BAC vol. 28
Libro 05
CUESTIONES SOBRE EL HEPTATEUCO LIBRO V
Cuestiones sobre el Deuteronomio
1 (Dt 1,29-30). Las palabras que dice Moisés al pueblo, temeroso de los enemigos que habitan en el país a donde va a llevarlos, y que son éstas: No os asustéis ni los temáis; el Señor vuestro Dios, que va delante de vosotros, él los vencerá a vuestro lado, demuestran claramente que Dios ayuda al hombre, pero los hombres deben actuar también.
2 (Dt 2,30). Pero Seón, rey de Esebón, no quiso dejarnos pasar por allí, porque el Señor nuestro Dios había endurecido su espíritu y obstinado su corazón para entregarle en tus manos como sucede hoy. Moisés, al decir estas palabras mientras habla al pueblo, recuerda algo parecido a lo que se decía en el Éxodo: Yo he endurecido el corazón del Faraón1. Y se lee en los salmos. Cambia el corazón de éstos para que odien a su pueblo2. No se oculta aquí la causa de este endurecimiento, pues se dice: Para entregarle en tus manos como sucede hoy; esto quiere decir, para que le venzas. Y esto no sucedería si la persona no resistiera, y la persona no resistiría si no tuviera el corazón endurecido. Si investigáramos la justicia de este hecho, tendríamos que decir que los juicios de Dios son inescrutables3. Pero en Dios no hay iniquidad4. Por lo demás, hay que advertir que puede decirse que el corazón es obstinado incluso en el mal.
3 (Dt 3,11). Sin embargo, Og, rey de Basan, era el último resto de los Refaím. La palabra refaím en la lengua hebrea significa «gigantes», según dicen los que la conocen. Por tanto, lo que dicen la mayoría de los códices que fue abandonado por los refaím, se expresa más claramente diciendo que era el último resto, es decir, era uno de los supervivientes de aquellos gigantes. Y por eso se menciona también la largura y la anchura de su lecho de hierro, para hacer ver más claramente su estatura.
4 (Dt 4,16). No cometáis una iniquidad, haciendo para vosotros una semejanza esculpida, una imagen cualquiera. Suele preguntarse qué diferencia hay entre semejanza e imagen. Pero aquí no veo qué diferencia puede haber entre ellas, a no ser que se indique una misma cosa con esas dos palabras o se llame semejanza a una estatua o simulacro que tenga la figura humana, pero sin expresar los rasgos humanos, como hacen los pintores o escultores cuando contemplan a los que pintan o esculpen. Nadie dudaría en decir que esto es una imagen. Según esta distinción, toda imagen es también semejanza, pero no toda semejanza es también imagen. Por eso, si los gemelos son semejantes entre sí, la similitud de uno cualquiera en otro puede llamarse semejanza, no imagen. Y si el hijo es semejante al padre, se dice correctamente que también es su imagen, de manera que el padre es el prototipo de donde aparece aquella imagen expresada. En cuanto a las imágenes, unas son de la misma sustancia, como el hijo. Otras no, como la pintura. Por eso, las palabras del Génesis: Hizo Dios al hombre a imagen de Dios5, no significa naturalmente que la imagen que se hizo fuera de la misma sustancia divina. Porque si fuera de la misma sustancia, entonces no se diría que fue hecho, sino que fue engendrado. Pero el hecho de que no se haya añadido: y semejanza, cuando en el Génesis se dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza6, ha dado pie a algunos para afirmar que la semejanza es algo más que la imagen, que se reservaría después para reformar al hombre por la gracia de Cristo. Me llama la atención, si no se ha querido recordar después únicamente la imagen, justamente porque en donde hay una imagen, automáticamente hay allí también una semejanza. De donde se sigue que Moisés prohíbe también aquí que se hagan semejanzas e imágenes, quizá por la razón que hemos dicho.
En el Decálogo, sin embargo, se dice de una manera general que no debe hacerse ninguna semejanza7, pero no se menciona la imagen. Naturalmente, cuando no se hace ninguna semejanza, es evidente que tampoco se hace ninguna imagen, porque si se hace una imagen, se hace también una semejanza. En cambio, si se hace una semejanza, no por eso se hace necesariamente una imagen. Ahora bien, si no hay ninguna semejanza, se sigue que no hay ninguna imagen. Por último, cuando se prohibió la semejanza y la imagen, el texto quiso referirse a la del hombre, en donde puede hacerse una semejanza, no de éste o de aquél, sino de cualquier hombre, y una imagen propiamente de este o de aquel hombre. Al referirse, en cambio, a los ganados y a los animales irracionales, sólo se ha mencionado la semejanza8. Porque ¿qué animal puede haber que haga para sí un perro u otra cosa parecida, viendo al cual pinte o represente su imagen? Y esto es totalmente normal, tratándose de los hombres.
5 (Dt 4,18). ¿Qué significa lo que se dice a continuación: semejanza de alguno de los peces que hay en las aguas debajo de la tierra? ¿Se ha pretendido quizá que se entendiera también bajo el nombre de tierra el agua, a causa de su materia tangible, y que, de acuerdo con aquellas palabras de la Escritura: Hizo Dios el cielo y la tierra9, debamos pensar que están también comprendidas las aguas? Cuando la Escritura recuerda muchas veces estas dos partes, quiere que se entienda todo el universo, según aquellas otras palabras: Mi auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra10, y otras muchísimas parecidas. ¿O se dijo tal vez debajo de la tierra, porque la tierra, si no estuviera por encima de las aguas, no podría ser habitada por los hombres ni por los animales de la tierra?
6 (Dt 4,19). No sea que, mirando al cielo y viendo el sol y la luna y las estrellas y todo el adorno del cielo, yerres, adorando y dando culto a esas cosas que el Señor tu Dios distribuyó a todas las gentes que hay debajo del cielo. El texto no dice que Dios haya mandado que estas cosas sean veneradas por los gentiles, y que solamente su pueblo no les dé culto. El texto dice que o Dios ha previsto que los gentiles darían culto a estas cosas del cielo y, a pesar de preverlo, las ha creado, y pensó también que su pueblo no les daría culto, o que la palabra distribuyó se dice en el sentido en que se afirma en el Génesis que los astros quedarán como señales para los tiempos y para los días y para los años11, idea que el pueblo de Dios tiene en común con todas las gentes, pero no el culto que les han dado los demás pueblos12.
7 (Dt 4,23). No olvidéis la alianza que el Señor vuestro Dios ha concluido con vosotros ni hagáis semejanza alguna esculpida de todas las cosas que el Señor tu Dios te ha prohibido. Hablando aquí de un modo general, se ha puesto la palabra semejanza y se ha omitido donde hay una imagen, allí hay necesariamente una semejanza, aunque en imagen, porque si no se hace ninguna semejanza, es claro que no se hace ninguna imagen, porque donde hay una semejanza no por eso hay allí necesariamente una imagen.
8 (Dt 4,32). Hay que indagar el sentido de estas palabras: Preguntad a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra y desde un extremo a otro del cielo; se sobrentiende: preguntad. Parece que se indica aquí todo el orbe de la tierra. Pero no es fácil saber por qué se dice: desde un extremo a otro del cielo, y no se dice: «desde un extremo a otro de la tierra». Una expresión parecida aparece también en el Evangelio, cuando el Señor dice que los elegidos serán congregados desde un extremo a otro de los cielos13. Quizá se quiera decir aquí que ni los hombres ni los ángeles oyeron jamás decir lo que Dios ha hecho de singularísimo con este pueblo. Pues el texto sigue diciendo: Si se ha hecho alguna cosa tan grande como ésta; si se ha oído algo semejante. Si algún pueblo ha oído la voz del Dios vivo hablando de en medio del fuego, como tú la has oído y has sobrevivido14. Y si la cosa es así, es decir, que Dios diga que ni los hombres ni los ángeles han oído cosa parecida, ¿qué significan aquellas palabras del Evangelio: desde un extremo a otro de los cielos, cuando el Señor dice esto al hablar de la última reunión de sus elegidos?
9 (Dt 5,2-4). ¿Qué significan estas palabras: El Señor vuestro Dios ha concluido con vosotros una alianza en el Horeb. El Señor no concluyó esta alianza con vuestros padres, sino con vosotros, con vosotros que estáis aquí todos vivos. Cara a cara os habló el Señor en el monte de en medio del fuego? ¿Es que los que no entran en la tierra prometida —pues murieron todos— no pertenecen a esta alianza, cuyo reconocimiento se efectuó entonces cuando fueron contados desde los veinte años para arriba hasta los cincuenta como personas hábiles para la guerra?15 ¿Y cómo les habló el Señor a los que viven hoy? ¿Quizá porque los de veinte años para abajo, que podrían acordarse bien de esto, pudieron ser muchos entonces, libres de aquel castigo que Dios estableció para los que fueron contados entonces, diciéndoles que no entrarían en la tierra prometida y dice esto a los que, aunque no tuvieran de veinte años para arriba, cuando Dios les hablaba en el monte, para poder ser contados entonces, no obstante, pudieron tener de diecinueve años para abajo hasta la niñez, de modo que pudieran ver, oír y retener en la memoria las cosas que se hicieron y se dijeron?
Pero ¿qué significan estas palabras: Cara a cara os habló el Señor, que dice a los que poco antes procuró amonestar seriamente advirtiéndoles que no habían visto ninguna imagen, sino que sólo habían oído una voz procedente de en medio del fuego?16 ¿Usó quizá de esas palabras por la evidencia de las cosas y por la presencia de alguna manera de la manifestación de la divinidad, de la que nadie podría dudar? Y si la cosa es así, ¿qué problema hay en entender esto mismo de Moisés, cuando acerca de él se dice que el Señor habló con él cara a cara17, de modo que ni siquiera él viera con sus ojos fuera del fuego? ¿O hay que pensar que vio alguna otra cosa más, ya que se dice que él entró en la niebla o en la nube donde estaba Dios?18 Pero, aunque hubiera visto alguna otra cosa distinta de la que vieron aquéllos, no puede deducirse que él hubiera visto la sustancia de Dios con sus ojos mortales, de las palabras que dirigió a Dios diciéndole: Si he hallado gracia ante ti, muéstrate a mí, para que te vea claramente19. Por lo demás, no hay que pensar que este pueblo, a quien hablaba Moisés, hubiera visto entonces a Dios cara a cara, cuando hablaba en el monte de en medio del fuego, como dice el Apóstol que nosotros le veremos en el más allá, con estas palabras: Ahora vemos en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. A continuación dice qué es y cuánto es esto: Ahora conozco de un modo imperfecto; pero entonces conoceré como soy conocido20. Pero esto mismo hay que tomarlo con cautela, para que el hombre no piense que va a tener tanto conocimiento de Dios como el que Dios tiene ahora del hombre, sino que, según su capacidad, tendrá un conocimiento tan perfecto, que no tendrá que esperar que se le añada nada más. Porque con la misma perfección con que ahora Dios conoce al hombre y lo hace como Dios con respecto al hombre, así entonces el hombre conocerá perfectamente a Dios y lo hará como el hombre con respecto a Dios. Y aunque se haya dicho: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto21, no por eso debemos esperar la igualdad con el Padre que tiene el Verbo Unigénito. A pesar de todo, no han faltado quienes han pensado que sucederá esto también, a menos que entendamos mal lo que dicen.
10 (Dt 5,5). ¿Qué significan estas palabras: Y yo estaba entonces entre el Señor y vosotros para anunciaros las palabras del Señor? ¿Se trata de que el Señor estaba en algún lugar, es decir, en el monte, de donde ellos oían las voces? Esto no hay que tomarlo en el sentido de que por este texto debamos pensar que la sustancia de Dios está en algún lugar corporal, pues Dios está todo en todas partes, sin acercarse o alejarse por distancias locales. Las manifestaciones de Dios no se muestran de otra manera a los sentidos humanos en aquella criatura que no es él. Por eso, el Señor, queriendo apartar nuestra mente de las sospechas por las que se piensa que Dios está contenido en un lugar, dice así: Vendrá un tiempo en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis. Nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero viene un tiempo y es éste, en el que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Pues el Padre busca a quienes le adoren de esta manera. Dios es espíritu, y los que le adoran, deben adorarle en espíritu y en verdad22. Moisés, por consiguiente, dijo que era un intermediario, no entre la sustancia de Dios y el pueblo por una distancia local, sino porque el pueblo prefirió oír por medio de él las restantes palabras de Dios, después de haber quedado aterrorizado al oír, procedente de en medio del fuego, la voz del Señor que promulgaba el Decálogo23.
Pero con toda razón podemos investigar el sentido de estas palabras de Moisés recogidas por el Deuteronomio: Y yo estaba entonces entre el Señor y vosotros para anunciaros las palabras del Señor, porque teníais miedo del fuego y no subisteis al monte, diciendo: «Yo soy el Señor tu Dios»24, etc. Estas son ya palabras del Señor contenidas en el Decálogo. ¿Qué significa, pues, la adición: diciendo? Si pensáramos que hay hipérbaton y que el orden de palabras sería: Y yo estaba entonces entre el Señor y vosotros para anunciaros las palabras del Señor, diciendo: «Yo soy el Señor tu Dios», entonces esto no es verdad. Pues el pueblo no oyó estas palabras por medio de Moisés, sino que las oyó de en medio del fuego. El pueblo no pudo soportar esto. Cuando oyó el Decálogo, pidió que el resto se lo dijera Moisés. En definitiva, la palabra: diciendo, significa como si se hubiera dicho: cuando decía. Y el sentido sería: Yo estaba entonces entre el Señor y vosotros para anunciaros las palabras del Señor, porque teníais miedo del fuego y no subisteis al monte, cuando decía: «Yo soy el Señor tu Dios». Se sobreentiende: «cuando decía el Señor». Al decir el Señor estas palabras mencionadas a continuación, tomándolas del Decálogo, el pueblo tuvo miedo entonces ante el fuego y no subió al monte, y rogó que el Señor le hablara más bien por medio de Moisés25.
Moisés recuerda en el Deuteronomio que el pueblo le dijo esas palabras, porque no quería oír más la voz del Señor, sino que pedían que Dios les hablara por medio de Moisés, diciendo: Mira, el Señor nuestro Dios nos ha mostrado su gloria y hemos oído su voz de en medio del fuego26, etc. En el Éxodo no dice exactamente lo mismo cuando se cuentan por primera vez las cosas que se repiten aquí27. Pero como ya hemos recordado algunas otras veces, no debemos pensar que hay que atribuir a una mentira el hecho de que la misma decisión se exprese con cualesquiera otras palabras, y esto en atención también a las propias palabras de los evangelistas, que los ignorantes y calumniadores afirman que se contradicen entre sí. Para Moisés, en realidad, no era nada difícil atender a lo que había escrito en el Éxodo y repetirlo con las mismas palabras, si no correspondiera a nuestros santos doctores insinuar esto mismo a los discípulos diciéndoles que no deben buscar, en las palabras de los que hablan, ninguna otra cosa más que la intención con que se han puesto las palabras para indicarla.
11 (Dt 5,29). ¿Qué significa lo que dice Moisés que le dijo el Señor acerca del pueblo hebreo con estas palabras: ¡Quién hará que sea tal su corazón que me teman y guarden mis mandamientos!? ¿Pretende el Señor decir que hay que entender ya aquí que se otorga por su gracia este favor, a saber: que la justicia de Dios esté en los hombres por la fe, no como propia igual que si proviniera de la ley?28 Esta idea la indica el texto aquel del profeta, cuando dice el Señor: Les quitaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne29. Y esto se dice atendiendo al sentido que tiene la palabra carne y que no tiene la palabra piedra, porque esta palabra se emplea en sentido metafórico. El profeta dice esto mismo en otro sitio: He aquí que vienen días, dice el Señor, en que concluiré con la casa de Israel y con la casa de Judá una nueva alianza; no como la alianza que hice con sus padres el día en que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto. Porque ésta será la alianza que hice con ellos: Después de aquellos días pondré mis leyes en su corazón y las escribiré sobre su mente, y no me acordaré más de sus iniquidades ni de sus pecados30. Aquí distingue la nueva alianza de la antigua, pues en la antigua se dio la ley en tablas de piedra; en la nueva, en cambio, se dio en los corazones, cosa que se realiza por la gracia. Por eso dice también el Apóstol: No en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón. Y en otro sitio dice: Nos hizo ministros capacitados para la nueva alianza, no de la letra, sino del Espíritu31.
12 (Dt 6,13). Lo que dice acerca del Señor: Y en su nombre jurarás, no hay que tomarlo en el sentido de que haya mandado jurar, sino que lo que ha hecho es prohibir jurar en el nombre de otra divinidad. Pero, como dice el Evangelio, es mejor no jurar32; no porque sea malo el juramento verdadero, sino para no caer en el perjurio por la facilidad en jurar. Porque el que jura, no sólo puede jurar lo verdadero, sino también lo falso. Y el que no jura nunca, anda lejos del perjurio.
13 (Dt 8,2). Y recordarás todo el camino que te hizo andar por el desierto el Señor tu Dios para afligirte y probarte y dar a conocer lo que hay en tu corazón, si vas a guardar o no sus mandamientos. Aquí se dice más claramente lo que en otro lugar está oscuro, debido al género de expresión que se utiliza: El Señor vuestro Dios os prueba para saber si le amáis33. Ya se comprende que el autor pone «para saber» como equivalente de «para hacer que se sepa». Y esto mismo se dice aquí con toda claridad: Para probarte y dar a conocer lo que hay en tu corazón. No dice: «y conocer»; porque, si lo dijera, había que entender: «dar a conocer».
14 (Dt 9,6). Y sabrás hoy que el Señor Dios tuyo no te da en herencia esta tierra espléndida por tus méritos, porque eres un pueblo de dura cerviz. Ciertamente, éstos son los que no merecieron perecer en el desierto, porque no supieron distinguir entre la derecha y la izquierda. Pero ahora se dice de ellos que son de dura cerviz34. Por consiguiente, hay que ver que estas palabras encierran un misterio, no que se ensalcen los méritos de estos hombres. Y así, para que nadie piense que éstos se han hecho súbitamente vituperables, cuando poco antes se alabaron sus méritos, se les dice un poco después: Acuérdate; no te olvides de cuánto irritaste al Señor tu Dios en el desierto: Desde el día en que salisteis de la tierra de Egipto hasta que vinisteis a este lugar, continuabais siendo incrédulos con respecto al Señor35. Si algunos de ellos eran incrédulos, y otros fieles y buenos, tampoco se les concede la tierra prometida a los que no saben distinguir entre la derecha y la izquierda, de modo que lo entendamos en el sentido de que no hayan ofendido a Dios. Porque sus padres, que murieron, y a quienes no se les permitió entrar en aquella tierra, se ve que fueron también como éstos, y así también entre ellos hubo algunos buenos. Por eso el Apóstol dice que no todos, pero sí algunos de ellos, cometieron pecados y menciona esos pecados36. Este texto del Deuteronomio enseña también con total evidencia que éstos fueron semejantes a sus padres. Pues añade a continuación: Y en el Horeb irritasteis al Señor37. De donde se sigue que ciertamente le irritaron aquellos a los que por sus mismas malas acciones no se les permitió entrar en la tierra prometida.
15 (Dt 10,1-4). Entonces el Señor me dijo: «Lábrate dos tablas de piedra como las primeras y sube adonde yo estoy en la montaña, y te harás un arca de madera. Y yo escribiré en las tablas las palabras que había en las tablas primeras que rompiste. Y tú las colocarás en el arca» Y yo hice un arca de madera incorruptible y labré dos tablas de piedra como las primeras y subí al monte con las dos tablas en mis manos. Y él escribió en las tablas lo mismo que había escrito antes, las diez palabras que el Señor os había dicho en el monte de en medio del fuego. Y el Señor me las entregó. Podemos preguntarnos con razón por qué Moisés recoge y repite en el Deuteronomio de un modo distinto unos hechos que, cuando se narran en el Éxodo como dichos y realizados por primera vez, se describen así: Y dijo el Señor a Moisés: «Escribe estas palabras; pues según estas palabras establecí contigo y con Israel esta alianza». Y Moisés estuvo allí en presencia del Señor cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan ni bebió agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, los diez mandamientos38. Pues bien, si en el Éxodo se dice que el propio Moisés escribió en las tablas los diez mandamientos de la Ley, ¿cómo se dice aquí, en el Deuteronomio, que Dios escribió en las tablas esos mismos mandamientos?
Por último, cuando traté incidentalmente lo que se dice en el Éxodo y cuando puse por escrito lo que me pareció acerca de aquella diferencia, dije la razón de por qué se dice que las primeras tablas rotas por Moisés fueron escritas por el dedo de Dios y, en cambio, las segundas, que habían de permanecer tanto tiempo en el arca y en el tabernáculo, se dice que fueron escritas por Moisés. Dije también allí que por esta diferencia se habían significado los dos Testamentos; en el Antiguo se presenta la ley como obra de Dios, en la que el hombre no intervino para nada, ya que la ley no podría cumplirse por el temor, puesto que cuando de verdad se cumple la ley, se cumple por el amor, no por el temor, y este amor es la gracia del Nuevo Testamento39. Por eso, cuando se habla de las segundas tablas, se dice que el hombre escribió las palabras de Dios, puesto que el hombre puede realizar la obra de la ley por el amor de la justicia, cosa que no puede hacer por el temor de la pena.
Pues bien, cuando se habla en el Deuteronomio de las segundas tablas, se dice lo siguiente: Y labré dos tablas de piedra como las primeras y subí al monte con las dos tablas en la mano. Y él escribió en las tablas lo mismo que había escrito antes, las diez palabras40 no dice, «y escribí», sino y escribió, es decir, Dios, como poco antes había dicho las palabras que Dios le había dirigido: habrá dos tablas de piedra como las primeras y sube adonde yo estoy en la montaña, y te harás un arca de madera. Y yo escribiré en las tablas las palabras que había en las tablas primeras41. Surge pues, la cuestión, que es preciso discutir, de que aquí se lee que fue Dios, y no el hombre, quien escribió las dos tablas las primeras y las segundas. Ahora bien, si en el Éxodo se leen las palabras con que Dios manda a Moisés que se labren otras tablas, no se encuentra otra cosa sino que Dios mismo prometió que él las escribiría. El texto dice así: Y dijo el Señor a Moisés: «Labra dos tablas de piedra como las primeras y sube adonde yo estoy en la montaña. Y yo escribiré en las tablas las palabras que había en las tablas primeras, que tú rompiste»42. Por tanto fuera del Deuteronomio, sólo el Éxodo trata también esta cuestión sobre el modo como ordenó Dios: Y yo escribiré en las tablas las palabras que había en las tablas primeras. Pues un poco más adelante se dice: Escribe estas palabras; pues según estas palabras establecí contigo y con Israel esta alianza. Y Moisés estuvo allí en presencia del Señor cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan ni bebió agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, los diez mandamientos43. Porque si lo que se dijo antes: Escribe estas palabras; pues según estas palabras establecí contigo y con Israel esta alianza, pertenece a lo anterior, cuando Dios mandaba estas cosas, que no se escribirían en las dos tablas de piedra, sino en aquel libro de la ley en el que están escritas muchas cosas, entonces lo que sigue: Y Moisés estuvo allí en presencia del Señor cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan ni bebió agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, los diez mandamientos, demuestra con claridad que Moisés fue el que escribió en las tablas estos diez mandamientos y no Dios. A no ser que, cuando se dice: Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, los diez mandamientos, nos veamos obligados a entender de un modo violento, pero impulsados por una cierta necesidad, que no fue Moisés quien lo hizo, sino el Señor —porque antes se dice: Y Moisés estaba allí en presencia del Señor—. Y de este modo tendríamos que aceptar que estos diez mandamientos fueron escritos en las tablas por el Señor, como antes había prometido, en cuya presencia estaba Moisés cuarenta días y cuarenta noches sin comer pan ni beber agua.
Y si esto es así, entonces de ningún modo puede insinuarse en estas palabras aquella diferencia entre los dos Testamentos, que me parecía a mí reflejada allí, puesto que lo mismo las primeras que las segundas tablas las habría escrito, no el hombre, sino Dios. Pero aquella diferencia no ofrece duda alguna, porque las primeras tablas no sólo las hizo Dios, sino que también las escribió Dios. Y en aquella ocasión no se dijo a Moisés: Lábrate dos tablas, sino que el texto dice así: Moisés se volvió y bajó del monte con las dos tablas de la alianza en sus manos; tablas de piedra, escritas por ambas partes; estaban escritas por uno y por otro lado; y las tablas eran obra de Dios, y la escritura grabada en las tablas, era escritura de Dios44. Ya antes se había dicho que estas tablas habían sido escritas por el dedo de Dios. El texto dice así: Y tan pronto como dejó de hablar a Moisés en el monte Sinaí, le dio inmediatamente las dos tablas de la alianza, tablas de piedra escritas por el dedo de Dios45. Allí, no sólo las tablas eran obra de Dios, sino que la escritura de las tablas había sido trazada por el dedo de Dios. En cambio, por lo que respecta a las segundas tablas, Moisés recibe la orden de labrarlas él en persona. Así se entiende naturalmente que fueron labradas por la mano del hombre, aunque las haya escrito Dios, como prometió cuando mandó labrarlas. Pero si prestamos un poco más de atención, vemos que con respecto a las segundas tablas se dijeron ambas cosas, porque no sólo Dios realiza por su gracia la obra de la ley en el hombre, sino que el hombre, recibiendo por su fe la gracia de Dios, que pertenece al Nuevo Testamento, es cooperador de Dios que da su ayuda —por eso, en las primeras tablas sólo se menciona la obra de Dios, pues la ley es espiritual y la ley es santa, y el mandamiento es santo y justo y bueno46. Pero no se menciona allí ninguna obra del hombre, pues los infieles no se moderan con la ayuda de la gracia, sino que, ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios47. Por eso la ley les sirve de condenación, y eso es lo que significa la rotura de las tablas—. Evidentemente, no nos vemos obligados a sobrentender, violentando la intelección del texto, que Dios escribió, cuando la Escritura dice que Moisés estuvo allí en presencia del Señor cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan ni bebió agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza48. En este texto se oye claramente que Moisés escribió. Pero Dios prometió escribir anteriormente, y en el Deuteronomio se narra que no sólo lo prometió, sino que lo realizó, para significar lo que dice el Apóstol: Pues Dios es el que obra en nosotros no sólo el querer, sino también el obrar según le place49. Actúa en los que por medio de la fe reciben la gracia y no pretenden establecer su justicia, sino que están sometidos a la justicia de Dios, para que ellos mismos sean justicia de Dios en Cristo. El Apóstol, en aquel texto, dice ambas cosas: que Dios obra y que ellos obran. Porque si ellos no obraran, ¿cómo podría decírseles: con temor y temblor obrad vuestra propia salvación?50 Así, pues, Dios obra; nosotros cooperamos; pues no hace desaparece la decisión de la buena voluntad, sino que la ayuda.
16 (Dt 10,8-9). En aquel tiempo separó el Señor a la tribu de Leví para llevar el arca de la alianza del Señor, para estar en presencia del Señor, para servirle y orar en su nombre hasta el día de hoy. Por eso los levitas no tienen parte ni herencia con sus hermanos; el Señor es su parte, como se lo dijo. Si esta tribu no significara todo el sacerdocio regio, que pertenece al Nueves Testamento, no se hubiera atrevido nadie que no fuera de aquella tribu a decir: Mi parte es el Señor51, y en otro salmo: El Señor es la parte de mi herencia52.
17 (Dt 11,20). Recordando las palabras del Señor, Moisés manda lo siguiente: Y escribirás esas palabras sobre las jambas de vuestras casas y de vuestras puertas. Como literalmente no se recuerda ni se lee que lo haya hecho ningún israelita, porque en realidad nadie puede hacerlo, a no ser que distribuya esas palabras por muchas partes de su casa, ¿qué significa esto? ¿Se trata quizá de un mandato hiperbólico, como otros muchos que hay?
18 (Dt 12,11). Hay que indagar por qué manda la Escritura que los diezmos de todos los frutos y los primogénitos de los ganados no se coman más que en la ciudad en que haya templo, cuando en realidad se mandó en la ley que se dieran a los levitas.
19 (Dt 13,1-3). Si surge en medio de ti un profeta o un vidente de sueños y te da una señal o un prodigio, y se realiza esa señal o prodigio que te anunció, diciendo: «Vayamos y sirvamos a otros dioses, que vosotros no conocéis», no oiréis las palabras de aquel profeta o de aquel vidente de sueños, porque el Señor vuestro Dios os prueba para saber si amáis al Señor vuestro Dios de todo vuestro corazón y con toda vuestra alma. Algunos traductores latinos no pusieron: para saber (scire) si amáis, sino: para que sepa (ut sciat) si amáis. Aunque el sentido de la frase parezca el mismo, sin embargo, la expresión: para saber (scire) se refiere más fácilmente a los israelitas. De modo que la frase: os prueba para saber, equivale a: «probándoos os hace saber». Y aquí, naturalmente, el Señor quiso que se entendieran también aquellas cosas que dicen los adivinos, que no están de acuerdo con Dios si sucede lo que ellos dicen. Y estas cosas no hay que tomarlas como si sucediera lo que ellos mandan o se veneraran las cosas que ellos veneran. Y Dios no dice que se halle al margen de su poder el hecho de que sucedan estas cosas. Expone más bien, como si se preguntara por qué las permite, que el motivo de la prueba es para conocer el amor que le tienen y si ese amor es un amor a su Dios. Y, naturalmente, son ellos los que deben saber si le aman, y no Dios, pues Dios sabe todas las cosas antes de que sucedan.
20 (Dt 14,28-29). Después de tres años separarás todos los diezmos de tus frutos; en aquel año pondrás esto en tus ciudades; y vendrá el levita, porque no tiene parte ni herencia contigo, y el forastero y el huérfano y la viuda que están en tus ciudades y comerán y se saciarán, para que el Señor tu Dios te bendiga en todas las obras que hagas. No dice que él coma con los suyos de este diezmo. Y por eso manda que se dé a los levitas y a los forasteros, y a los huérfanos y a las viudas. Pero el tema no está claramente expresado, ya que este diezmo no se distingue de aquel otro que se ordenó que se comiera con los levitas en el lugar que el Señor eligiera para su templo. En la traducción hecha directamente del hebreo encontramos esto expresado más claramente. El texto dice así: Al tercer año separarás otro diezmo de todas las cosas que te nazcan en ese tiempo, y lo pondrás dentro de tus puertas. Y entonces vendrá el levita, que no tiene otra parte ni posesión contigo, y el forastero, y el huérfano y la viuda, que están dentro de tus puertas, y comerán y se saciarán, para que el Señor tu Dios bendiga en todas las obras de tus manos que realices. En primer lugar, ya está más claro lo que se dice al principio: Al tercer año. Esto significa que hay un año intermedio entre uno y otro. En cambio, en los Setenta, se dice: Después de tres años. Y por eso, no se sabe si quieren decir que debe haber tres años intermedios, de modo que eso se realizara cada cinco años. Además, cuando el texto dice: Y separarás otro diezmo, ya muestra claramente que no se trata del diezmo que debe comer el mismo que lo ofrece con los suyos y con los levitas en el lugar que haya elegido el Señor. Con respecto a este otro diezmo se ha mandado ponerlo dentro de las propias puertas, y no llevarlo a aquel lugar en el que el Señor ha querido ser invocado. Dice así: Y vendrá el levita, que no tiene otra parte ni posesión contigo, y el forastero y el huérfano y la viuda, que están dentro de tus puertas y lo comerán. De aquí se deduce claramente que Dios no quiso que este diezmo fuera común, para el que lo ofrece y para aquellos a quienes se da, sino que mandó que se diera únicamente a los que no tuvieran otra cosa, entre los cuales se menciona principalmente el levita. Después de siete años harás remisión53. Aquí aparece claramente por qué antes se dijo también: Después de tres años. En efecto, el Señor tampoco quiso que estos siete años fueran intermedios. Mandó pagar cada año el diezmo, como si se tratara de la observación de un sábado de años.
21 (Dt 15,9). Guárdate que no surja en tu corazón una palabra oculta, una iniquidad, diciendo: «Se acerca el año séptimo, el año de la remisión», y mires con malos ojos a tu hermano pobre y no le des nada; él clamará contra ti al Señor y habrá en ti un gran pecado. Se llama a esto muy apropiadamente palabra oculta, porque nadie que hubiera podido pensar esto, se atrevería a decir que no habría que dar nada prestado a un indigente al acercarse el año de la remisión, cuando Dios, para que se practique la misericordia, mandó ambas cosas: dar prestada una cosa cuando uno la necesita y perdonarla el año de la remisión. Porque ¿cómo puede uno perdonar misericordiosamente en aquel año en que hay que perdonar, si piensa cruelmente que no hay que dar nada en aquel tiempo en que hay que dar algo?
22 (Dt 15,12). Pero si te ha sido vendido tu hermano hebreo o hebrea, te servirá seis años, y en el séptimo lo dejarás ir libre. El Señor no ha querido que estos siervos comprados quedaran libres el año de la remisión, que todos debían observar el año séptimo, sino en el séptimo después de la compra, cualquiera que fuera este año.
23 (Dt 15,19). Todo primer nacido que nazca en tus vacas o en tus ovejas, si es macho, lo consagrarás al Señor tu Dios. Hay que investigar si a los que en griego se les llama protótoka y en latín sólo pueden llamarse «primogénitos» (primogénita) son solamente los que nacen de las madres, ya que estas criaturas propiamente son más bien paridas que no engendradas. En efecto, parir corresponde en griego a tíktein, que es un acto de la hembra —de donde se deriva protótokon—; engendrar, en cambio, corresponde a gennan, por lo que en latín se dice propiamente «primogénito». Pues bien, de las hembras se daban los primeros que nacían, es decir, las criaturas que eran paridas las primeras, no las que eran engendradas las primeras por los maridos, en el caso de que fueran engendradas de mujeres viudas, que ya habían parido. Porque de otro modo no serían estas criaturas las que abrirían el seno materno, hecho en el que se basa propiamente la ley de los que nacían los primeros y que debían ser consagrados al Señor. Ahora bien, si en estas palabras hay una cierta distinción, entonces no se dice en vano que el Señor no es monótokos; (único nacido) del Padre, sino monogenés —es decir, unigénito, porque es único—; pero en latín ciertamente se dice primogénito de entre los muertos54, porque la palabra latina no puede componerse de ese modo, según nuestra manera de hablar; en griego, en cambio, se dice protótokos (primer nacido) y no protogenés (primer engendrado), como si el Padre hubiera engendrado a uno igual a sí mismo, y, en cambio, la criatura lo hubiera parido. El texto que dice: Primogénito de toda la creación55, en donde también aparece la palabra griega protótokos, puede entenderse de acuerdo con la nueva creación, acerca de la cual dice el Apóstol: Si, pues, es en Cristo una nueva creación56. Cristo es el primero de esta creación, porque resucitó el primero para no volver a morir, y para que la muerte no le vuelva a dominar57, cosa que se promete que ha de ser así al fin para la nueva creación que tiene lugar en él. Pero esta distinción no se puede afirmar temerariamente, sino que hay que investigarla con más diligencia en las Escrituras. Porque llama la atención cómo ha podido decirse en los Proverbios: Primogénito, a ti te lo digo, hijo58, es decir, de qué persona se entiende que se ha dicho. Si se refiere a Cristo como dicho por parte de la persona de Dios Padre —y es difícil afirmar que lo que sigue se ajusta a esta interpretación—, entonces la Escritura llama primogénito al mismo que también es unigénito: primogénito, porque también nosotros somos hijos de Dios59; unigénito, porque sólo él es de la sustancia del Padre, igual al Padre y eterno como él. Pero es algo que llama la atención saber si la Escritura distingue con argumentos totalmente claros entre parir y engendrar.
24 (Dt 16,2). E inmolarás como víctima pascual al Señor tu Dios ovejas y bueyes. ¿Qué significa que aquí se añada «bueyes» cuando, al tratar de la inmolación de la Pascua, sólo se habló de ovejas que había que tomar, o de las ovejas y de los cabritos o de las cabras? Esto hay que interpretarlo místicamente refiriéndolo a Cristo, cuyo origen carnal procede de justos y pecadores. El texto no dice: de ovejas o cabras, aunque no podría entenderse en sentido propio oveja de las cabras. Pero para que los judíos no dijeran que tal vez habría que sobrentender un macho cabrío, si se hubiera dicho: «o de las cabras», por eso se dijo: de las ovejas y de las cabras60. Y ¿qué significan aquí los bueyes? ¿Se mencionan quizá a causa de otros sacrificios que había que ofrecer en los mismos días de los ácimos?
25 (Dt 16,9-11). Hay que indagar la razón de por qué se ha mandado observar lo que se dice a continuación: Contarás siete semanas enteras. Al comenzar a poner la hoz en la mies comenzarás a contar las siete semanas. Y celebrarás el día de fiesta de las semanas en honor del Señor tu Dios, según pueda tu mano, conforme a las cosas que el Señor te haya dado, en la medida en que el Señor tu Dios te haya bendecido. Y comerás en presencia del Señor tu Dios. Si esta fiesta de Pentecostés debía observarla todo el pueblo, ¿hay que pensar quizá que todos recibieron la orden de ponerse a segar la mies el mismo día? Pero si cada uno observa por su cuenta esta quincuagésima, contando desde el día en que se pone a segar la mies, no es la misma para todo el pueblo. En cambio, sí es una la que se cuenta desde la inmolación de la Pascua hasta el día en que se dio la ley en el Sinaí.
26 (Dt 17,14-15). Si llegas a entrar en la tierra que el Señor tu Dios te da en suerte y la heredas y habitas en ella, dirás: «Pondré sobre mí príncipes como las demás naciones que están en torno a mí». Deberás poner sobre ti un príncipe que haya elegido el Señor tu Dios, de entre tus hermanos pondrás sobre ti un príncipe; no podrás poner sobre ti un hombre extranjero, porque no es hermano tuyo. Podemos preguntarnos por qué desagradó al Señor el pueblo, al desear tener un rey61, cuando aquí aparece como una cosa permitida. De este pasaje hay que entender más bien que no lo hicieron razonablemente según la voluntad de Dios, ya que Dios no mandó que lo hicieran, sino que sólo lo permitió a los que lo deseaban. Lo que sí mandó fue que no hicieran rey a un extranjero, sino a un hermano, esto es, a una persona originaria del mismo pueblo, no forastera. Las palabras: No podrás significan: «no deberás».
27 (Dt 17,17). Al hablar del rey, el texto dice así: Y no tendrá muchas mujeres, para que no se descarríe su corazón. Tampoco se procurará demasiada plata ni oro. Basándonos en este texto podemos preguntar si David no obró en contra de este precepto, pues no tuvo una única mujer62. Salomón transgredió claramente este precepto, no sólo en cuanto a mujeres, sino en cuanto a la plata y el oro. Pero de aquí se deduce más bien que se permitió a los reyes tener más de una mujer. Se les prohibió tener muchas. Esta prohibición no fue transgredida si un rey tuvo pocas mujeres, como fue el caso de David. Pero no se debía tener muchas, como Salomón. Cuando el texto añade: para que no se descarríe su corazón, parece más bien querer decir qué no debe tener un número grande, para que no llegue a tener mujeres extranjeras, las cuales, en el caso de Salomón, hicieron que su corazón se apartara de Dios63. Pero un número grande de mujeres se prohibió de una manera general, de modo que, aunque se tratara de un número grande de mujeres hebreas, podría afirmarse con razón que el rey en este caso habría obrado en contra de este precepto.
28 (Dt 18,6-8). Si llega un levita de una de tus ciudades, donde reside, de entre todos los hijos de Israel, según lo que desea su alma, hacia el lugar que haya elegido el Señor —es decir, si deseó ir al lugar en donde se invoca al Señor— y oficiará en el nombre del Señor su Dios, como todos sus hermanos los levitas que están allí delante del Señor; comerá la porción distribuida, además de la venta que le corresponda por familia. No está claro a qué se refiere esta venta. Quizá se trate de los diezmos y de las primicias, que se manda vender a los que viven lejos, para que no se vean obligados a llevar muchas cosas al lugar donde se invoca al Señor o a llevar los ganados para volver a comprarlos allí por el mismo precio. Había ordenado el Señor que tuviera allí la porción correspondiente a los levitas quien permaneciera en aquella ciudad en la que se le debían dar los diezmos y primicias. Y el texto dice que esto se le debe dar a los levitas según su familia, porque es necesario que se le conserve lo que le viene por herencia, por el hecho de suceder a sus padres, y esto es lo que se ha mostrado a los padres.
29 (Dt 18,10-11). Como el Señor prohíbe que haya buscadores de prodigios en el pueblo de Dios, hay que indagar cómo estos prodigios, cuya búsqueda se prohíbe, pueden distinguirse de aquellos otros que tienen origen divino y se dan de manera que sea preciso que se indique su significado. Así, por ejemplo, todos los milagros que se encuentran en las Escrituras y significan algo relativo a la regla de la fe. De este modo explicamos, por ejemplo, el significado del vellón seco, estando la era llena de rocío, o el vellón lleno de rocío, estando la era seca64, o la vara de Aarón que floreció65 y produjo almendras, y otros ejemplos parecidos. Por consiguiente, como se distinguen las adivinaciones, que se prohíben a continuación, de las predicciones y anuncios de los profetas, así también hay que distinguir esas búsquedas de los prodigios de los significados que tienen los milagros divinos.
30 (Dt 20,4). Porque el Señor vuestro Dios, que va delante de vosotros, peleará juntamente con vosotros contra vuestros enemigos y os salvará. He aquí cómo también en las luchas espirituales hay que esperar y hay que pedir la ayuda de Dios, no para que no hagamos nada, sino para que, ayudados, cooperemos con él. Pues el texto dice así: Vencerá a vuestro lado. Así se demuestra que también ellos han de hacer lo que mostrase que hay que hacer.
31 (Dt 20,5-7). Y los escribas hablarán al pueblo, diciendo: «¿Quién es el hombre que ha edificado una casa nueva y no la ha estrenado? Que vaya y se vuelva a su casa, no sea que muera en la batalla y otro hombre la estrene. ¿Quién es el hombre que ha cavado una viña y no ha disfrutado de ella? Que vaya y se vuelva a su casa, no sea que muera en la batalla y otro hombre disfrute de ella. ¿Quién es el hombre que se ha casado con una mujer y no la ha tomado aún? Que vaya y se vuelva a su casa, no sea que muera en la batalla y otro hombre la tome por esposa». Pueden llamar la atención estas afirmaciones, como si murieran en la batalla más honrosamente quienes ya estrenaron sus edificios y ya disfrutaron de las viñas recién plantadas y ya se casaron que los que no hicieron esas cosas. Pero como estas cosas retienen el afecto humano y los hombres las tienen en gran estima, hay que entender, partiendo de este pasaje, que esto se dice a los que van a la guerra, para que aparezca quien es retenido por estas cosas en su ánimo, cuando se vuelve, para que no actúe menos valerosamente por motivo de ello, cuando tiene miedo de morir antes de estrenar la casa o disfrutar de su viña recién plantada o de casarse. Porque, en efecto, por lo que respecta a la mujer, se casa mejor con otro hombre una mujer intacta que una viuda. Pero estas cosas se mencionan, como he dicho, para conocer las intenciones de los hombres.
32 (Dt 22,5). No estarán los objetos del varón sobre la mujer. Se trata de los objetos bélicos, es decir, las armas, como ya han traducido así algunos traductores.
33 (Dt 22,13-21). Si uno se casa con una mujer y cohabita con ella, y le coge aversión y le impone palabras de ocasión y le propala mala fama y dice: «Me he casado con esta mujer y, al acercarme a ella, no la encontré virgen», entonces el padre y la madre de la muchacha, tomando las pruebas de la virginidad de la muchacha, las sacarán ante los ancianos, a la puerta, y el padre de la muchacha dirá a los ancianos: «Esta hija mía la di como mujer a este hombre y él, cogiéndole odio, ahora le impone palabras de ocasión, diciendo: No he encontrado la virginidad de tu hija. Pero he aquí la virginidad de mi hija». Y levantarán el paño delante de los ancianos de aquella ciudad, y los ancianos de aquella ciudad tomarán a aquel hombre y le castigarán y le impondrán una multa de cien siclos, y se los darán al padre de la muchacha, porque propaló una mala fama a una virgen israelita; y ésta será su mujer; no podrá repudiarla en toda su vida. Pero si es verdad esta cosa y no se encuentra la virginidad de la muchacha, entonces sacarán a la muchacha a la puerta de la casa de su padre y la apedrearán los hombres de aquella ciudad con piedras, y morirá, porque cometió una infamia entre los hijos de Israel, prostituyendo la casa de su padre, y así quitarás el mal de en medio de vosotros. Este texto demuestra claramente cómo la ley quería que las mujeres estuvieran sometidas a sus maridos y que las esposas fueran casi como criadas, porque, mientras la mujer era lapidada si se demostraba que era verdadero el testimonio que el marido aducía en contra de ella, el hombre no era lapidado si se demostraba que su testimonio había sido falso. Solamente se le castigaba y se le imponía una multa, y se le obligaba a permanecer durante toda la vida con la mujer de quien había querido separarse. En otros casos, la ley manda que se le aplique la misma pena con la que este hombre debería ser castigado si fuera verdad, a aquel que la ley ordenaba que se le matara si se probaba el falso testimonio con el que hubiera perjudicado a alguien.
34 (Dt 22,28-29). Si uno encuentra a una muchacha virgen, que no está prometida, y, haciéndole violencia, se acuesta con ella y es sorprendido, el hombre que se acostó con ella dará al padre de la muchacha cincuenta monedas de plata, y ella será su mujer, porque la ha humillado; no podrá repudiarla en toda su vida. Con razón puede uno preguntarse si es un castigo el que no pueda repudiar durante toda la vida a quien violó desordenada e ilícitamente. Porque si quisiéramos entender que ella no puede, mejor dicho, no debe ser repudiada durante toda la vida, porque se ha convertido en su mujer, entonces se presenta lo que permitió Moisés referente a dar el libelo de repudio y abandonar a la mujer66. Pero el legislador no permitió esto a los que obran ilícita y viciosamente, para que no parezca que el hombre lo hizo para ludibrio y más bien fingió que se casaba con ella en vez de casarse de verdad y voluntariamente. Esto mismo fue preceptuado también con respecto a la mujer a quien hubiera calumniado el marido, diciendo que no había encontrado las pruebas de su virginidad.
35 (Dt 23,3). El ammónita y el moabita no entrarán en la asamblea del Señor; no entrarán en la asamblea del Señor ni hasta la décima generación ni nunca. El problema reside en cómo entró Rut, que era moabita67, de quien hasta procede el Señor por vía natural68. Quizá haya que entender que se ha profetizado místicamente que entraría, al decir el texto: hasta la décima generación. Porque las generaciones se computan a partir de Abraham, cuando vivía también Lot, que engendró a los moabitas y a los ammonitas de sus propias hijas69, y se descubre que, contando al propio Abraham, hay diez generaciones hasta Salomón, que engendró a Booz, marido segundo de Rut. Las generaciones son éstas: Abraham, Isaac, Jacob, Judá, Fares, Esrom, Aram, Aminadab, Naasón, Salmón. Salmón engendró a Booz70, que se casó con Rut, que era viuda. Por eso se ve que después de la décima generación dejó descendencia en la asamblea del Señor, dándole hijos a Booz. Pero podemos aún preguntar con razón por qué se añade: ni nunca. ¿Acaso porque después que se cumplió la profecía con esta décima generación no entró ninguna otra persona de los ammonitas y moabitas en la asamblea del pueblo hebreo? ¿O se dijeron más bien estas palabras: ni hasta la décima generación, para querer decir, a través de una cierta universalidad del número diez, que nunca entrarían, de tal modo que el autor viniera a decir esto mismo, añadiendo las siguientes palabras: ni nunca? Y si esto es verdad, entonces parece ser que Rut fue admitida en contra de esta prohibición. ¿O se prohibió admitir a los ammonitas y no a las ammonitas, esto es, a los hombres y no a las mujeres? Esta solución se entendería sobre todo porque, cuando los israelitas vencieron a aquella gente, recibieron la orden de matar a todos los varones y no a las mujeres, a no ser a las que habían tenido relaciones sexuales con los hombres71, puesto que estas mujeres habían arrastrado al pueblo a la fornicación. Pero quisieron perdonar la vida a las vírgenes, no imputándoles la culpa por la que aquella gente mereció la derrota. Y se recuerda aquí también a esta gente, como si se preguntara por qué el Señor no habría querido admitir a los moabitas y a los ammonitas en la asamblea del Señor. Para explicarlo, se añade: Porque no vinieron a vuestro encuentro con pan y con agua cuando estabais de camino a la salida de Egipto, y porque llevaron contra ti a Balaam, hijo de Beor, de Mesopotamia, para maldecirte72. Estas culpas, ni siquiera entonces, cuando aquel pueblo fue derrotado, se las imputaron a las mujeres, a las que prefirieron guardar con vida.
36 (Dt 23,15-16). No entregarás a su amo el esclavo que se haya unido a ti, huyendo de su amo. No se trata de que su amo lo haya unido, esto es, encomendado —porque entonces se diría más bien lo haya colocado—, sino que se trata de que se haya unido, viniendo de su amo, es decir, unido a éste después de haberse alejado de aquél. La ley no prohíbe, pues, recibir a los fugitivos. Prohíbe más bien devolverlos. Podría pensarse así, si no entendiéramos que todo esto se dice a la nación y al pueblo, y no a un hombre particular. Por eso se ha prohibido devolver al hombre que huya de su señor, es decir, de su rey, procedente de otra nación, y que busca refugio en la nación a la que se refiere. Así el extranjero Ammán, rey de Gat, guardó a David, cuando se refugió en su territorio, huyendo de la presencia de su señor, el rey Saúl73. La Escritura lo explica con toda claridad cuando dice acerca del que busca refugio: Habitará entre vosotros, en cualquier lugar que le plazca.
37 (Dt 23,17). No habrá meretriz entre las hijas de Israel ni habrá hombre prostituido de entre los hijos de Israel. Este es el texto en el que se prohíbe expresamente fornicar, no sólo a los hombres, sino a las mujeres, incluso con los propios cónyuges, demostrando que es un pecado mezclarse con personas que no sean los propios cónyuges, pues se prohíbe que haya meretrices y acercarse a aquellas cuya sexualidad se vende públicamente. En el Decálogo parece que no se prohibió esto explícitamente bajo el nombre de moechia, porque bajo este nombre sólo suele comprenderse el adulterio. Por tanto, ya he expuesto en aquel pasaje lo que pensaba sobre este tema.
38 (Dt 23,18). No ofrecerás recompensa de meretriz ni cambio de perro en la casa del Señor tu Dios en relación a cualquier voto, porque ambas cosas son abominables para el Señor tu Dios. Esto hay que entenderlo en el sentido de que es una abominación para el Señor tu Dios no una de estas cosas, sino las dos. En relación al perro, se prohíbe que se haga el cambio de los primogénitos, que manda hacer con los demás animales impuros, como los caballos y asnos y otros parecidos, que sirven de ayuda al hombre, y en latín reciben el nombre de iumenta (jumentos), porque se deriva de iuvando (ayudar). En relación al perro no lo ha permitido. Hay que investigar si tampoco lo ha permitido respecto al puerco y por qué, y si no se ha permitido respecto a estos animales por qué en este pasaje sólo se ha exceptuado el perro. El motivo de que se haya hablado de la recompensa de la meretriz parece ser porque antes se prohibió que hubiera meretrices entre los hijos de Israel y se prohibió que nadie de ellos se acercara a una de ellas74. Y para que nadie pensara que este pecado podría expiarse ofreciendo en el templo algo de lo obtenido por ese pecado, hubo de decirse que eso era una abominación para el Señor.
39 (Dt 24,7). Ese ladrón morirá —el que ha robado a un hombre— y arrojaréis al malvado de entre vosotros. La Escritura repite esto muchas veces cuando ordena matar a los malos. El Apóstol empleó una expresión como ésta, al decir: ¿Por qué tengo yo que juzgar a los de fuera? ¿No es a los de dentro a quienes vosotros juzgáis? Arrojad al malvado de entre vosotros75. El griego tiene ton ponerón, término que también aparece aquí. Pero esta palabra suele traducirse más bien por «maligno» que por «malo». Y el texto no dice: to ponerón, es decir, lo malo; sino ton ponerón, es decir, el maligno. De aquí se deduce que ha querido referirse al que hace una cosa por la que es merecedor de excomunión. En efecto, la excomunión hace ahora en la Iglesia lo que entonces hacía la pena de muerte. A pesar de todo, aquel dicho del Apóstol podría entenderse también de otra manera, es decir, en el sentido de que cada uno recibirá la orden de echar de sí mismo el mal o al maligno. Este sentido sería más aceptable, si el mal o lo malo, y no el maligno, se encontrara en griego. Ahora bien, es más creíble que se haya dicho esto del hombre que del vicio. Aunque podría entenderse también muy bien en el sentido de que el hombre debe apartar de sí al hombre malo, de acuerdo con aquel texto que dice: Desvestíos del hombre viejo. Y para explicar de quién se trata, añade: El que robaba, que ya no robe76.
40 (Dt 24,8). De acuerdo con toda la ley que os hayan jurado los sacerdotes levitas. Por aquí se demuestra que todo sacerdote era levita, aunque no todo levita haya sido sacerdote.
41 (Dt 24,10-13). Si tu prójimo te debiera algo, lo que sea, no entrarás en su casa para tomar la prenda: quedarás fuera, y el hombre que te debe algo te sacará fuera la prenda. Pero si el hombre está necesitado, no dormirás en su prenda. Le devolverás sin falta su vestido hacia la puesta del sol y dormirá en su vestido, y te bendecirá y tendrás misericordia ante el Señor tu Dios. Se ve con claridad que pertenece a las obras de misericordia el que no entre en la casa del vecino quien hace un préstamo, para no causar una perturbación al deudor. Pero por esto mismo se aconseja también al deudor sacar fuera la prenda para dársela al acreedor. Con respecto al mandato de restituir la prenda al indigente el mismo día, para que pueda dormir sobre ella quien no tiene en donde dormir, llama la atención justamente el hecho de que no se haya mandado al acreedor que no tome la prenda que debe restituir el mismo día. Y si esto se ha preferido hacer así para obligar al deudor, ¿cómo se le urge a devolver una prenda que sabe que va a recibir el mismo día? ¿Ha pretendido quizá el legislador que se haga así para recordar que no se olvide la devolución y que no se devuelva cuando efectivamente no se tiene la cosa? Y decimos esto sobre todo porque se ve obligado por la obra de misericordia de su acreedor hacia quien no debe ser ingrato, si ha recibido la prenda en la que puede dormir. El acreedor, por su parte, cuando el otro no ha devuelto la prenda, debe creer que no la tiene; pues ese hombre necesita también de esa obra de misericordia para que se le devuelva la prenda, pues no tiene otra en donde dormir.
42 (Dt 24,16). No morirán los padres por los hijos ni los hijos morirán por los padres: cada uno morirá en su pecado. Esto no sólo lo han dicho los profetas77. La propia ley dice que cada uno perecerá por su culpa, no por la de su padre o por la de su hijo. ¿Qué significa lo que se dice en otro lugar: Dios que castiga los pecados de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación?78 ¿Se entiende aquello quizá de los hijos aún no nacidos a causa del pecado original, que el género humano arrastra también desde Adán, y aquí, en cambio, se ha hecho la distinción de los hijos ya nacidos, de modo que cada uno muera por su pecado? Pues no arrastra nada del padre quien ya había nacido cuando su padre pecó. Pero cuando se dice también allí: a los que me odian, es claro que aquella condición también se puede cambiar, si los hijos no hubieran imitado las acciones de sus padres. Pues incluso lo que viene de Adán se imputa temporalmente, porque todos mueren por ello, pero no se imputa eternamente a quienes hubieran sido regenerados espiritualmente por la gracia y hubieran permanecido en ella hasta el fin. Pero si se imputan los pecados de los padres en los hijos a aquellos que odian a Dios, podría preguntarse también con toda razón por qué se imputan hasta la tercera y cuarta generación, dejando de lado la primera y la segunda, o por qué no se imputan también a las demás generaciones, si permanece la impiedad y la imitación de los padres malos. ¿O se ha querido indicar con este número la totalidad, porque se sobrentiende el siete y no se ha puesto el propio número siete para decir: «hasta la séptima generación», y así se entendería la totalidad, pues de este modo se indicó más bien la causa de la perfección de este número? Este número se considera perfecto precisamente porque consta de estos dos, es decir, del número tres, impar en su totalidad, y del número cuatro, par en su totalidad. Pienso que de aquí se deriva también aquel oráculo profético, que se repite muchas veces: por las tres, por las cuatro iniquidades, no me echaré atrás79. Con esta frase se ha querido indicar todas las iniquidades, más bien que señalar que eran tres o cuatro.
43 (Dt 24,17). No torcerás el juicio del forastero ni del huérfano ni de la viuda. No tomarás en prenda el vestido de la viuda. ¿Por qué no dice: Y no tomarás en prenda el vestido de ellos? ¿Qué razón hay para que se haya prohibido torcer el juicio de estos tres y, en cambio, sólo se haya prohibido llevar en prenda el vestido de la viuda, y no el de los otros? La razón por la que se recomienda hacer los juicios de todos es porque no tienen quien los defienda, ni el forastero, porque está en tierra ajena, ni el huérfano, es decir, el pupilo, porque no tiene padres, ni la viuda, porque no tiene marido. En cambio, cuando se prohíbe llevar en prenda el vestido de la viuda, pienso que advierte con elegancia que sólo se han de llamar verdaderamente viudas las que también son pobres. A esto alude con claridad también el Apóstol, cuando dice: Pero si una viuda tiene hijos o nietos, que aprenda primero a practicar los deberes de piedad con los de su propia casa y a corresponder con sus padres; porque esto es agradable al Señor. Pero la que de verdad es viuda y está desolada, tiene puesta su esperanza en el Señor y persevera en sus plegarias noche y día80. Llama viuda de verdad a la que no tiene quien la sustente, pues está privada no sólo de marido, sino de descendientes y de toda ayuda. Naturalmente que no llamaría rica a una mujer desolada. Al pobre no hay que quitarle el vestido que tiene en prenda; porque la ley manifiesta que es un pobre por el hecho de que prohíbe que se le quite el vestido. Pues el acreedor le quitaría más bien el dinero o cualquier otra cosa distinta del vestido. Pero si a uno se le ocurriera pensar: si tuviera muchos vestidos no necesarios, sino superfluos, ¿cómo se entiende que sea viuda de verdad, es decir, no sólo desolada, sino también ajena a una vida en medio de delicias? Acerca de esta viuda el Apóstol añade: La que vive en medio de delicias, aun viviendo, está muerta81. Y esta viuda la contrapone a la viuda de verdad, y dice que aquélla no es una verdadera viuda. En las viudas ricas, que no se han vuelto a casar, se alaba la continencia, no se proclama su desolación. Pues estas viudas sólo están privadas de marido, no de las demás cosas.
44 (Dt 24,19). En relación a lo que dice la Escritura de que en la recolección nadie recoja el manojo olvidado y que nadie vuelva a recoger la oliva o la uva abandonada, haciendo el rebusco de las cosas abandonadas, pues eso ha de dejarse para los pobres, se presenta quizá la interrogación, ¿y qué habría que hacer si lo que abandonan los dueños de los campos no lo recogen los pobres, sino los malos? En primer lugar, hay que considerar que obra movido por un acto de misericordia quien abandona esas cosas con intención de que sea para los pobres lo que abandona. En segundo lugar, cuando se le mandan estas cosas al pueblo, se recomienda al mismo tiempo a los que no lo necesitan que no busquen esas cosas abandonadas. Y si las buscan, ¿qué hemos de pensar que hacen sino apropiarse de cosas ajenas, y, lo que es aún más grave, de las cosas de los pobres? Con estos preceptos se alude a dos categorías de personas: a los dueños de los campos, para que dejen misericordiosamente esas cosas; a los que no son pobres, para que se abstengan de recogerlas. Ambas cosas se dicen en el texto: es decir, quiénes deben dejarlas, y para quiénes hay que dejarlas.
45 (Dt 25,1-3). Si hay un altercado entre dos hombres, que se acerquen a juicio y juzguen y den la razón al justo. Se supone que son los jueces quienes deben juzgar, no los que se dice que han tenido el altercado. Luego continúa: Y se la quitarán al impío, y sucederá que, si es digno de azotes quien obró mal, lo pondrás en presencia de los jueces y lo azotarán ante él según su impiedad. Lo azotarán con cuarenta azotes, no más. Pero si continúan azotándole con muchos más azotes, tu hermano quedará envilecido ante ti. Hay que prestar atención. Aunque la Escritura ha mandado castigar con azotes los pecados que no merecen ser castigados con la pena de muerte y con tan pocos, sin embargo al que es azotado le llamó impío u obrador de impiedad, para que sepamos que las Escrituras no hablan como lo hacen muchos. Las Escrituras las leemos con poca atención, si pensamos que el adulterio no es una impiedad, porque parece que quien lo ha cometido ha pecado contra el hombre, siendo así que la ley manda castigar con la pena de muerte aquel pecado82 y decimos que las impiedades son más graves que estos pecados, pues algunos de ellos pertenecen a los que sólo se castigan con cuarenta azotes. Así pues, hay una impiedad leve que merece la pena del azote, y hay otra impiedad grave que merece la pena de muerte. De la misma manera, los pecados que parecen dirigirse, no contra Dios, sino contra el hombre, unos son merecedores de la pena de muerte, y otros, de una corrección, que puede ser mediante azotes o mediante un más fácil perdón. Consta que los Setenta han opinado lo mismo, pues también ellos han llamado impiedad al pecado de aquel que es merecedor de la pena de azotes.
46 (Dt 25,5-6). Si varios hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin tener descendencia, la mujer del difunto no se casará fuera con uno que no sea pariente; el hermano de su marido se acercará a ella y la tomará por esposa, y cohabitará con ella; y cualquier hijo que nazca llevará el nombre del difunto, y no se borrará su nombre de Israel. Parece ser que la ley ordena esto acerca del matrimonio con la mujer del hermano precisamente para que el hermano que haya muerto sin hijos pueda tener descendencia. Las palabras: Llevará el nombre del difunto y no se borrará su nombre de Israel, es decir, el nombre del difunto, significan justamente que el que haya de nacer recibirá el nombre que llevaba el difunto, cuyo descendiente en cierto modo es. Por eso, a mí me parece más conveniente resolver, por la costumbre de la adopción, el problema que se plantea en el Evangelio acerca de los dos padres de José: uno, que es el que engendró a José, mencionado por Mateo83, y otro, que es aquel de quien José era hijo, mencionado por Lucas84, porque José no recibió el nombre de ninguno de los dos. A no ser que las palabras: Llevará el nombre del difunto signifiquen, no que reciba el nombre de aquél, sino que se constituya en heredero a partir del nombre de aquél, es decir, que sea como hijo, no de aquel de cuya semilla ha sido engendrado, sino de aquel difunto, en favor de quien se ha suscitado la descendencia. Las palabras que se añaden después: Y no se borrará su nombre de Israel, pueden entenderse de este modo, no porque el hijo reciba después el nombre de él, sino porque él parecerá que no ha muerto sin posteridad, y por eso permanece su nombre, su recuerdo. Naturalmente, aunque él hubiera engendrado un hijo, no le había de imponer su nombre para que su nombre no se borrara de Israel, sino que su nombre no se borraría precisamente porque no había salido de esta vida sin hijos. Y se manda que su hermano cumpla con la mujer de él, haciendo lo que el otro no pudo hacer. Y, aunque no hubiera habido un hermano, otro pariente se casaba con la mujer de quien hubiera muerto sin hijos para dar la descendencia a su hermano. Esto hizo Booz, casándose con Rut: dar descendencia al pariente de quien ella había sido mujer y de quien no había tenido hijos. Y sin embargo, el hijo que nació de Rut quedó constituido con el nombre del difunto, porque se llamó hijo suyo —y de este modo sucedió que el nombre del difunto no se borrara de Israel—, pero no se llamó con el nombre de él85.
Siendo esto así, la cuestión del Evangelio puede resolverse muy sólidamente de dos maneras, de modo que uno de aquellos que Mateo y Lucas mencionan86 como personas distintas, hubiera sido pariente del otro para casarse con su mujer, habiendo podido tener también unos parientes y antepasados en línea ascendente, y el otro otros. Pues si hubieran sido hijos de los hermanos, hubieran tenido un mismo abuelo. Pero esto no es así. Porque, según Mateo, el abuelo de José es Matan; según Lucas, en cambio, no es Matan, sino Matat. Y si alguno pensara que es tan grande el parecido entre los nombres, equivocado en una sola letra por los escritores, de modo que la diferencia es tan pequeña y casi nula, ¿qué diría de los padres de estos dos? Pues, según Lucas, Matat fue hijo de Leví; según Mateo, en cambio, Matan fue hijo de Eleazar. Y así, a partir de ahí en línea ascendente, los padres y los abuelos son distintos y luego los demás antepasados hasta Zorobabel, que es aproximadamente el vigésimo en línea ascendente desde José, según Lucas, y el undécimo, según Mateo. Y éste se cree que es el mismo precisamente porque su padre, según ambos evangelistas, es Salatiel. Aunque pudiera suceder que se tratara de otra persona con el mismo nombre y que tuviera un padre con el mismo nombre. Pues también a partir de aquí, en línea ascendente, son distintos, pues Zorobabel tiene un abuelo llamado Nerí, según Lucas, y otro distinto, llamado Jeconías, según Mateo, y de aquí para arriba nunca coinciden hasta que se llega a David a través de Salomón, según Mateo, y a través de Natán, según Lucas. Parece muy difícil que no hubiera un pariente más próximo que se casara con la esposa de su hermano que éste que era un pariente tan lejano de David, no unido por ningún otro parentesco inferior, siendo David aproximadamente el cuadragésimo a partir de José, según Lucas, y aproximadamente el vigésimo séptimo, según Mateo. O si para casarse con las esposas de los difuntos se buscaban también aquellos allegados que fueran parientes más cercanos de la mujer, pudo suceder que existiera alguien con un parentesco tan cercano que engendrara a José de la esposa de su familiar muerto sin hijos, y así tendría un padre según la naturaleza y otro según la ley, entre cuyos padres, abuelos y antepasados más lejanos no habría ningún parentesco precisamente porque no era familia de los maridos, sino de las esposas. Ciertamente, si fuera así, entonces David no aparecería algunas veces como único padre. O si alguien sostiene que pudieron ponerse mujeres en la genealogía en vez de sus maridos, en donde yo las pongo, lo cual no es costumbre de la Escritura, ¿cómo no las intercaló ningún evangelista? Cuando se menciona a las madres, no se las introduce a no ser con los padres, y por eso, o faltó un pariente más próximo para casarse con la mujer del difunto de tal modo que se alcanzara el origen del parentesco de David, o la adopción proporcionó el otro padre que pudiera tener José.
47 (Dt 26,14). ¿Qué significa el hecho de que, entre aquellas cosas que se ordena decir al hombre, a quien se le mandó entregar los diezmos y dar o consagrar cualquier otra cosa, cumpliendo así todos los mandamientos, se le ordena decir lo siguiente, alabándolo y recomendándolo: No he dado nada de estas cosas a un muerto? ¿Se prohíben acaso con esto las fiestas denominadas «parentalia» que suelen observar los gentiles?
48 (Dt 28,14). No te apartarás de ningún mandamiento que yo te ordeno hoy yéndote a la derecha o a la izquierda tras de otros dioses para servirlos. Puede preguntarse cómo podría interpretarse que va a la derecha quien va tras dioses ajenos para servirlos, cuando la derecha es objeto de alabanza, y, en cambio, la adoración de los dioses nunca podría considerarse digna de ella? Aunque quien se inclina a la derecha también es reprendido en el camino de la vida, sin embargo, en este texto no se critican las cosas que están a la derecha, sino a aquel que se inclina a la derecha, es decir, el que se arroga lo que es de Dios. Por eso se dice en los Proverbios: No te desvíes ni a la derecha ni a la izquierda, pues los caminos que están a la derecha los conoce el Señor; sin embargo, son perversos los que están a la izquierda. Así pues, es buena la derecha que conoce el Señor, pues el Señor conoce los caminos de los justos87, como se lee en el salmo. La razón de por qué se dice no te desvíes a la derecha, se explica con lo que se añade a continuación: Pues él hará rectos tus caminos. Dios me libre de negar que la diestra que conoce el Señor no sea recta, pero, como dije, desviarse hacia ella es no inclinarse a la gracia de Dios, sino querer atribuirse a sí mismo lo que es recto. Finalmente, como dije, añade y dice: El mismo hará rectos tus caminos y todos tus viajes los llevará adelante en paz88.
Por lo tanto, lo que se dice en este lugar del Deuteronomio de que tratamos: No te apartarás de ningún mandamiento que yo te doy hoy para ir a la derecha o a la izquierda tras de otros dioses para servirlos, no se ha dicho porque los dioses ajenos puedan ser tomados también como la derecha; sino que o se han significado lugares terrenos, porque los gentiles que adoraban a otros dioses los tenían a la derecha y a la izquierda; o esto hay que leerlo separadamente de los dioses ajenos, de modo que la frase tenga dos sentidos, uno de los cuales sería éste: No te apartarás de ningún mandamiento que yo te doy hoy a la derecha o a la izquierda, entendido naturalmente de acuerdo con lo que expliqué más arriba. Otro sentido sería: Yendo tras otros dioses para servirlos, de manera que también se sobrentienda aquí: No te apartarás de ningún mandamiento que yo te doy hoy. Si quisiéramos expresar todo este sentido, deberíamos repetir los términos anteriores, que son comunes a uno y otro sentido, de modo que, como allí se dice: No te apartarás de ningún mandamiento que yo te doy hoy a la derecha o a la izquierda, así también se repita aquí: No te apartarás de ningún mandamiento que yo te doy hoy yendo tras otros dioses para servirlos. Apartándose, pues, de los mandamientos que Dios ha dado, se hace también esto: ir tras otros dioses. Porque no se mandó sólo esto, o Dios no quiere que se pase por alto sólo esto que ordenó: que nadie vaya tras otros dioses, sino que quiere que se cumpla todo lo que mandó. Pero esto lo hizo de manera tan destacada que, después de la universalidad del precepto, en que se advirtió que nadie debe apartarse de ninguna palabra de sus mandamientos, también quiso mandar esto por separado.
Las palabras siguientes: A la derecha o a la izquierda, pueden entenderse también así: que no se ha mandado ir tras otros dioses ni por razón de lo que es apetecido, a causa de la felicidad, ni por razón de lo que se rehúye, a causa de la infelicidad, es decir, que ni por lo que se ama ni en contra de lo que se aborrece, se puede pedir la ayuda de otros dioses, ni tampoco de manera que o sean conciliados para que presten su ayuda o que sean aplacados para que no causen daño, pues sobre algunos se escribió también lo siguiente en el salmo: La boca de éstos dijo mentira y su derecha es derecha de iniquidad, precisamente porque se cree que hacen al hombre feliz estas cosas, que pueden tener no sólo los buenos, sino los malos, y por eso la derecha es propia de la iniquidad, porque son inicuos los que consideran que ésta es la derecha, cuando no es la verdadera derecha, sino que es la derecha de aquellos cuya boca dice la mentira; llamaron feliz al pueblo que posee estas cosas, cuando en realidad, como en seguida se añade y se dice: Es feliz el pueblo cuyo Dios es el Señor89. Esta es la verdadera derecha de la justicia, no de la iniquidad. No se debe ir, pues, tras dioses ajenos ni a la derecha, de modo que el hombre crea que recibe la felicidad de ellos, ni a la izquierda, de modo que creyendo que si le son contrarios él será un desdichado, los adore para apartar de sí la desdicha. O por lo menos, si pensamos que la derecha son los bienes eternos y la izquierda los bienes temporales, no debe creerse que la Sagrada Escritura permite en este lugar adorar a los dioses ajenos ni por aquellos bienes ni por éstos.
49 (Dt 29,1). Estas son las palabras de la alianza que mandó el Señor a Moisés hacer con los hijos de Israel en la tierra de Moab, además de la alianza que concertó con ellos en Horeb. Este texto demuestra por qué se llama a este libro Deuteronomio, como si fuera una segunda ley. En realidad, es más una repetición de aquella ley que algo distinto. Pues son pocas las cosas que no están allí, en la que se dio por primera vez. Y sin embargo, a esto no debe llamársele dos alianzas, aunque parezca que suenen así estas palabras. Porque ambas alianzas son una única alianza, que en la Iglesia se llama Antigua. Porque si a causa de estas palabras debiera hablarse de dos alianzas, ya no serían dos, sino muchas más, además de la Nueva. Pues la Escritura habla en muchos pasajes de alianza, como aquella que se hizo con Abraham acerca de la circuncisión90 o aquella otra más antigua con Noé91.
50 (Dt 29,2-4). Vosotros habéis visto todas las cosas que hizo el Señor vuestro Dios en la tierra de Egipto ante vosotros con el Faraón y con todos sus siervos y con toda su tierra, pruebas grandes que vieron tus ojos, aquellos grandes signos y prodigios y la mano poderosa, y no os dio el Señor Dios corazón para conocer ni ojos para ver ni oídos para oír hasta el día de hoy. ¿Cómo puede decir más arriba: Vosotros habéis visto las grandes pruebas que vieron tus ojos, si el Señor no les dio ojos para ver ni oídos para oír? A no ser que se diga que es porque vieron con el cuerpo y no vieron con el corazón, porque se habla también de ojos del corazón. Por esto comenzó por ahí: Y no os dio el Señor Dios corazón para conocer. A esto se refieren las dos cosas que siguen: Ni ojos para ver ni oídos para oír, esto es, para comprender y obedecer. Porque lo que dice: Y no os dio el Señor Dios, no lo diría en modo alguno amonestando o culpando, a no ser que quisiera que se entendiera que se refiere también a la culpa de ellos, para que nadie piense que está libre de culpa en este asunto. Al mismo tiempo demuestra que ellos, sin la ayuda del Señor Dios, no pueden comprender ni obedecer ni con los ojos ni con los oídos del corazón; y, sin embargo, si falta la ayuda de Dios, no por eso es excusable el pecado del hombre, pues los juicios de Dios, aunque secretos, son justos92.
51 (Dt 29,5-6). Y os condujo durante cuarenta años por el desierto. No envejecieron vuestros vestidos, y vuestros calcados no fueron rotos por vuestros pies. No comisteis pan; no bebisteis vino ni bebida fermentada, para que supierais que éste es el Señor vuestro Dios. De aquí se deduce que los israelitas pudieron llevar en su impedimenta, cuando salieron de Egipto, la cantidad de vino que podían consumir en seguida, pues si no hubieran llevado absolutamente nada consigo, ¿de dónde vendría aquello acerca de lo que se ha dicho: Se sentó el pueblo a comer y se levantaron a jugar?93 Porque esto no podría decirse del agua, cuando las palabras clarísimas de Moisés son que aquella afirmación no fue el principio de una guerra, sino el comienzo de una fiesta94.
52 (Dt 29,18-20). ¿Hay entre vosotros varón o mujer, o familia o tribu cuya mente se haya apartado del Señor vuestro Dios yendo a servir a los dioses de aquellas gentes? ¿Hay entre vosotros raíz que crezca en la hiel y la amargura? Y sucederá que cuando alguien oiga las palabras de esta maldición y opine en su corazón, diciendo: «Cosas santas me sucedan, pues camino en el error de mi corazón para que el pecador no pierda al mismo tiempo al que está sin pecado», Dios no le perdonará, sino que se encenderá entonces la ira del Señor y su celo contra aquel hombre, y caerán sobre él todas las maldiciones de esta alianza que están escritas en el libro de esta ley. El texto dice así: ¿Hay alguien entre vosotros? Hay que entenderlo, pues, en forma de pregunta, por si lo hay. Si lo hubiera habido, lo llenó de terror, para que nadie dijera en su corazón, al oír aquellas maldiciones: Sean santas para mí (las maldiciones sean cosas santas para mí), pues camino en el error de mi corazón, es decir, ojalá no me sucedan estas cosas; que no me sucedan cosas malas, sino cosas santas, es decir, propicias y favorables, porque camino en el error de mi corazón, siguiendo a los dioses de los gentiles y dándoles culto como impunemente. No será así, por consiguiente. Que el pecador no pierda al mismo tiempo al que está sin pecado. Quiere decir: procurad que a nadie de vosotros le convenza a hacer estas cosas quien las piensa. Dios no le perdonará, tanto al que piensa dichas cosas, como al que se ha dejado persuadir por ellas, tal como el otro había pensado al decir: Sean santas para mí, como apartando de sí de esta manera la fuerza de aquella maldición. Pero entonces se encenderá la ira del Señor y su celo contra aquel hombre, cuando piense que la apartará de sí, al decir en su corazón esas cosas. Y caerán sobre él todas las maldiciones de esta alianza, que están escritas en el libro de esta ley. Todas ellas no pueden venir sobre un solo hombre, porque un hombre no puede morir tantas veces cuantos son los géneros de muertes anunciados aquí. El texto dice «todas» por «cualesquiera», de modo que no se verá libre de todas aquel a quien le venga alguna de las maldiciones que le hagan perecer. Las palabras: Para que el pecador no pierda al mismo tiempo al que está sin pecado, no hay que tomarlas en el sentido de que el término griego anamárteton designe a uno absolutamente limpio y puro de todo pecado, sino que el término anamárteton, literalmente «sin pecado», se refiere a aquel que estaría libre del pecado de que se venía hablando. Como cuando el Señor dice en el Evangelio: Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado95, en donde no se refiere a que no tendrían ningún pecado, sino que no tendrían este pecado de no haber creído en él. Dios dice también a Abimélek, refiriéndose a Sara, la mujer de Abraham: Sé que lo hiciste con corazón limpio96. Es evidente que el Señor no ha querido decir que el corazón de Abimélek fuera tan limpio como el de aquellos de quienes se dice: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios97. Abimélek tenía limpio su corazón de aquel pecado de que se trataba, porque, en cuanto de él había dependido, no había deseado la mujer ajena.
53 (Dt 30,6). Y el Señor purificará alrededor tu corazón y el corazón de tu descendencia para amar al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma para que vivas. Es evidente que se trata de la promesa de la gracia. Pues Dios promete que va a hacer lo que suele mandar que se haga.
54 (Dt 30,11-14). Porque este precepto que yo te mando hoy allí no está fuera de la medida ni está lejos de ti. No está en el cielo, diciendo —es decir, para que digas—: «¿Quién subirá por nosotros al cielo y nos lo traerá y oyéndolo lo pondremos por obra?» Ni está al otro lado del mar, diciendo —es decir, para que digas—: «¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar y nos lo traerá y oyéndolo lo pondremos por obra?» Esta palabra está muy cerca de ti. Está en tu boca y en tu corazón y en tus manos para que la pongas por obra. El Apóstol dice que ésta es la palabra de la fe, perteneciente al Nuevo Testamento98. Pero podemos preguntar por qué con anterioridad se llaman mandamientos a las cosas que están escritas en el libro de esta ley99. Y la explicación es porquetodos ellos significan las cosas espirituales pertenecientesal Nuevo Testamento, si es que se entienden correctamente. Podemos preguntar igualmente por qué lo que se dice aquí: Ni está al otro lado del mar, para que digas: «¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar y nos lo traerá?», el Apóstol lo recoge, diciendo: «O ¿quién bajará al abismo?», y al explicar estas palabras, añade: Esto es: hacer subir a Cristo de entre los muertos100. La explicación es que el autor llama mar a toda la vida que transcurre en este mundo, y que se atraviesa con la muerte, de modo que en cierta manera el mar se termina y a la muerte se la denomina el otro lado del mar, como si fuera el otro lado de esta vida, que está indicada por la palabra mar. Por otra parte, lo que dice el texto: Y en tus manos, el Apóstol no lo recoge, sino que sólo dice: En tu boca y en tu corazón101. Y esto lo continuó hasta el final, diciendo: Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se hace la confesión para conseguir la salvación102. Con toda razón, pues, el texto traducido del hebreo, en cuanto he podido constatar, no tiene las palabras: en tus manos. Pero yo no creo que los Setenta lo hayan añadido inútilmente. Quieren decir que las manos mismas, que significan las obras, deben recibirse también en el corazón, en donde está la fe, que obra por el amor103. Porque si las cosas que Dios manda se hacen exteriormente con las manos y no se hacen con el corazón, no hay nadie tan necio que piense que así se cumplen los mandamientos. Por lo demás, si el amor, que es la plenitud de la ley104, habita en el corazón, aunque uno no pudiera obrar con las manos corporales, tiene, naturalmente, paz con los hombres de buena voluntad105.
55 (Dt 32,5). Pecaron no para él los hijos vituperables. Lo que el griego dice: tékna mometá, algunos lo traducen por hijos vituperables, como el texto que cito; otros por hijos manchados; otros por hijos viciosos. De aquí no se deriva un grave problema; incluso no hay problema alguno. Pero si esas palabras se dijeron de una manera general: Pecaron no para él —porque el que peca no peca para Dios, no daña a Dios, sino a sí mismo—, entonces se presenta justamente la cuestión de saber cómo se ha de entender lo que se lee en el salmo: Para ti solo he pecado106. Y en Jeremías se dice: Para ti hemos pecado, paciencia de Israel, ¡oh Señor! Y de nuevo en un salmo se dice: Sana mi alma, porque he pecado para ti107. Y queremos saber si es lo mismo «pecar para Dios» (peccare Deo) que «pecar contra Dios» (peccare in Deum). A este respecto el sacerdote Elí dice: Si uno peca contra Dios, ¿quién orará por él?108 Diré entretanto lo que me parece ahora sobre el asunto. Entenderán quizá un poco mejor quienes conocen mejor estas cosas, o incluso yo mismo en otro momento, en la medida en que me ayude el Señor. «Pecar contra Dios» (in Deum) es pecar en aquello que se relaciona con el culto divino. Porque no otra cosa indica el ejemplo que acabo de aducir. Así pecaban los hijos de Elí, a quienes su padre ya les había dicho esto. De esta misma manera hay que pensar que se peca también contra los hombres que pertenecen a Dios. Porque leemos que Dios dijo estas mismas palabras a Abimélek acerca de Sara: Por eso te he impedido pecar contra mí109. Por otra parte, «pecar para el Señor» (Domino), o más bien «haber pecado para el Señor» —a no ser que haya en algún sitio un texto de la Escritura que se oponga a este sentido— parece que puede decirse, no sin razón, de quienes no hacen una piadosa penitencia de sus pecados para dar gloria a Dios, que se los perdona. David, explicando el motivo de por qué dijo: Para ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de ti, añade las siguientes palabras: Para que seas declarado justo en tus palabras y venzas cuando juzgues110. Y lo mismo cuando Dios dice: Juzgad entre mí y entre mi viña111. Y lo mismo cuando se afirma de nuestro Señor Jesucristo, el único que pudo decir con absoluta verdad: Porque viene el Príncipe de este mundo y contra mí no tiene nada —ningún pecado que sea digno de muerte—. Mas para que conozca el mundo que amo al Padre y que obro según el mandato que me ha dado el Padre, levantaos; vámonos de aquí112. Con esto quiere decir: Aunque el Príncipe del mundo persiga con la pena de muerte los pecados más pequeños, contra mí no tiene nada; pero, levantaos; vámonos de aquí, a sufrir la pasión, porque sufriendo cumplo la voluntad de mi Padre; no pago la culpa de mi pecado. En relación a lo que dice Jeremías: Para ti hemos pecado, paciencia de Israel, sin duda se dice esto de manera suplicante al Señor en la penitencia, esperando la salvación por el perdón. La frase: Sana mi alma, porque he pecado para ti, significa lo mismo, es decir, que Dios sea glorificado perdonando, porque es grande su misericordia para con los que le confiesen a él y se vuelven a él, pues no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva113. También respondió así, no sólo en el salmo, sino también cuando le reprendió Dios por medio del profeta, no sin la esperanza del perdón del Señor: Pequé para el Señor114. Pues una persona que se pone en manos del médico para que le cure, está herida para el médico, a fin de que se cumpla en ella la eficacia de la medicina. Pues bien, en este cántico preveía el profeta que habría algunos que pecarían ofendiendo a Dios con iniquidades tan grandes, que no estarían dispuestos a hacer penitencia y a volver a Dios para que los sanara. De éstos se dice también en otro lugar: Porque son carne; un soplo que va y no vuelve115. La frase: Pecaron no para él, puede entenderse también en el sentido de que no hicieron daño a Dios con su pecado, sino a sí mismos.
56 (Dt 33,1-5). Y esta es la bendición con que bendijo Moisés, el hombre de Dios, a los hijos de Israel antes de morir. Y dijo: «El Señor ha venido del Sinaí, y se nos ha mostrado desde Seír. Se ha dado prisa desde el monte Farán con muchos miles de Cades. A su derecha hay ángeles con él; y perdonó a su pueblo; y todos los santificados están bajo tus manos y éstos están bajo de ti. Y tomó de sus palabras la ley, que nos mandó Moisés, herencia para las asambleas de Jacob. Y habrá un príncipe en el amado, una vez congregados los príncipes de los pueblos junto con las tribus de Israel». No hay que pasar por alto ni descuidar esta profecía. Se ve que esta bendición se refiere al nuevo pueblo, que Cristo el Señor santificó, y de parte de cuya persona dice Moisés estas cosas, no de parte del propio Moisés. Y todo esto es evidente por lo que se dice a continuación. Si se dice: El Señor ha venido del Sinaí, porque en el monte Sinaí se dio la ley, ¿qué significa lo que viene a continuación: Y se nos ha mostrado desde Seír, siendo así que Seír es un monte de Idumea, en donde reinó Esaú? Por otra parte, dado que Moisés bendice a los hijos de Israel con estas palabras, como predice la Escritura, ¿cómo dice Moisés: Y tomó de sus palabras la ley, que nos mandó Moisés? Se trata, sin duda, de una profecía, como hemos dicho, que anuncia de antemano un nuevo pueblo santificado por la gracia de Cristo bajo el nombre de los hijos de Israel, porque este pueblo es descendiente de Abraham, es decir, son los hijos de la promesa. Y significa «viendo a Dios». Por consiguiente, en el Señor, que ha venido del Sinaí, hay que ver a Cristo, porque Sinaí significa prueba. Cristo ha venido de la prueba de la pasión, de la cruz, de la muerte. Y se nos ha mostrado desde Seír. Seír significa «peludo», y designa al pecador. Así nació Esaú, el aborrecido116. Pero como a los que estaban sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte se les apareció una luz117, por eso apareció desde Seír. A la vez, no es absurdo tampoco entender que se predijo que la gracia de Cristo vendría al pueblo de Israel a partir de los gentiles, significados por el nombre de Seír, porque es un monte perteneciente a Esaú. Por eso dice el Apóstol: Así también ellos ahora no creyeron en la misericordia otorgada a vosotros para que también ellos alcancen misericordia118. Ellos dicen: Se nos ha mostrado desde Seír y se ha dado prisa desde el monte Farán —desde el monte fructífero, pues esto significa Farán, con que se designa a la Iglesia—, con muchos miles desde Cadés. Cadés significa «cambiada» y «santidad». Se han cambiado, pues, muchos miles y han sido santificados por la gracia. Con ellos vino Cristo para reunir luego a los israelitas. Después sigue diciendo: A su derecha hay ángeles con él. Esto no necesita explicación. Y perdonó a su pueblo, otorgándoles el perdón de los pecados. Luego vuelve la palabra hacia ese pueblo para decir: Y todos los santificados están bajo tus manos y éstos están bajo ti. Están sin ensoberbecerse, y sin querer establecer su propia justicia. Reconocen la gracia para someterse a la justicia de Dios119.
Luego dice: Y tomó de sus palabras la ley. Quien la recibe, naturalmente, es el pueblo de quien se dijo: Perdonó a su pueblo. Recibió, pues, de sus palabras la ley, que nos mandó Moisés. Su pueblo recibió de sus palabras la ley, porque de su enseñanza entendió la ley que nos mandó Moisés. Pues Cristo mismo dijo en el Evangelio: Si creyerais en Moisés, creeríais también en mí, pues él escribió acerca de mí120. El pueblo judío no recibió una ley que no entendió. La recibió cuando la entendió de sus palabras sin el antiguo velo y una vez convertido el pueblo al Señor. A esta ley la llama herencia para las asambleas de Jacob. Y es una herencia, no terrena, sino celestial; no temporal, sino eterna. Y continúa: Y habrá un príncipe en el amado. El príncipe, naturalmente, es el Señor Jesús, que estará en el pueblo amado. Una vez congregados los príncipes de los pueblos —de los gentiles— junto con las tribus de Israel. Y esto es para que se cumpla lo que se dijo antes: Alegraos, gentiles, junto con su pueblo, porque ha sobrevenido a Israel una ceguera parcial, hasta que entre la totalidad de los gentiles y así todo Israel será salvo121.
57 (Dt 33,17). Al bendecir Moisés a José, dice, entre otras cosas: Primogénito del toro su belleza. Esto no hay que entenderlo como si hubiera dicho: primogénito del toro, sino, siendo el primogénito, su belleza es la del toro. Seentiendecomo figura del Señor, a causa de los cuernos de la cruz.