Libro 04

BAC vol. 31

Libro 04

RÉPLICA A FAUSTO, EL MANIQUEO

Libro IV

En contra y a favor del Antiguo Testamento

El Antiguo Testamento le deshereda de su mísera herencia

  1. Fausto: —¿Aceptas el Antiguo Testamento?

—Lo acepto si hay en él alguna herencia para mí; si no la hay, no lo acepto. Sería excesiva imprudencia usurpar documentos que prueban que has sido excluido de la herencia. ¿Ignoras que el Antiguo Testamento promete la tierra de los cananeos1, pero a los judíos, es decir, a los circuncisos, a los que ofrecen sacrificios y se abstienen de la carne de cerdo y de otras que Moisés considera inmundas, a los que guardan el sábado, la solemnidad de los ácimos y otras observancias por el estilo, que el mismo testador les mandó que observasen?2 Como dichas observancias no agradaron a ningún cristiano —y, en efecto, ninguno de nosotros se atiene a ellas— la dignidad pide que, rechazada la herencia, desechemos el documento que la otorga. Este es, pues, el motivo por el que considero que hay que rehusar el Antiguo Testamento a no ser que tu sabiduría mayor enseñe otra cosa.

Hay un segundo motivo: la herencia que ofrece es mísera, además de corporal y alejada de lo que es apropiado al espíritu. Por lo cual, tras poseer la promesa de bienaventuranza del Nuevo Testamento que me ofrece el reino de los cielos y la vida sin fin, me mortificaría, incluso si su testador me la otorgase de forma gratuita.

Se acepta el Antiguo Testamento para entender en él el anuncio del Nuevo

  1. Agustín: Ninguno de nosotros duda de que el Antiguo Testamento contiene promesas de realidades temporales —de ahí que se denomine Antiguo Testamento— y de que la promesa de la vida sin fin y del reino de los cielos pertenece al Nuevo. Pero no es sospecha mía, sino interpretación del Apóstol que en aquellas realidades temporales se ocultaban figuras de las realidades del futuro que se iban a cumplir en nosotros, para quienes ha llegado el fin de los tiempos. Refiriéndose a tales realidades, dice Pablo: Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, y: Todo esto les acontecía en figura; fue escrito para nosotros para quienes ha llegado el fin de los tiempos3.

No hemos aceptado, pues, el Antiguo Testamento con el fin de conseguir aquellas promesas, sino para entender en ellas el anuncio del Nuevo. En efecto, el testimonio del Antiguo, otorga fe al Nuevo. Por esa razón elSeñor, después de resucitar de los muertos se ofreció no sólo a que le viesen, sino también a que le tocasen con sus manos los discípulos; mas para que no pensasen que les engañaban sus sentidos carnales y mortales, los afianzó con el testimonio de los libros antiguos, al decir: Convenía que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos4.

Nuestra esperanza no está clavada en la promesa de realidades temporales, pues ni siquiera creemos que los mismos varones santos y espirituales de aquel tiempo, los patriarcas y los profetas, estuvieran rendidos a estas realidades temporales. Por revelación del Espíritu de Dios, comprendían qué era lo que se ajustaba a aquel momento y de qué manera Dios, a través de aquellos hechos y palabras, determinaba anunciar y figurar el futuro. Su deseo estaba centrado todo él en el Nuevo Testamento, pero los ritos corporales del momento tenían la función de significar con las promesas antiguas la novedad futura. Así no sólo fue profética la lengua de aquellos hombres, sino también su vida. No obstante, el pueblo carnal se mantenía apegado a las promesas de la vida presente, pueblo que a su vez significaba asimismo el futuro.

Pero vosotros no entendéis esto, dado que, como dijo el profeta, si no creéis, no entenderéis5. No estáis instruidos en el reino de los cielos, esto es, en la Iglesia de Cristo, la verdaderamente católica. Si lo estuvieseis, sacaríais de las riquezas de las sagradas Escrituras no sólo lo nuevo, sino también lo viejo. Es el mismo Señor quien dice: Por lo cual, todo escriba instruido en el reino de los cielos es semejante al dueño de una casa que saca de su arca lo nuevo y lo viejo6. Así, al opinar que vosotros tenéis sólo la novedad prometida por el Señor, os habéis anclado en la vetustez de la carne y habéis introducido la novedad del error. De dicha novedad dice el Apóstol: Evita las novedades verbales profanas, pues quienes no lo hacen caminan veloces hacia la impiedad y su palabra cunde como la gangrena. Entre ellos están Himeneo y Fileto, quienes se han desviado de la verdad, afirmando que la resurrección ya tuvo lugar, y minan la fe de algunos7.

Reconoced de qué venero de falsedad manáis vosotros que afirmáis que ahora sólo tiene lugar la resurrección de las almas mediante la predicación de la verdad, pero negáis que vaya a tener lugar la de los cuerpos que predicaron los apóstoles. ¿Qué podéis pensar conforme al Espíritu, de acuerdo con el hombre interior que se renueva en el conocimiento de Dios8, si mediante la vetustez de la carne y las imágenes de realidades carnales en que está envuelto la totalidad de vuestro error, no tenéis, poseyéndolas, las realidades corpóreas sino que las saboreáis creándolas con la imaginación? Os gloriáis de despreciar y de que os repugna la tierra de los cananeos, tierra visible y visiblemente dada a aquel pueblo, como si no describierais de esa manera a la tierra de la luz, desgarrada de un lado por la raza de las tinieblas, cual cuña incrustada, que no es realidad, sino falsa creencia vuestros pensamientos. En consecuencia, otorgada, no sustenta vuestra vida, y deseada, corrompe vuestro corazón.