Respuesta a las ocho preguntas de Dulcicio

BAC vol. 40

Respuesta a las ocho preguntas de Dulcicio

RESPUESTA A LAS OCHO PREGUNTAS DE DULCICIO

Hipona año 424

Testimonio del mismo San Agustín en el libro de las «Retractaciones» 2,65 (92)

El libro titulado Respuesta a las ocho preguntas de Dulcicio no debería venir mencionado en esta obra entre mis libros, porque fue compuesto con lo que escribí antes de otros libros míos, a no ser porque he introducido algunas discusiones nuevas y he dado respuesta original a alguna de sus preguntas sin tomarla de alguno de mis opúsculos, sino tal y como entonces se me ocurrió.

Este libro comienza así: Quantum mihi videtur, dilectissime fili Dulciti.

Respuesta a las ocho preguntas de Dulcicio

Prólogo

Por lo que se refiere a mí, amadísimo hijo Dulcicio, no me he retrasado en responder a tus preguntas. Por la Pascua de este año, estando en casa con los míos, recibí las cartas de tu caridad dirigidas a mí desde Cartago con fecha 30 de marzo. Y, después de esos días santos, yo partí enseguida para Cartago. Y en esta ciudad la multitud de ocupaciones, que allí no podía abandonar, no me permitió dictar cosa alguna. Después de mi retorno, y, pasados en casa quince días, que me obligaron a ocuparme de los asuntos atrasados durante mi larga ausencia —porque pude volver después de tres meses—, no he diferido responder a tus preguntas, y así puedo enviarte lo que ya había tratado en distintos opúsculos míos, dándote una solución o al menos mi punto de vista.

Finalmente, en cuanto a la pregunta que me haces de por qué ha dicho el Señor, previsor fiel de todo lo que iba a suceder: Elegí a David según mi corazón1, habiendo cometido tales y tantos pecados, no he podido encontrar dónde y cómo lo he explicado, y no sé si ha sido en algún libro mío o en alguna carta. Así que, como me has puesto en la necesidad de tratarlo de nuevo, lo he hecho al final en esa respuesta mía; porque quiero reproducir primero lo que tenía preparado en las obras mías anteriores para satisfacer el deseo de tu santidad, que es para mí gratísimo, sin verme obligado a repetir lo mismo de otro modo, lo cual sería muy penoso para mí, y para ti de ningún provecho.

Pregunta primera: ¿Los pecadores después del bautismo podrán salir del infierno?

  1. La pregunta de Dulcicio. Esta es tu primera pregunta: «Si los que son pecadores después del bautismo van a salir alguna vez del infierno. Porque, dices tú, hay diversidad de pareceres sobre esto: algunos responden que así como el premio de los justos no tiene fin, así tampoco tienen fin los tormentos de los pecadores. En efecto, ésos quieren afirmar que el castigo es tan perpetuo como el premio. Y contra ellos se menciona aquella sentencia del Evangelio que dice: No saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto2. Según esto, puede salir una vez pagado todo. Y pienso que eso mismo dice el Apóstol cuando establece: Al fin, sin embargo, se salvará, pero como por medio del fuego3. También insistes en que leemos en otra parte: Y no la conoció hasta que dio a luz4, lo cual no podemos interpretarlo así. Por eso yo deseo estar mejor informado sobre ello». Esta es tu pregunta.

  2. La respuesta de San Agustín. Esta respuesta la tomo de mi libro que se titula La fe y las obras, donde he hablado de ello en estos términos. Digo, pues:

«Catequesis de Santiago: La fe sin obras es una fe muerta. Santiago es tan enérgicamente contrario a los sabihondos que dicen que la fe sin obras vale para la salvación, que los compara con los demonios, diciendo: Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien, pero también los demonios creen y tiemblan5. ¿Qué puede decirse más breve, veraz y enérgicamente, cuando leemos también en el Evangelio que esto lo dijeron los demonios al confesar que Cristo es el Hijo de Dios, y fueron reprendidos por él6, mientras que es alabado en la confesión de Pedro?7 Dice Santiago: ¿De qué sirve, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso la fe lo podrá salvar? Y añade: Porque la fe sin obras es muerta8. ¿Hasta dónde están engañados los que se prometen la vida perpetua con la fe muerta?

Un pasaje difícil del Apóstol, mal interpretado

  1. Refutación de los que afirman que la fe sin obras es provechosa para la salvación. Por esto conviene considerar con cuidado cómo debe entenderse la sentencia del apóstol Pablo, ciertamente difícil, cuando dice: De hecho, nadie puede poner otro fundamento fuera del que ha sido puesto, que es Cristo Jesús. Pero si alguno edifica sobre este fundamento oro, plata, piedras preciosas, o madera, heno, paja, se manifestará la obra de cada cual. En efecto, aquel día lo declarará, porque será revelado en el fuego, y el fuego probará cuál es la obra de cada uno. Si permaneciere la obra de quien ha sobreedificado, recibirá recompensa. Pero si se consume, sufrirá castigo. El, sin embargo, se salvará, pero como por medio del fuego9. Algunos piensan que hay que entenderlo de modo que los que parece que edifican sobre este fundamento oro, plata, piedras preciosas son los que añaden las buenas obras a la fe que está en Cristo; en cambio, los que edifican heno, madera y paja son los que, teniendo la misma fe, han obrado mal. De donde juzgan que éstos pueden ser purificados por algunas penas de fuego para recibir la salvación por mérito del fundamento.

  2. Aplicación falsa. Si esto es así, tenemos que confesar que estos tales se esfuerzan con laudable caridad por que todos sin distinción sean admitidos al bautismo, no sólo los adúlteros y adúlteras, que pretenden matrimonios falsos contra la sentencia del Señor, sino también las meretrices públicas, que se obstinan en su vergonzosísima profesión, a las cuales, con toda certeza, ninguna Iglesia, aun la más relajada, ha admitido, a no ser una vez liberadas de aquella prostitución del principio. Pero por esta misma razón no acierto a ver por qué no son admitidas de todos modos. En efecto, ¿quién no va a querer, aunque amontonen madera, heno o paja, y una vez puesto el fundamento, que sean purificadas con algún fuego ciertamente más prolongado antes que perezcan eternamente? Pero, entonces, ¿será falso todo lo que no tiene ni oscuridad ni ambigüedad?: Si tuviese toda la fe hasta para trasladar montes, pero no tengo caridad, nada soy10. Y: ¿Qué le aprovecha, hermanos míos, si uno dice que tiene fe pero no tiene obras? ¿Es que podrá salvarle la fe? Será también falso aquello: No os engañéis: ni los fornicarios, idólatras, ladrones, avaros, adúlteros, afeminados, sodomitas, borrachos, difamadores, usureros poseerán el Reino de Dios11. Todo va a ser falso. Realmente, si con sólo creer y estar bautizados se van a salvar por el fuego, aunque perseveren en tamaños pecados; y, por lo tanto, todos los que han sido bautizados en Cristo, aunque hagan tales cosas, poseerán el reino de Dios. En cambio, es una tontería decir: y eso erais antes, pero habéis sido lavados12, ¡todo eso también perecerá! ¡Va a ser una bobada lo que dijo Pedro: Así que a vosotros el bautismo os salva de una forma parecida, no la limpieza de las suciedades de la carne, sino el examen de la buena conciencia!13 Realmente también a los que tienen pésimas conciencias, llenas de todos los delitos y pecados, sin cambiar por la penitencia de sus males, los salva, sin embargo, el bautismo, ciertamente por el fundamento que se pone en el bautismo serán salvos, aunque por medio del fuego. Tampoco veo por qué dijo el Señor: Si quieres llegar a la vida, guarda los mandamientos14, y por qué recordó lo que se refiere a las buenas costumbres, si se puede llegar también a la vida sin guardar todo eso, con sola la fe, que sin obras es muerta15. Además, ¿cómo puede ser verdad lo que les dirá a los que ha de poner a la izquierda: Id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles?16 A éstos no los increpa porque no han creído en él, sino porque no han hecho obras buenas. En efecto, para que nadie se prometa la vida eterna con la fe, que sin obras es muerta, para eso dijo que separaría a todas las gentes, que mezcladas utilizaban los mismos pastos, para que quede bien claro que quienes digan: Señor, ¿y cuándo te vimos sufriendo lo uno y lo otro, y no te servimos?17, son los mismos que habían creído en él, pero que no se habían preocupado de hacer obras buenas, como si con la sola fe muerta se pudiese llegar a la vida eterna. O ¿tal vez van a ir al fuego eterno los que no han hecho obras de misericordia, pero no irán los que arramplan con lo ajeno, o los que, corrompiendo en sí mismos el templo de Dios, fueron inmisericordes contra sí mismos, como si las obras de misericordia sirviesen de algo sin el amor, cuando dice el Apóstol: Si distribuyo a los pobres todo lo mío, pero no tengo amor, no me sirve de nada?18 ¿O como si alguno pudiese amar al prójimo como a sí mismo, si no se ama a sí mismo?, pues el que ama la iniquidad, odia a su alma19. Tampoco puede aceptarse aquí aquello con lo que algunos se engañan a sí mismos, al decir que el llamado fuego eterno no es el mismo castigo eterno; porque entienden arbitrariamente que por el fuego, que será eterno, van a pasar todos a quienes se les promete la salvación por el fuego mediante la fe muerta. Es decir, que el fuego es eterno, pero su combustión o actividad ígnea no es eterna en ellos, habiéndolo también previsto el Señor, como Señor, cuando concluyó su sentencia de este modo: Así, irán éstos a la combustión eterna, pero los justos a la vida eterna20. Por tanto, habrá una combustión eterna, como el fuego. Y la Verdad dijo que irán a ella los que declaró faltos no de fe, sino de buenas obras.

  3. Sentido verdadero. Si todo esto y otras innumerables cosas que se pueden encontrar, dichas sin ambigüedad alguna por todas las Escrituras, van a ser falsas, podrá entonces ser verdadera la misma aplicación sobre la madera, el heno y la paja, porque se salvarán por el fuego esos que, teniendo solamente fe en Cristo, han descuidado las buenas obras. Pero si todo esto es también verdadero, y está bien claro, no hay duda de que en la sentencia del Apóstol se encontrará otra interpretación para valorar en eso lo que dice Pedro: que en sus escritos hay algunos pasajes difíciles de entender, los cuales no deben inducir a los hombres a su propia ruina21, de modo que, contra los testimonios evidentísimos de las Escrituras, se hagan perversísimos con la seguridad de conseguir su salvación, coherentes de un modo perspicaz con su malicia, pero sin cambiar con la enmienda ni hacer penitencia.

Interpretación del pasaje del Apóstol

  1. Otro pasaje del Apóstol traído sin ton ni son por los que enseñan que la fe salva sin obras. Tal vez se me pida aquí cuál es mi opinión sobre el pasaje del apóstol Pablo y de qué modo me parece a mí que hay que entenderlo. Confieso desde ahora que preferiría escuchar a otros más inteligentes y doctos que la expongan de tal modo que queden en pie como verdaderas e inconcusas aquellas cosas que he recordado antes, y también las que no he recordado, donde la Escritura atestigua clarísimamente que no sirve de nada la fe, a no ser la que ha definido el Apóstol, es decir, la que obra por el amor22; pero que sin obras no puede salvar, ni sin fuego ni con fuego; porque si salva por el fuego, ya ciertamente salva. Sin embargo, está ya dicho absoluta y claramente: ¿De qué le sirve si uno dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Es que puede salvarlo la fe?23

La fe verdadera obra por la caridad. Diré también mi opinión sobre el pasaje del Apóstol tan difícil de entender, lo más brevemente posible y con tal que se tenga bien presente lo que atañe a mi profesión, que ya he dicho que en este asunto preferiría oír a los más especializados. Cristo es el fundamento en la estructura del arquitecto sabio. Esto no necesita ninguna aclaración. Está bien patente: Pues ninguno puede poner otro fundamento fuera del que ha sido puesto, que es Cristo Jesús24. Si es Cristo, sin duda alguna que la fe es de Cristo. Puesto que Cristo habita por la fe en nuestros corazones, como lo dice el mismo Apóstol25. Pues si es la fe de Cristo, ciertamente es la que ha definido el Apóstol, que obra por el amor26. Evidentemente, uno puede ponerse como fundamento la fe de los demonios, aunque también ellos crean y tiemblen y confiesen que Jesús es el Hijo de Dios. ¿Por qué sino por no ser ésa la fe que obra por el amor, sino la que se expresa por el temor? La fe de Cristo, por tanto, que es la fe de la gracia cristiana, es decir, la fe que obra por el amor, y que puesta en el fundamento no permite que nadie perezca. Y ¿qué es edificar sobre este fundamento oro, plata, piedras preciosas, o madera, heno, paja? Si intento profundizar, me temo que mi exposición sea más difícil aún de entender. Con la ayuda de Dios, voy a intentar explicar brevemente y con la mayor claridad que pueda todo lo que siento. Fijaos en aquel que preguntó al Maestro bueno qué tenía que hacer para conseguir la vida eterna, y oyó: si quería llegar a la vida tenía que guardar los mandamientos. Y como él preguntase qué mandamientos, le contestó: No matarás, no fornicarás, no robarás ni dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre. Y: Amarás a tu prójimo como a ti mismo27. Haciéndolo en la fe de Cristo, poseería sin duda la fe que obra por el amor28. De hecho, no podría amar al prójimo como a sí mismo sino habiendo recibido el amor de Dios, sin el cual no se amaría a sí mismo. Más aún, si hiciese lo que el Señor añade, cuando dice: Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Y ven, y sígueme29, edificaría sobre el fundamento oro, plata, piedras preciosas, porque no pensaría sino lo que es de Dios, cómo agradar a Dios. Y estos pensamientos, según creo, son el oro, la plata, las piedras preciosas. Por otra parte, si estuviese apegado a sus riquezas con algún afecto carnal, aunque de ellas hiciese muchas limosnas, sin intentar para aumentarlas ningún engaño ni rapacidad o sin cometer delito o crimen alguno por miedo a disminuirlas o perderlas —de lo contrario se apartaría ya de aquella firmeza del fundamento—, sino que por el efecto carnal, como he dicho, que tuviese puesto en ellas, por el que no podría carecer de tales bienes sin dolor, edificaría sobre aquel fundamento madera, heno, paja; sobre todo si también estuviese casado, de modo que por agradar a su mujer pensase en las cosas mundanas cómo agradar a su mujer. Puesto que todo esto, amado con afecto carnal, no se pierde sin dolor, por eso los que las poseen de ese modo que pongan en el fundamento la fe que obra por el amor, y sin anteponer a él estas cosas por razón o codicia alguna, aunque sufran con su pérdida, puedan llegar a la salvación por medio de un fuego doloroso. De este dolor y perjuicio está uno tanto más seguro cuanto menos las haya amado o las haya tenido como quien nada tiene. En cambio, el que para conservarlas o alcanzarlas haya cometido homicidio, adulterio, fornicación, idolatría y cosas semejantes, no se salvará a causa del fundamento por medio del fuego, sino que, perdido el fundamento, será atormentado por el fuego eterno.

  1. El privilegio paulino. Por la misma razón, como queriendo probar cuánto vale la fe sola, traen este otro texto del Apóstol: Que si el consorte infiel se va, que se vaya; porque no está sujeto a servidumbre el hermano o la hermana en este caso30. Es decir, que no hay culpa alguna si abandona a su mujer, unida en legítimo matrimonio, a causa de la fe cristiana, cuando ella no quisiere permanecer con el marido cristiano porque es cristiano. No se fijan en que por este motivo es repudiada con toda justicia cuando le dice a su marido: No seré tu mujer si no me procuras riquezas, aunque sea robando; o si no practicas los lenocinios acostumbrados con que apañabas nuestra casa, aunque seas cristiano; o si alguna cosa criminal o delictiva había conocido en el marido con la cual, regodeándose, saciaba su lujuria, o lo tenía fácilmente apabullado, o incluso hasta andaba más provocativa. Porque entonces aquel a quien le dice esto su mujer, si verdaderamente hizo penitencia por las obras muertas, cuando se acercó al bautismo y conserva en el fundamento la fe que obra por el amor, no hay duda de que lo poseerá el amor de la gracia divina más que el amor de la carne conyugal, y entonces arranca con fortaleza el miembro que lo escandaliza. A cambio soportará cualquier dolor del corazón en esta separación por el afecto carnal del cónyuge, que es un perjuicio que padece, y éste es el fuego por medio del cual se salvará, quemándose el heno. Más aún, si él ya se conservaba como quien no tiene mujer, dando más bien que exigiendo el débito conyugal, no por concupiscencia, sino por misericordia, con la esperanza de salvar a su mujer, cierto que no se dolerá carnalmente cuando él llegue a romper su matrimonio, porque ya ni siquiera pensaba en ella, sino en las cosas que son de Dios y en cómo agradar a Dios31. Por tanto, en cuanto que él sobreedificaba con esos pensamientos oro, plata y piedras preciosas, en esa proporción no padecía perjuicio alguno, en tanto que su estructura, que no era de heno, no llegaría a quemarse por ningún incendio.

  2. Conclusión. Sea, pues, que los hombres sufren cosas tales sólo en esta vida, sea que después de esta vida hay también algún juicio semejante, según creo, mi interpretación de esta sentencia no se aparta de la verdad. Incluso si hay alguna otra interpretación mejor, que a mí no se me ocurre, habría que elegirla. Pero, mientras tenemos ésta, no podemos decir a los injustos, díscolos, malhechores, escandalosos, parricidas, matricidas, homicidas, fornicarios, homosexuales, traficantes de esclavos, estafadores, perjuros y todo cuanto contradice a la sana doctrina que es según el Evangelio de la gloria de Dios bienaventurado32: Si únicamente creéis en Cristo, y recibís el sacramento de su bautismo, os salvaréis, aunque no hayáis cambiado vuestra vida pésima.

  3. La fe de la cananea. Tampoco aquella mujer cananea nos puede servir de pretexto, porque el Señor le dio lo que le pedía, habiendo dicho antes: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros, porque el conocedor del corazón la vio mudada cuando la alabó. Por eso no le contestó: ¡Oh perro, grande es tu fe!, sino ¡Oh mujer, grande es tu fe!33 Cambió la palabra porque vio cambiado el afecto, y conoció que aquella corrección dio su fruto. Pero me extraña que alabase en ella la fe sin obras, a saber: no aquella fe que ya podría obrar por el amor, sino la fe muerta; y que Santiago no dudó lo más mínimo en llamarla fe no de los cristianos, sino de los demonios. Finalmente, si no quieren entender que la cananea mudó sus malas costumbres cuando Cristo la rearguyó, postergándola y corrigiéndola, entonces cuantos vean que creen solamente, pero que de ningún modo quieren mudar su vida perversísima, ni aun ocultarla, sino hasta profesarla descaradamente, que curen antes a sus hijos, si pueden, como fue curada la hija de la mujer cananea; y que no los hagan miembros de Cristo cuando ellos mismos no dejan de ser miembros de una meretriz».

  4. También en el libro que titulé: La fe, la esperanza y la caridad, que escribí a mi hijo y hermano tuyo Lorenzo, están las siguientes palabras mías sobre este asunto:

Los «misericordiosos»

«Creen algunos que aun aquellos que no abandonan el nombre de Cristo, habiendo sido bautizados en la Iglesia, sin haberse separado de ella por algún cisma o herejía, y que viven sumidos en crímenes enormes, que no reparan por la penitencia ni los redimen con limosnas, sino que perseveran en ellos pertinacísimamente hasta el fin de su vida, se han de salvar a través del fuego; y aun cuando hayan de ser castigados, según la magnitud de sus acciones vergonzosas y enormes crímenes, con un fuego de larga duración, mas no será con un fuego eterno. Pero los que, siendo católicos, admiten esto, a mi modo de ver, se engañan, dejándose llevar por cierta benevolencia humana, ya que, consultada la divina Escritura, responde muy de otro modo.

La fe y las obras. Sobre esta cuestión ya escribí un libro titulado De la fe y de las obras. En él demostré, en cuanto fui capaz con la gracia de Dios, que, según las santas Escrituras, aquella fe salva que con toda claridad declara el Apóstol cuando dice: Pues en Cristo Jesús, ni la circuncisión vale algo ni el prepucio, sino la fe que obra por la caridad34. Pero si no sólo no obra bien, sino que hasta obra mal, sin ningún género de duda, según el apóstol Santiago, está muerta en sí misma35. Y en otro lugar añade: Si alguno dijere que tiene fe, mas no tiene obras, ¿por ventura podrá salvarle la fe?36

Por otra parte, si el hombre malvado se salvare por la sola fe, pasando por el fuego, y es necesario interpretar de este modo aquel dicho de San Pablo: El, sin embargo, se salvará, pero como quien pasa por el fuego37, en este caso podría la fe salvar sin las obras y, por tanto, sería falso lo que asegura su coapóstol Santiago. Aún más, sería falso lo que afirma el mismo San Pablo: No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los que se apoderan de los bienes de otro poseerán el reino de Dios38. Si, pues, aun perseverando en estos crímenes, han de salvarse por la sola fe en Cristo, ¿cómo es que no poseerán el reino de Dios?

  1. El fuego purificador de esta vida temporal. No pudiendo ser falsos estos tan manifiestos y clarísimos testimonios apostólicos, aquel otro del Apóstol que aparece un poco oscuro: Los que edifican sobre el fundamento, que es Cristo, no oro, plata o piedras preciosas, sino maderas, heno o paja, se ha de entender de tal modo que no esté en contradicción con aquellos tan claros y evidentes; pues se dijo que se salvarán a través del fuego porque gracias al fundamento no perecerán. Las maderas, el heno y la paja, no sin motivo, pueden entenderse de los deseos de las cosas temporales, que, aunque lícitamente concedidas, no pueden perderse sin dolor del alma. Mas, cuando este dolor abrasa o purifica, si Cristo de tal modo es el fundamento en el corazón, que ninguna cosa se le anteponga, y prefiere el hombre carecer de las cosas que así ama antes que de Cristo, entonces se salva pasando por el fuego. Por el contrario, si en el tiempo de la tentación prefiere poseer tales cosas temporales y mundanas más que a Cristo, no le tiene como fundamento, ya que prefiere estas cosas en su lugar, siendo así que en el edificio nada hay más importante que el fundamento. Así pues, el fuego de que habla el Apóstol debe entenderse que es de tal naturaleza, que ambos pasen por él, conviene a saber, tanto el que edifica sobre este fundamento oro, plata y piedras preciosas, como el que edifica maderas, heno y paja39; porque, después de haber dicho esto, añadió: El fuego probará cuál es la calidad de la obra de cada uno. Aquel cuya obra subsista, recibirá recompensa; mas, si la obra es consumida, perderá su trabajo; él, sin embargo, se salvará, pero como pasando por el fuego40. Por consiguiente, no probará el fuego la obra de uno solo, sino la de los dos.

  2. La prueba del fuego purificador. La tentación de la tribulación es un cierto fuego, del cual claramente en otro lugar está escrito: El horno prueba los vasos del alfarero; la tentación de la tribulación, a los hombres justos41. Por esta tribulación se verifica a veces en esta vida lo que dijo el Apóstol, como sucede, por ejemplo, en dos fieles, de los cuales uno piensa en las cosas que son de Dios, cómo agradará a Dios, esto es, edifica sobre el fundamento, que es Cristo, oro, plata, piedras preciosas; mas el otro piensa en las cosas del mundo, cómo agradará a su mujer, es a saber, edifica sobre el mismo fundamento maderas, henos, paja. La obra de aquél no es consumida, porque no ama esos bienes, cuya pérdida puede atormentarle; mas la de éste es purificada, porque no se pierden sin dolor las cosas poseídas con amor. Al cual, si se les hubiese presentado la alternativa, preferiría más bien carecer de las cosas terrenas que de Cristo, y ni por el temor de perderlas le abandonaría, aunque sufra al perderlas. Este tal ciertamente se salvará, si bien como quien pasa por el fuego; porque le purifica el sentimiento de las cosas perdidas que había amado, mas no le trastorna ni consume, por estar defendido por la firmeza e incorrupción del fundamento.

  3. El fuego purificador después de esta vida. No es increíble que algo semejante suceda después de esta vida, y puede investigarse si es manifiesto o no que algunos fieles se salven a través de un cierto fuego purificador, tanto más tarde o más pronto cuanto más o menos amaron las cosas perecederas; siempre que, sin embargo, no sean de aquellos de quienes está escrito que no poseerán el reino de Dios42, a no ser que, convenientemente arrepentidos, les fueren perdonados sus crímenes. He dicho convenientemente para que no sean estériles en limosnas, a las cuales otorga tal gracia la divina Escritura, que el Señor predice que sólo éstas tomarán en cuenta a los que están a la derecha, y la falta de ellas a los que están a la izquierda; porque a aquéllos les dirá: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino; y a éstos: Id al fuego eterno»43

Estas respuestas tomadas de mis dos opúsculos creo que son suficientes para tu pregunta.

  1. Ultima explicación. En cuanto a la sentencia del Señor: No saldrás de allí hasta que pagues el último cuarto44, no ha sido necesario que te responda, porque tú mismo has resuelto la pregunta con la expresión semejante del Evangelio donde está escrito: No la conoció hasta que dio a luz45. A decir verdad, para no ocultarte mi pensamiento sobre este punto, yo querría, si fuera posible; más aún, quiero, en cuanto lo sea, ser vencido por la verdad en esta cuestión. En efecto, la opinión que afirma que aquellos que han muerto en la comunión católica, aunque hayan vivido hasta el final de su vida de la manera más criminal y licenciosa, algún día y después de mucho tiempo saldrán de las penas vengadoras, me toca muy íntimamente en el amor que nosotros tenemos a los que comulgan con nosotros los Sacramentos del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Aunque odiemos sus costumbres perversas que no podemos corregir con la disciplina eclesiástica ni apartar de la mesa del Señor. Sin embargo, yo quiero ante todo ser vencido por la verdad que no contradice a las Sagradas Escrituras, tan clarísimas. Porque no puede llamarse verdad, ni creerse que lo sea en modo alguno, si las contradice. Pero hasta que entendamos o leamos algo parecido, escuchemos a quien nos dice: No queráis engañaros: ni los fornicadores, los idólatras, etc., poseerán el Reino de Dios46. Si semejantes cosas son las que defienden los contrarios, el mismo Apóstol nos instruye contra ellos para que no puedan torcer en otros sentidos la manifestación de sus palabras apostólicas, y quiere que estemos preparados al decir: Sabed, pues, esto, entendiendo que todo fornicador o inmundo, o avaro, que es una idolatría, no tiene heredad en el Reino de Cristo y de Dios, que nadie os engañe con palabras vanas47. Al oír entonces que algunos fornicadores o inmundos o avaros se salvan por medio del fuego para que tengan la heredad en el Reino de Cristo y de Dios, no desoigamos contra semejante interpretación al Apóstol que grita y dice: Todo fornicador, o inmundo o avaro no tiene heredad en el Reino de Cristo y de Dios; y que a continuación añade en contra, para que no nos adormilemos con sus palabras: Que nadie os engañe con palabras vanas.

Pregunta segunda: Utilidad de los sufragios en favor de los difuntos

  1. La pregunta de Dulcicio. Tu segunda pregunta es la siguiente: «¿La ofrenda que se hace por los difuntos aprovecha algo a sus almas? Porque es evidente que nosotros somos aliviados o castigados según nuestras obras; y por cierto leemos que nadie puede ya alabar al Señor en el infierno. A lo que muchos responden que si después de la muerte puede haber algún lugar de alivio, la propia alma, confesando sus pecados, se procuraría un refrigerio mucho mayor que el que le procuran los demás con los sufragios».

  2. La respuesta de San Agustín. Ya he tratado algo sobre este asunto en el libro que escribí recientemente al santo obispo de Nola, Paulino, cuando me consultó si la sepultura que se hace en las capillas de los mártires es de alguna utilidad para las almas de los difuntos. De allí es el pasaje que te adjunto en estas letras:

La pregunta de Paulino. «Hace algún tiempo que estoy debiendo carta a vuestra santidad, venerable Paulino, hermano en el episcopado. Desde que me escribiste por medio de los emisarios de nuestra religiosísima hija Flora, preguntándome si es provechoso a un difunto sepultar su cuerpo junto a la memoria de algún santo. Esta misma cuestión te la había propuesto la recordada viuda a propósito de su hijo, que había muerto en esas tierras. Y tú le habías respondido para consolarla lo que otra madre había deseado con afecto maternal y piadoso, esto es, conseguir que el cuerpo de su hijo, el joven cristiano Cinegio, fuera sepultado en la basílica del bienaventurado confesor de la fe Félix. Con tal ocasión, y aprovechando los mismos portadores de tu respuesta, me escribes también a mí, consultándome para que te dé mi parecer, sin ocultar tú mismo el tuyo. Porque opinas que no es inútil la solicitud de las almas religiosas y cristianas que se preocupan de todo esto en favor de sus difuntos. Además añades que no se puede olvidar que la Iglesia universal ha tenido la santa costumbre de pedir por los difuntos. De donde se puede concluir que es provechoso al hombre después de su muerte, cuando la fe de los suyos proporciona para enterrar su cuerpo un lugar de sepultura, donde aparezca también que se pide de ese modo la protección de los santos».

  1. La respuesta de San Agustín: La piedad con los difuntos sólo aprovecha a los que han vivido bien, Pero, siendo esto así, me das a entender que no ves con claridad cómo puede conciliarse esa opinión con lo que dice el Apóstol: Que todos compareceremos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba el premio o el castigo, según lo que haya hecho por medio de su cuerpo48. Porque esta sentencia del Apóstol advierte que hay que hacer antes de la muerte aquello que puede ser provechoso después; y no entonces, cuando cada uno tenga que recibir lo que cada uno haya hecho antes de su muerte. Sin embargo, esta cuestión se resuelve así: hay una forma de vida, mientras se vive en este cuerpo, que permite adquirir méritos para ayudar a los difuntos, y por ese medio, según lo que hayan hecho por medio del cuerpo, son socorridos después del cuerpo en proporción a lo que hicieron por los demás. Pero hay difuntos a quienes no les sirve de nada todo esto: sea porque se aplican por aquellos cuyos méritos son tan malos que no son dignos de ser ayudados; o sea también porque se aplican por quienes tienen unos méritos tan buenos que ya no necesitan de tales sufragios. Así pues, según la forma de vida que cada uno ha llevado por medio del cuerpo, se cumple que, cuando muere el cuerpo, le aprovechan o no los sufragios que se ofrecen piadosamente por él. Porque, si no se ha adquirido mérito alguno en esta vida por el que se aprovechan los sufragios, es inútil que se busquen después. De este modo, ni la Iglesia ni la piedad de los fieles derrochan en vano en favor de los difuntos cuanto les puede inspirar el celo de la religión. Y, no obstante, cada uno recibe según lo que obró por medio del cuerpo, lo bueno o lo malo, porque el Señor da a cada uno según sus obras. Así pues, para que pueda serle provechoso después de su muerte lo que se le aplica, es necesario que haya adquirido el mérito durante la vida que llevó en su cuerpo.

  2. También he dicho algo parecido a Lorenzo, que es como sigue:

«Mansión de las almas antes de la resurrección. Durante el tiempo que media entre la muerte del hombre y la final resurrección, las almas se hallan retenidas en ocultos lugares, según que cada una es digna de reposo o castigo, conforme a la elección que hubiese hecho mientras vivía en la carne.

Los sufragios por los difuntos. No se puede negar que las almas de los difuntos son aliviadas por la piedad de sus parientes vivos, cuando se ofrece por ellas el sacrificio del Mediador o cuando se hacen limosnas en la Iglesia. Pero estas cosas aprovechan a aquellos que, cuando vivían, merecieron que les pudiesen aprovechar después. Pues hay un cierto modo de vivir, ni tan bueno que no eche de menos estas cosas después de la muerte, ni tan malo que no le aprovechen; mas hay tal grado en el bien, que el que lo posee no las echa de menos, y, al contrario, lo hay tal en el mal, que no puede ser ayudado con ellas cuando pasare de esta vida. Por lo tanto, aquí se adquiere el hombre todo el mérito con que pueda ser aliviado u oprimido después de la muerte. Ninguno espere merecer delante de Dios, cuando hubiere muerto, lo que durante la vida despreció.

Estas cosas, que tan frecuentemente practica la Iglesia para socorrer a sus difuntos, no se oponen a aquella sentencia apostólica en que se dice: Pues todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas acciones que hubiere hecho mientras ha estado revestido de su cuerpo49. Porque también cada uno, mientras vivía en su cuerpo, se granjeó el mérito de que estas cosas le pudiesen aprovechar. Pero no a todos son útiles; y ¿por qué no lo son a todos, sino por la diversidad de vida que cada uno tuvo mientras vivía? Así pues, los sacrificios, ya el del altar, ya el de cualquiera clase de limosnas, que se ofrecen por todos los bautizados difuntos, por los muy buenos, son acciones de gracias; por los no muy malos tienen por objeto aplacar la justicia divina; por los muy malos, aunque no sean de ningún provecho para los difuntos, son de alguna consolación para los vivos. Mas a quienes aprovechan, o les aprovechan para la remisión plena o, por lo menos, para que la condenación se les haga más tolerable».

Pregunta tercera: El juicio final en la parusía del Señor. La suerte de los que vivan entonces

  1. La pregunta de Dulcicio. Dos cuestiones. Tu pregunta tercera es: «¿Si debemos creer que el juicio va a ser inmediatamente a la venida del Señor o algún tiempo después? Porque leemos, según dices tú, que los que sobrevivan en aquellos días de su venida serán arrebatados en las nubes para el encuentro de Cristo en el aire, y así estarán siempre con el Señor. Yo deseo saber: si el juicio seguirá inmediatamente a esta venida50; y si los que serán arrebatados en las nubes pasarán por la muerte, a no ser que debamos entender esa misma mutación como sustituto de la muerte».

  2. La respuesta de San Agustín: El juicio final en la parusía del Señor. A tu pregunta sobre si en la venida del Señor hay que creer que va a ser inmediatamente el juicio, yo creo que es suficiente la fe del Símbolo, por la que confesamos que Cristo vendrá de la derecha del Padre a juzgar a los vivos y a los muertos. Y siendo ésa la causa de su venida, ¿qué otra va a hacer, luego que haya venido, sino eso para lo que ha de venir?

La suerte de los que vivan entonces. En cuanto a los que serán arrebatados en las nubes, lee a continuación lo que escribí en una carta a mi hijo Mercator, sin duda muy conocido vuestro, cuando me consultó sobre unas cuestiones de los Pelagianos, que niegan que la muerte sea castigo del pecado; puesto que lo he tratado, léelo en lo que sigue:

«El texto del Apóstol. Algo tocan a esa cuestión aquellos a quienes, hablando de la resurrección de los muertos, se refiere el Apóstol: Y nosotros, los que hemos quedado vivos, seremos arrebatados juntamente con ellos a las nubes, saliendo al encuentro de Cristo en el aire; y así estaremos siempre con el Señor51. Pero el problema les afecta a esos de quienes habla San Pablo, y no a los herejes. Aunque aquéllos no mueran, no veo en qué les favorezca a éstos, pues podemos decir lo que dijimos de Elías y Enoc. En realidad, por lo que toca a las palabras del bienaventurado Apóstol, parece afirmar que al fin del mundo, cuando venga el Señor y vaya a tener lugar la resurrección de los muertos, algunos no han de morir, sino que los que se hallen en vida pasarán de repente, transformados, a aquella inmortalidad que se otorga también a los demás santos, y con ellos serán arrebatados a las nubes, como dice el Apóstol. Siempre que me puse a meditar tales palabras, me ha parecido eso y no otra cosa alguna.

  1. La muerte y la resurrección universales. Sobre ese punto preferiría oír a otros más doctos. Quizá se pruebe que a los que creen que habrá algunos que sin morir serán llevados vivos a la vida perdurable se les pueden aplicar las otras palabras del Apóstol: Necio, lo que tú siembras no es vivificado si primero no muere52. Porque, si no todos mueren, ¿cómo podrá realizarse lo que dice la mayor parte de los códices: Todos resucitaremos?53 La resurrección no cabe si no precede la muerte. El que algunos códices lean: todos dormiremos, nos obliga a aceptar dicha interpretación más fácil y clara. Y quizá hay en las santas Letras otros testimonios que nos fuercen a creer que ningún hombre alcanzará la inmortalidad si no precede la muerte. Dice el Apóstol: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la venida del Señor, no nos adelantaremos a los que ya durmieron. Porque el mismo Señor con un mandato, con una voz de arcángel y con una trompeta, descenderá del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados juntamente con ellos en nubes para salir al encuentro de Cristo en el aire; y así siempre estaremos con el Señor54. Quisiera, como dije, oír sobre ese punto a otros más doctos; quizá puedan explicar esas palabras de modo que se entienda que todos los hombres que actualmente viven o vivirán después de nosotros han de morir; yo corregiría mi opinión, puesto que alguna vez no lo he entendido así. No debemos ser doctores indóciles, y mejor es enderezarse cuando se es pequeño que romperse cuando ya se es duro. Está bien que con nuestros escritos se ejercite y aprenda la debilidad nuestra o la ajena, pero no se haga de ellos una autoridad semejante a la canónica.

  2. Quizá en esas palabras del Apóstol no pueda hallarse ningún otro sentido y se vea que él quiso entender lo que parece ser el sentido obvio de la palabra, a saber: que al fin del mundo y cuando la venida del Señor habrá algunos que no serán despojados del cuerpo, sino que serán revestidos de inmortalidad, para que lo mortal sea absorbido por la vida55. A esta afirmación se adapta, sin duda, lo que confesamos en la regla de la fe: “Que el Señor vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos”. Aquí no entenderíamos por vivos a los justos y por muertos a los injustos, aunque hayan de ser juzgados unos y otros, sino que la venida del Señor hallaría vivos a los que no hubieran salido de sus cuerpos, y muertos a los que ya hubieran salido. Si se prueba que ha de entenderse así, entonces hay que ver cómo se han de entender aquellas otras palabras: Lo que tú siembras no es vivificado si antes no muere56. Y aquellas otras: Todos resucitaremos, o Todos dormiremos57, de forma que estas afirmaciones no se opongan a aquella según la cual se cree que algunos han de vivir aun con su cuerpo para siempre, sin gustar la muerte.

  3. Sea cual sea el sentido más agudo y verdadero de estas afirmaciones, ¿qué tiene que ver con la causa de esos herejes el que todos sean castigados con una muerte que les es debida o el que algunos sean eximidos de este tributo? En todo caso, consta que la muerte, no sólo la espiritual, sino también la corporal, no hubiera existido si el pecado no la hubiese precedido, y que es más admirable el poder de la gracia cuando los justos resucitan de la muerte a la bienaventuranza que cuando son eximidos de la experiencia de la muerte. Sea dicho esto por razón de esos sobre quienes me escribes, si bien creo que ya no dicen que Adán habría muerto corporalmente aunque no hubiese pecado.

  4. Hay que presentar un estudio más diligente sobre la resurrección, esto es, sobre aquellos que al parecer no morirán, sino que pasarán de esta condición mortal a la inmortalidad sin probar la muerte. Si oíste o leíste, o aún puedes oír o leer o pensar algo definitivo y preciso, con algún argumento razonable y acabado, te ruego que me lo hagas saber. Porque yo quiero más aprender que enseñar, y así lo confieso a tu caridad. Esto es lo que nos amonesta el apóstol Santiago, que dice: Sea todo hombre veloz para escuchar, tardo para hablar58. A aprender debe invitarnos la suavidad de la verdad; en cambio, a enseñar nos debe obligar la necesidad de la caridad. Es más de desear que pase esta necesidad por la cual el hombre enseña algo al hombre, para que todos nos dejemos enseñar por Dios. Aunque ya sucede así cuando aprendemos lo que pertenece a la verdadera piedad, aunque parezca que es un hombre el que lo enseña. Porque ni el que planta ni el que riega es algo, pues es Dios el que da el crecimiento59. Porque, si Dios no diese el crecimiento, nada harían los apóstoles al plantar y regar. ¡Cuánto menos haremos yo, tú o cualquiera otro de estos tiempos, cuando nos creemos que somos doctores!».

Pregunta cuarta: La bendición del justo

  1. La pregunta de Dulcicio: ¿Por qué se bendice a los hijos de los justos? Esta es tu cuarta pregunta: «¿Por qué David ha dicho: Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia de los rectos será bendita60, cuando sabemos que a veces los hijos de los justos han sido y son malditos, y los hijos de los injustos han sido y son benditos?»

  2. La respuesta de San Agustín. A esta pregunta te respondo con la exposición del mismo salmo que hice cuando lo comentaba al pueblo:

Dios, único juez

«Bienaventurado el varón que teme al Señor; en sus mandamientos se complacerá sobremanera61. Vea Dios, que es el único que juzga veraz y misericordiosamente, cuánto adelanta éste en el cumplimiento de sus mandamientos, ya que la vida del hombre sobre la tierra es una continua tentación, como dice el santo Job62. También se escribió: El cuerpo, que se corrompe, sobrecarga al alma, y la morada terrena abate la mente que piensa muchas cosas63. Quien nos juzga es el Señor, luego no debemos juzgar nada antes de tiempo hasta que venga el Señor, que iluminará lo oculto de las tinieblas y manifestará los dictámenes del corazón, y entonces se hará a cada uno el elogio por Dios64. Luego El verá cuánto progresó cada uno en el cumplimiento de sus mandamientos; sin embargo, en gran manera se complacerá quien hubiese amado la paz de aquella coedificación, y, por tanto, no deberá desconfiar, porque sobremanera se agradará en sus mandamientos, y conseguirá la paz que se da en la tierra a los hombres de buena voluntad65.

Premio del bueno, castigo del malo

  1. De aquí que será poderosa su estirpe en la tierra66; el Apóstol atestigua que la estirpe o el germen de la futura mies son las obras de misericordia, pues dice: No desfallezcamos obrando el bien, porque a su debido tiempo recogeremos67; y también: Quien siembra poco, poco ha de recoger68. ¿Qué cosa más grande puede darse, hermanos, que comprar el reino de los cielos, no sólo Zaqueo con la mitad de sus bienes, sino también la viuda con dos ochavos, y ambos poseer allí lo mismo? ¿Qué hay más poderoso que conseguir el mismo reino con los tesoros del rico y con el vaso de agua fría del pobre? Hay hombres que, yendo en busca de los bienes de la tierra, ejecutan estas cosas esperando recibir aquí recompensas del Señor o deseando agradar a los hombres. Pero será bendecida la generación de los justos69, es decir, las obras de quienes, siendo rectos de corazón, su bien es el Dios de Israel. La rectitud de corazón consiste en no oponerse al Padre, que corrige, y en creer al que promete. Esta rectitud no la poseen aquellos que se resbalan, tambalean y caen, según se canta en otro salmo, cuando observan a los pecadores y, viendo su paz, juzgan que de nada sirvieron sus obras, porque no se les da la recompensa transitoria70. Por el contrario, el varón que teme a Dios y por la conversión de su recto corazón se acomoda a los santos designios del Señor, no busca la gloria de los hombres ni anhela las riquezas mundanas; y, sin embargo, su casa se llena de gloria y de riquezas71. Su casa es su corazón, en donde, alabando a Dios, habita en más opulencia, con la esperanza de la vida eterna, que alabando a los hombres en techos y artesonados revestidos de mármol, con el temor de la muerte eterna. La justicia de éste permanece por los siglos de los siglos72. Ella es su gloria, ella sus riquezas. La púrpura, el lino y los opíparos banquetes de aquél, siendo caducos, pasan; y, al tocarles su fin, arde la lengua y grita pidiendo la gota de agua del dedo de Lázaro»73.

Esto es lo que recuerdo que he dicho a propósito de la exposición de este salmo74, y yo creo ahora que es una respuesta satisfactoria para tu cuarta pregunta.

En cuanto a tu pregunta quinta te he prometido que la voy a tratar al final de todo.

Pregunta quinta: David, el elegido de Dios y Cristo, llamado David

  1. La pregunta de Dulcicio. Ahora atiende un momento a la cuestión que había propuesto. Porque tú preguntas: «¿Por qué ha dicho el Señor, que es perfecto conocedor del futuro: He elegido a David según mi corazón75, cuando este hombre ha cometido tan enormes y tan grandes crímenes?»

  2. La respuesta de San Agustín: David es elegido de Dios.

De entrada, si entendemos lo dicho del propio David, que, una vez reprobado y muerto Saúl, fue el rey de Israel, justamente porque Dios es conocedor del futuro, previo en él tan gran piedad y tan sincera penitencia que estaba entre el número de aquellos de quienes él mismo dijo: Dichosos los que han sido absueltos de sus culpas y cuyos pecados han sido enterrados. Dichoso el hombre a quien el Señor no le ha imputado el delito76.

Puesto que Dios preveía, por un lado, que él iba a pecar y, por otro, que iba a borrar sus pecados con una piadosa humildad y penitencia sincera de sus pecados, ¿por qué no iba a decir: He encontrado a David según mi corazón, a quien, al hacer tantas obras buenas, no le había de imputar el pecado, y a quien vivía con tan gran piedad, y que ofrecía por sus pecados el sacrificio de un espíritu contrito? Por todo esto, Dios pudo decir con toda verdad: He encontrado a David según mi corazón. Porque aunque no fuese según el corazón de Dios que él pecó, sin embargo, sí fue según el corazón de Dios que él satisfizo por sus pecados con una penitencia apropiada. Luego en él no hubo, según el corazón de Dios, solamente esto: que Dios no le imputó. Y, por consiguiente, una vez quitado esto, es decir, que no le fue imputado, ¿qué otra cosa ha quedado sino decir con toda verdad: He encontrado a David según mi corazón?

  1. Cristo es llamado David. Pero, si queremos entender que esto fue dicho proféticamente de Cristo, no habrá dificultad alguna que resolver, a no ser que me preguntes cómo ha podido en justicia designar a Cristo con ese nombre. Te respondo, sin dudar, que por la descendencia de David, de quien Cristo ha tomado la carne. Pruebo con ejemplos la razón de este nombre en Cristo. Ciertamente encontramos con toda evidencia que Jesucristo es llamado David en el profeta Ezequiel, donde se lee de la persona de Dios Padre: Y yo suscitaré sobre mi rebaño un pastor único que las pastoree: mi siervo David; él mismo las pastoreará y él mismo será su pastor. Vero yo, el Señor, seré su Dios, y mi siervo David, el príncipe en medio de ellos. Yo, el Señor, lo he dicho77.

Y en otro lugar dice: Y un solo rey reinará sobre todos ellos, y no volverán a ser dos reinos, ni a dividirse en dos monarquías; no volverán a contaminarse con sus ídolos y sus fetiches y con todos sus crímenes; y los retiraré de todos los lugares donde han pecado, y los purificaré. Y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Y mi siervo David será su rey y será el único pastor de todos ellos78.

También el profeta Oseas, cuando predice el tiempo actual de los judíos, y que después ellos han de creer en Cristo, profetizó al mismo Cristo con el nombre de David, diciendo: Porque durante muchos años, los hijos de Israel vivirán sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin altar, sin sacerdocio, sin revelaciones79. Nadie duda de que ahí están ahora los judíos. Pero lo que dice el apóstol Pablo, hablando de los gentiles: Porque, como en otro tiempo vosotros no creísteis en Dios, pero ahora habéis conseguido la misericordia por la incredulidad de ellos, lo mismo ellos ahora no han creído por vuestra misericordia para que también ellos consigan misericordia80. Y ese profeta, prediciendo esto mucho antes, añadió: Y volverán después los hijos de Israel, y buscarán al Señor su Dios, y a David su rey, y se pasmarán ante el Señor y ante sus maravillas al final de los tiempos81. Veo que también aquí Cristo es profetizado con el nombre de David, porque, cuando era profetizado, aquel David, rey de Israel, ya había muerto hacía unos años, y el Señor Jesús iba a venir en la carne de su linaje, por lo cual era llamado David en el lenguaje profetice En efecto, parece que el apóstol Pablo puso este testimonio en los Hechos de los Apóstoles, de manera que solamente pueda entenderse del rey David, que sucedió a Saúl. Pues, entre otras cosas, dice: Entonces pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Lo depuso, y les suscitó como rey a David, de quien hizo este elogio: Encontré a David, hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, que cumplirá todos mis designios. Pero como a continuación añade y dice: Dios, según la promesa, sacó de su descendencia para Israel al Salvador, Jesús82, que con toda justicia cumplió todos los designios de Dios Padre en un sentido más elevado que en el rey David; aunque, según la explicación anterior, perdonados y no imputados sus pecados, a causa también de su penitencia sincera, pueda decirse, no sin razón, que fue hallado según el corazón de Dios; no obstante, ¿de qué manera cumplió todos los designios de Dios? En medio de los más grandes elogios, cuando la Escritura ha contado la historia y los hechos de su reinado; sin embargo, ha señalado que no destruyó los altozanos donde el pueblo de Dios sacrificaba en contra del precepto divino, que había mandado que se sacrificase solamente en el tabernáculo de la Alianza, aunque también en los mismos altozanos se le sacrificase al mismo Dios. Más tarde, el rey Ezequías, descendiente del mismo linaje de David, destruyó esos altozanos con la aprobación de una gran gloria83.

  1. Conclusión. Como he podido, he dado respuesta a tus preguntas. Si tú has encontrado o pudieres encontrar algo mejor sobre estas cuestiones, te estaré muy agradecido si me lo hicieres conocer. Porque, como antes también te he recordado, yo prefiero más aprender que enseñar.

Pregunta sexta: La evocación del profeta Samuel por la pitonisa

  1. La pregunta de Dulcicio. Tu sexta pregunta es: «Según la historia del libro de los Reyes, ¿llegó la pitonisa a evocar realmente del infierno al mismo profeta Samuel?»84

  2. La respuesta de San Agustín: ¿Cómo pudo ser? Simpliciano, de feliz memoria, obispo de Milán, me hizo una vez esta misma pregunta. Lee, pues, a continuación lo que yo le respondí:

«Me preguntas también si el espíritu impuro que estaba en la pitonisa pudo conseguir que Samuel fuese visto de Saúl y hablase con él. Pero mucho mayor maravilla es que el mismo Satanás, príncipe de todos los espíritus inmundos, pudiese hablar con Dios y pedir permiso para tentar a Job, justísimo varón85, como lo pidió para tentar a los apóstoles86. O esto tal vez no ofrece particular dificultad, porque la verdad, presente en todas partes, por intermedio de una criatura cualquiera, habla a quien quiere, sin que suponga especial mérito en aquel a quien Dios habla; lo importante es lo que dice, pues tampoco el emperador habla a muchos inocentes, aunque vela con mucha providencia por su salud, y habla con muchos culpables, a quienes manda quitar la vida. Si no está, pues, aquí la dificultad, tampoco debe haberla en que un espíritu inmundo haya podido hablar con un santo varón. Porque a inmensa mayor altura que todos los justos está Dios creador y santificador. Y si nos admiramos de que se haya permitido a un espíritu maligno suscitar el alma de un justo y evocarla, digámoslo así, de los antros secretos de los muertos, ¿no es causa de mayor admiración que Satanás cogiese al mismo Señor y lo llevase al pináculo del templo?87 Sea cual fuere el modo como logró esto, tampoco sabemos cómo hizo para evocar a Samuel.

Alguien dirá a esto tal vez que más fácilmente obtuvo Satanás el permiso para tomar vivo al Señor de donde quiso y ponerle donde le plugo que para traer el alma del difunto Samuel de su morada. Y si esto no nos sorprende en el Evangelio, porque lo permitió el Señor sin ninguna merma de su poderío y majestad divina, lo mismo que permitió ser prendido, maniatado, burlado, crucificado y muerto por los mismos judíos, aunque perversos, impuros y que obraban diabólicamente, tampoco es un absurdo creer que en virtud de alguna disposición divina, no contra su voluntad ni forzado y violentado por una potencia mágica, sino libremente y para secundar los planes de una secreta providencia, oculta lo mismo a Saúl que a la pitonisa, se hubiese permitido al espíritu del profeta comparecer ante el rey para fulminar contra él la divina sentencia.

En efecto, ¿por qué el alma de un justo, por comparecer evocada por algunos perversos que aún viven, ha de creerse que pierde su dignidad, cuando frecuentemente los hombres de bien en vida acuden al llamamiento de los malos y cumplen con ellos los oficios que exige su justicia y tratan las enfermedades de su alma según el uso y la necesidad lo piden, sin perder el esplendor y decoro de su virtud?

¿La aparición fue Samuel en espíritu o un fantasma de Samuel?

  1. Mas en este hecho aún puede darse una salida más fácil y una interpretación más sencilla, creyendo que realmente no fue el espíritu de Samuel evocado de su descanso, sino algún fantasma o ilusión imaginaria formada por el demonio, a la que la Sagrada Escritura da el nombre de Samuel, porque ordinariamente se dan a las imágenes los nombres de lo que representan. En los cuadros pintados, en las estatuas de metal, de madera o de otra cualquier materia apta para esta clase de obras, y lo mismo en las apariciones de los sueños, se usan los nombres de las cosas de que son imágenes. ¿Quién no llama hombre al retrato de un hombre? Cuando vemos algunos retratos de hombres, sin dudar les aplicamos sus nombres propios; así, en presencia de una pintura o de una galería de cuadros decimos: aquél es Cicerón, aquél Salustio, el otro Aquiles y el de más allá Héctor; aquí está el río Simois, aquélla es Roma; y no se trata sino de imágenes pintadas. Aquellas estatuas de querubines que Dios mandó colocar sobre el arca con un alto simbolismo88, aun siendo poderes celestiales, no reciben frecuentemente en la Sagrada Escritura sino el nombre de querubines.

En las visiones imaginarias de los sueños, quien las tiene no dice: Vi la imagen de Agustín o Simpliciano, sino vi a Agustín o Simpliciano, aunque nosotros lo ignorásemos en el momento de tener tales representaciones: tan evidente es que no se ven las personas mismas, sino sus imágenes. Faraón dice que vio en sueños espigas y vacas89, no sus imágenes. Si, pues, nos consta ciertamente que nosotros damos a las imágenes los nombres de las cosas que representan, no es de extrañar que la Sagrada Escritura hable de la visión de Samuel, aunque tal vez sólo apareció su imagen, por artificio de aquel que se transforma en ángel de luz y a sus ministros en ministros de la justicia90.

¿Cómo conocen los demonios las cosas futuras?

  1. Pero si nos parece extraño que el espíritu maligno predijera cosas verdaderas a Saúl, también nos admiraremos de ver cómo los demonios reconocieron a Cristo91, rechazado por los judíos. Pues cuando Dios quiere dar a conocer a alguno verdades concernientes a estas cosas temporales y pasajeras, aun sirviéndose de los espíritus infernales, no hay dificultad ni inconveniente en que El, todopoderoso y justo, a fin de adelantar el castigo a los que revela estos secretos con la previsión del mal que les amenaza, comunique a dichos espíritus con secreta operación de su providencia algo del arte de adivinar con que anuncien a los hombres lo que oyen a los ángeles. Pero oyen lo que les manda o permite el Señor y moderador de todas las cosas. Así, en los Hechos de los Apóstoles, un espíritu pitónico da testimonio al apóstol San Pablo, ayudándole a predicar el Evangelio92. Pero aun en esto mezclan sus engaños, y la verdad que han podido conocer la comunican más con intención de engañar que de enseñar. Y así se explica que el fantasma de Samuel, al anunciar la muerte a Saúl, le añadió que estaría con él; lo cual es ciertamente falso. Pues sabemos por el Evangelio que una gran distancia separa a los buenos de los malos, cuando el Señor manifiesta que se interpone un vasto abismo entre aquel rico orgulloso que estaba entre los tormentos del infierno y el mendigo cubierto de úlceras que yacía ante su casa y ahora gozaba de su descanso93.

Y si tal vez las palabras de Samuel a Saúl: Tú estarás conmigo94, indican, no una igualdad de bienaventuranza, sino la igual condición en la muerte, porque ambos, a fuer de hombres, pudieron morir, y con aquellas palabras el muerto anunciaba al vivo que también moriría, ya puedes comprender con tu prudencia, según creo, que aquellos pasajes pueden recibir dos interpretaciones, que no son contrarias a la fe. Pudiera ser también que con un examen más profundo y una indagación más laboriosa, que no me permiten ni mis fuerzas ni el tiempo de que dispongo, se llegara a poner en claro que el alma evocada por artes mágicas después de esta vida pueda o no comparecer a la vista de los vivos aun con los rasgos de su fisonomía corporal, de suerte que no sólo pueda ser vista, mas también conocida; y en el caso afirmativo, se podría cuestionar si el alma de un justo podría también hacerse ver, no atraída forzosamente por artes mágicas, sino obedeciendo al imperio secreto de un supremo legislador; y en el caso de juzgarse imposible esto, no se admitirían las dos explicaciones de este pasaje, sino se rechazaría la primera, para considerar la aparición de Saúl como un fantasma surgido por arte diabólico.

Mas como, ora se admita, ora se rechace la posibilidad de que hablamos, la malicia y la astucia del demonio para despertar fantasmas ilusorios no descansa, sirviéndose de todas las formas con la mira puesta en engañar los sentidos humanos, con cautela para no cerrar el paso a otras investigaciones más diligentes, pero con mayor probabilidad, creamos, mientras nos falta otra explicación y aclaración mejor, que lo ocurrido allí se debió a la maligna intervención de la pitonisa».

  1. Investigación posterior de San Agustín. Esto es lo que yo escribí entonces sobre la pitonisa y sobre Samuel. Pero qué razón tenía yo cuando dije que nosotros debíamos considerar en este hecho sucedido la imagen simulada de Samuel como presentada por medio del ministerio maligno de la pitonisa para no prejuzgar otras investigaciones más cuidadosas, me lo ha hecho ver una investigación mía posterior, cuando encontré en el libro del Eclesiástico, donde son alabados los patriarcas por su orden, que el mismo Samuel fue alabado de tal modo que se dice que profetizó hasta después de muerto95. Y si este libro es rechazado por parte de los hebreos, porque no está en el canon de ellos, ¿qué diremos de Moisés, del cual ciertamente se lee en el Deuteronomio que murió96, y en el Evangelio que se apareció a los vivos en compañía de Elías que no murió?97

Pregunta séptima: Dios salvaguardó el honor de Sara

  1. La pregunta de Dulcicio: ¿Cómo fue protegida Sara? Tu séptima pregunta es esta: «¿Cómo hay que responder a los que dicen que Sara no evitó el estupro, cuando está escrito que Abimelec fue apartado en sueños98 de su unión con ella, y que el Faraón la conoció?»99

  2. La respuesta de San Agustín: Sara no fue deshonrada. Yo no veo cómo se puede decir que el Faraón conoció a Sara, porque la Escritura no nos obliga a creerlo. Sin duda que la tomó para esposa, y a continuación enriqueció a Abrahán con muchos regalos de los egipcios por causa de ella. Pero no está escrito que el Faraón durmió con ella y que se unió a ella, porque Dios, afligiéndole con muchos y grandes males, no permitió que hiciese tal cosa. En efecto, las mujeres que caían en gracia a los reyes para el matrimonio no se unían enseguida carnalmente con él. Antes, como leemos en el libro que se titula de Ester, eran mimadas durante algunos meses, y hasta todo un año, con ungüentos, esencias y aromas, como preparación para unirse con el cuerpo del rey100. Por tanto, durante ese tiempo sucedió lo que está escrito, hasta que el Faraón, arrepentido y atemorizado, hubo devuelto la mujer a su marido.

En cuanto a Abimelec, como se le prohibió en sueños tener comercio carnal con ella, por eso piensan, los que afirman que Sara no evitó el estupro, que el rey, como lo estaba soñando, solamente pudo dormir después de su concubinato. Incluso, según lo que he dicho antes, para no hablar del tiempo en que eran mimados los cuerpos de las mujeres destinadas al placer de los reyes, como si Dios no hubiese podido amonestarle en sueños antes de que conviviesen.

  1. Un caso reciente. Voy a contar lo que sucedió en Mauritania de Sítife. Realmente el Dios de los santos patriarcas es también el mismo Dios nuestro. Un joven catecúmeno, llamado Celticio, raptó a una viuda que había hecho voto de continencia, para desposarse con ella. Antes de que se uniesen maritalmente, cargado de sueño y aterrado por los ensueños, la devolvió intacta al obispo de Sítife, que la reclamaba enérgicamente. Y viven aún las personas de quienes hablo. Él se bautizó y, convertido al Señor por el milagro que se había obrado en él mismo, llegó al episcopado por su venerable honradez de vida; y ella perseveró en su santa viudedad.

  2. La réplica contra Fausto maniqueo. Por otra parte, lo añadido a continuación te indica cuanto he replicado a Fausto maniqueo que calumniaba al patriarca Abrahán de haber vendido su mujer a dos reyes para la prostitución. Repito «que al acusar al justo y fiel esposo de traficante infame de su propio matrimonio, y de que por avaricia y lascivia mintió en ocasiones diferentes a dos reyes: a Abimelec y al Faraón, diciendo que su mujer Sara era hermana suya, porque era muy hermosa, afirmó Fausto que la vendió para la prostitución. El no distingue con verdad la honestidad de la infamia, sino que con mentira todo lo convierte en crimen. No hay duda de que este hecho de Abrahán se asemeja al lenocinio, pero únicamente para los que son incapaces de discernir rectamente los hechos a la luz de la ley eterna. A los cuales hasta la firmeza les puede parecer obstinación; la confianza, que es una virtud, audacia, que es un vicio; y, por esta guisa, quienes no ven según la justicia reprochan todo a los que actúan como apariencia contra la justicia. En efecto, Abrahán no consintió en la infamia de su mujer ni especuló su adulterio, sino que lo mismo que ella le hizo llegar su esclava no para la lujuria del marido, sino que le sirvió espontáneamente para el deber de la generación, sin violar el orden natural y allí donde estaba su derecho, ordenando al patriarca que obedecía antes que cediendo al que ardientemente lo deseaba, así también él mismo a su casta esposa, unida a él con un corazón casto, y sin dudar en modo alguno de su alma, santuario del pudor, la ocultó como mujer suya, y la llamó su hermana, para que, en el caso de que muriese él, no la tomasen a ella como una cautiva aquellos extranjeros e impíos, bien seguro de que su Dios no permitiría que ella sufriese nada deshonroso y culpable. Y ni su fe ni su esperanza le falló. Porque el Faraón, aterrado con prodigios y afligido con muchos males por causa de ella, cuando supo por revelación divina que era su mujer, la devolvió intacta con todo honor; y Abimelec, advertido y prevenido también en sueños, hizo lo mismo».

Pregunta octava: Si el Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas era el Espíritu Santo

  1. La pregunta de Dulcicio: Espíritu de Dios. Finalmente, me pides una explicación sobre el Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas: «Tú afirmas que algunos aseguran que era el Espíritu Santo; otros, que era el espíritu del mundo, porque dicen que el historiador no ha podido enumerar al Creador junto con las criaturas ni asignar un lugar a Aquel que todo entero es omnipresente juntamente con el Padre y con el Hijo».

  2. La respuesta de San Agustín: Es el Espíritu Santo. Qué es lo que he pensado a este propósito, te lo voy a copiar en este opúsculo del libro primero de los doce que sobre el Génesis he escrito, como pude, no según el sentido alegórico, sino según la fidelidad de los hechos. Digo, pues:

El espíritu de Dios

«A Dios es inherente la suma, la santa, la justa benignidad, y ciertamente este amor se proyecta en sus obras, no por necesidad, sino por bondad; por consiguiente, antes de escribirse dijo Dios hágase la luz101, antepuso en la Sagrada Escritura el inciso que dice: y el Espíritu de Dios era llevado sobre el agua102. Quizá quiere designar con el nombre de agua toda la materia corporal (puesto que vemos que todas las cosas de la tierra se forman y crecen mediante la naturaleza del agua), a fin de insinuar de este modo de dónde habían sido hechas y formadas todas las cosas, las que ya podemos distinguir y conocer en sus distintos géneros; quizá designa bajo el nombre de agua a cierta vida espiritual, que viviera como fluctuante antes de recibir la forma por la conversión a Dios; ciertamente esta materia soportaba al Espíritu de Dios, porque todo lo que ella fuera, ya incoado para ser formado y perfeccionado, estaba sometido a la voluntad del Creador. De tal modo estaba sometido, que, diciendo Dios en su Verbo hágase la luz, permaneciera lo que había sido hecho, según la capacidad de su género, en la perfección que Dios le quiso dar, es decir, en el beneplácito de Dios, y por esto es justo que agradase a Dios, conforme lo dice la Escritura, y fue hecha la luz, y vio Dios que era buena103.

Como en el mismo principio de la incoada criatura, de la que había de salir todo lo perfecto, y que está comprendida bajo el nombre de cielo y tierra, se insinúa la Trinidad del Creador; porque reconocemos la referencia completa de la Trinidad, pues al decir la Escritura en el principio hizo Dios el cielo y la tierra104, entendemos que el Padre está incluido en el nombre de Dios; y el Hijo en el de Principio, el cual es Principio, no para el Padre, sino en primer término y principalmente para la criatura espiritual, creada por El y, por consiguiente, para toda criatura; y el Espíritu Santo en lo que dice la Escritura, y el Espíritu de Dios era llevado sobre el agua105. Así también en la conversión y perfección de la criatura se insinúa igualmente la misma Trinidad, por la que se realizan las formas de las cosas. Se insinúa el Verbo de Dios, y el Engendrador del Verbo, cuando se dice dijo Dios, y se menciona la santa Bondad cuando se dice vio Dios que era bueno106, en cuya Bondad agrada a Dios todo lo que es perfecto según la medida de su naturaleza creada.

Por qué se dijo que el Espíritu de Dios era llevado sobre el agua

  1. ¿Por qué siendo la criatura imperfecta se conmemoró antes que el Espíritu de Dios?; pues primeramente dice la Escritura y la tierra era invisible e informe, y las tinieblas estaban sobre el abismo, e inmediatamente, sin dar tiempo a respirar, añade: y el Espíritu de Dios era llevado sobre el agua107. ¿Acaso fue porque ama el amor como un pobre o un necesitado, de tal modo que se sujeta a las cosas que ama? No; pues cuando se menciona el Espíritu de Dios en el cual se encierran su santa Benevolencia y Amor, se dijo «que sobrellevaba», para que no se juzgase que anhelaba Dios más bien hacer sus obras por necesidad de pobreza que por una exuberancia de bondad. Acordándose el Apóstol de esto, al hablar de la caridad exclama que él va a enseñar un camino excelentísimo, el amor108; y en otro lugar dice: conocer la caridad de Cristo es lo más excelente de la ciencia109. Luego como era conveniente dar a conocer que el Espíritu de Dios sobrellevaba, se creyó más oportuno insinuar algo incoado a lo que se dijera que sobrellevaba, no de un lugar a otro, sino por su poder que excede y sobrepasa a todo lo creado».