BAC vol. 31
Libro 06
RÉPLICA A FAUSTO, EL MANIQUEO
Libro VI
Circuncisión descanso sabático y sacrificios
Católicos y maniqueos se unen en el repudio del Antiguo Testamento
- Fausto: —¿Aceptas el Antiguo Testamento?
—¿Cómo voy a aceptarlo si no cumplo sus preceptos? Y mi parecer es que tampoco tú lo aceptas. En efecto, he repudiado la circuncisión como ignominiosa y, si no me engaño, también tú. Considero el descanso sabático totalmente inútil, como, según creo, también tú; tengo los sacrificios por idolatría como, no lo dudo, también tú. Yo no me abstengo sólo de la carne porcina, que, por otra parte, no es la única que comes tú. Yo porque considero inmunda toda carne, tú, en cambio, porque nada consideras impuro: con uno y otro proceder, ambos a dos anulamos el Antiguo Testamento. Los dos despreciamos como inútiles y carentes de sentido las semanas de los ácimos y la fiesta de los tabernáculos; contar entre los sacrilegios el no engastar púrpura en los vestidos de lino, llevar vestido de lino y lana en los casos de adulterio, uncir juntos el buey y el asno, si es necesario. Uno y otro hemos despreciado, nos hemos reído de ello y no consideramos como realidades de primera o segunda categoría el no instituir como sacerdote a un calvo o semicalvo o a un hombre con algún defecto parecido, por ser los tales impuros ante Dios. Tales son los preceptos y actos de justicia del Antiguo Testamento.
Eso a lo que pones reparos lo tienes en común conmigo, sea que haya que valorarlo negativamente, sea que esté hecho correctamente: uno y otro rechazamos el Antiguo Testamento. Por tanto, si preguntas qué diferencia hay entre tu fe y la mía, ésta es: a ti te agrada mentir y comportarte como un esclavo, de modo que lo que odias en tu interior lo alabas de palabra, mientras que yo no he aprendido a engañar. Digo lo que siento; confieso que odio tanto a los que dan preceptos tan torpes como a los preceptos mismos.
Las dos clases de preceptos del Antiguo Testamento
- Agustín: Ya dije con anterioridad cómo y por qué los herederos del Nuevo Testamento aceptan el Antiguo. Mas como poco antes Fausto trató de sus promesas, mientras que ahora quiso centrar la atención en sus preceptos, respondo que los maniqueos desconocen en absoluto la diferencia existente entre los preceptos que regulan la vida y los que la simbolizan. Un ejemplo: No desearás es un precepto que regula la vida; Circuncidarás a todo varón al octavo día es un precepto que la simboliza.
Partiendo de esta ignorancia, los maniqueos y todos aquellos a quienes les desagradan los libros del Antiguo Testamento, al no entender lo que Dios ordenó al primer pueblo para celebrar lo que era sombra del futuro y advertir que conforme al tiempo presente no tienen cumplimiento ahora, condenan lo que ciertamente se ajustaba a aquel otro momento, mediante el cual se significaba como venidero lo que ahora se ha manifestado.
Pero ¿qué han de decir contra el Apóstol que escribe: Todas estas cosas les acontecían a ellos en figura; fueron escritas en atención a nosotros para quienes ha llegado el fin de los tiempos?1 Ved cómo él mismo manifestó por qué nosotros aceptamos aquellos escritos y por qué no es necesario que cumplamos ya con lo que era un signo de otra realidad. Al decir: fueron escritas en atención a nosotros, sin duda muestra con cuánto esmero hemos de leerlas y comprenderlas y en cuanto aprecio han de ser tenidas, dado que fueron escritas con la mirada puesta en nosotros.
En cambio, cuando escribe: Sucedieron en figura para nosotros y les acontecía en figura, mostró que, cuando se tienen ya las realidades manifiestas, no es necesario celebrar las figuras que las anuncian. Por eso afirma en otro lugar: Que nadie os critique por el alimento o la bebida, por lo que se refiere a las fiestas, a los novilunios o sábados, que son sombra de lo que ha de venir2. También aquí, al aconsejar: Que nadie os critique por esas cosas, manifiesta que no es necesaria su observancia; en cambio, cuando escribe: Que son sombra de lo que ha de venir, muestra cuán conveniente era que se cumpliesen en aquel momento, en que, mediante las sombras que eran aquellas figuras, se predecían realidades que, una vez manifestadas, han brillado ya para nosotros.
¿Por qué la circuncisión?
- Si los maniqueos obtuviesen su justificación por la resurrección del Señor, acontecimiento que tuvo lugar el tercer día después de su pasión, el día octavo, es decir, el siguiente al sábado, se despojarían al instante del velo carnal de sus deseos mortales. Luego, hallando su gozo en la circuncisión del corazón, no se mofarían de la de la carne que era su sombra y figura en la época del Antiguo Testamento, aunque en la del Nuevo ya no obligase su ejecución y observancia.
¿Qué otro miembro es más adecuado para figurar el despojo de la concupiscencia carnal y mortal que aquel de donde trae su origen la criatura carnal y mortal? Pero, como dice el Apóstol, todo es puro para los puros; mas para los impuros e infieles nada hay puro, porque su mente y su conciencia están manchadas3. Y así, ésos, al creerse demasiado puros, porque aborrecen o fingen aborrecer dichos miembros, como si fuesen impuros, cayeron en la impureza de la infidelidad y del error. Hasta tal punto que, a la vez que detestan la circuncisión carnal, a la que el Apóstol llamó sello de la justicia de la fe4, creen que los miembros divinos de su Dios se hallan apresados, atados y manchados en dichos miembros de carne. De forma que, al considerar a la carne como impura, se ven forzados a afirmar que Dios se ha hecho impuro en la porción de él que está sujeta allí, pues mantienen que precisa purificarse. Sostienen que, de momento, hasta que eso acontezca, en la medida en que sea posible, él sufre cuanto sufre la carne, no sólo cuando sobreviene la fatiga y dolor de las penas, sino incluso en el placer inmoral.
Aseguran que le ahorran tal sufrimiento cuando evitan la unión carnal, para evitarle que quede atado más en corto con los nudos de la carne y con una mácula mayor. Por tanto, si el Apóstol dice: Todo es puro para los puros —sin duda para hombres que pueden cambiar a peor por el extravío de su voluntad—, ¡cuánto más puras serán todas las cosas para Dios que permanece eternamente inmutable e incontaminable! En los libros que vosotros mancháis con vuestra reprensión inmisericorde, ha dicho Dios de su Sabiduría: Nada manchado va a parar a ella, y llega a todas partes por su pureza5. Por tanto, ¡o inmundísima vaciedad!, ¿tanto te desagrada que Dios, para quien todo es puro, haya mandado poner en el miembro humano de donde toma origen la generación humana aquel signo de la regeneración del hombre, a la vez que te agrada que vuestro mismo Dios, para quien nada es puro, vea manchada y sujeta a corrupción una porción de su naturaleza hasta en las torpezas que los hombres impúdicos cometen con dicho miembro? ¿Qué sufre en las diferentes torpezas aquel a quien creéis que mancha incluso la unión conyugal?
Osad decir ya lo que acostumbráis:
—¿No tenía entonces Dios otro lugar, fuera de dicho miembro, en el que prefigurar el sello de la justicia de la fe?
—Se os responde: “Por qué no en él? En primer lugar, si todo es puro para los puros, ¡cuánto más para Dios! Además, el Apóstol dijo que el sello de la justicia de la fe dado a Abrahán se halla en tal circuncisión. Vosotros, por vuestra parte, evitad sonrojaros, si lográis conseguirlo, cuando se os dice: “Entonces ¿no hallaba vuestro Dios qué hacer para no implicar una porción de su naturaleza en estos miembros que así despreciáis?” Los hombres llaman deshonestas a esas partes porque propagan algo que se corrompe, y como castigo de nuestra mortalidad, que surge de ellos. A tales miembros los castos le adosan la vergüenza, los impúdicos la petulancia y Dios la justicia.
El descanso que deberían practicar los maniqueos
- Es verdad que consideramos ya como inútil, en lo que a su observancia se refiere, el descanso sabático, mediante el cual se nos reveló la esperanza de nuestro descanso eterno, aunque no por lo que respecta a su lectura y comprensión. Como estas realidades, ahora manifiestas para nosotros, tenían que ser prefiguradas y anunciadas en la época profética, no sólo mediante las palabras, sino también mediante acciones, la realidad que ya poseemos fue apuntada por el signo que leemos.
Pero deseo que me digáis por qué vosotros no queréis cumplir vuestro descanso. En efecto, los judíos, dado que aún piensan carnalmente, en su sábado no sólo no recogen fruto alguno del campo; ni siquiera en casa lo trocean o cuecen. Vosotros, en cambio, reposados, esperáis que alguno de vuestros oyentes, cual asesino de calabazas, de las que os ofrecerán —¡quién lo diría!— sus vivos cadáveres, salte al huerto, armado con un cuchillo o una pequeña hoz. Pues, si no les dio muerte, ¿qué temisteis en tal acción? Si, por el contrario, cuando se las recoge se las mata, ¿cómo permanece en ellas la vida, a cuya purificación y restauración afirmáis ayudar vosotros al comerlas y eructar? Recibís, pues, calabazas vivas, que, a seros posible, deberíais tragar enteras, a fin de que, después de una única herida, por la que, al coger el fruto, vuestro oyente se hizo culpable —culpa de la que será liberado por vuestro perdón— al menos después llegasen ilesas e íntegras a la oficina de vuestro estómago, donde poder recomponer a vuestro Dios resquebrajado en aquella guerra. Sin embargo, ahora, antes de aplicar los dientes para triturarlas, las troceáis muy menudas si así agrada al paladar. ¿Cómo no sois culpables de las numerosas heridas que les infligís?
Ved cómo os convendría hacer a diario lo que los judíos hacen un día a la semana y descansar de tal tarea doméstica. Más aún, ¿por qué sufren en el fuego, en el que ciertamente no se restablece la vida que en ellas hay? Pues una olla hirviendo no se puede comparar a un estómago santo. Y con todo os mofáis del descanso sabático como de algo inútil. ¡Cuánta más cordura mostraríais no criticándolo en los patriarcas, cuando no era superfluo! Pero incluso ahora, cuando ya lo es, ¡cuánta mayor cordura exhibiríais manteniendo dicho descanso sabático antes que el vuestro, que no merece ser aceptado por lo que simboliza, sino ser condenado por tratarse de un error. Descanso que, incluso no respetándolo, os hace reos, según piensa vuestra vaciedad, y hueros, según el parecer de la verdad.
Afirmáis que el fruto siente dolor, cuando se le arranca del árbol, cuando se le trocea, se le machaca, se le cuece, se le come. En consecuencia, no debisteis alimentaros sino de aquellos que pueden ingerirse crudos e íntegros, para que al menos sufriesen un único dolor, el del momento en que los arrancan vuestros oyentes, no vosotros.
Pero decís: “¿Cómo podemos socorrer a vida tan inmensa, si sólo tomamos lo que se puede deglutir sin cocer por ser blando?” Si, pues, el socorro que se ofrece compensa infligir tantos dolores a vuestros alimentos, ¿por qué os abstenéis solamente de aquel, necesariamente unido a dicho socorro? En efecto, el fruto puede comerse incluso crudo. Algunos de los vuestros se ejercitaron en ello no sólo con referencia a las frutas comestibles, sino a todo género de hortalizas. Pero si no se arranca o se corta o de alguna manera se extrae de la tierra o del árbol, es imposible convertirlo en alimento. Nada debió obstar, pues, a que consideraseis como pecado venial la acción sin la cual no podríais socorrer (a la naturaleza divina), en vez de los innumerables tormentos que no dudáis en infligir a los miembros de vuestro Dios a la hora de preparar los alimentos.
No os avergonzáis de afirmar que el árbol llora cuando se le arranca el fruto. Ciertamente la vida que allí mora sabe todo y conoce de antemano quien se acerca a ella. En consecuencia, en vez de llorar, debió sentir gozo al ver que llegaban los elegidos y cogían la fruta, compensando con tan gran felicidad el dolor pasajero y evitando la enorme calamidad de caer en manos de otros. ¿Por qué, pues, rehusáis coger la fruta, si una vez cogida, le infligís tantos golpes y sufrimientos? Responded, si podéis.
Tampoco los ayunos se adecúan a vosotros. No conviene que esté apagado el horno en que se purifica el oro espiritual de la mezcla de estiércol y donde los miembros divinos se liberan de lazos tan miserables. Por tanto, entre vosotros es más misericordioso el que, a base de ejercicio, consiga que no dañe a su salud el tomar con frecuencia abundancia de alimentos crudos. Pero vuestro comer es cruel porque infligís innumerables sufrimientos a vuestro alimento y cruel vuestro ayuno porque hace que se detenga la purificación de los miembros divinos.
Sacrificios que deberían ofrecer los maniqueos
- Osáis condenar asimismo y llamar idolatría a los sacrificios del Antiguo Testamento, y asociarnos a nosotros a dicho sacrilegio. Por eso comienzo respondiendo, en nuestra defensa, que tales sacrificios ya no se cuentan entre nuestras prácticas, pero los aceptamos para comprender, en los misterios de las Escrituras divinas, lo que anuncian, porque también ellos fueron figura para nosotros y todos ellos simbolizaron de múltiples y varios modos el único sacrificio, cuya memoria celebramos ahora. Por esta razón, una vez manifestado éste y ofrecido en su momento, se han suprimido aquellos en cuanto a su celebración, pero permanecieron por su autoridad significativa, pues fueron escritos en atención a nosotros, para quienes ha llegado el fin de los tiempos6.
Lo que os afecta en los sacrificios es la muerte de los animales, aunque todas esas criaturas, por derecho de creación, en cierto modo están al servicio de las necesidades de los hombres. Pero vosotros que no dais pan a un hombre que hambriento lo mendiga, os mostráis misericordiosos con los animales en quienes creéis que habitan almas humanas. El Señor Jesús, sin embargo, fue cruel con ellos al permitir que, a petición de ellos, entrasen los demonios en la piara de puercos7. Antes de manifestar mediante la pasión el sacrificio de su cuerpo, dijo a cierto leproso al que había limpiado: Vete y muéstrate al sacerdote, y ofrece por ti lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio8. Dios atestigua con frecuencia por medio de los profetas que él no necesita tal ofrenda —y es fácil de comprender con la razón que no tiene necesidad de su creación quien no tiene necesidad de nada—. Por eso el espíritu humano siente un impulso mayor a investigar qué nos quiso enseñar mediante dichos sacrificios, quien, con toda certeza, no mandaría en vano que se le ofreciesen cosas que no necesita, si no mostrase en ellas algo que nos fuese de provecho conocer y cuya prefiguración mediante tales signos fuese conveniente.
Vosotros, en cambio, ¡cuánto mejor y más honestamente os someteríais a estos sacrificios, aunque ya no necesarios en nuestro tiempo, pero que simbolizan y enseñan algo, antes que mandar, y creer, que vuestros oyentes os ofrezcan las víctimas vivas de los alimentos! El apóstol Pablo dijo acertadamente de algunos que anunciaban el evangelio pensando en la comida: Cuyo Dios es el vientre9: ¡cuánta mayor es vuestra arrogancia e impiedad al jactaros de no temer llamar a vuestro estómago no ya Dios, sino —fruto de una osadía más criminal— instrumento purificador de Dios! ¿Qué clase de demencia es querer parecer hombres religiosos porque se abstienen de matar animales, y afirmar que todos sus alimentos tienen las mismas almas, a las que, vivas ellas, según piensan, infligen con manos y dientes tan grandes heridas!
Los maniqueos deberían sacrificar animales
- Aunque no queráis comer carne, ¿por qué no matáis los animales mismos, ofrecidos en sacrificio a vuestro Dios? Así dichas almas, que no sólo consideráis humanas, sino hasta tal punto divinas que creéis que son los mismos miembros de Dios, podrán verse libres de la cárcel de la carne, y encomendarse a vuestras oraciones para no volver a ella ¿o es que las ayudáis mejor con el estómago que con la mente, y la naturaleza divina que mereció ser exhalada de vuestras vísceras se salva antes que la confiada a vuestras oraciones? No sacrificáis animales a vuestro vientre, porque os resulta imposible comerlos vivos, para liberar sus almas por la intercesión de vuestro estómago.
¡Dichosas hortalizas, a las que, arrancadas con la mano, troceadas con el cuchillo, atormentadas con el fuego y trituradas con los dientes, se les concedió llegar vivas al altar de vuestros intestinos! A la vez, ¡desdichados animales que tan pronto como abandonan su cuerpo, no pueden entrar en los vuestros! Delirando de esa manera, aún pensáis que nos oponemos al Antiguo Testamento porque no consideramos impura ninguna carne, fieles a la afirmación del Apóstol que dice: Todo es puro para los puros10, y a lo que dijo el Señor: No os mancha lo que entra en vuestra boca, sino lo que sale de ella11. Esto no lo dijo el Señor únicamente para las masas, como vuestro Adimanto, el más alabado por Fausto después de Manés, quiso que se entendiera cuando atacaba al Antiguo Testamento; lo mismo dijo, de forma más clara y explícita, alejado de las turbas, a sus discípulos. Cuando Adimanto contrapuso esta sentencia del Señor al Antiguo Testamento, apoyándose en que en él aparece escrito que hay ciertas carnes inmundas de las que se ordenó al pueblo abstenerse, temió que se le dijera: “¿Por qué, pues, vosotros juzgáis inmundas no a algunas sino a todas las carnes y os priváis de comerlas en su totalidad, si tú mismo mencionas el testimonio evangélico de que no mancha al hombre lo que entra por la boca, pasa al vientre y se evacúa en la letrina?” Así en su esfuerzo por evitar estas estrecheces extremas y que ahogan su falacia en la verdad evidente, sostiene que el Señor lo dijo a las masas, como si en privado dijera la verdad a unos pocos y arrojase falsedades a la multitud. Creer esto del Señor es un sacrilegio, y cuantos leen el evangelio saben que el Señor lo repitió de forma más clara una vez retirada la muchedumbre.
Por lo tanto, como al comienzo de este escrito manifiesta tanta admiración por Adimanto, hasta el punto de sólo anteponerle el mismo Manés, pregunto brevemente si esta afirmación del Señor, según la cual no mancha al hombre lo que entra por su boca, es verdadera o falsa. Si la consideran falsa, ¿por qué Adimanto, doctor tan destacado entre los suyos, la opone para atacar al Antiguo Testamento, afirmando que fue proferida por Cristo? Si, por el contrario, es verdadera, ¿por qué creen que se contaminan si comen cualquier clase de carne, contra lo que ella defiende? A no ser que quieran responder la verdad y declarar que el Apóstol no dijo: “Todo es puro para los herejes”, sino Todo es puro para los puros. Por qué estas cosas no son puras para ellos lo dice el mismo Apóstol a continuación: Mas para los impuros e infieles, nada hay puro, porque su mente y su conciencia están manchadas12. Por esta razón absolutamente nada es puro para los maniqueos, si pretenden que incluso la misma sustancia o naturaleza de Dios no sólo se pudo manchar, sino que de hecho se manchó en una porción de sí; y no sólo que se manchó, sino incluso que no puede recuperar su estado original y purificarse totalmente. De aquí que resulte extraña su afirmación de que juzgan inmunda toda clase de carne y por eso se abstienen de ella; ¡como si juzgasen que hay algo puro, no sólo entre las carnes, sino entre todas las criaturas! Pues las mismas hortalizas, frutas, frutos, toda la tierra y cielo los creen manchados al contener mezcla de la raza de las tinieblas. ¡Ojalá fuesen congruentes con su error respecto a los demás alimentos y, absteniéndose de todo lo que consideran inmundo, muriesen de hambre antes que proferir pertinazmente tales blasfemias! ¿Quién hay que no entienda que es lo más provechoso para quienes no quieren corregirse y enmendarse?
El Antiguo Testamento y el Apóstol no se contradicen
- ¿Por qué la afirmación del Apóstol de que todo es puro para los puros y toda criatura de Dios es buena13 no contradice al Antiguo Testamento en que se prohíben ciertos alimentos de carne? Entiendan, si son capaces, que el Apóstol se refiere a la naturaleza misma, mientras que aquellos libros indicaron que algunos animales, en virtud de ciertas prefiguraciones, ajustadas a aquel momento, eran inmundos no en su naturaleza, sino por lo que prefiguraban. Por ejemplo: si se pregunta por el cerdo y el cordero, uno y otro son puros por naturaleza, puesto que toda criatura de Dios es buena; mas en virtud de cierta prefiguración, el cordero es puro y el cerdo impuro. Igual que si hablases de un necio y de un sabio; ambos términos son ciertamente puros por la naturaleza de la palabra, de las letras y de las sílabas de que constan; en cambio, por lo que significa, a uno de estos, al “necio”, se le puede llamar impuro: no por su naturaleza, sino porque es signo de algo impuro. Quizá “necio” sea, en el orden de la realidad, lo mismo que cerdo en el de las figuras, y tanto aquel animal como las dos sílabas de “necio” simbolizan una y misma cosa.
Dicho animal fue considerado impuro en la ley porque no rumia. La circunstancia no es en él un vicio, sino que responde a su naturaleza. Este animal es signo de ciertos hombres, impuros por vicio personal, no por su naturaleza. Los tales oyen de buen grado las palabras de la sabiduría, pero luego no piensan en absoluto en ellas. El revocar como del intestino de la memoria a la boca del pensamiento, por el placer de recordar, cuanto de utilidad hayas oído, ¿qué otra cosa es sino una cierta rumia espiritual? Los que no hacen esto están figurados en aquella especie de animales, por lo que la abstinencia de tales carnes nos amonesta a precavernos de tal vicio. Como la misma sabiduría es un tesoro apetecible, aparece escrito en otro lugar lo siguiente respecto a la pureza unida al rumiar y la impureza al no rumiar: Un tesoro apetecible descansa en la boca del sabio; en cambio el varón necio lo engulle14. Estas semejanzas reales, existentes en las expresiones y observancias figuradas, dado que ejercitan en la búsqueda y comparación, estimulan útil y suavemente a las mentes racionales. Mas al primer pueblo (el judío), se le mandó no sólo oír, sino observar muchas cosas semejantes. Era un momento en que convenía que lo que se iba a revelar después, fuese profetizado no sólo con palabras, sino también con hechos. Pero una vez reveladas esas realidades por Cristo y en Cristo, no se cargó a la fe de los gentiles con el peso de esas observancias, encareciendo, sin embargo, la autoridad de la profecía.
Ve que he expuesto el motivo por el que, no obstante que, conforme a la afirmación del Apóstol, no consideramos impura la carne de ningún animal, no nos oponemos al Antiguo Testamento, donde a algunas se las llama impuras. Decid ya vosotros por qué juzgáis impura la carne.
Razón de la mayor impureza de la carne
- Conforme a vuestra errónea opinión y debido a la mezcolanza con la raza de las tinieblas, no sólo es impura toda carne. Lo es incluso vuestro mismo Dios en aquella porción de sí que, como para derrotar y hacer cautivos a sus enemigos, envió a que la devorasen y quedase manchada a consecuencia de la mezcla. Si eso es así, en virtud de la misma mezcla, es impura cualquier otra cosa que comáis.
Pero decís: “La carne es infinitamente más impura”. Llevaría mucho tiempo relatar vuestras alucinaciones sobre por qué la carne tiene mayor impureza, pero voy a tocar el tema con brevedad. Diré sólo lo suficiente para que los detractores del Antiguo Testamento aparezcan tan colmados de antigua necedad, que quienes condenan la carne queden convictos de que sólo tienen gustos carnales, sin percibir ninguna verdad espiritual. Quizá una respuesta un poco más prolija sea tan instructiva, contra ellos, para el lector, que nos evite luego demorarnos en las sucesivas respuestas.
Dicen estos charlatanes y seductores de la mente que en aquel combate, cuando su primer hombre atrapó con sus elementos falaces a la raza de las tinieblas, fueron capturados príncipes de uno y otro sexo. De ellos fabricó el mundo, dejando a la mayor parte de los mismos encadenados a las fábricas celestes. Entre ellos había también algunas hembras preñadas. Cuando el cielo comenzó a girar, éstas, no pudiendo soportar el vértigo, abortaron. Sostienen también que tales fetos abortivos, machos y hembras, cayeron a tierra, sobrevivieron, crecieron, se aparearon y engendraron. He aquí el origen de toda carne que se mueve en la tierra, en el agua, en el aire. Por tanto, si la carne tiene su origen en el cielo, es el mayor absurdo considerarla impura por eso mismo. Particularmente teniendo en cuenta su afirmación de que, en la propia estructura del mundo, los mismos príncipes de las tinieblas están tan conglutinados en todo el entramado, desde el extremo superior hasta el inferior, que, cuanto más bien tuviese mezclado cada ser, tanto más alto merecía ser ubicado. Por eso, la carne, cuyo origen se pone en el cielo debería ser más pura que los vegetales que proceden de la tierra. Además, ¿hay mayor necedad que afirmar que los fetos, que tuvieron su origen antes de la mezcla con la vida, gozaron de tanta vitalidad que a pesar de haber sido abortados y haber caído del cielo a la tierra sobrevivieron, mientras que, una vez mezclados con la vida, no lo logran si no son paridos en el momento oportuno, y, si caen de un lugar un poco más alto, mueren al instante? Si el reino de la vida luchó contra el reino de la muerte, al mezclárseles la vida, ésta debió dotarles de más vitalidad, no de mayor capacidad de corrupción. Porque si las cosas detienen mejor la incorrupción en su propia naturaleza, debieron predicar dos naturalezas, no una buena y otra mala, sino ambas buenas, una de las cuales sería mejor.
¿En qué se apoyan para afirmar que son más impuras las carnes que sostienen que proceden del cielo, al menos estas que todos conocen? Pues consideran que los mismos cuerpos originales de los príncipes de las tinieblas surgieron como gusanillos de los árboles que allí nacieron; estos árboles a su vez proceden de aquellos cinco elementos. Por tanto, si los cuerpos de los animales traen su primer origen de los árboles y el segundo del cielo, ¿qué razón hay para considerarlos más inmundos que los frutos de los árboles? Si se debe a que cuando mueren pierden el alma, de modo que ya es impuro todo lo que queda después que la vida lo ha abandonado, ¿por qué, en virtud del mismo principio, no son impuras las hortalizas o frutas que, como antes se dijo, mueren cuando se las coge o se las arranca? En efecto, no aceptan sentirse culpables de estos homicidios, en tanto no arranquen nada de la tierra o del árbol.
Afirman que en el único cuerpo de un ser vivo hay dos almas, una buena de la raza de la luz y otra mala de la raza de las tinieblas. ¿Acaso cuando se da muerte a un animal huye el alma buena y queda la mala? En caso de ser así, si viviese el animal muerto, ¿cómo vivía en la raza de las tinieblas, cuando tenía únicamente el alma de su raza, con la que también se había rebelado contra los reinos divinos? En consecuencia, si, al morir cualquier animal, abandona la carne una y otra alma, la buena y la mala, ¿por qué se considera impura la carne como si sólo la abandonase el alma buena? Porque si permanecen algunos restos de vida, pertenecen a una y otra. Incluso mantienen que ni siquiera el estiércol se queda sin algún resto, aunque sea mínimo, de los miembros de Dios. No hallan, pues, ninguna razón para afirmar que las carnes son más impuras que los frutos.
Pero intentando hacer ostentación de una engañosa castidad, juzgan que la carne es más impura porque procede de la unión carnal. ¡Como si no se viesen obligados a socorrer mediante la manducación a aquel miembro divino con tanta mayor urgencia cuanto más estrechamente ligado lo consideran a tal lugar! Finalmente, si tal es la causa de la mayor impureza de la carne, coman los cuerpos de aquellos animales que no nacen de unión .carnal, como son las innumerables especies de gusanos, algunos de los cuales, nacidos de los árboles, se comen ordinariamente en ciertas regiones de Venecia. También debieron tomar como alimento las ranas que espontáneamente genera la tierra tras la lluvia. Así liberarían a los miembros de su Dios mezclados con tales formas. Eso en el caso de que detesten la carne que se propaga por la unión sexual. De esa manera podrían argüir de error al género humano por alimentarse de gallinas y palomas, procreadas por la unión de macho y hembra, mientras rechazan las ranas que son más puras, hijas del cielo y de la tierra.
En efecto, según sus creaciones fantásticas los primeros príncipes de los demonios, cuyos progenitores fueron los árboles, son más puros que el mismo Manés al que engendraron su padre y su madre mediante la unión carnal. Son más puros sus propios piojos, que nacen sin unión carnal, por la traspiración, del sudor de la carne o del cuerpo, que los mismos miserables (maniqueos) que han nacido del comercio carnal de sus padres. O, si ya consideran impuro todo lo que se origina de la carne, incluso sin unión carnal, serán impuras las hortalizas y los frutos, que brotan más fértiles y lozanos en el estiércol. Vean, por tanto, qué pueden hacer o decir quienes defienden que los frutos son más puros que las carnes. En efecto, ¿origina la carne algo más sucio que el estiércol? ¿Se puede mostrar algún fertilizante mejor para los frutos? Es verdad que aseguran que al masticar y digerir los alimentos huye de ellos la vida, quedando un mínimo de ella en el estiércol. ¿Por qué, pues, salen vuestros alimentos de allí donde permanece un mínimo de vida? Es decir, por qué los frutos de la tierra brotan con mayor calidad, tamaño y cantidad del estiércol? La carne no se alimenta de las heces de la tierra, sino de sus frutos; la tierra en cambio se fertiliza con los excrementos de la carne, no con sus retoños.
Elijan, pues, qué es más puro, o, ya corregidos, dejen de ser los impuros e infieles para quienes nada hay puro y se adhieran con nosotros al Apóstol que dice: Todo es puro para los puros15; del Señor es la tierra y cuanto la llena16; toda criatura de Dios es buena17. Todo lo que existe en su naturaleza es bueno en su orden y nadie peca en ello, a no ser quien, no respetando por obediencia a Dios su propio orden, altera el de las demás cosas usando mal de ellas.
Sombra y realidad
- Nuestros patriarcas, que agradaron a Dios, mantuvieron el orden que les correspondía en el hecho mismo de obedecer. Todo lo que Dios asigna con sus mandatos en los momentos adecuados, lo cumplieron según tal asignación. Respecto a las carnes, dadas para alimento, puesto que todas son buenas por naturaleza, se privaron de algunas, impuras porque simbolizaban algo en aquel tiempo en que se había mandado no comer de ellas para prefigurar con tal simbolismo la manifestación de realidades futuras. Obedecieron también en lo ordenado respecto al pan ácimo y otras normas por el estilo, sombra del futuro18, según el Apóstol. Convenía que esas observancias se cumpliesen de ese modo, y que lo que se nos ha revelado ahora fuese anunciado de esa manera. Por tanto, en el caso de no haber querido cumplir dichas observancias, los hombres de aquella época y pueblo hubiesen sido tan culpables, como necios seríamos nosotros si ahora, manifestado ya el Nuevo Testamento, juzgásemos que son de algún provecho para nosotros aquellas observancias que tenían la función de señalar el futuro. Los libros del Antiguo Testamento han sido escritos pensando en nosotros, para que, tras conocerlo, por habérsenos revelado con tanta anticipación en aquellas figuras, mantuviéramos con fe y firmeza lo que ya se nos ha revelado y anunciado con su manifestación. Así, pues, seríamos sacrílegos e impíos si juzgásemos que tenemos que rechazarlos porque el Señor no nos manda observar en su materialidad lo en ellos escrito, sino entenderlo y realizarlo espiritualmente. Pues fueron escritos en atención a nosotros para quienes ha llegado el fin de los tiempos19, como dice el mismo Apóstol. Todo lo escrito antes fue escrito para nuestra enseñanza20. Por tanto, en el Antiguo Testamento era pecado no comer el pan ácimo durante los siete días establecidos21, aunque no lo es ya en la época del Nuevo.
Pero en la esperanza del siglo futuro que poseemos en Cristo que nos renueva a todos, revistiendo nuestra alma de justicia y nuestro cuerpo de inmortalidad, es siempre pecado creer que hemos de padecer o actuar algo bajo la necesidad e indigencia de la vieja corrupción, en tanto pasan estos siete días, con que se expresa el transcurso del tiempo. Esto que, oculto bajo las figuras en la época del Antiguo Testamento, lo entendían algunos santos, en la época del Nuevo se anuncia como revelado a los pueblos, una vez descubierto. Por esa razón la Escritura entonces tenía valor de precepto, ahora de testimonio.
En algún momento fue pecado no celebrar la fiesta de los tabernáculos22, ahora no lo es. No estar vinculado al tabernáculo de Dios que es la Iglesia lo es siempre. Pero entonces se prefiguraba bajo un precepto; ahora se lee su manifestación en él, convertido en testimonio. Lo que entonces se construyó no recibiría el nombre de tabernáculo del testimonio, si, mediante una significación adecuada, no diese testimonio a alguna verdad que había de ser revelada en su momento.
Engarzar púrpura en los vestidos de lino y vestirse de lino y lana fue en algún momento pecado23, ahora no lo es. Pero vivir desordenadamente y querer mezclar distintos estilos de vida, de modo que la religiosa lleve los atavíos de una casada, o que la que, por no poder contenerse, contrajo matrimonio se disfrace de virgen, es sin duda alguna pecado. Lo mismo si se mezcla algo improcedente, de otro género de vida, en la vida de alguien. Entonces se simbolizaba en los vestidos lo que ahora se manifiesta en las costumbres. Aquel era el momento de simbolizar, este el de manifestar. La misma Escritura, que entonces exigía las obras simbólicas, ahora es testigo de las realidades simbolizadas, y lo que entonces se observaba para anunciarlas, ahora se lee para confirmarlas.
Entonces no era lícito uncir el asno y el buey juntos para el trabajo24, ahora sí. Lo proclamó el Apóstol al recordar el texto escriturístico que impedía poner bozal al buey que trilla y decir: Acaso se preocupa Dios de los bueyes? ¿Por qué entonces se lee ahora, cuando ya es lícito lo que prohibió entonces? Porque el mismo Apóstol dice a continuación allí: La Escritura lo dice por nosotros25. Y ciertamente indica falta de piedad no leer lo que está escrito pensando en nosotros. Pensando en nosotros, a quienes se nos descubre, más que en aquellos en quienes se daba el símbolo. Si es necesario, cada cual unce juntos el buey y el asno, sin detrimento de la tarea a realizar. Sin embargo, nadie asocia sin producir escándalo a un sabio y a un necio, no en el sentido de que uno mande y otro obedezca, sino en paridad de atribuciones, en orden a anunciar la palabra de Dios. Así, pues, retenemos la misma Escritura. Entonces ordenaba con poder lo que había que ocultar bajo las sombras y que ahora se revela, y ahora atesta con autoridad lo ya descubierto a la luz y que entonces se ocultaba.
A propósito del calvo y del hombre de entradas26, a los que la ley designó como impuros, Fausto o prestó poca atención o topó con un códice mendoso. ¡Ojalá él hubiera deseado tener calva la frente y no se hubiese avergonzado de fijar en ella la cruz de Cristo! Al instante hubiese dado fe a Cristo que grita: Yo soy la verdad27, y no hubiese creído que murió con falsas heridas ni que resucitó con falsas cicatrices. Dice también: “Yo no he aprendido a engañar, digo lo que pienso”. No es, pues, discípulo de su Cristo, de quien piensa en su demencia que mostró falsas cicatrices a sus discípulos cuando dudaban de él, y quiere que se le crea, como a persona infalible, no sólo respecto a sus otras frivolidades, sino incluso respecto al engaño que tiene por autor a Cristo. ¿Es él mejor que Cristo, dado que él no engaña, mientras Cristo sí? ¿O por ese mismo hecho deja de ser discípulo de Cristo que es veraz, y lo es más bien del falaz Manés, pues engaña hasta en el hecho de gloriarse de no haber aprendido a engañar?