BAC vol. 33
Libro 02
RÉPLICA AL GRAMÁTICO CRESCONIO, DONATISTA
LIBRO SEGUNDO
Resumen de la argumentación del libro anterior
I. 1. Con el discurso del volumen anterior, tan prolijo, pienso que al fin hemos llegado a la persuasión de que no se debe alabar ni aprobar la negativa de vuestros obispos a coloquiar con nosotros sobre la causa de la disensión que divide nuestra comunión. Con esta especie de prescripción se consideran segurísimos en una causa pésima, que, si no me equivoco, ha sido eliminada de raíz con argumentos verdaderos y bien sólidos, y sobre todo con los ejemplos de las divinas Escrituras. Con ellos he demostrado clarísimamente que los santos predicadores y defensores de la verdad hablaron también contra los adversarios actuales de la misma verdad, y no sólo contra los del mismo pueblo que ellos, sino también contra los extranjeros y extraños y -vuestro apoyo para infundir vanos temores sobre todo a los ignorantes- contra los que profesan la dialéctica; no debe tenerse por un terco disputador el predicador diligentísimo ni por un litigante el infatigable dialéctico que insiste, a tenor del precepto del Apóstol, a tiempo y a destiempo 1, para refutar con la sana doctrina a los contradictores 2, rechazar a los charlatanes, corregir a los inquietos, consolar a los pusilánimes, acoger a los débiles 3, mientras defiende con paciencia contra todos los que se resisten la palabra de la salud evangélica y la predica sin desconfianza.
También demostré cómo en modo alguno habéis de pensar que hay que bautizarse en vuestro partido porque concedamos que podéis tener el bautismo y darlo, pues decimos también que lo poseéis para vuestro daño y dañinamente lo dais, porque los bienes sagrados, de que pueden usar aun los malos, cuanto más santos son, tanto más inútil y dañinamente los administran ellos. Por eso, cuando vienen a la Iglesia santa, deben ser corregidos ellos; los buenos no deben profanar los bienes, que ni aun los malos han alterado.
- Escucha, por tanto, Cresconio, y te demostraré que en toda tu carta no has dicho nada que refute la mía, si exceptuamos que por casualidad me has enseñado a derivar o formar las palabras. Por ejemplo, que, de Donato, es preferible decir donacianos a donatistas. Al menos concedes que se trata de una declinación griega, es decir, que de Donato se deriva donatista como de Evangelio evangelista. Y tú te manifiestas entusiasmado de que los vuestros que predican el evangelio tomen prestada de tal fuente la formación de la palabra.
Debes estar alerta, no sea que aquellos primeros hayan querido llamarse así porque tienen por evangelio a Donato. En efecto, como ningún santo quiere apartarse de la compañía del Evangelio, así tampoco éstos de la de Donato, y por eso se complacen en llamarse donatistas, cual evangelistas. Y quizá eres tú más bien quien los afrentas a ellos al aprobar en la lengua latina sólo el giro latino y decir que es mejor llamarlos donacianos de Donato, como de Arrio y Novato arrianos y novacianos.
Cuando yo lo escribía, el nombre ya existía así -ignoro quién lo había divulgado-, y no me preocupé de cambiarlo, pensando que bastaba para establecer la distinción que pretendía. Demóstenes, el más ilustre de los oradores, que pusieron tanto esmero en el uso de las palabras cuanto nuestros autores en los contenidos, al objetarle Esquines cierto neologismo, negó que el destino de Grecia estuviera puesto en si había usado una u otra palabra o había extendido la mano hacia una u otra parte. ¡Cuánto menos hemos de preocuparnos de las reglas de derivación de las palabras; ya que, digamos esto o lo otro, se entiende sin ambigüedad lo que decimos nosotros, que no ponemos nuestras miras en el refinamiento del lenguaje, sino en demostrar la verdad!
Si fue alguno de los nuestros el primero en derivar esta palabra, no creo haya querido imitar el término evangelista, originado de Evangelio. Pero como no sólo Donato de Cartago, que se dice fue el que más consistencia dio a esta herejía, sino también su antepasado Donato de Casas Negras, el primero en erigir un altar contra otro altar en la misma ciudad, provocaron un gran escándalo, así quizá quiso formar de Donato donatistas, como de escándalo “escandalistas”.
Es más importante el contenido que el nombre
II. 3. En esta cuestión, en que nada se perjudica a nuestra causa, procuraré mostrarme muy complaciente contigo, usaré el nombre de donacianos; en cambio, con los demás seguiré más bien la costumbre, que es la que legítimamente domina sobre estos sonidos. Tú, que me has atribuido tal elocuencia, ten presente solamente que yo no conozco aún la derivación de palabras y procura tranquilizar a los vuestros, para que no me teman ya como dialéctico, pues ves que necesito hasta un profesor de gramática.
El arte de la discusión, ya quieras llamarla dialéctica, ya le des otro nombre, nos enseña sobriamente que cuando se conoce la cosa no hay que preocuparse de los nombres. No me preocupa el nombre mismo de dialéctica, pero procuro, en cuanto puedo, conocer y poder disputar, esto es, discernir al hablar, la verdad de la falsedad, porque si no lo hago, caeré en lamentables errores. Del mismo modo, no me preocupo de si es más sabio o elegante llamaros donatistas o donacianos; si finalmente cuando hablamos se os debe dar como distintivo el nombre de donatistas tomándolo ya de Donato, bien el primero en sacrificar fuera de la Iglesia, bien el que más la consolidó, ya de Mayorino, el primer obispo ordenado de vuestro partido frente a Ceciliano. Ahora bien, que sois herejes y, por tanto, que hay que evitaros con toda cautela para que no engañéis, es lo que tengo que demostrar con toda diligencia, y si no lo consiguiera, incurriría en culpa de grave negligencia, dada la responsabilidad que me impone mi cargo.
¿Una herejía o un cisma?
III. 4. Tú juzgas que la diferencia que tiene lugar entre nosotros debe llamarse más bien cisma que herejía, y, caso de audacia raro entre los dialécticos, tratas de distinguir estos términos aun con definiciones. No podré demostrar suficientemente cuánto me ayudas en esto, si no cito textualmente las palabras de tu carta: “¿Qué significa tu expresión sacrílego error de los herejes? No suelen darse herejías sino entre los que siguen diferentes doctrinas, y no es hereje sino el que sigue una religión contraria o interpretada de otra manera, como son los maniqueos, arrianos, marcionitas, novacianos y demás, que tienen una opinión diversa entre sí frente a la fe cristiana. Entre nosotros, para quienes el mismo Cristo ha nacido, muerto y resucitado, que tenemos una sola religión, los mismos sacramentos, ninguna diversidad en la práctica cristiana, decimos que se ha producido un cisma, no una herejía. Efectivamente, la herejía es la secta de los que siguen doctrinas diferentes; el cisma, en cambio, es una división entre quienes siguen las mismas. Por lo cual echas de ver en qué error incurres en este afán de acusar de herejía a lo que es un cisma”. Estas son tus palabras, tomadas literalmente de tu carta.
Cresconio da la razón a los católicos sin advertirlo
IV. 5. Presta atención ahora, si no eres obstinado, con qué fácil compendio has dado fin a la cuestión que se debate entre nosotros. Si para nosotros y vosotros es el mismo el Cristo nacido, muerto y resucitado, si tenemos una única religión, los mismos sacramentos, si no hay diferencia alguna en la práctica cristiana, ¿no es una perversidad el rebautizar? Adujiste tres razones, y si hubieras aducido una sola, sería más que suficiente. Pero como si atacaras lealmente a los donacianos, por si alguien demasiado sutil intentase explicar de otra manera lo que tú hubieras dicho una vez y brevemente, pusiste interés en introducir e inculcar tu opinión aun a oídos y corazones obtusos. Dices: “Una única religión, los mismos sacramentos, sin diversidad alguna en la práctica cristiana”. ¡Y todavía estamos luchando unos contra otros! Ea, reprimid ya de una vez la disensión, reparad la rasgadura, acabad con la discordia, amad la paz. ¿Por qué la desaprobáis? ¿Por qué exorcizáis, por qué rebautizáis? Tenemos una única religión, los mismos sacramentos; no hay diversidad alguna en la práctica cristiana. Si nosotros y vosotros no tenemos un mismo bautismo, ¿cómo es única la religión? Tú dijiste: “Una única religión”; luego único es el bautismo. Si vosotros y nosotros no tenemos el mismo bautismo, ¿cómo tenemos los mismos sacramentos? Pero tú hablaste de “los mismos sacramentos”. Luego también el mismo bautismo. De la misma manera, si entre nosotros y vosotros es diverso el bautismo, ¿cómo no hay diversidad alguna en la práctica cristiana? Pero tú también hablaste de “ninguna diversidad en la práctica cristiana”. Luego tampoco es diverso el bautismo.
Estando así las cosas, con razón nosotros ni reprobamos ni exorcizamos lo que es una misma cosa y no diversa, y no reiteramos el bautismo, sino que lo reconocemos, lo asumimos, lo aceptamos; vosotros, en cambio, impíamente simuláis no reconocer lo que es una misma cosa y no diversa, rehusáis recibirlo, no queréis acogerlo, sino que preferís reprobarlo, osáis exorcizarlo, no teméis reiterarlo. Nosotros aceptamos lo que no ha sufrido cambio ni en unos ni en otros, y vosotros lo rechazáis; si lo dais vosotros, nosotros lo aceptamos como dado; en cambio, si lo damos nosotros, vosotros lo repetís como no dado. ¡Siguiendo doctrinas tan opuestas, rehusáis que se os llame herejes!
- Presta diligente atención a lo que dices tú y a lo que digo yo. Tú has dado ciertamente esta definición: “La herejía es la secta de los que siguen doctrinas diferentes; el cisma, en cambio, es una división entre los que siguen las mismas”. Dijiste también que nosotros y vosotros tenemos una única religión, los mismos sacramentos, sin diversidad alguna en la práctica cristiana. Si tenemos una única religión, los mismos sacramentos, sin ninguna diversidad en la práctica cristiana, ¿por qué rebautizas a un cristiano? Si, por el contrario, tú rebautizas a un cristiano y yo no lo rebautizo, seguimos doctrinas diferentes: ¿por qué no quieres te llame hereje? Considero que no es un signo baladí aquel por el que reconocemos como herejes a los que, confesando tener una única religión con nosotros, los mismos sacramentos, sin diversidad alguna en la práctica cristiana, no quieren reconocernos como bautizados. ¿Es que sois tan obstinados, resistís con tal disensión a la verdad que separáis el bautismo de la religión, de los sacramentos, de la práctica cristiana? Si hacéis esto, sois herejes por no aceptar que el bautismo forme parte de la religión, de los sacramentos, de la práctica cristiana; y si no lo hacéis, sois herejes porque rebautizáis a los que tienen una misma religión con vosotros, unos mismos sacramentos, sin ninguna diversidad en la práctica cristiana, cuando precisamente confesáis que el bautismo forma parte de la religión, de los sacramentos, de la práctica cristiana.
Considera atentamente tu definición, en que dijiste: “Herejía es la secta de los que siguen doctrinas diferentes”, y ve si vosotros no seguís doctrinas diferentes, bien al separar el bautismo de la práctica cristiana, de los sacramentos cristianos, a los cuales nosotros lo unimos como uno de los importantes, bien al rebautizar, cosa que nosotros detestamos, a aquellos con los cuales tenéis un solo bautismo en la práctica religiosa de los sacramentos cristianos.
Un deseo de Agustín
V. 7. Cuando los vuestros seducen a alguno de nuestros fieles para hacerle perecer con impías asechanzas; cuando, bautizado ya entre nosotros, dicen que ni siquiera ha comenzado a ser cristiano; cuando lo exorcizan como a un pagano, cuando le hacen catecúmeno para prepararlo luego para un nuevo baño o mejor para ahogarlo, cómo querría yo, si pudiera, salir de repente de alguna parte con esta carta tuya y, leyendo este mismo pasaje, en medio de sus audacias, presentársela y exclamar: “¿Qué hacéis? Ea, escuchad, ved, leed: nosotros y vosotros tenemos una única religión, los mismos sacramentos, sin diversidad alguna en la práctica cristiana; preguntad primero en nombre de quién ha sido bautizado ése, y entonces, si encontráis otro nombre mejor en vuestro bautismo, dádselo”.
Quizá entonces ellos, si la evidencia de las cosas no les hace estremecer, sacarían de inmediato a relucir su ardid excepcional y agudo en verdad y dirían: “¿Qué es respecto a nosotros ese cuya carta traes? Es un laico nuestro; su victoria sería nuestra, su derrota sólo suya”. Si yo estuviera presente, me volvería a ti para decirte: “Al menos tú, dinos, te ruego, qué hacen éstos. He aquí que se disponen a rebautizar a uno que ha sido bautizado entre nosotros. ¿No tenemos nosotros y vosotros una única religión, los mismos sacramentos, sin diversidad alguna en la práctica cristiana?” ¿Me responderías acaso: “Pero el bautismo de Cristo no es la religión, no es un sacramento, no es práctica cristiana?” Aparte Dios de tu mente esta demencia. ¿Qué me ibas a responder, pues, al apremiarte con estas palabras: “Nosotros y vosotros tenemos una única religión; quienes no tienen un único bautismo, no tienen una única religión; luego nosotros y vosotros tenemos un solo bautismo. Nosotros y vosotros tenemos los mismos sacramentos; pero quienes no tienen el mismo bautismo, no tienen los mismos sacramentos; luego nosotros y vosotros tenemos el mismo bautismo. Nada diverso tenemos nosotros y vosotros en la práctica cristiana; luego nosotros y vosotros no tenemos diverso bautismo? ¿Por qué se reprueba lo que es uno, por qué se exorciza lo que es idéntico, por qué se reitera lo que no es diverso?”
Los obispos donatistas rechazarían la autoridad de un laico
VI. 8. Si yo actuase así en vuestra presencia, si insistiera así, ¿a qué tergiversaciones acudiríais? A buen seguro que los tuyos menospreciarían a los gramáticos en tu carta, tú acusarías en la mía a los dialécticos, pero la verdad, apoyándose en la una y la otra, vencería a los herejes, demostrándoles que en ellos no existe nada de diverso con respecto a nosotros, sino lo que es perverso, puesto que nosotros reconocemos nuestros sacramentos y corregimos el error ajeno, mientras vosotros confesáis esos mismos sacramentos que reiteráis como si no existieran, reprobando como si hubiera gran diversidad en lo que confesáis no es diferente.
Nueva distinción entre cisma y herejía
VII. 9. Entre cisma y herejía yo aceptaría mejor esta distinción: el cisma es una división reciente de una congregación, procedente de cierta diversidad de opiniones, pues no puede darse un cisma sin que sus autores sigan algo distinto; en cambio, la herejía es un cisma inveterado; sin embargo, ¿qué necesidad tengo de esforzarme, teniendo tal apoyo en tus definiciones, que si me lo conceden también los otros de entre los vuestros, os llamaría antes cismáticos que herejes?
Claro que si el cisma es obra de quienes tienen una misma religión con aquellos de quienes se separan, unos mismos sacramentos, sin diversidad alguna en la práctica cristiana, hace más condenable vuestra práctica de rebautizar, ya que no puede haber otro bautismo diverso en una única religión, con unos mismos sacramentos, sin ninguna diversidad de la práctica cristiana. No es algo insignificante o nulo el seguir algo diverso, cuando al separaros del vínculo de la unidad disentís de nosotros incluso en la repetición del bautismo; por eso sucede que, según tu misma definición, según la cual “la herejía es una secta de los que siguen doctrinas diversas”, vosotros seáis herejes y aparezcáis vencidos. Herejes, porque no sólo estáis separados, sino también seguís algo diverso en el hecho de rebautizar; vencidos, porque reiteráis el bautismo dado por nosotros, como si no existiera o no fuera el mismo y, sin embargo, confesáis que es el mismo y no otro. Son palabras tuyas: Nosotros y vosotros tenemos una única religión, los mismos sacramentos, sin diversidad alguna en la práctica cristiana.
Según la definición de Cresconio, los donatistas son herejes
VIII. 10. Por lo cual, si el partido de Donato suscribiera esa carta tuya y luego reflexionara sin necia pertinacia o descaro sobre lo que tú y yo hemos dicho, no pensaría ni diría nada en adelante contra nosotros. Mas como es a ti a quien respondo, pienso que tú mismo ves que no ha sido por el afán de acusar, sino de refutar la funesta falacia, por lo que he dicho: “El error sacrílego de los donatistas herejes”. En estas palabras o nombres, puesto que así te place a ti o a la gramática, corrijo lo de “donatistas” y lo cambio por “donacianos”; en cuanto a las otras, como pienso que tú mismo juzgas, ya que están dichas con toda verdad, corregidlas vosotros, cambiadlas vosotros. Cambiad, digo, y corregid el sacrílego error de los donacianos o cualquier otra forma como haya que llamaros, pero siempre herejes. Pues, sin duda, sois herejes, ya por haber permanecido en el inveterado cisma ya apoyándonos en tu definición, porque mantenéis ideas diferentes respecto a la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, o respecto a la reiteración del bautismo cristiano; y es un error sacrílego no sólo la separación de la unidad cristiana, sino también la violación y anulación de los sacramentos, que, según tu confesión, son únicos y los mismos. Si corregís y cambiáis esto, ¿cómo es verdad que os recibimos tales cuales erais? Por eso has dicho tantas cosas vacías de sentido, y, a pesar de tener un ingenio tan agudo, te has dejado aturdir por la costumbre de escuchar vaciedades, hasta llegar a parecerte que, cuando pasan de vosotros a nosotros, los recibimos tales como eran, porque aprobamos en ellos lo que es tradición entre los cristianos, que no habían enajenado habiéndose enajenado ellos ni habían pervertido pervirtiéndose. Aunque no eres tal cuales somos nosotros, no pudiste menos de confesar esos sacramentos como tales, y no tales en cuanto semejantes a otros, sino en cuanto absolutamente los mismos.
Cambios verdaderos
IX. 11. Dime, te ruego, ¿cómo es igual que fue el que venera a la Iglesia contra la que blasfemaba, el que mantiene la unidad que no mantenía, el que tiene la caridad que no tenía, el que recibe la paz que rechazaba, el que aprueba el sacramento que exorcizaba? ¿Acaso se ha invertido el orden entre lo verdadero y lo falso hasta el punto de afirmar que no han cambiado aquellos en que la verdad ha corregido lo que era diferente, y que han cambiado aquellos en que se reitera por vanidad lo que era exactamente idéntico? Procura en adelante no dejarte dominar por ideas no digo carnales, sino aun pueriles, juzgando que recibimos a los vuestros tales cuales eran; ellos, con la conversión de su voluntad del error a la verdad, de la división a la unidad, de la disensión a la paz, de las enemistades a la caridad, de la presunción humana a la autoridad de las divinas Escrituras, no empiezan a ser nuestros antes de dejar de ser vuestros.
Esta conversión de la voluntad no sólo trocó de repente a un pecador en la oficina del recaudador 4, sino también al ladrón en la cruz; a no ser que pienses que Cristo hubiera querido que estuviera consigo en el paraíso un hombre sanguinario y criminal, si la conversión del corazón no lo hubiera hecho inmediatamente inocente, de suerte que desde aquel día, desde aquel lugar, desde aquel leño pasara al premio inmortal de la fe 5, leño en el cual había recibido el suplicio de la muerte en castigo de su iniquidad. En un momento el ánimo se cambia al mal o al bien, aunque no por eso es poco lo que merece. Un solo golpe basta para dar muerte a cualquier edad pasada largo tiempo en los bienes y prosperidades temporales, y de idéntica manera una enfermedad de treinta y ocho años quedó sana tan pronto como el Señor se dignó ordenarlo 6. Da fe a realidades seguras, no a las palabras vacías. Los vuestros, cambiados, pasan a nosotros; no quiera Dios que sean lo que fueron. ¡Ojalá lo hagas tú también y creas por ti mismo cómo eso es verdad en ti!
Obispos donatistas pasados a la Católica
X. 12. Creíste decir algo grande al citar a Cándido de Villa Regia y a Donato de Macomades, que siendo obispos vuestros pasaron a serlo también entre nosotros y que con una vida probada llegaron al premio más honorable de una senectud. Como si los sacramentos y la invocación del nombre de Dios, que tiene lugar entre vosotros, se volvieran contra nosotros, cuando en realidad aun en los mismos que están fuera de la Iglesia no son sino de la Iglesia.
Si en esta cuestión me faltaran palabras, vendrían en mi ayuda las tuyas. Pues si pensaras que nada eclesiástico puede haber fuera de la Iglesia, no hubieras dicho que nosotros y vosotros tenemos una misma religión, los mismos sacramentos, sin práctica cristiana diferente. Aunque no estoy del todo de acuerdo con estas palabras tuyas. Os falta la Iglesia de Cristo, no tenéis la caridad de Cristo. Reconozco en verdad en vosotros los sacramentos cristianos, y en ellos repruebo y rechazo la particularidad de que, a pesar de tener esos mismos en el cisma, los exorcizáis en los católicos. Sin duda reconoce en vosotros la Iglesia todo lo que es suyo, y no deja de ser suyo porque se encuentre en vosotros. En vosotros son bienes ajenos, pero cuando os recibe, corregidos, en su seno aquella de quien son, se tornan saludables también para vosotros, que los teníais con perjuicio como ajenos. Os domina la discordia bajo el título de la paz; expulsad la discordia e introducid la paz. ¿Qué motivos hay para quitar el título? “Es obispo -dices- y lo recibes como obispo; es un presbítero y lo recibes como presbítero”. También podrías decirme esto: “Es un hombre y lo recibes como hombre”. Reconozco en él los sacramentos cristianos lo mismo que los miembros humanos, y no me preocupa quién los ha engendrado, sino quién los ha creado. Si él quisiera usar mal de ellos, se hace malo precisamente porque ofende al Creador con sus bienes; pero si comienza a usar bien, se corrige a sí mismo, no los cambiará a ellos.
Se es obispo en función de los demás
XI. 13. La admisión de obispos y clérigos plantea otra cuestión. Cuando se ordenan entre vosotros no se invoca sobre ellos el nombre de Donato, sino el de Dios; sin embargo, se los recibe como parece conviene a la paz y utilidad de la Iglesia. Porque no somos obispos para nosotros, sino para aquellos a quienes administramos la palabra y el sacramento del Señor; y por esto, para acomodarnos sin escándalo a las exigencias de utilidad de estos que hemos de gobernar, debemos ser o no ser lo que somos, no para nosotros, sino para ellos. Finalmente, algunos varones dotados de santa humildad, por ciertos obstáculos que veían en sí y que los alarmaban en su piedad y devoción, depusieron la carga del episcopado no sólo sin culpa alguna, sino incluso laudablemente. ¿Acaso depondrían de igual modo el nombre cristiano y la fe mereciendo alabanza y no más bien condena? Como puede haber causas justas para excusarse alguno de aceptar el episcopado, no puede haber de manera semejante causa alguna justa que le excuse a uno de hacerse cristiano. ¿Por qué esto, sino porque sin el episcopado o el clericado podemos salvarnos, pero no sin la religión cristiana?
Las necesidades de los fieles, criterio primordial
XII. 14. Por consiguiente, vuestros obispos o clérigos de todas clases, en lo que concierne a los oficios eclesiásticos, fueron recibidos en la unidad católica según parecía que era conveniente para aquellos cuya salud dependía del ejercicio o no de dicho cargo. Sin embargo, respecto de los que entre nosotros ejercieron los mismos cargos, ¿puedes decir: “Es hereje, recibes a un hereje”, o “Es un cismático, recibes a un cismático” o “Es un donaciano, recibes a un donaciano”, igual que pudiste decir: “Es obispo, recibes a un obispo?” Con estos nombres no restablece una distinción entre un grado del honor y la dignidad común, sino entre el crimen del error y la verdad católica. Por tanto, aquellas funciones llamadas eclesiásticas que se encuentran también en los extraños que dejándoos a vosotros se han pasado a nosotros y son nuestros, se aceptan o no se aceptan según la utilidad de los pueblos que atendemos con este ministerio. En cambio, los defectos, propiamente vuestros, se sanan, se corrigen, se cambian; pero los sacramentos sin los cuales no puede hacerse el hombre cristiano, se administran de tal manera que, al venir ellos a la Iglesia, se les añade lo que faltaba, se aprueba lo que se reconoce. Evitamos así que, mientras procuramos no nos perjudiquen los males que produjeron contra la Iglesia, persigamos a la vez los bienes que al salir de ella llevaron. Lo mismo ocurre con el ramo si, como dice el Apóstol, ha de ser injertado de nuevo: se le otorga un tronco sin cambiarle la forma.
- Dices: “Pero dado que acusas a los nuestros de herejía y sacrilegio, un crimen abominable e inexpiable, ¿se les debe o se les puede perdonar sin alguna expiación? ¿Por qué -dices- no purificas al que viene; por qué no lo lavas primero y lo limpias, para que así pueda entrar en comunión contigo?”
¿Qué decir si de estas palabras tuyas concluyera otro, con mucha mayor consecuencia, que a los tales no se les debe ni se les puede perdonar, y demostrara que te has contradicho a ti mismo al afirmar que se ha de perdonar a los tales sometiéndoles a alguna expiación porque lo que se les reprocha es inexpiable? ¿Cómo puede expiarse lo que es inexpiable? ¿Cómo puedo esperar que vayas a escuchar lo que digo, si tú mismo no escuchas en tan corto espacio lo que tú dices, si te contradices inmediatamente juzgando que se debe expiar lo que has dicho es inexpiable? Y nosotros de tal manera consideramos herético y sacrílego a vuestro error, que no lo consideramos, sin embargo, inexpiable; de otro modo, en vano hubiéramos tratado por todos los medios posibles que, abandonado vuestro error y corregidos, pasarais a la Iglesia católica. Y no creas, según escribes, que usas nuestra palabra como si nosotros dijéramos que este mal no tiene remedio ni perdón. En absoluto decimos esto, ya que merecen el perdón los que se arrepienten de este mal, y es omnipotente el Señor que dice por el Profeta: Si te conviertes y lloras tus faltas, entonces serás salvado 7.
Por lo cual, si pudiste topar con alguien poco instruido en estas cosas o poco considerado en lo que hablaba, aunque pareciera de la comunión católica quien esto te dijera, él es más bien el que merece el perdón de esta palabra irreflexiva, así como tú, que habiendo recibido una educación tan liberal y una formación no mediocre en el arte de la palabra, prestando poca atención a lo que dices, juzgas que debe expiarse lo que es inexpiable, y, lo que es más monstruoso, que hay que expiarlo precisamente porque es inexpiable. No es propio de católicos exhortar a corregir el error y alcanzar la salvación a los que hubiéramos afirmado que habían incurrido en un error inexpiable e insanable.
Pero a vosotros os parece que no quedan limpios, cuando vienen de vosotros a nosotros, porque no son bautizados de nuevo, como si sólo el bautismo, que no se debe reiterar porque es único e idéntico, fuera lo único que purificara al hombre de su error. También los purifica con la palabra de la verdad el que dice: Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he dicho 8. También los purifica con el sacrificio del corazón contrito aquel que dijo: un espíritu contrito es un sacrificio para Dios, un corazón contrito y humillado Dios no lo desprecia 9. Igualmente los purifica mediante las limosnas el que dijo: Dad limosna y todo será puro para vosotros 10. Los purifica también por medio de la virtud que aventaja a todas, la caridad 11, el que dijo a través del apóstol Pedro: La caridad cubre la muchedumbre de pecados 12. Si existe esta única virtud, todas esas obras se hacen rectamente, pero si falta ella, todas se realizan en vano. Escucha al Apóstol que dice de dónde procede: La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado 13. Así se cree con razón que los que recibieron el bautismo fuera de la Iglesia no tienen el Espíritu Santo, mientras no se unan a la misma Iglesia en el vínculo de la paz mediante el lazo de la caridad.
La verdadera purificación, obra del Espíritu Santo
XIII. 16. Ha llegado ya el momento de demostrar lo que habíamos diferido en el primer libro. ¿Qué se puede recibir propiamente en la Iglesia, que es el cuerpo santo de Cristo, qué no se puede recibir fuera de ella? De los que provocaban cismas dice el mismo Apóstol: El hombre carnal no capta las cosas del Espíritu de Dios. Lee la primera Carta a los Corintios y allí lo encontrarás 14. Por tanto, el bautismo es el sacramento de la vida nueva y de la salvación eterna; éste lo tienen muchos no para la vida eterna, sino para la pena eterna, porque usan mal de un bien tan grande; en cambio, la caridad santa, que es vínculo de la perfección, no puede tenerla sino el bueno, y el que la posee no puede ser cismático o hereje. Por consiguiente, cuando alguien viene a la unidad de la Iglesia y se une de verdad con sus miembros, recibe el Espíritu Santo que difunde la caridad en nuestros corazones 15, y la misma caridad cubre la multitud de los pecados 16, de modo que el bautismo, que tenía antes para su condenación, merece tenerlo ya para premio. ¿Cómo niegas tú que aquél es purificado, sino porque ignoras completamente qué es la purificación espiritual?
No, no recibimos nosotros como en un asilo de Rómulo, según tus palabras injuriosas, a vuestros culpables, a los que la ciudad de Dios torna inocentes al recibirlos cuando pasan a ella con corazón sincero. De ella dice su fundador: No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte 17. No la fundó el soberbio e iracundo que mató a su hermano, sino el humilde que con su muerte redimió a sus hermanos. A ésta es a la que alegra mediante la purificación el Espíritu Santo, acerca del cual proclamaba: El que tenga sed, que venga a mí y beba 18 no ponderando el agua visible que se da en el sacramento del bautismo, que pueden tener los buenos y los malos, aunque sin ella no pueden salvarse los buenos. Y aunque ella sea propia de la Iglesia, también fluye afuera; se la encuentra en aquellos que salieron de nosotros, pero que no eran nuestros 19, como no se puede negar que el agua de cualquiera de aquellos cuatro famosos ríos era agua del Paraíso 20 aunque no se encuentre sólo en él, puesto que también fluyó afuera.
El agua es el Espíritu Santo
XIV. 17. No es por consiguiente esta agua, sino, bajo el nombre del agua, el don invisible, el Espíritu Santo, lo que recomendaba al decir: El que tenga sed, que venga a mí y beba 21, como lo atestigua a continuación el Evangelista al decir: Decía esto del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. Pues el Espíritu aún no se había dado porque Jesús no había sido aún glorificado 22. Y ciertamente por lo que se refiere al sacramento del lavado visible, antes de ser glorificado por la resurrección, ya había bautizado más que Juan, como lo expresa el mismo Evangelio 23. Por ello dice a sus discípulos: Juan bautizó en agua; pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo, que habéis de recibir dentro de pocos días hasta Pentecostés 24. El Espíritu Santo, al bajar sobre ellos, les dio primeramente esta señal: quienes lo reciban hablarán las lenguas de todos los pueblos, porque anunciaba que la Iglesia había de estar en todos los pueblos y que nadie había de recibir el Espíritu Santo sino quien se adhiriese a su unidad. Con el ancho e invisible río de esta agua alegra Dios su ciudad, de la cual anunció el Profeta: La fuerza del río alegra la ciudad de Dios 25. A esta fuente no se acerca ningún extraño, porque nadie se acerca sino el que es digno de la vida eterna. Este es propio de la Iglesia de Cristo, a la cual tanto tiempo antes se anunció: La fuente de tu agua sea para ti solo, y ningún extraño participe de ella contigo 26. De esta Iglesia y de esta fuente se dice también en el Cantar de los Cantares: Huerto cerrado, fuente sellada, pozo de agua viva 27.
Cómo interpretan los donatistas los pasajes o figuras de la Escritura
XV. 18. Esto lo aplican los vuestros al sacramento del bautismo con un error tan grave que, sin quererlo, se ven forzados a admitir las cosas más absurdas: que a aquella fuente, propia de la única paloma, de la que se dice: y ningún extraño participe de ella contigo 28, a este jardín cerrado y pozo sellado pudo acercarse Simón el Mago, que leemos fue bautizado por Felipe 29; pudieron acercarse tantos hipócritas, de los cuales dice gimiendo Cipriano: “Renuncian al siglo en palabras sólo y no en obras”; pudieron acercarse tantos obispos avaros de quienes él mismo testifica: “que se apropian las fincas con engaños, aumentan los intereses con préstamos usureros”. Se halla gente de ésta que recibe y da el bautismo visible; sin embargo, a esta fuente propia, de la que ningún extraño participa, a esta fuente sellada, esto es, al don del Espíritu Santo, que difunde la caridad en nuestros corazones 30, nadie de todos éstos puede acercarse si no cambia; y de tal modo ha de cambiar, que deje de ser extraño para hacerse partícipe de la paz celeste, socio de la santa unidad, lleno de la indivisible caridad, ciudadano de la ciudad angélica. Cualquiera que, depuesto el error de la herejía y el cisma, corregidas las costumbres, se torna con corazón piadoso a esta ciudad, si ya tenía los sacramentos, que pudieron fluir afuera aun hacia los indignos, dichos sacramentos son honrados en él, pues en los extraños no los consideramos ya ajenos. Él es purificado en aquella fuente propia, de la que ningún extraño participa; aquella fuente sellada del Espíritu Santo, de la cual aun entre vosotros, por muy laudables costumbres que tuviera, queda separado cualquiera por sólo el crimen del cisma o de la herejía.
Qué se recibe al pasar a la Iglesia: la paz, la unidad, la caridad…
XVI. 19. Cuando vienen a nosotros los vuestros, dejando de ser vuestros y comenzando a ser nuestros, reciben lo que no tenían, para comenzar a tener saludablemente lo que tenían con tanto mayor perjuicio cuanto más indignamente. Reciben en primer lugar la misma Iglesia y en ella la paz, la unidad, la caridad y, mediante su fuente propia e invisible, el Espíritu Santo, realidades sin las cuales nadie duda que hubieran muerto aunque hubieran tenido entre vosotros algo que pudo sacarse fuera de la Iglesia; reciben lo que no habían tenido y con mayor indulgencia que si lo hubiesen tenido y lo hubiesen abandonado. Y ésta es la diferencia que establecemos nosotros: se recibe de distinta manera a los que abandonaron la Católica que a los que vienen por primera vez a ella. A los primeros los oprime más el crimen de la deserción, a los segundos los alivia el vínculo de la unidad, que no habían roto, sino que lo han conocido y retenido. Por lo que puede suceder que los que han rebautizado a los seducidos intercedan ante el Señor por ellos cuando se arrepientan, si ellos han sido admitidos en la Iglesia antes que aquellos readmitidos. Lo mismo puede suceder con los adoradores de los ídolos que hayan hecho apostatar a algunos cristianos llevándolos a los ídolos: si esos seductores se hacen cristianos y consiguen en la Iglesia algún mérito especial, por medio de ellos pueden volver aquellos a quienes habían engañado, y son recomendados y reconciliados con el Señor por esos mismos que fueron causa de que abandonasen al Señor. La virtud que tiene el sacramento del bautismo dignamente recibido para purificar los sacrilegios de los gentiles la tiene también la caridad sinceramente abrazada para purificar los sacrilegios de los cismáticos y herejes. Y por ello, igual que quienes han seducido a los fieles cristianos, al venir a Cristo, son antepuestos a los seducidos que retornan, de manera que los primeros pueden ser hechos obispos, pero no los segundos, así no deben extrañarse los seducidos por los herejes que vuelven a la Católica de que les sean preferidos sus seductores si vienen a ella. Estos piden lo que con menor culpa les faltaba, aquéllos solicitan con más humildad lo que fueron; a los unos los llamamos con honor al puesto que nunca habían tenido, a los otros los llamamos a su vez con desconfianza al lugar de donde cayeron.
- Ahora, pienso yo, verás bien con qué razón hablé del “sacrílego error de los donatistas”, o, como tú prefieres, “donacianos”, si disentís de la Iglesia católica y rechazáis los sacramentos que habéis confesado son los mismos e idénticos. Sin embargo, no estáis sin perdón, ni sois incurables por la misericordia de Dios, ya que podréis ser purificados y sanados si deponéis vuestro error pendenciero y os convertís a la verdad y paz católicas mediante su don propio, esto es, el Espíritu Santo, que difunde la caridad en nuestros corazones 31. No se trata de destruir en vosotros los sacramentos de la Iglesia, que teníais perniciosamente fuera como ajenos, sino de tener los mismos dentro saludablemente como propios.
“La conciencia del que da el bautismo es la que purifica”
XVII. 21. Veamos ahora la verdad de lo que dijo Petiliano o cualquier otro: “Se considera la conciencia del que lo da para que purifique la del que lo recibe”. A lo que repliqué yo: “¿Qué sucede si está oculta la conciencia del que lo da y quizá está manchada? ¿Cómo podrá purificar la conciencia del que lo recibe?” Frente a esto tú te has extendido mucho diciendo no lo que te parece a ti como hombre agudo que eres, sino lo que dicen los vuestros. Todo ello puede resumirse en estos términos: Se tiene en cuenta la conciencia del que lo da, no conforme a lo que es en verdad, porque no se puede ver, sino conforme a la reputación, sea verdadera o falsa, de que goza. Es decir, al que recibe el bautismo le basta que ese hombre, aunque ocultamente sea un malvado, goce de buena reputación, no sea conocida su maldad, no esté aún condenado, no haya sido aún separado de la Iglesia.
Observa, te ruego, a qué precipicio arroja a los hombres la angustia de no encontrar salida. Así, pues, ¿puede la conciencia manchada del que lo da purificar la conciencia del que lo recibe, con tal que tenga buena fama? ¿Y podrá tener tanto poder para purificar como la buena, aunque haya conquistado esa buena fama con el engaño? ¿Piensas en lo que dices, y quieres que dejemos ya este pasaje, o le daré más vueltas aún para forzarte a una más atenta reflexión?
Petiliano dijo: “Se considera la conciencia del que lo da, para que purifique la del que lo recibe”. Yo he preguntado: “¿Qué sucede si está oculta la conciencia del que lo da y está tal vez manchada? ¿Cómo podrá purificar la conciencia del que lo recibe?” Tú o más bien los vuestros -pues siendo como eres, ¿cómo hubieses dicho tú tales cosas?- dijeron: “Aunque tenga una conciencia manchada, como a mí, que soy bautizado por él, me está oculto y lo ignoro, me es suficiente recibirlo de aquel cuya conciencia juzgo inocente por hallarse en la Iglesia. En efecto -dices-, considero la conciencia del que bautiza, no para juzgar, cosa imposible, de lo que está oculto, sino para no ignorar lo que piensa la conciencia pública sobre él. Por eso sin duda dijo el Dios omnipotente: Las cosas conocidas, para vosotros; las ocultas, para mí 32. Por eso yo considero la conciencia del que lo da, y como no la puedo ver, busco lo que conoce el público sobre ella; y no importa que el secreto de la conciencia diga una cosa, y otra la conciencia pública. Es suficiente haber sabido que no ha sido condenada aún la conciencia del bautizante”.
Consecuencias absurdas e irrisorias
XVIII. 22. He citado tus mismas palabras, para demostrarte con ellas que tú dices lo que yo resumo breve y claramente con estas mías: considerar la conciencia del bautizador equivale a conocer la opinión pública sobre él. No se la considera, pues, en sí misma, amigo mío; no se considera lo que no se puede ver, sino que se considera la opinión pública, que puede también estar en error, cosa que tú mismo confiesas y concedes. Pues has visto también tú que la conciencia manchada no es capaz de purificar. Por consiguiente, no se tiene en cuenta la conciencia del que lo da santamente para saber si purifica la del que lo recibe, sino la opinión pública por la cual se piensa que lo da santamente aun el que no lo da y se piensa que purifica aun el que no purifica. Por tanto, purifica al que lo recibe la buena fama de un hombre malo, no la conciencia manchada del mismo que lo da. Entonces, ¿por qué se dijo: “Se tiene en cuenta la conciencia del que lo da santamente, para que purifique la del que lo recibe”, sino porque no purifica la del que lo recibe si no es la conciencia del que da santamente, si está manchada y es inmunda? Entonces, ¿qué es lo que se tiene en cuenta? Tú dices que es ella misma la que se considera cuando se considera la opinión pública sobre ella, y si la opinión es buena, nada importa para la purificación del bautizado aunque haya mala conciencia, porque lo que purifica es la buena opinión.
Dime, te ruego: cuando existe una mala conciencia, ¿es verdadera o errónea la buena opinión pública? Sin duda que es falsa. Por consiguiente, cuando la conciencia del bautizante no es buena y está oculta, bajo cualquier aspecto que la mires, según esta opinión lo que purifica al que recibe es la errónea opinión pública sobre el que lo da o la mala conciencia manchada. Ambos extremos son necios. Si te placen estos extremos, elige cuál es más necio. Pero la verdad no admite que la conciencia del que recibe pueda purificarla la errónea opinión pública o la conciencia manchada del que bautiza; no queda sino que te preguntemos a ti lo que también allí preguntamos. En efecto, como dijo Petiliano o cualquier otro, asintiendo vosotros, cuando se trata de la conciencia del que bautiza santamente, esto es, una conciencia buena y limpia, purifica la conciencia del bautizado. Esta es la pregunta: ¿cómo se purifica el bautizado cuando está oculta la conciencia manchada del bautizante? Pienso que no vas a repetir y decir que la errónea opinión pública, sobre él, en la purificación, hace las veces de la buena conciencia; basta que hayas sostenido que esto lo dijeron los vuestros, no tú. Avergüénzate de ellos, todavía no de ti.
No queda sino que en este caso sea Dios o un santo ángel el que purifique. Si decís esto, se seguiría un horrendo absurdo, que he recordado en mi carta y que no digo no quisiste verlo, porque no lo tocaste en absoluto; lo que digo es que lo viste con atención y perspicacia tanto mayor cuanto más temiste tocarlo. Si vosotros decís que cuando bautiza un hombre santo su conciencia santa es la que lava la conciencia del que es bautizado, y cuando la conciencia del bautizante está manchada en lo secreto, es Dios o un ángel el que bautiza, tened cuidado. Los que os crean al hablar así, podrían optar por encontrar malos ocultos que los bautizasen, a fin de ser purificados más santamente por el mismo Dios o por un ángel. Tal es el absurdo, o irrisorio o detestable, que has visto es consecuencia de las palabras de Petiliano y que yo he recordado en mi carta. Tú con cautela, como si yo no hubiera dicho nada de esto, juzgaste oportuno pasar en silencio cuestión tan importante, pero recurriste a no sé qué absurdo mayor: cuando la conciencia manchada del bautizante está oculta y por ello no puede purificar la del bautizado, la buena pero errónea opinión pública sobre él purifica el alma del bautizado y la falsedad opera en él la verdad.
- Anda, ve ahora y acusa calumniosamente a los dialécticos de utilizar el detestable ardid de su lenguaje para hacer verdadero lo falso y falso lo verdadero. He aquí cómo tú introduces en los sacramentos de la regeneración cristiana eso mismo o incluso algo peor y más detestable. Ellos no se apoyan en engaños ni en la verdad de las cosas, sino en la dificultad del habla humana para decir que ciertas expresiones parecen verdaderas cuando son falsas o parecen falsas cuando son verdaderas; cuando ellos entran en la disputa, el espíritu puede discernirlas, aunque la palabra no pueda dar solución. Mientras, tú no tratas de cualquier cosa o de cualquier palabra, sino que dices que la misma purificación de la conciencia, por la cual renacemos a la vida eterna, puede ser verdadera en el hombre mediante una opinión errónea sobre la conciencia ajena. Y para que no se te atribuya esto a ti, que aprendiste la dialéctica, dices que esto es una afirmación de los vuestros, a los que diste tu asentimiento, no como dialéctico, sino francamente como hereje. Así pues, tú o los vuestros habéis descubierto o demostrado esta magnífica teoría: cuando la conciencia del que bautiza santamente es buena, conforme a ella se hace bueno el bautizado, el árbol bueno produce buen fruto 33; cuando la conciencia del bautizante es mala, pero está oculta, se tiene en cuenta la buena fama de aquél, de modo que el hombre recibe un bautismo verdadero de un engañador, con tal que sea falso el juicio que ha formado de él. Y así, para que no falte un árbol que produzca el fruto del error herético, la falsedad se hace madre de la verdad. Todo este galimatías tan execrable, tan singularmente perverso y necio, tiene por objeto que no se atribuya a Dios lo que es de Dios, a fin de atribuir a los hombres lo que se recibe de Dios y de esta suerte no parezca equivocado el que dijo: “La conciencia del que lo da santamente es lo que se tiene en cuenta para que purifique la del que lo recibe”.
El caso de Judas
XIX. 24. Tú dices: “Los nuestros prueban esto por las Escrituras, puesto que Judas el traidor, antes de ser condenado, actuó en todo como un apóstol”. ¿Qué tiene que ver esto con la afirmación firme y determinada de Petiliano: “La conciencia del que lo da santamente es la que se tiene en cuenta para que purifique la del que lo recibe”, si exceptuamos que también ese Judas está muy en contra vuestra, cuando os esforzáis en patrocinar las palabras inconsideradas de otro? Cuando Judas bautizaba como apóstol, aunque era malo, pues era ladrón y se levantaba con lo que echaban en la bolsa, ciertamente, no se consideraba su conciencia, sino a Dios y a Cristo en quienes él creía. Y no era la errónea buena opinión sobre un hombre malo la que purificaba a los creyentes que recibían el bautismo, ni la falsedad de la opinión humana engendraba en el hombre la gracia de la verdad divina.
- El testimonio de las Escrituras que has citado: Las cosas conocidas, para vosotros; las ocultas, para vuestro Dios 34, refuta y deja al descubierto aquellas palabras. Si se ha de dejar al Señor nuestro Dios lo que está oculto, ¿cómo se considera la conciencia, no sólo la mala, sino también la buena del que bautiza, para que purifique la del que recibe el bautismo, siendo así que es oculta? Y si no se tiene en cuenta la misma cuando está oculta, ¿qué queréis vosotros tome en consideración el bautizando para lograr la purificación de su conciencia?
Es Cristo el que purifica en el bautismo
XX. Despertad de una vez; decid al menos ahora: Mire a Dios. ¿Por qué teméis ser humillados si no os gloriáis en el hombre, sino en el Señor? 35 “Sí hay -dices- motivo para temer. Pues si, cuando está oculta la conciencia del que da, yo dijere al bautizado que mire a Dios, y confesare que entonces es Dios el que le purifica la conciencia, se me sigue un horrendo absurdo: se recibe una purificación más santa cuando se tiene como bautizantes a pecadores ocultos que cuando se tiene como tales a los manifiestamente buenos, si purifica el hombre cuando la conciencia del que lo da es buena y manifiesta, y Dios, en cambio, cuando es mala y oculta”.
Di, pues, de una vez lo que decimos nosotros, ya que es lo verdadero, lo santo y lo católico: que es Cristo el que purifica las conciencias de los bautizados, ya por los buenos ministros de su bautismo, ya por los malos, pues de él está escrito: Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla purificándola mediante el lavado del agua con la palabra 36.
- Tú me dices: “Respóndeme cómo bautizan aquellos a quienes condenó la Iglesia”. Dejamos, pues, ya las palabras de Petiliano, puesto que, al decir él: “Se considera la conciencia del que lo da santamente, para que purifique la del que lo recibe”, cuando yo preguntaba quién purifica la conciencia del bautizado si la del bautizante estaba manchada en secreto, no habéis podido responderme. Tan contrario a la verdad es decir que la errónea buena opinión sobre él puede purificar como afirmar que podía hacerlo una mala conciencia.
Purifica la conciencia el que siempre es bueno
XXI. Pero si tú me preguntas cómo bautizan aquellos a quienes condenó la Iglesia, te respondo que ellos bautizan como bautizan aquellos a quienes condenó Dios, antes que la Iglesia emitiera juicio alguno sobre ellos. El que, con ánimo perverso, parece estar dentro cuando en realidad está fuera, ya ha sido juzgado por el mismo Cristo. Él mismo dice: El que no cree, está ya juzgado 37. Y el apóstol Pablo declara: La Iglesia está sujeta a Cristo 38. La Iglesia no debe, por tanto, anteponerse a Cristo, hasta pensar que pueden bautizar los juzgados por él y no los juzgados por ella, ya que él siempre juzga con toda verdad, mientras que los jueces eclesiásticos, como hombres, se engañan con frecuencia.
Bautizan, pues, por lo que toca al ministerio visible, los buenos y los malos, pero invisiblemente quien bautiza por ellos es el dueño del bautismo visible y de la gracia invisible. Pueden, por tanto, bautizar los buenos y los malos; en cambio, purificar la conciencia es propio de aquel que es siempre bueno. Y por eso los que, aun sin saberlo la Iglesia, fueron condenados por Cristo ya no están en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, puesto que no puede Cristo tener miembros condenados. Por tanto, esos mismos bautizan fuera de la Iglesia. No quiera Dios, en efecto, que todos estos monstruos estén contados entre los miembros de aquella única paloma 39; no quiera Dios que puedan entrar en los límites del huerto cerrado 40, cuyo guardián es el que no puede engañarse. Sin embargo, si éstos confiesan y se corrigen, entonces entran, entonces son purificados, entonces son contados entre los árboles del huerto cerrado, entre los miembros de la única paloma, y, sin embargo, no son bautizados de nuevo; y lo mismo sucede con los que vienen de los herejes con el mismo bautismo, que tuvieron también fuera, aunque no con la misma purificación, que reciben dentro, de suerte que se les otorga lo que les faltaba y se aprueba lo que no ha cambiado.
Acusaciones donatistas contra los católicos
XXII. 27. “Vuestra conciencia -dices- está condenada en vuestros antepasados por el crimen de la entrega de los libros sagrados y la turificación, y en vosotros mismos por el de la persecución”. En relación con los traditores y los turificadores, sean quienes sean los que cometieron ese delito, no os habéis dejado llevar por las santas Escrituras, sino por la opinión de los hombres. Si ésta puede ser errónea, por buena, respecto a los malos, ¿por qué no puede haber también una errónea por mala, respecto a los buenos? Respecto a la persecución, te daría de nuevo en forma breve la respuesta que di a Petiliano y que tú no pudiste refutar.
En la santa Escritura, que no engaña a nadie, se llamó era a la Iglesia de Dios, y se dijo que el mismo Señor vendría con la bielda y que había de limpiar su era, para recoger el grano en el granero y quemar la paja con fuego inextinguible 41. Por consiguiente, o habéis sufrido justamente la persecución o, si se excedió la moderación de los cristianos, fue nuestra paja la que lo hizo, por causa de la cual no había que abandonar la era del Señor; de lo contrario, quien huyera de la era antes del tiempo de la bielda para evitar la paja, al separarse del grano se convertiría en paja. Pero tú, al intentar refutar no mi testimonio, sino el de la santa Escritura, llegaste a decir que no podía haber persecución alguna justa. Al respecto habrá que perdonarte que ignores las Escrituras, pues te podía venir a la mente la verdad de estas palabras: Al que infama a su prójimo en secreto, yo lo perseguiré, y las del mismo Señor Jesucristo en la profecía más notable: Perseguiré a mis enemigos y los alcanzaré, y no daré marcha atrás hasta que desfallezcan, y otros muchos testimonios divinos, que es largo perseguir; si no me reprochas el haber dicho “que es largo perseguir”, acusándome de ser un perseguidor de los testimonios divinos.
Los textos escriturísticos que invoca se tornan contra el mismo Cresconio
XXIII. 28. Tú me opones las palabras de la Escritura, que tantas veces he demostrado no os favorecen nada: El óleo del pecador jamás ungirá mi cabeza 42, al no poder negar que existen pecadores entre vosotros que bautizan sin estar exceptuados por estas palabras. Porque no dice: “El óleo del pecador notorio”, sino de forma absoluta: “El óleo del pecador”. Y citas también: Se han hecho para mí como agua engañosa, de que no se puede fiar 43. Al respecto me causa extrañeza tu poca habilidad, ¿cómo no te parece agua engañosa la del pecador oculto, de quien creíste que su buena, pero errónea, fama aprovechaba algo para purificar la conciencia ajena, si no es porque pensaste que te ayudaba a ti aquel principio no dialéctico, sino totalmente sofístico, que en vano reprendiste en mí como si fuese un dialéctico: “Si mientes, dices la verdad”? ¿Qué otra cosa pretendes sostener cuando al conceder a un hombre el bautismo, que no quieres reconocer es de Dios, afirmas que el adúltero puede dar el verdadero bautismo porque se oculta y se hace pasar por casto? Así él dice verdad en el bautismo, cuando miente respecto a su torpeza, y no es mentirosa su agua, cuando queréis lo sea la de la Iglesia extendida según la promesa de tantas profecías por todo el orbe. Por otra parte, el mismo Jeremías no llamó agua engañosa al bautismo, sino a hombres engañosos, según el sentido bien claro presente en el Apocalipsis, donde, preguntando Juan qué eran aquellas aguas que le mostraron en la visión, se le contestó que eran los pueblos 44.
El bautismo dado por un muerto
XXIV. 29. En cuanto al texto que dice: El que es bautizado por un muerto, ¿qué provecho saca de su purificación? 45, no has entendido lo que dije en aquella carta. Considera un poco cuánto me has ayudado con tus palabras. Al pensar que en este lugar yo entendía por muerto al adorador de los ídolos, como si sólo exceptuara del poder de bautizar a éstos, hiciste lo que estuvo a tu alcance, para mostrar, repitiendo aquel texto sobre el óleo, que quien dijo: El óleo del pecador jamás ungirá mi cabeza 46, no quería que ningún pecador bautizase, absolutamente ninguno.
Ello os apremia aún más a vosotros, como demostré poco antes. Si no se exceptúa a ningún pecador, bautizad de nuevo a los bautizados por malos ocultos, cuando sean declarados convictos. Aquí tratarás de exceptuar al pecador oculto, que no exceptuó la santa Escritura. Todo este vuestro modo de entender lo declara falso la verdad, al mostrar asimismo cómo contradice a vuestra tesis. En verdad, en el salmo no se aplicó esto sólo al bautismo, sino más bien a la lisonja del adulador; las palabras anteriores lo indican bien. Así se enlaza todo el texto: El justo me corregirá por misericordia y me reprochará, pero el óleo del pecador jamás ungirá mi cabeza. Prefirió que su cabeza fuera golpeada por un argumento verdadero a que fuera ungida por la caricia engañosa, usando metafóricamente las palabras óleo y unción para significar la dulzura de la adulación.
Cresconio no ha entendido la respuesta de Agustín a Petiliano
XXV. 30. Lo que he pensado en aquella carta sobre el texto El que es bautizado por un muerto 47, lo mostraré, pienso, retomando mis propias palabras. Indicando qué debe responder a esto un cristiano católico, decía: “Cuando él oiga: El bautizado por un muerto no saca provecho de su purificación 48, responderá: Cristo vive y ya no muere, la muerte no tendrá ya dominio sobre aquel 49 de quien se dijo: Ese es el que bautiza en el Espíritu Santo 50. Son bautizados por los muertos los que son bautizados en los templos de los ídolos. Ni ellos mismos piensan que reciben de sus sacerdotes la justificación que imaginan, sino de sus dioses. Como éstos fueron hombres y de tal modo murieron que no viven ni en la tierra ni en la quietud de los santos, ellos son bautizados en verdad por los muertos”.
Hasta aquí es transcripción de las palabras de mi carta. Pienso que por ellas ya te das cuenta, si al menos ahora prestas atención, que no he llamado muertos a los idólatras en persona, aunque en otro sentido también ellos estén muertos, sino a los falsos dioses que adoran, porque fueron hombres, y como hombres salieron del cuerpo, y no resucitaron ni contrajeron mérito alguno para la vida que se promete después de ésta.
Los que, como dije, son bautizados por tales dioses, esto es, los que son bautizados en su nombre, son bautizados verdaderamente por muertos, porque también ellos piensan que son santificados, no en nombre de sus sacerdotes, sino en el de los dioses, de quienes se hacen tan vanas ideas. Cristo, en cambio, resucitó y vive; por eso quien es bautizado por él, no sólo por mediación de un ministro bueno, sino también de uno muerto por sus perdidas costumbres, no es bautizado por un muerto. Porque es bautizado por aquel que vive para siempre y del cual se dijo en el texto del Evangelio que ya cité: Ese es el que bautiza en el Espíritu Santo 51.
¿Un intento de engaño de Cresconio?
XXVI. 31. Según indican tus palabras, no entendiste esto en mi carta. No quiero decir: esa falta de comprensión es un intento de engaño. Me sorprende que no hayas notado allí la lógica de mis palabras o hayas pensado deber ignorarlas. Un poco después añadí: “Si en este pasaje yo hubiera entendido por muerto al pecador que bautiza, se seguiría aquel mismo absurdo de que quien haya sido bautizado por un impío, incluso oculto, habría recibido un lavado inútil en cuanto bautizado por un muerto. En efecto, no dijo: “Quien es bautizado por un muerto manifiesto”, sino simplemente “por un muerto"".
¿A quién no despertaría del sueño y, más aún, de la muerte esa manifestación tan clara de mis palabras? Sin embargo, a ti no te despertó, y, más aún, a lo que yo había dicho contra Petiliano, como si hablaras contra mí, le diste mayor solidez; así hacen los hombres que, no sabiendo sacar una flecha clavada, la introducen más profundamente. Afirmaste que por muerto sólo se debe entender al pecador que bautiza, y que no hay que exceptuar a ningún pecador, y así se sigue lo que yo decía en contra tuya: que no se puede exceptuar ni al pecador oculto donde no se exceptúa a nadie.
Rebautizad, pues, a los que consta que han sido bautizados por pecadores ocultos, a los que se puede ayudar si aún viven y se dan cuenta. Así, ahora sólo sufrirán daño los que lo ignoran o han muerto antes, de modo que no pueden ser bautizados si se descubre después que quienes les bautizaron eran malos. Bautizad, repito, después de descubierto y condenado el adúltero, a los que conste fueron bautizados por él cuando aún se ignoraba que lo era. Es un muerto quien los ha bautizado, y tú dijiste que había que referir a todo pecador, sin excepción, la prohibición de bautizar, añadiendo el texto sobre el óleo del pecador. Tú lo dijiste, tú lo escribiste: escúchate a ti mismo, léete a ti mismo. Si ningún pecador, en cuanto muerto, puede bautizar, tampoco lo puede el oculto. No porque esté oculto está vivo, ya que lo ha engullido más adentro la mentira de la simulación. Se le reconocería menos muerto si al menos lo confesara; pero tiene lugar en él lo escrito en otro lugar: Del muerto, como de quien no existe, está ausente la alabanza 52. No rebautizáis a los que aparece claramente han sido bautizados por este muerto sumergido en un tal abismo de muerte, y en cambio no dudáis en rebautizar a los que fueron bautizados por los que en los confines de la tierra no han oído siquiera el nombre de Ceciliano, de Mayorino, de Donato, poniéndoles como objeción estas palabras: El bautizado por un muerto, ¿qué provecho saca de su purificación? 53 Llamáis muertos a aquellos a quienes no pudo llegar ni el olor de los cadáveres de los africanos, cualesquiera que fueran, y no consideráis muerto a quien puede ocultar la propia torpeza, cuando dice la Escritura: Del muerto, como de quien no existe, esta ausente la alabanza 54. ¿Acaso no está muerto porque finge? Todo lo contrario; al carecer del espíritu de vida, por la misma ficción, ha muerto totalmente, pues dice una vez más la Escritura: El Espíritu Santo, que nos educa, huye del hipócrita 55. Seguid defendiendo aún a esos muertos y decid que viven, y así moriréis vosotros más lamentablemente con esa falsa defensa.
- “Están muertos”, dices. Pero ¿qué podía hacer el que ignorándolo se acercó a ellos para que lo bautizasen? Hágalo ahora, pues, al reconocer, una vez que él se ha quitado la careta, que ha sido bautizado por un muerto. Si no pudo ser lesionada su conciencia, porque lo ignoró, comienza a serlo ahora que lo sabe. Como el que se pone sin saber su origen la túnica procedente de un latrocinio; ésta comienza a ser túnica de iniquidad desde el momento en que lo sabe, y él a ser injusto si no se despoja de ella. Lo mismo que quien, sin saberlo, se casa con una mujer ajena, será adúltero desde el momento en que lo advierte y no la abandona. Rechace, pues, también el bautismo quien reconoce haberlo recibido de un muerto. Está en su mano lo que debe hacer; todavía puede ser bautizado de nuevo.
Finalmente, sépalo o no lo sepa, al bautizado por un muerto ¿de qué le sirve ese lavado? La afirmación es rotunda, como incluso tú mismo clamas; no exceptúa a nadie. Ha sido bautizado, repito, por un muerto; de nada le sirve su lavado. Purificad a ese hombre bautizándolo, vosotros que vivís, o, mejor, purificaos vosotros de ese error, no sea que perezcáis por pensar así. Pensando combatirme a mí porfías en no admitir excepción en los textos: El óleo del pecador 56 y El bautizado por un muerto 57, pero no te das cuenta de que con tu resistencia estás apretando el nudo que te ata. Por esto actúo yo, por esto insisto, por esto os impulso con apremio a cambiar vuestra vana y perversa opinión: a fin de que, en el óleo del pecador y en el bautismo dado por un muerto, ningún muerto, ningún pecador quede exceptuado, como tú afirmas en favor mío creyendo que lo haces contra mí. Así, pues, ni siquiera el oculto queda exceptuado. De esta manera cae por tierra todo lo que dices, y así los que enseñaron tales ideas se ven forzados a rebautizar a los que pudieran encontrar bautizados por pecadores ocultos en esta vida.
Prosigue la argumentación anterior
XXVII. 33. ¿Qué haces, a dónde te diriges? Son tus palabras las que se ponen delante. No sólo no has refutado las mías cuando yo las expresaba, sino que, ignorando lo que habías leído de mí, te repetiste a ti eso mismo con otras palabras como si fuera tuyo, y para facilitar una lectura y consideración más atentas lo has puesto por escrito, de modo que se te puede leer cuantas veces parezca bien. Escucha, pues, que son palabras tuyas: “Si tanto te place exceptuar solamente al idólatra, ¿quién es aquel de quien se dice: El óleo del pecador jamás ungirá mi cabeza? 58 ¿Dicho pecador es sólo el que adora los ídolos, o cualquiera que admite lo que no es lícito? Si tú piensas que pecador es sólo el idólatra, ¿dejará de considerarse pecador al cristiano que comete una falta contra la ley? Si no se puede afirmar algo más necio y absurdo, está claramente indicado que no sólo el idólatra, sino ningún pecador humano ha de usurpar el derecho de conferir el bautismo”.
Lo que he citado son palabras tuyas. Yo no he exceptuado al idólatra, sino que dije que los muertos son sus mismos dioses, y que no aprovecha nada el ser bautizado por alguno de ellos. Les parece a algunos que son bautizados por los dioses mismos, en cuyo nombre piensan que quedan purificados. Tú, en cambio, no has exceptuado a ningún pecador. Si en este caso se ha de entender por pecador el hombre mortal que bautiza, al no excluir a ningún pecador, sin duda no exceptuaste ni al oculto: “Está claramente indicado -dices- que no sólo el idólatra, sino ningún pecador humano ha de usurpar el derecho de conferir el bautismo”. Escúchate a ti mismo. “Cualquier pecador”, has dicho; no has exceptuado ni al manifiesto ni al oculto. Por tanto, ¿con qué cara obligan al bautismo después de recibirlo de un pecador notorio los mismos que no quieren se dé después de recibirlo de un pecador oculto, si dicen que ninguno está exceptuado? Huye, hermano, de la comprensión insensata a la cuerda, a fin de que este texto acerca del óleo del pecador, como lo prescriben las palabras anteriores del mismo salmo, entiendas que se refiere a la blanda dulzura del adulador falaz. Así no habrá excepción alguna, y el bautizante que es ocultamente malo no te pondrá en estrecheces insuperables.
Lo mismo se dijo en otro testimonio: El bautizado por un muerto, ¿qué provecho saca de su purificación? 59 Examina con diligencia los códices antiguos, sobre todo los griegos, no sea que cambios en las palabras por el contexto precedente o consecuente sugieran otra interpretación, o ciertamente tenemos que entender por muertos, como dije, aquellos en cuyo nombre son bautizados los idólatras, entendiendo que ha sido bautizado por aquel en cuyo nombre uno cree haber sido purificado. Así, tampoco aquí queda exceptuado ninguno, ya que ningún dios muerto de los paganos puede limpiar a los que creen en él. Pero si en este texto entiendes como muerto a todo hombre pecador, se siguen contra tu voluntad tales consecuencias, que no puedes encontrar cómo vivir, dado que dice Juan: Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros 60. Así no podrás encontrar un hombre que te bautice, si quieres evitar a todo pecador.
Otra interpretación de “muerto”
XXVIII. 34. Supongamos que tú entiendes por muerto sólo al hereje o al cismático, de suerte que el bautizado por uno de éstos es bautizado por el muerto al que se refiere: El bautizado por un muerto, ¿qué provecho saca de su purificación? 61 ¡Tú ves qué toma de postura tan precipitada supone aceptar esto como si se hubiera dicho: “El bautizado por un hereje o un cismático”! Ni siquiera así iría eso contra nosotros que reconocemos que nada le aprovecha al hombre el bautismo de Cristo si es bautizado entre los herejes o cismáticos, a quienes atribuye el bautismo que recibe, pero que comienza a serle de provecho cuando se pasa al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia del Dios vivo. Es entonces, gracias a aquel bautismo que aun estando fuera era de Cristo, aunque recibido fuera nada le aprovechaba, cuando comenzará a ser útil la purificación, no por obra de quien le ha bautizado con sus manos, sino de aquel en cuyos miembros ha sido injertado.
- Y no temeré aquella afirmación tuya tan severa, por la que dijiste: “Ningún pecador humano ha de usurpar el derecho de conferir el bautismo”. No la temeré porque no hallas a nadie que diga con verdad en la oración del Señor: Perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden 62, si no se reconoce pecador. Quisiera preguntar a cada uno de los que bautizan entre vosotros si no son en absoluto pecadores. Cada uno puede responderme: “No soy un traditor, no soy un turificador, no soy adúltero, no soy homicida, no soy idólatra, no soy, en fin, hereje ni cismático”, no sé si se puede encontrar alguien que, impulsado por un orgullo herético, se atreva a decir o se atreva a pensar: “No soy pecador”. No sé si alguno estará tan cegado por la hinchazón de la arrogancia que llegue, no digo a proclamar con la boca, sino ni a reconocer en su interior que no tiene necesidad de la oración, en que decimos a Dios: Perdona nuestras ofensas. Y no pedimos perdón por los pecados que confiamos nos fueron perdonados en el bautismo, sino precisamente por aquellos que acompañan siempre a la debilidad humana por muy vigilantes que andemos en el cumplimiento de los preceptos del Señor.
Por último, quien se atreva, levante desvergonzado la frente y diga: “Yo no soy pecador; desde que me fueron perdonados todos los pecados en el bautismo, no se podrá encontrar en mí pecado alguno”. Yo, por mi parte, creo más bien a Juan y respondo con mayor confianza: “Te engañas a ti mismo y la verdad no está en ti” 63. Esta precipitada y engañosa confesión tuya no sólo no consigue que no se encuentren en ti pecados, sino que tampoco se perdonen los que se hallan. Por consiguiente, si has sido ya bautizado, quisiera saber a quién has encontrado que diga contradiciendo al apóstol Juan: “No tengo pecado”. Si pudiste encontrar un hombre tal, ¿cómo te dejaste bautizar por quien se engañaba a sí mismo y en quien no estaba la verdad? Pero si, por poco que tuviera presente su humildad, se llamaba pecador, ¿cómo, según tu afirmación, se arrogaba el derecho del bautismo? Porque tú dijiste, ni tuviste reparo en escribir, que ningún pecador humano ha de usurpar el derecho de conferir el bautismo. Y si aún no has sido bautizado, o corrige esta tan infundada afirmación tuya, o busca ángeles que te bauticen.
- Pero pensemos que has quedado convicto y corriges: “Ningún pecador humano, culpable del delito que los nuestros le achacan, se arrogue el derecho de conferir el bautismo”. Aun esto no va contra nosotros, porque, suponiendo que el tal lo hubiera usurpado y lo hubiera dado, digo que él no debiera haberlo usurpado, pero no digo que no lo ha dado. Si el que lo recibió es un hombre bueno que lo recibió del malo, un hombre fiel que lo recibió de un infiel, un piadoso que lo recibió de un impío, el bautismo será pernicioso para el que lo da, no para el que lo recibe. En verdad, esta realidad sagrada condena al que usa mal de él, santifica al que usa bien. Pero si el que lo recibe lo recibe inicuamente, no se anula el sacramento, antes bien se le reconoce; perjudica al perverso, al corregido causará provecho.
Comparación entre el bautismo y la predicación
XXIX. 37. Quiero pensar que tú no dijiste: “Ningún pecador”, porque, si no me equivoco, tú te das cuenta de la ligereza que suponen esas palabras, sino: “Ningún pecador humano, tal como lo describen los nuestros, ha de usurpar el derecho de conferir el bautismo”, ateniéndote a lo que está escrito: Pero al pecador le dice Dios: ¿Qué tienes tú que comentar mis preceptos y tomar en tu boca mi alianza? 64 Y para demostrar a qué pecador dice esto, a fin de que no se abstuviera de predicar su palabra a la totalidad de los hombres, que no se atreven a pensar ni a decir que no son pecadores, sigue y lo describe: Tú detestas la instrucción y has echado a tus espaldas mis palabras. Tu boca abundó en malicia y tu lengua abrazó el engaño. Si veías un ladrón, corrías tras él, y entrabas a participar con el adúltero. Sentándote, hablabas mal de tu hermano y ponías tropiezos al hijo de tu madre 65. Este es el pecador a quien Dios interpela: ¿Qué tienes tú que hablar de mis preceptos y tomar en tu boca mi alianza? 66 Como si dijera: “Haces esto en vano; por lo que se refiere a ti, no te aprovecha; esto te servirá para juicio de condenación, no como mérito de salvación”.
No obstante, aun con un tal pecador que comenta los preceptos de Dios y toma en su boca su alianza, los que oyen esto de su boca, lo creen, lo practican, lo profesan, ¿no serán alabados, mientras el otro es reprobado, justificados siendo culpable el otro, coronados mientras el otro es condenado, porque se preocuparon de escuchar al Señor que dice: Haced y guardad lo que os digan, pero sus obras no las imitéis, porque dicen y no hacen? 67 De suerte que como este pecador, si hubiere usurpado el derecho de predicar el testamento divino, no saca para sí provecho alguno, pero aprovecha no él, sino lo que predica a los que lo oyen y lo ponen en práctica, de la misma manera el que no debió usurpar el derecho de conferir el bautismo, se perjudica a sí mismo apropiándose mal un bien, pero no a quien recibió bien un bien.
Resumen de la argumentación de Agustín
XXX. 38. Ves que no solamente no has podido refutar lo que dije contra Petiliano, sino también con qué brillante verdad queda cabalmente refutado lo que dijiste contra mí. Y todavía insistes y dices que hacemos mala nuestra causa y en cierto modo confesamos que somos pecadores, porque, mientras se nos objeta con qué autoridad reclamamos el derecho de conferir el bautismo, no hablamos del mérito de las acciones ni de la inocencia de vida, sino que decimos que a cualquiera le es lícito.
Considera con atención que, según lo dicho, nosotros ciertamente no afirmamos que le sea lícito a cualquiera, sino que tiene su castigo quien trata indignamente lo santo y que al tal hay que corregirle. No hay que anular ilícitamente la realidad sagrada que ilícitamente se administra, como queremos que sean corregidos los hombres que no usan legítimamente de la ley, sin considerar nula la ley misma; como reprendemos a quien toma en su boca indignamente el testamento de Dios, sin negar o hacer añicos el testamento mismo. Y no confesamos haber pecado, por reprobar en el pecador lo que es suyo y honrar en cambio lo que es de Dios; ni porque no queremos valorar al que cree en Dios por los secretos del hombre, sino que le amonestamos a que se gloríe en el Señor de quien está seguro 68. El mismo Apóstol no perdía su esperanza porque tuviese mala conciencia, pero no quería poner en el hombre la esperanza del creyente, y la ponía sólidamente en el Señor al decir: Ni el que planta ni el que riega son nada, sino Dios que da el crecimiento 69. Así pues, cuando nosotros decimos lo que está escrito: No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria 70, no acusamos a nuestra conciencia; pero vosotros, queriendo poner en las costumbres de los hombres la esperanza de los que se bautizan, no conocéis vuestra arrogancia.
Cresconio recurre en vano a San Cipriano
XXXI. 39. ¿Qué decir de vuestra osadía al hacer mención del bienaventurado Cipriano, como si fuera el garante de vuestra división él, el defensor genuino de la unidad y paz católicas? Procura primero mantenerte en la Iglesia, que consta mantuvo y defendió Cipriano, y entonces puedes atreverte a llamar a Cipriano garante de tu opinión. Primero procura imitar la piedad y la humildad de Cipriano, y entonces puedes alegar el concilio de Cipriano.
Nosotros no inferimos injuria alguna a Cipriano cuando distinguimos entre cualquiera de sus cartas y la autoridad de las Escrituras canónicas. No sin motivo está establecido con tan saludable vigilancia el canon eclesiástico, al cual pertenecen determinados libros de los Profetas y de los Apóstoles, que en modo alguno nos atrevemos a juzgar, y conforme a los cuales hemos de juzgar libremente sobre los otros escritos de los fieles o de los infieles. Así que al decir el Apóstol, cuyas cartas destacan en la autoridad canónica: Los que somos perfectos sintamos de esta manera, y si en algo sentís de un modo diferente, Dios os hará ver claro 71, cuando Cipriano piensa de otra manera, suponiendo que sean suyos los escritos que juzgáis debéis aducir en vuestro favor, cuando pensó sobre esta materia algo diferente de lo que puso de manifiesto la verdad considerada con más diligencia, esperando que Dios le descubriera esto, mantuvo con laudable elogio de la caridad la unidad y la paz de la caridad católicas aun con sus colegas, de los que se separó en su doctrina.
La carta de San Cipriano a Jubayano
XXXII. 40. En la tuya has incluido un texto de su carta a Jubayano, para mostrar que él era de la opinión que había que bautizar en la Iglesia católica a los que habían sido bautizados en la herejía o el cisma. No me veo atado por la autoridad de esta carta, ya que no tengo por canónicas las cartas de Cipriano, y las juzgo a tenor de los Libros canónicos; acepto con elogio lo que en ellas está de acuerdo con la autoridad de las divinas Escrituras y rechazo lo que no está. Por esto, si lo que citaste de su carta a Jubayano lo hubieses tomado de algún libro canónico de los Apóstoles o de los Profetas, no tendría nada en absoluto que replicar. Ahora bien, como no es canónico lo que citas, usando de la libertad a que nos llamó el Señor 72, no puedo admitir la opinión diferente de este varón, cuyo mérito no puedo alcanzar yo, a cuya multitud de escritos no comparo los míos, cuyo ingenio estimo, cuya palabra me encanta, cuya caridad admiro, cuyo martirio venero. No admito, repito, lo que escribió el bienaventurado Cipriano sobre el bautismo de herejes y cismáticos, porque no lo admite la Iglesia, por la cual derramó su sangre el bienaventurado Cipriano.
Afirmáis que él ha establecido textos canónicos en favor de esta sentencia. En verdad, él no pudo confirmar esos documentos canónicos, sino que más bien mediante ellos confirmó él sus opiniones rectas. Así, pues, deja ya los escritos de Cipriano y recuerda los mismos documentos canónicos, de los cuales dices que se sirvió.
Si no logro demostrar que esos documentos no favorecen nada a vuestra causa, has vencido tú. Por eso, aunque muy inferior a Cipriano, no puedo admitir esto de Cipriano, como, aunque incomparablemente inferior a Pedro, no acepto ni practico su propósito de forzar a judaizar a los gentiles 73. Mas vosotros, que nos oponéis los escritos de Cipriano como apoyo de la autoridad canónica, es necesario que cedáis ante cualquier texto de Cipriano que podamos citar contra vosotros. Y es justo que, vencidos, guardéis silencio y por fin os convirtáis del error de vuestra funestísima disensión a la unidad católica.
El uso eclesial anterior a San Cipriano
XXXIII. 41. Para no prolongar la cuestión, toma nota de lo que voy a citar de esta carta a Jubayano a fin de derrocar y erradicar vuestro error. El santo Cipriano o quien escribió aquella carta, en su esfuerzo por demostrar que era preciso bautizar a los herejes que venían a la Iglesia, porque había que considerar como nulo el bautismo que habían recibido fuera de manos de los herejes, se propuso a sí mismo esta dificultad: “Pero dirá alguien: ¿qué sucederá entonces con los que en el pasado vinieron de la herejía a la Iglesia y fueron recibidos sin el bautismo? El Señor con su misericordia puede otorgar el perdón y no separar de los dones de su Iglesia a los que fueron admitidos sin más y murieron dentro de la Iglesia” 74. A nosotros nos es suficiente esta sencillez, a la cual presta su testimonio el mismo Cipriano, juzgando que es un bien tan grande la unidad del cuerpo de Cristo, que podía presumir piadosamente que los admitidos sin más en la Iglesia, aun los que se pensaba no tenían el bautismo, eran dignos del perdón de la divina misericordia y no debían ser separados de los dones de la Iglesia. Esta fue la costumbre de la Iglesia antes del concilio de Cipriano, que no pudo ser superada ni suprimida ni por el mismo concilio de Cipriano: los que venían de la herejía, no ciertamente sin el bautismo, como él dice, porque tenían el mismo bautismo aun fuera, aunque no les aprovechara, sino, como dice él también, admitidos sin más, merecían el perdón de la misericordia de Dios y no eran separados de los dones de la Iglesia. Esta simplicidad, más que la duplicidad, pareció bien a la Iglesia universal extendida por el mundo entero.
- Escucha el precioso testimonio que el mismo Cipriano suministra a la Iglesia. Se trata de un texto de la carta que escribió sobre su unidad: “Arranca un rayo de luz del cuerpo del sol, la unidad de la luz no admite la división; desgaja del árbol un ramo, una vez desgajado no podrá germinar; separa de la fuente el río, separado se secará” 75. En estas palabras de Cipriano no encontramos ni entendemos que la luz no admita división, a no ser en los santos predestinados al reino de Dios, que no pueden en modo alguno ser separados de la Iglesia; que el ramo desgajado no germina, lo entendemos referido al germen de la salud eterna; y en cuanto a la sequedad del río separado de la fuente, la reconocemos en que quedan privados del Espíritu Santo los que se separan de la Iglesia, no precisamente en el sacramento del bautismo, que pueden tener los buenos y los malos, separados de la santidad de la Iglesia, ya estando fuera abiertamente, ya permaneciendo ocultos dentro.
Pero lo que nadie duda es cuál es el pensamiento de Cipriano sobre la fecundidad de la Iglesia extendida por el orbe entero; atiende a cómo continúa el texto: “De esa manera -dice- la Iglesia bañada en la luz del Señor extiende sus rayos por el orbe entero; pero una sola es la luz que se difunde por todas partes sin que se divida la unidad del cuerpo. Extiende sus ramos con fecundidad copiosa a toda la tierra, esparce extensamente las abundosas aguas; pero una es la cabeza, uno el origen, una la madre repleta de frutos de fecundidad”. Esta es la Iglesia que, prometida en las santas Escrituras y hecha realidad en todo el mundo, Cipriano amó, conservó, recomendó, y la que los perdidos cismáticos o herejes, con la disculpa de querer distinguirse y separarse de los malos, abandonaron con sus impías sediciones. Y para que éstos no traten de limpiar con vanas excusas sus impías salidas, anunció la santa Escritura: El hijo malo se proclama justo, pero no ha lavado su salida 76, porque ni por los malos que parecen estar dentro deben ser abandonados los buenos que en verdad están dentro.
La carta de Cipriano al presbítero Máximo
XXXIV. 43. Qué piensa el bienaventurado Cipriano sobre esto, se puede comprender por la carta que escribió al presbítero Máximo y a los otros a quienes felicita al tornar de su error cismático y herético a la Iglesia: “Aunque se ve -dice- que hay cizaña en la Iglesia, no debe impedir nuestra fe y nuestra caridad, de suerte que, como vemos que hay cizaña en la Iglesia, nos apartemos de ella nosotros. Hasta tal punto tenemos que esforzarnos en poder ser grano, que, cuando comience a ser almacenado el trigo en los graneros del Señor, recojamos el fruto de nuestro trabajo y nuestro esfuerzo. Dice el Apóstol en su carta: En una casa grande no hay sólo vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro, unos son para usos decentes, otros para usos viles 77. Nosotros trabajemos y esforcémonos cuanto podamos, para ser vasos de oro y plata. Por lo demás, el quebrar los vasos de tierra se le ha concedido sólo al Señor 78, a quien se ha otorgado la vara de hierro. El siervo no puede ser más que su señor 79, ni nadie puede reclamar lo que el Padre ha otorgado sólo al Hijo, de suerte que píense que puede llevar la pala o el bieldo para aventar y limpiar la era o separar, según el juicio humano, toda cizaña del grano. Obstinación soberbia y sacrílega presunción que se arroga la locura perversa. Mientras se arrogan siempre más de lo que pide la apacible justicia, algunos se colocan fuera de la Iglesia, y mientras se engríen con su insolencia, cegados por su misma hinchazón, pierden la luz de la verdad” 80.
Ya ves, hermano, que Cipriano ha mandado esto apoyándose en las divinas Escrituras también a causa de los malos, los cuales, estando separados de los buenos espiritualmente por su vida y costumbres, sin embargo, corporalmente parece que están mezclados en la Iglesia con los buenos hasta el día del juicio, en el que serán separados aun corporalmente y destinados a las debidas penas. Y manda también no abandonar la Iglesia por su causa, como el grano por la paja o la cizaña, como la casa grande por causa de los utensilios sin valor. Ves, oyes, sientes, percibes, entiendes cuán grande es el crimen que cometéis cuando, por causa de los que con razón o sin razón os desagradan, os separáis de la Iglesia que se extiende por el orbe entero, a la cual Cipriano ofrece, conforme a las divinas Escrituras, un testimonio tan grande, tan sólido, tan claro y tan luminoso.
Resumen de la argumentación última de Agustín
XXXV. 44. Por todo lo cual presta diligente atención a mi breve razonamiento sobre toda esta cuestión. Si se recibe con razón en la Iglesia a los que vienen de los herejes, a fin de corregir su error sin menoscabo del sacramento divino, felicitamos a los que viven bien en ella como grano del Señor. Pero si, como pensáis y os jactáis de que Cipriano os apoya en esta opinión, no tienen el bautismo, en verdad al ser admitidos sin más en la Iglesia, según el mismo Cipriano merecen el perdón de Dios en virtud del mérito de la misma unidad y no son privados de los dones de la Iglesia. Y quienes, según la costumbre anterior sobre la cual no calló Cipriano, los admiten sin más y llevan una vida recta y pacífica, son colocados con el mismo trigo destinado al granero. Pero quienes a sabiendas se enfrentan porfiadamente a la verdad en la cuestión de su admisión o viven con malas y detestables costumbres, son tolerados entre la cizaña y la paja destinadas al fuego. No obstante, y Cipriano es testigo de ello, Dios ordena no abandonar por causa de ellos la Iglesia que se extiende por el orbe entero de la tierra con éxitos tan abundantes. Es el grano del Señor que crece junto hasta la cosecha o es triturado junto hasta la bielda. Por esto, si al participar en los mismos sacramentos los malos manchan a los buenos, cuando en los tiempos de Cipriano o antes de él los herejes eran recibidos, según pensáis, sin el bautismo, decid que la Iglesia había perecido y mostrad de dónde habéis nacido vosotros. Pero si, como también lo enseña la verdad por medio de Cipriano, cuando se tolera la cizaña conocida por la paz de la Iglesia, no mancha al trigo, el hijo malo se proclama justo, pero no lava su salida 81, porque no debió salir de la Iglesia a causa de los malos.
El caso de Ceciliano
XXXVI. 45. Insisto, no permito que se hagan oídos de mercader ante un argumento tan invencible: si, aunque los buenos no participen de los pecados de los malos, por el solo motivo de comulgar en los mismos sacramentos, los malos pierden a los buenos, los que en el pasado vinieron de la herejía a la Iglesia y fueron admitidos sin el bautismo, a buen seguro que con su contagio echaron a perder a los buenos. Luego ya no existía entonces Iglesia que Cipriano mantuviese y anunciase y de la que saliese después Donato. Pero si aquel contagio no echó a perder a los buenos, tampoco pudo echar a perder al orbe cristiano el contagio de aquellos a los que acusáis. No calumniéis, separados de él, al orbe cristiano; corregidos, volved a la Iglesia.
Sientes la necesidad de acusar a Ceciliano y sus compañeros, contra quienes por aquel entonces reunió y formó un concilio Segundo de Tigisi; yo no la tengo de defenderlos. Acúsalos con cuantas fuerzas puedas. Si fueron inocentes, nada les perjudicará, como a grano auténtico, el viento de tus palabras; si fueron culpables, no se debió abandonar, por causa de aquella cizaña, el grano al que nada perjudicó. Acusa cuanto puedas. Venceré si no aportas pruebas. Venceré si las aportas. Venceré, repito, si no aportas pruebas, poniéndote a ti como juez; venceré si las aportas, teniendo como testigo a Cipriano. ¿Qué quieres que hayan sido ellos? Si inocentes, ¿por qué calumniáis al trigo del Señor, siendo vosotros cizaña? Si culpables, ¿por qué os separáis del trigo del Señor por causa de la cizaña?
Aparece la Iglesia ilustre y resplandeciente, como ciudad establecida sobre el monte 82 que no puede esconderse, por medio de la cual domina Cristo de un mar a otro y desde el río hasta los límites del orbe de la tierra 83, como la descendencia de Abrahán, multiplicada como las estrellas del cielo y la arena del mar, en quien son bendecidos todos los pueblos 84. Esta es también la que encarece el bienaventurado Cipriano, y de tal manera, que dice que, bañada por la luz del Señor, alarga sus rayos por el orbe de la tierra, extiende sus ramos por toda la tierra con la abundancia de su fertilidad 85. Esta, a la que ni hay que acusar por sus granos ni que abandonar por causa de la cizaña.
Respecto a lo primero, respondeos vosotros a vosotros mismos; en cuanto a lo segundo, aprendedlo en los consejos de Cipriano. Estas son palabras suyas que lo atestan y afirman: “Aunque se ve que en la Iglesia hay cizaña, no debe ello impedir nuestra fe o nuestra caridad, de manera que vayamos a apartarnos nosotros de ella porque veamos que en ella hay cizaña” 86.
Cipriano condena su doctrina, aun sin citarlos
XXXVII. 46. Afirmáis que la Iglesia ha desaparecido del orbe de la tierra por el contagio de los malos africanos y que sus reliquias han quedado en el partido de Donato como en el grano separado de la cizaña y de la paja. Contradecís a todas luces a Cipriano, quien afirma que ni los buenos perecen en la Iglesia por mezclarse con los malos, ni los mismos malos pueden ser separados de la mezcla con los buenos antes del tiempo del juicio divino.
En vuestro error o, mejor, furor os veis forzados a acusar no sólo a Ceciliano y sus consagrantes, sino incluso a aquellas Iglesias que leemos nosotros y vosotros en las Escrituras apostólicas y canónicas: no sólo la de los Romanos, a donde soléis enviar desde África a un obispo para el reducido número de los vuestros, sino también la de los Corintios, Gálatas, Efesios, Tesalonicenses, Colosenses, Filipenses, a las que, bien notoriamente, escribe el apóstol Pablo; a la de Jerusalén, que gobernó como primer obispo el apóstol Santiago; a la de Antioquía, donde los discípulos recibieron por primera vez el nombre de cristianos 87; a la de Esmirna, Tiatira, Sardes, Pérgamo, Filadelfia, Laodicea, a las cuales se dirige el Apocalipsis del apóstol Juan 88, a tantas otras Iglesias del Ponto, Capadocia, Asia, Bitinia, a las que escribe el apóstol Pedro 89, y todo lo que Pablo atestigua haber llenado del Evangelio desde Jerusalén hasta la Iliria 90, sin hablar de otras regiones de la tierra tan dilatadas e inmensas, a las que llevaron la Iglesia que ha crecido y sigue creciendo los trabajos y siembras de los Apóstoles. A estas Iglesias precisamente, cuyo nombre he tomado de las Escrituras divinas y canónicas, tan alejadas de África, os veis forzados a acusar, como si hubiesen perecido por los pecados de los africanos, para no tener que corregir el error que os lleva al enorme crimen de la nefasta división.
- Por lo que toca a nosotros, para refutar con más facilidad este vuestro error, no nos vemos forzados a defender a los mismos africanos, cuyos falsos crímenes os atrevéis a extender hasta a los restantes pueblos; ni a los mismos africanos, repito. Si fueron inocentes, tienen participación en el reino con aquellas Iglesias transmarinas, y si fueron culpables, no pudieron perjudicar en África a los que no quisieron separarse de la unidad de la Iglesia por su causa aun habiéndolos conocido, como la cizaña no perjudica al grano.
Dejo de lado a tantos que tuvieron por inocentes a aquellos a quienes no pudo demostrárseles su falta, si hubo alguna; y aun de éstos no podéis afirmar vosotros que pudieron ser mancillados por los pecados ajenos no conocidos. Dejo de lado a éstos, repito; veamos a los que sabían o juzgaban que eran culpables. Aunque se hallaban establecidos en la Iglesia africana, veían que no podían ser refutados ante las Iglesias de ultramar ni se podían probar sus crímenes a los miembros de la Iglesia extendidos por tan lejanas regiones; si, por causa de aquellos que conocía como malos, quisieran separarse, por temor a un pestilente contagio, de la comunión de tantos pueblos, a los cuales no podían demostrar que eran malos, no podríamos retenerlos ni yo, ni tú, ni Donato, ni Ceciliano, sino el mismo que tú has osado citar, Cipriano, que les diría las palabras que escribió a Máximo:
Un texto de Cipriano
XXXVIII. 48. “Si se ve que existe cizaña en la tierra, no debe ello impedir nuestra fe o nuestra caridad, de modo que, al ver que existe cizaña en la Iglesia, nos separemos nosotros de ella. Nosotros sólo tenemos que esforzarnos por poder ser grano, a fin de que, cuando comience a ser almacenado en los graneros del Señor, consigamos el fruto debido a nuestro trabajo y esfuerzo. Dice el Apóstol en su carta: En una casa grande no hay sólo vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro, unos son para usos nobles, los otros para usos viles 91. Nosotros procuremos trabajar y esforzarnos cuanto podamos para llegar a ser vasos de oro y de plata. Por lo demás, sólo se ha concedido quebrar los vasos de barro al Señor, a quien se ha dado la vara de hierro 92. El siervo no puede ser más que su señor 93, y nadie puede reclamar lo que el Padre ha dado sólo al Hijo, de suerte que piense que puede llevar la pala o el bieldo para beldar o limpiar la era o separar, según el juicio humano, toda cizaña del trigo. Esto es una terquedad orgullosa y presunción sacrílega que se arroga el furor depravado. Y mientras algunos se toman más de lo que reclama una benigna justicia, se colocan fuera de la Iglesia, y mientras se alzan insolentes, cegados con su misma hinchazón, pierden la luz de la verdad” 94.
Con estas palabras de Cipriano se mantendrían en la Iglesia los que temen a Dios, que pudieron querer separarse de ella por causa de los malos conocidos; estas palabras os condenan a vosotros, que en vuestra separación acusáis incluso a los buenos. Con ellas Cipriano nos mantiene a nosotros en la casa de Dios, cuyo decoro amó él 95, de modo que no la abandonemos por causa de los vasos hechos para afrenta, aunque, cosa que nunca pudisteis vosotros conseguir, pudiéramos conocer a los que acusasteis y mostrasteis como traditores y a cualesquiera otros malos.
Ojalá con esas palabras os introduzca, corregidos ya, en la paz católica este promotor de la paz, para que no os sintáis irritados por cualesquiera pecados ajenos, sean verdaderos o falsos, y dejéis de lanzar invectivas contra la Iglesia de Cristo que fructifica y crece según las Escrituras en todo el mundo, ni acuséis al trigo por causa de la cizaña, abandonéis el grano a causa de la paja, permanezcáis fuera de la casa por los vasos de uso vil.
- Ya ves cuánto nos ha ayudado el bienaventurado Cipriano citado por ti. Si pensó diversamente sobre la repetición del bautismo, sin duda el Señor, en pago de los extraordinarios méritos de su caridad ardiente, le dio luz para corregirse, porque permaneció en aquella vid como un sarmiento cargado del fruto tan copioso de paz y caridad; de tal manera que si se encontrara en él algo que purificar, sin duda le quitaría esa mancha, si no hubiera otro recurso, el hacha del martirio.
Todo lo que acabo de decir podría ser suficiente para refutar vuestro error y, si quisierais, aun para corregirlo; sin embargo, para que nadie vaya a pensar que en tu carta había algo que no he podido refutar o en lo que no he podido demostrar que tú no has respondido nada ajustado a mi carta contra Petiliano, vamos a ver el resto en el volumen siguiente.