BAC vol. 28
Libro 06
CUESTIONES SOBRE EL HEPTATEUCO LIBRO VI
Cuestiones sobre Josué Nave
1 (Jos 1,5). El Señor dice a Josué Nave: Y como estuve con Moisés, así estaré contigo. No sólo por este testimonio, sino por muchos textos del Deuteronomio, se prueba que Moisés murió como siervo de Dios y complaciendo a Dios, aunque se cumpliera en él el castigo aquel de que no entraría en la tierra prometida1. Por aquí se demuestra que el Señor puede también encolerizarse en algo con sus buenos siervos y castigarlos temporalmente, y, no obstante, puede contarlos en el número de los que están en su casa como instrumentos honrosos útiles para su Señor2, a quienes dará las promesas hechas a los santos.
2 (Jos 1,11). Surge la cuestión de saber cómo, después de haber hablado el Señor a Josué Nave, exhortándole y confirmándole y prometiéndole que estaría con él, el propio Josué manda al pueblo por medio de los escribas que preparen provisiones, porque después de tres días pasarían el Jordán, cuando de hecho transcurrieron muchos más días antes de que pasaran el Jordán. Después de haber mandado esto al pueblo, Josué envió espías a Jericó, porque, pasado el Jordán, era la ciudad más próxima. Ellos se apartaron para ir a casa de la meretriz Rahab, que los ocultó. El rey los buscó y no los encontró. Ella los dejó escapar por una ventana y les aconsejó que se ocultaran durante tres días en las montañas. En todos estos acontecimientos pueden haberse empleado cuatro días3. Así, después que los espías relataron cómo estaba la situación en torno a ellos, Josué emprendió la marcha de mañana con todo el pueblo desde el lugar en que estaba. Al llegar al Jordán, se apartó y se quedó allí. El pueblo recibe de nuevo otra arenga para que se prepare a pasar el Jordán después de tres días, llevando al frente el arca del Señor.
De aquí se deduce que se trató de una disposición humana por medio de la cual se mandó al pueblo preparar provisiones, como si fueran a atravesar el mencionado río después de tres días. Josué pudo, efectivamente, esperar, como hombre, que todo esto pudiera realizarse, si los espías hubieran vuelto pronto. Pero, al tardar ellos, aunque la Escritura no lo diga, se entiende que las demás cosas se cumplieron por disposición divina, de modo que Josué comenzara ya a ser tenido en gran estima ante el pueblo y a ponerse de manifiesto que el Señor estaba con él como había estado con Moisés. Pues cuando iba a pasar el Jordán se le dice lo siguiente según está escrito: Y dijo el Señor a Josué: «En este día comenzaré a exaltarte delante de todos los hijos de Israel, para que sepan que, como estuve con Moisés, así estaré también contigo»4. Y no nos debe parecer increíble que también aquellos con quienes Dios hablaba quisieran hacer algo por decisión humana, en la que confiaran que tenían a Dios por guía y que las decisiones que ellos habían tomado habían sido cambiadas por la providencia de Dios, que los guiaba. Porque hasta el propio Moisés, naturalmente en cuanto hombre, había pensado que debía juzgar las causas del pueblo de un modo tal, que ni sería de provecho a sí mismo ni al propio pueblo teniendo que sobrellevar un peso insoportable. Y esta decisión suya fue cambiada por la intervención de Dios, mientras su propio suegro le sugería y le aconsejaba esto mismo y Dios aprobaba este consejo del suegro5.
3 (Jos 3,3-4). Los escribas dicen al pueblo: Cuando veáis el arca de la alianza del Señor nuestro Dios y a nuestros sacerdotes y levitas llevándola, salid de vuestros lugares e id detrás de ella. Pero que haya una gran distancia entre vosotros y ella, Estaréis a unos dos mil codos. No os acerquéis a ella. Para que sepáis el camino por el que tenéis que ir, pues no habéis pasado por ese camino ni ayer ni antes de ayer. El arca tenía que ir bastante adelante, para que el pueblo pudiera verla. Porque si una multitud tan grande hubiera ido cerca del arca, no podría verla ir delante ni sabría por dónde tenía que ir. De este hecho se deduce que aquella columna de nube, que solía dar la señal para levantar el campamento y señalar el camino6, ya se había retirado y no se les aparecía. A esto se debe además el hecho de que se tuviera que anunciar con tres días de antelación esta salida por decisión humana. Ahora, bajo la guía de Josué, siguen al arca del Señor sin la nube, que ha desaparecido, como si se les hubiera quitado el velo. Pero el Jordán estaba lleno hasta los bordes como en los días de la siega del trigo7. Este dato parece increíble para nuestras regiones; pero allí, como dicen los que lo han visto, el comienzo de la primavera es la época de la siega del trigo, y entonces aquel río va más lleno que durante el invierno.
4 (Jos 4,7). Y estas piedras os servirán de recuerdo a los hijos de Israel eternamente. ¿Cómo puede ser «eternamente», si el cielo y la tierra pasarán?8 ¿O es que esas piedras significan algo eterno, a pesar de que ellas no pueden ser eternas? La frase griega, eos tou aionos, podría, no obstante, traducirse al latín por usque in saeculum (hasta siempre). Y esto no quiere decir que haya que entenderlo como «eternamente».
5 (Jos 4,15). Y el Señor dijo a Josué: «Manda a los sacerdotes que llevan el arca del testamento de la alianza». Esta arca suele llamarse arca del testamento o arca de la alianza9. Ahora se la llama arca del testamento de la alianza, de modo que no sólo el arca, sino el propio testamento se llama testamento de la alianza. Por eso dice el Apóstol: Pues ahora, sin la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, teniendo el testimonio por medio de la ley y los profetas10. Lo que se llama Antiguo Testamento había sido dado como testimonio de cualquier otra cosa venidera.
6 (Jos 5,2). Dijo el Señor a Josué: «Hazte unos cuchillos de piedra afilados, o, como dice el griego, de piedra afilada y ponte a circuncidar de nuevo a los hijos de Israel». En relación a este precepto surge la pregunta de saber por qué se ha dicho de nuevo, cuando ningún hombre tenía que ser circuncidado dos veces. Pues bien, se dice de nuevo porque el pueblo estaba circuncidado en algunos de sus individuos y en otros no. Y así se dice que el circunciso se circuncide de nuevo; no el hombre, sino el pueblo. Lo que sigue demuestra lo que afirmamos. La Escritura dice así: Y Josué se hizo unos cuchillos de piedra afilados y circuncidó a los hijos de Israel en el lugar llamado Collado de los Prepucios. Por esta razón circuncidó Josué a los hijos de Israel. A todos los que habían estado en el viaje, y a los que estaban sin circuncidar de los que habían salido de Egipto, a todos éstos los circuncidó Josué. Pues Israel había vivido cuarenta y dos años en el desierto de Mabdarit y, por lo tanto, estaban sin circuncidar de entre ellos muchos de los guerreros que habían salido de la tierra de Egipto, que habían desobedecido a los mandatos de Dios, y el Señor se había comprometido a que ellos no vieran la tierra que él había jurado dar a sus padres, tierra que mana leche y miel. En lugar de éstos puso a sus hijos, a los que circuncidó Josué, puesto que no habían sido circuncidados en el camino11.
Es evidente, por ende, que no todos estaban sin circuncidar, sino sólo algunos. Algunos hijos de los que habían salido de Egipto no habían sido circuncidados en aquel pueblo, y Josué pudo circuncidarlos. Se trata de los hijos de los que engendraron en el desierto y despreciaron el circuncidarlos porque eran desobedientes a la ley de Dios. No hay ninguna razón para que se piense que este testimonio de la ley sirve a los que creen que se debe repetir el bautismo a los que ya han recibido el sacramento del bautismo cristiano, porque en realidad ningún hombre fue circuncidado dos veces. Sólo fue circuncidado el pueblo, que ya había sido circuncidado en algunos de sus miembros, pero en otros todavía no. Y si fuera posible que Dios mandara de alguna manera que un hombre fuera circuncidado dos veces, ¿podría quizá decir alguien que esto se mandó porque aquellos israelitas habían sido circuncidados por los egipcios o por algunos herejes, separados de la comunidad israelita? Pues bien, como aparece de manera bastante clara el motivo por el que Dios lo mandó, los hombres no pueden hallar aquí ninguna defensa de su error.
7 (Jos 5,13-14). Cuando Josué vio a un hombre frente a sí con la espada desenvainada y, al responderle, le dijo que era el jefe de la milicia del ejército del Señor, y Josué, postrado en tierra, le replicó: «¿Qué ordenas a tu siervo?»12, podemos preguntar si Josué se postró ante un ángel y le llamó Señor o, más bien, comprendiendo quién le había enviado, le llama Señor y se postra ante él. Josué, como dice el texto, estaba en Jericó, no en la propia ciudad, cuyos muros todavía no habían caído, cosa que iba a suceder en seguida, de modo que los israelitas pudieran entrar en la ciudad, sino que se hallaba en el campo colindante a la ciudad, pues así lo dice la traducción hecha del hebreo.
8 (Jos 7,1ss). El texto dice que Akar, de la tribu de Judá, robó algo del anatema de la ciudad de Jericó en contra del precepto del Señor y que por este pecado tres mil hombres, que habían sido enviados a Ay, volvieron las espaldas a los enemigos y éstos les mataron a unos treinta y seis, y que estando el pueblo gravemente aterrorizado, Josué se postró con los ancianos ante el Señor, y el Señor le respondió que había sucedido eso porque el pueblo había pecado. Dios le amenazó también diciendo que no volvería a estar con ellos si no quitaban de en medio de ellos el anatema. Y dice también que fue descubierto el que había hecho aquello, y entregado a la muerte no sólo él, sino él con todos los suyos. Con relación a esto, suele preguntarse cómo es lícito tomar venganza con justicia contra uno por los pecados de otro, sobre todo, teniendo en cuenta que el Señor dijo en la ley que los padres no serían castigados por los pecados de los hijos, ni los hijos por los pecados de los padres13. ¿O se mandó eso cuando son hombres los que juzgan, a saber: que no se castigue a nadie por otro, pero los juicios de Dios no son como los de los hombres, él que conoce, por su alto e invisible consejo, hasta qué punto deba extender también la pena temporal de los hombres y el temor saludable? En la administración del universo no acontece nada cruel a los mortales cuando mueren, puesto que tienen que morir. En los que temen estas cosas, la ley sanciona que no sólo cada uno tome sus precauciones en el pueblo, sino que se presten atención unos a otros y que unos sean miembros solícitos de otros como miembros de un solo cuerpo y de un solo hombre14.
Pero no hay que pensar que uno puede ser condenado por otro incluso con las penas que se aplican después de la muerte. Esta pena se aplica solamente en las cosas que tendrán fin, aunque no se terminaran de este modo. Al mismo tiempo se pone de manifiesto también la estrecha relación que existe en la sociedad del pueblo con la totalidad de los individuos, de modo que no se valore cada individuo en sí mismo, sino que se valoran como las partes en un todo. Así, por el pecado de uno solo y por la muerte de unos pocos, el pueblo entero recibió el aviso de que se indagara lo que en cierto modo había admitido todo el cuerpo. Al mismo tiempo se indicó también el mal tan grande que se seguiría si hubiera pecado toda aquella asamblea, cuando ni uno siquiera pudo ser juzgado para que por medio de él todos los demás pudieran quedar seguros. Pero si Akar, encontrado y apresado por alguien, hubiera sido llevado para ser juzgado por Josué como reo de aquel crimen, no hay que pensar en absoluto que el hombre juez había de castigar por él o con él a otro cualquiera que no fuera culpable por haberse asociado a su acción. Pues al juez no le estaba permitido excederse del imperativo de la ley que se ha dado a los hombres, para que, basándose en su juicio, mandado o permitido al hombre contra el hombre, no piense que uno puede ser castigado por el pecado de otro. Dios, en cambio, juzga con una justicia mucho más misteriosa, él que puede liberar o castigar incluso después de la muerte, cosa que el hombre no puede hacer15. Así, las aflicciones visibles o las muertes de los hombres, puesto que no sólo pueden perjudicar, sino aprovechar a aquellos a quienes se infieren, el Señor, en el misterio de su providencia, sabe cómo y a quiénes puede dárselas con justicia, incluso cuando parece que toma venganza de los pecados de unos en otros. En cambio, las penas invisibles, que solamente perjudican y no pueden aprovechar, nadie tiene que soportarlas por los pecados ajenos, puesto que Dios es el juez, así como tampoco tiene que soportar nadie, a no ser por propia culpa, las penas visibles cuando el juez es el hombre. Esto es lo que Dios ha mandado al hombre, que es juez en las cosas que compete al juicio humano castigar, porque en su juicio él llega hasta donde no tiene pretensiones de llegar la potestad humana.
9 (Jos 7,15.25). Podemos preguntar con razón por qué Josué mandó que el pueblo apedreara al individuo sorprendido por haber quebrantado el anatema, cuando el Señor había mandado más bien que, si se le descubría, fuera entregado al fuego. ¿O convenía quizá que muriera, como Josué, que seguía desde más cerca al Señor, pudo entender las palabras del Señor que se lo ordenaba? Ningún otro, en efecto, pudo entenderlas más fácilmente. Por eso, hay que indagar por qué el Señor llama fuego a la lapidación antes que pensar que Josué hizo una cosa distinta de lo que le mandó el Señor. Porque ni pudo haber otro más sabio para entender las palabras del Señor ni nadie más obediente que él para cumplirlas. Por eso, la Escritura atestigua en el Deuteronomio que, bajo el nombre de fuego, ha podido indicarse la pena, cuando se dice a los hijos de Israel: Y yo os saqué del horno de hierro, de Egipto16. Aquí, evidentemente, la Escritura ha querido significar una dura tribulación.
Dos motivos se me ocurren —no porque quepan los dos, sino sólo uno de ellos— para decir por qué Akar no fue quemado con todas sus cosas por un fuego visible. Si el Señor juzgó que su pecado era de tal naturaleza que, expiado por aquel suplicio, no lo castigaría eternamente, la pena aquella recibió muy apropiadamente el nombre de fuego por la propia expiación y purificación. Nadie sería llevado a pensar esto si un fuego visible en sentido propio le hubiera quemado. Todo el mundo se pararía más bien a pensar en lo que claramente veía realizado y ya nadie preguntaría más otra razón. Ahora bien, puesto que razonablemente se dice que también la lapidación fue un fuego, a causa de las palabras de Dios y la actuación de Josué, se reconoce con elegancia que el hombre fue purificado por aquella pena, para que no pereciera después a causa de aquel pecado. Esto mismo significan también en el Levítico los utensilios que se mandan purificar por el fuego17.
Pero si el pecado fue de tal naturaleza que tal hombre fuera merecedor de la gehenna, a causa de aquel pecado, incluso después de esta vida, Josué habría querido lapidarlo precisamente para advertir que en lo que había dicho el Señor: será entregado al fuego18, había que entender no lo que ellos, sino lo que el Señor iba a hacer. Pues si el Señor hubiera dicho: Lo entregarás al fuego con todas sus cosas, no habría posibilidad alguna para este sentido. Pero como la frase está puesta de manera que parece que Dios predijo lo que le había de suceder al culpable más que mandar lo que los hombres deberían hacerle, por eso Josué, que entendió las palabras divinas como un gran profeta y realizó proféticamente esto mismo, no pudo obrar mejor que hacerle morir apedreado en vez de quemado, para que en aquellas llamas no se vieran cumplidas las palabras del Señor, que deseaba que se entendiera que las había dicho por otro motivo.
Y no debe plantearnos problema alguno el hecho de que Dios hubiera predicho que había que entregar al fuego no sólo la persona, sino todas sus cosas. Pues el Señor dijo así: Será entregado al fuego con todas sus cosas. En todas sus cosas pueden entenderse sus obras, que, según dijo Dios, debían ser quemadas con él, no como dice el Apóstol acerca de ciertas obras quemadas por el fuego, que él, en cambio, quedará a salvo19, si el pecado de este hombre hubiera que entenderlo en el sentido de que fuera castigado incluso con el fuego eterno. El pueblo, al castigar al culpable, cubrió también de piedras a sus hijos y a sus hijas, con los ganados y con todas las cosas que tenía. Pero Josué no hizo esto movido por un juicio humano, sino por el espíritu profético, o por haber entendido las palabras: con todas sus cosas, de modo que ni siquiera considerara exceptuados de la lapidación a los hijos, al aplicarles también la pena en lugar del fuego, o porque quería significar sus obras, que Dios después de la muerte del culpable había de quemar con él, no sólo por medio de las demás cosas que tenía, sino también por sus hijos.
Pero no por eso hay que pensar que también sus hijos, después de la muerte, fueron castigados con el suplicio del fuego del infierno por el pecado de su padre, del cual eran inocentes. Porque esta muerte, que a todos nos espera, aunque proceda del primer pecado, porque hemos nacido, y por eso necesariamente tenemos que morir20, puede ser útil para algunos si se acelera. Por eso se lee lo siguiente acerca de una persona: Fue llevado para que la maldad no cambiara su inteligencia21. Por tanto, es algo que sólo sabe quien no tiene iniquidad el motivo del juicio de Dios o de la misericordia que se le aplicó, tanto a los hijos de este hombre como a aquellos treinta y seis guerreros, siendo todos ellos ajenos al pecado de aquel hombre22. Pero está claro que era conveniente que también el pueblo investigara con pánico lo que había sucedido y los demás temieran tanto más imitar la acción de aquél cuanto mayor es el miedo de la fragilidad humana, y que un odio tan grande y tan justo del pueblo se daba también en aquellos que pensaban que para la esperanza de la propagación de la estirpe él dejaría morir por su pecado, consumidos con él sus propios descendientes.
10 (Jos 8,2). Por lo que Dios manda a Josué, diciéndole que ponga una emboscada detrás de la ciudad, es decir, guerreros emboscados para acechar a los enemigos, deducimos que no obran injustamente quienes hacen una guerra justa. Y por eso, un hombre justo no debe pensar en estos asuntos nada más importante que hacer una guerra justa, si le es lícito hacerla. Porque no a todos les es lícito. Si la guerra es justa poco importa para la justicia si vence en un combate abierto o por medio de una emboscada. Suelen llamarse guerras justas las que vengan injurias, en el caso de que una nación o una ciudad, que hay que atacar en la guerra, ha descuidado vengar lo que los suyos han hecho indebidamente o devolver lo que ha sido arrebatado por medio de injurias. Pero sin duda también es justa aquella guerra que Dios manda hacer, él que no tiene iniquidad23 y sabe lo que se debe dar a cada uno. En esta clase de guerra, el jefe del ejército o el propio pueblo no es tanto el autor de la guerra cuanto el servidor de la misma.
11 (Jos 8,4-8). Josué, cuando envía a la conquista de Ay a treinta mil hombres, les dice: Vosotros emboscaos detrás de la ciudad, pero no estéis lejos de ella y estaréis todos preparados. Yo, en cambio, y todo el pueblo que está conmigo nos acercaremos a la ciudad. Y sucederá que cuando salgan a nuestro encuentro los que viven en Ay, como la vez anterior, y huiremos y cuando hayan salido detrás de nosotros, los sacaremos de la ciudad, y dirán: «Estos huyen ante nosotros como la vez anterior». Vosotros entonces saldréis de la emboscada e iréis a la ciudad. Haréis según esta orden. Mirad que yo os lo mando. Hay que preguntar si toda intención de engañar ha de ser considerada como mentira, y, si es así, si puede ser justa la mentira con la que se engaña a aquel que es merecedor de ser engañado. Y si ni siquiera esta mentira se considera justa, entonces queda referir a la verdad esto que se ha dicho aquí acerca de las emboscadas, de acuerdo con algún significado especial.
12 (Jos 9,3.4). Los gabaonitas vinieron a Josué con panes y sacos viejos para dar la impresión de que venían de una tierra lejana, como habían planeado, para que los israelitas les perdonaran la vida —pues el Señor había ordenado no respetar a nadie de los habitantes de aquellas tierras a las que entraban—. Pues bien, en relación a esto, algunos códices tanto griegos como latinos dicen: Y tomando sacos viejos sobre sus hombros24. Otros códices que parecen más exactos no dicen: sobre los hombros, sino: sobre sus asnos. El parecido de la palabra en la lengua griega facilitó el error y por eso varían también los ejemplares latinos. Efectivamente, omon y onon no difieren mucho entre sí. Pero la primera palabra significa «hombro» y la segunda «asno». Es más probable que se trate de asnos, porque los gabaonitas dijeron que habían sido enviados desde su pueblo, que estaba lejos. De aquí se deduce que eran legados y por eso pudieron llevar las cosas necesarias, ciertamente en asnos y no a hombros, dado que no podían ser muchos, y además la Escritura dice que no sólo llevaban sacos, sino también odres25.
13 (Jos 9,19). Podemos preguntar por qué los hebreos pensaron que debían guardar el juramento hecho a los gabaonitas, siendo así que el juramento lo hicieron pensando que habían venido de una tierra lejana, como ellos, mintiendo, les habían dicho. Los gabaonitas sabían que los hebreos les harían la guerra si sabían que habitaban en aquella tierra que se les había prometido y que la obtendrían en propiedad si mataban a sus habitantes. Los israelitas juraron respetarlos por haber ellos mentido diciendo que venían de una tierra lejana. Pero después de saber que vivían allí, donde, según el precepto divino, debían hacer la guerra a todos los que encontraran, no quisieron romper el juramento, y, aunque supieron que habían mentido, prefirieron respetarles la vida, por motivo del juramento, aunque podían naturalmente decirles que les habían hecho el juramento creyendo que, efectivamente, venían de una tierra lejana. Al saber la verdad, deberían haber cumplido el mandato del Señor acerca de ellos, haciéndoles la guerra como a los demás. Dios aprobó esta conducta y no se encolerizó con los israelitas, que les habían perdonado, aunque no le hubiesen consultado acerca de quiénes eran aquéllos y por eso pudieron engañarlos. Por tanto, podemos pensar que muy oportunamente temieron a Dios de verdad en medio de su pueblo, aunque quisieron engañar a los hombres para salvar su vida. Por eso el Señor no se encolerizó con ellos ni cuando hicieron el juramento ni cuando les perdonaron la vida, para hacer justicia luego a los propios gabaonitas, como hombres de su pueblo, castigando a la casa de Saúl, como dice el libro de los Reyes26. Y dado que el juramento se guardó, aunque se había hecho en favor de unos hombres que habían mentido, de modo que la decisión israelita se inclinara a la clemencia, no desagradó a Dios. Porque si, por el contrario, hubieran jurado que matarían a algunos que hubieran creído que eran gabaonitas, que vivían en la tierra prometida y que habían venido a ellos de tierras lejanas, no debemos pensar que les deberían exterminar por motivo de cumplir el juramento, ya que por un sentimiento de clemencia parecido en perdonar, el santo varón David, incluso después de haber jurado que mataría a Nabal, sabiendo ciertamente quién era a quien tenía que matar, prefirió perdonarle y no cumplir el juramento en un asunto más grave, pensando que agradaba más a Dios27 si no hacía lo que había jurado hacer, movido por la ira para hacerle daño, que si lo hacía.
14 (Jos 10,7-8). Cuando los gabaonitas, atacados por los reyes amorreos, enviaron recado a Josué que viniera a socorrerlos, la Escritura dice lo siguiente: Y subió Josué de Gálgala, él y toda la gente de guerra con él, todos los fuertes y valerosos. Y dijo el Señor a Josué: «No les temas; pues los he entregado en tus manos; no resistirá ante vosotros ni uno solo de ellos». No consultaron al Señor para saber si tenían que salir contra ellos. El Señor les anunció que conseguirían la victoria, ellos que habían querido espontáneamente ayudar bien a los suyos. Así podría también decir quiénes eran los gabaonitas que habían mentido28, afirmando que vivían lejos, aunque le hubieran consultado acerca de ellos, en el caso de que no le hubiera agradado aquel juramento, que obligaría a perdonar a quienes se le sometían. Ellos habían creído a Dios, a quien habían oído prometer a su pueblo que destruiría a aquellas gentes y se apoderaría de su tierra. Y en cierto modo premió esta fe de ellos, al no traicionarles.
15 (Jos 10,5.6). Se nos presenta la cuestión de saber por qué el rey de la ciudad de Jerusalén Adonibezec y los otros cuatro con quienes asedia a los gabaonitas, según la versión de los Setenta, reciben primero el título de reyes de los jebuseos, cuando se reúnen para asediar a los gabaonitas, y después los propios gabaonitas los llaman reyes de los amorreos, cuando envían mensajeros a Josué para que vaya a liberarlos del asedio. Pero, como he podido ver en la versión hecha del hebreo, en las dos ocasiones se les llama amorreos, cuando consta que el rey de la ciudad de Jerusalén era jebuseo, puesto que esa misma ciudad recibe el nombre de Jebús como capital de aquel pueblo29, y la Escritura recuerda muchísimas veces que eran siete los pueblos que Dios prometió exterminar ante el suyo, uno de los cuales fue el de los amorreos. A no ser que se trate de un nombre general a todos o quizá más bien a la mayor parte de ellos, de tal modo que bajo ese nombre no se comprendería un pueblo solo, sino muchos de esos siete. Aunque podría haber también uno de los siete que se llamase propiamente pueblo de los amorreos, como, por ejemplo, hay una parte que recibe el nombre propio de Libia, aunque este nombre corresponde a toda el África, y hay una parte que se llama Asia en sentido propio, aunque algunos hayan considerado a Asia como la mitad y otros como la tercera parte del orbe terráqueo. Como consta, los cananeos se mencionan como un solo pueblo entre aquellos siete, y, sin embargo, toda aquella tierra se llama originariamente Canaán.
16 (Jos 11,14.15). Josué no dejó en ella a nadie con vida. Como el Señor había mandado a su siervo Moisés y Moisés había mandado a su vez a Josué, así lo hizo Josué: No dejó pasar nada de todas las cosas que el Señor había mandado a Moisés. No hay que pensar que esto era una crueldad, es decir, el hecho de que Josué no dejara a nadie con vida en las ciudades que conquistaba, puesto que Dios se lo había ordenado. Quienes sacan de aquí la conclusión de que Dios era cruel, y por eso no quieren aceptar que el verdadero Dios fue autor del Antiguo Testamento, juzgan tan perversamente acerca de las obras de Dios como de los pecados de los hombres, ignorando lo que cada uno merece padecer y pensando que es un mal grande que se derribe lo que tiene que caer y que muera lo mortal.
17 (Jos 11,19). Y no hubo ciudad que no fuera entregada a los hijos de Israel. Nos preguntamos cómo puede ser verdad esto, cuando ni después de la época de los Jueces ni en tiempo de los Reyes pudieron los hebreos conquistar todas las ciudades de aquellas siete naciones. Por eso, o hay que entender esto en el sentido de que Josué no se acercó a ninguna ciudad en son de guerra que no la conquistara, o por lo menos ninguna de aquellas situadas en las regiones mencionadas antes dejó de ser conquistada. Porque se enumeran las regiones en las que estaban las ciudades acerca de las cuales se hizo esta afirmación: todas las conquistó en la guerra.
18 (Jos 11,20). Porque por medio del Señor se hizo que fuera confortado su corazón, de modo que hicieran la guerra a Israel para que fueran exterminadas, y no se les concediera misericordia, sino que fueran exterminadas, como dijo el Señor a Moisés. Aquí se emplea la frase: Por medio del Señor se hizo que fuera confortado su corazón, es decir, que se endureciera su corazón, en el mismo sentido que tiene cuando se habla del faraón30. Cuando Dios abandona y el enemigo conquista, no hay que dudar lo más mínimo que eso sucede justamente por un juicio divino y misterioso. Y la frase tiene aquí el mismo sentido que allí. Pero aquí llama la atención que se diga que se endureció su corazón para que se levantaran en armas contra Israel, y así los israelitas no tuvieran compasión de ellos, como si la hubieran tenido en el caso de que no se hubieran alzado en armas, siendo así que Dios había ordenado que no se perdonara a nadie de ellos, y que si perdonaron a los gabaonitas fue porque habían fingido que venían de una tierra lejana, y se vieron obligados a perdonarles debido al juramento. Pero como los israelitas se apiadaron de algunos espontáneamente, incluso contra el mandato de Dios, hay que pensar que aquí se dijo que éstos se habían levantado en armas para que no se les perdonara y para que los israelitas no se dejaran convencer y tuvieran compasión de ellos en contra del mandato de Dios. Pensamos que esto no pudo suceder siendo Josué el jefe, que guardaba escrupulosamente todos los preceptos divinos. Sin embargo, Josué no hubiera podido destruir tan rápidamente a esos enemigos si no se le hubieran opuesto de una manera absolutamente unánime. Y así habría podido suceder qué, no destruidos por Josué, que se preocupaba de cumplir los mandatos de Dios, hubieran podido permanecer hasta el tiempo en que, después de la muerte de Josué, pudieron perdonarles la vida quienes no cumplían los mandatos de Dios con tanto cuidado. Incluso durante la vida de Josué los israelitas perdonaron la vida a algunos, sometiéndoles únicamente a servidumbre. A algunos ni siquiera pudieron vencerlos. Pero esto no sucedió siendo jefe Josué, sino que, cuando ya era viejo y había cesado la guerra, sólo les repartió algunas tierras, de modo que ellos, cuando Josué había cesado la guerra, ya tenían repartidas esas tierras, en parte, libres ya de enemigos, y, en parte, conquistadas en la guerra. Que los israelitas no pudieron vencer a algunos pueblos, porque así lo determinó el Señor, aparece claramente demostrado en algunos textos de las Escrituras.
19 (Jos 16,10). Pero Efraím no destruyó al cananeo que habitaba en Gazer. Y habitaba el cananeo en Efraím hasta el día de hoy, hasta que subió el faraón, rey de Egipto, y tomó la ciudad y le prendió fuego, y a los cananeos y a los fereceos y a los que habitaban en Gazer los pasó a cuchillo; y el faraón se la dio en dote a su hija. Lo que se dice del faraón no sé si hay que entenderlo en sentido profético, puesto que se cree que esta historia fue escrita en la época en la que se realizaron aquellos hechos recientes. ¿Qué cosa grande pudo elegirse para ser anunciada proféticamente, cuando se cuentan las cosas pasadas y se callan las cosas futuras mayores y sumamente necesarias? Por tanto, habría que pensar más bien que los Setenta, que se cree que tradujeron con autoridad profética por el consenso admirable que hubo entre ellos, añadieron esto, no como anunciando el futuro, sino porque ellos vivían en aquel tiempo en que recuerdan que sucedió aquello y lo habían leído en los libros de los Reyes31. Pues sucedió en tiempo de los Reyes. Y esto me parece a mí más creíble, porque he visto la traducción hecha del hebreo y no lo he encontrado allí. Como tampoco está allí lo que se dijo acerca de Jericó, que Hoza, que la había reconstruido, había incurrido en la maldición pronunciada por Josué. El texto dice así: Y Josué pronunció este juramento aquel día: «Maldito el hombre que levante y reconstruya aquella ciudad; sobre su primogénito puso su cimiento y sobre su último hijo colocará sus puertas»32. Hasta aquí se encuentra en la traducción hecha del hebreo. En cambio no se encuentra en ella lo que sigue: Y así hizo Hoza, que era de Betel; en su primogénito Abirón puso su cimiento y en su último hijo salvado por segunda vez colocó sus puertas33. Está claro que lo añadieron los Setenta, que sabían que había sucedido así.
20 (Jos 19,47). Y el amorreo permaneció habitando en Elom y en Salamin; y la mano de Efraím cayó sobre ellos y fueron hechos tributarios de él. Esto se hizo ya en contra del precepto del Señor y vivía aún Josué. Pero ya no era su jefe en aquellas batallas por motivo de su vejez. Por eso se dice que el Señor hizo que se endureciera el corazón de los que habían hecho una conspiración común para ir a la guerra contra Josué34 para que esta misericordia no se les concediera, incluso contra el mandato de Dios35, si hubieran quedado sin ser vencidos, y, siendo ya viejo Josué o habiendo muerto, quedaran para ser vencidos por los hijos de Israel, quienes podrían perdonarles la vida en contra del mandato del Señor, cosa que Josué no haría.
21 (Jos 21,41-43). Se presenta con toda razón la pregunta de saber cómo hay que interpretar el siguiente texto de la Escritura, pues Israel no sólo no exterminó a las gentes que poseían la tierra de promisión hasta el momento de la muerte de Josué, sino que ni siquiera consiguió hacerlo después, aunque sí consiguió en parte derrotarlos y establecerse en la tierra prometida. El texto dice así: Y el Señor concedió a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres. Y la heredaron y habitaron en ella. Y el Señor les concedió paz en todos sus confines, como había jurado a sus padres. Ninguno de sus enemigos pudo resistir ante ellos. El Señor entregó a todos sus enemigos en sus manos. No falló una sola de todas las cosas buenas que prometió el Señor a los hijos de Israel. Todas se cumplieron. Hay que considerar todas estas cosas con atención. Y, en primer lugar, hay que saber el territorio de cuántas naciones se prometió a los israelitas. Parece que se mencionan seguramente siete naciones con frecuencia. En el Éxodo leemos así: Y dijo el Señor a Moisés: «Anda, sube de aquí, tú y tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto, a la tierra que juré dar a Abraham, Isaac y Jacob, diciendo: A tu descendencia se la daré. Al mismo tiempo enviaré ante ti a mi ángel y expulsará al amorreo y al ceteo y al ferezeo y al gergeseo y al eveo y al jebuseo y al cananeo»36. Parece claro, por consiguiente, que Dios prometió a los patriarcas la tierra de estas siete naciones. En el Deuteronomio está escrito aún más claramente: Si te acercas a una ciudad para atacarla, les propondrás la paz. Si te responden con la paz y te abren las puertas, todo el pueblo que se encuentre en la ciudad será para ti tributario y te obedecerá. Pero si no te obedecen y hacen la guerra, entonces la asediarás y el Señor tu Dios la entregará en tus manos y matarás al filo de la espada a todos sus varones. A las mujeres y a los objetos y a todos los ganados y todas las cosas que haya en la ciudad, y todos los utensilios los tomarás como botín. Y comerás todo el botín de tus enemigos, que el Señor tu Dios te entrega. Así harás a todas las ciudades que están muy alejadas de ti, que no pertenecen a las ciudades de estas naciones. Pero en cuanto a estas ciudades cuya tierra el Señor tu Dios te da en herencia, no dejarás con vida a nadie, sino que los consagrarás al anatema: al ceteo y al amorreo y al cananeo y al ferezeo y al eveo y al jebuseo y al gergeseo, como te mandó el Señor tu Dios37. También aquí está claro que la tierra de estas siete naciones fue prometida en herencia a los israelitas, quienes la poseerían, una vez vencidos y exterminados esos pueblos.
En cuanto a las demás naciones que se encontraran más lejos, fuera de los confines de éstas, el Señor quiso que se convirtieran en tributarias de Israel si no oponían resistencia. Pero si la oponían, también ellas serían pasadas a cuchillo y exterminadas, exceptuando los ganados y otras cosas que pudieran servir como botín. En otro pasaje del Deuteronomio se lee también este texto: Y sucederá que cuando el Señor tu Dios te haya introducido en la tierra en la que vas a entrar para heredarla y haya arrojado de tu presencia a muchas y grandes naciones: a los ceteos y gergeseos y amorreos y férezeos y cananeos y eveos y jebuseos, siete naciones más grandes y numerosas y fuertes que vosotros, y cuando el Señor tu Dios te las entregue en tus manos y las derrotes, las exterminarás totalmente. No harás con ellos alianza ni tendrás compasión de ellos ni os uniréis en matrimonio con ellos; no darás tu hija a su hijo ni tomarás su hija para tu hijo38, etc.
Por consiguiente, éstos y otros lugares de las Escrituras muestran con frecuencia que los hijos de Israel tomaron posesión de las tierras de estas siete naciones de tal modo que no las habitaron con los que las poseían, sino que lo hicieron en su lugar. Pero en el Génesis se promete a la descendencia de Abraham no sólo estas siete naciones, sino once. El texto dice así: Aquel día firmó el Señor Dios una alianza con Abraham, diciendo: «A tu descendencia daré esta tierra desde el río de Egipto hasta el Río Grande, el río Éufrates: los ceneos y los cénemzeos y los quelmoneos y los ceteos y los férezeos y los refaím y los amorreos y los cananeos y los eveos y los gergeseos y los jebuseos39. La cuestión se resuelve diciendo que precedió esta profecía, según la cual, Salomón extendería y dilataría el reino hasta aquellos límites. La Escritura dice así acerca de Salomón: Y todo cuanto Salomón había establecido edificar en Jerusalén y en el Líbano y en toda la tierra de su dominio: toda la gente que había quedado de los ceteos y los amorreos y los ferezeos y los eveos y los jebuseos, que no eran de Israel, cuyos descendientes habían quedado con ellos en el país, a los que los hijos de Israel no habían podido entregar al anatema, Salomón los sometió a tributo hasta el día de hoy40. Este es el resto de los pueblos que debían ser vencidos y, según el precepto del Señor, exterminados totalmente; el resto que Salomón sometió a tributo y que, según el precepto de Dios, debió ciertamente exterminar. Estos pueblos, sometidos, quedaron bajo el dominio de Israel como tributarios. Un poco más adelante se lee: Y dominaba en todos los reyes, desde el Río hasta la tierra de los filisteos y hasta los confines de Egipto41. He aquí donde se ha cumplido lo que Dios había predicho a Abraham en el Génesis, cuando le habló y le hizo la promesa. Desde el Río se entiende aquí desde el Eufrates. Pues en aquellos lugares puede entenderse perfectamente de qué río Grande se trata sin necesidad de añadir el nombre propio. No puede tratarse aquí del Jordán, puesto que los israelitas ya habían conquistado tierras, incluso antes del reinado de Salomón, no sólo a este lado, sino al otro lado de este río. Luego la Escritura, en el libro de los Reyes, dice que el reino de Salomón se extendió desde el río Eufrates, por la parte oriental, hasta los confines de Egipto, desde la parte occidental. Por consiguiente, en aquella época estaba sometido un territorio mayor que el que ocupaban aquellas siete naciones. Y por eso, fueron sometidas entonces a esclavitud no siete, sino once naciones.
Lo que se dice en los libros de los Reyes: hasta los confines de Egipto desde el río, para indicar la extensión del reino desde oriente a occidente, esto mismo se dice en el Génesis, al delimitar ese reino desde occidente a oriente, con estas palabras: desde el río de Egipto hasta el Río Grande, el río Éufrates42. El río de Egipto, que es el límite determinante del reino de Israel desde Egipto, no es el Nilo, sino otro río pequeño, que pasa por la ciudad de Rinocorura, al oriente de la cual ya empieza la tierra prometida. Así, a los hijos de Israel se les había ordenado que, exterminadas y destruidas aquellas gentes, ellos habitaran las tierras de las siete naciones y dominaran hasta el río Éufrates, sometidas y hechas tributarias las demás naciones. Y aunque no hubieran obedecido a Dios en esto, puesto que algunas de las naciones que debían exterminar las sometieron a tributo, no obstante, Dios cumplió en tiempo de Salomón lo que había prometido.
Ahora bien, ¿cómo puede ser verdad lo que nos hemos comprometido a estudiar en el libro de Josué Nave, a saber: Y el Señor dio a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres, y la poseyeron? ¿Cómo les dio, viviendo aún Josué, toda la tierra, cuando todavía no habían vencido ni siquiera a los restos de aquellas siete naciones? Lo que sigue: Y la poseyeron, es verdad, porque allí estaban y allí se habían establecido. Lo que se añade a continuación: Y el Señor les dio paz todo alrededor, como había jurado a sus padres, es verdad, porque viviendo aún Josué, los restos de aquellas naciones no se movían ante ellos; antes al contrario, ninguna de ellas se atrevía a provocarles con una guerra en los territorios en que se habían establecido. Por eso se dijo también lo que viene a continuación: Ninguno de todos sus enemigos pudo resistir ante ellos. Lo que se dice a continuación: sino que el Señor entregó en sus manos a todos sus enemigos, se refiere a los enemigos que se atrevieron a hacerles la guerra. Y lo que se dice luego: No falló ninguna de las buenas palabras que el Señor dijo a los hijos de Israel; todas sucedieron43, significa que, a pesar de que los israelitas hubieran obrado en contra del precepto del Señor, perdonando la vida a algunas de aquellas siete naciones y haciéndolas tributarias, todavía estaban incólumes entre aquellas gentes. Por eso, cuando se dijo: de todas las palabras se añadió: buenas, porque aún no habían tenido lugar las maldiciones establecidas para los que habían despreciado y transgredido el mandato del Señor.
En último término, las siguientes palabras: El Señor dio a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres, hay que entenderlas en el sentido de que, aunque había todavía entre aquellas naciones restos que había que destruir y exterminar, y de las demás naciones que había hasta el río Eufrates, o habían de ser sometidas si no oponían resistencia, o habían de ser exterminadas si la oponían, sin embargo, esas naciones quedaron en función de ellos, como ocasión de ejercicio, no fuera que, debilitados por los afectos y deseos carnales, no pudieran soportar moderada y sanamente una prosperidad tan grande y repentina de cosas temporales y, ensoberbecidos, perecieran más rápidamente, como se demostrará oportunamente en otro lugar. Se les concedió, pues, toda la tierra, porque incluso la parte aquella que aún no habían conquistado, ya se les había concedido en función de una cierta prueba.
22 (Jos 21,42). La Escritura dice: Ninguno de todos sus enemigos resistió ante ellos. Preguntamos cómo puede ser esto verdad, cuando poco antes se dijo de la tribu de Dan que a sus enemigos no les permitieron bajar al valle y los vencieron en los montes44. La respuesta es que también aquí podemos entender este hecho como explicamos al tratar de los doce hijos de Jacob, que la Escritura afirma que nacieron en Mesopotamia, cuando Benjamín no nació allí. Aquí las once tribus se consideran como si fuera todo el pueblo, de la manera que nos consta suficientemente por otros pasajes de las Escrituras. Pero si buscamos la causa por la que esta tribu no consiguió suficientemente tierra en el sorteo que se hizo y fue molestada por las gentes que poseían aquella tierra, hay que admitir que la explicación reside ciertamente en el secreto consejo de Dios. Pero, cuando Jacob bendijo a sus hijos, dijo tales cosas de Dan que algunos piensan que el anticristo45 procederá de esta tribu. Por eso, ahora no vamos a decir más cosas, dado que esta cuestión podría resolverse también diciendo que ninguno de todos sus enemigos resistió ante ellos, cuando hicieron la guerra las tribus todas juntas bajo el mando de un solo jefe, antes de dividirse los territorios entre las tribus, territorios que luego cada una tenía que defender por su cuenta.
23 (Jos 22,27). Y en los sacrificios de nuestras salvaciones. Como se habla en plural de los sacrificios, por eso también están en plural las salvaciones. Pero hay que prestar mucha atención al hecho de que suele decirse «sacrificio de salvación», porque, si aceptamos que a Cristo se le llama salvación de Dios46, no vemos cómo podría entenderse en plural esta palabra. Pues uno solo es nuestro Señor Jesucristo47, aunque algunos puedan llamarse cristos por su gracia, como se lee en el salmo: No toquéis a mis cristos48. Pero no debemos atrevernos fácilmente a afirmar que podríamos decir saludes (salutares) o salvaciones (salutaria), porque él solo es el salvador del cuerpo49.
24 (Jos 23,14). En relación a lo que dice Josué sobre su muerte cercana: Pero yo recorro el camino como todos los que están sobre la tierra, en la traducción hecha del hebreo se dice: Yo entro por el camino. La palabra «recorro» (recurro) que emplearon los Setenta se ha de entender en el mismo sentido que se dijo al hombre: hasta que vuelvas a la tierra de donde has sido tomado50, frase que ha de entenderse referida al cuerpo. Pero si quisiéramos referirnos al alma, según dice el Eclesiastés: Y el espíritu vuelva a Dios que lo dio51, no creo que se pueda decir de todos los hombres, sino sólo de quienes hayan vivido de tal manera que merezcan volver a Dios, como a su dueño, que los ha creado. Esto tampoco puede interpretarse correctamente de aquellos de quienes se dice: espíritu que va y no vuelve52. Si este varón santo Josué Nave no hubiera añadido: como todos los que están sobre la tierra, no habría ningún problema. Pues no pensaríamos acerca de él ninguna otra cosa sino lo que leemos que es digno de él. Pero, al añadir: como todos los que están sobre la tierra, no es de extrañar que el traductor latino puso recurro (recorro), no haya querido decir más que «corro a través de» (percurro) o «me voy corriendo» (excurro) si significa esto la palabra griega apotréjo. Porque todos «corren a través de» o «van corriendo» por el camino de la vida, cuando hayan llegado a su fin. Pero como esta palabra (recurro) aparece en el pasaje aquel en que los padres de Rebeca dicen al siervo de Abraham: He aquí Rebeca; tomándola, vete corriendo, y sea la mujer del hijo de tu señor, por eso también aquí he interpretado esta palabra de esa manera.
25 (Jos 24,3). Lo que la traducción hecha sobre los Setenta dice: Yo tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del Río y lo saqué (deduxi) hacia toda la tierra, la traducción hecha del hebreo dice: Y lo traje (induxi) a la tierra de Canaán. Pues bien, es extraño que los Setenta hayan querido poner toda la tierra en lugar de la tierra de Canaán, a no ser que lo hayan hecho contemplando la profecía, de tal manera que se tome más como cosa hecha por la promesa divina lo que con toda certeza se anunciaba de antemano que sucedería en Cristo y en la Iglesia, a saber, que la verdadera descendencia de Abraham no está en los hijos de la carne, sino en los hijos de la promesa53.
26 (Jos 24,11). E hicieron la guerra (bellaverunt) contra vosotros las gentes que habitan en Jericó. Preguntamos cómo puede ser verdad esto cuando las gentes de Jericó sólo se defendieron dentro de los muros, una vez cerradas las puertas. Pero la afirmación es correcta, porque cerrar las puertas contra el enemigo es un acto de guerra, pues no enviaron legados para pedir la paz. Por eso, si se hubiera dicho: lucharon (pugnaverunt) contra vosotros, sería falso. La guerra no consiste en luchas continuas, sino que unas veces son frecuentes, otras veces son raras, y otras veces ni siquiera existen. Pero la guerra existe cuando se da de alguna manera una disensión armada.
27 (Jos 24,12). ¿Qué significa esto que Josué Nave recuerda que el Señor hizo, entre otras cosas, en favor de los israelitas: Envió ante vosotros avispas y los expulsó de vuestra presencia? Pues esto mismo se lee en el libro de la Sabiduría54 y, sin embargo, no aparece que haya sucedido así en ningún otro sitio entre los hechos históricos. ¿Ha querido el autor utilizar tal vez la palabra avispas en sentido metafórico para indicar los grandes aguijones del miedo, que les picaban en cierto modo con los rumores que se esparcían para que huyeran o para señalar los espíritus ocultos del aire, insinuados por el salmo cuando dice: por los ángeles malignos?55 A no ser que uno diga que no todo lo que ha sucedido está escrito y que esto sucedió visiblemente y, por tanto, se trata de verdaderas avispas.
28 (Jos 24,19). ¿Qué significa lo que Josué dijo al pueblo: No podréis servir al Señor, porque es un Dios santo? ¿Se trata quizá de que es incompatible con la fragilidad humana servir en lo posible de manera perfecta a la santidad de Dios? Al oír esto, los israelitas no sólo debieron elegir el servicio de Dios, sino también presumir de su ayuda y misericordia, como bien lo entendió el autor del salmo, que dice: No entres enjuicio con tu siervo, porque ningún viviente será justo en tu presencia56. Los israelitas eligieron más bien presumir de sí mismos, pensando que podrían servir a Dios sin tropiezo alguno, de tal manera que comenzaron ya entonces a hacer lo que el Apóstol dijo acerca de ellos: Pues ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios57. Así, la ley se introducía para que abundara el delito y luego sobreabundara la gracia por Cristo el Señor58, que es el fin de la ley para la justificación de todo creyente59.
29 (Jos 24,23). ¿Qué significa lo que el propio Josué afirma, diciendo al pueblo: Y ahora apartad los dioses extranjeros que hay en medio de vosotros y dirigid vuestros corazones al Señor Dios de Israel? No podemos pensar que tuvieran todavía entre ellos ídolos de los gentiles, puesto que antes ha proclamado la obediencia del pueblo. Pero si los tuvieran, después de tantas amenazas de la ley, ¿vendría sobre ellos tanta prosperidad, si el Señor se vengó de tal manera de ellos porque uno había robado algo del anatema? Por último, Jacob dijo esto mismo a quienes habían salido con él de Mesopotamia, en donde era tal el culto que se daba a los ídolos, que hasta Raquel había robado60 los ídolos paternos. Pero después de aquel aviso de Jacob, entregaron los ídolos que tenían61. De donde se demuestra que se les dijo eso de ese modo porque el que lo había dicho sabía que tenían ídolos. En cambio aquí, después del aviso de Josué Nave, nadie entregó nada parecido. Y no obstante, no podemos pensar que Josué dijera aquello sin razón. Porque Josué no dice: Y ahora arrojad los dioses extranjeros, si es que tenéis alguno entre vosotros, sino que dice lo siguiente, como sabiendo con certeza que los había: que hay en medio de vosotros. Por consiguiente, el santo profeta veía que en sus corazones había pensamientos sobre Dios ajenos a Dios y mandaba que los desecharan. Porque quien piensa en un Dios que no es Dios, lleva en su pensamiento a un Dios extraño y ciertamente falso. Porque ¿quién puede pensar a Dios tal como es Dios? Por eso, queda en manos de los fieles, mientras peregrinan lejos del Señor62, eliminar de sus corazones los vanos fantasmas que se les presenten y que se introducen en el pensamiento, sugiriendo que Dios es de esta o de la otra manera, como no es en realidad. Y deben dirigir fielmente el corazón a él para que, como él sabe y en cuanto sabe que nos conviene, él mismo se insinúe por medio de su Espíritu, hasta que desaparezca toda mentira. Por eso se dice: todo hombre es un mentiroso63. Y superada no sólo la impía falsedad, sino también el espejo y el enigma, le conozcamos cara a cara, como somos también conocidos, según dice el Apóstol: Ahora vemos por medio de un espejo en un enigma; entonces, en cambio, cara a cara; ahora conozco parcialmente; pero entonces conoceré como soy conocido64.
30 (Jos 24,25-27). Y Josué dispuso una alianza para el pueblo aquel día y le dio la ley y el juicio en Silo delante del tabernáculo del Señor Dios de Israel. Y escribió estas palabras en el libro de las leyes de Dios. Y Josué tomó una piedra grande y la puso bajo el terebinto delante del Señor. Y Josué dijo al pueblo: «Mirad, esta piedra será testigo para vosotros, pues oyó todas las cosas que el Señor ha dicho, todo lo que os ha hablado hoy; será para vosotros testigo en los últimos días, cuando hayáis mentido al Señor Dios vuestro». Quienes oyen estas palabras, no superficialmente, sino que las meditan con un poco de hondura, no deben pensar que un hombre tan importante fuera tan necio que creyera que una piedra inanimada pudiera oír las palabras que Dios dijo a su pueblo. Esta piedra, si hubiera sido reproducida a imagen del hombre por un artista, se contaría ciertamente entre aquellos de quienes se dice en el salmo: Tienen oídos y no oyen65. En efecto, no sólo no oyen los ídolos de los gentiles, que son de oro y plata66, y sí los que son de piedra; antes bien por medio de esta piedra se significó sin duda aquel que fue piedra de tropiezo para los judíos no creyentes y piedra de escándalo, que, al ser reprobado por los constructores, se convirtió en piedra angular67. A éste prefiguró también aquella roca que, golpeada con la vara, dio de beber al pueblo sediento, de la que dice el Apóstol lo siguiente: Pues bebieron de la roca espiritual que les seguía, y la roca era Cristo68. Por lo cual, también este guía egregio circuncidó al pueblo con cuchillos de piedra69: estos cuchillos también están enterrados con él para mostrar con ellos un profundo misterio provechoso para los descendientes. Pues bien, esta piedra, aunque esté colocada allí visiblemente, también hay que tomarla en sentido espiritual, como testigo futuro para los judíos infieles, es decir, mentirosos, de quienes dice el salmo: Los enemigos del Señor le mintieron70. Y esto no sucede sin razón, puesto que ya el siervo de Dios, Moisés, o más bien Dios por medio de él, dispuso para el pueblo una alianza que estaba guardada en el arca, que se llamaba arca de la alianza, y en los libros de la ley, escritos con gran cantidad de misterios y preceptos71, pues también aquí se dice: Josué dispuso una alianza para el pueblo aquel día72. La repetición de la alianza significa el Nuevo Testamento. Y esto significa también el Deuteronomio, pues Deuteronomio significa segunda ley. Y la significan también las nuevas tablas de la ley, una vez rotas las primeras73. Porque había que significar de muchas maneras lo que había que cumplir de una sola manera. Que la piedra estuviera colocada debajo de un terebinto significa lo mismo que la vara para la roca, para que saliera agua, porque tampoco aquí la roca está desvinculada del madero. Y estaba debajo precisamente porque no habría sido exaltado en la cruz si no se hubiera sometido con humildad, o porque en aquel tiempo en que Josué Nave hacía esto, todavía tenía que permanecer oculto este misterio. La madera del terebinto destila una sustancia medicinal, árbol que los Setenta han mencionado en este lugar, aunque según otros traductores se trata de una encina.
Llama la atención ciertamente el hecho de que, al menos en las últimas palabras que Josué, ese hombre de Dios, dirigió al pueblo, no les echara en cara que hubieran perdonado la vida a aquellos pueblos que el Señor había mandado destruir totalmente, entregándolos al anatema. El texto dice así: Y sucedió después que los hijos de Israel se hicieron más fuertes y sometieron a servidumbre a los cananeos; sin embargo, no los exterminaron totalmente74. La Escritura atestigua que, en un primer momento, los israelitas no lo consiguieron. Pero ahora, después de haberse hecho más fuertes, hasta el punto de someterlos a servidumbre, el hecho de no haberlos exterminado, ciertamente, se hizo en contra del precepto del Señor75. Y esto no lo hicieron con nadie cuando Josué iba al frente del ejército. ¿Por qué, entonces, no les echó en cara en su última alocución el haber sido negligentes en cumplir el precepto del Señor en este asunto? ¿Quizá porque debemos pensar que, como antes dice la Escritura que no fueron capaces de destruirlos, porque aún no eran lo suficientemente fuertes, tampoco cuando se hicieron más fuertes lo pudieron, porque tuvieron miedo de que a lo mejor, si no hubieran querido perdonarles la vida, estando como estaban preparados a prestarles servidumbre, les obligarían a luchar más encarnizadamente contra ellos por la propia desesperación, y entonces no hubieran podido vencerles? El Señor no quiso tomarles en cuenta este temor humano, aunque pone de manifiesto una cierta carencia de fe. Si hubieran tenido una fe más fuerte, les hubieran acontecido las mismas cosas que le acontecieron a Josué cuando hacía la guerra. Pero como no tuvieron una fe tan grande como la suya, incluso cuando se habían hecho más fuertes que sus adversarios, por temor a los enemigos no se atrevieron a luchar contra ellos hasta el exterminio. Y este temor, como he dicho, no procedente ni de la malicia ni de la soberbia ni del desprecio del precepto del Señor, sino de la flaqueza de ánimo, el Señor no quiso tomárselo en cuenta al presentarles las últimas cosas que les dijo por medio de Josué. Por lo cual, también el Apóstol dice: Alejandro, el herrero, me ha hecho mucho mal; el Señor le retribuirá según sus obras. Acerca de los que le abandonaron cuando estaba en peligro, no por malicia, sino por miedo, habló así: En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me abandonaron; que no se les tenga en cuenta76.