BAC vol. 15
Prólogo
SOBRE LA DOCTRINA CRISTIANA
PRÓLOGO
De ninguna manera se dan reglas en vano para estudiar la Escritura
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Existen ciertas normas para manejar las Escrituras. Creo que tales normas pueden entregarse sin dificultad a los que se dedican a su estudio, a fin de que no sólo se aprovechen ellos mismos leyendo a los que descifraron los secretos de las divinas Escrituras, sino que, explicándolas, aprovechen a otros. Me propuse entregar estas normas a los que desean y son capaces de aprenderlas, si el Señor Dios nuestro, que suele sugerir estas cosas cuando sobre ellas se piensa, no me niega al escribirlas su gracia. Antes de empezar me parece que habré de responder a los que han de censurar o censurarían mi esfuerzo y trabajo si antes no les aplaco. Si esta respuesta no basta para que algunos continúen censurando, a lo menos no removerán ni alejarán del estudio útil a otros para conducirlos al ocio de la impericia, como pudieran arrastrarlos si no se encontrasen prevenidos y abroquelados.
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Algunos pretenderán refutar este mi trabajo por no haber entendido lo enseñado. Otros queriendo usar de los conocimientos adquiridos, y pretendiendo exponer las divinas Escrituras conforme a estas normas, y no pudiendo desentrañar ni explicar lo que percibieron, pensarán que trabajé en vano, y, al no servirles a ellos este trabajo, juzgarán que no puede ayudar a nadie. La tercera clase de censores será la de aquellos que exponen bien o creen que exponen magníficamente las divinas Escrituras; y como no han leído norma alguna de esta clase, que ahora determiné ofrecer, y ven o juzgan que han conseguido la propiedad de exponer los libros santos, piensan que a nadie son necesarias estas normas; es más, vociferarán que todo lo que sobre los pasajes oscuros de las divinas letras se aclara con verdadera alabanza, puede hacerse mediante un don divino.
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A todos responderé con brevedad. A los que no entienden lo que escribo, les diré que no deben censurar porque ellos no entiendan; al modo que no deben irritarse contra mí, sino contra ellos mismos, si quisieran ver la luna última o la nueva o alguna estrella poco clara que yo pretendo señalarles con el dedo, y la perspicacia de su vista no fuese suficiente ni aun para ver mi dedo. A los que, conociendo y teniendo por base estos preceptos están imposibilitados para contemplar los pasajes oscuros que se hallan en las divinas Escrituras, les diré que piensen que sin duda pueden ver mi dedo, mas los astros que con él se les procura señalar no pueden verlos. Por lo tanto, unos y otros dejen de reprocharme y pidan a Dios que les dé luz a los ojos. Pues yo, si puedo mover mi miembro para señalarles algo, no puedo iluminarles los ojos con los que contemplen o mi propia demostración o lo que pretendo demostrarles.
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Los que se precien de tener un don divino y se glorían de entender y exponer los libros santos sin las normas que ahora determiné entregar y, por lo tanto, juzgan que yo quise escribir cosas superfluas, calmen su emoción, pues aunque se alegren con justicia del gran don de Dios, recuerden, no obstante, que aprendieron las letras con ayuda de los hombres. Sin embargo, no por esto juzguen que se burla de ellos el santo y perfecto varón Antonio, monje egipcio, porque sin tener conocimiento alguno de las primeras letras, se cuenta que oyendo aprendió de memoria las divinas Escrituras; y meditando, las entendió sabiamente; o el siervo de Dios, Bárbaro, de quien hace poco tuvimos noticias por varones graves y dignos de crédito, el que igualmente, sin enseñarle nadie las letras, orando para que se le manifestara el conocimiento de ellas, después de tres días de súplicas, tomó en sus manos el códice que le entregaron y, con admiración de todos los que se hallaban presentes, leyó de corrida.
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Si alguno juzga que estas cosas son falsas, yo no porfío. Como el asunto es con los cristianos, que se alegran de conocer sin pedagogo el sentido de las santas Escrituras, lo cual si es así, no gozan de un bien pequeño; concedan que a cada uno de nosotros, desde el comienzo de la puericia, fue necesario aprender la propia lengua a fuerza de oírla; y que lo mismo llegamos al conocimiento de otra cualquiera, por ejemplo de la griega o de la hebrea, ya sea oyendo o por un preceptor. Si os place, amonestemos a todos los hermanos que no enseñen a sus niños estas cosas, puesto que los apóstoles, en un momento, con la venida del Espíritu Santo, llenos de Él, hablaron las lenguas de todas las gentes; o que a quien no haya acaecido lo mismo juzgue que no es cristiano, o dude que recibió el Espíritu Santo. Por el contrario, amonestemos para que se aprenda sin soberbia lo que debe ser aprendido mediante el preceptor, y el que por otro fue enseñado, ofrezca sin soberbia y envidia lo que recibió. No queramos tentar a Dios en quien hemos creído, no sea que, engañados por la perversidad y tales astucias del enemigo, no queramos ir a la iglesia a oír y aprender el santo evangelio; o desechemos la lectura de la ley, o nos neguemos a oír al que lee y predica; y esperemos ser arrebatados al tercer cielo, sea en cuerpo o sin cuerpo, como dice el Apóstol, para oír las palabras inefables que no es dado hablar al hombre1, o ver allí a nuestro Señor Jesucristo y oír, más bien de sus labios que de los hombres, el evangelio.
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Evitemos tales experimentos engreídos y peligrosos y más bien pensemos que el mismo apóstol San Pablo, a pesar de haber sido humillado e instruido por la voz celeste, fue enviado a un hombre para recibir de sus manos los sacramentos y ser incorporado a la Iglesia2. Asimismo, un ángel anunció al centurión Cornelio que habían sido oídas por Dios sus plegarias y aceptadas sus limosnas, y no obstante es confiado a Pedro para adoctrinarle, de quien no sólo recibió los sacramentos, sino que también oyó lo que había de amar, creer y esperar3. Todas estas cosas pudieron haber sido hechas por medio del ángel, pero entonces la condición humana quedaría rebajada, al parecer que Dios no quería administrar su palabra a los hombres por medio de los hombres. ¿Y cómo sería verdad lo que se dijo: El templo de Dios que sois vosotros es santo4, si Dios no diese testimonio por este templo humano, y todo lo que debe ser aprendido desease comunicarlo a los hombres, enviado desde el cielo y proclamado por los ángeles? En fin, la misma caridad que estrecha mutuamente a los hombres con el nudo de la unidad, no tendría entrada en las almas para fundirlas y como mezclarlas entre sí, si los hombres nada aprendieran por medio de los hombres.
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Así observamos que al eunuco aquel que no entendía leyendo al profeta Isaías, el Apóstol no le envío a un ángel, ni se le explicó por el ángel lo que no entendía, ni se le reveló a su mente sin ministerio alguno del hombre, sino más bien, Felipe, que conocía el contenido de la profecía de Isaías, fue enviado a él por indicación divina y con él se sentó y le declaró con lengua y palabras humanas lo que se hallaba encubierto en aquellos escritos5. Dios hablaba con Moisés y, sin embargo, éste recibió sin soberbia y prudentísimamente, de su suegro, siendo un hombre y además extranjero, el consejo de regir y gobernar a pueblo tan grande6. Conocía aquel varón que de cualquiera persona que procediese el sabio consejo, no era propio de ella, sino de aquel que es la Verdad, es decir. Dios inmutable.
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Por fin, cualquiera que se precie en entender por gracia divina, sin instrucción de reglas humanas, las cosas oscuras que se hallan en la divina Escritura, rectamente cree y es cierto que esta facultad no es propia de él como si emanase de sí mismo, sino dada por Dios. Juzgando así, no busca su gloria, sino la de Dios. Cuando lee y entiende sin explicación alguna humana, ¿por qué procura él exponérselo a otros, y no más bien los remite a Dios para que asimismo ellos entiendan enseñándoles Dios interiormente y no el hombre? Sin duda hace esto porque teme oír al Señor que le diga: Siervo malo, debiste dar mi dinero a los banqueros7. Luego así como éstos que entienden todas estas cosas las dan a conocer a los demás hablando o escribiendo, igualmente yo no debo, sin duda, ser criticado porque no sólo exponga las cosas que deben entender, sino también los preceptos que han de observar para entender. Sin embargo, nadie considere cosa alguna como suya propia, a no ser la mentira. Todo lo que tiene alguna verdadera realidad procede del que dice: Yo soy la Verdad8. ¿Qué tenemos que no hayamos recibido? Y si lo hemos recibido, de qué nos vanagloriamos como si no lo hubiéramos recibido?9
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El que lee a los que le escuchan, sin duda que divulga letras que conoce; el que las enseña hace que otros aprendan a leer; ambos dan a conocer lo que recibieron. Igualmente el que expone a los oyentes las cosas que entendió en la Escritura es como el lector de oficio, que recita las letras que conoce. El que advierte cómo se han de entender es semejante al que enseña las letras, es decir, al que prescribe cómo se ha de leer. Así como el que sabe leer, cuando ha encontrado un libro, no necesita de otro lector del que oiga lo que allí está escrito, igualmente el que recibiese las normas que intentamos entregarle, cuando hubiere encontrado algo oscuro en los libros divinos, teniendo ciertas reglas que le sirven de intérprete, no buscará a otro que le descubra lo que se halla oculto, sino que, indagando por ciertos vestigios, él mismo llegará sin error a descubrir el sentido; o a lo menos, no caerá en el absurdo de una sentencia perversa. Por lo tanto, aunque en el mismo trabajo pudiere suficientemente verse que no se opone nadie con razón a este nuestro legítimo empeño de ayudar, sin embargo, si con este prólogo aparece que se ha respondido convenientemente a cualquier opositor, quiero ya entrar en la empresa de este libro después de estampar este proemio que se me ocurrió.