Libro 16

BAC vol. 31

Libro 16

RÉPLICA A FAUSTO, EL MANIQUEO

Libro XVI

Negación y afirmación de las profecías sobre Cristo en el Antiguo Testamento

¡Ojalá todos los profetas, judíos y gentiles, hubiesen profetizado a Cristo!

  1. Fausto: —¿Por qué no aceptáis a Moisés, si Cristo dice: Moisés escribió de mí, y: Si creyerais a Moisés creeríais también en mí?1

—Yo quisiera que hubieran escrito sobre Cristo no sólo Moisés, sino todos los profetas gentiles y judíos. ¿Qué daño acarrearía a nuestra fe, o mejor, qué provecho no le aportaría, si pudiéramos recabar de todas partes testimonios coherentes y adecuados en favor de nuestro Dios? Porque entonces, permaneciendo el odio y execración hacia la superstición, tendríamos libertad para seleccionar de ellos únicamente las profecías referentes a Cristo. En efecto, no considero que haya contradicción en que incluso Moisés, aunque es extraño a Cristo, parezca haber escrito algo acerca de él. ¿No desearía todo hombre coger flores de todas las zarzas, frutos de toda planta, miel de todos los insectos, aunque no tomemos ni los insectos ni la grama como alimento, ni las espinas como adorno de una corona? ¿Quién no querría que en toda sima naciesen margaritas, en toda tierra piedras preciosas, en todos los bosques frutas? Si no daña comer pescado de mar y sí beber su agua, y saben los hombres eliminar lo dañino de lo que toman por ser útil, ¿no tendremos nosotros libertad, tras condenar, si fuese inútil para nosotros, el culto de cualquier religión, para tomar de allí únicamente las profecías sobre Cristo? Esto no sería de provecho para los errores, con vistas a atraparnos y reducirnos a su servidumbre, como tampoco fue de provecho a los espíritus inmundos el confesar con claridad y sin disimulo que el mismo Jesús era hijo de Dios2, para dejar por eso de ser detestados por nosotros. Por tanto, si según tal testimonio Moisés escribió algo acerca de Cristo, lo aceptaré, pero de modo que el hecho de aceptarlo no le sirva a él para hacerme prisionero de su propia ley, que yo no veo que se distinga en nada del paganismo. Por tanto, no hay razón alguna para que pienses que no me voy a alegrar, si llega a demostrarse, de que todo espíritu haya profetizado sobre Cristo.

El texto fue interpolado

  1. Nunca te podré agradecer bastante el que, como muestras que Cristo testificó que Moisés había escrito de él, indiques también qué es lo que escribió. En efecto, yo he examinado, como se me mandó, sus escritos, y no he hallado en ellos profecía alguna sobre Cristo, sea porque no existe, sea porque personalmente no pude entenderla. Motivo por el que, puesto en gran apuro, la razón me obligaba a escoger uno de los dos extremos: o considerar falso dicho capítulo, o mentiroso a Jesús. Pero resultaba ajeno a la piedad pensar que Dios hubiese mentido. En consecuencia, me pareció más correcto atribuir falsedad a los escritores antes que una mentira al autor de la verdad. En efecto, le oí decir a él mismo que todos los que llegaron antes que él habían sido ladrones y salteadores de caminos3: yo advierto que con esta afirmación atacaba a Moisés antes que a nadie. Además, ante esto y como los judíos indignados protestaban contra él que afirmaba su majestad al llamarse luz del mundo, diciendo: Como das testimonio de ti mismo, tu testimonio no es verídico, no veo que él haya seguido adelante. En efecto, el momento exigía de un modo particular que afirmase que Moisés había profetizado sobre él; mas, como ajeno en verdad al asunto y como no disponiendo de ningún testimonio de los padres, respondió: En efecto, en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verídico. Yo soy quien da testimonio de mí; pero también da testimonio de mí el Padre que me envió4, recordándoles lo que todos habían oído procedente del cielo: Este es mi hijo muy amado, creedle5. Tampoco me parece verosímil que los judíos se hubieran podido callar cuando Cristo dijo que Moisés había escrito de él, sin que, al instante, como malignos y astutos que eran, le preguntasen qué era lo que consideraba que Moisés había escrito de él. Este absoluto silencio de ellos indica no menos que Jesús no dijo tal cosa.

Solicita pruebas para creer que Moisés habló de Cristo

  1. Aunque lo dicho no parezca cosa sin importancia para confirmar la sospecha de falsedad en este pasaje, sin embargo, me apoyo más en el hecho, ya mencionado, de que, tras examinar los escritos de Moisés, no hallé en ellos ninguna profecía acerca de Cristo. Mas ahora que he topado contigo, lector más inteligente, pienso que he de lograr algo y confieso que te lo agradeceré, si no frustras por mala voluntad la esperanza de progreso y de aprender que me promete la confianza de tu reproche, sino que me enseñas, si es que hay algo, lo que acerca de Dios y de nuestro Señor existe en los escritos de Moisés, que quizá se me pasó al leerlos. Y no digas, te ruego, como suelen hacerlo los ignorantes, que debe bastar para creer el que Cristo dijera que Moisés escribió sobre él. No quiero que ahora te fijes en mí; mi estilo de vida me ha obligado a darle fe, de modo que no puedo no creer a aquel a quien sigo. Imagínate más bien que tratamos con un judío, o con un gentil. Si les decimos «Moisés escribió sobre Cristo», nos van a pedir pruebas. ¿Cuáles les vamos a ofrecer? ¿Podremos decir, acaso: «Cristo lo dijo», a quien aquellos no creen en absoluto? Será, pues, necesario que les mostremos lo que escribió.

¿Dt 18,15?

  1. ¿Qué les mostraremos? ¿Acaso aquello que soléis ‘vosotros, donde su Dios habla a Moisés diciéndole: Les suscitaré un profeta semejante a ti de entre sus hermanos?6 Pero esto no se refiere en absoluto a Cristo, ni nos es viable a nosotros creerlo así, porque ni Cristo es un profeta, ni Moisés es semejante a él, porque éste es un hombre y aquel Dios; éste un pecador y aquel santo; éste nacido de la unión carnal, aquel, según tú, de una virgen, y según yo, ni siquiera de una virgen; éste, tras haber ofendido a Dios, muere en una montaña7, aquél, agradando en todo al Padre, sufre por propia voluntad8. ¿Cómo, pues, va a ser él el profeta semejante a Moisés? En verdad, al instante el judío se mofará de nosotros como ignorantes, o nos acusará de mentirosos.

¿Dt 28,66?

  1. ¿O le presentaremos aquel testimonio que soléis ofrecer al respecto: Verán su vida que pende, pero no creerán?9 Testimonio al que vosotros añadís del madero, aunque no está en el texto. Pero nada está tan a la vista como que no se refiere en absoluto a Cristo. Pues entre las terribles maldiciones que lanzó contra su pueblo para el caso de que se apartasen de la ley, añadió también la de decirles que habían de caer cautivos de sus enemigos; que estarían pensando día y noche en su muerte, de modo que ni siquiera estarían seguros de la vida que le habrían perdonado los vencedores, porque se hallarían siempre en la incertidumbre, bajo el temor y la intranquilidad por la inminencia de la espada. Tampoco esto, pues, se refiere a Cristo. Hay que buscar otras pruebas. Difícilmente llegaría a creer que afirméis como referida a Cristo la maldición sobre todo el que penda de un madero10, o lo otro de que habían de matar al profeta o príncipe del pueblo que pretendiese apartarlos de su Dios o infringir algún precepto11. Yo no puedo negar que Cristo haya hecho eso; tú, por el contrario, no puedes mantener a la luz pública que eso se haya escrito de él, no sea que, en caso de ser así, empecemos de nuevo a investigar también con qué espíritu profetizó Moisés, con el resultado de que o maldijo a Cristo o mandó que lo mataran. Pues si tuvo el Espíritu de Dios, no dijo tales cosas de Cristo, y si dijo eso de Cristo, no poseyó el Espíritu de Dios. En efecto, el Espíritu divino ni maldeciría a Cristo ni mandaría que lo mataran. Por tanto, para liberar a Moisés de tal crimen, es preciso que confeséis que él no escribió eso de Cristo. Y si él no escribió en absoluto tales cosas de Cristo, o aportáis otros testimonios, o no hay ninguno. Y si no hay ninguno, tampoco Cristo pudo afirmar lo que en parte alguna existe. Y así, si Cristo no afirmó eso en absoluto, ha de quedar constancia de que aquel pasaje es falso.

Jn 5,46 no pudo haberlo dicho Cristo

  1. Pero ni siquiera parece verosímil lo que sigue: Si creyerais a Moisés, me creeríais también a mí12, porque lo trasmitido respecto de Moisés y de Cristo es tan desemejante y tan distinto, que si los judíos hubiesen creído a uno de ellos, necesariamente tenían que dar la espalda al otro. En efecto, Moisés, dejando de lado otras cosas, enseña que en sábado hay que abstenerse de toda obra y aduce como motivo de esta práctica religiosa que Dios, al fabricar el mundo y todo lo que contiene, se entregó durante seis días a esa tarea, y en el séptimo —que es el sábado— descansó, y por eso lo bendijo, esto es, lo santificó, como al puerto de su descanso, y dio además la orden de que quien lo quebrantase muriese13. Esto lo creían firmemente los judíos, por enseñarlo Moisés, y en consecuencia, pensaban que no tenían ni que prestar oído a Cristo que afirmaba que Dios obra siempre y que no se había fijado ningún día de descanso, porque es poder perenne e infatigable, y que él, en consecuencia, no debía descansar nunca, ni siquiera el sábado. Dice así: Mi Padre obra siempre y conviene que yo obre también14.

Además, Moisés enumera la circuncisión carnal entre los ritos sagrados y más gratos a Dios, y ordena que sea circuncidado de la carne del prepucio todo varón; enseña que esa es la señal imprescindible de aquella alianza que su Dios estableció con Abrahán; afirma asimismo que todo varón que no la lleve, será exterminado de su tribu y no participará de la herencia que fue prometida a Abrahán y a su descendencia15. También esto lo creyeron firmemente los judíos por venir de Moisés, y, en consecuencia, no podían creer a Cristo que negaba esas cosas y afirmaba además que quien estuviese circuncidado sería doblemente hijo de la gehenna16.

Moisés establece una distinción cuidadosa entre los alimentos de carne y, a modo de un glotón, se sienta en plan de juez ante los pescados, las aves y los cuadrúpedos, y ordena que unos sean consumidos como puros y a otros, en cambio, no se los toque siquiera por ser impuros. Dentro de esta última clase rechaza el cerdo, la liebre, todo pescado con escamas y todo cuadrúpedo que no tenga la uña partida y no rumie17. Todo esto lo creyeron firmemente los judíos por escribirlo Moisés, y, en consecuencia, ya no podían creer a Cristo que enseñaba que los alimentos eran indiferentes, que, aunque prohibía todo a sus discípulos, concedía a los comúnmente llamados seglares todo lo que se podía comer, y les aseguraba que no los manchaba nada de lo que entraba por la boca, puesto que sólo mancha al hombre lo que imprudentemente sale de su boca18. Nadie hay que desconozca que Jesús enseñó estas cosas y otras muchas más contrarias a Moisés.

Los católicos no cumplen lo que Moisés ordenó

  1. Como recorrerlos todos se haría demasiado largo, voy a mostrar un punto por muchos otros: la mayor parte de las herejías cristianas y —cosa que salta a la vista— los católicos no se preocupan de cumplir nada de lo que Moisés escribió. Si este dato no procede de algún error, sino de la verdadera tradición sobre Cristo y sus discípulos, debéis confesar de forma absoluta que Jesús y Moisés enseñaron cosas contrarias entre sí, y que, en consecuencia, los judíos tampoco creyeron a Cristo, porque querían mostrar su fidelidad a Moisés. Así, pues, ¿hasta qué punto no será falso que Jesús les dijo: Si creyerais a Moisés, me creeríais también a mí?19 Pues es demasiado claro que ellos no creyeron a Jesús, porque creyeron a Moisés, y que, en cambio, hubiesen podido dar fe a Cristo, si hubiesen dejado de creer a Moisés. Como dije, te ruego nos enseñes dónde Moisés escribió algo sobre Cristo.

La fe racional

  1. —«Además —dice—, si eres cristiano, cree a Cristo que afirma que Moisés escribió de él: si no crees esto, no eres cristiano». Es siempre la respuesta sin sentido e insostenible de quien no tiene nada que mostrar. «¡Cuánto mejor harías si lo confesaras sin más!». Esto pudiste decírmelo a mí, que sabes que tengo que creer necesariamente por motivo de la religión con la que sirvo a Cristo, aunque aún esté bajo interrogante esto mismo, es decir, si es ese un testimonio del mismo Cristo a quien hay que creer de forma absoluta, o del escritor, que requiere un examen esmerado. Si no creemos a autores falsos, no ofendemos por ello a Cristo, sino a los falsarios. Sin embargo, de alguna manera esto podría mantenerse como objeción a los cristianos. Pero ¿qué haremos con aquellos a los que me referí, es decir al judío y al pagano, a quienes no podemos decir: «Si eres cristiano, cree; si no crees no eres cristiano?» Aunque esto también podrías decirlo rectamente de un cristiano, ya que ni Cristo desdeñó al apóstol Tomás que dudaba de sí; sin embargo, para curar las heridas de su espíritu le mostró las cicatrices de su cuerpo, pero no le dijo: «Si eres discípulo, cree; si no crees no eres discípulo». Tú dime esto a mí que dudo no acerca de Cristo, sino respecto a su afirmación: si es de él, o interpolada». «Pero —sigues diciendo— él considera más felices a los que sin ver creyeron»20. Si piensas que dijo esto para que creamos cualquier cosa sin motivo sin discreción, sé tú más feliz, pero sin cabeza, yo me sentiré contento sólo si se me llama feliz con motivo.

Fausto, cogido en sus palabras

  1. Agustín: Muy arteramente afirmas estar dispuesto a aceptar las profecías sobre Cristo, si hallas alguna en los libros de Moisés, de la misma manera que el pescado del mar, aunque rechazas el agua misma de donde lo pescas. Mas como todo lo que escribió Moisés es sobre Cristo, es decir, se refiere cabalmente a Cristo, ya porque lo anuncia con antelación mediante figuras, presentes en realidades hechas o dichas, ya porque encarece su gracia y su gloria, tú que creíste en el Cristo inventado por tu imaginación y falaz por los escritos de Manés, no quieres creer a Moisés como tampoco quieres comer el pescado. Con una diferencia, sin embargo: a Moisés le atacas hostilmente, mientras que al pescado lo alabas falazmente. En efecto, si no daña comer el pescado del mar, como tú mismo dijiste, ¿por qué vosotros le presentáis como tan dañino que, si no aparece otro alimento, preferís morir de hambre a comer pescado? ¿Por qué? Porque si toda carne es impura, según afirmáis, y en toda agua, en toda planta, está prisionera aquella vida miserable de vuestro Dios, que es purificada por vuestros alimentos, tu detestable superstición te obliga a tirar el pescado que alabaste y a beber el agua del mar y a comer las espinas que reprobaste. Mas en cuanto al hecho de comparar al siervo de Dios con los demonios, hasta aceptar que él fue como ellos cuando confesaban a Cristo21, si se halla algo en sus libros que anuncie a Cristo, él no desdeña el oprobio de su Señor. Si al Señor le llamaron jefe de Beelcebú, ¡cuánto más se lo llamarán a los de su casa!22 Vosotros ved que aquellos de los que habéis aprendido eso son más criminales que quienes así ultrajaron al Señor. Pues ellos no creían que fuera el Cristo y por eso lo consideraban falaz; vosotros, en cambio, no juzgáis verdadera a ninguna doctrina, a no ser a la que se atreva a presentar a un Cristo falaz.

Los maniqueos, los más cercanos al paganismo

  1. ¿Por qué te parece que la ley de Moisés no se diferencia en nada del paganismo? ¿Acaso porque habla del templo, del sacrificio, del altar y del sacerdote? ¡Pero todos estos nombres se hallan también en el Nuevo Testamento! Destruid, dice, este templo y en tres días lo levantaré23, y: cuando lleves tu ofrenda ante el altar24, y: Vete, preséntate al sacerdote y ofrece por ti el sacrificio que ordenó Moisés, como testimonio para ellos25. De qué eran figura estas realidades, lo muestra en parte el Señor mismo al comparar aquel templo con el templo de su cuerpo, y en parte lo conocemos por la enseñanza apostólica: El templo de Dios es santo, dice el Apóstol, templo que sois vosotros26, y: os exhorto por la misericordia de Dios a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios27, y demás textos por el estilo. Así, pues, todas aquellas cosas fueron figuras para nosotros28, como dice él mismo y he mencionado en repetidas ocasiones, porque no se ofrecían a los demonios, sino al único Dios, que hizo el cielo y la tierra, no porque necesitase tales cosas, sino porque distribuía las épocas y mandaba lo presente para prefigurar mediante ello lo futuro.

Vosotros, sin embargo, que, para seducir y engañar a los cristianos ignorantes e imperfectos, fingís detestar el paganismo, presentadnos la autoridad de los libros cristianos en que se os mande rendir culto y adorar al sol y a la luna. Es vuestro error más bien el que se asemeja al paganismo, porque no rendís culto a Cristo, sino a no sé qué bajo el nombre de Cristo, que os habéis inventado mintiendo, y adoráis a otros innumerables, visibles en este cielo observable e inventados por vuestra imaginación. A dichas creaciones imaginarias, cual ídolos vacuos y fútiles, no les edificasteis templos, sino que convertisteis vuestros corazones en templos para ellos.

No cabe el dilema

  1. Me exiges que te muestre qué escribió Moisés sobre Cristo. Con anterioridad29 he mostrado ya muchas cosas, pero ¿quién puede mostrarlas todas? Sobre todo teniendo en cuenta que, si menciono algunas, este hombre extraviado parece dispuesto a intentar desviarlas en otro sentido o a decir, si se viera aplastado por la evidencia de una verdad más luminosa, que él se las apropia igual que a un pescado fino extraído del mar salado, sin que por eso sea oportuno verse obligado a beber todos los escritos de Moisés, cual si fuesen el agua del mar.

Por tanto, considero que es suficiente para esta obra mostrar que, si se entienden correctamente, se refieren al anuncio de Cristo todos aquellos textos que él entresacó de los libros legales de los hebreos para hacerlos objeto de reproches. De ahí aparecerá suficientemente probado que los restantes testimonios o bien a una primera lectura o bien tras examen esmerado y veraz, se ajustan a la fe cristiana, si el enemigo que presenta unos testimonios como merecedores de mofa y condena, queda convicto por esos mismos testimonios de que ha de ser condenado por la verdad cristiana. Por tanto, ¡oh tú, hombre lleno de toda falacia!, habiendo dicho el Señor en el evangelio: Si creyerais a Moisés, creeríais también en mí; pues él escribió de mí30, no hay razón alguna para que finjas hallarte en un enorme apuro y obligado a aceptar uno de los dos extremos, a saber, o declarar falso ese pasaje o mentiroso a Jesús. Pues, como este pasaje es verídico, así también es veraz Cristo. «Pareció más correcto, dijo, atribuir falsedad a los escritores que la mentira al autor de la verdad». ¿Así que tú crees que es autor de la verdad Cristo, a quien tú presentas simulando la carne, la muerte, las heridas y las cicatrices? Quiero que me muestres dónde has aprendido que Cristo es autor de la verdad, si osas atribuir falsedad a quienes escribieron sobre él, cuya autoridad avalada y afianzada por lo reciente de los acontecimientos pasó a la posteridad. Tú no viste a Cristo, ni habló contigo como lo hizo con los apóstoles, ni te llamó desde el cielo como a Saulo31. ¿Qué podemos pensar, qué podemos creer acerca de él, sino lo que atestigua la Escritura? Además, si miente el evangelio, extendido y conocido por todos los pueblos y puesto desde el comienzo del anuncio del nombre de Cristo en todas las iglesias en cima tan alta de santidad, ¿qué Escritura se puede presentar a la que haya que creer acerca de Cristo? ¿Qué escrito puedes ofrecer del que aquel que no quiere darle fe no diga que es pura invención, si se pone en duda la celebridad tan grande del evangelio?

Los verdaderos ladrones y salteadores

  1. Luego añades que le oíste decir que todos los que vinieron delante de él habían sido ladrones y salteadores32. ¿Dónde le oíste decir eso, sino en el evangelio? y si otro pretende que es falso y niega que dijera Cristo eso que tú crees por el evangelio, afirmando que es como si lo hubieras oído de boca del Señor, ¿a dónde irás? ¿Qué harás? ¿No proclamarás con todas tus fuerzas la autoridad del evangelio? ¡Miserable!, lo que tú no quieres creer, está escrito allídonde aprendiste lo que crees hasta tal punto que afirmas haberlo oído de boca del mismo Cristo.

Advierte que nosotros creemos lo uno y lo otro, porque hemos creído al santo evangelio en que está escrito lo uno y lo otro: que Moisés escribió sobre Cristo, y que todos los que vinieron antes de Cristo fueron ladrones y salteadores. Este «vinieron» quiere que se entienda en el sentido de que no fueron enviados, pues los que fueron enviados, como Moisés y los profetas, no vinieron antes que él, sino con él, porque no quisieron precederle por la soberbia, sino que le llevaron humildemente a él que hablaba por ellos. Mas vosotros que así entendéis estas palabras del Señor, según vuestra manera de entender, confesáis claramente que no tenéis ningún profeta, que anunciara la venida futura de Cristo y, por tanto, lo inventasteis como os pareció bien. Pues si hay alguno vuestro no hay que otorgarle fe porque sólo vosotros los presentáis. Con todo, si hay algunos de quienes os atreváis a decir que profetizaron que Cristo había de venir en una falsa carne, que había de padecer una falsa muerte, que había de presentar a sus discípulos que dudaban falsas cicatrices, ya no digo cuán detestables son y merecedores de ser evitados y hasta qué punto no pueden ser veraces, aquellos a quienes agrada un Cristo de mentira. Para no decir eso, como ya había comenzado a decirlo, según este vuestro modo de entender, fueron ladrones y salteadores, porque vinieron antes de Cristo, quienes del modo que sea anunciaron que había de venir. Además, admitamos que es verdadera la interpretación según la cual se dice que vinieron antes de Cristo quienes no quisieron venir con Cristo, es decir con la Palabra, sino que, al no ser enviados por Dios, trajeron sus mentiras a los hombres. Vosotros mismos, aunque hayáis nacido en este mundo después de la pasión y resurrección de Cristo, sois ladrones y salteadores porque, antes de que él os iluminara para predicar su verdad, quisisteis anticiparos a él, para proclamar vuestro engaño.

Lo que Fausto no fue capaz de ver

  1. No es extraño que no veas que allí donde los judíos le dijeron: Tú das testimonio de ti mismo, tu testimonio no es verídico33 prosiguió diciendo que Moisés escribió de él. No tienes el ojo de la piedad con que poder verlo. En efecto, lo que les respondió, a saber: En vuestra ley está escrito que el testimonio de dos es verídico. Yo soy quien da testimonio de mí, pero también da testimonio de mí el Padre que me envió34, ¿qué otra cosa proclama, para quienes lo entienden correctamente, sino que aquel número de testigos fue consagrado y recomendado en la ley por el espíritu profético, para que también así se anunciase de antemano la revelación futura del Padre y del Hijo, cuyo Espíritu en aquella Trinidad inseparable es el Espíritu Santo? Por eso está escrito: Por la declaración de dos o tres testigos se será autenticada toda palabra35. Por otra parte, un único testigo dice la mayor parte de las veces la verdad, mientras que con suma frecuencia los muchos mienten, y los gentiles, cuando comenzaron a creer, prefirieron dar crédito a un único apóstol que les anunciaba el evangelio que a los pueblos extraviados que lo perseguían. Así, pues, no en vano quedó consagrado ese número de testigos. Y cuando el Señor responde de esa manera, quiso que en esa misma respuesta se entendiera que Moisés había profetizado sobre él. ¿O acaso le acusáis porque no dijo Está escrito «en la ley de Dios», sino en vuestra ley? ¿Quién no reconoce en ella una expresión usual en las Escrituras? En efecto, dijo en vuestra ley, en la ley dada a vosotros, igual que el Apóstol habla de su evangelio36, que sin embargo atestigua haberlo recibido no de un hombre, sino por revelación de Jesucristo. ¿Acaso afirmáis también que Cristo niega tener por Padre a Dios cuando no dice «nuestro padre», sino vuestro padre?37 No creáis a aquella voz que mencionaste como proferida desde el cielo: Este es mi hijo amadísimo, creedle38, porque personalmente no la oísteis. Mas si le dais fe porque la hallasteis en las sagradas Escrituras, en ellas se encuentra también ésta, a la que no queréis dar fe, según la cual Moisés escribió sobre Cristo. En ellas se encuentran otras muchas afirmaciones a las que negáis igualmente la credibilidad, sin temer, ¡miserables!, que de esa manera algún profano os diga que dicha voz en ningún modo procedió del cielo. Y vosotros, yendo contra la salvación del género humano que se confiere a todos los pueblos por la autoridad evangélica, argumentáis también en favor de vuestra perdición, al afirmar que no hay que creer que Jesús dijo que Moisés escribió sobre él. La razón aportada es que si él hubiese dicho eso, los judíos no hubieran podido callar; al instante, en cuanto malignos y astutos, le hubiesen preguntado, qué era eso que Moisés había escrito sobre él. Pregunte, pues, ese hombre vano y desorientado: Si aquella voz hubiese procedido del cielo, ¿hubieran creído todos los judíos que la oyeron?

¿Por qué, pues, no consideráis, ¡necios!, que, igual que pudo acontecer que tras aquella voz celeste permaneció igual de dura la infidelidad de los judíos, pudo suceder que, cuando Cristo dijo que Moisés había escrito de él, temiendo con maligna astucia que eso los declarase convictos, no quisieran oír lo que Moisés escribió sobre él?

Fausto no entendió

  1. Hasta Fausto percibe que esta argumentación contra la santidad del evangelio no sólo es sacrílega, sino también inconsistente y frágil. Por eso centra su atención, y afirma que prefiere apoyarse, en el hecho de que, tras haber examinado todos los escritos de Moisés, no halló en ellos ninguna profecía sobre Cristo. A eso respondo de inmediato: Porque no las entendió. Y si alguien me pregunta por qué no las entendió, respondo: «Porque las lee con ánimo hostil, con animosidad; porque no las examina para saber, sino que cree saber lo que ignora». Esta presunción, fruto de una arrogancia túrgida, cierra el ojo del corazón hasta no ver en absoluto, o produce astigmatismo, de modo que ve la imagen deformada, y aprueba o desaprueba una cosa en vez de otra. «Tú, dice Fausto, enséñame qué es, cosa que tal vez a mí se me pasó en la lectura, lo que se menciona en los escritos de Moisés sobre Dios y nuestro Señor». También aquí te respondo de inmediato: «Todo te ha pasado por alto, pues todo lo que escribió se refiere a Cristo». Mas, como no podemos discutir y comentar la totalidad de sus escritos, si puedo y con la ayuda del Señor, mantendré en esta obra lo que antes dije, y mostraré que fue escrito sobre Cristo lo que tú eliges como blanco de tu reproche.

Me pides asimismo que no diga «como suelen hacerlo los ignorantes, que a la fe le debe bastar el que Cristo haya dicho que Moisés escribió sobre él». Cosa que, si la afirmo, no la afirmo desde la ignorancia, sino desde la fe. También yo reconozco que no tiene fuerza para convencer a un gentil o a un judío; pero tú mismo, aunque por tanto tiempo lo has tergiversado, te has visto obligado a confesar que es un razonamiento muy adecuado y válido contra vosotros, que de algún modo os gloriáis del nombre cristiano, al decir: «No quiero que te fijes ahora en mí; mi modo de vida me ha obligado a darle fe, de modo que no puedo no creer a aquel a quien sigo; imagínate que tratamos con un judío o con un gentil». Con estas palabras manifestaste que tú, de quien al presente me ocupo, dado que tu estilo de vida te obligó a darle fe, quedaste suficientemente convencido de que Moisés escribió sobre Cristo, porque en el evangelio está escrito que lo dijo Cristo, cuya autoridad tan luminosa y santa no te atreves a minar. Osas hacerlo de forma indirecta, angustiado por tus dificultades al contemplar la ruina que te viene encima, cuando se te dice que no hay escritura alguna para la que puedas pedir credibilidad sobre los hechos y dichos de Jesús, si consideras que no hay que creer al evangelio, tan célebre por su santidad y difusión. Pero temiendo que una vez perdido el palio del nombre cristiano, quede al descubierto vuestra vacuidad para que todos escupan sobre ella y la detesten, una vez más, herido, intentas recoger velas, y afirmas que, ante estas palabras del evangelio, tu estilo de vida te ha obligado a darle fe. Así, pues, de momento, te tengo sujeto, herido, muerto, a ti de quien ahora me ocupo, es decir, a tu error y a tu engaño, y te fuerzo a reconocer que Moisés escribió sobre Cristo, porque se lee en el evangelio que lo dijo Cristo a quien tu estilo de vida te obligó a darle fe.

Si tuviese necesidad de discutir con un judío o con un gentil, ya mostré antes de qué modo, en conformidad con mis pocas fuerzas, juzgo que me conviene actuar.

Dt 18,15: una profecía sobre Cristo

  1. Tampoco niego que sea una predicción sobre Cristo lo que tú elegiste como blanco fácil de tu refutación, el texto en que Dios habla a Moisés y le dice: Les suscitaré un profeta semejante a ti de entre sus hermanos39. Ni me apartan de esta verdad de fe tus elegantes e ingeniosas antítesis, con las que quisiste como adecentar y dar color a un discurso fangoso. Al comparar a Cristo con Moisés, y deseando mostrar cuán poco se parecían, a fin de que de ahí resulte que no se puedan entender como dichas de Cristo estas palabras: Les suscitaré un profeta semejante a ti, constituyéndote en adversario, tú mismo te opusiste muchos aspectos contrarios: Moisés era hombre, Cristo Dios; aquél pecador, éste santo; aquél nacido de la unión carnal, éste, según vosotros, ni siquiera de una virgen; aquél murió en la montaña tras haber ofendido a Dios, éste, agradando en todo al Padre, sufrió por propia voluntad. Como si cuando se afirma de dos cosas que son semejantes, hubiera que entender que lo son plenamente y en todos los aspectos. En efecto, se habla de cosas semejantes entre sí entre las de una única e idéntica naturaleza, como los hombres gemelos, o los hijos respecto de sus padres, o cualquier hombre respecto de otro hombre en cuanto son hombres, pues son ciertamente semejantes. El hecho es muy fácil de ver también en los restantes animales o en los árboles. Así se habla de una hortaliza semejante a otra, o de un laurel semejante a otro. Pero no sólo en esos casos, pues también se llaman semejantes entre sí realidades de distinta naturaleza, como el olivo silvestre respecto al olivo cultivado y el farro respecto del trigo. Estoy hablando aún de cosas cercanas y palpables, pues ¿qué hay tan distante del hijo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas40, como un animal y una piedra? Y, sin embargo, en el evangelio se lee: He aquí el cordero de Dios41, y en el Apóstol: La roca era Cristo42: cosas que en ningún modo afirmaría nadie correctamente, si no hubiese captado ninguna semejanza entre ellas. ¿Qué tiene de extraño el que no haya desdeñado hacerse semejante al mismo Moisés Cristo, que se hizo semejante al cordero, que, para anunciarle a él, Dios, por medio de Moisés, mandó comer a su pueblo; que mostrara su sangre como garantía de salvación, y que se le llamase pascua43, cosa que a nadie le está permitido ocultar que se ha cumplido ahora en Cristo? Por lo tanto, por la Escritura yo le reconozco desemejante; por la misma Escritura reconócele también tú conmigo semejante: no desde el mismo punto de vista, sino desemejante en un aspecto y semejante en otro, siempre que logre demostrar lo uno y lo otro. Cristo es desemejante al hombre, por ser Dios, pues está escrito de él: Él está sobre todo, Dios bendito por los siglos44; y semejante al hombre, por ser hombre, pues de él está escrito: Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús45. Cristo es desemejante al pecador, porque es santo, y semejante al pecador, porque Dios envió a su hijo en la semejanza de la carne de pecado, para condenar, por el pecado, el pecado en la carne46. Cristo es desemejante al hombre, nacido de la unión carnal, en cuanto qué nació de una virgen; pero es semejante al hombre nacido, en cuanto que también nació de mujer él a quien se dijo: Lo que nacerá de ti será santo y se llamará hijo de Dios47. Cristo es desemejante al hombre, muerto por su pecado, en cuanto que murió sin pecado y por propia voluntad; pero a su vez es semejante al hombre, muerto, en cuanto que también él murió con verdadera muerte corporal.

La duda de Moisés, semejante a la de Pedro

  1. Y no has quitado crédito al siervo de Dios Moisés por haber dicho que fue pecador y que, tras haber ofendido a su Dios, murió en la montaña. Pues también él sabía gloriarse en el Señor, para recibir de él la salvación; de él de quién la recibía también el que dice: Jesucristo vino a este mundo para salvar a los pecadores, el primero de los cuales soy yo48. La voz divina arguye a Moisés porque su fe había titubeado un tanto en el momento de extraer el agua de la roca, particular que puede tener en común con el pecado de Pedro, quien en medio de las olas dudó por idéntica carencia de fe49. Con todo, lejos de nosotros creer que por eso quedase excluido de la eterna sociedad de los santos quien, aliado del santo Elías, mereció, según indica el evangelio, acompañar al Señor, transfigurado en el monte50. De la lectura de los libros del Antiguo Testamento, resulta cuán grandes fueron sus méritos ante el Señor, incluso después de su pecado. Dado que he prometido demostrar que se refieren al anuncio de Cristo los textos que tú elegiste como blanco de tu reproche, mostraré, en cuanto pueda y con la ayuda de Dios, cuál ha sido el motivo de que Dios hablase de vengar su pecado con tal género de muerte, a fin de enseñarte que hasta lo que reprochaste respecto a la muerte de Moisés fue, para quienes lo entienden correctamente, una profecía sobre Cristo.

Simbolismo de la muerte de Moisés

  1. Es costumbre de los divinos misterios presentes en las Sagradas Escrituras que un mismo hombre simbolice unas veces a una persona y otras a otra, para significar algo concreto. En aquel entonces Moisés representaba al pueblo judío sometido a la ley y lo simbolizaba como anuncio profético. Según esto, como Moisés dudó del poder de Dios al golpear con el bastón la roca, así aquel pueblo, sometido a la ley dada por Moisés, al clavar a Cristo en el madero de la cruz, no creyó que él era el poder de Dios. Mas como, una vez golpeada la roca, manó agua para los sedientos, así la herida de la pasión del Señor se convirtió en vida para los creyentes.

Al respecto tenemos la luminosísima y fidelísima palabra del Apóstol, que al hablar de eso decía: La roca era Cristo51. Cuando Dios ordena que la carne de Moisés muera en la montaña, está ordenando que muera esta carnal falta de esperanza respecto a la divinidad de Cristo en la excelsitud del mismo Cristo. Pues como la roca es Cristo, así también la montaña es Cristo: roca como humilde fortaleza, montaña como grandeza que descuella. En efecto, como dice el Apóstol: La roca era Cristo, así también el mismo Señor: No puede esconderse una ciudad situada sobre una montaña52, afirmando que él era la montaña, y sus fieles la ciudad asentada sobre la gloria de su nombre.

La prudencia de la carne vive cuando, cual roca golpeada, se desprecia la humildad de Cristo en la cruz, pues Cristo crucificado es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles. A su vez, la prudencia de la carne muere cuando, como a montaña que descuella, se reconoce a Cristo en su excelsitud, pues para los llamados, judíos o griegos, Cristo es el Poder y la Sabiduría de Dios53.

Así, pues, Moisés ascendió a la montaña, de modo que una vez muerta la carne, pero vivo el espíritu, fue recibido por Dios. A ella no había ascendido Fausto, de modo que, muerto en la mente, profería sus ataques carnales. ¿Acaso Pedro no se horrorizó de que la misma roca fuera golpeada por la prudencia de la carne, cuando dijo al Señor que le anunciaba su pasión: ¡Lejos de ti, Señor! ¡No sucederá eso! Ten piedad de ti? Tampoco el Señor se mostró condescendiente con este pecado, pues le replicó: Retírate, Satanás. Eres escándalo para mí; no piensas como Dios, sino como los hombres54. O ¿dónde murió esta carnal falta de fe sino en la glorificación de Cristo, cual en la altura de la montaña? Ciertamente seguía viva, cuando le negó por temor, y con toda seguridad había muerto, cuando le anunciaba con libertad. Seguía viva en Saulo, cuando, detestando el escándalo de la cruz, asolaba la fe cristiana; y ¿dónde murió sino en aquella montaña, cuando ya Pablo decía: Vivo, pero ya no yo, sino que vive en mí Cristo?55

El ser hombre no impide ser profeta

  1. ¿Qué argumentos tienes, vanidad herética, con que crees poder convencerte de que no son una predicción sobre Cristo las palabras: Les suscitaré un profeta, semejante a ti, de entre sus hermanos?56 Ni siquiera logras convencerte de que le muestras desemejante. Apoyados en otras razones, también nosotros le mostramos semejante. ¿Acaso porque fue considerado profeta quien se dignó ser también hombre, y predijo tantas cosas futuras? A no ser que un profeta sea algo distinto a un hombre que anuncia el futuro, yendo más allá de las conjeturas humanas. Por eso dice de sí mismo: Solo en su patria carece de honor un profeta57. Pero ya me ocuparé de ti, que poco antes confesaste estar convencido al afirmar que tu estilo de vida te obligaba a dar fe al evangelio. Salga adelante el judío en persona, que retira del yugo de Cristo su cerviz perjudicialmente libre y que por eso piensa que aún le es lícito decir: «Vuestro Cristo ha mentido; nada escribió Moisés sobre él».

El profeta prometido en Dt 18,15

  1. Dígame qué profeta había prometido Dios cuando dijo a Moisés: Les suscitaré un profeta como tú o semejante a ti, de entre sus hermanos58. Muchos profetas hubo posteriormente, pero sin duda apuntaba a uno concreto. Aquí, pienso, le vendría a la mente con suma facilidad el sucesor de Moisés que introdujo al pueblo, liberado de Egipto, en la tierra de promisión. Con la mente puesta en él, quizá aún se reiría de mí por preguntar de quien se había dicho: Les suscitaré un profeta, semejante a ti. En efecto, allí leo quién sucedió a Moisés, una vez muerto, en su misma misión de gobernar y guiar a aquel pueblo.

Una vez que se haya reído de mí considerándome un ignorante —así lo describe también Fausto—, no desistiré de urgir todavía a ese hombre y llevarle de la risa confiada a la preocupación por responder. Le preguntaré y reclamaré de él la respuesta a por qué al que iba a ser su sucesor, en cuya comparación fue reprobado, hasta el punto de no introducir él al pueblo en la tierra de promisión, para que no se pensase que la ley, dada por Moisés, no para salvar, sino para dejar convicto al pecador, introducía en el reino de los cielos59 en vez de la gracia y la verdad hechas realidad por Jesucristo; preguntaré —repito— a aquel judío por qué a ese que iba a ser su sucesor cambió Moisés el nombre. Se llamaba Ause y le llamó Jesús60. Además, ¿por qué le llamó así precisamente cuando le envió por delante desde el valle de Farán a aquella tierra a la que iba a entrar el pueblo con él de guía? Dice el auténtico Jesús en persona: Y cuando vaya y os prepare el lugar, volveré de nuevo y os llevaré conmigo61. Preguntaré asimismo si el profeta Isaías no da testimonio a esta figura al decir: Dios vendrá del sur y el Santo del monte Farán62, como si dijera: «Vendrá el Dios santo que tendrá por nombre el de aquel que vino del sur del valle de Farán, es decir, Jesús».

Añádase a esto que se entiende que es la misma Palabra de Dios la que habla cuando promete a Moisés un sucesor, por quien introduciría al pueblo en la tierra de promisión. Le da el nombre de ángel —como suele darse también en la Sagrada Escritura a los hombres que anuncian algo— en estas palabras: He aquí que yo envío mi ángel delante de ti, para que te custodie en tu camino y te introduzca en la tierra que juré darte. Mira por ti y obedécele; evita no creerle; no te quitará nada, pues mi nombre está en él63. ¿Qué significa esto? Examine esas escrituras no ya Manés, sino incluso el mismo judío y vea si Dios dijo de algún ángel: Mi nombre está en él, a no ser de aquel que promete como el introductor del pueblo en la tierra de promisión. Luego investigue quién entre los hombres, como sucesor de Moisés, introdujo allí al pueblo, y hallará que fue Jesús, llamado así no desde el comienzo de su vida, sino tras un cambio de nombre. Por tanto, quien dijo a Jesús: Mi nombre está en él, ese es el verdadero Jesús, rector y guía del pueblo a la heredad de la vida eterna según la Alianza nueva, de la que era símbolo la Antigua. Así, pues, por lo que se refiere a la institución profética no se puede ofrecer ni decir nada más excelente, porque la realidad ha tenido hasta una expresión nominal.

Reacción lógica del judío

  1. Sólo queda que aquel judío, si quiere ser judío en su interior, no en la letra, sino en el espíritu64; si quiere que se le tenga como verdadero israelita en quien no hay engaño65, recuerde en su condición de figura profética a aquel Jesús, ya muerto, que introdujo en la tierra de los muertos, y reconozca en la verdad al Jesús vivo, con cuya guía entrará en la tierra de los vivos. Ese judío ya no se opondrá en actitud rebelde a profecía tan clara, sino que, recordando al Jesús que introdujo en aquella tierra de promisión, transformado en dócil, escuchará ya al otro Jesús, cuyo nombre llevaba el primero, el que con mayor verdad introduce y dice: Bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra en heredad66. Llegado este momento, también aquel gentil, si no tiene un corazón demasiado duro, o si forma parte de aquellas piedras de las que Dios suscita hijos de Abrahán67, ¿no se llenaría de admiración ante el hecho de que en los libros antiguos del pueblo del que se prueba que nació Jesús fue escrita una profecía tan clara sobre él, que hasta señala su nombre? Al mismo tiempo advertirá allí que Jesús no fue predicho como un simple hombre, sino como Dios. En efecto, Dios declaró que su nombre se hablaba en aquella persona, puesta para gobernar e introducir en el reino al pueblo y a la que, tras cambiársele el nombre, se la llamó Jesús. Asimismo, lo consideró un ángel por el hecho de que, cambiado el nombre, se le enviaba a anunciar algo grande y divino. ¿Quién, aunque sólo tenga un baño superficial en dicha lengua, ignora que en griego se llama ángel a quien anuncia algo?

Por lo tanto, ningún gentil, que no pensase ser un malvado y obstinado, despreciaría los libros de aquel pueblo por cuya ley no se siente atado. Antes bien, valoraría al máximo los libros de cualquier pueblo por el hecho de hallar escrito en ellos con tanta antelación lo que ya reconocía como cumplido en su época. Tampoco despreciaría al mismo Cristo Jesús al verlo anunciado en los escritos hebreos, sino que, más bien, pensaría que había que seguir con enorme admiración y venerar con la debida devoción a quien, antes de nacer entre los hombres, había merecido ser preanunciado y recomendado en cualesquiera escritos, en tantos ciclos seculares, en parte con testimonios claros y en parte en el lenguaje figurado y misterioso de hechos y palabras. De esta manera a él se le probaría la veracidad de la profecía contenida en aquellos libros con los resultados ya evidentes de las realidades cristianas, y él reconocería que hay que rendir culto a Cristo en atención a la profecía contenida en los libros. Pensaría estar diciendo algo carente de sentido si no hubiera acontecido así, si no aconteciera así, si no corriera hacia esa fe todo el orbe de la tierra, como consecuencia de la lectura de esos libros.

Provecho de la infidelidad de los judíos

  1. Por todo ello hay que mofarse de la extraña locura de quienes nos preguntan, como si se tratara de algo imposible, cómo un gentil puede llegar a la fe cristiana por los libros de los judíos, pues ve con cuánta devoción y celebridad se hacen discípulos de estos libros todos los pueblos. Y lo hará con tanta mayor solidez y firmeza cuanto que tan grandes testimonios sobre Cristo proceden de sus enemigos. Los creyentes de la gentilidad no pueden pensar que haya en ellos nada inventado sobre él, puesto que encuentran a Cristo en los libros a los que sirven desde hace tantos siglos quienes crucificaron a Cristo y a los que tienen en cima tan señera de autoridad los que a diario maldicen a Cristo.

Si las profecías sobre Cristo las presentasen quienes le anuncian, parecerían inventadas por ellos; pero ahora quien le anuncia no hace sino exponer lo que lee quien le maldice. El Dios supremo ordena la ceguera de los impíos plenamente al beneficio de los santos. De acuerdo con la equidad de su gobierno, hasta de los malos hace buen uso, de modo que su juicio coloca dentro del orden de la justicia a quienes por voluntad propia viven fuera de ella. Por tanto, para que no se creyese que los testimonios que profetizaban que Cristo iba a nacer, obrar milagros, padecer vejaciones, morir, resucitar, ascender y extender por todos los pueblos el evangelio de la vida eterna los inventaron quienes lo anunciaban a los pueblos, la infidelidad de los judíos se ha convertido en algo útil para nosotros, de modo que hasta ellos, que por sí mismos no tendrían estas cosas en sus corazones, las tuviesen en sus códices en favor nuestro. Ni disminuye la autoridad de aquellos libros por el hecho de que no los entiendan los judíos; es más, se acrecienta, pues hasta su misma ceguera está anunciada en ellos. Razón por la que su falta de inteligencia de los mismos otorga un testimonio mayor a la verdad, porque al no entender dichos libros que predicen esa su falta de inteligencia, manifiestan también aquí su veracidad.

Dt 28,66, profecía sobre Cristo

  1. De aquí proviene también aquello cuya ambigüedad engañó a Fausto: Verás pender a tu vida y no creerás a tu vida68. Alguien podrá decir que estas palabras pueden entenderse de otra manera. Pero ni Fausto se atrevió, ni absolutamente nadie se atreverá a decir que no pueden entenderse referidas a Cristo. Solamente quien niegue que Cristo es la vida, o que los judíos le vieron pender, o que ellos no le creyeron. Mas como él dice: Yo soy la vida69 y consta que él pendió ante los ojos de los judíos que no le creyeron, no veo por qué debamos dudar de que también escribió sobre Cristo aquel de quien Cristo dice: El escribió de mí70. Por tanto, si Fausto intentó mostrar que no se puede entender de Cristo el texto: Les suscitaré un profeta semejante a ti de entre sus hermanos porque Moisés no es semejante a Cristo, y sin embargo queda convicto de ello por todas partes, ¿qué necesidad hay de fatigarse más en este testimonio? No queda otra alternativa sino ésta: igual que, para rechazar aquella profecía, dijo que Cristo no era semejante a Moisés, diga también, para rechazar ésta, que Cristo no es la vida o que no pendió en presencia de los judíos que no creyeron en él. Mas como él no dijo tal cosa y ninguno de ellos osaría decirlo hoy, no hay razón para que demoremos abrazar también esta profecía de su siervo acerca de nuestro señor y salvador Jesucristo.

Entre otras maldiciones aparece también ésta. ¿Acaso no es una profecía, si las demás maldiciones entre las que se cuenta ésta, no son otra cosa que profecías? ¿O no es una profecía sobre Cristo porque su contexto anterior o posterior no parece referirse a Cristo? ¡Como si entre las maldiciones que sobrevinieron a los judíos como paga de su soberbia impiedad hubiese alguna peor que ver pender a su vida, es decir, al Hijo de Dios, y no creer en ella!

Porque, cuando los profetas profieren maldiciones, no se deben al deseo de mal de quien las profiere, sino al espíritu profético de quien las anuncia. En efecto, las maldiciones que proceden de un deseo de mal están prohibidas en las palabras: Bendecid y no maldigáis71. Con todo, se hallan con frecuencia en boca de los santos. Así Pablo dice: Alejandro, el herrero, me ha hecho mucho mal; Dios le pagará según sus obras72. El mismo Pablo, como irritado e indignado, parece haber deseado un mal al decir: ¡Ojalá se mutilaran los que os perturban!73 Palabras que, si prestas atención a quien las escribe, entenderás más bien como expresión de un buen deseo, formulado con elegantísima ambigüedad. Hay eunucos que se mutilaron a sí mismos por el reino de los cielos74. Realidad que Fausto hubiese saboreado en esas mismas palabras, si hubiese llevado al alimento del Señor un paladar rebosante de piedad.

De igual manera, quizá, sonó a los oídos de los judíos el texto: Verás pender a tu vida, y no creerás a tu vida75, de suerte que, viendo que su vida pendía incierta en medio de las amenazas y engaños de sus enemigos, no creyeron que ella llegase a vencer. Mas el hijo del evangelio, cuando oye: El escribió de mí76, en la misma ambigüedad de la sentencia ve lo que los profetas arrojan a los puercos y lo que insinúan a los hombres, y al instante le viene a la mente la vida de los hombres, Cristo que pendía y en quien los judíos no creyeron precisamente porque pendía.

Y algún otro se apresurará a decir que entre las restantes maldiciones de aquel texto, que no aportan nada a la inteligencia de Cristo, únicamente se refieren a él estas palabras: Verás pender a tu vida y no le creerás, porque no podía suceder que entre diversas maldiciones que se anunciaban proféticamente al pueblo impío, no se incluyera también ésta. Pero yo, y los que conmigo consideran con un poco más de atención la afirmación del Señor, en la que no dijo «pues él escribió también de mí», de modo que se creyese que escribió también otras cosas que no se refieren a Cristo, sino pues él escribió de mí, de suerte que nos preocupáramos de investigar cómo la única intención de aquella escritura miraba a la inteligencia de la gracia de Cristo, sabemos que también las restantes maldiciones de aquel texto han sido predichas pensando en Cristo. Si ahora quisiera exponerlo, me haría demasiado largo.

Moisés no era Caifás

  1. Por eso está tan lejos de la verdad el que no se refiera a Cristo lo que mencionó Fausto, por la única razón de aparecer en medio de otras maldiciones, cuando ni las restantes tienen una recta comprensión, si no se refieren, como profecías, a la gloria de Cristo que mira por el género humano. ¡Cuánto más esto! Porque incluso si Moisés hubiese sido una persona tal que pensando una cosa hubiese dicho otra, más fácilmente diría que había profetizado sin saberlo que negaría que había profetizado sobre Cristo, al oír que se dijo al pueblo judío: Verás pender a tu vida y no creerás a tu vida77. En verdad, tampoco Caifás pensaba en su interior lo que se comprendió en sus palabras cuando, persiguiendo a Cristo como a su enemigo, dijo que convenía que muriese un único hombre para que no pereciese todo el pueblo. En ese caso el evangelista añadió que no lo había dicho por sí mismo, sino que, como era pontífice, había profetizado78. Pero Moisés no era Caifás. Por lo cual, lo que dijo al pueblo hebreo: Verás pender a tu vida y no creerás a tu vida, no sólo lo dice de Cristo, cosa que, aunque lo hubiese dicho sin saberlo, no se debería entender como dicho de ninguno otro, sino que lo dice de forma consciente. Él era un dispensador fidelísimo del misterio profético, es decir, de aquel crisma sacerdotal en que reconocemos el nombre de Cristo. Encuadrado dentro de ese misterio, aunque era un hombre pésimo, Caifás pudo profetizar, incluso sin él saberlo. El profetizar fue obra en él del crisma profético; que lo hiciese sin darse cuenta, fue resultado de su vida impía. ¿Con qué boca se puede decir que Moisés no profetizó nada de Cristo? Moisés de quien tomó origen aquel Crisma que dio nombre a Cristo y gracias al cual un enemigo de Cristo, aún sin saberlo, profetizó sobre Cristo.

Cristo no quiso apartar a los israelitas de su Dios

  1. Respecto a la maldición que recae sobre el que pende de un madero, ya dije antes cuanto me pareció. Sin embargo, por los muchos puntos que hemos tratado ya, está bastante claro, y se esclarecerá cada vez más a quien considere una y otra vez los dichos y hechos de Cristo, que el precepto de matar al profeta o al príncipe del pueblo que pretendiera apartar a los hijos de Israel de su Dios o infringir alguno de los mandamientos, no lo dio Moisés contra Cristo, porque él no quiso nunca apartar a nadie de su Dios, el Dios, en efecto, al que Moisés les había mandado amar y rendir culto. Ciertamente el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob al que el Señor Jesucristo menciona con el mismo encarecimiento y con cuya autoridad refuta el error de los saduceos que niegan la resurrección, cuando dice: Respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que dijo Dios a Moisés desde la zarza: Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos están vivos79. De forma oportuna con las palabras con que en aquel entonces quedaron convictos los saduceos, quedan convictos ahora los maniqueos; pues también estos niegan la resurrección, aunque desde otros presupuestos.

Más aún, cuando, alabando la fe del centurión, dijo: En verdad os digo que no he hallado fe tan grande en Israel, añade: Os digo que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio los hijos del reino irán a las tinieblas exteriores80. Por tanto, si —cosa que Fausto no puede negar— Moisés no recomendó al pueblo judío otro Dios que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, y recomienda sin duda por estos y otros testimonios al mismo Cristo, no intentó apartar de su Dios a aquel pueblo. Al contrario; precisamente los amenazó con las tinieblas exteriores al verlos alejados de su Dios, en cuyo reino dice que se han de sentar a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob todos los pueblos que han sido llamados, y por la única razón de que mantuvieron la fe en el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Por esa razón dice también el Apóstol: Previendo la Escritura que Dios justifica a los gentiles por la fe, lo anunció a Abrahán diciendo: En tu descendencia serán benditos todos los pueblos81, es decir, para que fueran bendecidos en Abrahán los que imitasen la fe de Abrahán.

Así, pues, Cristo no quería apartar a los israelitas de su Dios; antes bien les recriminaba que se hubiesen apartado de él. Quien piense que el Señor infringió alguno de los mandamientos dados por Moisés, no se extrañe: piensa lo mismo que los judíos; pero yerra, porque en eso mismo erraron también los judíos. Mas allí donde Fausto menciona el mandamiento que pretende creamos que infringió el Señor, allí mismo es preciso que mostremos cómo se engaña, como ya lo mostré antes, según convenía. Ahora le respondo únicamente que si el Señor hubiese infringido alguno de los mandamientos, no hubiese reprochado él eso mismo a los judíos. Cuando ellos le acusaban de que sus discípulos comían sin lavarse antes las manos y que por eso traspasaban no el mandato de Dios, sino las tradiciones de los mayores, les dijo: ¿Por qué también vosotros traspasáis el mandamiento de Dios, para establecer vuestras propias tradiciones? Y menciona el mismo mandamiento divino, que sabemos fue dado por Moisés. Sigue así: Dijo Dios: Honra a tu padre ya tu madre, y: Quien maldiga a su padre o a su madre, morirá. Vosotros, en cambio, decís: Quien diga a su padre o a su madre: sea ofrenda lo que de mí pudiera aprovecharte, ese no honra a su padre y a su madre; habéis anulado la palabra de Dios por vuestra tradición82.

Ved a este propósito de cuántos modos nos enseña que él no apartaba a los judíos de su Dios; que él no sólo no infringía sus mandamientos, sino que incluso reprochaba a quienes los infringían el que lo hiciesen, y que esos mandamientos no los ordenó sino Dios por medio de Moisés.

Cómo se da muerte ahora al que aparta de Dios

  1. Por eso, nosotros creemos que todo lo que escribió Moisés se refiere a Cristo para recomendarlo. Como no puedo incluir en esta obra todos los testimonios, he prometido mostrarlo en los textos de Moisés que Fausto seleccionó como objeto de su refutación o reproche. Con razón, pues, se me reclama la deuda de mostrar que pertenece a la custodia de la fe que se aprende en la Iglesia de Cristo el precepto de Moisés de dar muerte al profeta o príncipe que pretenda apartar de su Dios o infringir algún mandamiento.

Por el espíritu profético y porque Dios le hablaba, él veía que habían de surgir numerosos herejes enseñando diversos errores contra la doctrina de Cristo, quienes anunciarían a un Cristo distinto del auténtico. El Cristo auténtico es el anunciado por las profecías proferidas por el mismo Moisés y por los demás santos del mismo pueblo. Así, pues, Moisés ordenó la muerte de todo el que quisiese enseñar otro. ¿Qué otra cosa hace ahora la lengua católica sino dar muerte con la espada espiritual de doble filo de uno y otro Testamento a todos los que quieren apartarnos de nuestro Dios e infringir algún mandamiento? Entre ellos cae de modo especial el mismo Manés, cuando, afirmada la verdad de la ley y los profetas, se da muerte a su error, que quiere apartarnos de nuestro Dios, el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, al que encarece Cristo, y que quiere infringir los mandamientos de la ley, en los que, como figuras, reconocemos que está profetizado Cristo?

El falso dilema de Fausto

  1. Veamos ahora aquel dilema al que no sé si considerar sumamente romo o sumamente engañoso. Como Fausto tenía ingenio, presumo más bien que quiso poner una nube al lector menos atento, antes que no viera lo que voy a decir. Dice: «Porque si él no escribió en absoluto esto de Cristo, o aportáis otros testimonios, o es que no los hay». Este planteamiento es válido, pero requería que mostrase que ni fue escrito de Cristo y que no se pueden aportar otros. No hizo ni lo uno ni lo otro, puesto que yo he mostrado cómo se pueden referir a Cristo, y con anterioridad he aportado muchos otros testimonios, que sólo se pueden comprender referidos a Cristo. No tienes razones, Fausto, para concluir que Moisés no escribió nada sobre Cristo. Considera, pues, lo que dices: «Porque si él no escribió en absoluto esto de Cristo, o aportáis otros testimonios, o es que no los hay». Dices verdad. Por tanto, como he mostrado que todo se dijo de Cristo, y he aportado muchos otros testimonios, tu argumentación se queda en nada. Aunque no lo conseguiste, al menos intentaste mostrar que los textos que mencionaste no habían sido escritos sobre Cristo. Para concluir: «o aportáis otros testimonios, o es que no los hay», debiste demostrar antes que yo no podía aportarlos, para poder inferir con seguridad que no existen. Ahora, en cambio, como si tu opúsculo fuese a tener oyentes tan sordos o lectores tan ciegos, que ninguno advirtiera lo que pasabas por alto, te apresuraste a decir: «Si no existe ninguno, tampoco Cristo pudo afirmar lo que no existe en ninguna parte; en consecuencia, si Cristo no lo afirmó en absoluto, consta que este pasaje es falso».

¡Oh hombre que cree que dice algo y no piensa que otro le puede rebatir! ¿Dónde queda tu ingenio? ¿Acaso, por defender una causa mala, no puedes actuar de otra manera? Tu causa mala te obliga a hablar palabras sin sentido, pero nadie te obliga a defender una causa mala. ¿Qué harás, pues, si aportamos otros testimonios? Ciertamente no habrá ninguno, porque habrá algunos. y si hay algunos, Cristo pudo afirmar lo que existe. Y así, si Cristo pudo afirmar eso, consta que aquel pasaje evangélico no es falso. Vuelve, pues, a tu proposición. Dijiste: «O aportáis otros o es que no los hay», y advierte que no mostraste que nosotros no íbamos a aportar ningún otro. Considera también cuántos aportamos ya antes, y advierte lo que se sigue de aquí, a saber, que no es falso lo que leemos en el evangelio que dijo Cristo: Si creyerais a Moisés me creeríais también a mí, pues él escribió de mí83. La autoridad del evangelio es tan descollante y su verdad tan afianzada que, incluso si, por nuestra torpeza de ingenio, no hallásemos ningún testimonio escrito por Moisés sobre Cristo, deberíamos creer, no sólo que hay algunos, sino que todo lo que escribió se refiere a Cristo, pues no dice: «escribió también de mí», sino él escribió de mí. Mas ahora, aunque hubiera que dudar —lejos esto de nosotros— de este pasaje, después de hallar tantos testimonios sobre Cristo en la Escritura, desaparecería toda duda. Y como no cabe la duda respecto al pasaje evangélico, incluso si no se hubiesen descubierto, convendría creer que existen.

Moisés y Cristo, unidos en la fe de los pueblos

  1. Añades que «lo trasmitido respecto de Moisés y de Cristo es tan desemejante y tan distinto, que si los judíos hubiesen creído a uno de ellos, necesariamente tenían que dar la espalda al otro». Esto no lo dirías si levantaras un poco la vista y, sin la ceguera del contencioso, vieras que todo el orbe de la tierra, en sus hombres doctos y en los indoctos, en los griegos y en los bárbaros, en los sabios y en los necios, ante quienes se consideraba deudor el Apóstol84, creían a la vez a Cristo y a Moisés. Por tanto, si no era verosímil que los judíos creyesen a un mismo tiempo a Moisés y a Cristo, mucho menos lo es que el orbe de la tierra crea a la vez a Moisés y a Cristo. Mas cuando vemos que todos los pueblos creen a uno y a otro y que retienen con fe robustísima y celebrada que la profecía de aquél se ajusta al evangelio de éste, no se convocaba a algo imposible a un pueblo cuando se le decía: Si creyerais a Moisés me creeríais también a mí. Al contrario, hay que mostrar extrañeza y reprochar con más vigor la dureza de los judíos, que no hicieron lo que vemos que ha hecho todo el mundo.

El sábado: sombra y realidad

  1. A propósito del sábado, de la circuncisión carnal y de las diferentes clases de alimentos, afirmas que una cosa fue lo que ordenó Moisés y otra lo que los cristianos aprendieron de Cristo. Ya mostré antes que, como dice el Apóstol, todas estas cosas acontecieron en figura para nosotros85. No se trata de que enseñen cosas diversas, sino lo mismo en una época diferente. Pues una era aquella en que convenía el anuncio por medio de profecías figurativas, y otra aquella en que conviene que aparezcan ya realizadas en la realidad visiblemente cumplida. ¿Qué tiene de extraño el que los judíos, que entendían carnalmente el sábado, rechazasen a Cristo, que ya apuntaba su sentido espiritual? Tú responde, si puedes, al Apóstol, quien atestigua que el descanso de aquel día era una sobra del futuro86. Pero si ellos ofrecieron resistencia a Cristo, porque no entendieron el sábado verdadero, no se la ofrezcáis vosotros y comprended la verdadera inocencia. Pues en el pasaje más determinante para considerar a Jesús por destructor del sábado, es decir, cuando sus discípulos, que pasaban por un campo sembrado, al sentir hambre, arrancaron espigas y las comieron, él los declaró inocentes, y replicó a los judíos: Si supierais qué significa: prefiero la misericordia al sacrificio, nunca hubieseis condenado a estos inocentes87. En efecto, debieron haberse compadecido de ellos, que estaban hambrientos, pues su acción estaba forzada por el hambre. Vosotros, en cambio, consideráis homicidas, no por una tradición que provenga de Cristo, sino por otra que llega de Manés, a todo el que arranque espigas. ¿Acaso los apóstoles se mostraron misericordiosos con las mismas espigas, para purificar, comiéndolas, a los miembros de Dios presentes en ellas, como señala vuestra fábula? Sois, pues, crueles al no hacerlo. Pero he aquí que Fausto sabe cómo anular el sábado: conoce que el poder de Dios actúa siempre y sin fatigarse. Digan esto quienes comprenden a Dios creando todos los tiempos sin voluntad temporal. Esto es demasiado para vosotros que presentáis el descanso de vuestro Dios sacudido por la rebelión de la raza de las tinieblas y turbado por la irrupción repentina de los enemigos. ¿Acaso, previendo esto desde la eternidad, nunca gozó de descanso, porque nunca estuvo tranquilo quien pensaba que tenía que librar tan dura batalla con tan gran mácula y daño para sus miembros?

Significado de la circuncisión

  1. Por lo demás, Cristo no testimoniaría tan claramente en favor de aquel sábado del que os mofáis por ignorancia e impiedad, si no se le comprendiera entre las profecías sobre Cristo. Como el mismo Fausto reconoció, alabándole, cuando Cristo sufrió por su propia voluntad, teniendo, por tanto, en su poder elegir el tiempo de su pasión y resurrección, hizo que su carne descansase en la sepultura el sábado, para manifestar, resucitando al tercer día, el llamado domingo, considerado octavo por seguir al sábado, que también la circuncisión en el octavo día incluía una profecía sobre sí. ¿Qué significa la circuncisión de la carne? ¿Qué otra cosa, sino el despojo de la mortalidad que arrastramos como consecuencia de la generación carnal? Por eso dice el Apóstol: Despojándose de la carne, dio ejemplo a los principados y potestades, triunfando sobre ellos en sí mismo88. Al decir que se despojó de la carne, entendemos que se refiere a la mortalidad de la carne, conforme a la cual este cuerpo se llama con propiedad carne. A esa mortalidad se la llama con propiedad carne, porque no existirá en aquella inmortalidad de la resurrección. Por eso está escrito: La carne y la sangre no poseerán el reino de Dios89. A propósito de estas palabras, soléis acusar a nuestra fe por la que creemos en la resurrección futura de este cuerpo, que ya nos precedió en el mismo Dios, ignorando las que siguen, en las que el Apóstol expone lo que está diciendo. Pues queriendo mostrar a qué llamó carne en ese texto, añadió a continuación: Ni la corrupción poseerá la incorrupción90. Afirma que este cuerpo que recibe con propiedad el nombre de carne por su mortalidad, se transformará en la resurrección, dejando de ser corruptible y mortal. Para que no piense Fausto que es pura sospecha mía, considerad cómo sigue: Mirad, dice, que os declaro un misterio: todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados, en un instante, en un golpe de ojo, cuando suene la última trompeta; sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptos, y nosotros seremos transformados; pues conviene que esto corruptible se vista de incorrupción y esto moral se revista de inmortalidad91. Así, pues, para revestirse de inmortalidad, se despoja de la mortalidad. Este es el misterio de la circuncisión que se ordenó tuviese lugar al octavo día92, y que en el día octavo, es decir, el domingo, día siguiente al sábado, ya la realizó en Señor en la verdad. Por eso se dice: Despojándose de la carne, dio ejemplo a los principados y a las potestades93. Las potestades diabólicas, llenas de envidia, nos tenían dominados por medio de esta mortalidad; se dijo que les dio ejemplo, porque, en sí mismo, nuestra cabeza mostró lo que alcanzará su perfección en la última resurrección en todo su cuerpo, es decir, en la iglesia que ha de ser liberada de la potestad del diablo. Esta es nuestra fe. Y dado que, como recuerda Pablo, conforme al testimonio profético, El justo vive de la fe94, esta es nuestra justificación.

Que murió Cristo lo creen hasta los paganos; en cambio que resucitó es creencia propia de los cristianos. Dice el Apóstol: Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado95. Así, pues, como nos justificamos por esta fe en la resurrección, por eso mismo se refieren también a Cristo aquellas palabras del Apóstol: que murió por nuestros pecados y resucitó por nuestra resurrección96. Y dado que esta resurrección que nos justifica, si creemos en ella, estuvo figurada en aquella circuncisión en el octavo día, por eso dice el Apóstol del mismo Abrahán, el primero al que se le confió: y recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia de la fe97. En consecuencia Moisés incluyó esta circuncisión entre otros símbolos proféticos referidos a Cristo. Moisés de quien dice el Señor: El escribió de mí98. En cambio dice: Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que rodeáis mar y tierra para hacer un prosélito; y una vez que llega a serlo, le hacéis hijo de condenación el doble que vosotros99. La razón de esto no dijo que fuera la circuncisión, sino la imitación de sus costumbres; imitación de la que aparta a sus discípulos al indicarles: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y fariseos; haced lo que dicen, pero no lo que ellos hacen, pues dicen, pero no hacen100. En estas palabras del Señor debéis prestar atención a ambas cosas: el gran honor que se confiere a la doctrina de Moisés, pues hasta los malos que se sientan en su cátedra se ven obligados a enseñar cosas buenas, y cómo hacen a un prosélito hijo de la gehenna; es decir, no porque oiga las palabras de la ley de boca de los fariseos, sino porque imita sus hechos.

Por eso se podría decir a un prosélito circunciso lo que dice Pablo: La circuncisión es provechosa, si guardas la ley101. Mas como él no imitaba a los fariseos en el guardar la ley, se hacía hijo de la gehenna; en consecuencia, pienso, el doble que ellos, porque descuidaba cumplir lo que había aceptado por propia voluntad él, que no había nacido judío, sino que espontáneamente se había hecho tal.

Los alimentos

  1. ¿Qué quisiste decir, con desconsiderada ofensa, mediante las palabras: «Moisés, a modo de un glotón, se sienta en plan de juez entre los pescados, las aves y los cuadrúpedos, y ordena que unos sean consumidos como puros y a otros, en cambio, no se los toque siquiera por ser impuros»? Lo propio del glotón es no hacer distinciones entre los alimentos, o si hace alguna es para escoger los más deliciosos. ¿Acaso dices eso para que a los ignorantes les parezca digna de admiración tu continencia, comenzada en tan tierna edad que ya no sabe, o ha olvidado, cuánto más sabrosa es la carne de cerdo que la de carnero? Mas como Moisés escribió también esas cosas como figuras proféticas de Cristo, simbolizando en las carnes de los animales a los hombres que han de ser incorporados al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, o que han de ser rechazados, en los impuros os simbolizó a vosotros, que no os asociáis a la fe católica, porque no rumiáis la palabra de la sabiduría y, al no distinguir, dentro de la concordia, los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, no tenéis, por decirlo así, la doble pezuña. ¿Quién soportará que no te hayas avergonzado de seguir el engaño de vuestro Adimanto?

Interpretación de Mt 15,11ss: no hay dos morales

  1. Dices también que «Cristo de tal manera enseñó que los alimentos son indiferentes, que, aunque prohibía todo a sus discípulos, concedía a los comúnmente llamados seglares todo lo que se podía comer, y les aseguraba que no los manchaba nada de lo que entraba por la boca, puesto que sólo mancha al hombre lo que imprudentemente sale de su boca». Estas palabras tuyas proceden de una mentira tanto más desvergonzada cuanto más evidente, y como mentira han sido proferidas. En primer lugar, porque si, según la afirmación de Cristo, sólo mancha al hombre lo malo que sale de su boca, ¿por qué a los discípulos de Cristo no les manchaba sólo eso, de suerte que fue necesario prohibirles las carnes como si fueran inmundas? ¿Acaso es a los seglares a los que no les mancha lo que entra en su boca, sino lo que sale de ella? Según esto, ellos están más inmunizados contra la impureza que los santos, si a éstos los puede manchar tanto lo que entra en su boca como lo que sale de ella.

Quisiera que éstos me dijeran qué comía y bebía Cristo quien, en comparación de Juan Bautista que no comía ni bebía, dijo de sí que comía y bebía. En efecto, recriminando la maldad de los hombres que buscaban motivos de acusación en ambos términos de la alternativa, dijo: Viene Juan que no comía ni bebía y dicen: Tiene un demonio; viene el hijo del hombre que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre glotón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores102. Y ciertamente conocemos lo que comía y bebía Juan, pues, al afirmar que no bebía vino ni sidra103, no indicó que no bebiera en absoluto, pues bebía agua. Tampoco se privaba en absoluto de todo alimento, sino que comía langostas y miel silvestre104. ¿Por qué dijo entonces que no comía ni bebía, sino porque renunciaba a los alimentos que tomaban los judíos? Por tanto, si el Señor no los tomaba no hubiese dicho de sí, comparado con Juan, que comía y bebía. ¿O se dijo eso acaso porque comía pan y hortalizas, que no comía Juan? Es extraño que se diga que no come quien se alimenta de langostas y miel, y que come quien se contenta con pan y hortalizas. Pero caigan estos alimentos bajo vuestra sospecha, cuanto os venga bien; ciertamente no se le llamaría bebedor de vino si no bebiese vino. ¿Por qué entonces lo tenéis vosotros por impuro? En efecto, vosotros no prohibís probarlo pensando en la continencia y en la disciplina necesaria para domar el cuerpo, sino porque los consideráis impuros. Contradiciendo al Apóstol quien dice que todo es puro para los puros105, vosotros afirmáis que (las carnes y el vino) son las heces y la hiel de la raza de las tinieblas. Ved quiénes se atreven a decir que Cristo enseña que los alimentos son indiferentes, y que, sin embargo, prohibió a sus discípulos comer los que ellos consideran impuros. Embusteros, malvados, mostrad dónde los prohibió el Señor a sus discípulos. Estáis tan cegados por la providencia vengadora de Dios que hasta insistís en recordarnos los argumentos con que refutaros.

Hago violencia a mi espíritu si no traigo aquí, para examinarlo, todo este pasaje del evangelio, que Fausto quiso oponer a Moisés, para ver cuán falso es lo que dijo antes Adimanto y ahora Fausto, a saber, que el Señor prohibió a sus discípulos comer las carnes y que las concedió a los vulgarmente llamados seglares. En efecto, cuando respondió a los que le acusaban de no lavar las manos para comer, continúa así el texto evangélico: Luego llamó a la gente y le dijo: Oíd y entended: No es lo que entra en la boca lo que mancha al hombre, sino lo que procede de ella. Entonces se le acercaron los discípulos y le dijeron: ¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oír estas palabras?106 Interpelado por los discípulos, aquí debió, como esos pretenden, enseñarles propiamente que tenían que abstenerse de toda carne, para que pareciese dicho a la gente lo anterior: No mancha al hombre lo que entra a la boca, sino lo que sale de ella. Siga, pues, el evangelista y díganos qué respondió el Señor, no a la gente, sino a los discípulos: Pero él les respondió y les dijo: Todo árbol no plantado por mi Padre celestial será arrancado. Dejadlos, son ciegos que guían a otros ciegos. Ahora bien, si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la fosa107. Y esto lo dijo precisamente porque, queriendo mantener en vigor sus tradiciones, no comprendían los mandamientos de Dios. Pero aún no habían preguntado los discípulos al maestro cómo debían asumir ellos lo que había dicho a la gente. Ved que también responde a esto, pues el evangelista hilvanó lo siguiente: Replicando Pedro, le dijo: Exponnos esa parábola108. Estas palabras nos llevan a entender que Pedro pensó que el Señor no había hablado en sentido propio ni de forma clara, al decir: No mancha al hombre lo que entra a la boca, sino lo que sale de ella, sino que, según su costumbre, quiso indicar algo con la oscuridad de la parábola.

Veamos, pues, si a la pregunta de los discípulos les responde de forma más privada lo que los maniqueos pretenden: que todas las carnes son impuras y que ellos no deben tocarlas. ¿Qué resulta? Lo que les reprocha es que aún no hayan entendido sus palabras claras y que tomen por una parábola lo que dijo en sentido propio. Sigue así: Pero él les dijo: ¿También vosotros estáis aún sin entender que todo lo que entra en la boca va al vientre y se expulsa en la letrina, mientras que lo que sale del corazón es lo que mancha al hombre? Del corazón salen, en efecto, los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias; estas son las cosas que manchan al hombre; el comer con las manos sin lavar no mancha al hombre109.

Los católicos guardan lo mandado por Moisés

  1. En verdad, ya da marcha atrás el engaño, una vez descubierto y convicto; en verdad, ya está claro que el Señor no enseñó al respecto una cosa a la gente y otra en privado a sus discípulos; en verdad, sin duda alguna, se advierte que son los maniqueos los mentirosos y falaces, no Moisés, ni Cristo, ni la doctrina de uno y otro Testamento, prefigurada en el Antiguo y revelada en el Nuevo; profetizada en el primero, manifestada en el segundo. ¿Cómo, entonces, juzgan que los católicos no guardan nada de lo que Moisés escribió, si más bien guardan, no ya en las figuras, sino en la realidad misma, absolutamente todo lo anunciado de antemano en dichas figuras? Porque, aunque hubiera un tiempo para escribir y otro para leer, ni siquiera entonces diríamos con razón que el lector no observaba la escritura, porque él no había escrito los caracteres, puesto que eran símbolos sonoros, mientras que él ya extraía los sonidos mismos, no ocupado en la formación de los símbolos, sino advertido al examinarlos. Los judíos no creían a Jesucristo precisamente porque no observaban ni siquiera aquello que Moisés había mandado no ya en figuras, sino abiertamente. Por eso les dice: Pagáis el décimo de la menta y del comino y descuidáis lo más importante de la ley, la misericordia y la justicia; coláis el mosquito y tragáis el camello; convenía hacer lo uno pero sin olvidar lo otro110. Aquí se incluye también aquello que enseñaban con sus tradiciones, cómo derogar el precepto de Dios que ordenaba tributar honor a los padres. Por esa soberbia y maldad les sobrevino la merecida ceguera, de forma que no entendían lo restante quienes impíamente despreciaban lo que entendían.

Verdaderas cicatrices, verdaderas llagas, verdadera carne

  1. ¿Ves cómo no te digo: «Si eres cristiano, cree a Cristo que afirma que Moisés habló de él y si no lo crees, no eres cristiano?» Es asunto tuyo lo que pienses sobre ti, es decir, si deseas ser adoctrinado sobre Cristo como gentil o como judío. Yo tampoco he rehuido esto y te he cerrado todos los accesos del error en cuanto he podido. Ni permití que se abriera aquel precipicio al que enviáis vosotros, ciegos, al afirmar que hay falsedades en el evangelio, allí donde vuestra herejía no halla salida, de modo que no os queda a donde poder volver para creer en Cristo, donde no se os pueda oponer esta palabra apestada.

Mas aún, incluso quieres ser adoctrinado como el cristiano Tomás al que «ni Cristo desdeñó cuando dudaba de sí; sin embargo, para curar las heridas de su espíritu le mostró las cicatrices de su cuerpo». Estas palabras son tuyas. Es cosa buena que exijas ser adoctrinado de esa manera. Pues ¡cuánto temía que pretendieses que también a ese respecto hay falsedad en el evangelio! Cree, pues, en las cicatrices de Cristo, porque si son verdaderas, fueron verdaderas también las heridas, y las heridas no pudieron ser verdaderas de no haber tenido verdadera carne: esto derriba vuestro error en su totalidad. Más aún, si Cristo mostró a su discípulo que dudaba falsas cicatrices, le consideras a él un embustero por enseñar eso, y tú deseas ser engañado en tu aprendizaje. Mas como no hay nadie que quiera ser engañado, mientras que son muchos los que quieren engañar, entiendo que prefieres enseñar con engaño, como si estuvieras imitando a Cristo, antes que aprender engañosamente como a imitación de Tomás. Por tanto, si crees que Cristo engañó con sus falsas cicatrices a quien dudaba, ¿quién querrá creerte a ti cuando enseñas, o mejor, quién no querrá guardarse de ti que engañas? Pero si aquel discípulo tocó las cicatrices verdaderas de Cristo, te ves obligado a confesar la verdadera carne de Cristo. Así, si crees como Tomás111, dejarás de ser maniqueo; si, por el contrario, ni siquiera crees como Tomás, permanecerás en la infidelidad.