Libro 03

BAC vol. 35

Libro 03

RÉPLICA A JULIANO

LIBRO III

En este tercer libro se propone Agustín refutar los argumentos de Juliano

I. 1. Como no te vas a rendir a la autoridad de tantos santos, doctos en saberes bíblicos, de grata memoria, célebres por sus servicios a la Iglesia, que gozan de gran fama y autoridad; y como sé que, si no adoptas sus sentimientos, los vas a tratar con tanto desprecio como a mí, o quizá con cierta amabilidad y pudor, pero en todo caso vas a decir que erraron, por eso, con la ayuda de Dios, querido hijo Juliano, debo refutar tus libros y tus argumentos, para que, si es posible, comprendas la desgracia que es para ti persuadir a otros. Espero, sin embargo, inspirarte un sincero arrepentimiento de tu error, en el que te embarcó la inexperiencia temeraria de tu juventud. Arrepentimiento que no sólo te beneficiaría a ti, sino a otros muchos, al comprobar que reconoces y confiesas las verdades enseñadas en la Iglesia de Dios por un número muy elevado de santos y expertos guías del pueblo cristiano, y que vosotros queréis destruir con novedades con apariencia de verdad.

Mas si -Dios no lo permita- tienes tan entenebrecido el corazón que no puedas comprender estas cosas; si eres del número de los que en el salmo sagrado dice la Verdad: Renunció a entender y a practicar el bien 1, o de esos hombres de quienes dice la Escritura: El esclavo duro no se corrige con palabras. pues, aunque las entienda, no obedece 2, mi trabajo o el de otros hermanos que, con la gracia de Dios, defienden contra vosotros la fe católica no será infructuoso, porque cuantos más defensores tenga esta vetusta verdad, a tantos más cristianos puede persuadir defendida o corregida entre los que se han dejado seducir o engañar por vuestro error. Para no hacerme interminable, no citaré todas tus palabras; mas, con la ayuda del Señor, no dejaré ninguno de tus argumentos de peso sin refutar y daré solución cumplida a todas tus dificultades.

  1. Acerca de los jueces que os condenaron dices “que no habéis podido defender vuestra causa ante ellos porque para decidir con rectitud en casos dudosos se ha de tener el corazón limpio de odio, ira o amistad, y los que juzgaron vuestra causa os odiaban antes de conoceros”. A esto te he contestado en mi libro anterior que, si buscáis jueces como los que Salustio 3 -de quien tomas las definición-describe, os rendiríais fácilmente a la autoridad de San Ambrosio y de sus colegas, pues en vuestra causa han emitido sentencia limpio el corazón de odio, ira o amistad y, lo que vosotros no decís, pero sí Salustio, libres de compasión, tanto en contra como a favor vuestro.

Sin embargo, vosotros no sólo los rehusáis como jueces, sino que tenéis la osadía de acusarlos como reos. Por favor, ¿cómo los que condenaron vuestra doctrina pudieron odiarla antes de conocerla? No hay duda, porque la conocían la odiaron. Sabían que los niños, según vosotros, no contraen en su nacimiento mancha alguna de la que, renaciendo, debieran ser purificados. Sabían que decís: “La gracia de Dios se da según los méritos, y entonces “la gracia ya no sería gracia 4, pues no se daría graciosamente, sino según los méritos”. Sabían que afirmáis: “El hombre en esta vida puede no tener pecado, y no es, en consecuencia, necesario pedir lo que toda la Iglesia implora en la oración dominical: Perdónanos nuestras deudas” 5. Y como todo esto sabían, con razón os odiaban. Y, si supieran que os corregís de estos errores, os amarían. No es cierto, como dices “que llamamos pelagianos o celestianos a todo el que reconoce en el hombre el libre albedrío y afirme que Dios es el creador de los niños”, sino que damos este nombre a los que no atribuyen la libertad, a la que hemos sido llamados, a la gracia divina; y a los que rehúsan reconocer a Cristo como Salvador de los niños; a los que no admiten en los justos la necesidad de dirigir a Dios petición alguna de la oración dominical. A éstos sí, los llamados pelagianos y celestianos, porque participan de sus criminales errores.

  1. No es necesario puntualizar a qué lumbreras católicas te atreves a infamar con el crimen de maniqueos, ya sea por ignorancia, ya lo finjas ignorar. Si, como dices, “existe un rescripto del emperador en favor vuestro”, ¿por qué no saltas a la arena y espontáneamente lo aireas ante los magistrados públicos, para probar así que vuestro credo cuenta con la aprobación del emperador? Mas si la ley de Dios no la interpretáis en sentido propio, ¿qué de particular tiene hagáis lo mismo con un rescripto del emperador? Prometes hacerlo extensamente en otro lugar. Si cumples tu promesa, serás convencido de farsante y despreciado por frívolo.

  2. ¡Qué grandilocuente y gracioso elogio el que de ti mismo haces cuando te presentas “en solitario a sostener rudo combate”; de suerte que, para los pelagianos, tú eres David, yo Goliat! ¡Allá tú si has firmado un pacto o convenio con los pelagianos por el que, si eres vencido, ellos no den un paso más! Por mi parte, Dios me libre de provocarte a singular combate, pues sé que allí donde levantéis cabeza os combatirá todo el ejército de Cristo extendido por el mundo entero y sobre vosotros obtendrá clara victoria, como la obtuvo sobre Celestio en Cartago, donde yo no estuve; después en Constantinopla, tan distante de las costas africanas; y derrotó en Palestina a Pelagio, que se vio precisado a condenar vuestra doctrina por temor a ser él mismo condenado; allí cayó fulminada vuestra herejía. Aquel cuya figura fue David combate contra sus enemigos en la persona de todos sus soldados y se sirvió, como de una espada, de la lengua de un Pelagio vencido y aniquilado para decapitar vuestro error. Porque fue Pelagio, o, mejor, Dios por boca de Pelagio, el que dio el golpe de gracia a vuestra nueva herejía, pues sostenéis que el mal, es decir, el pecado, no existe en la naturaleza, sino en la voluntad. Y, temiendo ser condenado, anatematizó a los que enseñan que los niños no bautizados pueden gozar en la vida eterna. Vosotros, al negar la existencia en los niños de una mancha que ha de ser lavada en las aguas del bautismo, decidme: ¿en virtud de qué culpa puede un niño ser castigado con la muerte eterna? ¿Qué podéis responder, si no es, acaso, maldiciendo a Pelagio? Mas entonces os podría él replicar: “¿Qué queréis que hiciera? Si Cristo dijo: Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros 6, ¿podría yo decir que un niño muerto sin este sacramento puede tener vida eterna?” Creo os pesará haber condenado a vuestro maestro. Arrepentíos, pues, de este error.

  3. Y no uséis el pobrísimo argumento que usaron ya los herejes, cuyo pernicioso influjo fue represado por las leyes de los emperadores católicos. Todos dijeron lo mismo que dices tú: “Sufre indigencia de razones el que en una discusión sustituye la razón por el terror, porque así consigue no el asentimiento de los sabios, sino la ciega adhesión de los tímidos y débiles”. Vuestra herejía es, en verdad, nueva, pero en su defensa empleáis el lenguaje de los antiguos herejes. No tratéis de engañar ni engañaros alegando contra nosotros los mismos argumentos que nosotros usamos contra los donatistas cuando les forzamos, por decreto imperial, a reunirnos en una conferencia. Porque su furor se había extendido por toda el África. y para impedir a los católicos apreciar verdades contrarias a su doctrina recurrieron a las más violentas acciones, al bandidaje, a las asechanzas en los caminos, a las depredaciones, a los incendios, a los asesinatos, a las devastaciones y al terror.

Contra su violencia no podíamos hacer nada en una conferencia de obispos, pues los suyos eran muy diferentes a los nuestros y los pueblos no conservaban recuerdo de lo que nuestros antepasados convinieron entre sí hacía casi cien años. La necesidad nos obligó a publicar las actas de la conferencia para reprimir su insolencia y su audacia. Pero vuestra causa fue definitivamente juzgada por un tribunal competente de obispos pertenecientes a los dos partidos. La causa ha terminado, y nada hay que hacer con vosotros, en lo que concierne al derecho de un nuevo examen, sino acatar en paz la sentencia dictada, y, si no queréis, será necesario recurrir a la fuerza para impediros sembrar por más tiempo la inquietud y el terror en los espíritus.

Vosotros os asemejáis, más bien, a los maximianistas, los cuales, deseando consolarse de la pobreza de su número con el honor de una conferencia y dar la sensación de que significaban algo a los ojos de aquellos que los despreciaban, accedieron a examinar con nosotros su causa. No hicimos caso a su convocatoria, ni a su provocación, ni al panfleto que publicaron. Los veíamos más preocupados de un prurito de que se hablara de ellos, sin importarles un comino la derrota en el combate; no confiaban en la gloria del triunfador, sino en la fama de una asamblea, pues no eran número. Si, pues, pensáis ser los vencedores porque no se os concedió un examen de vuestra causa tal como lo deseabais, ya os precedieron en este vano empeño los maximianistas; aunque, a decir verdad, a vosotros os admitió la Iglesia católica, como era su deber, a discusión, y en ella habéis sido definitivamente juzgados, mientras a ellos no se dignó concederles esta oportunidad, porque no se alejaron de nosotros como lo habéis hecho vosotros, sino de los donatistas.

Si en los maximianistas no encontráis lógico su proceder, pues cuando se pide una conferencia sobre un asunto y no se le escucha no se puede invocar esta negativa como prueba de la verdad de una causa, dejad, pues, de invocar la negativa que habéis recibido como excelente pretexto para justificar la bondad de vuestra causa. Os es suficiente haber sido soportados, con bondad de madre, por la Iglesia católica y no haber sido condenados por un juez severo, sino justo, con el deseo de curar vuestro error.

  1. Para no perder tiempo en naderías, paso en silencio todas las imprecaciones e injurias que lanzas contra mí en el inicio de tu obra y a lo largo de tus cuatro libros, para no aparecer los dos ante los hombres sensatos como verduleras de barrio. Paso a examinar los argumentos, que, según tu promesa, van a probar que yo atribuyo al diablo la creación del hombre y la institución del matrimonio.

Respuesta de Agustín a la primera calumnia de Juliano

II. 7. Citas unas palabras mías con la evidente intención de refutarlas, y en seguida, como respondiendo a lo que he dicho, te esfuerzas por hacer creer que me contradigo, porque “para defenderme he dicho que los nuevos herejes nos acusan de condenar el matrimonio y las obras de Dios, y después me desdigo y afirmo que el hombre en su nacimiento es, parte, heredad de Dios y, parte, posesión del diablo, o mejor, heredad total del diablo, y excluyo así a Dios de su heredad que es el hombre”. ¿Dónde está la agudeza de tu ingenio, que, según tú, es capaz de comprender las Categorías de Aristóteles y todas las sutilezas de la dialéctica? ¿No te das cuenta que las mismas objeciones que me pones acerca de los niños pueden ser lanzadas contra el adulto de mal vivir y contra mí por el enemigo de la verdad? Dime cuál es tu respuesta sobre cualquier hombre de pésima conducta no regenerado aún. Al menos confesarás que está bajo el poder del diablo, a no ser que renazca en Cristo. ¿Vas a negar esto? Si lo niegas, ¿quiénes son los que Dios arranca del poder de las tinieblas para trasplantarlos al reino del Hijo de su amor? 7

Si, por el contrario, lo confiesas, te pregunto si tiene Dios imperio sobre un hombre que gime aún bajo el poder de las tinieblas. Si dices: “No tiene poder alguno”, se te puede responder: “Luego Dios ha sido excluido por el diablo del poder que tenía sobre el hombre”. Y si, por el contrario, afirmas que Dios no ha sido privado de este poder por el diablo, se te responde: “Luego el hombre, en parte, es heredad de Dios y, en parte, del diablo”. Y entonces los ignorantes concentrarán contra ti su enojo; enojo que tú, que te tienes por erudito, has querido avivar contra mí a propósito del renacimiento de los niños. Ves con qué facilidad tu primer argumento queda anulado, consecuencia de un descuido tuyo al considerar que los hombres, antes de ser redimidos por Cristo, se encuentran bajo el poder del diablo, sin que puedan, sin embargo, sustraerse al poder de Dios ni los hombres ni el diablo.

Respuesta de Agustín a la segunda calumnia de Juliano

III. 8. En la cuestión del bautismo, en la que tú pretendes hayamos querido excitar con nuestras mentiras el odio de los ignorantes contra vosotros, sería difícil expresar lo airoso que has salido en tu empeño y cómo crees haber cambiado de dirección este odio confesando que los niños deben ser bautizados, “porque -dices- la gracia del bautismo no puede ser recusada por motivo alguno, pues Dios distribuye sus dones según la capacidad de los que los reciben”. “Por eso -añades- Cristo Redentor, por derecho propio, multiplica, con inagotable largueza, sus beneficios en su imagen, y, después de crear a los niños en bondad e inocencia, los hace mejores aún por la adopción y la regeneración”.

¿Todo esto es lo que tienes que decir para alejar de vosotros el odio que suscita vuestra doctrina acerca del bautismo de los niños? Pero ¿es que alguno de los nuestros os ha acusado jamás de sostener que no conviene bautizarlos? No negáis, es cierto, que sea necesario bautizarlos; pero en relación con este tema, en vuestra gran sabiduría, decías cosas maravillosas. Por ejemplo, que los niños son bautizados en el sacramento del Salvador, pero que no se salvan; que son redimidos, pero no liberados; que son lavados, pero no purificados, exorcizados por un soplo misterioso, pero sin ser por eso rescatados del poder del diablo.

Estas son vuestras portentosas doctrinas; los sorprendentes misterios de vuestros nuevos dogmas; las paradojas de la herejía pelagiana, más sorprendentes aún que las de los filósofos de la Estoa. Porque, cuando esto afirmáis, teméis se os replique: “Si son curados, ¿de qué enfermedad lo son? Si son desatados, ¿qué cadenas los tenían aherrojados? Si son lavados ¿qué inmundicia oculta tenían? Si son rescatados del poder del diablo, ¿qué habían hecho para ser retenidos bajo su poder, pues están exentos de toda mancha personal, al menos que no contraigan -cosa que tú niegas- la mancha del pecado de origen?” Y, si niegas, no es para afirmar que estén a salvo, libres, limpios, rescatados del poder del diablo, porque vuestro falso testimonio no les sirve de ayuda ante el juez supremo; pero niegas para que estos infelices permanezcan en su antigua maldad y sigan vuestra nueva vanidad. En vuestros labios no se encuentra verdad, sino en los de aquel que dijo: El que no renaciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios 8.

  1. Pero vosotros, apasionados amadores de la vida futura y eterna en Cristo, no consideráis pena para esta imagen de Dios ser excluidos del reino de Dios; porque, si decís que es una pena ligera, vuestras palabras no serían las de un feliz amador de este reino, sino las de un despreciador desgraciado. Y si -lo que basta para nuestra cuestión- admitís que es una pena, aunque leve, para esta imagen de Dios el que no se le permita la entrada en el reino, ¡por favor!, abrid los ojos y ved qué justicia puede infligir tal pena a un pobre niño en quien vosotros no admitís pecado original, y así decidís permanecer en vuestra ceguera.

No haré mención de los males que sufren casi todos los niños en esta existencia transitoria ni cómo ha de entenderse esta afirmación del Eclesiástico: Un duro yugo pesa sobre los hijos de Adán desde el día que salieron del vientre de su madre hasta el día de su retorno a la sepultura, madre común de todos 9. Males que un Dios omnipotente y justo no puede imponer a una imagen suya, males que en una edad tan tierna no sirven de medio para practicar y ejercer la virtud si no contrajeran en su nacimiento alguna mancha heredada de sus padres. Tú silencias por completo todos los males que sufren los niños, y no los que vosotros negáis, sino los males que todos vemos padecen; pero a ti te encanta, varón elocuentísimo, ejercitar tu ingenio y tu lengua en tejer el elogio de la naturaleza. Naturaleza que ha caído en tantas y tales miserias que necesita un Cristo redentor, libertador, purificador y salvador, y no un adulador como Pelagio, Celestio o Juliano. Naturaleza que no confesáis sea redimida en los niños, aunque Celestio, no atreviéndose a negar esta verdad delante de los cristianos, se vio forzado a reconocerla en un sínodo de Cartago.

Ahora te pregunto, por favor: ¿Cómo es posible entender la redención sino de un mal por el que rescata a Israel de todas sus iniquidades 10? Allí donde existe un rescate, comprendemos que existe un precio; y ¿qué precio es éste sino la sangre preciosa del Cordero inmaculado 11, Jesucristo? Y si preguntas: “¿Por qué ha sido derramada esta sangre preciosa? ¿Por qué preguntar a otro?” Hable el mismo comprador, responda el mismo Redentor: Esta es -dice- mi sangre, que ha sido derramada por muchos para el perdón de los pecados. Seguid, seguid diciendo: “Los niños son bautizados en el sacramento de Cristo, pero no son salvados; son redimidos, pero no libertados; lavados en las aguas, pero no purificados; exorcizados por un soplo misterioso, pero no son rescatados del poder del diablo”. Decid también que la sangre de Cristo ha sido derramada para el perdón de los pecados, pero que a los niños no los purifica de ningún pecado. Lo que decís es asombroso, decís cosas nuevas, decís cosas falsas. Nos maravillan estas cosas, evitamos vuestras novedades; estamos convencidos de vuestras falsedades.

Miserias y pecado original

IV. 10. ¿No has dicho tú mismo que “la administración del cuerpo ha sido confiada al alma, de suerte que el mérito de las obras sea común a uno y otra, y que el alma siente por igual el gozo de una acción virtuosa y el castigo y tristeza de su negligencia al sentir el aguijón de su carne, no bien gobernada?” Respóndeme por qué, en esta vida, un niño sufre el ahogo de la carne, si en una edad tan tierna no se le puede reprochar el no haber gobernado bien su carne. “La naturaleza humana -dices- en la alborada de su existencia está enriquecida con la dote de la inocencia”. Lo admito, pero sólo en lo que se refiere a pecados personales. En cambio, vosotros, al negar la existencia del pecado original, decidme, por favor: ¿por qué, a pesar de tanta inocencia, nacen a veces ciegos o sordos, defecto natural que perjudica a la fe, pues, según el testimonio del Apóstol, se recibe por el oído? 12

Y por lo que se refiere al alma, imagen de Dios, ¿cómo explicar que, enriquecida con el don de la inocencia, como vosotros decís, venga al mundo privada de razón, si es verdad que no hay pecado que pase de padres a hijos? ¿Hay alguno entre vosotros tan falto de juicio que no entienda que la memez es un mal, cuando dice la Escritura: El duelo por un muerto dura siete días; por un necio se ha de llorar toda la vida 13. ¿Quién ignora que existen subnormales profundos, vulgarmente llamados moriones, tan ayunos de razón que algunos apenas si cuentan con el sentido de los animales? Y, con todo, no queréis admitir que, desde el mismo instante en que el hombre tuvo la desgracia de alejarse de Dios, todo el género humano quedó tarado con el pecado original, que pasa de padres a hijos, fuente de todos los males que nos afligen, a no ser que el divino Creador, en su sabiduría infinita, por razón de una oculta disposición, no los evite. Sin embargo, Dios no retira de esta masa de perdición universal el bien de su obra, de manera que de esta naturaleza viciada modela una naturaleza racional, mortal, buena en sí misma, de la que sólo él es creador, aunque siempre se vea acompañada de males. Y esta generación, con toda justicia condenada, la convierte él en vasos de misericordia, que salva por la gracia de la regeneración.

¿De dónde viene el mal?

V. 11. Estás en un error si crees que en los niños no hay delito, porque dices, “no puede existir pecado sin voluntad y en los niños no hay voluntad”. Esto es muy cierto cuando se trata de pecados personales, no cuando nos referimos al pecado original, herencia del pecado del primer hombre. Si no existiese este pecado, entonces los niños, bajo el imperio de un Dios justo, limpios de todo pecado, no sufrirían mal alguno ni en el cuerpo ni en el alma. Sin embargo, este pecado viene de la mala voluntad de los primeros padres. Es, pues, verdad que sin una voluntad mala no existiría el pecado. Si esto comprendes y confiesas, te será fácil reconocer humildemente la necesidad de la gracia de Cristo para los niños, y así no te verías obligado a decir cosas muy impías y absurdas; por ejemplo, que los niños no deben ser bautizados; y, si acaso en un futuro lo decís, que este gran sacramento, tan santo en sí mismo, es para los niños un rito inútil e ilusorio, pues decís que son bautizados en Cristo, pero no son salvados; redimidos por un libertador, pero no librados; lavados en la fuente del sacramento de la regeneración, pero no purificados; exorcizados por un soplo misterioso, pero no rescatados del poder de las tinieblas, y que la sangre preciosa de Cristo, derramada para el perdón de los pecados, no borra en los niños pecado alguno. Y tamaños absurdos porque teméis decir: “No es necesario bautizar a los niños, para no sentir vuestros rostros embadurnados con escupitajos, o vuestras cabezas ablandadas por las sandalias de unas mujerzuelas”.

  1. Nosotros afirmamos ciertamente que la causa de estar el que nace bajo el poder del diablo hasta que no renazca en Cristo es el contagio del pecado de origen. Vosotros que esto negáis, abrid, al menos, los ojos a la evidencia y decid por qué algunos niños están poseídos por el diablo, a no ser que quieras negar que existen tales niños posesos o que no están realmente bajo el poder del diablo. Es que el Evangelio no te dice nada cuando el Señor, quizá por vosotros, preguntó al padre de un niño lo que él sabía muy bien, para darle ocasión de responderle que desde la infancia era su hijo tan atrozmente atormentado por un demonio, que ni los discípulos de Cristo pudieron echarlo fuera.

No afirmo, como me calumnias, que el matrimonio sea causa de que los niños estén bajo el poder del diablo. El matrimonio tiene una finalidad muy concreta en el orden general de las cosas, su bendición y bondad propias, que el pecado no puede hacer desaparecer. Dime, si puedes: ¿por qué un niño, al menos, pudo ser tan atrozmente atormentado por el demonio, hasta casi hacerlo sucumbir bajo la acción diabólica? Porque tú no admites que alguien pueda ser castigado por un pecado de otro, para no hacer creíble que el mal del pecado de los padres pueda transmitirse a los hijos.

¿Es en los niños culpable la acción o la naturaleza?

VI. 13. Como hábil dialéctico, “no vas a permitir escurrirme; apretarás en torno mío el cerco, rogándome te diga en dos palabras si en los niños es culpable la acción o la naturaleza”. Y, respondiendo tú mismo a este dilema añades: “Si es acción, muestra qué han hecho; si la naturaleza, dime quién es su autor”. ¡Como si una acción mala no hiciera culpable una naturaleza! El culpable de toda acción humana es un hombre, y, siendo el hombre una naturaleza concreta, se sigue que los adultos son criminales por la acción pecaminosa que cometen, y los niños se hacen culpables por el contagio del pecado de los mayores. Unos lo son por sus propios pecados, otros por el pecado de aquellos de quienes traen su origen. Ser hombres es un bien en los niños, y no lo podrían ser si el Bien sumo no los hubiera creado. Pero, si de su origen nada malo trajesen, nacerían sin defectos, incluso corporales. Dios es el Creador de las almas y de los cuerpos, y no permite defectos en la naturaleza humana si no hay méritos. Y de los incontables niños que nacen con una infinidad de males, no se puede decir lo que el Señor dijo del ciego de nacimiento: Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifieste en él la obra de Dios 14. Muchos, en efecto, jamás se han curado del todo, y mueren con esos mismos defectos en edad avanzada o en la infancia. Más aún, algunos niños son bautizados, y siguen con los defectos que tenían al nacer o que contraen después por cualquier accidente.

Dios me libre de afirmar que lo tenían bien merecido; comprendemos, no obstante, que en la vida futura les puede ser útil renacer en Cristo; pero, en este siglo, los hombres, en castigo de su orgullo, que los aleja de Dios 15, su Creador, están sujetos a grandes males; bajo un duro yugo que pesa sobre los hijos de Adán desde el día que salieron del vientre de su madre hasta el día de su retorno a la sepultura, madre de todos 16.

Apila Juliano calumnias contra Agustín

VII. 14. En esta obra tuya te esfuerzas por enseñar cómo los dialécticos construyen los silogismos, cuestión que nadie te plantea, y así, cuanto más te deleitas en ti mismo, más desagradas a los lectores sensatos. Y, lo que es peor, me haces decir lo que jamás he dicho, concluir lo que no concluyo, conceder lo que no concedo y deducir unas consecuencias que yo no acepto. ¿Cuándo negué que “la naturaleza humana no sea un bien, en cuanto los hombres lo son?” ¿Cuándo he dicho que “los hombres sean culpables en cuanto son hombres?” ¿Cuándo reconozco que los hombres no serían culpables si alguno de ellos no hubiera pecado? ¿Cuándo dije “que la fecundidad era un mal”, si, por el contrario, sostengo que, dentro del matrimonio, la fecundidad es una bendición de Dios? ¿Cómo te voy a pedir concedas lo que yo mismo no he dicho?

  1. En mis labios pones las siguientes palabras: “Toda unión de los cuerpos es mala”. Es como si dijeras que condeno la mezcla del agua y del vino cuando en una misma bebida se combinan, pues se verifica entonces una mezcla de dos cuerpos, y, si yo hubiera dicho que toda mezcla de dos cuerpos es mala, no podía exceptuar ésta. No condeno, pues, la unión de dos sexos si ha lugar entre esposos legítimos, porque sin esta unión no era posible la generación ni antes de existir el pecado. He dicho, sí, lo que en seguida añades: “Los hijos nacen de la unión de los cuerpos”, pero la conclusión que me endosas no es mía. No dije: “Son malos los hijos que nacen de una unión prohibida”. ¡Lejos de afirmar que el acto matrimonial con la finalidad de engendrar hijos sea un mal! Declaro, por el contrario, que es un bien, porque hace un buen uso del mal de la concupiscencia, indispensable para la procreación de los hombres, obra de Dios. Mas como esta generación no está exenta de todo mal, es necesario que los niños sean regenerados para que sean liberados de todo mal.

  2. Tejes luego otro de tus silogismos. Digo tuyo, como el primero, pues tuyo es, no mío. Dices: “La causa de que existan dos sexos es la unión de los cuerpos”. Pides te conceda esto. Bien; concedido. Continúas y añades: “Si esta unión es mala siempre, deforme es también la condición de los cuerpos, que consiste en la diversidad del sexo”. Aunque fuera lógica la conclusión de tu silogismo, en nada anularía lo que yo dije cuando afirmé que el comercio conyugal, si tiene por finalidad la generación de los hijos, no sólo no es un mal, sino que digo es un bien. De aquí se deduce que, aunque siempre fuera mala la unión de los sexos, no es consecuente decir que sea deforme la condición de los cuerpos que radica en la diferencia del sexo. En efecto, si los hombres fueran esclavos de la libido y, abandonada toda honestidad, se hicieran el amor como perros, no por eso la condición de los cuerpos, creados por Dios, sería una monstruosa deformidad, porque entonces sería criminal la unión de todos los hombres y mujeres.

Así, una unión adulterina, mala de verdad, no impide que la obra de Dios en la condición de los cuerpos sea buena. Ves cómo nada concluyente has dicho, y no por culpa de la dialéctica, de cuyas reglas te apartas. Ves cómo te sirves de los argumentos de este arte para, inflado, dejar atónitos a los analfabetos, aparentando lo que no eres. Y, aunque lo fueses, en esta discusión que se ventila no eres nada. Ahora sólo eres un discutidor inepto e ignorante, y, como dialéctico, inhábil. No obstante, te lanzas al combate armado con las agudas saetas de un dialéctico, confías en tus puñales de plomo y clamas: “Si la unión de los sexos es siempre mala, mala también es la condición de los cuerpos con diferencia de sexos”. No adviertes la inconsecuencia que existe entre las premisas de tu argumento y la conclusión. “Lo que no se puede negar”. ¿Qué es, joven sin peso, lo que no puedo negar? ¿Qué es lo que no puedo negar? Lo que tú mismo, si tienes juicio, no puedes menos de negar; porque el comercio adulterino entre el hombre y la mujer, por malo que sea, no es razón para que la condición de los niños, que es su fruto, sea un mal. La acción de los adúlteros es obra de los hombres, que hacen uso indebido de sus cuerpos, que es un bien, mientras los hijos son obra de Dios, que sabe sacar bienes de los mismos hombres malos. Dices: “La acción adulterina es buena en sí, pues es natural; pero los adúlteros hacen un mal uso de ella”. ¿Por qué entonces no admites que, aun siendo la libido mala, puedan los casados hacer un buen uso de ella cuando tiene por fin la generación de los hijos? Si se puede hacer mal uso de lo bueno, ¿por qué no se puede hacer buen uso de lo malo? ¿No vemos cómo el Apóstol hizo buen uso del mismo Satanás cuando entregó a su poder a un fulano “para destrucción de su carne, a fin de que su espíritu se salvara en el día del Señor” 17, y a otros los entregó para que aprendieran a no blasfemar? 18

¿Puede Dios ser autor de un ser malo?

VIII. 17. ¿Cómo puedes decir que “Dios no puede ser autor de una cosa mala?” Con más exactitud que tú sabe hablar aquel que dijo por el profeta: “Yo creo el mal” 19. Cualquiera que sea el sentido que des a estas palabras, te diré que no me afectan, pues no te he concedido las premisas de las que estas tus palabras son conclusión. ¿Acaso no demostré que, aun concedido que toda unión de los cuerpos, incluso la sexual, fuera mala, era una inconsecuencia decir que era mala la condición de los cuerpos? Y, aun concedido que Dios no sea autor del mal, ¿no será menos el autor de la condición de los cuerpos, que en ningún sentido, como afirmé, puede ser mala, pues nada de lo que anteriormente dije me forzaba a ello? Es, pues, vana y ridícula la consecuencia que sacas de mis palabras cuando dices: “Todos los cuerpos vienen de un principio malo”. Con mayor razón y verdad podemos concluir: una unión adulterina, por criminal que sea, no puede hacer mala la condición de los cuerpos, porque la unión de los sexos, incluso cuando es adulterina, es, en sí, una cosa buena, y, a pesar del mal uso que hacen los malos de este bien, no se puede deducir que la condición de los cuerpos sea un mal, porque se puede decir con razón que Dios es autor de los cuerpos. Ante mí no veo, pues, precipicio alguno que temer, que me fuerce a volver sobre mis pasos para retornar al buen camino. Explícame el camino e indícame tus razones.

El ser y el haber en el hombre

IX. 18. “El Dios bueno -dices-, creador de todas las cosas, es quien forma los miembros del cuerpo humano”. Es verdad; lo concedo. Continúas y añades: “El Hacedor de los cuerpos los distinguió en el sexo para unirlos en la acción; la diferencia de sexo es un medio para posibilitar la unión”. Te concedo esto también. “Si con los ingratos me concedes ser esto verdad, se sigue -dices- que tantas cosas buenas: cuerpos, sexo y uniones, no pueden producir frutos malos”. También esto es verdad, pues el hombre es fruto de todos estos bienes, y el hombre, considerado en sí mismo, es bueno. Lo que de malo hay en él necesita ser curado por el Salvador, liberado por el Redentor, lavado por las aguas del bautismo, desencadenado por los exorcismos, rescatado por la sangre derramada para el perdón de los pecados; y no es fruto de los cuerpos, del sexo, de las uniones, sino del antiguo pecado original.

Es como si yo dijese: “El fruto de la lascivia, de la torpeza, del crimen, no puede ser bueno”; y tú me podías, con razón, replicar: “El hombre nacido de adulterio no es fruto de la lascivia, de la torpeza, ni del crimen, de cuyos males el diablo es autor, sino de los cuerpos, sexo y uniones, de cuyos bienes es Dios el autor”. Lo mismo te puedo decir con toda razón: “El mal de la concupiscencia con el que el hombre viene a este mundo no es fruto de los cuerpos, del sexo, de las uniones, que son bienes, cuyo autor es Dios; sino de aquel que inspiró al primer hombre el pecado, es decir, del diablo”.

  1. Lejos de mí afirmar, como me calumnias, que “Dios crea a los hombres para hacerlos, con todo derecho, esclavos del diablo”. Es más bien efecto del poder divino que del diablo el que una generación impura esté bajo el dominio de un príncipe impuro hasta que sea purificada por el agua de la regeneración. Mas no por esto se puede decir que Dios creó al hombre para que en cierto sentido tenga el diablo una familia; al contrario, al crear al hombre, lo creó con la misma bondad divina que da ser a todas las criaturas, incluso al diablo mismo. Y, si retirase su bondad de los seres, dejarían de existir al momento. Y así como no da vida a los animales que pueblan los rebaños de los impíos para que los sacrifiquen a los demonios, aunque no ignora que lo van a hacer, así, aunque ve que está expuesta al pecado la generación humana, no suspende los efectos de su bondad sobre los hijos de los hombres, cuya misión es cooperar a este orden admirable en el correr de los tiempos.

Dialéctica y Escritura

X. 20. Después de este razonamiento, por el que a ti mismo te engañas, creyendo hacer algo constructivo, vuelves a tu acostumbrado maleficio, y añades: “¿Acaso debo decir que es con el testimonio de las Escrituras, no de los silogismos, como se ha de probar que los hijos nacidos de la unión de los cuerpos son obra de Dios?” ¡Como si el que esto negara pudiera ser cristiano! Con textos de las Escrituras te empeñas en probar una verdad que todos confesamos, sobre la que todos estamos de acuerdo y que no tenemos dificultad en predicar; y éste es un trabajo superfluo que sirve no para darnos respuesta, sino para poder rellenar tus libros. No obstante, cuando dices que el profeta, para exponer fielmente una verdad, usó esta expresión pudorosa: Serán dos en una carne 20, debías advertir que nada vergonzoso existía en las obras de Dios si no hubiera sucedido algo que hizo ruborizarse a la naturaleza humana, de no preceder la deformidad del pecado.

La concepción de Isaac a debate

XI. 21. En elogio de la concupiscencia dices: “A Sara y a Abrahán les fue restituida, por un don de Dios, en una edad muy avanzada, cuando sus cuerpos, casi muertos, habían perdido todo vigor” 21. Y, con la intención de injuriarme, me invitas a sostener, si puedo, que “se ha de considerar obra del diablo una cosa que, según yo, Dios concede a veces como un favor”. Es, por ejemplo, como si Dios resucitase un cojo y le restituyese al mundo de los vivos con dicho defecto, del que, muerto, estaba libre. Te pregunto: ¿Sería la cojera un beneficio de Dios? Sí, les restituyó el vigor de los tiempos juveniles, pero en un cuerpo de muerte; porque no entra en los planes de Dios restituirlos al estado de Adán antes del pecado, es decir, que pudieran engendrar hijos sin sentir en sus miembros una ley que combate la ley del espíritu.

  1. Puede también interpretarse esto que Dios hizo en favor de Abrahán en el sentido de que no podía engendrar hijos con ninguna mujer, aunque ésta pudiera concebir y dar a luz. Se cuenta de un anciano, llegado ya a cierta edad, que puede tener hijos con una mujer joven, no con una anciana, aunque ésta pueda quedar en estado si se acuesta con un joven. Mas como en aquella época los hombres vivían muchos más años que hoy, la decrepitud senil, que hace imposible la cópula, llegase con retraso; con todo, es cierto que la edad produce este efecto en hombres antes sanos y vigorosos. Cuando tengo esta obra entre manos, me cuentan que un anciano de ochenta y cuatro años, y que durante veinticinco vivió en continencia con su mujer, de gran piedad, compró una tocadora de lira para sus desahogos libidinosos. Dado lo que hoy viven los hombres, es una edad más avanzada que la de Abrahán a los cien, cuya vida se prolongó aún unos setenta años más.

Es, pues, más sensato pensar que Dios otorgó a sus siervos la fecundidad que no tenían. Se dan dos razones por las que Sara no podía tener hijos. Una, la esterilidad desde su juventud; la otra, la edad, no porque tenía noventa años, sino porque ya no puede quedar embarazada, aunque antes fuese fecunda. La Escritura no omite este detalle, para acrecentar la grandeza del milagro que Dios hizo en la raza de Abrahán y Sara. Cuando ésta entregó la esclava a su marido, era con la esperanza de que le diera hijos, y lo hizo movida no por la edad, sino porque era estéril. Las palabras de la Escritura son: Sara, mujer de Abrahán, no le daba hijos. Las que dirigió a su marido fueron: Mira, Dios me hizo estéril para que no dé a luz. Si fueran hombres de nuestro tiempo y considerando la edad de ambos, ya eran muy ancianos, pues Abrahán contaba unos ochenta y tres años, y Sara setenta y cinco. Dice la Escritura: Abrahán tenía ochenta y seis años cuando Agar le dio a Abrahán su hijo Ismael 22. Luego tenía entonces un año menos cuando conoció a su esclava y engendró a Ismael. Si no es por un milagro, ¿qué esposos pueden en nuestro tiempo tener hijos a esa edad? Sin embargo, Abrahán y Sara los hubieran podido tener de no ser Sara estéril, porque él los tuvo de Agar, y ella no era tan anciana para no tener sus reglas. El vigor corporal había declinado en Abrahán y no podía engendrar hijos de Sara, aunque hubiera sido fecundada en su juventud, por rondar ya la edad de la menopausia. De no ser esto verdad, no diría la Escritura: A Sara le había cesado el período, sino que hubiese dicho: Abrahán y Sara eran ya ancianos, entrados en años 23. Luego, incluso en relación con aquellos tiempos, en los que la vida del hombre era más longeva que la del hombre actual, Abrahán y Sara no estaban ya en edad de tener hijos, porque Abrahán tenía cien años y Sara noventa; y, aun cuando ella no hubiera sido estéril y tuviera comercio con su marido, el año que precede a la menopausia fuera posible el embarazo si su marido fuera joven, entonces ya no era posible al faltarle, por la edad, el vigor corporal, y la mujer no puede quedar embarazada de un viejo, aunque él pudiera fecundar a una muchacha, como pudo más tarde engendrar de Quetará 24.

Se puede, sin embargo, decir que Dios, por un particular beneficio, prolongó en él el tiempo de la fecundidad que le otorgó cuando nació Isaac. Hoy que los hombres viven mucho menos que los antiguos, se dice que, cuando, sumada la edad de los dos esposos, no superan los cien años, pueden aún tener hijos; pero, si la suma de los dos superan los cien años, se afirma que ya no pueden procrear; aunque la mujer, si tiene sus reglas normales, pueda tenerlos de un joven. Tan convencidos se está de esto, que el Derecho romano legisla que las personas casadas no tienen derecho a tener hijos si, sumados los años de los dos, se prueba que exceden los cien años.

  1. La concepción de Isaac fue, pues un milagro de Dios, otorgado a los padres no en favor de la libido, sino de la fecundidad; porque la libido puede estar verde en aquella edad, pero ésta ya no era, por múltiples causas, posible. Pero, aun suponiendo que Dios, por un beneficio particular, como antes dije, hiciese reverdecer la concupiscencia en los miembros casi muertos de un anciano, animándolos de nueva vivacidad, esta voluptuosidad sería siempre efecto de la condición de una carne corruptible y existiría en un cuerpo de muerte, condición que no existía en el Edén, antes del pecado, en un cuerpo de vida.

A tenor de esta ley penal del cuerpo, el don de la fecundidad lo concede ahora el Señor según la condición en que nos encontramos en este cuerpo de muerte y no en la condición feliz en la que nos encontraríamos en el paraíso, donde nada carnal existía que luchase contra el espíritu y era frenada por los deseos del espíritu, contrarios a las codicias de la carne; porque antes del pecado reinaba en el hombre la paz, no la guerra. Tu trabajo ha sido vano en esta obra. Supones que he dicho: “Isaac fue concebido sin la concupiscencia y sin el concurso del hombre”. No dije tal. Queda, pues, en la cuneta todo lo que has dicho sobre esta materia.

Naturaleza y vicio de origen

XII. 24. Crees haber dado prueba de una gran agudeza de ingenio al decir: “Aun cuando fuera el diablo el creador de los hombres, serían malos sin culpa suya, y, en consecuencia, no serían malos, porque nadie puede existir si no nace, y no es justo exigir a uno lo que no puede dar”. Este mismo argumento solemos aducir nosotros contra los maniqueos, que, según sus fábulas, sostienen que la naturaleza humana no fue creada buena en un principio y luego viciada, sino que desde la eternidad es inmutablemente mala.

La fe católica reconoce, por el contrario, que la naturaleza humana fue creada buena; pero, viciada por el pecado, es con justicia condenada. No es ni sorprendente ni injusto que una raíz mala produzca frutos malvados, y así como en un principio no faltó una mano creadora, tampoco falta ahora una misericordia redentora, verdad que vosotros rechazáis al decir que los niños no tienen pecado del que puedan ser liberados.

  1. Vosotros que con una desafortunada defensa y elogio pernicioso cooperáis a la pérdida irremediable de estos niños desgraciados, decidme: ¿Por qué no admitís en el reino de Dios si no son bautizados, a tantas criaturas inocentes que ningún mal han hecho y que son imágenes del mismo Dios? ¿Han faltado a sus deberes para verse privados del reino y ser condenados a destierro tan triste, si jamás han hecho lo que no pueden hacer? ¿Dónde pones a los que no tienen vida porque no comieron la carne ni bebieron la sangre del Hijo del hombre? Por esto, Pelagio, como queda dicho, en una asamblea eclesiástica condenó, para no ser condenado, a todos aquellos que dicen: “Los niños, aunque no estén bautizados, tendrán la vida eterna”. Dime, por favor: ¿Es justo que los niños, imágenes de Dios, sean excluidos del reino de Dios, alejados de la vida de Dios, sin haber nunca transgredido la ley de Dios? ¿No oyes cómo el Apóstol detesta a los excluidos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay y la ceguera de su corazón 25. ¿Estará en esta sentencia incluido el niño no bautizado o no? Si contestas: “No está incluido”, te ves condenado por la verdad del Evangelio y la sentencia de Pelagio. ¿Dónde encontrar la vida de Dios sino en el reino de Dios, donde no pueden entrar los que no han renacido del agua y del Espíritu 26? Y si contestas que el niño no bautizado no está incluido en la sentencia del Apóstol, confesada la pena, decid la culpa; confesado el suplicio, decid cómo lo ha merecido. Nada en vuestro dogma encontraréis que poder aducir. Si hay en vosotros algún sentimiento cristiano, reconoced en los niños alguna falta transmisora de muerte y condenación por la que son con justicia castigados si no son por la gracia de Cristo redimidos. En su redención puedes alabar la misericordia de Dios y en su condenación no puedes acusar su justicia, porque todos los caminos del Señor son misericordia y verdad.

Naturaleza y concupiscencia

XIII. 26 Defines, divides, discutes, como experto galeno, sobre el género. especie, medida y exceso de la concupiscencia.”El género -dices- consiste en un fuego vital; la especie, en un movimiento de los miembros genitales; la medida, en el acto conyugal, y el exceso, en la incontinencia de fornicación”. Sin embargo, después de una disertación larga y sutil, si te pregunto, en contadas palabras, por qué este calor natural y vital es fuente de luchas continuas, porque la carne codicia contra el espíritu, y es necesario que el espíritu codicie contra la carne 27; si te pregunto aún por qué, si uno consiente en este fuego vital que nos hace vivir, nos hiere de muerte, creo, te verías en un gran aprieto para responderme y toda la tinta de tus libros se convertiría de vergüenza en bermellón. He aquí que este fuego natural y vital no sólo obedece al dictado del alma, vida verdadera de la carne, sino que con frecuencia se enciende, contra su querer, en movimientos torpes y desordenados, y, si el espíritu no lucha con firmeza contra ellos, este fuego vital mata nuestra vida virtuosa.

  1. Tras una larga discusión concluyes: “Con razón el origen de la concupiscencia se define como un fuego vital, y, esto supuesto, es necesario admitir que la concupiscencia de la carne viene del calor que mantiene la vida de la carne”. Afirmas como si lo pudieras probar; pero por grande que sea tu descaro, pienso no osarás suponer que en el estado primitivo del hombre, antes que la pena siguiera a la culpa, esta concupiscencia carnal existiría en el Edén; o que, tal como hoy la sentimos, librara rudos combates contra la ley del espíritu con sus movimientos desordenados y vergonzosos. Luego añades: “Los movimientos de esta concupiscencia no son malos en su género, ni en su especie, ni en su medida; sólo en su exceso; porque en su género y especie son obra del Creador; la medida pertenece a un querer honesto, y el exceso, vicio es de la voluntad”.

Todas estas palabras, vacías de sentido, tienen un son agradable a tus oídos, como palabras de un hombre que no piensa lo que dice. Si la medida de la concupiscencia depende de un honesto querer, ¿cuándo se da este templado apetito en los esposos sino cuando estos movimientos son necesarios? Sin embargo, uno no siempre puede lo que quiere. ¿Qué hombre casto no querría no sentir estos movimientos de la carne? Pero no es dueño de lo que quiere. Y esto obliga al hombre a gritar con el Apóstol: Querer el bien está a mi alcance, no el realizarlo 28. El apetito no se ajusta a la medida de nuestro querer y en sí mismo no conoce moderación; sólo un espíritu honesto, en vigilante lucha, impone su ritmo. ¿Por qué, hombres perversos, en vez de alabar la concupiscencia, no pedís con nosotros a Dios nos libre del mal? 29

Matrimonio y concupiscencia

XIV. 28. ¿De qué te sirve decir: “La concupiscencia termina por debilitarse”, como si no se extinguiese del todo con la muerte; cuando el hombre, vencido y derrotado por ella, no tenga ya combates que sostener, y sólo espera el castigo que ha merecido por sus derrotas? Y lo más deplorable es que no entiendes lo que es este germen de muerte en un luchador, y es que, cuando estamos sanos, este movimiento es malsano. Dices: “O en los casados estos movimientos se ejercen con honestidad, o en los castos se frena con poder”. ¿Es verdad esto? ¿Lo sabes por experiencia? ¿No deben los casados reprimir este mal que tú consideras un bien? Luego en el matrimonio uno se puede entregar con agrado a los placeres de la carne, siempre que surjan espontáneos sus movimientos, sin esperar la hora de la intimidad en el lecho, porque, según tú, este comercio del hombre y la mujer siempre es honesto, si se siente necesidad de satisfacer la pasión, que consideras un bien natural. Y, si es así como has usado de la vida conyugal, omite hablar de tus experiencias en esta discusión y estudia qué uso se debe hacer del matrimonio y qué lecciones se deben dar a los casados. Me llamaría la atención si no has embridado estos deseos adulterinos ni has sentido un deber el frenarlos. Mas, si la castidad conyugal puede impedir que el matrimonio caiga en las aguas turbulentas de la concupiscencia y cometa excesos contra la naturaleza, ¿por qué dices “se usa con honestidad de estos movimientos en el matrimonio”, como si este movimiento fuera siempre honesto en los casados, nada se pudiese hacer, como dice el Apóstol 30, por concesión? ¿No te expresarías mejor si dijeras: “En el matrimonio, el acto se puede realizar con honestidad y templanza”?

¿Temías, acaso, se entendiese que la concupiscencia es un mal, si los mismos casados tienen necesidad de usar el freno de la moderación? Finalmente, si vives en continencia, reconoce en la libido uno de los caballos salvajes de la cuadriga ambrosiana y no alabes, de corazón ni de palabra, lo que te ves forzado a embridar por virtud. El cuarto punto se refiere al exceso de la concupiscencia; y como es obra de la insolencia, no de la naturaleza, con justicia se condena. Dime, por favor: ¿Cuál es la causa de este caso fuera de lo común, el libertinaje o la concupiscencia? Si no quieres ofender a tu favorita, has de responder: “La lascivia”. Todo el mundo está de acuerdo en que no existe lujuria si no se consiente en los movimientos de la concupiscencia. En consecuencia, ¿no es un mal lo que nos hace pesar, si consentimos? Mal que introduce en la carne una lucha contra el espíritu, aunque éste no consienta y luche contra la carne. Clama: Líbranos del mal 31, y no acrecientes este mal con tus falsas alabanzas.

Lujuria, castidad conyugal, continencia

XV. 29. Con claridad colocas la castidad conyugal entre la lascivia y la continencia. “Ves con indignación los excesos de los lujuriosos y admiras a los que se abstienen de los placeres lícitos. Te mantienes en los justos límites, sientes horror a los que se precipitan en el abismo del vicio, execrable barbarie, y respetas el fulgor centelleante del luchador que, con mano fuerte y pudorosa, templa sus ardores, y alabas a los que no necesitan de este remedio”.

Gran placer me causa oírte proclamar con tanta elocuencia esta verdad; pero, te ruego, si, como dices con trasparencia y verdad, la continencia conyugal alaba a los que guardan castidad porque no necesitan de tales remedios, creo pueden ver en sí mismos la necesidad; es decir, que, según el Apóstol, el que no pueda contenerse, que se case 32.

¿Por qué, cuando llamo enfermedad a la concupiscencia, tú lo niegas y, no obstante, confiesas que necesitan medicina? Si reconoces la necesidad del remedio, admite la existencia de la enfermedad; y, si niegas el mal, niega la necesidad del remedio. Te ruego, por favor, te rindas a tus palabras cuando dices verdad. Nadie receta una medicina al que goza de buena salud.

Bienes del matrimonio

XVI. 30. Dices también con verdad: “Pensándolo bien, no puede el matrimonio agradar, si merece alabanzas sólo si se lo compara a un mal”. Esto es cierto. El matrimonio es un bien en sí; un bien, porque guarda fidelidad al lecho nupcial; un bien, porque se unen los esposos por el bien de los hijos, un bien, porque se aborrece la impiedad del divorcio. Estos son los bienes nupciales por los que el matrimonio es un bien; bien que era necesario conservar, como he dicho mil veces, aunque no existiera el pecado. Este, sí, impone a los casados la ley del combate, no del placer; de suerte que es preciso oponer el bien del matrimonio al mal de la concupiscencia para templar los ardores que pueden llevar a cometer actos ilícitos; aunque no cese la concupiscencia de excitar con movimientos ora perezosos, ora violentos, incluso a los que hacen un buen uso de la concupiscencia a favor de los hijos. ¿Quién puede negar que la concupiscencia es un mal sino aquel que es sordo a las palabras del Apóstol: Lo que os digo es una concesión, no un mandato 33. Cuando los esposos se unen no con una finalidad creadora, sino para satisfacer su placer carnal vencidos por el deseo, su acción nada tiene de loable; se la perdona en comparación de algo mucho peor y el bien del matrimonio los pone a salvo.

Abrahán y Sara de nuevo en escena

XVII. 31. Después de todas estas cosas, retornas, no sé por qué al ejemplo de Abrahán y Sara. Creo haber contestado suficientemente a todo. Ignoro qué se te pudo olvidar, y al recordarlo lo has querido añadir ahora. Esto es humano y suele acontecer. Oigamos, pues, lo que dices de nuevo. “El peligro escribes -escribes- que el marido o el pudor de una mujer hermosa y santa corría, quedó protegido por un milagro del cielo, y, como era figura de la Iglesia, la profecía se hace ahora visible en la región africana”.

Para no analizar en vano cada una de tus palabras, voy a citar el pasaje en que te diriges a Turbancio, y dices: “Ahora, mi venerado hermano Turbancio, querido colega en el sacerdocio, es necesario orar a Dios para que no tarde en librar, en los tiempos en que nos toca vivir, a la Iglesia católica con parecidos milagros, pues es la Esposa de su Hijo santa fecunda, casta, hermosa; orar para que la libre de la corrupción de los maniqueos, que ejercen el bandidaje en África y fuera de África”.

Esta es también nuestra plegaria contra maniqueos, donatistas y otros herejes, y contra todos los enemigos del nombre cristiano y católico que han surgido en África. Y contra vosotros, que sois para nosotros como una peste venida de la otra parte del mar, de la que no podemos vernos libres sino por Cristo Salvador. ¿Tú crees que somos piratas salidos de África para combatiros porque os oponemos un mártir, el bienaventurado Cipriano, con cuyo testimonio probamos que es la fe católica la que defendemos contra la profana vanidad de vuestro error? ¡Oh maldad! ¿Tendrá la Iglesia de Dios establecida en África necesidad de vuestras oraciones, cuando el bienaventurado Cipriano predicaba la verdad que tú combates? Escribe: “Con razón no se debe negar el bautismo a un niño recién nacido que no es culpable de pecado, a excepción del contagio que trae de la muerte antigua por haber nacido de Adán según la carne; de suerte que se le perdonen no sus propios pecados, sino los ajenos”. Cuando Cipriano enseñaba estas verdades a otros, verdades que él había aprendido, ¿le faltó la ayuda de tus oraciones para que la belleza de la Iglesia, de la que Sara fue figura, se conservase intacta y fuera preservada la corrupción de los maniqueos, que, según tú, engañó a San Cipriano antes aún de que el nombre de Manés fuera conocido en el imperio romano? ¡Mira qué cosas tan sin sentido y monstruosas te ves forzado a proferir contra la fe secular de la Iglesia católica cuando no tienes nada que decir!

  1. Sean cualesquiera tus tergiversaciones, ¡oh herejía pelagiana!, construyes nuevas máquinas y trazas nuevas insidias para combatir las murallas de una verdad antiquísima. El “discutidor púnico”, como me llama tu defensor; pues bien, “este discutidor púnico” no soy yo, sino el cartaginés Cipriano, y este púnico te yugula con su palabra y toma venganza de tu dogma impío. ¿Qué sucedería si yo hubiera citado tantos obispos africanos como nombré de otras partes del mundo, o si entre ellos se encontraran muchos venidos de África? Hice sólo mención de un africano; los otros pertenecen a diferentes naciones. Su consenso -Oriente y Occidente- destruye tu doctrina. Sin embargo, la obstinación te ciega y no te das cuenta que eres tú el que tratas de corromper y afear la belleza de la antigua Iglesia; es decir, la antigua fe, de la que fue figura la castísima belleza de la viejecita Sara.

Si los maniqueos afearon el rostro bello de la Iglesia por medio de los santos obispos de Dios e ilustres doctores Ireneo, Cipriano, Reticio, Olimpio, Hilario, Ambrosio, Gregorio, Basilio, Juan, Inocencio y Jerónimo, dime, Juliano, ¿quién te parió a ti? ¿Fue una Iglesia casta y pura, o una hetaira cualquiera la que te engendró a la gracia de la vida espiritual, luz que has abandonado? Por defender la doctrina de Pelagio, en tu extravío, o, mejor, furor, ¿no temes difamar a la esposa de Cristo y deshonrar el seno de tu madre? No sabiendo qué mentira urdir para oponer la deformidad de tu nueva herejía a la belleza de Sara, vas tan lejos que acusas de maniqueísmo a una pléyade de gloriosos obispos católicos, todos unánimes en expresar sus sentimientos, aunque muchos ni el nombre de Manés habían oído.

  1. Después de esta digresión, a la que te llevó “no un exceso de dolor”, como dices, sino la ausencia de todo pudor, retornas a tus programados delirios, sin renunciar a tus extravagancias, y te afanas por confirmar con un texto del Apóstol 34 lo que ya habías dicho sobre los órganos ya muertos de Abrahán y Sara. Como creo haber discutido ya lo suficiente sobre este tema, me parece superfluo insistir. ¿Qué cristiano ignora “que aquel que creó al primer hombre del polvo, forma a todos los demás hombres del semen?” Pero esta semilla está con justicia corrompida y condenada; unos permanecen bajo los efectos de la condena, mientras otros son liberados del mal por misericordia. No es, pues, verdad, como opinas y concluyes, que la afirmación de un pecado original quede asfixiada en las mallas de tu red. Tus vacías palabras, que tratan de justificar la naturaleza humana, viciada por voluntad del primer transgresor, no sirven para justificarla; sólo la gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor, puede limpiarla de su inmundicia.

Para Juliano, el Obispo de Hipona es un adorador del diablo

XVIII. 34. No creo, como me calumnias, que “los esposos puedan engendrar sin sentir ardor en sus cuerpos”, ni opino que “Dios no sea el creador del hombre”, ni pienso que lo haya formado “por mediación del diablo o que sea su autor el diablo”, pues ni los padres pueden crear un hombre, porque, aunque intervienen los padres en la generación de los hijos, Dios da la virtud creadora, y ni el diablo en persona puede sustraerse a su poder. ¿Con cuánta más razón no podrá el diablo sustraer la naturaleza humana a la acción creadora de Dios, que, a causa del pecado, quedó condenada a estarle sometida? Si esto es así, eres tú no un adorador del diablo, como dices de mí, pero sí un auxiliar en sus obras, por mucho que le acuses, pues te atreves a decir que los niños no deben ser liberados por Cristo del mal que los hace esclavos del diablo, y así, con doctrina no sana, sostienes que están sanos. Yo, en cambio, según la sana fe, afirmo que Isaac debe su nacimiento a la concupiscencia, como todos los hombres, a excepción de uno solo, que no fue fruto de este mal y por el que todos somos sanados de este mal. No niego sea extraña la acción de la divina Providencia al movimiento de los miembros genitales, porque su sabiduría despliega vigorosa su acción de un confín a otro y todo lo dispone con suavidad 35, sin que haya en ella nada manchado 36; y para llevar a cabo sus obras se sirve de lo inmundo y contaminado, permaneciendo ella pura y limpia. No es preciso recurrir a largos razonamientos para probarme lo que precisamente concedo.

Pero, si puedes, responde: ¿Por qué Isaac habría sido borrado de su pueblo si no hubiese sido circuncidado al octavo día de su nacimiento y no hubiese recibido el signo del bautismo de Cristo 37? Explícame, si eres capaz, ¿por qué habría merecido tan gran castigo, de no haber sido librado por este sacramento? No se puede negar que Dios haya vivificado la matriz estéril de Sara y el cuerpo casi muerto de Abrahán, que no podía ya engendrar hijos como en su juventud. Dios les comunicó como una vida nueva. Pero Isaac, nacido en perfecta inocencia no era culpable de ningún pecado personal aunque hubiera nacido de padres adúlteros. ¿Qué culpa tenía, pues, para ser borrado de su pueblo si no fuera circuncidado al octavo día? No discurras por caminos oscuros y difíciles; responde a esta pregunta clara, simple, necesaria.

  1. Insertas un texto del Apóstol que no rima con su pensamiento al hacerle decir lo que tú quieres. Mas, al no rozar la cuestión que nos ocupa, sería largo y superfluo discutir. Citas también estas palabras: ¿Cómo juzgará Dios al mundo? Si por mi mentira la verdad de Dios abundó para su gloria, ¿por que soy juzgado aun como pecador? 38 Y a continuación añades: “Por estas palabras ha querido el Apóstol probar que Dios ha perdido el derecho a juzgar si no tiene el poder de gobernar”. Si, como piensas, la finalidad del Apóstol al hablar así era “imponer silencio a los que decían que los pecados de los mortales contribuían a la gloria de Dios, y, en consecuencia, manda cosas imposibles para preparar así los medios para hacer brillar su misericordia; y si, como juzgas, este pasaje de San Pablo prueba que los hombres son juzgados con justicia, porque no guardaron los mandamientos que podían cumplir, porque sería injusto sufrir condena por no observar preceptos imposibles de practicar”, ¿qué dices de Isaac, al que nada posible o imposible se le intimó, y, sin embargo, habría perdido la vida, de no ser circuncidado al octavo día? ¿No ves, en fin, que el precepto dado por Dios al primer hombre era de posible y fácil cumplimiento; y que fue por esta violación y desprecio de este mandato de un solo hombre, como en masa común de origen, por lo que arrastró con su pecado a todo el género humano, herencia común, y de ahí viene el duro yugo que pesa sobre los hijos de Adán desde el día de su nacimiento hasta el día de su sepultura en la madre de todos? 39 Y como de esta generación maldita de Adán nadie se ve libre si no renace en Cristo, por eso Isaac habría perecido de no recibir el signo de esta regeneración; y con plena justicia, pues, habría salido de esta vida, en la que entró condenado por su nacimiento carnal, sin el signo de la regeneración. Y si éste no es el motivo por el que Isaac habría perecido, indícame otro. Dios es bueno y justo; puede salvar a algunos porque es bueno, sin que lo hayan merecido; pero a nadie puede condenar sin motivo, porque es justo. Un niño de ocho días, sin pecado personal, ¿puede ser condenado, por no ser circuncidado, si no le hiciese digno de esta condena el pecado original?

Explica Agustín textos de la Escritura citados por Juliano

XIX. 36. Pasas a otro punto y tejes vanidad con vanidades mayores. No me refiero a los textos de las santas Escrituras que citas, sino a las conclusiones que sacas. Dices, por ejemplo: “Una ignorancia supina debe ser llamada justicia, pues Dios dijo al rey Abimelec, que había tomado a Sara por mujer sin saber que era esposa de otro: Sé que lo hiciste con limpieza de corazón”É 40 Y concluyes: “La voluntad de los padres no puede perjudicar a los hijos, pues, aunque esta voluntad sea mala, no puede ser -dices- conocida por los hijos”. ¿Por qué no los declaras justos, si una ignorancia absoluta se ha de llamar justicia? Nada más absoluto que la ignorancia de los niños, nada, en consecuencia, se debe llamar más justo. ¿Dónde queda lo que antes dijiste: “Los niños no nacen justos ni injustos”? De sus acciones futuras depende el serlo. ¿Todo lo que se puede decir de la niñez es que es rica en inocencia? ¿No son estas palabras tuyas: “El hombre nace en plenitud de inocencia y es capaz de llegar a ser virtuoso, pues por su conducta merecerá ser alabado o condenado?” ¿Acaso vas a decir que la justicia no es virtud? ¿Cómo es que el niño no es plenamente virtuoso y sí sólo capaz de serlo si se halla en una absoluta ignorancia, que, según tú, ha de ser llamada justicia, a no ser que niegues ser virtud la justicia? ¿No despertarás sacudido por este absurdo y te arrepentirás de lo dicho? La palabra de Yahvé está en vela, pero tú roncas. No dice al rey Abimelec: “Sabía que tu corazón era justo” o que “tu corazón estaba limpio”, pues está escrito: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios 41. Y tú pones como ejemplo del pecador al rey Abimelec. Le dice Dios: Sabía que hiciste esto con un corazón limpio. No todo lo que había hecho o pudiera hacer, sino esto, en que no tenía conciencia de adulterio.

  1. Me admiran tus esfuerzos por sacar de este ejemplo una conclusión imposible; no ves lo que no quieres oír. Te afanas en hacernos creer que por la oración de Abrahán reavivó Dios en las mujeres de Abimelec el ardor de la concupiscencia, pues está escrito: Dios había cerrado desde fuera toda matriz en casa de Abimelec por causa de Sara, mujer de Abrahán 42. Quieres convencernos que esta esterilidad era efecto de la cólera divina y había apagado en estas mujeres el fuego de la concupiscencia, mientras las palabras de la Escritura indican, más bien, una oclusión que venía de una enfermedad que impedía a las mujeres o quedar empreñadas por ayuntamiento o, ya embarazadas, no podían dar a luz. Ni pones atención, hombre que no quieres admitir que la justicia divina pueda castigar a alguien no a causa de los pecados personales, sino de pecados ajenos, cómo pudo acontecer que el rey Abimelec pecara, aunque su corazón estuviera limpio de adulterino deseo, y Dios haya querido castigar una falta cualquiera del rey en sus mujeres.

¡Ves cómo el contagio del pecado pasó de un hombre a las mujeres sobre las cuales ejercía su derecho de amo o de marido, y no quieres que este contagio pase de padres a hijos, de cuya semilla traen su origen! Pondera cuán inescrutables son los caminos de la sabiduría y ciencia de Dios y deja de graznar contra el misterio del pecado original.

Posiciones encontradas de Agustín y Juliano sobre la concupiscencia

XX. 38. Empiezas luego a discurrir sobre los excesos de la concupiscencia que juzgas reprobables, aunque merece elogio cuando usan de ella con moderación los casados; es como si un jinete se sirviese con destreza de un mal corcel; el elogio lo merece el jinete, no el caballo. ¿De qué te sirven los testimonios de la Escritura, en los que se evidencia que Dios prohíbe y castiga los excesos de la libido? Nos horroriza cualquier infame torpeza que se realice con las partes genitales, cuyos movimientos se dejan sentir durante el sueño incluso en personas castas, y sus efectos hacen gemir.

  1. ¿Por qué busca Dios, preguntas, justos en Sodoma, si la naturaleza los hacía tales? Es como si dijéramos que una naturaleza superior no pudiera frenar la concupiscencia carnal. Por el contrario, nosotros decimos: la concupiscencia es un mal, y un buen luchador la ha de vencer en combate, hasta ser como herida en el cuerpo, curada del todo.

  2. Si piensas que alaba el Apóstol la concupiscencia porque llama a la unión del hombre y la mujer natural cuando escribe a los romanos y dice que algunos, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros 43, te verás forzado a elogiar todo comercio con la mujer, y, en consecuencia, alabarás los estupros cometidos con mujeres, porque usar de ella, dices, es natural; sin embargo, es un crimen, pues sabemos que es un abuso, y los hijos, fruto de dicho ayuntamiento, son naturales, no legítimos. En consecuencia, no teje el Apóstol, en sus citadas palabras, un elogio de la concupiscencia carnal; dice tan sólo que el comercio entre hombre y mujer es conforme a la naturaleza, pues es por la generación de los hijos como subsiste la naturaleza humana

41 “Los sodomitas -sostienes- pecaron haciendo mal uso del pan y del vino, criatura de Dios”; y con esto quieres dar a entender que la concupiscencia es buena; pero los hombres, al hacer mal uso de ella, son culpables; como el pan y el vino son cosas buenas en sí, pero se peca por un mal uso. No sabes lo que dices; no ves que el pan y el vino son dos sustancias y no se encienden en deseos contrarios al espíritu; y si existe un apetito desordenado en el comer y el beber, el mal radica no en los alimentos, algo extraño al hombre, sino en los glotones, que hacen mal uso de ellos; y si es necesario ser parcos y moderados en la comida y bebida, es para que la concupiscencia, nuestro enemigo interior, no se excite y la pesadez del cuerpo corruptible no se deje sentir en el alma, cargada en exceso por los vapores de suculentas viandas, y embista, con violencia incoercible, contra el espíritu.

La concupiscencia es, pues, un mal. Nos lo prueba el luchador triunfante y el derrotado. Mal del que los esposos hacen buen uso cuando el fin es tener hijos, de los que la Providencia divina se sirve para la creación del hombre.

En el corazón de la controversia

XXI. 42. Medita ahora, te ruego; déjate provechosamente vencer por la verdad; medita, repito, abandonado todo deseo de victoria, y piensa si debes apegarte a tu sentencia o adherirte a la nuestra. Dices bien: “Quieres dar a tu lector un breve aviso para que grabe en su corazón cuanto en tus libros has dicho”. Cuál sea tu breve advertencia, lo condensas en estas palabras: “El que mantiene en sus justos límites la concupiscencia natural, usa bien de una cosa buena; el que excede los justos límites, usa mal de una cosa buena; el que, por amor a la santa virginidad, no usa de este bien, obra mejor, pues renuncia a una cosa que en sí es un bien; confiado en su salvación y en su fuerza, desprecia la medicina para poder ejercitarse en más gloriosos combates”.

A todo esto respondo: El que hace un moderado uso de la concupiscencia carnal, usa bien de una cosa mala; el que excede sus justos límites, usa mal de una cosa mala; aquel que por amor a la santa virginidad la desprecia, obra mejor, porque, poniendo su confianza en el socorro y la gracia del Señor, no hace uso de las medicinas inferiores para poder ejercitarse en más gloriosos combates.

El eje, pues, de la cuestión entre nosotros gira alrededor del buen uso de la concupiscencia, a saber, si es un bien o es un mal. Quisiera que en esta materia no rechazaras a los ilustres jueces, instruidos en saberes sanos, que, sin favoritismo alguno, han pronunciado sentencia, según probé en mis libros anteriores. Pero como es probable no te rindas a la evidencia, vas a prepararte para acusar a estos jueces, o, para servirme de una expresión más suave, para refutar sus afirmaciones; por eso me vas a permitir servirme de tus palabras en favor de mi sentencia contra ti mismo.

No iré lejos a buscar las pruebas; las encuentro en tu libro y en el mismo pasaje que acabo de citar. Dices: “La santa virginidad, confiada en su salvación y en su fuerza, desprecia la medicina de la concupiscencia para ejercitarse en gloriosos combates”. Te pregunto: ¿Qué medicinas infravalora? Responderás: “La del matrimonio”. Te pregunto de nuevo: ¿Contra qué enfermedad son necesarias estas medicinas? La palabra medicina viene de medicinar; es decir, de medicamento. En consecuencia, los dos reconocemos que el matrimonio es un remedio. Pero entonces, ¿por qué alabas la concupiscencia, pues reconoces es una enfermedad que conduce a la muerte si el calzador de la continencia o el remedio del matrimonio no la ahorma? He discutido contigo este punto más arriba (c. 15), en un pasaje en que pones, con tanta razón como elocuencia, la castidad conyugal entre los lujuriosos y continentes y afirmas que la castidad conyugal “templa suavemente con mano pudorosa los ardores de la concupiscencia y ensalza a los que no tienen necesidad de este remedio”. Repetiré ahora en pocas palabras lo que dije ya con claridad. Escucha: Cuando afirmo que la concupiscencia es una enfermedad, tú lo niegas, y, sin embargo, confiesas que necesita de un remedio. Si reconoces la necesidad de la medicina, confiesa la existencia del mal. Si niegas la enfermedad, niega el remedio. Ríndete de una vez, te lo ruego, a la verdad que habla por tu boca. Ninguna persona sana necesita medicinas.

  1. ¿En qué consisten estos “gloriosos combates” que han de sostener las santas vírgenes sino en no dejarse vencer por el mal y superar el mal con el bien? Combates no digo gloriosos sino muy gloriosos. Porque la castidad conyugal triunfa también de la esclavitud de la concupiscencia, pero con menos gloria que la virginidad. Combate, en efecto, para mantenerla dentro de los límites del tálamo nupcial; combate para que no turbe a los esposos en los tiempos destinados, de común acuerdo, a la oración. Castidad conyugal, don excelso de Dios, fuerte para guardar cuanto el contrato matrimonial prescribe, y es, sobre todo, entre sábanas donde sostiene los más duros combates para no rebasar los límites que impone la procreación de los hijos cuando acaricia el cuerpo suave de la consorte. Castidad que respeta los períodos de la mujer, la gravidez y la edad, cuando ya el concebir no es posible y solamente cede al deseo cuando brilla la esperanza de un hijo. Y si alguna vez se rebasan los límites del contrato matrimonial y se dispone del cuerpo del cónyuge, si no es contra naturaleza, es, en sentir del Apóstol 44, culpa leve, pues se rebasan los límites que el pudor impone a los esposos. Y para no traspasar estos límites es preciso luchar contra la libido, cuya violencia es tan arrolladora que, para contrarrestar sus efectos y no causar daño, la castidad ha de luchar y resistir.

  2. Tú, si no me equivoco, te hallas comprometido en este combate, y, como crees luchar por una causa buena, temes ser vencido. Dime, por favor: ¿por quién temes ser derrotado? ¿Por el bien o por el mal? ¿Temes, acaso, ser vencido por mí, y niegas el mal y alabas como bueno al que temes como vencedor? Emparedado entre dos adversarios, te debates entre grandes angustias y quieres vencer la libido con la castidad. Pero pon atención, porque, si la combates, confiesas su maldad; si la elogias, abandonas la verdad, que es bien. Ora combatas, ora elogies este mal, la victoria está de mi parte, y te lo voy a probar, eligiéndote a ti como juez.

Quieres vencer la concupiscencia luchando y a mí alabándola. He aquí mi respuesta: si la alabas, confiesas tu derrota; si la combates, pronuncias contra ti mismo sentencia. Si la concupiscencia es un mal, ¿por qué el elogio? Si es un bien, ¿por que la lucha? Y si no es ni un bien ni un mal, ¿por qué el elogio? ¿Por qué la lucha? Mientras luches contra la concupiscencia eres juez que pronuncias sentencia a mi favor, en contra de ti mismo. ¿Vas a renunciar, acaso, a combatir la concupiscencia para no verte vencido en este certamen que sostenemos, diciendo para tus adentros: Mejor es no combatir que demostrar con la lucha que es un mal y no un bien lo que alabo? Por favor, renuncia a este empeño. ¿Qué soy yo para considerar una gran hazaña vencerme? Déjate vencer por la verdad para triunfar de la concupiscencia. Porque, si cesas de luchar, serás por ella vencido, y, una vez esclavizado, te revolcarás en todos los lodazales. Este mal sólo horror debe inspirarte, pues no te servirá para alcanzar el fin prometido y no te impedirá ser por mí derrotado y por la verdad que defiendo. Ora seas panegirista o impugnador de la concupiscencia, serás vencido por tu propia sentencia, pues alabas un mal que te glorías en combatir. Y, si cesas de luchar contra ella, para no destruir con el combate los elogios que le prodiga tu lengua, venzo a un esclavo de la concupiscencia y a un desertor de la continencia, y no por tu propio juicio, sino por el de la sabiduría.

  1. Nuestra causa ha terminado. Por mucho que alabes la concupiscencia de la carne, si la combates, has de reconocer con cuánta verdad dice el apóstol Juan de ella y sólo de ella que “no viene del Padre”. Si, como dices, “el que no usa moderación, usa mal de un bien”, pero incluso en los que hacen un mal uso de ella es un bien, ¿cuál es la que no viene del Padre? De cualquier manera que la entiendas, ¿estás dispuesto a elogiarla? Y si es un mal, ¿cuándo y dónde lo será? Porque, según tú, es un bien incluso cuando se usa mal de ella; el mal, pues, no radica en ella, sino en el que usa mal de un bien. No podrás decir que viene del Padre cuando es moderada y que no viene del Padre cuando rebasa los límites de la moderación, porque afirmas que, incluso en este caso, es un bien del que el malo hace un mal uso. De todas estas dificultades te verías libre si creyeses no lo que dice tu boca, sino lo que prueba la lucha. Del Padre viene la continencia, que no tendría que luchar contra la concupiscencia si ésta viniera también del Padre. Este mal que con fuerza combates si vives en continencia, no viene del Padre, porque entonces no lo combatirías si no te opusiese viva resistencia, si fuera verdad que viene del Padre, pues no te opondría resistencia, cuando haces lo que agrada al Padre, si del Padre viniera.

  2. De la concupiscencia y con la concupiscencia nace el hombre, obra buena de Dios, pero no sin el mal, que viene de la generación y sana la gracia de la regeneración. Por eso he dicho con toda verdad: “El bien del matrimonio no se puede condenar por el mal que se deriva, como tampoco se puede justificar el mal del adulterio o de la fornicación por el bien natural que nace de este mal”. Llamo bien natural a lo que tú alabas conmigo; llamo mal original a lo que tú conmigo combates y alabas para combatirme. No es un mal lo que nace, sino con lo que nace y contra lo que espiritualmente luchas, si has renacido. Tu nacimiento es obra de Dios y de la fecundidad de tus padres; contra lo que combates, si has sido regenerado, viene de la prevaricación, que introdujo en el mundo la astucia del diablo, y de la que te libró la gracia de Cristo. Esta gracia te permite, primero, usar bien de este mal con tu consorte, y ahora, combatir este mal en ti mismo. No se te imputa a pecado, como el día de tu nacimiento, pero de su mancha no te verás limpio si no eres regenerado, para que, libre de la esclavitud en que te encontrabas, puedas reinar con Cristo, si es que tu herejía no te hace arder con el diablo. Lo que con toda mi alma deseo es que confieses la existencia del mal contra el que luchas, para que este mal, que no está separado de ti como una naturaleza extraña, sino que existe en ti, por completo curado puedas gozar alegre de una paz eterna.

  3. No soy, como dices, “un alquimista, capaz de crear una bestia que se devore a sí misma”. Cuidado, no sea que este movimiento bestial de tu carne con el que estás en conflicto así como te ha pervertido ya al alabarle, termine por devorarte si aflojas en el combate. No dije, como me calumnias, que el matrimonio era “un gran bien y un gran mal”, como si mi sentencia se devorase a sí misma; dije, sí, que en un mismo hombre hay una naturaleza buena y un vicio malo. Verdad que tú mismo reconoces en los adúlteros, pues no condenas la naturaleza a causa del vicio que hay en ellos, ni apruebas el vicio a causa de la naturaleza. El matrimonio, dije, al que debes tu nacimiento, es un bien; el mal proviene no del matrimonio, sino de una raíz viciada en su origen, contra la que, una vez regenerado, combates.

  4. Ridículo es lo que me dices: “Los epicúreos, al recorrer el camino, cortan todas las bridas que frenan los malos deseos”. ¿Qué no dirías si alabase el placer de la carne? Tú, con relativa frecuencia, haces lo que hacía Epicuro zafia y burdamente, y, aunque aparentas ser su enemigo, dices con cierta elocuencia lo que él, sin estilo, decía. Te va a resultar difícil probar que se puede alabar la concupiscencia y no ser epicúreo. Mas no te tomes este trabajo, te voy a librar de este cuidado. No eres un epicúreo, porque un epicúreo pone toda la felicidad del hombre en el placer de la carne, mientras tú, en gran parte, la haces consistir en la virtud, que no es otra cosa sino la piedad verdadera. En efecto, dijo Dios al hombre: Mira, la piedad es sabiduría 45. Y ¿de dónde viene la sabiduría sino de aquel de quien está escrito: Dios ciega a los sabios? 46 Y en otro lugar: Si alguno necesita sabiduría, se la pida al Señor 47. Si no eres epicúreo, aunque de él tomas alguna de tus expresiones en alabanza del placer venusino, mucho menos lo seré yo, que pienso de la concupiscencia lo mismo que pensaba San Ambrosio; esto es, que “la concupiscencia es enemiga de la justicia y que el hombre, concebido con el placer de la carne, antes ya de su nacimiento, contrae la inmundicia del pecado”.

En lo concerniente a mis costumbres y cuál es mi vida, la conocen todos aquellos con quienes convivo. Pero ahora se trata entre nosotros de un dogma católico y de una verdad de fe. Que no se encubra en ti la perfidia de un desertor, pues no me atemoriza tu lengua de crítico a lo Catón. Confieso que enseño a los hombres lo que aprendí en los escritos apostólicos: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros 48. Confieso también que me golpeo el pecho entre el pueblo y con el pueblo de Dios y le suplico con toda verdad: Perdónanos nuestras deudas 49.

No te insolentes contra nosotros; eres precisamente hereje porque te desagradan estas verdades. Nosotros ponemos toda nuestra confianza en la misericordia de Dios; vosotros, en vuestras fuerzas. Vosotros decís que la gracia de Dios se otorga según nuestros méritos; palabras que, si Pelagio no condena, hubiera sido él condenado por los obispos católicos. Nosotros afirmamos que la gracia se da gratuitamente; por eso se llama gracia. Decimos también que a esta gracia deben los santos sus méritos, a tenor de las palabras del Apóstol: Por la gracia de Dios soy lo que soy 50. Os burláis de nosotros y con la frente erguida nos despreciáis. Somos el sarcasmo de los satisfechos, desprecio de los orgullosos 51. Confundís al pobre porque ha puesto su esperanza en el Señor 52.

  1. En la cuestión que tratamos no veo haya dicho nada que te autorice a decir que “he cortado todas las amarras que frenan la concupiscencia”; al contrario, declaro es necesario reprimir las pasiones con la fuerza de la gracia de Dios, otorgada a los hombres. Te pregunto: Estas pasiones que han de ser reprimidas y a las que me acusas dar rienda suelta, ¿son buenas o malas? Y no se trata, pienso, de las pasiones que experimentan los rocines o cualquier otro animal, sino de las nuestras. Existen en nosotros malas concupiscencias, que es necesario frenar con las bridas de una buena conducta. Me acusas de cortar las amarras que embridan estas apetencias malas o buenas. Entre ellas hay una, la concupiscencia de la carne, de la que y con la que nacen los niños, y por esta causa han de ser purificados por el sacramento de la regeneración.

De este mal, declaro, usan bien los esposos castos; mal los adúlteros; tú, al contrario, sostienes que la concupiscencia es un bien del que hacen mal uso los adúlteros, y bueno los castos esposos; los dos decimos que hace mejor la continencia absteniéndose de un bien, según tú; de un mal, en mi sentir. Dios conoce nuestra conciencia, y los hombres entre los que vivimos, nuestra conducta; sin embargo los dos hacemos profesión de continencia, y, si observamos fielmente lo que profesamos, los dos reprimimos esta concupiscencia; los dos combatimos sus movimientos desordenados; los dos, si progresamos en este camino, venceremos. Pero entre nosotros dos existe esta diferencia: yo afirmo luchar contra un mal; tú, contra un bien; yo digo que es un mal el que se me resiste; tú, un bien; yo lucho contra un mal; tú, contra un bien. Mi deseo es triunfar de un mal; el tuyo, triunfar de un bien. De donde se puede deducir que te interesa más avivar esta concupiscencia con tus elogios que reprimirla con tu continencia.

  1. Con tu continencia declaras librar gloriosos combates. ¿Contra qué, por favor? Tu respuesta ha de ser: contra la concupiscencia de la carne. ¿Pero es enemiga o amiga? Responderás que es enemiga. La carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne 53. Son, pues, mutuos enemigos, testigo el Apóstol. Quizás sean una ficción tus elogios, si no lo es tu combate. No veo cómo puedes armonizar con sinceridad estas dos cosas: elogiarla como amiga y combatirla como enemiga. De estas dos cosas sólo una podemos creer, elige cuál de las dos hemos de creer. Si de corazón la combates, no la elogias de corazón; si tu alabanza es sincera, tu combate es una ilusión, juegas a la guerra. No soy enemigo tuyo, como lo es el mal que habita en tu carne, pero me gustaría oírte condenar este mal con la ortodoxia de tu doctrina y verte combatirlo con la santidad de tu vida.

Y, si es preciso elegir una de estas dos acciones, una sincera, la otra fingida, me encantaría que tus loas a la concupiscencia fueran fingidas, no tu combate; porque es más tolerable mienta tu lengua que tu vida; más tolerable simular la palabra que la castidad. Si no finges la castidad que te lleva a combatir tu concupiscencia, finges el elogio para enfrentarte con mi doctrina; y sucederá entonces que, si la guerra que mueves a la concupiscencia es sincera, no podrás disimular mucho tiempo, en la guerrilla que de palabra me haces, tus verdaderos sentimientos. Mas, ora disimules una de estas dos cosas o ambas a la vez, no veo cómo se puede ser sincero si se lucha contra lo que se alaba y se alaba lo que se combate, entre las dos hipótesis, me agradaría ver en ti lo que más te favorece y discutir contigo como con un enemigo de la libido. Lo reafirmo: el matrimonio no es un mal, pues hace un buen uso del mal; mientras tú sostienes que usa bien de una cosa buena, porque consideras un bien la concupiscencia de la carne, que, al combatirla, demuestras que es un mal. Ya expuse más arriba cómo los casados usan bien, dentro del matrimonio, de este mal que combaten.

La semilla y el mal

XXII. 51. Siendo esto así, el matrimonio, en cuanto matrimonio, es un bien, y el hombre, en cuanto hombre, es un bien, ora sea fruto de una unión legítima o adulterina; porque, en cuanto hombre, es obra de Dios; sin embargo, como engendrado por y con este mal, del que hace buen uso la continencia conyugal, es necesario sea de este mal liberado por el sacramento de la regeneración. ¿Por qué preguntas de dónde viene el mal de origen, si la concupiscencia contra la que sostienes rudos combates habla en ti con más elocuencia que cuando tú mismo cantas sus excelencias? ¿Por qué preguntas “de dónde viene que el hombre, creado por Dios, gima bajo el poder del diablo?” ¿Por qué está sujeto a la muerte, que Dios no hizo? ¿Qué tiene, dices, el diablo como suyo, si él no es el creador ni de lo hecho ni de la materia de la que fue formado? En efecto, lo hecho es el hombre y viene de la semilla del hombre. Los dos son sustancias buenas; ninguna es obra del diablo; pero fue él quien sembró en la semilla el vicio. No conoce como bien suyo el matrimonio, que tú y yo alabamos, pero conoce como suyo el mal, que los dos combatimos. No es, pues, razonable que uno de los dos alabe el mal contra el cual los dos peleamos. Ahora veo qué es lo que te mueve a preguntarme “de dónde viene el mal a los niños de entre tantos bienes”. Silencias en el libro que combates estas palabras del Apóstol: Por un hombre entró en el mundo el pecado, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres, en el que todos pecaron 54. No quieres que los hombres lean u oigan leer esta perícopa muy necesaria, para que no reconozcan su fe y desprecien tus razonamientos.

El niño es inocente y culpable

XXIII. 52. Yo, dices, he declarado que “el hombre nacido de fornicación no es culpable, y, si nace de un matrimonio legítimo, no es inocente”. Es una absurda calumnia. Declaré, por el contrario, según la fe católica, que los Padres defendieron contra vosotros, aun antes de existir vosotros, que, cualquiera que sea su nacimiento, son inocentes cuando de pecados personales se trata; culpables, a causa del pecado original. Declaro igualmente que toda sustancia es obra de Dios y es buena, incluso en los grandes pecadores de edad adulta; pero son malos por la cantidad de pecados personales que han añadido al pecado de origen con el que nacieron. Después de estas declaraciones, ¿puedo temer se me acuse, como tú lo haces, de imputar a los hijos los pecados de sus padres? Aunque esto fuera verdad, no lo es si se refiere a los pecados de los que gozan de libre albedrío de la voluntad, sino si se refiere a los niños; pero que en ningún sentido a la sustancia, obra de Dios, y en ella sólo hay de malo los vicios, contra los que, para servirme de una expresión tuya, libras “gloriosos combates”.

  1. Dices: “Lo mismo que, cuando engendran los adúlteros un hombre, nace de su fuerza germinal, no de su torpeza, así, cuando los esposos engendran, nace un niño, y no de la honestidad del matrimonio, sino del vigor seminal”. Y si en esta ocasión nace de los dos, también en el primer caso nace de los dos. El fruto de las nupcias, en lo que pertenece a las mismas nupcias, no es la generación de los hombres, que pueden nacer incluso de uniones adulterinas, sino la ordenada generación de los hijos. ¿Por qué “una parte de mi afirmación es falsísima” cuando digo que no se ha de imputar al bien del matrimonio el mal de origen, cuya fuente es el matrimonio, si el buen uso de este mal te hizo nacer culpable y tenerte esclavo, de no haber renacido por el sacramento de la regeneración? En consecuencia, no podemos condenar a los esposos que hacen buen uso de la concupiscencia, aunque los hijos han de ser regenerados para verse libres de este mal. Si el bien del matrimonio fuera sólo el buen uso de un bien, sería difícil explicar la presencia del mal. Pero consistiendo el bien del matrimonio en el buen uso de un mal, ¿qué hay de asombroso si del mal del que hace buen uso el matrimonio viene el mal del pecado original? Lo que sí es admirable es que, siendo los apóstoles buen olor de Cristo, para unos son causa de bienes, para otros causa de males. Para aquéllos, olor de vida, para vida; para éstos, olor de muerte, para muerte 55, y eso aunque el uso de este olor fuera uso de cosa buena, no mala. Eran buen olor de Cristo porque hacían buen uso de la gracia de Cristo.

Sientas una falsedad cuando dices: “Si el mal trae del matrimonio su origen, se le puede acusar, nunca excusar”; porque de él viene el mal de origen, pero es, al mismo tiempo, fuente de un bien, a saber, de la ordenada propagación de los hijos. No viene el mal del bien de las nupcias, pero en el bien existe un uso del mal. La cópula matrimonial no fue instituida, como dices, por el mal de la concupiscencia de la carne, sino a causa del bien que viene de este mal; bien sin mezcla de mal si el hombre no hubiera pecado. Y, aunque ahora este bien no pueda existir sin el mal, no por eso se sigue que el mal sea un bien. Todo lo que es obra de Dios es un bien en la naturaleza; sin embargo, sin este bien no podría existir una voluntad mala. Por consiguiente, el adulterio no puede existir sin el bien de la naturaleza, y no por eso es un bien; y el matrimonio no puede existir sin el mal de la concupiscencia, y no por eso es un mal. En consecuencia, aunque te conceda “que no existe el bien en lo que puede ser causa de un mal”, nada puedes concluir contra el matrimonio, que no es causa de mal alguno, porque el mal de la concupiscencia no es consecuencia del matrimonio; mal que ya existía y del que hace un buen uso.

La rendija y la puerta

XXIV. 54. “No debe -dices- escapar al castigo una cosa por la que otras son condenadas”. Si te refieres a la concupiscencia de la carne, no es absurdo tu sentir. De este mal usan bien los fieles casados; pero se comunica a los que nacen de esta unión y los hace culpables, y por eso han de ser regenerados. Mal que no puede quedar impune, y el castigo alcanza a todos los no regenerados; pero carece de efecto en los ya regenerados cuando su curación es perfecta. “Si este mal de origen -dices- viene del matrimonio, la causa de este vicio es la alianza nupcial” ¿Y qué sucede si otro dijera: “Si una voluntad mala viene de la naturaleza, luego la causa del mal es ]a creación de la naturaleza? ¿No sería una gran mentira?” Lo mismo se puede decir de tu razonamiento. Por el contrario, yo sostengo que el pecado original no viene del matrimonio, sino de la concupiscencia de la carne, mal que tú combates, y del que los esposos hacen buen uso si se unen sólo con el fin de tener hijos; porque sin el viejo pecado, que pasó a todos los hombres, no existiría este mal, del que el matrimonio pudiera hacer un buen uso, y, sin embargo, se unirían también para poder tener hijos.

  1. En el primer libro de esta obra pienso queda suficientemente demostrado tu gran error al discurrir sobre los árboles malos y buenos; mas como repites las mismas dificultades ya resueltas, no es superfluo demorarme un poco. Preguntas: “¿Por qué el pecado se encuentra en los niños?” Enumeras muchas cosas buenas y silencias el mal que combates; pero al callar gritas: “Con razón se han de condenar los padres cuyo matrimonio es fuente de pecado, pues proporciona al diablo un medio de ejercer su dominio sobre los hombres”. Esto lo puedes decir del mismo Dios; y no lo digo porque sea el creador de los hombres, que contraen el pecado original, sino porque alimenta y viste a infinidad de impíos que prevé van a permanecer en su impiedad; porque, si Dios no hubiera obrado así, el diablo no tendría hombres esclavos. Quizás digas: “Dios, al alimentarlos, piensa sólo en el bien, del que es autor”; es decir, en los hombres. Bien; pues lo mismo sucede a los padres: cuando engendran sus hijos, piensan sólo en el bien, que es el hombre, sobre todo al ignorar cómo en el futuro serán. Como tú mismo confiesas, no existiría el pecado si no hubiera precedido una mala voluntad; porque el pecado original -que yo admito y tú niegas- no existiría si la naturaleza no hubiera sido viciada por la mala voluntad del primer hombre. Y no existiría mala voluntad si no hubiera existido una naturaleza angélica o humana. ¿Dirás, acaso, que Dios es causa del pecado porque su voluntad es la causa de las naturalezas mudables? Si no se puede imputar a Dios creador el pecado de las criaturas racionales, que abandonaron el bien, sino el que sean buenas, tampoco se puede imputar a los padres que usan bien del mal de la concupiscencia el que los hijos nazcan con dicho mal, sino sólo en lo que tienen de buenos. No es, pues, verdad, como tú piensas, que “los niños vengan del diablo en cuanto hombres, aunque se diga que del diablo viene el origen del pecado”, sin el cual ningún hombre viene a este mundo. No porque la muerte traiga su origen del diablo viene de él el origen de los mortales.

  2. Buscas una pequeña “rendija por la que haya podido filtrarse el pecado a través del muro de la inocencia”, pues Pablo, el apóstol, te indica no una rendija, sino una puerta abierta de par en par: Por un hombre entró en el mundo el pecado, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres 56. Silencias estas palabras del Apóstol y añades de tu cosecha: “La obra del diablo no puede pasar por la obra de Dios”. Los hombres son, ciertamente, criaturas de Dios, y el pecado es obra del diablo, que, testigo el Apóstol, ha pasado a todos los hombres. Gritas: “Si la naturaleza viene de Dios, no puede existir en ella pecado alguno”. Pero otro más piadoso puede también decir: “Si la naturaleza viene de Dios, nada malo puede venir de ella o existir en ella”. Sin embargo sería una falsedad, porque el mal sólo de una naturaleza puede nacer y sólo en una naturaleza puede existir. El que nace es obra de Dios, lo confieso, y aunque nazca con el pecado original, pues lo que en él existe de bueno es obra de Dios, y la obra de Dios siempre es buena aunque en ella se encuentre el mal; y no sólo en el niño, sino incluso en las personas de cualquier edad. Sustancia, forma, vida, sentidos, razón y todos los demás bienes propios de la naturaleza humana se encuentran en todos los hombres, incluso en los malos. ¿Y a quién debe el hombre el beneficio de la vida sino a aquel “en quien vivimos, nos movemos y existimos? 57” Todo esto lo hace Dios como obra oculta de su providencia y bondad; los alimentos nos los da al descubierto para sostén de nuestra vida. Aquel que hace vivir al hombre, aunque lleve una vida licenciosa, hace que nazca el hombre aunque esté, en su origen, viciado.

Bienes del matrimonio

XXV. 57. ¿Qué intención lleva el que, citadas unas palabras de mi libro, me hagas decir que, “antes del pecado de Adán, la institución del matrimonio era muy otra de lo que es hoy y que el matrimonio se hubiera podido realizar, con todas sus potencialidades, sin la unión de los cuerpos y sin necesidad de los sexos?” Suprime en el matrimonio la concupiscencia, que hace a la carne codiciar contra el espíritu; suprime el mal contra el que combates, y así te ejercitas en “gloriosos certámenes”; pero no suprimas nada más, si es que quieres saber cuál pudo ser la institución matrimonial antes del pecado de nuestros primeros padres. ¿Quién jamás ha pensado en un matrimonio sin movimiento en los miembros y sin unión de los sexos? Lo que sí puedo decir es que estos combates que en su carne sienten las personas, casadas o célibes, si son castas, de ninguna manera pudieron existir en el Edén antes del pecado.

La diferencia radica en que antes los esposos no tenían necesidad de usar bien de mal alguno en la generación de los hijos, mientras ahora han de usar bien del mal de la concupiscencia. Mas este mal no vacía el matrimonio de sus bienes, como son la casta fidelidad en la alianza, que une a los esposos en una fecundidad creadora. En la procreación de los hijos, el hombre conocería a su mujer; pero entonces no sentirían en su carne el aguijón de la libido, sino un sereno dominio de la voluntad sobre todos sus miembros.

  1. Me acusas por sostener que “todos los niños del mundo, por los que Cristo murió, son obra del diablo, nacidos tarados y culpables desde el momento de su concepción”. No, los niños, en cuanto a su naturaleza, no son obra del diablo, pero por su astucia, el diablo los hizo, en su origen, culpables. Por eso Cristo, como tú mismo confiesas, murió también por los niños; ellos, como todos, tienen derecho a la sangre derramada por Cristo para perdón de los pecados 58. De este beneficio divino tú excluyes a los niños, pues niegas tengan pecado original. No te enciendas porque llamé enfermedad este mal, pues confiesas que necesita remedio. Adán es el tronco del que los niños traen su existencia; pero como esta fuente está enturbiada por el pecado, es, con justicia, condenada. Cristo es, para ellos, principio de un segundo nacimiento y de una vida nueva.

Una herida en la naturaleza

XXVI. 59. “Si, antes del pecado, Dios -dices- creó al hombre, del que todos descienden, y el diablo la pasión en los padres, sin duda a los hijos pertenece la santidad; la culpa, a los que los engendran”. ¿A qué llamas pasión en los padres? Si a la piadosa intención de querer tener hijos, es institución divina; si se dejan llevar por la desordenada pasión de la concupiscencia, imposible de avivar o reprimir a voluntad, es una herida en la naturaleza que proviene de una prevaricación, sugerencia del diablo. Con razón dije: “La generación de los hijos pudo haber tenido lugar sin esta enfermedad en un cuerpo destinado a gozar de la vida eterna, pero ahora no puede realizarse en un cuerpo de esta muerte”.

  1. Arguyes: “Los niños pertenecen al bien de la fecundidad instituida y bendecida por Dios antes de la enfermedad de la concupiscencia; pero no puede pertenecer a este mal si sobrevive después del pecado; en consecuencia, la santidad es herencia de los que nacen; la culpa, herencia de los que engendran”. Al hablar así, no adviertes que, a causa de aquel enorme pecado, se deterioró la naturaleza en su fuente y origen. Así también podrías decir que Eva sola, no las otras mujeres, debería sufrir los dolores del parto, porque la bendición de Dios: Creced y multiplicaos 59, en virtud de la cual se engendran los hijos, tuvo lugar antes de pronunciarse sentencia de condenación sobre la mujer. Mas, si dijéramos esto, se nos podría replicar: “Como por aquel pecado, así, por aquella maldición, toda la naturaleza humana se deterioró, de donde procede el pecado de origen, y desde entonces un duro yugo agobia a los hijos de Adán”.

  2. No es exacto, como pretendes, que “el Apóstol haya querido describir el estado de un judío bajo la ley cuando dice: Sé que no habita en mí, esto es, en mi cuerpo, el bien; y: No soy yo el que obra, sino el pecado que habita en mí, y: El mal está a mi alcance; y: Veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi espíritu. Describe San Pablo la naturaleza humana, no como salió de las manos de Dios, sino tal como es en esta carne corruptible después de herida por el pecado cometido por nuestros primeros padres por el mal uso que hicieron de su libre albedrío. Suya es también esta voz: ¡Infeliz de mí, hombre! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? La gracia de Dios por Jesucristo, nuestro Señor 60. ¿Se puede decir que es este lenguaje de un judío? No; es, sin duda, el de un cristiano, como lo son las palabras que preceden, de las que son éstas una consecuencia. Por eso dice: La gracia de Dios me librará del cuerpo de esta muerte por Jesucristo, nuestro Señor. El mismo había dicho: Veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi espíritu 61.

  3. Y para que no pienses que esta voz, quizás, sea de los catecúmenos, que esperan las aguas de la regeneración y, una vez recibidas, ya no experimentarán en sus miembros la ley del pecado, que lucha contra la ley del espíritu, si bien tú mismo quieres creamos que luchas contra este mal de la concupiscencia después de regenerado por las aguas del bautismo y sostienes, mediante el bien de la continencia, “gloriosos combates”, recuerda las palabras de Pablo a los gálatas, hombres ciertamente bautizados: Os digo: caminad según el espíritu y no deis satisfacción a las apetencias de la carne. No les dice: “No tengáis deseos carnales”, porque no podían no tenerlos, sino que les dice: No deis satisfacción, es decir, que vuestra voluntad no dé su consentimiento para realizar obras de la carne: Porque la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, estas codicias se pelean entre sí, de manera que no hacéis lo que os place. Mira si no es lo mismo que dice en la carta a los Romanos: No hago el bien que quiero; hago el mal que no quiero. Y en la carta a los Gálatas añade: Si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley 62. Mira si no es lo que escribe a los romanos: No soy el que actúa, y: Me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, finalmente: No reine en vuestro cuerpo mortal el pecado, ni obedezcáis sus concupiscencias 63.

En efecto, si se obedece a estos deseos, necesarios en una carne de pecado y en un cuerpo de muerte, se actuará contra lo que el Apóstol prohíbe: No deis satisfacción a las concupiscencias de la carne. Estas obras de la carne las enumera claramente en estos términos: Manifiestas son las obras de la carne: fornicaciones, inmundicias, lujurias, idolatrías 64, etc. Si en los deseos de la carne no se consiente, aunque se sientan sus movimientos, no se realizan sus obras. Cuando la carne lucha contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, y no hacemos lo que deseamos, no damos satisfacción a las apetencias de la carne, aunque existan en nosotros, como tampoco las buenas obras alcanzan su perfección a pesar del deseo que tenemos de alcanzarla. Y así como los deseos de la carne se cumplen cuando el espíritu, lejos de combatirlos, consiente en sus malas obras, lo mismo cuando la carne rima con el espíritu y no lucha contra él, se consuman las buenas obras.

Esto es lo que nosotros queremos cuando deseamos la perfección de la justicia y es lo que, tenso el espíritu, debiéramos apetecer; pero mientras vivamos en esta carne corruptible no podemos conseguirlo, pues, como dice el Apóstol, el querer el bien está a mi alcance, pero no realizarlo 65. En los códices griegos se lee: Puedo querer el bien, no el realizarlo a perfección. Es decir, no está a mi alcance llevar a cumplimiento el bien. No dice “hacer”, sino realizarlo a perfección, porque “hacer” el bien consiste en no dejarse arrastrar por los deseos de la carne 66; el realizarlo a perfección es no tener malos deseos. Se dice a los Gálatas 67: No deis satisfacción a vuestros deseos, que es el polo opuesto a lo que se lee en la carta a los Romanos 68: No sé cómo cumplir el bien.

Ni la concupiscencia se completa en el mal cuando nuestra voluntad no le da su consentimiento, ni nuestra voluntad se perfecciona en el bien mientras alienten en nosotros movimientos pasionales en los que no consentimos. Conflicto en el que los mismos bautizados se hallan envueltos, en lucha sin cuartel mientras la carne codicie contra el espíritu, y el espíritu contra la carne. En esta lucha hace bien el espíritu en no consentir el mal de la concupiscencia, pero no alcanza la perfección, pues las malas apetencias no desaparecen del todo. La carne, fuente de malos deseos, no los puede llevar a la práctica porque no consiente el espíritu. Y este conflicto no es de judíos o de paganos, sino de fieles cristianos que viven honestamente y se ven enzarzados en esta lucha, como con brevedad lo expresa el Apóstol cuando escribe a los romanos y dice: Yo mismo, por el espíritu, sirvo a la ley de Dios; pero con la carne, a la ley del pecado 69.

  1. Si ésta es nuestra condición en el cuerpo de esta muerte -diferente de la del hombre en el Edén, en un cuerpo de vida-, con suficiente claridad y sin duda alguna se deja ver de dónde traen los niños el pecado de origen al nacer en la carne, y del que no se ven libres sino por la regeneración espiritual. No viene el pecado de la obra de Dios al crear la naturaleza humana, sino de la herida que el enemigo infligió a la naturaleza del hombre. No de un enemigo principio de una naturaleza mala, como quieren los maniqueos, de la que Dios no es autor, sino de un ángel caído, criatura del Dios bueno que por su mal proceder, se hizo malo. Al herirlo, primero lo abate y, abatido, lo estrella. Con astuta sugerencia hiere de prevaricación al género humano, para que, incluso los que caminan por la senda de Dios, cojeen.

  2. Te enojas contra mi porque dije que “hay caraduras que no sienten sonrojo en alabar sin pudor la impúdica concupiscencia”; y como loco furioso, con impresionante petulancia, te das jabón y dices multitud de cosas. Por ejemplo, pretendes estar de acuerdo “con las Sagradas Escrituras y la sana razón” cuando afirmas que es tu intención animar a los hombres a la práctica de la virtud y defender que no existe en la naturaleza mal alguno; que no hay cima escarpada de virtud que un corazón esforzado y fiel no pueda escalar sin socorro alguno de Dios; y afirmas no existir en la carne necesidad vinculante al mal; en fin, que cada uno, persuadido de la bondad de la creación, debe sentir vergüenza de vivir en el vicio, y así este sonrojo le impide faltar a la nobleza de su origen. Añades aún otras reflexiones parecidas, de las que te jactas con relativa elocuencia.

Luego, por otra parte, intentas confundirme con tus palabras, porque mi doctrina “tiende a destruir -dices- toda vida de santidad, corromper el pudor, arruinar las buenas costumbres”. Y una cosa, según tú, no puedo negar, y es que hago responsable a la naturaleza de todo cuanto es inmundicia y deshonor en la vida, y, para animar al pecador y quitarle el miedo, matizo las obscenidades, injurio a los apóstoles y a todos los santos. Y toda esta andanada porque cito estas palabras de Pablo, vaso de oro en la Iglesia del Señor: No hago el bien que quiero, sino que hago el mal que aborrezco 70, etc.

  1. Al tiempo que tejes tu elogio y mi acusación, luchas contra el mal de la concupiscencia, y así confiesas con tu lucha lo que niegas con tu palabra. Y te haces la ilusión de alcanzar las cimas de la virtud, y en lo alto, como desde castillo roqueño, combates la concupiscencia que sin pausa te acosa en tu santuario interior sin poder evitarlo. No sientes sonrojo en alabar esta concupiscencia, que, si te supera, te arrastra, inevitablemente, a la perdición; y todo para combatir a un adversario como yo que, aunque te venza, te busca, perdido, para salvarte. Y al final de tu libro escribes que “es mi intención manifiesta declarar la guerra a todas las virtudes en favor de los vicios que juro defender; y no retrocedo ante ninguna astucia, ninguna violencia, con tal de arrasar la ciudad de Dios y desalentar a cuantos resisten los embates de las torpezas de la carne, arrebatándoles toda esperanza de conquistar la castidad; porque el poder de la obscena concupiscencia es tan enorme que la razón no la puede frenar, ni dirigir, ni embridar la legión de apóstoles”.

Estas son pellas areneras que lanzas contra mí. En alta voz proclamo que nunca he declarado la guerra a las virtudes, sino a los vicios; y, en la medida de mis fuerzas, seguiré, con la ayuda del cielo, haciéndoles guerra eterna. Y si es cierto que tú también luchas contra ella, ¿por qué alabas lo que combates? ¿Cómo creer luchas con todas tus fuerzas contra un enemigo que ni de palabra combates? Y si los dos combatimos la concupiscencia, ¿por qué no la condenamos los dos? Y si te jactas de superarla con tu continencia, ¿por qué no la condenas con tu palabra? Falsamente me acusas de enseñar que las pasiones son de tal violencia que la razón no las puede reprimir ni gobernar, incluso cuando es iluminada y sostenida por la gracia de Dios. Mas ¿por qué te obstinas en negar que esta pasión es un mal, si mata cuando no la sofocas? Elevo mi voz cuanto puedo para afirmar todo lo que tú afirmas que niego. Sostengo, sí, que los apóstoles combatieron con todo vigor contra la concupiscencia, que codicia contra el espíritu. Tú aseguras que he calumniado a los apóstoles, y finges estar muy indignado por esta injuria. ¿Por qué entonces alabas la concupiscencia, que es tan enemiga tuya como de ellos? Lo que una legión de apóstoles combatió, ¿no es enemigo de los apóstoles?

  1. ¿Es para ti la concupiscencia carnal algo que debes amar y combatir, de manera que en ti la combates y contra mí la defiendes? Tu guerra es oculta; tu amistad, manifiesta, por lo que manifiestas, haces sospechoso lo que ocultas. ¿Cómo dar crédito a tu lucha contra el aguijón de la libido, cuando hinchas tus libros con cantos a la concupiscencia? Acallo mi recelo y creo combates lo que alabas, pero siento en el alma alabes lo que impugnas. Es por y con este mal que tú, creo, combates como el hombre es engendrado y no quieres sea salvo por el sacramento de la regeneración. De este mal usan bien los casados, pero los que guardan continencia obran mejor al abstenerse. Y si la concupiscencia de la carne, que codicia contra el espíritu es un mal contra el que los apóstoles y tú mismo combatís, los esposos no usan bien de una cosa buena, sino que hacen buen uso de un mal. De y con este mal, todos los niños engendrados necesitan ser regenerados para que se vean libres de este mal. Con este mal originario nacieron también sus padres, aunque se vean, al renacer, libres de culpa. ¿Por qué queremos que engendren no como renacidos, sino como nacidos, sino porque también ellos son nacidos? Luego culpables; y, pues eran en su nacimiento reos, no pueden engendrar sino como lo que fueron al nacer. Y todos los regenerados quedan libres de la culpa contraída en su nacimiento. Nacen los niños de un mal del que usan bien los regenerados para dar existencia a seres que han de ser regenerados por el bautismo. Si no luchas contra este mal, cree a los combatientes. Y, si lo combates, considérate enemigo y no quieras, con tus elogios, tener por amiga una enfermedad a la que con tu lucha consideras enemiga.