La devastación de Roma

BAC vol. 40

La devastación de Roma

LA DEVASTACIÓN DE ROMA

Los que murmuran contra Dios por la devastación de Roma

1 1. El ejemplo de Daniel al confesar sus pecados. Reflexionemos sobre la primera lección del santo profeta Daniel, cuando hemos escuchado que oraba, y hemos admirado con asombro que confesaba no sólo los pecados de su pueblo, sino también los suyos propios. Después de esa oración, cuyas palabras, por cierto, indicaban que no sólo es un intercesor, sino también un confesor; después de esa oración, dice: Aún estaba orando y confesando mis pecados y los pecados de mi pueblo al Señor mi Dios1. ¿Quién va a creerse sin pecado, cuando Daniel confiesa sus propios pecados? A los orgullosos se les dice por el profeta Ezequiel: ¿Acaso eres tú más sabio que Daniel?2 Así como entre aquellos tres santos varones, en los cuales Dios simbolizaba a las tres clases de hombres que va a liberar, cuando llegue a sobrevenir al género humano la gran tribulación, ha contado también a este Daniel; ha dicho igualmente que nadie será liberado de ella sino Noé, Daniel y Job. Y es evidente que en estos tres nombres Dios simboliza, como he dicho, tres clases de hombres. En efecto, aquellos tres personajes ya murieron, sus espíritus están en Dios, y sus cuerpos desaparecieron en la tierra; y aguardan la resurrección y la colocación a la derecha, sin temer tribulación alguna en este mundo de la que deseen ser liberados. ¿Cómo entonces van a ser liberados de aquella tribulación Noé, Daniel y Job?3 Cuando Ezequiel decía eso, tal vez vivía solamente Daniel, porque Noé y Job habían muerto ya hacía tiempo, y con el sueño de la muerte fueron puestos junto a sus padres. ¿Cómo entonces podían ser liberados de la inminente tribulación los que ya hacía tanto tiempo que estaban liberados de la carne? Pero es que en Noé están simbolizados los buenos pastores, que rigen y gobiernan la Iglesia como Noé en el diluvio gobernaba el arca. En Daniel están simbolizados todos los que practican la santa continencia; y en Job los casados que viven la justicia y la santidad. En efecto, Dios libera a estas tres clases de hombres de aquella tribulación. Sin embargo, cuan ensalzado es Daniel aparece de eso que ha merecido ser nombrado como uno de los tres, y, sin embargo, él confiesa sus pecados. Habiendo confesado Daniel sus pecados, ¿qué soberbia no se estremece, qué presunción no se abate, qué arrogancia y temeridad no se aplana?, ¿quién va a gloriarse de que su corazón es casto o quién se vanagloriará de que está limpio de pecado?4

¿Por qué Dios no ha perdonado a Roma por los justos?

2 Se extrañan los hombres, y ojalá que se extrañaran en tal alto grado que además no blasfemaran, cuando Dios castiga al género humano y lo acosa piadosamente con flagelos de castigo, ejercitando, antes del juicio, la disciplina y, frecuentemente, sin seleccionar al que castiga, como no queriendo descubrir al culpable. Efectivamente, flagela al mismo tiempo a justos e injustos, pero ¿quién es justo, si Daniel confiesa los propios pecados?

  1. Hace unos días hemos leído el libro del Génesis, que, yo creo, nos ha tenido muy atentos, cuando Abrahán suplica al Señor que, si encuentra en la ciudad cincuenta justos, perdone a la ciudad por ellos, o ¡va a perder a toda la ciudad con ellos! Y el Señor le contesta que, sí encuentra en la ciudad cincuenta justos, va a perdonar a la ciudad. Abrahán sigue suplicando, y pregunta que si faltan cinco, y son cuarenta y cinco justos, que la perdone lo mismo. Dios le responde que él la perdona también por cuarenta y cinco. ¿Por qué el castigo? Y Abrahán, suplicando, va rebajando gradualmente desde ese número hasta diez, y pide al Señor que, si encontrare a diez justos en la ciudad, ¿va a perderlos con los demás malos, aunque sean innumerables, o, más bien, va a perdonar a toda la ciudad por los diez justos? Dios le responde que aun entonces no va a perder a toda la ciudad por los diez justos5. Ante esto, ¿qué es lo que decimos nosotros, hermanos? Porque nos llega a nosotros una polémica muy violenta y rabiosa de parte de los hombres que atacan a nuestras Escrituras impíamente, no de los que las estudian con piedad y preguntan sobre todo a propósito de la reciente devastación de Roma: ¿Es que no había en Roma cincuenta justos? Entre tantos fieles, tantos consagrados, tantos continentes, tan numerosos siervos y siervas de Dios, ¿no han podido contarse ni cincuenta justos, ni cuarenta, ni treinta, ni veinte, incluso ni diez? Sí eso es inadmisible, ¿por qué Dios no ha perdonado a la ciudad por cincuenta, y aun hasta por diez justos? La Escritura no engaña cuando el hombre no se engaña a sí mismo. Cuando se habla de la justicia, Dios responde sobre la justicia; El busca a los justos según la norma divina, no según la norma humana. Y a bote pronto respondo yo: O Dios halló allí tantos justos y perdonó a la ciudad; o si no perdonó a la ciudad es que no encontró a los justos. Pero se me responde: está claro que Dios no perdonó a la ciudad. Yo respondo: para mí no está claro. Porque allí no ha sido arruinada la ciudad, como lo fue en Sodoma. De Sodoma, en efecto, se trataba cuando Abrahán suplicó a Dios. Y Dios le contestó: No perderé a la ciudad6. No dijo: No voy a castigar a la ciudad. No perdonó a Sodoma; perdió a Sodoma. Sodoma fue completamente consumida por el fuego, porque no la reservó para el juicio, sino que ejercitó en ella lo que reservó en otros malos para el juicio. En suma, ninguno se salvó de Sodoma; no quedó ni rastro de hombres, de animales, de casas; todo completamente lo devoró el fuego. Así es como Dios perdió a la ciudad. En cambio, de la ciudad de Roma ¡cuántos salieron y volverán; cuántos se quedaron y se han librado; cuántos ni siquiera pudieron ser tocados en los lugares santos! Pero replican: muchos fueron llevados cautivos. Eso también lo fue Daniel, no para juicio suyo, sino para consuelo de los demás. Con todo, insisten: muchos fueron muertos. Eso también lo fueron tantos profetas justos, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías7; eso también lo fueron tantos apóstoles; y el mismo Señor de los profetas y de los apóstoles, Pero porfían: es que muchos han sido torturados con tormentos tan atroces como variados. ¿Hemos pensado si alguno de ellos ha sufrido tanto como Job?

3.La devastación de Roma. Nos han anunciado cosas horrendas. Exterminios, incendios, saqueos, asesinatos, torturas de los hombres. Ciertamente que hemos oído muchos relatos escalofriantes; hemos gemido sobre todas las desgracias; con frecuencia hemos derramado lágrimas, sin apenas tener consuelo. Sí, no lo desmiento, no niego que hemos oído enormes males, que se han cometido atrocidades en la gran Roma.

Comparación sobre la devastación de Roma y los males de Job

3 No obstante y que vuestra caridad, hermanos míos, ponga mucha atención a lo que digo, hemos escuchado en el libro del santo Job que, habiendo perdido la hacienda y los hijos, no pudo conservar sana ni la propia carne, que únicamente le había quedado, sino que, cubierto de heridas graves de la cabeza a los pies, estaba echado en un estercolero, pudriéndose con úlceras, manando pus, lleno de gusanos y atormentado con los dolores más atroces. Si a nosotros nos anuncian que la ciudad entera está postrada, que la ciudad entera, repito, está abatida por una herida de muerte, sin que quede ni uno vivo, y, en ese estado todos vivos se van pudriendo entre gusanos, como se han podrido los muertos, ¿sería más penoso esto o esa guerra tan atroz? Yo creo que la espada se ensañaría en la carne humana menos cruelmente que los gusanos, que la sangre saldría de las heridas más soportablemente que si la podre gotease de la purulencia. Ves un cadáver que se corrompe y te estremeces, pero como no está el alma, es menor el sufrimiento. En cambio, en Job estaba bien presente el alma que lo sentía, prisionera para que no huyese, estimulando para que sufriese, mortificando para que blasfemase. Y Job resistió la tribulación, y le fue contado en gran justicia. ¡Que nadie se fije en lo que sufre, sino en lo que hace! Hombre, lo que tú padeces no está en tu poder; en cambio, tu voluntad es culpable o inocente en lo que tú haces. Job sufría, y su mujer, la única que quedaba, estaba allí plantada, no para consolarlo, sino para tentarlo; no para traerle la medicina, sino para sugerirle una blasfemia: maldice a Dios, le dice, y muérete. Ved cómo morir era para él un beneficio, y ese beneficio nadie se lo daba. Más aún, en todo eso que aquella alma santa soportaba, era ejercitada su paciencia, probada su fe, confundida su mujer y vencido el diablo. Espectáculo maravilloso, ¡que hasta en la podredumbre hedionda resplandece la hermosura de la virtud! El enemigo lo tiene desolado interiormente; la mujer enemiga, descaradamente, le aconseja el mal, como aliado del diablo, y no del marido; ella de nuevo Eva, pero él no el viejo Adán: maldice a Dios, le dice, y muérete. Arrancarle con la blasfemia lo que no puede conseguir con las súplicas. Has hablado, responde como una mujer necia. Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?8 Dios es un Padre: ¿va a ser amado cuando acaricia, y despreciado cuando corrige? ¿No es el Padre tanto cuando promete la vida como cuando impone la disciplina? ¿Es que se te ha olvidado lo de: Hijo mío, cuando te acerques al servicio de Dios, mantente firme en la justicia y el temor, y prepara tu alma para la prueba? Acepta todo lo que te sucediere, y aguanta en el dolor, y ten paciencia en tu humillación, porque el oro y la plata se acrisolan en el fuego, y los hombres que Dios acepta, en el horno de la humillación9. ¿Te has olvidado de: Porque el Señor corrige al que ama, y azota a todo el que reconoce por hijo?10

Los sufrimientos temporales comparados con los del infierno

4 4. Piensa en todos los sufrimientos, abarca con tu espíritu todas las penas humanas en esta vida; compáralos con el infierno, y es insignificante todo lo que piensas. Aquí todo es temporal, allí es eterno tanto el que hace sufrir como el que sufre. ¿Acaso sufren todavía los que sufrieron en ese tiempo en que Roma fue devastada? En cambio, aquel rico todavía está sufriendo en los infiernos11. Se abrasó, se abrasa y se abrasará; vivirá hasta el juicio; recibirá la carne, no para beneficio suyo, sino para castigo. Temamos las penas eternas, si tememos a Dios. Todo cuanto aquí hubiere padecido el hombre, si se corrige, es conversión; si ni por ésas se corrige, es doble la condena: porque aquí también expía las penas temporales, y allí experimentará las eternas. Digo a vuestra caridad, hermanos: nosotros alabamos a los mártires ciertamente santos; glorificamos y admiramos a los mártires; y, si podemos, los imitamos. Grande es seguramente la gloria de los mártires, pero ignoro si fue menor la gloria del santo Job. Es verdad que no se le decía: quema incienso a los ídolos, sacrifica a los dioses falsos, niega a Cristo; se le decía: Maldice a Dios. Tampoco se le sugería para que lo entendiese: si blasfemas, toda la podredumbre desaparecerá, y te volverá la salud, sino: si blasfemas, le decía aquella necia y estúpida mujer, morirás; y, muriendo, no tendrás ya que sufrir. ¡Como si a un blasfemo que muere no le viniese el sufrimiento eterno! Aquella mujer insensata se horrorizaba de la podredumbre actual, sin pensar lo más mínimo en el fuego eterno. El, en cambio, soportaba el mal presente para no caer en el mal futuro. Guardaba su corazón de todo mal pensamiento y su lengua de la blasfemia; conservaba su alma inocente en medio de la corrupción de su cuerpo. El veía que se le reservaba para el futuro, y por eso soportaba con paciencia lo que padecía. Así, con este ejemplo, todo cristiano, cuando sufre alguna enfermedad del cuerpo, que piense en el infierno, y vea qué leve es cuanto padece. Que no murmure contra Dios, que no diga: Dios mío, ¿qué es lo que te he hecho, por qué padezco esto? Que él diga lo que dijo el mismo Job, aunque era un santo: Has escrutado todos mis pecados y los has sellado como en un saco12. No se atrevió a declararse inocente, sin pecado, él, que padecía no para ser castigado, sino para ser probado. Que todo el que sufre imite su lenguaje.

¿No había justos en Roma?

5 5. Seguramente que había en Roma cincuenta justos, y aún más. Si consideras el modo humano, había justos a millares; si consideras la norma de la perfección, no existe justo alguno. Todo el que en Roma se atreva a llamarse justo, no me ha oído decir: ¿Es que tú eres más sabio que Daniel?13 Escúchale entonces cuando confiesa sus pecados14. ¿O es que cuando confesaba, mentía? En este caso ya tenía pecado, porque mentía a Dios sobre sus pecados. También a veces los hombres argumentan y dicen: el hombre justo también debe decir a Dios que es un pecador, aunque sepa que él no tiene pecado alguno; sin embargo, que diga a Dios: yo tengo pecados. Me extraña que pueda llamarse cuerdo semejante consejo. ¿Quién hace que tú no tengas pecado? ¿No es Dios quien sana tu alma? Y supongamos que tú realmente no tienes pecados; si lo consideras atentamente, encontrarás no un pecado, sino pecados. No obstante, si ciertamente no tienes pecado, ¿no es un beneficio de Aquel a quien tú has suplicado: Yo dije, Señor, ten misericordia de mí, sana mi alma, porque he pecado contra ti?15 Luego si tu alma está sin pecado, tu alma está sanada del todo; si tu alma está sanada del todo, ¿por qué eres ingrato con tu médico para gritar que todavía está la herida allí donde El te ha sanado perfectamente? Cuando tú enseñas al médico tu cuerpo débil y herido, y le suplicas que se dé prisa en curarte, y que lo haga; y él te cura en perfecto estado y tú le sigues gritando: no estoy curado, ¿no serías un ingrato con el médico? ¿No serías un insolente para con el médico? Si Dios también te ha curado, te atreves a decirle: ¿todavía tengo la herida?; no temes que pueda responderte: ¿luego yo no te he hecho nada, o todo lo que he hecho ha sido en vano, no tengo recompensa alguna, no merezco ni tu aprobación? ¡Que Dios aparte semejante locura, y esa argumentación mentirosa! Que confiese el hombre: soy un pecador, cuando es pecador; que confiese: tengo pecado, cuando tiene pecado. Pues si él no tiene pecado, es más sabio que Daniel. Entonces, hermanos míos, voy a concluir de una vez la cuestión. Si nosotros llamamos justos, al modo humano, a los que llevan una vida sin tacha entre los hombres, cierto que estos justos eran muchos en Roma, y por ellos Dios la perdonó; y muchos huyeron, y hasta a aquellos que murieron Dios los perdonó. En efecto, los muertos en gracia y en justicia verdadera, en fe sincera, ¿no han sido liberados de las miserias humanas y han llegado al descanso de Dios? Han muerto después de grandes tribulaciones, como el mendigo aquel a la puerta del rico. ¿Quizás han tenido hambre? También aquél. ¿Han recibido heridas? También aquél, ¡pero a lo mejor no se las lamieron los perros! ¿Han muerto? También aquél; pero escucha con qué final: Sucedió, dice, que se murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán16.

¿En qué sentido Dios perdonó a Roma por los justos?

6 6. ¡Ojalá pudiésemos ver las almas de los santos que han muerto en esta guerra! Entonces veríais cómo Dios perdonó a la ciudad. Verdaderamente, miles de santos están en el refrigerio de los que se alegran y cantan a Dios: Gracias a Ti, porque nos has sacado de las molestias y tormentos de la carne. Gracias a Ti, porque ya no tememos ni a los bárbaros ni al diablo, no tememos en la tierra ni al hombre, ni al pedrisco, ni a los enemigos, ni al ministro de justicia ni al opresor; nosotros hemos muerto en la tierra, para no morir ya en tu presencia, oh Dios, salvos en tu reino por don tuyo, y no por mérito nuestro. ¿Cuál es esa ciudad de los humildes que canta tales acentos? ¿Pensáis en una ciudad encerrada entre murallas? Una ciudad está en sus ciudadanos, no en sus murallas. Finalmente, si Dios dijese a los sodomitas: Huid, porque voy a incendiar este lugar, ¿no diríamos que han tenido un gran mérito al huir, antes que el fuego, bajando del cielo, asolara los palacios y las murallas? ¿Es que Dios no perdonó a la ciudad, cuando la ciudad pudo huir y escapar a la destrucción de su incendio?

  1. El ejemplo de Constantinopla. Lo que voy a decir lo han oído algunos que quizás lo conocieron, y hasta están entre el auditorio, los cuales estuvieron también allí presentes. Sucedió hace pocos años en Constantinopla, siendo Arcadio emperador. Queriendo Dios atemorizar a la ciudad y enmendarla por el temor, convertirla, purificarla y cambiarla, reveló a un fiel siervo suyo, que, según dicen, era un soldado; y le dijo que iba a destruir la ciudad con fuego bajado del cielo, y le amonestó que se lo dijese al obispo. El se lo dijo; el obispo no lo menospreció y lo comunicó al pueblo. La ciudad se convirtió a penitencia, como en otro tiempo la antigua Nínive17. Para que el pueblo no creyese que el que lo había anunciado era un iluso o un falsario, llegó el día que había amenazado, todos pendientes y esperando con gran temor el resultado; al anochecer, cuando ya el firmamento estaba oscuro, apareció una nube de fuego por el oriente, pequeña al principio; después, poco a poco, según se iba acercando sobre la ciudad, crecía de tal manera que el fuego amenazaba de un modo terrible a la ciudad entera. Parecía que una llama horrible estaba suspendida sin que faltase el olor a azufre. Todos se refugiaban en los templos, y los lugares sagrados no podían acoger a las muchedumbres; cada cual exigía el bautismo de quien podía. No sólo en las iglesias; también por las casas, por las calles y plazas pedían el sacramento de la salvación, para evitar la ira no sólo presente, sino también futura. Después de aquella gran tribulación, en la que Dios confirmó la veracidad de sus palabras y de la revelación de su siervo, la nube, lo mismo que había crecido, comenzó a decrecer hasta disiparse poco a poco. Cuando el pueblo se creyó un poco seguro, oyó de nuevo que había que huir del todo, porque la ciudad sería arrasada el sábado próximo. La ciudad entera con el emperador salió fuera, nadie quedó en casa y nadie cerró la puerta, alejándose de las murallas, y mirando los hogares amados decía adiós entre suspiros a las residencias queridísimas. Y habiendo avanzado aquella gran multitud algunas millas y, reunida en un mismo lugar para orar a Dios, vio de repente una gran humareda, y dirigió a Dios un grito tremebundo. Por fin, vuelta la serenidad, enviando algunos que informasen, una vez pasada la hora señalada que había sido predicha; y cuando informaron que las murallas y las casas permanecían en pie, todos regresaron con indescriptible alegría. Ninguno perdió nada de su propia casa y cada cual la encontró abierta, como la había dejado.

Constantinopla y Roma

7 8. ¿Qué vamos a decir? ¿Que fue la ira o mejor la misericordia de Dios? ¿Quién va a dudar de que como Padre misericordiosísimo quiso corregir y castigar por medio del terror y no con la ruina, cuando tan amenazadora calamidad presente no causó daño alguno ni a los hombres ni a las casas ni a las murallas? Lo mismo que suele levantarse la mano para castigar y, ante las súplicas del que va a ser castigado, se retracta por compasión, así le ocurrió a aquella ciudad. Sin embargo, si entonces, cuando, abandonada la ciudad, salió todo el pueblo, hubiese caído la ruina sobre el lugar y hubiese perdido a toda la ciudad, como a Sodoma, sin dejar rastro alguno, ¿quién iba a poner en duda que aun así Dios había perdonado a aquella ciudad, prevenida y atemorizada, alejándola y sacándola fuera, aunque aquel lugar fuese arrasado? Del mismo modo no se ha de poner en duda que Dios perdonó también a la ciudad de Roma, que ante el incendio enemigo había salido fuera multitudinariamente por todas partes. Salieron fuera los que huyeron; salieron fuera también los que murieron; muchos, que se quedaron, estuvieron escondidos como pudieron, y otros muchos se salvaron y conservaron vivos y sanos en los lugares santos. Por tanto, aquella ciudad fue castigada por la mano salvadora de Dios, más bien que destruida; como el siervo que, conociendo la voluntad de su señor y haciendo lo que es digno de castigo, recibirá muchos palos18.

Utilidad de la tribulación temporal

8 9. ¡Ojalá que el ejemplo nos sirva de escarmiento! y que la concupiscencia mala que tiene sed de mundo y apetece disfrutar de los placeres pecaminosos sea refrenada, antes de murmurar contra el Señor a la vista de los castigos muy merecidos, demostrando el Señor cuan inestables y caducas son todas las vanidades del siglo. También la era siente el mismo trillo para desmenuzar la paja que para limpiar el trigo; el horno del orfebre sufre el mismo fuego para convertir la paja en ceniza que para purificar el oro; de igual manera Roma sufrió una misma tribulación, en la que el bueno fue corregido y purificado, mientras que el impío fue condenado, ya sea siendo arrebatado de esta vida para purgar más con penas justísimas, ya sea que permanezca aquí blasfemando con mayor culpabilidad, o, por lo menos, para que Dios, según su inefable misericordia, purifique con la penitencia a los que conoce que se han de salvar. ¡Y que no nos haga vacilar la tribulación de los buenos!, porque es una prueba, no una condenación. ¡No vaya a ser que nos horroricemos al ver sufrir a un justo cosas indignas y graves en esta vida, y estemos olvidando lo que sufrió el Justo de los justos y el Santo de los santos! Lo que ha sufrido esa ciudad entera, lo sufrió uno solo. Pero fijaos quién es ese uno: El Rey de reyes y Señor de señores19, apresado, atado, flagelado, zarandeado con toda clase de afrentas, colgado y clavado en una cruz, muerto… Pon en balanza a Roma con Cristo, sopesa la tierra entera y a Cristo, equilibra cielo y tierra con Cristo; nada creado puede valorarse con el Creador, ni obra alguna se compara con el Autor: Todo ha sido hecho por El y sin El no se hizo nada20; y, sin embargo, fue tenido en nada por los perseguidores. Soportemos entonces lo que Dios tenga permitido que soportemos. ¡El, como médico, conoce bien qué dolor nos es útil para curarnos y sanarnos! Está escrito certeramente: La paciencia perfecciona su obra21, y ¿cuál va a ser la obra de la paciencia, si no sufrimos nada adverso? ¿Por qué, pues, rehusamos sufrir los males temporales? ¿No es que tenemos que ser perfeccionados? Más bien, supliquemos, gimamos y lloremos ante el Señor, para que se cumpla en nosotros lo que dice el Apóstol: Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que, para poder vencer, os dará con la tentación también el éxito22.