Libro primero

BAC vol. 33

Libro primero

RÉPLICA A LAS CARTAS DE PETILIANO Libro I

Agustín desea salud en el Señor a los hermanos tan queridos que se encuentran bajo su cura pastoral.

La intención de Agustín

I. 1. Bien sabéis vosotros que tantas veces hemos procurado poner de manifiesto y refutar el sacrílego error de los herejes donatistas valiéndonos no de nuestras palabras, sino de las suyas. Por ello hemos dirigido nuestras cartas a algunos de sus dignatarios; y no eran precisamente cartas de comunión, de la cual se hicieron indignos en el pasado al separarse de la Iglesia católica, como no eran tampoco afrentosas, sino pacíficas; y así, discutiendo con nosotros la cuestión, que les había separado de la santa comunión del orbe, tuvieran a bien corregirse con la consideración de la verdad, y lejos de defender con más necia pertinacia la animosa perversidad de sus antepasados, se tornaran a la raíz católica para dar frutos de caridad. Pero como está escrito: Con los que odiaban la paz, hablaba yo de paz 1, han rechazado mis cartas, como han odiado la misma paz, a la que se intentaba servir por medio de ellas.

Ahora bien, hallándome yo en la iglesia de Constantina, y estando presentes Absencio y mi colega Fortunato, obispo de la misma, me entregaron los hermanos una carta que decían había escrito el obispo de ese cisma a sus presbíteros, según rezaba su titulo. La leí y me quedé admirado de que con sus primeras palabras cortaba radicalmente toda comunión de su partido de manera que no podía creer que esta carta fuese del hombre que, según la opinión pública, destacaba tanto entre ellos por su ciencia y facundia. Pero como al leerla yo se hallaban presentes algunos que conocían bien la elegancia de su dicción, comenzaron a persuadirme de que era sin duda obra suya. De todos modos, fuera quien fuera el autor, pensé que tenía que refutarla para que no juzgara quien la escribió que su escrito podía perjudicar algo a la Católica entre los menos formados.

  1. Lo primero que él afirma en su carta es que les echamos en cara la repetición del bautismo nosotros, que con el nombre del bautismo manchamos nuestras almas con un bautismo culpable. ¿Qué utilidad puede seguirse de repetir todas sus afrentosas palabras? Pero como una cosa es confirmar el documento y otra repudiar sus injurias, prestemos atención sobre todo a cómo pretende demostrar que nosotros no poseemos el bautismo y, por consiguiente, que él no reitera lo que ya existía, sino que da lo que no existía aún. Dice, en efecto: “Debe tenerse en cuenta la conciencia del que lo da, pues es la que purifica a la del que lo recibe”.

Pero si no aparece la conciencia del que lo da, que puede estar manchada, ¿cómo podrá purificar a la conciencia del que lo recibe, puesto que, según se dice, se ha de tener en cuenta la conciencia del que lo da, que es la que purifica a la del que lo recibe? A lo mejor se contesta que no perjudica al que lo recibe el mal que hubiere en la conciencia del que lo da; lo que podría llevar consigo esta ignorancia es que no pueda mancharse el que ignora la conciencia del que lo bautiza.

Bástenos, pues, que no manche al que lo ignora la conciencia mancillada del que lo da; pero ¿puede también dejarle limpio?

¿De quién recibe la fe el bautizado?

II. 3. ¿Cómo, pues, puede ser, purificado quien recibe el bautismo si está manchada la conciencia del que lo da y lo ignora el que va a recibirlo? Sobre todo considerando que el autor de esta doctrina añade: “En efecto, quien ha recibido la fe de quien no posee la verdadera, no ha recibido la fe, sino la culpa”. Pensemos en uno sin fe que va a bautizar, y el que va a ser bautizado ignora esa falta de fe, ¿qué piensas va a recibir: la fe o la culpa?

Si contestas que “la fe”, reconoces que puede ocurrir que alguno reciba la fe, y no la culpa, del que no la tiene, y entonces resulta falso aquello de que “quien ha recibido la fe de quien no posee la verdadera, no recibe la fe, sino la culpa”. En efecto, hemos descubierto que puede uno recibir la fe del que no la tiene si ignora la falta de fe del que la da. No dice él: Quien recibe la fe del que abierta o públicamente no la tiene, sino: “Quien ha recibido la fe del que no la tiene, no recibe la fe, sino la culpa”; lo cual es ciertamente falso cuando alguien es bautizado por quien ocultamente no tiene fe.

Si en cambio hubiera dicho: “aun cuando ignore que carece de fe el que bautiza, el bautizado no recibe de él sino la culpa”, tendrían ellos que bautizar de nuevo a los que conste han sido bautizados por quienes de entre ellos permanecieron durante mucho tiempo malvados ocultamente y luego fueron denunciados, convencidos y condenados.

¿Cómo saber si es bueno quien bautiza?

III. En verdad, a cuantos bautizaron mientras ellos ocultaban su falta de fe, no pudieron darles la fe, sino la culpa, si quien ha recibido la fe del que no la tiene no recibe la fe, sino la culpa. Por consiguiente, deben ser bautizados por los buenos para que reciban la fe, no la culpa.

  1. Pero ¿cómo pueden estar seguros de éstos, si se ha de tener en cuenta la conciencia del que da, que está oculta a los ojos del que ha de recibir? De esta manera, según su opinión, se torna incierta aquella salud espiritual, y apartan del Señor Dios la esperanza de los bautizandos e intentan persuadir que se ponga esa esperanza en el hombre, teniendo precisamente en contra las Sagradas Escrituras, que dicen: Mejor es confiar en el Señor que confiar en el hombre 2, y Maldito quien pone su esperanza en el hombre 3.

De esto se sigue necesariamente que no sólo es incierta la salud, sino absolutamente nula, ya que del Señor viene la salvación 4, y es vana la salvación que procura el hombre 5. Por consiguiente, quien pone la esperanza en el hombre, aunque lo conozca como justo e inocente, es un maldito. Y de ahí que el apóstol Pablo apostrofe y censure a los que decían que eran de él: ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo? 6

El que bautiza, ¿es la cabeza del bautizado?

IV. 5. Por consiguiente, si andaban errados y habían de perecer si no se enmendaban los que pretendían ser de Pablo, ¿cuál puede ser la esperanza de los que pretenden ser de Donato? Lo que buscan éstos es poner el origen, la raíz y la cabeza del bautizado nada menos que en el que bautiza. De donde se sigue que la esperanza será siempre incierta, puesto que la mayor parte de las veces no se sabe cómo es el que bautiza; en consecuencia, es incierto su origen, su raíz, su cabeza. Y como puede ocurrir que sea malvada y mancillada la conciencia del que lo da e ignore esto el que lo recibe, consecuentemente puede tornarse inútil y vacía la esperanza del bautizando por la perversidad del origen, de la raíz y de la cabeza. Afirma Petiliano, en efecto, en su carta: “Todo ser tiene su fundamento en su origen y en su raíz, y si algo no tiene cabeza, es nada”. Ahora bien, como quiere que se entienda que el origen, la raíz y la cabeza del bautizado es el hombre que le bautiza, ¿qué le aprovecha al mísero bautizado el ignorar cuán malo es quien le bautiza? Ignora ciertamente que tiene una cabeza malvada o que ni siquiera tiene cabeza. Pero ¿qué esperanza puede tener quien, sabiéndolo o sin saberlo, no tiene cabeza alguna o la tiene pésima? ¿Puede acaso la misma ignorancia ser su cabeza, cuando el que le bautiza es una cabeza malvada o no es cabeza en absoluto? Cierto que quien piense esto, es bien claro que está sin cabeza.

Sólo Cristo es la cabeza del bautizado

V. 6. He aquí lo que nosotros preguntamos. Petiliano dijo: “Quien ha recibido la fe del que no la tiene, no recibe la fe, sino la culpa”; y añadió luego: “Todo ser tiene su fundamento en su origen y en su raíz, y si hay algo que no tiene cabeza, es nada”. Esto, repito, es lo que nosotros preguntamos: Cuando el que bautiza oculta su carencia de fe, si el bautizado recibe la fe, no la culpa, y no es el que le bautiza su origen, su raíz y su cabeza, ¿de quién puede recibir la fe, dónde está el origen de que procede, dónde la raíz de la que germina, dónde la cabeza que es su principio? ¿Acaso cuando el que recibe el bautismo ignora la falta de fe del que le bautiza, le da Cristo la fe, es Cristo su origen, su raíz y su cabeza? ¡Oh temeridad y soberbia humanas! ¿Por qué no dejas más bien que sea siempre Cristo el que da la fe, para hacerlo cristiano dándosela? ¿Por qué no dejas que sea Cristo siempre el origen del cristiano, que en Cristo fundamente el cristiano su raíz, que Cristo sea su cabeza?

Es verdad que aun cuando se comunica la gracia a los creyentes por medio de un dispensador fiel y santo, no es quien la dispensa el que justifica, sino aquel único de quien se afirma que justifica al impío. De lo contrario sería el apóstol Pablo la cabeza y el origen de los que había plantado y Apolo la raíz de los que había regado, y no aquel que les había dado el crecimiento; pues él dice: Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento. De modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que hace crecer 7. Y no era él su raíz, sino el que dijo: Yo soy la vid; vosotros los sarmientos 8. ¿Cómo podía ser él su cabeza, cuando dice que nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, y proclama abiertamente en muchos lugares que el mismo Cristo es la cabeza del cuerpo entero?

Consecuencia absurda del pensamiento de Petiliano

VI. 7. Por tanto, sea de un administrador fiel o de uno sin fe de quien cada uno recibe el sacramento del bautismo, debe poner toda su esperanza en Cristo, a fin de que no sea maldito aquel que pone su esperanza en el hombre 9. De otra manera: si quien renace en la gracia del Espíritu es tal cual el que lo bautiza, es decir, si fuera verdad que cuando es manifiestamente bueno el que lo bautiza, es él quien da la fe, es él el origen, la raíz y la cabeza del que nace; en cambio, si cuando está oculta la carencia de fe del que bautiza, entonces se recibe de Cristo la fe, toma su origen de Cristo, tiene en Cristo su raíz, se gloría en Cristo como su cabeza; si esto fuera verdad, todos los que reciben el bautismo deberían procurarse ministros que no tengan fe y a la vez sin advertir este aspecto, ya que por buenos que fueran los ministros, incomparablemente mejor es Cristo, que será sin duda cabeza del bautizado, si se ignora que el ministro carece de fe.

La respuesta del católico

VII. 8. Si es de suma demencia creer esto, ya que es siempre Cristo quien justifica al impío haciendo de él un cristiano, y siempre es de Cristo de quien se recibe la fe, y siempre es Cristo el origen de los regenerados y la cabeza de la Iglesia, ¿qué importancia pueden tener aquellas palabras a cuyo contenido no prestan atención los lectores superficiales, antes bien sólo se interesan por su sonido?

Ahora bien, quien no aplica su oído a sólo el sonido, sino que procura comprender el sentido, al oír aquellas palabras “se ha de tener en cuenta la conciencia del que da para que purifique la del que lo recibe”, a buen seguro responderá: “Muchas veces desconozco la conciencia humana, pero siempre estoy seguro de la misericordia de Cristo”. Y cuando oiga: “Quien ha recibido la fe del que no la tiene, no recibe la fe, sino la culpa”, responderá: “No es infiel Cristo, de quien recibo la fe y no el pecado.

Igualmente cuando oiga: “Todo ser tiene su fundamento en su origen y en su raíz, y si hay algo que no tiene cabeza, es nada”, contestará: “Cristo es mi origen, Cristo mi raíz, Cristo mi cabeza”. Cuando le digan: “No hay nada que pueda regenerar bien si no ha sido regenerado con un principio bueno”, responderá: “La semilla que me regenera es la palabra de Dios, que se me amonesta a escuchar con sumisión, aunque aquel por quien la escucho no practique lo que dice, ya que advierte el Señor dándome seguridad: Haced lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque ellos dicen y no hacen 10. Cuando oiga: “Puede haber necedad más grande que pensar que quien es reo de sus pecados pueda hacer inocente a otro?”, contestará: “A mí no me hace inocente sino aquel que fue entregado por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación 11. No creo en el ministro que me bautiza, sino en aquel que justifica al impío 12, de suerte que mi fe me sea computada como justicia”.

Interpretación errónea de Mt 7, 17 y 13, 35

VIII. 9. Cuando oiga: Todo árbol bueno da frutos buenos, mientras que el árbol malo da frutos malos. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos? 13, y también: Todo hombre bueno saca el bien del tesoro de su corazón, y el hombre malo saca el mal del tesoro de su corazón 14, responderá: “Así, pues, esto es buen fruto, el que yo sea árbol bueno, y esto es un hombre bueno, el que yo dé buen fruto, es decir, buenas obras. Y esto no me lo da el que planta ni el que riega, sino el que da el crecimiento, Dios.

En efecto, si el árbol bueno es el buen bautizador, y su buen fruto aquel a quien ha bautizado, quien haya sido bautizado por un hombre malo, aunque no manifiesto, no puede ser bueno, ya que ha nacido de un árbol malo. Porque una cosa es el árbol bueno, otra cosa es el árbol oculto pero malo; y si cuando un árbol es malo aunque ocultamente, el que sea bautizado por él renace, no de él precisamente, sino de Cristo, síguese que reciben más santamente el bautismo los que son bautizados por los malos ocultos que los que lo son por los buenos manifiestos.

Interpretación de Si 34, 25

IX. 10. Igualmente cuando oye: Quien es bautizado por un muerto, no le aprovecha su lavado 15, responderá: “Cristo vive; ya no muere más, la muerte no tiene ya señorío sobre él 16, de quien se ha dicho: Ese es el que bautiza en el Espíritu Santo” 17. Realmente son bautizados por los muertos quienes son bautizados en los templos de los ídolos. Ni los paganos mismos piensan recibir lo que tienen por santificación de sus sacerdotes, sino de sus dioses. Y como éstos fueron hombres, y tan muertos que ni existen sobre la tierra ni en la paz del cielo, en verdad aquéllos son bautizados por los muertos. Cierto que estas palabras de la Santa Escritura pueden investigarse sin apartarse de la verdad y discutirse y entenderse saludablemente de algún otro modo. En efecto, si en este lugar se tomase como muerto al pecador que bautiza, se seguiría aquel mismo absurdo de que quien haya sido bautizado por un impío, incluso oculto, habría recibido un lavado inútil, en cuanto bautizado por un muerto. Porque en verdad no dice: “Quien es bautizado por un muerto manifiesto”, sino simplemente “por un muerto”. Y si tienen por muerto sólo a quien saben que es pecador y por vivo al que, aun siendo malvado, se encuentra oculto con el mayor disimulo dentro de su comunión, con su execrable soberbia se atribuyen a sí mismos más que le dan a Dios, ya que cuando un pecador les es conocido a ellos lo juzgan por muerto, y cuando es conocido por Dios, se le tiene por vivo.

Además, si se ha de tener como muerto al que es reconocido como tal por los hombres, ¿qué pueden responder acerca de Optato, a quien temieron condenar como malvado siendo conocido como tal por ellos durante tanto tiempo? ¿Por qué no tienen como bautizados por un muerto a los que él bautizó? ¿O acaso vivía precisamente porque tenía al Conde por dios? Esta es la salida humorística y elegante que, pronunciada por no sé qué dignatario colega suyo, suelen ellos ensalzar y ponderar, sin darse cuenta de que, asemejándose en la muerte al soberbio Goliath, se cortan la cabeza con su propia espada.

Los maximianistas están “muertos” y bautizan

X. 11. Finalmente, si no quieren tener por muerto ni al malvado oculto y no declarado, que todavía no ha sido condenado por ellos, y sí en cambio al manifiesto y condenado, de suerte que quien es bautizado por él sea bautizado por un muerto y de nada le sirva ese lavado, ¿qué tendrán que decir de los que “por la boca verídica” de su “concilio plenario”, como dijeron, condenaron junto con Maximiano y sus restantes ordenantes? Me refiero a Feliciano de Musti y a Pretextato de Asuras, de quienes estoy hablando, que se citan entre los doce que ordenaron a Maximiano y levantaron un altar contra el altar de los donatistas ante el que sirve Primiano.

Sin duda que éstos fueron contados por ellos entre los muertos. Testimonio de ello nos da la tan conocida decisión de su concilio que fue aclamada a voz en grito al leerla en su momento para la aprobación; si nosotros se la sacamos a relucir, enmudecen, cuando lo que debían haber hecho era no celebrar su elegancia, y así no tendrían que lamentar su divulgación.

Así hablan efectivamente de los maximianistas excluidos de la participación de su comunión: “Los miembros náufragos de muchos han sido arrojados por la ola de la verdad contra ásperos escollos, y a ejemplo de los egipcios las orillas están saturadas de cadáveres de los muertos, los cuales han tenido con esa muerte un castigo mayor, ya que arrancadas sus almas por las aguas vengadoras, no han podido ni siquiera encontrar sepultura”.

Tales son los insultos que lanzan contra sus cismáticos; hasta llegan a llamarlos muertos e insepultos. Bien que debieron anhelar fueran sepultados, y de esa manera, al pasar Optato Gildoniano con un pelotón de soldados como una ola furiosa, no engulliría después en su vorágine, de entre la multitud de cadáveres desparramados por la orilla, a Feliciano y a Pretextato.

Reintegrados sin ser bautizados de nuevo

XI. 12. Yo les pregunto si al volver a su mar recobraron aquellos la vida o permanecen aún muertos allí. Si aún continúan siendo cadáveres, de nada les sirve el baño a los que son bautizados por esos muertos; y si tornaron a la vida, ¿cómo aprovecha el bautismo a quienes bautizaron antes, estando ellos muertos fuera, si se ha de entender según su pensamiento aquello de a quien es bautizado por un muerto, no le aprovecha su lavado? 18 Porque no han rebautizado a quienes bautizaron Pretextato y Feliciano cuando se hallaban en comunión con Maximiano; y sin rebautizarlos, los mantienen ahora en su comunión entremezclados con los mismos que los bautizaron, esto es, con Feliciano y Pretextato. Con esta ocasión, si no fomentasen el principado de su pertinacia, sino que meditasen en la inevitable ruina de su salud espiritual, debían ciertamente estar en guardia, y recuperada la salud del alma, respirar tranquilos en la paz católica; claro, si dejan a un lado la hinchazón de su soberbia, si se sobreponen al frenesí de la terquedad y quieren ser conscientes del enorme sacrilegio que cometen contra el bautismo de las iglesias transmarinas, que según los libros sagrados son las primeras que se fundaron, a la vez que aceptan el bautismo de los maximianistas, a quienes ellos con su propia boca condenaron.

¿Cómo pudieron mancharse las iglesias de ultramar?

XII. 13. Por otra parte, nuestros mismos hermanos, hijos de dichas iglesias, no supieron entonces ni saben aún hoy qué es lo que pasó tantos años ha en África. Y, por tanto, los crímenes que los donatistas achacan a los cristianos de África, aunque fueran verdaderos, no podrían contaminar a aquéllos, como ignorantes que eran de los mismos. Ellos, en cambio, separados y divididos abiertamente, de los que se dice que asistieron a la ordenación de Primiano y que luego condenaron al mismo Primiano, ordenaron a otro obispo contra Primiano, bautizaron separados de Primiano, rebautizaron después de Primiano, y luego retornaron a Primiano con los suyos bautizados por ellos fuera y no rebautizados dentro por nadie. Si una unión tan Intima de los maximianistas no mancha a los donatistas, ¿cómo pudo un rumor sobre los africanos manchar a los extranjeros? Si marchan con tal acuerdo sin inculpación mutua en el ósculo de la paz las bocas de los que mutuamente se condenaron, ¿por qué los condenados por ellos en las iglesias tan alejadas de su tribunal, allende el mar, no han de ser recibidos con el ósculo de paz como fieles católicos, sino rechazados como paganos impíos? Si en bien de su unidad restablecieron la paz recibiendo a los maximianistas, lo que reprendemos en ellos es que se destruyen con su decisión, ya que tratan de reunir en bien de su propia unidad sus facciones separadas, y en cambio rechazan con desprecio reintegrar su partido en la verdadera unidad.

Dos medidas: una para el partido de Donato y otra para la Iglesia universal

XIII. 14. Mirando por la unidad del partido de Donato, nadie rebautiza a los bautizados en su cisma impío, y siendo reos de maldad tan abominable, que los comparan en su concilio a los antiguos autores del cisma que tragó vivos la tierra, no son castigados por su separación o son restituidos después de su condena a su primitiva dignidad. ¿Por qué, pues, en pro de la unidad de Cristo, extendida por todo el orbe, y del cual se anunció que dominará de mar a mar, desde el río hasta los confines de la tierra 19, y cuya predicción se ve y demuestra cumplida, por qué en favor de esta unidad verdadera y plena no se reconoce la ley de aquella herencia que resuena en los conocidos libros: Te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra? 20

La unidad de Donato no les obliga a recoger lo que dispersaron; pero sí les amonesta a escuchar el clamor de la Escritura. ¿Por qué no se dan cuenta de que la misericordia de Dios ha actuado sobre ellos, de modo que el acusar a la Iglesia católica de falsos crímenes, de cuyo como contagio no querían se contaminara su extraordinaria santidad, les obliga a admitir de nuevo, mediante la fuerza de Optato Gildoniano, los auténticos y tremendos crímenes, condenados, como dicen, “por la boca verídica de su concilio plenario”, y a reintegrar a los criminales en su sociedad? Es hora ya de que se den cuenta de cómo están saturados de las auténticas culpas de los suyos, ellos que las inventan contra los hermanos, y que, aunque fueran verdaderas, deberían comprender de una vez cuánto debe tolerarse por la paz, y en bien de la paz de Cristo tornar a la Iglesia, que nunca condenó causas desconocidas, si en bien de la paz de Donato les plugo a ellos retirar las condenas que habían lanzado.

Deja de lado los archivos; recurre a lo que todos conocen

XIV. 15. ¡Ea!, hermanos, bástenos para amonestarlos y corregirlos lo que tuvo lugar entre ellos y los maximianistas. No vamos a examinar viejos archivos, ni a desempolvar viejos armarios, ni a enviar nuestras pruebas a tierras lejanas; dejamos a un lado todos los documentos de nuestros antepasados y aportamos los testimonios que resuenan en el universo entero.

El cisma de los maximianistas

XV. 16. He aquí las ciudades de Musti y Asuras 16; viven aún en esta provincia quienes se separaron y aquellos de quienes se separaron; quienes erigieron un altar y aquellos contra quienes lo erigieron; quienes condenaron y quienes fueron condenados; quienes recibieron y quienes fueron recibidos; quienes fueron bautizados fuera y quienes, dentro, no fueron rebautizados. Si todo esto, hecho por la unidad, mancha, ellos, manchados, cállense ya; si por el contrario no mancha, corríjanse y pongan fin a la contienda.

¿Han perdido o no el bautismo?

XVI. 17. Es hora ya de que el autor de la carta se ría de sus propias palabras. Al usurpar falsa e indoctamente el testimonio que cita: A quien es bautizado por un muerto, no le aprovecha su lavado 21, intenta demostrarnos que el traditor debe ser tenido como muerto, y añade: “Está muerto quien no mereció nacer con el bautismo verdadero, y de la misma manera está muerto el que engendrado por el legítimo bautismo se mezcló luego con los traditores”.

Por tanto, si los maximianistas no están muertos, ¿por qué dicen en su concilio plenario que las riberas están llenas de los cadáveres de sus muertos? Y si están muertos, ¿cómo vive el bautismo que ellos dieron? Por otra parte, si Maximiano no está muerto, ¿por qué se rebautiza después de él? Y si está muerto, ¿por qué no está muerto juntamente con él Feliciano de Musti que le ordenó, y pudo hallarse muerto un colega transmarino por comulgar con no sé qué traditor africano? Pero si él, Feliciano, también está muerto, ¿cómo vive contigo y en su compañía gente no rebautizada dentro, que fue rebautizada fuera por aquel que estaba muerto?

¿Por qué no se bautizó de nuevo a los bautizados por ellos?

XVII. 18. Luego añade: “La vida del bautismo no la tiene ninguno de los dos, ni el que jamás la tuvo ni el que la tuvo y luego la perdió”. Por consiguiente, nunca la tuvo aquel a quien los maximianistas Feliciano o Pretextato bautizaron fuera, y ellos mismos perdieron lo que tenían. Y entonces, cuando éstos fueron recibidos con los suyos, ¿quién pudo dar a los que habían bautizado lo que no tenían, y quién les devolvió a ellos lo que habían perdido? Pero si ellos se llevaron consigo la forma del bautismo, y perdieron el valor en sí del bautismo por su perverso cisma, ¿por qué desprecias la forma misma -que siempre y en todas partes es santa- en los católicos, sin examinar su causa, y la recibes en los maximianistas a quienes habías castigado?

  1. Por lo que se refiere a las calumnias que le pareció bien lanzar sobre el traidor judas, ¿qué nos importan a nosotros, ya que ni han demostrado que hayamos sido traditores ni, aunque se demostrara la entrega por parte de algunos, muertos en nuestra comunión antes de nosotros, podría jamás perjudicarnos a nosotros en lo más mínimo esa entrega que nosotros hemos rechazado y que tan mal nos ha parecido? Si ellos no se sienten mancillados por los crímenes que han condenado y que luego admitieron, ¿cuánto menos podemos ser mancillados nosotros, que los hemos rechazado al oírlos? Cualesquiera sean las acusaciones que lance contra los traditores, sepa que yo le acuso con las mismas palabras. Pero con esta diferencia: él ataca ante mí a uno ya muerto hace tiempo, cuya causa o proceso no he juzgado yo; en cambio, yo le presento a uno muy unido a él, a quien él condenó o al menos separó de sí por un sacrilegio de cisma y luego lo recibió con todos los honores.

Los donatistas, perseguidores de los maximianistas

XVIII. 20. “El más perverso de los traditores, dice, has sido tú, perseguidor y verdugo nuestro precisamente mientras observamos la Ley”. Si los maximianistas observaron la Ley cuando se separaron de ti, sin duda que tú sigues como observador de la Ley, cuando te separaste de la Iglesia extendida por todo el mundo.

Y si estás hablando de las persecuciones, me apresuro a responderte: si habéis padecido algo injustamente, no afecta a quienes laudablemente soportan en pro de la paz y de la unidad a los que han realizado eso incluso injustamente. Por consiguiente, no tienes nada que reprochar al grano del Señor que soporta su paja hasta el último momento de la bielda, y de ese grano no te hubieras tú apartado nunca si como paja ligera no te hubieras dejado llevar por el viento de la tentación aun antes de la venida del beldador.

Pero no dejaré esta comparación, que el Señor les planta delante para cerrarles la boca y corregirlos si tienen alguna inteligencia, o para confundirlos si perseveran en su perversidad: si son más justos los que sufren una persecución que los autores de ella, son más justos los mismos maximianistas, ya que su basílica fue destruida enteramente, fueron escarnecidos gravemente por la escolta militar de Optato y son bien conocidas las órdenes del procónsul conseguidas por los primianistas para expulsarlos a todos ellos de sus basílicas.

Consiguientemente, si a pesar de detestar los emperadores su comunión, llegaron a tal audacia en la persecución de los maximianistas, ¿qué llegarían a hacer si hallándose en la comunión de los emperadores les fuera permitido hacer algo? Claro que pudieron hacer esto para corregir a los perversos; en ese caso, ¿por qué se admiran de que los emperadores católicos ordenen que sean apremiados y corregidos con mayor severidad los que pretenden rebautizar a todo el orbe cristiano? En verdad no tienen motivo alguno de disentir, ya que ellos mismos declaran que en bien de la paz debe tolerarse a los malos, aunque se les imputaran verdaderos crímenes, lo cual han practicado ellos al recibir con todos los honores y con el bautismo, recibido fuera, a los que habían condenado. Que se den cuenta de una vez qué castigo merecen de parte de las autoridades cristianas del mundo entero, ellos que se han portado como enemigos de la unidad cristiana difundida por todo el orbe. Por tanto, aunque la corrección sea ligera, que tengan al menos el pudor, para no dejarse dominar por la risa al comenzar a leer lo que ellos mismos escriben, puesto que no reconocen en sí lo que quieren se vea en los demás, ni admiten en sí mismos lo que echan en cara a los demás.

Contradicción entre teoría y práctica

XIX. 21. ¿Qué es lo que pretende él al citar en su carta al Señor diciendo a los judíos: Yo os envío a vosotros profetas, sabios y escribas; a unos los mataréis y los crucificaréis, a otros los azotaréis? 22 Si quieren que se les entienda a ellos bajo el nombre de profetas, sabios y escribas, y a nosotros como los perseguidores de los sabios y los profetas, ¿por qué no quieren hablar con nosotros, si han sido enviados a nosotros? Finalmente, el que escribió la carta a la que ahora respondemos, si le urgimos para que suscriba con su propia mano que ha sido el autor de ella, tal vez no lo hará; tanto temen que podamos tener algunas de sus palabras.

En efecto, cuando nosotros intentamos recibir de cualquier modo que sea la última parte de esa carta, porque los que nos la dieron no pudieron transcribirla entera, ninguno de aquellos a quienes la solicitamos quiso darla, al conocer que nosotros respondíamos a esa parte que había llegado a nosotros. De esta manera, aunque leen lo que el Señor dice al profeta: Clama a voz en grito, no te moderes, y escribe con mi punzón sus pecados 23, estos profetas verídicos, que han sido enviados a nosotros, no temen ni evitan otra cosa con más cuidado que el que llegue a nosotros su clamor; cierto no temerían esto si dijeran algo verdadero de nosotros. No sin razón, como se dice en el salmo, la boca de los mentirosos se ha cerrado 24.

Si por otra parte no admiten nuestro bautismo, porque nosotros somos raza de víboras 25, según dice éste en su carta, ¿cómo pudieron aceptar el de los maximianistas, de quienes dice su propio concilio: “La matriz de un seno envenenado ocultó durante mucho tiempo el parto nocivo de la semilla viperina y los húmedos coágulos del crimen concebido se evaporaron a fuego lento, dando origen a los miembros de la serpiente? ¿No se dice también de ellos, después, en el mismo concilio: “Veneno de áspides hay bajo sus labios, maldición y amargura rebosa su boca; sus pies están prontos para derramar sangre; calamidad y miseria hay en sus caminos. El camino de la paz no lo conocieron?” 26 Y, sin embargo, mantienen en su seno con todos los honores a toda esa gente y a los que por ellos fueron bautizados fuera de su seno.

Víboras y seudoprofetas: los donatistas

XX. 22. Cuanto se ha dicho sobre la raza de víboras, sobre el veneno de los áspides en sus labios y otras cosas que se dijeron contra los que no conocieron el camino de la paz, no es ni más ni menos que lo que son ellos, si quieren hablar con verdad. Esto se cumplió en ellos cabalmente cuando, por una parte, aceptaron, por la paz de Donato, el bautismo de aquellos contra quienes lanzaron semejantes ataques mediante sentencia conciliar, y repudiaron por otra, con sacrílega injuria a la paz de Cristo, el bautismo de su Iglesia extendida por todo el orbe, y de la cual nos vino la misma paz al África.

¿Quiénes son, pues, más bien los seudoprofetas que se presentan con vestido de oveja y por dentro son lobos rapaces? ¿Son acaso los que no conocen a los malos en la Iglesia católica e inocentemente están en comunión con ellos, o toleran por el bien de la unidad a los que no pueden alejar de la era del Señor antes que venga el beldador? ¿O son más bien aquellos que practican en su cisma lo que reprenden en la Católica y reciben en su partido a los malos manifiestos y condenados por ellos, y de los que, en cambio, simulan huir en la unidad, en la cual deberían ser tolerados si existieran?

El cisma, un mal fruto, que denota un árbol malo

XXI. 23. Finalmente, se ha dicho y lo ha recordado él mismo: Por sus frutos los conoceréis 27. Está bien; consideremos los frutos. Vosotros nos objetáis la entrega de los libros sagrados; con más razón os la objetamos nosotros.

Para no divagar mucho, vuestros antepasados en el principio mismo de su cisma ordenaron a Silvano como obispo en la misma Constantina. Y éste, siendo aún subdiácono, fue declarado traditor según las actas municipales. Si vosotros presentáis algún documento contra nuestros antepasados, la equidad exige que tengamos igualmente a unos y a otros documentos por verdaderos o por falsos.

Si unos y otros son verdaderos, sois sin duda reos de cisma, vosotros que habéis simulado huir, en la comunión de todo el orbe, de los crímenes que teníais precisamente en la misma parcela que vosotros habéis separado.

Si unos y otros son falsos, sois sin duda reos de cisma, vosotros que os habéis dejado mancillar con el enorme crimen de la separación, basándoos en los falsos crímenes de los traditores.

Ahora bien, si nosotros hemos aducido algunos documentos y vosotros ninguno, o si nosotros los aducimos verdaderos y vosotros falsos, no hay por qué discutir cuán absolutamente debéis cerrar vuestra boca.

El único recurso: abrazar la paz

XXII. 24. Decidme, si la santa y verdadera Iglesia de Cristo os deja convictos y derrotados, aunque nosotros no tuviéramos prueba alguna de la entrega o la tuviéramos errada, y vosotros tuvierais alguna y verdadera, ¿qué otro recurso os queda ya sino abrazar la paz, si la queréis, o callar de una vez, si no la queréis? Efectivamente, cualesquiera fueran las pruebas que podáis presentar, os diría con toda facilidad y verdad que deberíais haberlas presentado entonces a la Iglesia entera y a la unidad católica extendida ya y afirmada entre todas las gentes, de suerte que vosotros quedarais dentro y en cambio fueran expulsados de ella aquellos a quienes refutarais.

Si habéis intentado hacer esto, sin duda no habéis podido probarlo, y vencidos o encolerizados os separasteis con gravísimo sacrilegio de los inocentes que no podían condenar lo incierto. Pero si no habéis intentado siquiera hacerlo, por tropezar con un poco de cizaña en África, guiados por detestable e impía ceguera, os habéis separado del trigo de Cristo que crece hasta el fin por todo el campo, es decir, por todo el mundo.

Tiran piedras sobre el propio tejado

XXIII. 25. Finalmente, se afirma que algunos entregaron a las llamas el Testamento en tiempo de la persecución. Dígase claramente de dónde procede esta afirmación.

Por cierto, al comienzo de las promesas del testador se lee que se dijo a Abrahán: En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones 28. Y la interpretación de lo que esto significa nos la da el Apóstol veraz: En tu descendencia, que es Cristo 29. No ha habido entrega alguna que anule la fidelidad de Dios. Permaneced en la comunión de todos los pueblos, y entonces podréis gloriaros de haber liberado de la destrucción de las llamas el Testamento. Si no queréis hacerlo, ¿qué partido se ha de creer que trató de quemar el Testamento sino el que no quiere admitirlo después de publicado? ¿No está bien seguro y fuera de toda sacrílega temeridad tener por sucesor de los traditores a quien persigue al presente con su lengua el Testamento que se dice persiguieron ellos con el fuego?

Nos echáis en cara que os perseguimos. Os contestan los granos del campo del Señor: “O se trató de una persecución justa, o la llevó a cabo nuestra paja”. ¿Qué respuesta dais a esto?

También objetáis que nosotros no tenemos el bautismo. Os contestan los mismos granos del Señor que la forma del sacramento no les aprovecha ni aun a algunos de dentro, como no le aprovechaba a Simón el Mago el bautismo 30; y mucho menos les aprovecha a los que están fuera, bien que permanece en ellos al separarse, como se prueba por la sencilla razón de que no se les reitera al tornar. ¿Podrás, por consiguiente, gritar con la mayor desvergüenza contra estos granos y llamarlos seudoprofetas vestidos con piel de oveja y lobos rapaces por dentro, siendo así que ellos no conocen a los malos en la unidad católica, o, si los conocen, los toleran en bien de la misma unidad?

Los frutos donatistas

XXIV. 26. Vamos a repasar ahora vuestros frutos. Paso por alto vuestro dominio tiránico en las ciudades y sobre todo en las propiedades ajenas; paso por alto el furor de los circunceliones y el culto sacrílego y profano de los cadáveres de los suicidas, las bacanales, embriagueces y los gemidos del África entera durante diez años bajo el dominio de sólo Optato Gildoniano; paso por alto estas cosas, porque entre vosotros mismos hay algunos que confiesan que las detestan y han detestado siempre, aunque dicen que las toleran en bien de la paz, ya que no pueden reprimirlas; claro que en esto se condenan a sí mismos, pues si amaran la paz, procurarían no romper la unidad. ¿No es una enorme demencia querer abandonar la paz donde la hay y querer mantenerla en la disensión?

Hablaremos de aquellos que fingen no ver los males del partido de Donato, que todos están viendo y reprenden, y de tal modo lo fingen que dicen del mismo Optato: “¿Qué hizo?, ¿quién le acusó?, ¿quién le ha refutado? Yo no sé nada, nada he visto, nada he oído”. Por causa de ellos, que fingen ignorar las cosas manifiestas, nacieron los maximianistas, para que en su actuación se les abran los ojos y se les cierre la boca: segura frente a todas las herejías desheredadas. Aunque se separan abiertamente, abiertamente levantan altar contra altar, abiertamente se les denomina en el concilio sacrílegos, víboras, veloces para derramar la sangre, comparables con Datán, Abirón y Coré; son condenados como detestables con duras palabras; y abiertamente son recibidos de nuevo en todos sus honores junto con sus bautizados.

Estos son los frutos de los que hacen estas cosas por la paz de Donato, hasta cubrirse con piel de oveja, y rehúsan la paz de Cristo en el mundo entero: por dentro son lobos rapaces.

Única imputación: el crimen del cisma

XXV. 27. Pienso que no he dejado nada de lo que Petiliano puso en su carta, al menos de lo que he podido encontrar en la parte que ha llegado a nuestras manos; que presenten también el resto de ella; quizá allí se encuentre algo que no se pueda rechazar.

Sobre la respuesta que con la ayuda del Señor hemos dado, amonesto a vuestra caridad que no sólo se la comuniquéis a quien os la pida, sino que tratéis de hacérsela llegar incluso a quienes no la solicitan. Que respondan ellos si les place, y si no quieren respondernos a nosotros, que envíen alguna carta a los suyos, pero sin que den órdenes de ocultárnosla a nosotros Y si lo hacen, bien de manifiesto ponen sus frutos, con los cuales queda muy a las claras probada su calidad de lobos rapaces vestidos con piel de oveja 31, que ocultamente tienden asechanzas a nuestras ovejas y temen responder abiertamente a sus pastores.

Nosotros solamente les echamos en cara el crimen de cisma, en que todos están enteramente involucrados, no los crímenes de individuos particulares, que algunos de ellos responden que les desagradan. Ellos, en cambio, si no nos echan en cara crímenes ajenos, no tienen qué reprocharnos, y así no pueden en absoluto defenderse del crimen de cisma, ya que, sea por las falsas culpas inventadas por ellos, sea por las verdaderas pero que pertenecían a la paja, ellos se han separado con malvado desgarrón de la era del Señor y de la inocencia del trigo que crece en el orbe entero.

Acusación de maniqueísmo

XXVI. 28. Quizá esperáis de mí que refute también lo que insertó de paso acerca de Manes. Sólo me desagrada lo escrito en que apenas se atrevió a criticar, con censura ligerísima y casi nula, un error tan pestilente y pernicioso cual es la herejía de los maniqueos, herejía que la Iglesia católica rebate con las pruebas tan sólidas de la verdad. Porque la heredad de Cristo establecida entre todos los pueblos está bien segura frente a todas las herejías desheredadas. Aunque, como dice el Señor: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? 32 Así también, cómo puede el error de los donatistas destruir el error de los maniqueos?

El argumento clave: comportamiento con los maximianistas

XXVII. 29. En fin, amados míos, aunque hay muchas maneras de desbaratar este error, y no osa resistir a la verdad con argumento alguno racional, sino solamente por su pertinacia descarada, no quiero, sin embargo, recargar vuestra memoria con multitud de documentos; retened solamente este hecho de los maximianistas, clavádselo en su frente, apretádselo bien contra sus bocas para reprimir sus lenguas engañosas, servíos de él como de un dardo tridente y despedazad con él su calumnia como bestia de tres cabezas.

Nos reprochan la entrega, nos reprochan la persecución, nos reprochan el falso bautismo; responded a todo sólo con el argumento de los maximianistas. En efecto, ellos piensan que está oculto el que sus antepasados entregaron los libros sagrados a las llamas; pero el sacrilegio del cisma supera el crimen de la entrega: recibieron ellos con honor a los maximianistas manchados con el sacrilegio del cisma. No pueden en verdad ocultar esto.

También piensan que están ocultas las persecuciones violentísimas que llevan a cabo contra todos donde pueden; pero la persecución espiritual supera a la corporal: ellos aceptaron con todos sus honores a los maximianistas, a los que persiguieron corporalmente y de los cuales dijeron: Veloces son sus pies para derramar sangre. Esto no pueden en modo alguno ocultarlo.

La paz, violada por el cisma

XXVIII. Sólo queda la cuestión del bautismo, con la que engañan a los desdichados, y que ellos creen estar oculta: sin embargo, tras decir que no tienen el bautismo cuantos han sido bautizados fuera de la comunión de la única Iglesia, han recibido con todos los honores a los maximianistas junto con aquellos a quienes bautizaron fuera de su comunión. Esto no pueden en modo alguno ocultarlo.

  1. “Pero esto, dicen ellos, hecho en bien de la paz, no mancha, y es bueno doblegar hacia la misericordia el rigor de la severidad, a fin de que las ramas desgajadas sean incorporadas de nuevo”. Con lo cual queda bien claro que la causa está perdida para ellos y ganada por nosotros, ya que si se invoca, bajo cualquier forma de defensa, el nombre de la paz para tolerar en el cisma a los malos, queda violada sin duda, a través de la unidad del orbe católico, la paz verdadera con un cisma horrendo y sin defensa alguna.

Amor al hombre, odio al vicio

XXIX. 31. ¡Ea!, hermanos, retened todo esto para llevarlo a la práctica y predicarlo con incansable mansedumbre: amad a los hombres, destruid los errores, preciaos de la verdad sin soberbia, defended la verdad sin severidad, orad por los que tratáis de desmentir y convencer. Así ruega a Dios por esta clase de gente el profeta: Cubre sus rostros de ignominia, y buscarán tu nombre, Señor 33. Esto es ciertamente lo que ya hizo el Señor, cubrir clarísimamente sus rostros con la ignominia de los maximianistas. No queda sino que ellos aprendan a avergonzarse saludablemente. Así podrán buscar el nombre del Señor, de quien tan funestamente se apartaron, mientras pretenden ensalzar al suyo propio en lugar del nombre del Señor.

Vivid y perseverad en Cristo, amadísimos hermanos, multiplicaos y abundad en el amor de Dios, en el amor recíproco y en el amor a todos.