Libro 11

BAC vol. 5

Libro 11

LIBRO XI Vestigios de la Trinidad en el hombre exterior. Primero, en las cosas que exteriormente se ven, a saber: el cuerpo visible, su imagen impresa en la pupila del que mira y la atención de la voluntad, que une ambas cosas; sin embargo, estos tres elementos no son iguales entre sí ni de una misma substancia. Luego se observa en el alma otra trinidad, tres realidades de una sola substancia, introducida en nuestro interior por las cosas que fuera sentimos: la imagen del cuerpo que está en la memoria, la información que surge al convertirse a ella la mirada del pensamiento, y la atención de la voluntad, que une ambas cosas; y esta trinidad pertenece aún al hombre exterior, pues fue introducida por los cuerpos que fuera sentimos. CAPÍTULO I

Vestigios de la Trinidad en el hombre exterior

  1. Para nadie es dudoso que, así como el hombre interior está dotado de inteligencia, el hombre exterior está dotado de sentidos corporales. Esforcémonos, pues, por rastrear, si es posible, en este hombre exterior algún tenue vestigio de la Trinidad, sin que llegue a ser imagen de Dios.

Conocida es aquella sentencia apostólica que preceptúa sea renovado el hombre, interior en el conocimiento de Dios a imagen de su Creador, cuando en otro lugar dice: Aunque nuestro hombre exterior se desmorone, sin embargo, el interior se renueve de día en día1.

Busquemos en este hombre corruptible, en la medida de nuestras posibilidades, una efigie de la Trinidad, que, si es menos perfecta, es quizá más fácil de reconocer. Se le llamaría sin motivo hombre de no ofrecer cierta semejanza con el hombre interior. Esta nuestra condición de hombres carnales y mortales nos hace más asequible y familiar el estudio de las cosas visibles que el de las inteligibles: aquéllas son externas, éstas interiores; aquéllas las percibimos por los sentidos del cuerpo, éstas con la inteligencia; nosotros mismos somos almas, pero no sensibles, es decir, cuerpos, sino inteligibles, pues somos vida. Con todo, tanta es, como dije, nuestra familiaridad con la materia, que nuestra atención se asoma al exterior con pasmosa facilidad, y así, cuando se tiene que arrancar de la incertidumbre de la materia para fijar su atención, con más firme y cierto conocimiento, en el espíritu, se refugia en estas cosas, y busca su descanso allí donde tuvo origen su enfermedad. Menester es atemperarse a esta nuestra flaqueza, y así, cuando queramos distinguir más cómodamente las realidades interiores y espirituales y convencer con mayor facilidad, hemos de tomar nuestros argumentos y analogías del mundo exterior de los cuerpos. El hombre exterior, dotado de un cuerpo sensible, percibe los cuerpos; y en este sentido se subdivide, como es fácil advertir, en cinco: vista, olfato, gusto, oído y tacto.

Pero sería superfluo e innecesario interrogar a todos estos cinco sentidos por lo que buscamos. Lo que uno nos dice, los demás lo confirman. Usemos, pues, con preferencia el testimonio de la vista. Es el sentido corporal más noble y el más próximo, salvo la diferencia de género, a la visión de la mente.

CAPÍTULO II

Una cierta trinidad en la visión. Los tres elementos que concurren a la visión difieren por naturaleza. Cómo el objeto visible engendra la visión o imagen de la cosa que se ve. Cómo los tres elementos forman unidad.

  1. Tres cosas hemos de considerar y distinguir, cosa sumamente sencilla, en la visión de un cuerpo cualquiera. Primero, el objeto que vemos; por ejemplo, una piedra, una llama o cualquier otro cuerpo perceptible al sentido de la vista; objeto que puede existir aun antes de ser visto. Segundo, la visión, que no existía antes de percibir el sentido el objeto. Tercero, la atención del alma, que hace remansar la vista en el objeto contemplado mientras dura la visión.

En estas tres cosas no sólo existe distinción manifiesta, sino incluso diversidad de naturaleza.

En primer término, el cuerpo visible es de muy diferente naturaleza que el sentido de la vista, si bien gracias a este encuentro ha lugar la visión. ¿Qué es la visión sino el sentido informado por el objeto que se, percibe? Aunque, si prescindimos del objeto, no hay visión, porque no es ésta posible sin la existencia de un cuerpo visible, no obstante, el cuerpo que informa con su presencia el sentido de la vista mientras la visión permanece, no es de la misma naturaleza que la imagen impresa en la pupila, y que llamamos visión. El cuerpo visto es separable en su naturaleza; mas el sentido, que ya existía en el ser animado antes de ver lo que ver se puede, al topar con un objeto visible, o la visión, que surge al choque de un cuerpo visible; el sentido, repito, o la visión, es decir, el sentido informado por un objeto exterior, pertenece a la naturaleza del ser animado y es muy diferente del cuerpo que la vista percibe; pues la sensación no informa el sentido para que sea sentido, sino para que surja la visión. De no existir en nosotros el sentido antes de ver el objeto visible, no nos distinguiríamos de un ciego cuando, en tinieblas o en un lugar cerrado a la luz, nada vemos. La diferencia radica en que existe en nosotros, aun cuando no vemos, la potencia visiva, denominada sentido, y en les ciegos no existe y ésta es la causa, no otra, de llamaras ciegos.

Y lo mismo la atención del alma, que fija en el objeto que vemos nuestro sentido y a ambos enlaza, difiere por naturaleza no sólo del objeto visible, pues uno es cuerpo y el otro alma, sino que incluso se distingue de la visión y del sentido, porque la atención es exclusiva del alma, mientras el sentido de la vista se denomina sentido corpóreo, y no por otra razón sino porque los ojos son miembros del cuerpo; y si bien el cadáver no siente, el alma, unida al cuerpo, percibe la sensación por intermedio de un órgano corpóreo, y este órgano se denomina sentido. Y así, cuando éste se extingue, efecto de un sufrimiento físico, como en los que se quedan ciegos, el alma permanece idéntica, y su atención, perdida la vista, no dispone de sentido corpóreo para poder alcanzar al exterior el objeto visible y fijar en él su mirada; pero por su propio escuerzo conoce que, aun perdido el sentido del cuerpo, su atención ni perece ni disminuye. Integro persiste el deseo de ver, sea o no sea posible.

Estas tres cosas, el cuerpo visible, la visión y la atención, enlace de ambos, son muy fáciles de conocer, no sólo por el carácter peculiar de cada uno, sino incluso por la diferencia de sus naturalezas.

  1. En estas cosas el sentido no procede del objeto visible, sino del cuerpo animado y sensitivo, al cual se atempera de un modo maravilloso el alma; no obstante, la visión es engendrada por el cuerpo que se ve; es decir, es informado el sentido; y no tan sólo el sentido que puede subsistir íntegro en la obscuridad si los ojos permanecen incólumes, sino el sentido informado, lo que se llama visión. Es, pues, la visión engendrada por un objeto visible, pero nunca solo, sino en presencia de un vidente. En consecuencia, la visión es engendrada por un objeto visible y un sujeto que ve: al sujeto pertenecen el sentido de la vista y la atención con que mira y contempla; la información del sentido que se llama visión, obra es del cuerpo que se ve, es decir, del objeto visible. Suprimido éste, carece de existencia la forma impresa en el sentido mientras estaba presente el objeto visible; no obstante, permanece el sentido, que ya existía antes de percibir cosa alguna. Sucede como con la huella de un cuerpo en el agua- subsiste la huella mientras el cuerpo que la imprime actúa; se desvanece al retirarlo; pero el agua, que ya existía antes de recibir la impronta, perdura. Por consiguiente, no podemos decir que el cuerpo visible engendra el sentido, pero si engendra cierta forma, como una semejanza suya, que actúa en el sentido al percibir con la vista un objeto.

Mas no puede el sentido distinguir la forma del cuerpo visible de la forma impresa en el sentido del sujeto que ve; porque es tanta la unión, que la distinción no ha lugar. Sin embargo, la razón nos enseña que la visión sería imposible de no producirse en nuestro sentido una semejanza del objeto contemplado.

Al aplicar a la cera un camafeo, no puede afirmarse la inexistencia de su imagen, aunque sólo después de la separación es discernible. Mas como al separarse la cera permanece visible la impresión de la imagen, se deduce que estaba ya impreso el relieve antes de verificarse la separación. Pero, si aplicamos nuestro anillo a un elemento líquido, no aparece, al separarlo, imagen alguna; con todo, la inteligencia comprende cómo antes de la separación existía en el líquido la imagen grabada en el camafeo, distinta del relieve impreso en su superficie, de donde se forma la imagen, que se desvanece al retirar la sortija, aunque subsista en el camafeo el relieve. De la misma manera, no puede afirmarse que el sentido de la vista no conserva la imagen del cuerpo que ha visto mientras dura la visión, por el hecho que -retirado el cuerpo- no subsiste la imagen. Y por esta comparación se puede, aunque con dificultad convencer a los de cortos alcances que se forma en nuestro sentido una imagen del objeto visible mientras lo vemos, y esta forma es la visión.

  1. Mas los que por casualidad fijen su atención en lo que voy a decir, no sentirán en la búsqueda tanta fatiga. Con frecuencia, si durante algún tiempo miramos con fijeza una luz cualquiera y cerramos luego los ojos, vemos moverse en nuestra retina brillantes y variados colores que se suceden y combinan entre sí cada vez con menos fulgor, hasta desaparecer por completo. Dichos colores son como tenues vestigios de aquella forma impresa en el sentido cuando mirábamos aquel cuerpo lúcido, y poco a poco, como por grados, desapareciendo varía. Y si, al acaso, contemplamos las celosías de una ventana, se nos aparecen con sus colores; prueba evidente que las sensaciones visuales han sido producidas por el cuerpo que hemos visto.

Dicha impresión existía cuando contemplábamos el objeto y entonces era más nítida y clara; pero de tal suerte estaba unida a la forma del objeto que se percibía, que la distinción no era posible, y ésta es la visión. Si observas el dardear de una llama con el ángulo visual descentrado, percibes dos imágenes, a pesar de ser único el objeto de nuestra visión. Y es que los rayos emitidos por cada ojo son impresionados separadamente y no se les permite concurrir conjuntamente a la visión del objeto para que surja de su concurso una sola visión. Y si cierras un ojo, no se duplica la llama, sino que, tal como es en la realidad, sólo percibes un fuego. Sería investigación asaz prolija e innecesaria al presente saber por qué, cerrado el ojo izquierdo, la imagen que acompañaba a la del derecho cesa de verse, y al contrario, por qué, cerrado el derecho, muere la imagen compañera de la del izquierdo.

Bástenos decir, en orden a la cuestión que nos ocupa, que, si no se formase en nuestro sentido una imagen muy semejante de in cosa que vemos, no se duplicaría la imagen de la llama, según el número de nuestros ojos, cuando se emplea cierto modo de mirar, capaz de descentrar nuestro ángulo visual. Con un solo ojo, de cualquier modo que se lo entorne, dirija o coloque, si está el otro cerrado, es de todo punto imposible ver doble el objeto si es uno tan sólo.

  1. Recordemos -pues esto es así- que dichas tres cosas, a saber, la imagen visible del cuerpo, su imagen impresa en el sentido, que es visión y sentido informado, y la voluntad del ánimo aplicando el sentido donde se verifica la visión al objeto sensible, aunque de naturaleza muy diferente, se atemperan en una cierta unidad. El primero de estos tres elementos, es decir, el objetivo visible, jamás pertenece -excepto cuando contemplamos nuestro cuerpo- a la naturaleza del ser animado. El segundo pertenece de tal manera, que actúa en el cuerpo y por el cuerpo en el alma, pues ha lugar en el sentido, que sin el cuerpo y el alma no existe. El tercero, que es la voluntad, es exclusiva del alma. Y siendo estas tres realidades de naturaleza tan diferente, sin embargo, se adunan en unidad tan íntima, que las dos primeras, a saber, la imagen del cuerpo visible y la imagen formada en el sentido, denominada visión, apenas son discernibles de no intervenir como juez la razón

Tiene la voluntad tal poder para unir estas dos realidades, que ella aplica al objeto visible el sentido a informar y en él lo retiene una vez informado. Y cuando es tan violenta que pueda llamarse amor, codicia o libido, entonces conturba con gran vehemencia el cuerpo todo del ser animado; y de no resistirle una materia más dura e inerte, lo inmuta en la especie y color que contempla. Mira el diminuto camaleón cómo se transforma con facilidad admirable en los colores que ve. En los demás animales, cuya corpulencia no se presta a estas mutaciones, los fetos revelan, descubriendo los deseos lujuriantes de sus madres, los objetos que con sumo deleite miraron. Y cuanto más tiernos y, por decirlo así, más formables son estas semillas primordiales, con mayor docilidad y eficacia siguen la intención del alma materna, adaptándose a la imagen que en su fantasía dejó el objeto que con apasionada codicia miró. Pudiéramos aducir numerosos ejemplos; pero baste uno, tomado de los Libros fidelísimos, el de Jacob, el cual, para conseguir que sus ovejas y cabras parieran crías manchadas, colocó en los abrevaderos hacecillos de varas policromas, y así, al acercarse a beber, en el momento de empreñar, las miraban2.

CAPÍTULO III

Una trilogía en el pensamiento: la memoria, la visión interior y la voluntad unitiva

  1. Pero el alma racional se deforma cuando vive según la trinidad del hombre exterior; es decir, cuando se da a las cosas externas, formadoras del sentido corpóreo, no con laudable intención de referirlas a un fin útil, sino arrastrada por una torpe apetencia que la lleva a pegarse a ellas. En efecto, desvanecida la forma del objeto corporal que se dejaba corporalmente sentir, permanece en la memoria su semejanza, para que se verifique la visión interior, como antes, al exterior, era informado el sentido por el objeto sensible. Y así surge la trinidad integrada por la memoria, la visión interior y la voluntad, que une a las dos. Y, al apiñarse estas tres cosas en unidad, su reunión se denomina pensamiento.

Y en esta trinidad no existe diversidad de substancia. Ni el cuerpo, distinto de la substancia del ser animado, es allí sensible, ni el sentido del cuerpo es informado para que se realice la visión, ni la voluntad actúa aplicando el sentido al objeto sensible para su información, ni éste lo retiene una vez informado, sino que a la forma del cuerpo externamente percibida sucede la memoria, cual placa positiva de aquella forma, que, a través del sentido del cuerpo, impresiona al alma; a la visión que fuera existía al ser informado el sentido por el objeto sensible, sucede en el hombre interior una visión semejante cuando la mirada del alma, al conjuro del recuerdo que la memoria aprisiona, piensa en los cuerpos ausentes; y así como la voluntad en el mundo exterior aplicaba el sentido a informar al objeto corpóreo y, una vez informado, lo unía, así aquí hace volver sobre la memoria la mirada del alma que recuerda, para que, del recuerdo que aquélla retiene, ésta se forme y surja en el pensamiento una visión semejante.

Y así como la razón distinguía entre la imagen visible que informaba el sentido del cuerpo y la semejanza que ha lugar en el sentido informado para que exista visión (tan unidas se encuentran que se las podía tomar por una sola imagen), y lo mismo sucede en la visión imaginaria cuando el alma piensa en la imagen de un cuerpo ya visto; consta, pues, de la semejanza del cuerpo en la memoria archivado y de la imagen que nace en el alma del que recuerda; tan única y singular aparece, que sus dos elementos sólo la razón los distingue, haciéndonos comprender que una cosa es el recuerdo con permanencia en la memoria, aun cuando se piense en cosa diversa, y otra la imagen que evoca el recuerdo al regresar a nuestra memoria y encontrarnos allí con la misma imagen. Porque de no estar allí es tan completo el olvido, que el recuerdo sería imposible. Si, pues, la mirada del que recuerda no fuese informada por la imagen que la memoria conserva, jamás se realizaría la visión en el pensamiento; pues la unión de las dos, a saber, de la que la memoria retiene y su expresión, que actúa en la mirada del recuerdo, dada su semejanza perfecta, la baria aparecer una sola.

Mas, si la mirada del pensamiento se aparta de allí y deja de ver la imagen que en su memoria intuía, desaparece la forma impresa en la mirada interior; y, al convertir su mirada hacia otro recuerdo, ha lugar otra forma, origen de un nuevo pensamiento. No obstante, perdura en la memoria el antiguo recuerdo, al que es dable volver la mirada cuando de nuevo recuerde y reciba su forma, efectuándose con el principio informante una cierta unidad.

CAPÍTULO IV

Cómo surge esta unidad en el alma

  1. Si la voluntad, que lleva y trae de aquí para allá la mirada para su información y la une, una vez informada, a su objeto, se concentra toda en su imagen interna, apartando por completo la mirada del alma de la presencia de los cuerpos que rodean nuestros sentidos y de los mismos sentidos del cuerpo, y la convierte enteramente a la imagen que dentro intuye, choca entonces con una semejanza tan grande de la especie sensible, expresión del recuerdo, que ni la razón distingue si es cuerpo exteriormente visto o es la imagen interna de su pensamiento.

Los hombres, a veces, seducidos o aterrados por esta imaginación vivacísima de las cosas visibles, prorrumpen repentinamente en gritos, como si en realidad se encontraran en medio de aquellas acciones o pasiones. Recuerdo haber oído a uno que tan al natural veía él en su imaginación la forma maciza de un cuerpo femenino, que la sensación de estar carnalmente unido a ella le provocaba derrame seminal. Tan potente es la fuerza del alma sobre su cuerpo y tanto puede en la inmutación y cambio de su envoltura carnal, que se puede parangonar a la del hombre vestido, que se acomoda a su traje. Y a este mismo género de impresiones pertenecen los variados juegos de la fantasía durante les sueños

Mas es grande la diferencia si la atención del alma se ve como forzada por cierta necesidad a ocuparse de las imágenes que la memoria o alguna virtud secreta le suministran a través de algunas influencias espirituales de la substancia incorpórea, ya estén adormecidos los sentidos, como en los marmotas; ya perturbados en su íntima contextura, como en los amentes furiosos; ya enajenados de alguna manera, como en los adivinos y profetas; o si, como en los sanos y bien despiertos sucede, al estar el pensamiento ocupado, la voluntad se independiza de los sentidos e informa ella misma la mirada del alma, sirviéndose de las variadas imágenes del mundo sensible, cual si entonces en la realidad se sintiesen. Y estas impresiones imaginarias surgen no sólo cuando la voluntad es por el deseo impulsada, sino incluso cuando anhela evitarlas y huir, porque, al estar en guardia, se ve forzada a mirar esos mismos objetos que desea no ver- En consecuencia, el deseo y el temor fijan el sentido en las cosas sensibles, y la mirada del alma en las imágenes de los objetos corpóreos, para su información. Y cuando más vehemente sea el deseo o el miedo, más nítida es la mirada actuada por el objeto sensible, ya éste se halle en el espacio ubicado, ya surja en el sujeto pensante de la imagen del cuerpo que la memoria atesora.

Lo que es al sentido del cuerpo la presencia en el lugar de un objeto, es a la mirada del alma la imagen del objeto en la memoria; y lo que es la visión del que mira a la especie corpórea que informa el sentido, es la visión del que piensa a la imagen del objeto en la memoria formada, de la cual nace la mirada del alma; finalmente, lo que es la atención de la voluntad a la unión del objeto percibido y la visión para que surja allí una cierta unidad de tres elementos de naturaleza distintos, esto es la atención misma de la voluntad como lazo unitivo entre la imagen del cuerpo que está en la memoria y la visión del pensamiento, es decir, la imagen que la mirada del alma sorprende al regresar a su memoria; de suerte que también aquí existe una cierta unidad, integrada por tres realidades, no ya distintas por diversidad de naturaleza, sino de una misma substancia, porque todo esto es interior y todo es un alma.

CAPÍTULO V

La trinidad del hombre exterior o de la visión externa no es imagen de Dios. Incluso en el pecado se apetece la semejanza con Dios. En la visión externa, la forma del cuerpo es como padre; la visión es el hijo; la voluntad, que une; insinúa la persona del Espíritu Santo

  1. Así como al fenecer la forma e imagen corpórea no puede la voluntad aplicar a ella el sentido de la vista, así, cuando la imagen que la memoria retiene se borra por el olvido, no puede la voluntad fijar en ella la mirada del alma en busca de un recuerdo. Mas como la primacía es del alma, con frecuencia imagina como real lo que sabe que no lo es o ignora que lo es, y evoca no sólo el recuerdo de cosas semiolvidadas, sino incluso el de aquellas que nunca experimentó o sintió, disminuyendo, aumentando, transformando o modificando a capricho las que aun no olvidó.

En este género de cosas evite mentir con el propósito de engañar, y opinar como queriendo ser engañado. Evitando estos dos males, en nada le perjudican los fantasmas de la imaginación; como tampoco le perjudican las cosas experimentadas por los sentidos y en el recuerdo archivadas, siempre que con avidez no se deseen si son útiles ni con torpeza se eviten si enfadan. Cuando olvida la voluntad los bienes mejores y ávida se solaza en estos placeres, se hace impura. Es un mal pensar en ellos cuando presentes se tienen, y aún más nocivo cuando ausentes están.

Vivir según la trinidad del hombre exterior es un mal y una deformidad, porque es el uso de las cosas sensibles y corpóreas el que engendra esta trinidad; y, aunque el alma se las imagine en su interior, es siempre imagen de cosas externas. Nadie podría hacer de ellas buen uso si la memoria no conserva las imágenes de las cosas percibidas; y si la parte prócer de la voluntad no habitase en una región elevada e interior y cuanto afuera descubre en los cuerpos o dentro de sus imágenes no lo refiriese a una vida mejor y más verdadera, descansando en el fin por el cual juzga han de hacerse estas cosas, ¿qué otra cosa haríamos sino lo que nos prohíbe el Apóstol hacer cuando dice: No queráis conformaros a este siglo?3 Por lo tanto, no es esta trinidad imagen de Dios: surge en el alma a través del sentido del cuerpo, y, por ende, a través de una criatura ínfima, como es la corpórea, a la que el alma es muy superior.

Sin embargo, la desemejanza no es absoluta. ¿Qué criatura no ofrece, según su género y medida, algún rasgo de semejanza con Dios, si el Señor creó todas las cosas muy buenas4, precisamente porque es Él la suma bondad? En cuanto es bueno todo lo que existe, tiene una semejanza, aunque imperfecta, con el Bien supremo: semejanza recta y ordenada si es natural, viciosa si torpe y perversa. Las almas en sus mismos pecados, con libertad soberbia, invertida y, por decirlo así, servil, persiguen una cierta semejanza con Dios. Nuestros primeros padres no hubieran consentido en el pecado si no les fuera dicho: Seréis como dioses5. Ciertamente, no todo lo que en la criatura ofrece semejanza con Dios se ha de llamar su imagen, sino el alma sola, a la que únicamente Él es superior. Sólo ella lleva su impronta, sin que entre ambos exista criatura alguna intermedia.

  1. La forma corpórea de la cual nace es como padre de aquella visión, es decir, de la imagen formada en el sentido del que ve. Mas ni aquélla es padre en verdad ni ésta su prole legítima. La razón es porque concurriendo a su formación un tercer elemento, es decir, el sentido del sujeto que ve, ya no es única a engendrar. Amar esto es, en consecuencia, locura. La voluntad, que une el objeto al sentido como padre al hijo, supera a los dos en espiritualidad. El cuerpo visible de espiritual nada tiene. La visión que ha lugar en el sentido tiene ya un elemento espiritual, por no ser sin el concurso del alma posible pero no es así el todo, pues es corporal el sentido informado. Luego la voluntad, unión, como dije, de ambos, les supera en espiritualidad y es algo así como una insinuación incipiente del Espíritu en aquella trinidad. Con todo, más propiamente pertenece al sentido informado que al cuerpo que informa.

El sentido pertenece al ser animado; la voluntad, al alma, no a la piedra o a un cuerpo visible. No procede, pues, la voluntad de aquel cuasi padre, ni de esta cuasi prole, esto es, de la visión o imagen del sentido. Antes que la visión se efectúe, ya la voluntad existía, pues aplicó el sentido al cuerpo visible para su información; pero aun no existía el agrado. ¿Cómo agradar lo que aun no se ve? Complacencia es la voluntad en reposo. De ahí el que no se pueda llamar la voluntad cuasi hija de la visión, por existir ya antes de la visión; ni cuasi padre, porque i visión se forma y nace, no de la voluntad, sino del cuerpo visible.

CAPÍTULO VI

Reposo y fin de la voluntad en la visión. Su naturaleza

  1. Quizá podamos rectamente llamar a la visión -al menos en este caso concreto- fin y reposo de la voluntad. Y porque ve lo que ver quería, no se sigue que no quiera nada más. No es la voluntad humana, cuyo fin es siempre la felicidad, sino, en este caso preciso, un acto de la voluntad ansiosa de ver, la que tiene su término en dicha visión, ya la refiera o no a una ulterior realidad. Si su deseo es tan sólo ver y no refiere esta visión a otro fin, no será menester demostrar cómo es la visión fin del querer, pues es cosa evidente; mas, si la refiere a otro fin, desea ciertamente otra cosa y no existe voluntad de visión, y si existe, no ansía ver esto.

Como si uno quiere ver la canchera para probar que existe la herida, o quiere ver la ventana para contemplar desde ella a los transeúntes. Todos estos y otros semejantes quereres tienen sus fines propios, referibles al fin último de la voluntad, que ansia ser dichosa y llegar a la P°: sesión de la vida sin ulterior referencia, y es capaz por 51 misma de abastar al amante. El deseo de ver tiene por fin la visión, y la voluntad de ver esta cosa tiene por fin esta visión en concreto. El deseo de ver la canchera tiene su fin, ver el bezo, y lo que esté más allá no le importa; el querer probar la existencia de la herida es ya otro querer, si bien vinculado al primero, cuyo fin es probar que existe la herida. El deseo de ver la ventana tiene por fin la visión del ventanal; el ver desde la ventana a los transeúntes es ya otro querer, con el primero ciertamente enlazado, y su fin es ver los peatones.

Rectos son estos quereres y todos bien concertados si es bueno aquel al que todos se refieren; porque, si éste es vicioso, todos los demás son perversos. La conexión de rectos quereres se vía para los que ascienden a la felicidad por pasos bien ordenados; al contrario, la confusión de voluntades no rectas es lazo que aprisiona al que mal obra, para ser luego arrojado en las tinieblas exteriores6.

¡Bienaventurados los que con sus obras y costumbres entonan el cántico gradual, y ay de aquellos que arrastran sus pecados como larga maroma!7 El reposo de la voluntad en su fin, cuando se refiere a otra cosa, podemos compararlo al descanso del pie al caminar: se asienta en el suelo, como apoyo, para que el otro avance. Y aun en la hipótesis en que el fin deleitoso agrade al querer, no es fin último, sino referible a otro fin, porque no es el reposo del ciudadano en la patria, sino refección o albergue del caminante.

CAPÍTULO VII

Otra trinidad en la memoria del que reflexiona sobre su visión

  1. Existe aún otra trinidad más íntima que esta de los sentidos y de las cosas sensibles, aunque de ellas trae su origen. No es ya el cuerpo exterior el que informa el sentido, sino la memoria que informa la mirada del alma, al adherirse a dicha facultad la imagen del cuerpo que fuera nosotros sentimos, a la cual llamamos cuasi padre de la que se forma en la fantasía del que piensa. Existía ya en la memoria antes de reflexionar nosotros sobre ella, como existió el cuerpo en el espacio antes de ser percibido al nacer la visión. Cuando se piensa, la imagen que la memoria retiene se reproduce en la mirada del pensamiento, y al recordar nace esta imagen, que es como hija de la que la memoria conserva. Pero ni aquélla es padre en verdad, ni ésta su prole verdadera.

La mirada del alma, informada por la memoria cuándo recordando pensamos algo, no procede de aquella forma que nosotros recordamos haber visto -si bien no podríamos recordarla de no haberla visto-, pero antes de ver el cuerpo que recordamos existía la mirada del alma que recordando se forma, y con mayor razón existía ya antes de grabarlo en l memoria. No obstante, la forma que nace en la mirada del recuerdo procede de la que existe inmanente en la memoria; a pesar de ello, la mirada interior no trae su existencia de ella, pues existía ya antes de recibir esta forma.

Y en buena lógica, si aquélla no es padre verdadero, ni ésta será su prole legítima. Mas aquel cuasi padre y esta cuasi prole algo insinúan; nos ejercitan para ver con más certeza y seguridad cosas más íntimas y verdaderas.

  1. Difícil discernir si la voluntad, que a la memoria une la visión, es padre o prole de alguna de las dos, y la dificultad de esta distinción proviene de la parejura e igualdad de su naturaleza y substancia. Aquí no sucede como en el mundo exterior, donde es fácil distinguir el cuerpo sensible del sentido informado y la voluntad de uno y otro, a causa de la diversidad de naturaleza que, según suficientemente probamos, existe entre los tres. Aunque esta trinidad de la que ahora tratamos se ha introducido del exterior en el alma, se actúa en el interior y nada de ella hay ajeno a la naturaleza del alma.

¿Cómo, pues, demostrar que la voluntad no es cuasi padre, ni cuasi prole de la imagen corpórea que la memoria retiene ni de la que se forma en el recuerdo, cuando la voluntad de tal manera enlaza a las dos en el pensamiento, que parece no formar más que una sola, hasta tal punto que sería imposible su distinción si no fuera por la inteligencia? Y es de advertir, en primer término, que no es posible tener voluntad del recuerdo de no conservar en los repliegues de la memoria la totalidad o una parte al menos de lo que recordar queremos. No existe voluntad de recordar lo que se ha olvidado de una manera absoluta y total; recordamos ya que existió o existe en nuestra memoria todo lo que recordar queremos.

Un ejemplo. Si quiero recordar qué cené anoche, he de recordar que cené; y si esto no recuerdo, recuerdo alguna circunstancia relacionada con el yantar, aunque sea tan solo el día de ayer y la hora en que acostumbro a cenar; además, sé qué es cenar. Si nada de esto recuerdo, no puedo querer recordar qué es lo que cené ayer. De donde podemos colegir que la voluntad del recuerdo procede de las reminiscencias archivadas en la memoria, a las que vienen a sumarse aquellas que son expresión de la visión producida por el recuerdo; es decir, procede de la unión entre el objeto que recordamos y la visión que nace en la mirada del pensamiento al recordar.

Pero la voluntad, lazo de unión entre ambos, exige un tercer elemento contiguo y próximo al recuerdo. Y tantas son las trinidades de este género cuantos son los recuerdos; no hay uno tan sólo sin estos tres elementos, a saber: el recuerdo oculto en la memoria antes aún de pensar en él; la imagen, que nace en el pensamiento cuando se mira, y la voluntad, que une, completa y perfecciona los dos anteriores, con las que forma, como tercer elemento, una cierta unidad. ¿ Será más bien que una trinidad de este género consiste en llamar, en general, unidad a todas las imágenes corpóreas latentes en la memoria, y unidad a la visión general del alma, que recuerda y piensa en dichos recuerdos, al intervenir la voluntad, en función terceril, como lazo unitivo, formando un todo estos tres elementos?

CAPÍTULO VIII

Razonamientos diversos. Imaginación y recuerdo

Mas, como no puede la mirada del alma abarcar de un solo golpe de vista cuanto la memoria retiene, alternan y se suceden las trinidades de los pensamientos y se multiplica indefinidamente esta trinidad ya numerosísima. Con todo, no llegan al infinito, pues no se elevan por encima del número de los recuerdos que la memoria conserva. Si fuera posible sumar todas las sensaciones experimentadas desde que nos pusimos en contacto con los cuerpos sensibles, incluyendo las ya olvidadas, su número, aunque astronómico, sería determinado y concreto. Innumerable es lo infinito y toda cantidad finita que supera nuestros cálculos.

  1. Pero aquí se puede advertir algo más claramente cómo una cosa es el recuerdo oculto en la memoria y otra lo que en el pensamiento se reproduce, si bien, cuando se verifica la unión, semeja una sola; porque, con relación a las formas de los cuerpos, sólo podemos recordar las que percibimos, cómo las percibimos y tantas cuantas hayamos percibido: el alma las graba en la placa de la memoria mediante el sentido del cuerpo; y todas estas visiones nacen de las realidades presentes en la memoria, pero varían y se multiplican sin número hasta el infinito.

Un sol recuerdo, pues, como en realidad es, uno he visto; pero, si me place, puedo imaginar dos, tres, cuantos quiera, y esta múltiple visión de mi pensamiento es informada por la memoria, que recuerda uno sólo. Y lo recuerdo como lo vi; porque, si lo recuerdo mayor o menor, ya no recuerdo el que vi, y, por consiguiente, no lo recuerdo. Y pues lo recuerdo, lo recuerdo con sus dimensiones; no obstante, puedo a voluntad imaginar este sol mayor o menor; y así lo recuerdo como lo he visto y lo imagino como me place, en movimiento o en reposo; viene de donde se me antoja y se dirige a donde yo quiero. Me lo puedo imaginar cuadrado, aunque mi memoria lo recuerde redondo; del color que desee, aunque es cierto que jamás he visto un sol verde, y, por consiguiente, no lo recuerdo. Y como hago con el sol, así con lo demás.

Pero, siendo estas formas sensibles y corpóreas, yerra el alma al juzgar que son fuera como se las imagina en su interior, ora hayan dejado de existir fuera y perduren en la memoria, ora sea que nosotros nos formemos una imagen diferente de la que el recuerdo aún retiene, no en virtud de la fidelidad del recuerdo, sino en virtud de la variedad del pensamiento.

  1. Con harta frecuencia creemos también a los que nos refieren una verdad que ellos mismos han por sus sentidos experimentado. Cuando reflexionamos sobre la narración que escucha el oído, no parece que la mirada del alma se vuelva hacia la memoria para actuar las visiones del pensamiento; no pensamos entonces en virtud de nuestros recuerdos, sino apoyados en la palabra del narrador; y aquella trinidad que nace cuando la especie en la memoria latente y la visión del recuerdo son por la voluntad enlazadas, no parece aquí completarse. Si se me cuenta alguna novedad, no pienso en el recuerdo de mi memoria, sino en lo que escucho. Y no me refiero ahora a las palabras del que habla, no crea alguien que me asomo a la trinidad que se forma en los objetos sensibles y en los sentidos, sino que pienso en las imágenes de los cuerpos que el narrador con sus palabras y sonidos sugiere: imágenes en las que pienso oyendo, no recordando.

Pero si lo consideramos atentamente, ni aun entonces salimos de las fronteras de la memoria. Mal podría comprender al que me habla si sus palabras o el hilo de su narración llegaran a mis oídos por vez primera y, en general, no recordara cada una de sus sentencias. Si alguien, verbigracia, me dice: “El monte está limpio de boscaje y poblado de olivos”, habla con uno que tiene en su memoria la imagen del monte, de la floresta y del olivar; y si la ha olvidado, ignora cuanto se le dice y no puede pensar en dicha narración. Así, pues, todo el que piensa en los objetos corpóreos, ora se los imagine, ora los escuche, ora lea sucesos pretéritos, ora vaticinios del porvenir, recurra a su memoria y encontrará allí la medida y el modo de cuantas formas su pensamiento contempla.

Nadie puede pensar en un color o en una forma corpórea que jamás haya visto, ni en una melodía nunca escuchada, ni en un sabor jamás paladeado, ni en un perfume que jamás aspiró, o en una sensación de la carne que jamás ha experimentado. Si, pues, nadie puede pensar en algo corpóreo sin haberlo sentido, porque nadie recuerda algo material sin acusar su sensación, síguese que la memoria es la medida del pensamiento, como lo es la percepción para los cuerpos. El sentido recibe la imagen del cuerpo que sentimos; la memoria la recibo del sentido, y la mirada del pensamiento de la memoria.

  1. Finalmente, la voluntad aplica el sentido al cuerpo, la memoria al sentido, y la mirada del pensamiento a la memoria. Y esta misma voluntad quo une y concilia las cosas, las divide y separa. Ella, con un simple movimiento del cuerpo, aparta el sentido corpóreo (le los objetos sensibles para no recibir sus impresiones o para dejar de sentirlas: cual sucede cuando cerramos los ojos o los apartamos de un objeto para no verlo, o tapamos los oídos para no escuchar y las narices para no oler. Cerrando la boca o arrojando lo que en ella tenemos, nos privamos de todo sabor. Por lo que al tacto se refiere, nos distanciamos del cuerpo que no queremos tocar, y si ya existe el contacto, lo interrumpimos y rechazamos. Así, con un movimiento del cuerpo, impide la voluntad la unión del sentido y del objeto corpóreo.

Y esto lo ejecuta al tenor de sus facultades; porque si en sus acciones, a causa de la mortalidad servil de su condición, experimenta alguna dificultad, se atormenta, y a la voluntad sólo le queda el recurso de la paciencia. La voluntad aparta del sentido la memoria cuando, atenta a otra cosa, no le permite adherirse a lo que tiene presente. Fácil es de advertir todo esto cuando tenemos el pensamiento ocupado, y nos parece entonces no oír al que habla en nuestra presencia. Y es falso, pues le oímos, mas no lo recordamos, porque la atención -fijadora ordinaria de las impresiones en nuestra memoria- no atendía a las palabras que se deslizaban resbalando por nuestro pabellón auditivo. En estos casos no sería acertado decir: “No lo oí”, sino: “No lo recuerdo”. A los lectores sucede, y a mí con mucha frecuencia, que, después de leer una página o una carta, ignoro lo que he leído y debo repetir la lectura. Distraída con otro pensamiento la atención de la voluntad, no aplicó la memoria al sentido corporal, corno aplicó la vista a la escritura. Los caminantes, embebida su atención en otra cosa, ignoran por dónde caminan; cierto que, si no vieran la senda, no caminarían o avanzarían a tientas y con mayor precaución; mas, como marchan sin tropiezos, ven; no obstante, su memoria no va unida al sentido, como va la vista atenta a las trochas por donde camina, y así no puede reconocer lo que recientemente ha visto. Querer apartar la mirada del alma del recuerdo de la memoria equivale a no pensar.

CAPÍTULO IX

La imagen engendra la imagen

  1. En esta distribución de las formas, empezando por la corpórea y terminando en la imagen que se engendra en la mirada del pensamiento, encontramos cuatro imágenes, nacidas gradualmente una de otra: la segunda, de la primera; la tercera, de la segunda, y la cuarta, de la tercera. De la imagen del cuerpo visible nace la imagen en el sentido de la vista; de ésta nace otra imagen en la memoria, y de esta última una tercera en la mirada del pensamiento. Así, la voluntad une tres veces al padre con su prole: en primer término une la imagen del cuerpo con la imagen engendrada en el sentido del cuerpo; luego, ésta eón la que de ella nace en la memoria; y en tercer lugar, ésta con la nacida en la mirada del pensamiento. Pero la cópula media, es decir, la segunda, aunque más próxima, no es tan semejante a la primera como la tercera.

Dos son, pues, las visiones: una, la del que siente; otra, la del que piensa. Para que sea posible la visión del pensamiento h de surgir en la memoria, por intermedio de la visión del sentido, una cierta semejanza, donde reposa la mirada del alma cuando piensa, al igual que la vista del cuerpo reposa en el objeto cuando mira. Por eso he querido recordar dos trinidades en este género: una, cuando la vista del espectador es informada por el cuerpo; y la otra, cuando la visión del pensamiento es informada por la memoria.

No quise mencionar la del medio, porque, cuando se confía a la memoria la imagen nacida en el sentido del que ve, no se acostumbra a llamar visión. No obstante, la voluntad no se manifiesta sino como elemento de unión entre el cuasi padre y el cuasi hijo. Mas, proceda de donde proceda, no se la puede denominar padre ni prole.

CAPÍTULO X

Mágico poder de la imaginación

  1. Pero si no recordamos sino lo que hemos sentido y pensamos tan sólo en lo que recordamos, ¿por qué con frecuencia pensamos falsedades, no siendo falso el recuerdo de lo experimentado? La razón es porque la voluntad, cuya misión. es unir y separar estas cosas, según, en la medida de mis fuerzas, procuré demostrar, dirige a su antojo la mirada del pensamiento a través de las reconditeces de la memoria, con el fin de pensar en las cosas que no recordamos, utilizando los recuerdes y obligándola a tomar un elemento de aquí y otro de allá, para fusionarlos en una visión que se dirá falsa, dado que no se encuentra fuera, en la naturaleza de las cosas corpóreas, ni es fiel expresión del recuerdo en la memoria archivado, pues nada semejante recordamos haber sentido ¿Quién vio un cisne negro? Por consiguiente, nadie lo recuerda. Sin embargo, ¿quién no se lo puede imaginar?

Fácil es revestir aquella figura, que conocimos de vista, de un color negro, color que hemos visto en otros cuerpos y porque ambos los hemos visto, ambos los recordamos. No recuerdo un ave cuadrúpeda 12, pues nunca la he visto; pero me es fácil imaginar dicho fantasma, añadiendo a cualquier ave voladora otras dos patas semejantes a las ya vistas. Por tanto, al recordar unido lo que separado hemos visto, parece como si nuestro pensamiento no respondiera al recuerdo de nuestra memoria; no obstante, actuamos bajo la influencia de la memoria, de cuya cantera tomamos los elementos todos que de una manera múltiple y varia conjugarnos a capricho. Sin la ayuda de la memoria ni podríamos siquiera imaginarnos moles corpóreas que nunca hemos visto. Por el espacio que nuestra mirada abarca en la anchura del mundo extendemos el volumen de los cuerpos cuando nos los imaginamos inmensos. La razón alcanza aún fronteras más amplias, pero la fantasía no puede seguirla. Así, aunque la razón compruebe la existencia del infinito matemático, ninguna visión de lo corporal puede representárselo. La misma razón enseña la posibilidad de fraccionar hasta el infinito los corpúsculos más diminutos; no obstante, al llegar al límite de la pequeñez en las cosas que recordamos haber visto, ya no podemos imaginar partecicas más diminutas, aunque la mente prosigue su división. En consecuencia, nada corpóreo podernos imaginar si no lo recordamos o deducimos de las cosas que el recuerdo conserva.

CAPÍTULO XI

Número, peso y medida

  1. Mas, como los objetos impresos uno a uno en la memoria se pueden imaginar en tropel, parece pertenecer la medida a la memoria y el número a la visión; porque, aunque la muchedumbre de tales visiones sea innúmera, tiene cada una en la memoria sus barreras infranqueables. Luego la medida se manifiesta en la memoria y el número en la visión. Así como en los mismos cuerpos visibles existe una cierta medida, a la cual se acomoda en número muy crecido el órgano visual de los espectadores, de suerte que un solo objeto puede herir la vista de muchos, así también un hombre, si tiene dos ojos, puede ver doble un objeto sencillo, según arriba enseñamos. Existe, pues, en estas realidades que integran la visión una cierta medida, y en las visiones un número. La voluntad, que une, ordena y enlaza estas dos potencias en la unidad, y, dando su asentimiento, coloca el apetito de sentir o pensar en los objetos de donde nacen las visiones, semejantes es al peso. En consecuencia, digámoslo de antemano, estas tres cosas, número, peso y medida, se encuentran en los seres todos de la creación.

Por el momento, sirviéndome de los argumentos que pude, demostré cómo la voluntad -abrazo íntimo entre la visión y el objeto- es un cuasi padre o un cuasi hijo, ya sea en la sensación, ya en el pensamiento; pero no puede llamarse padre ni prole.

El tiempo me advierte la obligación de buscar esta misma trinidad en el hombre interior, y es hora ya de penetrar, partiendo de este hombre carnal y animal, denominado exterior, del cual hemos largamente tratado, en el hombre interior. En él esperamos poder encontrar la imagen del Dios trinidad, secundando Él nuestros esfuerzos, porque, según lo atestigua la Escritura santa y la creación lo proclama, todo lo ha dispuesto en número, peso y medida8.