hayáis dicho eso, prefieres decir que es él y no tú el que ha dicho una cosa falsa.

Trata de justificar la intervención imperial

XII. 13. Por lo cual, teniendo en cuenta tu testimonio tan verdadero y tu exposición tan exacta, ya que a lo que se adhiere el tribuno Dulcicio es la religión, sin duda es la religión por la que la orden del emperador te impulsa a nuestra comunión. De donde se sigue que también es religión aquella por la cual el emperador cristiano piensa que es de su incumbencia procurar que no se peque impunemente contra las cosas divinas; tú, en cambio, no quieres que se preocupe sino de las que se relacionan con la república terrena. Por ello dijiste, olvidado de lo que habías leído, que el rey de los ninivitas no había mandado al pueblo que hiciera penitencia. Estas son precisamente las palabras que me dirigiste: “¿Por qué -dices- engañas a los desgraciados? Dios mandó a Jonás, el Señor envió un profeta al pueblo; nada semejante mandó el rey”. Atiende a lo que está escrito, y no te enojes más que contra ti mismo, que o no recuerdas las Escrituras divinas, o eres tú más bien quien engaña a los desgraciados: Se levantó Jonás y se dirigió a Nínive, según la orden del Señor. Era Nínive una ciudad grandísima, que tenía tres días de camino. Y comenzó Jonás a recorrer la ciudad, y anduvo por ella un día clamando y diciendo: Dentro de tres días Nínive será destruida. Y creyeron los ninivitas al Señor, y publicaron el ayuno, y vistieron todos de saco, chicos y grandes. Cuando llegó la noticia al rey de Nínive, se levantó de su trono, se despojó de sus vestiduras, se vistió de saco y se sentó sobre ceniza. En seguida se publicó en Nínive una orden del rey y de sus principales magnates que decía: ni hombres, ni bestias, ni ovejas, ni bueyes coman algo ni salgan a pacer ni a beber. Hombres y bestias cúbranse con sacos. Clamaron con todo ahínco al Señor, y se apartó cada cual de su camino de maldad y de iniquidad 28.

¿Te das cuenta al fin de que el rey se preocupó de lo que a ti no te parece bien que sea objeto del cuidado de los reyes? Cierto, para que se llevara a cabo con más celo lo que se hacía con menos del que convenía. Los ninivitas no fueron forzados a la penitencia por el rey mediante confiscaciones, proscripciones y terror de los soldados, porque observaron obedientemente lo que les mandaron. Así pues, no ponemos de relieve que este pueblo haya sufrido estas cosas, porque tampoco tú destacas que el rey haya sido menospreciado.

Así, cuando los reyes mandan con temor religioso lo que se ajusta al querer de Dios, si cada uno obedece empezando por el temor y llegando al amor, recibe la paz de parte del Señor; no la que da el mundo, ya que el mundo concede la paz en vista de una utilidad temporal; Dios, en cambio, en vista de la salvación eterna. Así pues, como es religión la que practica el tribuno Dulcicio, y no puedes negar tus propias palabras, es superstición el partido de Donato, del cual quiere apartarte la religión de aquél: superstición es el querer quitarte tú la vida, cosa que a toda costa quiere impedirte la religión de aquél; superstición es lo que tú rechazas en relación con lo que es objeto de la preocupación del emperador, y que la religión de aquél trató de llevar a cabo.

Retorna al apoyo de san Cipriano

XIII. 14. Por tanto, como tu palabra ha dejado zanjada la cuestión, suplico por el Dios de la religión, por el Dios de la verdad, que se acabe también ya de una vez tu error. Es la misma Iglesia de Cristo, hermano, la que en este tiempo se dilata creciendo por el orbe entero de la tierra, conteniendo en su seno malos y buenos que han de ser separados en la última bielda. Y como colofón te hablaré con las palabras de quien tuviste a bien citar como testigo del nombre católico. “Ella es la que, inundada de la luz del Señor, extiende sus rayos por el orbe entero; extiende sus ramos con abundante fecundidad a toda la tierra”. Por consiguiente, “aunque se ve que hay cizaña en la Iglesia, no debe impedir nuestra fe y nuestra caridad; de modo que, porque vemos que hay cizaña en la Iglesia, nos separemos nosotros mismos de ella. Nosotros solamente tenemos que esforzarnos por poder ser trigo; a fin de que, cuando el trigo comience a ser recogido en los graneros del Señor, percibamos el fruto por nuestra obra y fatiga. Dice el Apóstol en su carta: En una casa grande no hay sólo vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y los unos para usos de honra, los otros para usos viles 29. Nosotros procuremos y trabajemos cuanto podamos para ser vasos de oro o de plata. Por lo demás, el quebrar los vasos de barro sólo compete al Señor, a quien se ha dado el bastón de hierro. El siervo no puede ser mayor que su amo; que nadie se arrogue lo que el Padre sólo da al Hijo, hasta el punto de pensar que puede llevar la pala para ventilar y limpiar la era, o separar del trigo, con juicio humano, toda la cizaña. Esto sería una obstinación soberbia o una sacrílega presunción, que se arroga la insensata locura; y mientras algunos se arrogan siempre más de lo que autoriza la mansa justicia, perecen fuera de la Iglesia; y mientras se ensalzan con insolencia, cegados por esa su hinchazón, pierden la luz de la verdad”.

Estas son palabras del bienaventurado Cipriano, no mías; es decir, palabras de quien, en el exordio de tu escrito, nos propusiste como testigo bien escogido del nombre católico, y encareciste con muchos elogios. Más que palabras suyas, al ser verdaderas y divinas, son de Dios. Ahí tienes qué oír; ahí tienes de qué guardarte para que, con la ayuda de la misericordia del Salvador, mantengamos juntamente la caridad católica, crezcamos juntos por todas partes con el trigo de él, toleremos juntos hasta el fin la cizaña, vivamos juntos sin fin en su granero.

Ves ya claramente cómo, sin pretender defensa alguna de Ceciliano o de cualesquiera otros que pensáis debemos acusar, la Católica se mantiene con vigor y firmeza propios. Aunque nuestra común Conferencia haya justificado a Ceciliano, y sea dudosa la acusación e injusta la condenación de los otros a quienes calumniáis. Pero es sumamente necio que con un razonamiento extraviado vinculemos a causas humanas la causa de la Iglesia, que se encuentra apoyada y protegida con testimonios divinos. Aunque viéramos con toda claridad que existen en ella malos, y no pudiéramos ya separarlos de los sacramentos de la Iglesia, en modo alguno eso debe impedir nuestra fe o nuestra caridad hasta el punto de deber separarnos de la Iglesia porque veamos que éstos se encuentran entre la cizaña en la Iglesia.

Si piensas contestar, no dejes de lado la causa y andes vagando en cuestiones accesorias. Mira bien los argumentos que se han debatido, y contesta no con evasivas falaces, sino con argumentos racionales. Lo que has logrado en tu famosa y prolija respuesta, o mejor, lo que no has logrado, si pareciere necesario y el Señor me ayuda, lo mostraré con más diligencia en otra obra.