BAC vol. 28
Libro 02
CUESTIONES SOBRE EL HEPTATEUCO LIBRO II
Cuestiones sobre el Éxodo
[Al final se encuentra la descripción del tabernáculo]
1 (Ex 1,19.20). En relación a la mentira de las parteras, que engañaron al faraón para no tener que matar a los niños hebreos al nacer, diciendo que las mujeres hebreas no daban a luz como las egipcias, suele preguntarse si tales mentiras han sido aprobadas por la autoridad de Dios, puesto que la Escritura dice que Dios favoreció a las parteras. Pero no sabemos si perdonaba la mentira por su misericordia o si juzgaba que era digna de premio. Porque las parteras hacían una cosa, dejando con vida a los niños hebreos, y otra, mintiendo al faraón. Al respetar la vida de los niños, hacían una obra de misericordia; pero utilizaban aquella mentira en favor suyo para que el faraón no las castigara, cosa que pudo pertenecer no a la alabanza, sino a la excusa. Por este texto, según me parece a mí, no se da permiso para mentir a aquellos de quienes se dice: Y no se encontró en su boca mentira1. Pues la vida de algunos es muy inferior a la actuación de los santos, si tiene estos pecados de mentira, dejándose llevar por su propio impulso e inclinación, sobre todo si no saben esperar los celestes beneficios divinos y, al contrario, están ocupados con los bienes terrenos. Pero los que viven como ciudadanos del cielo2, como dice el Apóstol, no creo que deban formar su modo de hablar en el ejemplo de las parteras por lo que respecta a decir la verdad y a evitar la mentira. Pero convendría discutir más ampliamente esta cuestión a causa de otros ejemplos que hay en las Escrituras.
2 (Ex 2,12). Acerca de la acción de Moisés, por la que mató a un egipcio para defender a sus hermanos, ya he discutido lo suficiente en aquella obra que escribí contra Fausto sobre la vida de los patriarcas. Se trata de saber si el carácter de Moisés, que le impulsó a cometer aquel pecado, es digno de alabanza, como, por ejemplo, suele alabarse también la fertilidad de la tierra ante semillas útiles, aunque produzca también hierbas inútiles, o si hay que justificar totalmente el hecho en sí. Esto último no parece aceptable, porque Moisés no tenía aún ninguna potestad legítima, ni recibida de Dios ni otorgada por la sociedad humana. Sin embargo, como dice Esteban en los Hechos de los Apóstoles, él pensaba que sus hermanos comprenderían que Dios iba a darles la salvación por medio de él3, para que por este testimonio se viera que Moisés pudo atreverse a hacer esto amonestado ya por Dios, cosa que la Escritura no dice en este lugar.
3 (Ex 3,4). El Señor le llamó desde la zarza. ¿Le llamó el Señor en forma de ángel? ¿O es el Señor aquel ángel que recibe el nombre de Ángel del gran consejo4 y se interpreta que es Cristo? Porque un poco antes dice el texto: Se le apareció el ángel del Señor en forma de llama de fuego que salía de la zarza5.
4 (Ex 3,8). Para sacarlos de aquella tierra hacia una tierra buena j espaciosa, una tierra que mana leche y miel. ¿Debemos tomar en sentido espiritual esta tierra que mana leche y miel, porque, según la propiedad de nuestro lenguaje, así era la tierra aquella que se dio al pueblo de Israel? ¿O es un modo de expresarse para alabar la fertilidad y la suavidad de aquella tierra?
5 (Ex 3,9). Y he aquí que ahora el clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí. No como el clamor de los sodomitas6, que significa la iniquidad sin temor y sin vergüenza.
6 (Ex 3,22). El Señor mandó a los hebreos por medio de Moisés que pidieran a los egipcios objetos de oro y plata y vestidos, y luego añade: Y despojaréis a los egipcios. Esto no puede tomarse como un mandato de algo injusto. Es un mandato de Dios, que no hay que juzgar, sino que hay que obedecer. En realidad, Dios sabe cuán justamente lo mandó. Al siervo corresponde, pues, hacer obedientemente lo que manda el Señor.
7 (Ex 4,10). Moisés dijo al Señor: Te ruego, Señor, yo no soy hombre elocuente ni antes de ayer ni hace tres días ni desde que comentaste a hablar a tu siervo. Según esto, se entiende que Moisés creía que podía llegar a ser súbitamente un hombre elocuente por voluntad de Dios, pues dice: Ni desde que comentaste a hablar a tu siervo, como si quisiera afirmar que pudo ocurrir que quien no era elocuente antes de ayer o hacia tres días, pudiera llegar a serlo de repente, a partir del momento en que el Señor comenzó a hablar con él.
8 (Ex 4,11). ¿Quién ha hecho al mudo y al que oye, al que ve y al ciego? ¿No soy yo el Señor Dios? Algunos acusan a Dios o a la Escritura del Antiguo Testamento sobre todo, porque Dios dijo que él había hecho al ciego y al mudo. ¿Qué dicen, pues, de Cristo el Señor, que afirma claramente en el Evangelio: Yo he venido para que los que no ven vean y los que ven queden ciegos?7 Porque ¿quién cree, a no ser un necio, que le pueda sobrevenir a un hombre un defecto corporal sin que Dios lo quiera? Pero nadie pone en duda que Dios quiere todo con justicia.
9 (Ex 4,12). El Señor dice a Moisés: Pero ahora vete y yo abriré tu boca y te diré lo que has de decir. Aquí aparece con suficiente claridad que es obra de la voluntad y gracia de Dios no sólo la instrucción de su boca, sino también el hecho mismo de abrirla. Pues no le dice: abre tu boca y yo te diré, sino que Dios le promete ambas cosas: Yo abriré y yo te instruiré8. En otro sitio en un salmo se dice: Abre de par en par tu boca y yo la llenaré —aquí se indica que hay en el hombre la voluntad de recibir lo que Dios da al que lo desea. La expresión: Abre de par en par tu boca, se refiere al deseo de la voluntad; y la expresión: Yo la llenaré, a la gracia de Dios—. Aquí, en nuestro texto, se dice: Yo abriré tu boca y yo te instruiré.
10 (Ex 4,14). El Señor, encolerizado por la ira, dijo. Para no repetir siempre lo mismo, cuando la Escritura habla de que Dios se encoleriza, hay que advertir de una vez para siempre cómo se puede entender eso, sabiendo que Dios no lo hace como un hombre por una perturbación irracional. Pero podemos preguntar con toda razón por qué aquí Dios, encolerizado, dijo acerca del hermano de Moisés que él hablaría al pueblo en nombre de Moisés. Parece que, como a uno que desconfiara, no le dio la autoridad total que le había de dar, y que quiso hacer por medio de dos personas lo que podría haber hecho por medio de una sola, si esa persona hubiera tenido fe. No obstante, consideradas todas estas palabras más atentamente, no significan que el Señor, airado, le diera a Aarón como castigo. Pues el texto dice así: ¿No tienes a tu hermano Aarón el levita? Sé que él habla bien9. Por estas palabras se demuestra que Dios le reprendió más bien el que tuviera miedo de presentarse al pueblo por ser menos apto, teniendo como tenía a su hermano para hablar por medio de él al pueblo lo que Dios quisiera, puesto que él era débil de voz y torpe de lengua; aunque tenía que esperar todo de Dios. El Señor repite después lo mismo que había prometido poco antes y después de haberse encolerizado. Efectivamente había dicho: Abriré tu boca y te instruiré. Y ahora dice: Abriré tu boca y su boca y os instruiré sobre lo que tenéis que hacer10. Pero como el Señor añadió: El hablará por ti al pueblo11 parece que se le concedió la apertura de la boca, porque Moisés dice que él es torpe de lengua. Acerca de la debilidad de voz el Señor no quiso conceder nada a Moisés. Para evitarla, le concedió la ayuda de su hermano, quien podría emplear la voz que fuera conveniente para enseñar al pueblo. En relación a lo que dice luego: Y pondrás mis palabras en su boca demuestra que el Señor le daría las palabras que habría de decir. Porque si sólo se las diera para que las oyera como las oye la gente, se las dictaría al oído. Un poco más adelante dice: El hablará por ti al pueblo y él será tu boca. También aquí se sobreentiende «para el pueblo». Y al añadir: Hablará por ti al pueblo, indica suficientemente que Moisés tenía la autoridad y Aarón el ministerio. Finalmente, en relación a lo que dice: Tú, en cambio, serás para él las cosas que son para Dios, quizá haya que ver aquí un gran misterio, cuya representación lleva Moisés como intermediario entre Dios y Aarón, y Aarón como intermediario entre Moisés y el pueblo.
11 (Ex 4,24—26). Y sucedió que en el camino, junto al lugar donde descansaba, se le apareció el ángel e intentaba matarle. Séfora tomó entonces una piedra y circuncidó el prepucio de su hijo y cayó a los pies de Moisés diciendo: «Se paró la sangre de la circuncisión de mi hijo», y el ángel se apartó de él; por eso, ella dijo: «Cesó la sangre de la circuncisión». Con relación a estas palabras de la Escritura se pregunta, primero, si era a Moisés a quien quería matar el ángel, puesto que se dice: Se le presentó el ángel e intentaba matarle, y ¿a quién hemos de creer que se presentó, sino a aquel que iba al frente de toda la gente y que conducía a los demás? O si era al niño a quien quería matar, y la madre lo salvó circuncidándolo. Y en este supuesto, habría que pensar que el ángel quería matar al niño porque no estaba circuncidado, y así se sancionaría el precepto de la circuncisión con la severidad del castigo. Si se trata de esto último, no sabemos de quién se dijo antes: Intentaba matarle, porque, a no ser que aparezca en lo que sigue, se ignora a quién podría decirse antes con una expresión ciertamente rara e inusitada: se le presentó e intentaba matarle, porque antes no había dicho nada acerca de esta persona. Una cosa parecida sucede con las palabras del salmo: Sus cimientos están sobre los montes santos; el Señor ama las puertas de Sión12. El salmo, en efecto, comienza con esas palabras sin decir nada acerca de aquel o de aquella de cuyos cimientos quiso hablar, cuando dijo: Sus cimientos están sobre los montes santos. Pero como a continuación dice: El Señor ama las puertas de Sión, se concluye que se trata de los cimientos o del Señor o de Sión. Y como el sentido más fácil es el que se refiere a Sión, los cimientos serían los cimientos de la ciudad. Ahora bien, como en el pronombre eius (sus cimientos) el género es ambiguo —puesto que este pronombre puede ser masculino, femenino y neutro—, y en griego, en cambio, en femenino se dice aites y en masculino y en neutro aitou, y el códice griego tiene aitou, nos vemos obligados a admitir que se trata, no de los cimientos de Sión, sino de los cimientos del Señor, es decir, de los cimientos que construyó el Señor, de quien se dice: El Señor que edifica Jerusalén13. Anteriormente, al decir: Los cimientos están sobre los montes santos, no había mencionado ni a Sión ni al Señor. Aquí, en nuestro texto, sucede lo mismo: antes de mencionar al niño, se dijo: Se le presentó e intentaba matarle, de modo que podemos saber por lo que sigue de quién se trata. Aunque si alguien quisiera entender ese texto como referido a Moisés, no hay por qué negarlo rotundamente. Más bien habría que entender lo que sigue, si ello es posible, como queriendo decir que el ángel se apartó de matar a cualquiera de ellos precisamente porque la mujer dijo: Cesó la sangre de la circuncisión del niño. En realidad no dice: «se apartó de él» por haber circuncidado al niño, sino porque cesó la sangre de la circuncisión. No porque corrió esa sangre, sino porque cesó con gran misterio, si no me equivoco.
12 (Ex 4,20). Puede uno preguntar cómo pueden ser verdaderas las dos cosas que dice más arriba la Escritura, a saber, que Moisés puso a su mujer y a sus hijos sobre unos medios de transporte para ir con ellos a Egipto, por una parte, y, por otra, que luego su suegro Jetró se le presentó con ellos, después de haber sacado Moisés al pueblo de Egipto14. Habría que pensar que después de aquel intento del ángel de matar a Moisés o al niño, la mujer de Moisés volvería a Egipto, con los hijos. Pues algunos han pensado que el ángel le prohibió que le acompañara la mujer, para que no pusiera obstáculos al ministerio que Moisés realizaba por mandato divino.
13 (Ex 5,1-3). Podemos preguntar por qué se dice al pueblo que Dios ordenó sacar a los israelitas de Egipto para llevarlos a la tierra de Canaán, y, en cambio, al faraón se le dice que el pueblo quiere hacer un viaje de tres días en dirección al desierto para ofrecer sacrificios a su Dios, tal como su Dios se lo ha mandado. En relación a esto hay que pensar que, aunque Dios supiera lo que iba a hacer, porque sabía de antemano que el faraón no consentiría en dejar marchar al pueblo, se dijo primero lo que se haría también primero, en el caso de que el faraón dejara salir al pueblo. Efectivamente, la contumacia del faraón y de los suyos consiguió que todo se hiciera como afirma la Escritura a continuación. Porque Dios no manda con mentira lo que sabe que no hará aquel a quien se le manda, para que se siga un juicio justo.
14 (Ex 5,22-23). Moisés dice al Señor: ¿Por qué has afligido a este pueblo? ¿Por qué me has enviado? Porque desde que fui al faraón para hablarle en tu nombre… contra este pueblo, y tú no has librado a este pueblo. Estas palabras no son palabras de rebelión o indignación, sino de búsqueda y oración. Esto aparece claramente por lo que el Señor le responde. Pues no le reprende su infidelidad, sino que le revela lo que va a hacer.
15 (Ex 6,14-28). No hay duda de que es un misterio el hecho de que la Escritura, queriendo mostrar el origen de Moisés, puesto que su actuación ya era larga, comience su genealogía a partir del primogénito de Jacob, es decir, desde Rubén, y después mencione a Simeón y luego a Leví, pero no siga más adelante, pues Moisés proviene de Leví. En cambio, se mencionan aquí los que ya se mencionaron entre aquellas setenta y cinco personas con las que Israel entró en Egipto. Dios no quiso que ni la primera tribu, ni la segunda, sino la tercera, la tribu de Leví, fuera la tribu sacerdotal.
16 (Ex 6,30). Moisés dice: Mira que yo soy débil de voz, ¿cómo me va a escuchar el faraón? Estas palabras parecen buscar excusas en la debilidad de la voz, no sólo ante una multitud de gente, sino también ante un solo hombre. Es extraño que Moisés tuviera una voz tan débil que ni siquiera le pudiera oír un hombre solo. ¿Acaso la fastuosidad regia no les permitía hablar desde cerca? Pero a Moisés se le dice: Mira que te he constituido como un dios para el faraón, y tu hermano Aarón será tu profeta.
17 (Ex 7,1). Hay que advertir que, cuando Moisés fue enviado al pueblo, no se le dijo: Mira que te he constituido como un dios para el pueblo y tu hermano será tu profeta, sino que se le dijo: Tu hermano hablará por ti al pueblo. También se le dijo: Será tu boca, y tú serás para él las cosas que son para Dios15. No se le dice: Tú serás para él un dios. En cambio se dice que Moisés fue dado al faraón como un dios y, siguiendo la analogía, Aarón se le dio a Moisés como profeta, pero para el faraón. Aquí se insinúa que los profetas de Dios nos dicen las cosas que oyen de parte de Dios y que el profeta de Dios no es más que el anunciador de las palabras de Dios a los hombres, los cuales o no pueden o no merecen oír a Dios.
18 (Ex 7,3). Dios dice con frecuencia: Endureceré el corazón del faraón. Y añade la causa de que obre así: Endureceré —dice— el corazón del faraón y cumpliré mis señales y mis portentos en Egipto, como si el endurecimiento del corazón del faraón fuera necesario para que se multiplicaran o se cumplieran los prodigios de Dios en Egipto. Dios usa bien de los corazones malos para lo que quiere manifestar a los buenos o a los que habrá de hacer buenos. Y aunque la manera de ser de cada corazón en la maldad, es decir, la inclinación al mal que tenga cada corazón, se produzca por propia culpa, que aumenta por decisión de la propia voluntad, sin embargo, para que la voluntad se mueva hacia una parte o hacia otra por esa manera de ser mala, cuando se mueve con maldad hacia una parte o hacia otra, tiene que suceder por aquellas causas que impulsan al ánimo; causas cuya existencia no está en poder del hombre, sino que proceden de la providencia oculta de Dios, ciertamente justísima y sapientísima, que dispone y administra todo lo que ha creado. Por tanto, fue culpa del faraón el tener un corazón que la paciencia de Dios no lo moviera a compasión, sino a la impiedad. Pero fue voluntad de Dios que sucedieran aquellas cosas por las cuales el corazón del faraón resistiera tan malignamente por propia culpa a los mandamientos de Dios —esto es lo que significa «se endureció», es decir, que no consentía con flexibilidad, sino que resistía inflexiblemente—. Y esa voluntad de Dios preparaba para un corazón así una pena no sólo no injusta, sino claramente justa, por medio de la cual se enmendaran los que temen a Dios. Así, por ejemplo, ante la posibilidad de un lucro para cometer un homicidio, el avaro se mueve de una manera y el despreciador del dinero de otra: aquél, para cometer el crimen; éste, para evitarlo. Pero la proposición del propio lucro no estuvo en poder de ninguno de ellos. Así, a los hombres malos les sobrevienen causas que no están, evidentemente, bajo su control, sino que esas causas hacen de ellos como los encontraron ya hechos por propia culpa según su voluntad anterior. Hay que ver, por consiguiente, si se puede interpretar también la frase: Yo endureceré, como si quisiera decir: «Yo demostraré qué duro es».
19 (Ex 7,9). Si el faraón os habla diciendo: «Dadnos alguna señal o prodigio», dirás a tu hermano Aarón: «Toma tu vara y échala delante del faraón y de sus siervos, y se convertirá en dragón. Aquí, ciertamente, no había necesidad alguna de hablar, a pesar de que, según parece, Aarón se le concedió a Moisés como por necesidad, dada la debilidad de su voz. Moisés sólo tenía que tirar la vara para que se convirtiera en dragón. ¿Por qué no lo hizo Moisés? Sin duda porque esta mediación de Aarón entre Moisés y el faraón significa alguna cosa grande.
20 (Ex 7,10). Hay que advertir, además, que, cuando Aarón realizó ante el faraón aquel prodigio, la Escritura dice: Y echó Aarón su vara. Si hubiera dicho «echó la vara», probablemente no hubiera habido ningún problema. Pero el añadir «su», habiéndole dado Moisés a Aarón la vara, podemos pensar que no se ha dicho esto sin motivo. ¿O era aquella vara de ambos, de modo que si se afirmaba que era de cualquiera de ellos, se decía la verdad?
21 (Ex 7,12). Pero la vara de Aarón devoró sus varas. Si se hubiera dicho: «El dragón de Aarón devoró sus varas», se entendería que un verdadero dragón de Aarón no habría devorado aquellas fantásticas figuras, sino las varas. Por eso pudo devorar lo que eran, no lo que parecían ser y no eran. Pero como dice: La vara de Aarón devoró sus varas, un dragón pudo, evidentemente, devorar varas, no una vara. Pero una cosa recibe el nombre del objeto de donde procedió, no del objeto en que se convirtió, porque también regresó a lo mismo. Por eso, debía llamársele lo que fundamentalmente era. Y ¿qué hay que decir de las varas de los magos? ¿Se convirtieron también ellas en verdaderos dragones, pero recibieron el nombre de varas por la misma razón que la vara de Aarón? ¿O parecían más bien ser lo que no eran por un juego de hechicería? ¿Por qué entonces se les llama en ambos casos varas y dragones, de tal modo que no se diferencia en nada el modo de hablar acerca de aquellas figuras? Pero, aunque se hubieran convertido en verdaderos dragones las varas de los magos, es difícil demostrar cómo no fueran los creadores de los dragones ni los magos ni los ángeles malos, con cuyo concurso se realizaban aquellas cosas. Hay, efectivamente, en las cosas corporales distribuidas por todos los elementos del mundo, unas razones seminales ocultas que, cuando se les da la ocasión temporal y causal, originan especies debidas a sus modos y fines. Y así, a los ángeles que hacen estas cosas no se les llama creadores de los animales, como tampoco se les llama creadores de los productos o de los árboles o de cualquier otra cosa que brote de la tierra a los agricultores, aunque sepan aportar ciertas oportunidades y ciertas causas externas para que nazcan esas cosas. Pues bien, lo que éstos hacen visiblemente, los ángeles lo hacen invisiblemente. Pero Dios es solo y único creador, que sembró en las cosas las propias causas y las razones seminales. El tema lo he explicado brevemente. Si lo explicara con ejemplos y con una amplia discusión, para que se comprendiera más fácilmente, necesitaría un largo discurso, que me dispensa de hacerlo la prisa que tengo.
22 (Ex 7,22). Pero hicieron también lo mismo los magos de los egipcios con sus encantamientos, y se endureció el corazón del faraón y no les escuchó, como había dicho el Señor. Al decir esto, parece que el corazón del faraón se endureció porque los magos de los egipcios también habían hecho lo mismo. Pero lo que viene a continuación nos demostrará lo grande que fue aquella dureza de corazón, incluso cuando los magos fallaron.
23 (Ex 8,7). Pero hicieron también lo mismo los magos de los egipcios con sus encantamientos y sacaron las ranas sobre la tierra de Egipto. Podemos preguntarnos de dónde las sacaron si ya estaban por todas partes. Pero una pregunta semejante se presenta para saber cómo convirtieron también el agua en sangre, si toda el agua de Egipto ya se había convertido en sangre. Para responder, es preciso pensar que la región que habitaban los hijos de Israel no fue golpeada por aquellas plagas. Y por eso los magos pudieron o sacar agua para convertirla en sangre, o sacar algunas ranas para la sola demostración del poder mágico, aunque pudieron también hacer esas cosas después de estar ocultas. Pero la Escritura unió sin interrupción la narración de lo que pudo incluso suceder después.
24 (Ex 8,15). El faraón vio que había un respiro. Y se endureció su corazón y no les escuchó, como había dicho el Señor. Estas palabras demuestran que las causas del endurecimiento del corazón del faraón no fueron únicamente el que los magos hicieran cosas parecidas, sino también la propia paciencia de Dios que le perdonaba. La paciencia de Dios, según los corazones de los hombres, para unos es útil en cuanto que conduce a que se arrepientan; para otros es inútil, pues conduce a que resistan a Dios y perseveren en el mal. Pero esa paciencia por sí misma no es inútil; sólo lo es para el corazón malo, como he dicho. Esto mismo dice el Apóstol: ¿Ignorando que la paciencia de Dios te impulsa a la conversión? Por la dureza de tu corazón y por tu corazón impenitente atesoras contra ti ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada uno según sus obras16. Y en otro lugar, cuando dijo: Somos el buen olor de Cristo en todo lugar, añadió además lo siguiente: entre los que se salvan y entre los que se pierden17. No dijo que eran buen olor de Cristo para los que se salvan y mal olor para los que se pierden. Sólo dijo que eran buen olor. Sin embargo, aquellos hombres son de tal naturaleza, que perecen hasta con el buen olor, según el modo de ser de su corazón, como he repetido muchas veces; modo de ser que hay que cambiar por la buena voluntad en la gracia de Dios, para que comiencen a aprovecharle los juicios de Dios, que condenan a los corazones malos. Por eso, aquel hombre, con su corazón cambiado hacia mejor cantaba: Vivirá mi alma y te alabará, y tus juicios me ayudarán18. No dice: «tus dones» o «tus premios», sino tus juicios. Pero queda aún mucho para que con sincera confianza pueda decirse: Pruébame, Señor, y tiéntame; quema mis riñones y mi corazón. Y para que no parezca que se atribuye algo proveniente de sus propias fuerzas, añade: Porque tu misericordia está ante mis ojos y me complazco en tu verdad19. Recuerda la misericordia que Dios ha tenido con él, de modo que pueda complacerse en la verdad, porque todos los caminos del Señor son misericordia y verdad20.
25 (Ex 8,19). Los magos dijeron al faraón: El dedo de Dios está aquí. Esto lo dijeron porque no pudieron producir los mosquitos. En relación a esto decimos que, efectivamente, se dieron cuenta de que sus intentos de producir los mosquitos habían sido vanos, pues no habían podido hacerlos, a pesar de que sabían el poder de sus artes malvadas. Pero no lo consiguieron con tales artes. Y entonces Moisés apareció como más poderoso en estas artes, a pesar de que lo hizo con el dedo de Dios, que ciertamente actuaba por medio de Moisés. El dedo de Dios, como clarísimamente dice el Evangelio, es el Espíritu Santo. En efecto, un evangelista narra así las palabras del Señor: Si yo por el dedo de Dios expulso los demonios21. Otro evangelista, describiendo esto mismo, quiso decirnos qué es el dedo de Dios, y dijo así: Si yo, por el Espíritu de Dios, expulso los demonios22. Los magos —en cuyo poder confiaba el faraón— confesaron, pues, que el dedo de Dios estaba en Moisés, que los vencía y que frustraba sus encantamientos, pero, no obstante, el corazón del faraón se endureció entonces de un modo verdaderamente extraordinario. Es difícil saber y explicar por qué fallaron los magos en esta tercera plaga, pues las plagas comenzaron desde que el agua se convirtió en sangre. Podían, pues, haber fallado también en el primer prodigio, cuando la vara se convirtió en serpiente, y en la primera plaga, cuando el agua se convirtió en sangre, o en la segunda, relativa a las ranas, si el dedo de Dios, o sea, el Espíritu Santo lo hubiera querido. Porque ¿quién habría tan insensato que dijera que el dedo de Dios pudo hacer fracasar con este milagro los intentos de los magos y no lo pudo con los anteriores? Por tanto, tiene que haber una causa totalmente cierta para explicar por qué se les permitió hacer aquellas cosas hasta este momento. Quizá se insinúa aquí la Trinidad, y —cosa que es verdad— los mayores filósofos de los gentiles, en cuanto se puede saber por sus escritos, filosofaron sin aludir al Espíritu Santo, aunque no omitieron hablar del Padre y del Hijo, dato que hasta Dídimo recuerda en el libro que escribió sobre el Espíritu Santo.
26 (Ex 8,21-23). He aquí que yo envío tábanos contra ti, y contra tus siervos, y contra tu pueblo y contra tus casas, de modo que las casas de los egipcios se llenarán de tábanos, para que sepas que yo soy el Señor Dios de toda la tierra. Pero haré separación entre mi pueblo y tu pueblo. Lo que aquí nos dice la Escritura que ocurrió, para no repetirlo en cada caso, debemos creer que sucedió también en los milagros anteriores y posteriores; es decir, que la tierra habitada por el pueblo de Dios no fue castigada con ninguna de esas plagas. Fue oportuno, sin embargo, ponerlo aquí expresamente, pues ya comenzaron a tener lugar prodigios semejantes a los cuales los magos ni siquiera intentaron hacerlos. Como en todas partes del reino del faraón había habido mosquitos, y, en cambio, no los había habido en la tierra de Gesén, no cabe duda de que allí intentaron hacer algo parecido los magos y no lo consiguieron. Hasta que fallaron, no se había dicho nada de la separación de aquella tierra. Pero desde que comenzaron a suceder estas cosas, ellos ya ni se atrevieron a hacer algo parecido y ni siquiera lo intentaron.
27 (Ex 8,25). En donde los códices latinos dicen: Id e inmolad al Señor vuestro Dios en el país, los códices griegos dicen: Venid e inmolad al Señor vuestro Dios en el país. El faraón no quería que fueran a donde ellos decían. Quería que ofrecieran sacrificios allí, en Egipto. Esto lo demuestran las palabras siguientes de Moisés, en donde se dice que eso no pueden hacerlo por las abominaciones de los egipcios.
28 (Ex 8,26). Las palabras de Moisés: No puede ser así, pues inmolaremos al Señor nuestro Dios las abominaciones de los egipcios, significan: nosotros hemos de ofrecer en sacrificio las cosas que abominan los egipcios y, por tanto, en Egipto no podemos hacerlo. Este sentido lo demuestran las palabras que vienen a continuación: Porque si inmoláramos delante de ellos lo que abominan los egipcios, seríamos apedreados. Algunos de nuestros traductores, que no entendieron este pasaje, lo tradujeron así: No puede ser así; ¿inmolaremos acaso al Señor nuestro Dios las abominaciones de los egipcios? Pero en realidad la Escritura ha dicho más bien que inmolarán lo que ellos abominan. Otros traductores latinos dicen esto: No puede ser así; porque las abominaciones de los egipcios no las inmolaremos al Señor nuestro Dios. La partícula de negación da el sentido contrario, pues Moisés dijo: No puede ser así; pues inmolaremos al Señor nuestro Dios las abominaciones de los egipcios. Por eso decían que querían ir al desierto, en donde los egipcios no verían lo que ellos abominaban. A pesar de todo, hay que ver aquí un sentido místico, como dije también acerca de los pastores, que eran cosa abominable para los egipcios23, y por eso los israelitas recibieron una tierra separada cuando fueron a Egipto. Los sacrificios de los israelitas también son una abominación para los egipcios, de la misma manera que la vida de los buenos lo es para los malos.
29 (Ex 8,32). Cuando desapareció la langosta, se dijo lo siguiente acerca del faraón: Pero también esta vez el faraón endureció su corazón y no quiso dejar salir al pueblo. Ciertamente aquí no se dice: «Se endureció el corazón del faraón», sino: El faraón endureció su corazón. Así sucedió en todas las plagas; pues el origen de los vicios está en la voluntad del hombre. Los corazones de los hombres se mueven unas veces por unas causas y otras por otras distintas; en muchas ocasiones de manera distinta, según las propias disposiciones, que proceden de la voluntad.
30 (Ex 9,7). Viendo el faraón que no había muerto ningún animal de los hijos de Israel, se endureció el corazón del faraón. ¿Cómo sucedió este endurecimiento del corazón del faraón por causas de las que era de esperar lo contrario? Porque si hubieran muerto los animales de los israelitas, entonces aparecería una causa suficiente para que su corazón se endureciera, despreciando a Dios como si sus magos también hubieran hecho perecer los rebaños de los israelitas. Pues bien, lo que debió ser motivo para temer o para creer, viendo que no había muerto ningún animal de los rebaños de los hebreos, justamente eso fue lo que endureció el corazón del faraón, es decir, la dureza de su corazón llegó incluso hasta ese grado.
31 (Ex 9,8.9). ¿Qué significa lo que Dios dice a Aarón y a Moisés: Tomad unos puñados de ceniza del horno y que Moisés los lance hacia el cielo delante del faraón y delante de sus siervos, y se convierta en polvo en toda la tierra de Egipto. Los prodigios precedentes se hacían con la vara que Aarón, no Moisés, extendía sobre el agua o con la que golpeaba la tierra. Pero ahora, después de los portentos de los tábanos y de la muerte de los animales, en los que ni Aarón ni Moisés hacen nada con la mano, se dice que Moisés debe lanzar ceniza del horno hacia el cielo, ceniza que ambos deben tomar, pero que sólo Moisés debe lanzar, no a la tierra, sino al cielo, como si Aarón, que le había sido dado a Moisés para servir al pueblo, debiera golpear la tierra o extender la mano hacia la tierra o hacia el agua, y en cambio, Moisés, de quien se dijo: Será para ti las cosas que son para Dios24, recibe la orden de lanzar la ceniza al cielo. ¿Qué significan aquellos dos portentos anteriores en los que ni Moisés ni Aarón deben hacer nada con la mano? ¿Qué significa esta diferencia? Evidentemente, significa algo.
32 (Ex 9,16). Por esto se te ha conservado la vida: para que yo muestre en ti mi poder y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra. Estas palabras de la Escritura las adujo también el Apóstol al tratar de aquel pasaje tan difícil, pues allí dice también esto: Pues si Dios, queriendo mostrar su ira y manifestar su poder, soportó con mucha paciencia a los que son objeto de ira —perdonando, evidentemente, a quienes había previsto que serían malos y que llama objetos preparados para la perdición— y para dar a conocer las riquezas de su gloria con los objetos de misericordia25. De aquí la voz de los que fueron objeto de misericordia que aparece en los salmos: ¡Dios mío!, su misericordia me ayudará; mi Dios la demostrará para mí en mis enemigos26. Dios sabe usar bien de los malos. Pero no crea en ellos la naturaleza humana para el mal, sino que los soporta con paciencia, hasta que él sabe que conviene. Y lo hace, no en vano, sino usando de ellos para amonestar o para ejercitar a los buenos. Pues bien, que el nombre de Dios se anunciara en toda la tierra, aprovecha, ciertamente, a los que son objeto de misericordia. Así pues, el faraón fue preservado para su utilidad, como dice la Escritura y como enseña lo sucedido.
33 (Ex 9,19). ¿Por qué mandó Dios que el faraón se diera prisa en recoger su ganado y todo cuanto tenía en el campo para que no pereciera golpeado por el granizo, cuando le amenazó con enviarle una gran granizada? En realidad, este aviso parece estar inspirado más en la misericordia que en la ira. Pero esto no plantea ningún problema, cuando Dios, incluso estando airado, modera la pena. Lo que realmente plantea problema es saber de qué ganado se trata ahora, si es que habían muerto todos los animales en la plaga anterior27, cuando la Escritura dijo que Dios había hecho una separación entre los ganados de los hebreos y los de los egipcios, no muriendo ningún animal de los hebreos y muriendo, en cambio, todos los de los egipcios. ¿Se resuelve quizá la cuestión diciendo que Dios había predicho que morirían los que estuvieran en el campo, entendiendo que morirían todos los que estuvieran en el campo28, y en cambio, se abrían librado los que estuvieran en las casas, animales que pudieron incluso ser recogidos y guardados en casa por los que temieran que fuera verdad lo que Moisés había predicho que iba a hacer el Señor? De entre éstos, a su vez, podían estar en los campos los que ahora aconseja que se recojan en las casas para que no perezcan por el granizo. Y esto lo decimos sobre todo por lo que refiere a continuación la Escritura: Los siervos del faraón que temieron la palabra del Señor, recogieron sus ganados en sus casas. En cambio, los que no prestaron atención a la palabra del Señor, dejaron sus ganados en el campo29. Pudo, pues, acontecer esto, puesto que Dios amenazó también con la muerte de los ganados, aunque la Escritura lo haya omitido.
34 (Ex 9,22). Y dijo el Señor a Moisés: «Extiende tu mano hacia el cielo y caerá granizo en toda la tierra de Egipto». Moisés recibe otra vez el mandato de extender su mano, no hacia la tierra, sino hacia el cielo, como antes, cuando se trató de la ceniza.
35 (Ex 9,27). Cuando el faraón, aterrado por los truenos del cielo, que eran muy fuertes durante la granizada, pidió a Moisés que intercediera por él, confesando su iniquidad y la de su pueblo, Moisés le dijo: Sé que ni tú ni tus siervos teméis aún al Señor30. ¿Qué clase de temor buscaba aquel para quien este temor todavía no era el temor del Señor? Es fácil temer la pena; pero esto no es temer a Dios, naturalmente, con aquel temor de piedad que recuerda Jacob cuando dice: Si el Dios de mi padre Abraham y el temor de Isaac no hubiera estado conmigo, ahora mismo me hubieras despachado sin nada31.
36 (Ex 10,1). El Señor dijo a Moisés: «Vete al faraón, pues yo he endurecido su corazón y el de sus siervos para que vengan sobre ellos por su orden estos portentos míos». El texto dice: Yo he endurecido su corazón para que vengan sobre ellos por su orden estos portentos míos, como si Dios necesitara de la malicia de alguien. El texto hay que entenderlo así: «Yo tuve paciencia con él y con sus siervos, de modo que no los quitare de en medio», para que vengan sobre ellos por su orden mis portentos. Puesto que su ánimo malo se hacía más obstinado con la paciencia divina, en lugar de decir «fue paciente con él», dice: endurecí su corazón.
37 (Ex 10,19.20). No quedó ni una sola langosta en toda la tierra de Egipto. Y el Señor endureció el corazón del faraón. La Escritura recuerda el favor, que ciertamente venía de Dios, de hacer desaparecer las langostas, y dice a continuación que el Señor endureció el corazón del faraón. Lo hizo ciertamente por su favor y por su paciencia, que daba origen a aquella obstinación, mientras Dios le perdonaba, como hacen todos los corazones malos de los hombres, que se endurecen usando mal de la paciencia de Dios.
38 (Ex 10,21). Por tercera vez se le dice a Moisés: Extiende tu mano hacia el cielo, para que venga la plaga de las tinieblas. Nunca se le dijo a su hermano Aarón que extendiera su mano hacia el cielo. Con el mandato que se le dio a Moisés, en las palabras: Extiende tu mano sobre la tierra de Egipto y que suba la langosta sobre la tierra32, creo que se ha significado también que puede menos quien puede más, pero que no puede automáticamente hacer cosas mayores aquel a quien se conceden cosas menores.
39 (Ex 11,2). Dios dijo a Moisés: Habla, pues, secretamente al pueblo y que pida cada uno a su vecino y cada una a su vecina objetos de plata y de oro y vestidos. Nadie debe tomar ejemplo de aquí para expoliar al prójimo de esta manera. Dios, que sabía lo que tendría que soportar cada cual, mandó esto. Y los israelitas no cometieron un robo, sino que prestaron un servicio a Dios, que se lo había mandado. Esto es como cuando un ministro del juez mata a quien él ordena matar. Es claro que si lo hace espontáneamente es un homicida, aunque mate a quien sabe que debe ser matado por el juez. Se presenta también aquí la cuestión de saber si los hebreos habitaban en algún lugar aislado en la tierra de Gesén, en donde no había plagas que afligieran al pueblo del faraón, cómo pide cada hombre a su vecino y cada mujer a su vecina oro, plata y vestidos, principalmente teniendo en cuenta que la primera vez que se da esta orden por parte de Moisés, se dice: Y cada mujer a su vecina y compañera de tienda o de tabernáculo —si es que se puede decir así— o a la que convive con ella33. De aquí se deduce que tampoco en la tierra de Gesén habitaban sólo los hebreos, sino que en ella tenían como convecinos a algunos egipcios, a quienes pudieron llegar también aquellos favores divinos por motivo de los hebreos. Y los egipcios por eso no sólo amarían a estos convecinos, sino que les concederían fácilmente lo que les pidieran. De todas formas, Dios no juzgó que estos egipcios fueran tan ajenos a las injurias y malos tratos que tuvo que soportar el pueblo de Dios para que no fueran golpeados por esta desgracia, ellos que no habían tenido que sufrir aquellas plagas porque Dios había perdonado a aquella tierra.
40 (Ex 11,9). Y dijo el Señor a Moisés: «No os escuchará el faraón, para que yo multiplique mis prodigios y mis portentos en la tierra de Egipto». Se dice esto como si fuera necesaria la desobediencia del faraón para que se multiplicaran aquellos prodigios que se habían realizado útilmente con la finalidad de atemorizar al pueblo de Dios y, por la misma separación, formarle para la piedad. Pero fue obra de Dios que utiliza bien la maldad del corazón del faraón, y no del faraón que usa mal de la paciencia de Dios.
41 (Ex 12,10). Lo que sobre de él, por la mañana lo quemaréis. Podemos preguntar cómo era posible que sobrara algo, si el pueblo había sido advertido de que, si una casa no tenía suficiente gente para comer el cordero, se le juntaran los vecinos34. Pero como se les dijo: No le romperéis hueso alguno, se sobrentiende que quedarían los huesos35, que habría que quemar.
42 (Ex 12,5). El cordero será sin defecto, macho, de un año. Puede llamar la atención esta palabra, como si un cordero pudiera no ser macho. Y esa dificultad se plantea al que no sepa por qué se tradujo así. La traducción literal debiera haber sido oveja, porque en griego aparece la palabra próbaton, que en griego tiene género neutro, y todo lo que viene a continuación pudo encajar bien, como si el autor dijera: El animal será sin defecto, macho, de un año. En latín pudo decirse masculum pecus (animal macho), como se dice mascula tura (granos de incienso fuertes), en género neutro. Pero ovis masculus (oveja macho) no podría decirse, porque oveja tiene género femenino. De la misma manera sería un absurdo si se dijera ovis mascula (oveja «macha»). En cambio, si se pusiera pecus (animal), se entendería también otra cosa y no habría misterio, porque la Escritura, cuando habla de la oveja, dice a continuación: Lo escogeréis entre los corderos y los cabritos. En virtud de lo dicho, se piensa con razón que en este texto está prefigurado Cristo. Porque ¿qué necesidad había de que se les dijera a los israelitas que tomaran la oveja o el cordero de entre los corderos y los cabritos, si no estuviera prefigurado aquel cuya carne no sólo se propagó a través de los justos, sino también de los pecadores? Y esto a pesar de que los judíos intenten interpretar que se puede tomar también un cabrito para celebrar la Pascua. Y piensa que la Escritura dijo que se podía tomar de entre los corderos o de entre los cabritos como si hubiera dicho que es lícito tomar o un cordero de entre los corderos o un cabrito de entre los cabritos, en el caso de que no tuvieran un cordero. Una vez realizadas las cosas aparece en Cristo qué prefiguraba aquel precepto.
43 (Ex 12,14). Y celebraréis este día en vuestras generaciones como día ritual eterno o eternal —en griego aiónion—. Estas palabras no hay que tomarlas en el sentido de que pueda haber un día eterno entre estos días naturales. Lo que es eterno es lo que significa este día. Sucede cuando decimos que Dios es eterno. No decimos, evidentemente, que dicha palabra sea eterna, sino que es eterno lo que significa. Pero hay que investigar atentamente cómo suele llamar la Escritura eterna a una cosa, no sea que haya llamado así solemnemente eterno a algo que no les sea lícito a los israelitas abandonar o cambiar por propia voluntad. Porque una cosa es lo que se manda que se realice —como se mandó que el arca diera siete vueltas alrededor de los muros de Jericó36— y otra cosa distinta cuando se manda observar algo sin que se establezca término alguno para su cumplimiento, que puede ser cada día o cada mes o cada año solemnemente o durante ciertos intervalos de muchos años o de algunos años solamente. En definitiva, o llamó eterno a lo que no deberían atreverse a dejar de celebrar por propia voluntad, o, como dije, no se llaman eternos los signos de las cosas, sino las cosas que se indican con esos signos.
44 (Ex 12,30). Y hubo un gran clamor en la tierra de Egipto, pues no había casa en la que no hubiera un muerto. ¿No pudo haber alguna casa que no tuviera un primogénito? Dado que sólo morían los primogénitos, ¿cómo no había ninguna casa que no tuviera algún muerto? ¿O la presencia de Dios había procurado providencialmente que en todas las casas fueran castigados los egipcios? Naturalmente no hay que creer que se hayan visto liberados de esa plaga los egipcios que vivían en la tierra de Gesén, porque se trataba de una plaga que afectaba a los hombres o a los animales, no a la tierra. Es decir, que morían por un castigo oculto y angélico los primogénitos de los hombres y de los animales. No había sucedido nada en la tierra o en el cielo que afligiera a los que vivían allí, como cuando tuvieron lugar las plagas de las ranas o las langostas o las tinieblas. Como la tierra de Gesén se vio libre de tales plagas, sin duda alguna llegaba el favor de Dios a aquellos egipcios que vivían en la misma tierra que los hebreos. Pero con esta plaga fueron castigados todos sus primogénitos.
45 (Ex 12,35-36). Los hijos de Israel hicieron como les había mandado Moisés y pidieron a los egipcios objetos de oro y de plata y vestidos. Y el Señor hizo que su pueblo encontrara el favor de los egipcios, que les prestaron cosas, y ellos despojaron a los egipcios. Esto ya había sucedido antes de la muerte de los primogénitos de los egipcios. Pero ahora se repite a modo de recapitulación, porque se narró cuando sucedió. Pues ¿cómo podría acontecer ahora que prestaran esas cosas a los hijos de Israel en medio de tanto llanto por la muerte de sus primogénitos? A no ser que uno diga que esta plaga tampoco afectó a los egipcios que vivían con los hebreos en la tierra de Gesén.
46 (Ex 12,22). ¿Qué significa lo que dice la Escritura: Tomaréis, pues, un manojo de hisopo y, mojándolo en la sangre que está junto a la puerta, untaréis el dintel y las dos jambas? Podemos preguntar, efectivamente, de qué sangre, que se halla junto a la puerta, se trata, siendo así que sin duda se refiere a la sangre de aquel cordero con cuya inmolación se celebra la Pascua. ¿Manda quizá de esta manera, aunque lo haya omitido, que el propio cordero sea sacrificado junto a la puerta? O lo que es más creíble, ¿dijo acaso: En la sangre que está junto a la puerta, porque quien había de untar el dintel y las jambas tenía que colocar junto a la puerta el recipiente en el que se recogía la sangre, para tenerlo a mano cuando mojara el hisopo?
47 (Ex 12,37). Partieron, pues, los hijos de Israel de Ramsés hacia Succot en número de unos seiscientos mil hombres de a pie, sin contar el equipamiento o los bienes, si es que se puede traducir así correctamente la palabra griega aposkeuén. Con esta palabra la Escritura no sólo designa las cosas muebles, sino también los seres que se mueven, como dice Judá al dirigirse a su padre: Deja ir al niño conmigo; pues levantándonos iremos para vivir y no morir, ni nosotros, ni tú ni nuestra hacienda37. El texto griego tiene allí aposkeuén. Un traductor latino tradujo esa palabra por substantia (hacienda) y otros también latinos pusieron census (bienes) y yo he puesto instructus (equipamiento), con tal de que esta palabra latina designe a los hombres y a los animales y a todos los rebaños. Lo que no sé es si también hay que englobar allí a las mujeres. La Escritura menciona a seiscientos mil de a pie y luego añade: sin contar el equipamiento o los bienes o la hacienda o cualquier otra palabra que traduzca mejor a aposkeuén. Es evidente que al mencionar esta palabra debe comprender también a los hombres, ya sean esclavos, ya mujeres, ya las personas que tenían una edad no apropiada a la milicia. Y en los seiscientos mil de a pie debemos entender únicamente a los que podían llevar las armas en un ejército de hombres.
Suele plantearse la cuestión de saber si los hebreos podrían haber llegado a un número tan grande durante los años que estuvieron en Egipto, según el cómputo de los mismos que se deduce de las Escrituras. En primer lugar, no es un problema menor saber cuántos años estuvieron allí los hebreos, porque, cuando Abraham hizo aquel sacrificio de una vaca de tres años y de una cabra y de un carnero y de una tórtola38 y de una paloma, antes del nacimiento de Isaac y hasta del de Ismael, Dios le dice: Has de saber que tu descendencia será forastera en tierra extraña, y la esclavizarán y la oprimirán durante cuatrocientos años39. Ahora bien, si esos cuatrocientos años los tomamos en el sentido de que ése es el tiempo en que los hebreos estuvieron sometidos a los egipcios, no fue un pequeño espacio de tiempo durante el cual el pueblo hubiera podido multiplicarse. Pero la Escritura atestigua clarísimamente que los hebreos no estuvieron allí durante tantos años.
Algunos piensan que hay que contar cuatrocientos treinta años desde que Jacob entró en Egipto hasta que el pueblo fue liberado de allí por Moisés, porque en el Éxodo se lee: El tiempo que los hijos de Israel estuvieron como forasteros en el país de Egipto y en el país de Canaán, ellos y sus padres, fue de cuatrocientos treinta años40. Estos autores piensan que los años de esclavitud fueron cuatrocientos años por lo que dice el Génesis: Has de saber que tu descendencia será forastera en tierra extraña y la esclavizarán y la oprimirán durante cuatrocientos años41. Pero como los años de esclavitud se cuentan a partir de la muerte de José —ya que durante su vida no sólo no fueron esclavos, sino que incluso llegaron a reinar—, no hay modo de computar los cuatrocientos treinta años de estancia en Egipto. Jacob entró cuando su hijo José tenía treinta y nueve. Porque José tenía treinta años cuando apareció en presencia del faraón42 y comenzó a reinar bajo él. Pasados los siete años de abundancia, en el segundo año de escasez, entró Jacob en Egipto con sus otros hijos43. Por eso José tenía entonces treinta y nueve años, y murió a la edad de ciento diez años44. Vivió, pues, en Egipto setenta y un año después de la llegada de su padre. Si restamos estos setenta y un años a los cuatrocientos treinta, tendremos los años de esclavitud, es decir, después de la muerte de José no cuatrocientos, sino trescientos cincuenta y nueve. Y si pensamos que los años se deben contar desde el momento en que José comenzó a reinar bajo el faraón, de modo que interpretamos que Israel en cierto modo entró en Egipto en el momento en que su hijo fue encumbrado allí con un poder tan grande, también en este caso tendremos trescientos cincuenta años. Ticonio dice que estos trescientos cincuenta años pueden considerarse como cuatrocientos, tomando la parte por el todo, es decir, la parte, cincuenta años, por el todo, cien años. Y Ticonio prueba que la Escritura suele utilizar este modo de expresarse.
Pero si consideramos que Israel entró en Egipto cuando José, una vez vendido, empezó a morar allí, cosa que puede afirmarse con alguna mayor probabilidad, tenemos que restar todavía trece años, teniendo en este caso trescientos treinta y siete años en lugar de cuatrocientos. Pues bien, como la Escritura dice que Quehat, hijo de Leví, abuelo de Moisés, entró en Egipto45 con su abuelo Jacob y dice, por otra parte, que Quehat vivió ciento treinta años46 y que su hijo Amram, padre de Moisés, vivió ciento treinta y siete años47, y dice, además, que Moisés tenía ochenta años cuando sacó al pueblo de Egipto48 —aunque Quehat hubiera engendrado al padre de Moisés entonces, en el año en que murió, y el propio Amram hubiera engendrado también a Moisés en el último año de su vida—, sumados los ciento treinta años y los ciento treinta y siete y los ochenta, tenemos trescientos cuarenta y siete años y no cuatrocientos treinta. Y si alguno dice que Quehat, hijo de Leví, nació el último año de la vida de José, pueden añadirse casi setenta años a aquella cantidad, porque José vivió en Egipto setenta y un años después de la entrada de su padre en aquel país. Por lo cual, también de este modo los setenta años de la vida de José desde la entrada de Jacob en Egipto hasta el nacimiento de Quehat, si se afirma que nació entonces, y los ciento treinta años del propio Quehat y los ciento treinta y siete de su hijo Amram, padre de Moisés, y los ochenta años del propio Moisés hacen cuatrocientos diecisiete años, y no cuatrocientos treinta.
Por tanto, aquel cómputo que sin duda siguió Eusebio en su Historia cronológica se apoya en una verdad evidente. En efecto, Eusebio cuenta cuatrocientos treinta años desde la promesa que Dios hizo a Abraham, al llamarle para que saliera de su tierra y fuera al país de Canaán, puesto que también el Apóstol, al alabar a Abraham y ensalzar su fe en aquella promesa en la que se entiende que fue profetizado Cristo, es decir, en la promesa que Dios hizo a Abraham de que en él serían bendecidas todas las tribus de la tierra, dice así: Y yo digo que un testamento confirmado por Dios no lo anula una ley hecha cuatrocientos treinta años después, de modo que la promesa quede anulada49. El Apóstol, por tanto, dice que la ley fue promulgada después de cuatrocientos treinta años a partir de aquella promesa por la que Abraham fue llamado y creyó en Dios, no desde el momento en que Jacob entró en Egipto. Además, el propio texto del Éxodo indica claramente esto mismo. Porque no dice: El tiempo que los hijos de Israel vivieron como forasteros en el país de Egipto fue de cuatrocientos treinta años, sino que dice expresamente: el tiempo que vivieron en el país de Egipto y en el país de Canaán, ellos y sus padres50. Por aquí se ve que hay que computar también el tiempo de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, desde que Abraham comenzó a peregrinar en el país de Canaán, es decir, desde aquella promesa según la cual el Apóstol alaba la fe de Abraham hasta el momento en que Israel entró en Egipto. Durante todo este tiempo, en efecto, los patriarcas peregrinaron por la tierra de Canaán y luego la descendencia de Israel peregrinó por Egipto. Y así se completaron los cuatrocientos treinta años desde la promesa hasta la salida de Israel de Egipto, cuando se promulgó la ley en el monte Sinaí, la cual no anula el testamento, haciendo vanas las promesas.
Como dice la Escritura, Abraham salió hacia el país de Canaán51 a la edad de setenta y cinco años y engendró a Isaac a la edad de cien años52. Desde la promesa hasta el nacimiento de Isaac hay, por consiguiente, veinticinco años. A estos años hay que añadirles todos los de la vida de Isaac, es decir, ciento ochenta53, y así llegamos a doscientas cinco años. Jacob tenía entonces ciento veinte. Porque cuando su padre tenía sesenta le nacieron los dos gemelos, es decir, Jacob y Esaú54. Después de diez años, a la edad de ciento treinta55, Jacob entró en Egipto. José tenía entonces treinta y nueve años. Por tanto, desde la promesa hasta la entrada de Jacob en Egipto pasaron doscientos quince. José, por su parte, desde la fecha en que su padre lo encontró en Egipto cuando tenía treinta y nueve años, vivió aún otros setenta y uno, y murió a la edad de ciento diez56. Ahora bien, si a los doscientos cinco años anteriores añadimos estos setenta y uno, tenemos doscientos ochenta y seis. Quedan, pues, ciento cuarenta y cuatro o ciento cuarenta y cinco años, que serían los años que el pueblo de Israel habría vivido esclavizado en Egipto, según se cree, después de la muerte de José. Si ahora nos preguntamos cuánto habría podido multiplicarse el pueblo durante estos años, si tenemos en cuenta la fecundidad humana y la ayuda de quien quiso que se multiplicaran tanto, no parece excepcional que el pueblo haya salido de Egipto con seiscientos mil hombres de a pie, sin contar el resto de los acompañantes, entre los que se hallaban los esclavos, las mujeres y los de edad no apta para la guerra.
Por tanto, lo que Dios dijo a Abraham: Has de saber que tu descendencia será forastera en tierra extraña y la esclavizarán y la oprimirán durante cuatrocientos años57, no hay que interpretarlo en el sentido de que el pueblo de Dios había de permanecer en aquella durísima esclavitud cuatrocientos años. Pero como la Escritura dice: En Isaac llevará tu nombre una descendencia58, desde el año del nacimiento de Isaac hasta el año de la salida de Egipto se cuentan cuatrocientos cinco años. Si a los cuatrocientos treinta años se le quitan veinticinco, que son los años que medían entre la promesa y el nacimiento de Isaac, nada tiene de extraño que la Escritura haya hablado de cuatrocientos años, dando una cifra redonda, en vez de cuatrocientos cinco, porque la Escritura suele aludir a los números de manera que lo que supera un poco por encima o por debajo el número completo, no lo computa. Por consiguiente, lo que dice la Escritura con respecto a que los esclavizarán y los oprimirán, no hay que referirlo a los cuatrocientos años, como si durante todo ese tiempo los hubieran tenido esclavizados. Esos cuatrocientos años hay que referirlos a los que se dice en otro texto: Tu descendencia será forastera en tierra extraña. Efectivamente, aquella descendencia anduvo errante lo mismo en la tierra de Canaán que en Egipto antes de tomar aquella tierra en herencia, según la promesa de Dios. Y esto último sucedió después de la liberación de la cautividad egipcia. Por lo tanto, hay que saber que existe aquí un hipérbaton y que el orden de las palabras debe ser: Has de saber que tu descendencia será forastera en tierra extraña durante cuatrocientos años. Lo que sigue a continuación es una frase intercalada: y la esclavizarán y la oprimirán. De este modo, la frase intercalada no tiene nada que ver con los cuatrocientos años. En realidad, en la última parte de esta suma de años, esto es, después de la muerte de José, sucedió que el pueblo de Dios tuvo que soportar una dura esclavitud en Egipto.
48 (Ex 13,9). ¿Qué significa lo que dice la Escritura al hablar de la Pascua: Y esto te servirá de señal sobre tu mano? ¿Significa quizá sobre tus obras, es decir, lo que debes llevar delante de tus obras? La Pascua, a causa de la muerte del cordero, pertenece a la fe en Cristo y a la sangre que nos redimió. Esta fe hay que anteponerla a las obras, para que esté en cierto modo sobre la mano contra aquellos que se gloriaban en las obras de la ley. De este tema habla y trata mucho el Apóstol, pues desea que la fe se anteponga a las obras. Y esto debe hacerse de modo que las buenas obras dependan de ella y sean precedidas por ella, y no de manera que parezca como que la fe es retribuida por los méritos de las buenas obras59. La fe, efectivamente, pertenece a la gracia; ahora bien, si es gracia, ya no procede de las obras, pues de otro modo la gracia ya no sería gracia60.
49 (Ex 13,17). Cuando el faraón dejó salir al pueblo, Dios no los llevó por el camino de la tierra de los filisteos, porque estaba cerca. Pues Dios dijo: «No sea que se arrepienta el pueblo, al verse atacado, y se vuelva a Egipto». Por este texto aparece claro que deben hacerse todas aquellas cosas que pueden hacerse con justa razón para evitar las cosas adversas, aun en el caso de que sea clarísimamente Dios quien preste su ayuda.
50 (Ex 13,18). A. la quinta generación subieron los hijos de Israel de la tierra de Egipto. ¿Pretende quizá computar la generación como cien años y alude a la quinta generación porque los israelitas salieron de allí después de cuatrocientos treinta años? ¿O hay que entender esto más bien como generaciones humanas desde Jacob, que entró en Egipto, hasta Moisés, que salió con el pueblo? Vemos que el primero fue Jacob, el segundo Leví, el tercero Quehat, el cuarto Amram y el quinto Moisés. El traductor latino llama progenies (progenie) a estos linajes que los griegos denominan geneás y que el Evangelio denomina generaciones, y que se cuentan por las sucesiones de hombres, no por el número de años61.
51 (Ex 14,13). Moisés dijo: Confiad y estad firmes y veréis la salvación que el Señor os dará en este día. Pues como habéis visto hoy a los egipcios, no los volveréis a ver nunca jamás. ¿Cómo hay que interpretar estas palabras, puesto que los israelitas volvieron a ver a los egipcios? Quizá porque los que entonces los vieron, no los volvieron a ver después, dado que también murieron los de la siguiente generación y todos ellos murieron cada uno en el día señalado para él. Porque es claro que los descendientes de los israelitas vieron a los descendientes de los egipcios. ¿O quizá la frase: No los veréis como hoy, hay que entenderla en el sentido de que no los veréis como hoy, persiguiéndoos y como enemigos vuestros y viniendo detrás de vosotros con un ejército tan grande, de modo que no haya en absoluto problema alguno, ni siquiera acerca del tiempo eterno (nunca jamás) del que se habla aquí, porque ciertamente, no se verán como hoy, aunque se verán unos a otros en el día de la resurrección?
52 (Ex 14,15). ¿Qué significa que el Señor diga a Moisés: Por qué clamas a mí, si la Escritura no menciona palabras de Moisés ni alude a que hubiera orado a Dios? Quizá quiera decir que Moisés actuó así en el silencio de su voz, pero clamando en su corazón.
53 (Ex 14,16). Y tú levanta tu vara y extiende tu mano sobre el mar. Esta es aquella vara con la que se realizaban los prodigios, vara que el autor dice ahora que es de Moisés. Antes se decía que era de su hermano, cuando su hermano actuaba por medio de ella.
54 (Ex 15,12). Extendiste tu mano derecha y los tragó la tierra. No debe extrañarnos que se haya puesto la tierra por el agua. Porque a toda esta parte extrema o ínfima del mundo se la denomina con el apelativo de tierra, de acuerdo con aquello que la Escritura dice con frecuencia: Dios que hizo el cielo y la tierra62. En la distribución de seres que hace aquel salmo, cuando ya ha mencionado a los seres del cielo, dice: Alabad al Señor desde la tierra, y a continuación alaban al Señor seres que también pertenecen a las aguas63.
55 (Ex 15,10). Enviaste tu espíritu y los cubrió el mar. Esta es la quinta vez que se menciona el espíritu de Dios, si en este número incluimos el texto que dice: El dedo de Dios está aquí64. La primera vez se menciona en el texto que dice: El espíritu de Dios flotaba sobre las aguas65. La segunda en donde se dice: No permanecerá mi espíritu en estos hombres, porque son carne66. La tercera cuando el faraón dice a José: Porque el espíritu de Dios está en ti67. La cuarta cuando los magos de Egipto dicen: El dedo de Dios está aquí68. La quinta en este cántico: Enviaste tu espíritu y los cubrió el mar69. Recordamos que el espíritu de Dios no se menciona sólo para conceder beneficios, sino también para traer castigos. Pues ¿qué otra cosa quiso decir poco antes cuando afirmó: Y por el espíritu de tu ira se separaron las aguas?70 Así pues, este espíritu de Dios fue el espíritu de su ira contra los egipcios, a quienes destruyó la separación de las aguas. Pues al entrar ellos en las aguas fueron sepultados por las mismas, cuando volvieron a su sitio. En cambio, para los hijos de Israel aquel espíritu no fue el espíritu de la ira de Dios, pues a ellos la separación de las aguas les fue de provecho. De aquí se deduce que, a causa de las distintas actuaciones y efectos, el espíritu de Dios se llama de distintas maneras, a pesar de que es uno solo y el mismo espíritu. Y a este espíritu también se le entiende como Espíritu Santo en la unidad de la Trinidad. Por tanto, pienso que no otro espíritu, sino el mismo es el que se indica con estas palabras del Apóstol: Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para volver de nuevo al temor; sino que recibisteis un espíritu de adopción con el que clamamos: ¡Abbá, Padre!71 Porque por ese mismo espíritu de Dios, es decir, por el dedo de Dios, que escribió la ley en las tablas de piedra72, se les infundió el temor a los que todavía no comprendían la gracia, para que la ley les convenciera de su debilidad y de sus pecados, y la ley se convirtiera para ellos en su pedagogo que los condujera a la gracia que reside en la fe de Jesucristo73. De este espíritu de adopción y de gracia, es decir, de esta obra del espíritu de Dios, a través del cual se da la gracia y la regeneración para la vida eterna, se dice: Pues el espíritu vivifica, cuando poco antes se decía: la letra mata74, es decir, la ley escrita que sólo manda sin la ayuda de la gracia.
56 (Ex 15,23.24). Llegaron, pues, a Mará; pero no podían beber el agua de Mará, porque era amarga. Si el nombre de aquel lugar se llamó «amargura», porque no pudieron beber allí el agua, dado que era amarga —pues Mará significa «amargura»—, por qué fueron a Mará sino porque la Escritura designó con ese nombre el lugar al que llegaron, que ya se llamaba así cuando se escribieron estas cosas? Porque es evidente que estas cosas se escribieron después de aquellos sucesos.
57 (Ex 15,25). Y el Señor le mostró un madero, que él echó al agua y el agua se volvió dulce. ¿Tenía el madero esta capacidad o podía Dios hacer esto con cualquier madero, él que realizaba tantos prodigios? Las palabras: Y le mostró, parecen indicar que existía ya ese madero con el que pudiera realizar aquello. A no ser que se trate de un lugar en el que no había madero alguno, de modo que hasta el hecho mismo de que Dios le mostrara el madero donde no había madero alguno, fuera ya debido a la ayuda divina. Y así por medio del madero hizo que el agua se volviera dulce, prefigurando la gloria y la gracia de la cruz. Pero en esa misma cualidad del madero, ¿a quién hay que alabar sino al que lo creó y al que se lo mostró?
58 (Ex 16,4). Pero el Señor dijo a Moisés: «Mira, yo haré llover sobre vosotros panes del cielo, y saldrá el pueblo a recoger la cantidad de un día cada día, para tentarlos a ver si andan según mi ley o no». Esta tentación es una prueba, no una seducción para pecar. Y no es una prueba para que Dios supiera algo, sino para darlos a conocer a los propios hombres, a fin de que se hagan más humildes para pedir auxilio y para conocer la gracia de Dios.
59 (Ex 16,8). Moisés y Aarón dicen al pueblo entre otras cosas: Porque ha oído el Señor vuestras murmuraciones, que dirigís contra nosotros. Pero ¿qué somos nosotros? Vuestras murmuraciones no van contra nosotros, sino contra Dios. De aquí no se deduce que pretendieran tener tanto poder como Dios, pues dijeron: ¿Qué somos nosotros? Sabían que el pueblo murmuraba contra Dios, que era quien los había enviado y que actuaba por medio de ellos. En cambio, no se trata del mismo asunto en aquella sentencia de Pedro cuando dice a Ananías: ¿Te has atrevido a mentir al Espíritu Santo? No has mentido a los hombres, sino a Dios75. Pero no dice: «¿Te has atrevido a mentirme a mí?» «No me has mentido a mí, sino a Dios». Si hubiera dicho esto, entonces hubiera sido igual que lo anterior. Y Pedro tampoco dijo: «¿Te has atrevido a mentir al Espíritu Santo? No has mentido al Espíritu Santo, sino a Dios». Si hubiera dicho esto, hubiera afirmado que el Espíritu Santo no era Dios. Pues bien, como dijo: ¿Te has atrevido a mentir al Espíritu Santo?, cuando Ananías pensaba que había mentido a los hombres, Pedro demostró que el Espíritu Santo era Dios, al añadir: No has mentido a los hombres, sino a Dios.
60 (Ex 16,12). Dios manda al pueblo por medio de Moisés: A la tarde comeréis carne y por la mañana os hartaréis de pan. Es claro que el pan se menciona aquí no como sinónimo de cualquier alimento, porque, de lo contrario, el pan comprendería también a la carne, ya que también la carne es alimento. Ni tampoco se le llama pan sólo al que se hace de trigo —esto es lo que solemos llamar pan en sentido propio—, sino que da el nombre de pan al maná. Y no carece de importancia lo que se dice respecto a que por la tarde se les dará carne y por la mañana pan. Porque una cosa parecida se indica también en el caso de Elías, cuando un cuervo le llevaba el alimento76. ¿Se simboliza quizá en la carne por la mañana y en el pan por la tarde aquel que fue entregado por nuestros delitos y resucitó por nuestra justificación?77 Muerto por la tarde, a causa de la debilidad humana fue enterrado, pero por la mañana apareció a los discípulos78, él que había resucitado con poder.
61 (Ex 16,33.34). Y dijo Moisés a Aarón: «Toma una vasija de oro y pon en ella un gomor lleno de maná y lo colocarás delante de Dios, a fin de guardarlo para vuestros descendientes, como mandó el Señor». Podemos preguntar dónde podría ponerlo Aarón ante Dios, si no había allí imagen alguna ni se había construido todavía el arca de la alianza. ¿Dijo quizá en futuro lo colocarás para que se entendiera que se colocaría delante de Dios cuando estuviera el arca? ¿O se dijo más bien delante de Dios porque se hace por la propia devoción del oferente, fuera cual fuera el lugar en que se colocara? Porque ¿en dónde no está Dios? Pero lo que el autor añade a continuación: Y Aarón lo colocó ante el testimonio para que se conservara, parece más bien confirmar el primer sentido. La Escritura, en efecto, dijo de esta manera por medio de una prolepsis lo que se hizo después, cuando comenzó a existir el tabernáculo del testimonio.
62 (Ex 16,35). Los hijos de Israel comieron el maná durante cuarenta años, hasta que llegaron a la tierra habitada. Comieron el maná hasta que llegaron al territorio de Fenicia. La Escritura indica por medio de una prolepsis, es decir, recordando en este pasaje lo que también se realizó después, que los hijos de Israel no comieron en el desierto más que maná. Esto es lo que significa la frase: hasta la tierra habitada, es decir, la tierra que ya no es desierto, no porque inmediatamente que llegaron a la tierra habitable dejaran de comer el maná, sino porque no lo dejaron antes. Se indica, pues, que el maná cesó una vez pasado el Jordán, en donde comieron el pan de la tierra. Por tanto, cuando llegaron a la tierra habitable, antes de pasar el Jordán, pudieron comer o solamente el maná o el maná y otra comida. El texto, en realidad, puede entenderse así, puesto que no se dice que cesó el maná hasta después de pasar el Jordán. Pero se plantea un grave problema de saber por qué en medio de aquella escasez del desierto desearon también comer carne, puesto que salieron de Egipto con sus abundantísimos rebaños. A no ser que se diga que, como en el desierto no había tantos pastos y por ello parecería que sería menor la fecundidad de los ganados, ellos reservaron sus reses, no fuera que faltándoles todos los animales, les faltaran también los necesarios para los sacrificios. O cualquier otra cosa que pueda presentarse para resolver esta cuestión. No obstante, es más razonable que los hebreos no desearan la carne que podían obtener de los ganados, sino la carne que les faltaba, es decir, la procedente del agua. Esta carne, de hecho, no la encontraban en el desierto. Por eso Dios les envió las ortigómetras, es decir, esas aves que muchos traductores latinos llaman codornices, aunque se trate de un género distinto de aves79. De todas formas, la ortigómetra no es muy distinta de la codorniz. Dios sabía muy bien qué deseaban y con qué clase de carne saciaría su deseo. Pero como la Escritura había dicho que ellos habían deseado comer carne, sin especificar de qué clase, por eso se plantea la cuestión.
63 (Ex 16,35). Comieron el maná hasta que llegaron al territorio de Fenicia. Antes había dicho: Hasta que llegaron a la tierra habitada. Pero como propiamente no había especificado de que tierra se trataba, ahora parece que lo dice más expresamente al añadir: al territorio de Fenicia. Pero conviene recordar que aquella tierra se llamaba así entonces, pero no ahora. En efecto, la que se llama Fenicia, región de Tiro y Sidón, es otra distinta. Y no se dice que los israelitas la hayan atravesado. Aunque es posible que la Escritura llame quizás tierra de Fenicia al lugar en donde ya habían comenzado a aparecer palmeras después de la desolación del desierto, porque en griego palma se dice así. Al comienzo de su viaje encontraron un lugar en donde había setenta palmeras y doce fuentes. Después los acogió la inmensidad del desierto, en donde no había nada de eso, hasta que llegaron a lugares cultivados. Pero la interpretación más probable es pensar que la tierra se llamaba entonces de esa manera. Pues los nombres de muchas tierras y lugares, como los de los ríos y de las ciudades, se han ido cambiando a través de los tiempos por causas muy variadas.
64 (Ex 17,5). Y el Señor dijo a Moisés: «Vete delante del pueblo; pero toma contigo a algunos ancianos del pueblo; y toma en tu mano la vara con que golpeaste el río». El texto dice que fue Aarón, no Moisés, quien golpeó con la vara el río80. Pues Moisés dividió con esa vara el mar, no el río81. ¿Qué significa entonces: Toma la vara con que golpeaste el río? ¿Llamó quizá mar al río? Si es así, hay que buscar un ejemplo de esta expresión. ¿Se atribuye más bien a Moisés lo que hizo Aarón, porque Dios mandaba por medio de Moisés lo que tenía que hacer Aarón, y en Moisés residía la autoridad y en Aarón el servicio? Efectivamente, en sus primeras palabras Dios le dijo así acerca de su hermano: El hablará por ti al pueblo, y tú serás para él las cosas que son para Dios82.
65 (Ex 17,9). Mira que yo estoy sobre la cima del monte con la vara de Dios en mi mano. Estas palabras se las dice Moisés a Josué Nave, al mandarle luchar contra Amalec. Ahora se llama vara de Dios a la que antes se llamaba vara de Aarón y después vara de Moisés. De la misma manera que se llama espíritu de Elías83 al que es espíritu de Dios, del cual participó Elías, así también pudo llamarse de ese modo la vara. Se llama también justicia de Dios a la que es justicia nuestra, aunque proceda de Dios. Hablando de ella el Apóstol reprende a los judíos: Ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia84, es decir, como si fuera preparada por ellos para sí mismos. Contra estas personas dice: ¿Qué tienes que no hayas recibido?85
66 (Ex 18,12). Vino, pues, Aarón y todos los ancianos de Israel a comer con el suegro de Moisés en presencia de Dios, o, como dicen otros códices, delante de Dios, frase que en griego corresponde a enantíon tou zeou. Podemos preguntar «dónde» estuvieron en presencia de Dios, porque ni existía el tabernáculo ni el arca de la alianza, que se hizo después. Y aquí no podemos tomar estas palabras como referidas al futuro, tal como se dijo acerca del maná, que se colocó en un recipiente de oro. Por tanto, la expresión «delante de Dios» hay que tomarla en el sentido de que aquel acto que realizaron lo realizaron en honor de Dios, porque ¿en dónde no está Dios?
67 (Ex 18,15.16). Moisés dice a su suegro: Es que el pueblo viene a mí a buscar un juicio de Dios; pues cuando tienen un litigio y vienen a mí, yo dicto sentencia entre unos y otros y les enseño los preceptos de Dios y sus leyes. Podemos preguntar cómo puede decir esto Moisés si aún no se había promulgado ninguna ley de Dios. La respuesta puede ser que la ley de Dios es eterna y que la toman en consideración todas las mentes piadosas para hacer o mandar o prohibir lo que encuentran en ella, según lo que esa ley prescribe con verdad inmutable. ¿Habrá que pensar quizá que Moisés, aunque Dios hablara con él, solía consultar a Dios todas las cosas que surgían en los litigios de una multitud tan grande y que se dedicaba todo el tiempo, desde la mañana hasta la noche, a esa tarea de juzgar? La realidad es que si no consultara al Señor, que gobernaba su mente, y no atendiera sabiamente a su ley eterna, no encontraría el modo de dictaminar con absoluta justicia entre los litigantes.
68 (Ex 18,18). En relación al consejo que Jetró da a su yerno Moisés de que no se agote de modo tan inaceptable, lo mismo él que el pueblo, ocupándose él solo de los juicios del mismo, la primera cuestión que se plantea es saber cómo es posible que Dios permitiera que un extranjero aconsejara esto a Moisés, que era siervo de Dios, con quien hablaba tantas y tales cosas. Con este dato la Escritura nos enseña que no debemos despreciar a nadie, quienquiera que sea la persona que nos dé un consejo conforme a la verdad. Hay que pensar, además, que a lo mejor Dios quiso amonestar a Moisés por medio de un extranjero en un asunto en el que la soberbia podría haberle tentado, pues Moisés juzgaba él solo a todo el pueblo que le esperaba de pie con toda su altísima autoridad judicial. Esta interpretación la sugiere el hecho de que Jetró le aconsejó elegir para juzgar los litigios del pueblo a quienes se vieran libres de la soberbia86. Por lo demás, este texto demuestra claramente la gran atención que hay que prestar a lo que dice la Escritura en otro pasaje: Hijo, no te metas en múltiples asuntos87. Por último, conviene meditar las palabras que Jetró dice a Moisés para aconsejarle; pues le dice: Así pues, ahora escúchame, y te daré un consejo, y Dios estará contigo88. A mí me parece que aquí se indica que un ánimo demasiado atento a los actos humanos se vacía en cierto modo de Dios, y se llena de él tanto más cuanto más libremente tiende a las cosas superiores y eternas.
69 (Ex 18,19.20.21). A continuación añade: Sé tú el representante del pueblo en las cosas que se refieren a Dios y llevarás sus palabras ante él; y les enseñarás los preceptos de Dios y su ley, y les darás a conocer el camino que deberán seguir y las obras que han de hacer. Estas palabras demuestran que Moisés debía actuar así con todo el pueblo. El texto no dice: lleva ante Dios las palabras de cada uno; sino sus palabras, pues antes había dicho: Sé tú el representante del pueblo en las cosas que se refieren a Dios. Después le aconseja que los asuntos concretos que surjan entre unos y otros sean atendidos naturalmente por unos hombres elegidos y capaces, temerosos de Dios y justos y enemigos de la soberbia, a los que él debe poner al frente de la comunidad, unos como jefes de mil, otros como jefes de cien, otros como jefes de cincuenta y otros como jefes de diez. De esta manera le quitó a Moisés de encima unas pesadas y peligrosas ocupaciones y no gravó a estos hombres, puesto que mil hombres tendrían a uno como jefe, y bajo él habría otros diez y bajo ellos otros veinte y bajo ellos otros cien, de modo que apenas llegaría algún problema a cada uno de estos jefes que le fuera preciso juzgar. Se insinúa además aquí el ejemplo de la humildad, puesto que Moisés, con quien hablaba Dios, no tomó a mal ni despreció el consejo de su suegro, que era un extranjero. Y podemos preguntarnos con toda razón —y yo creo que es lo más probado— si Jetró, aunque no era israelita, ha de ser contado entre los adoradores del verdadero Dios y hombres religiosos, como Job, que tampoco fue israelita. Efectivamente, son ambiguas las palabras relativas a que haya ofrecido sacrificios al verdadero Dios en su pueblo, cuando vio a su yerno, o a que el propio Moisés le haya adorado. Por lo que se refiere a la adoración, aunque expresamente lo haya dicho la Escritura, se trataría de un honor dado a su suegro como suele darse por parte de los patriarcas a hombres determinados para honrarlos. Así se dice que Abraham adoró a los hijos de Het89. Por otra parte, no es fácil saber quiénes son los ??????????????????, que vienen detrás de los jefes de diez90, porque esa palabra no la usamos en ningún caso para designar oficios o magistraturas. Algunos la traducen por «doctores», refiriéndose a doctores de letras, los que enseñan a uno el conocimiento de las mismas, como suena literalmente el vocablo griego. Aquí, evidentemente, se señala que los hebreos conocieron el alfabeto antes de recibir la ley. Pero no sé si vale la pena indagar cuándo lo conocieron. Algunos afirman que lo conocieron desde el comienzo de la humanidad y que a través de esos hombres primitivos llegó hasta Noé y después a los padres de Abraham y luego al pueblo de Israel; pero yo no sé cómo se podría probar esto.
70 (Ex 19,1-3). Al tercer mes después de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, ese mismo día, llegaron al desierto del Sinaí. Partieron de Rafidim y llegaron al desierto del Sinaí, e Israel acampó allí frente al monte. Y Moisés subió al monte de Dios. Y el Señor le llamó desde el monte diciéndole: «Así dirás a la casa de Jacob y anunciarás a los hijos de Israel», etc. Después, un poco más adelante añade: Baja y da testimonio al pueblo y purifícalos hoy y mañana, y que laven sus vestidos y que estén preparados para el tercer día; pues al tercer día bajará el Señor al monte Sinaí delante de todo el pueblo91. En este día se promulgó la ley, escrita por el dedo de Dios en tablas de piedra92, como dice el texto a continuación; se trata del tercer día del tercer mes desde la salida de Israel de Egipto. Así pues, desde el día que celebraron la Pascua, es decir, desde que inmolaron el cordero y lo comieron, que fue el día catorce del primer mes, hasta este mes en que se promulga la ley, transcurren cincuenta días: diecisiete días del primer mes93 y los restantes a partir del día catorce; después todos los treinta días del segundo mes, que suman entre todos cuarenta y siete, y tres días del tercer mes, que es el día cincuenta desde la solemnidad de la inmolación del cordero. Por eso, como en esta sombra del futuro, según la fiesta del cordero inmaculado, la ley escrita por el dedo de Dios se promulgó a los cincuenta días, así también en la verdad del Nuevo Testamento, desde la festividad del cordero inmaculado Jesucristo, hay cincuenta días, después de los cuales se nos dio el Espíritu Santo desde los cielos94. Que el Espíritu Santo es el dedo de Dios ya lo dijimos más arriba, probándolo con textos del Evangelio.
71 (Ex 20,1-17). Podemos indagar cómo se han de distribuir los diez mandamientos de la ley: si hay que poner cuatro hasta el mandamiento del sábado, referidos a Dios, y luego los seis restantes, comenzando por el primero que dice: Honra a tu padre y a tu madre95, referidos al hombre; o si, por el contrario, aquellos primeros serían tres, y los restantes serían siete. Los que sostienen que los cuatro primeros forman un bloque, hacen la división comenzando por las palabras: No tendrás otros dioses fuera de mí. Y el siguiente mandamiento comenzaría por: No te harás ídolos96, etc., en donde se prohíbe el culto a los ídolos. Y dicen que es un solo mandamiento el representado por las siguientes palabras: No desearás la mujer de tu prójimo, no desearás la casa de tu prójimo97, y todo lo demás hasta el fin. En cambio, quienes sostienen que los tres primeros forman un bloque y los siete últimos, otro, afirman que constituye un solo mandamiento todo lo relativo al culto de un solo Dios, en donde se excluye el culto de otro Dios fuera de él. Y el último mandamiento lo dividen en dos. El primero sería: No desearás la mujer de tu prójimo, y el otro: No desearás la casa de tu prójimo. Pero que los mandamientos sean diez nadie lo niega, puesto que lo afirma la Escritura.
A mí, en cambio, me parece más congruente tomar, por una parte, aquellos tres, y por otra, estos siete, porque a los que lo consideran con más atención les parece que los tres relativos a Dios insinúan además la Trinidad. En realidad, las palabras: No tendrás otros dioses fuera de mí, explican esto mismo con más claridad, al prohibir el culto de los ídolos. Por otra parte, el deseo de la mujer del prójimo y el deseo de la casa ajena solamente difieren en el modo de pecar, pues a quien la Escritura dice: No desearás la casa de tu prójimo, la propia Escritura le añade: Ni su campo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni ninguno de sus ganados ni nada que sea de tu prójimo98. Por consiguiente, parece que la Escritura distingue entre el deseo de la mujer ajena y el deseo de cualquier cosa ajena, puesto que una y otra prohibición comienzan así: No desearás la mujer de tu prójimo; no desearás la casa de tu prójimo, y a estas dos prohibiciones se añadieron las restantes. Al decir: No desearás la mujer de tu prójimo, el texto no añadió lo restante: ni su casa, ni su campo ni su siervo, etc.; sino que se presentan absolutamente unidas las cosas que parecen encerrarse en un único mandamiento y separadas de aquel en que se menciona la mujer. En cambio, el precepto que dice: No tendrás otros dioses fuera de mí, parece que se realiza mejor en las cosas que se le añaden. Porque ¿a qué se refieren sino al precepto: No tendrás otros dioses fuera de mí, las palabras que siguen: No te harás ningún ídolo ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en el cielo ni de lo que hay abajo en la tierra ni de lo que hay en el agua debajo de la tierra99. No los adorarás ni les darás culto.
Por lo demás, hay también problema en saber en qué se diferencia el precepto: No robarás100 de lo que poco después se ordena acerca de no desear las cosas del prójimo. Evidentemente, no todo el que desea las cosas del prójimo roba. Pero si todo el que roba desea las cosas del prójimo, podía haberse incluido también lo relativo al hurto en aquel precepto general, en el que se prohíbe desear las cosas del prójimo. Surge igualmente la cuestión de saber en qué se distingue el precepto de no cometer adulterio101 del que se menciona un poco más adelante: No desearás la mujer de tu prójimo102. Porque en el precepto: No cometerás adulterio, podía haberse incluido también aquello otro. A no ser que en los dos preceptos relativos al adulterio y al hurto se hayan prohibido los actos, y en estos otros dos, en cambio, el deseo. Y éstas son cosas tan distintas entre sí que a veces comete adulterio quien no desea la mujer del prójimo, si tiene relaciones con ella por otro motivo distinto, y otras veces puede desearla sin tener relaciones con ella por miedo al castigo. Y por eso, la ley quizá ha querido decir que las dos cosas son pecados.
También suele plantearse la cuestión de saber si la palabra moechia (adulterio) comprende también la fornicación. Moechia es una palabra griega que la Escritura emplea ya en latín. Pero en griego se llama moechios solamente a los adúlteros. Naturalmente, esta ley no se ha dado sólo para los hombres, sino también para las mujeres. En efecto, por el hecho de que la Escritura diga: No desearás la mujer de tu prójimo, la mujer no ha de pensar por eso que no se le prohíbe nada aquí, y por tanto, que puede lícitamente desear al marido de su vecina. Por consiguiente, si de lo que se dice aquí al hombre se deduce que el precepto también comprende a la mujer, aunque no se diga expresamente, cuánto más debe referirse a ambos sexos el precepto sobre la prohibición del adulterio, cuando el propio precepto puede referirse sin dificultad a ambos; lo mismo que los mandamientos: No matarás; no robarás103, y otros parecidos que hubiera, que no aludieran expresamente a un sexo, se aplicarían a ambos sexos por igual. Pero cuando se expresa un solo género, entonces se expresa el más noble, es decir, el género masculino, para que a través de él comprenda también la mujer lo que se le manda. Y por eso, si la mujer casada es adúltera teniendo relaciones sexuales con un hombre que no sea su marido, aunque él no esté casado, evidentemente también es adúltero el hombre casado que tenga relaciones sexuales con una mujer que no sea su esposa, aunque ella no esté casada.
Pero surge con razón el problema de saber si quebrantan este precepto quienes tienen esas relaciones sin estar casados, sea el hombre o sea la mujer. Porque si no lo quebrantan, entonces en el Decálogo no estaría prohibida la fornicación. Sólo lo estaría la moechia, esto es, el adulterio, aunque toda moechia se comprende que es también fornicación, como dicen las Escrituras. Pues el Señor dice en el Evangelio: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace adulterar104.
Aquí se llama fornicación a la relación sexual entre una mujer casada con un hombre que no sea su marido, acto que es una moechia, es decir, un adulterio. Por consiguiente, en las Escrituras, toda moechia es también una fornicación. Pero que toda fornicación pueda ser también una moechia, no encuentro de momento ningún ejemplo que lo avale en las Escrituras. Ahora bien, si no toda fornicación puede ser también moechia, ignoro en qué precepto del Decálogo pueda hallarse prohibida aquella fornicación que cometen los hombres no casados con las mujeres no casadas. Y si se llama con propiedad hurto a toda usurpación ilícita de una cosa ajena —pues no permite la rapiña quien prohibió el hurto, sino que quiso explicar el todo por la parte, todo lo que ilícitamente se roba de las cosas del prójimo—, es evidente que, bajo el nombre de moechia, hay que considerar prohibida toda relación sexual ilícita y el uso no legítimo de aquellos miembros.
En relación al precepto: No matarás, no hay que pensar que se actúa contra este mandamiento cuando quien mata es la ley o es Dios quien manda matar a alguien. Porque lo hace el que manda, cuando no es lícito negar la obediencia.
En relación al precepto: No dirás falso testimonio contra tu prójimo105, suele preguntarse si están prohibidas todas las mentiras, no sea que este mandamiento no se dirija contra aquellos que dicen que es lícito mentir cuando la mentira aprovecha a alguien y no perjudica nada a aquel a quien se dice la mentira. Porque esa mentira no iría contra tu prójimo. Y así parecería que la Escritura habría añadido eso, cuando podría haber dicho de manera más breve: No dirás falso testimonio, como antes dijo: No matarás; no cometerás adulterio; no robarás. Pero aquí surge un grave problema, que no pueden solucionar fácilmente los que tienen prisa, como yo, y es el modo de explicar frases como las siguientes: Mandarás a la perdición a todos los que dicen mentiras106 y No digas ninguna mentira107 y, otras frases parecidas.
72 (Ex 20,18). Y todo el pueblo veía la voz y los relámpagos y el sonido de la trompeta y el monte echando humo. Suele preguntarse cómo el pueblo pudo ver la voz, cuando la voz no parece pertenecer al sentido de la vista, sino del oído. Pero, lo mismo que yo acabo de decir videatur (parece), aplicando esta palabra a todas las cosas que dije, así videre (ver) suele usarse en un sentido general, no sólo para referirse a las cosas corporales, sino también a las espirituales. Una cosa parecida sucede con la frase: Viendo Jacob que había comida en Egipto108, cuando en realidad él no estaba en Egipto. Algunos opinan que «ver» la voz no significa más que «entender», acto que es la visión de la mente. Pues bien, como aquí el autor quiso decir brevemente el pueblo veía la voz y los relámpagos y el sonido de la trompeta y el monte que echaba humo, surgiría un problema aún mayor si quisiéramos saber cómo se oían los relámpagos y el monte echando humo, cosas que pertenecen al sentido de la vista. El problema se resuelve diciendo que el autor no tenía que haberlo dicho tan brevemente para poder abarcarlo todo: oía la voz y veía los relámpagos y oía el sonido de la trompeta y veía el monte echando humo. Había, pues, dos clases de voces: las procedentes de las nubes, como los truenos, y la procedente de la trompeta, si es que en realidad se llama voz al sonido que salía de las nubes. Y así, en las cosas referidas al sentido del oído, el autor alude al sentido general, es decir, el de la vista, queriendo la Escritura abarcar brevemente la totalidad, mejor que en las cosas que se refieren al sentido de la vista se hubiera sobrentendido el sentido del oído, pues no solemos hablar de esa manera. En efecto, solemos decir: «mira cómo suena», y no decimos: «oye cómo brilla».
73 (Ex 20,19). Háblanos tú, y que no nos hable el Señor, no sea que muramos. Se dice muchas veces, y con buenos argumentos, que el temor pertenece más bien al Antiguo Testamento, como el amor al Nuevo, aunque en el Antiguo Testamento esté oculto el Nuevo y en el Nuevo Testamento se manifieste el Antiguo. Pero no aparece claramente cómo se atribuye a aquel pueblo el ver la voz de Dios, si esta palabra significa «entender», siendo así que tienen miedo de que les hable Dios, por temor a morir.
74 (Ex 20,20). Y Moisés les dijo: «Estad firmes, pues Dios ha venido a vosotros para tentaros a fin de que su temor esté en vosotros para que no pequéis». Ellos tenían que ser apartados del pecado precisamente por el temor de tener que soportar las penas externas, ya que aún no podían amar la justicia. Y la tentación que el Señor les enviaba para probarlos consistía en que aparecieran lo que eran, no para que Dios los conociera, pues sabía bien cómo eran, sino para que se conocieran entre ellos y a sí mismos. En estos terrores se da a conocer bien la diferencia entre el Antiguo y Nuevo Testamento, cosa que también afirma con toda claridad la epístola a los Hebreos109.
75 (Ex 20,21). Y Moisés entró en la nube donde estaba Dios, es decir, en donde los signos que mostraban a Dios eran más explícitos. Porque ¿cómo estaba en la nube aquel a quien los cielos de los cielos no le abarcan? Estaba como está en todas partes quien no está en ningún lugar.
76 (Ex 20,23). No os haréis dioses de plata ni de oro. Se repite aquí lo que se inculcó en el primer mandamiento. En los dioses de plata y de oro se sobrentiende toda clase de imágenes, lo mismo que se dice en aquel salmo: Los ídolos de los gentiles son plata y oro110.
77 (Ex 21,2). En relación a lo que se manda acerca del siervo hebreo, que sirva seis años y luego se le deje libre sin pagar rescate, para que los siervos cristianos no pidieran a sus señores esto mismo, la autoridad apostólica manda que los siervos estén sometidos a sus señores para que el nombre de Dios y su doctrina no sean blasfemados111. Por aquí se descubre con suficiente claridad que aquello se preceptuó de manera misteriosa, puesto que Dios ordenó incluso que se le horadara la oreja con una lezna junto a la puerta al siervo que rechazara la libertad que se le concedía112.
78 (Ex 21,7-11). Si un hombre vende a su hija por esclava, no marchará como salen las esclavas. Pero si no agrada a su señor, que no le da su nombre, la remunerará. Pero el señor no podrá venderla a gente extranjera, porque hizo desprecio en ella. Y si le diese el nombre de su hijo, la tratará como se trata a las hijas. Y si toma para él otra mujer, no defraudará a la primera las cosas necesarias ni el vestido ni el trato conyugal. Si no le hiciera estas tres cosas, ella saldrá gratis sin rescate alguno. Las palabras y las expresiones inusuales hacen que este texto sea oscurísimo. Nuestros traductores apenas han hallado el modo de explicarlo. En el propio texto griego es muy oscuro lo que aquí se dice. Sin embargo, explicaré, como pueda, lo que a mí parece.
La primera frase: Si un hombre vende a su hija por esclava —es decir, para que sea una esclava, persona que los griegos llaman oikéten— no marchará como salen las esclavas, quiere decir lo siguiente: «No se marchará como se marchan las esclavas hebreas después de seis años», porque debemos pensar que también para la mujer hebrea se ha dado la ley que se aplica a los varones. ¿Por qué, pues, esta mujer no habría de marchar así sino porque se entiende que ha sido humillada durante su esclavitud, habiendo tenido su amo relaciones sexuales con ella? Esto se aclara de algún modo por lo que se dice a continuación. El texto, en efecto, sigue diciendo: Pero si no agrada a su señor, que no le había dado su nombre —es decir, no la hizo su esposa—, la remunerará. Esto equivale a lo que se dijo antes: No marchará como salen las esclavas. Es justo sin duda recibir algo por el hecho de haber sido humillada, ya que el amo no tuvo relaciones sexuales con ella para hacerla su esposa, para darle su nombre. La frase: La remunerará, otros traductores la traducen por: La rescatará, cosa que si en griego se hubiese dicho apolutrósetai se habría escrito como está escrito en el salmo: Y él rescatará a Israel113, porque ahí aparece el verbo apolutrósetai. Pero en este pasaje se lee: apolutrósei que significa que se recibe más de lo que se da por ella para que sea rescatada. ¿A quién dará su amo algo para rescatar a quien posee como esclava? Pero el señor no podrá venderla a gente extranjera, porque hizo desprecio en ella, es decir, no porque el señor hizo desprecio en ella por eso podrá venderla, esto es, la dominará en tanto en cuanto pueda venderla lícitamente incluso a gente extranjera. Por lo demás, «hizo desprecio en ella» (sprevit in ea) equivale a «la despreció» (sprevit eam), y «la despreció» equivale a «la humilló», es decir, tuvo relaciones sexuales con ella sin hacerla su esposa. El griego dice ezétesen, palabra que nosotros traducimos por sprevit (despreció). La Escritura emplea este vocablo en Jeremías: Como desprecia (spernit) una mujer a aquel con quien tiene relaciones sexuales114.
A continuación sigue diciendo el texto: Y si le da el nombre de su hijo, la tratará como se trata a las hijas. Aquí ya comienza a comprenderse por qué se dijo antes: a la que no había dado su nombre, porque ¿qué significa: si le da el nombre de su hijo, sino: «la da como esposa a su hijo»? Y cuando dice: La tratará como se trata a las hijas, quiere decir «que debe darla por esposa como se da una hija», es decir, entregándole una dote. Después se añade: Y si toma para él otra mujer —es decir, no la destina como mujer para su hijo, sino que le busca otra—, no defraudará a la primera las cosas necesarias ni el vestido ni el trato. Debe darle de igual manera las cosas a que tiene derecho, porque no continuó siendo la esposa de su hijo, como se las daría, si no le hubiera dado su nombre y, sin embargo, la hubiera humillado, teniendo relaciones sexuales con ella. Lo que he traducido por trato, corresponde en griego a omilían, es decir, «locución», palabra que la Escritura suele utilizar para designar más eufemísticamente el concúbito. Y ¿qué significa: «no le defraudará el concúbito» sino «le dará una recompensa por el concúbito»? Pues según el libro de Daniel los ancianos que dieron un falso testimonio contra Susana, dijeron: Se acercó a ella un joven que estaba escondido y se acostó con ella115. Y Daniel, preguntando acerca de esto mismo dice: «.¿Bajo qué árbol los visteis hablando juntos?116 Ellos habían dicho: Se acostó con ella. Luego, refutando los argumentos del otro y tratando de convencerle, Daniel dice: ¡Raza de Canaán y no de Judá, la hermosura te ha deleitado y la concupiscencia ha pervertido tu corazón! Así hacíais a las hijas de Israel y ellas, por miedo, se entregaban a vosotros117. El texto griego dice: omílousan imin. Traducido literalmente al latín podría decirse loquebantur vobis (hablaban con vosotros), y con esa expresión se indica el concúbito. En donde el latín dice: ¿Bajo qué árbol los sorprendiste (comprehendisti), el griego tiene ya: «los sorprendiste hablando entre ellos». Y con esa frase también se indica el concúbito.
En relación a esta persona de que se trata, la Escritura añade lo siguiente: Si no le otorgara estas tres cosas, ella saldrá gratis118. Estas palabras significan que si él no la humilló con el concúbito, ni se la dio por esposa a su hijo, ni otra mujer casada con su hijo la echa de casa, saldrá gratis, es decir, le bastará no continuar siendo esclava. Marchará, pues, sin recibir nada, como el esclavo hebreo. Pues no le está permitido a su señor casar con un hombre no hebreo a aquella a quien no puede entregar a gente extranjera. Pero si la entregara para que se casara con un esclavo hebreo, se entiende naturalmente que se marchará con él gratuitamente esa mujer que no está separada del marido.
79 (Ex 21,12.13). Si uno hiere a otro y muere, aquél morirá sin remedio; pero si no quería matarlo, sino que Dios se lo entregó en sus manos, yo te daré lugar a donde pueda huir. Nos preguntamos por qué el texto dice: Pero si no quería matarlo, sino que Dios se lo entregó en sus manos, como si quisiera decir que, en el caso de que hubiera querido matarlo, hubiera podido hacerlo aunque Dios no se lo entregara en sus manos. Se entiende, pues, que Dios lo ha hecho solamente en el caso de que uno sea matado por otro sin quererlo. Y porque sólo Dios lo ha hecho, se dice: Sino que Dios se lo entregó en sus manos. Cuando uno mata voluntariamente, mata él y Dios se lo entrega en sus manos. Hay, pues, esta diferencia, que en aquel caso, sólo Dios lo ha hecho; en éste, en cambio, lo hacen Dios y el hombre por la voluntad del que lo hace. Pero el hombre no lo hace como Dios. Dios sólo lo hace con justicia; el hombre, por el contrario, es digno de castigo al hacerlo; no porque mató a quien Dios no querría que se matara, sino en atención a la iniquidad. Pues no prestó ayuda a Dios que lo mandaba, sino que sirvió a su maligno deseo. Así pues, en el mismo y único hecho, no sólo es alabado Dios por su oculta justicia, sino que también es castigado el hombre por su propia iniquidad. No porque Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros119 ya por eso Judas queda libre de culpa, él que entregó a la muerte al propio Cristo120.
80 (Ex 21,22). Si dos hombres riñen y hieren a una mujer encinta y nace su hijo no formado, el culpable será multado conforme a lo que imponga el marido de la mujer, y se lo dará mediante ruego. A mí me parece que estas cosas se dicen por motivo de algún significado especial y no porque la Escritura se ocupe de hechos de esta naturaleza. Porque si la Escritura pretendiera que una mujer encinta, que hubiera sido golpeada, no se viera obligada a abortar, no pondría a dos hombres riñendo, puesto que un solo hombre podría ocasionarlo si reñía con la mujer, o aunque no riñera, si hiciera eso mismo queriendo causar un daño a la descendencia de otro. Pues bien, el hecho de que el autor no haya querido que pertenezca al homicidio el parto no formado, demuestra que pensó que no era hombre lo que se lleva en el seno materno. Aquí suele plantearse el problema del alma, es decir, si lo que no está formado tampoco puede decirse que está animado, y por tanto, que no sería un homicidio, puesto que no puede afirmarse que quede privado de alma un ser que todavía no tenía alma.
El texto sigue diciendo: Pero si estuviera formado, dará alma por alma121. ¿Qué otra cosa significa esta última frase sino que «él mismo morirá»? Porque la ley impone esto mismo en los demás casos que menciona con este motivo: ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal122, es decir, se aplicará la justicia del talión. Y esta ley se estableció para demostrar qué clase de pena se debía aplicar. Porque si no se supiera por ley qué clase de pena había que aplicar, ¿por dónde sabríamos qué pena quitaba el perdón para poder decir: Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores?123. La ley, efectivamente, pone de manifiesto a los deudores, para que cuando se perdona algo aparezca qué es lo que se perdona. Pues nosotros no perdonaríamos las deudas si no supiéramos por la ley lo que se nos debe a nosotros. Por tanto, si aquel parto ya había sido informe, pero estaba todavía de alguna manera animado sin forma —porque el gran problema del alma no se ha de resolver precipitadamente con la temeridad de una sentencia no discutida—, la ley no ha querido que fuera un homicidio, porque todavía no puede llamarse alma viva la que está en un cuerpo que carece de sentidos, si está así en una carne no formada y por lo tanto no dotada todavía de sentidos. No es fácil entender lo que se dice a continuación: Y se lo dará mediante ruego. Se refiere a lo que el marido de la mujer había determinado que se le diera, si el parto no era informe. La palabra axíoma, que tiene el texto griego, puede entenderse de varias maneras, y se ha traducido por mediante ruego de manera más aceptable que si se hubiera traducido de otro modo. Quizá el texto pedirá que se le dé para satisfacer a Dios de esa manera, aunque el marido o la mujer no lo pidan.
81 (Ex 21,28). Si un buey acornea a un hombre o a una mujer y le causa la muerte, el buey será apedreado y no se comerá su carne; pero el dueño del buey será inocente. Es justo matar a un animal que cause daño a los hombres. Lo que aquí se dice acerca del buey hay que entenderlo, como una parte del todo, de cualquier animal domesticado por el hombre que sea perjudicial al hombre. Pero si hay que matarlo, ¿hay que matarlo precisamente a pedradas? Si un animal debe morir, ¿qué importancia tiene la muerte que se le da? En relación a lo que añade el texto, diciendo que no se debe comer su carne, ¿a qué viene esto sino a que todas estas cosas significan algo que la Escritura en particular suele ver?
82 (Ex 21,35). Pero si el buey de uno acornea al buey de otro y le causa la muerte, venderán el buey vivo y se repartirán su precio, repartiéndose también el buey muerto. ¿Sólo hay que guardar esta norma en el caso de un buey o hay que aplicarla con cualquier otro animal? También esto hay que entenderlo como la parte en relación al todo. Pero no tiene aplicación en el caso de la carne del animal muerto que no se come.
83 (Ex 22,1). ¿Qué justificación puede haber para que haya que devolver cinco bueyes por un buey y cuatro ovejas por una oveja, si no se ha querido significar algo?
84 (Ex 22,2.3). Si el ladrón es sorprendido al perforar la pared y es herido de muerte, no hay homicidio. Pero si sale el sol sobre él, es culpable; morirá por muerte. Se entiende que no hay homicidio si se mata al ladrón nocturno. Y sí lo hay en el caso del ladrón diurno. Esto es lo que significa la frase: Si sale el sol sobre él. Efectivamente, podía saberse que había venido para robar y no para matar, y por eso no debería matársele. En las antiguas leyes profanas —aunque ésta es más antigua que ellas— se encuentra esto mismo: el ladrón que roba de noche puede ser matado impunemente de cualquier modo que sea. Pero el que roba de día, sólo puede ser matado si se hubiera defendido con un arma. Porque en este caso es ya algo más que un ladrón.
85 (Ex 22,9). ¿Qué significa: Quien fuere convencido por Dios, restituirá el doble? Significa que Dios quiere a veces descubrir al perjuro con una determinada señal.
86 (Ex 22,28). No maldecirás a los dioses. Se plantea el problema de saber a quiénes llama dioses; si se trata de los príncipes que juzgan al pueblo, como se dijo de Moisés que se le dio al faraón como un dios124, y lo que viene a continuación se dice a modo de explicación como mostrando a quiénes llama dioses, cuando se añade: No maldecirás al príncipe de tu pueblo125. El texto griego en este caso dice: No dirás mal. O si se trata más bien de interpretar ese texto de acuerdo con las palabras del Apóstol: Pues aunque se les dé el nombre de dioses o en el cielo o en la tierra, como hay muchos dioses y muchos señores126. Al añadir: como hay, ha querido decir que también puede llamárseles así dignamente, pero entendiendo naturalmente que lo que en griego se denomina latreía y en latín se traduce por servitus (servidumbre, adoración), y que pertenece lógicamente a la religión, sólo se debe al único verdadero Dios, que es nuestro Dios. A aquellos que reciben el nombre de dioses, si es que hay seres que puedan llamarse así de verdad, se prohíbe maldecirlos, pero no se manda venerarlos con sacrificios ni con ningún obsequio de adoración.
87 (Ex 23,2). No estarás con la mayoría para hacer el mal. Que nadie, por consiguiente, se defienda diciendo que lo hizo con la mayoría, o piense que por eso no es pecado.
88 (Ex 23,3). No te compadecerás del pobre en el juicio. Si no hubiera dicho en el juicio, surgiría un grave problema. Pero, en todo caso, habría que sobrentenderlo, aunque no se hubiera dicho. Antes se había dicho: No te dejes llevar por la multitud, por la mayoría, para desviar el juicio127. Por eso, la frase: No te compadecerás del pobre, podría entenderse en el juicio. Pero como se han añadido esas palabras, no hay problema alguno de que así se ha mandado. No sea, pues, que, al juzgar, veamos que la justicia está en favor del rico contra el pobre y nos parezca que obramos bien si en contra de la justicia favorecemos al pobre movidos por la misericordia. La misericordia sin duda es buena, pero no debe ir contra el juicio. La Escritura, naturalmente, llama juicio a lo que es justo. Pero para que nadie piense que por motivo de esta sentencia Dios prohíbe la misericordia, viene muy oportunamente lo que sigue a continuación: Si encuentras el buey de tu enemigo o su asno extraviados, se los devolverás128, para que sepas que no se te ha prohibido practicar la misericordia. Practícala incluso con tus enemigos, aun fuera del juicio. Pues cuando devuelves el buey errante de tu enemigo y se lo restituyes, no te sientas como juez entre unos hombres.
89 (Ex 23,10.11). Seis años sembrarás tu tierra y recogerás su fruto; al séptimo año la dejarás descansar y le darás reposo, y comerán los pobres de tu pueblo. Lo que quede lo comerán los animales del campo. Harás lo mismo con tu viña y tu olivar. Podemos preguntar qué recogían los pobres, si el séptimo año se dejaba a la tierra descansar hasta el punto que ni siquiera se sembraba —pues no se refiere ni a la viña ni al olivar lo que se dice antes: Comerán los pobres de tu pueblo—, porque de una tierra no sembrada nada pueden recoger, pues no pueden nacer las mieses. Después dice que hay que hacer lo mismo con la viña y con el olivar. Por esto se entiende aquello que se dice de los campos que sirven para el trigo. ¿O la frase esa: Seis años sembrarás tu tierra y recogerás su fruto hay que entenderla en el sentido de que sembrarás y recogerás durante seis años, y el séptimo no recogerás, pero sí «sembrarás», aunque no se diga expresamente? En este caso, durante seis años sembrarían y recogerían, y el séptimo, por el contrario, deberían dejar lo que habían sembrado. Porque ¿qué podían sacar de allí los pobres, cuando los restos se dejan para los animales del campo, esos animales que podían comer esos frutos, como los jabalíes y los ciervos y otros parecidos? Esto, de todas formas, no se diría si no tuviera algún significado. Pues si Dios no se preocupa de los bueyes129, refiriéndonos a los mandamientos que Dios dio a los hombres —afirmación que no debe entenderse en el sentido de que Dios no dé alimento a los que ni siembran ni siegan ni recogen en el granero130, sino que Dios no se preocupa de dar al hombre un precepto acerca de cómo ha de cuidar de su buey—, ¡cuánto menos se preocupa Dios de dar un precepto sobre el modo de cuidar el hombre a los animales del campo, cuando el mismo Dios los alimenta con los bienes de la naturaleza exuberantemente productiva, quien los alimenta además durante los otros seis años cuando se recogen las cosas que se siembran!
90 (Ex 23,19). No sé cómo podría encontrarse el sentido literal de las palabras: No cocerás el cordero en la leche de su madre. Si aceptamos que se prohíbe cocer el cordero en la leche por razón de algún significado, debo decir que no hay costumbre alguna de cocerlo de esta manera. Pero si se trata del tiempo de la lactancia, ¿qué judío observó jamás esta costumbre de no cocer el cordero a no ser que hubiera dejado de mamar? Y ¿qué significa: en la leche de su madre? Da la impresión de que podría cocerse sin transgredir el mencionado precepto, en el caso de que debiera entenderse así, si al nacer el cordero, hubiera muerto su madre y hubiera sido amamantado por otra oveja, cuando en realidad nadie duda de que este precepto obedece, evidentemente, a algún significado especial. Pero conviene recordar que incluso aquellas cosas que pueden realizarse y observarse, se mandan de ese modo por alguna razón, pues tienen algún significado. Pero o no se da o no aparece claro cómo este precepto puede observarse literalmente.
Si se entiende de Cristo, entonces pienso que con esta profecía se predijo que los judíos no debían matar al niño, cuando Herodes lo buscó para matarlo y no lo encontró131. Y así la expresión cocerás se refiere al fuego de la pasión, a la tribulación, por lo cual dice la Escritura: El horno prueba las vasijas del alfarero, y a los hombres justos, la tentación de la tribulación132. El hecho de que el niño no sufriera la pasión cuando le buscó Herodes y cuando parecía que amenazaba ese peligro, se predijo con estas palabras: No cocerás el cordero en la leche de su madre: «no matarás a Cristo». Parece ser una profecía premonitoria para que los buenos israelitas no se asociaran a los malos judíos, que hicieron sufrir a Cristo la Pasión. Efectivamente, la tribulación de la pasión es como fuego. Por eso dice la Escritura: Como oro en el crisol los probó y como holocausto, como hostia los recibió133. El Señor confirma también esta sentencia cuando dice: Tengo que ser bautizado con un bautismo que vosotros no conocéis134. Dice así, cuando en otro lugar había dicho: He venido a traer fuego al mundo. Y Juan dice: El os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego135. Y esto quiere decir que lo hará con la purificación y con la prueba de la tribulación. El significó también el mismo fuego al ser llevado a la pasión, cuando dijo a las que lloraban por él que debían llorar más bien por ellas mismas. Y terminó con estas palabras: Pues si en el leño verde hacen esto, en el seco, ¿qué harán?136 Los buenos, por tanto, reciben el consejo de no participar con los malos en la crucifixión de Cristo, que recibió el nombre de cordero de Dios que quita los pecados del mundo137. Por consiguiente, no cocerás el cordero en la leche de su madre. No le aplicarás a Cristo el fuego de la pasión en el día en que fue concebido. Porque se dice que también sufrió entonces, es decir, el veinticinco de marzo. Desde ese día hasta el veinticinco de diciembre en que se coloca su nacimiento, hay nueve meses, con el décimo comenzado. Los pechos de las mujeres acopian leche desde el día de la concepción.
Hay, no obstante, otra interpretación más fácil. No cocerás el cordero en la leche de su madre, es decir, al que es todavía niño pequeño y lactante —individuos a quienes dice el Apóstol: Os di a tomar leche, no alimento sólido138— no los enviarás a la pasión demasiado pronto. Es como si se dijera a Cristo, que ahorró el sufrimiento a sus discípulos, que eran aún como niños, ofreciéndose a la muerte por ellos, cuando dijo: Entonces, si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos139. Y para que se entendiera que ellos eran aún débiles y poco idóneos para la pasión, como corderos en la leche de su madre, el evangelista sigue diciendo: No perdí a ninguno de los que me diste140. Por donde aparece que los que entonces sufrieran habrían de morir; porque entonces no sufrieron lo que sufrieron después, no ya como corderos en la leche, sino como carneros en el rebaño.
Quizá no sea absurdo tampoco lo que dicen otros, que el profeta mandó que los buenos israelitas no se unieran a los malos judíos que hicieron sufrir la pasión a Cristo, como cordero en la leche de su madre, es decir, en el tiempo en que fue concebido. Pues se dice que las mujeres acopian leche desde el momento en que conciben. Ahora bien, que Cristo fue concebido y sufrió en aquel mes, lo demuestra no sólo la fiesta de la Pascua, sino el día de su nacimiento conocidísimo en las iglesias. Pues quien nació el noveno mes, en torno al día veinticinco de diciembre, evidentemente fue concebido el mes primero, en torno al veinticinco de marzo, que fue también el tiempo de su pasión en la leche de su madre, es decir, en el tiempo de la leche de su madre.
91 (Ex 23,20.21). He aquí que yo envío a mi ángel delante de ti para que te guarde en el camino y te introduzca en la tierra que te preparé. Mira por ti y escúchale; no dejes de creerle, pues nada te quitará, ya que mi nombre está sobre él. Se trata sin duda de aquel a quien se le cambió el nombre para que se llamara Jesús. El, ciertamente, introdujo al pueblo en la tierra de promisión.
92 (Ex 23,25-27). Tú servirás al Señor tu Dios, y yo bendeciré tu pan y tu vino y tu agua y apartaré de vosotros las enfermedades. No habrá quien no engendre ni habrá estéril en tu tierra. Llenaré el número de tus días. Enviaré delante de ti el temor. Y volveré locas a todas las gentes adonde llegues, etc. Aunque estas promesas puedan entenderse también en sentido espiritual, cuando se entienden referidas a la felicidad temporal de los hombres, son propias del Antiguo Testamento. En él hay preceptos relativos a las buenas costumbres. Otros significan algo misterioso. Pero las promesas son carnales y terrenas. Así, en el salmo setenta y dos el hombre de Dios dice que por poco se le extravían y resbalan sus pasos141, celoso por los pecadores, al ver la paz de que gozan. El veía que los impíos disponían abundantemente de las cosas que, según el Antiguo Testamento, él esperaba del Señor Dios, a quien servía por esa recompensa. Y, como a causa de esto comenzase a infiltrársele la impía idea de que Dios no se preocupaba de los asuntos humanos, dice que cambió de parecer, al no atreverse a rechazar la autoridad de los santos, y se puso a reflexionar para entenderlo y dijo: Es una tarea que tengo ante mí, hasta que entre en el santuario de Dios y entienda su final142. Allí se darán los premios correspondientes al Nuevo Testamento, que no recibirán los impíos. Y entonces tendrán lugar las penas de los impíos, mientras los justos se verán libres de ellas.
93 (Ex 23,28). Enviaré avispas delante de ti, que expulsarán de tu presencia a los amorreos, y a los jiveos, y a los cananeos y a los hititas. Se plantea el problema de saber qué ha de entenderse bajo estas avispas. Porque Dios promete esto, y el libro de la Sabiduría dice que se cumplió cuando afirma: Y envió avispas como precursores de su ejército143. Pero no leemos que haya sucedido ni en tiempo de Moisés, ni de Josué Nave, ni de los jueces ni de los reyes. Por eso quizá haya que ver bajo estas avispas los aguijones del temor, que agitaban a los pueblos mencionados para que cedieran ante los hijos de Israel. Pues Dios habla, y si en sus palabras se halla algo en sentido figurado que no se haya realizado literalmente, no se opone a la fidelidad de la historia, en la que se percibe la verdad de la narración. Lo mismo que la historicidad de la narración de los evangelistas no queda anulada por el hecho de que Cristo haya dicho algo en sentido figurado.
94 (Ex 23,33). Si sirvieras a sus dioses, serán para ti como un lazo. El griego tiene aquí douleíses y no latreíses. De donde se deduce que la douleía se debe a Dios como Señor, y la latreía sólo se debe a Dios en cuanto Dios.
95 (Ex 24,1-3). Y dijo Dios a Moisés: «Sube donde el Señor, tú y Aarón, y Nadab y Abihú y setenta de los ancianos de Israel. Y adorarán al Señor desde lejos. Y se acercará Moisés solo al Señor. Ellos, en cambio, no se acercarán. Tampoco el pueblo subirá con ellos». Vino, pues, Moisés y narró al pueblo todas las palabras de Dios y sus justificaciones. Y todo el pueblo respondió a una voz, diciendo: «Todas las palabras que ha dicho el Señor las haremos y las escucharemos». Hasta este pasaje de la Escritura se entiende que las justificaciones son los preceptos que se dieron al pueblo para que los observara. Pero en cuanto lo indican las propias palabras de la Escritura, de donde ha surgido este vocablo «justificaciones», comienzan a partir de aquel siervo hebreo, cuya oreja se horada junto a la puerta144. Ahora bien, en todas estas justificaciones hay que tener en cuenta las que pueden ser guardadas por sí mismas para actuar en la vida y para conservar las buenas costumbres145. Porque, evidentemente, hay en ellas misterios que, más que instruir nuestra vida, están ahí para significar algo. Los traductores latinos llamaron iustificationes a lo que los griegos llaman dikaiómata.
96 (Ex 24,3). Hay que advertir que el pueblo responde de nuevo así: Todas las palabras que ha dicho el Señor las haremos y las escucharemos. El orden parece exigir más bien que se hubiera dicho: «Las escucharemos y las haremos». Pero sería algo raro que aquí no hubiera algún sentido oculto. Porque si la palabra escucharemos se puso en lugar de «entenderemos», entonces es preciso dedicar primero a las palabras de Dios el trabajo de realizarlas para que él nos lleve a comprender aquellas cosas que el hombre hace por mandato de Dios, en razón de la devoción, pues no las desprecia, sino que las cumple. Pero conviene advertir si este pueblo se parece a aquel hijo que respondió a su padre que le mandaba una cosa: Iré a tu viña, y no fue146. Pues los gentiles, que despreciaron totalmente al Señor, justificados luego por la obediencia de uno, que no buscaban la justicia, alcanzaron la justicia147.
97 (Ex 24,4). Hay que señalar que Moisés erigió un altar al pie del monte y doce piedras por las doce tribus de Israel. Se entiende que el altar erigido con doce piedras, significaba que el propio pueblo era el altar de Dios, como es el templo de Dios148.
98 (Ex 24,5). E inmolaron sacrificios de salvación para Dios. No dice «sacrificios salvadores», sino sacrificios de salvación, que corresponde al griego soteríon. Por eso, en el salmo se dice: Tomaré la copa de la salvación149, y no se dice: «la copa salvadora». Por todo ello hay que prestar atención, no sea que se pretenda señalar a aquel de quien dijo Simeón: Porque mis ojos han visto tu salvación150. A esto mismo alude el salmo, cuando dice: Anunciad bien su salvación de día en día151. Si atendemos más profundamente al sentido, ¿qué significa la expresión: de día en día, sino la luz de luz, es decir, Dios de Dios, o lo que es lo mismo, el Hijo unigénito?
99 (Ex 24,6.7). Tomando Moisés la mitad de la sangre, la derramó en una vasija, y la parte restante de la sangre la derramó junto al altar. Y tomando el libro de la alianza lo leyó a los oídos del pueblo. Hay que advertir que la Escritura dice aquí claramente que Moisés ofreció por primera vez un sacrificio desde que el pueblo salió de Egipto. Primeramente se había dicho de su suegro Jetró, aunque con alguna ambigüedad, que había ofrecido sacrificios a Dios152. Y hay que señalar que el libro de la alianza se leía con la sangre del sacrificio. Debemos pensar que en ese libro se hallaban escritas aquellas justificaciones. Porque que el Decálogo de la ley fuera escrito en tablas de piedra se dio a conocer después.
100 (Ex 24,7). Y dijeron: «Todo lo que ha dicho el Señor lo haremos y lo escucharemos». Es ya la tercera vez que el pueblo responde de esta manera.
101 (Ex 24,9.10). Y subió Moisés con Aarón y Nadab, y Abihú y setenta de los ancianos de Israel, y vieron el lugar en donde había estado el Dios de Israel. Es algo evidente para los entendidos que Dios no puede ser abarcado por ningún lugar ni pone sus miembros en ninguna especie de postura corporal, como hacemos nosotros que nos sentamos, nos tumbamos, estamos de pie y tomamos otras posturas parecidas. Porque estas posturas son propias de los cuerpos, y Dios es espíritu153. Por consiguiente, cuando Dios se manifiesta con alguna figura corporal o con signos expresados corporalmente, no aparece su sustancia por la que él es lo que es. Sino que el hecho de tomar formas visibles depende de su omnipotencia.
102 (Ex 24,11). Y de los elegidos de Israel no estuvo en desacuerdo ni uno solo. Aparecieron en el lugar de Dios y comieron y bebieron. ¿Quién podría dudar de que a los que señaló por sus nombres y los setenta ancianos, ahora se les llama elegidos de Israel? Estos sin duda representaban a los elegidos en el pueblo de Dios. Porque la fe no es de todos154, y El Señor conoce a los que son suyos155. En una casa grande hay utensilios para usos nobles y otros para usos viles156. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó; y a los que predestinó, a éstos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; y a los que justificó, a ésos también los glorificó157. Evidentemente, de los elegidos de Israel no estuvo en desacuerdo ni uno solo. Pero están representados por el número cuatro: Moisés y Aarón y Nadab y Abihú, por cuatro evangelios y por la promesa de todo el mundo, que se divide en cuatro partes. Y los setenta ancianos de Israel, es decir, el número siete multiplicado por diez, que está para significar el Espíritu Santo. El zafiro, por su parte, significa la vida celestial, sobre todo porque se dice: Como el aspecto del firmamento. Y ¿quién no sabe que el firmamento se llama cielo? Y la forma del lado en el propio zafiro significa la cuadratura o la estabilidad o el misterio del propio número cuatro. El hecho de que coman y beban en el lugar de Dios significa la suavidad y la saciedad que tendrán en aquel reino de la eternidad. Efectivamente: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados158. Por eso, el Señor dice que vendrán muchos —y quiénes son más que los elegidos, los conocidos de antemano, los predestinados, los llamados, los justificados, los glorificados— y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos159. Y en otro lugar promete a sus fieles esto mismo: que los hará sentar y pasando de uno a otro les servirá160.
103 (Ex 24,13). ¿Qué significa el hecho de que Josué (Jesús) Nave, no mencionado entre aquellos cuatro, aparezca de repente con Moisés y suba con él al monte para recibir las tablas de la ley, y de repente Josué desaparezca otra vez, sin que se vuelva a hablar de él, mientras Moisés recibe la ley en las dos tablas y aparezca de nuevo con él? ¿Significa quizá que el Nuevo Testamento por el nombre de Jesús no sólo está escondido en la ley, sino que a veces se manifiesta a los entendidos? En cuanto al hecho de que se le llame ya Josué (Jesús) cuando la Escritura atestigua en el libro de los Números que recibió ese nombre161 estando ya a punto de entrar los israelitas en la tierra prometida, hay que señalar que la Escritura anticipa por prolepsis, por anticipación, lo que se realizó más tarde. Porque todas estas cosas se escribieron después de haberse realizado. Y por eso, cuando tuvo lugar lo que ahora se recuerda, todavía no se llamaba Josué (Jesús). En cambio, cuando se escribió esto, sí se llama así.
104 (Ex 25,10). Y pondrás alrededor de ella una moldura de oro que dé la vuelta. Llama moldura a lo que rodea por las cuatro partes a un objeto cuadrado, como suelen ser las mesas cuadradas. Al decir que es versatilis (versátil) no quiere decir que sea movible —porque las molduras son fijas, como acabo de decir que suelen ser las de las mesas—, sino que versatilis significa «que da vueltas alrededor», término que corresponde al griego streptá. Y da vueltas o por medio de canales, como son las columnas retorcidas, o por medio de dos varitas entrelazadas a modo de cuerdas, como suelen hacerse de ese modo los collares. Luego dice: Fabricarás para ella cuatro anillas de oro y las pondrás en sus cuatro lados: dos anillas a un lado y dos anillas al otro162. Esto quiere decir que en los cuatro ángulos hay cuatro anillas, una anilla en cada ángulo. Y debido al número de ángulos sucede que lo que se pone en dos lados se ponga en cada uno de los cuatro. Pues un ángulo es común a dos lados. De otro modo no puede ser que dos anillas se pongan por los cuatro lados, habiendo sólo cuatro anillas. Porque debieran ser ocho, si se entiende de modo distinto al que acabo de explicar, de acuerdo con el número de ángulos. Efectivamente, las anillas se ponen en los ángulos para introducir las varas o varales, que sirven para que cuatro hombres por una parte y por otra transporten el arca163.
105 (Ex 25,16). Suele preguntarse por qué dice la Escritura que el propiciatorio debe ser colocado sobre el arca. Como se manda que sea de oro y que su largura y anchura sean iguales que la de la propia arca, sin duda se ordena que sea como una tabla de oro de la misma forma que el arca para recubrirla. En el propiciatorio debía haber dos querubines, uno por una parte y otro por otra, uno frente al otro, de modo que sus rostros estuviesen dirigidos hacia el propiciatorio y lo cubrieran con sus alas164. Todo esto es un gran misterio. El oro significa la sabiduría, y el arca, el secreto de Dios. Se mandó que en el arca se pusieran la ley, el maná y la vara de Aarón. En la ley se contienen los mandamientos. La vara significa la potestad. El maná, la gracia. Porque sin la gracia no hay posibilidad de cumplir los mandamientos. Pero como la ley no la cumple perfectamente nadie que esté en el camino hacia la perfección, por eso el propiciatorio está encima. Pues para realizar eso, es preciso que Dios sea propicio. Y por eso se pone encima el propiciatorio. Porque la misericordia es superior al juicio165. Los dos querubines dan sombra con sus alas al propiciatorio, es decir, honran al propiciatorio cubriéndolo. Porque allí están los misterios. Y se miran el uno al otro, porque están en perfecto acuerdo —pues allí se representan los dos testamentos— y sus rostros se dirigen hacia el propiciatorio, porque recomiendan encarecidamente la misericordia de Dios, en la que es única la esperanza. Finalmente, Dios prometió que hablaría desde aquí a Moisés, de en medio de los querubines, sobre el propiciatorio. Ahora bien, si la criatura racional con la abundancia de la ciencia —puesto que los querubines reciben esta interpretación— está significada por estos dos animales, por eso son dos, para que inculquen la unión del amor. Y cubren con sus alas el propiciatorio, puesto que atribuyen sus alas a Dios, no a sí mismos, es decir, honran a Dios con las virtudes por las que destacan. Y sus rostros sólo se dirigen al propiciatorio, porque la esperanza para cualquier progreso en la abundancia de la ciencia sólo reside en la misericordia de Dios.
106 (Ex 25,26). Las anillas estarán en las cajas gestatorias para llevar la mesa. Estas palabras significan que las anillas serían como las cajas de los varales, es decir, que los varales deben meterse como en cajas. Se ha dicho que estarán en las cajas como si se hubiera dicho que estarán en el lugar de las cajas.
107 (Ex 26,1). La Escritura manda hacer el tabernáculo con diez tapices, pues es el decálogo de la ley. Los tapices significan la anchura en atención a la facilidad. La caridad es la plenitud de la ley166 y sólo los preceptos de la caridad son fáciles. Por eso se recomienda la misma anchura, cuando se dice: Has ensanchado mis pasos debajo de mí y no se han debilitado mis pisadas167. Pero como este ensanchamiento se hace por la gracia de Dios —pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones, no por nosotros mismos, sino por el Espíritu Santo que se nos ha dado168—, por eso aquí se recomienda místicamente este mismo número, que se refiere también al Espíritu Santo, por medio del cual puede cumplirse la ley. Se dice que el tapiz debe tener veintiocho codos de longitud169. Pues bien, este mismo número, puesto que hay que dividirlo por siete, significa que la anchura del tapiz debe tener cuatro codos. Porque cuatro por siete son veintiocho. Y éste es también un número perfecto, porque, lo mismo que el seis, consta de sus partes. Y lo que la Escritura dice tantas veces: Bordarás en ella unos querubines170, ¿qué otra cosa pone de manifiesto en todos esos lugares sino la abundancia de la ciencia, que significa la palabra querubín?
108 (Ex 26,7). Y harás velos de pelo para que cubran el tabernáculo; harás once velos. Los velos son de pelo, de pelo de cabra, y serán once. En todo pecado hay una transgresión. Ahora bien, la transgresión se indica con el número once, porque se transgrede el número diez, que es la ley171. Y así, once multiplicado por siete, son setenta y siete, en cuyo número el Señor simbolizó todo el perdón de los pecados, diciendo: No sólo siete veces, sino setenta y siete veces172. Y éstas son las generaciones que hay cuando Lucas, contando hacia atrás desde el bautismo del Señor, llega hasta Adán y luego hasta Dios173. El significado de los pecados en estos velos sirve para que se manifiesten por medio de la confesión y se perdonen por la gracia que se ha dado a la Iglesia; es decir, para que se cubran, según lo que dice la Escritura: Bienaventurados aquellos a quienes se les han perdonado las iniquidades y cuyos pecados les han sido cubiertos174. Después la Escritura manda que esos velos sean cubiertos con pieles de carnero teñidas de rojo. Pues bien, ¿a quién no se le ocurre que el carnero teñido de rojo es Cristo ensangrentado por la Pasión? Estas pieles indican también a los santos mártires, a través de cuyas oraciones Dios se muestra propicio con los pecados de su pueblo. Sobre ellas, finalmente, deben ir unas pieles de color jacinto para significar la vida eterna con el verdor como vigor perpetuo.
109 (Ex 26,17). Harás dos espigones para cada columna que estén uno frente al otro, es decir, uno por una parte y otro por la otra parte de los lados de la columna. Llama espigones a lo que también puede llamarse canecillos, como los que hay en las bodegas de vino sobre los que se apoyan las maderas que soportan a las cubas. La palabra que hemos traducido aquí por «espigón» —ancon en latín— se emplea en este caso por la semejanza con el codo donde se flexiona el antebrazo, sobre el cual se apoyan los que están sentados a la mesa, término que en griego es agkón.
110 (Ex 26,21). Las basas de las columnas serán dos para cada tablero. La Escritura parece que llama basas no sólo a las que sirven de apoyo a las columnas desde la parte más baja, sino también a las basas superiores, que nosotros llamamos capiteles. Por eso dice: Dos basas para cada columna en ambas partes. Porque ¿cuáles son esas dos partes sino la superior y la inferior?
111 (Ex 26,25). El hecho de que la Escritura hable de ocho columnas y de sus dieciséis basas existentes en la parte posterior del tabernáculo, según la explicación dada anteriormente, cuando antes se dijo que eran seis175, debe entenderse en el sentido de que resultan ser ocho, añadiendo los dos angulares.
112 (Ex 26,33). El velo os servirá para separar entre el santo y el santo de los santos. Esto quiere decir que entre el santo y el santo de los santos debe estar este velo, del que habla ahora, extendido en las cuatro columnas. De la diferencia entre el santo y el santo de los santos habla la epístola a los Hebreos176, porque el santo de los santos está dentro, detrás del velo, donde se halla el arca de la alianza. Fuera, donde está la mesa y el candelabro y las demás cosas que poco antes dijo cómo debían hacerse, se llama el santo, y no es el santo de los santos. Fuera está simbolizado el Antiguo Testamento; dentro, el Nuevo, estando uno y otro no sólo expresado con obras, sino figurado con significación en la lectura del Antiguo Testamento. Por eso, en el santo hay una figura de la figura, porque es la figura del Antiguo Testamento. En el santo de los santos hay una figura de la propia verdad, porque es figura del Nuevo Testamento. Así todo el Antiguo Testamento en estas cosas y celebraciones, que se mandan observar de ese modo, es una figura.
113 (Ex 27,1). Acerca del altar suele preguntarse cómo podía tener tres codos de alto cuando es casi tan grande como la altura de un hombre. ¿Cómo podían servir al altar si en otro sitio se prohíbe que el altar tenga gradas? Y la razón que se da es para que no descubras sobre él tus vergüenzas177. Pero hay que decir que en aquel pasaje se hablaba de un altar que había que construir de tierra o de piedras, en donde las gradas edificadas al mismo tiempo pertenecieran al propio cuerpo del altar. Ahora se manda construir un altar de tablas. Y si a este altar se le añadiera algo para que en el momento de la celebración el ministro del altar pudiera estar de pie sobre ello y se quitara una vez terminada la celebración, esto naturalmente no pertenecería al cuerpo del altar. También puede preguntarse cómo podría quemarse sobre un altar de madera el sacrificio que se ofrecía, sobre todo teniendo en cuenta que se manda que sea cóncavo y que se coloque una parrilla hasta el centro, hasta el medio de su concavidad construido en forma de rejilla. Y como la Escritura dice: Y harás unos cuernos en sus cuatro ángulos, y los cuernos formarán parte del altar. Y los revestirás de bronce178, ¿habrá que pensar que no se refieren sólo a los cuernos las palabras los revestirá de bronce, sino a todas las cosas de que habló la Escritura al mandar construir el altar?
114 (Ex 28,3). Y tú habla con todos los sabios de mente, a quienes he llenado del píritu de entendimiento. El griego tiene la palabra aiszéseos,que nosotros solemos traducir al latín por sensum (sentido), no intellectum (entendimiento). Ahora bien, la. Escritura suele hablar así del sentido interior que llamamos entendimiento, como sucede en la epístola a los Hebreos: En cambio, el alimento sólido es de adultos, de aquellos que por la costumbre tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal179. El griego tiene aquí aiszesis, término que nosotros hemos traducido por sensus (sentidos). ¿Y qué espíritu debemos ver aquí sino el Espíritu Santo?
Y harán estas vestiduras: un pectoral, un humeral, una túnica talar y una túnica bordada180. Hay que señalar estas llamadas vestiduras, etc., puesto que antes se había propuesto que se hiciese una sola181. Los traductores latinos han pensado que era mejor decir túnica bordada que túnica con flecos, cuyos flecos bien colocados sirvieran de adorno a los vestidos.
115 (Ex 28,14). ¿A qué se llama aspidiscas (engarces) en la vestidura sacerdotal? ¿Se trata quizá de una especie de escudilla, que en latín se deriva de scutum (escudo), porque los griegos llaman aspída al scutum (escudo)? ¿O llama aspidiscas (engarces) a esos objetos que están engarzados con todo cuidado, como son las cadenillas, derivando la palabra de áspid (áspid, serpiente)? La largura será de un spithama (palmo) y la anchura de un spithama (palmo)182. Algunos traductores latinos han explicado así esta palabra: «Medida de la palma de la mano extendida desde la punta del dedo pulgar hasta la punta del dedo meñique». Y las piedras corresponderán a los nombres de los hijos de Israel según sus nacimientos183, es decir, según el orden de su nacimiento.
116 (Ex 28,22). Y harás sobre el racional orlas entrelazadas, trenzadas de oro puro. La pobreza de la lengua latina ha hecho que se haya inventado la palabra rationale (racional, pectoral), pues el texto griego tiene lógion, no logikón. Ahora bien, solemos llamar rationale (racional) a lo que los griegos denominan logikón. Pero como es dudoso si en la lengua griega lógos; significa verbum (palabra) o rationem (razón), dado que es un término que puede significar ambas cosas, en donde nuestros traductores creyeron que lógion significaba verbum (palabra) lo tradujeron por eloquium (elocución, palabra), como hicieron en el salmo: L.as palabras (eloquia) del Señor son palabras (eloquia) sinceras184, en el que eloquia (palabras) corresponde a lógia. Pero aquí, en el vestido sacerdotal, que debía hacerse de oro, y jacinto, y púrpura, y escarlata torzal y lino fino torzal, de forma cuadrada y doble, y que debía llevar el sacerdote sobre el pecho y que se llamaba lógion, es dudoso sí hay que traducir esa palabra por rationem (razón) o por verbum (palabra). Nuestros traductores han pensado que viene más bien de rationem (razón) y por eso la han traducido por rationale (racional).
117 (Ex 28,26). Y pondrás sobre el racional del juicio la demostración y la verdad. Es difícil saber qué significa esto o en qué cosa o metal se pondría sobre el racional la demostración y la verdad, porque la Escritura dice que deben ponerse en el vestido del sacerdote esas cosas que se hacen corporalmente. Algunos imaginan que era una piedra que cambiaba de color para indicar las cosas desfavorables o favorables cuando el sacerdote entraba en el santuario, y dicen que a esto se refieren las palabras siguientes: Así llevará Aarón sobre el pecho los juicios de los hijos de Israel185. De esa manera manifestaría en la demostración y en la verdad qué juicio habría dado acerca de ellos el Señor. Aunque podría pensarse que la demostración y la verdad estaban escritas sobre el ?ó??o?.
118 (Ex 28,27.28). Y harás una túnica talar de jacinto, que cuelgue hasta los talones. Y harás en medio de ella una abertura, —para sacar por ella la cabeza, esto es, lo que los griegos llaman peristómion—. Esta abertura llevará alrededor una orla tejida, una abertura entretejida, es decir, la orla no debe coserse por la parte exterior. Esto es lo que parece significar abertura entretejida. Por eso añade después: Desde ella, para que no se rompa, esto es, a partir de la propia abertura la orla debe estar cosida con el vestido.
119 (Ex 28,31). Y cuando Aarón haya comenzado a desempeñar su ministerio sacerdotal, se oirá su voz (tintineo), al entrar en el santuario en presencia del Señor y al salir, para que no muera. La Escritura dice que al entrar y salir se oirá la voz de las campanillas, y pone tanto énfasis en este detalle, que llega a decir: para que no muera. Ha querido significar que en el vestido sacerdotal hay ciertos datos que, ciertamente, aluden a la Iglesia a través de esas campanillas, para que se conozca la conducta que debe observar el sacerdote, como dice el Apóstol: Muéstrate ejemplo de buenas obras para todos.186 O aquel otro texto: Lo que me has oído en presencia de muchos testigos confíalo todo a hombres fieles y a los que sean capaces, a su vez, de enseñarlo a otros187. ¿Hay alguna otra cosa? Sea lo que sea aquello, es algo grande. Al entrar y al salir equivale a (la voz) «del que sale» y «del que entra». La voz está por el tintineo, porque, al tratarse de campanillas, es más un tintineo que una voz.
120 (Ex 28,36-38). Y harás una lámina de oro puro y grabarás en ella la forma de un sello, santidad del Señor. Y la pondrás sobre un cordón torzal doble de color jacinto, y estará sobre la mitra; estará en la parte delantera de la mitra. Y estará sobre la frente de Aarón, pues Aarón borrará los pecados relativos a las cosas santas, cualquier cosa que santificarán los hijos de Israel, a toda ofrenda de cosas santas que ellos hagan. No veo cómo puede grabarse en una lámina «la santidad del Señor», a no ser que se haga por medio de letras. Algunos dicen que eran cuatro letras hebreas, las que, según se cree, formaban y aún forman el nombre inefable de Dios, que los griegos llaman tetragrámmaton. Pero sean las que fueren aquellas letras o del modo que fueren, como dije, yo me inclinaría a pensar que sólo habría podido formarse con letras de oro la santidad o la santificación del Señor si es que hay que traducir así la palabra griega agíasma. El texto dice que el sacerdote borra los pecados relativos a las cosas santas: cualquier cosa que santificarán los hijos de Israel, toda ofrenda de las cosas santas que ellos hagan. Yo creo que se refiere a los sacrificios que ofrecen por sus pecados.
No debemos pensar que se refiere a los hombres santos, sino a las cosas santas, porque son santas las cosas que se ofrecen por los pecados. Al hablar de la lámina, añadió estas palabras: Pues Aarón borrará los pecados relativos a las cosas santas, cualquier cosa que santificarán los hijos de Israel, toda ofrenda de las cosas santas que ellos hagan. Esto quiere decir que el sacerdote cargará con todo lo que ofrezcan por sus pecados. Y estas cosas se llaman santas, porque se santifican, y se llaman pecados, porque se ofrecen por los pecados, como la Escritura recuerda claramente en muchos lugares. A continuación dice: Y estará sobre la frente de Aarón siempre como cosa favorable para ellos en presencia del Señor. Esto se refiere a aquella lámina que se considera adorno de la frente, confianza en una vida santa de que sólo el sacerdote que lleva esa vida verdadera y perfectamente, no de forma simbólica, sino en realidad, sólo él puede borrar los pecados, sin tener necesidad de ofrecer sacrificios por los suyos propios.
121 (Ex 28,37). Cuando la Escritura habla de Aarón y de los hijos de Aarón y manda a Moisés cómo se han de vestir y ungir, ¿qué significa lo que dice: Y llenarás sus manos para que ejerzan mi sacerdocio? ¿Se trata quizá de las ofrendas que tienen que presentar a Dios?
122 (Ex 28,38). Y les harás calzones de lino para cubrir la desnudez de su color, que les llegarán desde la cintura hasta los muslos. Como un vestido tan grande cubre todo el cuerpo, ¿qué significan las palabras: Les harás calzones de lino para cubrir la desnudez de su color, como si pudiera aparecer esa desnudez llevando encima un vestido tan grande? No veo otra razón sino que el autor ha querido que hubiera aquí una señal de castidad o continencia. Y el vestido indica precisamente que esa virtud no debe entenderse como poseída por uno mismo, sino concedida por Dios.
123 (Ex 29,8.9). Hablando de los hijos de Aarón, la Escritura dice: Y los vestirás con túnicas y los ceñirás con fajas y los rodearás con «cídaras». No se sabe a qué llama la Escritura cidarim o cídaras, porque los traductores latinos no han traducido esa palabra y actualmente no se usa. Pienso que no se trata de algo para cubrir la cabeza, como han opinado algunos, porque en ese caso no se diría: Los rodearás. Debería tratarse de algo que se usaba para el cuerpo, no para la cabeza.
124 (Ex 29,9). Y ellos poseerán mi sacerdocio para siempre. Ya hemos dicho muchas veces antes por qué se dice para siempre (in sempiternum) acerca de estas cosas significativas. Este sacerdocio en realidad se cambió, para que lo tuvieran por siempre según el orden de Melquisedek, no según el de Aarón. Pues allí hay un juramento, sin ningún arrepentimiento de Dios, que indique el cambio. El Señor juró y no se arrepentíó; tú eres —dice— sacerdote eterno según el orden de Melquisedek188. Del orden de Aarón se dice que será para siempre (in sempiternum) o bien porque no se limitaba el tiempo de su vigencia o bien porque significaba cosas eternas. Pero en ningún sitio se ha dicho del sacerdocio de Aarón que el Señor jurara y no se hubiera arrepentido. Y por eso, en aquel sacerdocio según el orden de Melquisedek se dijo: No se arrepentirá. Con esto indica que se arrepintió respecto al sacerdocio de Aarón, es decir, que lo cambió.
125 (Ex 29,9). ¿Qué significa: Y consagrarás las manos de Aarón y las manos de sus hijos? ¿Significa quizá por las manos la potestad de tal modo que también ellos pudieran consagrar algo, pero indicando que la propia potestad se consagraba con la santificación con la que debían ser santificados por Moisés según el mandato divino?
126 (Ex 29,10). Y presentarás el novillo a la puerta del tabernáculo del testimonio; y Aarón y sus hijos pondrán sus manos sobre la cabeza del novillo en presencia del Señor. Aquí ya aparece claro por qué se dice antes que sus manos habían de ser consagradas, es decir, se había de plenificar su potestad, para que también ellos santificaran, como sucede ahora, cuando ponen sus manos sobre el novillo que se va a inmolar.
127 (Ex 29,18). Las Sagradas Escrituras dicen muchas veces que el sacrificio de las víctimas de las ovejas es un olor de suavidad para el Señor, Naturalmente Dios no se deleita con el olor de aquel humo. Sólo agrada a Dios lo que significan espiritualmente estas cosas cuando se hacen espiritualmente. Porque hasta el olor de Dios hay que entenderlo en sentido espiritual. Dios no huele con narices corporales como nosotros. Por tanto, estas cosas significan tal como Dios huele.
128 (Ex 29,26). Y tomarás el pecho del carnero de la consagración de Aarón, es decir, de éste, Aarón. Pues Dios quiso que perteneciera al sumo sacerdote.
129 (Ex 29,28). Y será para Aarón y para sus hijos como posesión legítima eterna de parte de los hijos de Israel. Estas palabras se refieren al pecho y a la pierna de las víctimas. Como de costumbre, llama eterno a lo que hemos mencionado anteriormente muchas veces. Y la vestidura del santo, de Aarón, será para sus hijos después de él, para ungirlos con ellas y consagrar sus manos. Durante siete días las vestirá aquel de sus hijos que le suceda como sacerdote, el cual entrará en el tabernáculo del testimonio para servir en las cosas santas189. Estas palabras plantean muchos problemas. En primer lugar, hay que advertir que aquí se habla de la vestidura del santo. Y luego se dice en plural: Para ungirlos con ellas, como si se tratara de las vestiduras. También antes se había dicho que eran muchas esas vestiduras, de las cuales constaba una sola. Aunque es dudoso si la expresión in ipsis (con ellas) está en lugar de ipsa, en género neutro, abarcando todo lo que constituye la vestidura, el vestido sacerdotal. Y que, en realidad, se trate más bien de esto parece deducirse de lo que se dice a continuación: Durante siete días las (ea: neutro) vestirá aquel que le suceda como sacerdote, es decir, vestirá todas aquellas cosas que se mencionaron al describir el vestido sacerdotal. Repite luego lo que había dicho antes: Para consagrar sus manos. Ya expliqué antes lo que me parecía que significaba esto. La frase siguiente: Durante siete días las vestirá el sacerdote, ¿significa que durante los demás días no las vestirá? El autor ha querido decir que aquellos siete días eran seguidos, durante los cuales se consagraba en cierto modo su sacerdocio y su comienzo se celebraba durante una semana. Señala como sucesor de Aarón a quien entra en el tabernáculo del testimonio para servir en las cosas santas. Esto quiere decir que sólo podía ser uno, no como eran los hijos de Aarón mientras vivía su padre. El sucesor del propio Aarón era uno solo. ¿Cómo se dice que es propio de este solo entrar en el tabernáculo del testimonio para servir en las cosas santas, si las cosas que están fuera del velo que oculta el «sancta sanctorum» también se llaman «sancta» (cosas santas) y se llama también tabernáculo del testimonio a aquello en donde están las cosas santas, es decir, la mesa y el candelabro? Puesto que los sacerdotes que le siguen también sirven junto a la mesa y el candelabro y el propio altar, ¿cómo se dice que tiene que ser el único sucesor de Aarón quien entra en el tabernáculo del testimonio para servir en las cosas santas? Sí se hubiera dicho: para servir en el santo de los santos, no habría problema alguno, porque a este lugar, en donde estaba el arca de la alianza, solo entraba el sumo sacerdote. Cosa que también se recuerda con todo detalle en la epístola a los Hebreos190. A no ser que, por el hecho de decir que uno sólo entraba en el tabernáculo del testimonio para servir en las cosas santas, no quiera que se entienda más que el santo de los santos, ya que también este lugar se llama «sancta». Pero no todas las cosas que son santas pueden llamarse también «sancta sanctorum». En cambio, todas las cosas que son «sancta sanctorum» sin duda son también «sancta». Y la epístola a los Hebreos, mencionada antes, dice clarísimamente que éste único que entraba una sola vez el año en el «sancta sanctorum» significaba a Cristo el Señor.
A mí me parece que lo que está prefigurado en el santo de los santos está simbolizado también en la propia vestidura sacerdotal. Sobre el arca, que contenía la ley, estaba el propiciatorio, en el cual hay que ver significada la misericordia de Dios, que perdona los pecados de los que no cumplen la ley. Porque la propia vestidura, ¿qué significa sino los misterios de la Iglesia? Porque en el logío, en el racional, colocado en el pecho del sacerdote, instituyó los juicios. En la lámina, en cambio, la santificación y la ofrenda por los pecados, como si el racional estuviera en el pecho, semejante al arca, en la que estaba la ley, y la lámina aquella estuviera en la frente, a semejanza del propiciatorio, que estaba sobre el arca. Y así, en uno y otra se observara lo que dice la Escritura: La misericordia es superior al juicio191.
130 (Ex 29,37). ¿Qué significa lo que dice la Escritura que, una vez purificado y santificado el altar durante siete días, será santo del santo? Al altar, evidentemente, no lo llama santo de los santos, como es aquello que está separado por el velo, en donde se halla el arca de la alianza. Pero dice que también este altar, colocado fuera del velo, se convierte en el santo del santo más por la santificación de siete días que por la unción. Y se añade: Todo el que toque el altar quedará santificado.
131 (Ex 30,3.4). Al hablar de las anillas del altar del incienso, altar que debe dorarse, no cubrirse de bronce, se dice: Harás dos anillas de oro puro debajo de su moldura torneada, a sus lados. Las harás en ambos lados192. Como el griego dice: eis tà dúo klíte poiésis en tois dusi pleurois, y klíte significa lados y pleura significa también lados, algunos traductores latinos han traducido: En dos partes las harás en ambos lados. Pero el griego no dice mére, que significa partes, sino klíte, que significa lados. Esta palabra aparece en aquel salmo que dice: Tu mujer como parra fecunda a los lados de tu casa193. Y por eso, sólo cabe atender al caso, porque primero puso acusativo y después ablativo: las harás a sus dos lados (acusativo); en sus dos lados (ablativo). De todas formas, es difícil saber cuál es el sentido. Como la Escritura suele utilizar la elipsis, omitiendo algo que hay que suplir, quizá también aquí haya que suplir la palabra estarán en cuyo caso el sentido sería: Las harás a los dos lados, estarán en los dos lados, es decir, harás las anillas hacia los lados, pues estarán en los dos lados.
132 (Ex 30,4). Y habrá arcos para los varales, de modo que sea transportado por medio de ellos. A los objetos que antes llamaba anillas ahora los llama arcos. Naturalmente habla de anillas en vez de asas redondas. Y una anilla o un círculo, ¿qué es sino un arco cerrado por todas partes? Por eso, algunos traductores no han querido poner arcos, y tradujeron esa palabra por cajas, en las cuales se meterían los varales. Y dieron esta traducción: Y habrá cajas para los varales, como si el griego no hubiera podido poner esa palabra (theca: caja), cuando theca es también palabra griega. El texto, en cambio, tiene psalídes, que significa arcos.
133 (Ex 30,8). Lo quemará sobre él como incienso continuo en presencia del Señor en sus generaciones. Lo llama incienso continuo, porque había que ofrecerlo continuamente, sin interrupción alguna. Al prescribir lo relativo al altar del incienso, al altar en el que únicamente se ponía incienso, no el holocausto ni el sacrificio ni la libación, el Señor había ordenado que se ofreciera diariamente ese mismo incienso. Pero ahora dice: Y Aarón hará la propiciación o hará la oración sobre los cuernos del altar una vez al año con la sangre de la purificación de los pecados, de la propiciación194. Depropitiationis (de la propiciación) viene de depropitiatio (propiciación), que corresponde a la palabra griega exilasmós. Por tanto, hay que entender que esto que manda hacer una vez al año para tener propicio a Dios sobre los cuernos del altar del incienso, es decir, para que con la sangre de la purificación de los pecados, con la sangre de las víctimas que se ofrecen por los pecados, una vez al año se toquen los cuernos del altar del incienso, no pertenece a aquella acción de poner el incienso que había mandado hacer cada día. Pues aquel acto se hacía con aromas, no con sangre, y todos los días, no una vez al año. Por tanto, no hay que pensar que el sacerdote solía entrar una vez al año en el santo de los santos, sino que entraba una vez al año con la sangre, y, naturalmente, solía entrar todos los días sin la sangre para poner el incienso. Pero con la sangre entraba una sola vez al año. Y esto hay que entenderlo así, principalmente, por lo que se dice a continuación: Una vez al año lo purificará; es el santo de los santos para el Señor195. No pondrá allí el incienso una vez al año, pues Dios mandó ponerlo cada día. Pero una vez al año lo purificará. Y esto mandó que se hiciera con la sangre. Y luego añade: Es el santo de los santos para el Señor. Y por eso, si el santo de los santos no estaba fuera, sino dentro del velo, sin duda el altar aquel, que ahora se menciona, que mandó que se colocara delante del velo, mandó que también se colocara dentro.
134 (Ex 30,12). ¿Qué significan las palabras: Si tomaras la cuenta de los hijos de Israel en su visita, sino que Dios manda que alguna vez se les visite y se les compute, es decir, se les cuente? Así, podemos pensar que Dios castigó a David por esta acción, ya que Dios no se la había ordenado196.
135 (Ex 30,26-29). Hay que advertir y señalar cómo manda la Escritura ungir con el óleo de la unción todas las cosas, es decir, el tabernáculo y las cosas que había en él, y luego añade: Serán sancta sanctorum197. Esto quiere decir que todas las cosas, una vez ungidas, serán «sancta sanctorum». Hay que investigar más a fondo la diferencia que pudiera haber entre aquellas cosas interiores, cubiertas por el velo, y las demás, si todas ellas, una vez ungidas, se convierten en «sancta sanctorum». Esto hemos creído oportuno señalar. Al respecto recordaremos también: Con referencia al altar de los sacrificios, que el autor quiso que se llamase santo del santo después de la unción, inmediatamente antes se dijo: Todo el que lo toque quedará santificado198. Al hablar después de todas aquellas cosas que, una vez ungidas con aquella unción, reciben el nombre de «sancta sanctorum», sigue la misma afirmación mencionada: Todo el que las toque quedará santificado199, lo que puede entenderse de dos maneras: O queda santificado al tocarlas, o queda santificado de manera que le sea lícito tocarlas, en el caso de que no fuera lícito para el pueblo tocar el tabernáculo cuando presentaba sacrificios o cualquier otra cosa que aportara el pueblo para ofrecerla a Dios. Y en consonancia con esto el texto advierte que no se ha de decir únicamente a los sacerdotes o a los levitas lo que Dios dice a Moisés: Y hablarás a los hijos de Israel —los hijos de Israel eran, naturalmente, todo aquel pueblo— diciéndoles: Este óleo, que servirá para la unción, será para vosotros santo en vuestras generaciones. No ungirá la carne del hombre; y no haréis para vosotros nada semejante a esta composición. Es santo y será santificación para vosotros. Quienquiera que haga otro semejante y quienquiera que dé parte de él a una nación extranjera, será exterminado de su pueblo200. El Señor manda no sólo a los sacerdotes, sino a todo el pueblo de Israel, que no hagan un ungüento semejante para usos ordinarios. Pues esto es lo que significa: No ungirá la carne del hombre. Prohíbe, pues, que se haga algo semejante para usos ordinarios y amenaza con la muerte a quien haga algo parecido, es decir, a quien haga un ungüento semejante para usos ordinarios o a quien lo dé a una nación extranjera. Pero por lo que se dice a continuación: Será santificación para vosotros, puesto que Dios manda que esto se diga a todo el pueblo de Israel, no veo cómo puede interpretarse, a no ser que se admita que era lícito al pueblo tocar el tabernáculo cuando cada uno venía con sus propias ofrendas, y, al tocarlo, quedaban santificados por aquel óleo con el que ungían todas las cosas. Y por eso se añade: Todo el que lo toque quedará santificado. Pero el pueblo no quedaba santificado como los sacerdotes, que también eran ungidos con el óleo para desempeñar las funciones sacerdotales.
136 (Ex 30,34). Lo que ordena relativo a los aromas con los que se debe hacer el timiama o incienso, y el mandato de que se haga, según el arte del perfumista, un ungüento perfumado, no hay que interpretarlo en el sentido de que se haga un ungüento, es decir, algo con que se ungía, sino, como se ha dicho, el timiama o incienso que ha de ponerse sobre aquel altar del incienso, en donde no era lícito ofrecer sacrificios y se hallaba en el interior del santo de los santos.
137 (Ex 30,36-37). Cortarás de ellos una pequeña parte y la pondrás delante de los testimonios, desde donde yo me daré a conocer a ti. Este incienso será para vosotros santo de los santos. He aquí cómo este incienso se llama otra vez santo de los santos, porque se ponía dentro, en el altar del incienso, que se hallaba en el interior. Tabernáculo del testimonio se llama propiamente aquella parte más interior en donde se hallaba el arca; y se hace claramente una diferencia al decir: Desde donde me daré a conocer a ti. Esto ya lo había dicho antes hablando del propiciatorio, que, ciertamente, estaba dentro, detrás del velo sobre el arca.
138 (Ex 31,2-;3). ¿Qué significa que, cuando Dios manda que se utilice a Besalel en los trabajos de la construcción del tabernáculo, se dice de él que le llenó del espíritu divino de sabiduría y de inteligencia en toda clase de trabajos para concebir y realizar proyectos, etc.? ¿Hay que atribuir también a los dones del Espíritu Santo estos trabajos que parecen pertenecer a las obras manuales? ¿O se dice esto con toda intención para que pertenezcan al espíritu divino de sabiduría e inteligencia y ciencia aquello que se indica con estas cosas? No obstante, aunque también se diga aquí que este hombre estaba lleno del espíritu divino de sabiduría e inteligencia y ciencia, todavía no se menciona al Espíritu Santo.
139 (Ex 31,13ss). ¿Qué significa que, al mandar que se guarde el sábado, la Escritura dice: Será alianza eterna en mí y en los hijos de Israel?201 No dice: entre mí y entre los hijos de Israel. ¿Lo dice así quizá porque el sábado significa descanso y nosotros no tenemos descanso más que en él? Porque, evidentemente, llama hijos de Israel a todo su pueblo, es decir, a la descendencia de Abraham. Y hay un Israel según la carne y otro según el espíritu. Porque si sólo se llamara Israel a los descendientes según la carne, no diría el Apóstol: Ved a Israel según la carne202. Aquí, naturalmente, indica que hay un Israel según el espíritu, quien es judío en el interior y en la circuncisión de la carne203. Por consiguiente, quizá haya que hacer una separación, leyendo así: Será alianza eterna en mí. Y después el otro sentido sería: Y para los hijos de Israel será señal eterna, es decir, señal de una cosa eterna, como, por ejemplo, la piedra era Cristo, porque la piedra significaba a Cristo204. Por tanto, no hay que unir la frase así: Será alianza eterna en mí y en los hijos de Israel, como si esta alianza estuviera en Dios y en los hijos de Israel. Sino que hay que ponerla así: Será alianza eterna en mí —porque en Dios se ha prometido el descanso eterno— y para los hijos de Israel será una señal eterna, porque los hijos de Israel recibieron esta señal para guardarla, señal que significa el descanso eterno para los verdaderos israelitas, es decir, para los hijos de la promesa205 y para los que han de ver a Dios cara a cara tal como es206.
140 (Ex 31,18). Inmediatamente que cesó de hablar con él, le dio a Moisés en el monte Sinaí las dos tablas de la alianza, tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios. A pesar de que Dios ha hablado tanto, da a Moisés dos tablas de piedra, llamadas tablas de la alianza, que tendrían que poner en el arca. No tiene nada de extraño que todas las demás cosas que mandó Dios se comprenda que dependen de aquellos diez mandamientos, escritos en las dos tablas, si se investigan con diligencia y se entienden correctamente. Lo mismo que estos diez mandamientos dependen, a su vez, de aquellos dos, el amor de Dios y del prójimo, de los cuales depende toda la ley y los profetas207.
141 (Ex 32,2). Aarón manda al pueblo que se quiten los pendientes de las orejas de las mujeres y de las hijas para hacer con ellos divinidades. No es un absurdo pensar que quiso mandarles una cosa difícil para apartarles de algún modo de aquel propósito. Sin embargo, ese propio hecho difícil, de que hubiera allí oro para hacer un ídolo, pienso que se refiere a los que se contristan si el Señor les manda hacer algo parecido para conseguir la vida eterna o soportarlo con ánimo tranquilo.
142 (Ex 32,8). Cuando el Señor indica a Moisés lo que hizo el pueblo con el becerro, con el ídolo aquel de oro que habían fabricado, le dice que el pueblo exclamó así: Estos son tus dioses, Israel, que te sacaron de la tierra de Egipto208. No se lee en ningún sitio que los israelitas dijeran eso, pero Dios revela que ésta era su intención. Llevaban en su corazón el contenido de esas palabras, que no podía ocultársele a Dios.
143 (Ex 32,14). Y el Señor renunció a hacer el mal que había dicho que iba a hacer a su pueblo. El mal significa aquí la pena, como en aquel pasaje: Y su muerte se consideró como un mal209. Según esta interpretación, se dice que tanto el bien como el mal proceden de Dios210, pero no referido a la malicia por medio de la cual son malos los hombres. Porque Dios no es malo, pero castiga con males a los malos, porque es justo.
144 (Ex 32,19). Moisés, airado, parece ser que tiró al suelo e hizo pedazos las tablas de la alianza escritas por el dedo de Dios. A pesar de todo, la renovación de la alianza se representa con un gran misterio, porque el Antiguo Testamento había de ser abolido y establecido el Nuevo. Hay que señalar, no obstante, cuánto se esforzó en interceder por el pueblo ante Dios quien tan severo se mostró en castigarlos. Ya he expuesto en otro lugar, en la obra contra el maniqueo Fausto, lo que a mí me parece que significa el que Moisés redujera a polvo el becerro fundido, echándolo al fuego y esparciendo el polvo en el agua211, que luego dio a beber al pueblo.
145 (Ex 32,24). Y me lo dieron, y yo lo eché al fuego y salió este becerro. Aarón hace un resumen muy breve, y no dice lo que él había hecho para que saliera el becerro fundido. ¿O ha mentido, excusándose por miedo, como si él hubiera arrojado el oro para que pereciera en el fuego y sin él pretenderlo salió la forma de un becerro? No es creíble que él haya dicho esto en su interior, precisamente porque no podía ocultársele a Moisés lo que había en el interior de aquel hombre con quien Dios hablaba, y Moisés no acusa a su hermano de mentiroso.
146 (Ex 32,25). Y viendo Moisés que el pueblo estaba desenfrenado, pues Aarón los había desenfrenado para que sirvieran de gozo a sus adversarios. Hay que advertir cómo todo aquel mal que hizo el pueblo se le atribuye a Aarón, que estuvo de acuerdo con ellos para hacer lo que habían pedido impíamente. La Escritura dice más bien que Aarón los desenfrenó, por ceder a sus exigencias, y no que ellos se desenfrenaran a sí mismos por haber pedido un mal tan grande.
147 (Ex 32,31-32). Moisés dice al Señor: «Te suplico, Señor; este pueblo ha cometido un pecado muy grande, pues se hicieron dioses de oro. Y ahora, si en realidad les perdonas su pecado, perdónales; pero si no, bórrame del libro que has escrito». Al decir esto, Moisés lo dice seguro para que el raciocinio se concluya a partir de lo que viene a continuación: puesto que Dios no iba a borrar a Moisés de su libro, debería perdonar al pueblo aquel pecado. No obstante, hay que poner de relieve la gravedad del mal que Moisés había visto en aquel pecado, pues había pensado que sólo podría ser expiado con un castigo tan grande. Porque él, que los amaba tanto, había dicho en favor de ellos tales cosas a Dios.
148 (Ex 32,26-28). Como la Escritura dice antes que Aarón desenfrenó al pueblo, podemos preguntar con toda razón por qué no se le aplica a él ningún castigo, ni cuando Moisés mandó matar a todo el que encontrasen los levitas al ir de puerta en puerta armados por el campamento, ni cuando más tarde sucedió lo que dice la Escritura: Y el Señor castigó al pueblo por la fabricación del becerro que hizo Aarón212, sobre todo teniendo en cuenta que aquí se recalca lo mismo, repitiendo la misma idea. En efecto, la Escritura no dice: Y el Señor castigó al pueblo por la fabricación del becerro que hicieron, sino que hizo Aarón. Y, sin embargo, a Aarón no se le castiga. Aún más, se cumplió lo que Dios había ordenado acerca de su sacerdocio antes de cometer aquel pecado. Pero Dios mandó que tanto él como sus hijos se lavaran213. Y de este modo recibieron la ordenación sacerdotal. Dios conoce a quien perdona hasta que cambia a mejor, y conoce también a quien perdona temporalmente, aunque sepa de antemano que no se va a cambiar a mejor, y conoce igualmente a quien no perdona, para que se cambie a mejor, y conoce a quien no perdona de modo que ni siquiera espera su cambio. Y todo esto viene a cuento de lo que dice el Apóstol con admiración: ¡Cuan insondables son sus juicios e investigables sus caminos!214
149 (Ex 33,1). Anda, sube desde aquí, tú y tu pueblo, que sacaste de la tierra a Egipto. Dios, airado, parece que dice: Tú y tu pueblo, que sacaste. Porque, en caso contrario, hubiera dicho: Tú y mi pueblo que saqué de la tierra a Egipto. Ellos, cuando pidieron el ídolo, dijeron: Pues a Moisés, este hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le ha pasado 215. Ellos habían fracasado al confiar su liberación a un hombre. Dios les replica así: Tú y tu pueblo, que sacaste de la tierra de Egipto, cosa que es un motivo de reprobación para ellos, no para Moisés. Pues Moisés no pretendía otra cosa sino que pusieran su esperanza en el Señor, no en él, y creyeran que habían sido liberados de aquella esclavitud por la misericordia del Señor, para darle gracias por ello. Pero el mérito de Moisés ante Dios, como fidelísimo siervo suyo, era tan grande por la gracia de Dios, que Dios le dijo: Déjame, y airado los destruiré216. En relación a esta palabra: Déjame, parece absurdo pensar que sea la expresión tanto de uno que manda como de uno que suplica. Porque si Dios se lo mandaba, el siervo en su rebeldía no obedecía, y entonces no era conveniente que Dios pidiera esto a su siervo, como si se tratara de un favor, sobre todo teniendo en cuenta que Dios podría destruirlos, aunque el siervo no lo quisiera.
Por tanto, el sentido que tiene allí este texto es claro, puesto que Dios dio a entender con esas palabras que aprovechaba mucho a aquel pueblo en su presencia el hecho de que los amara tanto aquel hombre, a quien el Señor amaba tanto que nos advertía de ese modo, diciéndonos que, cuando nuestros pecados nos pesan hasta el punto de que no seamos amados por Dios, podemos ser representados ante él por los méritos de quienes Dios ama. Porque cuando el Omnipotente dice al hombre: Déjame, y los destruiré, ¿qué otra cosa dice sino que acabaría con ellos si no fueran amados por ti? Por tanto, el texto dice: Déjame, como si quisiera decir: No los ames y acabaré con ellos, porque tu amor por ellos intercede ante mí para que no lo haga. Pero habría que obedecer al Señor si hubiera dicho: «no los ames». Si hubiera dicho esto como un mandato y no simplemente como una amonestación y como un modo de expresar que le apartaría a él de aplicarles el castigo, habría que obedecerle. De todas formas, tampoco dejó al pueblo sin el látigo del castigo, a pesar de la intercesión de Moisés. Yo no sé de qué modo, pero Dios, que expresamente los aterraba con su voz, los amaba de manera más misteriosa, para que Moisés los amara así.
150 (Ex 33,1). Dios dice a Moisés: Anda, sube desde aquí, tú y tu pueblo, que sacaste de la tierra de Egipto, a la tierra que yo juré dar a Abraham, Isaac y Jacob, diciendo: «A vuestra descendencia se la daré». Al decir esto, inmediatamente, como si todavía hablara con Moisés por una conversión oculta, que en griego se llama apostrofé, se dirige ya al pueblo en estos términos: Al mismo tiempo enviaré mi ángel ante ti y expulsará al cananeo, y al amorreo, y al hitita, y al ferezeo, y al gergeseo, y al jiveo, y al jebuseo, y te llevará a una tierra que mana leche y miel. Yo no subiré contigo, pues eres un pueblo de dura cerviz, no sea que te destruya en el camino217. Hay aquí un misterio extraordinario, admirable y profundo, pues parece como que el ángel pudiera tener una misericordia mayor que el Señor, ya que el ángel perdonaría a un pueblo de dura cerviz; en cambio Dios, si fuera con ellos, no les perdonaría. A pesar de todo, aunque Dios esté en cierto modo ausente de ellos, él, que en ningún lugar puede estar ausente, dice que cumplirá también por medio de su ángel lo que juró dar a sus padres. Parece querer mostrar también aquí que hace esto precisamente porque se lo prometió a aquellos padres justos, no porque éstos de ahora fueran dignos. ¿Qué significa sino que no está con ellos justamente porque son hombres de dura cerviz, ya que a Dios no le hace propicio y salvador más que la humildad y la piedad? Pues bien, decir que Dios está con hombres de dura cerviz no es más que afirmar que está con ellos para corregirlos y castigarlos. Por eso, cuando Dios no está de ese modo con los malos, está perdonándoles. Y esto lo confirma el texto aquel que dice: Aparta tu rostro de mis pecados218. Porque si lo aparta, los destruye; pues como se derrite la cera ante el fuego, así perezcan los pecadores ante Dios219.
151 (Ex 33,12-13). Y dijo Moisés al Señor: «Mira, tú me dices: Saca a este pueblo; pero tú no me has indicado a quién enviarás junto conmigo; a pesar de que me dijiste: Te conozco más que a todos, y has hallado gracia ante mí. Si, pues, he hallado gracia ante ti, muéstrate a mí, que te vea claramente, para que encuentre gracia ante ti y para que sepa que esta nación es tu pueblo». La palabra gnostos, que aparece en el griego, algunos traductores latinos la han vertido por manifesté (claramente), a pesar de que la Escritura no ha dicho faneros. Pudo quizá haberse traducido mejor así: Si he hallado gracia ante ti, muéstrate a mí, que te vea sabiéndolo (scienter). Con estas palabras Moisés muestra claramente que en medio de aquella tan gran familiaridad de contemplación no le veía como deseaba verle, porque todas aquellas visiones de Dios que se otorgaban a la mirada humana y de las cuales se derivaba un sonido que llegaba a los oídos mortales, tenían lugar asumiendo una forma como Dios quería, bajo la forma que quería, de modo que en esas visiones no se sintiera con ningún sentido corporal la propia naturaleza divina, que es invisible y está toda en todo lugar y no le abarca ninguno. Y porque de los dos mandamientos, del amor de Dios y del prójimo, depende toda la ley220, por eso Moisés demostraba su deseo en uno y otro: en el amor de Dios, cuando dice: Si he hallado gracia ante ti, muéstrate a mí, que te vea claramente, para que encuentre gracia ante ti. Y en el amor del prójimo, cuando dice: Y para que sepa que esta nación es tu pueblo.
152 (Ex 33,12.17). ¿Qué significa lo que Dios dice a Moisés: Porque te conozco más que a todos? ¿Conoce Dios unas cosas más y otras cosas menos? ¿O se trata de algo parecido a lo que se dice de algunos en el Evangelio: No os conozco?221 En definitiva, Dios conocía a Moisés más que a todos, porque Moisés agradaba a Dios por encima de todos, es decir, le conocía con aquella clase de conocimiento según el cual se dice que Dios conoce las cosas que le agradan y que no conoce las que le desagradan; no porque las ignore, sino porque no las aprueba; como se dice con toda propiedad que el arte no conoce los vicios, no obstante que experimente vicios.
153 (Ex 33,12). Hay que advertir que Moisés dijo a Dios: Tú me dijiste: Te conozco más que a todos. Pero en ningún lugar antes de aquí leemos que Dios se lo dijera a Moisés antes de que el propio Moisés lo recordara. Por esto comprendemos que no se han escrito todas las cosas que Dios habló con Moisés. De todas formas, hay que investigar más atentamente en las partes anteriores de la Escritura para ver si realmente es así.
154 (Ex 33,18-19). Cuando Moisés pidió al Señor: Muéstrame tu gloria, el Señor le respondió: Yo pasaré ante ti con mi gloria y llamaré con el nombre del Señor en tu presencia: y me apiadaré de quien me habré apiadado, y tendré misericordia de quien habré tenido misericordia222, a pesar de que poco antes le había dicho el Señor: Yo mismo pasaré delante de ti y te daré descanso223. La expresión: pasaré delante de ti parece ser que Moisés la entendió en el sentido de que Dios no estaría presente con él y con el pueblo durante el viaje, y por eso le dice: Si no vienes tú mismo con nosotros, no me hagas salir de aquí224, etc. Sin embargo, Dios no le negó esto, sino que le dijo: Te haré también esto que me has pedido225. Por consiguiente, al decirle Moisés: Muéstrame tu gloria, ¿cómo parece decirle otra vez: Yo mismo pasaré delante de ti, dando a entender que iba a precederles y no iba a acompañarles, a no ser que se trate de otra cosa? Porque se entiende que le habla y le dice: Yo pasaré delante de ti, aquel mismo de quien dice el evangelio: Habiendo llegado la hora de pasar Jesús de este mundo al Padre226. Este paso o tránsito suele interpretarse también como la Pascua. Se trata, por tanto, de una grandísima profecía. Pues él, Jesús, antes de todos los santos pasó de este mundo al Padre para prepararles las mansiones del reino de los cielos, que se las dará en la resurrección de los muertos, porque él, que iba a pasar delante de todos, se convirtió en el primogénito de entre los muertos227.
Al mismo tiempo pone muy de relieve su gracia, al decir: Y llamaré con el nombre del Señor en tu presencia. Como si se realizara en presencia del pueblo de Israel, cuya imagen representaba Moisés al oír estas palabras. Cristo el Señor es llamado en todas las naciones en presencia de la propia nación dispersa por todas partes. Y se dice: llamaré (vocabo) y no seré llamado (vocabor). El verbo se pone en activa y no en pasiva, utilizando un género de expresión inusitado, en el cual hay sin duda un gran sentido oculto. Con esta expresión quizá se quiso indicar que él mismo hace esto, es decir, hace con su gracia que el Señor sea llamado (invocado) en todas las naciones.
Y me apiadaré de quien me habré apiadado y tendré misericordia de quien habré tenido misericordia. Al añadir estas palabras, manifiesta de una manera mucho más clara la vocación con que nos llamó a su reino y a su gloria, no por nuestros méritos, sino que por su misericordia. Y puesto que Dios prometía que introduciría en su reino a los gentiles, diciendo: ?Llamaré con el nombre del Señor en tu presencia, vino a indicarnos que esto lo hacía misericordiosamente, como dice el Apóstol: Pues digo que Cristo fue ministro de la circuncisión por la verdad de Dios para confirmar las promesas de los padres, para que los gentiles glorificaran a Dios por su misericordia228. Pues se había predicho esto: Me apiadaré de quien me habré apiadado y tendré misericordia de quien habré tenido misericordia. Con estas palabras prohibió al hombre gloriarse, como si se tratara de los méritos de las propias virtudes, afirmando que quien se gloríe que se gloríe en el Señor229. No dice: me apiadaré de tales y de tales, sino de quien me habré apiadado, para que nadie crea que mereció la misericordia de una vocación tan grande por sus buenas obras anteriores. Pues Cristo murió por los impíos230.
Pero no sé sí quiso repetir esto mismo cuando dijo: Y tendré misericordia de quien habré tenido misericordia —o como otros traducen: con quien habré sido misericordioso—, o si hay alguna diferencia entre las dos frases. Pues lo que la lengua griega expresa con dos verbos eleéso y oikteiréso —palabras que parecen significar lo mismo—, el traductor latino no pudo expresarlo con palabras distintas y repitió la misma idea de dos maneras diferentes. Pero si se hubiera dicho: «Me apiadaré de quien me apiado» y «me apiadaré de quien me apiado» o «me apiadaré de quien me habré apiadado», no parecería que se hubiera expresado suficientemente bien. Y sin embargo, aquel sentido es allí más fuerte, porque Dios, con esa repetición, o muestra la firmeza de su misericordia —como «amén, amén»231, o «fíat, fíat», o como la repetición del sueño del faraón y muchos otros ejemplos semejantes—, o Dios preanunció de ese modo que tendría misericordia de ambos pueblos, los gentiles y los hebreos, cosa que el Apóstol expresa así: Pues como vosotros en otro tiempo no creísteis en Dios, pero ahora habéis conseguido misericordia a causa de su incredulidad, así tampoco ellos creyeron ahora con ocasión de vuestra misericordia, para que también ellos consigan misericordia. Pues Dios encerró a todos en la incredulidad, para compadecerse de todos232.
A continuación, después de esta afirmación de su misericordia, Dios responde a lo que se le había pedido: Muéstrame tu gloria233. O lo que Moisés había pedido antes con estas palabras: Muéstrate a mí, que te vea claramente234. Y Dios le responde: No podrás ver mi rostro; pues nadie puede ver mi rostro y vivir235. Con estas palabras el autor demuestra que Dios no puede aparecer tal como es en esta vida, que se vive bajo los sentidos mortales de la carne corruptible. Es decir, tal como es, Dios sólo puede verse en aquella vida en la que, para poder vivirla, hay que morir a ésta.
Interponiendo una frase, la Escritura dice a continuación: Y el Señor dijo; y luego añade: Aquí hay un lugar junto a mí236. Pero ¿qué lugar no está junto a Dios, él que no está ausente de ningún sitio? Con estas palabras: Aquí hay un lugar junto a mí, se simboliza la Iglesia, como si aludiera a un templo, y continúa diciendo: Te pondrás de pie sobre la roca —porque, como dice el Señor: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia237— tan pronto como pase mi gloria238, es decir, tan pronto como pase mi gloria, él se pondrá de pie sobre la roca, porque después del tránsito de Cristo, esto es, después de la pasión y resurrección de Cristo, el pueblo fiel estará de pie sobre la roca. Y continúa: Y te pondré en la caverna de la roca. Esto significa una defensa fortísima. Otros, en cambio, traducen: En la atalaya de la roca. Pero el griego tiene opén, y esto lo traducimos más exactamente por agujero o caverna.
Y te cubriré con mi mano hasta que yo pase, Luego apartaré mi mano y entonces verás mis espaldas; pero mi rostro no lo verás239. Dado que antes dijo ya: Estarás de pie sobre la roca tan pronto como pase mi gloria —texto que significa que después de su tránsito Dios promete la estabilidad sobre la roca—, ¿cómo hay que interpretar las palabras: Te pondré en la caverna de la roca y te cubriré con mi mano hasta que yo pase. Luego apartaré mi mano y entonces verás mis espaldas? ¿Significa que, una vez colocado Moisés en la roca, Dios le cubrirá con su mano y después pasará, no pudiendo estar de pie en la roca sino después del paso del Señor? En realidad es preciso ver aquí una recapitulación de una cosa omitida, como suele hacer la Escritura muchas veces. En efecto, dice después lo que en orden de tiempo es anterior. El orden sería el siguiente: Te cubriré con mi mano hasta que yo pase, y entonces verás mis espaldas; pero mi rostro no lo verás. Y estarás de pie sobre la roca tan pronto como pase mi gloria y te pondré en la caverna de la roca. Esto, efectivamente, sucedió con aquellos a los que significaba entonces la persona de Moisés, es decir, con los israelitas, que creyeron después en el Señor Jesús, como dicen los Hechos de los Apóstoles, o sea, tan pronto como pasó su gloria240. Porque después de resucitar de los muertos y de subir al cielo, como los apóstoles hablaran las lenguas de todas las naciones por la venida del Espíritu Santo del cielo, muchos de los que habían crucificado a Cristo se arrepintieron. Como no le reconocieron y crucificaron al Señor de la gloria, la ceguera parcial sobrevino a Israel241, de acuerdo con lo que se había dicho: Te cubriré con mi mano hasta que yo pase. Y por eso dice el salmo: Porque día y noche tu mano ha pesado sobre mí. Llama día al tiempo en que Cristo hacía milagros; y noche, al tiempo en que moría como un hombre, cuando titubearon los que habían creído durante el día. Cuando haya pasado, entonces verás mis espaldas: esto significa que cuando haya pasado de este mundo al Padre, entonces creerán en mí aquellos a quienes representas. Porque entonces, compungidos de corazón, dijeron: ¿Qué haremos? Y los apóstoles les mandaron hacer penitencia y bautizarse en el nombre de Jesucristo, para que se les perdonaran los pecados242. En el salmo citado, después de las palabras: Día y noche tu mano ha pesado sobre mí —es decir, para que no conociera; pues si lo hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria243— el autor sigue diciendo: Ha caído sobre mí la pesadumbre, mientras se clavaba la espina244, es decir, cuando estaba compungido de corazón. Luego continúa: Reconocí mi pecado y no oculté mi maldad245. Después comprendieron con qué pecado tan grande crucificaron a Cristo. Y puesto que aceptaron el consejo de hacer penitencia y de recibir en el bautismo el perdón de los pecados, dice: Yo dije: «Confesaré contra mí mi delito al Señor», y tú perdonaste la impiedad de mi corazón.
La realidad misma indica suficientemente que fue más bien esta profecía lo que el Señor dijo a Moisés, puesto que nada se lee que haya sucedido después de una manera visible acerca de su roca o su caverna, o de la colocación de su mano o de la visión de sus espaldas. La Escritura, en efecto, añade inmediatamente, intercalando una frase: Y el Señor dijo a Moisés, cuando en realidad el Señor también dijo aquellas cosas que están antes. Y a continuación intercala lo que luego dijo el Señor: Lábrate dos tablas de piedra como las primeras, etc246.
155 (Ex 34,7). ¿Qué significa la frase que dice que el Señor no purificará al reo, sino que no lo declarará inocente?
156 (Ex 34,10). Dios dice a Moisés en el monte, en donde iba a escribir de nuevo las dos tablas de piedra, entre otras cosas, lo siguiente: Delante de todo tu pueblo haré maravillas. Todavía no se digna decir: Delante de todo mi pueblo. ¿O dice quizá tu pueblo, como si se refiriera a cualquier hombre de ese mismo pueblo, es decir, del pueblo al que perteneces, como decimos «tu ciudad», que no es una ciudad sobre la que dominas o la que fundaste, sino de la que eres ciudadano? Un poco más adelante dice también así: Todo el pueblo en el que estás. ¿Qué se ha dicho en definitiva sino «tu pueblo»? Pero esto no lo dijo. «En el que estás» es un modo de hablar.
157 (Ex 34,12). ¿Qué significa lo que se dice a Moisés: Guárdate de que él haga alianza alguna vez con los que están establecidos en el país? El griego no tiene «de que tú hagas alguna vez», sino de que él haga. ¿Se refiere quizá al pueblo, de quien Moisés es el jefe? Pero Moisés no llevó al pueblo a aquella tierra, en la que Dios prohíbe hacer alianza con los que la habitaban. Se trata, en definitiva, de un género de expresión raro y que todavía no lo he encontrado o yo no lo he advertido, si es que realmente se trata de alguna locución y no de algún sentido especial.
158 (Ex 34,13.14). Cuando Dios manda a Moisés que, una vez que le conceda la posesión de la tierra, destruya toda idolatría y el pueblo no adore a ningún otro Dios, le dice: Pues el Señor es un Dios cuyo nombre es Celoso, es un Dios celoso247. Esto quiere decir que el nombre mismo con que se designa al Señor Dios es Celoso, porque es un Dios celoso. Esta cualidad, distinta del vicio de la perturbación humana, hace que siempre y en toda circunstancia Dios sea inmutable y esté tranquilo. Pero con esa palabra se indica que Dios no dejará impune a su pueblo si no le es fiel, adorando a dioses ajenos. La palabra se toma en sentido metafórico del celo marital, por medio del cual el marido guarda la castidad de la esposa, cosa que a nosotros nos sirve de provecho, pero no a Dios. Porque ¿quién podría perjudicar a Dios con ese género de fornicación? En cambio, a uno mismo le causa un gran daño, pues le lleva a la perdición. Dios prohíbe con un terror gravísimo esta infidelidad, llamándose a sí mismo Celoso. De él se dice en el salmo: Has hecho perecer a todo el que te es infiel; mas para mí es un bien estar unido a Dios248. Por último, el texto dice: No sea que hagas alianza con los que están establecidos en el país y se prostituyan siguiendo a los dioses de ellos249.
159 (Ex 34,20). ¿Qué significa: No aparecerás ante mí con las manos vacías? Como indica el contexto, aparecer ante Dios es aparecer en su tabernáculo. Y no aparecerás ante él con las manos vacías quiere decir que no deberás entrar nunca sin alguna ofrenda. Esto, tomado en sentido espiritual, es un gran misterio. Pues estas cosas se decían como sombras de las realidades futuras.
160 (Ex 34,21). Hablando del sábado, ¿qué significa lo que se añade: Descansarás de la siembra y de la siega? Parece que significa: «en el tiempo de la siembra y de la siega». ¿O manda tal vez observar el descanso sabático de modo que ni siquiera tengan excusa aquellas estaciones que son muy necesarias para los agricultores para que puedan comer y vivir? La Escritura, por consiguiente, manda que incluso en el tiempo de la siembra y de la siega, cuando urge mucho el trabajo, se observe el descanso sabático. Y así, aludiendo a estos tiempos que reclaman mucho trabajo, se indica que en todo tiempo se debe suspender el trabajo en sábado.
161 (Ex 34,24). La Escritura dice: No codiciará nadie tu tierra (y) cuando subas a presentarte ante el Señor tu Dios tres veces al año. Esto significa que cualquiera podría subir tranquilo y no debería estar preocupado por su tierra, puesto que Dios le promete la custodia para que nadie codicie nada. Y esto Dios se lo prometía al que subía al santuario, para que no tuviera miedo en su ausencia. Y aquí se demuestra claramente lo que se decía antes: No aparecerás ante el Señor tu Dios con las manos vacías250. Pues se refieren a aquel lugar en donde Dios había de habitar en el tabernáculo o en el templo.
162 (Ex 34,25). ¿Qué significa: No sacrificarás sobre pan fermentado la sangre de mis víctimas? ¿Llama en este lugar «sus víctimas» a las que se sacrifican en Pascua, y manda que no haya entonces pan fermentado en casa, porque son los días de los ázimos?
163 (Ex 34,25). ¿Qué significa: Y no dormirá hasta la mañana la inmolación de la solemnidad de la Pascua, sino lo que mandó más arriba, es decir, que no quedará nada para la mañana del pecho del animal que se inmolaba? Pero la expresión es algo oscura: dormirá equivale a «quedará».
164 (Ex 34,26). No cocerás el cordero en la leche de su madre. Vuelve a decir otra vez lo que no sé cómo puede entenderse. Pero se trata de una gran profecía acerca de Cristo, tanto si pudiera cumplirse literalmente, como sobre todo si no pudiera cumplirse. Porque en las palabras de Dios no hay que referir todo a la propiedad de las cosas, como sucedía en aquello de la roca y de la caverna y de la colocación de la mano251. Pero lo que ciertamente hay que exigir de la fidelidad del narrador es que lo que dice que sucedió haya sucedido realmente, y lo que dice que se dijo se haya dicho realmente. Cosa que se exige también a los escritores del Evangelio. Porque cuando afirman que Cristo dijo determinadas cosas, en parábolas, el que él haya dicho esas cosas no es una parábola, sino una narración histórica.
165 (Ex 34,28). Y Moisés estuvo allí en presencia del Señor cuarenta días y cuarenta noches. No comió pan ni bebió agua. Lo que había dicho antes, al tomar las tablas que rompió, lo repite ahora de nuevo, no recapitulando lo que sucedió, sino recordando que volvió a suceder otra cosa. Y hemos dicho lo que significa la repetición de la ley. La frase: No comió pan ni bebió agua significa que «ayunó», tomando la parte por el todo; es decir, la Escritura entiende por pan toda clase de comida, y por agua toda clase de bebida.
166 (Ex 34,28). Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, los diez mandamientos. Ahora se dice que Moisés mismo escribió. Poco antes Dios le había dicho: Escríbete estas palabras252. Pero cuando recibió la ley por primera vez y tiró las tablas rompiéndolas, ni se dijo que las había labrado él, como ahora se dice: Lábrate dos tablas de piedra253, ni se le mandó que las escribiera, como ahora dice la Escritura: Escribió en las tablas las palabras de la alianza, los diez mandamientos. La vez anterior se dijo: Y le dio a Moisés, tan pronto como dejó de hablar con él en el monte Sinaí, las dos tablas de la alianza, tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios254. Y poco después añade: Y volviéndose Moisés, bajó del monte con las dos tablas de la alianza en sus manos, tablas de piedra escritas por ambos lados; estaban escritas por una y por otra parte; y las tablas eran obra de Dios, y la escritura, grabada en las tablas, era escritura de Dios255. Por eso surge una grave cuestión de saber cómo aquellas tablas que Moisés iba a romper, sabiéndolo Dios de antemano, se dice que no eran obra del hombre, sino de Dios, y que no habían sido escritas por el hombre, sino por Dios, por el dedo de Dios. En cambio, las otras tablas que habían de durar tanto tiempo y que habían de estar en el tabernáculo y en el templo, por mandato de Dios, fueron labradas por el hombre y escritas por el hombre. ¿Se significaba en aquellas primeras la gracia de Dios, no la obra del hombre, gracia de la que se hicieron indignos los hebreos, volviendo con el deseo a Egipto y haciéndose el ídolo —por lo cual se vieron privados de aquel beneficio y Moisés rompió las tablas? ¿Se significaba en estas segundas a aquellos que se glorían de sus obras —por lo cual dice el Apóstol: Ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios256— y por eso se dieron unas tablas grabadas y escritas por obra del hombre, que permanecieran con los hombres para significar a los que se gloriarían de sus obras, no del dedo de Dios, es decir, del Espíritu de Dios?
Ciertamente, la entrega de la ley por segunda vez significa el Nuevo Testamento —el Antiguo Testamento lo significaba aquella primera ley, cuyas tablas fueron rotas y la ley abolida—, sobre todo porque cuando la ley se da por segunda vez, se da sin ningún terror, como cuando se dio aquella primera en medio de tanto estrépito de fuego, nubes y trompetas, por lo cual el pueblo, aterrorizado, exclamó: Que no nos hable Dios, no sea que muramos.257 Por donde se significa que en el Antiguo Testamento hay temor, y en el Nuevo, amor.
Pero ¿cómo se resuelve la cuestión de saber por qué aquellas tablas eran obra de Dios, y éstas, obra del hombre; aquéllas, escritas por el dedo de Dios, y éstas, escritas por el hombre? ¿Se trata quizá de que aquellas primeras significaban el Antiguo Testamento, precisamente porque Dios en ellas impuso sus preceptos y el hombre no los cumplió? La ley se dio en el Antiguo Testamento para convencer a los transgresores, ley que entró para que abundara el delito258. Evidentemente, no se cumplía por el temor esa ley que no puede cumplirse más que por el amor. Pero se llama obra de Dios, porque la ley la estableció Dios, la escribió Dios, no fue obra del hombre, porque el hombre no obedeció a Dios, y la ley más bien le hizo reo. En las segundas tablas, el hombre, con la ayuda de Dios, hace las tablas y las escribe, porque el amor del Nuevo Testamento cumple la ley. Por lo cual dice el Señor: No he venido a abolir la ley, sino a cumplirla259. Y el Apóstol añade: El amor es la plenitud de la ley260 y la fe que actúa por el amor261. Así, lo que en el Antiguo Testamento resultaba difícil, en el Nuevo Testamento le resulta fácil al hombre que tiene la fe que actúa por el amor y cuando el dedo de Dios, el Espíritu de Dios, la ha escrito dentro, en el corazón, no fuera, en una piedra. Por eso dice el Apóstol: No en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón262, porque el amor de Dios, por medio del cual se cumple de verdad el precepto, ha sido derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado263. Por tanto, primero se dio la ley —en la que está representado el Antiguo Testamento, que es obra de Dios solo y que fue escrito por el dedo de Dios—. Y por eso el Apóstol dice: Así pues, la ley ciertamente es santa y el mandato santo, y justo y bueno264. Luego la ley santa y buena es obra de Dios, en la cual el hombre no hace nada, porque no obedece, sino que más bien se hace culpable bajo la amenaza y condena de la ley. Por lo cual dice el Apóstol: El pecado, para que aparezca como pecado, por medio de una cosa buena me procuró la muerte265. Pero el hombre es feliz cuando este mandato santo y justo y bueno es también obra suya, pero por medio de la gracia de Dios.
167 (Ex 35,1). Cuando Moisés bajó del monte y vino donde los hijos de Israel, trayendo otras tablas de la ley, cubierto el rostro con un velo a causa del resplandor que irradiaba su cara, que los hijos de Israel no podían mirar, les dijo: Estas son las cosas que el Señor ha mandado hacer. Está puesto de manera ambigua si faceré ea (hacer las cosas) se refiere al Señor o a ellos. Pero está claro que se refiere a ellos. Pues es Dios quien mandó lo que tenían que hacer. Pero quizá se pusieron así esas palabras para que pudieran interpretarse en un doble sentido. Es decir, que el Señor hace las cosas cuando ayuda a los que las hacen, según las palabras del Apóstol: Con temor y temblor trabajad por vuestra salvación; pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, según su buena voluntad266.
168 (Ex 35,24). Todos los que llevaban una ofrenda presentaron plata y bronce como ofrendas al Señor. Es como si dijera: «todo el que llevó, llevó esto o aquello, entre otras cosas que decía, mencionando la plata y el bronce». Los traductores latinos tradujeron sin duda por demtionem (ofrenda) la palabra griega afaírema. Ahora bien, demtio significa lo que uno se quita a sí mismo para dárselo al Señor.
169 (Ex 35,30-32). Ya dijimos en otro lugar lo que opinábamos sobre lo que afirma Moisés que le dijo Dios acerca de Besalel. Y lo dice en otro lugar con las mismas palabras que aquí: que Dios le había llenado del espíritu divino de sabiduría e inteligencia y ciencia para realizar los trabajos del tabernáculo relacionados con la habilidad de los artesanos. Pero he creído oportuno volver a recordar esto mismo aquí, porque no se repite en vano con las mismas palabras que antes le había dicho el Señor a Moisés. Es claro que aquí se menciona de una manera nueva el arte de la arquitectura de los que trabajan el oro y la plata y cualquier otro metal, cuando normalmente suele llamarse arte de la arquitectura lo relacionado con la construcción de edificios.
170 (Ex 36,2.3). Y a todos los que espontáneamente quisieran ir al trabajo para realizarlo. Y recibieron de Moisés todas las ofrendas. Moisés dio a conocer solamente las obras que el Señor había mandado hacer, es decir, el tabernáculo con todas las cosas que hubiera en él y las vestiduras sacerdotales267. Pero mencionó a algunos, de quienes dijo que se les había dado el espíritu divino para poder hacer aquellas obras. Y sin embargo, es evidente que muchos vinieron espontáneamente a aquellos trabajos, pues ni recibieron orden alguna ni se dice que el Señor recordara sus nombres a Moisés. Por tanto, no tuvieron este don divino aquellos solos cuyos nombres se recuerdan expresamente, sino que quizá lo tuvieron de modo especial y más excelso. Pues bien, en todos éstos hay que alabar el ánimo, no arrastrado al trabajo servilmente, sino entregado libre y espontáneamente.
171 (Ex 36,4.5). Hay que advertir que los que reciben el nombre de sabios artífices del santuario eran también sabios por sus costumbres. Como eran ellos quienes recibían todo lo que el pueblo ofrecía pensando que era necesario para realizar todos aquellos trabajos, y como vieran que el pueblo ofrecía más de lo que se precisaba, avisaron a Moisés, y Moisés por medio de su pregonero prohibió al pueblo ofrecer más cosas. Ellos podrían, si hubieran querido, sustraer muchas cosas, pero o la moderación se lo prohibió o los escrúpulos religiosos les aterrorizaron.
172 (Ex 35,1lss). Después de bajar Moisés del monte, se recuerdan las obras para la construcción del tabernáculo y la hechura de las vestiduras sacerdotales. Pero antes de ordenar nada sobre el modo de hacer estas cosas, Moisés recuerda al pueblo la obligación de guardar el sábado. Pues bien, es cosa que llama la atención y no sin motivo por qué, después de recibir por segunda vez las palabras de la ley en las tablas de piedra, que él mismo labró y él mismo escribió, sólo habla al pueblo acerca del sábado después de su bajada del monte. Porque si fue superfluo que el pueblo escuchara por segunda vez los diez mandamientos de la ley, ¿por qué no había de ser superfluo hablar del sábado, puesto que ya se habla de él en los mismos mandamientos? ¿O se trata quizá de que esto es semejante al velo que cubría su rostro, porque los hijos de Israel no podían contemplar el resplandor del mismo?268 Porque de los diez mandamientos sólo mandó al pueblo lo que allí se dijo en sentido figurado. Con respecto a los otros nueve mandamientos tal como allí se mandan, no dudamos que también se ordena guardarlos en el Nuevo Testamento.
En cambio, aquel mandamiento sobre el sábado, de tal modo estuvo velado para los israelitas con la guarda figurada del día séptimo y fue impuesto misteriosamente y se indicaba con un cierto secreto, que nosotros hoy no lo guardamos. Sólo vemos lo que significaba. En aquel descanso, que impone el abandono de todo trabajo servil, es grande la altura de la gracia de Dios. Pues las obras buenas se hacen con reposo cuando la fe actúa por el amor269. El temor produce tormento, y en el tormento, ¿qué descanso hay? Por lo cual, en el amor no hay temor270, pues el amor ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado271. Por eso, el sábado es el descanso santo consagrado al Señor272, es decir, descanso que hay que atribuir a la gracia de Dios, no a nosotros, como si proviniera de nosotros. Porque, de lo contrario, nuestras obras serán como si fueran obras humanas o pecados, o hechas con temor y no con amor, y por ello, obras serviles sin descanso. Pero la plenitud del sábado estará en el descanso eterno. Pues no se ha instituido inútilmente incluso el sábado de los sábados273.
173 (Ex 40,9-10). Un poco más arriba, cuando Dios habló antes de la unción del tabernáculo, dijo que con la misma unción se santificaban todas aquellas cosas y se convertían en «sancta sanctorum». Había dicho también que el altar de los holocaustos, santificado con aquella unción, se convertía en «santo del santo». Y parecía que le interesaba no llamar «santo de los santos» a ninguna de esas cosas, sino sólo a lo que estaba separado del santo por el velo, es decir, donde estaba el arca de la alianza y el altar del incienso274. Pero ahora, al repetir las mismas cosas, dice acerca del tabernáculo ungido y de las cosas que había en él que se santificaban con la misma unción y se hacían santas. Y el altar de los holocaustos, del cual había dicho antes que se convertía en «santo del santo», dice ahora que con esa misma unción se hace «santo de los santos». De donde se deduce que significa lo mismo, lo que se había llamado «santo del santo» que lo que se llama «santo de los santos», y, por tanto, que todas aquellas cosas ungidas, como el tabernáculo y todo lo que había en él, que antes se había llamado «sancta sanctorum» significan lo mismo que lo que ahora se llama «sancta» y ninguna de estas cosas después de aquella unción se llama sólo «santo del santo», sino también «santo de los santos», como el altar de los holocaustos. De aquí se deduce que no hay diferencia alguna, por lo que respecta a este nombre, entre las cosas que estaban en la parte interior dentro del velo, donde estaba el arca de la alianza, y las demás cosas que estaban fuera, exceptuando el hecho de que las cosas de dentro se llamaban «sancta sanctorum» o «santo de los santos». Y se llamaban así aun antes de la unción. En cambio, las demás cosas eran santificadas por la unción para que pudiera dárseles ese nombre. Y discutir qué significa todo esto requiere tiempo.
174 (Ex 40,19). La Escritura, después de describir cómo construyó Moisés el tabernáculo, añade: Y extendió sobre el tabernáculo el tapiz. Naturalmente, no sobre el techo, sino rodeando las columnas, porque acerca de las columnas había dicho que él había construido el tabernáculo.
175 (Ex 40,33). Cuando la Escritura dice: Y sobre el atrio alrededor del tabernáculo y del altar, descubre que el altar de los holocaustos estaba fuera, junto a la puerta del tabernáculo, de modo que todo estuviera abarcado por el atrio, y el altar estuviera debajo del atrio entre la puerta del atrio y la entrada del tabernáculo.
176 (Ex 40,34-5). Hay que señalar una cosa verdaderamente notable, a saber, que al bajar la nube y llenar el tabernáculo, nube que se llama gloria del Señor, Moisés no podía entrar en el tabernáculo, él que entró en la nube en donde estaba Dios275, cuando recibió la ley por primera vez. No cabe duda que entonces representaba a una persona y ahora a otra distinta. Entonces representaba a los que se hacen partícipes de la íntima verdad de Dios. Ahora, a los judíos, a quienes se opone, como una nube, la gloria del Señor, que está en el tabernáculo —que es la gracia de Cristo— y que no la comprenden. Y por eso Moisés no entra en el tabernáculo de la alianza. Y tenemos que pensar que esto sucedió una sola vez, inmediatamente que se erigió el tabernáculo, por motivo de este significado o de otro cualquiera. Pues la nube no siempre estaba sobre el tabernáculo, de modo que Moisés no pudiera entrar allí. Pues la nube no desaparecía, a no ser cuando se daba a los israelitas esta señal para partir, para levantar el campamento del lugar en que se hallaban y para acercarse a donde la nube les conducía durante el día, y la llama durante la noche276. Y estas dos cosas permanecían también sobre el tabernáculo, en cualquier sitio en donde hubieran puesto el campamento, es decir, la nube durante el día y la llama durante la noche.
CUESTIÓN 177
Explicación del tabernáculo
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Puesto que el libro del Éxodo termina con la construcción del tabernáculo, del cual se dicen muchas cosas también en otros lugares precedentes del propio libro, que presentan ciertas dificultades de comprensión, como suele suceder con toda narración sobre cualquier tema de topografía, es decir, de la descripción de un lugar, me ha parecido oportuno hablar separadamente de todo el tabernáculo para que se entienda, en cuanto sea posible, cómo era y qué era exactamente, según la propiedad de la narración, omitiendo y dejando para otro momento su significación figurada. Porque no podemos pensar que hubiera allí algo que por voluntad de Dios se hiciera sin tener el significado de algún gran misterio, cuyo conocimiento no contribuya a la edificación de la fe y a la formación de la piedad.
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(Ex 26,1.6). Dios manda a Moisés hacer el tabernáculo con diez tapices de lino fino torzal, de jacinto y púrpura y escarlata torzal, y querubines bordados. Los latinos traducen por aulaea (tapices, telones) la palabra griega aulaías, que corresponde a lo que vulgarmente llamamos cortinas. Por tanto, Dios no mandó hacer diez atrios, como algunos por descuido han traducido, ya que el texto no dice aulás, sino aulaías. Mandó hacer en los tapices querubines bordados. Ordenó que la longitud de los tapices fuera de veintiocho codos, y la anchura de cuatro. Ordenó que los tapices estuvieran unidos y enlazados entre sí, cinco de una parte y cinco de otra, de modo que el espacio que cubrían fuera el espacio mismo del tabernáculo. Con las siguientes palabras ordena cómo debían unirse entre sí los cinco tapices de una y otra parte: Les harás lazos de jacinto en el borde del tapiz con que termina la serie primera; y harás lo mismo en el borde con que termina la serie segunda277. Esto quiere decir que los lazos estarán en donde un tapiz se une con el otro, esto es, el tercero con el segundo, porque el segundo ya está unido con el primero, unido y conectado con él, pues están cada uno frente a frente, uno enfrente del otro, porque se ordenó que se unieran de cinco en cinco, estando unos enfrente de los otros. Pero aún no aparece si el espacio que rodeaban era cuadrado o redondo. Aparecerá cuando se empiece a hablar de las columnas en las que se apoyan los tapices. Por tanto, el Señor no ha querido hablar más que de la unión de tres que se hace por dos junturas, del segundo al primero y del tercero al segundo, de modo que los demás están unidos entre sí por esta especie de regla. Por lo que se refiere a los lazos, el Señor mandó que se hicieran cincuenta en el primer tapiz por la parte que le uniría al segundo, y otros cincuenta lazos en el tercer tapiz por la parte que le uniría al segundo278. Con respecto a este segundo, que estaba en el medio, entre los cincuenta lazos de una parte y de la otra, el Señor ordenó que tuviera cincuenta argollas de oro por una parte, por medio de las cuales se uniría a los cincuenta lazos del primer tapiz. Por esto, era natural que también por la otra parte tuviera otras cincuenta argollas por medio de las cuales se uniera a los lazos del tercero. La Escritura describe todo esto brevemente de la siguiente manera: Y harás cincuenta argollas de oro y unirás un tapiz con el otro por medio de las argollas. Y el tabernáculo será un espacio único279. Así pues, las cincuenta argollas de oro del segundo tapiz se unían con los lazos de color jacinto del primer tapiz. Y así sucesivamente, se iban entrelazando los demás hasta completar los cinco, y por la parte contraria se unían de la misma manera los otros cinco.
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Después dice: Y harás velos de pelos para cubrir el tabernáculo280. Estos velos debían venir por encima, pero no por la parte del techo, sino rodeando el tabernáculo por arriba. Pues también nosotros decimos que algo se pone encima, no como el techo de una casa, sino como el estuco de una pared. Por tanto, como si aquello estuviera sobre una banda de tela. Pues el Señor dice: Harás once velos. La longitud de cada velo será de treinta codos, y la anchura de cada uno será de cuatro codos. Los once velos tendrán la misma medida. Y unirás cinco velos por una parte y seis por la otra281. Como antes dijo que aquellos tapices deberían estar unidos cinco por una parte y cinco por otra, así ahora dice que estos velos deben estar cinco por una parte y seis por otra, porque los velos eran once, no diez. Y luego continúa: Y doblarás el sexto conforme a la fachada del tabernáculo, para que no se moviera, porque los velos se presentaban los unos ante los otros en número impar, seis y cinco. Después dice también cómo deben unirse entre sí estos velos de pelos. Y dice lo mismo que antes, pero quizá más claramente. Pues continúa así. Y harás cincuenta argollas en el borde del velo que está frente al del medio —es decir, frente al segundo, porque éste estará en medio entre el primero y el tercero— según la juntura282, esto es, la unión, y harás cincuenta argollas en el borde del velo que está unido al segundo, es decir, sobre el borde del tercer velo, porque está unido al segundo. Y harás cincuenta aros de bronce y unirás los aros en las argollas; y unirás los velos y resultará un espacio único283. El Señor ha querido, pues, que los aros se colocaran en el velo de en medio, es decir, en el segundo, de modo que quedara unido al primero y al tercero por las cincuenta argollas de cada lado. Aquí no hay ninguna otra diferencia, sino que ahora se manda que los aros sean de bronce en vez de oro. Con respecto a las argollas de los tapices se había ordenado que fueran de color jacinto. En los velos de pelos, en cambio, dado que no se dice cómo eran las argollas, debemos pensar como más probable que eran de pelo.
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Lo que sigue a continuación es tan difícil de entender, que temo que resulte más oscuro con la explicación. Dice así: Y extenderás la parte que sobre de los velos del tabernáculo; la mitad del velo que sobre la extenderás; lo que sobre de los velos del tabernáculo lo extenderás detrás del tabernáculo; un codo por una parte y otro codo por la otra parte de lo que sobre de los velos a lo largo de los velos del tabernáculo penderá sobre los lados del tabernáculo por una parte y por otra de modo que lo cubra284. Puesto que había ordenado que el sexto velo debía doblarse conforme a la fachada del tabernáculo, ¿quién podría entender fácilmente lo que significa sobrar en los velos la mitad del velo y lo que significa: un codo por una parte y otro codo por la otra parte, cuando la mitad del velo son quince codos, puesto que se ordenó que cada velo tuviera treinta codos? O si sobra algo en la longitud de los velos precisamente porque se ordenó que el primer tapiz de lino fino y de escarlata y de púrpura y de jacinto tuviera veintiocho codos de largo, en cambio, estos velos de pelos tenían que tener treinta codos, y así cada uno de estos velos de pelos sobrepasaban en dos codos la longitud de cada uno de los tapices. Sumados todos estos velos, menos el undécimo, que debía doblarse, dan veinte codos, que es la cantidad que sobra de la superficie de los velos de pelos en relación a la superficie de los tapices. Porque dos veces diez codos de los velos que eran más largos que los tapices hacen veinte codos. De esos veinte codos, podían sobresalir por ambos lados diez por una parte y diez por la otra, no un codo por un lado y otro codo por el otro lado, como dice la Escritura.
Por lo cual me parece que hay que dejar para otro momento la exposición de este pasaje, es decir, hasta que se explique totalmente el tabernáculo con todas las columnas que hay en el atrio que lo rodea. Porque quizá se diga algo por anticipación acerca de los velos de pelos que sirva para explicar aquello de lo que aún no se ha hablado. Porque no sabemos si las palabras: Y harás velos de pelos para cubrir el tabernáculo285, se refieren a que hay que cubrir con estos velos todo el tabernáculo junto con el atrio, de cuya construcción alrededor del tabernáculo se va a hablar después o sólo este tabernáculo interior que mandó hacer de diez tapices. Pues a continuación se dice: Harás también una cobertura para el tabernáculo de pieles de carnero teñidas de rojo286. Es igualmente incierto si esta cobertura debe hacerse para todo lo que rodea al tabernáculo o sólo para el tabernáculo interior… La frase siguiente: Y encima otra cobertura de pieles de color jacinto, hay que entenderla en el sentido de que la cobertura no estaba alrededor, sino desde el techo, como si fuera una habitación.
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Y continúa: Y harás para el tabernáculo columnas de madera incorruptible. Cada columna tendrá diez codos de larga y codo y medio de ancha. Cada columna tendrá dos ancones colocados uno frente al otro. Harás lo mismo con todas las columnas del tabernáculo287. No veo con claridad por qué se manda hacer estos ancones, que ya dije antes lo que eran. Porque si se hicieran para transportar las columnas, tendrían que ser como mínimo cuatro. Si eran para que se apoyaran en ellos los travesaños, tendrían que ser también varios, porque se asignaron a cada columna cinco travesaños. A no ser que estos ancones no tengan uso alguno, y tengan únicamente un significado, como en el undécimo velo de pelo. Porque una columna con dos ancones, como si fueran dos brazos, colgando por una y otra parte, tiene la forma de una cruz. Veamos ahora ya el número de columnas para conocer por medio de ellas si la forma del tabernáculo era cuadrada o redonda o si tenía forma rectangular con los dos lados laterales más largos y los dos lados frontales más cortos, como se construyen muchas basílicas. Porque esto es lo que se expresa más bien aquí con cierta evidencia. Pues la Escritura dice así: Y harás columnas para el tabernáculo: veinte columnas por el lado que mira al norte; y harás cuarenta basas de plata para las veinte columnas: dos basas para cada columna a uno y otro lado. Para el segundo lado, hacia el sur, harás veinte columnas con cuarenta basas de plata: dos basas para cada columna a uno y otro lado288. La repetición no debe plantear problemas, porque se trata de una locución por la cual se entiende lo mismo de todas las demás que no menciona. Ya dijimos antes por qué cada columna tiene dos basas. Aquí se llama basas a los capiteles.
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Vemos, pues, que dos lados del tabernáculo, el del norte y el del sur, tienen veinte columnas cada uno a lo largo. Quedan los otros dos, el del este y el del oeste, los cuales, si tuvieran el mismo número de columnas, sin duda formarían un cuadrado. Pues bien, se dice cuántas columnas tiene el lado oeste, pero no se dice cuántas tiene el lado este. Yo ignoro el motivo, si es porque no tenía columnas y los tapices se extendían allí solos sin columnas, desde la última columna de un lado hasta la última columna del otro, o si se omite su mención por alguna razón, incluso que se sobrentienda tácitamente. Porque después, por la misma parte oriental, se mencionan diez columnas, pero son columnas del atrio, del cual se habla a continuación, que el Señor ordenó poner alrededor del tabernáculo. Mencionados, pues, los lados norte y sur del tabernáculo con sus veinte columnas cada uno, el texto continúa diciendo: Y para detrás del tabernáculo, por la parte que mira el oeste, harás seis columnas; y para los ángulos del tabernáculo, en su parte posterior, harás otras dos columnas, que serán iguales de arriba abajo y estarán unidas entre sí, siendo iguales desde los capiteles hasta la primera unión. Harás así con las dos columnas para los dos ángulos: han de ser iguales. Serán, pues, ocho columnas con sus dieciséis basas de plata: dos basas para una columna y otras dos basas para la otra columna a cada uno de sus lados289. Acerca de las basas se da la misma razón y se emplea la misma expresión. El lado oeste, por consiguiente —éste es el lado que se dice que da hacia el mar—, consta de ocho columnas: seis en la parte central y dos en los ángulos, que, como dice el texto, deben ser iguales en dirección al sitio donde se unen. Yo creo que el ángulo une en sí dos lados y la columna del ángulo es común a cada uno de los lados, una al lado oeste y norte, y otra al lado oeste y sur. Con respecto a lo que se dice que además deben ser iguales de arriba abajo, se dice, evidentemente, para que se mantuvieran en equilibrio perpendicularmente, de modo que no fueran más gruesas abajo que arriba, como suelen ser la mayoría de las columnas.
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Luego continúa: Harás también travesaños de madera incorruptible: cinco para una columna a un lado del tabernáculo y cinco travesaños para la columna al otro lado del tabernáculo y cinco travesaños para la columna del lado posterior del tabernáculo, que mira hacia el mar290. Llama la atención que pueda dudarse que el lado oriental de este tabernáculo interior, en torno al cual luego se puso el atrio, no tuviera columnas. Pues se ordena que cada columna de los tres lados tenga cada una cinco travesaños. El texto dice: El travesaño central pasará a media altura de las columnas de un extremo al otro291. Parece querer decir que el travesaño debería llegar de una columna a otra y debería prolongarse por en medio de las columnas desde el extremo de una hasta el extremo de otra; y por eso, una de todas esas columnas no debía tener sus propios cinco travesaños. A esta última columna llegaban las cinco, procedentes de la columna próxima a ella. El texto dice: Revestirás de oro las columnas y harás anillas de oro en las cuales meterás los travesaños, y revestirás de oro los travesaños292. Para que las columnas no estuvieran llenas de agujeros a través de los cuales se metieran los travesaños, se ordena hacer anillas, en las que se sujetaran los extremos de los travesaños por una y otra parte. Por tanto, hay que pensar que estas anillas colgaban de pequeñas argollas, fijas a la madera, para que pudieran coger y contener la extremidad de los travesaños.
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Luego continúa: Levantarás el tabernáculo según el modelo que se te ha mostrado en el monte. Harás un velo de color jacinto y de púrpura y de escarlata torzal y de lino fino. Lo harás bordado con querubines. Lo colgarás de cuatro columnas de madera incorruptible revestidas de oro. Sus capiteles serán de oro y sus cuatro basas de plata. Y pondrás el velo sobre las columnas, e introducirás allí, detrás del velo, el arca de la alianza. Y el velo os servirá para separar el santo del santo de los santos. Y cubrirás con el velo el arca de la alianza en el santo de los santos293. Todo esto pone de manifiesto que el arca de la alianza estaba en el interior, detrás del velo colocada sobre cuatro columnas. Y se ordena cubrir el arca con el velo, pero no debe hacerse de modo que el velo esté colocado sobre la tapadera del arca, sino que debe ponerse enfrente. Después se añade: Y pondrás la mesa fuera del velo y el candelabro frente a la mesa en la parte del tabernáculo que mira al mediodía. La mesa la pondrás en la parte del tabernáculo que mira al norte294. Esto también está claro. Luego se dice: Y harás una cortina de color jacinto y de púrpura y de escarlata torzal y de lino fino torzal, obra de recamador. Y harás para el velo cinco columnas y las revestirás de oro. Sus capiteles serán de oro. Y fundirás para ellas cinco basas de bronce295. Más adelante aparecerá a qué uso se destinaba este velo extendido sobre cinco columnas, pues aquí no se dice. Parece que se trata del velo de la entrada del tabernáculo, es decir, del tabernáculo interior, alrededor del cual se situaba el atrio. Después se manda hacer el altar de los sacrificios y de los holocaustos, y se dice cómo ha de hacerse. Pero aún no se dice dónde hay que ponerlo. Pero también esto aparecerá más adelante.
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A partir de aquí hasta el final se habla ya del atrio, que ha de ponerse alrededor de aquel tabernáculo sobre cuya construcción se habló antes. El texto dice así: Harás también el atrio296. En griego se llama ailén y no ailaían. Algunos de nuestros traductores no distinguen entre este atrio y aquellos tapices, que los griegos llaman ailaías, no ailás y traducen esa palabra por «atrios», diciendo: Harás también el tabernáculo con diez atrios297, en donde debieran decir con diez tapices. Otros, mucho más ignorantes aún, tradujeron por ianuas (puertas), no sólo ailás, sino también ailaías. Ahora bien, como en latín tenemos las aulaea (los tapices), que los griegos llaman ailaías, así también nuestros autores llaman aulam (aula, palacio) a lo que los griegos llaman ailén. Pero en latín con esta palabra ya no se indica el atrio, sino el palacio real: en griego, en cambio, se indica el atrio. El texto dice: Harás también el atrio para el tabernáculo en el lado que mira al mediodía, y el cortinaje del atrio será de lino fino torzal. Su longitud será de cien codos a uno de los lados. Sus columnas serán veinte y sus basas de bronce serán veinte, y sus aros y sus argollas serán de plata. El lado que mira al norte tendrá también un cortinaje de cien codos de largo. Sus columnas serán veinte y sus basas de bronce serán veinte. Sus aros y las argollas de las columnas y las basas estarán revestidas de plata. La anchura del atrio por la parte que mira hacia el mar tendrá un cortinaje de cincuenta codos. Sus columnas serán diez y sus basas serán diez. La anchura del atrio por la parte que mira hacia el oriente tendrá cincuenta codos. Sus columnas serán diez y sus basas serán diez298.
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Aquí vemos ya que se mencionan las columnas de la parte oriental, al hablar del atrio. Y que esas columnas eran diez con diez basas de bronce, como se dijo también acerca de las del lado oeste. De aquí surge una cuestión dificilísima. Porque es fácil entender que por la parte oriental hubiera un orden de columnas correspondientes al atrio, que rodea por sus cuatro lados al tabernáculo interior, porque este tabernáculo interior no tenía columnas por aquella parte. En cambio, por la parte del oeste, en donde se hallaban ya las ocho columnas del tabernáculo interior, ¿cómo se han de entender estas diez columnas también del atrio exterior, que ahora se menciona, como si por el lado oeste hubiera dos órdenes de columnas, ocho en la parte interior y diez en la parte exterior? Y si la realidad es así, entonces los lados del atrio exterior serían también más largos que los del tabernáculo interior, para que hubiera un espacio a partir del cual el otro orden de columnas se dirigiera de un extremo al otro y no fuera a dar en el orden anterior correspondiente al tabernáculo interior. Y si esto es así, sería lógico que aquellas veinte columnas de los dos lados del tabernáculo interior, por el lado sur y por el lado norte, estuvieran separadas por distancias más cortas que las de aquellas otras veinte que tiene el atrio exterior por esos mismos lados. Y puesto que aquellos órdenes exteriores de las veinte columnas, como dice la Escritura, tienen cien codos, estos órdenes interiores de tantas columnas como se quiera tendrían menos codos. Dado que la Escritura no lo ha dicho, será lógico pensar que aquellas ocho columnas del tabernáculo interior, situadas en el lado oeste, estarían más separadas que las veinte del lado sur y del lado norte del propio tabernáculo, de modo que pudiera abarcarse el espacio suficiente para extender alrededor aquellos diez tapices, con los cuales el Señor mandó construir al principio este tabernáculo. Pues cada uno de esos tapices tiene veintiocho codos, que hacen en total doscientos ochenta codos. Ahora bien, si hubiera cien codos en los lados sur y norte, en donde están los órdenes de las veinte columnas, tendríamos, evidentemente, cuarenta codos por los otros dos lados, el del este y el del oeste, y proporcionalmente habría en las ocho columnas cuarenta codos, como en las veinte columnas hay cien codos. Pero los lados del atrio exterior no serían más largos, porque están delimitados por los cien codos, y, por tanto, no habría modo de que aquel orden de diez columnas, desde el ángulo sur hasta el ángulo norte, incluyera el orden de las ocho columnas interiores.
Por tanto, para que el atrio rodee por todos los lados al tabernáculo interior es necesario que éste sea también de menor longitud. Y así sería preciso que sus veinte columnas, por medio de las cuales se extiende a lo largo en los dos lados, estuvieran colocadas más cerca unas de otras de lo que están las veinte columnas del atrio exterior. Y las ocho columnas del tabernáculo interior por el lado del oeste deberían estar más separadas que las diez de la misma parte del atrio exterior, porque la cantidad menor de codos que tienen aquellos tapices que se extiende a lo largo de las veinte columnas de los dos lados, hacia el sur y hacia el norte, hay que compensarla con la anchura de los lados este y oeste, para completar la medida de los doscientos ochenta codos que tienen los tapices. Porque el Señor no ordenó que se doblara algo de estos tapices, como lo hizo con respecto a los velos de pelos, entre los cuales hay uno más. Por lo tanto, si sólo se aminora la longitud del tabernáculo interior, que podría incluirse desde el atrio exterior, de modo que en sus columnas no se extendieran los cien codos de los tapices, sino sólo, por ejemplo, un mínimo de noventa y seis codos, y así tuvieran cuatro codos menos, estos mismos cuatro codos, que en total serían ocho, habría que ponerlos naturalmente en los otros dos lados, el lado este y el lado oeste. Y así aquellas ocho columnas del oeste del tabernáculo interior no medirían cuarenta codos, sino cuarenta y cuatro, y otros cuarenta y cuatro por el lado este. Por consiguiente, como entre las diez columnas del atrio exterior miden una longitud de cincuenta codos, y entre las ocho del tabernáculo interior miden una longitud de cuarenta y cuatro codos, los intervalos de las ocho columnas interiores son más espaciados que los de las diez columnas exteriores, porque si fueran iguales, en las ocho columnas habría cuarenta codos, como habría cincuenta codos en las diez columnas, porque lo que son proporcionalmente ocho a diez, son también cuarenta a cincuenta, y cinco por ocho son cuarenta, y cinco por diez cincuenta.
- Y no nos plantearía problema alguno que los intervalos de las columnas fueran distintos, es decir, que estuvieran más juntas en los lados en que hay veinte columnas a lo largo, y estuvieran más separadas en el lado en donde hay ocho columnas a lo ancho, si no hubiera otra razón que nos obligara a cambiar de opinión. Pues una vez que se ha dicho que el atrio tenía cortinajes de cincuenta codos de largo hacia el oeste y diez columnas y diez basas299 y que la anchura del atrio hacia el este era igualmente de cincuenta codos y tenía diez columnas y diez basas, parecería que, dichas estas cosas, se habría terminado de describir la forma del tabernáculo con el atrio que lo rodeaba por todas partes, pero se añade otra cosa que resulta dificilísimo saber dónde estaba y cómo debe entenderse.
El texto dice así: La altura del cortinaje por un lado será de quince codos; sus columnas serán tres y sus basas serán tres. La altura del cortinaje por el segundo lado será de quince codos; sus columnas serán tres y sus basas serán tres. La cobertura de la puerta del atrio tendrá una altura de veinte codos; será de color jacinto y púrpura y escarlata fina y lino torzal, obra de recamador. Sus columnas serán cuatro y sus basas serán cuatro300. No veo dónde podrían ponerse estas cosas una vez terminada la construcción del tabernáculo. Pero veo claramente que se trata del mismo número de columnas, que son diez, distribuidas en grupos de tres y de tres y de cuatro, es decir, tres en los lados y cuatro en medio. Y por eso aquellos cortinajes de cincuenta codos no estarán unidos, para que pueda haber una entrada al atrio, pero los veinte codos de en medio estarán separados por los quince codos, para que formen la cobertura de la puerta del tabernáculo, esto es, el velo, que cuelgue de un adorno y de una cobertura y ocupe el espacio de cuatro columnas, destinado para la puerta del atrio y que está separado. Por eso el Señor estableció que este mismo velo, dividido por los lados de quince codos y separado, se distinguiera también por su belleza, y resaltara por aquellos cuatro colores, obra de recamador.
Pero aquellos lados de quince codos por una parte y por otra, que tenían tres columnas cada uno, si se unieran en la línea recta a partir de la puerta del atrio, no habría espacio entre las diez columnas del atrio exterior y las ocho del tabernáculo interior, en donde estaría el altar cuadrado de cinco codos, que ocupa el espacio que hay no sólo delante del altar, en donde se serviría al altar, sino entre el propio altar y la entrada del tabernáculo interior en donde estaría la pila de bronce. Pues el Señor mandó que se pusiera allí para que los sacerdotes se lavaran las manos y los pies al entrar en el tabernáculo o al acercarse a servir al altar. Porque si esto no estuviera fuera del tabernáculo, en el atrio, ¿cómo podrían lavar las manos y los pies antes de entrar en el tabernáculo? Pero no podemos poner el altar fuera del atrio, porque estaba mandado que el tabernáculo y el altar estuvieran rodeados por el atrio. Queda, pues, que aquellos lados de quince codos por una parte y por otra y de las columnas triples los tomemos a partir de los lados, de modo que esos lados formen un intervalo del mismo número de codos entre la puerta del atrio y la entrada del tabernáculo interior: la puerta abierta a la altura de los veinte codos en las cuatro columnas con un velo recamado por obra del recamador, de veinte codos; y la entrada del tabernáculo para que se pusiera aquel velo extendido sobre las cinco columnas, cosa que, evidentemente, no podemos creer que estuviera puesta dentro de aquel orden de ocho columnas, sino fuera, junto al atrio.
Entonces se encontrará el velo de la entrada. Esta entrada se abrirá como una puerta de dos hojas. Y allí los tapices no se unían entre sí por las argollas y por las anillas. O en el caso de que estuviera dentro de aquel orden de ocho columnas del tabernáculo interior, este velo se pondría delante de las cinco columnas a la entrada del tabernáculo para que cuando se abriera, no quedara al descubierto el interior y así no lo vieran los espectadores. Y ese velo, ya estuviera colocado dentro de aquel orden de columnas, ya estuviera fuera —cosa que no está clara—, sin duda se hallaba algo alejado de aquel orden de columnas para que las cinco columnas colocadas más cerca de las cuatro columnas no cerraran la entrada, sino que más bien la ocultaran.
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Así pues, según este modelo y esta forma del tabernáculo, ya no hay necesidad alguna de colocar más cerca aquellas veinte columnas de los lados sur y norte del tabernáculo interior ni de colocar aquellas ocho, que miraban al oeste, más separadas. Porque aquellas diez del atrio exterior de la parte oeste no constituyen un orden largo de columnas, en el que se incluyan las ocho interiores, sino que, colocadas por un lado y por otro tres y cuatro cierran el espacio en la puerta en donde estaría el altar de los holocaustos, dentro de la puerta del atrio, delante de la entrada del tabernáculo, y la pila, entre la entrada del tabernáculo y el altar, y el espacio necesario para el ministerio, entre el altar y la puerta del atrio. Y así, todo aquel espacio del atrio se cierra con diez columnas, tres por el norte y tres por el sur y cuatro por el oeste, como si se trazara la letra griega pi. Y así al orden más largo de columnas del tabernáculo interior se añadía el mismo espacio, como si a la letra mencionada, por la parte que no tiene nada, se le añadiera el trazo de la letra que se llama iota; y así, por la parte de en medio se cierra por aquel lado y quedan por una parte y por otra las restantes partes de la iota. En aquella fila larga de la parte oeste del tabernáculo interior podían contarse, por consiguiente, diez columnas, con tal de añadir a aquellas ocho las dos últimas de las filas norte y sur de los lados del atrio. Pues aquellas diez que pertenecerían propiamente al atrio por la parte del oeste, por donde se entraba al tabernáculo, tenían tres columnas en los lados y cuatro en la fachada, en donde estaba la puerta, y así comprendía el espacio necesario para hacer los sacrificios dentro del atrio, delante del tabernáculo. Y en las tres columnas que había por los lados, había toldos de lino de quince codos. En las cuatro columnas, en donde estaba la puerta, había un velo de veinte codos recamado por obra de recamador.
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No debe plantear problema lo que dice la Escritura: La altura de los cortinajes por un lado será de quince codos: sus columnas serán tres y sus basas serán tres. La altura de los cortinajes por el lado segundo será de quince codos: sus columnas serán tres y sus basas serán tres. El tapiz de la puerta del atrio tendrá una altura de veinte codos301. Porque el texto dice que la altura es la misma que había sido la largura de los cortinajes. En efecto, la altura, cuando se tejen, es la misma que la largura, cuando se extienden. Y para que no parezca que lo sospechamos, la Escritura recuerda esto mismo en otro sitio, cuando dice: Hicieron también el atrio que mira hacia el sur: los cortinajes del atrio eran de lino torzal, de cien codos por cien codos302, es decir, cien codos de los cortinajes por los cien codos del espacio que sostenían las veinte columnas. Y luego continúa: Y sus columnas eran veinte y sus basas, de bronce, eran veinte. El lado que mira al norte era de cien codos por cien codos: y sus columnas eran veinte, y sus basas, de bronce, eran veinte. Y el lado que mira al mar tenía un tapiz de cincuenta codos: sus columnas eran diez y sus basas eran diez303. —Aquí se llama tapiz a lo que antes se llamaba cortinaje—. Y el lado que mira al oriente tenía cortinajes de cincuenta codos304. Después de estos datos se vuelve a hablar de la parte posterior del tabernáculo para mostrar cómo aquellas diez columnas abarcaban el espacio del atrio mencionado. El texto dice así: Quince codos por la parte de atrás305. Se llama parte de atrás, porque era la parte posterior del tabernáculo, la parte del oeste. Y continúa: Y sus columnas eran tres y sus basas eran tres. Y por la parte segunda de atrás, a uno y otro lado de la puerta del atrio, había un tapiz de quince codos: sus columnas eran tres y sus basas eran tres306. Está totalmente claro que lo que aquí se denomina partes de atrás, cuando se describe el modo como están hechas todas las cosas, corresponde a lo que se llamaban lados, cuando el Señor dio la orden de hacerlos. Son lados, porque unidos por una y otra parte cerraban el espacio del atrio de la puerta occidental, o son partes de atrás, porque eran por la espalda del tabernáculo, esto es, por la parte occidental, esta parte del atrio. Luego el texto continúa: Todos los tapices del atrio eran de lino torzal. Las basas de las columnas eran de bronce, y las anillas de plata, y sus capiteles revestidos de plata, y todas las columnas del atrio estaban revestidas de plata307. Y luego añade lo que aún no se había mencionado en este lugar: Y el velo de la puerta del atrio, obra de recamador, era de jacinto y púrpura, y escarlata pura y lino torzal, y tenía una longitud y una altura de veinte codos308. Aquí es donde aparece que la altura mencionada antes es la misma que había sido la longitud de los tapices extendidos. Por último añade: Y la anchura de cinco codos. Efectivamente, los cortinajes del atrio exterior tenían tantos codos de anchura como los cuatro codos del atrio interior. Pues antes se había dicho así: ha longitud del atrio será de cien codos por cien codos, y la anchura de cincuenta codos por cincuenta codos y la altura de cinco codos. Será de lino torzal309. Ahora se llama altura a lo que después se denomina anchura, porque lo que es anchura para los que están extendidos es altura para los que están de pie. Pues, como acabo de decir, lo que es altura cuando se tejen es largura cuando se extienden.
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Veamos ahora ya lo que yo había dejado de lado, es decir, cómo se resuelve aquella dificultad de los velos de pelos, una vez que he explicado, como he podido, la forma del tabernáculo, poniéndola ante los ojos. Esta cuestión quizá era más abstrusa, porque el autor dijo por anticipación algo que sería útil para la obra de la que iba a hablar después, al describir el atrio que había que edificar alrededor del tabernáculo. Veamos ahora, pues, las propias palabras del texto: Extenderás lo que sobre de los velos del tabernáculo; la mitad que sobre del velo la extenderás; lo que sobre de los velos del tabernáculo lo extenderás detrás del tabernáculo310. Todo lo dicho tiene un solo sentido: «la mitad que sobre del velo», esto es, «lo que sobre de los velos del tabernáculo hay que extenderlo detrás del tabernáculo». Ahora hay que investigar cómo sobra, cómo excede y queda la mitad del velo de aquella serie de velos unidos, puesto que el Señor mandó unir cinco entre sí y otros seis entre sí311, como había dicho antes que el sexto velo había que doblarlo delante del tabernáculo, es decir, por el lado del oriente. Y como el Señor dijo que eran los mismos los de la parte de atrás del tabernáculo, por el lado del oeste, que es el lado del mar, ¿cuál es, pues, la parte delantera del tabernáculo, sino el lado que mira al oriente?
Por tanto, aquella parte por la que están unidos los cinco velos tiene ciento cincuenta codos, esto es, cinco veces treinta —pues cada velo tenía treinta codos, tal como Dios había ordenado que se hicieran—. Pero aquella parte en la que no había cinco, sino seis velos, unidos entre sí de la misma manera, tenía ciento ochenta codos, esto, seis veces treinta. Y por eso, al doblar uno de estos velos, como estaba mandado, perdían con el doblez quince codos delante del tabernáculo. Y quitando estos quince codos, quedaban ciento sesenta y cinco. En consecuencia, a partir de aquellos ciento cincuenta codos, por medio de los cuales también esta parte de los seis velos se igualaba con aquella parte de los cinco velos, sobraban y quedaban aún quince codos. Pues por el lado de la parte de los cinco velos había ciento cincuenta codos. Y por el lado de la parte de los seis velos, doblando uno delante del tabernáculo, había ciento sesenta y cinco codos. Este lado, por consiguiente, tenía quince codos más que el otro. A esto lo llama el autor la mitad del velo, que manda extender detrás del tabernáculo. Por eso, dado que aquello está doblado delante, este medio velo sobrante por la parte posterior del tabernáculo no se doblaba, sino que se extendía. Es decir, todos aquellos quince codos colocados debajo se extendían, y por eso esos mismos se restaban a aquella longitud. Y también se restaban, por el doblez de uno de los velos, aquellos quince codos delante del tabernáculo. De este modo, a los ciento cincuenta codos de los cinco velos se les contraponían por la otra parte los ciento cincuenta codos de los seis velos, es decir, a los treinta codos restados de los ciento ochenta que había delante del tabernáculo, con el velo doblado, y de las partes traseras del tabernáculo, con la mitad del velo extendido por debajo.
- Lo que sigue ya es otra cosa y plantea otro problema, a causa del cual, sobre todo, pensé que había que retrasar la explicación de este pasaje, para que viéramos primero la forma del tabernáculo que se iba a construir y lo que está escrito acerca del atrio que había que construir alrededor. Sigue, pues, el texto: Lo que sobra a los velos de la longitud de los velos del tabernáculo —un codo por una parte y otro codo por la otra— se extenderá sobre ambos lados del tabernáculo, a un lado y a otro, para cubrirlo312. Una cosa es que una parte de los seis velos superara a la otra parte de los cinco velos a causa del mayor número de velos, de lo cual ya hemos hablado, y otra cosa es que sobrara algo de la longitud de los velos, de lo que ahora se ha hablado. Según esto, no se compara una parte con otra ni se descubre que una es mayor que la otra, es decir, la que tiene seis velos es mayor que la que tiene cinco velos. Porque para que los dos lados fueran iguales entre sí, se dobló un velo por delante del tabernáculo, y por detrás se extendió la longitud de medio velo. Pero los propios velos de pelos, comparados con los tapices, de los cuales el Señor mandó hacer diez para el tabernáculo interior, tejidos con cuatro colores, son dos codos más largos, porque cada tapiz tenía veintiocho codos, y los velos tenían treinta codos.
Por eso, aquí no se dice: de lo que sobra de los velos, sino de lo que sobra a los velos de la longitud de los velos. Y la frase: Un codo por una parte y otro codo por la otra se extenderá sobre ambos lados del tabernáculo, significa que aquella longitud en la que los velos de pelos superan en dos codos a cada uno de los tapices —cada uno de ellos, no todos—, ha de recogerse hacia una parte, es decir, lo que sobra ha de recogerse hacia la parte trasera del tabernáculo, pero distribuyéndolo por igual y que se dé la misma cantidad a la parte anterior del tabernáculo que a la parte posterior. Esto quiere decir que, como los dos codos en cada uno de los velos tienen la misma longitud que les sobra, una parte debe quitar de allí un codo y la otra parte, otro codo. Así, ésta parte tendrá diez codos de cada uno de sus velos y aquella otra parte otros diez codos de cada uno de los suyos, porque los diez velos, cada uno con dos codos de más, tienen una longitud de veinte codos, por la cual parecen exceder en su serie a la serie de los tapices.
- Ahora hay que ver qué espacio sirven para cerrar estos veinte codos que sobran de la longitud de los velos. Porque si el tabernáculo interior está cubierto alrededor por los velos de pelos, no hay absolutamente nada que sobre para que pueda cubrirse con ellos. De donde resulta que ellos mismos han de ser cubiertos por debajo, y al cubrirlos por debajo, hay que quitarles algo, cosa que no dice la Escritura. En efecto, los diez tapices, que tienen cada uno veintiocho codos, con los cuales se cubre el tabernáculo interior, cubren un espacio de unas dimensiones que pueden abarcar doscientos ochenta codos. Por lo cual, los lados más largos, que son el sur y el norte, que tienen cada uno veinte columnas, pierden de esos codos cien codos cada una. Quedan ochenta para distribuir, cuarenta en cada uno de los otros dos lados más cortos, el lado oriental, que carece de la fila de columnas, y el lado occidental, en donde había ocho columnas. Por eso, a los velos de pelos les sobrarían veinte codos, que no tendrían nada que cubrir, si con los trescientos codos de los velos de pelos se cubrieran los doscientos ochenta codos de los tapices, puesto que al quitarles a los velos treinta codos, les quedarían aún trescientos. Por tanto, aquellos dos codos que tienen de más cada uno de los velos de pelos, y cuya suma de veinte codos, hay que distribuirlos así: un codo por una parte y otro codo por la otra. Esto quiere decir que no hay que recogerlos todos en una sola parte para que cubran los lados del tabernáculo, sino que deben cubrir los lados del atrio exterior.
Así pues, aquellos trescientos codos de velos de pelos deben rodear el tabernáculo por la parte exterior. Añadidos, pues, los lados del atrio exterior de cien codos, que son los lados sur y norte, sobran cincuenta codos por los lados del este y del oeste, todos los cuales juntos hacen trescientos codos, para cubrir los cuales bastan los trescientos codos de los velos de pelos. Esto es lo que significa: un codo por una parte y otro codo por la otra. Se trata de la distribución de los dos codos que tienen de más cada uno de los velos de pelos, es decir, de lo que sobra a los velos de la longitud de los velos se extenderá a ambos lados del tabernáculo, los lados, evidentemente, exteriores, que pertenecen al atrio, para que cubra por una y otra parte, y no los lados del propio atrio, que se extienden a lo largo de cien codos cada uno y veinte columnas cada uno. Estos lados, en efecto, no se han hecho más largos que los del tabernáculo interior, que se extienden a lo largo de los diez tapices, y ellos mismos tienen también veinte columnas cada uno. Pues como los dos lados del tabernáculo interior, por el norte y por el sur, tienen cien codos cada uno, eso mismo tienen los del atrio exterior.
Por tanto, la longitud con que superan a la longitud de los tapices no sirve para cubrir los propios lados exteriores de otras tantas columnas de los velos de pelos. Porque hacia los lados exteriores miden lo mismo que medirían hacia los interiores, es decir, cien codos cada uno, que hacen doscientos. Pero, como a los lados este y oeste les bastarían lados de cuarenta codos cada uno si sólo se rodeara el tabernáculo interior con los velos de pelos, por eso aumentó la anchura del tabernáculo una vez añadidos los lados del atrio, de modo que ya no sean necesarios los cuarenta codos para cubrir los lados del este y del oeste, sino los cincuenta codos. Para cubrirlos pudo servir la longitud de los velos de pelos mayor que la de los tapices, de modo que no se emplearan por una parte los dos codos que sobran a cada uno de ellos, sino que se empleara un codo por una parte y otro codo por la otra; y así el lado oriental tuviera por lo que le sobraba diez codos, y el lado occidental, otros diez. Porque veinte corresponde a dos veces diez, ya que los treinta codos del velo undécimo se restan de esta longitud, al doblarlo y extenderlo por abajo.
- Pero como la traducción latina dice: Un codo por una parte y otro codo por la otra de lo que sobra a los velos de la longitud de los velos del tabernáculo se extenderá a ambos lados del tabernáculo,313 en donde el griego tiene plágia, término que algunos traductores latinos traducen no por «lados» (latera), sino por «oblicuos» (obliqua), surge la cuestión de saber por qué no pueden llamarse plágia aquellos lados, de los cuales uno está delante y otro detrás, que son los lados del este y del oeste, sino que pueden llamarse plágia por la derecha y por la izquierda, que son los lados del norte y del sur, aunque aquí no aparezca nada oblicuo, puesto que todos los ángulos de los cuatro lados son rectos. Por consiguiente, no siendo plágia aquellos lados que tienen cincuenta codos cada uno, para cubrir los cuales dijimos que habría podido servir la longitud de los velos de pelos que sobraba, ¿cómo puede ser verdad que un codo por una parte y otro codo por la otra de lo que sobra a los velos de la longitud de los velos del tabernáculo se extenderá a ambos lados del tabernáculo? Es evidente que el autor habla de cubrir aquellos lados —que llama también partes de atrás— , de quince codos cada uno y de tres columnas cada uno, los cuales, junto con la puerta del atrio, que tiene veinte codos y cuatro columnas, hacen cincuenta codos y diez columnas. Estos lados dejan en medio la puerta del atrio a partir de estos límites suyos propios, y dejan la entrada del tabernáculo a partir de aquellos límites. Entre la puerta del atrio y la entrada del tabernáculo hay un espacio que cierran aquellos veinte codos a partir de la puerta y quince codos cada uno por la derecha y por la izquierda. En ese espacio está el altar de los holocaustos más adentro de la puerta del atrio delante de la entrada del tabernáculo. Entre el altar y la entrada del tabernáculo está la pila de bronce, en donde los sacerdotes lavaban las manos y los pies.
Examinadas, no obstante, las medidas con cuidado, quizá se encuentre incluso alguna oblicuidad en estos lados de tres columnas cada uno, que en griego se llaman plágia, de tal modo que con toda razón algunos de nuestros traductores han traducido por obliqua (oblicuos) la palabra plágia que encontraron en griego. En efecto, los velos de pelos, con sus quince codos cada uno, no pueden cubrir los quince codos de cada uno de los toldos de aquellos lados, a no ser que en las partes posteriores del tabernáculo no se empleen más de diez codos en cada uno, antes de que se doblen hacia aquellos lados. Por consiguiente, desde la línea recta de la parte posterior del tabernáculo, que es la parte del poniente —como esta línea tenía ocho columnas, correspondientes al tabernáculo interior, comenzó a tener diez cuando se le añadieron los lados del atrio exterior, y como tenía cuarenta codos, correspondientes a las ocho columnas, comenzó a tener cincuenta codos en las diez columnas—, desde esta línea, pues, como estaban cubiertos con los velos de pelos los diez codos que provenían de los dos ángulos, habrá en el medio treinta codos no cubiertos con los velos de pelos, pero sólo en aquellos tapices en cuya mitad, que tenía treinta codos y que se extendían por otros tantos codos, se hallaba la entrada del tabernáculo.
Por tanto, aquellos lados que tenían tres columnas y quince codos, si se consideran a partir de sus terminaciones, por las que se unían las puertas del atrio, estaban abiertos frente por frente en una distancia de veinte codos, porque sólo había una puerta que separaba aquellos lados. Pero a partir de las terminaciones, por las que estaban unidos a aquella línea posterior del tabernáculo, de la cual hemos hablado, había entre ellos treinta codos, sin duda oblicuos, porque se abrían más unos que otros, por esta parte, por donde tenían treinta codos, hasta el medio, que por aquella otra por la que tenían veinte codos, hasta el medio. Así, aquellos diez codos de los velos de pelos —que era la mitad de la longitud que sobraba—, que servían para la parte posterior del tabernáculo, la parte del oeste, como los otros diez servían para la parte anterior, la parte del este, con cinco codos llenaban la cobertura de aquellos lados, que en griego se llaman plágia, cinco por una parte y cinco por otra. Y si hubieran faltado esos codos, en esos mismos lados estarían cubiertos diez codos y cinco codos estarían descubiertos. Por eso, a mí me parece que se entiende mejor que se haya dicho: Un codo por una parte y otro codo por la otra de lo que sobra a los velos de la longitud de los velos del tabernáculo, no porque estaban allí, cinco por una parte y por otra, sino porque sobraban de aquella longitud, según la cual los velos de pelos superaban en dos codos a los tapices. Y de esos dos codos, el codo de cada uno de los velos servía para la parte del este. Y quedaba ciertamente otro codo para la parte del oeste, de modo que un codo por una parte y otro codo por la otra cubriera los plágia del tabernáculo. Por eso se dice: para que se extienda por una parte y por otra; puesto que no cubría todo, si hubieran faltado los cinco codos mencionados.
- Ahora, como ya se ha discutido bastante acerca de cómo hay que entender todas aquellas cosas, que parecían oscuras en la construcción del tabernáculo, vamos a intentar mostrar brevemente, en cuanto nos sea posible, qué hemos sacado en limpio de esta discusión. Se entraba desde el poniente y había una primera puerta de entrada al atrio, que tenía veinte codos de anchura y cuatro columnas, de las cuales colgaba un velo, de veinte codos de ancho y de cinco codos de alto, de tela bordada y coloreada con aquellos cuatro colores mencionados tantas veces. Entrando por esta puerta, se pasaba al atrio, que tenía por la parte derecha y por la izquierda quince codos de largo y tres columnas en cada lado. En el medio se encontraba la entrada del tabernáculo interior en aquella parte adonde se llegaba. De la misma manera, en el medio estaba situada la puerta del atrio por aquella parte por donde se comenzaba a ir. Este atrio era más ancho que largo. Su longitud, desde la puerta del mismo hasta la entrada del tabernáculo interior, era de unos quince codos. Su anchura, en cambio, cerca de la puerta tenía veinte codos, y treinta codos cerca de la entrada. Así se comprende que aquellos lados fueran oblicuos. Y tenían, por la derecha y por la izquierda, tres columnas cada uno y quince codos cada uno.
En este atrio se encontraba el altar de los sacrificios, de forma cuadrada, de cinco codos de largo y de otros cinco codos de ancho. Entre la puerta y el altar había un espacio, en donde se movían los que ponían los sacrificios sobre el altar. Por la parte de dentro, entre el altar y la entrada del tabernáculo, estaba el lugar de la ceniza ante el altar y después la pila de bronce, en donde los sacerdotes se lavaban las manos y los pies, o porque iban a servir al altar en el atrio, o porque iban a entrar en el tabernáculo interior. Los toldos de este atrio en los lados de las tres columnas eran de lino de quince codos de ancho y de cinco codos de alto.
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Desde este atrio se pasaba a la entrada del tabernáculo, una vez dejado atrás el altar y la pila de bronce. Se pasaba con los tapices abiertos, diez de los cuales, cinco por una parte y cinco por otra, rodeaban todo el tabernáculo interior, colocados unos frente a otros. Al entrar por la puerta se encontraba el velo que estaba frente a la entrada, colgado sobre cinco columnas, y adornado con aquellos cuatro colores. Cuando el Señor mandó hacer este velo lo llamó adductorium314 (cortinón), creo que porque se corría en una y otra dirección, cubriendo y abriendo la entrada. Pasado este velo venía la parte intermedia del tabernáculo, situada entre este velo y aquel otro velo interior, que colgaba de cuatro columnas, fabricado con aquellos cuatro colores y que separaba el santo, que estaba por la parte de fuera, y el santo de los santos, situado dentro. En este espacio intermedio, entre estos dos velos, había una mesa de oro, en la parte norte, que tenía los panes de la proposición, y frente a ella el candelabro de oro de siete brazos, en la parte sur. Hasta aquí podían entrar los sacerdotes de segundo rango.
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En la parte interior, en el santo de los santos, más allá del velo que colgaba de las cuatro columnas, estaba el arca de la alianza, dorada, en la que se hallaban las tablas de la ley y la vara de Aarón, y la urna de oro con el maná, y encima el propiciatorio de oro, en donde estaban los dos querubines, cubriendo con sus alas el propiciatorio, uno frente al otro. Delante del arca, entre el arca y el velo, estaba colocado el altar del incienso, que la Escritura dice muchas veces que era de oro, y otras veces, que estaba dorado, llamando claramente de oro a una cosa que era dorada. A este lugar, el santo de los santos, sólo podía entrar el sumo sacerdote, todos los días para poner el incienso, y una vez al año con la sangre para purificar el altar, y si alguna vez quizá lo exigía la necesidad de ofrecer un sacrificio por el pecado del sacerdote o de toda la comunidad, como está escrito en el Levítico315. Se entraba en el tabernáculo por la puerta de poniente, es decir, por la puerta del atrio hasta el lado oriental, por la parte de dentro, en donde se hallaba el arca de la alianza.
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Este tabernáculo interior, que comenzaba, no desde la puerta del atrio, sino desde la entrada que se llamaba entrada del tabernáculo, y que terminaba a lo largo en el lado oriental, en donde estaba el arca de la alianza, terminaba en los diez tapices que tenían cada uno veintiocho codos, cinco de una parte y cinco de otra, unidos entre sí por anillas y argollas, y que estaban colocados unos frente a otros, y en las veinte columnas en los lados más largos, del norte y del sur, y en las ocho columnas, en el lado oeste, y que en el lado este no tenía columnas, sino que terminaba en los tapices. Estos diez tapices tenían cuatro codos de alto y doscientos ochenta codos de largo todo alrededor. De éstos, cien codos correspondían a los lados más largos, del sur y del norte, a lo largo de las veinte columnas. Y cuarenta codos correspondían a los otros dos lados más cortos, uno al poniente, a lo largo de ocho columnas, y otro al oriente, en donde no había columnas, pues los tapices colgaban solos de las dos únicas columnas que había en los ángulos, no habiendo columnas en medio. Estos tapices eran diez tejidos con telas de aquellos cuatro colores. Este tabernáculo interior estaba, pues rodeado por el atrio de veinte columnas, por el sur, y de otras veinte, por el norte. Estos dos lados del atrio tenían igual longitud que los lados del tabernáculo interior, puesto que tenían veinte columnas y el mismo número de codos, que eran cien. Por el lado este, en cambio, el atrio terminaba en diez columnas y tenía cincuenta codos. Esta línea de columnas era recta y terminaba en aquellas dos columnas angulares del tabernáculo interior, que eran las únicas que había en el lado este. Con ellas se completaba, por consiguiente, el número de diez. Por el lado de poniente, en cambio, el atrio tenía, ciertamente, diez columnas, pero no en línea recta, sino, como ya hemos demostrado, en forma de pórtico triple, con cuatro columnas desde la puerta y tres desde los lados.
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Todo el atrio que circundaba al tabernáculo estaba rodeado por toldos de lino fino, de cinco codos de altura. Sobre ellos caían los once velos de pelos de cabra, cinco de una parte unidos entre sí, y seis de otra. Los cinco velos unidos entre sí de una parte medían ciento cincuenta codos. Los seis velos unidos entre sí de la otra parte medían ciento ochenta codos, porque cada velo medía treinta codos. Pero para que una parte se igualara con la otra, se doblaba un velo delante del tabernáculo, es decir, por el lado este, y la mitad del velo estaba metida debajo por la parte de atrás, es decir, por la parte del oeste, y así se quitaban treinta codos, que era la longitud de un velo, y quedaban ciento cincuenta codos, los mismos que había también por la otra parte. La circunferencia, pues, de los velos de pelos de cabra, que rodeaba al atrio del tabernáculo, medía trescientos codos, como la circunferencia de los diez tapices del tabernáculo interior medía doscientos ochenta codos, pues cada tapiz medía veintiocho codos de largo, y, en cambio, los velos de pelos tenían treinta codos de largo. Por tanto, de la circunferencia de los tapices del tabernáculo interior, que medía doscientos ochenta codos, cíen codos estaban en los lados más largos, del sur y del norte, y cuarenta codos en los lados más cortos, del este y del oeste.
En cambio, de la circunferencia de los velos de pelos, que cubría el atrio exterior y cuya circunferencia medía trescientos codos, cien codos estaban en los lados más largos, del sur y del norte, porque eran iguales a los lados del tabernáculo interior, y cincuenta codos estaban en los lados restantes, del este y del oeste. Y por tanto, aquellos dos codos en los que el velo de pelo era más largo que el tapiz servían para los lados del este y del oeste y no para los lados del Sur y del norte, que eran iguales a los del atrio exterior y del tabernáculo interior. Y la razón es que en aquellos dos lados había aumentado la anchura del tabernáculo con relación al atrio colocado alrededor por la parte de fuera. Pero los cincuenta codos de los velos de pelos se extendían desde la parte oriental por la línea recta que formaban las diez columnas y les aprovechaba un codo de aquellos dos en que la longitud de los velos de pelos era mayor. En cambio, los otros cincuenta codos que correspondían al lado de poniente, a los cuales aprovechaba el otro codo de aquellos dos, no se extendían por la línea recta de las columnas. Porque allí se encontraba aquella especie de pórtico triple, que cerraba el espacio del atrio, en donde debía de estar el altar de los sacrificios, formado por cuatro columnas desde la puerta y por tres desde los lados. Y por eso aquellos cincuenta codos no podían cerrar también la puerta, sino que se extendían hasta cubrir aquellos lados oblicuos, formados por tres columnas y quince codos. Los velos de pelos medían cuatro codos de altura y con ellos se cubrían los toldos de lino del atrio, cuya altura era de cinco codos.
- Las pieles teñidas de rojo venían a caer sobre los velos de pelos de cabra. Pero por encima, por la parte del techo, formando una especie de bóveda, el tabernáculo estaba recubierto de pieles de color jacinto. No está claro si lo estaba también el espacio aquel interior con el atrio. Pero es más verosímil que los espacios del atrio, que había entre las columnas exteriores e interiores, fueran cielo raso, sobre todo el espacio de poniente, en donde se hallaba el altar de los sacrificios.