BAC vol. 15
Comentario literal al Génesis (incompleto)
DEL GÉNESIS A LA LETRA, INCOMPLETO
Retractaciones I,18:
Al componer, en contra de los maniqueos, dos libros sobre el Génesis, en los cuales expuse las palabras de la divina Escritura en sentido alegórico, no me atreví a explicar al pie de la letra tan grandes secretos de las cosas de la naturaleza, es decir, de qué modo pudieron tomarse las cosas que se dicen allí en verdadero sentido histórico; por eso quise ahora probar cuáles eran mis fuerzas en este trabajoso y difícil asunto pero este mi ensayo de volver a exponer las sagradas Escrituras en sentido literal fracasó bajo el peso de tan ingente carga. Y aun no habiendo acabado un libro, cesé del trabajo, pues vi que no podía soportarlo. Al hacer la retractación de mis opúsculos, vino a mis manos este mismo así como estaba, incompleto; el que ciertamente no había hecho público y que había determinado romperlo; puesto que más tarde escribí doce que llevan por título: Sobre el Génesis a letra. Y aunque en ellos aparezca más bien que se preguntan muchas más cosas de las que se hallan, sin embargo no pueden comparase con éste. Ciertamente, después de haberlo corregido quise conservarlo, para que fuese, según creo, un índice no inútil de mis comienzos en la investigación y exposición de la divina palabra. Quise que su título fuese Libro incompleto del Génesis a la letra. Lo encontré escrito hasta las palabras «el Padre sólo es Padre, el Hijo no es más que Hijo, porque, cuando se dice semejanza del Padre, aunque se manifieste que no hay ninguna desemejanza entre los dos, sin embargo no está solo el Padre si tiene semejanza». Después (antes de añadir al c. 16 los números 61 y 62) repetí las palabras de la divina Escritura que de nuevo debían ser consideradas y tratadas: Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Hasta aquí había dejado escrito este libro incompleto. Los dos números que siguen creí conveniente añadirlos al hacer su recensión; sin embargo, no con esto lo completé, sino que aun con esta añadidura le dejé incompleto. Si lo hubiera completado, a lo menos hubiera escrito de todas las obras y palabras de Dios que atañen al sexto día. Me pareció superfluo anotar en este libro las cosas que me desagradan o defender las que, no siendo bien entendidas por otros, las desprecian.
Aconsejo que se lean más bien los doce libros que compuse mucho más tarde siendo obispo, y por ellos se haga la crítica de éstos. Este libro comienza así: «Sobre los secretos de las cosas de la naturaleza que juzgamos fueron hechas por el omnipotente Artífice, se ha de tratar no afirmando, sino buscando».
Capítulo I
Se expone en este capítulo la fe católica
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Sobre los secretos de las cosas naturales, que juzgamos hechas por Dios, omnipotente Artífice, se ha de tratar no afirmando, sino buscando lo que haya de cierto; y principalmente en los libros que la divina Autoridad nos encomienda, en los cuales la temeridad de afirmar una opinión insegura y dudosa, difícilmente evita el pecado de sacrilegio; sin embargo, la incertidumbre de hallar tales secretos no debe exceder los términos de la fe católica. Pero como muchos herejes acostumbran a exponer las divinas Escrituras acomodándolas a sus opiniones, las cuales están en contra de la fe de la doctrina católica, antes de presentar este libro se ha de proponer brevemente la fe católica.
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Esta es que Dios Padre Omnipotente hizo y ordenó toda creatura por medio de su Hijo Unigénito, es decir, por medio de su sabiduría y poder consubstancial y coeterno con El, en unidad del Espíritu Santo también consubstancial y coeterno a Él. La doctrina católica nos manda creer que esta Trinidad es un solo Dios, y que El creó y formó, en cuanto son, todas las cosas que existen, de tal modo que toda criatura, ya sea intelectual ya corporal, o por decirlo más brevemente según las palabras de la divina Escritura, visible o invisible, no fue formada de la naturaleza de Dios, sino hecha de la nada, por Dios; y nada hay en ella que pertenezca a la Trinidad, fuera de que la Trinidad la creó y ella fue creada; por lo tanto, no es lícito decir que la universal criatura es consubstancial a Dios y coeterna con Él.
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También nos dice la misma fe que todas las cosas, hechas por Dios, son extremadamente buenas, que no existen los males naturales, sino que todo lo que se llama mal o es pecado o pena del pecado; que tampoco existiría el pecado si no dirigiéramos el consentimiento malvado de la libre voluntad, y del que libremente podemos abstenernos, a aquellas cosas que prohíbe la justicia; es decir, que no está el pecado en las cosas, sino en el mal uso de ellas. Es, pues, legítimo el uso de las cosas cuando el alma permanece en la ley del Señor y se entrega al único Dios con perfecto amor, y administra todas las cosas entregadas a ella sin liviandad y sin sensualidad, es decir, según el mandato de Dios; de este modo el alma, sin dificultad y sin trabajo, gobernará con suma facilidad y alegría. La pena, pues, del pecado, consiste en que el alma es atormentada por las criaturas, puesto que ya no le sirven como ella tampoco sirve a Dios; antes, cuando ella obedecía a Dios, todas las criaturas le obedecían a ella. Por lo tanto, el fuego no es un mal, pues es criatura de Dios, aunque, sin embargo, queme nuestra flaqueza en virtud y castigo del pecado. También se llaman pecados naturales o propios los que antes de ayudarnos la misericordia de Dios necesariamente cometemos después de haber caído en esta miseria por el pecado de la libre voluntad.
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Asimismo nos enseña la fe que el hombre fue renovado por medio de Nuestro Señor Jesucristo, cuando la inefable e inmutable sabiduría de Dios se dignó tomar todo el hombre completo y nacer de la Virgen María por virtud del Espíritu Santo y ser crucificado y sepultado y resucitar y subir a los cielos, lo que ya sucedió; y venir a juzgar a los vivos y a los muertos al fin del mundo, y resucitar la carne de los muertos, lo que se anuncia como cosa que ha de suceder. Igualmente confiesa que se da el Espíritu Santo a los que creen en Él, que fue instituida por Él nuestra madre la Iglesia, la que se llama Católica porque está difundida por todo el orbe y es universalmente perfecta y en nada claudica. Por fin, enseña que primeramente remite y perdona los pecados a los penitentes, y promete después el reino de los cielos y la vida eterna.
Capítulo II
Del modo de exponer la ley
- Conforme a esta fe deben ser consideradas las cosas que pueden buscarse y disputarse en este libro que empieza En el principio hizo Dios el cielo y la tierra. De cuatro modos distintos exponen algunos tratadistas la ley; sus nombres pueden enunciarse en griego y explicarse y definirse en latín, según la historia, la alegoría, la analogía y la etiología. Explicamos las cosas según la historia, cuando se narran los hechos ejecutados, sean divinos o humanos; conforme a la alegoría, cuando los hechos y dichos se toman figuradamente; se exponen en sentido analógico cuando se demuestra la conformidad entre los pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento; y según la etiología cuando se dan las causas o se dice el porqué de los hechos y dichos.
Capítulo III
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Luego sobre esto que se escribió: en el principio hizo Dios el cielo y la tierra, puede preguntarse si debe ser entendido solamente según el sentido histórico, o también si significa alguna cosa figuradamente; asimismo de qué modo convenga con el Evangelio, y, en fin, por qué causa este libro comienza así. Según el sentido histórico se pregunta qué acepción tenga en el principio, a saber: si debemos entenderlo como el principio del tiempo o el Principio, es decir, la misma Sabiduría de Dios, porque también el Hijo de Dios se llamó a sí mismo Principio cuando se le interrogó: ¿Tú quién eres? y respondió: el Principio que a vosotros habló1. Existe, pues, un Principio sin principio, y un Principio con otro Principio. El Principio sin principio es sólo el Padre y por esto creemos que todas las cosas existen por causa de un sólo Principio; mas el Hijo es de tal modo Principio que por generación procede del Padre. También la misma primera criatura intelectual puede llamarle principio, pues es la cabeza de todas aquellas que Dios hizo. Y porque con toda propiedad se llama a la cabeza principio, por esto no dijo el Apóstol en aquella graduación que la mujer fuera cabeza de alguno; mas del varón dijo que era la cabeza de la mujer. y la cabeza del varón Cristo, y la cabeza de Cristo Dios2, y así la criatura se une al Creador.
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¿Acaso se dijo en el principio porque fue lo primero que se hizo? ¿O es que no pudo hacerse entre las criaturas lo primero el cielo y la tierra, si los ángeles y todas las potestades intelectuales fueron hechos en primer término? Porque es necesario que creamos que los ángeles son criaturas de Dios y que por Él fueron hechos, pues también a los ángeles enumeró el profeta entre las criaturas de Dios en el salmo 148, cuando dijo: Él lo ordenó y fueron hechas. Él lo mandó y fueron creadas3; mas si los ángeles fueron creados antes que todo, puede preguntarse: ¿fueron creados en el tiempo o antes del tiempo o en el principio del tiempo? Si fueron creados en el tiempo ya existía el tiempo antes de ser creados los ángeles; y como también el tiempo es criatura, nos vemos en la precisión de admitir que antes de los ángeles comenzó a existir algo; y si decimos que fueron creados en el principio del tiempo de tal modo que en el mismo momento que ellos empezó a existir el tiempo, diremos que es falso lo que afirman algunos que el tiempo empezó al ser hechos el cielo y la tierra.
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Mas si los ángeles fueron creados antes del tiempo se ha de investigar en qué sentido y por qué se dijo en los versillos siguientes: y dijo Dios se hagan los luminares en el firmamento del cielo para que iluminen la tierra y dividan el día y la noche y sean señal de los tiempos, de los días y de los años; porque, según esto, puede parecer que entonces comenzaron los tiempos cuando el cielo y los luminares del cielo comenzaron a moverse en sus determinadas órbitas. Si esto es cierto, ¿de qué modo pudieron existir los días antes de que el tiempo existiese, si el tiempo tuvo su origen al comenzar los luminares su curso, los cuales se dice haber sido hechos el día cuarto? ¿O es que esta distribución de los días, conforme a la costumbre de hablar de la humana flaqueza, fue ordenada según la norma o exigencia de narrar y de insinuar con sencillez las cosas sublimes a los humildes, por lo cual acontece que el mismo discurso del que habla no puede existir si no ocupan algunas palabras el principio, otras el medio y otras el fin? ¿O tal vez se dijo que fueron creados los luminares en estos tiempos que miden los hombres por el movimiento de los cuerpos con intervalos de duración? Mas estos tiempos no existirían, si no hubiese movimiento de cuerpos, pero ellos son bien conocidos por los hombres. Si admitimos esto nos vemos en la precisión de preguntar si fuera del movimiento de los cuerpos puede haber tiempo en un movimiento de criatura incorpórea, como es el alma o la mente; ésta se mueve en sus pensamientos y por este movimiento en ella una cosa es primera y otra final; lo cual no puede entenderse sin intervalo de tiempo. Si admitimos esta clase de tiempo, también puede entenderse que el tiempo fue hecho antes de existir el cielo y la tierra, si los ángeles fueron creados antes del cielo y de la tierra, pues ya existía una criatura que con movimientos incorpóreos constituía el tiempo, y claramente se entenderá que con ella existía el tiempo, como en el alma, la que está habituada a notar los movimientos corporales por medio de los sentidos del cuerpo; pero tal vez no sucede esto en las criaturas superiores y eminentísimas. Mas sea lo que fuere de esto, pues es una cosa ocultísima e impenetrable a las conjeturas humanas, lo único cierto y que se ha de mantener como de fe, aunque excede a las luces de nuestra inteligencia, es que toda criatura tiene principio, y que el tiempo es criatura y por lo mismo consta de principio y no es coeterno al Creador.
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También puede entenderse que quizá se nombró el cielo y la tierra comprendiendo la creación universal; de tal suerte que se llamó cielo a este firmamento visible y etéreo, y a aquella criatura invisible de excelentísimo poner; y tierra a la parte inferior del mundo con todos los animales que habitan en ella. ¿O acaso se llamó cielo a toda criatura sublime e invisible, y tierra a toda la visible, de tal modo que pueda entenderse lo que se dijo: en el principio hizo Dios el cielo y la tierra por la creación universal? Tal vez con propiedad y en comparación con la criatura invisible se llama tierra a todo lo visible, y cielo a lo invisible, comprendiendo el alma en lo visible aunque ella es invisible, puesto que al perderse en el amor de las cosas visibles y engreírse con la posesión de ellas, se la llamó tierra conforme está escrito: ¿por qué te ensoberbeces, tierra y ceniza?4
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Puede preguntarse si por ventura se llamó cielo y tierra a todas las cosas ya distintas y ordenadas, o se dio principalmente el nombre de cielo y tierra a aquella informe materia de todas las cosas, la que se formó, mandándolo Dios inefablemente, en estas naturalezas que vemos formadas y hermosas; pues aunque leamos lo escrito: que hiciste el mundo de materia informe5, sin embargo, no podemos decir que la misma materia, de cualquier modo y forma que exista, no fue hecha por Él, desde el momento que creemos y confesamos que de Él proceden todas las cosas; y así se llama mundo a esta separación y ordenación de cada una de las cosas formadas y distintas, y se llama cielo y tierra a la misma materia informe, como si dijera que era la semilla del cielo y de la tierra; cielo y tierra que estando como mezclados y desordenados eran aptos para recibir las formas de parte del Artífice, Dios. Basta con lo que hasta el presente hemos indagado sobre lo que está escrito: en el principio hizo Dios el cielo y la tierra, pues no conviene afirmar temerariamente nada sobre estos puntos.
Capítulo IV
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La tierra era, pues, invisible y estaba en desorden, y las tinieblas ocupaban el abismo y el Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas. Los herejes que se oponen al Antiguo Testamento suelen vituperar este pasaje cuando dicen: ¿de qué modo hizo Dios en el principio el cielo y la tierra, si ya existía la tierra? No entienden que se añadió esto, para explicar en qué estado estaba la tierra nombrada anteriormente al decir: hizo Dios el cielo y la tierra. Así, pues, en el principio hizo Dios el cielo y la tierra, debe entenderse que esta tierra hecha por Dios era invisible e informe hasta que por el mismo Señor fue dividida, y sacándola de la confusión la constituyó en cierto estado ordenado de cosas visibles. O quizá se entienda mejor diciendo que es recordada de nuevo en esta ejecución, la misma materia de las cosas a la que anteriormente designó con el nombre de cielo y tierra, de suerte que al decir en el principio hizo Dios el cielo y la tierra se entiende que esto que llamó cielo y tierra era cierta materia informe de la cual se fabricaría el mundo, que consta, ordenados los elementos y recibida la forma, de dos grandes partes, a saber, de cielo y de tierra; y así pudo darse a conocer esta informidad de materia a cualquiera inteligencia por ruda que fuera, llamándola tierra invisible e informe o sin orden y hermosura, y diciendo que las tinieblas estaban sobre el abismo, esto es, sobre la inmensa profundidad, la cual tal vez fue nombrada de nuevo, porque no podía ser comprendida por inteligencia alguna a causa de su misma informidad.
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Y las tinieblas estaban sobre el abismo. ¿Acaso el abismo estaba colocado debajo y las tinieblas arriba, como si ya existieran distintos lugares? ¿O se diría, puesto que aún se trata de la informidad de la materia, que en griego se llama caos, que las tinieblas estaban sobre el abismo ya que existía la luz? Si hubiera existido, ciertamente estaría encima, porque es más eminente, e iluminaría a todas las cosas que están colocadas debajo de ella. A la verdad el que con todo cuidado investiga qué son las tinieblas no encuentra más que carencia de luz. Luego se dijo las tinieblas estaban sobre el abismo como si se hubiera dicho no había luz sobre el abismo. Por consiguiente, esta materia, que por la subsiguiente obra de Dios se distingue ya ordenada con la formación de las cosas, se llamó tierra invisible e informe y profundidad carente de luz, a la cual se designó anteriormente con el nombre de cielo y tierra, como si fuera, conforme se ha dicho, la semilla del cielo y de la tierra. O quizá quiso, al decir cielo y tierra, darnos primeramente a conocer la universalidad de las cosas, y después insinuada ya la materia, anunciarnos la obra de la formación de los seres del mundo.
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Y el Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas. Hasta el presente la Escritura no había dicho que Dios hubiera hecho el agua, y, sin embargo, de ningún modo podemos creer que el agua no fue hecha por Dios y que no existiese ya antes de que El fabricase algo ordenado, porque Él es de quien, por quien y en quien son todas las cosas, como lo afirma el Apóstol6; luego Dios hizo el agua, y creer lo contrario es un gran error. ¿Por qué no se dijo que Dios había hecho ya el agua? ¿Acaso fue porque quiso llamar agua a la misma materia que llamó con el nombre de cielo y tierra, y también con el de tierra invisible e informe, y abismo? Por qué, pues, no pudo llamarse agua, si pudo llamarse tierra, siendo así que hasta entonces ni era agua, distinta y formada, ni tierra, ni ninguna otra cosa? Quizá se llamó primero cielo y tierra, después tierra invisible e informe, y, por fin, con toda propiedad agua; de tal modo que en primer lugar se designase, bajo el nombre de cielo y tierra, la materia de aquella universal creación, por causa de que fue hecha de la nada; y en segundo término con el nombre de tierra desordenada y abismo, para insinuar la informidad, porque entre todos los elementos la tierra es la más grosera y la menos noble de todos; y en tercer lugar con el nombre de agua, a fin de señalar la materia sujeta a la acción del artífice, pues el agua es más modelable que la tierra, y así por la facilidad de ser trabajada y por dejarse transformar más fácilmente, al ponerse en manos del artífice, se llamó con más propiedad agua que tierra.
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El aire ciertamente es más sutil que el agua. El éter con fundamento se cree o se juzga que es más sutil que el aire, pero el aire o el éter se llamarían más impropiamente materia, porque se juzga que estos elementos están dotados más bien del poder de acción, y la tierra y el agua del de pasión; pero si esto es todavía un secreto, juzgo cosa clarísima que el viento mueve el agua y otras muchas cosas terrenas; mas el viento es el movimiento del aire y como su propia inquietud. Pero siendo evidente que el aire mueve el agua, sin embargo, es oculta la causa por la que él sea movido para ser viento; ¿quién dudará entonces que el agua por ser movida recibe con más propiedad el nombre de materia, que el aire que mueve? Ser movido es lo mismo que recibir una acción, y mover es hacer algo; de aquí se deduce que se rieguen con agua las cosas que engendra la tierra, para que puedan nacer y alcanzar su desarrollo perfecto; de tal modo que casi parece que el agua se transforma en las cosas que nacen, por lo cual con más justa razón se llama a la materia agua, ya que insinúa hallarse sujeta al trabajo del artífice (por causa de su adaptabilidad y convertibilidad en los cuerpos que nacen), que aire, en el cual sólo puede notarse la movilidad, faltándole otras cualidades por las que con más precisión representaría a la materia. Luego el sentido completo es: en el principio hizo Dios el cielo y la tierra, es decir, la materia, la cual podía recibir la forma perfecta de cielo y tierra, cuya materia era tierra invisible y desordenada, es decir, informe e inmenso abismo sin luz. Estando sujeta a la acción del modelado y del trabajo del artífice, también se la llamó agua, por su misma obediencia al operante.
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Dando a la materia todas estas acepciones, se insinúa en primer lugar el fin de ella, es decir, para qué fue hecha; en segundo término la misma informidad, y últimamente la servidumbre y sumisión al artífice. Así, pues, al indicarnos que la materia había sido hecha, primeramente la denomina cielo y tierra; después, tierra invisible e informe y tinieblas sobre el abismo, es decir, informidad carente de luz, por cuyo motivo se llamó tierra invisible; y, por fin, la denomina agua, sujeta al espíritu y apta para recibir las formas y figuras determinadas y visibles. Por esto el Espíritu de Dios era llevado sobre el agua, a fin de que entendamos que el Espíritu era el que obraba; y las aguas, es decir, la materia fabricable, el lugar donde obraba. Cuando decimos, pues, que estos tres nombres, materia del mundo, materia informe, materia fabricable, son denominaciones de una sola cosa, insinuamos que a la primera de ellas le cuadra muy bien el de cielo y tierra, a la segunda el de obscuridad, confusión, profundidad, tinieblas; y a la tercera el de adaptabilidad sobre la que era llevado el Espíritu del artífice para obrar.
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Y el Espíritu de Dios era llevado sobre el agua. No era sobrellevado del modo que el agua soporta al aceite; o la tierra al agua, es decir, como si le sostuviera. Si hemos de tomar de las cosas visibles ejemplos para comprender esto, diremos que así era sobrellevado el Espíritu de Dios, como esta luz del sol o la luz de la luna, que ilumina a la tierra, es sobrellevada por los cuerpos terrestres, no estando contenida o encerrada en ellos, sino que conteniéndola el cielo, es sobrellevada por ellos; también debemos evitar el creer que el Espíritu de Dios era llevado sobre la materia ocupando lugares. Era llevado por cierta potencia activa y operativa a fin de que aquello que le sobrellevaba se hiciese y fabricase; del modo que es sobrellevada la voluntad del artífice sobre la madera o sobre cualquiera otra materia destinada a hacer algo de ella, o también como los miembros del cuerpo sobrellevan la voluntad que los moviliza para obrar. Esta semejanza, no obstante, siendo como es de mayor excelencia que cualquier cuerpo, apenas tiene lugar y casi no sirve de nada para aclararnos el excelentísimo poder del Espíritu de Dios, a cuya virtud está sujeta la materia del mundo para obrar en ella; pero no encontramos semejanza más clara y apropiada para evidenciar el asunto tratado que la de estas cosas, las cuales pueden de cualquier modo ser comprendidas por los hombres. Por lo tanto, en estas investigaciones intelectuales se ha de tener muy en cuenta aquel precepto de la Escritura: los que bendecís a Dios ensalzadle lo más que podáis, pues Él aún está todavía más alto7. Se escribió esto para que entendamos en este pasaje por Espíritu de Dios el Espíritu Santo, a quien veneramos en la inefable e inmutable Trinidad.
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Puede también entenderse Espíritu de Dios en otro sentido; juzgándole criatura vital, en la cual se contuviera y se moviera este mundo visible con todos sus cuerpos, a la que Dios omnipotente concediera cierto poder que le sirviese para obrar en aquellas cosas que eran producidas. Este espíritu con propiedad se llamaría Espíritu de Dios, siendo como es más excelente que cualquier cuerpo etéreo, pues toda criatura invisible aventaja a todo lo que es corporal y visible. ¿No son de Dios las cosas creadas por Él? Ciertamente que sí, pues al hablar de la tierra se dijo: De Dios es la tierra y todas las cosas que ella contiene8; y hablando del conjunto universal de los seres se dice: ¡Oh, Señor, que amas las almas, tuyas son todas las cosas!9 Luego puede entenderse la palabra espíritu de este modo que he dicho, si creemos que lo que se dijo en el principio hizo Dios el cielo y la tierra, únicamente se refiere a la criatura visible o material; y así, pues, era llevado sobre la materia de las cosas visibles, en el principio de su creación, el espíritu invisible, el cual era también criatura, es decir, no era Dios, sino naturaleza hecha y formada por Dios. Mas si creemos que la materia anunciada bajo aquella palabra de «agua» comprende la creación universal, a saber, la criatura intelectual, la animal y la corporal, de ningún modo puede entenderse en este lugar Espíritu de Dios, sino por aquel Espíritu Inmutable y Santo que era llevado sobre la materia de todas las cosas, las cuales hizo y perfeccionó Dios.
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Una tercera opinión puede originarse de esta palabra espíritu: juzgar que bajo el nombre de espíritu se expresa el elemento aire, para que así quedaran denominados aquí
los cuatro elementos de los cuales se compone este mundo visible, a saber, cielo, tierra, agua y aire; no porque existiesen separados y ordenados, sino porque en la confusión todavía informe de aquella materia, estaban, sin embargo, predeterminados para ser creados de ella, a cuya confusión e informidad se le dio el nombre de abismo y tinieblas. Pero cualquiera que sea de estas sentencias la verdadera, debe creerse que Dios es el autor y creador de todas las cosas que han aparecido, tanto de las visibles como de las invisibles, no en cuanto a los vicios que puedan tener contra la naturaleza, sino en cuanto pertenece a las mismas naturalezas, pues no existe absolutamente criatura alguna que no haya recibido de Dios el principio del ser y la perfección de su propio género y sustancia.
Capítulo V
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Y dijo Dios: hágase la luz y la luz fue hecha. No debemos creer que al decir Dios hágase la luz lo dijera con voz emitida por los pulmones, dientes y lengua, sino que inefablemente se dijo hágase la luz. Carnales serían tales pensamientos, y entender carnalmente, es una muerte10. Podemos preguntar (excluyendo dicha impiedad, a saber, que el Verbo de Dios Hijo Unigénito es voz emitida, como nuestro verbo), si esto se dijo fue dicho por el Hijo Unigénito, o el Hijo Unigénito es aquello mismo que se dijo, porque la palabra de Dios, por quien fueron creadas todas las cosas, se llama Verbo11. El Verbo de Dios por quien fueron hechas todas las cosas, ni comenzó a ser, ni dejará de ser: engendrado sin principio, es coeterno al Padre. Por lo tanto, si esto que se dijo hágase la luz comenzó a decirse y terminó de ser dicho, entendemos que esta palabra fue dicha por el Hijo antes de que ella misma sea el Hijo, sin embargo, también esto se dijo inefablemente. No se deslice en al alma alguna idea carnal y atormente el pensamiento santo y espiritual; es opinión temeraria y peligrosa entender, en sentido propio, que en la naturaleza de Dios empieza y deja de existir algo; opinión tolerable en los niños y en los carnales, no para que permanezcan en ella, sino para que sea como el principio de un resurgimiento a la plenitud de la verdad. Todo lo que se dice de Dios, que empieza o termina, de ningún modo se ha de entender que sucede en la naturaleza de Dios, sino en la criatura de Él, la que le está sujeta de maravillosa manera.
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Y dijo Dios: hágase la luz. ¿Acaso se trata de la luz que hiere estos ojos carnales o de alguna otra oculta que no nos es permitido contemplar con los ojos del cuerpo? Y si es ésta oculta, ¿será corporal y se dilatará tal vez por las altísimas partes del mundo?, ¿o es incorpórea como la que tiene el alma, a la cual pertenece el examen de lo que se ha de evitar y de lo que se debe apetecer por los sentidos corporales, de la que tampoco carecen las almas de las bestias? ¿O se trata de aquella más excelente que se manifiesta al raciocinar y que es principio de todo lo que ha sido creado? Cualquiera que sea la luz significada en esta palabra debemos creer que ha sido hecha y creada, y que no se trata de aquella luz por la que brilla la misma Sabiduría de Dios, la cual no es creada sino engendrada por Él. No se crea que Dios estuvo sin luz hasta que creó ésta de la que tratamos ahora; porque de ésta, como suficientemente lo demuestran las mismas palabras, se manda que sea hecha, pues dicen: y dijo Dios: hágase la luz, y la luz fue hecha, Una es la luz engendrada por Dios y otra la hecha por Él; la nacida de Dios es la misma Sabiduría de Dios, la hecha por Él es cualquier otra mudable sea corpórea o incorpórea.
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Difícil o quizá absolutamente imposible es que el hombre pueda comprender si existe alguna otra luz fuera del cielo, la que, sin embargo, se difunda y derrame por el espacio y abarque el mundo. Mas como se nos permite aquí entender una luz incorpórea, si decimos que no habla este libro solamente de la criatura visible, sino de creación universal, ¿a qué detenernos en esta controversia? Tal vez lo que buscan los hombres, al preguntar cuándo fueron hechos los ángeles, lo tienen significado en esta luz, de modo ciertamente conciso, pero también convenientísimo y racionabilísimo.
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Y vio Dios que la luz era buena. No se ha de entender esta sentencia como una explosión de alegría por parte de Dios ante un bien inaudito y extraño, sino como indicio de la aprobación de la obra. Porque ¿qué cosa más adecuadamente se dice de Dios, en cuanto puede expresarse por los hombres, que cuando se escriben estas tres palabras dijo, fue hecho, le agradó, se entienda que en aquella palabra que se escribió, dijo, se insinúe el dominio de Dios; y en la que se consignó, fue hecho, se declare su poder; y en la que se estampó le agradó se manifieste su bondad? Como estas cosas inefables debieron comunicarse por medio del hombre a los hombres, así debieron también expresarse para que pudieran aprovechar a todos.
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Y dividió Dios la luz de las tinieblas. Aquí se manifiesta clarísimamente la facilidad con que fueron ejecutadas estas cosas de las obras divinas, porque no existe hombre a quien se le ocurra que de tal modo fue hecha la luz que estuviera mezclada con las tinieblas, y, por lo tanto, se necesitase separarlas después. Por lo mismo que fue hecha la luz, se siguió la división entre la luz y las tinieblas. Porque ¿qué compañía puede haber entre ambas?12 Luego Dios separó la luz de las tinieblas cuando hizo la luz. La ausencia de ésta se llama tinieblas. La diferencia que existe entre la luz y las tinieblas es la misma que hay entre el que está vestido y desnudo, o entre lo que está lleno y vacío, y otras cosas por el estilo.
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Ya hemos dicho de cuántos modos puede entenderse la palabra luz, y también que las privaciones de ella pueden llamarse tinieblas. Una es la luz que se ve con los ojos del cuerpo, la cual es también corpórea, como por ejemplo la del sol, la de la luna, la de las estrellas y alguna otra, si existe, del mismo género. Opuesta a esta clase de luz son las tinieblas, que están donde no se halla ésta. Hay una luz por la cual percibimos la vida y nos sirve para distinguir las cosas que por el cuerpo se transmiten al juicio y criterio del alma, como son las blancas o negras, melodiosas o roncas, de olor agradable o hediondo, dulces o amargas, calientes o frías, y otras de la misma especie. Una es la luz que se percibe por los ojos y otra la que hace que sintamos por ellos. Aquélla reside en los cuerpos; ésta, aunque perciba mediante el cuerpo las cosas que siente, reside en el alma. Las tinieblas, contrarias a ésta, son la insensibilidad o, por decirlo mejor, la carencia de la facultad sensitiva, es decir, son el no sentir, aunque las cosas que pudieran sentirse se introdujeran en el sentido, dado caso que se diera aquel ser, esta luz o esta facultad sensitiva, por la que se siente. No falta esta sensibilidad cuando el cuerpo no tiene sentidos, como acontece en los ciegos y sordos, ya que en sus almas existe esta luz de la que tratamos ahora; lo que únicamente les falta son los sentidos del cuerpo. Ni falta tampoco esta sensibilidad, del mismo modo que falta el sonido en el silencio cuando no se oye la voz; esta luz se halla en el alma, y sólo le faltan al alma los medios del cuerpo, no lo que produce el sentir; luego aunque por estas causas no sienta, no por eso carece de luz. Cuando carece el alma de esta potencia ya no suele llamarse a este ser, alma, sino solamente vida, como es la que manifiestan tener los árboles, las vides y cualquiera otra clase de plantas; a no ser que quizá lleguemos a creer que esas plantas tienen dicha vida, pues no pocos herejes disparatando hasta el extremo, les conceden no sólo la sensibilidad por medio del cuerpo, es decir, la vista, el oído, la distinción entre el fuego y el calor, sino también el entendimiento; y dicen que conocen nuestra razón y distinguen nuestros pensamientos. Pero el tratar de estas cosas es otra cuestión. Luego la insensibilidad son las tinieblas de esta luz, y éstas tienen lugar cuando a cualquier ser viviente le falta la facultad de sentir. Así, pues, concede que se llama con propiedad luz a esta facultad, el que concede que podemos denominar luz a la facultad por la que se perciben las cosas. Cuando decimos «es evidente que esto es agradable, que esto es dulce, que esto es frío», y así de las demás sensaciones que percibimos por los sentidos del cuerpo, entonces la luz por la que percibimos estas cosas ciertamente está en el interior del alma, aunque por medio de los sentidos del cuerpo se introduzcan en ella las cosas que de este modo se sienten. La tercera clase de luz que existe en las criaturas puede decirse que es aquella mediante la cual raciocinamos; las tinieblas opuestas a esta luz son la irracionabilidad, como son las almas de las bestias.
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El sentido primordial que la Escritura desea dar a entender acerca de la luz, ya se trate de la etérea, ya de la sensorial de la que participan las bestias, ya de la racional la que es común a los ángeles y al hombre, es que fue creada por Dios en la naturaleza de las cosas; que Dios dividió la luz de las tinieblas por el mero hecho de haber creado la luz; que conviene también no olvidar que una cosa es la luz y otra es la privación de la luz; que Dios ordenó opuestas la luz y las tinieblas. Sin embargo, no se dijo que Dios creó las tinieblas, porque El hizo los seres, mas no la carencia del ser, que pertenece a la nada. De aquí que por el Artífice Dios fueron hechas todas las cosas, las cuales también entendemos que fueron dispuestas en orden por El, cuando se dijo: y separó Dios la luz de las tinieblas, no fuere que regulando y administrando Dios todas las cosas, no tuvieran su orden las mismas privaciones. Como en el canto se interponen ciertos intervalos moderados de silencio, y aunque sean privaciones de voz, sin embargo, admirablemente se ordenan por los que saben cantar, dando a la canción entera cierta melodía; y como las sombras hacen resaltar en la pintura lo más importante de ella, y no agradan por su hermosura, sino por el orden en que están colocadas, así también no es Dios autor de nuestros vicios, pero los ordena cuando coloca a los pecadores en su propio lugar y les obliga a sufrir las penas merecidas por ellos, aplicando al efecto el pasaje evangélico: las ovejas serán colocadas a la derecha y los cabritos a la izquierda13. Luego ciertas cosas Dios la crea y las ordena, otras tan sólo las ordena. Dios hace y ordena a los justos; a los pecadores, en cuánto son pecadores, Dios no los hace, los ordena únicamente, ya que coloca a los primeros a la derecha, y a la izquierda a los segundos; al mandar a éstos que vayan al fuego eterno lo hace teniendo en cuenta los méritos. Así, pues, El hace y ordena las naturalezas y las formas de las cosas y solamente ordena, no hace, las privaciones de las formas y los defectos de las naturalezas; por lo tanto, hágase la luz y la luz fue hecha, pero no se dijo háganse las tinieblas y las tinieblas se hicieron. De estas dos cosas hizo, pues, una, la otra no: mas a entrambas ordenó al separar Dios la luz de las tinieblas. En fin, haciéndolo Él, todo es hermoso; ordenándolo Él, todo es bello.
Capítulo VI
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Y llamó Dios a la luz día y a las tinieblas noche. Siendo las palabras, luz y día, nombres de una misma cosa, y las palabras tinieblas y noche, nombres de otra, convino llamar a cada cosa con estos dos nombres, para que a la cosa a la cual se impuso el nombre pudiera también llamarse por otro nombre, sin poder significar otra cosa distinta. Y así se dijo: llamó Dios a la luz día para que indiferentemente también pudiera decirse al revés, llamó Dios al día luz y a la noche tinieblas. Mas qué responderemos al que nos preguntare ¿se impuso a la luz el nombre de día o al día el nombre de luz? Estas dos palabras, en cuanto se pronuncian con voz humana con el fin de significar algo, son nombres. De igual modo puede preguntarse sobre las otras dos, es decir, ¿a las tinieblas se dio el nombre de noche o a la noche se dio el de tinieblas? Conforme lo narra la sagrada Escritura, está claro que a la luz se dio el nombre de día y a las tinieblas se impuso el nombre de noche, porque al decir hizo. Dios la luz y dividió la luz de las tinieblas, no se trataba aún de asignar nombres; más tarde, pues, se emplearon los nombres día y noche. Pero siendo como son sin duda nombres las palabras luz y tinieblas, también significan cosas, al parigual que día y noche; es evidente que no se puede enunciar de otro modo una cosa que ha recibido una denominación, si no es por algún nombre. ¿O es que esta denominación se ha de tomar como si fuera la misma división que Dios hizo? No toda la luz es día ni todas las tinieblas son noche, pues se designa con los nombres de oía y de noche a la luz y a las tinieblas, que están ordenadas y divididas entre sí con ciertas alternaciones. Todo vocablo sirve para designar una cosa, por lo cual el nombre que designe el objeto se llama como denotante o signo. Denote, pues, es decir, señale y ayude continuamente a discernir. Tal vez el mismo haber dividido la luz y las tinieblas, sea igual que el llamar a la luz día y a las tinieblas noche, de forma que el haber ordenado estas cosas sea el haberlas llamado. ¿O es que estos vocablos nos quieren insinuar a qué cosa llamó luz y a qué tinieblas, como si dijera hizo Dios la luz y dividió la luz de las tinieblas; y a la luz la llamó día y a las tinieblas las llamó noche, para que no creas que se trata de otra luz que no sea el día ni de otras tinieblas que no sean la noche? Porque si toda luz pudiera entenderse por día y todas las tinieblas bajo el nombre de roche, entonces tal vez no hubiera habido necesidad de decir: y llamó Dios a la luz día y a las tinieblas noche.
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Asimismo puede preguntarse de qué día y noche se trate. Si quiere entenderse de este día que principia con el nacimiento del sol y termina con su ocultación, y de esta noche que se extiende desde el ocaso hasta el nacimiento del sol, no encuentro cómo haya podido ser esto, antes de que hubieran sido creados los luminares del cielo. ¿O es que tal vez estos espacios de horas y tiempos, sin alteración de fulgor y de sombra, ya pudieron ser llamados así? Pero y ¿de qué modo entonces conviene a aquella luz racional o a lo irracional, si en estas palabras está comprendido este cambio que por los nombres de día y noche se significa? ¿O es que, no según lo que acontece, sino conforme a lo que puede suceder, son insinuadas estas cosas porque puede adueñarse de la razón el error y cierta incapacidad del sentido?
Capítulo VII
- Y fue hecha la tarde y fue hecha la mañana, un día. No se llama aquí día del mismo modo que cuando se dijo y llamó Dios a la luz día, sino de la misma manera que decimos, por ejemplo, de treinta días consta el mes, en estos días incluimos también las noches, pero anteriormente se dijo día para separarlo de la noche. Así, pues, como aquella obra de la creación insinuara lo hecho durante la luz del día, con razón se dice que fue hecha la tarde y fue hecha la mañana, las que completaron un día; se completó un día desde el comienzo de un día hasta el comienzo del otro, es decir, desde la mañana de un día hasta la mañana del día siguiente, a cuyos días, como dije, agregadas las noches, llamamos días. ¿Pero de qué modo fue hecha la tarde y cómo fue hecha la mañana? ¿Acaso necesitó Dios tanto espacio para hacer la luz y separarla de las tinieblas cuanto se extiende luciendo la luz del día, es decir, no contando la noche? Y si es que tiene Dios necesidad de tiempo para ejecutar alguna cosa, entonces ¿cómo se entiende lo que está escrito: a ti está sometido, cuando quieres, el poder?14 ¿O es que todas las cosas se hallan terminadas en Dios, como están en la razón y en el arte, no con extensión de tiempo, sino en la misma virtud por la cual hace estables las cosas, las que contemplamos pasajeras mas no permanentes? No es creíble que así como en nuestra conversación, donde primero vienen unas palabras y después de pasadas se suceden las otras, acontezca en el arte, el cual, obrando establemente en la conversación, hace hermoso un discurso. Luego aunque sin necesidad de tiempo obre Dios (a quien está sujeto el poder, cuando quiere), sin embargo, las naturalezas temporales ejecutan temporalmente sus movimientos. Por tanto tal vez se dijo: y fue hecha la larde y fue hecha la mañana un día, primero como entiende la razón que de este modo pudo o debió hacerse, mas no de la manera con que se obra en intervalos de tiempo. Quien dijo: el que permanece eternamente creó todas las cosas a la vez15, contempló, en la misma inspiración, la obra en su mente, pero acomodadísimamente se ordenó en aquel libro la narración de las cosas hechas por Dios en intervalos de tiempos, a fin de que la verdadera disposición de las cosas creadas, que no podía ser comprendida con mirada permanente por las almas de menos alcances, expuesta en esta forma de hablar la viesen como con los ojos carnales.
Capítulo VIII
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Y dijo Dios: hágase el firmamento en medio del agua y divida el agua y el agua, y así se hizo; e hizo Dios el firmamento y dividió el agua que estaba debajo del firmamento del agua que estaba sobre el firmamento, ¿Acaso eran iguales las aguas que estaban sobre el firmamento a estas visibles que estaban debajo del firmamento? ¿O es que en aquel agua parece estar significada la que sobrellevaba el Espíritu de Dios y, por lo tanto, debemos entender que ella era la misma materia del mundo, de tal modo que la inferior sea la materia corporal y la superior la animal, puesto que se hallaba dividida al estar el firmamento interpuesto? No olvidemos que llama firmamento a esto que después llama cielo. Entre los cuerpos ninguno hay mejor que el cuerpo celeste, pues aunque unos sean los cuerpos celestes y otros los terrestres, sin embargo, los mejores son los celestes; y todo lo que sobrepasa la naturaleza de los cuerpos celestes no sé cómo pueda llamarse cuerpo. Por eso tal vez se trate de cierta virtud o poder sujeto a la razón, por la cual se conoce a Dios y a la verdad cuya naturaleza, porque es formable mediante la virtud y la prudencia, con cuyo vigor se cohíbe y modera la fluctuación de ella, aparece como material; y, por lo tanto, rectamente es llamada agua por Dios, excediendo el ámbito del cielo corpóreo, no por su magnitud corporal, sino en virtud de su naturaleza incorpórea. Mas por razón de haberse llamado el firmamento cielo, no es un absurdo entender que todo lo que está debajo del cielo etéreo, en el que todas las cosas están sosegadas y estables, es más disoluble y mudable. Hubo quienes creyeron que estas aguas visibles y frías envolvían por completo la superficie del cielo y, por lo tanto, también a esta clase de materia corporal formada antes de recibir distinción y especie por la que se llamó firmamento. Pusieron como prueba la tardanza de una de las siete estrellas errantes (la cual es mayor que las otras, y se llama por los griegos fainon (la brillante) y tarda treinta años en dar la vuelta a su órbita), diciendo que es lenta su marcha porque está más cerca de las aguas frías, que se hallan por encima del cielo. No sé de qué modo pueda ser defendida esta opinión por aquellos que ingeniosísimamente buscaron tales razones. Nada, pues, temerariamente se ha de afirmar en estas cosas, sino que todas ellas deben tratarse con moderación y cautela.
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Y dijo Dios: hágase el firmamento en medio del agua y divida el agua del agua, y así se hizo. Después que dijo y así se hizo, ¿qué necesidad tenía de añadir nuevamente, e hizo Dios el firmamento y dividió el agua que estaba debajo del firmamento y el agua que estaba sobre el firmamento? ¿Por qué al decir arriba, y dijo Dios hágase la luz y la luz fue hecha, no añadió, e hizo Dios la luz; mas aquí después de decir, y dijo Dios; hágase, y así fue hecho, se añadió, e hizo Dios? ¿Es que allí manifiesta que no convenía se entendiese que aquella luz era luz corporal, para que no apareciese que Dios (y cuando digo aquí Dios entiendo la Trinidad) la hizo por intermedio de alguna creatura? Cuando se trata de este firmamento del cielo, porque es corporal, se cree quizá haber recibido la hermosura y la forma por medio de la creatura incorpórea, de tal modo que a la naturaleza incorpórea se le imprimió racionalmente por la Verdad lo que imprimiría ella corporalmente para que hiciera el firmamento del cielo, y por esto se escribió: y dijo Dios, hágase, y así se hizo. Quizá, repito, primeramente fue hecho el firmamento en la misma naturaleza racional, por la que más tarde se imprimiera la forma al cuerpo.
Capítulo IX
Mas cuando añadió: e hizo Dios el firmamento y dividió el agua que estaba debajo del firmamento y el agua que estaba sobre el firmamento, ¿acaso pretende significar por estas palabras la cooperación de aquella materia, para que se hiciere el cuerpo del cielo? ¿O tal vez no se dijo arriba del modo que abajo se dijo, por expresarse de otra manera, para que la narración no causara fastidio, y porque no convenía determinar con exactitud todas las cosas? Elija cada uno lo que le convenga; tan sólo no afirme cosa alguna temerariamente y no dé las cosas ocultas por conocidas; acuérdese que es hombre y, por lo tanto, debe buscar en las obras divinas únicamente cuanto se le permita.
- Y llamó Dios al firmamento cielo. Lo que se dijo anteriormente sobre la imposición de nombres, también aquí puede tenerse en cuenta, porque no todo firmamento es cielo.
Y vio Dios que era bueno. Lo que expuse arriba sobre este asunto lo volvería a reafirmar, si no fuera porque veo que ahora la narración no sigue igual orden. Arriba (en el primer día) dijo: Y vio Dios que la luz era buena, e inmediatamente después añade: y dividió Dios la luz de las tinieblas y llamó a la luz día y a las tinieblas noche. Aquí (en el día segundo), después que narró el hecho, el quo se decía ya terminado, y después de llamar al firmamento cielo, se dice: Y vio Dios que era bueno. Si no se cambió el modo de expresión por evitar molestia al lector, nos vemos obligados a entenderlo en el sentido de que Dios hizo todas las cosas al mismo tiempo. ¿Por qué al hablar de la luz, primeramente vio allí que era buena, y después la impuso nombre, y aquí al hablar del firmamento le puso primeramente nombre y después vio que era bueno? Seguramente esta diferencia demuestra que en la operación de Dios no existen intervalos de tiempo, aunque éstos se encuentren en las mismas obras. Conforme a estos intervalos de tiempo, una cosa se hace primero y otra después y sin ellos no puede exponerse la narración de los hechos, aunque sin ellos hubiese podido haber hecho Dios estas cosas. Y hecha la tarde y hecha la mañana, se completó el día segundo. Sobre esto ya se trató más arriba y creo que valen aquí las mismas razones.
Capítulo X
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Y dijo Dios: Reúnanse las aguas que están debajo del cielo en su solo conjunto y aparezca la árida Y así se hizo. Aquí probabilísimamente puede creerse, según juzgamos, que el agua anteriormente dicha era la misma materia del mundo; porque si el universo estaba cubierto por completo de agua ¿dónde o en qué sitio pudo ser congregada? Mas si había llamado con el nombre de agua a cierta confusión material de agua, esta reunión de ahora se ha de entender como la misma formación, de modo que sería tal la clase de agua cual la que vemos ahora. También aquello que se añadió, aparezca la árida, puede entenderse por la formación de la tierra, de suerte que la tierra adquiriese entonces esta forma con que la vemos ahora, pues se dijo que era invisible e informe, cuando aún faltaba forma a la materia. Por consiguiente, dijo Dios: congréguese el agua que está debajo del cielo, es decir, tome forma la materia corporal para que esta agua sea la que percibimos ahora. En un solo conjunto, aquí bajo el nombre de unidad se nos propone la misma potencia o energía de la forma, pues ciertamente formar es reunir algo en un todo, y la suma unidad es el principio de toda forma. Y aparezca la árida, es decir, reciba la tierra forma visible, determinada y sin confusión; con razón se congrega el agua para que aparezca la árida, es decir, se prohíbe que fluctúe el mar a fin de que se manifieste la que estaba oculta. Y así fue hecho, quizá primeramente fue hecho esto en las razones de la naturaleza intelectual, de modo que lo dicho después, y fue congregada el agua en un solo conjunto y se descubrió la árida, no aparezca haberse añadido superfluamente, cuando ya se había dicho y así fue hecho, sino para que entendiésemos que después de la operación racional e incorpórea, se siguió también la corporal.
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Y llamó Dios a la árida tierra, y a la reunión del agua llamó mar. Aún nos sigue favoreciendo la calidad de estas palabras. No toda agua es mar, ni todo lo árido tierra; luego por medio de estas palabras se determinó de qué agua y árida fue hecha la segregación. Sin ser un absurdo, puede entenderse que la imposición’ de los nombres por parte de Dios fue la misma distinción y formación. Y vio Dios que era bueno, aquí se observó el mismo orden anteriormente expuesto, por lo cual aplíquense en este lugar las cosas que se dijeron allí.
Capítulo XI
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Y dijo Dios: Germine la tierra hierba de alimento que lleve semilla según su género y semejanza, y árbol frutal que produzca fruto, cuya semilla sea en sí según su semejanza. Después que fueron formados la tierra y el mar, y después que recibieron los nombres y fueron hallados buenos por Dios, lo que muchas veces he repetido que no debe entenderse con intervalos de tiempo para que no se interponga tardanza alguna al poder inefable de Dios operante, ni se añadió inmediatamente después, como en los dos días anteriores, fue hecha la tarde y fue hecha la mañana y completaron el día tercero, sino que se agregó otra obra: que germine la tierra hierba de alimento que lleve semilla según su género y semejanza, y árbol frutal que engendre fruto cuya semilla sea en sí misma según su semejanza. Esto no se dijo de aquella luz, ni del firmamento, ni de las aguas, ni de la árida, pues la luz no tiene hijos que la sucedan, ni el cielo nace de otro cielo, o la tierra y el mar engendran otras tierras o mares que reemplacen a éstos; luego aquí, donde la semejanza de los que nacen perpetúan la semejanza de los que mueren, debió decirse que lleven semilla según su género y cuya semilla sea en sí según su semejanza.
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Todos estos seres de tal modo están sobre la tierra, que se adhieren a ella mediante las raíces, por ella se sostienen, y de ella en cierto modo se separan; por esto juzgo que en la narración se observa el curso ordinario de la naturaleza, porque en el mismo día en que apareció la tierra fueron creadas estas cosas, y, sin embargo, dijo Dios de nuevo que germinase la tierra: y también se repitió, y así se hizo; y a continuación, según la regla que anteriormente expusimos, después se dijo: y así fue hecho, se añadió la misma ejecución, diciendo: y produjo la tierra hierba de alimento, que lleva semilla según su género, y árbol frutal que engendra fruto, y la semilla de él en él está según su semejanza. Y de nuevo dice: y vio Dios que era bueno. Así, pues, en un solo y mismo día se reúnen estas cosas y se separan unas de otras por las palabras repetidas de Dios. Esto creo no se hizo al tratar de la tierra y del mar, porque de un modo especial debía de ser discernida la naturaleza de estas cosas que nacen y mueren y se propagan por la sucesión de semilla. ¿O será porque la tierra y el mar hayan podido ser hechos al mismo tiempo, no sólo en la razón de la creatura espiritual, donde se hicieron a la vez todas las cosas, sino también en su misma naturaleza corporal, mas los árboles y toda clase de raíces terrestres, no hubieran podido nacer sin que precediera la tierra, en la cual germinasen; y, por lo tanto, debía repetirse el mandato de Dios para que las cosas creadas señalasen intervalos de tiempo, no debiendo ser hechas en otro día distinto, dado que las plantas se afianzan en la tierra por medio de las raíces y así continúan adheridas a ella toda su vida? Mas puede también preguntarse: ¿por qué Dios no impuso nombre a las plantas? ¿es que lo pasó por alto porque no lo permitía la infinidad de ellas? Esta cuestión mejor la estudiaremos más tarde cuando consideremos otras obras a las que Dios no puso nombres, como se le impuso a la luz, al cielo, a la tierra y al mar: Y fue hecha la tarde y fue hecha la mañana, día tercero.
Capítulo XII
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Y dijo Dios: háganse los luminares en el firmamento del cielo para que luzcan sobre la tierra y dividan el día y la noche, y sean en señales y tiempos, y en días y en años y resplandezcan en el firmamento del cielo y luzcan sobre la tierra. En el día cuarto fueron hechos los luminares, de los cuales se dice sean en días. ¿Qué quieren indicar estos tres días pasados sin luminares, o por qué estos astros fueron colocados para señalar los días, si también pudieron existir los días sin ellos? ¿Fue tal vez porque mediante el movimiento de estos luminares puede ser distinguida más claramente aquella prolongación de tiempo y de intervalos de duración? ¿O es que esta enumeración de días y noches se presta mejor para distinguir entre aquella naturaleza que no ha sido hecha y aquellas que lo fueron, de tal modo que se denominase mañana por la forma de las cosas formadas y tarde por la privación de tal forma? Porque si miramos a Dios por quien son hechas, son bellas y herniosas; mas si miramos a lo que ellas son, pueden menoscabarse, porque fueron hechas de la nada; si no se aniquilan, no lo deben a su materia, que viene de la nada, sino al supremo Ser que las mantiene en su género y orden.
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Y dijo Dios: se hagan en el firmamento del cielo los luminares para que luzcan. ¿Acaso se dijo esto de las estrellas que están fijas o también de las que se mueven? Los dos luminares, el mayor y el menor, se cuentan entre las estrellas que vagan. ¿Cómo, pues, fueron creados todos los astros en el firmamento del cielo, cuando en particular cada uno de estos que se mueven tiene su propia zona o circulo?, ¿o se dijo así porque leemos en la divina Escritura que hay muchos cielos y un cielo, y por eso en este lugar, cuando el firmamento se llama cielo, se ha de entender que habla de todo este ámbito etéreo que contiene todas las estrellas, debajo del cual reina la serenidad del puro y tranquilo aire, como bajo dicha serenidad se agita este aire turbulento y tempestuoso? Para que luzcan sobre la tierra y dividan el día y la noche. ¿Acaso no había Dios ya dividido la luz y las tinieblas, y había llamado a la luz día y a las tinieblas noche, por donde aparece haber dividido ya anteriormente el día y la noche? ¿Qué quiere, pues, indicarnos ahora con esto que se dice de los luminares, y dividan el día y la noche? ¿Acaso ahora se hace así esta división por medio de los luminares para que esta sea conocida por los hombres que usan únicamente sus ojos carnales para contemplar estas cosas? Así, Dios habría hecho esta división antes de moverse los astros en sus órbitas, de modo que no pudiera ser comprendida sino por muy pocos, por los que estuvieran dotados de espíritu sano y de clara razón. ¿O tal vez hizo Dios otra división entre otra clase de día y otra clase de noche, es decir, entre la forma que imprimía a aquella universal masa informe, y la informidad que aún quedaba para ser formada? Distinto es este día y distinta esta noche, cuya alternativa se advierte moviéndose el cielo, y que no puede producirse si no es con la salida y puesta del sol.
Capítulo XIII
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Y sean en signos y tiempos, y en días y años. Me parece que esto que dijo sean en signos lo aclaran plenamente las palabras siguientes, y en tiempos, a fin de que así no se tomase una cosa por signo y otra por tiempo; porque estos tiempos de los que ahora habla y que se distinguen por sus intervalos, señalan que sobre ellos está la eternidad inmutable, de suerte que son signo de ella, es decir, que aparece el tiempo siendo como vestigio de la eternidad. Asimismo cuando añade y en días y en años declara que trata de los tiempos en que los días se completan por la vuelta de las estrellas fijas; y los años se patentizan al recorrer el sol el círculo sidéreo, pues los años son menos evidentes, si los contamos cuando cada uno de los planetas recorre su órbita. No dijo «y sean en señal de meses», porque tal vez el mes es el año de la luna; lo mismo que las doce lunas del año son el año de la estrella que los griegos llaman gaézonta, al parigual que treinta años solares componen el año de la estrella que se llama faínon; y quizá así también cuando las estrellas hubieran vuelto a ocupar el mismo puesto, se completa el gran año del cual no pocos dijeron muchas cosas. ¿O acaso dijo en signos, para mostrar por ellos el verdadero camino a los navegantes; y en tiempos, como para indicar la época de la primavera, del verano, del otoño y del invierno, ya que también estas estaciones varían y guardan su puesto y orden con el movimiento circular de las estrellas? Sirvan de señal en días y años, lo debemos entender como ya está expuesto.
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Y resplandezcan en el firmamento del cielo y luzcan sobre la tierra. Ya se había dicho arriba háganse los luminares en el firmamento del cielo para que iluminen la tierra. ¿Por qué razón creemos que se repitió esto? ¿Será por la misma que se dijo acerca de las plantas, que lleven semilla y que sea en ellas semilla según su género y semejanza? Y, por tanto, así también aquí, pero de distinta manera, ¿se dijo de los luminares háganse y sean, es decir, háganse y no engendren sino sean en sí ellos? Y así se hizo. El orden de allí se observa también aquí.
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E hizo Dios dos luminares, el luminar mayor principio del día, y el luminar menor principio de la noche, y las estrellas. Qué signifique principio del día y de la noche, inmediatamente lo veremos. Lo que se añadió y las estrellas es ambiguo si pertenecen o no al comienzo de la noche. Algunos dicen que aquí se da a entender que fue primero hecha la luna llena porque ella se levanta al comenzar la noche, es decir, inmediatamente después de puesto el sol. Mas es absurdo el comenzar a contar desde la décima sexta y décima quinta feria de la luna, no desde la primera. Y nadie diga que debió hacerse perfecta la luna, pues perfecta, es decir, llena es todos los días, pero su perfección sólo se ve por los hombres cuando está opuesta al sol en la parte contraria; cuando está colocada junto a él, como ella está debajo de él, parece que se queda sin luz; pero entonces también es llena porque está iluminada por la otra parte, aunque no puede ser vista por aquellos que están debajo de ella, es decir, por los que habitan en la tierra; esto no puede demostrarse con pocas razones, pero sí con ingeniosos discursos y con el auxilio de ciertos dibujos visibles.
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Y colocó Dios estos dos luminares en el firmamento del cielo para que luzcan sobre la tierra. ¿Cómo es que se dijo anteriormente se hagan en el firmamento, y por qué ahora dice, hizo Dios los luminares y los colocó en el firmamento, como si primeramente hubieran sido hechos fuera de él, y después fueron colocados en él, siendo así que ya había dicho que se hicieran allí? ¿Es que se quiso significar de una vez para siempre que Dios no obra como suelen obrar los hombres, sino que se narró como se pudo a los hombres? Para los hombres una cosa es hacer y otra distinta colocar, mas para Dios ambas cosas son lo mismo, pues obrando coloca y colocando obra.
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Y presidan el día y la noche y dividan el día y la noche. Lo que ahora expone diciendo «presidan el día y la noche» ya estaba dicho al decir que fueron principio del día y de la noche. Luego aquel principio debe entenderse por presidencia, porque en el día no hay cosa alguna, entre las cosas que vemos, más excelente que el sol, y en la noche ninguna más que la luna y las estrellas. Luego no nos intranquilice ya aquella ambigüedad, y creamos que las estrellas fueron colocadas de suerte que también pertenecen a la iniciación de la noche, es decir, tienen la presidencia de ella. Y vio Dios que era bueno. Se observa como anteriormente el mismo orden. Recordemos también que Dios no puso nombres a estas cosas, siendo así que pudo decirse: y llamó Dios a los luminares estrellas, pues no todo luminar es estrella.
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Y fue hecha la tarde y fue hecha la mañana, día cuarto. Si consideramos estos días que se distinguen por el nacimiento y puesta del sol, este día no es el cuarto, sino tal vez el primero, ya que juzgamos que en aquel tiempo nació el sol cuando fue hecho, y que se ocultó mientras los otros astros fueron creados. Pero quien entienda que el sol está en otro lugar cuando para nosotros es de noche, y la noche ocupa otra región cuando el sol está con nosotros, indagará mejor la enumeración de todos estos días.
Capítulo XIV
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Y dijo Dios: salgan del agua reptiles de ánimas vivas y volátiles que vuelen sobre la tierra debajo del firmamento del cielo, y así fue hecho. Aquellos animales que nadan son llamados reptiles porque no andan con pies. ¿O se les llamó así porque hay otros que reptan debajo del agua sobre la tierra? ¿O tal vez porque existen alados en las aguas como los peces, que tienen escamas y otros que no las Leñen, pero están adornados de alas? Puede dudarse si en este lugar deben de ser contados entre las aves. Hay aquí un pequeño problema: ¿por qué atribuye a las aguas, y no al aire, los animales que son perfectos volátiles? No podemos entender que aquí se trate únicamente de las aves acuáticas, como son el cuervo marino, el ánade y otras por el estilo, porque si solamente hubiese hablado de éstas no hubiera dejado de hablar en otro lugar de las aves restantes, entre las cuales muchísimas hasta tal punto están alejadas del agua que ni beben siquiera; quizá llamó agua a este aire contiguo a la tierra, ya que atestigua ser húmedo, por el rocío que en las noches serenas cae en la tierra y porque también se convierte en nubes; y las nubes son agua, como lo comprueban todos los que caminan por los montes entre las nubes, o por el campo llano entre la niebla. Ciertamente, en este aire se dice que vuelan las aves; en aquel otro más alto y más puro, que sin duda por todos es llamado aire, no pueden volar, ya que es tan sutil que no soporta el peso de ellas. En él no pueden condensarse las nubes, ni desencadenarse la tempestad; porque falta en él totalmente el viento, como se ve en la cima del monte Olimpo, que según dicen excede en altura a este aire húmedo Allí conforme afirmaban los que por costumbre subían al citado monte en las solemnidades de sus sacrificios, acontecía escribir ciertas letras en el polvo y después de un año las encontraban intactas e íntegras.
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Por esto con justa razón puede creerse que en las Escrituras divinas se llama firmamento del cielo el espacio que hay hasta estas alturas, y que aquel aire tranquilísimo y serenísimo pertenece al firmamento. Bajo este nombre de firmamento puede estar comprendida dicha serenidad y gran parte de las cosas. Por cuyo motivo también juzgo que se dice lo siguiente en muchos lugares de los salmos: y tu verdad hasta las nubes16, porque nada hay más firme y sereno que la verdad; mas las nubes se forman debajo de esta tranquilísima región del aire. Aunque lo dicho se tome figuradamente, sin embargo se ha escrito de estas cosas como teniendo cierta semejanza con lo representado por ellas; de tal suerte que parece en realidad existir una cierta imagen de la verdad en esta más inalterable y pura criatura corporal, la cual se extiende desde lo más alto del cielo hasta las nubes, es decir, hasta el aire caliginoso, tormentoso y húmedo; luego con razón se atribuyen a las aguas, las aves, que vuelan sobre la tierra debajo del firmamento del cielo, porque con justicia se denomina a este aire agua. Por esto se ha de entender que nada se habló del aire; es decir, da qué modo o cuándo fue hecho, porque este aire bajo lleva el nombre de agua, y aquel alto, el de firmamento. Y así, ningún elemento se pasó por alto.
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Pero tal vez dirá alguno: si por lo que se dijo congréguese el agua entendemos que el agua fue hecha de aquella materia informe, y que a esta congregación Dios llamó mar, ¿de qué modo ponemos entender que este aire fue hecho allí, pues no se llama mar, aunque pueda llamarse agua? A mí me parece que al decir aparezca la árida, no sólo se insinúa la formación de la tierra, sino también la de este aire denso, pues por medio de este aire se ilumina la tierra para hacerse visible a nosotros; luego en la misma y sola palabra que se dijo aparezca están incluidas todas las operaciones, sin las cuales no podría manifestarse la tierra, es decir, su forma, su liberación del agua, y el ser aireada, pues mediante el aire se transmite la luz a la tierra desde la parte superior del mundo. O quizá, en lo que se escribió: congréguese el agua, se subraya más bien la formación del aire, ya que cuando se condensa este aire parece que forma el agua. Así, pues, quizá a la condensación en una masa densa, a fin de que de ella se formara el mar, la llamó congregación de agua, de suerte que aquello que no está congregado, es decir, que no está condensado y fluye sobre la tierra, sea el agua que puede sostener las aves, pero conviniéndole estos dos nombres, agua sutil y aire denso. Mas si se pregunta por qué fue hecho este aire, allí no se dice. ¿O es que tal vez sea verdad lo que dicen algunos que la evaporación acuosa del mar y de la tierra forma estas auras mucho más densas, que el aire superior y puro, y así las acondiciona para que puedan soportar el vuelo de las aves? Tales auras son más sutiles que las aguas con que nos lavamos el cuerpo, de manera que en comparación de ellas, aquéllas las percibimos como secas y aéreas. Pero como ya se había hablado de la tierra y del mar, ¿qué necesidad había de hacer mención de sus evaporaciones, es decir, de las aguas donde vuelan las aves, una vez entendido que el aire purísimo y tranquilísimo se asigna al firmamento?
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Tampoco se dijo cómo fueron hechos los ríos y fuentes. Los que con suma diligencia indagan y discuten estas cosas y dicen que con el movimiento superficial del aire se extrae invisiblemente del mar el vapor de agua dulce, y de estas evaporaciones, que de ningún modo podemos sentir, se forman las nubes; humedecida la tierra con las lluvias, se filtra el agua gota a gota reuniéndose en las más ocultas cavernas; y después transpirando la tierra tanta agua cuanto tiene congregada, la deja pasar por diversos conductos brotando en fuentes pequeñas o grandes, aptas para formar los ríos. De cuyo hecho quieren que sea indicio el vapor recogido de las aguas marinas hervidas en un serpentín, cuyo vapor constituye agua dulce para los que la beben. Es manifiesto casi a todos los hombres que al hacerse sentir la escasez de las lluvias las fuentes disminuyen de caudal. También lo atestigua la historia divina: Elías pidió la lluvia en tiempo de sequedad y mientras oraba mandó a su criado dirigiera la vista hacia el mar; y cuando de aquella parte vio nacer una nubecilla minúscula, entonces anunció al Rey, que estaba intranquilo, que la lluvia era inminente, con la cual, aun marchando de allí a carrera tendida, se mojó17. También David dice: ¡Oh Señor!, tú que sacas el agua del mar, y la derramas sobre la superficie de la tierra18. Por lo tanto, habiendo sido nombrado el mar, ninguna necesidad tenia de hablar de las aguas restantes, ya de éstas que producen el rocío y prestan por su sutileza a las aves sus brisas, o ya de las aguas de los ríos y fuentes, si las primeras se producen por evaporación y las últimas por recíprocas lluvias, a las que primeramente absorbe la tierra y después las hace brotar.
Capítulo XV
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Produzcan las aguas reptiles de almas vivas: ¿Por qué se añadió vivas? ¿Acaso pueden existir almas que no vivan? ¿O es que se quiso hacer resaltar esta vida más ostensible, que poseen los animales que sienten, pero de la que carecen las plantas? Y produzcan aves que vuelen sobre la tierra debajo del firmamento del cielo. Si las aves no vuelan en aquel aire purísimo, donde ninguna nube se forma, es evidente que él pertenece al firmamento, porque se dijo que las aves volarán sobre la tierra debajo del firmamento del cielo. Y así se hizo, se observa aquí el mismo orden que en las obras pasadas y, por ende, se añade lo mismo que en las demás, exceptuando en la de la luz, que fue hecha la primera de todas.
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E hizo Dios los grandes peces y toda alma de los animales que reptan, a quienes produjo el agua según el género de ellos, y todo volátil según su género. Recordemos hora que al decir según su género habla de las criaturas que se sustituyen unas a otras por la propagación seminal, como ya se trató al hablar de las hierbas y de los árboles. Y todo volátil de alas, ¿por qué añadió alas? ¿Puede existir un volátil sin ellas? Dado caso que tal especie pueda existir, Dios realmente la creó, aunque no se diga dónde fue hecha. Ningún ser puede volar sin alas, pues los murciélagos, la langosta, las moscas y si hay algún otro animal de esta clase que carezca de plumas, no obstante no carece de alas. Se añadió de alas para que entendiésemos que no solamente se hablaba de las aves, ya que los peces también tienen alas y vuelan sobre la tierra en medio del agua. Por esto no se dijo aves, sino volátiles en general, y volátil de alas. Y vio Dios que era bueno. Esto se ha de entender como se expuso en los otros lugares donde se dijo lo mismo.
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Y los bendijo Dios diciendo: creced y multiplicaos y llenad las aguas del mar, y los volátiles se multipliquen, sobre la tierra. Quiso Dios que la bendición tuviera fuerza de fecundidad, la que se manifiesta en la sucesión de la prole, para que por esta bendición, ya que fueron creados débiles y mortales, naciendo otros, perpetúen su género. Mas teniendo como tienen también las plantas en el nacer semejanza con los animales caducos, pregunto: ¿por qué a éstas no las bendijo? ¿Acaso porque carecen de sentido el cual se acerca más a la razón? Tal vez no es sin motivo el que use Dios la segunda persona en la bendición, y lo haga para inducir a la generación a estos animales, como si en cierto modo entendiesen al decir Creced y multiplicaos y llenad las aguas del mar. Sin embargo, no sigue hablando hasta el fin de la bendición en segunda persona, sino que prosigue diciendo: y los volátiles se multipliquen sobre la tierra. No dijo, pues, multiplicaos sobre la tierra. Quizá por esto mismo se evidencia que la facultad del sentido en los animales no se halla tan cerca de la razón que pudieran perfectamente entender la invitación a engendrar, como pueden entenderla los que discurren y usan de la razón.
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Y así fue hecho. Aquí debe por completo despertar de su ignorancia cualquier rudo y comprender de qué días se trate. Pues habiendo dado Dios a los animales determinados tiempos de gestación, los que conservan dentro de cierto orden una admirable firmeza de tal suerte que durante prefijado número de días cada uno, según su género, llevan en su vientre lo que han concebido o incuban los huevos puestos, cuya ley impuesta a la naturaleza se conserva por la sabiduría de Dios, que abarca todas las cosas con firmeza desde el uno al otro confín del mundo y las ordena con suavidad19. Pregunto: ¿de qué modo en un solo día pudieron concebir y gestar en el útero, incubar y alimentar lo nacido y poblar las aguas y multiplicarse sobre la tierra? ¿Por qué se añadió antes de aparecer la tierra y así se hizo, sino es porque sin duda cuando dice fue hecha la tarde indica la materia informe, y cuando dice fue hecha la mañana señala la forma que se imprimió a la materia en la misma obra de Dios, pues con la mañana, concluida la obra, se termina el día. No dijo Dios hágase la tarde o hágase la mañana, porque todo esto es un recuento brevísimo de las cosas ya hechas, comprendidas en las palabras tarde y mañana, significando la primera palabra la materia informe, y la segunda la forma; de las que ya se había dicho que Dios las había hecho. Además, cuando ponemos la atención en algo imperfecto, es decir, cuando nos dirigimos de la forma a la materia informe y de ésta a la nada, si creemos que en verdad está insinuado lo imperfecto en este nombre de noche o tarde, no diría que fue hecho, sino solamente ordenado por Dios, como lo dice arriba: dividió Dios la luz y las tinieblas. Por lo tanto, al decir fue hecha la tarde, se designa por el vocablo de tarde la materia informe, la cual no obstante haber sido hecha de la nada, sin embargo existe y es capaz de formas y hermosuras. También puede tomarse bajo el nombre de tinieblas la nada absoluta, a la que no hace Dios porque nada es, y de la que hizo siendo Omnipotente todo lo que se dignó hacer por su bondad inefable, porque de la nada hizo todas las cosas.
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Y fue hecha la tarde y fue hecha la mañana día quinto. Ahora después que dijo, y así se hizo, no agregó, como suele, la enumeración de la ejecución de las obras, como si de nuevo fueran hechas, pues ya las había enumerado anteriormente. Ni por aquella bendición que dio para engendrar la prole se formaba alguna otro nueva creatura, fino que mediante ella las ya hechas se conservaban por la sucesión., Y por esto tampoco se dijo «y vio Dios que era bueno», pues ya la misma criatura le había sido grata y, por ende, tan sólo debía ser conservada en las semillas. Nada, pues, se repitió, a no ser lo que se dijo y así fue hecho. Después de esto inmediatamente habla de la tarde y la mañana, en cuyos nombres explicamos que estaba significada la obra ejecutada por Dios de la materia informe y de la forma que a ésta se le daba. Esto es lo que yo entiendo, aunque quizá algo mejor y más excelente descubran los estudiosos.
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Y dijo Dios produzca la tierra alma viva, según su género, de cuadrúpedos y de serpientes y de bestias de la tierra según su género, y así se hizo. Del modo que arriba se trató, así debemos considerar y entender por qué se añadió viva, habiendo dicho alma; y qué significa según su género; y cómo se entiende la acostumbrada conclusión por la que se dice, y así fue hecho. Aunque la lengua latina bajo et nombre de bestia comprende generalmente a todo animal irracional, aquí, sin embargo, se deben distinguir las especies de suerte que por cuadrúpedos entendamos todos los animales de carga, por serpientes todos los vivientes que reptan, por bestias o fieras todos los cuadrúpedos indómitos y por animales todos los cuadrúpedos que no ayudan trabajando, pero proporcionan algún provecho a los que los apacientan.
Capítulo XVI
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E hizo Dios las bestias de la tierra según su género y los animales según su género y todas las serpientes de la tierra según su género. Esta repetición que se hizo al decir e hizo Dios cuando ya se había dicho y así fue hecho, debe de entenderse según la norma expuesta anteriormente. Aquí, bajo el nombre de animales creo están significados todos los cuadrúpedos que viven al cuidado del hombre. Y vio Dios que era bueno, debe de entenderse como de costumbre.
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Y dijo Dios, hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. En esta obra de Dios debe notarse una cierta unión y separación de los otros vivientes, pues dice que fue hecho el hombre en el mismo día que las bestias y que igualmente todos son animales terrenos; pero, sin embargo, por la excelencia de la razón, según la cual el hombre es hecho a imagen y semejanza de Dios, separadamente se habla del hombre después que, según costumbre, ha terminado la formación de los otros animales diciendo y vio Dios que era bueno.
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También se ha de considerar aquí lo que no se dijo en la formación de los otros seres, hagamos, como si de este modo quisiera el Espíritu Santo hacer resaltar la excelencia de la naturaleza humana; pues ¿a qué cosa dijo ahora hagamos, sino a quien se decía en las demás formaciones hágase? Todas las cosas por El fueron hechas y sin Él nada se hizo20. Mas ¿por qué juzgamos haberse dicho de un modo distinto hágase, y de otro hagamos, sino es porque allí Él lo hacía por mandato del Padre y ahora conjuntamente lo hacían los dos? O acaso se habló de esta manera porque todas las cosas que hace el Padre las hace por medio del Hijo y, por consiguiente, se dijo aquí hagamos a fin de que el mismo, para quien se escribieron los libros divinos, viera de este modo en sí mismo que todas aquellas cosas que hace el Hijo hablando el Padre, también el Padre las hace, de suerte que lo que se decía en las otras criaturas separadamente hágase (indicando al Padre), y fue hecho (señalando al Hijo), aquí se expone no haber sido hechas separadamente la narración de la obra y su hechura, sino que una y otra tuvieron lugar al mismo tiempo cuando aquí se dijo: hagamos.
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Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Toda imagen es semejante a aquello de quien es imagen, pero, sin embargo, no todo lo que es semejante a algo, también es imagen de ello. Esto se aprecia en el espejo y en la pintura; lo representado en ellos son imágenes, y por lo mismo, semejantes; mas si no nace lo uno de lo otro, ninguno de los dos puede decirse que sea imagen del otro; hay, pues, imagen cuando hay expresión de algo. ¿Por qué, pues, cuando se dijo a imagen se añadió y a semejanza, como si pudiera existir una imagen desemejante? Bastaría decir «a imagen». ¿O es que una cosa es semejante y otra semejanza, como una cosa es casto y otra la castidad, una fuerte y otra distinta la fortaleza, de tal modo que todos los que son fuertes lo son por la fortaleza y todos los que son castos lo son por la castidad, y así todos los que son semejantes lo son por la semejanza? Al parigual que donde está la castidad, por ella son castas todas las cosas que son castas, allí donde está la semejanza, por ella son semejantes todas las cosas que son semejantes; por eso no se dice con toda propiedad que nuestra imagen es nuestra semejanza; sin embargo, se dice con toda exactitud que es semejante a nosotros. La castidad, pues, es casta sin participación de nadie, mas por la participación de ella son castas las cosas que son castas; lo mismo sucede con Dios, en quien se halla la misma Sabiduría, la cual, sin participación de nada ni de nadie, es Sabia, pero con cuya participación es sabia toda alma que lo es. Por lo cual también la semejanza de Dios (el Hijo) por quien fueron hechas todas las cosas, se llama con propiedad semejanza, porque es semejante no por participación de alguna otra semejanza, sino que ella es la primera semejanza, por cuya participación son semejantes todas las cosas que por ella hizo Dios.
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Luego tal vez la exposición sea que lo añadido, a semejanza, después de haber dicho a imagen, se agregó para demostrar que aquella que se llamó imagen no es de tal modo semejante a Dios, como si participara de alguna otra semejanza, sino que ella misma es la semejanza, de la que participan todas las cosas que se dicen ser semejantes; como ella misma es la castidad, por cuya participación son castas las almas; y la sabiduría, por cuya participación son sabias las almas; y la hermosura, por cuya participación son hermosas todas las cosas que lo son. Si, pues, únicamente nombrara la semejanza no indicaría que fue por Él engendrada; y si tan sólo hiciera mención de la imagen, daría a conocer ciertamente que por Él fue engendrada, pero no manifestaría que de tal modo era semejante, que no sólo lo era, sino que ella era la misma semejanza. Así como nada hay más casto que la misma castidad, y nada más sabio que la misma sabiduría, y nada más hermoso que la misma hermosura, así también nada en absoluto puede decirse o pensarse o existir más semejante que la misma semejanza; por donde se entiende que de tal modo es semejante al Padre su Semejanza, que llena plena y perfectísimamente su naturaleza.
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Si consideramos que toda la naturaleza, tanto la que o por los sentidos o por la razón se percibe, conserva el sello de la unidad debido a la semejanza que entre sí tienen las partes, nos es permitido ponderar de alguna forma, aunque trascienda en eminente manera los pensamientos humanos, hasta qué punto tenga virtud la semejanza de Dios, por la cual fueron hechas todas las cosas, para imprimir la forma de las criaturas. Ciertamente por la Sabiduría de Dios se llaman sabias las almas racionales, y este nombre no se extiende más allá de los seres dotados de razón, porque a ningún animal, y mucho menos a los árboles, o al fuego, o al aire, o al agua, o a la tierra, podemos llamarlos sabios, aunque en cuanto son, todas estas cosas existen por la Sabiduría de Dios. Mas, con todo, decimos que las piedras son semejantes entre sí lo mismo que los animales, y también los hombres, y los ángeles. Pues bien, de cada una de las cosas, porque tienen sus partes semejantes entre sí, decimos que tienen determinado su ser, y esto hace que la tierra sea tierra y el agua es agua y dejaría de ser agua si cualquiera de sus partes no es semejante a las otras partes de ella; igualmente cualquier parte del aire, si fuese desemejante a la restante, no podría de ningún modo ser aire; de idéntica manera la partícula del fuego y de la luz, porque no es desemejante a las otras partes, alcanza a ser lo que es. Esto mismo puede verse y entenderse en cada una de las piedras, o en cualquiera de los árboles, o en todos los cuerpos animados; pues de ningún modo existirían con los otros seres de su género, ni tampoco cada uno en sí mismo, si no tuvieren las partes semejantes entre sí. Tanto es más hermoso un cuerpo cuanto más semejantes sean entre sí las partes ¿de que consta. Por último, no sólo la amistad de unas almas con otras se funda en costumbres semejantes, sino que también en cada alma indican la vida feliz las acciones y virtudes semejantes, sin las cuales no puede existir la permanencia. De todas estas cosas podemos decir que son semejantes, mas no que son la misma semejanza. Por lo cual, aunque el universo está formado por cosas semejantes entre sí, de suerte que cada una por esta semejanza es en sí misma lo que es, y todas juntas constituyen el universo, al que Dios creó y gobierna sin embargo por la semejanza excelentísima inmutable e incontaminable de Él, que creó todas las cosas, fueron hechas tales, que son hermosas por las partes semejantes entre sí. Mas no todas han sido hechas a semejanza de Ella, sino solamente la sustancia racional; por lo tanto, todas las cosas por Ella fueron hechas, pero a semejanza suya sólo el alma.
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Así, pues, la substancia racional fue hecha sin interposición de naturaleza alguna por la misma Semejanza de Dios y a semejanza de Ella; ya que la mente humana a ninguna cosa se une si no es a la Verdad misma, que se llama Imagen y Semejanza y Sabiduría del Padre, lo cual no lo percibe si no es pura y bienaventurada; luego con toda rectitud, según lo que tiene el hombre de principal e interno, es decir, según la mente, se toma hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, ya que precisamente todo el hombre debe ser apreciado por aquello que en el hombre existe como principal, lo que le separa de las bestias. Las demás cosas que en el hombre están, aunque sean hermosas en su género, le son comunes con las bestias y por eso en el hombre deben estimarse en poco, a no ser que la figura erguida del cuerpo humano, levantada para mirar al cielo, tenga también algún valor para creer que el mismo cuerpo fue hecho a semejanza de Dios, de modo que al parigual que aquella semejanza no se aparta del Padre, lo mismo el cuerpo del hombre no está en oposición al cielo, como lo están los cuerpos de los otros animales, ya que inclinados a la tierra se tienden sobre el vientre. Esta propiedad y semejanza no la debemos tomar en sentido riguroso, porque nuestro cuerpo se diferencia muchísimo del cielo; mas en aquella Semejanza, que es el Hijo, nada puede haber desemejante a Aquel a quien es semejante. Todas las cosas que son semejantes, también por alguna parte son desemejantes entre sí, pero la misma semejanza no es por parte alguna desemejante a sí misma. El Padre, pues, es Padre, y el Hijo no es otra cosa que Hijo, pero cuando se dice que es la Semejanza del Padre, aunque se manifieste que no existe ninguna desemejanza entre los dos, sin embargo, no está sólo el Padre si tiene semejanza.
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Y Dios dijo: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Con lo dicho anteriormente tenemos más trae suficiente; y conforme a esto, estas palabras de la divina Escritura, en las cuales leemos haber dicho Dios llagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, expresan que podemos entender que la semejanza de Dios conforme a la cual fue hecho el hombre es el mismo Verbo de Dios, es decir, e! Hijo Unigénito; mas no que el hombre sea la misma imagen y semejanza igual al Padre. E«, pues, el hombre imagen de Dios como lo demuestra clarísimamente el Apóstol diciendo: el hombre no debe de cubrir la cabeza siendo como es imagen y gloria de Dios21. Mas esta imagen, hecha a imagen de Dios, no es igual y coeterna a aquel de quien es imagen, ni llegaría a serlo, aunque nunca jamás hubiera pecado. El sentido que debemos más bien elegir en estas palabras, hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, es que no las entendemos como dichas en singular, sino en plural, porque no fue hecho el hombre a imagen de solo el Padre o de solo el Hijo o de solo el Espíritu Santo, sino a imagen de esta Trinidad; cuya Trinidad de tal modo es Trinidad que es un solo Dios, y de tal forma es un solo Dios que es Trinidad. No dice, pues, hablando el Padre por el Hijo, hagamos al hombre a tu imagen o a imagen mía, sino que pluralmente dice a imagen y semejanza nuestra; y ¿quién se atreverá a separar al Espíritu Santo de esta pluralidad? Esta pluralidad no es tres dioses, sino un solo Dios; por eso se ha de entender que después la Escritura introdujo el singular diciendo: E hizo Dios al hombre a imagen de Dios, para que no se tomara como si Dios Padre hiciera al hombre a imagen de Dios, es decir, de su Hijo, pues de otro modo, ¿cómo es verdadero lo que se dijo, a imagen nuestra, si el hombre fue hecho únicamente a imagen del Hijo? Por ser verdadero lo que dijo Dios, a imagen nuestra, por eso se dijo así: Hizo Dios al hombre a imagen de Dios, como si dijera a imagen suya que es la misma Trinidad.
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Muchos creen que no se repite aquí la palabra semejante, es decir, no se dijo e hizo Dios al hombre a imagen y «semejanza» de Dios, porque en aquel momento solamente fue hecho a imagen; mas el ser semejanza de Él se reservaba para después de la resurrección de los muertos; esto dicen como si pudiera existir imagen alguna en la que no haya semejanza, cuando si no es completamente semejante, sin duda tampoco hay imagen. Sin embargo, a fin de que no parezca que tratamos este asunto únicamente según la razón, aduciremos la autoridad del apóstol Santiago, el cual hablando de la lengua del hombre dice: con ella bendeciremos a Dios y con ella maldeciremos a los hombres, los que fueron hechos a «semejanza» de Dios.