Libro segundo

BAC vol. 6

Libro segundo

LA GRACIA DE JESUCRISTO Y EL PECADO ORIGINAL

Tema: Controversia semipelagiana

A Albina, Piniano y Melania

Cartago. Año 418

Libro Segundo

Del pecado original

Capítulo I

  1. Advertid ahora diligentemente con cuánta cautela debéis escuchar, acerca del bautismo de los niños, a hombres de tal condición, que, por una parte, no se atreven a negar abiertamente a aquella edad el baño de la regeneración y de la remisión de los pecados, no sea que no lo puedan sufrir los oídos cristianos, y, por otra, sin embargo, continúan sustentando y defendiendo su opinión, según la cual juzgan que la generación carnal no está sujeta al pecado del primer hombre, por más que parezca que les conceden el bautismo en remisión de los pecados.

Vosotros mismos me habéis escrito que oísteis a Pelagio en persona, leyéndoos de un libro acerca del cual afirmaba que lo había enviado a Roma, que él y sus partidarios sostienen “que los niños deben ser bautizados con las mismas palabras con que se bautiza a los adultos”. ¿Quién después de estas palabras habría pensado que habían de mover cuestión alguna sobre este asunto? O si lo hubiera hecho, ¿a quién no le parecería un calumniador, si no se leyeran sus claras palabras, donde niegan que los niños contraigan el pecado original y sostienen que todos nacen sin vicio alguno?

Capítulo II

  1. Celestio, en verdad, se mostró en este error más resuelto, y hasta tal punto, que en un juicio episcopal celebrado en Cartago no quiso condenar a aquellos que dicen “que el pecado de Adán a él solo dañó, y no al género humano, y que los niños cuando nacen están en el mismo estado en que estuvo Adán antes de la prevaricación”. Y en la ciudad de Roma, en el escrito que entregó al beatísimo papa Zósimo, afirmó aún más categóricamente que “el pecado original a ningún niño hace culpable”. De las actas eclesiásticas cartaginesas copiamos estas palabras suyas.

Capítulo III

  1. “El obispo Aurelio dijo: “Léase lo siguiente”. Y se leyó que el pecado de Adán a él solo perjudicó y no al género humano. Y habiéndose leído, dijo Celestio: “He afirmado que estaba dudoso acerca de la transmisión del pecado; pero de tal modo, que estaría conforme con aquel a quien Dios haya otorgado la gracia de este conocimiento, porque he oído diversas opiniones a aquellos que en la Iglesia católica han sido constituidos como presbíteros”. Y el diácono Paulino contestó: “Dinos sus nombres”. Y Celestio: “El santo presbítero Rufino, que moró en Roma con San Pammaquio; yo le oí decir que no hay transmisión del pecado”. El diácono Paulino preguntó: “¿Y hay alguno más?” Celestio respondió: “Lo he oído decir a muchos”. El diácono Paulino añadió: “Di sus nombres”. Celestio respondió: “¿No te basta un solo sacerdote?” Y un poco después en otro lugar: “El obispo Aurelio dijo: “Léase lo restante del escrito”. Y se leyó que los niños al nacer se hallan en el mismo estado que Adán antes de la transgresión; hasta el fin del escrito menor insertado más arriba.

Capítulo IV

“El obispo Aurelio dijo: “Celestio, ¿has enseñado alguna vez, como ha asegurado el diácono Paulino, que los niños al nacer se hallan en el mismo estado que Adán antes de su transgresión?” Celestio respondió: “Exponga él por qué dijo: “Antes de la transgresión”. Y el diácono Paulino dijo: “Tú niega que lo has enseñado. Una de dos: o que niegue que lo ha enseñado o que ahora lo condene”. Celestio replicó: “Ya lo he dicho; que exponga en qué sentido ha enunciado: “Antes de la transgresión”. El diácono Paulino insistió: “Tú niega que lo has enseñado”. El obispo Aurelio dijo: “Voy a exponer lo que he colegido de esta objeción; digo que Adán, colocado en el paraíso, aunque al principio fue creado no sujeto a la muerte, después, a causa de la transgresión del precepto, se hizo corruptible”. “¿Es esto lo que dices, hermano Paulino?” El diácono Paulino respondió: “Esto mismo, señor”. Y el obispo Aurelio prosiguió: “Si el estado de los niños que ahora deben ser bautizados es tal cual fue el de Adán antes de su transgresión, o, por el contrario, si del autor mismo del pecado, del cual descienden, contraen la culpa de su transgresión, esto es lo que quiere oír el diácono Paulino”. El diácono Paulino preguntó: “¿Él ha enseñado esto o lo niega?” Celestio respondió: “Ya he dicho acerca de la transmisión del pecado que he oído negarlo a muchos que se hallan dentro de la Iglesia católica, y asimismo, también a otros afirmarlo; por más que este asunto sea controvertido, no es, sin embargo, herejía. Siempre he sostenido que los niños tienen necesidad del bautismo y que deben ser bautizados; ¿qué otra cosa desea?”

  1. Veis que Celestio concedió el bautismo a los niños, pero en tal forma, que no quiso confesar que pase a ellos el pecado del primer hombre, que se borra por el baño de la regeneración, aunque tampoco se atrevió a negarlo, y por esta duda suya no condenó a aquellos que afirman “que el pecado de Adán a éste solo dañó, no al género humano, y que los niños cuando nacen se hallan en aquel estado en que se halló Adán antes de la prevaricación”.

Capítulo V

  1. Mas en el escrito que publicó en Roma, y que fue allí alegado en las actas eclesiásticas, habla de tal modo sobre este asunto, que manifiesta estar convencido de lo que aquí había dicho que dudaba. Pues estas son sus palabras: “Confesamos que los niños, dijo, deben ser bautizados en la remisión de los pecados según la norma de la Iglesia universal y según la sentencia del Evangelio; porque el Señor estableció que solamente a los bautizados pudiese ser conferido el reino de los cielos1; puesto que, como les faltan las fuerzas naturales, es necesario que les sea otorgado por la liberalidad de la gracia”. Si nada más añadiera sobre este asunto, ¿quién no habría de creer que admitía que a los niños también les eran perdonados los pecados originales cuando dice que es necesario bautizarlos en remisión de los pecados?

De aquí proviene el que nosotros hayamos preferido reflexionar con más detención sobre las palabras que, según escribisteis, os respondió Pelagio: “que los niños son también bautizados con las mismas palabras del sacramento con que lo son los mayores”, las cuales os llenaron de alegría por haber oído lo que deseabais.

Capítulo VI

  1. Así, pues, prestad atención a lo que ha dicho clarísimamente Celestio, y allí veréis lo que Pelagio os ocultó. Pues continúa diciendo: “No hemos dicho que los niños deben ser bautizados en remisión de los pecados con el fin de que parezca que afirmamos el pecado por herencia, lo cual es cosa completamente ajena del sentir católico. Pues no nace el pecado juntamente con el hombre, sino que es ejecutado más adelante por el hombre mismo; porque se prueba que no hay delito de naturaleza, sino de la voluntad. Es, pues, conveniente admitir aquello, para que no parezca que hacemos diversas clases de bautismo, y es necesario prevenir esto, no sea que con ocasión de un misterio se diga, con injuria del Creador, que el mal es transmitido al hombre por medio de la naturaleza, antes de que sea ejecutado por el hombre”. Pelagio temió o se avergonzó de manifestaros este su sentir, el cual su discípulo claramente, sin subterfugios de ninguna clase, ni temió ni se avergonzó de declarar ante la Sede Apostólica.

  2. Pero el misericordiosísimo prelado de esta ilustre sede, cuando lo vio precipitarse a la perdición como un furioso con tan grande presunción, hasta que volviese en sí, si era posible, prefirió refrenarle suavemente con sus preguntas y con las respuestas del mismo Celestio antes que impelerle, hiriéndole con su fulminante sentencia, a aquel precipicio adonde ya parecía inclinarse. Y no he dicho “manifiestamente había caído”, sino “parecía inclinarse”, porque anteriormente en el mismo opúsculo suyo, al empezar a hablar de tales cuestiones, había advertido de antemano: “Si, como a hombres, se nos deslizare por ignorancia algún error, sea corregido por vuestro dictamen”.

Capítulo VII

  1. Teniendo en cuenta esta advertencia de Celestio, el venerable papa Zósimo procuró que este hombre, a quien el viento de la falsa doctrina había inflado, condenase todo aquello que le había objetado el diácono Paulino y diese su asentimiento a la carta de la Sede Apostólica, que había sido escrita por su predecesor, de santa memoria. Él en verdad se negó a condenar las acusaciones del diácono, mas no se atrevió a oponerse a la carta del bienaventurado papa Inocencio; al contrario, prometió “condenar todo lo que aquella Sede condenara”; y así, como frenético, fue tratado con blandura, a fin de que se sosegase; sin embargo, no se creyó aún oportuno que debía ser absuelto de los lazos do la excomunión.

Durante dos meses, mientras se recibía respuesta del África, se le concedió ocasión de volver en sí bajo la medicinal blandura de esta sentencia. Porque en realidad sanaría si, depuesta su terca vanidad, quisiera reflexionar sobre lo que había prometido y atentamente leyera aquella misma carta, con la que, según su respuesta, estaría conforme. Mas después que de parte del concilio de los obispos africanos fue enviada la respuesta, qué fue lo que sucedió para que se pronunciase justísimamente sentencia contra él, podéis leerlo, puesto que todo os lo hemos transmitido.

Capítulo VIII

  1. También Pelagio, si se examina sinceramente a sí mismo y a sus escritos, sin razón dice que a él no debió incluírsele en la misma condenación.En efecto, él engañó al tribunal palestinense; y por esta causa le parece que allí fue justificado; mas no pudo en modo alguno engañar a la Iglesia Romana, donde sabéis que era muy bien conocido, por más que, en cuanto pudo, lo intentó; pero, como digo, de ningún modo lo consiguió.

Recordó el beatísimo papa Zósimo la opinión que las actas mismas habían merecido a su predecesor, digno de toda alabanza. Prestó también atención a lo que de Pelagio juzgaba la fe de los romanos, que merece ser celebrada en el Señor, pues veía resplandecer en defensa de la verdad católica y contra el error de éste el acorde y unánime celo de los romanos2, entre quienes Pelagio había vivido largo tiempo y a quienes no podían ocultarse sus creencias; y ellos de tal modo conocían que Celestio era su discípulo, que podían presentar acerca de esto fidelísimo y solidísimo testimonio.

Y lo que pensó el santo papa Inocencio de las actas del sínodo palestinense, por las cuales Pelagio se gloría de haber sido absuelto, aunque podéis leerlo en la carta que nos escribió, y que fue recordada cuando el sínodo africano contestó al venerable papa Zósimo, todo lo cual hemos enviado a vuestra caridad juntamente con las demás disposiciones, creo, sin embargo, que tampoco debe pasarse en silencio en esta obra.

Capítulo IX

  1. Habiendo nosotros en una carta que cinco obispos le escribimos hecho mención de estas actas palestinenses, cuyo rumor ya había llegado a nosotros, diciendo que en Oriente, donde mora, se habían redactado unas actas eclesiásticas en las cuales, según se cree, ha sido justificado, y, contestando él entre lo demás a esto, dijo: “Están transcritas en las actas mismas algunas cosas que, habiéndole sido objetadas, parte de ellas él, esquivándolas, suprimió; otra parte, tergiversando muchas palabras en su favor, embrolló con gran obscuridad; algunas, más por falsa queporverdadera razón, según de momento podría parecer, justificó, negando unase interpretando falsamente otras. Pero ojalá, lo que sería más de desear, se convierta ya de aquel su error al verdadero camino de la fe católica y ansíe y quiera justificarse, considerando la cuotidiana gracia de Dios y reconociendo su ayuda, de suerte que parezca de verdad corregido de un modo claro y consiga la aprobación de todos no por sentencia de unas actas, sino por el corazón convertido a la fe católica. Por eso nosotros no podemos ni aprobar ni censurar el juicio de aquéllos, puesto que ignoramos que las actas sean auténticas; o si lo son, porque es manifiesto que se escabulló antes que justificarse con entera verdad”.

Veis sin duda en estas palabras que el beatísimo papa Inocencio no parece que habla como de un desconocido. Veis el parecer que dio de su justificación. Veis lo que debió recordar, como lo recordó su sucesor, el santo papa Zósimo, para ratificar en él, apartando toda irresolución, la sentencia de su predecesor.

Capítulo X

  1. Atended ahora diligentemente de dónde se prueba que Pelagio engañó a los jueces palestinenses en esta misma cuestión del bautismo de los niños, haciendo caso omiso de todo lo demás; no sea que a alguno le parezca que nosotros, cuando dijimos que Pelagio os había ocultado aquel parecer, en el que Celestio fue más franco, siendo así que él no pensaba de distinto modo, le calumniamos o sospechamos de él más bien que haber averiguado algo cierto.

Más arriba quedó ya suficientemente manifiesto que Celestio no había querido condenar la opinión de los que dicen que “el pecado de Adán a éste solo dañó, no al género humano, y que los niños al nacer se hallan en el mismo estado que Adán antes de su prevaricación”, porque veía que, si condenaba esto, aprobaba la transmisión del pecado de Adán a los niños.

Mas habiéndole sido objetadas a Pelagio estas mismas cosas, puesto que opinaba del mismo modo que Celestio, sin ninguna resistencia las condenó. Y aunque sé que lo habéis leído, sin embargo, como esto no se escribe para vosotros solos, para que no tenga que molestarse el lector en recurrir a las actas mismas, o, si no las tiene, en buscarlas también con fatiga, transcribimos de ellas las palabras quevan a continuación.

Capítulo XI

  1. “El sínodo dijo: “Puesto que Pelagio condenó un cierto dicho sin solidez alguna, respondiendo rectamente que el hombre, con la ayuda y gracia de Dios, puede vivir sin pecado, responda ahora también a los demás puntos”. Otro punto hay en la doctrina de Celestio, discípulo de Pelagio, de aquellos que fueron oídos y mencionados en Cartago por el santo obispo cartaginés Aurelio juntamente con otros obispos, y es que Adán fue creado mortal, puesto que, pecara o no, había de morir; que el pecado de Adán a éste solo dañó, y no al género humano; que la ley conduce al reino del mismo modo que el Evangelio; que antes de la venida de Jesucristo hubo hombres que vivieron sin pecado; que los niños acabados de nacer se encuentran en aquel estado en que se encontró Adán antes de la prevaricación; que así como por la muerte o por la prevaricación de Adán no muere todo el género humano, así tampoco resucita por la resurrección de Cristo. También, contestando el santo obispo Agustín a Hilario, que le había consultado sobre ciertas opiniones que sostenían en Sicilia algunos discípulos de Pelagio, se citan los siguientes errores: que el hombre, si quiere, puede vivir sin pecado; que los niños, aunque no sean bautizados, alcanzan la vida eterna; que los ricos bautizados, si no renuncian a todos sus bienes, aunque parezca que obran algún bien, no les será imputado ni podrán poseer el reino de Dios.

A esto contestó Pelagio: “Acerca de la posibilidad de que el hombre viva sin pecado, se ha respondido anteriormente. Cuanto a la afirmación de que antes de la venida del Señor hubo hombres que vivieron sin pecado, lo decimos también nosotros, puesto que, según la narración de las santas Escrituras, antes de la venida de Cristo vivieron algunos santa y rectamente; mas en cuanto a las demás cosas, según el testimonio de ellos mismos, que no son de las que yo debo dar satisfacción; sin embargo, para tranquilidad de este santo sínodo, anatematizo a aquellos que esto sostienen o alguna vez han sostenido”.

Capítulo XII

  1. Veis aquí, omitiendo todo lo demás, que Pelagio anatematizó a aquellos que sostienen “que el pecado de Adán a éste solo perjudicó, y no al género humano, y que los niños cuando nacen se encuentran en el mismo estado que Adán antes de la prevaricación”. ¿Qué otra cosa pudieron entender en estas palabras los obispos en aquel sínodo sino que reconocía que el pecado de Adán se transmite a los niños? Celestio, para no verse precisado a confesar esto, no quiso condenar lo que éste condonó.

Así, pues, si hiciere ver que Pelagio no piensa acerca de los niños otra cosa sino que nacen sin el contagio de ningún vicio, ¿qué diferencia habrá entre éste y Celestio en esta cuestión más que éste fue más claro, aquél más reservado; éste más pertinaz, aquél más mentiroso, o al menos éste más sincero y Pelagio más solapado? Pues Celestio en la Iglesia de Cartago se negó a condenar lo que posteriormente en la romana confesó que defendía, aunque anunció “que estaba dispuesto a retractarse si, como a hombre, se le había deslizado algún error”. Pelagio, al contrario, por una parte condenó aquella opinión como contraria a la verdad, para no ser él mismo condenado por los jueces católicos, y por otra, se reservó el poderla defender después, ya condenando aquello mentirosamente, ya maliciosamente interpretándolo.

Capítulo XIII

  1. Pero veo que ya con toda razón se me pide que no difiera probar, según he prometido, si es verdad que también él piensa esto mismo que Celestio. En el libro primero de su obra más reciente, que escribió en defensa del libre albedrío, de cuya obra hizo mención en la carta que envió a Roma, dice: “Todo el bien y el mal par el cual somos dignos de alabanza o de vituperio no nace juntamente con nosotros, sino que nosotros mismos lo ejecutamos; nace con la capacidad de lo uno y de lo otro, no llenos de ninguno de entrambos, y del mismo modo que nacemos sin virtud, así también sin vicio; y antes de la acción de la voluntad propia, tan sólo hay en el hombre aquello que Dios creó”.

Veis sin duda en estas palabras de Pelagio que en ellas está contenida la opinión de entrambos acerca de los niños, que, según ellos, nacen sin ningún contagio del pecado de Adán. Así, pues, no es de maravillar que Celestio no haya querido condenar a los que afirman que “el pecado de Adán a éste solo dañó y que los niños cuando nacen se hallan en el mismo estado que Adán antes de la prevaricación”; pero lo que causa gran admiración es el descaro con que Pelagio lo condenó.

Pues si, como dice, “el mal no nace con nosotros y nacemos sin culpa, y si antes de la acción de la voluntad propia tan sólo existe en el hombre lo que Dios ha creado”, sin duda alguna, el pecado de Adán a éste solo perjudicó, puesto que no pasó a su descendencia. En efecto, no puede decirse que el pecado no es un mal, o que el pecado no es vicio, o que Dios lo creó. Mas éste dice: “El mal no nace con nosotros y sin vicio nacemos, y tan sólo hay en los que nacen lo que Dios ha creado”. Y por esta razón, juzgando muy consecuentemente, según esta doctrina suya, “que el pecado de Adán a éste solo dañó y no al género humano”, ¿por qué condenó Pelagio esta opinión sino para engañar a los jueces católicos?

Del mismo modo, puede también argüirse: “Si el mal no nace con nosotros y nacemos sin vicio, y tan sólo hay en el hombre al nacer lo que ha creado Dios”, sin duda, se sigue “que los niños cuando nacen se encuentran en el mismo estado que Adán antes de la prevaricación”, en el cual no había entonces ni mal ni vicio alguno, y tan sólo existía en él lo que Dios había creado. Y, no obstante, Pelagio anatematizó “a los que defienden o han defendido en algún tiempo que los niños acabados de nacer se encuentran en el mismo estado que Adán antes de la prevaricación”, es decir, sin ningún mal, sin ningún vicio, únicamente teniendo aquello que Dios había creado. ¿Para qué, pues, condenó también esta opinión Pelagio sino para engañar al sínodo católico y para no ser condenado como nuevo hereje?

Capítulo XIV

  1. Vosotros sabéis bien, y lo dejé también asentado en aquel libro que escribí a nuestro venerable anciano Aurelio acerca de las actas palestinenses, cómo yo me alegraba de que con esta respuesta de Pelagio hubiera acabado todo este pleito, pareciéndome que había confesado clarísimamente la existencia del pecado original en los niños al anatematizar a aquellos que creían que por el pecado de Adán éste solo había sido dañado, y no el género humano también, y a los que opinaban que los niños se encontraban en el mismo estado que el primer hombre antes de la prevaricación. Mas después que hube leído sus cuatro libros, del primero de los cuales he copiado las palabras poco antes referidas, y me hube enterado de que éste sigue aún sintiendo de los niños contra la fe católica, comencé a admirarme más aún de una tan desvergonzada mentira ante un tribunal eclesiástico y sobre una cuestión de tanta trascendencia.

Si él ya tenía escritos anteriormente esos libros, ¿cómo dijo que anatematizaba a aquellos quo en algún tiempo habían sostenido esto? Y si escribió después esa obra, ¿cómo anatematizó a los que lo sostienen? A menos que ridículamente se atreva a decir que él condenó a aquellos que lo han sostenido y a los que lo sostienen; pero que acerca del tiempo futuro, esto es, a aquellos que esa opinión habían de defender, no había podido juzgar de antemano ni a sí mismo ni a los otros; y que por esta razón él no había engañado, aun cuando después ha sido sorprendido enseñando esas doctrinas.

Pero él no dice esto no sólo porque sería ridículo, sino porque no puede ser verdad. Y así, en los mismos libros, habla contra la transmisión del pecado de Adán a los niños y se gloría también de las actas del sínodo palestinense, donde se creyó que él había condenado realmente a aquellos que esto sostienen y en donde por engaño robó su absolución.

Capítulo XV

  1. Pues ¿qué importa al asunto de que ahora tratamos el que Pelagio responda a sus discípulos que “él condenó aquello que se objetaba porque él mismo también afirma que el primer pecado no sólo dañó al primer hombre, sino también al género humano, no por la transmisión, sino por el ejemplo”; es a saber, no porque de Adán contraigan algún vicio los que de él descienden, sino porque han imitado al primer pecador todos los que después han pecado? ¿O el que diga que “por esto los niños no se hallan en el mismo estado que Adán antes de la prevaricación, porque éstos no pueden aún comprender el precepto y aquél lo pudo; y porque éstos no gozan aún del arbitrio de la voluntad racional, del cual, si no gozara aquél, no se le hubiera dado el precepto”?

¿Qué importa a la cuestión el que piense que, exponiendo de este modo las palabras que se le objetaron, condenó sin fingimientos lo que se afirma en esta proposición: “que el pecado de Adán a éste solo dañó, y no al género humano, y que los niños al nacer se hallan en el mismo estado que Adán antes de la culpa”; y que, a pesar de haber condenado estas cosas, sin falacia sostiene, como se encuentra en sus opúsculos escritos posteriormente, “que los niños nacen sin ningún mal, sin ningún vicio, y que en ellos tan sólo existe lo que Dios ha creado”, no la herida que causó el enemigo?

Capítulo XVI

  1. ¿Por ventura con este modo de hablar, exponiendo las palabras en sentido distinto de aquel con que le fueron objetadas, logra demostrar que no engañó a los jueces? De ningún modo lo consigue, porque cuanto más astutamente las expone, tanto más ocultamente los engañó. Los obispos católicos, oyéndole anatematizar a aquellos que sostienen que “el pecado de Adán a éste solo dañó, no al género humano”, no podían juzgar que él pensaba cosa distinta de la que la Iglesia católica ha solido predicar, y, según esta doctrina, ella bautiza a los niños en la verdadera remisión de los pecados, no de los que por imitación cometieron a ejemplo del primer pecador, sino de los quo al nacer contrajeron a causa del vicio original. Y al oírle condenar a aquellos que defienden que “los niños cuando nacen se hallan en el mismo estado que Adán antes de la prevaricación”, creían que Pelagio se refería a aquellos que opinan que los niños no han traído de Adán ningún pecado, y, según esto, se hallan en la misma condición que aquél antes de pecar. En efecto, esto, no otra cosa, se le objetaría, ya que sobre esto versaba la cuestión.

Por tanto, cuando éste lo expone diciendo que los niños por esto solamente no se hallan en el mismo estado que Adán antes de pecar, porque aun no tienen la misma robustez de la miente o del cuerpo, no porque haya pasado a ellos alguna culpa de herencia, se le podrá contestar: “Cuando se te antojaban estas cosas como dignas de condenación, no las entendían de este modo los obispos católicos; y por el hecho mismo de condenarlas, te creían católico. Así, pues, lo que ellos juzgaban que era tu doctrina, mereció ser absuelto, mas lo que en realidad lo era, mereció ser condenado. Por consiguiente, no fuiste absuelto tú, puesto que sostuviste lo que debías condenar, sino que lo fue aquello que debiste sostener.

Pues para que se te juzgase absuelto, se creyó que tú defendías lo que era digno de alabanza, ignorando los jueces que ocultabas lo que era digno de condenación. Rectamente has sido considerado como socio de Celestio, puesto que bien claro muestras que eres su cómplice. Aunque en el juicio ocultaste tus libros, sin embargo, después de él los publicaste”.

Capítulo XVII

  1. Siendo esto así, veis sin duda que con justísima razón se han indignado contra los autores de tan perverso error los concilios episcopales, la Sede Apostólica, toda la Iglesia romana y romano imperio, el cual, por la misericordia de Dios, es cristiano, hasta que se vean libres de los lazos del diablo. Pues ¿quién sabe si Dios no les otorgará la penitencia para conocer, para confesar y aun para predicar la verdad y para condenar de corazón este culpable error? Mas de cualquier modo que éstos quieran conducirse, sin embargo, no podemos dudar que, por la misericordia del Señor, se ha velado por la salud de muchos que profesaban las doctrinas de estos herejes porque veían que estaban en comunión con la sociedad católica.

  2. Ved de qué modo procuró engañar también el juicio episcopal de la Sede Apostólica en esta misma cuestión acerca del bautismo de los niños. En efecto, en la carta que envió a Roma al papa Inocencio, de feliz memoria, y que, por haber ya muerto, fue entregada al santo papa Zósimo y después transmitida a nosotros, dice que “es acusado por ciertos hombres de que niega el sacramento del bautismo a los niños y de que promete a algunos el reino de los cielos sin la redención de Cristo”. Mas no se le objeta esto del modo que él lo expresa. Porque ni niegan el sacramento del bautismo a los niños ni prometen a alguno el reino de los cielos sin la redención de Cristo. Así, pues, él aquello de que se queja de ser infamado lo ha presentado de este modo para poder responder fácilmente a la acusación que se le hacía, quedando a salvo su opinión.

Capítulo XVIII

Se les objeta que no quieren admitir que los niños no bautizados están sujetos a la condenación del primer hombre y que haya pasado a ellos el pecado original, que se ha de borrar por la regeneración, puesto que sostienen que tan sólo se les debe bautizar para que puedan recibir el reino de los cielos, como si fuera de él pudieran conseguir otra cosa que la muerte eterna los que sin la participación del cuerpo y de la sangre del Señor no pueden poseer la vida eterna. Esto es lo que se les objeta acerca del bautismo de los niños; no lo que Pelagio ha presentado de tal modo, que puede responder según sus opiniones a su propia proposición como objeción del adversario.

  1. Finalmente, advertid el modo con que responde y vedle en las tinieblas de la ambigüedad preparar un refugio al error, extendiendo un velo sobre la verdad; de tal modo, que también nosotros, cuando leímos por primera vez esas cosas, casi nos alegramos de que o eran verdaderas o estaban corregidas. Pero otros razonamientos suyos más extensos en los libros, donde, por más que trate de ocultarse, se ve forzado por lo general a descubrirse, nos hicieron sospechoso aun esto mismo, de tal modo que mirándolo más atentamente lo encontramos ambiguo.

Pues como hubiese dicho que “él nunca lo había afirmado ni había oído a algún impío hereje afirmar acerca de los niños esto”, es decir, la proposición de los adversarios tal como él la expuso, después siguió diciendo: “¿Quién ignorará hasta tal punto el texto evangélico que intente no ya afirmarlo, pero que pueda aun por ligereza decirlo o aun pensarlo? Además, ¿quién será tan impío que quiera que sean excluidos los niños del reino de los cielos prohibiendo que sean bautizados y regenerados en Cristo?”

Capítulo XIX

  1. En vano dice esto, no por ello se justifica. Ni aun ellos mismos han afirmado nunca que puedan entrar los niños sin el bautismo en el reino de los cielos. Mas no se trata de eso, se trata de la destrucción del pecado original en los niños. Justifíquese de esto quien no quiere confesar que el baño de la regeneración tiene en los niños algo que purificar. Así, pues, atendamos a lo demás que va a decir.

Después de haber intercalado el testimonio del Evangelio que quien no renaciere del agua y del Espíritu no podrá entrar en el reino de los cielos3, acerca de lo cual, como tenemos dicho, no se disputa con ellos, continuó diciendo: “¿Quién será tan impío que impida a un niño, cualquiera que sea su edad, la común redención del género humano?” También esto es ambiguo, qué entiende por redención: si es el tránsito de malo a bueno o si de bueno a mejor. Pues también Celestio en Cartago confesó en su opúsculo la redención de los niños, y, no obstante, se negó a confesar que se hubiese transmitido a ellos el pecado de Adán.

Capítulo XX

  1. Pero fijaos en lo que Pelagio después añade: “¿Y estorbe renacer a una vida perpetua y cierta a aquel que ha nacido para una incierta?”, esto es: ¿Quién será tan impío que estorbe renacer a una vida perpetua y cierta a aquel que ha nacido para una incierta? Cuando por primera vez leímos estas palabras, creímos quo había querido llamar incierta a esta vida temporal; por más que nos parecía que había debido llamarla mortal mejor que incierta, pues está limitada por una muerte segura. Sin embargo, como no se puede dudar que esta vida en todos los momentos de su duración es incierta, creímos que a ninguna otra cosa había preferido llamar incierta más que a esta vida mortal.

Por esta razón, aunque él no hubiera querido confesar abiertamente la muerte eterna de los niños que salen de esta vida sin el sacramento del bautismo, sin embargo, un raciocinio casi concluyente aliviaba nuestra inquietud sobre este asunto. Pues nos decíamos: Si vida perpetua, como parece confesar, no puede ser sino la de aquellos que han sido bautizados, sin duda los que mueren sin haberlo sido, obtienen la muerte perpetua. Puesto que por ningún título ésta puede sobrevenir a aquellos por quienes no fue cometido ningún pecado, a no ser que tengan el pecado original.

Capítulo XXI

  1. Pero no faltaron después hermanos que nos advirtieron que muy bien ha podido Pelagio decir esto, porque se afirma que de tal modo ha solido responder a los que le preguntan sobre esta cuestión, que ha dicho: “Los niños que mueren sin el bautismo sé a dónde no van, pero ignoro a donde van”; es decir, sé que no van al reino de los cielos; mas decía y aun dice que no sabe a dónde van, porque no se atrevía a decir que van a la muerte eterna aquellos que, por una parte, veía que aquí ningún mal habían cometido y, por otra, no admitía que hubiesen contraído el pecado original. Así, pues, aun estas palabras, enviadas a Roma como solemne justificación suya, son tan ambiguas, que pueden ofrecer asilo a sus errores, de donde brote la herejía para poner asechanzas cuando, no habiendo nadie que sea capaz de rebatirla, topa con alguno así abandonado como un enfermo en la soledad.

  2. Por otra parte, en la profesión de su fe que envió a Roma juntamente con esta misma carta al mismo papa Inocencio, a quien también había escrito la carta, mucho más evidentemente, en su afán de ocultarse, se descubrió a sí mismo al decir: “Profesamos un solo bautismo, el cual sostenemos que debe administrarse a los niños con las mismas palabras del sacramento con que se debe también administrar a los adultos”. No dijo al menos: Con el mismo sacramento; y aun esto mismo que hubiese dicho, aun sería ambiguo; sino que dijo: “Con las mismas palabras del sacramento”; como si la remisión de los pecados se dijera a los niños por el ruido de las palabras, no se operara por el efecto de las cosas. Sin embargo, de momento se creyó que decía algo que estaba de acuerdo con la fe católica; pero no pudo engañar hasta el fin a la Sede Apostólica.

En efecto, después de las decisiones del concilio de la provincia de África, a la cual en verdad aquella perniciosa doctrina furtivamente había llegado, aunque no la había invadido muy extensamente ni había penetrado en ella tampoco muy profundamente, en la ciudad de Roma, donde Pelagio había vivido por muy largo tiempo y donde ya antes se había ocupado en estas prácticas y discusiones, se hicieron patentes, publicadas por la solicitud de los fieles, otras cosas de éste, las cuales, como dignas de execración, el papa Zósimo añadió, como podéis leer en la epístola que escribió para ser divulgada por todo el orbe católico.

Pelagio, en lo que quiere ser exposición de la Epístola del apóstol San Pablo a los Romanos, argumenta diciendo: “Si el pecado de Adán ha dañado también a los que no pecan, luego también la justicia de Cristo aprovecha del mismo modo a los que no creen”. Y otras cosas del mismo género, todas las cuales han sido refutadas y desvanecidas, con la ayuda de Dios, en los libros que hemos escrito acerca del bautismo de los niños. Y si bien en estas pretendidas exposiciones no se ha atrevido a objetar estas cosas por sí mismo, sin embargo, decía esto allí donde era conocidísimo de muchos y no podía ser un secreto lo que pensaba y decía; y en aquellos libros, del primero de los cuales más arriba recordé algunas frases, defiende no disimuladamente, sino con toda claridad y con todo el rigor dialéctico que puede, que de ningún modo debe creerse viciada en los niños por la herencia la naturaleza humana; y así, al atribuir a ésta la salud, niega al salvador.

Capítulo XXII

  1. Siendo esto así y constando ya evidentemente que ha aparecido un pernicioso dogma y herético error, el cual, con la ayuda de Dios, la Iglesia lo evita ya más abiertamente; habiendo sido o reducidos a hacer penitencia o, si lo rehusaran, debiendo de ser tenidos por realmente condenados Pelagio y Celestio, los cuales se dice y aun se prueba que son los autores de esta maldad; o, si en realidad no son ellos los autores, sino que la han aprendido de otros, son al menos señalados como defensores y maestros, con cuyos escritos y palabras cunde y se dilata extensamente, por los concordes indicios y por la fama que de todo esto se levanta y se extiende, ¿qué queda sino que todos los católicos, según las fuerzas que reciben del Señor, redarguyan esta pestilencia y se opongan a ella con desvelo, para que, cuando por la necesidad de responder, bien que sin espíritu de controversia, se vean precisados a pelear en defensa de la verdad, se instruyan los ignorantes y de este modo redunde en utilidad de la Iglesia lo que ha tramado el enemigo para su ruina, según el dicho del Apóstol: Es necesario que hasta herejías haya para que se descubran entre vosotros los de virtud probada?4

Capítulo XXIII

  1. Por lo cual, después de cuanto hemos podido discutir por escrito contra este error enemigo de la gracia de Dios, que por medio de Jesucristo nuestro Señor es concedida a pequeños y grandes, es necesario examinar ahora lo que, queriendo astutamente apartar de sí la inculpación de herejía, afirman: “que en esta cuestión no hay peligro para la fe”, con el fin de que, si fueran convencidos de haberse extraviado, parezca que han errado no criminalmente, sino de un modo disculpable. Pues así habló Celestio en Cartago según las actas eclesiásticas: “Ya he dicho acerca de la transmisión del pecado que he oído negarlo a muchos que se hallan dentro de la Iglesia católica, y asimismo, también a otros afirmarlo; por más que este asunto sea controvertido, no es, sin embargo, herejía. Siempre he sostenido que los niños tienen necesidad del bautismo y que deben ser bautizados, ¿qué otra cosa desea?”

El dijo esto como queriendo significar que, si negara que se debe bautizar a los niños, entonces habría que considerarlo herejía; pero confesando que deben ser bautizados, por más que asigne como causa de su bautismo no la que la verdad afirma, sino una extraña a la fe, juzga que no yerra y que, por tanto, no debe ser considerado como hereje.

Asimismo, en el opúsculo que publicó en Roma después de haber expuesto su fe desde la Trinidad de una sola Divinidad hasta la resurrección futura de los muertos con cuanta extensión le plugo, acerca de lo cual ni se le había preguntado ni se movía cuestión alguna contra él, cuando llegó en su exposición al asunto de que se trataba, dijo: “Mas si se han originado algunas cuestiones ajenas a la fe acerca de las cuales hay gran controversia entre muchos, yo no las asenté definiéndolas por propia autoridad, como si fuera inventor de alguna doctrina, sino que sometemos al juicio de vuestro apostolado para ser examinadas aquellas cosas que he tomado de los escritos de los profetas y de los apóstoles; para que, si, como a hombres, se nos ha deslizado por ignorancia algún error, sea corregido por vuestro dictamen”.

Veis que, al anteponer esta advertencia, él so propuso que si aparecía en esas cuestiones algún error, se creyese que había errado no en la fe, sino en cuestiones ajenas a la fe, acerca de las cuales, si bien debe ser corregido el error, sin embargo, no se corrige como herejía; y el que ha sido corregido por esta causa, dícese que ha errado, mas no se le juzga hereje.

  1. Pero mucho le engaña esta su opinión. Muy diversas son estas cuestiones que él tiene por ajenas a la fe de aquellas en que, sin menoscabo de la fe, por la que somos cristianos, o se ignora la verdad, y se suspende el juicio definitivo, o por la flaca conjetura humana se juzga de diverso modo que es. Por ejemplo, cuando se pregunta en ¡qué consistía o dónde estaba el paraíso en que colocó Dios al hombre, a quien había formado del polvo, a pesar de que la fe cristiana no duda de la existencia de aquel paraíso; o cuando se pregunta dónde están Elías y Enoc, si allí o en alguna otra parte, aun cuando no dudamos que ellos viven en los cuerpos en que nacieron; o cuando se pregunta si el Apóstol fue arrebatado hasta el tercer cielo en el cuerpo o bien fuera del cuerpo, aunque no dejará de ser petulante esta indagación de los que desean conocer lo que declara que ignora, sin menoscabo de la fe, el mismo a quien fue concedido5; o cuántos son los cielos, al tercero de los cuales refiere el Apóstol que fue arrebatado; o si los elementos constitutivos de este mundo visible son cuatro o son más; a qué se deben los eclipses del sol y de la luna, que suelen predecir los astrónomos por determinado cómputo de los tiempos; por qué los hombres antiguos vivieron tan largo tiempo, como atestiguan las santas Escrituras, y si en proporción de su más larga vida empezaron a engendrar hijos más tardíamente; dónde pudo vivir Matusalén, que no estuvo en el arca, y que, según se enumeran los años en la mayor parte de los códices, tanto griegos como latinos, vemos que sobrevivió al diluvio; o si se ha de creer más bien a los menos, que son rarísimos, en los cuales el número de años está relatado de tal modo, que aparece bien claro que murió antes del diluvio.

Pues ¿quién no comprende que estas cosas y otras diversas e innumerables cuestiones de esto género, ya se refieran a las secretísimas obras de Dios, ya a los ocultísimos misterios de la divina Escritura, todas las cuales es difícil abarcar en toda su extensión en una determinada categoría, ignoramos muchas cosas, sin menoscabo de la fe, y aun en algunas erramos sin ningún crimen de herejía?

Capítulo XXIV

  1. Pero en la cuestión de los dos hombres, por uno de los cuales hemos sido vendidos bajo el pecado, por el otro somos rescatados de los pecados; por uno hemos sido precipitados a la muerte, por el otro somos libertados a la vida; el primero nos perdió a nosotros en sí mismo, ejecutando su voluntad en lugar de la de aquel por quien había sido hecho, el segundo nos hizo salvos en sí mismo, no haciendo su voluntad, sino la de aquel por quien había sido enviado6; en la cuestión, digo, de estos dos hombres consiste propiamente la fe cristiana. Uno es Dios y uno solo el mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús7. Porque ningún otro nombre ha sido dado a los hombres debajo del cielo en el cual podamos ser salvos8; y en él Dios ha constituido la fe para todos, resucitándole de entre los muertos9.

Así, pues, sin esta fe, esto es, sin la fe en el único mediador de Dios y de los hombres, en el hombre Cristo Jesús; sin la fe, digo, de su resurrección, que Dios ha establecido para todos, y que no puede ser verazmente creída sin su encarnación y sin su muerte; y, por tanto, sin la fe en la encarnación, en la muerte y en la resurrección de Cristo, la verdad cristiana no duda que los antiguos justos, para que lo fuesen, ni habrían podido ser purificados de sus pecados ni tampoco justificados por la gracia de Dios, ya en lo que se refiere a los justos que menciona la santa Escritura, ya en cuanto a aquellos otros que ella en verdad no menciona, pero que, sin embargo, se debe creer que existieron, bien antes del diluvio, bien desde entonces hasta que fue dada la ley, bien durante el tiempo de la ley misma, y no solamente los que existieron entre los hijos de Israel, como fueron los profetas, sino también fuera de ese mismo pueblo, como Job. Pues sus corazones eran purificados por la misma fe en el mediador y la caridad era difundida en ellos por el Espíritu Santo10, que sopla donde quiere11, no yendo en pos de los méritos, antes bien dando origen a los méritos mismos. Pues la gracia de Dios de ningún modo será gracia si no fuere totalmente gratuita.

  1. Así, pues, aunque la muerte ha reinado en el mundo desde Adán hasta Moisés12, no habiendo podido vencerla ni aun la ley dada por medio de Moisés, pues no se dio una ley que pudiera vivificar13, sino una ley que debiera mostrar que los muertos, a los cuales es necesaria la gracia para ser vivificados, no sólo estaban avasallados por la propagación y despotismo del pecado, sino también convencidos de prevaricación añadida por la transgresión de la ley misma, sin embargo, esa ley fue dada no para que pereciera cualquiera que en aquella época comprendiese este plan de la misericordia de Dios, sino para que el destinado al suplicio a causa del reinado de la muerte, puesto al descubierto ante sí mismo por la prevaricación de la ley, buscara la ayuda de Dios, a fin de que donde abundó el pecado sobreabundara la gracia14, que es la única que liberta de este cuerpo de muerte15.

Capitulo XXV

Por tanto, aunque la ley dada por Moisés no pudo arrancar a ningún hombre del dominio de la muerte, había, no obstante, también hombres de Dios en el tiempo de la ley, no bajo la ley que aterraba, que acusaba y castigaba, sino bajo la gracia que atrae, que sana y liberta. Y había quienes decían: En maldad fui concebido y en pecados me nutrió en su seno mi madre; y también: No hallan paz mis huesos a la vista de mis pecados16; y en otro lugar: Crea en mí, ¡oh Dios!, un corazón nuevo y renueva el espíritu recto en mis entrañas; robustéceme con un espíritu generoso; no apartes de mí tu santo Espíritu17. También había quienes podían decir: Creí, por eso he hablado18. Pues también ellos eran purificados por la misma fe que lo somos nosotros. Por lo cual dice el Apóstol: Mas teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escritor “Creí, por eso he hablado”; nosotros también creemos, y por eso hablamos19. Y según esta misma fe se decía: Y he aquí que una virgen concebirá en su seno y dará a luz un hijo, y le llamarán por nombre Emmanuel, que quiere decir: “Dios con nosotros”20. Según la misma fe se decía de Cristo: Y él, como el esposo que sale de su tálamo, saltó gozoso cual gigante a recorrer el camino; desde lo más alto del cielo su salida, y su giro hasta lo más elevado del cielo, y no hay quien se substraiga a su calor21. Según la misma fe se decía a Cristo: Tu trono, ¡oh Dios!, por los siglos de los siglos; el cetro de la equidad es el cetro de tu poder; has amado la justicia y has odiado la iniquidad, por lo cual te ha ungido Dios, tu Dios, con el óleo de la exaltación más que a tus compañeros22.

Por el mismo espíritu de fe eran vistas por ellos estas cosas futuras, con el que ya realizadas son creídas por nosotros. Pues quienes han podido profetizarnos todo esto con sincero amor no dejaron de ser ellos mismos participantes. Y ¿de dónde proviene que diga el apóstol San Pedro: Por qué tentáis a Dios tratando de imponer sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar; pues por la gracia de Jesús, Señor nuestro, creemos ser salvos del mismo modo que ellos23, sino porque también ellos por la gracia de Jesucristo han sido hechos salvos, y no por la ley de Moisés, por la cual no se efectuó la curación, sino sólo el conocimiento del pecado? Mas ahora sin la ley se ha manifestado la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los Profetas24. Si, pues, ahora ha sido manifestada, ya entonces también existía, pero oculta. Su ocultación estaba significada por el velo del templo, el cual, para significar la revelación de esta justicia, fue rasgado a la muerte de Cristo25.

Así, pues, esta gracia del único mediador de Dios y de los hombres, del hombre Cristo Jesús, ya entonces existía en el pueblo de Dios; pero estaba oculta como en el vellón la lluvia, que, no por deuda, sino por propia voluntad, tiene Dios preparada para su heredad26; mas ahora, habiendo sido exprimido, por decirlo así, aquel vellón, esto es, reprobado el pueblo judío, aparece al descubierto entre todas las gentes como en una era27.

Capítulo XXVI

  1. Así, pues, no dividamos los tiempos, como Pelagio y sus discípulos cuando dicen que “al principio, los hombres justos vivieron conforme a la naturaleza; después, bajo la ley; por último, bajo la gracia”. Según la naturaleza ha vivido el hombre en todo el largo período en el que la ley aun no había sido dada. “Pues entonces —dicen—, teniendo por guía a la razón, conocían al Creador y llevaban esculpido en los corazones de qué modo habían de vivir no por una ley escrita, sino natural. Mas corrompidas las costumbres —continúan—, cuando comenzó a ser insuficiente la naturaleza, ya degenerada, le fue concedida la ley, por la cual, como la luna, así la naturaleza, deslucida por la herrumbre de los hábitos viciosos, fuese devuelta a su primitivo fulgor. Mas después que prevaleció —según razonan— una tan grande costumbre de pecar que para curarla de poco valía la ley, vino Cristo y, como a desesperadísima enfermedad, el médico la socorrió no por sus discípulos, sino por sí mismo”.

  2. Con estas disputas intentan excluir a los antiguos justos de la gracia del mediador, como si el hombre Cristo Jesús no fuera el mediador de Dios y de aquellos hombres; porque no habiendo tomado aún entonces carne en las entrañas de la Virgen, no existía aún como hombre cuando vivieron aquellos justos. Pues si esto fuera así, de ningún modo podría decir el Apóstol: Por un hombre vino la muerte, y por un hombre, la resurrección de los muertos; pues, así como todos mueren en Adán, así también todos serán vivificados en Cristo28. Y si aquellos antiguos justos, según la vana charlatanería de éstos, bastándoles las fuerzas de la naturaleza, no tuvieron necesidad del hombre Cristo como mediador para ser reconciliados con Dios por medio de él, no serán tampoco vivificados en aquel a cuyo cuerpo y miembros no pertenecen, en conformidad con el fin que se propuso al hacerse hombre por los hombres.

Mas si como habla la Verdad por sus apóstoles: Del mismo modo que todos mueren en Adán, así también todos serán vivificados en Cristo, porque por aquel hombre vino la muerte y por éste la resurrección de los muertos, ¿qué cristiano se atreverá a dudar que también aquellos justos, que en los primitivos tiempos del género humano agradaron a Dios, resucitarán a la vida eterna, no a la muerte eterna, porque serán vivificados en Cristo; y que son vivificados en Cristo porque pertenecen al cuerpo de Cristo; y que pertenecen al cuerpo de Cristo porque también ellos tienen a Cristo por cabeza; y también ellos tienen a Cristo por cabeza29 porque uno solo es el mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús?

Y no lo tendrían por mediador si mediante su gracia no hubieran creído en su resurrección. Y ¿cómo habría podido suceder esto si hubieran ignorado que él había de venir en carne humana y no hubieran vivido recta y piadosamente por esta fe? Pues si a ellos no les aprovechó la encarnación de Cristo por no haberse aún realizado, tampoco nos aprovechará a nosotros el juicio de Cristo sobre los vivos y los muertos porque aun no se ha realizado tampoco. Y si nosotros, por la fe en este juicio aún no realizado, sino todavía futuro, estaremos presentes a la derecha de Cristo, sin duda aquéllos son miembros de Cristo por la fe en su encarnación, entonces aún no realizada, sino todavía futura.

Capitulo XXVII

  1. No se ha de creer que solamente la divinidad de Cristo, que existe siempre, aprovechó a los antiguos justos, sino que les aprovechó también la revelación de su humanidad, que aún no existía. Pues lo que dijo Jesucristo: Abrahán deseó ver mi día; viole y se alegró, si por su día quiso que se entendiera su tiempo, ciertamente dio testimonio en favor de Abrahán de que había sido iniciado en la fe de su encarnación. Pues según ésta tiene tiempo; mas su divinidad está fuera de todo tiempo, porque por ella fueron hechos todos los tiempos. Mas si alguno juzgara que se debe entender esto del día eterno, que no está limitado por ningún mañana ni precedido de ningún ayer, esto es, de la eternidad misma, por la cual es coeterno con el Padre, ¿cómo podría desear esto Abrahán, a menos quo hubiera conocido la mortalidad futura de aquel cuya eternidad deseaba?

O si se restringe el sentido de estas palabras a esto, a saber, que ninguna otra cosa se debe entender en lo que dijo el Señor: Deseó mi día, sino: “Me deseó a mí”, que soy el día permanente, esto es, luz indefectible, del mismo modo que cuando hablamos de la vida, del Hijo, de la cual habla el Evangelio diciendo: Así también ha dado al Hijo el tener la vida en sí mismo30, no decimos que Él es una cosa y otra su vida, sino que entendemos por vida al mismo Hijo, según Él mismo ha afirmado: Yo soy el camino, la verdad y la vida31; y según se ha dicho también de Él: El es verdadero Dios y vida eterna32; y que, por tanto, Abrahán deseó ver esta divinidad de Él igual al Padre, sin conocer en modo alguno de antemano su encarnación, del mismo modo que le buscaron también algunos filósofos que nada habían conocido acerca de la condición humana de Cristo, ¿acaso también el mandar Abrahán a su siervo colocar la mano bajo su muslo y jurar por el Dios del cielo33 podrá alguno entenderlo rectamente de otro modo sino que Abrahán supo que la carne en que había de venir el Dios del cielo descendería de aquel muslo?

Capítulo XXVIII

  1. También Melquisedec al bendecir a Abrahán dio a los fieles cristianos un testimonio muy conocido acerca de esta carne y de esta sangre34, de tal suerte que mucho tiempo después de este hecho se le decía a Cristo en los Salmos, lo que aun no acaecido, sino todavía futuro, cantaba ya la única y misma fe de nuestros padres, que es también la nuestra: Tú eres sacerdote eternamente según él orden de Melquisedec35. Así, pues, a los que hallan la muerte en Adán, por esto les aprovecha, porque es mediador para la vida. Mas no es mediador en cuanto es igual al Padre, pues por este aspecto dista tanto de nosotros como el Padre; y ¿cómo podrá haber mediación donde hay la misma distancia? Por eso el Apóstol no dice: Uno es el mediador de Dios y de los hombres, Cristo Jesús, sino el hombre Cristo Jesús36. Luego es mediador en cuanto hombre; inferior al Padre, cuanto se halla más cerca de nosotros; superior a nosotros, cuanto más cerca del Padre. Exprésase esto mismo más claramente así: Es inferior al Padre porque ha tomado forma de siervo37, es superior a nosotros porque está libre de la mancha del pecado.

Capítulo XXIX

  1. Por tanto, cualquiera que defiende que la naturaleza humana en cualquiera edad no tiene necesidad del médico, segundo Adán, porque no ha sido viciada en el primero, es convencido de enemigo de la gracia de Dios no en alguna cuestión en la cual se puede dudar o aun errar sin menoscabo de la fe, sino en la regla misma de la fe, por la que somos cristianos. Mas ¿por qué razón es alabada por éstos la naturaleza humana de aquellos tiempos primeros como si aun no estuviera viciada con tan perversas costumbres y no consideran que los hombres estaban entonces sumergidos en tan enormes e intolerables pecados, que por justo juicio de Dios, del mismo modo que la pequeña región de Sodoma fue destruida posteriormente por el fuego, así lo había sido por el diluvio todo el mundo, a excepción de un solo hombre de Dios con su mujer, tres hijos y otras tantas nueras?38

Pues desde el tiempo en que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos en él pecaron39, sin duda, toda la masa de perdición ha llegado a ser posesión del seductor. Por tanto, ninguno, absolutamente ninguno, se ha librado, se libra o se librará de allí más que por la gracia del Redentor.

Capitulo XXX

  1. La Escritura ciertamente no declara si antes de Abrahán los hombres justos o sus hijos eran señalados con algún sacramento corporal y visible. Como quiera que sea, Abrahán recibió el signo de la circuncisión como señal de la justicia por la fe40. Y la recibió de tal modo, que en lo sucesivo se le mandó circuncidar también a todos los niños de su casa al octavo día de su nacimiento; de tal modo que también aquellos que aún no podían creer en orden a la justicia recibieran, no obstante, el signo de la justicia por la fe.

Y esto se mandó bajo tan grave amenaza, que Dios anunció que sería excluida de su pueblo el alma de aquel que no hubiese sido circuncidado al octavo día41. Si se inquiere por la justicia de esta tan espantosa pena, ¿por ventura no se desvanecerá deshecha y pulverizada toda la argumentación de éstos, por muy sutil que sea, sobre el libre albedrío, sobre el gran vigor y pureza de la naturaleza? Pues ¿qué mal, pregunto, ha cometido un niño por propia voluntad para que por descuido de otro en circuncidarle sea él mismo condenado con tan rigurosa sentencia que sea excluida de su pueblo aquella alma?

Pues no se le amenaza con la muerte temporal, ya que de los justos a su muerte, entonces más bien se decía: Y se reunió con su pueblo42; o también: Se reunió con sus padres43, ya que en lo sucesivo el hombre no temería tentación alguna que pudiera separarlo de su pueblo si su pueblo era el pueblo mismo de Dios.

Capítulo XXXI

  1. ¿Qué significa tan rigurosa condenación sin haber cometido ningún crimen por propia voluntad? Pues no se retribuye al alma de cada niño según lo que por su propia voluntad ejecutó antes de esta vida, como opinan algunos en conformidad con los platónicos, ya que, según ellos, tenía antes de este cuerpo libre albedrío para vivir bien o mal; porque el apóstol San Pablo afirma terminantemente que antes que naciesen no habían ejecutado ni bien ni mal alguno44.

¿Por qué, pues, es castigado el niño con aquella exclusión sino porque pertenece a la masa de perdición y porque rectamente se infiere que, como nacido de Adán, ha sido condenado por el vínculo de la antigua deuda, si no fuere de allí libertado no por merecimiento propio, sino por la gracia? Y ¿qué gracia es ésta sino la gracia de Dios por Jesucristo, Señor nuestro? A quien, como los demás sacramentos de los antiguos, también la circuncisión misma del prepucio le anunció. En efecto, el día octavo es, en la sucesión de las semanas, el día del Señor en el cual El resucitó; y la piedra era Cristo45; de ahí que el cuchillo de la circuncisión era de piedra, y la carne del prepucio, el cuerpo del pecado.

Capitulo XXXII

  1. Así, pues, aunque han sido cambiados los sacramentos después de la venida de aquel que en ellos se significaba que vendría, no ha sido, sin embargo, cambiado el auxilio del Mediador, por el cual, aun antes de que viniese revestido de carne mortal, eran libertados sus antiguos miembros por medio de la fe en su encarnación, y por el que también nosotros, estando muertos por los pecados y por el prepucio de nuestra carne, hemos sido vivificados juntamente con Cristo, en quien fuimos circuncidados con circuncisión no hecha por la mano del hombre46, a la cual representaba la circuncisión corporal, para que fuere destruido el cuerpo del pecado47 con que hemos nacido de Adán.

La descendencia de un origen culpable nos condena, sino somos purificados por la semejanza de la carne de pecado, en la que fue enviado exento de pecado quien, hecho por nosotros pecado, condenó al pecado con el pecado48. De donde dice el Apóstol: Por Cristo os suplicamos que os reconciliéis con Dios; a aquel que no conocía el pecado le hizo pecado por nosotros para que en El fuéramos justicia de Dios49. Por tanto, Dios, con quien somos reconciliados, le hizo pecado por nosotros, esto es, sacrificio por medio del cual fuesen perdonados nuestros pecados, puesto que se llama pecados a los sacrificios por los pecados.

Y fue inmolado por nuestros pecados no teniendo ningún defecto, siendo El solo entre los hombres tal cual ya entonces se buscaba entre los animales aquel por quien se significaba el único que había de venir sin pecado para remedio de los pecados. Así, pues, en cualquier día después de su nacimiento en que sea bautizado un niño en Cristo, equivale a circuncidarlo al octavo día, puesto que se le circuncida en aquel que, si bien resucitó al tercer día de ser crucificado, resucitó, sin embargo, el día octavo de la semana. Mas es circuncidado para expoliación del cuerpo de la carne50, esto es, para que la gracia de la regeneración espiritual absuelva la deuda que ha hecho contraer el contagio de la generación carnal. Pues no hay ninguno limpio de mancha (¿de qué mancha, pregunto, sino de la del pecado?) ni aun el niño, cuya vida es de un día sobre la tierra51.

Capítulo XXXIII

  1. Estos herejes concluyen diciendo: “Luego las nupcias son un mal y el hombre, a quien ellas engendran, no es obra de Dios”. Como si la excelencia de las nupcias fuera la enfermedad de la concupiscencia, por la cual aman a sus esposas los que desconocen a Dios, cosa que prohíbe el Apóstol52; y no más bien la pudicicia conyugal, por la cual la sensualidad se reduce al buen uso de la recta procreación de los hijos; o lo que todavía es más, como si pudiera no ser obra de Dios el hombre no sólo cuando nace de un matrimonio, sino también cuando nace de la fornicación o del adulterio.

Mas en esta cuestión, en que se inquiere no aquello que tiene necesidad de creador, sino lo que tiene necesidad de salvador, no se ha de mirar el bien que hay en la procreación de una naturaleza, sino el mal que hay en el pecado, por el cual es manifiesto que ha sido viciada la naturaleza. Pues ambas cosas, la naturaleza y el vicio de la naturaleza, se propagan juntamente; la primera de las cuales es un bien, el segundo un mal. Aquélla se recibe de la liberalidad del Creador, éste proviene de la condenación del origen; aquélla tiene por causa la buena voluntad del Dios supremo, éste la mala voluntad del primer hombre; aquélla declara a Dios como formador de la criatura, éste como vengador de la desobediencia; finalmente, el mismo Jesucristo para crear aquélla es autor del hombre, para curar éste se hizo hombre.

Capítulo XXXIV

  1. Son, pues, un bien las nupcias en todas aquellas cosas que le son peculiares. Y éstas son tres: el precepto de la procreación, la fidelidad conyugal y el sacramento de la unión. Acerca del precepto de la procreación está escrito: Quiero que las jóvenes se casen, críen hijos y sean madres de familia53. Acerca de la fidelidad conyugal: La mujer no es dueña de su cuerpo, sino que lo es el marido; de igual modo, el marido no es dueño de su cuerpo, sino que lo es la mujer54. Y acerca del sacramento de la unión: Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre55. Acerca de lo cual en otros opúsculos nuestros que no os son desconocidos, cuanto hemos podido con la ayuda de Dios, recordamos que hemos tratado suficientemente56. Por todo lo cual podemos decir con el Apóstol: Digno de respeto es el matrimonio en todo e inmaculado el lecho conyugal57.

En tanto que las nupcias son buenas, producen grandísimo bien aun del mal de la concupiscencia, puesto que no es la concupiscencia quien hace buen uso de la concupiscencia, sino la razón. La concupiscencia consiste, bien lo hace notar el Apóstol, en aquella ley de los miembros insubordinados y que resiste a la ley de la mente58; mas la razón, cuando hace buen uso de la concupiscencia, consiste en la ley de las nupcias. Pues si del mal no pudiera resultar algún bien, no formaría Dios al hombre de resultas de la unión adúltera. Porque así como el culpable mal del adulterio, cuando a consecuencia de él nace el hombre, no se le atribuye a Dios, quien en la mala obra de los hombres realiza una obra buena, así también todo lo que hay de vergonzoso en aquella rebelión de los miembros, de que se ruborizaron los que a continuación del pecado cubrieron esos mismos miembros con hojas de higuera59, no se le puede atribuir tampoco a las nupcias, por las cuales el comercio conyugal no sólo es lícito, sino también útil y honesto; sino que se le debe imputar al pecado de desobediencia, pues como castigo de ese pecado se siguió que el hombre, por haberse insubordinado contra Dios, experimentó en sí mismo la insubordinación de sus miembros; y avergonzándose de que se excitasen no al arbitrio de su voluntad, sino al incentivo de la sensualidad como por albedrío propio de ellos, procuró ocultar lo que juzgó deshonesto.

Y el hombre no debió sentir rubor de la obra de Dios; de lo contrario habrían sido en algún modo vergonzosas para la criatura cosas que al Creador parecieron dignas de ser formadas. Por tanto, ni a Dios ni al hombre ofendía aquella natural desnudez, cuando nada había de qué sentir rubor, porque nada había precedido que mereciese castigarse.

Capítulo XXXV

  1. Existirían, sin duda alguna, también las nupcias aunque no hubiera precedido el pecado, porque no por otra causa se creó para ayuda del hombre no otro hombre, sino la mujer. Y aquellas palabras de Dios: Creced y multiplicaos60, no son predicción de los culpables pecados, sino bendición de las nupcias fecundas. Pues Dios con estas sus inefables palabras, esto es, con sus divinos mandatos, que tienen vida en la verdad de su sabiduría, por la que han sido creadas todas las cosas, depositó la virtud del semen en los primeros hombres.

Mas si por el pecado no hubiera sido degradada la naturaleza, lejos de nosotros el pensar que las nupcias en el paraíso habrían sido de tal naturaleza, que en ellas para la procreación de los hijos los miembros genitales se movieran por el ardor de la sensualidad y no por orden de la voluntad, del mismo modo que el pie para caminar y la lengua para hablar. Ni tampoco, como ahora sucede, se corrompería para concebir la prole la integridad virginal por la violencia de la turbulenta pasión, sino que se rendiría a la orden de la apacibilísima caridad y no existiría el dolor y la aflicción de la virgen en el comercio carnal, del mismo modo que no existirían tampoco los gemidos de la madre al dar a luz.

Se resiste uno a creer estas cosas, porque en este estado corruptible no han sido experimentadas. Pues habiendo venido a peor condición la naturaleza a consecuencia del pecado, no encuentra ejemplo de aquella primitiva pureza. Pero hablamos a cristianos, que saben creer las palabras divinas aun sin tener ejemplos que acrediten la verdad. Pues ¿cómo hacer ver ahora que el hombre ha sido hecho del polvo, sin el concurso de los padres, y su mujer, del costado, del hombre?61 Y, sin embargo, lo que el ojo ya no descubre, la fe lo cree.

Capítulo XXXVI

  1. Pues del mismo modo no puede ahora hacerse comprender la tranquilidad de las primeras nupcias libres de la pasión de la sensualidad y que los miembros genitales no se moverían al incentivo del desenfrenado ardor, sino, como sucede en los otros, al arbitrio de la voluntad (tal como habrían perseverado las nupcias si no se hubiera interpuesto el oprobio del pecado); mas por lo que está escrito por autoridad divina, no sin razón puede creerse.

No encuentro ahora quien tenga comercio conyugal sin que le punce la comezón de la sensualidad, como no encuentro tampoco quien dé a luz sin dolor y sin gemidos ni quien nazca sin que haya de morir; y, sin embargo, según la verdad de las Escrituras santas, ni los gemidos de la parturienta ni la muerte del hombre habrían existido si no hubiese precedido el pecado. Del mismo modo, tampoco habría existido aquello de que se avergonzaron los que cubrieron aquellos miembros; porque también esto se halla escrito en las mismas sagradas letras después del pecado.

Así, pues, si el movimiento deshonesto no hubiera delatado aquellos miembros a sus ojos, que por cierto no los tenían cerrados, sino no abiertos, es decir, no dirigidos a observar esto, nada habrían juzgado vergonzoso y que debiera encubrirse en su cuerpo, pues todo él honesto lo había hecho Dios; porque, si no hubiera precedido aquel crimen que la desobediencia se atrevió a cometer, no se seguiría la torpeza, que el pudor pretendía encubrir.

Capítulo XXXVII

  1. Así, pues, es manifiesto que esto no se ha de imputar a las nupcias, puesto que, aunque no existiera, las nupcias, sin embargo, existirían; y el bien de éstas no es impedido por este mal, ya que aun ese mismo mal es convertido en buen uso por ellas. Mas como en la condición actual de los hombres andan juntos el comercio conyugal y la sensualidad, de ahí resulta que aquellos que no quieren o no saben distinguir estas cosas, cuando se censura la sensualidad, creen que se censura también el comercio conyugal lícito y honesto. Y no ven que lo uno es el bien de las nupcias y de lo que ellas se glorían, esto es, la prole, el pudor y el sacramento; mas lo otro no es mal de las nupcias, sino mal de la concupiscencia carnal, del que se avergüenzan también las nupcias.

Pero como sin este mal no puede obtenerse el bien de las nupcias, esto es, la procreación de los hijos, cuando se ejecuta tal obra se buscan lugares retirados, son alejados los testigos, se evita también la presencia de los hijos, si ya de ellos han nacido algunos, cuando a causa de su edad han empezado ya a darse cuenta de estas cosas; y así se permite a las nupcias ejecutar lo que es lícito, con tal de que no descuiden de ocultar lo que es indecoroso.

De aquí proviene el que los niños que aun no pueden pecar no nacen, sin embargo, sin el contagio del pecado; no proviene esto de lo que es lícito, sino de lo que es indecoroso. Pues de lo que es lícito nace la naturaleza; de lo que es indecoroso, el vicio. El autor de la naturaleza que nace es Dios, que creó el hombre y juntó al hombre y a la mujer con la unión conyugal; mas el autor del vicio es la astucia del diablo y la voluntad del hombre que consiente.

Capítulo XXXVIII

  1. Y en esto nada hizo Dios, excepto que condenó con justa sentencia al hombre, que por propia voluntad peca, juntamente con su descendencia; por eso desde entonces todos los que aun no habían nacido con razón fueron condenados en la raíz prevaricadora, ya que la generación carnal sujeta al hombre a esa raíz culpable y condenada, de donde únicamente la regeneración espiritual puede rescatarlo.

Y así, a los padres regenerados, si es que perseveraren en la misma gracia, por la remisión de los pecados que se ha verificado en ellos no les perjudicará, sin duda alguna, esta concupiscencia, a no ser que usen mal de ella no sólo en todas las ilícitas seducciones, sino también entre los mismos cónyuges cuando ponen el acto conyugal no con intención de la procreación, sino con la de saciar la pasión con el placer sensual. Y con el fin de evitar las fornicaciones, el Apóstol, por condescendencia, no por mandato, concede a los maridos y a las esposas que no se defrauden el derecho recíproco, a no ser de común acuerdo por algún tiempo, para dedicarse a la oración62. Y puesto que concede indulgencia, evidentemente da a entender alguna culpa.

Mas el comercio conyugal, que, según declaran también las leyes matrimoniales, tiene por fin la procreación de los hijos, es bueno no solamente en comparación de la fornicación, sino también por sí mismo; y aunque a causa de este cuerpo de muerte, que no ha sido aún renovado por la resurrección, este derecho no puede ejercerse sin una cierta excitación propia de las bestias, de la que siente rubor la naturaleza humana, sin embargo, el comercio conyugal en sí mismo no es pecado, siempre que la razón usa de la concupiscencia para el bien y no es arrastrada al mal.

Capítulo XXXIX

  1. Perjudicaría esta concupiscencia de la carne sólo con que existiese en el hombre si la remisión de los pecados no aprovechara de tal modo, que aquélla, aun existiendo tanto en el que sólo ha nacido como en el que además ya ha renacido, en el primero no sólo existe, sino que le daña también, mientras que en el segundo existe, es verdad, pero no le daña. Perjudica de tal modo a los que han nacido, que, si no renacieren, de nada podrá aprovecharles el haber nacido de aquellos que ya han sido regenerados.

En efecto, el vicio original perdura en la prole de tal modo, que la hace rea, aun cuando en los padres el reato de ese mismo vicio haya sido borrado por la remisión de los pecados, hasta que todo vicio, en el cual consintiendo se peca, sea destruido por la última regeneración, esto es, por la renovación de la carne misma, que en su futura resurrección se nos promete, cuando no sólo no cometeremos ningún pecado, pero ni siquiera tendremos ningún deseo vicioso, de modo que consintiendo en él pequemos; y a esta feliz perfección se llega por la gracia de este sagrado baño que aquí se nos administra.

Pues por esta regeneración del espíritu se opera ahora la remisión de todos los pecados pasados, y se operará también por su merecimiento la regeneración de la carne para la vida eterna, por la cual serán extinguidos en la carne misma, que resucitará incorruptible, los incentivos de todos los pecados. Mas esta curación hasta ahora sólo se ha realizado en esperanza, no se tiene en sí misma; no se posee en el tiempo presente, sino que se espera por la paciencia.

Capítulo XL

Y por esto no sólo todos los pecados, que nos hacen reos cuando condescendemos con los deseos viciosos y pecamos, y cuya remisión se verifica en esta vida en el bautismo, sino también aun los mismos deseos viciosos, por los cuales, si con ellos no condescendemos, no contraemos ningún reato de pecado, y que dejarán de existir no en esta vida, sino en la otra, absolutamente todos serán borrados por el mismo baño del bautismo.

  1. Por tanto, el reato de ese vicio de que hablamos permanece en los hijos de los regenerados hasta que es borrado también en ellos por el baño de la regeneración. Pues el que ha sido regenerado no regenera a los hijos de la carne, sino que los engendra; y por eso no transmite a ellos el hecho de haber sido regenerado, sino el de haber sido engendrado. Así, pues, sea un culpable infiel, sea un fiel justificado, uno y otro no engendran a sus hijos justificados, sino culpables; del mismo modo que no sólo las semillas del acebuche, sino también las del olivo, no producen olivos, sino acebuches. Por tanto, el primer nacimiento sujeta al hombre a la condenación, de donde no le libra sino el segundo. Cautiva, pues, el diablo, rescata Cristo; cautiva el seductor de Eva, rescata el Hijo de María; cautiva el que por la mujer se introdujo en el hombre, rescata aquel que nació de mujer que no conoció varón; cautiva el que introdujo en la mujer la causa de la concupiscencia, rescata aquel que fue concebido en la mujer exenta de concupiscencia. El diablo pudo cautivar absolutamente a todos por medio de uno solo, y nadie es rescatado de su dominación sino sólo por aquel a quien no pudo cautivar.

Finalmente, los sacramentos mismos de la Iglesia, que ésta ensalza con la autoridad de tan antigua tradición, y a los cuales estos herejes, aun cuando juzgan que a los niños les son administrados más bien por simulación que en realidad, no se atreven, sin embargo, a rechazarlos con explícita desaprobación; los sacramentos mismos de la Iglesia, digo, declaran suficientemente que los niños, aun los acabados de nacer, son rescatados de la servidumbre del diablo por la gracia de Cristo. Pues además de ser bautizados en remisión de los pecados no con simulado, sino verdadero sacramento, ya antes se exorciza en ellos y se lanza con el ritual soplo la potestad del diablo; y por las palabras de aquellos por quienes son llevados responden que renuncian al demonio.

Por todos estos sagrados y visibles signos de cosas ocultas se declara que pasan del perverso cautivador al óptimo Redentor, que, habiendo tomado por nosotros nuestra flaqueza, encadenó al fuerte para arrebatarle su presa; porque la flaqueza de Dios no sólo es más fuerte que los hombres, sino que aun los mismos ángeles. Así, pues, Dios, rescatando a los pequeños juntamente con los grandes, en unos y en otros declara lo que ha dicho la Verdad por el Apóstol. Pues arranca del poder de las tinieblas no sólo a los ya avanzados en edad, sino también a los pequeñitos, para trasladarlos al reino del Hijo de su amor63.

  1. Y nadie se admire y diga: “¿Por qué crea la bondad divina lo que estará sujeto a la perversidad diabólica?” Pues otorga esta virtud a las semillas de su criatura por la misma bondad que hace salir su sol sobre los buenos y sobre los malos y llover sobre los justos y sobre los injustos64. Por esta bondad bendijo también las semillas, o mejor, con su bendición las instituyó; y esta bendición no fue arrebatada a la laudable naturaleza por la punible culpa. La cual, aunque por la justicia de Dios vengador fue poderosa para hacer que los hombres nacieran con el vicio del pecado original, no lo fue, sin embargo, para hacer que los hombres no nacieran; del mismo modo que en los adultos los vicios, cualesquiera que ellos sean, no les quitan la condición de hombres, sino que permanece la obra de Dios por muy enormes que sean los crímenes de los impíos.

Porque aunque el hombre, que había sido tan honrado, al no comprenderlo es comparado a los animales y llega a ser semejante a ellos65, sin embargo, no llega a ser de tal modo semejante, que sea un animal. Se le compara, en efecto, por el vicio, no por la naturaleza; como no es el vicio del animal al que se le compara, sino a su naturaleza. Pues es tan grande la excelencia del hombre en comparación de la de aquél, que el vicio del hombre constituye la naturaleza del animal; sin embargo, esto no significa que la naturaleza humana se transforme en la naturaleza del animal. Y por este motivo Dios condena al hombre por el vicio, por el cual es degradada la naturaleza, no por la naturaleza, que no es destruida por el vicio. Líbrenos Dios de pensar que las bestias estén libres de la infelicidad quienes tampoco pueden ser partícipes de la bienaventuranza.

Y ¿qué tiene de extraño o de injusto que el hombre esté sometido al espíritu inmundo no por la naturaleza, sino por su inmundicia, que contrajo en la mancha original, y que proviene no de la obra divina, sino de la voluntad humana, cuando el espíritu inmundo mismo es también bueno en cuanto espíritu y malo en cuanto inmundo? Pues espíritu lo es por la obra de Dios, e inmundo por su propia voluntad; por tanto, la naturaleza más fuerte, esto es, la angélica, tiene sometida, por la comunidad del crimen, a la naturaleza inferior, esto es, a la humana. Por eso el Mediador, siendo más fuerte que los ángeles, por los hombres se hizo débil; y de tal suerte es destruida la soberbia del cautivador por la humildad del Redentor, que quien se gloriaba de tener bajo de sí a los hijos del hombre es vencido por el Hijo de Dios al tomar la humana flaqueza.

Capítulo XLI

  1. Estando ya para dar fin también a este libro, creemos que es necesario que, como hicimos al tratar de la gracia, así hagamos también ahora que el Obispo de Dios, Ambrosio, a quien de modo tan especial ha elogiado Pelagio por su inquebrantable fe más que a todos los escritores eclesiásticos en lengua latina, responda a estos calumniadores acerca del pecado original, en cuya destrucción se ensalza más manifiestamente la gracia. En la obra que escribió sobre la resurrección dice San Ambrosio: “Caí en Adán, fui arrojado del paraíso en Adán, morí en Adán; y Dios no me resucitará si El no me encontrare así como en Adán sujeto a la culpa y destinado a la muerte, así también justificado en Cristo”. Asimismo, escribiendo contra los novacianos, dice: “Nacemos bajo el pecado todos los hombres, cuyo nacimiento mismo es vicioso, como se lee en David, que dice: Mira que he sido concebido en la iniquidad y en pecados me dio a luz mi madre66. Por esta razón, la carne de San Pablo era cuerpo de pecado, como él mismo dice: ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?67 Mas la carne de Cristo ha condenado al pecado, el cual no experimentó en su nacimiento, y lo crucificó en su muerte, para que la justificación residiese por la gracia en nuestra carne, donde antes residía la inmundicia por la culpa”.

El mismo San Ambrosio, hablando de Cristo, en su exposición del profeta Isaías dice también: “Por eso, como hombre, fue tentado en todo, y a semejanza de los hombres, lo sufrió todo; pero como nacido del Espíritu, estuvo libre del pecado68. Pues todo hombre es mentiroso69 y nadie está sin pecado, a no ser únicamente Dios. Por tanto, se impidió que pareciera que alguno nacido de mujer y del hombre, esto es, por comercio carnal de los cuerpos, estaba exento de pecado. Porque quien está libre de pecado, libre también está de semejante concepción”. Por último, al exponer el evangelio de San Lucas, dice: “Ninguna acción humana quebró aquella pureza virginal, sino que el Espíritu Santo depositó la inmaculada semilla en el seno incontaminado. Pues el único absolutamente santo entre todos los nacidos de mujer es nuestro Señor Jesucristo, quien por la novedad de su nacimiento inmaculado no conoció el contagio de la corrupción y lo desterró con su soberana majestad”.

  1. Y, sin embargo, a estas palabras del hombre de Dios, a quien el mismo Pelagio ha ensalzado con tan gran elogio, contradice cuando afirma que “del mismo modo que nacemos sin virtud, así también sin vicio” ¿Qué resta, pues, sino o que Pelagio condene este su error o que se arrepienta de haber ensalzado de ese modo a San Ambrosio? Y puesto que el bienaventurado Ambrosio, como obispo católico, ha hablado sobre este asunto en conformidad con la fe católica, se sigue que Pelagio, descarriado de la senda de la fe, juntamente con su discípulo Celestio, ha sido condenado con razón por la autoridad de la Iglesia católica, a no ser que se arrepienta no de haber alabado a San Ambrosio, sino de haber pensado en contra de él. Sé que leéis ávidamente todo lo que se escribe para edificación y confirmación de la fe; sin embargo, este libro, por muy útil que sea para esto, es necesario alguna vez por fin concluir.