Capítulos XI-XX

BAC vol. 29

Capítulos XI-XX

ANOTACIONES AL LIBRO DE JOB

Capítulo XI

Palabras de Sofar de Naamat: ¿No te parece que el locuaz parece justo?1 Estima que Job es más rico en dichos que en hechos. Feliz el nacido cuya vida es breve. No está de acuerdo con su opinión, que se le antoja farragosa, pero vacía. Y no hay nadie que te replique2. Porque cuando hablaba, nadie le contradijo. Pero ¿cómo te va a hablar el Señor?3 Es preferible que hables de cosas que te atraigan la piedad de Dios. Su acción sobre ti será de doble efecto: de enmienda y de consuelo. Y entonces sabrás que el Señor te ha pagado merecidamente por lo que pecaste4: cuando a la corrección le sigue la iluminación. ¿O encontrarás las huellas de Dios5 hasta el punto de atreverte a reprenderle? Muy alto está el cielo, ¿qué vas a hacer6 para rastrear los arcanos celestiales? No debes increpar a aquel cuyas obras no comprendes. ¿Quién se atreve a decirle: qué has hecho?7 También esto está bien hecho si es que lo ha hecho Dios, porque Dios no puede hacer cosas si no las hace bien. El conoce a fondo las obras de los malvados8: su obrar no es fruto de la maldad. Por eso, pretende que se entienda que éste, a quien considera malvado, reprendió a Dios de manera insensata, puesto que pensó que él hablaba así. Pero el hombre actúa de manera distinta, con palabras de duda y vacilación: unas veces le satisface Dios, otras le resulta algo desabrido, como si Dios no gozara de estabilidad. Y el hombre nacido de mujer será como el asno salvaje en el desierto9: respirando ansias de libertad, incapaz de aguantar al que trata de dominarle o domarle. Y tendiendo tus palmas hacia él10: para que acoja tus obras. Si hay alguna iniquidad en tu mano. Lo ha repetido dos veces, pero con distinto orden. Y no permitas que la iniquidad more en tu tienda11. Se refiere al corazón. Entonces brillará tu cara como el agua limpia12: la conciencia. Como ola que no pasa, y no sentirás miedo13: a no ser que les afecte a todos en esta vida. Y tu oración será como la estrella de la mañana14; será algo previo a la iluminación. Toda esta exposición aparece como oída, revelada y perteneciente a la profecía de la ciudad santa o al pueblo de Dios, tal como lo expusieron los amigos de Job. Y tu cara se verá muy solicitada15. Todo esto es aplicable a la Iglesia.

Capítulo XII

Palabras de Job: El justo irreprochable se convirtió en objeto de irrisión16. Se entiende aplicado al Señor con este sentido: No es extraño que yo haya caído en el ridículo ante vosotros. Y su tienda para que la destruyan los saqueadores: Iglesia y perseguidores. Pero que nadie confíe, siendo malo, salir impune17, porque el juicio comienza por la casa de Dios18. Que no se hagan ilusiones como si este interrogatorio nada tuviera que ver con ellos19. No obstante, pregunta a las bestias por si te responden20. Por eso es muy lógico que se haga esta requisitoria a los malvados, ya que pudieron conocer al Creador por sus obras y darle el culto pertinente. No tenían por qué ser aleccionados por la respuesta de las criaturas, ya que contaban con la luz de la razón para saber todo esto. Si no tiene en su mano la vida de todo ser viviente: el hecho de que Dios haya creado todas las cosas se evidencia por la sencilla razón de que la vida de todos los seres vivientes está en sus manos. Y el soplo de toda carne de hombre21: de toda carne humana, es decir, el alma racional. El oído es el que analiza los discursos22. Al igual que los sentidos están familiarizados con las cosas sensibles, lo propio le ocurre al espíritu con las cosas espirituales. Este espíritu debió conocer las obras del Señor, puesto que está en las manos de Dios. En los muchos años está la sabiduría23: por supuesto que no está en los muchos años, sino en el Señor a quien hay que pedirla. Si él destruye, ¿quién edificará?24 Si destruye mediante su poder y cierra las puertas mediante su sabiduría para cortar el acceso a ella. Si retiene las aguas, vendrá la sequía del campo: el agua es esta misma sabiduría, el campo es el hombre. Pero si las suelta, hacen estragos en el campo25: ante la avalancha de sabios, se sentirán perplejos los pecadores. El que lleva cautivos a los consejeros. Somete a yugo a quienes se piden consejo a sí mismos. Ya los jueces de la tierra les infundió pánico26: a los judíos, a Pilato, a los que juzgan con criterios terrenales. El que sienta a los reyes en el trono: es decir, a los apóstoles. Y les ciñó los lomos con cinturón27: es decir, con la continencia. Hace andar cautivos a los sacerdotes28: de modo que son conducidos por hombres. Referencia a los judíos. El que cambia los labios de los fieles: los transforma para bien, a fin de que no presuman de su justicia personal, sino de la gracia de Dios. Y conoció el juicio de los ancianos29: le agrada la inteligencia o buen sentido de los ancianos. Relacionado con todo lo anterior está el pasaje: Habéis sido conocidos de Dios30, y su contrario: No os conozco31. Acertadamente ha comenzado por la fe y ha llegado a las canas de la inteligencia. El que desvela las profundidades de las tinieblas: franqueando las profecías. Y saca a la luz la sombra de la muerte32, es decir, haciendo que se conozca esta vida, que es sombra de la muerte. Engañando a las naciones y entregándolas a la destrucción: pensando perjudicar a la Iglesia de Dios mientras los perjudicados eran ellos. Interprétese como una aplicación a los malvados. Embridando a los pueblos y llevándolos al camino33: a la humildad, como al asno de marras. Reconciliando los corazones de los príncipes del país de la tierra: reconciliando consigo tanto a los judíos como a los reyes de la tierra que con anterioridad habían perseguido a la Iglesia. Y engañólos por caminos desconocidos34: socavando las obras de la Ley para que las comprendieran con sencillez. Por eso le catalogaron como pecador. Y ese error les entenebreció como a un borracho35.

Capítulo XIII

Y argüiré en su presencia si le place36: para acusarse a sí mismo. Es una característica de la confesión. Y todos vosotros sois curadores de malos37. Exactamente porque estáis incapacitados para curar a los buenos con vuestro consuelo. Oíd, pues, la reprensión de mi boca38: dirigida contra vosotros. Y en presencia suya proferís engaños39: deseando que se os tenga por justos, cosa que no sois. ¿Queréis escamotear el hecho de que sois jueces vosotros mismos?40 ¿Es que podéis pasarlo por alto y no juzgar que digo la verdad sobre vosotros? Si, pues, todo lo hacéis, agregaos a él41. O sea que, aunque cumpláis todos los mandamientos, todavía hallará en vosotros cosas dignas de reprensión. Nadie es justo en su presencia. Y si secretamente veis con admiración a las personas42: se entiende a su propia persona que se justifica a sí misma no sólo frente a los hombres, sino frente a ella misma. Y cuerpo de barro43: para que tembléis al menos ante la consideración de vuestra fragilidad. Tomando mi carne en mis dientes. No cejaré ni en inculparos a vosotros ni en inculparme a mí. Y coloco mi alma en las palmas de mis manos44: examinando a fondo el interior de mi alma para no encubrir nada y poder así contabilizar mis pecados. Aunque me dé muerte el que es poderoso, quien incluso ya comenzó: aunque dé muerte a mis pecados. Hablaré de todos modos, y me defenderé en su presencia45: no me justificaré ocultando mis pecados. He aquí que me acerco a mi proceso46: para hacer de fiscal de mí mismo, siendo consciente de que la auténtica justicia del hombre es no perdonarse en la confesión. Entonces no me esconderé de tu presencia: tal como se esconden los pecadores. Quítame tu mano de encima: para que en mí no haya nada digno de castigo y reine en mi persona la caridad. Y que tu temor no me espante47. ¿Cuántos son mis delitos? Parece que la razón del pasaje pondré mi alma en las palmas de las manos48 es un motivo de contabilidad. ¿O es que me consideras tu rival?49 Estando enfermo como estoy, tienes tus temores de que tras mi justificación pueda considerarme tu igual, siendo como soy. Pero si la verdadera razón no es ésta, tiene que haber otra razón oculta. Y me imputaste los pecados de mi mocedad50. Tal vez la causa de que diga por qué aparta de sí sus pecados sea el orgullo, pecado de la juventud. Y pusiste en el cepo mis pies: en el lazo de la mortalidad. Y contemplaste las huellas de mis pies51: mis apetitos y pasiones. Envejezco como odre: hasta el punto de no poder contener el vino nuevo, o, como tela roída de la polilla, no poder ser cosido a un paño nuevo52.

Capítulo XIV

El hombre nacido de mujer, corto de días y lleno de irascibilidad53: de castigo. ¿Ya éste le has citado a juicio cara a cara contigo?54 Aunque sea mortal, también tiene de qué responder55. Se le exige según sus posibilidades, aunque sean poquísimas. Tienes contados sus meses56: el mero hecho de ser temporal le declara convicto de pecado, ya que tú le habías creado eterno. Apártate de él, déjale que descanse57: que siga los dictámenes del hombre carnal y animal para quien esta vida lo es todo. Por eso quiere que se le perdone, para disfrutar de esta vida. Porque para el árbol hay esperanza58: esto hay que pronunciarlo en tono de guasa. En efecto, la esperanza del hombre es mucho mayor, cosa que los hombres carnales no quieren creer. Pero el hombre se fue al morir59. Y esto es una ironía. Cíclicamente sucede la bajamar60, pero le sigue la pleamar. Lo dice de los lugares donde hay flujo y reflujo o porque todas las playas acusan latentemente la pleamar y la bajamar en las horas lunares, es decir, cuando la luna sale o cuando está en su cénit respecto de nuestras regiones o de otras, y luego mengua. Mientras exista el cielo no se hilvanará61: con lo nuevo, es decir, con el cielo mismo. Y ojalá me custodiases en el seol. Es en mí tan fuerte la esperanza de la resurrección que ya carecería incluso de los bienes inciertos de la vida. Y me ocultaras hasta que se aplacase tu ira62. Isaías viene a decir lo mismo: Ocúltate por un poco, mientras pasa la ira del Señor63, es decir, mientras pasa esta mortalidad y llega la resurrección. Porque si el hombre muere vivirá: ya que esto no es vida. Acabados los días de su vida64: entonces vivirá. Entonces me llamarás y yo te responderé65: obedeciéndote sin la impedimenta de la mortalidad. Pusiste tu firma en la bolsa de mis transgresiones: para pedirme cuentas. Tomaste nota de mis errores involuntarios66. También de eso tomaste nota. El error involuntario es castigo del pecado. El monte se desmorona: eso mismo le ocurrió al hombre: se cayó de su firme atalaya. Y la roca envejece en su lugar67: como el hombre en su linaje y en su condición. Y el desbordamiento de las frecuentes crecidas: el hombre queda reducido a un estado de postración. Y todo esto es debido al desgaste continuo que en él produce el frecuente desbordamiento de los apetitos. Destruiste la esperanza del hombre68: ha formulado una gradación: del monte a la roca, de la roca a las piedras, de las piedras a la arena, dado que esta degradación la sufre la gente carnal. La expresión destruiste cuadra a la perfección. Le empujaste hasta el extremo: hasta dejarle consumido, para que muera esa esperanza que constituye el gozo de los carnales. Cambiaste su rostro y lo despediste69: cuando quedó exterminada en él la imagen de Dios. Y siendo muchos sus hijos, él ni se entera70: porque aunque se propague su descendencia, él muere. Siente los dolores de su carne71: es decir, el hombre se duele carnalmente de su condición y llora como ser animal que es. El hombre espiritual, por el contrario, sabe que, aunque el hombre exterior se corrompe, el hombre interior se renueva de día en día72. Siente que esto es lo que ocurre en él.

Capítulo XV

Palabras de Elifaz de Temán: Y llenó el vientre de dolor73: porque el espíritu de ciencia sana de manera prioritaria todo tipo de dolores por medio del consuelo. Pero tú, que hartas tu vientre de dolor, no respondes con espíritu de ciencia. ¿Es que no rechazaste el temor?74 No has temido al Señor al proferir tales cosas contra él. Adoptaste el lenguaje de los malvados75: el que emplean los hombres para maldecir. Pero, hombre, ¿eres tú por ventura el primer nacido, para que tanto te envalentones? ¿Es que adquiriste consistencia antes que las colinas?76 También los montes entran dentro del común denominador de colinas, es decir, con anterioridad a todas las potestades, a los espíritus poderosos. También se halla entre nosotros el anciano y decrépito77. Hay entre nosotros quien conoce lo que nosotros ignoramos. ¿Hasta dónde ha llegado la osadía de tu corazón? ¿Y por qué aguantaron tus ojos?78 Esperaron. ¿Qué es el hombre, para hallarse sin culpa?79 También lo dijiste tú. Si ni siquiera en sus santos hay fidelidad. Debido a la inseguridad de los tiempos que corren, donde la mayoría practica el engaño de hablar mucho y de no hacer nada. Y el cielo, ¿no es puro ante él?80 Se toma el cielo por los que en él habitan. O también por los santos mismos, dado que en ellos mora Dios. Lo que enseñaron los sabios, lo que no ocultaron sus padres81: puesto que también los judíos fueron destinatarios de la predicación de los apóstoles. Sólo a éstos les fue dada la tierra: para que la habitaran. Ningún extraño les llegó de improviso82: ni un santo varón, ni un ángel. Es decir, que la poseerán con todo tipo de garantías. Cuando pensaban estar ya en paz83: habla así como si pensara que esto es lo que le pasó a Job. No confía escapar de las tinieblas84: no cree que se convierta de sus pecados. Y es dado en pasto a los buitres85: a las potestades aéreas, que se alimentan de la muerte de los pecadores. Dará órdenes como un capitán a la vanguardia del ejército86. Es audaz, pero no soporta las adversidades. Quien alzó su mano contra Dios87. ¿O ha de leerse «porque alzó»? Y corrió contra él con insolencia: obrando lo contrario de lo que mandó. Protegido por sus espesos escudos88: haciendo alarde de sus defensas. Cubrió su rostro con su gordura: su obesidad, es decir, la hipertrofia de su orgullo le ha ocultado a Dios. E hizo un dogal sobre sus piernas89: para quedar ligado a sus apetitos y verse arrastrado a la muerte. Lo que prepararon para él, otros se lo llevan90: incluso el mismo reino terrenal y todo tipo de expectativas temporales que los justos obtendrán con la posesión del mundo entero. No se enriquecerá ni se mantendrá su opulencia: alusión a los impíos. No proyectará sombra sobre la tierra91: es decir, no reverdecerá. Sus renuevos los secará el viento92: la tentación. Sus sarmientos se agostarán antes de tiempo93: antes de lo que espera. Marchítese como la flor del olivo94. Marchítese su paz, porque hay realidades subsiguientes mejores, como lo es el fruto respecto de la flor. Pues el testimonio del impío es la muerte: la señal. Y el fuego devora las tiendas de los que aceptan sobornos95: se consideran impíos quienes anteponen los bienes temporales a la justicia. Concebirá en su vientre gemidos96: todas sus expectativas se le convertirán en sinsabores.

Capítulo XVI

Palabras de Job: He oído ya muchos discursos parecidos, no sólo los vuestros. ¡Consoladores todos de malos!97 Podéis consolar a los malos porque son imitadores vuestros, pero no a los buenos. Se trata de un vocativo. A ninguno de vosotros le he oído nada bueno. ¿Y qué? ¿Es que hay orden en los discursos del viento? Del orgullo. ¿O te pueden molestar en algo?98 Aunque no te guste lo que digas. También yo voy a hablar acomodándome a vosotros: de acuerdo a lo que merecéis. Si estuviese sometida vuestra alma en vez de la mía99: si sufrierais lo que yo sufro, yo hablaría con palabras y no con hechos. Por eso de nada vale decir lo que no hacéis. Pues si hablo, no sentiré dolor por mi herida: habéis demostrado una total falta de tacto en vuestra conversación y en vuestros silencios. Los sabios, incluso al hablar, muestran su condolencia con palabras de consuelo. En su confesión y en sus declaraciones, al conversar se duelen de sus llagas, y cuando callan lo hacen con sensatez. Pero ahora me ha extenuado y me ha hecho necio y gusarapiento: para que no hable contra vosotros, Dios ha pisado mi orgullo, con la finalidad de que, hecho necio, me convierta en sabio. Me tienes bien cogido y me he convertido en testimonio100: me has convencido de mis pecados y soy un testigo contra mí mismo. Y mi mentira se ha levantado contra mí: cuando me preciaba de justo. He depuesto contra mi rostro101. A propósito viene el pasaje del salmo: Te pondré delante de tu cara102. Montado en cólera me ha derribado103: me ha bendecido echando mano de su ira, porque Dios no está sujeto a ella. Me derribó por soberbio. Hizo tronar contra mí sus dientes: me reprendió, pues sus dientes son sus palabras. Los dardos de sus piratas se abatieron sobre mí. Alusión a las potestades aéreas, instrumento de Dios, a las que permite dos cosas: ejercitar a los buenos y castigar a los malos. Y son piratas porque tienden asechanzas contra los navegantes de este mar. Cayó sobre mí con su mirada penetrante104: no disimuló mis pecados. Es más, como que hizo guiños para que me castigaran. Porque él es como una luz que muestra a los verdugos a qué personas tienen que castigar. Fue la ruina para mí el que él me mirara. Cabe también otra interpretación: hizo que viera mi pecado, porque con anterioridad nadie me lo había hecho sentir. Me hirió gravemente el Dios imponente y en el mismo instante me rodearon105: cuando Dios le castigaba le prestaron su concurso los ángeles de Satanás. Y estando en paz me despedazó: me despedazó desde mi propia paz, desde mí mismo, para que acabaran por despedazarme mis adversarios, adversarios entre sí. Y haciendo presa de mis cabellos me los arrancó: por culpa de mis pecados me dividió contra mí mismo. Me puso como una señal106: como un blanco que les sirviera de punto de mira para ejercitarse en el tiro. Rodearonme de lanzas, dirigiéndolas contra mis riñones; no perdonaron: alusión a los deseos carnales, que, según dice, le han arrojado mediante los malos consejos procedentes de los ángeles malos. Derramaron por tierra mi hiel107: para que ansiara los bienes terrenales entre quienes los tienen en abundancia. Dejáronme en tremenda postración108: para que no lo interpretemos como postración carnal. Han cosido un cilicio sobre mi piel109: los pecados más íntimos que le recuerdan que un día estuvo entre los buenos. Y sobre mis párpados la sombra de la muerte110: quiero ver, pero me lo impide la costumbre carnal. Que la tierra no cubra la sangre de mi carne111: es decir, aunque mi oración no sea pura por anhelar las realidades terrenales, que no se desplome un montón de tierra sobre los lazos de mi mortalidad. Esto es lo que ha subrayado con el término sangre. En resumen, que por culpa de los apetitos terrenales no me vea enterrado en las calamidades mayores de un pecado voluntario. Este pecado voluntario es el pecado natural que dimana de la mortalidad. Que no haya lugar para mi clamor112: que todo el mérito de mi oración quede bloqueado. Ahora, pues, en los cielos está mi testigo: parece que se refiere al Señor, ya que aún no había bajado a la tierra. Y allá arriba está mi valedor113: por su participación en la mortalidad. Compárese al hombre con el Señor: que venga el Señor para que el hombre sea comparado con él como Juan con Cristo. En esta comparación llega uno a comprender la distancia que hay entre el hombre perfecto y el Dios hecho hombre. Como el hijo del hombre respecto a su prójimo114: como el Señor encarnado respecto al que había caído en manos de los salteadores115. Pues me llegaron los años contados116: porque la ayuda de Cristo me llegará en la plenitud de los tiempos117. Y me iré por el camino al que no volveré118: el camino de la renuncia al mundo.

Capítulo XVII

Me vine abajo, por la agitación de mi ánimo. El orden es: Se vino abajo mi ánimo, agobiado de trabajos como estoy. Pido que me entierren, pero no me llega el turno119: de que lo mortal sea absorbido por la vida. Gemimos bajo el peso de la carga, de la que no deseamos despojarnos, sino revestirnos120; es decir, que es preferible la transformación a la muerte. Pero esto no acontece por mucho que el hombre lo desee, ya que al estar condenado por el pecado es deudor de la muerte. Curso mis súplicas con trabajo, ¿y qué resultado he obtenido?121 Mi petición fue totalmente nula. Los de fuera han robado mis bienes: clara referencia a la mismísima inmortalidad de que fue despojado aquel hombre a quien los salteadores dejaron medio muerto. ¿Quién es éste? Es decir, quién es el que acudirá en mi ayuda, aludiendo al Señor. Pregunta quién es porque había de vivir entre los hombres de manera tan peculiar que resultaría muy difícil distinguirle de ellos. Atesé a mi mano122: con el vínculo de la caridad para que me guarde y me lleve a donde quiera. Porque has cerrado su mente a la prudencia: cerraste la mente a la prudencia a quienes no le conocieron. Por eso no los encumbrarás123: ya que no fueron humildes, quedaron ciegos y no pudieron ser enaltecidos por la humildad de Cristo. Anúnciense males a una parte124: porque a una parte de Israel le sobrevino la ceguera125, sea porque les parecía malo el mensaje de Cristo hasta el punto de decir: solivianta a las masas126, sea porque el vaticinio hecho por los profetas sobre la ceguera de Israel no afectó a la totalidad, sino sólo a una parte. Mis ojos se consumieron sobre sus hijos127: admirando sus milagros. A ellos se les dijo: Si yo arrojo los demonios en nombre de Beelzebub, ¿en nombre de quién los arrojan vuestros hijos?128 Me has convertido en mensaje para los pueblos: el hombre que redimiste, es decir, la Iglesia de la que hablarían las naciones o que hablaría a las naciones. Y me convertí en escarnio de ellos129: de las naciones que se mofaban de él o, por otra parte, de los judíos que hablaban a las naciones. Mis ojos están ofuscados a causa de la ira130: ofuscados están los ojos de la Iglesia, o sea, los apóstoles, cuando no les entendieron quienes iban a ser castigados con esa pena. Y fui clara conquista de todos. Tanto los judíos como los gentiles conquistaron la Iglesia. Y los veraces se pasmaron de ello: Se admiraron de dos cosas: de por qué a los impíos se les dio poder en la Iglesia y de por qué los impíos no acogieron el Evangelio. Que el justo se levante contra el enemigo131: el que cae temporalmente en las persecuciones para luego tener dominio sobre los infieles. Y el que tiene las manos limpias se arme de audacia132: la audacia de la esperanza que le lleva a confesar a Cristo hasta en la persecución. Porque no ha encontrado entre vosotros la verdad133: la gracia les es necesaria a todos, tanto a los judíos como al resto de los pueblos. Y se han estremecido las entretelas de mi corazón134: para no ocultar mis pecados. La noche me la convirtieron en día135: los impíos. Aplicación al pasaje ¡ay de aquellos que llaman mal al bien y bien al mal; que llaman luz a las tinieblas y a las tinieblas luz!136 Y si aguanto, los infiernos serán mi morada137: si soy transigente con mis pecados, hasta el punto de no confesarlos. Llamé a la muerte mi padre: no voy a ser hijo de la vida. Pero llegó la llamada de Dios. Ya la putrefacción, mi madre y mi hermana138: por el hecho de que están inseparablemente unidos como si fuesen parientes. ¿Dónde está mi esperanza? Se sobrentiende: si aguanto. ¿O llegaré a ver mis bienes?139 Los que le sedujeron, razón por la que no quiso convertirse y tuvo que aguantarse como pecador.

Capítulo XVIII

Discurso de Bildad, suhita. Y se extinguirá la luz de los impíos140: no te extrañes si también tu luz se ha extinguido como la del impío. Su luz fueron las tinieblas dentro de su tienda: es decir, el diablo o el anticristo alumbraron su casa. Y su lámpara se extinguirá encima de él141: la luz pequeña y terrenal. Que los más pequeños se apoderen de sus bienes142: que los humildes tengan todo cuanto él quiso tener. Porque su pie ha caído en una trampa143: al perseguir al Señor, ha caído en la red. Hará que prevalezcan sobre él los sedientos144: de modo que le venzan quienes tienen hambre y sed de justicia. Oculta está en la tierra su cuerda145: con la que será capturado. Se refiere a los bienes que en cierto modo se le conceden. Y su trampa está sobre el sendero: por donde camina. Que a su alrededor le hagan perecer los dolores por todas partes. Y que muchos vayan a su zaga con la angustia del hambre146: los muchos que le siguen o se acomodan a sus gustos. Que sean devorados los ramos de sus pies147: el ramaje de sus enseñanzas, esto es, por donde transita. Erradíquese de su tienda la salud: la tranquilidad de esta vida. Y haga presa en él la urgencia de la causa regia148: la hora crítica de su castigo que redundará en gloria de Dios, y ésa es la razón de que en este preciso instante se le concede lo que apetece. Habla de causa regia porque alardeará de ser el Cristo. Habite en su tienda en su noche. Que la urgencia de la causa regia atormente su conciencia, el apetito de la tiranía. En la noche: en el tormento de su ceguera, cuando es condenado. Espárzase azufre sobre sus atavíos149: consúmase en fuego maloliente aquello para lo que vivía. Y la hora de la cosecha le irrumpirá de arriba150: de Dios. Y que su nombre desaparezca de las calles donde estaba151: desaparezca del recuerdo de la gente. Y que nadie le conozca en su pueblo. Que su caída sea tan estrepitosa que ni siquiera los suyos le reconozcan. Ni su tienda vuelva a salvarse debajo del cielo: pues algunos sí que se salvarán de nuevo. Sino que otros vivan en su pueblo152: que su pueblo quede sometido a otros.

Capítulo XIX

Respuesta de Job: Me estáis agotando con vuestros discursos153: me ponéis enfermo, cuando vuestro cometido era consolarme. Sabed, pues, que es Dios quien me ha puesto así154: delante de él me pueden convencer de pecado, pero no delante de los hombres. Y me ha cercado con sus trincheras155: el foso se halla en la proximidad de las murallas. Con este foso me hace chantaje para que le confiese. Me río del desprestigio y no hablo156: alusión a la utilidad de la confesión. Si pretendiera reír su pecado, pero no confesarlo en voz alta, vocearía, pero nadie le oiría. Ha asentado las tinieblas en mi cara157: ha dejado de iluminar mi cara. Esto es lo que les pasa a los que dan la espalda a la luz. Y arrancó de mi cabeza la corona158: la dignidad espiritual que confiere la sabiduría. Me ha dejado roto por doquier y me he marchado159: lo tenía todo y me lo quitó, no obstante que había recibido el poder de contenerlo todo. Y me contó entre sus enemigos160: me trató como si le dañase en el caso de ser igual a él. Han acampado en torno de mi tienda161: mi corazón y mi conciencia. Alejáronse de mí mis hermanos162: esperando que me corrigiera, dado que son mis hermanos, aunque inicialmente apreciaron muy poco mi corrección. Y siguieron a unos individuos que les aconsejaron cosas la mar de extrañas. Es decir, perniciosas. Y mis amigos se han hecho despiadados163: en los males espirituales. De hecho, no sienten compasión alguna por sus prójimos, sino que prefieren mofarse de ellos, cosa que no harían si los vieran instalados en las maldades de la carne. Y sabiendo mi nombre, me han olvidado164: no me conocen porque estoy cambiado. Los huéspedes de mi casa y mis criadas165: con quienes intercambiaba mis secretos: los aduladores, que se apartan de quien confiesa a Dios. De todos ellos dicen que se comportan como criados. Llamé a mi siervo y no me respondió166: alusión al cuerpo, o también a quienes estaban a su servicio para sus inmoralidades. Mi boca suplicaba y rogaba a mi mujer167: como diciendo: ¿Por qué te abates, alma mía?; ¿por qué te me turbas?168; o sea, deseando que le dé su asentimiento. Llamaba con cariño a los hijos de mis entrañas169: a los que había engendrado tratando de inculcarles expectativas mundanas. Y aquellos a quienes había amado se levantaron contra mí170: en aquella vida. Mis carnes se han corrompido bajo la piel: mis intimidades se han infectado por amar lo que se percibe por los sentidos externos. Si nos atenemos a la letra, esa especie de sarna reviste carácter leve. Y mis huesos están en mis dientes171: mi consistencia y mi solidez se hallan en mis palabras, no en mis hechos. Apiadaos de mí, apiadaos de mí, amigos míos. Al parecer, pide a los ángeles que nieguen por él. O ciertamente a los santos para que oren por él, penitente. Me ha herido la mano de Dios172: dice que le ha herido la mano del Señor porque se duele de las heridas que hasta la fecha le eran insensibles. ¿Por qué me perseguís vosotros también como el Señor? Me detestáis, y os llenáis de horror al igual que el Señor. O bien, cuando mi actitud es un gesto de confesión, no hacéis sino regañarme. ¿Y no os hartáis de mis carnes?173 No sentís alegría ante mi vida carnal. ¿Con punzón de hierro y en plomo?: igual que el plomo cede al punzón de hierro, es deseable que los corazones humanos se abran a mis palabras. ¿O se esculpan para siempre en la roca como testimonio?174 Que la gente, en actitud firme ante la evangelización, aprenda todo esto. Porque yo sé que es eterno el que me liberará175: ya que puede renovarme. Soy consciente de todo ello: porque lo he merecido. Y esta realidad la ha visto mi ojo, no otro176. Es decir, nadie sabe lo que ocurre en el hombre sino el espíritu que está en él177. Y todas mis cosas están consumidas para mí dentro de mi seno178: en la intimidad, donde nadie ve; en la conciencia. Pero si preguntáis, ¿qué diremos en su contra?179 Conforme a lo que ya se dijo también a los hombres espirituales: Cuídate de ti mismo, no sea que tú también seas tentado180. Y ¿hallaremos en el la raíz del discurso?181: para ponerle delante de los ojos el suyo propio. La cólera caerá sobre los malvados182: llama malvados a quienes se enaltecen sobre los pecadores y piensan que ellos no pueden serlo.

Capítulo XX

Réplica de Sofar de Naamat: Vuestra penetración no es superior a la mía183. Se dirige al equipo de consoladores de Job, del que también él forma parte. Voy a escuchar el reproche que me ha llenado de rubor184: de soslayo pretende que Job encaje la reprensión afrentosa, pues a este tenor tiene la posibilidad de alcanzar el espíritu de la sabiduría. Esta expresión reviste un matiz de cortesía, como aquella que pronunciamos en primera persona cuando decimos.— Me guardaría muy mucho de hacer esto o lo otro, pues las consecuencias serían funestas, cuando lo que realmente pretendemos es que alguien sea cauteloso. ¿Acaso lo sabes ya desde siempre?185 Desde el comienzo de los siglos, lo sabes. Piensa que Job, en cuanto impío, lo ignora. El ojo verá y no añadirá186: pues no será visto. Que a sus hijos los disemine el malvado: es decir, que el diablo disemine o a sus imitadores o a los seducidos por él. Y que sus manos se le abrasen de dolor187: les resulten un tormento sus obras. Sus huesos están llenos de vigor juvenil188: se engríe de su solidez. La ocultará bajo su lengua189: al igual que el tramposo, no la mostrará para servirse de ella secretamente. La conservará y no la soltará: al estar encariñado con ella y no querer verse privado de ella, no la soltará. O también: contando con el perdón de Dios, se valdrá de esta carta de inmunidad, pero no la soltará. Y la retendrá en su paladar190: como cosa que le agrada. Y no podrá socorrerse a sí mismo: no por eso se liberará. Hiel de áspides en sus entrañas191: en su interior, al poseer ocultamente la malicia para dañar. Las riquezas amasadas injustamente las vomitará: con profundos retortijones y angustia del corazón. El ángel le hará salir de su casa192: siempre que las aflicciones hagan que afloren sus secretos. Y resplandecerá la fiereza de los dragones: hasta el punto de que quien al comienzo se mantuvo oculto, delatado por las tribulaciones, sacará ya a plena luz la fiereza de los dragones. Y le mate lengua de víbora193: sea objeto de seducción diabólica. No vea el ordeño del ganado: el fruto de las ovejas. Es decir, que no practique las obras de justicia, hasta el punto que entienda que puede liberarse con ellas. Ni los torrentes de miel y de mantequilla194: las obras buenas hechas con caridad y alegría de corazón altruista y entregado. Porque la mantequilla no es sino leche cuajada. Ha trabajado en vano y sin fruto195: dado que no comprende que hay que trabajar a partir de las cosas que pertenecen a la misericordia. Por eso se dice que el Señor comerá leche y miel196, porque estas cosas se las presentarán personificadas en sus humildes. Cosas que serán como algo duro, que no puede masticarse ni deglutirse197: algo duro, no sé si la maldad o la soberbia. No le salvará lo que tanto anheló198: porque el objeto de su codicia era la maldad. No quedará rastro de su comida199: pasan ya sus apetencias. Cuando crea estar harto se ahogará200: la hartura de los apetitos, más que saciedad, procura ahogo. Con tal de que llene su vientre: le sobrevendrá tal penuria, que dude si llenará su vientre, siendo así que se busca esto para conjurar el hambre. Y dijo esto porque cuanto más tiene, más quiere. Mandará contra él el furor de su cólera201: porque no le ha visto hacer obras buenas. Que le hiera la flecha inmaterial202: perpetua. Que le traspase un venablo: que penetre en él la tentación y que le hiera tanto en sus expectativas como en las realidades que deja, como traspasado de parte a parte. Los rayos en su tienda203: los terrores repentinos en sus pensamientos. Que el extranjero arruine su casa204: el diablo, que es el tentador adventicio, habida cuenta de que el hombre ya tiene sus propias tentaciones. Y que el cielo revele su impiedad205: el juicio celestial. Y la posesión de sus bienes le llegará del superintendente206: se los donará Dios.